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Capitulo 1: Working...Girl?     

 

« Establecemos reglas para los demás y excepciones para nosotros»

 

   —Recuérdame de nuevo… ¿Por qué me dejas? –Preguntó en voz baja, quitándose las gafas un momento para masajearse las sienes, cansado de ese día que parecía no acabar jamás.

La melodiosa risa de la andaluza llenó el despacho, y Raoul supo que le iba a hacer falta.

   —Porque vamos a casarnos con tu hermano y luego empezaré con mi propia empresa.

   —Es que el día que los presenté sabía que era una mala idea.

La rubia se acercó con su resonar de tacones, y besó el pelo de su amigo, que amenazaba con comenzar a despeinarse luego de más de diez horas de oficina.

Mireya sabía que el catalán era su jefe y que en su empresa era más que respetado por su seriedad y compromiso con su trabajo. Sin embargo, ella siempre supo ver al joven amable y cariñoso que se ocultaba detrás de esa fachada. Con paciencia y sin disminuir su sonrisa ni un milímetro, a pesar del continuo mal humor del rubio, supo derribar sus barreras y habían entablado una amistad muy sólida. Pero desde hace un año, tiempo en el que habían comenzado a salir con Álvaro, le gustaba pensar en el chico como su hermano pequeño.

Y ahora su hermanito estaba con su traje de alta costura, golpeándose la frente contra el borde del escritorio en medio de un berrinche porque tenía que contratar una asistente nueva.

No lo querría menos si le daba una colleja ¿verdad?

Estaba bastante insoportable. Que si no sabía sobre economía, que si le faltaban cursos, que si mira como se vino vestida, que sí, que sí, que sí.

Debió saber que la idea de su prometido le traería problemas. Era su sueño tener su propia empresa de organización de bodas, pero jamás contó en lo difícil que sería convencer a Raoul que alguien podría reemplazarla. Recordó por un momento sus comienzos siendo asistente del perfeccionista Raoul y le deseaba sus más profundas condolencias a la pobre chica que tomara ese puesto.

   —Cariño, anda. Aún nos quedan dos candidatas por ver y tu madre nos matará si no llegamos a la cena familiar, recuerda que es jueves.

Era preferible dejar que te sacaran las uñas sin anestesia antes que saltarte la cena familiar Vázquez de los jueves y enfrentarte a la ira de Susana, su suegra.

   —Coño, es verdad. Que pase la que sigue. –Sonrió porque una amenaza de la Susi era más efectiva que mil discursos intentando aplacar al chico.

   —Thalía, adelante. –Llamó Mireya con una sonrisa a la castaña que esperaba afuera.

La futura señora Vázquez estaba intentando contener una sonrisa de satisfacción cuando despachó a la chica porque estaba segura que ella era la indicada. No solo poseía los conocimientos que el puesto necesitaba, sino que había contestado las preguntas difíciles sin despeinarse y a la andaluza le encantaba la energía y vitalidad que traía encima. Estaba convencida de que podría con Raoul el gruñón aún en sus peores días.

   — ¿Y? ¿Qué piensas? –preguntó cuando volvieron a quedar solos, casi sin poder contener su emoción.

   —Creo que ella podría ser ¿no? –Respondió pensativo el catalán, acomodándose de nuevo en su asiento y frotándose la barbilla.- No hace falta que te cortes conmigo, se nota que es tu favorita.

Dejó salir su entusiasmo en una sonrisa que mostraba todos sus dientes blancos y se acercó a darle un pequeño achuchón a su cuñado.

—Creo que ella sería una asistente de lujo. Tiene bastante en claro de que va el puesto y me encanta la energía que tiene.

—Lo sé, lo sé. Yo también lo creo. Gracias al cielo esta búsqueda no se va a alargar más, porque no soporto a la gente queriendo caerme bien a posta. –La  rubia le puso los ojos en blanco sin que la viera, una vez gruñón, toda la vida gruñón.

—Aún nos queda una persona. –Le recordó buscando la carpeta que les faltaba por ver.

—Dile que muchas gracias por venir, pero que el puesto está cubierto. –Respondió el rubio ordenando los papeles, dispuesto a largarse de allí en ese momento.

—Raoul, no seas así. Esa chica lleva esperando horas, hay que entrevistarla aunque sea por cortesía.

Se miraron fijamente unos segundos, pero en el concurso de miradas amenazantes, el empresario no podía ganarle a su cuñada. Se lo atribuía principalmente a que lo había visto borracho y en otras condiciones más deplorables. Así que, le dirigió otra mirada de enojo antes de resoplar y despatarrarse en su asiento, dejando en claro su postura.

—Dile que pase.

—Acomódate. –Le riñó la asistente antes de poner otra sonrisa en su rostro y abrir la puerta, leyendo la carpeta que había abierto en ese momento.- ¿A…Agoney?

Raoul estaba acomodándose en la silla y desaflojando un poco su corbata cuando oyó el tono dubitativo de su amiga. Un instante después, entendió lo que había pronunciado y seguramente su rostro reflejaba el mismo desconcierto que la voz de Mireya ¿Recursos humanos había enviado a un hombre para el puesto de asistente?

—Adelante.

—Gracias.

La voz de la rubia lo trajo de nuevo a la realidad, pero fue definitivamente ese grasias lo que hizo que levantara la cabeza.

No era un hombre de religión pero…

Jesús, María y José.

La habitación de pronto había aumentado 10 grados su temperatura y se había quedado sin oxígeno. Estiró su mano para alcanzar su botella de agua porque tenía la garganta seca.

Dios mío.

Es que estaba dispuestísimo a creer en los dioses que hicieran falta si eso significaba que el monumento que tenía enfrente de él era creación de ellos.

Podía sentir como el calor subía por sus mejillas, y tal vez era muy poco ético, pero no pudo evitar repasar al moreno que había atravesado la puerta y se dirigía a la silla frente a él.

Barba perfectamente recortada, que era el marco perfecto para los labios más apetecibles que Raoul había visto en la vida. Unos ojos enormes, con unas pestañas infinitas y rizos cayendo sobre su frente. Todo eso enfundado en unos sencillos pantalones negros y camisa blanca.

Una aparición traída directamente de sus más bajas fantasías eróticas.

El catalán sospechó que era gay cuando besó a Aitana y no le movió ni uno solo de los pelos de su tupé. Confirmó que lo era, cuando en vez de fantasear con su profesora Victoria como el resto de sus compañeros, fantaseaba con la profunda voz del director, Capde…como el resto de sus compañeras.

Fue por esa época cuando su relación con su hermano Álvaro dejó de basarse en los piques y entendió el verdadero significado de la palabra hermano. Porque fue Álvaro el que escuchó su verdad sobre quién era y fue el mayor quien se sentó a su lado cuando se lo contó a sus padres. Sus progenitores al escucharlo, se miraron entre ellos con un mutuo “te lo dije”  escrito en la mirada y luego se habían acercado a abrazarlo, con un discurso tan sincero sobre que lo amaban por ser simplemente Raoul y que él podía amar a quien quisiera que provocaron que el adolescente se echara a llorar en sus brazos y entendiera el significado de la palabra familia.

Eso era en su familia, y se había repetido en su círculo más cercano de amigos. Y aunque jamás había negado lo que era, en el trabajo jamás había dicho una palabra. Suficiente tenía que luchar día tras días contra los murmullos de que a sus veinticinco años no se merecía el puesto que ocupaba solo por ser el hijo del dueño como para darles más leña a las víboras publicando que era maricón.

Sin mencionar que para él sus empleados eran eso…empleados. Ni se miraban ni se tocaban.

“Ni se miran ni se tocan.” Se repitió mentalmente mientras el tímido aspirante a asistente se sentaba frente a él.

—Buenas tardes. –Se saludaron mutuamente.

Dejó que su amiga empezara la entrevista, porque él no podía hilar ni un solo pensamiento coherente. No podía dejar de mirar cada una de las facciones perfectas del chico, ni de perderse en el acento marcadamente canario que tenía. El tono de voz que usaba el muchacho era extremadamente bajo, tenía que concentrarse para oírlo, pero desprendía amabilidad y confianza.

—Muchas gracias, por tu tiempo, Agoney. Cualquier cosa nos pondremos en contacto contigo para…

— ¿Puedes empezar el lunes?

— ¿Cómo?

La misma pregunta salió de los labios de las dos personas que estaban en esa oficina y ambos lo miraron con incredulidad, concentrando toda su atención en él. Sintió una gota de sudor frío recorrerle la espalda y se enderezó en su sitio, ignorando el rubor que estaba seguro que estaba volviendo a cubrir sus mejillas.

—Que si puedes comenzar el lunes. Mireya no deja el puesto hasta dentro de dos semanas, pero necesitará enseñarte el funcionamiento de todo porque aquí tenemos poca tolerancia a los errores. –Explicó tranquilamente mientras ignoraba a la chica que estaba con la mirada intentando decirle que se detuviera con lo que fuera que estuviera haciendo.

—C-claro, el lunes sin problemas. –Respondió apresuradamente el moreno.

—Perfecto. –Sentenció poniéndose de pie, provocando que los otros lo imitaran.- El lunes a las nueve nos vemos entonces.

Le tendió la mano y el chico respondió inmediatamente. Le sorprendió el contraste. Su mano helada y con principios de ponerse a sudar de un momento a otro, contra la de él, cálida y suave como la seda. Pero no fue eso lo que más le llamó la atención, sino la corriente que corrió entre ambos, un cosquilleo que le pasó de los pies a la cabeza.

Se sonrieron.

—Hasta el lunes…y muchísimas gracias.

Grasias volvió a resonar en su cabeza con el último apretón de manos antes de soltarse y que el chico saliera de la oficina con una sonrisa que le desbordaba el cuerpo.

— ¿Qué coño has hecho?

Se giró y vio a Mireya de pie, con las manos sobre su cadera, poniendo los brazos en jarra y una mirada enfurecida.

—Contratar a un asistente. –Le dijo tranquilamente mientras apagaba la computadora y tomaba su maletín.

—Habíamos dicho que la chica anterior…

—Pues cambié de idea.

— ¡Pero la otra era mejor candidata!

—No me lo ha parecido…

— ¡Porque te has encoñado de ese tío!

La mirada que le dirigió Raoul hizo enmudecer a la andaluza.

—No me hagas recordarte que soy tu jefe, Mireya y que contrato a quien a mi me salga de los cojones. –cerró el maletín con más fuerza de la necesaria, y la chica asintió en silencio. El rubio jamás se había enfurecido con ella de esa manera.- Y vamos, que mamá nos está esperando.

Salieron de la oficina, todavía en silencio.

Pero por dentro, la cabeza de Raoul gritaba.

¿Qué coño había hecho?

***

Bajó una de las lamas de la persiana todo lo disimuladamente que pudo para ver  a la persona que trabajaba tras el escritorio que estaba al otro lado de la ventana y suspiró.

No sabía qué se le pasó por la cabeza cuando se le ocurrió contratar un asistente tan guapo.

Bueno, es que justamente no pasaba nada por su cabeza porque estaba toda su sangre concentrada en su polla.

Habían pasado ya dos semanas desde que su cuñada había dejado el puesto de asistente y lo había ocupado Agoney. Agradecía a todo el universo que el canario era mucho más que una cara bonita. Y un cuerpo bonito.

Raoul céntrate. Se regañó cuando pensó en lo bien que le sentaban los pantalones de vestir al moreno.

El punto era que al menos no la había liado contratando al chico que había resultado ser de lo más organizado y eficiente en su trabajo.

Y le alegraba la vista con ese culo. Joder, ese culo gritaba “fóllame” en mil idiomas.

Basta.

Bufó y sacudió su cabeza mientras se alejaba y volvía a su propio escritorio, tenía que quitarse ese embobamiento que tenía con Agoney y concentrarse en su trabajo si quería entregar esos balances a tiempo.

—Señor Vázquez…-Una hora después el rostro moreno se asomó un rato más tarde por la puerta y el rubio levantó su cabeza para observarlo y dedicarle una pequeña sonrisa, animándolo a que continúe.- Mandé todos los mails y los informes están impresos y en carpetas listos para la junta de mañana…¿Puedo retirarme ya?

La verdad es que quería decirle que no, que se quedara, que se sentara en su sitio y que le llamara “Señor Vázquez” mientras gemía y se la chupaba.

Cielos.

Necesitaba un polvo urgente.

Al menos la boda de su hermano era este fin de semana y por algunos de los nombres que había oído que asistirían, sabía que podría solucionar ese problema. Aunque esa noche tendría que conformarse con una paja pensando en cómo se sentiría la barba oscura del chico contra sus muslos.

—Claro que sí, Agoney. Ve y descansa. Nos vemos mañana.

Por favor, que el fin de semana llegara pronto.

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Capitulo 2: New. 

Oh I’m a mess right now
Inside out
Searching for a sweet surrender
But this is not the end.

 

Esa mañana subió al ascensor y se alegró de ya poder reconocer algunas caras.

— ¡Buenos días, Ago!

—Buenos días, chiquitina ¿Qué tal estás? –Preguntó con una sonrisa a Nerea.

— ¡Genial! Pero más tarde estaré mejor… ¿Vendrás con nosotros? Por favor, por favor di que sí.

Agoney rió por la energía que desprendía su nueva amiga. Era una rubia que lo que le faltaba de altura, lo compensaba con positividad y verborragia. Ella se había encargado de adoptarlo en la primera semana en su nuevo trabajo y la verdad es que se alegraba porque si bien él era un muchacho hablador, le costaba muchísimo entablar confianza con las personas.

—No lo sé… ¿y si a alguno le caigo mal? –Preguntó aferrándose un poco a la correa de su bolso.

— ¿Pero cómo le vas a caer a alguien mal? –Las palabras de la chica sonaban incrédulas.- Además, van todos de la oficina. El señor Alfred estaba intentando hasta convencer al señor Vázquez, así que no tienes peros.

El señor Vázquez.

Agoney suspiró y el sonido del ascensor llegando a su planta lo espabiló.

Salvado por la campana.

— ¿Cómo vamos a salir a tomar copas con nuestros jefes, Nerea?

La rubia era la secretaria del señor García y al isleño le aterrorizaba la confianza con que se trataban.

—Ay, Ago…ojalá te acostumbres pronto, aquí tenemos suerte. La familia Vázquez siempre ha buscado que este sea un ambiente ameno de trabajo…Es verdad que el señor Raoul es más estricto que su padre, pero yo creo que es porque es muy joven…en fin todos aquí somos iguales, al menos después de las cinco y en un bar. –Concluyó la chica llegando hasta donde estaba su puesto.- ¿Qué me dices? Vamos, por favor, así puedes conocer mejor a todos.

—Me lo pensaré. –Accedió rodando los ojos y dejando un pequeño toque sobre la chica.- Nos vemos más tarde.

Llegó a su escritorio y sonrió. La verdad es que estaba muy agradecido de haber conseguido ese puesto. Aunque su jefe lo intimidaba bastante, era un trabajo por el que muchos matarían y su sueldo era un poco más de lo que esperaba.

Volvió a pensar un momento en el señor Vázquez mientras colgaba su chaqueta en el respaldo de su silla y encendía su ordenador.

La figura de su jefe lo ponía nervioso, porque a pesar de ser un rubio canijo, el joven imponía y fue lo primero que Agoney notó cuando lo vio serio y majestuoso detrás de su escritorio durante la entrevista. Le sorprendió el hecho de que fuera su asistente la encargada de entrevistarlo y que él, a pesar de no mediar palabra, no dejara de mirarlo.

La verdad sea dicha, Raoul…el señor Raoul –se corrigió mentalmente- no dejaba de mirarlo. No se refería solo a ese día, sino que era una constante. Y eso lo ponía nerviosísimo, sobretodo porque no podía descifrar porqué lo miraba tanto.

A veces lo hacía de forma intensa, otras ocultando una pequeña sonrisa de suficiencia tras esos ojos miel. Iba a detenerse a pensar cómo coño sabía el color exacto de sus ojos pero se concentró en volver a su pensamiento inicial.

Ah, sí.

 Las miradas que más lo desquiciaban eran esas en las que podía sentir que su jefe estaba esperando algo. El problema es que Agoney no sabía qué era eso que el rubio esperaba con tantas ganas que traspasaba su mirada.

Y el canario quería saber, si había algo que él era, era curioso. Y jamás podía quedarse con la duda.

Sacudió su cabeza, intentando dejar de lado esos pensamientos y se puso a trabajar. Mandó a imprimir un par de actas y sonó el teléfono.

—Oficina de Raoul Vázquez, buenos días. –Había descubierto en estas semanas que una vez que sonaba el primer llamado, era algo que no acababa hasta su horario de salida.

En ese momento, su jefe salió del ascensor y no pudo evitar sonreír. El chico –porque para su asombro Raoul era dos años menor que él.- llevaba ese día una camisa rosada que le quedaba muy bien.

—Buenos días, Agoney. –Le dijo mientras se quitaba las gafas de sol.

—Buenos días, señor Vázquez. –Sus ojos se encontraron por un momento y agradeció internamente que su color de piel no reflejara de forma inmediata cuando se ruborizaba.

— ¿Qué tenemos para hoy?

El moreno bajó la mirada y revisó la agenda, mordiéndose el labio inferior, porque podía sentir como su jefe no le quitaba los ojos de encima.

—Junta con el departamento de marketing en media hora, que quieren quejarse de los de prensa porque según ellos llevaban las cosas mal. Luego almuerzo con el señor García.-Recitó sin devolverle la mirada.- Ah, y su madre ha llamado. Cito textualmente –Se aclaró la garganta.- “Llama a tu madre, coño, que la última vez que supe de ti estabas casi en coma etílico.”

Ahora sabía que probablemente se le notaba el rubor por la vergüenza que le daba repetir las palabras de la mujer, pero ella había insistido en que le dijera eso exactamente. Para su alivio, el rubio rió.

—Bendita mujer, mejor la llamo ahora antes que te siga acosando.

El canario levantó justo la mirada para encontrarse con un rápido guiño por parte de su jefe y sintió como un sofoco lo recorrió entero.

—No me pases ninguna llamada hasta que salga de hablar con los de marketing… ¿Vale?

El chico solo pudo asentir, tragando saliva antes de que el catalán se metiera a su oficina.

***

Tocó el timbre tres veces y recién cuando la llamó por quinta vez, atendieron el móvil del otro lado de la línea.

— ¿Diga?

— ¡Amaia! ¿Dónde estás? ¡Dijimos que te pasaba a buscar por tu casa!

—Ah, ¡Sí, sí! Ahora bajo, que me quedé dormida buah, que horror, Miriam por favor no me mates.

La gallega suspiró y cortó la llamada. Solo a su mejor amiga se le ocurría dormir a la hora del almuerzo.

Cuando bajó la pamplonica, Miriam suspiró otra vez. Hasta recién levantada y con su carita de sueño la chica era preciosa.

Negó con la cabeza y dejó el pensamiento diluirse mientras se abrazaban como saludo.

Eran mejores amigas y Amaia nunca la había visto de otra manera.

Ahora que la miraba bien…

—Tía, te ves fatal. –Observó preocupada en el momento en que entraban en el auto y se ponían en marcha hacia el restaurante.

—Jo, lo siento...es que llevo toda la mañana mala, por eso me dormí un rato…-Se notaba que estaba agotada, y Miriam no podía dejar de preocuparse y mirarla, quitando la vista de la carretera cada tanto.

Ese día era el de los suspiros, porque volvió a hacerlo, girando en la calle que seguía para volver de donde habían salido.

— ¿A dónde vamos? –Preguntó Amaia, despegando su cabeza de la ventanilla.

— ¿Cómo vamos a ir a atorarnos de comida si has estado mala toda la mañana? –Pregunta incrédula la chica que va al volante.- Vamos a tu apartamento, a ver Vis a Vis.

Como toda respuesta, tuvo un suave asentimiento. Amaia volvió a apoyar su frente en el cristal y cerrar los ojos, provocando que Miriam se preocupara de verdad porque su amiga en buenas condiciones, le habría pedido perdón mil veces por cambiar de planes.

A pesar de ser su serie favorita, la gallega no podía concentrarse en verla porque tenía su cabeza enredada no solo en sus rizos, sino en pensamientos que la preocupaban enormemente.

Su amiga llevaba días llegando al trabajo por quedarse dormida, y no era raro encontrarse a la chica dormitando suavemente sobre el escritorio, muerta de cansancio. Al comienzo, lo había atribuido al despiste normal característico de ella, que vivía en su propio mundo, pero ahora otra teoría se estaba formando en su cabeza.

— ¿Cielo? –Preguntó pasando con cuidado sus dedos por el pelo de su amiga que tenía la cabeza apoyada sobre su regazo.

Por toda respuesta, tuvo un pequeño sonido amodorrado, pero que le indicaba que estaba escuchándola.

— ¿Desde cuándo te sientes mal del estómago?

La pamplonica se tomó unos segundos para pensar la respuesta.

—Buah, es que no sé…Por lo general a medida que avanza el día se me pasa, pero ya hace unos días. –Se estiró para sentarse con las piernas recogidas en el sofá.- ¿Por qué?

—Amaia, cariño –Cogió aire, profundamente. Seguramente era una exageración de ella, pero la idea se le había instalado en la cabeza y tenía que expresarla en voz alta.- ¿Cuándo fue la última vez que tuviste la regla?

La otra chica abrió los ojos con sorpresa.

¿Vieron? Era el día de los suspiros.

***

Ambos con una botella en la mano, bailaban al ritmo de una versión moderna de “Eloise” y Nerea reía de la forma que tenía el canario de interpretarla como “demasiadas cervezas ya.”

“Solo una cerveza para no quedar como borde y me voy, Nerea ¿eh? Que tengo que volver a casa.”

Esas eran literalmente las palabras que había dicho ocho cervezas atrás. Pero es que, joder, esta gente sí que sabía cómo divertirse. Habían montado una verdadera fiesta un jueves en un bar. Primero con karaoke, pero cuando estuvieron demasiado bebidos como para que se entendiera lo que cantaban, les pusieron música. Eso tal vez fue en la quinta cerveza, o sexta, no recuerda bien.

Cuestión que ahora está inclinándose sobre la barra para pedir la novena.

— ¿Te diviertes?

Aún en sus pensamientos de borracho, supo que había algo mal con que esa pregunta -hecha al oído por el simple motivo de que la música estaba muy alta – le provocara un escalofrío que atravesó toda su espalda.

Se giró para encontrarse con la sonrisa ladeada de su jefe y supo otra cosa, su escalofrío no había sido casualidad. Agoney arqueó una ceja, fingiendo que no lo había escuchado; el rubio volvió a inclinarse, a formular la pregunta en su oído y esta vez el moreno pudo notar como la mejilla contraria rozaba con su barba.

Una sonrisa mordida apareció en su rostro y el tinerfeño asintió. Raoul le hizo una seña para que lo acompañara a una mesa más apartada.

No dudó en seguirlo.

Y el catalán no dudó en sentarse a su lado en vez de hacerlo frente a él.

— ¿Qué tal ha empezado todo? –preguntó el superior pasándose la mano por el pelo para quitarse los mechones rebeldes que se habían escapado de su siempre prolijo peinado.

—Empezó conmigo diciendo que sería una sola cerveza.

Ambos rieron y a Agoney ese sonido –el de sus risas juntas- lo estremeció.

—Me refiero a la oficina. –Le aclaró el rubio aplacando la risa contra su botellín de cerveza.

— ¿Venimos a despejarnos de la oficina y me preguntas por la oficina?

Vale, estaba borracho. Que lo tuteara a su jefe y el vacile con la sonrisa ladeada y la ceja arqueada eran la prueba de ello.

Pero Raoul estaba lo suficientemente borracho como para pasarlo por alto.

O tal vez de verdad le gustaba que lo tuteara.

—Buen punto, Hernández. Pero solo quería saber si estabas a gusto con nosotros.

Se sorprendió a sí mismo paseando sus ojos por el pecho de su jefe y lamentándose de que solo tuviera el primer botón de esa camisa rosa desprendido. Y cuando se topó con la mirada divertida del contrario, en vez de sonrojarse por su descaro, le sonrió.

Vaya que sí que estaba a gusto aquí.

—Todos son muy amables conmigo. –Terminó por responderle, siendo él ahora el que escondía la sonrisa detrás de un trago largo de la amarga bebida.

—Entonces…un brindis. Por la amabilidad.

Ojalá estar sobrio para estar cien por ciento seguro de que ese guiño de ojo había sido real, al igual que el pequeño choque de sus rodillas por debajo de la mesa.

—Por la amabilidad. –Repitió, aunque su lengua se trabó y no se entendió bien. Así que se humedeció los labios que sabía que su superior estaba mirando sin reparo alguno.

El sonido de las botellas al chocar se ahogó entre el bullicio del local, pero el moreno no pudo sofocar el calor que de a poco se había ido apoderando de su cuerpo, así que bebió hasta el fondo su cerveza.

Sabe que conversaron de otra cosa, pero no lo tiene en claro. Solo tenía presente el flequillo rubio cayendo sobre la frente de su jefe, la forma en que no sabía si mirar la sonrisa demoledora que le dedicaba o sus labios que se le antojaban demasiado apetecibles, y los roces entre sus manos, o sus piernas, que eran demasiados para ser accidentales.

Y las risas.

Jamás se había reído por tantas tonterías.

Recuerda la alarma de alerta sonando en el interior de su cabeza, una despedida con una excusa atropellada y ya sí, es plenamente consciente de sus recuerdos, cuando el aire frío de la calle lo golpea. Camina hasta un callejón, y se apoya contra la pared, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás para golpearse suavemente contra esta.

Necesitaba que se le aclararan las ideas.

Porque no. No.

No le podía gustar su jefe.

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Capitulo 3: Poder.

 

« La intención es el verdadero poder detrás del deseo.»

 

 

 

—Alfred, es la última puta vez que te hago caso de salir un jueves. –Se quejó cuando su amigo subió a su auto.

—Joder, Raoul, no me grites. –El chico masajeó sus sienes inmediatamente después de abrocharse el cinturón.

—Esto no es gritarte. Ahí tienes el café y la aspirina. Mátame, por favor, se me abre la cabeza al medio.

—Que ganas de cumplir los treinta así nos casamos. –Respondió atacando su dosis de cafeína acompañada con la bendita pastilla que aminoraría sus males.

—Gracias por confiar en que encontraremos el amor.

El rubio rió bajito para que la cabeza no le martilleara más, pero le hizo gracia el comentario de su amigo. Siempre bromeaban con casarse, ya que a los dos siempre les había ido pésimo en las relaciones, y se llevaban increíblemente en todos los aspectos, pero…

—Sabes que nos habríamos casado hace años, pero follamos de puta pena.

El comentario del castaño, hizo que esta vez sí, Raoul riera con ganas. Y era cierto. Sus padres eran socios de su empresa y ambos chicos eran amigos prácticamente desde que estaban en pañales. Así que no fue extraño para ellos terminar follando una noche en las que sus respectivos ligues los habían dejado con el calentón y el tonteo entre ellos se les fue de las manos.

La. Peor. Abominación. Del. Mundo.

El polvo más insatisfactorio e incomodo de sus vidas. Esa misma noche juraron que serían hermanos de por vida. Pero Alfred tenía razón, nadie lo conocía tan bien, ni en nadie confiaba tanto como en su mejor amigo.

Llegaron por fin a su empresa, ambos con gafas de sol y haciendo una misma mueca cuando los invadió el ruido de la gente a su alrededor.

—Nunca más un jueves. –Gruñó el rubio mientras subían en el ascensor.

La campanilla señaló que paraban en la primera planta, y cuando las puertas se abrieron, apareció la tortura personal de Raoul.

Joder.

Esa era la única palabra que se le aparecía en la cabeza cuando le dedicaba un pensamiento al moreno.

—Buenos días.

Dijeron los tres a coro, y su asistente se situó en el rincón más apartado de él, bajando la mirada que también estaba cubierta por lentes de sol y aferrándose a la correa de su bolso.

Joder.

Joderlo hasta cansarse, que lo jodiera hasta que solo recordara su nombre. Que joder, que bien le quedaban las camisas a rayas.

En definitiva, joder.

Todo esto era culpa de ayer. Nunca tendría que haberlo abordado.

Pero, maldita sea, el moreno le había seguido el rollo.

En eso jamás se equivocaba.

El anuncio de la llegada a su planta, hizo que diera un respingo en su lugar, y antes de que las puertas se llegaran a abrir del todo, su empleado salió del pequeño espacio como alma que lleva el diablo.

— ¿Y si es él quien te pide salir un jueves? –Rió Alfred en su oído, antes de salir también.

— ¡Alfred! –El grito le provocó que la cabeza le doliera más, por lo que salió rápidamente para seguirlo y empujarlo levemente.- No seas cabrón, sabes que yo nunca…

—Nunca digas nunca. Sobre todo después de ayer.

Eso hizo que detuviera sus pasos y el castaño riera, siguiendo su camino hasta su oficina.

Raoul gruñó, sabiendo ahora que su amigo lo había notado. Y todo para nada.

Porque Agoney había huido en medio de pleno tonteo, sin explicar nada coherente. No que tuvieran que explicar mucho. Se habían estado comiendo con la mirada y los roces luego de un brindis idiota no se habían detenido ni un segundo.

Tuvo que cortar sus pensamientos porque había llegado hasta su puesto, donde el eficiente chico estaba ya ocupándose de su agenda.

— Hernández, no te muevas tan deprisa o vamos a terminar vomitando los dos. –Intentó suavizar el ambiente, porque el joven se notaba nervioso y el rubio sabía que siempre intentaba llegar antes que él para tener todo listo, pero hoy habían llegado al mismo tiempo.- Hoy vamos a tomarnos el día con calma ¿vale?

El moreno se relajó visiblemente, y levantó la mirada para encontrarse con la de él, que aún estaba oculta por las gafas. El chico se veía cansado y ojeroso.

— Vale, gracias. –Le dedicó una pequeña sonrisa y el catalán deseó que fuera una de las grandes que le regaló la noche anterior.

— No te preocupes, lo importante es que hoy es viernes y que hay que terminarlo todos vivos. –Le devolvió la sonrisa.- Luego pasa al despacho para repasar el día que tenemos.

Una vez dentro, se apoyó un segundo contra la puerta y se permitió suspirar. Sabía que Agoney era su empleado, pero también sabía que le traía unas ganas que hacía tiempo que no traía con nadie.

Caminó hasta su escritorio y se quitó la chaqueta, casi con un puchero, pero es que jope…odiaba la tensión sexual no resuelta. Y lo mareaba el hecho que ayer su asistente había seguido su juego, luego se fue y el alcohol en sangre que llevaba Raoul no lo dejó ir a asegurarse que estuviera bien, o a ver por qué coño se había evaporado.

Encima hoy el chico parecía un pequeño animal huidizo y asustado. Y Raoul no estaba muy dispuesto a asumir una denuncia por acoso laboral. Así que tenía que bajar un cambio.

— ¿Señor Vázquez? –Su demonio personal asomó la cabeza por la puerta.

—Pasa, Hernández. –El chico entró, y dejó las carpetas que sabía el rubio que necesitaba y se lo agradeció con una media sonrisa.

—Tiene una reunión con finanzas en media hora, llamó su padre, quiere una reunión de directorio cuanto antes.

Raoul bufó.

