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Capitulo 1: Working...Girl?     

 

« Establecemos reglas para los demás y excepciones para nosotros»

 

   —Recuérdame de nuevo… ¿Por qué me dejas? –Preguntó en voz baja, quitándose las gafas un momento para masajearse las sienes, cansado de ese día que parecía no acabar jamás.

La melodiosa risa de la andaluza llenó el despacho, y Raoul supo que le iba a hacer falta.

   —Porque vamos a casarnos con tu hermano y luego empezaré con mi propia empresa.

   —Es que el día que los presenté sabía que era una mala idea.

La rubia se acercó con su resonar de tacones, y besó el pelo de su amigo, que amenazaba con comenzar a despeinarse luego de más de diez horas de oficina.

Mireya sabía que el catalán era su jefe y que en su empresa era más que respetado por su seriedad y compromiso con su trabajo. Sin embargo, ella siempre supo ver al joven amable y cariñoso que se ocultaba detrás de esa fachada. Con paciencia y sin disminuir su sonrisa ni un milímetro, a pesar del continuo mal humor del rubio, supo derribar sus barreras y habían entablado una amistad muy sólida. Pero desde hace un año, tiempo en el que habían comenzado a salir con Álvaro, le gustaba pensar en el chico como su hermano pequeño.

Y ahora su hermanito estaba con su traje de alta costura, golpeándose la frente contra el borde del escritorio en medio de un berrinche porque tenía que contratar una asistente nueva.

No lo querría menos si le daba una colleja ¿verdad?

Estaba bastante insoportable. Que si no sabía sobre economía, que si le faltaban cursos, que si mira como se vino vestida, que sí, que sí, que sí.

Debió saber que la idea de su prometido le traería problemas. Era su sueño tener su propia empresa de organización de bodas, pero jamás contó en lo difícil que sería convencer a Raoul que alguien podría reemplazarla. Recordó por un momento sus comienzos siendo asistente del perfeccionista Raoul y le deseaba sus más profundas condolencias a la pobre chica que tomara ese puesto.

   —Cariño, anda. Aún nos quedan dos candidatas por ver y tu madre nos matará si no llegamos a la cena familiar, recuerda que es jueves.

Era preferible dejar que te sacaran las uñas sin anestesia antes que saltarte la cena familiar Vázquez de los jueves y enfrentarte a la ira de Susana, su suegra.

   —Coño, es verdad. Que pase la que sigue. –Sonrió porque una amenaza de la Susi era más efectiva que mil discursos intentando aplacar al chico.

   —Thalía, adelante. –Llamó Mireya con una sonrisa a la castaña que esperaba afuera.

La futura señora Vázquez estaba intentando contener una sonrisa de satisfacción cuando despachó a la chica porque estaba segura que ella era la indicada. No solo poseía los conocimientos que el puesto necesitaba, sino que había contestado las preguntas difíciles sin despeinarse y a la andaluza le encantaba la energía y vitalidad que traía encima. Estaba convencida de que podría con Raoul el gruñón aún en sus peores días.

   — ¿Y? ¿Qué piensas? –preguntó cuando volvieron a quedar solos, casi sin poder contener su emoción.

   —Creo que ella podría ser ¿no? –Respondió pensativo el catalán, acomodándose de nuevo en su asiento y frotándose la barbilla.- No hace falta que te cortes conmigo, se nota que es tu favorita.

Dejó salir su entusiasmo en una sonrisa que mostraba todos sus dientes blancos y se acercó a darle un pequeño achuchón a su cuñado.

—Creo que ella sería una asistente de lujo. Tiene bastante en claro de que va el puesto y me encanta la energía que tiene.

—Lo sé, lo sé. Yo también lo creo. Gracias al cielo esta búsqueda no se va a alargar más, porque no soporto a la gente queriendo caerme bien a posta. –La  rubia le puso los ojos en blanco sin que la viera, una vez gruñón, toda la vida gruñón.

—Aún nos queda una persona. –Le recordó buscando la carpeta que les faltaba por ver.

—Dile que muchas gracias por venir, pero que el puesto está cubierto. –Respondió el rubio ordenando los papeles, dispuesto a largarse de allí en ese momento.

—Raoul, no seas así. Esa chica lleva esperando horas, hay que entrevistarla aunque sea por cortesía.

Se miraron fijamente unos segundos, pero en el concurso de miradas amenazantes, el empresario no podía ganarle a su cuñada. Se lo atribuía principalmente a que lo había visto borracho y en otras condiciones más deplorables. Así que, le dirigió otra mirada de enojo antes de resoplar y despatarrarse en su asiento, dejando en claro su postura.

—Dile que pase.

—Acomódate. –Le riñó la asistente antes de poner otra sonrisa en su rostro y abrir la puerta, leyendo la carpeta que había abierto en ese momento.- ¿A…Agoney?

Raoul estaba acomodándose en la silla y desaflojando un poco su corbata cuando oyó el tono dubitativo de su amiga. Un instante después, entendió lo que había pronunciado y seguramente su rostro reflejaba el mismo desconcierto que la voz de Mireya ¿Recursos humanos había enviado a un hombre para el puesto de asistente?

—Adelante.

—Gracias.

La voz de la rubia lo trajo de nuevo a la realidad, pero fue definitivamente ese grasias lo que hizo que levantara la cabeza.

No era un hombre de religión pero…

Jesús, María y José.

La habitación de pronto había aumentado 10 grados su temperatura y se había quedado sin oxígeno. Estiró su mano para alcanzar su botella de agua porque tenía la garganta seca.

Dios mío.

Es que estaba dispuestísimo a creer en los dioses que hicieran falta si eso significaba que el monumento que tenía enfrente de él era creación de ellos.

Podía sentir como el calor subía por sus mejillas, y tal vez era muy poco ético, pero no pudo evitar repasar al moreno que había atravesado la puerta y se dirigía a la silla frente a él.

Barba perfectamente recortada, que era el marco perfecto para los labios más apetecibles que Raoul había visto en la vida. Unos ojos enormes, con unas pestañas infinitas y rizos cayendo sobre su frente. Todo eso enfundado en unos sencillos pantalones negros y camisa blanca.

Una aparición traída directamente de sus más bajas fantasías eróticas.

El catalán sospechó que era gay cuando besó a Aitana y no le movió ni uno solo de los pelos de su tupé. Confirmó que lo era, cuando en vez de fantasear con su profesora Victoria como el resto de sus compañeros, fantaseaba con la profunda voz del director, Capde…como el resto de sus compañeras.

Fue por esa época cuando su relación con su hermano Álvaro dejó de basarse en los piques y entendió el verdadero significado de la palabra hermano. Porque fue Álvaro el que escuchó su verdad sobre quién era y fue el mayor quien se sentó a su lado cuando se lo contó a sus padres. Sus progenitores al escucharlo, se miraron entre ellos con un mutuo “te lo dije”  escrito en la mirada y luego se habían acercado a abrazarlo, con un discurso tan sincero sobre que lo amaban por ser simplemente Raoul y que él podía amar a quien quisiera que provocaron que el adolescente se echara a llorar en sus brazos y entendiera el significado de la palabra familia.

Eso era en su familia, y se había repetido en su círculo más cercano de amigos. Y aunque jamás había negado lo que era, en el trabajo jamás había dicho una palabra. Suficiente tenía que luchar día tras días contra los murmullos de que a sus veinticinco años no se merecía el puesto que ocupaba solo por ser el hijo del dueño como para darles más leña a las víboras publicando que era maricón.

Sin mencionar que para él sus empleados eran eso…empleados. Ni se miraban ni se tocaban.

“Ni se miran ni se tocan.” Se repitió mentalmente mientras el tímido aspirante a asistente se sentaba frente a él.

—Buenas tardes. –Se saludaron mutuamente.

Dejó que su amiga empezara la entrevista, porque él no podía hilar ni un solo pensamiento coherente. No podía dejar de mirar cada una de las facciones perfectas del chico, ni de perderse en el acento marcadamente canario que tenía. El tono de voz que usaba el muchacho era extremadamente bajo, tenía que concentrarse para oírlo, pero desprendía amabilidad y confianza.

—Muchas gracias, por tu tiempo, Agoney. Cualquier cosa nos pondremos en contacto contigo para…

— ¿Puedes empezar el lunes?

— ¿Cómo?

La misma pregunta salió de los labios de las dos personas que estaban en esa oficina y ambos lo miraron con incredulidad, concentrando toda su atención en él. Sintió una gota de sudor frío recorrerle la espalda y se enderezó en su sitio, ignorando el rubor que estaba seguro que estaba volviendo a cubrir sus mejillas.

—Que si puedes comenzar el lunes. Mireya no deja el puesto hasta dentro de dos semanas, pero necesitará enseñarte el funcionamiento de todo porque aquí tenemos poca tolerancia a los errores. –Explicó tranquilamente mientras ignoraba a la chica que estaba con la mirada intentando decirle que se detuviera con lo que fuera que estuviera haciendo.

—C-claro, el lunes sin problemas. –Respondió apresuradamente el moreno.

—Perfecto. –Sentenció poniéndose de pie, provocando que los otros lo imitaran.- El lunes a las nueve nos vemos entonces.

Le tendió la mano y el chico respondió inmediatamente. Le sorprendió el contraste. Su mano helada y con principios de ponerse a sudar de un momento a otro, contra la de él, cálida y suave como la seda. Pero no fue eso lo que más le llamó la atención, sino la corriente que corrió entre ambos, un cosquilleo que le pasó de los pies a la cabeza.

Se sonrieron.

—Hasta el lunes…y muchísimas gracias.

Grasias volvió a resonar en su cabeza con el último apretón de manos antes de soltarse y que el chico saliera de la oficina con una sonrisa que le desbordaba el cuerpo.

— ¿Qué coño has hecho?

Se giró y vio a Mireya de pie, con las manos sobre su cadera, poniendo los brazos en jarra y una mirada enfurecida.

—Contratar a un asistente. –Le dijo tranquilamente mientras apagaba la computadora y tomaba su maletín.

—Habíamos dicho que la chica anterior…

—Pues cambié de idea.

— ¡Pero la otra era mejor candidata!

—No me lo ha parecido…

— ¡Porque te has encoñado de ese tío!

La mirada que le dirigió Raoul hizo enmudecer a la andaluza.

—No me hagas recordarte que soy tu jefe, Mireya y que contrato a quien a mi me salga de los cojones. –cerró el maletín con más fuerza de la necesaria, y la chica asintió en silencio. El rubio jamás se había enfurecido con ella de esa manera.- Y vamos, que mamá nos está esperando.

Salieron de la oficina, todavía en silencio.

Pero por dentro, la cabeza de Raoul gritaba.

¿Qué coño había hecho?

***

Bajó una de las lamas de la persiana todo lo disimuladamente que pudo para ver  a la persona que trabajaba tras el escritorio que estaba al otro lado de la ventana y suspiró.

No sabía qué se le pasó por la cabeza cuando se le ocurrió contratar un asistente tan guapo.

Bueno, es que justamente no pasaba nada por su cabeza porque estaba toda su sangre concentrada en su polla.

Habían pasado ya dos semanas desde que su cuñada había dejado el puesto de asistente y lo había ocupado Agoney. Agradecía a todo el universo que el canario era mucho más que una cara bonita. Y un cuerpo bonito.

Raoul céntrate. Se regañó cuando pensó en lo bien que le sentaban los pantalones de vestir al moreno.

El punto era que al menos no la había liado contratando al chico que había resultado ser de lo más organizado y eficiente en su trabajo.

Y le alegraba la vista con ese culo. Joder, ese culo gritaba “fóllame” en mil idiomas.

Basta.

Bufó y sacudió su cabeza mientras se alejaba y volvía a su propio escritorio, tenía que quitarse ese embobamiento que tenía con Agoney y concentrarse en su trabajo si quería entregar esos balances a tiempo.

—Señor Vázquez…-Una hora después el rostro moreno se asomó un rato más tarde por la puerta y el rubio levantó su cabeza para observarlo y dedicarle una pequeña sonrisa, animándolo a que continúe.- Mandé todos los mails y los informes están impresos y en carpetas listos para la junta de mañana…¿Puedo retirarme ya?

La verdad es que quería decirle que no, que se quedara, que se sentara en su sitio y que le llamara “Señor Vázquez” mientras gemía y se la chupaba.

Cielos.

Necesitaba un polvo urgente.

Al menos la boda de su hermano era este fin de semana y por algunos de los nombres que había oído que asistirían, sabía que podría solucionar ese problema. Aunque esa noche tendría que conformarse con una paja pensando en cómo se sentiría la barba oscura del chico contra sus muslos.

—Claro que sí, Agoney. Ve y descansa. Nos vemos mañana.

Por favor, que el fin de semana llegara pronto.

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Capitulo 2: New. 

Oh I’m a mess right now
Inside out
Searching for a sweet surrender
But this is not the end.

 

Esa mañana subió al ascensor y se alegró de ya poder reconocer algunas caras.

— ¡Buenos días, Ago!

—Buenos días, chiquitina ¿Qué tal estás? –Preguntó con una sonrisa a Nerea.

— ¡Genial! Pero más tarde estaré mejor… ¿Vendrás con nosotros? Por favor, por favor di que sí.

Agoney rió por la energía que desprendía su nueva amiga. Era una rubia que lo que le faltaba de altura, lo compensaba con positividad y verborragia. Ella se había encargado de adoptarlo en la primera semana en su nuevo trabajo y la verdad es que se alegraba porque si bien él era un muchacho hablador, le costaba muchísimo entablar confianza con las personas.

—No lo sé… ¿y si a alguno le caigo mal? –Preguntó aferrándose un poco a la correa de su bolso.

— ¿Pero cómo le vas a caer a alguien mal? –Las palabras de la chica sonaban incrédulas.- Además, van todos de la oficina. El señor Alfred estaba intentando hasta convencer al señor Vázquez, así que no tienes peros.

El señor Vázquez.

Agoney suspiró y el sonido del ascensor llegando a su planta lo espabiló.

Salvado por la campana.

— ¿Cómo vamos a salir a tomar copas con nuestros jefes, Nerea?

La rubia era la secretaria del señor García y al isleño le aterrorizaba la confianza con que se trataban.

—Ay, Ago…ojalá te acostumbres pronto, aquí tenemos suerte. La familia Vázquez siempre ha buscado que este sea un ambiente ameno de trabajo…Es verdad que el señor Raoul es más estricto que su padre, pero yo creo que es porque es muy joven…en fin todos aquí somos iguales, al menos después de las cinco y en un bar. –Concluyó la chica llegando hasta donde estaba su puesto.- ¿Qué me dices? Vamos, por favor, así puedes conocer mejor a todos.

—Me lo pensaré. –Accedió rodando los ojos y dejando un pequeño toque sobre la chica.- Nos vemos más tarde.

Llegó a su escritorio y sonrió. La verdad es que estaba muy agradecido de haber conseguido ese puesto. Aunque su jefe lo intimidaba bastante, era un trabajo por el que muchos matarían y su sueldo era un poco más de lo que esperaba.

Volvió a pensar un momento en el señor Vázquez mientras colgaba su chaqueta en el respaldo de su silla y encendía su ordenador.