—Dios, ese hombre no se relaja ni retirado. –Meneo la cabeza mientras tecleaba en el ordenador.- Convoca a una para el miércoles que viene, la gente se tiene que preparar. Hoy vas a cenar conmigo.

Estaba distraído, terminando de redactar un mail, pero la inspiración brusca de Agoney le hizo levantar la mirada y entendió como había sonado.

—Demonios, no…tenemos una cena de negocios y necesito que vayas conmigo… ¿Crees que podrás? –Intentó arreglar su proposición descuidada.

El moreno se mordió el labio inferior y asintió.

—Sí, sí, por supuesto que sí, es parte de mi trabajo y yo…por supuesto que iré.

Había sonado tan atropellado y asustado que a Raoul le dio un poco de lástima.

—Hernández…Respira. –Le pidió girándose un poco en la silla para verlo de frente.- Ahora tenemos todo un día de trabajo por delante, pero hablamos luego ¿Vale?

Si había algo que Raoul Vázquez odiaba, era andarse con vueltas. Él era directo y sincero en cada aspecto de su vida y lo que menos le apetecía era que el pobre chaval se sintiera incómodo en su puesto de trabajo.

¿La había cagado contratándolo por un encoñamiento instantáneo? Sí.

Pero el isleño había demostrado ser más que eficiente en su trabajo y si algo había descubierto que le gustaba es que era un empleado práctico y sencillo. Resolvía de manera rápida las situaciones que se le presentaban y no tenía ese punto de parloteo incesante que habían tenido sus secretarias anteriores. Esos dos meses que llevaba el tinerfeño allí le habían probado a su jefe que el puesto era suyo y por un calentón frustrado él no iba a perder a un trabajador excelente.

Primero estaba el trabajo, siempre el trabajo.

—Vale…-Su voz era segura, pero su mirada decía lo contrario.

—Puedes retirarte. –Le dijo con una sonrisa.

Se notaba que bajo esa faceta de tranquilidad, el muchacho tenía carácter.

Y eso le gustaba. Le gustaba mucho.

Trabajo, Raoul. Primero está el trabajo.

 

***

 

El sonido del calzado al frenar se oyó en todo el hall del edificio, seguido de pasos queriendo escapar.

— ¡Amaia! –El enojo era patente en su voz y eso fue lo que hizo que la mencionada volviera a frenar, esta vez deteniendo su huída.

—Jo, hola Miriam, no te había visto.

—Tía, mientes fatal. –La gallega se situó enfrente de su amiga, con los brazos cruzados y arqueando una ceja.- Deja de evitarme.

—Pero ¿Qué dices? No te estoy evitando.

Harta de las respuestas esquivas, la rubia simplemente la toma de la muñeca y tira de ella para que la siga.

— ¿A dónde vamos? –Pregunta la castaña siguiéndola, ya sin resistirse.

—A comprar una prueba de embarazo, Amaia.

El sonido del aire entrando de forma brusca en los pulmones de la pamplonesa hizo que su amiga parara un momento y soltara el agarre, para deslizar su mano con suavidad y entrelazar sus dedos.

Estaba asustada y Miriam lo sabía, por eso acarició con su pulgar el dorso de su mano antes de dejar un apretón cariñoso.

—Cielo, tranquila. Estaré contigo.

Eso parece relajar visiblemente a la castaña, que asiente y hace más firme el agarre de sus manos.

—No me sueltes. –Le pide en un susurro ahogado cuando entran a la farmacia.

—Nunca.

 

***

 

—Agoney –Decide empezar con su nombre porque no quiere crear una barrera fría que los incomode aún más.

— ¿Señor?

Puta madre, tenía que dejar de llamarlo de esa forma. En realidad a él tendría que dejar de ponerle su voz llamándolo de esa forma.

—Quería disculparme por lo de anoche…-Se aferró más fuerte al volante y pudo sentir como el aire del reducido espacio se llenaba de tensión.- Soy tu jefe, no debería haber hecho eso.

— ¿Hacer qué, exactamente?

Las palabras del canario han salido de su boca antes de que pueda pensarlas. Pero es que lleva todo el día dándole vueltas y vueltas a lo mismo  y está harto de pensar. Así que cuando la mirada de su jefe lo busca, interrogante, él sólo puede arquear una ceja y sonreírle, alentándolo a que se explique.

Menos mal que el rubio devuelve la vista al frente, porque así él puede morderse la sonrisa al notar como el rubor subía por sus mejillas. No se esperaba esa contestación y por un momento, Agoney sintió su cuerpo vibrar al saberse con el control de la situación.

Se sintió poderoso con la duda del otro.

—Tontear. –Lo vio enderezarse en el asiento y carraspear. Se preguntó si podría delinear su mandíbula con suaves mordiscos y eso haría que se esfumara la tensión que desprendía su cuerpo.

—Si lo hizo…fue porque correspondí. –Se acomodó en el asiento, desconociéndose por completo.

Él no era así, él sabía que era su jefe y que tenía que parar, pero el magnetismo de ese hombre era más fuerte que la voz gritando en su cabeza.

—Yo…-Lo notó humedecer su boca y tragar saliva repetidas veces.

—No hay culpa sin sangre.

Pero si que habría sangre si Raoul seguía mordiéndose así el labio inferior, sin querer despegar la vista del camino, del estacionamiento donde estaban deteniéndose.

El moreno sonrió y giró su rostro hacia la ventanilla para que el catalán no lo notara.

El poder era embriagador.

 

***

 

—No sabía que tres minutos fueran tanto, madre mía.

Amaia está sentada sobre el váter y Miriam en el suelo de su propio baño, abrazando sus rodillas.

—Tranquila…

No sabe que decirle porque ella no está mejor que su mejor amiga, como si la prueba se la hiciera ella. Como si la vida le fuera a cambiar a ella.

Es que le iba a cambiar la vida a ella también, porque ni loca la dejaría en este momento.

— ¿Cómo le voy a decir que estoy embarazada? Dios mío, se va a morir…

—Amaia que es tu novio de toda la vida no me vengas ahora con que A-

El sollozo roto que suelta la pamplonica la sobresalta, pero alcanza a estirar sus piernas y recibirla cuando se lanza a sus brazos.

—Lo hemos dejado.

— ¿Qué?!?!

La castaña llora con más fuerza y su amiga no puede atinar a nada porque la incredulidad la recorre por completo.

—Que…que lo hemos dejado. –Se aparta y se sienta también en el suelo, sin que las lágrimas dejen de correr por su rostro, lo que encoje el corazón de la gallega.

—Pero…y… -Hace señas a la nada, señalando la situación en la que están.

—Fue un intento de arreglarlo…-Se pasa las manos por el rostro, sin poder dejar de llorar.- Pero decidimos dejarlo al día siguiente porque de verdad que ya no funcionaba…

—Pero todavía viven juntos…-Parecía idiota, pero Miriam estaba en shock.

—Porque estamos bien y quiere encontrar un buen piso y yo que sé, Miriam, tampoco nos cruzamos nunca en casa ¿Qué voy a hacer? –Vuelve a llorar desconsolada, enterrando su rostro entre sus rodillas.

Entonces la rubia reacciona y se acerca –como puede en ese espacio- a abrazarla. Amaia se aferra a ella como la única oportunidad de salvarse en ese naufragio que se ha convertido su vida. Y Miriam no la suelta, claro que no ¿Cómo soltarla en ese momento en que todo ha cambiado?

Se quedan así hasta que la pamplonesa se queda sin lágrimas y sólo quedan los suspiros ahogados.

—Ya han pasado más de tres minutos…-Le recuerda suavemente, acariciando su espalda.

— ¿Puedes verlo tú? –Pregunta enterrando su nariz en el cuello de su amiga, sintiendo como el terror ante su futuro vuelve a invadirla.

Sabedora de que jamás podrá negarle nada y que en ese momento el destino de todo el mundo implicado en esa situación está cambiando, sin soltarla, Miriam estira su brazo y alcanza el predictor que está sobre el lavabo.

Positivo.

 

***

 

Raoul estaba convencido de que en algún lugar de su cerebro, estaba la enseñanza de que no debía golpear a los hombres con los que tenía que hacer negocios, pero en esos momentos esa enseñanza estaba abandonada en un rincón y era sustituida por la rabia burbujeante en sus venas por las miradas que estaba recibiendo Agoney.

¿No qué eran todos heteros? Jodidos cabrones.

Jodido Agoney que provocaba que todo el mundo perdiera la heterosexualidad.

La verdad es que había hecho que el chico lo acompañara porque había visto su currículum y junto con su desempeño en la oficina, sabía que el chico tenía potencial en su área: comunicación. Solo necesitaba darle tiempo, formación y sobre todo experiencia.

Pero era tan jodidamente bueno desenvolviéndose en ese mundo que provocaba que se le secara la garganta, dividido entre la admiración y el deseo. Y sabía que no eran imaginaciones suyas porque tenía a todos los presentes embaucados en su sonrisa y en su gracia natural.

Y a Raoul lo tenía loco.

La forma en que lo había aniquilado en el auto con dos simples frases, lejos de considerarlo impertinente o desubicado, lo había inflamado con una lujuria que le estaba devorando las entrañas.

Todos los amantes de Raoul siempre se habían acercado a él, tímidos, introvertidos por esa figura imponente que él proyectaba. Siempre se habían dejado hacer y eso lo tenía un poco hastiado. Y entonces había llegado el canario, con sus hombros encorvados mientras cargaba su bolso de mensajero, con su voz suave y melódica, con ese culo de infarto y esa sonrisa compradora. Vamos, la figura de un ángel.

Un ángel caído.

Eso es todo lo que podía pensar mientras, ya casi con todos volviendo a sus casas, lo veía desde la barra despedirse de uno de sus posibles compradores.

Se bebió el whisky de un solo golpe.

El chico lo miró a la distancia y le sonrió, pasándose la mano por su pelo antes de dirigirse al baño.

—Otro whisky y la cuenta, por favor. –Pidió a la camarera.

Volvió a beberlo de un solo trago, olvidándose que en la mañana tenía una resaca que se lo llevaba puta.

— Interesante noche.

Agoney levantó la vista del lavabo donde se estaba refrescando cuando oyó la voz de su jefe detrás de él, pero al ubicarlo en el espejo, vio que le estaba mirando descaradamente el culo.

El isleño se humedeció los labios y le sonrió cuando esos ojos miel por fin se dignaron a encontrarse con los suyos a través del espejo.

—Interesante, sí. He aprendido mucho.

No podía dejar de mirar la forma en que se marcaban las venas de los brazos del rubio, que los tenía cruzados sobre su pecho y lo miraba de una forma que lo hacía estremecer.

Eso era lo que escondía la mirada de su jefe. Deseo.

Se volteó y tiró la toalla de papel al cesto, acercándose a la puerta de entrada que el catalán estaba bloqueando.

— ¿Te llevo a tu casa? –Preguntó cuando lo tuvo inmoralmente cerca para lo que deberían estar empleado y empleador.

Raoul se irguió más, sabiendo que no tenía la estatura para igualarlo al otro, que paseaba sus ojos por su rostro, deteniéndose a humedecer su boca cuando reparó en el lunar sobre su labio.

Despacio, midiendo milimétricamente cada movimiento que hacía, el tinerfeño pasó las yemas de sus dedos por los brazos de su jefe a ver si relajaba su postura. Se inclinó y el rubio pudo sentir su barba rozar su mejilla, lo que le hizo cerrar los ojos para contener el estremecimiento que quería recorrerle la espalda.

—Gracias…

Grasias.

Ahí fue donde Raoul echó la cabeza hacia atrás, golpeándose ligeramente contra la puerta para mirarlo y se encontró con esos ojos, ahora teñidos por el deseo. Igual que los de él.

Y lo perdió.

Su mano fue hacia la nuca contraria y sus labios se estrellaron en un beso hambriento, que fue correspondido en un santiamén porque Agoney lo estaba esperando. Inmediatamente el canario lo estampó contra la puerta, su lengua introduciéndose sin permiso en la boca de su jefe y sus manos arrugando su costosa camisa.

El rubio lo mordió y su boca succionó su lengua, luchando por volver a tener el control del beso, pero el moreno no se lo permitió, lo mordió de vuelta y su cuerpo se aplastó contra el de él, ambos jadeando al sentir el deseo del otro contra su cuerpo.

No podían tener suficiente, y ninguno quería ceder el control de la situación.

Raoul lo empujó y lo acorraló contra la pared más cercana, sus manos recorriendo ansiosas su torso, las manos contrarias despeinándolo por completo mientras sus bocas no se daban tregua, ni siquiera cuando sintieron el sabor metálico de la sangre de alguno de los dos, no sabían de quien. Tampoco importaba.

Agoney se atrevió a más y llevó sus manos al culo de su jefe.

Joder, que culo tenía el muchacho.

Lo apretó entre sus manos y lo empujó contra él, sus dos erecciones rozándose contra sus muslos y haciéndolos ahogar un jadeo en la boca del otro.

Volvieron a cambiar posiciones, esta vez el moreno casi subiendo al rubio al lavabo.

Y el canario se separó.

—…Pero vuelvo solo a casa. –Terminó la frase que no le dejó al comienzo.

Le sonrió, relamiéndose los labios como un felino satisfecho después de la cena y salió de allí.

El poder era embriagador.

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Capitulo 4: Tears.

« Las palabras sobran cuando lo que hay que decir desborda el alma.»

 

—Ricky.

El nombre del chico salió en un suspiro de alivio, y fue ahí donde el mallorquín supo que su amigo estaba a punto de derrumbarse, por lo que lo abrazó más fuerte.

— ¿Qué pasa, Ago? –Ambos se sentaron, pero el moreno tenía concentrada la vista en la televisión apagada de su amigo.- Ago.

El silencio se hizo tan prolongado que se produjo en la sala puso a Ricky histérico, lo que hizo que apretara ligeramente el brazo del isleño para que reaccionara.

—Me he liado con alguien.

Sus ojos se encontraron y el castaño pudo ver como los ojos del contrario se cristalizaban en una tristeza infinita.

Y se echó a llorar.

Se tiró a los brazos de su amigo que lo recibió, pero le tomó un momento abrazarlo con fuerza del shock que le había provocado la confesión del canario.

Agoney parecía haber roto un dique dentro suyo y ahora estaba desbordado, no podía dejar de llorar. Ricky estaba asustado, nunca había visto a su amigo así, pero sabía que la situación que estaba atravesando era…complicada.

—Pequeño, hey, hey…calma. –El moreno ya no lloraba desconsoladamente, pero sus sollozos rompían el silencio del apartamento con una angustia desoladora.

—Ri-cky...-Su voz salió entrecortada y se alejó de su amigo para taparse el rostro con las manos y volver a llorar.

—Ya, ya…Agoney, no has hecho nada malo. Respira.

El mallorquín tomó suavemente sus muñecas, y lo obligó a que lo mirara.

—Respira conmigo, anda.

El mayor se concentró en respirar lento y hondo, relajando visiblemente sus hombros cuando el isleño empezó a imitarlo. Se mantuvieron así hasta que lograron calmarse los dos.

—Ay, Ricky…-Ya no lloraba, pero volvió a apoyar sus codos en sus rodillas para enterrar su rostro entre sus manos.- No puedo creerlo, yo no soy así…

—Ago, escúchame. No has hecho nada malo, no le debes nada. –Acariciaba con cuidado su espalda.- Sé que puede resultarte raro, pero de verdad que n-

—Es el señor Vázquez.

Ricky debía de haber oído mal.

— ¿Qué?

El canario se levantó abruptamente, y comenzó a caminar frenéticamente por todo el salón.

— ¡ME HE LÍADO CON MI JEFE! Joder, soy un puto gilipollas ¿qué está mal conmigo?

Su amigo se acercó a él y volvieron a mirarse en silencio.

Sus miradas eran completamente caóticas y casi imposibles de descifrar por la gran cantidad de emociones que los estaban azotando a los dos en ese momento.

Los ojos marrones estaban llenos de angustia, dolor, confusión, desesperación. Mucha desesperación.

Los ojos azules eran un océano de incredulidad y conmoción.

Pero Ricky por fin entendía. Y en cierta manera el alivio lo recorrió por completo porque al fin las cosas parecían encajar en la historia de Agoney y sabía que su amigo estaría bien.

Sus brazos se cerraron en torno al cuerpo del isleño que escondió su rostro en su cuello y suspiró.

—No pasa nada malo contigo, pequeño. Todo está bien. Tú estarás bien.

Eso era todo lo que Agoney necesitaba oír. Se dejó arrastrar al sillón y abrazar por un largo rato. Ricky le hacía bien y no tenía idea de lo que significaban sus palabras para él.

Cuando se separaron, el mallorquín fue a buscar dos cervezas, que ambos bebieron a la mitad de un solo trago, se lo merecían.

—Entonces… ¿es guapo? –Preguntó finalmente con una sonrisa, queriendo aligerar el ambiente.

La risa canaria sonó ronca por el llanto anterior, pero se sentía bien volver a reír después de haberse estado comiendo la cabeza por un día completo.

—No puedo explicarlo… -Subió sus piernas al sofá y se abrazó a ellas, mirando a su amigo.- Es que es como si fuera un puto imán…-El mayor lo animó a continuar con un gesto de la mano, lo que lo envalentonó.- Buah, buah, es que…en serio, es como si no pudiera evitar acercarme a él pero…¿sabes que es lo peor? Que no me reconozco…madre mía, Ricky, ¡Lo besé yo! ¿Eso te parece normal?

El castaño rió y negó con la cabeza, porque era cierto, es como si fuera otro Agoney, pero él tenía su propia teoría formándose en su cabeza…

— ¿Y él?

Al principio no contestó, buscando las palabras y mordiéndose el labio inferior por los recuerdos que golpeaban su mente.

—Esto va a sonar engreído, pero…-Soltó una pequeña risa.- No deja de mirarme.

Ambos soltaron una carcajada y fue un no parar. Tuvieron que dejar las cervezas en el piso para tirarse al sofá, muertos de esa risa histérica propia de la liberación de tensiones. Rieron hasta que les salieron lágrimas.

Finalmente se quedaron recostados en el sofá, mirando el techo y en silencio. Allí fue donde la mano del mayor encontró la del canario y la apretó con fuerzas.

—Solo a ti se te ocurre con tu jefe, Ago…-Se queja suavemente y ambos giran su rostro para mirarse, el mencionado esbozando una sonrisa triste.- Pero…esto puede ser un nuevo comienzo ¿sabes?

—Yo no voy a…

—Vale, puede que no con tu jefe, pero a lo mejor era lo que necesitabas…de verdad que no es malo lo que ha pasado, ¿cómo tengo que decírtelo?

—Joder, pero es que hace solo…

—Lo sé, lo sé…ha pasado muy poco tiempo, pero uno no maneja esos tiempos y mucho menos esas…cosas –El moreno apretó más fuerte su mano.- Y me alegro que alguien te haya golpeado tan fuerte como para romper esa coraza que tenías.

— ¡No voy a enamorarme de él, Ricky! Lo que ha pasado está mal también porque es mi jefe, joder…

—Nadie ha dicho que te enamores –Lo tranquilizó.- Me refiero a que ha roto esa barrera que te habías autoimpuesto ¿no lo ves? Liarte con más gente no está mal, echar un polvo sin amor de por medio no está mal, si sientes algo por alguien más no está mal.

El tinerfeño resopló y volvió a recostar su cabeza contra el respaldo del sofá.

—No puedo dejar de querer de un día para el otro.

—Pero tampoco puedes estancarte en el pasado. Déjalo ser ¿vale? Intenta no volver a liarte con él porque no sabes las consecuencias que puede traer a tu trabajo pero… ¿Ago? –Lo llamó para que volvieran a mirarse.- No frenes el cambio que esto significa.

Agoney volvió a mirar al techo y a aferrarse con más fuerza a su mano.

Sabía que ya no podía frenar el cambio aunque quisiera.

 

***

 

—Me siento mal.

— ¿Nauseas? –Preguntó la rubia deteniendo sus pasos para afianzar el agarre que tenían en las manos para chequear a su amiga.

La pamplonesa se apoyó contra la pared más cercana, cerró los ojos y negó suavemente.

—No sé si son nauseas o nervios. –Dijo con la voz agotada.

Miriam se enterneció y se acercó a besar con cuidado su pelo, acariciando su rostro con la unión de las manos de las dos.

—Tranquila…todo irá bien, en serio.

—No va nada bien ahora en mi vida…-Se quejó la chica abriendo los ojos para mirar con un puchero a su amiga.

—Cielo...Todo irá teniendo sentido, de verdad. Ahora tenemos la cita con el médico.

Amaia siempre había generado en la gallega ese instinto de protección innato, esas ganas de que pasara lo que pasara, la castaña pudiera ser feliz. Le tomó un tiempo comprender que estaba enamorada de ella. Pero la pamplonica había estado de novia desde pequeña –desde los quince, cree recordar que le contó cuando ellas se conocieron a los dieciocho en la universidad- y jamás había concebido algo con alguien más.

Y cuando por fin, por fin se animaba romper con él…bueno, ahora iban a tener un hijo.

Llegaron a la clínica en silencio, pero con sus manos juntas.

Se sintiera como se sintiera en esta situación Miriam jamás la dejaría sola.

—Romero, Amaia.

—Madre mía, madre mía.

—Amaia, respira.

—Entrarás conmigo ¿verdad?

La rubia se puso de pie y tiró de su mano.

—Anda, vamos.

En la consulta, la doctora llena de preguntas a la castaña, que apenas puede contestar, sobre todo porque es tan despistada que no recuerda nada de los antecedentes familiares, los cuales promete buscar para la siguiente visita.

—¿Y el padre? –Pregunta la obstetra rellenando la ficha.

—Es mi novio…Pero aún no lo sabe, quería venir aquí primero.

Esas palabras arrancan un suspiro de Miriam, que quería gritar “ex” pero se quedó callada.

La mujer no pareció alterarse por esa respuesta, siguió llenando la ficha y luego la envió para que se hiciera una analítica.

A su vuelta, la gallega la estaba esperando para entrar a hacerse la primera ecografía.

—Miriam, me voy a mear.

La mencionada soltó una carcajada que ahogó tapándose la boca.

—Aguanta, chica, que tienen que hacerte el ultrasonido y necesitan que hayas bebido esa agua.

—Buah, buah me van a apretar la panza y me voy a mear, Miriam, que vergüenza.

La llamaron y la chica se acostó en la camilla, exponiendo su estómago plano al frío gel.

—Está frío –la rubia terminó de acercarse frente  a las palabras de la castaña y tomó su mano, tranquilizándola.

La doctora comenzó a explicarle cosas que Amaia no veía en la pantalla, pues todo era un revoltijo de puntos blancos, negros y grises. Tampoco entendía muchas de las palabras, porque estaba concentrada en no mearse con cada suave apretón que realizaban sobre su vejiga, pero estaba tranquila porque veía a Miriam absorber cada palabra que la médica pronunciaba.

Qué suerte tenía de tener a Miriam en su vida.

Un apretón más fuerte en la mano que sostenía la de la gallega, la atrajo de nuevo a la realidad, a un cuarto con un sonido retumbante, como si tocaran un pequeño tambor muy rápido.

— ¿Qué es eso? –Pregunta asustada de que algo vaya mal.

—Ese es el corazón de tu pequeño. –Le dice la doctora con una sonrisa.

Cuando las palabras pronunciadas por la profesional de la salud se relacionan con el sonido que oye y adquieren total significado, la pamplonesa lleva todo el aire a sus pulmones de la impresión.

Fue como si una puerta de su corazón que no sabía que tenía se abriera de par en par. Y todo se llenara de aire, con una melodía compuesta de pequeños retumbes de tambor.

La canción más hermosa del mundo.

Sus ojos se aguaron, fijos en la pantalla, ansiosa de ahora sí identificar algo, una forma a la que asociar esa melodía que cantaba fuerte solo para ella.

—Este es su corazón. Confirmamos que tienes diez semanas, Amaia y que todo está perfectamente bien. Si tomas los suplementos que te he indicado, todo debería seguir de maravilla hasta la próxima consulta.

Se apagó el monitor y le entregaron el DVD con el ultrasonido grabado. Se despidieron de la doctora hasta la próxima visita y las dejó solas para que la chica se limpiara el estómago antes de salir.

La gallega, en absoluto silencio, le alcanzó un par de toallas de papel.

Amaia limpió con infinita ternura su estómago, acunándolo por primera vez.

—Buah, esto va a ser un desastre pero te quiero. Te prometo que te quiero.

Le hablaba a su vientre aún plano. Lo tenía jodido. Jodidísimo porque no tenía ninguna estabilidad emocional a la que aferrarse y todos los planes de un futuro que había pensado desde los quince años, de pronto ya no estaban.

Él ya no estaba. No sabía si estaría después de que le contara sobre el pequeño tambor.

Pero eso ya no importaba.

Miriam pudo ver como frente a sus ojos, algo en la castaña cambiaba irrevocablemente, la forma en la que acariciaba su vientre estaba segura de que la chica no había acariciado a nadie así antes. Escuchó sus palabras y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Era imposible para ella no querer algo que Amaia no quisiera con todo su corazón.

—Jope, Miriam, gracias por no dejarme sola. –Dice de pronto la pamplonesa levantando la mirada y estirando su mano para tomar la ajena.- Gracias por no dejarnos solos.

Entonces la rubia no pudo evitar acortar la distancia y abrazarla.

Abrazarlos, a los dos.

 

***

 

Esa semana Raoul casi besa a su padre cuando lo envió de viaje a Alemania a cerrar un contrato.

No tenía las fuerzas para ver a Agoney.

La atracción que sentía hacia él era tan brutal que refrenarla lo agotaba psicológicamente.

Y lo que había ocurrido el viernes en los baños de aquel restaurante había freído todas sus neuronas.

Se había pasado todo el fin de semana pensando qué demonios había hecho.

Sintiéndose como la mierda porque no se arrepentía ni un poco, y al mismo tiempo no dejaba de insultarse a sí mismo por llegar a tanto.

¿O los insultos eran porque no habían llegado a más?

Joder, se iba a volver loco.

El canario lo desconcertaba de demasiadas maneras.

Al comienzo había creído que le seguía el rollo, luego que no. Entonces va él y se disculpa, pensando en contenerse y volver a sus límites normales. Y el gilipollas de su asistente va y redobla la apuesta. Y después él, idiota, lo sigue a los baños porque Agoney en pantalones de vestir haría ceder a cualquier santo. Pero de santo el canario nada, que lo besa, lo toca y juega con él como si fuera masilla entre sus dedos.

Y se va.

Se fue con todos los pensamientos coherentes, con todos los reparos que había puesto. Con su moral y su ética profesional.

Con todo lo que se quedó el rubio el viernes a la noche fue con las ganas de apretarse contra ese culo y follarlo como si no existiera nada que se los impidiera.

Así que Berlín y su cerveza, Berlín y sus alemanes fríos pero dispuestos a calentarle la cama habían sido un alivio para su mente, para su cuerpo.

Aunque ese viernes en que salió del ascensor, esa calma se fue y en su cabeza solo quedó un pensamiento rebotando.

¿Con qué Agoney se encontraría hoy?

—Buenos días.

Esa voz.

No se había dado cuenta lo que la había echado de menos hasta que ese timbre profundo y grave volvió a resonar en sus oídos.

—Buenos días, señor Vázquez. –Levantó la mirada y sus ojos se encontraron.

Madre mía.

El isleño no se explicaba, como carajos alguien que no conocía más que profesionalmente podía ejercer esa aplastante atracción sobre él. Pero era mirarse y sentir su cuerpo temblar, sentir esa necesidad de estar más y más cerca.

Para.

—Tiene junta en quince minutos, señor. Estaban esperando que llegara.

—Jodidos de mierda, no me dejan ni respirar. Gracias, Hernández, necesito que estés allí para ver la agenda y todo lo que tenemos que enviarles para que me dejen en paz al menos una semana.

El chico asintió y se colocó las gafas, buscando la Tablet para ir a la sala de reuniones.

Con gafas. Lo que a Raoul le faltaba.

Fue verlo sonreírle y saber que no había ni mil alemanes que fueran a saciar las ganas que le traía a ese chico con acento y sonrisa embaucadora.

Entró a su oficina para dejar el maletín, suspirando.

Al menos hoy no parecía un cervatillo asustado.

Sacudió la cabeza y se centró. Tenía que informar sobre el nuevo acuerdo y ver con la junta que directivas iban a tomar en la nueva sucursal. Sería una reunión larga y agotadora, no le convenía perder el tiempo pensando estupideces.

Mientras la reunión se desarrollaba, el canario estaba sentado contra la pared, alejado de la mesa oval, pero tomando nota de todo lo que su jefe debía revisar o enviar. Ahí, en la oscuridad mientras el rubio exponía los gráficos nuevos y sus resultados, Agoney se permitió admitir que ese hombre le atraía.

No como si no lo hubiera sabido de antes, pero es que decirlo en claro en sus pensamientos era muy fuerte para él.

Raoul Vázquez le ponía. Un montón.

Y por las miradas hambrientas, sabía que lo de su jefe era recíproco. Aún no sabía cómo sentirse con eso. Mucho menos que hacer con esa tensión que los cegaba a los dos por momentos.

Hablar con Ricky le había servido un montón, pero él aún no estaba seguro del todo. Menos con su jefe. Menos con todo lo que significaba.

Anotó una fecha de entrega de proyecto y suspiró.

Deja las cosas ser.

Déjalas ser.

La reunión terminó y se fue desocupando la sala, pero su jefe no se iba y él no podía irse antes que él.

Lo veía muy absorto sobre el último informe, por lo que dedujo que ya no lo iba a necesitar.

—Señor, pued-

Se había acercado a él sin hacer ruido y el barcelonés se había puesto de pie de pronto, listo para irse.

Sus caras quedaron a centímetros de distancia.

Si se pudiera ver, se habría visto un latigazo de electricidad envolverlos.

Sus respiraciones se hicieron densas y todos los pensamientos, como siempre les ocurría, se fueron.

La intensidad de sus miradas se negaba a ceder ante la otra.

El rubio se humedeció los labios.

— ¿Cómo estuvo Alemania? –La pregunta había salido de la nada. No se movió ni un ápice.

—Frío.

— ¿Frío?

—Frío.

Es que para Raoul todo lo demás era frío si se comparaba con la boca del canario que estaba besando fervientemente en ese momento. Sus manos fueron a sus caderas y lo apretó contra su cuerpo mientras la lengua del isleño entraba sin permiso en su boca y sus manos se aferraban a su espalda para tenerlo aún más cerca.

El móvil del catalán sonó y sobresaltándolos a los dos. Se separaron, jadeando y por el tono de llamada el rubio sabía que tenía que atender.

—Mierda.

Agoney se apresuró a levantar la Tablet que había dejado caer al suelo y sin volver a mirarlo salió de la sala, huyendo a su escritorio.

“Cancela todas mis reuniones de hoy.”

Le envió el menor al móvil un rato después.

Joder, joder, joder.

¿Se había ido por él? ¿La había cagado? Aún sentía el fantasma de los labios ansiosos de su jefe, lo que hizo que se acariciara inconscientemente la boca.

Llegó la hora de salida y todavía no lo había despedido, así que intentó auto convencerse de que su superior se había ido por otro asunto.

Además, había decidido hacerle caso –en parte- a su amigo. No pasaba nada si se liaba con alguien más.