La figura de su jefe lo ponía nervioso, porque a pesar de ser un rubio canijo, el joven imponía y fue lo primero que Agoney notó cuando lo vio serio y majestuoso detrás de su escritorio durante la entrevista. Le sorprendió el hecho de que fuera su asistente la encargada de entrevistarlo y que él, a pesar de no mediar palabra, no dejara de mirarlo.

La verdad sea dicha, Raoul…el señor Raoul –se corrigió mentalmente- no dejaba de mirarlo. No se refería solo a ese día, sino que era una constante. Y eso lo ponía nerviosísimo, sobretodo porque no podía descifrar porqué lo miraba tanto.

A veces lo hacía de forma intensa, otras ocultando una pequeña sonrisa de suficiencia tras esos ojos miel. Iba a detenerse a pensar cómo coño sabía el color exacto de sus ojos pero se concentró en volver a su pensamiento inicial.

Ah, sí.

 Las miradas que más lo desquiciaban eran esas en las que podía sentir que su jefe estaba esperando algo. El problema es que Agoney no sabía qué era eso que el rubio esperaba con tantas ganas que traspasaba su mirada.

Y el canario quería saber, si había algo que él era, era curioso. Y jamás podía quedarse con la duda.

Sacudió su cabeza, intentando dejar de lado esos pensamientos y se puso a trabajar. Mandó a imprimir un par de actas y sonó el teléfono.

—Oficina de Raoul Vázquez, buenos días. –Había descubierto en estas semanas que una vez que sonaba el primer llamado, era algo que no acababa hasta su horario de salida.

En ese momento, su jefe salió del ascensor y no pudo evitar sonreír. El chico –porque para su asombro Raoul era dos años menor que él.- llevaba ese día una camisa rosada que le quedaba muy bien.

—Buenos días, Agoney. –Le dijo mientras se quitaba las gafas de sol.

—Buenos días, señor Vázquez. –Sus ojos se encontraron por un momento y agradeció internamente que su color de piel no reflejara de forma inmediata cuando se ruborizaba.

— ¿Qué tenemos para hoy?

El moreno bajó la mirada y revisó la agenda, mordiéndose el labio inferior, porque podía sentir como su jefe no le quitaba los ojos de encima.

—Junta con el departamento de marketing en media hora, que quieren quejarse de los de prensa porque según ellos llevaban las cosas mal. Luego almuerzo con el señor García.-Recitó sin devolverle la mirada.- Ah, y su madre ha llamado. Cito textualmente –Se aclaró la garganta.- “Llama a tu madre, coño, que la última vez que supe de ti estabas casi en coma etílico.”

Ahora sabía que probablemente se le notaba el rubor por la vergüenza que le daba repetir las palabras de la mujer, pero ella había insistido en que le dijera eso exactamente. Para su alivio, el rubio rió.

—Bendita mujer, mejor la llamo ahora antes que te siga acosando.

El canario levantó justo la mirada para encontrarse con un rápido guiño por parte de su jefe y sintió como un sofoco lo recorrió entero.

—No me pases ninguna llamada hasta que salga de hablar con los de marketing… ¿Vale?

El chico solo pudo asentir, tragando saliva antes de que el catalán se metiera a su oficina.

***

Tocó el timbre tres veces y recién cuando la llamó por quinta vez, atendieron el móvil del otro lado de la línea.

— ¿Diga?

— ¡Amaia! ¿Dónde estás? ¡Dijimos que te pasaba a buscar por tu casa!

—Ah, ¡Sí, sí! Ahora bajo, que me quedé dormida buah, que horror, Miriam por favor no me mates.

La gallega suspiró y cortó la llamada. Solo a su mejor amiga se le ocurría dormir a la hora del almuerzo.

Cuando bajó la pamplonica, Miriam suspiró otra vez. Hasta recién levantada y con su carita de sueño la chica era preciosa.

Negó con la cabeza y dejó el pensamiento diluirse mientras se abrazaban como saludo.

Eran mejores amigas y Amaia nunca la había visto de otra manera.

Ahora que la miraba bien…

—Tía, te ves fatal. –Observó preocupada en el momento en que entraban en el auto y se ponían en marcha hacia el restaurante.

—Jo, lo siento...es que llevo toda la mañana mala, por eso me dormí un rato…-Se notaba que estaba agotada, y Miriam no podía dejar de preocuparse y mirarla, quitando la vista de la carretera cada tanto.

Ese día era el de los suspiros, porque volvió a hacerlo, girando en la calle que seguía para volver de donde habían salido.

— ¿A dónde vamos? –Preguntó Amaia, despegando su cabeza de la ventanilla.

— ¿Cómo vamos a ir a atorarnos de comida si has estado mala toda la mañana? –Pregunta incrédula la chica que va al volante.- Vamos a tu apartamento, a ver Vis a Vis.

Como toda respuesta, tuvo un suave asentimiento. Amaia volvió a apoyar su frente en el cristal y cerrar los ojos, provocando que Miriam se preocupara de verdad porque su amiga en buenas condiciones, le habría pedido perdón mil veces por cambiar de planes.

A pesar de ser su serie favorita, la gallega no podía concentrarse en verla porque tenía su cabeza enredada no solo en sus rizos, sino en pensamientos que la preocupaban enormemente.

Su amiga llevaba días llegando al trabajo por quedarse dormida, y no era raro encontrarse a la chica dormitando suavemente sobre el escritorio, muerta de cansancio. Al comienzo, lo había atribuido al despiste normal característico de ella, que vivía en su propio mundo, pero ahora otra teoría se estaba formando en su cabeza.

— ¿Cielo? –Preguntó pasando con cuidado sus dedos por el pelo de su amiga que tenía la cabeza apoyada sobre su regazo.

Por toda respuesta, tuvo un pequeño sonido amodorrado, pero que le indicaba que estaba escuchándola.

— ¿Desde cuándo te sientes mal del estómago?

La pamplonica se tomó unos segundos para pensar la respuesta.

—Buah, es que no sé…Por lo general a medida que avanza el día se me pasa, pero ya hace unos días. –Se estiró para sentarse con las piernas recogidas en el sofá.- ¿Por qué?

—Amaia, cariño –Cogió aire, profundamente. Seguramente era una exageración de ella, pero la idea se le había instalado en la cabeza y tenía que expresarla en voz alta.- ¿Cuándo fue la última vez que tuviste la regla?

La otra chica abrió los ojos con sorpresa.

¿Vieron? Era el día de los suspiros.

***

Ambos con una botella en la mano, bailaban al ritmo de una versión moderna de “Eloise” y Nerea reía de la forma que tenía el canario de interpretarla como “demasiadas cervezas ya.”

“Solo una cerveza para no quedar como borde y me voy, Nerea ¿eh? Que tengo que volver a casa.”

Esas eran literalmente las palabras que había dicho ocho cervezas atrás. Pero es que, joder, esta gente sí que sabía cómo divertirse. Habían montado una verdadera fiesta un jueves en un bar. Primero con karaoke, pero cuando estuvieron demasiado bebidos como para que se entendiera lo que cantaban, les pusieron música. Eso tal vez fue en la quinta cerveza, o sexta, no recuerda bien.

Cuestión que ahora está inclinándose sobre la barra para pedir la novena.

— ¿Te diviertes?

Aún en sus pensamientos de borracho, supo que había algo mal con que esa pregunta -hecha al oído por el simple motivo de que la música estaba muy alta – le provocara un escalofrío que atravesó toda su espalda.

Se giró para encontrarse con la sonrisa ladeada de su jefe y supo otra cosa, su escalofrío no había sido casualidad. Agoney arqueó una ceja, fingiendo que no lo había escuchado; el rubio volvió a inclinarse, a formular la pregunta en su oído y esta vez el moreno pudo notar como la mejilla contraria rozaba con su barba.

Una sonrisa mordida apareció en su rostro y el tinerfeño asintió. Raoul le hizo una seña para que lo acompañara a una mesa más apartada.

No dudó en seguirlo.

Y el catalán no dudó en sentarse a su lado en vez de hacerlo frente a él.

— ¿Qué tal ha empezado todo? –preguntó el superior pasándose la mano por el pelo para quitarse los mechones rebeldes que se habían escapado de su siempre prolijo peinado.

—Empezó conmigo diciendo que sería una sola cerveza.

Ambos rieron y a Agoney ese sonido –el de sus risas juntas- lo estremeció.

—Me refiero a la oficina. –Le aclaró el rubio aplacando la risa contra su botellín de cerveza.

— ¿Venimos a despejarnos de la oficina y me preguntas por la oficina?

Vale, estaba borracho. Que lo tuteara a su jefe y el vacile con la sonrisa ladeada y la ceja arqueada eran la prueba de ello.

Pero Raoul estaba lo suficientemente borracho como para pasarlo por alto.

O tal vez de verdad le gustaba que lo tuteara.

—Buen punto, Hernández. Pero solo quería saber si estabas a gusto con nosotros.

Se sorprendió a sí mismo paseando sus ojos por el pecho de su jefe y lamentándose de que solo tuviera el primer botón de esa camisa rosa desprendido. Y cuando se topó con la mirada divertida del contrario, en vez de sonrojarse por su descaro, le sonrió.

Vaya que sí que estaba a gusto aquí.

—Todos son muy amables conmigo. –Terminó por responderle, siendo él ahora el que escondía la sonrisa detrás de un trago largo de la amarga bebida.

—Entonces…un brindis. Por la amabilidad.

Ojalá estar sobrio para estar cien por ciento seguro de que ese guiño de ojo había sido real, al igual que el pequeño choque de sus rodillas por debajo de la mesa.

—Por la amabilidad. –Repitió, aunque su lengua se trabó y no se entendió bien. Así que se humedeció los labios que sabía que su superior estaba mirando sin reparo alguno.

El sonido de las botellas al chocar se ahogó entre el bullicio del local, pero el moreno no pudo sofocar el calor que de a poco se había ido apoderando de su cuerpo, así que bebió hasta el fondo su cerveza.

Sabe que conversaron de otra cosa, pero no lo tiene en claro. Solo tenía presente el flequillo rubio cayendo sobre la frente de su jefe, la forma en que no sabía si mirar la sonrisa demoledora que le dedicaba o sus labios que se le antojaban demasiado apetecibles, y los roces entre sus manos, o sus piernas, que eran demasiados para ser accidentales.

Y las risas.

Jamás se había reído por tantas tonterías.

Recuerda la alarma de alerta sonando en el interior de su cabeza, una despedida con una excusa atropellada y ya sí, es plenamente consciente de sus recuerdos, cuando el aire frío de la calle lo golpea. Camina hasta un callejón, y se apoya contra la pared, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás para golpearse suavemente contra esta.

Necesitaba que se le aclararan las ideas.

Porque no. No.

No le podía gustar su jefe.

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Capitulo 3: Poder.

 

« La intención es el verdadero poder detrás del deseo.»

 

 

 

—Alfred, es la última puta vez que te hago caso de salir un jueves. –Se quejó cuando su amigo subió a su auto.

—Joder, Raoul, no me grites. –El chico masajeó sus sienes inmediatamente después de abrocharse el cinturón.

—Esto no es gritarte. Ahí tienes el café y la aspirina. Mátame, por favor, se me abre la cabeza al medio.

—Que ganas de cumplir los treinta así nos casamos. –Respondió atacando su dosis de cafeína acompañada con la bendita pastilla que aminoraría sus males.

—Gracias por confiar en que encontraremos el amor.

El rubio rió bajito para que la cabeza no le martilleara más, pero le hizo gracia el comentario de su amigo. Siempre bromeaban con casarse, ya que a los dos siempre les había ido pésimo en las relaciones, y se llevaban increíblemente en todos los aspectos, pero…

—Sabes que nos habríamos casado hace años, pero follamos de puta pena.

El comentario del castaño, hizo que esta vez sí, Raoul riera con ganas. Y era cierto. Sus padres eran socios de su empresa y ambos chicos eran amigos prácticamente desde que estaban en pañales. Así que no fue extraño para ellos terminar follando una noche en las que sus respectivos ligues los habían dejado con el calentón y el tonteo entre ellos se les fue de las manos.

La. Peor. Abominación. Del. Mundo.

El polvo más insatisfactorio e incomodo de sus vidas. Esa misma noche juraron que serían hermanos de por vida. Pero Alfred tenía razón, nadie lo conocía tan bien, ni en nadie confiaba tanto como en su mejor amigo.

Llegaron por fin a su empresa, ambos con gafas de sol y haciendo una misma mueca cuando los invadió el ruido de la gente a su alrededor.

—Nunca más un jueves. –Gruñó el rubio mientras subían en el ascensor.

La campanilla señaló que paraban en la primera planta, y cuando las puertas se abrieron, apareció la tortura personal de Raoul.

Joder.

Esa era la única palabra que se le aparecía en la cabeza cuando le dedicaba un pensamiento al moreno.

—Buenos días.

Dijeron los tres a coro, y su asistente se situó en el rincón más apartado de él, bajando la mirada que también estaba cubierta por lentes de sol y aferrándose a la correa de su bolso.

Joder.

Joderlo hasta cansarse, que lo jodiera hasta que solo recordara su nombre. Que joder, que bien le quedaban las camisas a rayas.

En definitiva, joder.

Todo esto era culpa de ayer. Nunca tendría que haberlo abordado.

Pero, maldita sea, el moreno le había seguido el rollo.

En eso jamás se equivocaba.

El anuncio de la llegada a su planta, hizo que diera un respingo en su lugar, y antes de que las puertas se llegaran a abrir del todo, su empleado salió del pequeño espacio como alma que lleva el diablo.

— ¿Y si es él quien te pide salir un jueves? –Rió Alfred en su oído, antes de salir también.

— ¡Alfred! –El grito le provocó que la cabeza le doliera más, por lo que salió rápidamente para seguirlo y empujarlo levemente.- No seas cabrón, sabes que yo nunca…

—Nunca digas nunca. Sobre todo después de ayer.

Eso hizo que detuviera sus pasos y el castaño riera, siguiendo su camino hasta su oficina.

Raoul gruñó, sabiendo ahora que su amigo lo había notado. Y todo para nada.

Porque Agoney había huido en medio de pleno tonteo, sin explicar nada coherente. No que tuvieran que explicar mucho. Se habían estado comiendo con la mirada y los roces luego de un brindis idiota no se habían detenido ni un segundo.

Tuvo que cortar sus pensamientos porque había llegado hasta su puesto, donde el eficiente chico estaba ya ocupándose de su agenda.

— Hernández, no te muevas tan deprisa o vamos a terminar vomitando los dos. –Intentó suavizar el ambiente, porque el joven se notaba nervioso y el rubio sabía que siempre intentaba llegar antes que él para tener todo listo, pero hoy habían llegado al mismo tiempo.- Hoy vamos a tomarnos el día con calma ¿vale?

El moreno se relajó visiblemente, y levantó la mirada para encontrarse con la de él, que aún estaba oculta por las gafas. El chico se veía cansado y ojeroso.

— Vale, gracias. –Le dedicó una pequeña sonrisa y el catalán deseó que fuera una de las grandes que le regaló la noche anterior.

— No te preocupes, lo importante es que hoy es viernes y que hay que terminarlo todos vivos. –Le devolvió la sonrisa.- Luego pasa al despacho para repasar el día que tenemos.

Una vez dentro, se apoyó un segundo contra la puerta y se permitió suspirar. Sabía que Agoney era su empleado, pero también sabía que le traía unas ganas que hacía tiempo que no traía con nadie.

Caminó hasta su escritorio y se quitó la chaqueta, casi con un puchero, pero es que jope…odiaba la tensión sexual no resuelta. Y lo mareaba el hecho que ayer su asistente había seguido su juego, luego se fue y el alcohol en sangre que llevaba Raoul no lo dejó ir a asegurarse que estuviera bien, o a ver por qué coño se había evaporado.

Encima hoy el chico parecía un pequeño animal huidizo y asustado. Y Raoul no estaba muy dispuesto a asumir una denuncia por acoso laboral. Así que tenía que bajar un cambio.

— ¿Señor Vázquez? –Su demonio personal asomó la cabeza por la puerta.

—Pasa, Hernández. –El chico entró, y dejó las carpetas que sabía el rubio que necesitaba y se lo agradeció con una media sonrisa.

—Tiene una reunión con finanzas en media hora, llamó su padre, quiere una reunión de directorio cuanto antes.

Raoul bufó.

—Dios, ese hombre no se relaja ni retirado. –Meneo la cabeza mientras tecleaba en el ordenador.- Convoca a una para el miércoles que viene, la gente se tiene que preparar. Hoy vas a cenar conmigo.

Estaba distraído, terminando de redactar un mail, pero la inspiración brusca de Agoney le hizo levantar la mirada y entendió como había sonado.

—Demonios, no…tenemos una cena de negocios y necesito que vayas conmigo… ¿Crees que podrás? –Intentó arreglar su proposición descuidada.

El moreno se mordió el labio inferior y asintió.

—Sí, sí, por supuesto que sí, es parte de mi trabajo y yo…por supuesto que iré.

Había sonado tan atropellado y asustado que a Raoul le dio un poco de lástima.

—Hernández…Respira. –Le pidió girándose un poco en la silla para verlo de frente.- Ahora tenemos todo un día de trabajo por delante, pero hablamos luego ¿Vale?

Si había algo que Raoul Vázquez odiaba, era andarse con vueltas. Él era directo y sincero en cada aspecto de su vida y lo que menos le apetecía era que el pobre chaval se sintiera incómodo en su puesto de trabajo.

¿La había cagado contratándolo por un encoñamiento instantáneo? Sí.

Pero el isleño había demostrado ser más que eficiente en su trabajo y si algo había descubierto que le gustaba es que era un empleado práctico y sencillo. Resolvía de manera rápida las situaciones que se le presentaban y no tenía ese punto de parloteo incesante que habían tenido sus secretarias anteriores. Esos dos meses que llevaba el tinerfeño allí le habían probado a su jefe que el puesto era suyo y por un calentón frustrado él no iba a perder a un trabajador excelente.

Primero estaba el trabajo, siempre el trabajo.

—Vale…-Su voz era segura, pero su mirada decía lo contrario.

—Puedes retirarte. –Le dijo con una sonrisa.

Se notaba que bajo esa faceta de tranquilidad, el muchacho tenía carácter.

Y eso le gustaba. Le gustaba mucho.

Trabajo, Raoul. Primero está el trabajo.

 

***

 

El sonido del calzado al frenar se oyó en todo el hall del edificio, seguido de pasos queriendo escapar.

— ¡Amaia! –El enojo era patente en su voz y eso fue lo que hizo que la mencionada volviera a frenar, esta vez deteniendo su huída.

—Jo, hola Miriam, no te había visto.

—Tía, mientes fatal. –La gallega se situó enfrente de su amiga, con los brazos cruzados y arqueando una ceja.- Deja de evitarme.

—Pero ¿Qué dices? No te estoy evitando.

Harta de las respuestas esquivas, la rubia simplemente la toma de la muñeca y tira de ella para que la siga.

— ¿A dónde vamos? –Pregunta la castaña siguiéndola, ya sin resistirse.

—A comprar una prueba de embarazo, Amaia.

El sonido del aire entrando de forma brusca en los pulmones de la pamplonesa hizo que su amiga parara un momento y soltara el agarre, para deslizar su mano con suavidad y entrelazar sus dedos.

Estaba asustada y Miriam lo sabía, por eso acarició con su pulgar el dorso de su mano antes de dejar un apretón cariñoso.

—Cielo, tranquila. Estaré contigo.

Eso parece relajar visiblemente a la castaña, que asiente y hace más firme el agarre de sus manos.

—No me sueltes. –Le pide en un susurro ahogado cuando entran a la farmacia.

—Nunca.

 

***

 

—Agoney –Decide empezar con su nombre porque no quiere crear una barrera fría que los incomode aún más.

— ¿Señor?

Puta madre, tenía que dejar de llamarlo de esa forma. En realidad a él tendría que dejar de ponerle su voz llamándolo de esa forma.

—Quería disculparme por lo de anoche…-Se aferró más fuerte al volante y pudo sentir como el aire del reducido espacio se llenaba de tensión.- Soy tu jefe, no debería haber hecho eso.

— ¿Hacer qué, exactamente?

Las palabras del canario han salido de su boca antes de que pueda pensarlas. Pero es que lleva todo el día dándole vueltas y vueltas a lo mismo  y está harto de pensar. Así que cuando la mirada de su jefe lo busca, interrogante, él sólo puede arquear una ceja y sonreírle, alentándolo a que se explique.

Menos mal que el rubio devuelve la vista al frente, porque así él puede morderse la sonrisa al notar como el rubor subía por sus mejillas. No se esperaba esa contestación y por un momento, Agoney sintió su cuerpo vibrar al saberse con el control de la situación.

Se sintió poderoso con la duda del otro.

—Tontear. –Lo vio enderezarse en el asiento y carraspear. Se preguntó si podría delinear su mandíbula con suaves mordiscos y eso haría que se esfumara la tensión que desprendía su cuerpo.

—Si lo hizo…fue porque correspondí. –Se acomodó en el asiento, desconociéndose por completo.

Él no era así, él sabía que era su jefe y que tenía que parar, pero el magnetismo de ese hombre era más fuerte que la voz gritando en su cabeza.

—Yo…-Lo notó humedecer su boca y tragar saliva repetidas veces.

—No hay culpa sin sangre.

Pero si que habría sangre si Raoul seguía mordiéndose así el labio inferior, sin querer despegar la vista del camino, del estacionamiento donde estaban deteniéndose.

El moreno sonrió y giró su rostro hacia la ventanilla para que el catalán no lo notara.

El poder era embriagador.

 

***

 

—No sabía que tres minutos fueran tanto, madre mía.

Amaia está sentada sobre el váter y Miriam en el suelo de su propio baño, abrazando sus rodillas.

—Tranquila…

No sabe que decirle porque ella no está mejor que su mejor amiga, como si la prueba se la hiciera ella. Como si la vida le fuera a cambiar a ella.

Es que le iba a cambiar la vida a ella también, porque ni loca la dejaría en este momento.

— ¿Cómo le voy a decir que estoy embarazada? Dios mío, se va a morir…

—Amaia que es tu novio de toda la vida no me vengas ahora con que A-

El sollozo roto que suelta la pamplonica la sobresalta, pero alcanza a estirar sus piernas y recibirla cuando se lanza a sus brazos.

—Lo hemos dejado.

— ¿Qué?!?!

La castaña llora con más fuerza y su amiga no puede atinar a nada porque la incredulidad la recorre por completo.

—Que…que lo hemos dejado. –Se aparta y se sienta también en el suelo, sin que las lágrimas dejen de correr por su rostro, lo que encoje el corazón de la gallega.

—Pero…y… -Hace señas a la nada, señalando la situación en la que están.

—Fue un intento de arreglarlo…-Se pasa las manos por el rostro, sin poder dejar de llorar.- Pero decidimos dejarlo al día siguiente porque de verdad que ya no funcionaba…

—Pero todavía viven juntos…-Parecía idiota, pero Miriam estaba en shock.

—Porque estamos bien y quiere encontrar un buen piso y yo que sé, Miriam, tampoco nos cruzamos nunca en casa ¿Qué voy a hacer? –Vuelve a llorar desconsolada, enterrando su rostro entre sus rodillas.

Entonces la rubia reacciona y se acerca –como puede en ese espacio- a abrazarla. Amaia se aferra a ella como la única oportunidad de salvarse en ese naufragio que se ha convertido su vida. Y Miriam no la suelta, claro que no ¿Cómo soltarla en ese momento en que todo ha cambiado?

Se quedan así hasta que la pamplonesa se queda sin lágrimas y sólo quedan los suspiros ahogados.

—Ya han pasado más de tres minutos…-Le recuerda suavemente, acariciando su espalda.

— ¿Puedes verlo tú? –Pregunta enterrando su nariz en el cuello de su amiga, sintiendo como el terror ante su futuro vuelve a invadirla.

Sabedora de que jamás podrá negarle nada y que en ese momento el destino de todo el mundo implicado en esa situación está cambiando, sin soltarla, Miriam estira su brazo y alcanza el predictor que está sobre el lavabo.

Positivo.

 

***

 

Raoul estaba convencido de que en algún lugar de su cerebro, estaba la enseñanza de que no debía golpear a los hombres con los que tenía que hacer negocios, pero en esos momentos esa enseñanza estaba abandonada en un rincón y era sustituida por la rabia burbujeante en sus venas por las miradas que estaba recibiendo Agoney.

¿No qué eran todos heteros? Jodidos cabrones.

Jodido Agoney que provocaba que todo el mundo perdiera la heterosexualidad.

La verdad es que había hecho que el chico lo acompañara porque había visto su currículum y junto con su desempeño en la oficina, sabía que el chico tenía potencial en su área: comunicación. Solo necesitaba darle tiempo, formación y sobre todo experiencia.

Pero era tan jodidamente bueno desenvolviéndose en ese mundo que provocaba que se le secara la garganta, dividido entre la admiración y el deseo. Y sabía que no eran imaginaciones suyas porque tenía a todos los presentes embaucados en su sonrisa y en su gracia natural.

Y a Raoul lo tenía loco.

La forma en que lo había aniquilado en el auto con dos simples frases, lejos de considerarlo impertinente o desubicado, lo había inflamado con una lujuria que le estaba devorando las entrañas.

Todos los amantes de Raoul siempre se habían acercado a él, tímidos, introvertidos por esa figura imponente que él proyectaba. Siempre se habían dejado hacer y eso lo tenía un poco hastiado. Y entonces había llegado el canario, con sus hombros encorvados mientras cargaba su bolso de mensajero, con su voz suave y melódica, con ese culo de infarto y esa sonrisa compradora. Vamos, la figura de un ángel.

Un ángel caído.

Eso es todo lo que podía pensar mientras, ya casi con todos volviendo a sus casas, lo veía desde la barra despedirse de uno de sus posibles compradores.

Se bebió el whisky de un solo golpe.

El chico lo miró a la distancia y le sonrió, pasándose la mano por su pelo antes de dirigirse al baño.

—Otro whisky y la cuenta, por favor. –Pidió a la camarera.

Volvió a beberlo de un solo trago, olvidándose que en la mañana tenía una resaca que se lo llevaba puta.

— Interesante noche.

Agoney levantó la vista del lavabo donde se estaba refrescando cuando oyó la voz de su jefe detrás de él, pero al ubicarlo en el espejo, vio que le estaba mirando descaradamente el culo.

El isleño se humedeció los labios y le sonrió cuando esos ojos miel por fin se dignaron a encontrarse con los suyos a través del espejo.

—Interesante, sí. He aprendido mucho.

No podía dejar de mirar la forma en que se marcaban las venas de los brazos del rubio, que los tenía cruzados sobre su pecho y lo miraba de una forma que lo hacía estremecer.

Eso era lo que escondía la mirada de su jefe. Deseo.

Se volteó y tiró la toalla de papel al cesto, acercándose a la puerta de entrada que el catalán estaba bloqueando.

— ¿Te llevo a tu casa? –Preguntó cuando lo tuvo inmoralmente cerca para lo que deberían estar empleado y empleador.

Raoul se irguió más, sabiendo que no tenía la estatura para igualarlo al otro, que paseaba sus ojos por su rostro, deteniéndose a humedecer su boca cuando reparó en el lunar sobre su labio.

Despacio, midiendo milimétricamente cada movimiento que hacía, el tinerfeño pasó las yemas de sus dedos por los brazos de su jefe a ver si relajaba su postura. Se inclinó y el rubio pudo sentir su barba rozar su mejilla, lo que le hizo cerrar los ojos para contener el estremecimiento que quería recorrerle la espalda.

—Gracias…

Grasias.

Ahí fue donde Raoul echó la cabeza hacia atrás, golpeándose ligeramente contra la puerta para mirarlo y se encontró con esos ojos, ahora teñidos por el deseo. Igual que los de él.

Y lo perdió.

Su mano fue hacia la nuca contraria y sus labios se estrellaron en un beso hambriento, que fue correspondido en un santiamén porque Agoney lo estaba esperando. Inmediatamente el canario lo estampó contra la puerta, su lengua introduciéndose sin permiso en la boca de su jefe y sus manos arrugando su costosa camisa.

El rubio lo mordió y su boca succionó su lengua, luchando por volver a tener el control del beso, pero el moreno no se lo permitió, lo mordió de vuelta y su cuerpo se aplastó contra el de él, ambos jadeando al sentir el deseo del otro contra su cuerpo.

No podían tener suficiente, y ninguno quería ceder el control de la situación.

Raoul lo empujó y lo acorraló contra la pared más cercana, sus manos recorriendo ansiosas su torso, las manos contrarias despeinándolo por completo mientras sus bocas no se daban tregua, ni siquiera cuando sintieron el sabor metálico de la sangre de alguno de los dos, no sabían de quien. Tampoco importaba.

Agoney se atrevió a más y llevó sus manos al culo de su jefe.

Joder, que culo tenía el muchacho.

Lo apretó entre sus manos y lo empujó contra él, sus dos erecciones rozándose contra sus muslos y haciéndolos ahogar un jadeo en la boca del otro.

Volvieron a cambiar posiciones, esta vez el moreno casi subiendo al rubio al lavabo.

Y el canario se separó.

—…Pero vuelvo solo a casa. –Terminó la frase que no le dejó al comienzo.

Le sonrió, relamiéndose los labios como un felino satisfecho después de la cena y salió de allí.

El poder era embriagador.

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Capitulo 4: Tears.

« Las palabras sobran cuando lo que hay que decir desborda el alma.»

 

—Ricky.

El nombre del chico salió en un suspiro de alivio, y fue ahí donde el mallorquín supo que su amigo estaba a punto de derrumbarse, por lo que lo abrazó más fuerte.

— ¿Qué pasa, Ago? –Ambos se sentaron, pero el moreno tenía concentrada la vista en la televisión apagada de su amigo.- Ago.

El silencio se hizo tan prolongado que se produjo en la sala puso a Ricky histérico, lo que hizo que apretara ligeramente el brazo del isleño para que reaccionara.

—Me he liado con alguien.

Sus ojos se encontraron y el castaño pudo ver como los ojos del contrario se cristalizaban en una tristeza infinita.

Y se echó a llorar.

Se tiró a los brazos de su amigo que lo recibió, pero le tomó un momento abrazarlo con fuerza del shock que le había provocado la confesión del canario.

Agoney parecía haber roto un dique dentro suyo y ahora estaba desbordado, no podía dejar de llorar. Ricky estaba asustado, nunca había visto a su amigo así, pero sabía que la situación que estaba atravesando era…complicada.