No pasaba nada.

Agoney podía empezar de nuevo.

Ese pensamiento hizo que aún en medio de toda la confusión y angustia que tenía dentro, sonriera.

Lo que no sabía, es que cuando cruzó el umbral de su casa, había algo esperándolo.

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Capitulo 5: Confesions.

« No hay secreto que el tiempo no revele.»

 

¿Han vivido alguna vez una catástrofe natural? Suelen suceder en un segundo, sin previo aviso. En realidad avisos sí que hay, pero no los sabemos leer, nunca les prestamos atención.

Entonces te golpea, te arrastra,  destruye  todo eso que construiste. Se lleva todo de ti y te deja débil, sin recursos. Con suerte te deja parado sobre tus propios pies.

Agoney había vivido una catástrofe natural a nivel personal.

Y lo que más le asombraba de ese hecho, era ver como el mundo seguía girando, como todos seguían tranquilos mientras su vida había cambiado con una frase.

El ascensor sonó y camufló su suspiro mientras se aferraba a su correa y llegaba a su puesto. Dedicó una mirada a la todavía vacía oficina de su jefe y el poco ánimo que había reunido para salir de la cama se esfumó.

Si en algún momento su cabeza había imaginado intentar algo, probar algo todo eso había quedado desechado.

Volvió a suspirar, intentando no llorar por décima vez en lo que llevaba durante esos días. Cada acto tenía su consecuencia y ahora él debía hacerle frente.

—Buenos días.

Era curioso como hacía solo un par de días, esa misma frase lo tensaba, pero con un sentido totalmente distinto. Ahora quería que se alejara de él.

—Buenos días, señor. –Susurra sin levantar la mirada.- Los de comunicación le han dejado los nuevos diseños sobre el escritorio y quieren su visto bueno antes de enviarlo a marketing.

Raoul ladeó la cabeza y arqueó una ceja ¿Qué le sucedía al moreno? Se quedó allí parado, hasta que se dio cuenta que no iba a mirarlo, lo que le extrañó aún más.

Joder, si ellos no hacían más que mirarse.

Se mordió la lengua antes de verbalizar alguno de los interrogantes que corrían por su mente y entró a su oficina.

Intentó no alterarse, era lunes, todos están hartos del mundo los lunes.

Abrió el portfolio y se puso a estudiar los diseños, pero su mirada iba y venía hacia la puerta, hacia donde estaba él.

¿Había hecho algo mal?

Vale, claro que estaba haciendo las cosas mal, lo sabía. Pero…se habían besado el viernes y si no fuera por el puto móvil está casi convencido que se lo hubiera tirado sobre la mesa de juntas.

Sus pensamientos se cortaron cuando algo que no esperaba ver entre sus papeles lo distrajo.

—Agoney, ven un momento por favor. –Pidió a través del intercomunicador.

Un minuto después, el chico entró, encorvado y casi queriendo esconderse detrás de la tablet.

— ¿Señor? –Pregunta con la voz suave, carente de todo magnetismo.

— ¿Por qué son las diez de la mañana y todavía están aquí los documentos urgentes que tenías que enviar a finanzas?

La voz de Raoul es dura, mientras levanta la carpeta para que los vea. En el trabajo él no se permite errores y no se los permite a los demás. Pero su principio de cabreo se esfuma cuando levanta los ojos y se encuentra con la expresión aterrorizada del canario, que adelanta los pasos que lo separan del escritorio casi corriendo.

—Lo siento, señor Vázquez, lo siento muchísimo, ahora mismo los envío…por favor, por favor, discúlpeme.

—Hernández, respira. –Pide asombrado por el arrebato, dejando la carpeta que el chico parecía dispuesto a arrancar de sus manos para correr a enviarla. Levanta las manos en señal de alto.- Ahora vas y los envías, tranquilo.

El tinerfeño exhala con fuerza y toma la carpeta con sus manos temblando, cosa que a su superior no le pasa desapercibida.

—Agoney…-Su nombre sale de sus labios con un tono firme, para que lo mire.- ¿Está todo bien?

El aludido apenas hace contacto visual con él y asintió rápidamente.

—Sí, señor. De nuevo, lo lamento. Voy a enviarlo ahora mismo. –Y antes de que el rubio pudiera procesar sus rápidas palabras, salió volando de la oficina.

Raoul se dejó caer en el asiento y resopló. No quería ser egocéntrico pero ¿Estaba así por la situación que había entre ellos? ¿Qué más podría ser?

Muy a pesar de su ego, debía reconocerse que no sabía nada de Agoney más allá de la oficina.

Su currículum y su desempeño eran brillantes. Su culo era un monumento a la perfección y su boca sabía a melocotón, a pesar de que esa vez en el baño se mezcló con el sabor a sangre que más tarde descubriría era de su propio labio.

Pero ahí se acababa su conocimiento sobre su empleado.

Cuando esa realización lo golpeó, se molestó.

Raoul Vázquez no podía desconocer cosas que le interesaban.

Y Agoney le interesaba.

***

—Te ves feliz hoy.

—Hoy he despertado sin nauseas. –Responde adelantándose unos pasos para estirar sus brazos y dar un pequeño giro de victoria.

La gallega ríe y aplaude, festejando el logro de que la chica pudiera mantener la comida de la noche anterior en el estómago. Ambas continuaron caminando por el parque, buscando un banquito donde sentarse. Como no lo encuentran, Amaia se encoje de hombros y se sienta en el césped, Miriam la acompaña.

— ¿Cómo vas con las composiciones? –Pregunta la pamplonesa tumbándose sobre el pasto para mirar como las hojas jugaban a dejar pasar los rayos de luz del atardecer.

—Bien…esta semana pude terminar de armar una canción.

—Jooo ¡Qué bien! –Busca a su amiga con la mirada para sonreírle.- ¿Me dejarás escucharla?

Ambas se sonríen y la rubia asiente con la cabeza, ganándose una sonrisa aún más amplia de la castaña.

—Cuando quieras vas a casa y te la toco con la guitarra.

—Buah, seguro me encanta, es que tienes magia en la voz, amiga. –Lleva su mano a su barriga aún inexistente.- Le cantarás ¿verdad? Estoy segura de que se encoña de tu voz.

—Qué exagerada eres, no le vamos a crear un trauma al tamborcito antes de tiempo.

Las carcajadas de las dos se mezclan entre las hojas, y Miriam aprovecha el momento.

—Oye, Amaia…-La llama hasta que la mira, antes de rebuscar en su bolso.- Le he comprado algo al pequeño tambor.

La pamplonesa abre los ojos con sorpresa, incorporándose rápidamente al ver como su amiga le tiende una pequeña cajita.

—Miriam, jope, no tenías que…

—Que sí, que sí…ya has cumplido los tres meses, así que me hacía ilusión que su primer regalo fuera mío.

La sonrisa que le dedicó la castaña estaba tan llena de ilusión y cariño que el corazón se le hizo de algodón de azúcar.

Se deshizo del papel de regalo y abrió la cajita que contenía el presente con cuidado. Cuando vio que era, soltó una expresión de asombro y ternura.

—Buah, buah, me encantan…-La miró de nuevo y se le llenaron los ojos de lágrimas.- Nos encantan, Miriam, muchísimas gracias.

El abrazo en que se envolvieron estaba repleto de agradecimiento y apoyo.

—No tienes porqué agradecer. Los vi en la tienda que está a la vuelta de casa y supe que eran para el peque.

—Jo, es que son preciosos…-Murmura acariciando suavemente los patucos tejidos con todos los colores del arcoíris.- Gracias, es un primer regalo fabuloso.

La chica pasó luego un momento explicándole a su estómago el regalo que le había hecho la “tía Miri”, cosa que enterneció enormemente a la gallega.

— ¿Cómo siguen las cosas por casa? –Preguntó la rubia cuando ya se les habían agotado los temas banales sobre los que conversar.

Amaia se encogió de hombros, pero esbozó una pequeña sonrisa.

—Nos hemos dado una nueva oportunidad…No me mires así, Miriam, jope…Estábamos agotados, pero nos queremos. Nadie me ha querido nunca más que él y lo sabes.

Miriam quería gritarle que eso no podía saberlo, porque nunca le había dado una oportunidad a nadie más. Que ella podía quererla más. Pero se calló y suspiró.

—Pero Amaia…un hijo no va a arreglar lo que ustedes estaban decididos a dejar. No le hagan eso al niño.

—O a la niña –Le corrige antes.- Sabemos eso. Pero nos queremos y vamos a ser una familia, vale la pena luchar por la familia.

La gallega buscó su mano y dejó un suave apretón en su mano, sabedora de lo importante que era la familia para su amiga y lo terco que era su novio. Si querían intentarlo, nada de lo que ella dijera –o nada de lo que a ella le doliera- los iba a detener.

—Eres muy valiente, amiga.

—Porque eso me lo has enseñado tú.

***

Lo iba a desquiciar.

Tiró con algo de ímpetu la carpeta de la última reunión sobre su escritorio y cuando se sentó, apoyó los codos sobre el escritorio para pasar las manos por su rostro y luego masajear sus sienes.

¿Qué coño le pasaba a Agoney?

Durante esos tres días había considerado desde preguntarle, amenazarlo con despedirlo o incluso zamarrearlo y golpearlo para que reaccionara.

Es que no entendía.

Es como si le hubieran cambiado a su asistente. Se había convertido en un autómata. Toda la chispa, la alegría que había visto en sus ojos ya no estaba. El imán que lo atraía irremediablemente hacia él ya no era su sensualidad ni su misterio, sino la preocupación.

Pero lo que más le dolía era que ya no lo mirara.

Evitaba encontrarse con sus ojos a posta y eso lo mataba. Porque esos ojos eran los que le daban la certeza de que esa atracción fatal era correspondida, que ese casi obsesivo interés era mutuo.

Lo que más le asustaba era haberla cagado y que el canario estuviera arrepentido de lo que había sucedido entre ellos.

Y aunque era una opción muy probable y eso explicaría todo el retraimiento del moreno, Raoul estaba convencido que los ojos no le mentían.

Que había algo más.

—Hernández, necesito que me acompañes a una reunión después de que salgamos de la oficina.

Su voz no dejaba lugar a cuestionamientos, sin embargo vio al isleño echarle un vistazo a su móvil antes de soltar un suspiro y contestar.

—Sí, señor.

Ni siquiera lo miró.

Estaba mal. Sabía que inventar una reunión estaba mal. Pero ya tenía asumido que hasta que no supiera que pasaba, no iba a dejar de comerse la cabeza.

Además casi se lo había tirado en un baño, peor que eso no se podía estar.

Entraron en el bar al que solía ir el rubio cuando no quería encontrarse con alguien con quien tuviera que fingir que se alegraba de ver, y los condujo a ambos a su mesa de siempre.

Vale, tal vez iba a ese bar más de lo que le gustaría admitir.

Los atendieron, y aunque el moreno no quería, terminó pidiendo un Puerto de Indias ante la insistencia de su jefe, el cual pide un whisky escocés, antes de aflojarse la corbata y quitársela.

— ¿Con quién tiene la reunión? –Pregunta por fin buscando la mirada de su superior.

Ya se le había hecho muy extraño el sitio tan informal pero el hecho de que el catalán se quitara de esa forma su corbata lo puso nervioso de inmediato. El menor, se pasó una mano por el pelo, visiblemente incómodo de repente.

—Hernández…-Se mordió el labio compulsivamente, lo que le dio a entender que no era nada bueno lo que le iba a decir.

Joder, lo iba a despedir. Estos días habían pasado en un borrón, casi no recordaba nada de su trabajo, así que seguro que la había cagado.

No, no, no, no.

No podía perder su trabajo, no ahora.

Sus pensamientos desesperados fueron cortados por el camarero que les sirvió sus copas.

Raoul le dio un sorbo a la suya y se acomodó en la silla.

—Mira…ya no estamos en horario de trabajo, así que me gustaría que no me trataras como tu jefe. –Expone lentamente, jugando con una servilleta.

Una mezcla de alivio y algo que se había obligado a apagar lo recorrieron con sus palabras, por lo que se atreve a sostenerle la mirada. La suya plagada de interrogantes, la del rubio llena de ¿preocupación?

—Vale…no lo trataré como mi jefe. –Sus palabras salieron con un tono de duda, ya que no sabía muy bien que se traía el chico entre manos.

—Tutéame, por favor.

—Vale…Raoul.

El estremecimiento de placer que los recorre a ambos ante el uso del nombre del catalán está mal. Aunque por diferentes motivos.

Beben de sus copas para disimular un momento, hasta que el rubio se aclara la garganta.

— ¿Qué es lo que te tiene tan mal estos días? Te noto demasiado preocupado.

Agoney se tensa en su asiento y se niega a mirarlo.

— ¿Es por lo que ha sucedido entre nosotros? No quiero que pienses que…

—No.

— ¿No?

—No es por lo que ha…por lo que hicimos.

El chico a pesar de ser moreno siente sus mejillas arder de la vergüenza ante la mención de su faceta más desatada y recién descubierta.

— ¿Entonces? –Pregunta aliviado Raoul porque no sea ese el motivo, pero igualmente preocupado por lo que pueda estarle pasando al chico.

El canario suspira, debatiéndose internamente si contarle a su jefe que es lo que está atravesando su vida…Vaya, para meterle la lengua hasta la garganta no se lo pensó tanto.

Bebe su trago, y se afloja la corbata, pero es cuando se encuentra con los ojos miel, llenos de preocupación que decide que necesita soltarlo, contarle a alguien que no sepa su historia.

Y Raoul –no su jefe, como le dijo expresamente el chico.- parece lo suficientemente preocupado por él como para decirlo. Después de todo, necesita una explicación de porqué los besos que se robaban no pueden volver a repetirse jamás.

—Que…mi novia está embarazada.

Gracias al cielo Raoul no está bebiendo en ese momento porque la carcajada que suelta lo hubiera hecho escupir todo y bañar de whisky al moreno.

El contrario, lo mira con asombro, sin entender la gracia que tienen sus palabras, las cuales al ser dichas en voz alta, son más reales que nunca.

Para él no es nada chistoso. Su vida ha cambiado de la noche a la mañana y aún no sabe como sentirse con todo.

—Agoney, tío. Si no quieres contarme no hace falta que inventes semejante cosa.

Ojalá fuera una coña.

Ojalá con Amaia no hubieran tenido la mala suerte de que de los mil polvos que han echado durante los diez años que han estado juntos, la protección hubiera fallado en el último.

—No es una mentira…mi novia se ha enterado en estos días que está embarazada. Voy a ser papá.

Esboza una pequeña sonrisa, la idea le pesa porque la situación que están viviendo con su –ahora de nuevo- novia es complicada, pero la sola mención de la palabra le provoca una tibieza en el corazón que no puede explicar.

Raoul está con la mandíbula por el suelo.

No. Ni de coña.

Agoney no puede ser papá. No puede tener novia. Novia con A.

Eso implicaría que tiene sexo con mujeres. Él. El chico que le comió la boca en un baño hace nada.

El chico que todo en él gritaba gay.

Su gaydar no podía estar tan pero tan estropeado.

Pero esos ojos oscuros lo miran con tanta sinceridad que Raoul sabe que a pesar de no poder creerlo, es verdad.

Agoney va a ser papá.

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Capitulo 6: Normal.

«Si siempre intentas ser normal nunca descubrirás lo extraordinario que puedes llegar a ser.»

 

Silencio.

Miradas.

Incomprensión. Incredulidad.

Ambos se remueven incómodos en ese silencio que se ha establecido entre ellos y que es ensordecedor a pesar del barullo que envuelve al bar.

—Yo…Enhorabuena –Esa felicitación sale casi en tono de pregunta porque por la actitud del canario en esos días no sabe si es realmente algo por lo que estar feliz.

—Gracias. –Dice con esa “s” que tanto le fascina y una pequeña sonrisa.

Raoul le imita y ambos llenan el silencio bebiendo de sus vasos.

—Disculpa que me meta tanto pero… ¿Estás bien? Te he notado muy extraño estos días, por eso te he abordado así...lo siento si estoy siendo muy brusco.

La dicotomía en la que se movía Raoul con su personalidad era fascinante si se veía desde afuera, pero por dentro al chico lo había desgarrado un poco mientras crecía. Por un lado era implacable, responsable, serio, duro y directo. Esa era la capa que había tenido que desarrollar en medio de su adolescencia, cuando su padre comenzó a llevarlo a las reuniones de directorio y se encontró de lleno con la cruda realidad del mundo empresarial. No podía dejar que lo vieran débil, que lo vieran dudar o se lo comerían vivo. Después de todo, cuando Álvaro se decantó por el fútbol, todos pensaron que él sería fácil. Que sería pan comido sacar al mariconcito de en medio y quedarse con el esfuerzo de toda la vida de su familia.

Ni de coña.

Así que esa era la faceta que mostraba siempre, pero distaba mucho del centro del verdadero Raoul. Ese chico sensible, cariñoso y preocupado por las personas que lo rodeaban tuvo que relegarlo a su más profunda intimidad, a su familia y a un par de amigos que estaban contados con los dedos de una sola mano.

Y ahora estaba dejando que Agoney lo viera.

O peor, estaba dejando que Agoney le preocupara lo suficiente como para mostrar esa faceta de él.

—Si…bueno, no lo sé. –El moreno se encogió de hombros y desvió la mirada hacia la ventana y se concentró en ver los autos pasar.

Sabía que tenía que explicarle un poco más al rubio no porque fuera su jefe, sino porque le aterraba la imagen que le estaba dando de él.

La novia embarazada y él liándose con su jefe en los baños.

Muy bonito.

Suspiró y miró al catalán, que esperaba pacientemente a que continuara su explicación, agitando en la copa lo que le quedaba de whisky.

—Cuando me contrataste, bueno...lo habíamos dejado por esos días. -Lo miró, esperando que lo comprendiera, algo que era bastante imposible pues no se entendía ni él.- Se enteró del embarazo la semana pasada. Hablamos y hemos decidido darnos una nueva oportunidad.

Raoul sabía que era egoísta pensar en él con la historia que el chico le estaba contando pero...joder.

Sentía todo revuelto.

Pena, porque al chico le estaba cambiando el rumbo de su vida, frustración porque así fuera un mero polvo o lo que fuera que ellos se habían traído entre manos, se había truncado de forma estrepitosa. Pero sobre todo sentía admiración, por la forma en que le estaba haciendo frente a la situación que se le presentaba.

— ¿Llevaban mucho tiempo juntos?

El tono que usó asombra al isleño, pues se percibe verdadero interés y su voz estaba libre de todo juicio lo que hace que el peso de sobre sus hombros se aliviane. Lo mira un momento a los ojos y Raoul no se intimida, le sostiene la mirada firmemente.

—Tienes los ojos color miel.

No es la respuesta que el catalán esperaba, lo pilla con la guardia baja y eso hace que se sonroje.

—S-sí. -Responde esta vez sí bajando sus ojos a su trago.

—No lo había notado antes...son muy bonitos.

Ni siquiera sabe porqué está diciendo eso, pero es que no puede resistirse. El rubio tiene un magnetismo perturbador sobre él que desconecta todos sus pensamientos coherentes.

—Gracias.

—Le pedí que fuera mi novia cuando cumplió los quince años...-Corta el momento que ha creado su mente sin su permiso y comienza a relatar lo que parece una vida pasada.- Era mi mejor amiga de toda la vida y siempre se sintió correcto quererla.

Menos mal que el tinerfeño está perdido en su relato, así no puede ver la cara que pone su jefe al oír la historia.

— ¿Ha sido tu única novia?

Las palabras rayan la incredulidad y eso hace que a pesar de su tez oscura, las mejillas de Agoney se coloreen con violencia.

—Sí.

El silencio cae de nuevo entre ellos, el catalán demasiado ocupado en atar cabos.

Joder. Si lo que le dice es cierto...cuando lo besó en el baño...

Normal que el chico estuviera tan aturdido.

Normal que él necesite un tiempo a solas para aclarar su cabeza.

¿Será normal también que al mismo tiempo no quiera separarse de Agoney?

Ahora mismo el rubio tiene mil preguntas, mil interrogantes, porque demonios, esto no se lo hubiera esperado ni en mil años.

Sin embargo, en medio de todo el remolino de pensamientos que pelean en su cabeza por imponerse, sabe dos cosas.

Primero, Agoney está pasando por una situación compleja y abrumadora... si ya ser padre de por si es  difícil y un cambio rotundo en la vida de cualquiera, no quiere imaginarse en un caso como el suyo.

Y segundo, ellos no son más que jefe y empleado. Sabe que no puede pedirle mil explicaciones, o que le cuente todo por más que él se muera de ganas de conocer su historia. Sabe que tiene que ganarse su confianza y eso se hace poco a poco.

—Gracias por contarme… -Le sonríe pero no se anima a estirar la mano para reconfortar la del moreno, porque él sigue teniendo en su cabeza muy presente todo lo que le genera a su cuerpo el contacto del chico.

—Gracias por escucharme…

Sus miradas se encuentran y hay un agradecimiento sincero en los ojos del canario. A las pocas personas que les ha contado, no dejaban de preguntar más o aconsejar, así que agradece el silencio cómodo que le ha brindado el rubio.

—Podría decirte mil cosas más pero…estoy aquí para lo que necesites, Agoney. De verdad. –El isleño lo mira con algo de duda, pero el catalán es firme.- Lo digo en serio…si necesitas algo, lo que sea, solo dilo ¿Vale?

—Vale…-Lo ve al chico arquear sus cejas.- Que si, pesado, te avisaré.

Ambos ríen y se siente bien, un pequeño hilo de confianza se entreteje en esa mesa de un bar que ha dejado de ser un bar cualquiera, para pasar a ser el lugar donde se empezaron a conocer.

Salen, y en el auto conversan un poco sobre la oficina en un tono mucho más ameno.

Es por eso que cuando Raoul lo deja en su apartamento, no sabe que sentir.

Solo le queda rogar porque ese momento que han compartido no sea solo fruto de la desesperación de una tarde y pueda crecer en amistad.

***

Le hubiera gustado entrar al calor de su piso, pero decidió dar una vuelta por la manzana de su edificio, necesitaba aclarar su mente antes de ir con su novia.

Su novia.

Suspiró, y caminó hasta un banco cercano.

Aún recuerda cuanto cuchichearon sobre ellos cuando llegaron a su pueblo. Él venía con su familia de las islas y ella de Pamplona, ambos hijos de unos padres que habían sido trasladados a un pueblito alejado de la mano de Dios. Allí, en un lugar que apenas les daba la bienvenida por raros, los niños se refugiaron el uno en el otro y más pronto que tarde, eran todo lo que tenían para sobrevivir.

Su primer beso fue casi involuntario. La pamplonesa llegó una tarde llorando: Todas sus compañeras se burlaban porque era la única que jamás había besado a un chico y por eso no la dejaban conversar con ellas. Al día siguiente, antes de que tocaran el timbre para entrar a clases, Agoney la tomó por el antebrazo y la besó delante de toda la escuela. Fue un poco chapucero, ambos morían de la vergüenza y el canario jamás confesaría que ese fue su primer beso para él también, pero Amaia dejó de llorar.

Salir luego fue una mera formalidad. El rumor del besó se extendió y el isleño recuerda con nitidez las tardes en la cocina de su casa en las que él bajaba a llorarle a su madre porque su hermana no dejaba de cantarle “Ago y Amaia sentados en un árbol”. No solo aún poseía la cancioncita en la cabeza, sino que recuerda la risa de su madre diciendo “Glenda, deja que tu hermano tenga novia en paz.”

Agoney no estaba seguro de si quería que Amaia fuera su novia.

Él solo la había besado para que dejaran de reírse de ella, no porque le gustara.

Ahí, en medio de un atardecer en un banquito de una plaza de Barcelona, el canario se dio cuenta que nunca se había preguntando que era lo que a él le gustaba.

Los recuerdos vuelven a golpearle, así de improvisto.

“— ¿Cómo no te va a gustar? Aun es chica, pero es muy bonita. ¿No te gusta porque es medio rara?

—No es rara…-La defendió, tirándole el balón de básquet a su amigo al pecho.-No sé, ¿No se supone que tienes que sentir mariposas en el estómago y eso?

La risa que soltaron sus amigos lo hizo sentir incómodo.

—Esas son cosas que les decimos a ellas, Ago, lo de las mariposas no existe.

—Sí, porque en este pueblo de mierda si no prometes casamiento no te dejan meter mano en ningún lado.

Él tampoco se imaginaba metiéndole mano a Amaia, pero se unió a las carcajadas porque no quería que lo tacharan de raro. No ahora que por fin le hablaban y lo invitaban a jugar al básquet.”

“— ¡Agoney!

—¡Abuela!

Se miraron con la sonrisa bailándole en los ojos  y se abrazaron. Amaba volver a Canarias por unos días.

—Ven, que quiero hablar contigo.

La siguió hasta la cocina donde le sirvió la merienda, disfrutando de tener a su yaya por una tarde para él solo.

—Tu madre está preocupada.

— ¿Preocupada? ¿Por qué? –Preguntó extrañado.

—Por esa niña con la que sales, cariño.

— ¡Yo no salgo con ninguna niña!

—Exacto. –Le apuntó con la cuchara de madera con la que revolvía el dulce que preparaba.- Pero no te despegas de ella.

—Es mi mejor amiga.

—Agoney…a las mujeres se las respeta, tus padres te han criado mejor.

—Pero si yo la respeto…

—Mira, no pretendo entender toda la modernidad de ahora, pero si te encierras en tu cuarto o te pierdes por horas con ella sin que nadie los vea y ni siquiera te dignas a llamarla tu novia, pues eso no es respetarla.

De pronto parecía que el estómago del chico pesaba una tonelada.

— ¿Q-qué?

—Ago, no me tomes por tonta, estás por cumplir los diecisiete y sé que los hombres tienen necesidades y esas cosas, pero siempre pensé que tu harías un poco mejor las cosas ¿sabes? No eres tan insensible como tus primos.

Agoney ya no quería tomar la merienda.

—Pero abuela, nosotros…

—No te estoy diciendo que te cases, Agoney…pero si siempre es con la misma muchacha pues al menos dale la importancia que debería ¿No dices que es tu mejor amiga? Pues respétala.”

“—Ya la metiste, ¿Verdad? ¿Por eso te hiciste su novio?

— ¿Q-

— ¡Agoney! ¿Cómo te vas a poner formal ahora? Si estamos a nada de la legalidad y poder salir a discotecas…la de tías que nos habríamos tirado, chico, estás tonto.

—Joder, déjalo en paz, se nota que está coladito por ella.

¿Se notaba que estaba colado por Amaia? ¿Lo estaba?

Claro que lo estaba, era su novia.

—Es verdad, con ese culo te entiendo, claro que te entiendo.

Risas y codazos. Hasta ese momento, él no se había fijado en que su novia tenía buen culo.”

“—Tienes un culo precioso, amor.

Se sintió raro diciendo eso, pero el rubor y el labio mordido de la castaña le parecieron adorables.

—Bua, Ago, que cosas dices…el tuyo también es muy bonito.

Y la besó con fuerza, con intensidad. Después del juego de básquet que como era pleno verano y todos terminaron sin camisetas, habló con uno de sus amigos que era más tranquilo que los demás y le dio un par de consejos.

Esa noche llegaron a un poco más que unos simples besos, y cuando volvía a su casa se preguntó si se suponía que debía sentirse así de insatisfecho con su erección sin resolver y los labios doliéndole de tanto besarse.”

Cuando se animó a preguntar, le dijeron que sí, que era porque no había llegado al final. Que era incómodo siempre las primeras veces, que era normal sentirse algo vacío.

Así que cuando pasó, se alegró que al menos su primera vez fuera con alguien que quería tanto como él quería a Amaia.

Porque la quería, de eso estaba convencidísimo.

La pamplonesa era su mejor amiga, la que lo conocía más profundamente. Con ella podía ser él mismo, conocía sus miedos, sus sueños, lo mucho que le gustaba mirar el cielo y el olor de la tierra después de la lluvia.

Lo había escuchado cuando sentía que se iba a volver loco porque nadie más en ese bendito pueblo le hablaba. Él para ella había sido su escudo contra las burlas porque no estaba siempre peinada o porque vivía en otro mundo. El tinerfeño había aprendido a entrar en ese mundo peculiar que era la cabeza de Amaia y la había abrazado, queriéndola tal cual era.

Se querían, se querían muchísimo.

Eran uno el pilar del otro.

Por supuesto que ella tenía que ser su novia.

¿Qué más quería para el resto de su vida que alguien que lo entendiera y lo acompañara en todo?

Emprendió la vuelta a casa, a los brazos del amor de su vida, más relajado al darse cuenta que era lo que ocurría con él.

Jamás se había encontrado con que alguien aparte de su chica le gustara. Y le chocaba que ese alguien fuera un hombre pero es que, joder, solo había que mirarlo a Raoul para que te gustara. Seguro a un montón de tíos le pasaba eso de querer empotrarlo contra la pared, si el rubio estaba buenísimo.

Su misma novia un montón de veces se babeaba por chicas y eso le parecía de lo más normal.

Después de todo, era pleno siglo XXI, no había nadie hetero hetero ¿verdad?

Un par de besos con un hombre no lo hacían gay.

Así que sí, le había gustado alguien más aparte de su novia y era normal, no pasaba nada.

Y lo había besado estando separado de ella así que tampoco pasaba nada con eso.

Abrió la puerta de casa, satisfecho con su paz mental y se encontró con los brazos y los labios de la castaña, saludándolo después de un largo y agotador día de trabajo.

Cuando las luces se apagaron y se acostaron a dormir, con ella entre sus brazos, en ese límite tan difuso en el que se codean la conciencia y la inconsciencia, una pregunta lo asaltó.

¿Era normal que los besos de Raoul se le antojaran más que los del amor de su vida?

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Capitulo 7: Wave.

«El romper de una ola no puede explicar todo el mar. »

(Semana 14)

 

Sus pasos eran los únicos que resonaban por la pequeña sala de espera.

—Ago, para o voy a vomitar.

—Lo siento, cielo pero estoy nervioso. –Suspiró y se sentó a su lado, entrelazando sus manos.

A Amaia le hacía gracia la situación, porque por lo general era Agoney quien la guiaba en todas las situaciones, así que aquí se sentía mayor, más experta.

—Tranquilo, he hecho todo lo que me pidió en la visita anterior, todo estará bien.

El canario le sonrió con dulzura, antes de inclinarse y dejar un suave beso sobre su nariz, que provocó una sonrisa igual en la chica. Se quedaron un momento viéndose a los ojos, cuando la voz de la doctora llamándolos a la consulta los sacó de su burbuja. Entraron con las manos juntas, la castaña dejando un pequeño apretón sobre la del moreno, dándole un poco más de confianza.

Las preguntas a la pamplonesa y la revisión fueron las de rutina, pero el isleño prestaba especial atención a cada palabra, buscando memorizarla para luego llevar a la práctica cada sugerencia que daba la profesional.

— ¿Cómo siguen las nauseas, Amaia? –Preguntó la mujer.

—Bua, horribles. Pasé unos días sin ellas, pero han vuelto con más fuerza que antes. –Respondió con un puchero adorable que hizo que el chico le acariciara la mejilla, dándole ánimos.