—Pequeño, hey, hey…calma. –El moreno ya no lloraba desconsoladamente, pero sus sollozos rompían el silencio del apartamento con una angustia desoladora.

—Ri-cky...-Su voz salió entrecortada y se alejó de su amigo para taparse el rostro con las manos y volver a llorar.

—Ya, ya…Agoney, no has hecho nada malo. Respira.

El mallorquín tomó suavemente sus muñecas, y lo obligó a que lo mirara.

—Respira conmigo, anda.

El mayor se concentró en respirar lento y hondo, relajando visiblemente sus hombros cuando el isleño empezó a imitarlo. Se mantuvieron así hasta que lograron calmarse los dos.

—Ay, Ricky…-Ya no lloraba, pero volvió a apoyar sus codos en sus rodillas para enterrar su rostro entre sus manos.- No puedo creerlo, yo no soy así…

—Ago, escúchame. No has hecho nada malo, no le debes nada. –Acariciaba con cuidado su espalda.- Sé que puede resultarte raro, pero de verdad que n-

—Es el señor Vázquez.

Ricky debía de haber oído mal.

— ¿Qué?

El canario se levantó abruptamente, y comenzó a caminar frenéticamente por todo el salón.

— ¡ME HE LÍADO CON MI JEFE! Joder, soy un puto gilipollas ¿qué está mal conmigo?

Su amigo se acercó a él y volvieron a mirarse en silencio.

Sus miradas eran completamente caóticas y casi imposibles de descifrar por la gran cantidad de emociones que los estaban azotando a los dos en ese momento.

Los ojos marrones estaban llenos de angustia, dolor, confusión, desesperación. Mucha desesperación.

Los ojos azules eran un océano de incredulidad y conmoción.

Pero Ricky por fin entendía. Y en cierta manera el alivio lo recorrió por completo porque al fin las cosas parecían encajar en la historia de Agoney y sabía que su amigo estaría bien.

Sus brazos se cerraron en torno al cuerpo del isleño que escondió su rostro en su cuello y suspiró.

—No pasa nada malo contigo, pequeño. Todo está bien. Tú estarás bien.

Eso era todo lo que Agoney necesitaba oír. Se dejó arrastrar al sillón y abrazar por un largo rato. Ricky le hacía bien y no tenía idea de lo que significaban sus palabras para él.

Cuando se separaron, el mallorquín fue a buscar dos cervezas, que ambos bebieron a la mitad de un solo trago, se lo merecían.

—Entonces… ¿es guapo? –Preguntó finalmente con una sonrisa, queriendo aligerar el ambiente.

La risa canaria sonó ronca por el llanto anterior, pero se sentía bien volver a reír después de haberse estado comiendo la cabeza por un día completo.

—No puedo explicarlo… -Subió sus piernas al sofá y se abrazó a ellas, mirando a su amigo.- Es que es como si fuera un puto imán…-El mayor lo animó a continuar con un gesto de la mano, lo que lo envalentonó.- Buah, buah, es que…en serio, es como si no pudiera evitar acercarme a él pero…¿sabes que es lo peor? Que no me reconozco…madre mía, Ricky, ¡Lo besé yo! ¿Eso te parece normal?

El castaño rió y negó con la cabeza, porque era cierto, es como si fuera otro Agoney, pero él tenía su propia teoría formándose en su cabeza…

— ¿Y él?

Al principio no contestó, buscando las palabras y mordiéndose el labio inferior por los recuerdos que golpeaban su mente.

—Esto va a sonar engreído, pero…-Soltó una pequeña risa.- No deja de mirarme.

Ambos soltaron una carcajada y fue un no parar. Tuvieron que dejar las cervezas en el piso para tirarse al sofá, muertos de esa risa histérica propia de la liberación de tensiones. Rieron hasta que les salieron lágrimas.

Finalmente se quedaron recostados en el sofá, mirando el techo y en silencio. Allí fue donde la mano del mayor encontró la del canario y la apretó con fuerzas.

—Solo a ti se te ocurre con tu jefe, Ago…-Se queja suavemente y ambos giran su rostro para mirarse, el mencionado esbozando una sonrisa triste.- Pero…esto puede ser un nuevo comienzo ¿sabes?

—Yo no voy a…

—Vale, puede que no con tu jefe, pero a lo mejor era lo que necesitabas…de verdad que no es malo lo que ha pasado, ¿cómo tengo que decírtelo?

—Joder, pero es que hace solo…

—Lo sé, lo sé…ha pasado muy poco tiempo, pero uno no maneja esos tiempos y mucho menos esas…cosas –El moreno apretó más fuerte su mano.- Y me alegro que alguien te haya golpeado tan fuerte como para romper esa coraza que tenías.

— ¡No voy a enamorarme de él, Ricky! Lo que ha pasado está mal también porque es mi jefe, joder…

—Nadie ha dicho que te enamores –Lo tranquilizó.- Me refiero a que ha roto esa barrera que te habías autoimpuesto ¿no lo ves? Liarte con más gente no está mal, echar un polvo sin amor de por medio no está mal, si sientes algo por alguien más no está mal.

El tinerfeño resopló y volvió a recostar su cabeza contra el respaldo del sofá.

—No puedo dejar de querer de un día para el otro.

—Pero tampoco puedes estancarte en el pasado. Déjalo ser ¿vale? Intenta no volver a liarte con él porque no sabes las consecuencias que puede traer a tu trabajo pero… ¿Ago? –Lo llamó para que volvieran a mirarse.- No frenes el cambio que esto significa.

Agoney volvió a mirar al techo y a aferrarse con más fuerza a su mano.

Sabía que ya no podía frenar el cambio aunque quisiera.

 

***

 

—Me siento mal.

— ¿Nauseas? –Preguntó la rubia deteniendo sus pasos para afianzar el agarre que tenían en las manos para chequear a su amiga.

La pamplonesa se apoyó contra la pared más cercana, cerró los ojos y negó suavemente.

—No sé si son nauseas o nervios. –Dijo con la voz agotada.

Miriam se enterneció y se acercó a besar con cuidado su pelo, acariciando su rostro con la unión de las manos de las dos.

—Tranquila…todo irá bien, en serio.

—No va nada bien ahora en mi vida…-Se quejó la chica abriendo los ojos para mirar con un puchero a su amiga.

—Cielo...Todo irá teniendo sentido, de verdad. Ahora tenemos la cita con el médico.

Amaia siempre había generado en la gallega ese instinto de protección innato, esas ganas de que pasara lo que pasara, la castaña pudiera ser feliz. Le tomó un tiempo comprender que estaba enamorada de ella. Pero la pamplonica había estado de novia desde pequeña –desde los quince, cree recordar que le contó cuando ellas se conocieron a los dieciocho en la universidad- y jamás había concebido algo con alguien más.

Y cuando por fin, por fin se animaba romper con él…bueno, ahora iban a tener un hijo.

Llegaron a la clínica en silencio, pero con sus manos juntas.

Se sintiera como se sintiera en esta situación Miriam jamás la dejaría sola.

—Romero, Amaia.

—Madre mía, madre mía.

—Amaia, respira.

—Entrarás conmigo ¿verdad?

La rubia se puso de pie y tiró de su mano.

—Anda, vamos.

En la consulta, la doctora llena de preguntas a la castaña, que apenas puede contestar, sobre todo porque es tan despistada que no recuerda nada de los antecedentes familiares, los cuales promete buscar para la siguiente visita.

—¿Y el padre? –Pregunta la obstetra rellenando la ficha.

—Es mi novio…Pero aún no lo sabe, quería venir aquí primero.

Esas palabras arrancan un suspiro de Miriam, que quería gritar “ex” pero se quedó callada.

La mujer no pareció alterarse por esa respuesta, siguió llenando la ficha y luego la envió para que se hiciera una analítica.

A su vuelta, la gallega la estaba esperando para entrar a hacerse la primera ecografía.

—Miriam, me voy a mear.

La mencionada soltó una carcajada que ahogó tapándose la boca.

—Aguanta, chica, que tienen que hacerte el ultrasonido y necesitan que hayas bebido esa agua.

—Buah, buah me van a apretar la panza y me voy a mear, Miriam, que vergüenza.

La llamaron y la chica se acostó en la camilla, exponiendo su estómago plano al frío gel.

—Está frío –la rubia terminó de acercarse frente  a las palabras de la castaña y tomó su mano, tranquilizándola.

La doctora comenzó a explicarle cosas que Amaia no veía en la pantalla, pues todo era un revoltijo de puntos blancos, negros y grises. Tampoco entendía muchas de las palabras, porque estaba concentrada en no mearse con cada suave apretón que realizaban sobre su vejiga, pero estaba tranquila porque veía a Miriam absorber cada palabra que la médica pronunciaba.

Qué suerte tenía de tener a Miriam en su vida.

Un apretón más fuerte en la mano que sostenía la de la gallega, la atrajo de nuevo a la realidad, a un cuarto con un sonido retumbante, como si tocaran un pequeño tambor muy rápido.

— ¿Qué es eso? –Pregunta asustada de que algo vaya mal.

—Ese es el corazón de tu pequeño. –Le dice la doctora con una sonrisa.

Cuando las palabras pronunciadas por la profesional de la salud se relacionan con el sonido que oye y adquieren total significado, la pamplonesa lleva todo el aire a sus pulmones de la impresión.

Fue como si una puerta de su corazón que no sabía que tenía se abriera de par en par. Y todo se llenara de aire, con una melodía compuesta de pequeños retumbes de tambor.

La canción más hermosa del mundo.

Sus ojos se aguaron, fijos en la pantalla, ansiosa de ahora sí identificar algo, una forma a la que asociar esa melodía que cantaba fuerte solo para ella.

—Este es su corazón. Confirmamos que tienes diez semanas, Amaia y que todo está perfectamente bien. Si tomas los suplementos que te he indicado, todo debería seguir de maravilla hasta la próxima consulta.

Se apagó el monitor y le entregaron el DVD con el ultrasonido grabado. Se despidieron de la doctora hasta la próxima visita y las dejó solas para que la chica se limpiara el estómago antes de salir.

La gallega, en absoluto silencio, le alcanzó un par de toallas de papel.

Amaia limpió con infinita ternura su estómago, acunándolo por primera vez.

—Buah, esto va a ser un desastre pero te quiero. Te prometo que te quiero.

Le hablaba a su vientre aún plano. Lo tenía jodido. Jodidísimo porque no tenía ninguna estabilidad emocional a la que aferrarse y todos los planes de un futuro que había pensado desde los quince años, de pronto ya no estaban.

Él ya no estaba. No sabía si estaría después de que le contara sobre el pequeño tambor.

Pero eso ya no importaba.

Miriam pudo ver como frente a sus ojos, algo en la castaña cambiaba irrevocablemente, la forma en la que acariciaba su vientre estaba segura de que la chica no había acariciado a nadie así antes. Escuchó sus palabras y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Era imposible para ella no querer algo que Amaia no quisiera con todo su corazón.

—Jope, Miriam, gracias por no dejarme sola. –Dice de pronto la pamplonesa levantando la mirada y estirando su mano para tomar la ajena.- Gracias por no dejarnos solos.

Entonces la rubia no pudo evitar acortar la distancia y abrazarla.

Abrazarlos, a los dos.

 

***

 

Esa semana Raoul casi besa a su padre cuando lo envió de viaje a Alemania a cerrar un contrato.

No tenía las fuerzas para ver a Agoney.

La atracción que sentía hacia él era tan brutal que refrenarla lo agotaba psicológicamente.

Y lo que había ocurrido el viernes en los baños de aquel restaurante había freído todas sus neuronas.

Se había pasado todo el fin de semana pensando qué demonios había hecho.

Sintiéndose como la mierda porque no se arrepentía ni un poco, y al mismo tiempo no dejaba de insultarse a sí mismo por llegar a tanto.

¿O los insultos eran porque no habían llegado a más?

Joder, se iba a volver loco.

El canario lo desconcertaba de demasiadas maneras.

Al comienzo había creído que le seguía el rollo, luego que no. Entonces va él y se disculpa, pensando en contenerse y volver a sus límites normales. Y el gilipollas de su asistente va y redobla la apuesta. Y después él, idiota, lo sigue a los baños porque Agoney en pantalones de vestir haría ceder a cualquier santo. Pero de santo el canario nada, que lo besa, lo toca y juega con él como si fuera masilla entre sus dedos.

Y se va.

Se fue con todos los pensamientos coherentes, con todos los reparos que había puesto. Con su moral y su ética profesional.

Con todo lo que se quedó el rubio el viernes a la noche fue con las ganas de apretarse contra ese culo y follarlo como si no existiera nada que se los impidiera.

Así que Berlín y su cerveza, Berlín y sus alemanes fríos pero dispuestos a calentarle la cama habían sido un alivio para su mente, para su cuerpo.

Aunque ese viernes en que salió del ascensor, esa calma se fue y en su cabeza solo quedó un pensamiento rebotando.

¿Con qué Agoney se encontraría hoy?

—Buenos días.

Esa voz.

No se había dado cuenta lo que la había echado de menos hasta que ese timbre profundo y grave volvió a resonar en sus oídos.

—Buenos días, señor Vázquez. –Levantó la mirada y sus ojos se encontraron.

Madre mía.

El isleño no se explicaba, como carajos alguien que no conocía más que profesionalmente podía ejercer esa aplastante atracción sobre él. Pero era mirarse y sentir su cuerpo temblar, sentir esa necesidad de estar más y más cerca.

Para.

—Tiene junta en quince minutos, señor. Estaban esperando que llegara.

—Jodidos de mierda, no me dejan ni respirar. Gracias, Hernández, necesito que estés allí para ver la agenda y todo lo que tenemos que enviarles para que me dejen en paz al menos una semana.

El chico asintió y se colocó las gafas, buscando la Tablet para ir a la sala de reuniones.

Con gafas. Lo que a Raoul le faltaba.

Fue verlo sonreírle y saber que no había ni mil alemanes que fueran a saciar las ganas que le traía a ese chico con acento y sonrisa embaucadora.

Entró a su oficina para dejar el maletín, suspirando.

Al menos hoy no parecía un cervatillo asustado.

Sacudió la cabeza y se centró. Tenía que informar sobre el nuevo acuerdo y ver con la junta que directivas iban a tomar en la nueva sucursal. Sería una reunión larga y agotadora, no le convenía perder el tiempo pensando estupideces.

Mientras la reunión se desarrollaba, el canario estaba sentado contra la pared, alejado de la mesa oval, pero tomando nota de todo lo que su jefe debía revisar o enviar. Ahí, en la oscuridad mientras el rubio exponía los gráficos nuevos y sus resultados, Agoney se permitió admitir que ese hombre le atraía.

No como si no lo hubiera sabido de antes, pero es que decirlo en claro en sus pensamientos era muy fuerte para él.

Raoul Vázquez le ponía. Un montón.

Y por las miradas hambrientas, sabía que lo de su jefe era recíproco. Aún no sabía cómo sentirse con eso. Mucho menos que hacer con esa tensión que los cegaba a los dos por momentos.

Hablar con Ricky le había servido un montón, pero él aún no estaba seguro del todo. Menos con su jefe. Menos con todo lo que significaba.

Anotó una fecha de entrega de proyecto y suspiró.

Deja las cosas ser.

Déjalas ser.

La reunión terminó y se fue desocupando la sala, pero su jefe no se iba y él no podía irse antes que él.

Lo veía muy absorto sobre el último informe, por lo que dedujo que ya no lo iba a necesitar.

—Señor, pued-

Se había acercado a él sin hacer ruido y el barcelonés se había puesto de pie de pronto, listo para irse.

Sus caras quedaron a centímetros de distancia.

Si se pudiera ver, se habría visto un latigazo de electricidad envolverlos.

Sus respiraciones se hicieron densas y todos los pensamientos, como siempre les ocurría, se fueron.

La intensidad de sus miradas se negaba a ceder ante la otra.

El rubio se humedeció los labios.

— ¿Cómo estuvo Alemania? –La pregunta había salido de la nada. No se movió ni un ápice.

—Frío.

— ¿Frío?

—Frío.

Es que para Raoul todo lo demás era frío si se comparaba con la boca del canario que estaba besando fervientemente en ese momento. Sus manos fueron a sus caderas y lo apretó contra su cuerpo mientras la lengua del isleño entraba sin permiso en su boca y sus manos se aferraban a su espalda para tenerlo aún más cerca.

El móvil del catalán sonó y sobresaltándolos a los dos. Se separaron, jadeando y por el tono de llamada el rubio sabía que tenía que atender.

—Mierda.

Agoney se apresuró a levantar la Tablet que había dejado caer al suelo y sin volver a mirarlo salió de la sala, huyendo a su escritorio.

“Cancela todas mis reuniones de hoy.”

Le envió el menor al móvil un rato después.

Joder, joder, joder.

¿Se había ido por él? ¿La había cagado? Aún sentía el fantasma de los labios ansiosos de su jefe, lo que hizo que se acariciara inconscientemente la boca.

Llegó la hora de salida y todavía no lo había despedido, así que intentó auto convencerse de que su superior se había ido por otro asunto.

Además, había decidido hacerle caso –en parte- a su amigo. No pasaba nada si se liaba con alguien más.

No pasaba nada.

Agoney podía empezar de nuevo.

Ese pensamiento hizo que aún en medio de toda la confusión y angustia que tenía dentro, sonriera.

Lo que no sabía, es que cuando cruzó el umbral de su casa, había algo esperándolo.

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Capitulo 5: Confesions.

« No hay secreto que el tiempo no revele.»

 

¿Han vivido alguna vez una catástrofe natural? Suelen suceder en un segundo, sin previo aviso. En realidad avisos sí que hay, pero no los sabemos leer, nunca les prestamos atención.

Entonces te golpea, te arrastra,  destruye  todo eso que construiste. Se lleva todo de ti y te deja débil, sin recursos. Con suerte te deja parado sobre tus propios pies.

Agoney había vivido una catástrofe natural a nivel personal.

Y lo que más le asombraba de ese hecho, era ver como el mundo seguía girando, como todos seguían tranquilos mientras su vida había cambiado con una frase.

El ascensor sonó y camufló su suspiro mientras se aferraba a su correa y llegaba a su puesto. Dedicó una mirada a la todavía vacía oficina de su jefe y el poco ánimo que había reunido para salir de la cama se esfumó.

Si en algún momento su cabeza había imaginado intentar algo, probar algo todo eso había quedado desechado.

Volvió a suspirar, intentando no llorar por décima vez en lo que llevaba durante esos días. Cada acto tenía su consecuencia y ahora él debía hacerle frente.

—Buenos días.

Era curioso como hacía solo un par de días, esa misma frase lo tensaba, pero con un sentido totalmente distinto. Ahora quería que se alejara de él.

—Buenos días, señor. –Susurra sin levantar la mirada.- Los de comunicación le han dejado los nuevos diseños sobre el escritorio y quieren su visto bueno antes de enviarlo a marketing.

Raoul ladeó la cabeza y arqueó una ceja ¿Qué le sucedía al moreno? Se quedó allí parado, hasta que se dio cuenta que no iba a mirarlo, lo que le extrañó aún más.

Joder, si ellos no hacían más que mirarse.

Se mordió la lengua antes de verbalizar alguno de los interrogantes que corrían por su mente y entró a su oficina.

Intentó no alterarse, era lunes, todos están hartos del mundo los lunes.

Abrió el portfolio y se puso a estudiar los diseños, pero su mirada iba y venía hacia la puerta, hacia donde estaba él.

¿Había hecho algo mal?

Vale, claro que estaba haciendo las cosas mal, lo sabía. Pero…se habían besado el viernes y si no fuera por el puto móvil está casi convencido que se lo hubiera tirado sobre la mesa de juntas.

Sus pensamientos se cortaron cuando algo que no esperaba ver entre sus papeles lo distrajo.

—Agoney, ven un momento por favor. –Pidió a través del intercomunicador.

Un minuto después, el chico entró, encorvado y casi queriendo esconderse detrás de la tablet.

— ¿Señor? –Pregunta con la voz suave, carente de todo magnetismo.

— ¿Por qué son las diez de la mañana y todavía están aquí los documentos urgentes que tenías que enviar a finanzas?

La voz de Raoul es dura, mientras levanta la carpeta para que los vea. En el trabajo él no se permite errores y no se los permite a los demás. Pero su principio de cabreo se esfuma cuando levanta los ojos y se encuentra con la expresión aterrorizada del canario, que adelanta los pasos que lo separan del escritorio casi corriendo.

—Lo siento, señor Vázquez, lo siento muchísimo, ahora mismo los envío…por favor, por favor, discúlpeme.

—Hernández, respira. –Pide asombrado por el arrebato, dejando la carpeta que el chico parecía dispuesto a arrancar de sus manos para correr a enviarla. Levanta las manos en señal de alto.- Ahora vas y los envías, tranquilo.

El tinerfeño exhala con fuerza y toma la carpeta con sus manos temblando, cosa que a su superior no le pasa desapercibida.

—Agoney…-Su nombre sale de sus labios con un tono firme, para que lo mire.- ¿Está todo bien?

El aludido apenas hace contacto visual con él y asintió rápidamente.

—Sí, señor. De nuevo, lo lamento. Voy a enviarlo ahora mismo. –Y antes de que el rubio pudiera procesar sus rápidas palabras, salió volando de la oficina.

Raoul se dejó caer en el asiento y resopló. No quería ser egocéntrico pero ¿Estaba así por la situación que había entre ellos? ¿Qué más podría ser?

Muy a pesar de su ego, debía reconocerse que no sabía nada de Agoney más allá de la oficina.

Su currículum y su desempeño eran brillantes. Su culo era un monumento a la perfección y su boca sabía a melocotón, a pesar de que esa vez en el baño se mezcló con el sabor a sangre que más tarde descubriría era de su propio labio.

Pero ahí se acababa su conocimiento sobre su empleado.

Cuando esa realización lo golpeó, se molestó.

Raoul Vázquez no podía desconocer cosas que le interesaban.

Y Agoney le interesaba.

***

—Te ves feliz hoy.

—Hoy he despertado sin nauseas. –Responde adelantándose unos pasos para estirar sus brazos y dar un pequeño giro de victoria.

La gallega ríe y aplaude, festejando el logro de que la chica pudiera mantener la comida de la noche anterior en el estómago. Ambas continuaron caminando por el parque, buscando un banquito donde sentarse. Como no lo encuentran, Amaia se encoje de hombros y se sienta en el césped, Miriam la acompaña.

— ¿Cómo vas con las composiciones? –Pregunta la pamplonesa tumbándose sobre el pasto para mirar como las hojas jugaban a dejar pasar los rayos de luz del atardecer.

—Bien…esta semana pude terminar de armar una canción.

—Jooo ¡Qué bien! –Busca a su amiga con la mirada para sonreírle.- ¿Me dejarás escucharla?

Ambas se sonríen y la rubia asiente con la cabeza, ganándose una sonrisa aún más amplia de la castaña.

—Cuando quieras vas a casa y te la toco con la guitarra.

—Buah, seguro me encanta, es que tienes magia en la voz, amiga. –Lleva su mano a su barriga aún inexistente.- Le cantarás ¿verdad? Estoy segura de que se encoña de tu voz.

—Qué exagerada eres, no le vamos a crear un trauma al tamborcito antes de tiempo.

Las carcajadas de las dos se mezclan entre las hojas, y Miriam aprovecha el momento.

—Oye, Amaia…-La llama hasta que la mira, antes de rebuscar en su bolso.- Le he comprado algo al pequeño tambor.

La pamplonesa abre los ojos con sorpresa, incorporándose rápidamente al ver como su amiga le tiende una pequeña cajita.

—Miriam, jope, no tenías que…

—Que sí, que sí…ya has cumplido los tres meses, así que me hacía ilusión que su primer regalo fuera mío.

La sonrisa que le dedicó la castaña estaba tan llena de ilusión y cariño que el corazón se le hizo de algodón de azúcar.

Se deshizo del papel de regalo y abrió la cajita que contenía el presente con cuidado. Cuando vio que era, soltó una expresión de asombro y ternura.

—Buah, buah, me encantan…-La miró de nuevo y se le llenaron los ojos de lágrimas.- Nos encantan, Miriam, muchísimas gracias.

El abrazo en que se envolvieron estaba repleto de agradecimiento y apoyo.

—No tienes porqué agradecer. Los vi en la tienda que está a la vuelta de casa y supe que eran para el peque.

—Jo, es que son preciosos…-Murmura acariciando suavemente los patucos tejidos con todos los colores del arcoíris.- Gracias, es un primer regalo fabuloso.

La chica pasó luego un momento explicándole a su estómago el regalo que le había hecho la “tía Miri”, cosa que enterneció enormemente a la gallega.

— ¿Cómo siguen las cosas por casa? –Preguntó la rubia cuando ya se les habían agotado los temas banales sobre los que conversar.

Amaia se encogió de hombros, pero esbozó una pequeña sonrisa.

—Nos hemos dado una nueva oportunidad…No me mires así, Miriam, jope…Estábamos agotados, pero nos queremos. Nadie me ha querido nunca más que él y lo sabes.

Miriam quería gritarle que eso no podía saberlo, porque nunca le había dado una oportunidad a nadie más. Que ella podía quererla más. Pero se calló y suspiró.

—Pero Amaia…un hijo no va a arreglar lo que ustedes estaban decididos a dejar. No le hagan eso al niño.

—O a la niña –Le corrige antes.- Sabemos eso. Pero nos queremos y vamos a ser una familia, vale la pena luchar por la familia.

La gallega buscó su mano y dejó un suave apretón en su mano, sabedora de lo importante que era la familia para su amiga y lo terco que era su novio. Si querían intentarlo, nada de lo que ella dijera –o nada de lo que a ella le doliera- los iba a detener.

—Eres muy valiente, amiga.

—Porque eso me lo has enseñado tú.

***

Lo iba a desquiciar.

Tiró con algo de ímpetu la carpeta de la última reunión sobre su escritorio y cuando se sentó, apoyó los codos sobre el escritorio para pasar las manos por su rostro y luego masajear sus sienes.

¿Qué coño le pasaba a Agoney?

Durante esos tres días había considerado desde preguntarle, amenazarlo con despedirlo o incluso zamarrearlo y golpearlo para que reaccionara.

Es que no entendía.

Es como si le hubieran cambiado a su asistente. Se había convertido en un autómata. Toda la chispa, la alegría que había visto en sus ojos ya no estaba. El imán que lo atraía irremediablemente hacia él ya no era su sensualidad ni su misterio, sino la preocupación.

Pero lo que más le dolía era que ya no lo mirara.

Evitaba encontrarse con sus ojos a posta y eso lo mataba. Porque esos ojos eran los que le daban la certeza de que esa atracción fatal era correspondida, que ese casi obsesivo interés era mutuo.

Lo que más le asustaba era haberla cagado y que el canario estuviera arrepentido de lo que había sucedido entre ellos.

Y aunque era una opción muy probable y eso explicaría todo el retraimiento del moreno, Raoul estaba convencido que los ojos no le mentían.

Que había algo más.

—Hernández, necesito que me acompañes a una reunión después de que salgamos de la oficina.

Su voz no dejaba lugar a cuestionamientos, sin embargo vio al isleño echarle un vistazo a su móvil antes de soltar un suspiro y contestar.

—Sí, señor.

Ni siquiera lo miró.

Estaba mal. Sabía que inventar una reunión estaba mal. Pero ya tenía asumido que hasta que no supiera que pasaba, no iba a dejar de comerse la cabeza.

Además casi se lo había tirado en un baño, peor que eso no se podía estar.

Entraron en el bar al que solía ir el rubio cuando no quería encontrarse con alguien con quien tuviera que fingir que se alegraba de ver, y los condujo a ambos a su mesa de siempre.

Vale, tal vez iba a ese bar más de lo que le gustaría admitir.

Los atendieron, y aunque el moreno no quería, terminó pidiendo un Puerto de Indias ante la insistencia de su jefe, el cual pide un whisky escocés, antes de aflojarse la corbata y quitársela.

— ¿Con quién tiene la reunión? –Pregunta por fin buscando la mirada de su superior.

Ya se le había hecho muy extraño el sitio tan informal pero el hecho de que el catalán se quitara de esa forma su corbata lo puso nervioso de inmediato. El menor, se pasó una mano por el pelo, visiblemente incómodo de repente.

—Hernández…-Se mordió el labio compulsivamente, lo que le dio a entender que no era nada bueno lo que le iba a decir.

Joder, lo iba a despedir. Estos días habían pasado en un borrón, casi no recordaba nada de su trabajo, así que seguro que la había cagado.

No, no, no, no.

No podía perder su trabajo, no ahora.

Sus pensamientos desesperados fueron cortados por el camarero que les sirvió sus copas.

Raoul le dio un sorbo a la suya y se acomodó en la silla.

—Mira…ya no estamos en horario de trabajo, así que me gustaría que no me trataras como tu jefe. –Expone lentamente, jugando con una servilleta.

Una mezcla de alivio y algo que se había obligado a apagar lo recorrieron con sus palabras, por lo que se atreve a sostenerle la mirada. La suya plagada de interrogantes, la del rubio llena de ¿preocupación?

—Vale…no lo trataré como mi jefe. –Sus palabras salieron con un tono de duda, ya que no sabía muy bien que se traía el chico entre manos.

—Tutéame, por favor.

—Vale…Raoul.

El estremecimiento de placer que los recorre a ambos ante el uso del nombre del catalán está mal. Aunque por diferentes motivos.

Beben de sus copas para disimular un momento, hasta que el rubio se aclara la garganta.

— ¿Qué es lo que te tiene tan mal estos días? Te noto demasiado preocupado.

Agoney se tensa en su asiento y se niega a mirarlo.

— ¿Es por lo que ha sucedido entre nosotros? No quiero que pienses que…

—No.

— ¿No?

—No es por lo que ha…por lo que hicimos.

El chico a pesar de ser moreno siente sus mejillas arder de la vergüenza ante la mención de su faceta más desatada y recién descubierta.

— ¿Entonces? –Pregunta aliviado Raoul porque no sea ese el motivo, pero igualmente preocupado por lo que pueda estarle pasando al chico.

El canario suspira, debatiéndose internamente si contarle a su jefe que es lo que está atravesando su vida…Vaya, para meterle la lengua hasta la garganta no se lo pensó tanto.