—Bueno, no hay nada cien por ciento efectivo contra las náuseas, van a ir desapareciendo paulatinamente. Lo que sí puedo sugerirles que suele tener buen resultado es el sexo oral.

— ¿Perdone?

Agoney estaba concentrado mirando a su novia, por lo que se giró bruscamente a ver a la doctora, que seguía anotando datos en su portátil.

—Sí, hombre, sexo oral. Un orgasmo recién despertando es la manera más natural y efectiva de ayudarle a Amaia con las nauseas.

No hacía falta que el canario mirara a su chica para saber que ambos estaban sonrojados.

Ellos…ellos no hacían mucho eso.

—V-vale. –Contestó rápidamente.

Le avergonzaba que la médica hablara sin ningún tapujo sobre la vida sexual de ellos, porque si ellos apenas lo hacían ¿por qué se metía alguien ajeno? Aunque tuviera cierta reticencia a hacerlo –y más si era por consejo de otra persona-  le aliviaba saber que podía hacer algo por aliviar el malestar de su novia, ya que cargaba con cierta impotencia al verla mal y no poder hacer nada concreto por ayudarla.

Pero es que, joder, que vergüenza. Y que agobio que al parecer todas las soluciones a los problemas del mundo era el sexo.

¿Estresado? Sexo. ¿Mal día? Sexo. ¿Felicidad? Sexo. ¿Reconciliación? Sexo. ¿Nauseas matutinas? Sexo.

Y a él el sexo no le parecía para tanto escándalo y obsesión. Sí, era placentero, te relajaba y era precioso para conectar con la persona que querías pero igual una sesión de masajes te hacía igual de bien. Igual un abrazo y mirarse a los ojos diciéndose te quiero eran igual de importantes.

No entendía la manía de follar para todo.

Unos ojos miel pasaron fugaces por su mente, pero la voz de la profesional de la salud lo sacó de allí antes de que su parte consciente pudiera procesarlo.

—Bien, ¿alguna duda más? –Volvió a indagar con una sonrisa para los jóvenes aprendices de padre.

Ambos negaron, pues ya habían atosigado a preguntas a la pobre mujer.

—Entonces pasemos de sala a hacerte el ultrasonido, Amaia.

Los nervios volvieron a hacerse presente en el estómago del moreno, que siguió a las mujeres hacia otra sala en silencio, mientras que ellas no dejaban de hablar sobre cómo había llevado las cosas desde la consulta anterior.

Se sentó en el banquillo que estaba al lado de la camilla, esperando mientras preparaban a su novia. Buscó su mano y jugueteó con sus dedos mientras ella le arranca una sonrisa al quejarse por lo frío del gel que colocan en su estómago.

El ultrasonido comenzó, y el chico se concentró en la pantalla que al principio no mostraba más que un amasijo gris moviéndose para todos lados, la doctora ubicó rápidamente lo que buscaba, mientras les explicaba lo que iban viendo. Pero Agoney dejó de escucharla en el momento en que la imagen tomó una forma concreta y el sonido que había oído en el DVD de la ecografía anterior retumbó con fuerza por toda la habitación.

—E-eso es…

—Ese es su pequeño, chicos. –Les confirma con una sonrisa, pero ambos padres no la ven, demasiado absortos en la nítida imagen que forma el pequeño tambor observado de costado.

Nunca esperó sentirse de esa manera, no tenía una experiencia o una palabra para nombrarlo.

Era como una ola, que lo arrastraba irremediablemente, pero estaba lejos de ser destructivo o dañino como cuando una ola te golpea en medio del mar. Porque llenó su pecho de un calor indescriptible, haciendo que todas sus dudas, sus temores, todo lo que lo había acechado durante semanas se evaporara. Como si su centro de gravedad se hubiera movido de él mismo y todo lo que lo agobiaba.

Ahora todo su mundo giraba en torno a esa pequeña figura que veía a través de un monitor.

—Bueno, todo parece ir de maravilla, su corazón es muy fuerte.

—Como el de su madre.

No fue hasta que oyó su voz rota que no se percató de que estaba llorando. La pamplonesa se giró a mirarlo y los ojos brillantes de ambos se encontraron con una sonrisa llena de cariño, el cual el tinerfeño plasmó con un suave beso en los labios contrarios.

—Te quiero.

—Y yo te quiero a ti.

La despedida con la médica fue escueta, ya que ambos estaban sumidos en su pequeño mundo, ese que los había protegido de todo siempre, donde se tenían solamente el uno al otro, y en el que ahora habían dejado que un pequeño pero fuerte tambor resonante pasara a formar parte, dándole música a sus vidas.

 

***

 

El móvil sonó por segunda vez y la pamplonesa tiró todos los cojines para encontrarlo.

— ¡Sí! –Exclamó con victoria antes de descolgar.- ¡Miriam lo siento, lo siento, lo siento! no me mates, que solo he tardado dos timbres en contestar. Sí he recordado nuestra merienda de hoy, prometo llegar puntual.

La risa de la gallega resonó en su oído y eso automáticamente la hizo sonreír a ella.

—No te preocupes. Te llamaba justo para cancelarte lo de esta tarde.

— ¿Qué? ¿Por qué? –La sonrisa se fue.

—Me ha surgido…algo. Lo siento, pequeña, hoy no puede ser.

—Vale…-Su tono es desinflando, ya sin ganas.- ¿Mañana? –Preguntó con un deje de esperanza.

—Veo, pero no puedo asegurarte nada. Te escribo mañana ¿Vale?

—Vale.

—Cuídate, peque.

Antes que la castaña pudiera responder, la rubia colgó.

Eso la dejó con un amargo sabor en la boca, no sólo por la tarde aburrida que tendría, sino porque Miriam nunca se despedía sin antes haberle dicho que la quería.

 

***

 

—Jo, Ago es monísima, me encanta.

—Supongo que los índices de las ventas en el último trimestre no son lo “monísimo” de lo que están hablando ¿no? –Raoul entra en la sala de juntas y ambos asistentes levantan la vista ante las palabras y las risas del chico.

—N-no, señor, lo siento. –El canario se levanta de su asiento rápidamente, preocupado.

—Hernández, relájate, los ogros aún no llegan yo me he adelantado.

La risa de Nerea resuena y le quita el móvil al chico para acercarse a su jefe.

—Ago me estaba enseñando la imagen de su hija, señor Vázquez. ¿A qué es mona?

—Aún no sabemos si es niña, Nerea.

—Si es tan bonita estoy segura de que sí.

El catalán miró por un segundo a su asistente, que tenía los ojos brillantes de felicidad, por lo que desvió la mirada al móvil que le enseñaba la rubia. Ahí, podía ver como de forma tierna e increíblemente inocente estaba la razón por la que los ojos de Agoney desbordaban alegría y la razón por la que los suyos estaban algo más opacos.

—No puedes saber si es bonita o no por un ultrasonido, Nerea.

— ¡Pero señor Vázquez!

La indignación de la chica hizo reír a los dos hombres que se miraron, pero el rubio le quitó la mirada enseguida nuevamente, carraspeando.

— ¿Va todo bien?

—Sí, la doctora nos dijo que tiene un corazón muy fuerte y que todo va bien. –Le aseguró con una sonrisa el chico que tan recurrentemente acudía a sus sueños.

—Me alegro mucho, Hernández.

No pudieron seguir hablando, pues los demás comenzaron a llegar a la sala. Ese día, le tocaba a Raoul escuchar sobre un informe que ya había leído, por lo que pudo permitir que sus pensamientos se dispersaran en paz.

Volvió a pensar en Nerea, tan feliz por la paternidad de su compañero y en la felicidad en el rostro canario. ¿Él era el único que veía todo esta situación como algo no solo surrealista, sino horriblemente mal?

Vale, probablemente la rubia no sabía sobre lo que había pasado entre ellos, pero mínimo, si lo has dejado con tu pareja, es porque las cosas ya no iban bien.

Sobre todo si llevabas con esa persona diez años. DIEZ. Ese número atormentaba a Raoul. ¿Cómo era posible que Agoney llevara toda su vida en pareja con una chica?

Dirigió disimuladamente su mirada al perfil del moreno, que miraba con sus gafas atentamente la pantalla. Joder, que guapo estaba con gafas.

Pero en serio…Se había pasado las noches de esa semana preguntándose como el chico lo había besado con tanta arrebato y confianza cuando había tenido una sola novia en su vida. La atracción en ellos era evidente y poderosa, Raoul sentía como su piel se crispaba cuando su asistente estaba demasiado cerca, por lo que no entendía como esa energía abrumadoramente sexual no la había notado Agoney, porqué se había pasado toda su vida con una sola persona.

Una pequeña punzada de dolor y envidia atravesó su pecho. Qué suerte. Y qué envidia que el canario hubiera encontrado a alguien que lo hiciera sentir tan seguro como para querer pasar toda una vida a su lado.

Bueno, aunque eso fuera un punto discutible, ya que el rubio no dejaba de pensar en que se había liado con él porque lo habían dejado.

Lo habían dejado en el momento en que tenían un bebé en camino.

Si había alguien sin suerte en este mundo, era él.

El suspiro que soltó hizo que los que estaban a su lado se giraran a verlo. Se puso rojo al instante, mientras se enderezaba en su asiento y fingía mirar los números que había en el informe.

Tenía que volver a viajar, despejarse, conocer más gente. Quería ser amigo de Agoney, pero tenía que dejar de soñar con su boca, dejar de pensarlo como alguien con quien podía acostarse.

Iba a tener un hijo con una mujer, por todos los cielos.

Pero es que él se conocía y le asustaba no poder frenarse porque esto era lo que sucedía cuando se obsesionaba con algo.

No paraba hasta tenerlo.

Y si había algo que estaba escrito en piedra era que no podía tener a Agoney.

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Capitulo 8: Saber.

« Siempre se es más feliz en la ignorancia.»

 

Llevaba ya algo más de cuatro meses en la empresa. Y tal vez habían sido los cuatro meses más surrealistas de su vida pero si era sincero consigo mismo, algo en ese caos que habitaba le daba un impulso nuevo para vivir.

Con Amaia su relación iba como las aguas calmas, esas que navegas tranquilo porque conoces la ruta y el viento está a favor.

El pequeño tambor –ya le había quedado el apodo – era lo que le aportaba magia e intriga a su vida. Cada noche leían todo lo que podían, y aunque aún no era posible que escuchara, le encantaba apoyar su oído en la pequeña tripita que se podía apreciar en el cuerpo de su novia y hablarle. Le repetía cada día que lo o la amaba con toda su alma. Que lo hacía muy feliz, que no podía esperar para tenerle entre sus brazos. Que por favor sacara el carácter calmado de su madre, no el impulsivo de él.

Eso hacía reír a Amaia que, acariciándole el pelo con una mano y su propio estómago con la otra, le decía al pequeño tambor que saliera con el rostro perfecto de su padre.

Se vivía bien en esa armonía. Era tranquilo y seguro. Le gustaba la cotidianeidad que tenía con su chica y era bueno llegar después de un largo día de trabajo a un lugar sosegado.

Porque el trabajo no lo era y amaba eso.

Ya había entrado en la dinámica no solo de su puesto, sino en la de la empresa y estaba encantado. Nerea tenía razón y trabajar allí era algo que daba gusto. Vivía agotado, porque Raoul exigía muchísimo de cada empleado, pero Agoney había podido observar que si él exigía era porque trabajaba a la par de ellos. Era muy común quedarse hasta después de hora en la oficina pues su jefe era el último en irse, aunque  aún más frecuente era que el rubio lo enviara a casa a pesar de que él continuaba allí. Así que no sabía con exactitud hasta qué hora se quedaba allí, con el edificio completamente vacío.

Verlo al catalán en acción en medio de un negocio, era un placer que el canario jamás confesaría. Sobre todo porque se negaba a aceptar el bestial atractivo que desprendía el menor en medio de una junta pidiendo explicaciones, ajustando parámetros de venta, dando directivas a todo el mundo. Le fascinaba verlo cabreado, porque notaba como intentaba no estarlo. Ante un error el rubio se quitaba las gafas, se recostaba en su silla, apretándose el puente de la nariz y cerrando los ojos unos segundos antes de responder. Agoney no quería ser el destinatario de esa mirada nunca. Era dura e implacable, que combinada con la voz tranquila pero acerada que usaba para recalcar alguna incompetencia, hacía temblar a todos.

Pero había algo que era aún más secreto. Incluso no se lo admitiría ni a él mismo. Sus momentos favoritos en el trabajo eran esos en los que entraba a la oficina y se encontraba a Raoul en medio de una negociación complicada.

Justo como esa tarde.

Ya pasaban de las siete y él estaba agotado, pero tenía que terminar su trabajo así mañana podía llegar tranquilo y no corriendo a enviar mails a todo el mundo.

Pasó con las carpetas a su despacho sin llamar, ya que su jefe le había urgido para que pasara en cuanto las tuviera, pero cuando lo hizo no encontró la voz para anunciar su presencia.

Se topó con el catalán sin corbata, con los primeros botones de su  camisa desprendidos y arremangada hasta los codos. Tenía el manos libres colocado en sus oídos y con sus manos apoyadas en el escritorio, apretándolo en una rabia sorda que intentaba disimular con su voz, pero que él notó enseguida por el tono rojo de su rostro. Su flequillo, usualmente tan bien colocado caía sobre su frente desordenado y estaba tan concentrado que hasta había olvidado su manía de soplarlo para ponerlo en su lugar.

A Agoney casi le da algo.

Pero era por el obvio ambiente cargado de la oficina de su jefe. Solo era por eso.

No tenía nada que ver que su mente le hubiera golpeado con la imagen de esos brazos con las venas marcadas apretándolo contra su cuerpo, mientras imaginaba que ese rostro estaba rojo por la forma en que se devoraban hasta quedarse sin aire.

— ¿Hernández?

El aire que cogió al sobresaltarse ante la mención de su apellido hizo un pequeño ruido al pasar por su garganta en el momento en que él se aferraba más a las carpetas que traía en sus manos, rogando a todos los dioses de todas las culturas que por favor, por favor su erección fuera imaginación suya.

—Ya…ya están las carpetas listas –se aclaró la garganta, para clarificar la voz ronca y baja que había salido.- Señor.

El señor en cuestión, hizo todo el esfuerzo del mundo por no ojear a su asistente de arriba a bajo, pero ver sus mejillas arreboladas y oír ese tono de voz tan profundo se lo estaban poniendo muy difícil. Encima, acababa de tener una llamada que lo había cabreado y joder, como necesitaba un polvo.

—Déjalas aquí y ve a casa que es tardísimo. –Suspiró, dejándose caer en su silla.- Y seguro te esperan en casa.

Se obligó a sonreírle cuando el chico se acercó al escritorio, se obligó a pensar en pañales, en llantos de bebé. Se recordó a sí mismo a recordar que quería ser su amigo.

—Buenas noches, señor.

—Buenas noches, Hernández.

El canario salió y el rubio se hundió en su silla, masajeándose las sienes.

—Joder, that ass. –Suspiró antes de golpearse la frente suavemente contra el borde del escritorio.

Apagó el portátil, decidiendo que era suficiente trabajo por ese día, que necesitaba una copa de algo fuerte. Y una polla que no pidiera muchas explicaciones.

 

***

 

—Bua, Miriam, deja eso por favor. –Pidió tapándose los ojos.

— ¿Pero que la pasa, ahora?

—Es que leí anoche que el tamborcito tiene ahora el tamaño de un nabo…¡Qué dejes de cortar nabos que me da impresión!

La rubia intentó contenerse, pero terminó soltando la carcajada mientras dejaba el cuchillo sobre la tabla. Levantó las manos en señal de paz, las ocurrencias de su amiga eran únicas.

—Dramática. –Se burló antes de pasar por su lado y empujarla suavemente con su cadera.- Entonces ¿no más ensalada de nabos?

—Al menos hasta las veinte semanas no. –Contestó con un puchero en sus labios.

Miriam dejó ir en un suspiro las ganas de besarla, recordando la razón por la que la había invitado a comer.

—Cielo…-La llamó.- Tengo algo que contarte algo.

Amaia hizo un pequeño ruidito con la boca para hacerle saber que la escuchaba pues estaba entretenida comiendo un kiwi.

—Estoy saliendo con alguien.

Un estropicio de semillas y fruta a medio masticar cubrió la ensalada que habían dejado sin hacer, mientras la pamplonesa tosía, sin poder dejar de ahogarse con lo que había alcanzado a tragar.

— ¡Pero tía! –Prácticamente grita la gallega, golpeando su espalda con suavidad mientras la otra chica con una mano se tapaba la boca y con la que tenía libre sostenía su pequeña tripita.- ¿Estás bien?

La castaña asiente, mientras Miriam le alcanza un vaso de agua, estudiándose ambas con la mirada.

— ¿Estás saliendo con alguien? –preguntó, presa de la incredulidad.

Primero asintió lentamente antes de hablar.

—Se llama Mary, nos conocimos en el gimnasio.

De puta madre, ella dejaba el gimnasio dos meses y Miriam ya la había cambiado.

—Que guay, me alegro un montón por ti, Miriam.

Ambas se volvieron a mirar por un momento, sabiendo que no había ni una pizca de alegría real en sus palabras.

Aunque la más sorprendida de las dos era Amaia. No podía entender porqué reaccionaba así ante algo que debería ponerla feliz. Su mejor amiga llevaba mucho tiempo sola y era bueno que tuviera al fin a alguien que la cuidara, que le diera todo lo que ella se merecía.

—Más vale que te trate bien o mis hormonas, el tamborcito y yo la mataremos.

— ¿Te voy a poder ayudar a esconder el cadáver?

—Claro, que no puedo cargar peso, así que te tocará esa parte.

Ambas estallan en carcajadas y la castaña se acerca hasta su amiga y la abraza con mucha fuerza.

Ninguna de las dos se da cuenta que ambas aspiran profundamente el aroma de la otra.

—Estoy feliz por ti, Miri. En serio.

Esta vez habla con total sinceridad.

 

***

 

—Sí, sí, salsa de soya extra, por favor. Ajam…sí, sí. Muchas gracias. –Alfred cuelga con una sonrisa, y se vuelve hacia la mesa de trabajo.- Enseguida viene la cena.

Un gruñido de Raoul hace que su amigo ría y que el moreno se voltee a verlo.

—Tranquilo, campeón, he pedido suficiente para que te calmes. –El ceño del rubio se relaja y le sonríe.- Agoney, anota, que nunca le falte comida a Raoul.

El canario se ahoga con su propia saliva, provocando que el barcelonés ría y se acerque a golpear su espalda con delicadeza.

—Alfred, tengo hambre, no jodas. –Vuelve a quejarse, sin dejar de teclear en su portátil.

—Verás, Agoney…siempre es así. No te alarmes. Gruñirá hasta que el producto nuevo esté a la venta, quejándose en bucle de que tiene hambre o de que está harto de la empresa de mierda y que debería irse al Caribe a buscar pollas.

No lo puede evitar, el isleño suelta una pequeña risita que intenta ahogar detrás de unos papeles, pero su mirada se encuentra con la de Raoul, que está totalmente serio y le arquea una ceja, antes de negar con la cabeza y volver su vista a la pantalla, intentando esconder la sonrisa.

Alfred los mira de forma intermitente, de pie en la cabecera de la mesa de juntas y los brazos en jarra. Quiere gritarles a ambos que por favor por el bien de la empresa se líen ya de una vez, pero se contiene.

—Voy a buscar la comida. –Les avisa antes de salir de la oficina, negando con la cabeza.

Él lo sabe todo desde esa noche que su amigo llegó tan inquieto a su puerta a contarle el drama que envolvía a Agoney. Al barcelonés le daba coraje saber la situación en la que estaba inmerso el asistente, pero lo entendía.

Se había cansado de conocer hombres que eran notablemente homosexuales y los veía siempre de la mano de su hermosísima esposa, en los partidos de fútbol de sus hijos. Al principio el castaño se preguntaba como hacían para vivir. Cómo aguantaban tanto, como no se daban cuenta. Pero luego con años de observaciones silenciosas, aprendió a escucharlos, aprendió a ver eso que a los ojos de la sociedad era completamente invisible y supo que ellos no tenían ni idea. Estaban tan sumidos en la sociedad, en lo que se esperaba de ellos como “hombres” que de verdad eran felices con su vida, con sus logros. Pudo darse cuenta de que había gente cuya mayor habilidad era engañarse a sí mismos y ocultarse lo que realmente eran. Así que la situación del canario no le sorprendía, pero si le dolía porque había visto a su mejor amigo preocupado por él. Y después de manejar una de las empresas más importantes de España a los veinticinco años, habían pocas cosas que preocupaban a Raoul.

Mientras le pagaba al chico del delivery y volvía a la oficina por su mente pasaba amargamente el pensamiento de que nada más acertado que la frase “Uno siempre es feliz en la ignorancia.”  Siempre se sufría, se padecía más por tomar conciencia de ti mismo, de tu alrededor que por vivir en la zona de confort toda la vida. Lo lamentaba mucho por Agoney que había cortado ese proceso de autodescubrirse en seco, pero eran las putadas de la vida, jamás sabías por donde te iba a joder.

—Mariconaaas, ¡Ya llegó el sushi! –Su grito provocó que el moreno se volviera a ahogar con su propia saliva por el adjetivo usado, y que el rubio se levantara de su puesto con un grito de júbilo porque por fin saciaría su hambre.

Él rió achinando sus ojos, yendo hacia a la sala de descanso y comenzando a desenvolver la comida. Sí, la vida había jodido a Agoney, pero eso no significaba que él no fuera a hacer lo posible para ayudarlo a que pudiera quitarse la venda que tenía sobre los ojos.

 

***

 

Eran las doce de la noche y el suave ronquido de Alfred provocó un respingo en el isleño que casi se había dormido sobre su portátil.

—Agoney, ve a casa  a dormir. –Se quita las gafas y se restriega los ojos cansados antes de enfocar su mirada en la voz de su jefe que habla en un susurro.

—No, no. No estaba dormido, lo juro. –Asegura acomodándose en su asiento y volviendo a controlar las gráficas de los mercados del otro lado del mundo.

La risa contenida del catalán hace que vuelva a posar sus ojos en él, preguntando de forma silenciosa que es lo que le causa tanta gracia.

—Estabas casi babeando los informes…en serio, estoy con Alfred. Ve a dormir que tu mujer seguro te extraña.

—El señor García se durmió hace rato y no puedes controlar los mercados asiáticos y los latinoamericanos al mismo tiempo…-Responde con un suave encogimiento de hombros.- Además Amaia está en una pijamada con su mejor amiga, ella está bien.

Raoul lo miró por largos segundos en silencio, admirando su perfil tan perfecto, como sus pestañas infinitas hacían sombras graciosas sobre sus mejillas, como su barba oscura resaltaba sus carnosos y rojos labios, los cuales recordaba como sabían a la perfección.

Suspiro.

Se puso de pie, dirigiéndose a la máquina de café y sirvió dos nuevas tazas con la bebida que acerca a su asistente.

— ¿Qué se siente saber que vas a ser padre?

Tal vez es una pregunta muy intima, muy profunda para compartir entre medio de números y gráficos de las bolsas de países que no conocerán nunca, pero necesita pensar en las cosas que los separan y no en pasar sus dedos por sus rizos enredados, no en quitarle las gafas mientras se sienta sobre su regazo para besarlo.

Necesitaba pensar en Agoney como su amigo.

—No lo sé…en realidad es la sensación más extraña del mundo ¿sabes? Eso de amar a alguien incondicionalmente sin siquiera haberlo visto nunca.

La sonrisa del canario estaba tan llena de amor y de paz, que barrió de él todo rastro de lujuria e instaló un extraño sentimiento de tristeza en su pecho.

—Estás enamoradísimo de ellos. –Concluyó con una sonrisa triste en sus labios, huyendo de los ojos oscuros que ahora sentía posados en él.

—Sí, son mi vida entera. –Aseguró también con una sonrisa.

Pero el tinerfeño no supo definir porqué su sonrisa era triste también, porqué el humor de Raoul lo había empapado tan de prisa y mucho menos entendía el porqué de esa sonrisa tan anhelante por parte de su jefe.

Es que últimamente el moreno no entendía muchas cosas.

A veces tenía la sensación de que en el momento en que firmó para trabajar para los Vázquez, había firmado por un cambio completo de vida.

Sus miradas se sostuvieron por lo que pareció una eternidad en la que el mayor sintió sus mejillas arder, por lo que rompió el momento volviendo a concentrarse en el trabajo que esa noche los tenía en vela.

—Estoy seguro de que es un bebé muy feliz.

Las palabras del rubio luego de un silencio prolongado, llaman la atención del isleño.

— ¿Por qué dices eso?

El catalán, se encogió de hombros y sin despegar la vista de la pantalla contestó.

—Cuando sientes que eres amado es imposible no ser feliz.

La frase fue dicha con la simpleza y el aplomo con el que se dicen las grandes verdades de la vida, y eso encogió el corazón de Agoney.

A la lista de preguntas que tenía en su cabeza, se agregó la de si Raoul sabía.

Se preguntaba si el niño que jugaba a ser dueño del mundo disfrazado de duro y feroz sabía la dulzura que escondían sus palabras. Si sabía que bastaba observarlo así, un martes a la madrugada en completo silencio para ver que todo lo que demostraba era solo una fachada. ¿Sabría el rubio que no convencía a nadie y bastaba una mirada sincera para descubrir que era un alma buena y sencilla?

O tal vez sí que convencía a todo el mundo y esa lectura la podía hacer el canario solo por obra de la cantidad de tiempo que pasaban juntos y gracias a las cuales él había aprendido todas esas pequeñas cosas sobre su jefe, como lo adorable que le quedaba la cicatriz que tenía en su mejilla, la manía del catalán de comerse las uñas por más seguridad que aparentara. También estaba la forma en que tomaba un mechón de su cabello, lo retorcía y lo acomodaba cuando se concentraba en algo. O como todas las mañanas a las 10.22 en punto, salía de su oficina para preguntarle cómo iba su día, a pesar de que solo hubiera pasado una hora y media de trabajo. Había descubierto que su café favorito era el negro, pero con mucha azúcar porque a pesar de ser el dueño de la empresa, tenía prácticamente cinco años y odiaba el sabor amargo del café. Sabía que su sonrisa era más sincera cuando se trataba de recibir a Alfred, y que el señor García siempre, siempre tenía prioridad sin importar en medio de que estuviera.

 Eran tantos y tan pequeños los detalles que componían a Raoul que se sorprendió a sí mismo al percatarse de toda la atención que le había prestado para notar cada uno de ellos. Y supo que probablemente había miles más por descubrir así como también supo que él no debía descubrirlos.

Lo más profundo de él sabe que ha conectado con su jefe de una forma en la que no tendría que conectar, no solo porque es su empleado, sino porque Agoney puede sentir en el vibrar de su piel, en la forma en que se tensa cuando están cerca que es una conexión que no ha sentido nunca con nadie, ni siquiera con la madre de su hijo.

Pero lo profundo siempre está oculto y sumido en la inmensidad de la oscuridad. Requiere de un enorme esfuerzo y voluntad remover las profundidades para que esas intuiciones más primitivas puedan ver la luz.

Tal vez hace unos meses el moreno podía llegar a tener esas ganas y esa voluntad de saber.

Sin embargo en ese segmento de su vida, a pesar de la pequeña sonrisa que observa en los labios de Raoul mientras este está trabajando, no hay, no puede darse un espacio para saber.

Lo único que tiene lugar en la luz es que sabe que va a ser padre.

Todo lo demás debe quedarse en la oscuridad.

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Capitulo 9: Questions.

 

«Juzga a un hombre por sus preguntas más que por sus respuestas.»

 

—Amaia, son las tres de la mañana, si no te dejas de mover te mato.

—Jo, Miriam, lo siento pero es que estoy muy incómoda…

En la oscuridad, la gallega se sienta en la cama, asustada.

— ¿Te duele algo? ¿Estás bien? –Pregunta preocupada, pasando sus manos por encima de las mantas, en un intento de encontrar a su amiga en medio de la oscuridad.

—Sí, no te preocupes…la doctora dijo que era normal, pero me duele todo el cuerpo y parezco un pez globo y ya no dejo dormir a Ago y ahora no te dejo dormir a ti y jope…

—Shhh, no te comas la cabeza y relájate. Intenta respirar prof-

La mano de la pamplonesa atrapa con fuerza la muñeca de la rubia, que coge aire sonoramente por el susto.

— ¿Q-

Lleva la mano de su amiga a su barriga que ya muestra su embarazo de forma innegable y ambas contienen el aliento, Amaia esperando, Miriam sin saber que esperan.

—C-creo…creo que se ha movido.

— ¡Hostia, Amaia!

La gallega relaja su toque, que estaba en tensión, para pasar suavemente sus dedos por el bultito que era ahora el pequeño tambor.

— ¿No lo sientes? Lo está haciendo ahora. –La voz de la castaña estaba tomada por la emoción que sentía, por lo que salía apenas en un susurro.

Se concentra, intentando encontrar lo que señala su amiga, pero no nota nada.

— ¿Qué se supone que tengo que sentir?

—Como si un pececito golpeara su nariz contra mi piel.

La sonrisa en el rostro de Miriam mientras mira un segundo la pequeña barriga antes de conectar sus ojos con los de Amaia está construida de un amor infinitamente puro. Justo como la pureza de la chica de la que está enamorada. La bondad y la inocencia de la pamplonesa le dan ganas y fuerzas para querer que exista un mundo mejor. Uno donde el pequeño tambor pueda ir apoyando su nariz en todas las vidrieras que ve, mientras ella sostiene la mano de su madre, orgullosa.

Un mundo que tiene los colores pasteles de fondo, a Jorge Drexler de música de fondo y el amor de Amaia para ella.

—Jope, voy a mandarle un audio a Ago, si seguro aún está levantado que estaba agobiado con tanto trabajo.

Su mundo perfecto se derrumba con la rapidez y la fragilidad de un castillo de naipes en el momento en que la voz de su mejor amiga rompe el silencio y sale de la cama. Por eso tiene que construir otro castillo, uno en el que no está enamorada pero se está bien, donde se siente valiosa bajo el cobijo de Mary. Sabe que es igual de frágil, pero al menos estas cartas son reales, puede elegir como jugar.

El problema es que si los tomas de manera equivocada, a veces los bordes de los naipes pueden cortar.

 

***

 

—Basta, Raoul, nos vamos.

—Que no, si enseguida abre el m-

—Una mierda, no me importa. Son las tres de la mañana, nos vamos a casa, maricón.

—El último y te juro qu-

—Agoney, nos vamos.

—Sí, señor.

—Traicionado por mi propio asistente.

Ambos morenos terminan por reír ante la exageración del catalán, pero es que todos han tenido suficiente; llevan toda la semana quedándose de madrugada para estudiar y atender los mercados asiáticos de manera que su producto sea el más apto para competir en esos países. Agoney ha aprendido un montón en medio de los dos empresarios y aunque no la comprende, admira muchísimo la tenacidad de su jefe a la hora de los negocios.

Apaga el portátil y ordena los papeles que hay sobre la mesa mientras los amigos siguen peleándose como si fueran un matrimonio viejo; da una ojeada al reloj que está colgado en la pared de la oficina y suelta un suspiro que resuena más fuerte de lo que pretende, provocando que los otros dos hombres se giren a verlo.