Bebe su trago, y se afloja la corbata, pero es cuando se encuentra con los ojos miel, llenos de preocupación que decide que necesita soltarlo, contarle a alguien que no sepa su historia.

Y Raoul –no su jefe, como le dijo expresamente el chico.- parece lo suficientemente preocupado por él como para decirlo. Después de todo, necesita una explicación de porqué los besos que se robaban no pueden volver a repetirse jamás.

—Que…mi novia está embarazada.

Gracias al cielo Raoul no está bebiendo en ese momento porque la carcajada que suelta lo hubiera hecho escupir todo y bañar de whisky al moreno.

El contrario, lo mira con asombro, sin entender la gracia que tienen sus palabras, las cuales al ser dichas en voz alta, son más reales que nunca.

Para él no es nada chistoso. Su vida ha cambiado de la noche a la mañana y aún no sabe como sentirse con todo.

—Agoney, tío. Si no quieres contarme no hace falta que inventes semejante cosa.

Ojalá fuera una coña.

Ojalá con Amaia no hubieran tenido la mala suerte de que de los mil polvos que han echado durante los diez años que han estado juntos, la protección hubiera fallado en el último.

—No es una mentira…mi novia se ha enterado en estos días que está embarazada. Voy a ser papá.

Esboza una pequeña sonrisa, la idea le pesa porque la situación que están viviendo con su –ahora de nuevo- novia es complicada, pero la sola mención de la palabra le provoca una tibieza en el corazón que no puede explicar.

Raoul está con la mandíbula por el suelo.

No. Ni de coña.

Agoney no puede ser papá. No puede tener novia. Novia con A.

Eso implicaría que tiene sexo con mujeres. Él. El chico que le comió la boca en un baño hace nada.

El chico que todo en él gritaba gay.

Su gaydar no podía estar tan pero tan estropeado.

Pero esos ojos oscuros lo miran con tanta sinceridad que Raoul sabe que a pesar de no poder creerlo, es verdad.

Agoney va a ser papá.

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Capitulo 6: Normal.

«Si siempre intentas ser normal nunca descubrirás lo extraordinario que puedes llegar a ser.»

 

Silencio.

Miradas.

Incomprensión. Incredulidad.

Ambos se remueven incómodos en ese silencio que se ha establecido entre ellos y que es ensordecedor a pesar del barullo que envuelve al bar.

—Yo…Enhorabuena –Esa felicitación sale casi en tono de pregunta porque por la actitud del canario en esos días no sabe si es realmente algo por lo que estar feliz.

—Gracias. –Dice con esa “s” que tanto le fascina y una pequeña sonrisa.

Raoul le imita y ambos llenan el silencio bebiendo de sus vasos.

—Disculpa que me meta tanto pero… ¿Estás bien? Te he notado muy extraño estos días, por eso te he abordado así...lo siento si estoy siendo muy brusco.

La dicotomía en la que se movía Raoul con su personalidad era fascinante si se veía desde afuera, pero por dentro al chico lo había desgarrado un poco mientras crecía. Por un lado era implacable, responsable, serio, duro y directo. Esa era la capa que había tenido que desarrollar en medio de su adolescencia, cuando su padre comenzó a llevarlo a las reuniones de directorio y se encontró de lleno con la cruda realidad del mundo empresarial. No podía dejar que lo vieran débil, que lo vieran dudar o se lo comerían vivo. Después de todo, cuando Álvaro se decantó por el fútbol, todos pensaron que él sería fácil. Que sería pan comido sacar al mariconcito de en medio y quedarse con el esfuerzo de toda la vida de su familia.

Ni de coña.

Así que esa era la faceta que mostraba siempre, pero distaba mucho del centro del verdadero Raoul. Ese chico sensible, cariñoso y preocupado por las personas que lo rodeaban tuvo que relegarlo a su más profunda intimidad, a su familia y a un par de amigos que estaban contados con los dedos de una sola mano.

Y ahora estaba dejando que Agoney lo viera.

O peor, estaba dejando que Agoney le preocupara lo suficiente como para mostrar esa faceta de él.

—Si…bueno, no lo sé. –El moreno se encogió de hombros y desvió la mirada hacia la ventana y se concentró en ver los autos pasar.

Sabía que tenía que explicarle un poco más al rubio no porque fuera su jefe, sino porque le aterraba la imagen que le estaba dando de él.

La novia embarazada y él liándose con su jefe en los baños.

Muy bonito.

Suspiró y miró al catalán, que esperaba pacientemente a que continuara su explicación, agitando en la copa lo que le quedaba de whisky.

—Cuando me contrataste, bueno...lo habíamos dejado por esos días. -Lo miró, esperando que lo comprendiera, algo que era bastante imposible pues no se entendía ni él.- Se enteró del embarazo la semana pasada. Hablamos y hemos decidido darnos una nueva oportunidad.

Raoul sabía que era egoísta pensar en él con la historia que el chico le estaba contando pero...joder.

Sentía todo revuelto.

Pena, porque al chico le estaba cambiando el rumbo de su vida, frustración porque así fuera un mero polvo o lo que fuera que ellos se habían traído entre manos, se había truncado de forma estrepitosa. Pero sobre todo sentía admiración, por la forma en que le estaba haciendo frente a la situación que se le presentaba.

— ¿Llevaban mucho tiempo juntos?

El tono que usó asombra al isleño, pues se percibe verdadero interés y su voz estaba libre de todo juicio lo que hace que el peso de sobre sus hombros se aliviane. Lo mira un momento a los ojos y Raoul no se intimida, le sostiene la mirada firmemente.

—Tienes los ojos color miel.

No es la respuesta que el catalán esperaba, lo pilla con la guardia baja y eso hace que se sonroje.

—S-sí. -Responde esta vez sí bajando sus ojos a su trago.

—No lo había notado antes...son muy bonitos.

Ni siquiera sabe porqué está diciendo eso, pero es que no puede resistirse. El rubio tiene un magnetismo perturbador sobre él que desconecta todos sus pensamientos coherentes.

—Gracias.

—Le pedí que fuera mi novia cuando cumplió los quince años...-Corta el momento que ha creado su mente sin su permiso y comienza a relatar lo que parece una vida pasada.- Era mi mejor amiga de toda la vida y siempre se sintió correcto quererla.

Menos mal que el tinerfeño está perdido en su relato, así no puede ver la cara que pone su jefe al oír la historia.

— ¿Ha sido tu única novia?

Las palabras rayan la incredulidad y eso hace que a pesar de su tez oscura, las mejillas de Agoney se coloreen con violencia.

—Sí.

El silencio cae de nuevo entre ellos, el catalán demasiado ocupado en atar cabos.

Joder. Si lo que le dice es cierto...cuando lo besó en el baño...

Normal que el chico estuviera tan aturdido.

Normal que él necesite un tiempo a solas para aclarar su cabeza.

¿Será normal también que al mismo tiempo no quiera separarse de Agoney?

Ahora mismo el rubio tiene mil preguntas, mil interrogantes, porque demonios, esto no se lo hubiera esperado ni en mil años.

Sin embargo, en medio de todo el remolino de pensamientos que pelean en su cabeza por imponerse, sabe dos cosas.

Primero, Agoney está pasando por una situación compleja y abrumadora... si ya ser padre de por si es  difícil y un cambio rotundo en la vida de cualquiera, no quiere imaginarse en un caso como el suyo.

Y segundo, ellos no son más que jefe y empleado. Sabe que no puede pedirle mil explicaciones, o que le cuente todo por más que él se muera de ganas de conocer su historia. Sabe que tiene que ganarse su confianza y eso se hace poco a poco.

—Gracias por contarme… -Le sonríe pero no se anima a estirar la mano para reconfortar la del moreno, porque él sigue teniendo en su cabeza muy presente todo lo que le genera a su cuerpo el contacto del chico.

—Gracias por escucharme…

Sus miradas se encuentran y hay un agradecimiento sincero en los ojos del canario. A las pocas personas que les ha contado, no dejaban de preguntar más o aconsejar, así que agradece el silencio cómodo que le ha brindado el rubio.

—Podría decirte mil cosas más pero…estoy aquí para lo que necesites, Agoney. De verdad. –El isleño lo mira con algo de duda, pero el catalán es firme.- Lo digo en serio…si necesitas algo, lo que sea, solo dilo ¿Vale?

—Vale…-Lo ve al chico arquear sus cejas.- Que si, pesado, te avisaré.

Ambos ríen y se siente bien, un pequeño hilo de confianza se entreteje en esa mesa de un bar que ha dejado de ser un bar cualquiera, para pasar a ser el lugar donde se empezaron a conocer.

Salen, y en el auto conversan un poco sobre la oficina en un tono mucho más ameno.

Es por eso que cuando Raoul lo deja en su apartamento, no sabe que sentir.

Solo le queda rogar porque ese momento que han compartido no sea solo fruto de la desesperación de una tarde y pueda crecer en amistad.

***

Le hubiera gustado entrar al calor de su piso, pero decidió dar una vuelta por la manzana de su edificio, necesitaba aclarar su mente antes de ir con su novia.

Su novia.

Suspiró, y caminó hasta un banco cercano.

Aún recuerda cuanto cuchichearon sobre ellos cuando llegaron a su pueblo. Él venía con su familia de las islas y ella de Pamplona, ambos hijos de unos padres que habían sido trasladados a un pueblito alejado de la mano de Dios. Allí, en un lugar que apenas les daba la bienvenida por raros, los niños se refugiaron el uno en el otro y más pronto que tarde, eran todo lo que tenían para sobrevivir.

Su primer beso fue casi involuntario. La pamplonesa llegó una tarde llorando: Todas sus compañeras se burlaban porque era la única que jamás había besado a un chico y por eso no la dejaban conversar con ellas. Al día siguiente, antes de que tocaran el timbre para entrar a clases, Agoney la tomó por el antebrazo y la besó delante de toda la escuela. Fue un poco chapucero, ambos morían de la vergüenza y el canario jamás confesaría que ese fue su primer beso para él también, pero Amaia dejó de llorar.

Salir luego fue una mera formalidad. El rumor del besó se extendió y el isleño recuerda con nitidez las tardes en la cocina de su casa en las que él bajaba a llorarle a su madre porque su hermana no dejaba de cantarle “Ago y Amaia sentados en un árbol”. No solo aún poseía la cancioncita en la cabeza, sino que recuerda la risa de su madre diciendo “Glenda, deja que tu hermano tenga novia en paz.”

Agoney no estaba seguro de si quería que Amaia fuera su novia.

Él solo la había besado para que dejaran de reírse de ella, no porque le gustara.

Ahí, en medio de un atardecer en un banquito de una plaza de Barcelona, el canario se dio cuenta que nunca se había preguntando que era lo que a él le gustaba.

Los recuerdos vuelven a golpearle, así de improvisto.

“— ¿Cómo no te va a gustar? Aun es chica, pero es muy bonita. ¿No te gusta porque es medio rara?

—No es rara…-La defendió, tirándole el balón de básquet a su amigo al pecho.-No sé, ¿No se supone que tienes que sentir mariposas en el estómago y eso?

La risa que soltaron sus amigos lo hizo sentir incómodo.

—Esas son cosas que les decimos a ellas, Ago, lo de las mariposas no existe.

—Sí, porque en este pueblo de mierda si no prometes casamiento no te dejan meter mano en ningún lado.

Él tampoco se imaginaba metiéndole mano a Amaia, pero se unió a las carcajadas porque no quería que lo tacharan de raro. No ahora que por fin le hablaban y lo invitaban a jugar al básquet.”

“— ¡Agoney!

—¡Abuela!

Se miraron con la sonrisa bailándole en los ojos  y se abrazaron. Amaba volver a Canarias por unos días.

—Ven, que quiero hablar contigo.

La siguió hasta la cocina donde le sirvió la merienda, disfrutando de tener a su yaya por una tarde para él solo.

—Tu madre está preocupada.

— ¿Preocupada? ¿Por qué? –Preguntó extrañado.

—Por esa niña con la que sales, cariño.

— ¡Yo no salgo con ninguna niña!

—Exacto. –Le apuntó con la cuchara de madera con la que revolvía el dulce que preparaba.- Pero no te despegas de ella.

—Es mi mejor amiga.

—Agoney…a las mujeres se las respeta, tus padres te han criado mejor.

—Pero si yo la respeto…

—Mira, no pretendo entender toda la modernidad de ahora, pero si te encierras en tu cuarto o te pierdes por horas con ella sin que nadie los vea y ni siquiera te dignas a llamarla tu novia, pues eso no es respetarla.

De pronto parecía que el estómago del chico pesaba una tonelada.

— ¿Q-qué?

—Ago, no me tomes por tonta, estás por cumplir los diecisiete y sé que los hombres tienen necesidades y esas cosas, pero siempre pensé que tu harías un poco mejor las cosas ¿sabes? No eres tan insensible como tus primos.

Agoney ya no quería tomar la merienda.

—Pero abuela, nosotros…

—No te estoy diciendo que te cases, Agoney…pero si siempre es con la misma muchacha pues al menos dale la importancia que debería ¿No dices que es tu mejor amiga? Pues respétala.”

“—Ya la metiste, ¿Verdad? ¿Por eso te hiciste su novio?

— ¿Q-

— ¡Agoney! ¿Cómo te vas a poner formal ahora? Si estamos a nada de la legalidad y poder salir a discotecas…la de tías que nos habríamos tirado, chico, estás tonto.

—Joder, déjalo en paz, se nota que está coladito por ella.

¿Se notaba que estaba colado por Amaia? ¿Lo estaba?

Claro que lo estaba, era su novia.

—Es verdad, con ese culo te entiendo, claro que te entiendo.

Risas y codazos. Hasta ese momento, él no se había fijado en que su novia tenía buen culo.”

“—Tienes un culo precioso, amor.

Se sintió raro diciendo eso, pero el rubor y el labio mordido de la castaña le parecieron adorables.

—Bua, Ago, que cosas dices…el tuyo también es muy bonito.

Y la besó con fuerza, con intensidad. Después del juego de básquet que como era pleno verano y todos terminaron sin camisetas, habló con uno de sus amigos que era más tranquilo que los demás y le dio un par de consejos.

Esa noche llegaron a un poco más que unos simples besos, y cuando volvía a su casa se preguntó si se suponía que debía sentirse así de insatisfecho con su erección sin resolver y los labios doliéndole de tanto besarse.”

Cuando se animó a preguntar, le dijeron que sí, que era porque no había llegado al final. Que era incómodo siempre las primeras veces, que era normal sentirse algo vacío.

Así que cuando pasó, se alegró que al menos su primera vez fuera con alguien que quería tanto como él quería a Amaia.

Porque la quería, de eso estaba convencidísimo.

La pamplonesa era su mejor amiga, la que lo conocía más profundamente. Con ella podía ser él mismo, conocía sus miedos, sus sueños, lo mucho que le gustaba mirar el cielo y el olor de la tierra después de la lluvia.

Lo había escuchado cuando sentía que se iba a volver loco porque nadie más en ese bendito pueblo le hablaba. Él para ella había sido su escudo contra las burlas porque no estaba siempre peinada o porque vivía en otro mundo. El tinerfeño había aprendido a entrar en ese mundo peculiar que era la cabeza de Amaia y la había abrazado, queriéndola tal cual era.

Se querían, se querían muchísimo.

Eran uno el pilar del otro.

Por supuesto que ella tenía que ser su novia.

¿Qué más quería para el resto de su vida que alguien que lo entendiera y lo acompañara en todo?

Emprendió la vuelta a casa, a los brazos del amor de su vida, más relajado al darse cuenta que era lo que ocurría con él.

Jamás se había encontrado con que alguien aparte de su chica le gustara. Y le chocaba que ese alguien fuera un hombre pero es que, joder, solo había que mirarlo a Raoul para que te gustara. Seguro a un montón de tíos le pasaba eso de querer empotrarlo contra la pared, si el rubio estaba buenísimo.

Su misma novia un montón de veces se babeaba por chicas y eso le parecía de lo más normal.

Después de todo, era pleno siglo XXI, no había nadie hetero hetero ¿verdad?

Un par de besos con un hombre no lo hacían gay.

Así que sí, le había gustado alguien más aparte de su novia y era normal, no pasaba nada.

Y lo había besado estando separado de ella así que tampoco pasaba nada con eso.

Abrió la puerta de casa, satisfecho con su paz mental y se encontró con los brazos y los labios de la castaña, saludándolo después de un largo y agotador día de trabajo.

Cuando las luces se apagaron y se acostaron a dormir, con ella entre sus brazos, en ese límite tan difuso en el que se codean la conciencia y la inconsciencia, una pregunta lo asaltó.

¿Era normal que los besos de Raoul se le antojaran más que los del amor de su vida?

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Capitulo 7: Wave.

«El romper de una ola no puede explicar todo el mar. »

(Semana 14)

 

Sus pasos eran los únicos que resonaban por la pequeña sala de espera.

—Ago, para o voy a vomitar.

—Lo siento, cielo pero estoy nervioso. –Suspiró y se sentó a su lado, entrelazando sus manos.

A Amaia le hacía gracia la situación, porque por lo general era Agoney quien la guiaba en todas las situaciones, así que aquí se sentía mayor, más experta.

—Tranquilo, he hecho todo lo que me pidió en la visita anterior, todo estará bien.

El canario le sonrió con dulzura, antes de inclinarse y dejar un suave beso sobre su nariz, que provocó una sonrisa igual en la chica. Se quedaron un momento viéndose a los ojos, cuando la voz de la doctora llamándolos a la consulta los sacó de su burbuja. Entraron con las manos juntas, la castaña dejando un pequeño apretón sobre la del moreno, dándole un poco más de confianza.

Las preguntas a la pamplonesa y la revisión fueron las de rutina, pero el isleño prestaba especial atención a cada palabra, buscando memorizarla para luego llevar a la práctica cada sugerencia que daba la profesional.

— ¿Cómo siguen las nauseas, Amaia? –Preguntó la mujer.

—Bua, horribles. Pasé unos días sin ellas, pero han vuelto con más fuerza que antes. –Respondió con un puchero adorable que hizo que el chico le acariciara la mejilla, dándole ánimos.

—Bueno, no hay nada cien por ciento efectivo contra las náuseas, van a ir desapareciendo paulatinamente. Lo que sí puedo sugerirles que suele tener buen resultado es el sexo oral.

— ¿Perdone?

Agoney estaba concentrado mirando a su novia, por lo que se giró bruscamente a ver a la doctora, que seguía anotando datos en su portátil.

—Sí, hombre, sexo oral. Un orgasmo recién despertando es la manera más natural y efectiva de ayudarle a Amaia con las nauseas.

No hacía falta que el canario mirara a su chica para saber que ambos estaban sonrojados.

Ellos…ellos no hacían mucho eso.

—V-vale. –Contestó rápidamente.

Le avergonzaba que la médica hablara sin ningún tapujo sobre la vida sexual de ellos, porque si ellos apenas lo hacían ¿por qué se metía alguien ajeno? Aunque tuviera cierta reticencia a hacerlo –y más si era por consejo de otra persona-  le aliviaba saber que podía hacer algo por aliviar el malestar de su novia, ya que cargaba con cierta impotencia al verla mal y no poder hacer nada concreto por ayudarla.

Pero es que, joder, que vergüenza. Y que agobio que al parecer todas las soluciones a los problemas del mundo era el sexo.

¿Estresado? Sexo. ¿Mal día? Sexo. ¿Felicidad? Sexo. ¿Reconciliación? Sexo. ¿Nauseas matutinas? Sexo.

Y a él el sexo no le parecía para tanto escándalo y obsesión. Sí, era placentero, te relajaba y era precioso para conectar con la persona que querías pero igual una sesión de masajes te hacía igual de bien. Igual un abrazo y mirarse a los ojos diciéndose te quiero eran igual de importantes.

No entendía la manía de follar para todo.

Unos ojos miel pasaron fugaces por su mente, pero la voz de la profesional de la salud lo sacó de allí antes de que su parte consciente pudiera procesarlo.

—Bien, ¿alguna duda más? –Volvió a indagar con una sonrisa para los jóvenes aprendices de padre.

Ambos negaron, pues ya habían atosigado a preguntas a la pobre mujer.

—Entonces pasemos de sala a hacerte el ultrasonido, Amaia.

Los nervios volvieron a hacerse presente en el estómago del moreno, que siguió a las mujeres hacia otra sala en silencio, mientras que ellas no dejaban de hablar sobre cómo había llevado las cosas desde la consulta anterior.

Se sentó en el banquillo que estaba al lado de la camilla, esperando mientras preparaban a su novia. Buscó su mano y jugueteó con sus dedos mientras ella le arranca una sonrisa al quejarse por lo frío del gel que colocan en su estómago.

El ultrasonido comenzó, y el chico se concentró en la pantalla que al principio no mostraba más que un amasijo gris moviéndose para todos lados, la doctora ubicó rápidamente lo que buscaba, mientras les explicaba lo que iban viendo. Pero Agoney dejó de escucharla en el momento en que la imagen tomó una forma concreta y el sonido que había oído en el DVD de la ecografía anterior retumbó con fuerza por toda la habitación.

—E-eso es…

—Ese es su pequeño, chicos. –Les confirma con una sonrisa, pero ambos padres no la ven, demasiado absortos en la nítida imagen que forma el pequeño tambor observado de costado.

Nunca esperó sentirse de esa manera, no tenía una experiencia o una palabra para nombrarlo.

Era como una ola, que lo arrastraba irremediablemente, pero estaba lejos de ser destructivo o dañino como cuando una ola te golpea en medio del mar. Porque llenó su pecho de un calor indescriptible, haciendo que todas sus dudas, sus temores, todo lo que lo había acechado durante semanas se evaporara. Como si su centro de gravedad se hubiera movido de él mismo y todo lo que lo agobiaba.

Ahora todo su mundo giraba en torno a esa pequeña figura que veía a través de un monitor.

—Bueno, todo parece ir de maravilla, su corazón es muy fuerte.

—Como el de su madre.

No fue hasta que oyó su voz rota que no se percató de que estaba llorando. La pamplonesa se giró a mirarlo y los ojos brillantes de ambos se encontraron con una sonrisa llena de cariño, el cual el tinerfeño plasmó con un suave beso en los labios contrarios.

—Te quiero.

—Y yo te quiero a ti.

La despedida con la médica fue escueta, ya que ambos estaban sumidos en su pequeño mundo, ese que los había protegido de todo siempre, donde se tenían solamente el uno al otro, y en el que ahora habían dejado que un pequeño pero fuerte tambor resonante pasara a formar parte, dándole música a sus vidas.

 

***

 

El móvil sonó por segunda vez y la pamplonesa tiró todos los cojines para encontrarlo.

— ¡Sí! –Exclamó con victoria antes de descolgar.- ¡Miriam lo siento, lo siento, lo siento! no me mates, que solo he tardado dos timbres en contestar. Sí he recordado nuestra merienda de hoy, prometo llegar puntual.

La risa de la gallega resonó en su oído y eso automáticamente la hizo sonreír a ella.

—No te preocupes. Te llamaba justo para cancelarte lo de esta tarde.

— ¿Qué? ¿Por qué? –La sonrisa se fue.

—Me ha surgido…algo. Lo siento, pequeña, hoy no puede ser.

—Vale…-Su tono es desinflando, ya sin ganas.- ¿Mañana? –Preguntó con un deje de esperanza.

—Veo, pero no puedo asegurarte nada. Te escribo mañana ¿Vale?

—Vale.

—Cuídate, peque.

Antes que la castaña pudiera responder, la rubia colgó.

Eso la dejó con un amargo sabor en la boca, no sólo por la tarde aburrida que tendría, sino porque Miriam nunca se despedía sin antes haberle dicho que la quería.

 

***

 

—Jo, Ago es monísima, me encanta.

—Supongo que los índices de las ventas en el último trimestre no son lo “monísimo” de lo que están hablando ¿no? –Raoul entra en la sala de juntas y ambos asistentes levantan la vista ante las palabras y las risas del chico.

—N-no, señor, lo siento. –El canario se levanta de su asiento rápidamente, preocupado.

—Hernández, relájate, los ogros aún no llegan yo me he adelantado.

La risa de Nerea resuena y le quita el móvil al chico para acercarse a su jefe.

—Ago me estaba enseñando la imagen de su hija, señor Vázquez. ¿A qué es mona?

—Aún no sabemos si es niña, Nerea.

—Si es tan bonita estoy segura de que sí.

El catalán miró por un segundo a su asistente, que tenía los ojos brillantes de felicidad, por lo que desvió la mirada al móvil que le enseñaba la rubia. Ahí, podía ver como de forma tierna e increíblemente inocente estaba la razón por la que los ojos de Agoney desbordaban alegría y la razón por la que los suyos estaban algo más opacos.

—No puedes saber si es bonita o no por un ultrasonido, Nerea.

— ¡Pero señor Vázquez!

La indignación de la chica hizo reír a los dos hombres que se miraron, pero el rubio le quitó la mirada enseguida nuevamente, carraspeando.

— ¿Va todo bien?

—Sí, la doctora nos dijo que tiene un corazón muy fuerte y que todo va bien. –Le aseguró con una sonrisa el chico que tan recurrentemente acudía a sus sueños.

—Me alegro mucho, Hernández.

No pudieron seguir hablando, pues los demás comenzaron a llegar a la sala. Ese día, le tocaba a Raoul escuchar sobre un informe que ya había leído, por lo que pudo permitir que sus pensamientos se dispersaran en paz.

Volvió a pensar en Nerea, tan feliz por la paternidad de su compañero y en la felicidad en el rostro canario. ¿Él era el único que veía todo esta situación como algo no solo surrealista, sino horriblemente mal?

Vale, probablemente la rubia no sabía sobre lo que había pasado entre ellos, pero mínimo, si lo has dejado con tu pareja, es porque las cosas ya no iban bien.

Sobre todo si llevabas con esa persona diez años. DIEZ. Ese número atormentaba a Raoul. ¿Cómo era posible que Agoney llevara toda su vida en pareja con una chica?

Dirigió disimuladamente su mirada al perfil del moreno, que miraba con sus gafas atentamente la pantalla. Joder, que guapo estaba con gafas.

Pero en serio…Se había pasado las noches de esa semana preguntándose como el chico lo había besado con tanta arrebato y confianza cuando había tenido una sola novia en su vida. La atracción en ellos era evidente y poderosa, Raoul sentía como su piel se crispaba cuando su asistente estaba demasiado cerca, por lo que no entendía como esa energía abrumadoramente sexual no la había notado Agoney, porqué se había pasado toda su vida con una sola persona.

Una pequeña punzada de dolor y envidia atravesó su pecho. Qué suerte. Y qué envidia que el canario hubiera encontrado a alguien que lo hiciera sentir tan seguro como para querer pasar toda una vida a su lado.

Bueno, aunque eso fuera un punto discutible, ya que el rubio no dejaba de pensar en que se había liado con él porque lo habían dejado.

Lo habían dejado en el momento en que tenían un bebé en camino.

Si había alguien sin suerte en este mundo, era él.

El suspiro que soltó hizo que los que estaban a su lado se giraran a verlo. Se puso rojo al instante, mientras se enderezaba en su asiento y fingía mirar los números que había en el informe.

Tenía que volver a viajar, despejarse, conocer más gente. Quería ser amigo de Agoney, pero tenía que dejar de soñar con su boca, dejar de pensarlo como alguien con quien podía acostarse.

Iba a tener un hijo con una mujer, por todos los cielos.

Pero es que él se conocía y le asustaba no poder frenarse porque esto era lo que sucedía cuando se obsesionaba con algo.

No paraba hasta tenerlo.

Y si había algo que estaba escrito en piedra era que no podía tener a Agoney.

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Capitulo 8: Saber.

« Siempre se es más feliz en la ignorancia.»

 

Llevaba ya algo más de cuatro meses en la empresa. Y tal vez habían sido los cuatro meses más surrealistas de su vida pero si era sincero consigo mismo, algo en ese caos que habitaba le daba un impulso nuevo para vivir.

Con Amaia su relación iba como las aguas calmas, esas que navegas tranquilo porque conoces la ruta y el viento está a favor.

El pequeño tambor –ya le había quedado el apodo – era lo que le aportaba magia e intriga a su vida. Cada noche leían todo lo que podían, y aunque aún no era posible que escuchara, le encantaba apoyar su oído en la pequeña tripita que se podía apreciar en el cuerpo de su novia y hablarle. Le repetía cada día que lo o la amaba con toda su alma. Que lo hacía muy feliz, que no podía esperar para tenerle entre sus brazos. Que por favor sacara el carácter calmado de su madre, no el impulsivo de él.

Eso hacía reír a Amaia que, acariciándole el pelo con una mano y su propio estómago con la otra, le decía al pequeño tambor que saliera con el rostro perfecto de su padre.

Se vivía bien en esa armonía. Era tranquilo y seguro. Le gustaba la cotidianeidad que tenía con su chica y era bueno llegar después de un largo día de trabajo a un lugar sosegado.

Porque el trabajo no lo era y amaba eso.

Ya había entrado en la dinámica no solo de su puesto, sino en la de la empresa y estaba encantado. Nerea tenía razón y trabajar allí era algo que daba gusto. Vivía agotado, porque Raoul exigía muchísimo de cada empleado, pero Agoney había podido observar que si él exigía era porque trabajaba a la par de ellos. Era muy común quedarse hasta después de hora en la oficina pues su jefe era el último en irse, aunque  aún más frecuente era que el rubio lo enviara a casa a pesar de que él continuaba allí. Así que no sabía con exactitud hasta qué hora se quedaba allí, con el edificio completamente vacío.

Verlo al catalán en acción en medio de un negocio, era un placer que el canario jamás confesaría. Sobre todo porque se negaba a aceptar el bestial atractivo que desprendía el menor en medio de una junta pidiendo explicaciones, ajustando parámetros de venta, dando directivas a todo el mundo. Le fascinaba verlo cabreado, porque notaba como intentaba no estarlo. Ante un error el rubio se quitaba las gafas, se recostaba en su silla, apretándose el puente de la nariz y cerrando los ojos unos segundos antes de responder. Agoney no quería ser el destinatario de esa mirada nunca. Era dura e implacable, que combinada con la voz tranquila pero acerada que usaba para recalcar alguna incompetencia, hacía temblar a todos.

Pero había algo que era aún más secreto. Incluso no se lo admitiría ni a él mismo. Sus momentos favoritos en el trabajo eran esos en los que entraba a la oficina y se encontraba a Raoul en medio de una negociación complicada.