— ¿Qué sucede? –Pregunta amablemente Alfred.

—No es nada…es solo que ya se pasó el metro de esta hora…no pasa otro hasta las cuatro.

— ¿Has estado yéndote todos estos días en metro? –El tono agudo de Raoul refleja total indignación.

—Sí –El canario no entiende por qué las miradas de escándalo de sus dos jefes, por lo que contesta de manera tímida, sin que sus ojos se encuentren con los de ellos.

—Hostia puta, Agoney. Ve por tus cosas, te llevo a tu casa.

—Señor, no hace falt-…Vale, vale.

No alcanzó a terminar la frase cuando su jefe le dedica la mirada, haciendo que se calle ipso facto y aceptando su proposición. Ante su respuesta, Raoul le dedica una sonrisa que nada tiene que ver con sus ojos de hace un instante.

El moreno se disculpa y sale de la sala de juntas para ir a buscar su bolso a su escritorio, dejando a los dos amigos a solas. Es cuestión de perder de vista al asistente, para que Alfred se gire para encarar al catalán, sonriéndole como un gato a punto de disfrutar de la mejor comida de su vida.

—Cállate. –lo ataja el rubio antes de que diga nada.

—Tío, es que si la tensión sexual aquí me mata no me quiero imaginar en un auto los dos solos. –Comenta con una sonrisa mientras toma su maletín.

—Alfred, que te calles.

—Cállame.

—Tu madre me mata si te doy un puñetazo.

—Joder, antes de Agoney me hubieras comido la boca.

— ¡Alfred!

—Señor, estoy listo. –Murmura el isleño desde la puerta, visiblemente avergonzado.

Haciendo uso de su tiempo al mando de una empresa seria, el menor se recompone, acomodándose su camisa arrugada por todo el trajín del día y pasando su mano por su pelo desordenado.

—Salgamos de aquí. –Ordena como si nadie hubiera oído nada.

El barcelonés hace que el trecho en el asesor hasta el estacionamiento sea ameno y distienda el ambiente, pero una vez que se han despedido y antes de subirse al automóvil en cuyo asiento de copiloto se encuentra el tío más atractivo de la tierra, Raoul inspira aire profundamente. Sabe que hasta que Agoney no baje de su auto, no podrá volver a respirar con normalidad.

Sube, y le pasa su móvil al moreno.

—Pon tu dirección. –Le pide mientras se coloca el cinturón de seguridad.

Diligente, el tinerfeño hace lo indicado y luego coloca el celular sobre el salpicadero para que conecte con el GPS del coche en el momento en que su superior lo pone en marcha.

Los primeros minutos los pasan en un silencio que es cansado por el largo día y por miedo a decir algo incómodo también. Así que Raoul coloca música, haciendo que “With or without you” de U2 los envuelva por completo, provocando que el moreno se acomode en su asiento, más relajado por los suaves acordes de la canción.

—Lamento no haberte dicho esta parte del trabajo en la primera entrevista, probablemente no hubieras aceptado. –Decide romper el silencio con una disculpa al  verlo todo amodorrado a su lado.

—No te preocupes…-El cuerpo del rubio respira al oír como lo tutea.- Hubiera aceptado de todos modos, es un trabajo increíble y aprendo un montón.

La sonrisa complacida se adelanta en los labios del catalán que en el momento en que va a dar una respuesta, gira su rostro hacia adelante, extrañado por los ruidos que comienza a hacer su automóvil de la nada.

—Pero ¿qué cojones? –Con el final de la frase, finaliza también el ruido del motor y el coche se detiene.- Debes estarme puto jodiendo.

Intenta hacerlo arrancar, y aunque las primeras veces parece que lo va a lograr, termina devolviéndole un ruido sordo, haciendo que el chico baje enfadado a abrir el capot. Sabe que es en vano, que él no sabe nada de autos, pero la frustración lo lleva a intentarlo.

Ojea el motor sin mirarlo realmente, hasta que siente la presencia de su asistente a su lado, iluminando el sitio con el flash de su móvil.

—Es la batería, está muerta. –Dice el chico suavemente, revisando lo que está mencionado.- ¿Hace cuanto no la recargas o la cambias?

El rubio lo mira como si le hablara chino.

— ¿Desde que lo compré? –Pregunta intentando darle una sonrisa, pero sale en forma de mueca.

— ¡Raoul! –Ríe el moreno y al nombrado el estómago se le hace un nudo al oírlo reír pronunciando su nombre.- Esto prueba que ni todo el dinero del mundo puede hacer que lleves el auto a revisión.

Con un pequeño chasquido de lengua, empuja de forma divertida al isleño, ambos riendo.

—Llamo a un taxi ahora y mañana ya se ocupará mi aseguradora.

—Toma, saqué tu móvil porque el mío está sin carga…igual que el tuyo ahora.

El chico toma el aparato de las manos contrarias, para comprobar que lo que dice su empleado es cierto. Aunque normal, si han estado todo el día en la oficina.

Agoney tiene que morderse una sonrisa y aguantar la risa burlona que quiere salir de su garganta cuando ve al rubio llevarse las manos al rostro y comenzar a caminar en círculos. A pesar de solo estar iluminado por las farolas, puede notar cómo quiere arrancarse el cabello y que está conteniendo una sarta de insultos.

La verdad es que ambos están cansados, pero el canario no le ve el caso a agotarse aún más con el enfado, así que busca su bolso en el auto y da un pequeño portazo para que su jefe vuelva a la tierra.

— ¿Puede acabar el pequeño burgués su rabieta para que pueda enseñarle un método de transporte del proletariado? –Pregunta acomodándose la correa del bolso sobre un hombro, arqueando la ceja y con los ojos llenos de diversión.

Raoul se voltea a verlo y le shockea la imagen de un Agoney burlón y poniéndose a cargo de la situación es… nuevo.

Y como todo lo relacionado a él en los últimos meses, no puede evitar ir detrás de él.

—Pero si el metro no está cerca…

—Iremos en dos. –Responde observando cómo su jefe le sigue la corriente y busca su maletín del auto.

— ¿En dos? –Se extraña mientras cierra el automóvil y coloca la alarma.

—En dos patas. –Ríe, no por lo malo de su broma, sino por la cara que pone su jefe.

El moreno avanza, aún con la sonrisa bailando en sus labios, atento a los pasos del rubio que se apresuran a alcanzarlo.

— ¿Pero es que no pasan taxis por aquí? –Llega a su lado quejándose.

—Ay, burguesito, burguesito…cuanto tienes que aprender.

Jamás se hubiera imaginado que él estaría tomándole el pelo de esa manera a su propio jefe, pero deben ser cerca de las cuatro am, las calles están desiertas y en el silencio de la noche es más fácil ver y dejarse llevar por los hilos de confianza que se entretejen entre ellos.

El pequeño burgués lo empuja con su hombro y está tan sumido en sus pensamientos que lo hace trastabillar.

Y en ese momento oír la risa de Raoul se le antoja la manera más linda de estar despierto de madrugada.

Se aferra más fuerte a la correa de su morral, intentando no pensar en el cosquilleo que le produce su risa, ni en las ganas de reír que también se le antojan.

El silencio calma sus respiraciones, y hace que la noche que llevan encima sea más liviana. No se animan a comentarlo por miedo a romperlo, pero ambos lo notan.

Los latigazos de confianza envolviéndolos.

Es el estómago del catalán el que rompe la quietud de la noche, gruñendo y reclamando que ya han pasado demasiadas horas desde la última pieza de sushi.

El isleño vuelve a reír.

— ¿Qué tanto hambre tienes? –Pregunta mirándolo.

—Podría comerte un brazo.

 

“Muy bien, Raoul, no dijiste polla, has avanzado un montón.” Se felicita internamente.

 

Nota como el moreno está mucho más receptivo a sus bromas, como si la ausencia de las paredes de la empresa hubiera aligerado su humor también.

—Entonces sígueme.

¿Y cómo no seguirlo? El menor sigue sus pasos que se pierden por otra calle alterna, curioso y fascinado por ese Agoney risueño y decido. Cuando lo divisa un poco más allá, su estómago brinca de alegría.

—Buah, hace mil años que no como en un lugar así.

— ¿Desde que se te pasó la etapa de rebeldía y abrazaste la burguesía?

Ambos ríen.

Ojalá notaran lo poderosa que son sus risas entremezcladas.

— ¿Cómo lo sabes?

— ¿En serio eres tan cliché?

— ¿En serio me estás juzgando?

Touché. –Acepta el tinerfeño justo cuando llegan al maltrecho puesto de perritos calientes.

No cuestionan mucho la salubridad ni la procedencia de la comida, el hambre les puede más, pero si hay algo con lo que el rubio tiene quejas.

—No vas a pagar tú.

—Claro que sí.

—Pero…

—Pero nada, estoy intentando quitarte lo pijo del cuerpo, así que te toca que alguien pague por ti. -El menor solo asiente en respuesta, no puede pronunciar palabra.

 

¿Hace cuánto tiempo que alguien no paga algo por él?

 

El solo hecho de no poder recordar hace cuanto de eso, provoca que un escalofrío le recorra la espalda mientras intenta convencerse de que no son lágrimas lo que se agolpan en sus ojos, por lo que enfoca su mirada en las farolas del parquecito que hay enfrente.

— ¿Quieres ir allí a comer? –La pregunta sale con dulzura de la boca de su asistente.

— ¿No tienes que volver a casa ya?

—Las tres, las cuatro, las cinco…ya da como igual ¿no?

El rubio se voltea a mirarlo y ambos se sonríen con los ojos.

—Ya da como igual. –Le afirma antes de tomar la iniciativa de cruzar la calle.

Pero es el isleño el que se le adelanta corriendo a pesar de que lleva el bolso colgando y la comida en la mano.

— ¡El último tiene cola de cerdo! –Grita mientras lo sobrepasa a la carrera.

— ¡ESO NO ES JUSTO! –Chilla indignadísimo de tamaña trampa.

Cuando llega, casi jadeando en los intentos de correr con el maletín y sin que se le caiga su preciada comida, Agoney lo espera sentado en un columpio, con una sonrisa victoriosa.

—Hiciste trampa.

—Haría de nuevo la broma de que así nos pasa a los proletarios, pero ya es abusarme. –Contesta antes de darle una mordida a su perrito caliente.

Con toda la dignidad de la que es capaz, el catalán se sienta en columpio de al lado, dejando su maletín de miles de dólares tirado a un costado, antes de darle una mordida a un perrito caliente de solo un par de euros como si fuera el mejor plato del universo.

Comen en silencio, saciando el hambre voraz que tienen.

—Juguemos. –Propone el asistente, preso del sincericidio que asalta en las madrugadas.

Su jefe se voltea a verlo relamerse de la boca los restos de mostaza, notando como comienza a balancearse suavemente, agarrándose de las cadenas del juego.

— ¿A qué? –Su curiosidad hace que responda inmediatamente luego de tragar lo último de su comida.

Sabe que es mala idea. Lo nota en el aire, lo nota en su pecho, en la sonrisa de Agoney. Debería parar aquí, no tiene que traspasar la barrera de profesionalidad que los separa.

—Veinte preguntas.

—Vale.

Es como si el canario estuviera tomando todas esas cosas que no pasaban ya en su vida y les estuviera dando un sentido nuevo. Conocía la peligrosidad de ese juego y sin embargo no había dudado, tampoco quería negarse.

— ¿Color favorito?

—Amarillo. ¿Canción favorita de todos los tiempos?

—Buff…creo que Hate me de Blue October. ¿Recuerdo favorito?

—Perdernos en Italia con Alfred. –Sonríe al pensar en esos días.- Defínete con una palabra.

—Cobarde…-Sus miradas se encuentran y el isleño niega con la cabeza.- No puedes preguntar más sobre eso. Dime tres defectos tuyos.

—Soy terco, inseguro y me enfado muy fácilmente. –La facilidad con que nombra sus defectos deja entrever lo mucho que los ha pensado.- Una palabra que te haga gracia.

El tinerfeño ríe antes de contestar, pues se le ocurren unas cuantas.

—Mequetrefe. ¿Una que te haga gracia a ti?

—Es en inglés pero…parachute. ¿Un recuerdo de tu infancia que ames?

—El pastel de limón que me hacía mi abuela. –Su tono está lleno de añoranza.- Una locura que hiciste de adolescente.

—Nos escapamos con mi primer novio un fin de semana…Fue lo más guay del mundo, él conducía una motocicleta y me tenía loco…aunque cuando volvimos fue un caos. Si no hubiera sido por mi mejor amiga que me cubrió, habrían puesto alerta de secuestro o algo. –Ríe al recordar el regaño que se llevó aquella vez.- Pero luego de eso me metieron de cabeza a trabajar en la empresa…así que…-Se encoge de hombros, dejándolo estar.- Cuéntame un sueño que tengas.

Sus ojos han quedado prendados del otro, a pesar del balanceo que llevan sin sincronización y la maraña de pensamientos que es la mente de cada uno, pero ambos están intentando aprender a leerse sin pronunciar palabra.

—Volver a Tenerife y tener una casa a orilla del mar. –Suspira de solo imaginarlo.- Cuéntame tú un sueño.

El silencio que le sigue a su pedido no es porque le dé vergüenza responder, sino porque no sabe que contestar.

Hace tanto tiempo que no le preguntan con qué sueña que ni siquiera lo tiene en mente.

 

“Joder, Agoney… ¿qué tienes que puedes ver más allá?”

 

— ¿Ser feliz?  -Le sale en forma de pregunta porque no sabe, no sabe que sueña.

— ¿No eres feliz? –Su tono es horrorizado porque por la forma en que se ha encogido y ha detenido el columpio se da cuenta que esa pregunta ha calado más de lo que él pretendía.

—No te toca preguntar.

—Raoul…

—Agoney…

— ¿No eres feliz? –Vuelve a insistir.

—Para ser burgués a veces tienes que renunciar a ciertas…cosas.

La tierra se levanta del suelo cuando el isleño entierra sus pies en ella para detenerse por completo y mirarlo. El rubio le devuelve la mirada, acompañada de una sonrisa triste.

— ¿Y qué es lo que necesitas para ser feliz?

Se encoge de hombros.

—Un perrito caliente a las cuatro y media de la mañana.

No puede ni quiere evitarlo, una sonrisa enorme sale desde lo más profundo del canario y le es imposible al catalán no imitarlo.

—Los secretos del proletariado. –Responde con aires de satisfacción que son broma, porque no quiere pensar.

No quiere pensar en que es cierto que él ha hecho feliz a Raoul. Ni en lo feliz que lo hace a él mismo la felicidad de su jefe.

— ¿Y tú eres feliz?

—Mi hijo me hace feliz.

Unos segundos de silencio los atraviesan a los dos, cuando la realidad amenaza con romper la burbuja en la que se han sumergido.

—Pero tu felicidad no puede depender de otra persona…eso la hace tremendamente frágil.

—Lo sé.

Silencio de nuevo.

— ¿Comida favorita?

El isleño suspira aliviado cuando el otro rompe la tensión.

—La tortilla poco hecha. –Ríe al ver la mueca que hace el rubio.- Y con cebolla. –Otra mueca más.- Tío, no tienes buen gusto.

Raoul le dedica una mirada más intensa, pensando que sí que tiene buen gusto si se lo quiere comer a él.

Suspiro.

— ¿Cómo fue tu primer beso? –Pregunta ahora el moreno para romper la tensión.

—Con un compañero de natación, a los catorce años. Húmedo y baboso por todos lados.

Piensa la siguiente pregunta, pasando una de sus piernas sobre el columpio, así apoya su espalda en la cadena y puede ver a Agoney directamente.

— ¿Cómo es…ser… gay? –Antes que pueda tomar su turno, el otro chico lo interrumpe en un tono tan bajo que si no fuera porque los envuelve el silencio no habría podido escucharlo.

El silencio parece ser una constante esa noche, pero nunca es uno incómodo. Ahora Raoul calla porque está intentando ordenar sus ideas.

Piensa que ser gay es lo más guay que le ha pasado.

Pero también piensa que ha sido lo que más dolores de cabeza y moratones le ha traído en su vida.

Piensa en gritarle “pues no sé, dime como fue besarme”

Pero también piensa en qué tan perdido debe estar el isleño para no darse cuenta de que él mismo es, al menos, bisexual.

—Es…complicado. –Intenta comenzar a explicarse.- Pero no por lo que yo sienta, sino por cómo se toman los demás lo que yo siento.

Agoney ahora clava su mirada en él, intentando absorber todas sus palabras.

—Quiero decir…no lo hacen a malas muchas veces, pero es común que me digan “¿y para cuando la novia?” y morirme de ganas de responderles “Pues para nunca, ahora novio ya vemos” –Los dos sueltan una risa ante el comentario.- Es vivir constantemente con la gente asumiendo cosas sobre ti. La gente que te quiere se detendrá a escucharte y a aprender. El resto de la gente seguirá siendo gilipollas.

— ¿No te agota vivir siempre así? –Solo oír la respuesta del chico lo ha agobiado mentalmente.

—Me agotaría más vivir fingiendo ser alguien que no soy.

Silencio.

—Admiro mucho lo valiente que eres.

—Más que valiente, yo diría egoísta…-Responde con una sonrisa, a lo que el moreno arquea una ceja.- No iba a dejar que nadie me dijera como vivir mi vida, suficiente con ya asignarme mi profesión desde mi nacimiento.

Sabe que el rubio no tiene idea de su vida, pero parece que cada respuesta va directo a él, a hacerlo espabilar o para que se avergüence de la forma en que se ha manejado siempre en la vida.

— ¿Tu apartamento queda muy lejos? –Pregunta echando la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados.

No quiere irse de ese parque, no quiere dejar de hablar con ese chico que no conocía de nada. Pero sabe que no debe, que se han extralimitado esta noche y que le ha removido tantas cosas en su interior que le da pavor pensar en el momento de quedarse solo.

Sin embargo es ya casi de mañana, el cansancio le pesa en cada hueso y la charla lo ha dejado con una tristeza en el pecho que no puede explicar.

—No…está a dos calles. ¿Vamos? Podrás llamar un taxi desde ahí.

El rubio nota como su asistente se pone de pie por el chirrido del juego, por lo que con una última inspiración profunda abre los ojos y abandona el columpio.

Caminan uno al lado del otro, sin rozarse y sumidos en sus propios pensamientos. Llegan a su edificio y el canario lo deja pasar a su piso; Raoul lo observa todo con detenimiento, pensando que en todo el lugar se nota el sutil paso de una mano femenina y todo grita “hogar”. A pesar de que era notablemente pequeño, Raoul sabe con seguridad que va a ser un buen lugar para que crezca un bebé. Rodeado de amor y cariño.

El suspiro que iba a soltar cargado de tristeza, se lo traga cuando Agoney cuelga el teléfono y se voltea hacia él.

—En diez minutos llega el taxi.

—Lo espero afuera, de paso me fumo un cigarro.

— ¿Estás seguro? –Intenta que no se le note la decepción en la voz.

—Sí, no te preocupes…Así vas a descansar ya.

—Son casi las seis, madre mía, vaya aventura nocturna.

No existe mejor forma de definir lo que han vivido, lo que le arranca una suave sonrisa al catalán que se acerca a la puerta.

—Demasiado por hoy. –Concuerda aún sin perder la sonrisa.- Tómate el día mañana, Agoney.

—Pero…

—Nada de peros, los demás pueden encargarse de procesar todos los datos que dejamos listos.

—Vale, gracias…Raoul.

Iba a decirle “Señor” pero el apelativo no concuerda con todo lo que han pasado en esas horas.

—Gracias por alimentarme, Agoney. –No puede dejar de llamarlo por su nombre.- Nos vemos el lunes. Buen fin de semana.

Por un minuto, dejan que la burbuja que los envolvió los abrace una vez más, mientras se sonríen. Luego Raoul gira el picaporte para obligarse a romper el clima.

—Hasta luego.

—Adiós.

El frío propio de ese momento en que noche y amanecer se juntan estremece su cuerpo en cuanto llega a la calle; por suerte el taxi llega en ese momento y el viaje a su casa se le hace insoportable porque ahora el silencio no es compartido. Ahora solo es todo lo que siente contra él.

—Ya llegué amor…-Grita cuando cierra la puerta de su apartamento detrás de él.- Cierto…estoy solo.

Camina a oscuras, las cortinas están cerradas por todo el piso, por lo que allí todavía no llegan los tenues rayos de sol que van tocando Barcelona. Se desviste a medida que avanza, sin importarle donde cae cada pieza de su traje de miles de dólares. Después de todo ¿qué más da? No hay nadie allí que vea su desastre, nadie que a la mañana siguiente lo ayude a recogerlo o incluso alguien que se preocupe de porqué llega a esas horas a casa.

Nadie que le pregunte por sus sueños, que se preocupe por qué es lo que lo hace feliz en vez de preguntarle cuantos negocios cerró esa semana.

Duda que alguien sepa de ese dolor absurdamente triste de que no haya una persona en el mundo que te invite a comer…o que te cocine.

En la vida de Raoul no hay nadie.

Y es una soledad autoimpuesta, producto de demasiados fraudes más interesados en ir de su brazo por toda Europa que en averiguar si a él le gusta más la playa, la montaña o la ciudad. Siempre ha preferido ahogarse de angustia como ahora, preso de su cama vacía en una mañana en Barcelona, a que lo usen, a que jueguen con él y lo dejen más roto de lo que ya está.

Hasta ahora.

Y ese pensamiento lo atormenta mientras se mete entre las sábanas, sintiendo cada roce, notando lo frías que están. Lo asusta enormemente porque, de nuevo, por primera vez en mucho tiempo quiere a alguien a su lado; tiene esa necesidad visceral de abrazarse a un cuerpo cálido que lo apriete más contra él, bese su frente y él se pueda regocijar en la aspereza de su barba.

Eso lo asusta aún más.

Porque no estaba pensando en que quiere a alguien a su lado.

Estaba pensando que quiere dormir abrazado a Agoney.

Jodido, estaba terriblemente jodido.

Porque ya no era su asistente, ya no era un chico que estaba buenísimo y despertaba sus más bajas pasiones. Ahora era un muchacho que le había dejado ver partes de él que sólo le interesaban e intrigaban cada vez más.

Agoney tenía ese halo de misterio que sabes que tienes que correr, que huir pero terminabas acercándote irremediablemente a él.

Y en ese instante no es el Raoul magnánimo que con veinticinco años maneja una empresa de renombre. No es el hombre que cierra negocios en un abrir y cerrar de ojos, el que intimida a todo el mundo. Es el chico que a pesar de estar solo ahoga sus lágrimas contra la almohada, porque no quiere que su llanto retumbe por todo el piso; es el chico que tiene miedo, pánico de lo que siente por un hombre que sabe que no puede tener.

Porque no es sólo el hecho tremendamente surrealista de que ese hombre se empecina en convencerse de que es heterosexual porque va a ser padre, sino porque él lo ve tan bueno y puro que sabe que no podrá pertenecer a su vida nunca.

En el mundo de Raoul no hay lugar para las cosas buenas y puras.

 

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Capitulo 10: Travel.

 

«Todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe.»

 

—No quiero ir.

—Agoney. –Son tres voces las que corean su nombre a modo de reprimenda.

—Pero…

—Todo el mundo estará bien.

El puchero enternecedor que forma el canario con sus labios casi los convence. Casi.

—No nos hemos separado tantos días desde que te mudaste a Barcelona…no quiero hacerlo ahora que estás embarazada.

Tres pares de ojos se ponen en blanco por décima vez en esa mañana, a este paso se quedan bizcos.

—A ver, cariño, que nos turnaremos con el señor de aquí para no dejarla sola por las noches y solo son cuatro días, no es el fin del mundo. –El tono de la gallega ya carga un poco de hartazgo.

Ricky intenta cortar la conversación con el sonido brusco de la cremallera de la maleta al cerrarla.

—Puedo quedarme sola ¿saben? No necesitamos niñera.

Los dos hombres y la rubia asintieron rápidamente, sabedores de que los cambios de humor de Amaia eran cada vez más bruscos y la castaña enojada era algo por lo que temer.

—Lo sé, cielo…-Concilia Agoney acercándose para abrazarla por la cintura, amando como un pequeño bultito está en medio de ellos.- Pero estaría más tranquilo si sé que alguien está cerca de ti por cualquier cosa.

—Te pasas de sobreprotector, la doctora dice que todo va bien.

—No es sobreprotección si estoy viendo por la seguridad de los amores de mi vida. –Le asegura antes de hincarse para quedar a la altura de la barriga.- Papá regresa en unos días, pequeño tambor. Compórtate con mamá. Te amo.

Le habla con tanto amor que es imposible para la pamplonesa no ablandarse cuando siente los labios de su novio dejar un beso enternecedor sobre donde se acuna su hijo. Luego, el chico sube a su altura para despedirse de ella.

—Te echaré de menos. –Ahora es la chica la que tiene un puchero en su rostro.

—Te llamaré todas las noches.

Sus bocas se encuentran, al comienzo con la dulzura que los caracteriza, hasta que Amaia lleva sus manos a su cuello para afianzar su agarre y profundizar el beso que les roba el aliento a ambos. Se separan un segundo para coger aliento y hubieran vuelto a lo que estaban, pero el carraspeo de Ricky los saca de su burbuja, haciendo que ambos rían.

—Lo siento. –Dice el canario con una risita tonta, sonriendo por todos los besos que deja su novia en su mejilla.

—Les diría que les dejamos un rato a solas, pero no me desperté temprano para dejarte echar un polvo, amigo. Andando. –Le apura el balear.

—Voy, voy. –Le saca la lengua, antes de volverse hacia la castaña.- Te quiero.

—Te quiero. –Responde con una sonrisa y un último beso.

Se separa de ella y luego abraza a Miriam.

—Confío en ti para que la tengas en vereda.

—Señor, sí señor. –Bromea haciendo el característico saludo militar antes de estrechar al moreno entre sus brazos.

—Vamoooooooos, cabrón, que si llegas tarde te dejan. –El ojiverde lo toma por la mochila y lo arrastra hasta el ascensor con una mano, mientras con la otra lleva la maleta de su amigo.

Ambos llegan al estacionamiento y cuando salen a la calle, ya en el coche, Agoney mira su edificio con algo de tristeza.

—No quiero dejarla sola.

— ¿O no quieres pasar unos días con Raoul sin el recordatorio constante de ella?

El comentario le hace dar un respingo en el lugar y girarse hacia el castaño casi de forma violenta.

— ¿Qué dices?! –Su tono es tan agudo y su acento tan marcado que su amigo se carcajea.

Sabe que lo ha tocado justo donde su amigo teme.

—Agoney, vamos…-Deja la frase en el aire.

— ¿Vamos qué? Sé claro, Ricardo.

Vaya, había usado su nombre completo, estaba enfadado. Así que Ricky se tomó cinco segundos para mirar a su amigo que parecía un gato al que hubieran cabreado: estaba en completa tensión y alerta.

—Vale, lo pillo. Vamos a hacer de cuenta como si no le hubieras comido la boca a tu jefe antes de enterarte que tu ex estaba embarazada. Copiado. –Suelta también algo fastidiado, apretando con más fuerza el volante al igual que su mandíbula para callarse.

El ambiente quedó en un silencio tenso pues Agoney se negaba a contestar a esas infames palabras y el mallorquín no pensaba disculparse.

Es que, joder, vaya situación de mierda. Un día llega su mejor amigo a su apartamento derrumbado por no solo haber besado a un hombre, sino horrorizado por sentirse atraído a alguien que no era quien había sido su novia por diez largos años; logra que el chico acepte medianamente la situación y lo próximo que sabe de él es que ha regresado con Amaia…embarazada.

Ricky tenía ganas de gritar y romper cosas, porque siempre había intuido algo que recién ahora podía entender. Nunca le había cerrado la feliz pareja, no porque no se quisieran sino que cuando los veías juntos te inspiraban ternura y paz en vez de amor y complicidad. Al final, con el paso del tiempo, había terminado de convencerse que se debía a la cantidad de años que llevaban juntos y como él no sabía una mierda de relaciones estables, pues lo dejó estar.

Pero todo había cobrado sentido en el momento en que el canario le confesó haber besado a un hombre, haber sentido deseo por alguien más. En ese momento supo que su amigo estaba más jodido de lo que se pudiera imaginar; él había estado dispuesto a ayudarlo…hasta que el destino los jodió. Porque sí, vale, todos felices con la pequeña bendición en camino, pero la más cruda verdad era que los había jodido. En cierta manera, se alegraba de ser cien por ciento maricón y no tener que temer por dejar embarazado a alguien, porque aunque no aprobaba la decisión del isleño, la comprendía.

Demasiados años juntos colisionaron con demasiado miedo a un futuro nuevo e incierto para ambos…él sabía que podían velar por el bien del bebé sin estar juntos, y que el embarazo solamente era la excusa perfecta para anclarse a lo seguro, a lo que ya conocían. Estaban jodiendo todo por miedo, pero eran sus decisiones y Ricky se quedaría al lado de ellos, apoyándolos sin importar que eligieran.

Aunque eso no le prohibía disfrutar secretamente del fantasma que era Raoul en la vida de su amigo. Tal vez él no lo notara, pero Agoney estaba distinto. Muchos lo atribuirían a su reciente paternidad y si bien no dudaba del amor del isleño por su pequeño tambor, sabía que ese andar más seguro, con los hombros hacia atrás, las camisas nuevas, su aumento de seguridad en que era bueno en su profesión y la sonrisa inmensa que tenía algunos días no los daban la incierta aventura de ser padre. Además, si le prestabas atención, siempre nombraba a Raoul al pasar, sin venir a cuento y el mallorquín podía saber cuándo jefe y empleado habían compartido un día especialmente bueno por la emoción en la cara del canario que se jugaba la polla que no tenía nada que ver con números y reportes. Sí, así de seguro estaba. Y deseaba estar igual de confiado que la constante presencia del tormento del canario en su vida, en algún momento lo desestabilizara lo suficiente como para que se diera cuenta y pudiera tomar algún riesgo.

Tampoco quería para su amigo otra relación de mil años o a alguien que le prometiera amor eterno y casamiento, no. Él solo quería que el tinerfeño echara un polvo de esos que te secan las neuronas, te dejan los huesos como espuma y que luego pudiera aclararse para crecer. Por él, por Amaia y por su pequeño tambor. Y Raoul parecía tener todas las papeletas para ser el elegido.

Se había sumido tanto en sus pensamientos que cuando espabiló, ya estaban llegando a la puerta de la empresa en la que trabajaba el canario, donde un mini bus y algunas personas esperaban ya para partir.

Suspiró.

—Ago…-Esperó a que el mencionado lo mirara.- A veces soy idiota, pero sabes que quiero lo mejor para ti ¿verdad?

El moreno asintió y le sonrió de manera sincera.

—Gracias por traerme, Ricky Ri. –Se quita el cinturón de seguridad y se inclina para abrazar a su amigo, no puede estar enfadado con él.- Cuiden de Amaia y cualquier cosa me llaman, ¿vale?

—Siiii, pesado, todo irá bien. –Asegura por décima vez, rodando los ojos.- ¿Me harías un favor?

—Voy a una casa de campo, Ricky, no puedo comprarte nada.

El castaño empuja su hombro, mientras ambos ríen, pero niega con la cabeza.

—No es eso…solo…Disfruta, ¿vale? Las cosas que dejas aquí estarán en su lugar cuando regreses. Concéntrate en vivir el momento.

Su mirada intenta transmitirle la súplica que esconden sus palabras y el isleño lo nota, por lo que se acerca para volver a abrazarlo.

—Lo intentaré.

Algo es algo.

 

***

 

—Te vas a sentar conmigo, ¿cierto? –Preguntó demasiado enérgicamente Nerea para ser las seis de la mañana.

Él vio de reojo como Alfred tomaba la muñeca de su jefe y tiraba de él para sentarse juntos.

—Claro, pequeña ¿Con quién más lo haría?

Ese viaje había sido inesperado para el moreno. Un día, llegó a la máquina del café y se encontró con Nerea y otra asistente comentando que este año no debían olvidarse llevar los secadores de pelo, así como los adaptadores de corriente para poder enchufar los cables USB. Al indagar, se enteró que en esa empresa todos los años los miembros de la junta directiva junto con sus respectivos asistentes, se iban cuatro días a una especie de retiro para poder tomar algo de distancia de la vorágine que era conducir una empresa de tal tamaño y poder unir lazos entre ellos para una mejor conducción.

Una chorrada si se lo preguntaban a él.

Pero estaba obligado a ir aunque no quisiera dejar sola a su novia, y aunque su amiga había insistido que en realidad serían unos días en los que lo pasarían muy bien, el canario no podía dejar de lado esa inquietud que sentía en la nuca, como si algo no estuviera bien del todo.

Se pasaron todo el viaje hasta Montseny charlando con la rubia sobre varios temas, ella aconsejándole algunas cosas sobre el embarazo ya que su hermana mayor había sido mamá hacía poco tiempo y la chica la había acompañado en cada etapa. Con más de una hora de carretera, podían ver como la urbanización se iba haciendo cada vez menor e iba dejando paso al paisaje verde y libre de ruidos. Cuando ya el moreno iba a quejarse por tanto tiempo sentado, vio al rubio ponerse de pie y estirarse, soltando unos pequeños ruiditos que se le antojaron adorables hasta que vio la mano de su otro jefe aventurarse contra las costillas del catalán, provocándole unas cosquillas que lo hicieron reír y volver a caer en el asiento, haciendo que él inconscientemente frunciera el ceño en el momento en que el mini bus se detenía y anunciaban su llegada a la casa de campo.

Cuando a Agoney le dijeron que iban a una casa de campo, se imaginó una casita rústica y simple, al lado del río. Obviamente su imaginación no daba para proyectar la inmensa casa de piedra con todas las comodidades que habían alquilado en su totalidad para solo un grupo de veinte personas.

—Vaya par de pijos. –Murmuró mientras buscaba su maleta y se adentraban al lugar.

Ver a Raoul vestido con jeans negros, una camiseta básica blanca y zapatillas se le antojó surrealista. El canario lo veía hablar con la gente de recepción mientras le explicaban la distribución de todo y él asentía, oculto detrás de unas gafas de sol, y el isleño no podía dejar de pensar en que con esa ropa sí que mostraba los veinticinco años que en realidad tenía en vez del alma vieja y cansada que solía ver de lunes a viernes en la oficina. Recordó la noche en la que caminaron juntos por Barcelona y deseó que alguna de las cenas incluyera perritos calientes.

—Agoney. –chasqueó los dedos  su jefe frente a sus ojos, trayéndolo de nuevo a la realidad.- ¿Me estás escuchando? –Preguntó con una ligera risa.

—N-no, señor, lo siento… ¿decía? –Se le hizo imposible no devolverle la sonrisa brillante que el chico le dedicaba.

—Nos tocan las habitaciones de la segunda planta, el ala sur para nosotros dos, la norte para Nerea, Alfred, Mimi y Roi. –La forma en que abrió los ojos debió alertar al empresario.

— ¿Toda un ala? –La conmoción en sus palabras era palpable.

—Hombre, aguantarme es una desgracia, pero a veces tiene sus beneficios. Nos tocan las suites. –Dijo guiñándole un ojo mientras le entregaba la llave de su habitación.

—No es una desgracia, ni lo definiría como aguantarte. –En medio de el shock de saber que estarían alejados de los demás, esas palabras le gustaron tan poco que le salió tutearlo sin darse cuenta.

El rubio se levantó las gafas para mirarlo un momento. Luego le sonrió.

—Eres de lo que no hay. –Su tono de voz era más suave, y bajó su mirada para negar con la cabeza.- Anda, tiremos para las habitaciones, que a las diez empezamos.

Entró a su habitación y se apoyó contra la puerta, observando la amplia estancia en silencio. Cerró los ojos un momento y no pudo evitar un pequeño estremecimiento al sentir la presencia de Raoul solo a una puerta de distancia.

Por favor, que el fin de semana se acabara pronto.

 

***

 

A las diez menos cinco, entró en el salón que haría de sala de reuniones, donde se encontró con veinte sillas dispuestas en semicírculo alrededor de una pantalla. Detrás de las sillas blancas, había una mesa llena de aperitivos e infusiones de todo tipo, allí estaban reunidos algunos de sus compañeros y se acercó a ellos, preparándose un café.

Esa primera mañana la pasaron entre presentaciones y pequeños juegos para romper el hielo pues, aunque ya se conocían del trato diario, la coordinadora a cargo –que nada tenía que ver con la empresa- quería que se soltaran y entraran en una dinámica distendida, totalmente contraria a su día a día.

Al comienzo, Agoney moría de la vergüenza en medio de bailes ridículos, o teniendo que decir enfrente de sus jefes cinco cosas en las que era bueno, e idioteces por el estilo. Pero al ver que todos lo hacían sin más, riéndose entre ellos y sin hacer distinciones se fue soltando poco a poco.

Para la hora del almuerzo, los encargados de las áreas de comunicación y marketing –Alfred y Mimi- lo habían obligado a sentarse a comer con ellos, pues el chico había revelado que para eso había estudiado. Así que se pasó la comida entre risas y conversaciones relajadas, que lo hacían olvidarse un poco de toda una tensión que hasta ese momento no sabía que tenía encima.

Esa tarde, se quiso morir: era tarde de juegos. Los hicieron salir a todos en trajes de baño y se divirtieron entre juegos de agua y chillidos por todos lados; el grupo de los asistentes les ganaron por diferencia al de sus jefes y él festejaba con más entusiasmo desde que pudo notar como el rubio se cabreaba más y más con cada juego que perdían.

Raoul, en cambio, maldecía en voz baja estar tan distraído por cierto canario en bañador que no podía poner la suficiente atención que requería cada actividad.

—No se le va a caer el bañador porque lo mires fijamente. –Se burló Alfred en su oído, provocando que diera un respiro.

—Cállate.

—Aunque te digo que se nota que tendrías chungo caminar al día siguiente, Raoulito.

— ¡Alfreeeed! Es verdad. –Terminó rindiéndose luego de echarle otra ojeada a ese estúpido bañador de plátanos que tenía promesas ocultas.- Aunque joder, también me lo follaría, mira ese culo.

—Te vas a empalmar y luego vas a llorar porque no podrás imponer respeto.

Su piel se puso completamente roja de la vergüenza y con un empujón se alejó de su amigo para encaminarse a su habitación para adecentarse para la cena.

Y para qué negarlo, para poder empalmarse y bajar el calentón en paz.

 

***

 

— ¡Hombre! Ven y siéntate con nosotros –Mimi llamó a alguien y al catalán no le hizo falta voltearse para saber quién era. Lo sentía en la piel.

Mientras cenaban, el menor estaba complacido en silencio al observar lo bien que se llevaban pues desde hace tiempo le rondaba por la cabeza la idea de que el chico pasara a ser parte del equipo de comunicación, tenía mucho potencial y no le gustaba que lo desperdiciara siendo un simple secretario.

Luego de comer, salieron al patio interno del recinto y se sentaron alrededor de una fogata. Las cervezas empezaron a rodar, junto con las bromas y las risas por doquier. En algún punto, alguien trajo una guitarra y Alfred sacó la armónica, haciendo que la música llenara la noche.

— ¡Ahora que toque Raoul! –Pidió Nerea, ya pasando de tratar a sus jefes de usted.

—No, no. Mejor que no. –Se resistió el rubio.

—Siiiii, anda, te acompaño con esto. –Alfred sacudió el instrumento en su mano.

Levantó un momento la mirada y se encontró con la de Agoney mirándolo fijamente del otro lado del fuego.

—Vale, pásame la guitarra. –Pidió luego de un largo trago a su cerveza.

Aclaró su garganta un momento y tamborilea sus dedos sobre la madera de la guitarra antes de tocar los primeros acordes de la canción que le ocupa la cabeza cada vez que se cruza con esa mirada azabache.

Anoche soñé contigo

Y no estaba durmiendo

Todo lo contrario,

Estaba bien despierto.

 

Sus ojos se enganchan, como siempre y Raoul sabe que ha fantaseado con el chico que tiene enfrente más veces de las que quisiera admitir.

 

Soñé que no hacía falta

Hacer ningún esfuerzo

Para que te entregaras

En ti yo estaba inmerso.

 

Lo que más le preocupaba al rubio era que desde la noche que habían compartido, esas fantasías habían cambiado. Sí, deseaba al moreno como nunca había deseado a alguien, pero ahora quería algo más. Quería saber también con qué soñaba, qué lo hacía reír. Soñaba con tenerlo para él.

 

¡Qué lindo que es soñar!

Soñar no cuesta nada

Soñar y nada más,

Con los ojos abiertos

¡Qué lindo que es soñar!

Y no te cuesta nada

Más que tiempo.

 

Alfred se le une en los coros, sabiéndose de memoria una de sus canciones favoritas de su adolescencia.

Cuando mira a esos ojos negros que tanto le gustan, soñar con los ojos abiertos se le antojaba lo más bonito del mundo.

 

¿Qué hacer con tanta angustia

De cosas no resueltas?

¿Con toda esta energía

Casi siempre mal puesta?

Si pudiera olvidarme

Por siempre de mi mismo

Habría de encontrarme

Allí en tu dulce abismo.

 

Pero tener los ojos abiertos también implicaba ver la realidad; lidiar con ella y la tristeza que lo abrumaba cada vez que tenía que recordarse que nada de eso podía ser. Que Agoney no podía abrazarlo por las noches, tomar café con él en las mañanas y pasear de su mano por las tardes.

Pasar cada día conteniéndose, alejándose lo desgastaba mentalmente sin embargo, es lo que debía hacer. A veces tenía ganas de ceder, de buscarlo…internamente sabía que no le costaría mucho hacerlos caer a ambos, olvidarse de todo por un momento a cambio de unas horas con él.

Ojalá no tener conciencia, ojalá el pensamiento de quitarle a un pequeñito su familia no lo atormentara en el instante en que pensaba que no sería tan malo conquistarlo.

 

¡Qué lindo que es soñar!

Soñar no cuesta nada

Soñar y nada más

Con los ojos abiertos

¡Qué lindo que es soñar!

Y no te cuesta nada

Más que tiempo

 

Soñé que no hacía falta

Hacer ningún esfuerzo

Para que te entregaras

En ti yo estaba inmerso.

 

¡Qué lindo que es soñar!

Soñar no cuesta nada,

Soñar y nada más

Con los ojos abiertos

¡Qué lindo que es soñar!

Y no te cuesta nada

Más que tiempo.

 

Nada más que tiempo.

 

Cerró los ojos, rompiendo la conexión que tenían, intentando desdibujar la imagen del canario a través de las llamas y cantó junto con su amigo que lo acompañó en toda la parte final, salvo en la última frase.

 

Anoche soñé contigo.

 

Casi susurró las palabras, pero no hacía falta más tono, pues todos se habían quedado en completo silencio, hipnotizados por la voz sedante del catalán.

 

Él se tragó el nudo en la garganta y abrió los ojos, encontrándose un segundo con la mirada cristalizada de su sueño, antes que todos rompieran en aplausos y felicitaciones por la canción. Entre gritos se mandaron a dormir pues a la mañana siguiente les tocaba enfrentarse a la jornada más larga de la convivencia y tenían que descansar.

Raoul tuvo que forzarse a anclar sus pies allí mientras le devolvía la guitarra a Mimi y se negaba a ir a buscar a su asistente. La mirada que le había dedicado había sido…intensa; y le jodía no poder descifrarla, no poder preguntarle que pensaba.

 

Acabó su cerveza de un solo trago y ayudó a Alfred y a otros que estaban por allí a terminar de apagar la fogata meando sobre las brasas que aún continuaban prendidas.

Esperaba no soñar esa noche.

Chapter Text

Capitulo 11: Touch.

 

« Que alguien te haga sentir cosas sin ponerte un dedo encima, eso es admirable.»

 

El primer pensamiento que tuvo, incluso antes de abrir los ojos, fue Raoul cantando. No tenía idea de que detrás de esa corbata ajustadísima se ocultaba una voz que podía hacer algo más que ladrar órdenes. Suspiró, y giró en la cama…tenía la sensación de que el chico anoche le había cantado esa letra a él, pero no podía ser ¿Por qué soñaría su jefe con él?

Era consciente de que se atraían, pero había llegado a la conclusión de que lo del rubio era solo por la fantasía de tirarse a un asistente. No tenía sentido que Raoul le dedicara más de un pensamiento después de todo, el hombre tenía el mundo a sus pies ¿Qué podía darle él?

“Un perrito caliente a las cuatro y media de la mañana.” Recordó.

—Vas a tener un hijo, tienes una novia que te ama. –Se repitió en voz baja, porque al parecer su mente tendía a olvidarse de ese pequeño detalle.

Se levantó de la cama de un salto, queriendo sacudirse todos esos pensamientos que solo complicaban más y más las cosas. Entró al baño para ducharse y prepararse para un día que no tenía muy en claro que harían pero sabía que incluía una caminata, pues la tarde anterior les habían indicado que se vistieran y prepararan una mochila para ese tipo de actividad.

Una vez que todos desayunaron, pasaron del comedor a la sala de reuniones, donde una muy enérgica coordinadora los esperaba.

— ¡Buen día! ¿Están listos para un poco más de contacto con la naturaleza?

Un coro de gruñidos fue la respuesta que le arrancó una risa ahogada a Agoney que echó una mirada a todos los empresarios que rara vez se movían de sus sillas; ahora enfundados en caros conjuntos deportivos pero que apostaba su salario no sabían bien para que se usaban.

Él estaba feliz de salir a caminar; extrañaba horrores la paz y la tranquilidad del pueblo en el que había crecido, así como también las playas de Tenerife y, aunque esto era completamente diferente, lo recibía de buena gana.

—Bien, hoy trabajaremos un poco en la facultad de delegar responsabilidades y aprender a confiar en el otro. –Fueron las palabras que hicieron que el tinerfeño volviera a prestar atención a quien daba las instrucciones.- Así que les voy a pedir que cada jefe vaya a sentarse con su asistente, por favor.

Vio como algunos se ponían de pie y sintió como la silla que estaba a su lado se movía y el chico que había ocupado sus pensamientos de buena mañana lo saludaba con una pequeña sonrisa.

—Buenos días, Agoney.

—Buenos días, Raoul.

Intentaba aparentar normalidad en sus palabras, pues no quería que se le notara en la voz que lo había estado pensando.

—Aquí está la actividad que haremos durante el día –dijo la mujer dando una pequeña palmada para recobrar la atención de todos.- Por hoy, los que estarán al mando serán los asistentes y los jefes deberán acatar las órdenes.

Un murmullo divertido comenzó a formarse, haciendo que tuvieran que volver a llamarles la atención.

— ¡Pero eso no es todo! A la salida, les entregarán un mapa, una brújula, el almuerzo para ambos y un pequeño botiquín. ¡Será un día de supervivencia en la naturaleza! Recuerden, los encargados de tener el control son los asistentes. Los jefes deberán confiar y dejar que ellos sean los que guíen la situación. ¿Ha quedado claro?

Algunos levantaron la mano, pidiendo que les aclararan dudas, pero el canario estaba en blanco… ¿Qué tenían que hacer qué?

—Más te vale que no acabemos perdidos en medio del bosque. –Le advirtió el catalán con una sonrisa, mientras se ponían de pie pues ya debían ponerse en marcha.

—No te prometo nada.

Recibieron las provisiones junto con botellas de agua y se despidieron de los demás, pues cada pareja tenía trazada una ruta diferente en el mapa. Poco a poco, el bullicio de la casona fue reemplazado por el sonido de las aves y el de sus pisadas acompasadas. El canario inspiró profundamente, amando el aroma a tierra, árboles y sol. Aún en silencio, y una vez que supo que estaban solos, el moreno detuvo sus pasos para apoyar la brújula en una roca y estudiar con detenimiento el mapa.

—No jodas que ya nos perdimos.

—Shhhh.. –Lo manda a callar.

—Pero…

—Yo estoy a cargo. –Mira por encima del mapa y ambos se arquean una ceja.

—Vaya, vaya…no si…dale poder a una persona y sabrás como es.

Las risas de los dos espantan un par de pájaros, lo que los hace reír más.

—Sólo quiero conocer bien el área para no perdernos de verdad.

— ¿Y piensas conocerla a través de un mapa? –La impresión es patente en la voz del catalán.

—Claro… ¿Cómo lo haces sino?

—Pues explorando.

Se miran unos segundos a los ojos, intentando entender la postura del otro, pero Raoul se rinde primero y aparta su mirada.

—Pero tú estás a cargo, así que palante con el mapa.

Agoney le sonríe y vuelve a lo que estaba, intentando memorizar que vendría luego del lugar donde estaban y que hitos debían pasar hasta llegar al puente de piedra. El menor, mientras tanto, se dedicaba a observar el paisaje, lo bien que quedaba la ajustada camiseta militar que tenía el mayor con los colores verdes del bosque.

—Vamos por allí. –Su voz cortó el camino de pensamientos de su jefe y ambos emprendieron la marcha.

— ¿Qué te está pareciendo este viaje hasta el momento?

Aunque el silencio era cómodo al lado del chico, el rubio prefiere oírlo, saber más de él y no distraerse pensando en que están completamente solos o que es un delito que un puto chándal le quede tan a la perfección.

—Estoy sorprendido de que todos se lleven tan bien…quiero decir, ya lo había notado en las reuniones y eso pero no esperaba que fueran todos tan…auténticos.

—Dale poder a la gente y sabrás como son en realidad. –Volvió a repetir.- Fue una de las primeras cosas que me enseñó mi padre. No debes juzgar nunca a la gente por cómo trata a su igual, sino por cómo trata a la gente con un cargo inferior.

—Eso es…muy acertado. –Respondió con una sonrisa.

—No siempre aciertas, pero es un buen primer criterio e intento que en la empresa se cumpla.

—Eres un gran director, Raoul.

El mencionado se sonroja y se encoje de hombros.

—No sé si gran o algo de eso, pero intento ser coherente con todo…No creas que no soy consciente que yo sería un puto desastre si no tuviera a alguien como tú a mi lado.

—Yo no…

—No intentes negarlo –ríe, pateando una pequeña piedra.- Sí puedo velar por tantos otros aspectos de la empresa es porque sé que en la parte engorrosa y tediosa de lo administrativo y logístico te tengo a ti.

—Ni siquiera llevo medio año aún…-Intenta negar el moreno.

— ¿Y? No se trata de la cantidad de tiempo, se trata del compromiso con el que haces las cosas y eres muy buen asistente, Agoney.

Sonrojado y mordiéndose una sonrisa, el chico mira el perfil del catalán, tan serio y definido, pero que oculta a un alma preciosa.

— ¿Por qué eres tan bueno? –La curiosidad le puede siempre que se trata de su jefe.

— ¿A qué te refieres? –Pregunta volteando su cabeza para mirarlo.

—A eso…que eres bueno. Demasiado bueno para el mundo al que perteneces…Siempre buscas la forma de corregir a los demás sin que sientan que hicieron las cosas mal, siempre atiendes las llamadas de tu madre, cuando llegas saludas a todos los que te cruzas por su nombre, cumples tu agenda para no hacer esperar a nadie, eres el último en irte en vez de delegar cosas, podrías habernos llevado a unas cabañas más baratas para esto, sin embargo nos traes con todas las comodidades…te preocupaste por mi cuando me viste mal…-Se muerde el labio y le dedica una mirada fugaz al chico que lo mira con la mandíbula prácticamente desencajada.- Eres bueno.

Lo acababa de noquear. Fuera, fuerísima de combate.

—Agoney yo…-Traga saliva y niega con la cabeza.- No sé qué decirte.

— ¿Ves? Y que te sonrojes de esa manera solo prueba que lo haces sin siquiera darte cuenta.

El canario intenta ocultar el bochorno que le causa darse cuenta él también de cuanta atención le presta a jefe todos los días, intenta decirse a sí mismo que comparten mínimo ocho horas del día cinco días a la semana, que por eso había podido ver tantas cosas del chico que tenía al lado, el cual parecía que nunca había recibido un comentario así.

Y es que nunca nadie había estudiado a Raoul así y se lo había hecho saber. Las palabras del moreno le habían sorprendido de tal manera que estaba sin habla. El silencio se extendió entre ellos, sin incomodarles porque ambos estaban intentando ocultar todo lo que les producía el otro.

Un rato largo después de caminar, se detuvieron para que el isleño pudiera estudiar el mapa; bebe un poco de agua y saca una gorra de su mochila, cuando lo escucha bufar, por lo que tiene que voltearse a verlo.

— ¿Qué sucede?

—Creo…creo que estamos perdidos. –Admite con una pequeña mueca de disgusto.

—No jodas…

— ¿Qué hacemos?

—Ah, no sé…tú estás a cargo.

— ¡Raoul!

—Es la tarea –Le recuerda casi al borde de soltar una carcajada cuando el canario se cruza de brazos con un puchero en los labios.

Orgulloso y sin intención de rogar, descruza los brazos y despliega el mapa frente a su rostro, ignorando al rubio que intentaba por todos los medios no reírse de él, así que buscó distraerse bebiendo un poco de agua de su botella.

—Vale, por aquí. –Asegura luego de varios minutos estudiando el mapa.

Sin decir nada y mordiéndose el labio inferior lo sigue…aunque sabe que no van por el camino correcto.

—¿Cuál sería tu trabajo soñado? –Pregunta cuando sale del embobamiento que le produce el culo del tinerfeño, que se voltea para mirarlo.

—Eres mi jefe ¿Es moralmente aceptable que responda a eso? –Su tono denota que habla en broma, pero le llama la atención esa pregunta.

—Si me dices que ser el asistente y organizarle la vida a un empresario es el trabajo de tus sueños...ufff…tío. Estás jodido.

La risa del mayor se entrelaza con el canto de los pájaros y eso hace que el catalán ría también con él.

—Vale, pues creo que me encantaría trabajar en un diario ¿sabes? Comunicarle al mundo la verdad de las cosas, intentar traerle al mundo algo de luz sobre las cosas que a veces parecen tan oscuras o inciertas…

— ¿Cómo coño has terminado trabajando para mí?

Ambos vuelven a reír, el moreno aferrándose a las asas de su mochila mientras se encoge de hombros.

—Hoy en día importa más la rapidez con la que se obtiene la información antes de pararse a leer si lo que se comunica es cierto, antes de concientizarnos sobre un tema preferimos opinar sobre él…digamos que luego de intentarlo en algunos pequeños periódicos me desencanté, además que en ese momento necesitaba un mejor sueldo para…

Se queda callado antes de terminar la frase, pero Raoul lo pilla.

—Para poder separarte de tu novia.

El canario traga saliva y asiente, mirando al frente.

— ¿Cómo va todo? –El tono del rubio es más tímido, casi temeroso de hacer esa pregunta.

—El pequeño tambor está fuerte y sano, aunque aún no lo suficientemente grande como para que yo pueda sentirlo…-Hace un pequeño puchero ya que es una de las cosas de las que tiene más ganas.

El catalán muere de la ternura al ver su rostro y la frustración adorable que carga su empleado, aunque hay otra cosa que le llama más la atención.

—¿Pequeño tambor?

—Ah…-Ríe al darse cuenta que ha usado el apodo.- Es que aún no sabemos si es niña o niño, y a Amaia fue lo primero que le recordó en el primer ultrasonido.

—Es adorable. -El moreno resopla.- ¿Qué sucede?

—Es que…todo el mundo nos define así.

— ¿Cómo? -Raoul no entendía a qué se refería.

—Eso. –Dice encogiéndose de hombros.- No importa si nos conocen hace mil años o es alguien como tú que ni siquiera conoce a Amaia…la palabra que siempre usan para describirnos es “adorable”.

— ¿Y eso te molesta? –Pregunta tanto porque no está siguiendo el punto del isleño.

—Supongo que es…¿cansador? No sé, si alguien me preguntara por ti, diría que eres imponente, generoso, cautivador, inteligente, apasionado…-Suelta ahora gesticulando con las manos para expresarse mejor.- Mi novia y yo solo somos…adorables.

No tiene idea de por qué se ha mosqueado tanto con el adjetivo que ha usado su superior, pero ha provocado que suelte toda esa diatriba. A lo mejor es porque esperaba que él lo viera de otra manera.

—Yo no creo que seas solamente adorable…pero tampoco creo que sea algo malo que lo seas…-Intenta conciliar, ganándose un resoplido por parte del canario.

—Ya y ¿cómo…¡MIRA, LO ENCONTRAMOS!!!

Su interrogante se corta cuando aparece en su campo de visión el puente de piedra que atraviesa el río. El canario apura el paso para llegar, pues ya pasa del mediodía, pero el catalán se extraña porque no han salido por el camino que deberían cuando se da cuenta…

— ¡Agoney cuidado!

Corre los pasos que los separan para tomarlo de la mochila, pues hay una pequeña bajada, no muy alta pero si bastante empinada, que está oculta por el moho del suelo, y las distintas ramas. Llega tarde, pues el tinerfeño da un paso en falso, arrastrando a ambos por la pendiente.

— ¡Joder!

— ¡Aaaaaaaaaaah!!

Aunque Raoul intenta refrenar la caída, terminan rodando cuesta abajo unos pocos metros, llevándose por delante todo, incluso a ellos mismos.

—Agggh, puta madre…-gime el rubio cuando se detienen en la rodada y se toca la cabeza, aturdido por el golpe.

— ¡Estás bien?! Dios, Raoul, ¡Lo siento!

Agoney se pone de pie rápidamente, pero cuando el menor lo intenta, un dolor agudo atraviesa su tobillo.

— ¡Ay!

— ¿Qué pasa?! ¿Qué te duele? –Pregunta desesperado el moreno, prácticamente abalanzándose sobre él pero sin saber qué zona tocar o no.

—Agoney, para, para. Tranquilo –Se queja con una mueca de dolor en su rostro.- Me he torcido el tobillo.

El otro se aleja un momento, pues estaba por pisar su pie y respira hondo, intentando tranquilizarse.

—Lo siento, lo siento muchísimo…

—No pasa nada…-Vuelve a intentar ponerse de pie, pero el dolor vuelve.- Joder…

—Dios, Raoul, ¿qué hacemos? ¿qué hago?

—Primero tranquilizarte, coño, te voy a golpear. –Lo estaba poniendo más nervioso él que la situación.

—Vale, vale lo siento…-Vuelve a intentar controlar su desesperación.

—Ayúdame a ponerme de pie, por favor y vayamos hasta el puente.

Se apresura a inclinarse y pasar su brazo por debajo de las axilas de su jefe y lo ayuda a ponerse en pie, angustiado al ver las muecas que pone el otro chico mientras caminan hacia el lugar señalado.

Si no le estuviera jodiendo el puñetero tobillo, tal vez Raoul podría concentrarse en la cercanía del moreno, que lo pega contra todo el costado de su cuerpo para sostener su peso. Gira un poco el rostro, aprovechando que el chico está concentrado en vigilar los pasos de ambos y se maravilla en su rostro. En la forma en que sus pestañas se entrecruzan unas con otras, la forma en que su cabello se convierte en barba, en como su aliento sale en pequeñísimos jadeos por el esfuerzo.

Un gemido casi escapa de sus labios y por ocultarlo sale en forma de un quejido que alerta al contrario que se gira a mirarlo.

—Ya llegamos, ¿te duele mucho?

El rubio se muerde el labio inferior y niega, cerrando los ojos para librarse de esos ojos negros tan intensos.

Cuando llegan a la sombra del puente, Agoney lo ayuda a sentarse sobre unas rocas que hay casi a la orilla del río, y el catalán respira hondo, agradecido del aire puro que lo libera del perfume embriagador que lo caracteriza al canario; el cual se arrodilla frente a él para comenzar a desatar su zapatilla.

—Agoney no hace falta…

—Quiero ver que tan grave es.

La delicadeza con que le quita el calzado hace que el chico contenga el aire en sus pulmones, mientras el moreno arremanga su pantalón y toma su pie entre sus manos, para girarlo con cuidado, estudiándolo.

— ¿Duele? –Pregunta tocando distintas zonas, mientras el menor va respondiendo con negativas o asentimientos de cabeza.

Deja su pie con prudencia encima del calcetín del catalán para que no toque el suelo directamente y busca en su mochila una pequeña toalla, para luego acercarse al río y humedecerla antes de volver con el chico.

— ¿Q-

—Shh…-Lo manda a callar, tomando su pie de nuevo y pasando la toalla por toda la zona enrojecida.

Un suspiro sale de los labios del rubio al sentir el alivio que le proporciona el agua a tobillo.

—Lo siento…-Se lamenta el isleño luego de un momento de silencio.

— ¿Por qué?

—Porque nos perdimos por mi culpa y mira que ha pasado.

—Agoney, no pasa nada… ha sido un accidente.

— ¿Por qué no me dijiste que íbamos por el camino equivocado?

—Porque tú estabas a cargo…

— ¡Pero tú lo sabías!

—Pero tú no me preguntaste. –Suelta una pequeña risita al verlo tan consternado.

—Joder…-Deja su pie de nuevo en el suelo y se sienta.- Que angustia mandar.

Ahora sí el catalán ríe con ganas y niega con la cabeza.

—Estás expuesto a que se vean todos tus defectos de inmediato y que tus errores –Balacea su pie un momento para que entienda a que se refiere.- Puede costarle a los demás…

—Ahora te admiro un poquito más.

Raoul se sonroja y ríe, encogiéndose de hombros.

—No es para tanto, escuché a mi padre y estuve metido en la empresa mucho tiempo antes de asumir este cargo…

— ¿Pero cuánto tiempo has trabajado? Si tienes solo veinticinco.

—Desde los dieciséis que trabajo y estudio…

—Entonces no digas que exagero…realmente te admiro. –Responde un tanto impresionado que haya comenzado tan joven en lugar de dedicarse a ser un niño mimado como él pensaba al comienzo.

—Ya…-Murmura rojo por la vergüenza y desviando su mirada.- Saca el almuerzo, anda…-Se da cuenta de algo elemental.- Si usted quiere, señor…

Agoney lo mira con sorpresa por el último comentario y echa a reír, alcanzando las mochilas y pasándole su comida.

—Basta con eso, por favor. El que da las órdenes aquí eres tú, he aprendido la lección.

Almuerzan entre risas y preguntas, muchas preguntas, sobre todo de Agoney queriendo asegurarse de que el menor estaba bien.