Justo como esa tarde.

Ya pasaban de las siete y él estaba agotado, pero tenía que terminar su trabajo así mañana podía llegar tranquilo y no corriendo a enviar mails a todo el mundo.

Pasó con las carpetas a su despacho sin llamar, ya que su jefe le había urgido para que pasara en cuanto las tuviera, pero cuando lo hizo no encontró la voz para anunciar su presencia.

Se topó con el catalán sin corbata, con los primeros botones de su  camisa desprendidos y arremangada hasta los codos. Tenía el manos libres colocado en sus oídos y con sus manos apoyadas en el escritorio, apretándolo en una rabia sorda que intentaba disimular con su voz, pero que él notó enseguida por el tono rojo de su rostro. Su flequillo, usualmente tan bien colocado caía sobre su frente desordenado y estaba tan concentrado que hasta había olvidado su manía de soplarlo para ponerlo en su lugar.

A Agoney casi le da algo.

Pero era por el obvio ambiente cargado de la oficina de su jefe. Solo era por eso.

No tenía nada que ver que su mente le hubiera golpeado con la imagen de esos brazos con las venas marcadas apretándolo contra su cuerpo, mientras imaginaba que ese rostro estaba rojo por la forma en que se devoraban hasta quedarse sin aire.

— ¿Hernández?

El aire que cogió al sobresaltarse ante la mención de su apellido hizo un pequeño ruido al pasar por su garganta en el momento en que él se aferraba más a las carpetas que traía en sus manos, rogando a todos los dioses de todas las culturas que por favor, por favor su erección fuera imaginación suya.

—Ya…ya están las carpetas listas –se aclaró la garganta, para clarificar la voz ronca y baja que había salido.- Señor.

El señor en cuestión, hizo todo el esfuerzo del mundo por no ojear a su asistente de arriba a bajo, pero ver sus mejillas arreboladas y oír ese tono de voz tan profundo se lo estaban poniendo muy difícil. Encima, acababa de tener una llamada que lo había cabreado y joder, como necesitaba un polvo.

—Déjalas aquí y ve a casa que es tardísimo. –Suspiró, dejándose caer en su silla.- Y seguro te esperan en casa.

Se obligó a sonreírle cuando el chico se acercó al escritorio, se obligó a pensar en pañales, en llantos de bebé. Se recordó a sí mismo a recordar que quería ser su amigo.

—Buenas noches, señor.

—Buenas noches, Hernández.

El canario salió y el rubio se hundió en su silla, masajeándose las sienes.

—Joder, that ass. –Suspiró antes de golpearse la frente suavemente contra el borde del escritorio.

Apagó el portátil, decidiendo que era suficiente trabajo por ese día, que necesitaba una copa de algo fuerte. Y una polla que no pidiera muchas explicaciones.

 

***

 

—Bua, Miriam, deja eso por favor. –Pidió tapándose los ojos.

— ¿Pero que la pasa, ahora?

—Es que leí anoche que el tamborcito tiene ahora el tamaño de un nabo…¡Qué dejes de cortar nabos que me da impresión!

La rubia intentó contenerse, pero terminó soltando la carcajada mientras dejaba el cuchillo sobre la tabla. Levantó las manos en señal de paz, las ocurrencias de su amiga eran únicas.

—Dramática. –Se burló antes de pasar por su lado y empujarla suavemente con su cadera.- Entonces ¿no más ensalada de nabos?

—Al menos hasta las veinte semanas no. –Contestó con un puchero en sus labios.

Miriam dejó ir en un suspiro las ganas de besarla, recordando la razón por la que la había invitado a comer.

—Cielo…-La llamó.- Tengo algo que contarte algo.

Amaia hizo un pequeño ruidito con la boca para hacerle saber que la escuchaba pues estaba entretenida comiendo un kiwi.

—Estoy saliendo con alguien.

Un estropicio de semillas y fruta a medio masticar cubrió la ensalada que habían dejado sin hacer, mientras la pamplonesa tosía, sin poder dejar de ahogarse con lo que había alcanzado a tragar.

— ¡Pero tía! –Prácticamente grita la gallega, golpeando su espalda con suavidad mientras la otra chica con una mano se tapaba la boca y con la que tenía libre sostenía su pequeña tripita.- ¿Estás bien?

La castaña asiente, mientras Miriam le alcanza un vaso de agua, estudiándose ambas con la mirada.

— ¿Estás saliendo con alguien? –preguntó, presa de la incredulidad.

Primero asintió lentamente antes de hablar.

—Se llama Mary, nos conocimos en el gimnasio.

De puta madre, ella dejaba el gimnasio dos meses y Miriam ya la había cambiado.

—Que guay, me alegro un montón por ti, Miriam.

Ambas se volvieron a mirar por un momento, sabiendo que no había ni una pizca de alegría real en sus palabras.

Aunque la más sorprendida de las dos era Amaia. No podía entender porqué reaccionaba así ante algo que debería ponerla feliz. Su mejor amiga llevaba mucho tiempo sola y era bueno que tuviera al fin a alguien que la cuidara, que le diera todo lo que ella se merecía.

—Más vale que te trate bien o mis hormonas, el tamborcito y yo la mataremos.

— ¿Te voy a poder ayudar a esconder el cadáver?

—Claro, que no puedo cargar peso, así que te tocará esa parte.

Ambas estallan en carcajadas y la castaña se acerca hasta su amiga y la abraza con mucha fuerza.

Ninguna de las dos se da cuenta que ambas aspiran profundamente el aroma de la otra.

—Estoy feliz por ti, Miri. En serio.

Esta vez habla con total sinceridad.

 

***

 

—Sí, sí, salsa de soya extra, por favor. Ajam…sí, sí. Muchas gracias. –Alfred cuelga con una sonrisa, y se vuelve hacia la mesa de trabajo.- Enseguida viene la cena.

Un gruñido de Raoul hace que su amigo ría y que el moreno se voltee a verlo.

—Tranquilo, campeón, he pedido suficiente para que te calmes. –El ceño del rubio se relaja y le sonríe.- Agoney, anota, que nunca le falte comida a Raoul.

El canario se ahoga con su propia saliva, provocando que el barcelonés ría y se acerque a golpear su espalda con delicadeza.

—Alfred, tengo hambre, no jodas. –Vuelve a quejarse, sin dejar de teclear en su portátil.

—Verás, Agoney…siempre es así. No te alarmes. Gruñirá hasta que el producto nuevo esté a la venta, quejándose en bucle de que tiene hambre o de que está harto de la empresa de mierda y que debería irse al Caribe a buscar pollas.

No lo puede evitar, el isleño suelta una pequeña risita que intenta ahogar detrás de unos papeles, pero su mirada se encuentra con la de Raoul, que está totalmente serio y le arquea una ceja, antes de negar con la cabeza y volver su vista a la pantalla, intentando esconder la sonrisa.

Alfred los mira de forma intermitente, de pie en la cabecera de la mesa de juntas y los brazos en jarra. Quiere gritarles a ambos que por favor por el bien de la empresa se líen ya de una vez, pero se contiene.

—Voy a buscar la comida. –Les avisa antes de salir de la oficina, negando con la cabeza.

Él lo sabe todo desde esa noche que su amigo llegó tan inquieto a su puerta a contarle el drama que envolvía a Agoney. Al barcelonés le daba coraje saber la situación en la que estaba inmerso el asistente, pero lo entendía.

Se había cansado de conocer hombres que eran notablemente homosexuales y los veía siempre de la mano de su hermosísima esposa, en los partidos de fútbol de sus hijos. Al principio el castaño se preguntaba como hacían para vivir. Cómo aguantaban tanto, como no se daban cuenta. Pero luego con años de observaciones silenciosas, aprendió a escucharlos, aprendió a ver eso que a los ojos de la sociedad era completamente invisible y supo que ellos no tenían ni idea. Estaban tan sumidos en la sociedad, en lo que se esperaba de ellos como “hombres” que de verdad eran felices con su vida, con sus logros. Pudo darse cuenta de que había gente cuya mayor habilidad era engañarse a sí mismos y ocultarse lo que realmente eran. Así que la situación del canario no le sorprendía, pero si le dolía porque había visto a su mejor amigo preocupado por él. Y después de manejar una de las empresas más importantes de España a los veinticinco años, habían pocas cosas que preocupaban a Raoul.

Mientras le pagaba al chico del delivery y volvía a la oficina por su mente pasaba amargamente el pensamiento de que nada más acertado que la frase “Uno siempre es feliz en la ignorancia.”  Siempre se sufría, se padecía más por tomar conciencia de ti mismo, de tu alrededor que por vivir en la zona de confort toda la vida. Lo lamentaba mucho por Agoney que había cortado ese proceso de autodescubrirse en seco, pero eran las putadas de la vida, jamás sabías por donde te iba a joder.

—Mariconaaas, ¡Ya llegó el sushi! –Su grito provocó que el moreno se volviera a ahogar con su propia saliva por el adjetivo usado, y que el rubio se levantara de su puesto con un grito de júbilo porque por fin saciaría su hambre.

Él rió achinando sus ojos, yendo hacia a la sala de descanso y comenzando a desenvolver la comida. Sí, la vida había jodido a Agoney, pero eso no significaba que él no fuera a hacer lo posible para ayudarlo a que pudiera quitarse la venda que tenía sobre los ojos.

 

***

 

Eran las doce de la noche y el suave ronquido de Alfred provocó un respingo en el isleño que casi se había dormido sobre su portátil.

—Agoney, ve a casa  a dormir. –Se quita las gafas y se restriega los ojos cansados antes de enfocar su mirada en la voz de su jefe que habla en un susurro.

—No, no. No estaba dormido, lo juro. –Asegura acomodándose en su asiento y volviendo a controlar las gráficas de los mercados del otro lado del mundo.

La risa contenida del catalán hace que vuelva a posar sus ojos en él, preguntando de forma silenciosa que es lo que le causa tanta gracia.

—Estabas casi babeando los informes…en serio, estoy con Alfred. Ve a dormir que tu mujer seguro te extraña.

—El señor García se durmió hace rato y no puedes controlar los mercados asiáticos y los latinoamericanos al mismo tiempo…-Responde con un suave encogimiento de hombros.- Además Amaia está en una pijamada con su mejor amiga, ella está bien.

Raoul lo miró por largos segundos en silencio, admirando su perfil tan perfecto, como sus pestañas infinitas hacían sombras graciosas sobre sus mejillas, como su barba oscura resaltaba sus carnosos y rojos labios, los cuales recordaba como sabían a la perfección.

Suspiro.

Se puso de pie, dirigiéndose a la máquina de café y sirvió dos nuevas tazas con la bebida que acerca a su asistente.

— ¿Qué se siente saber que vas a ser padre?

Tal vez es una pregunta muy intima, muy profunda para compartir entre medio de números y gráficos de las bolsas de países que no conocerán nunca, pero necesita pensar en las cosas que los separan y no en pasar sus dedos por sus rizos enredados, no en quitarle las gafas mientras se sienta sobre su regazo para besarlo.

Necesitaba pensar en Agoney como su amigo.

—No lo sé…en realidad es la sensación más extraña del mundo ¿sabes? Eso de amar a alguien incondicionalmente sin siquiera haberlo visto nunca.

La sonrisa del canario estaba tan llena de amor y de paz, que barrió de él todo rastro de lujuria e instaló un extraño sentimiento de tristeza en su pecho.

—Estás enamoradísimo de ellos. –Concluyó con una sonrisa triste en sus labios, huyendo de los ojos oscuros que ahora sentía posados en él.

—Sí, son mi vida entera. –Aseguró también con una sonrisa.

Pero el tinerfeño no supo definir porqué su sonrisa era triste también, porqué el humor de Raoul lo había empapado tan de prisa y mucho menos entendía el porqué de esa sonrisa tan anhelante por parte de su jefe.

Es que últimamente el moreno no entendía muchas cosas.

A veces tenía la sensación de que en el momento en que firmó para trabajar para los Vázquez, había firmado por un cambio completo de vida.

Sus miradas se sostuvieron por lo que pareció una eternidad en la que el mayor sintió sus mejillas arder, por lo que rompió el momento volviendo a concentrarse en el trabajo que esa noche los tenía en vela.

—Estoy seguro de que es un bebé muy feliz.

Las palabras del rubio luego de un silencio prolongado, llaman la atención del isleño.

— ¿Por qué dices eso?

El catalán, se encogió de hombros y sin despegar la vista de la pantalla contestó.

—Cuando sientes que eres amado es imposible no ser feliz.

La frase fue dicha con la simpleza y el aplomo con el que se dicen las grandes verdades de la vida, y eso encogió el corazón de Agoney.

A la lista de preguntas que tenía en su cabeza, se agregó la de si Raoul sabía.

Se preguntaba si el niño que jugaba a ser dueño del mundo disfrazado de duro y feroz sabía la dulzura que escondían sus palabras. Si sabía que bastaba observarlo así, un martes a la madrugada en completo silencio para ver que todo lo que demostraba era solo una fachada. ¿Sabría el rubio que no convencía a nadie y bastaba una mirada sincera para descubrir que era un alma buena y sencilla?

O tal vez sí que convencía a todo el mundo y esa lectura la podía hacer el canario solo por obra de la cantidad de tiempo que pasaban juntos y gracias a las cuales él había aprendido todas esas pequeñas cosas sobre su jefe, como lo adorable que le quedaba la cicatriz que tenía en su mejilla, la manía del catalán de comerse las uñas por más seguridad que aparentara. También estaba la forma en que tomaba un mechón de su cabello, lo retorcía y lo acomodaba cuando se concentraba en algo. O como todas las mañanas a las 10.22 en punto, salía de su oficina para preguntarle cómo iba su día, a pesar de que solo hubiera pasado una hora y media de trabajo. Había descubierto que su café favorito era el negro, pero con mucha azúcar porque a pesar de ser el dueño de la empresa, tenía prácticamente cinco años y odiaba el sabor amargo del café. Sabía que su sonrisa era más sincera cuando se trataba de recibir a Alfred, y que el señor García siempre, siempre tenía prioridad sin importar en medio de que estuviera.

 Eran tantos y tan pequeños los detalles que componían a Raoul que se sorprendió a sí mismo al percatarse de toda la atención que le había prestado para notar cada uno de ellos. Y supo que probablemente había miles más por descubrir así como también supo que él no debía descubrirlos.

Lo más profundo de él sabe que ha conectado con su jefe de una forma en la que no tendría que conectar, no solo porque es su empleado, sino porque Agoney puede sentir en el vibrar de su piel, en la forma en que se tensa cuando están cerca que es una conexión que no ha sentido nunca con nadie, ni siquiera con la madre de su hijo.

Pero lo profundo siempre está oculto y sumido en la inmensidad de la oscuridad. Requiere de un enorme esfuerzo y voluntad remover las profundidades para que esas intuiciones más primitivas puedan ver la luz.

Tal vez hace unos meses el moreno podía llegar a tener esas ganas y esa voluntad de saber.

Sin embargo en ese segmento de su vida, a pesar de la pequeña sonrisa que observa en los labios de Raoul mientras este está trabajando, no hay, no puede darse un espacio para saber.

Lo único que tiene lugar en la luz es que sabe que va a ser padre.

Todo lo demás debe quedarse en la oscuridad.