Raoul sabía que solo era una torcedura sin importancia, que solo debía descansar, pero estaba sobrecogido por el cuidado y atención que le daba el moreno y le mostraba con actos la forma en que él quería a la gente. Agoney, por su parte, estaba anonadado por la forma de ser del rubio; estaba fascinado con cada cosa que le contaba la cual le mostraba su forma de ver la vida y que él – a pesar de ser mayor- jamás se había planteado.

—Agoney…deberíamos volver ya. –Propone apenado de interrumpir al canario que estaba fotografiando el río con el atardecer de fondo.

— ¿Sabes? Mis amigos me llaman simplemente Ago.

Una sonrisa brillante en contraste con el atardecer le corta la respiración al moreno.

—Vale, Simplemente Ago…es hora de volver. –Bromea sin dejar de sonreír.

—Tienes la sonrisa más bonita del mundo.

Dos jadeos rompen la quietud del bosque, los dos sorprendidos por las palabras dichas, los dos sonrojándose furiosamente.

—Yo…-comienza a balbucear el tinerfeño.

—Gracias…pero no se compara con la tuya.

No dejan de sorprenderse por lo que sueltan, pero Raoul no es de los que se arrepiente de lo que hace o dice, así que se muerde el labio inferior para luego soltar una sonrisa tímida antes de inclinarse a ponerse el calcetín y la zapatilla, lo que hace que el mayor recuerde la situación.

— ¿Vas a poder caminar? –Pregunta preocupado por todo el recorrido que les queda.

El rubio se pone de pie, probando apoyar su peso sobre el pie y moviéndolo de forma circular, comprobando con alivio que no duele como al comienzo.

—Sí, pero despacio.

Tomaron sus mochilas y emprendieron el camino de vuelta, aunque a paso más lento y con moreno sujetando su antebrazo cuando el sendero se volvía más incierto. Llegaron algo más tarde que el resto, que ya se habían aseado y estaban por pasar a cenar. Fueron directos a que el médico viera la torcedura, que no pasó más allá de crema desinflamante, venda y un buen susto.

Se unieron a los demás en la cena, sentándose juntos y compartieron las anécdotas del día. Y a pesar de las risas y lo bien que se estaba junto al grupo, ninguno de los dos alargó la sobremesa demasiado, ambos agotados no solo de manera física, sino que cargaban con un drenaje emocional importante aunque lo canalizaran de diferentes maneras. Raoul sabía que lo mejor para él era subir e irse directo a dormir, así se olvidaba de todo durante la paz que le traía el sueño. Agoney, en cambio, pidió una cerveza y fue a sentarse al borde del estanque que había en los jardines, sabedor de que no iba a poder dormirse con todo lo que cargaba en su mente y prefiriendo respirar el aire puro que daba el lugar.

—Vaya día, chaval. –La voz a su espalda lo hace dar un respingo y llevarse la mano al pecho, tranquilizándose al notar que solo es Alfred que ahora se deja caer a su lado.

— ¿Nerea te lo puso muy difícil? –Pregunta con una pequeña risa antes de  darle un trago a su botellín.

—Esa chiquitilla creía que estábamos en los Juegos del hambre y había que luchar por la supervivencia –Ríe el castaño él también.- Seguir sus órdenes es agotador…¿Raoul te dio mucho por culo?

El tinerfeño se ahoga con su propia saliva, provocando que Alfred ría a carcajada limpia mientras golpea suavemente su espalda.

—N-n…no. –Consigue decir luego de un momento.- De hecho, fui yo el terco que hizo las cosas mal, Raoul es muy paciente y comprensivo.

—Veo que estás teniendo un vistazo más cercano a la persona real…-Suspira el barcelonés mirando el estanque mientras bebe.

— ¿Cómo?

—Que Raoul te está dejando conocerlo…-Gira el rostro para mirarlo por un momento.- ¿De verdad piensas que es así con todo el mundo?

— ¿S-sí? –No entiende a que se refiere.

—Agoney…-Niega con una ligera sonrisa.- El mundo en el que nos movemos con el lobito no es para gente amable, buena y comprensiva. –Chasquea la lengua y murmura algo bajo su aliento.

Al parecer el isleño no conoce otro Raoul que no sea el real y eso golpea a Alfred. Conoce la historia de los dos, y sabe que la situación de Agoney es imposible de revertir a menos que él espabile. Así que teme por el corazón de su amigo porque sabe todo lo que le cuesta dejar entrar a las personas a su vida.

Por eso no entiende cómo se las ha ingeniado el canario para entrar tan a sus anchas y conocer al verdadero Raoul.

—Ya…puedo ver eso en las reuniones a las que lo acompaño…-Aprieta un poco el botellín y baja su mirada a sus dedos que juegan nerviosamente con el pasto, ya que se siente intimidado por el minucioso estudio que le hace el contrario en silencio.

—Raoul no conoce mucho más que ese mundo…-Reflexiona el moreno finalmente.- Así que no es fácil para él confiar en las personas ¿sabes? Los que tenemos su confianza somos realmente afortunados.

Agoney sabe leer entrelíneas la defensa que ha levantado Alfred, después de todo, él  se ha pasado toda la vida protegiendo a Amaia de la misma manera.

—No tengo idea de muchas cosas, Alfred…-No sabe en qué momento ha comenzado a tutearlo.- Pero sé cuando alguien es valioso…y Raoul lo es. Mucho.

El peso de hacer sus pensamientos reales al decirlo voz alta cae sobre él: Raoul es algo más que su jefe para él. No sabe exactamente que representa, pero si sabe que tiene miedo. Miedo porque nunca una persona le había llamado de esa manera la atención. Miedo porque no encaja con la idea de amistad que tiene él en la cabeza. Aún más miedo porque tampoco encaja con la idea de amor que tiene incrustada en su vida. Miedo del miedo a lastimar a Raoul por no entender nada. Pánico porque ni siquiera todas esa advertencias que se encienden en forma de estruendosas alarmas en su mente sirven para darle la voluntad de alejarse del rubio.

—Me alegra que sepas verlo. –La voz del barcelonés se suaviza, consciente de que se ha dejado llevar por el fuerte instinto de protección que tiene con su amigo.

Terminan las cervezas en silencio, los dos demasiado ensimismados en sus pensamientos como para pronunciar algo más. Alfred no sabe como orientarlo en las dudas que puede ver en sus ojos sin delatar que su amigo le ha contado lo de ellos, Agoney sin saber cómo preguntar que se siente que te guste alguien cuando toda la empresa sabe que tiene pareja y que va a ser padre.

Se despiden en las escaleras, y apenas toca la cama el moreno cae rendido, agotado de un día que lo ha machacado de todas las formas posibles.

 

***

 

No, no, no.

Era un pensamiento repetitivo pero tenía que alejarse, mantenerse en su lugar, aunque cada vez que lo intentaba el recuerdo del isleño hamacándose en un parquecito a mitad de la noche le asaltara. Tenía que quedarse lejos de esa situación que solo lo lastimaría. ¿Cuántos heteros habían pasado por su cama? Había perdido la cuenta, pero estaba seguro que el resultado siempre era el mismo: Ninguno dejando la comodidad que ofrecían los privilegios de la heterosexualidad.

Y aunque dudaba que Agoney fuera como esos cabrones, tenía clarísimo que la situación terminaba siendo la misma o incluso peor: el chico estaba formando una familia; no importa si querida o no, si confusión, si homosexualidad, si bisexualidad, si hetero curioso. Había un bebé de por medio.

“Un pequeño tambor.”

Se obligó a pensarlo con el apodo que le había dicho el canario para hacerlo real. Porque Raoul era consciente de que en su historial había hombres casados y con familia. Tal vez más de los que le gustaría admitir. Y aunque no estaba orgulloso, sabía que el moreno era diferente por una razón: Le gustaba.

Si seguía avanzando por ese camino estaría jodido porque no sería un polvo en un baño o en un motel. El chico tenía algo que lo envolvía de una forma que lo acojonaba porque lo volvía vulnerable y frágil; sin mencionar la frustración que le provocaba el saber que no podía tenerlo. Lo rompía por dentro.

Era doloroso alejarse de él, pero la idea de terminar aún más vacío de lo que ya estaba dolía más.

Así que esa mañana agradeció cuando se acabaron las actividades de a pares y fueron actividades grupales, en las que rescataban toda la experiencia que habían vivido el día anterior y lo enfocaban en como eso podía ayudarlos en el trabajo diario.

— ¿Cómo sigue tu tobillo? –Pregunta el tinerfeño cuando están sirviéndose el almuerzo.

—Mucho mejor…-Intenta aparentar normalidad y no que ha estado esquivándolo a posta toda la mañana.- ¿Pudiste descansar?

—Sí, esa cama es la gloria…

Gracias al cielo llegan en ese momento y Raoul huye a sentarse al lado de Alfred, pues no se le ocurría ni una respuesta decente a ese comentario.

El movimiento tan obvio de su jefe desconcierta al canario ¿qué ha pasado para que esté tan distante hoy? Durante la mañana tenía la duda, pero ahora está claro que lo está esquivando.

Come mirándolo cada vez que puede, y al ver la forma en que se ríe con Alfred y como este pasa su brazo alrededor de su cuello y le da un beso en la mejilla que resuena por toda la mesa, puede sentir como un ardor invade su estómago.

¿Las advertencias veladas del castaño la noche anterior eran porque están juntos?

Intenta convencerse de que no, que los ha visto incontables noches mientras trabajaban y donde no tenían porqué esconderse y sabe que son mejores amigos. Pero no puede dejar de chirriar los dientes cuando nota que el rubio muestra su afecto con él, como Alfred logra hacerlo reír cuando a él lo está evitando.

— ¿Pasa algo, Ago? –Nerea llega colgándose de su brazo.

— ¿Qué? No… ¿por qué? –Pregunta alejando la mirada del barcelonés tomando de la cintura al rubio para lanzarlo a la piscina.

—Es que parece que hubieras olido mierda. –Señala la chica buscando en el suelo la causa de la mala cara de su amigo.

—No, no…es solo que me molesta el sol. –Miente rápidamente.

—Ah…entonces vamos dentro, por un licuado.

Se deja arrastrar por la rubia hacia el interior, intentando no pensar, no sentir.

 

***

 

Esa noche es la última, pues volvían a la mañana siguiente para poder pasar la mayor parte del domingo cada quien con su familia. Así que las actividades formales habían terminado con el almuerzo y habían estado disfrutando simplemente de hacer nada.

El canario, que había pasado todo el día con Nerea, no tenía muchas ganas de ir a la “fiesta” que había esa noche. Primero porque no tenía ganas de estar toda la noche viendo de reojo el tonteo que se traían Raoul y Alfred, mucho menos de preguntarse por qué le molestaba tanto verlos así de cercanos; y segundo porque no creía capaz a veinte personas de montar una fiesta.

Por eso se sorprendió hasta él mismo cuando se vio en el salón con un Puerto de Indias en la mano.

—Maldita Nerea, no tengo que dejarla que me convenza más de nada. –Se enfurruñó mientras se paraba al lado de la comida y observaba el panorama.

Algunos estaban junto a él, picando algo de cenar para tener sustento en el estómago antes de lanzarse a beber sin freno, otros montando el karaoke y probando sonido y el grupo restante –en el que estaba el rubio- estaban jugando a las cartas, apostando chupitos en lugar de dinero. Aún de lejos, el tinerfeño podía apreciar el brillo ese que caracterizaba sus ojos cuando le apasionaba competir.

Eso no podía terminar bien.

Mimi lo vio solo en un momento que la rubia había ido al baño y lo arrastró con ellos.

—Pero…

—No juegues si no quieres, pero no te vas a estar ahí de plantón.

Llegan con el grupo de cinco o seis personas, en el momento en que Alfred bebe y hace una mueca al sentir el alcohol bajar por su garganta y todos lo vitorean.

— ¡Halaaa! ¡Nueva ronda! ¿Entran? –Pregunta otro de los jefes mientras mezcla las cartas y vuelven a llenar los chupitos.

—¡Sí! –Exclama la rubia mientras acomoda su corto vestido y se sienta en el sofá.

—Yo mejor paso…-Murmuró bajo, jugando con su trago entre sus manos.

—¡Vamos, Agoney! Hay que animar la noche –Lo apuró otra chica.

—Anda juega, eres el nuevo, tienes que pagar derecho de piso. –Le avisan pasándole las cartas y apoyando un chupito frente a él, que con un resoplido se sienta en el brazo del sofá, al lado de la granadina.

Su mirada se cruza con al de Raoul un momento, pero el chico la desvía hacia sus cartas, intentando mantener el rostro neutro para no mostrar nada de sus jugadas.

Cinco rondas.

Han puesto la música alta y las luces de colores –de verdad que era un hotel que tenía todo.-, de vez en cuando alguno se animaba a cantar alguna canción, pero lo que más abundaba eran los tragos y los movimientos de baile que se iban haciendo más descoordinados a medida que aumentaba el nivel de alcohol en sangre.

Agoney se siente algo mareado, pues ha perdido bastante en las dos rondas anteriores así que ha tenido que beber al menos, siete chupitos. Pero en esta ronda va a ganar. Sabe que su jugada es la mejor.

Mark se retira bebiendo su chupito correspondiente, y quedan solo el rubio y él.

Se miran un momento, desafiándose con la mirada y, sin apartarla, Raoul desliza dos vasos de chupitos al centro, aumentando la apuesta inicial de dos a cuatro.

Arquea una ceja antes de apartar sus ojos e intentar esconder una sonrisa, pero él también desliza dos vasos más.

—Hostia, hostia –Exclama Mimi arrodillándose al lado de la mesa ratonera sobre la que estaba el juego para ver más de cerca.

Los demás los rodean para ver el resultado, pues saben que ambos van ya bebidos y seis chupitos más serían capaces de acabar con uno de ellos.

Pide cada uno una carta y vuelven a mirarse, impasibles.

—Ja. –Le dice con una pequeña sonrisa de victoria el catalán al enseñar su jugada.

Mierda, es una buena.

El isleño se humedece los labios y sin dejar de mirarlo, posa sus cartas sobre la mesa. Un jadeo de Mimi distrae a su jefe, mientras permite que una sonrisa se dibuje en su boca.

—Te han jodido, rubito –Le avisa la chica.

Mira la jugada y es la más alta, lo ha hundido más que justamente  y cuando los demás vitorean al moreno y llenan los seis vasitos, vuelve a conectar con su oponente.

Touché. –Sonríe Agoney perversamente a lo que el otro frunce el ceño.

—Hala, Hala, que Raoul nunca pierde, me encanta esta narrativa –Pronuncia Alfred frotándose las manos.

Todos alientan, el canario con un regocijo que intenta ocultar, pero su sonrisa lo delata, está lleno de satisfacción por borrarle esa sonrisita de suficiencia al que lo ha estado ignorando todo el día. Aunque su mirada le avise que se la pagará, en ese momento no le importa.

En cambio a Raoul le importa, mucho. Sin sacarle los ojos de encima, bebe cada uno de los chupitos, el ardor que le produce el alcohol combinado con la rabia que le da perder en algo. Siente los labios entumecidos y tal vez la cabeza algo embotada.

Es por eso que deja que Mimi y Nerea lo arrastren a bailar con ellas al medio del salón, dejando que los demás sigan felicitando al tinerfeño y él intentaba quitarse el encabronamiento de perder. A lo mejor es por eso también que le parece una buenísima idea subir con Alfred a cantar “Every time you go away” a todo pulmón.

La música.

Siempre lo revitalizaba, lo hacía sentir mejor. Termina la canción con su mejor amigo los dos borrachos y felices, cuando algunos le piden que cante algo solo. Levanta la vista, y a pesar de no ver tan claramente, puede distinguir al moreno observándolo en el fondo del salón, con una cerveza en la mano.

Entonces baja y busca la canción que quiere gritar en ese momento. Deja que empiece la instrumental y el rap, moviéndose sobre la pequeña tarima para entrar en ambiente.

I know you like me

I know you do

That's why whenever I come around

She's all over you

And I know you want it

It's easy to see

And in the back of your mind

I know you should be on with me

 

Sabe, lo sabe desde el primer día, él le atrae a Agoney y, aunque ambos lo nieguen, si no tuvieran la situación actual, ya se lo habría tirado. Lo sabe con esa certeza absoluta que te da la piel erizada.

 

Don't you wish your girlfriend was hot like me?

Don't you wish your girlfriend was a freak like me?

Don't you?

Don't you?

Don't you wish your girlfriend was raw like me?

Don't you wish your girlfriend was fun like me?

Don't you?

Don't you?

 

Canta con toda la sensualidad que puede en su estado, pero lo hace con toda la intensidad que necesitan esas palabras. Lo desea. Ambos se desean y por lo que le ha contado el muchacho, por la forma en que lo besó, sabe que él puede darle algo que no le ha dado ni le dará su novia nunca e intenta hacérselo ver cuando pasa sus manos por su camisa, sacándola del pantalón y acariciándose el pecho de abajo hacia arriba mientras se deja llevar por la música.

 

 

Fight the feeling

Leave it alone

'Cause if it ain't love

It just ain't enough to leave a happy home

Let's keep it friendly

You have to play fair

See I don't care

But I know she ain't gon' wanna share

 

Intenta mentirle, mentirse, a los dos. Porque no puede ser amor, quiere convencerse de eso, que lo que los arrasa es puro deseo y lujuria. Y eso jamás va a ser suficiente para romper una familia, por más que no le den lo que el canario necesita, Raoul no puede competir contra eso. Aunque le gustaría, le encantaría ceder por ese deseo visceral, sabe que no puede, no puede y eso lo mata.

 

Don't you wish your girlfriend was hot like me?

Don't you wish your girlfriend was a freak like me, like me?

Don't you?

Don't you, baby?

Don't you?

Alright, sing

Don't you wish your girlfriend was raw like me?

Don't you wish your girlfriend was fun like me?

 

Mimi y Nerea suben con él, borrachas y emocionadas por el espectáculo, se lanzan a darlo todo con él, meneando las caderas hasta abajo, pegándose a su cuerpo, que siente reaccionar. No por los roces de las dos chicas, sino por la intensa mirada que no se aparta de él y que disfruta tanto. Lo disfruta porque quiere sentirse deseado, quiere tener la seguridad de que él tiene algo que su contrincante –esa pobre chica embarazada sin rostro- no puede darle. Él puede darle libertad, puede incendiar su piel y está convencido de eso porque puede sentir la suya incendiarse solo con su mirada.

Se gira, dándole la espalda a los que bailan enfrente de él, para mover su cadera, hacia delante y hacia atrás, como le gustaría moverse contra el culo del isleño.

 

I know she loves you

I understand

I'd probably be just as crazy about you

If you were my own man

Maybe next lifetime

Possibly

Until then old friend

Your secret is safe with me

 

Por eso no puede compartirlo, por eso no puede ceder. Porque él jamás lo compartiría. Le daría tanto que Agoney no tendría que comerse a nadie más con la mirada, no tendría esa necesidad de una buena follada como la tiene ahora, porque eso también se nota. Nota como ese chico necesita que le sacudan el mundo y no haya mapa –como el estúpido mapa que hizo que se perdieran el día anterior- que pueda orientarlo. Quiere desarmarlo, fundirle las neuronas con su boca y la parte más deliciosa –y morbosa- es que sabe que él se dejaría con gusto.

Pero no pueden, no pueden, no pueden.

 

Don't you wish your girlfriend was hot like me?

Don't you wish your girlfriend was a freak like me, like me?

Don't you?

Don't you, baby?

Don't you?

Alright, sing

Don't you wish your girlfriend was raw like me? raw

Don't you wish your girlfriend was fun like me?

Big thrills

Don't you?

Don't you?

 

Deja salir toda la rabia sorda esa que lleva cargando desde que le prohibió besarlo, desde que no tuvo lo que quería, porque él es Raoul Vázquez y los Vázquez no pierden, no pierden un negocio, no pierden un estúpido juego de cartas, no pierden al hombre que desean. Él jamás había perdido.

Y el sentimiento era devastador, lo consumía, lo abrasaba por dentro hasta reducirlo a cenizas hasta tal punto que en cuanto lo tuvo a él delante y el alcohol quitándole los filtros, le estaba cantando como si la vida se le fuera en ello.

Terminó la canción y lo vitorearon, todos  entre anonadados y confusos –lo último probablemente producto del alcohol- por ver a su jefe así de desatado.

No le importó.

Tuvo que salir de allí pitando, porque no quería encontrarse con su mirada, no quería verlo porque no tenía ni una pizca de voluntad para resistirse, para alejarse, así que huyó a su cuarto.

Cuanto antes se durmiera mejor.

Al llegar a la habitación se quitó la camisa, empapada de sudor, arrojándola al suelo. Se pasó las manos por el rostro, queriendo matarse; estaba mareado, excitado y frustrado por partes iguales.

El violento aporreo de la puerta lo saca de su cabeza de un sobresalto, que lo obliga a ir de inmediato a averiguar qué demonios pasa.

— ¿QUIÉN MIERDA TE CREES?!

Agoney lo mete en la habitación de un violento empujón que lo hace trastabillar.

— ¿Q-

— ¿Te crees un puto dios al que nadie puede negarse?! ¿Lo suficientemente deseable como para tener a todos a tus pies?!

Está furioso, indignado, porque el maldito niño un día le muestra cosas maravillosas sobre él, al siguiente hace de cuenta que no existe y luego le canta una puta canción frente a todo el mundo.

Lo odia, odia que muestre esa superioridad de estar por encima de todo, odia su sonrisa, odia que siempre sea complaciente y desde ese punto ejerza su autoridad, odia haberse empalmado al verlo moverse de esa forma sobre el escenario mientras se lo follaba con la mirada.

— ¿De qué me estás hablando, gilipollas? –El rubio lo insulta, porque no tiene argumentos para defenderse, porque lo ha descolocado plantándole cara por su indecencia de cantarle para que supiera que él sabe que lo desea.

— ¡Del número que acabas de montar en el salón! ¡Deja de hacer esas estupideces porque a mí no me van los tíos!

La carcajada no tarda ni un milisegundo en abandonar los labios del catalán, llena de burla y rabia.

— ¿Qué?! –Pregunta sin dejar de reír.

— ¡Qué tengo pareja, voy a ser padre y que no me van estas cosas, gilipollas! –Vuelve a gritarle.

A pesar de su tono de piel, sus mejillas están rojas de ira, su pelo cayendo desordenado sobre su rostro, producto del descontrol de la discusión. El rubio lo toma por la camisa cuando lo empuja, contagiado también del ataque de furia, y lo estampa contra la puerta en un ruido sordo.

—Agoney…-Dice con la voz perezosa, escondiendo un enojo feroz bajo esa falsa calma.- A ti te fascinan los hombres.

El grito de enojo y protesta que iba a soltar el isleño es interrumpido abruptamente por la boca furiosa del catalán, que lo arrasa, toma todo lo que ha querido en ese tiempo. El canario lo muerde, pero insiste, lo besa con más fuerza, estrujando la tela entre sus puños, su lengua invadiéndolo por completo cuando Agoney se rinde.

No puede más.

Sus manos se aferran con ferocidad a la espalda desnuda de su jefe y le devuelve el beso, rudo, desesperado, hambriento porque los dos lo han querido tanto, pero tanto. Las uñas cortas se deslizan por la piel, los puños abren la tela, haciendo saltar los botones, la saliva se mezcla mientras sus bocas se demandan, se pelean con bronca por haberse negado la una a la otra.

El moreno boquea por aire cuando el rubio decide besar la piel que ha descubierto, salada por el sudor, mezclada con el aroma a alcohol y ese perfume que le atrofia los sentidos, que le impide separar sus labios de su cuello, provocando que el otro gima cuando desliza los dientes por toda la zona húmeda por la saliva.

Tira de su rostro para que vuelva a su boca, porque sus recuerdos no le han hecho justicia, porque sus labios son una adicción a la que se ha resistido por un tiempo que se le antoja una eternidad. Las caderas del catalán lo empotran contra la puerta y él no tiene otro remedio que frotarse contra él, su cuerpo quema y clama por alivio, un alivio que quiere explotar como un volcán, uno que parece haber dormido hasta que Raoul lo tocó y le dio vida.

El menor los gira y lo empuja hasta el pequeño sofá que hay en una esquina, separándose de su boca con un vulgar sonido de succión que resuena por toda la habitación junto con sus respiraciones erráticas.

Siente los labios hinchados, la piel en carne viva por la barba del rostro contrario y que se va a desmayar por el deseo que embriaga su torrente sanguíneo que está todo concentrado en una zona.

—Tócate.

La voz ronca y dominante de Raoul lo deja sin raciocinio. Solo puede acatar sus órdenes, es todo lo que su cuerpo le suplica con desesperación.

—Tócate. –Repite el rubio con impaciencia, sentándose a su lado y tomando su muñeca para llevarla a la entrepierna del canario, provocando que rozara su propia erección.

Un jadeo involuntario sale de su garganta y obedece, haciendo presión sobre su ropa, sus ojos cerrándose porque necesita más.

La imagen de su asistente rendido ante él es más de lo que su cerebro puede procesar. Por eso él también cede y desprende sus pantalones.

—Agoney. –El mencionado vuelve a abrir los ojos al oír la voz de su jefe en forma de gemido, y casi se corre en ese momento al ver al contrario con su polla afuera y masturbándola con fuerza.- Tócate.

Sus dedos tiemblan y no puede procesar si es por nerviosismo o por la ansiedad de no poder desabrochar todos los botones al mismo tiempo, lo único que sabe es que tiene que obedecer ya. Cuando lo consigue, casi puede oír a su miembro llorar de alivio.

Lo toma en su mano y solo tiene que pasar su palma por la punta, para lubricarse con el líquido pre seminal, no puede esperar más, en cuanto su mano se rodea sus movimientos son bruscos y arrancan jadeos roncos de su garganta. Sus ojos no pueden detenerse en un punto por más de dos segundos, dividido entre la cara de placer y la intensidad de la mirada de Raoul o el movimiento de su mano sobre su polla, que se estorba en cada estocada con los pantalones mal bajados.

Sus gemidos llenan el cuarto y se mezclan en el ambiente, cada uno comiéndose con la mirada al otro, sus manos intentando imprimir la brusquedad e intensidad del momento, arriba, abajo, con más fuerza, más rápido porque necesitan más, el deseo que los consume no se aplaca y  es más frustrante y más excitante el tenerse enfrente y no poder saciar las ganas con el cuerpo del otro.

—R-Raoul…-Su nombre dicho de esa forma por el canario, lleno de deseo y necesidad casi provoca que tire a la mierda lo poco, poquísimo de sus principios que queda en su mente embotada por el alcohol y el deseo. Pero en lugar de eso su mano se mueve con más fuerza, alcanzando un ritmo frenético.

—Córrete.

Su orden, ronca, ahogada, atraviesa su cuerpo como un rayo. Brutal y arrasador.

Explotan, uno detrás del otro, sus cuerpos lloran sudor agradecidos por la liberación, por el culmen de la tensión sexual que los destrozaba. Ambos tienen los ojos cerrados con fuerza, el placer aún haciendo estragos en sus sistemas, sus pulmones clamando piedad y un poco de oxígeno, sus mentes intentando poder hacer alguna conexión coherente.

—Agoney –Lo llama, su voz sigue rota por todos los sonidos que ha proferido antes.

El otro abre los ojos y jadea con fuerza de nuevo al sentir la mano del catalán sobre su miembro y verlo inclinado sobre él.

El rubio se lleva uno a uno sus dedos manchados a la boca para saborearlos, mientras se graba la imagen del canario en su cerebro a fuego. Ambos sienten como el aire vuelve a faltar en la habitación.

—Te fascinan los hombres. –Pronuncia luego de que limpia su mano con su lengua por completo.

Se pone de pie y va al baño, necesita espacio y que todo deje de dar vueltas.

Cuando regresa al cuarto, Raoul está solo.

 

Chapter Text

Capitulo 12: Rendición.

 

«La decisión del primer beso es la más crucial en cualquier historia de amor, porque contiene dentro de sí la rendición.»

 

No tuvo ese momento de paz e inconsciencia que brinda el sueño, o ese momento en el que abres los ojos y nada es real por unos segundos.

No había podido pegar un ojo en toda la noche.

El teléfono de la habitación sonó, pero no respondió. Sabía que era el despertador, que bajarían a desayunar y se irían.

Se puso de pie como un autómata, no tenía que ducharse…lo había hecho tres veces durante la noche. Con la ropa que se había puesto después de la última ducha, tomó la maleta y salió, sin mirar a la puerta contigua de la suya.

Era una suerte que a todo el mundo se le estuviera partiendo la cabeza de la resaca, porque así nadie buscaba hablar. Las pocas conversaciones que había eran en susurros, acompañadas de café y aspirinas. Su manera de curar el exceso de alcohol siempre había sido comer un buen desayuno, con huevos, fruta y zumo; pero no podía.

Había vomitado todo lo que tenía en el estómago y este se le había cerrado a cal y canto, por lo que en el momento en que tuvo una botella de agua en la mano, salió del comedor y se dirigió a un banco que estaba a la sombra de un gran árbol, no quería ver ni hablar con nadie.

Las imágenes de la noche se repetían en su mente como un disco rayado, le hubiera gustado estar tan borracho como para no acordarse, como para –aunque sea- tenerlo difuso.

Pero todo estaba tan nítido que lo estaba desgarrando en lo más profundo. Necesitaba, con urgencia, una forma de regar con ácido su mente.

No quería recordar sus besos, no quería saber nada de lo que había hecho la noche anterior.

Las palabras que le había dicho lo estremecían, pero lo que le devolvía las ganas de vomitar aunque ya no tuviera más que bilis en su esófago, era la certeza angustiosa de que tenía razón.

Y que, por no admitirlo antes, había terminado siendo infiel.

(1)

Volvió a marearse y tuvo que cerrar los ojos, apretando la botella que tenía entre sus manos.

Era un ser horrible.

El llamado de Nerea a lo lejos evitó que se echara a llorar desconsoladamente. ¿Qué hacía ahora? ¿Se lo contaba a su novia? ¿Se lo callaba? Tenía que renunciar a su puesto ¿verdad? ¿Qué coño hacía haciendo eso con su jefe? ¿Qué se supone que le decía a Amaia si renunciaba? No, no podía renunciar con lo difícil que era conseguir un trabajo con ese sueldo, tenía un bebé que mantener…JODER, SU HIJO.

¿Qué clase de persona se suponía que era? ¿Cómo educaba a un ser humano si ni siquiera sabía quién era él?

Comienza a caminar hacia su amiga que lo espera a mitad del camino entre la casa de campo y el bus, pero su cabeza sigue yendo a mil por hora. Toma el borde de su camiseta para abanicarse porque ¿el calor? Lo hace sudar.

¿Le gustaban los hombres? ¿Le gustaban las mujeres? ¿Amaia alguna vez le ha gustado?

Traga una bocanada de aire exagerada y siente como si el corazón se le fuera a salir por la boca.

Sí, sí le gustan los hombres.

Tira del cuello de su camiseta porque por más que respira no pasa el aire. Lo que si pasa de manera fugaz, como cientos de flashes por su cabeza son pequeñas cosas que no tenían sentido hasta ese entonces.

Lo nervioso que se ponía con sus compañeros de instituto cambiándose frente a él en los vestuarios.

Saber que su novia es guapa pero que nunca las manos le picaran por no poder tocarla.

Que nunca le haya gustado nadie más allá de su novia.

La cantidad de actores hombres que le parecen talentosísimos en comparación a actrices mujeres.

No era que fueran talentosísimos.

Inspira bruscamente por su boca pero se le atraganta un sollozo.

La cantidad de tiempo que tenían que tomarse con su novia en los juegos previos en comparación de lo que decían sus amigos que tardaban en empalmarse.

En comparación con el tiempo que tardó con Raoul en empalmarse.

La maleta cae al piso, pero no puede oírla porque los sollozos ahogados que escapan de lo más profundo de su pecho le taladran los oídos y lleva sus manos a su pecho, intentando que el aire pase o que deje de doler.

Nunca, jamás, en diez años ha besado a Amaia con las ganas que había besado a Raoul.

Nunca le había gustado tanto un beso.

Ve a lo lejos al catalán bajar del bus al oír lo que él cree que es el barullo que se ha formado a su alrededor y la noche anterior lo golpea con tanta fuerza que se desgarra la garganta en un llanto desolado, que provoca que todos lo miren.

Nunca en toda su vida había disfrutado tanto de correrse.

Y todo se vuelve negro.

(1)

 

***

La resaca estaba partiendo su cerebro a la mitad y a pesar de estar fatal del estómago, su ánimo le daba ese toque de ligereza que intentaba reprimir porque sabía que sentirse bien estaba mal.

¿Qué se hacía cuando lo que estaba horriblemente mal te hacía sentir así de bien?

Tenía ganas de tirarse por un acantilado, no podía ser tan adolescente de estar así de feliz por una puta paja. Es que no era ni medio normal.

Pero ahí estaba, con sus gafas de sol y medio litro de café, intentando reponerse físicamente, sin saber qué coño hacer. Quería ir y hablar con Agoney pero probablemente no fuera lo mejor si ambos tenían las neuronas a medio funcionar, además ¿qué le decía? ¿“Oye, tranquilo, es algo que hago con todos mis amigos”?

Ni de coña.

No quería ni que pensara que no lo tomaba en serio y mucho menos que hacía ese tipo de cosas con todo el mundo.

Aunque sí que lo hacía, pero no quería que el moreno viera esa parte de él.

Así que se admitió a sí mismo que necesitaba aclararse primero antes de enfrentarse con el chico. Tenía que dormir sus ocho horitas, hidratarse y volver a ser persona. Y sobre todo…dejar de sonreír como gilipollas cuando pensaba en el pedazo de orgasmo de la noche anterior.

— ¿Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo? –Cantó bajito mientras iba a hablar con el chofer del bus para salir en ese momento.

Joder, estaba estupidísimo.

Algunos de sus compañeros llegaron y se pusieron a charlar, más que nada intercambiando algunos remedios caseros para combatir la resaca, pero nota que están tardando en subir los demás y es ahí cuando se da cuenta del bullicio anormal del exterior. No alcanza a bajar del todo pero localiza rápidamente el motivo del alboroto.

Agoney.

Evidentemente se está ahogando con algo por la forma en que se ahoga y se agarra el pecho. El chico levanta la cabeza un segundo en su dirección, y Raoul puede ver en cámara lenta como se desploma en el suelo.

La realidad se suspende por unos segundos. Puede sentir su corazón saltar y contraerse del miedo en el momento en que él baja del bus y la cabeza del isleño choca contra el suelo, haciendo saltar sus gafas.

Cuando empieza a correr el mundo vuelve a la velocidad normal.

Llega al instante a su lado, incluso antes que Nerea que está más cerca.

— ¡Ago! ¡Ago! –Grita con sus rodillas derrapando y clavándose sobre el suelo.

Lo toma entre sus brazos y lo sacude levemente, pero el moreno no reacciona.

Está por entrar él en una crisis de desesperación, sobre todo cuando se acumula la gente alrededor, hasta que siente una mano en su espalda.

—Levántalo, vamos con el médico.

Alfred.

El rubio respira, levanta la cabeza para encontrarse con la mirada de su amigo y asiente levemente antes de pasar uno de sus brazos por debajo de sus rodillas y el otro por su cuello. Tira el cuerpo del mayor sobre el suyo y se pone de pie, casi tambaleándose por el peso del moreno, se sobrepone y camina con el chico entre sus brazos hacia el interior, donde lo hacen pasar a una salita auxiliar para que lo atienda el médico.

Allí, una vez que lo han recostado, el especialista solamente chequea su pulso mientras le levanta las piernas. Raoul se aparta hasta la pared más cercana e inconscientemente recae en un hábito que llevaba mucho sin hacer: se muerde las uñas.

Sin embargo, no tiene tiempo para perder aún más los nervios, pues enseguida nota como el canario reacciona y abre los ojos, totalmente desorientado. Va a acercarse, pero el doctor lo frena con una mano para que no se acerque.

— ¿Sabes cómo te llamas?

—Agoney. –Responde con la voz rota, cerrando los ojos.

—Bien, Agoney, necesito que me cuentes que ha pasado antes de que te desmayaras para ver si necesitamos hacer algún estudio de urgencia.

Raoul puede ver como el moreno traga grueso y cierra con más fuerza los ojos para luego abrirlos de nuevo y enfocar su mirada en el rubio, solo un instante, antes de girar rápidamente la cabeza de nuevo para mirar el techo, parpadeando rápidamente en lo que parece un intento de aclararse.

—Señor Vázquez, mejor que espere afuera un momento.

Quiere gritar que no, que él se queda allí a su lado, pero respira profundamente y sale, aunque no se aleja y se apoya justo al lado de la puerta.

 

***

 

El médico le  tiende una bolsa de hielo para el golpe que tiene en la sien mientras le hace varias preguntas y él contesta en voz baja, evitando su mirada, pero sabe que pueden hacer un diagnostico erróneo y no quiere eso.

—La opresión en el pecho, pensaba que me moría porque no podía respirar.

— ¿Te había pasado antes?

El chico niega con la cabeza mientras se sienta en la camilla y suspira por el alivio que le proporciona el frío del hielo.

— ¿Puedo preguntar que estabas pensando en ese momento?

Un quejido de angustia se escapa de sus labios y sus manos se aferran al cuero sintético que recubre el mueble.

—Algo que…me tiene muy mal.

—Vale, no puedo afirmarlo con tanta precipitación, pero lo que me has contado se parece mucho a una crisis de angustia.

— ¿Un ataque de ansiedad? –Pregunta con una mueca, pues ha oído hablar mucho de ellos.

Ve como el doctor acerca una silla para sentarse a su lado y apoya su mano en su rodilla un momento, dándole ánimos.

—No. Es similar pero no es lo mismo. Esto es tu cuerpo alertándote que hay algo que no va bien, que debes frenar y muy posiblemente hacerle frente. ¿Te está trayendo problemas trabajar para los Vázquez?

Se apresuró a negar con la cabeza.

—No, no. Es solo que sumado al cambio de empleo, mi vida ha…dado un vuelco en muchos sentidos. Y me ha estallado todo en la cara. –Murmuró apenado.

—Entonces es eso…Este ataque como puede no volver a repetirse como puede, ahí sí, desencadenar en un trastorno de ansiedad más grave. Tal vez deberías ver a un psicólogo.

—No estoy loco.

El médico resopló.

—No estoy diciendo eso…Mira, cuando te pasa algo en el corazón, vas al cardiólogo. Cuando te quiebras o tienes un esguince, al traumatólogo. Bueno, cuando la mente está lastimada o sufriendo, vas al psicólogo. Tu salud mental es tan importante como la física, Agoney. Y tal vez este haya sido un episodio aislado de tu mente poniéndote en sobreaviso que hay algo que va mal, como puede volverse algo que condicione tu vida diaria si no lo tratas.

El moreno se limitó a asentir despacio, procesando toda la información.

—Por favor, vigílate de cerca y no dudes en buscar ayuda si se repite. Por ahora descansa mucho, tómate el día de mañana tal vez.

—Gracias, doc. Lo tendré en cuenta.

Se pone de pie con un pequeño salto, sintiendo como le pesa y le duele todo el cuerpo mientras estrecha la mano del médico, con una sonrisa triste.

Sabe que tiene razón.

Odia que todo el mundo parezca tener razón sobre él mismo, que todos parezcan saber cómo solucionar las cosas que a él lo están destrozando. Sale de allí agotado, pasando de la figura rubia que se sobresalta en cuanto la puerta se abre.

—Ago…-Lo alcanza, y el chico le dedica una mirada y media sonrisa.

—Ya podemos irnos…solo necesito descansar. –Sus palabras se notan verdaderas en su voz.

—Vale… ¿Quieres…

—Dormir…necesito dormir.

El catalán simplemente asiente y lo sigue, agradeciendo a su mejor amigo el hecho de que todos estuvieran ya subidos al bus. Cuando la puerta se cierra detrás de él, alcanza a ver al moreno sentarse en los últimos asientos y él, con el cansancio por la resaca volviendo de repente a su cuerpo, se desploma al lado de Alfred, que lo mira interrogante mientras se ponen en marcha.

—Luego, Alfred…luego.

Esas palabras son todo lo que le basta al castaño para asentir, volver a acomodar sus gafas de sol sobre sus ojos y girarse para dormir.

Y aunque está cansado, Raoul no puede ni pensar en dormirse, así que espera unos minutos a que todo el bus quede en silencio y se pone de pie, caminando hasta el final del vehículo.

—Esto está mal, jodidamente mal…-Murmura para sí mismo.

Y aunque se lo repite tres veces en el camino, sabe que lo va a hacer igual. No puede alejarse.

Ya no puede.

Sus ojos se encuentran en la penumbra que crean las cortinas y los pocos rayos de sol que dejan pasar. La duda los tiñe a ambos pares de orbes, pero el rubio no es de los que duda, no es de los que se arrepiente.

Odia la indecisión y gran parte de la amargura y la angustia que lo han acompañado se debe, precisamente, a que ha vivido en ese limbo de no saber, no entender, que le ha impedido decidir qué hacer con respecto a Agoney.

Ahora ya lo sabe.

“Puede hacer conmigo lo que quiera.” Es la certeza que lo atraviesa mientras se sienta a su lado.

Siguen mirándose en silencio, y Raoul estudia sus rasgos marcados por el cansancio y la tristeza. Odia no poder quitarle esa tristeza a besos.

—Ago…-Su voz sale ronca y baja, por lo que se aclara un momento.- No te atormentes.

El canario suspira fuertemente, conteniendo un sollozo.

—En serio, no lo hagas…luego hablaremos cuando estemos en condiciones, pero deja de torturarte.

El moreno cierra los ojos ¿Cómo…cómo sabe que se está culpando de todo? ¿Qué coño ha hecho Raoul con él? Pero, de nuevo, tiene razón. No tiene la fuerza para insultarse, para creerse la peor persona del mundo. Su episodio de angustia lo ha dejado drenando. Solo quiere que el dolor y la culpa paren.

— ¿Me abrazas? –Pregunta en un hilo de voz roto que refleja su interior.

No responde, simplemente se limita a levantar el apoyabrazos que separa los asientos y acercándose un poco más, sus brazos buscan arropar al isleño que también lo busca. Busca su calor, su aplomo. No sabe cómo, pero los brazos de Raoul le hacen sentir bien.

Mientras las manos catalanas acarician su espalda, Agoney siente que ahí, en ese círculo que forman sus brazos, nadie lo juzga, nadie le reclama nada, nadie espera nada de él. Sólo siente calor. Ese mismo calor que le falta a su pecho.

El menor cierra los ojos cuando siente la nariz del tinerfeño hundirse en su cuello y no dice nada ante la forma despiadada en que los dedos morenos se clavan en su espalda. Deja caricias pausadas, primero en una sola zona de su espalda, luego por toda la zona, hasta llegar a la base de su cuello, donde juega con sus rizos.

No necesitan palabras, tampoco pensamientos. Todo eso es demasiado para ambos en ese momento. Solo sus brazos se sienten bien.

Al poco tiempo, el rubio puede sentir como el agarre del canario se relaja y como su respiración se hace lenta y regular. Y aunque quisiera, Raoul no puede dormirse también.

Ha fantaseado con tenerlo así en sus brazos tantas noches que no puede relajarse. Se recrea en su aroma, en la forma en que su cabello hace cosquillas contra su mejilla o la manera en que su aliento eriza su piel.

¿En qué momento había terminado así? Queriendo a quien no puede quererlo de vuelta, pero decidido a hacerlo de igual modo.

Esto era suicidio.

Sabía lo que venía. Agoney intentaría alejarse, querría hacer de cuenta que los besos, que el momento que habían compartido no habían existido. Y le rompería el alma.

Pero él estaría ahí.

Había decidido no alejarse.

El tiempo abrazando a Agoney se le escurrió como arena entre los dedos y cuando miró por las cortinas, estaban entrando en la ciudad. Apoyó sus labios sobre su frente unos segundos, inundando sus fosas nasales de ese olor a mar y lilas que desprendía el chico, que se removió entre sus brazos.

—Ago…-Hablo con dulzura a su oído.- Estamos llegando.

El mencionado se enterró de nuevo en su cuello. No quería llegar. Ojalá el autobús pudiera dejar a todos los demás y seguir con él y Raoul hasta el fin del mundo, a un lugar donde no tuviera que ser él nunca más.

Cerró más fuerte los ojos y, apretando más fuerte sus brazos alrededor del rubio unos segundos más, lo dejó ir.

Sus ojos se volvieron a encontrar, diciéndose todo.

—Gracias. –Murmura el moreno con suavidad.

El catalán lleva una de sus manos a su mejilla y deja una pequeña caricia, aliviado de verlo con un poco de mejor semblante.

—Lo que necesites, Agoney…estaré para lo que necesites.

La sinceridad de sus palabras se filtra y se asienta en el interior del pecho del canario, que le dedica una pequeña sonrisa.

—Mañana…

—Tomate el día…descansa.

—Pero…

—Agoney, no empieces, tienes que reponerte.

Sus miradas libran una batalla silenciosa, de la cual el mayor se retira.

—Vale…gracias.

—Debería volver con Alfred.

El isleño asiente y mira por la ventana, viendo como las calles de Barcelona están ya llenas de vida.

Un suspiro es lo último que escucha Agoney a su lado, pero no aparta la vista de la ventana cuando Raoul vuelve a su lugar. Aprovecha esos últimos minutos que le quedan de viaje para intentar lo que le ha dicho el rubio. Al menos por hoy, no quiere torturarse más.

 

***

 

— ¡Amor! –Exclama la pamplonesa tirándose a su cuello.

El anclaje de la chica contra su cuerpo provoca que suelte la maleta para poder sostenerla. Va a intentar sonreírle o al menos saludarla, pero en cuanto cierra la puerta del apartamento la castaña hace chocar sus labios, en un beso más que efusivo que no sabe responder.

—Te. Extrañé. Muchísimo. –Habla dejándole un beso por cada palabra que pronuncia y el estómago de Agoney se revuelve.

¿Cómo reacciona a esto? Es una mierda de persona.

—Yo también los extrañé, cielo…-Las palabras le acuchillan la garganta porque sabe que no es cierto lo que dice.

Terminan sentados en el sofá con Amaia sin dejar de besar sus labios, con él sin dejar de sentirse un despojo humano.

— ¿Cómo han estado? –Pregunta tomándola de la cintura para separarla y poner algo de distancia, aprovechando para acariciar su barriga con amor.

Porque aunque no parezca los ama.

—Bua, se ha movido un montón, sobre todo a la noche, creo que ha extrañado tu voz. –Comenta con una sonrisa ilusionada.

Ambos sueltan un jadeo ante algo inusual y la castaña lo mira con los ojos como platos.

—Eso f-

—¿Lo sentiste!?

—¿S-se ha movido?

Un asentimiento furioso de Amaia hace que ambos sonrían y que Agoney vuelva a llevar sus manos a esa zona, volviendo a sentir un pequeño toquecito bajo su palma.

—Amaia… -Murmura con un nudo en la garganta.- Hola, mi amor, mi vida…papá ha vuelto…

Se inclina sobre su hijo y deja un beso donde lo ha sentido, con las lágrimas agolpándose en sus ojos.

Todo está tan mal que tiene ganas de morirse.

—Jo, cariño, el pequeño tambor te ha extrañado también. –Le dice acariciando su mejilla para que se vuelva a incorporar.- Te hemos esperado todos estos días.

Amaia se acerca y lo abraza. Se aferra a ella con fuerza, apretando a la cuna de su hijo entre ellos, buscando sentir algo parecido a cuando el catalán l lo abraza. Pero nada se parece a nada.

Nada tiene sentido.

Ama, quiere, desea todo a personas distintas. Nada encaja en lo que creía, nada es igual, nada puede ser igual después del día anterior. Y su chica malinterpreta sus lágrimas porque claro ¿Quién va a saber el caos que carga en su interior?

Raoul. Raoul sabe lo que carga, lo vio en sus ojos.

Y los labios de la pamplonesa que ahora están sobre los suyos no son nada igual a los del rubio. Los de la chica son conocidos, son tranquilos y cariñosos. Los de su jefe son dulces, aún cuando siempre que los prueba saben a alcohol, son magia, son fuego, son caos.

Y él quiere caos.

Se paraliza cuando siente las manos de su novia deslizarse bajo su camiseta mientras profundiza el beso que ni siquiera recuerda corresponder.

—Cielo…-Murmura contra sus labios.- Amaia…bebé…

La separa con delicadeza y la chica lo mira con un puchero en sus labios.

—Estoy agotado…

—Pero, amor…te he extrañado un montón. –Replica subiendo las manos hasta su pecho.- Te necesito.

Un escalofrío recorre su espalda.

—Lo siento…-Agacha la mirada, no quiere ver su mirada.- De verdad que me muero de cansancio.

Se deshace de su agarre y sin poder enfrentarse a ella, sale del salón para huir de ahí. Con suerte, llega a tiempo al baño para vomitar.

Amaia se queda en el salón, con todo lo que provoca un rechazo en toda regla y con sus hormonas fluctuando por todo su sistema.

Ella sabe que…no se acuestan mucho. De hecho, a pesar de las recomendaciones de su doctora, la última vez que tuvieron sexo fue cuando concibieron al pequeño tambor. Y jamás ha tenido quejas, pero es que ahora lo había extrañado muchísimo y lo vio llegar tan arrebatadoramente guapo que no pudo evitar desearlo, quererlo.

Un quejido abandonó sus labios cuando se acostó en el sofá.

Putas hormonas, la iban a volver loca.

Porque ella sabe que su novio estaba cansado, sabe que ellos lo hacen lento, tomándose todo el tiempo del mundo para mostrarse lo que se quieren. Pero es que ahora simplemente tenía ganas de comérselo a besos, su piel se erizaba al imaginar sus manos acariciándola, pero sabe que Agoney jamás la tocado con rudeza, sino que siempre la ha tratado como si fuera de cristal.

Y sabe también que ya no tenía su cintura de siempre… ¿Era eso? Es cierto que estaba más gorda ahora.

Sacudió su cabeza para alejar esa imagen, el canario no había hecho más que demostrarle devoción desde que estaba embarazada, seguro su reticencia a tocarla tenía que ver con su cansancio y con su miedo a hacerle daño. Toma su móvil para distraerse un rato, pero al abrir las redes sociales se encuentra con varias fotos etiquetadas de su pareja durante el fin de semana y no puede evitar ver la forma en que se cuelga a él una pequeña rubia, que claro, pesa algo así como la mitad de lo que pesa ella ahora. Y luego hay otra rubia de ojos verdes, despampanante, que lo besa en la mejilla y acaricia su nuca con sus uñas de bruja.

De pronto toma conciencia de ella, colgándose del cuello del moreno, pesando una tonelada. Puede sentir lo hinchado que está su cuerpo, no puede verlos, pero sus pies están hinchados. Está desarreglada porque ha estado cansada ella también con esa enorme pelota que tiene de barriga y que la hace más torpe de lo que ya es.

Claro si antes le apetecía poco ¿cómo va a quererla ahora? Si está horrible, si se ha pasado el fin de semana con mujeres hermosas colgadas de su cuello. Amaia jamás ha sido celosa, pero no puede evitar sentirse menos. Ella incluso se hubiera conformado con una sesión de besos en el sofá, pero ha huido de ella como la peste.

No sabe cómo, pero está llorando.

Se pone de pie y buscando sus llaves sale casi corriendo de allí, al único lugar que sabe que la abrazarán.

 

***

 

—H-¡Amaia qué pasa?!?!

Miriam se asusta en cuanto abre la puerta y se encuentra con su mejor amiga llorando a mares que se arroja a sus brazos.

—Cielo, cielo…-La aprieta fuerte contra ella, sin intención de soltarla, pero necesita saber que sucede.

Un torrente de balbuceos ininteligibles salen de la boca contraria, por lo que la gallega se rinde y se limita a llevarlas hasta el sillón, con algo de dificultad, pues la chica no la suelta.

Permanecen abrazadas hasta que Amaia se calma, sedada por las suaves caricias que deja la rubia en su espalda. Cuando las lágrimas se secan contra su camiseta, la separa un poco de su cuerpo para mirarla a los ojos.

—Cariño, necesito que me digas si estás bien. –Mira un momento su abultado estómago.- Si están bien.

Lentamente, la castaña asiente.

—El pequeño tambor sí está bien. –Un suspiro de alivio es la respuesta de su amiga.

— ¿Ha llegado Agoney? Se suponía que llegaría ant-

Al ver como el labio inferior ajeno tiembla ante la mención del nombre de su novio, sabe que el problema va por ahí.

— ¿Quieres darte una ducha? Te preparo un té, vemos una peli y si quieres me cuentas. –Propone con una sonrisa y dejando una caricia en su mejilla.

Luego de que la chica acepta, la toma de la mano y van hasta la habitación para ir al cuarto de baño de la gallega.

Una ducha caliente parece relajar los ánimos de Amaia, que sale mucho más tranquila, vestida con la camiseta enorme que le ha dejado Miriam para ponerse de pijama.

Justo en ese momento la rubia entra en el cuarto, llevando consigo dos tazas de chocolate para ambas. Le sonríe y se suben a la cama.

— ¿Qué ha pasado? –Pregunta con miedo de la respuesta que puede obtener.

Amaia se toma su tiempo pensando sus palabras pues se avergüenza de como se siente.

Miriam, como siempre, respeta sus silencios.

—Hoy volvió Ago y yo…-No puede evitarlo, todo lo siente magnificado en su estado e inmediatamente sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas.- es que lo extrañaba mucho, Miri…de verdad que lo echaba de menos un montón.

La gallega asiente, ocupando sus labios con la taza para evitar la mueca que quieren formar.

—Y estaba felisísima de tenerlo de nuevo en casa, y nos empezamos a besar y y y…

— ¿Qué? –Pregunta su amiga pues la última parte lo ha dicho en voz tan baja y rápido que no le ha entendido.

—Que no quiere acostarse conmigo. –Deja la taza en la mesa de luz y pasa sus nudillos bajo sus ojos para limpiar las lágrimas que se escapan.

—Amaia pero…-Busca algo que decirle.- Supongo que habrá llegado cansado ¿no?

Le duele en el alma hablar de esto con ella, pero siempre ha sido así y no puede cambiarlo.

—Ja. Para andar con rubias colgadas de su cuello, para eso no estaba cansado. –La furia, la tristeza y la frustración se mezclan en su sistema y hacen una combinación peligrosa.- Pero normal, si de nunca me toca, ahora que soy una vaca andante menos.

Y rompe a llorar.

La explosión de la pamplonesa asusta a la gallega que deja rápidamente la taza en el suelo y se arrodilla en la cama para abrazarla.

—Cielo…tranquila…

Acaricia su cabellera con ternura, acunándola en sus brazos, pero la chica se remueve y se zafa de su agarre.

— ¡No! Es que ¿qué mierda pretendo? Si él es el chico más guapo del planeta y ahora tiene por novia un globo que no puede ni verse sus propios pies y encima torpe y ni siquiera puedo disfrutar de que mis tetas están más grandes porque ¡TODO ESTÁ MÁS GRANDE Y LLENO DE MARCAS!

Termina gritando, llena de dolor y necesidad. Solo vuelve en sí cuando siente las manos de su mejor amiga sosteniendo su rostro.

—Amaia, para. –Su tono es firme, pero su mirada termina suavizándose.- No digas tonterías.

—No son tonterías, soy una ballena horrible.

Y Miriam lo intenta. De verdad que se esfuerza por ver lo que la castaña ve de sí misma, pero solo ve a la chica más hermosa del mundo. Aún con los ojos rojos de tanto llorar. Y también intenta resistirse, pero está tan cansada.

Tan cansada de sentir su perfume pero no poder saborearla, de acunarla entre sus brazos pero no poder deleitarse con su piel. Está harta de usar su boca para aconsejarla y no para besarla.

Está tan tan cansada que su sistema se rinde. Sus pensamientos se van, lejos, donde no va a ir a buscarlos. Así que deja que su corazón tome las riendas y sus labios se junten suavemente con los de su mejor amiga, solo por unos segundos que le saben a gloria.

—Eres la mujer más hermosa del universo. –Susurra contra su boca, acariciando con su mejilla con su pulgar, sin animarse a abrir los ojos.

—Miriam…-Su voz es un susurro que las estremece a las dos.

—Eres tan preciosa que no puedo más…-Abre los ojos y se encuentra con los ojos negros que tanto adora.- No puedo más, Amaia.

Está preparada para el rechazo, para que su amistad se vaya a la mierda en ese momento, su corazón va a mil, anticipándose al dolor que sabe que va a sentir. Así que cuando los labios de la castaña chocan con los de ella cree que ha muerto.

Pero no. Amaia la está besando. Y ella como idiota sin moverse.

Lleva sus manos a las caderas contrarias y corresponde a ese beso como no ha correspondido a nada en su vida. Dos suspiros van a morir en las bocas ajenas, que se dan permiso para que las lenguas salgan a encontrarse. Miriam gira el rostro para encajar mejor en ese beso que se vuelve hambriento y desesperado.

Y Amaia se siente en el cielo. Las manos de su amiga la sostienen con confianza y su boca la besa con un deseo que no ha sentido jamás. Sus manos, tímidas, recorren la espalda de la gallega, la cual se separa para tomar aire y cuando la pamplonesa piensa que todo quedará ahí, los labios de Miriam hacen contacto con la piel de su cuello.

Un gemido inunda la habitación.

Cierra los ojos con fuerza y se aferra a la espalda de su amiga que la hace estremecer con el recorrido que hace su lengua sobre su piel. Tira de su rostro para volver a besarla porque quiere volver a sentirlo, quiere sentir esa electricidad que le recorre el cuerpo, quiere esa intensidad que no sabía que un beso podía tener.

Miriam sube sus manos por los costados de la chica y acaricia con su pulgar el borde de sus pechos, lo que la hace a la contraria estremecerse y besarla con más intensidad.

Los suspiros de la pamplonesa guían las manos de la gallega mientras sus bocas se juntan, se buscan y se conocen. Llegan al borde la camiseta que está usando como pijama y la rubia se separa, preguntando con la mirada, pero Amaia cierra los ojos.

—Estoy horrible.

Con una pequeña sonrisa, Miriam la desviste, dejándola  solo en bragas pues había pasado de ponerse sostén. Poco a poco la recuesta  y, aunque la chica sigue con los ojos cerrados, ella no puede dejar de admirar a una diosa.

—Eres perfecta. –Dice con convicción, mientras su mano acaricia su vientre.

Se inclina y comienza a dejar suaves besos en el borde de su mandíbula, para luego bajar por su cuello, donde se entretiene un momento saboreando su piel. Pero su camino sigue y con mucho cuidado, sus besos llegan a sus pechos. El solo aliento sobre ellos hace suspirar a Amaia, que no le prohíbe a los sonidos de su boca salir cuando son los labios de Miriam los que acogen su pezón y es su lengua la que se enrosca alrededor. Pasa al otro pecho, y son sus dedos los que se encargan que ninguno quede desatendido, mientras su mano libre se posa entre las piernas de Amaia para pasar sus dedos entre sus pliegues, húmedos y resbaladizos.

El simple contacto en esa zona, provoca que la pamplonesa tire del rostro de su amiga para juntar sus bocas en un beso necesitado, mientras sus manos la desprenden de la camiseta de su pijama. Se separa un momento para verla y la imagen de Miriam con su torso desnudo le roba el aliento. Vuelven a besarse con ansias, gimiendo las dos esta vez por el contacto piel con piel que envía millones de descargar eléctricas a través de sus cuerpos.

Pero es el momento en que los dedos de Miriam se deslizan entre sus pliegues, tocando ese punto, cuando la castaña muerde sus labios, pidiendo más.

Los dedos de la rubia son hábiles y se encargan de tocar su clítoris y rozar sutilmente su entrada, provocando que las caderas de la pamplonesa se muevan, buscando más contacto.

Y las manos de Amaia se enredan en el cabello de Miriam, dejándola alejarse solo para que ambas puedan respirar, tirando suavemente de éste en el momento en que sus dedos se adentran en ella, haciéndola gritar.

—Miriam…-Gime contra su boca, a lo que la mencionada estrella sus labios con más ganas.

Dos de sus dedos bombean en su interior y deja que la palma de su mano choque contra su clítoris en cada embestida. Su boca vuelve a sus pechos, extasiada por probar el cuerpo amado y escuchar los jadeos que provienen de ella. Es cuando el primer pequeño espasmo atrapa sus dedos que los curva y los gira en su interior, rozando sus paredes hasta que da con lo que buscaba.

— ¡Miriam, por Dios! –Grita tironeando de su cabello cuando la gallega embiste contra su punto G.

Con una sonrisa de victoria, vuelve a besarla sin refrenar el ritmo de sus embestidas. Amaia la aprieta contra su cuerpo, desesperada por su liberación que siente cerca y solo obtiene en el momento en que con un solo movimiento, la palma de Miriam hace contacto con el punto exterior y sus dedos tocan el punto interior.

La castaña estalla en un orgasmo fabuloso, en medio de un gemido que tiene el nombre de su mejor amiga. El placer inunda sus venas y poco a poco deshace el agarre que tenían sus manos sobre el cabello rubio y más pronto que tarde los dedos de Miriam abandonan su interior.

—Me equivocaba…Así…así eres mucho más hermosa. –Afirma la gallega después observarla sonrojada, despeinada y con los labios brillantes y rojos de sus besos.

Se sonríen un momento en completo silencio, hablándose con la mirada.

Sus respiraciones se acompasan y se tumban ambas de lado, observándose, la mano de su mejor amiga ahora acariciando donde el pequeño tambor duermen.

A Amaia le gustaría decir algo, pero no sabe qué. Sus pensamientos se diluyen en medio de lo que acaba de vivir y el cansancio la aplasta, así que antes de que pueda hilar o descifrar un pensamiento ahí, con el calor y las carias de Miriam, se queda profundamente dormida.

La rubia no puede dejar de mirarla, de atesorar cada uno de estos segundos que le ha robado al destino. Se sienta en la cama y mientras arropa a la mujer que adora, piensa en que nunca había disfrutado tanto del placer ajeno. Toma su móvil un momento y envía un mensaje, antes de volver al cobijo que le brindan Amaia y el pequeño tambor.

Hoy no quiere pensar. Por unas horas, piensa mientras la abraza y se rinde al sueño, todo es perfecto.

“Ago, Amaia duerme conmigo hoy.”