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Destinos Cruzados

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Harry odiaba los aeropuertos. Pero debía ser precavido. Hacia tres meses que la guerra había terminado y aún así quedaban restos del ejército de Voldemort. Sin embargo tenía una misión que no estaba dispuesto a abandonar. El iba a vengar a sus amigos. Las cosas habían ido bien durante un mes hasta que no lo fueron. Harry nunca olvidaría las caras de Ron y Hermione. Nunca olvidaría esos ojos rojo sangre que habían extinguido sus vidas. Por eso estaba aquí, de camino a un lugar especial: Forks.Según sus fuentes, allí era el lugar donde su enemigo debería hacer su aparición. Un ejército se estaba formando en Seattle y eso era un indicio prometedor. Asi que había decidido llegar a Forks, instalarse, reunir información y comenzar sus planes. Comenzó a caminar rápidamente hacia el estacionamiento donde su nuevo auto lo esperaba su nuevo coche. Un volvo negro. Que se diga lo que quiera de los Goblins, no eran nada sino eficientes. Luego de un viaje de una hora hacia Forks a través de arboledas y profundos bosques llegó a su destino. La mansión se alzaba en un lugar profundo de un bosque. Una de las herencias Potter, conveniente para su tarea. Ni bien pasó el umbral de las rejas dobles, las salas se agitaron por primera vez en más de ochenta años. Harry sacó el baúl encogido del bolsillo de su chaqueta y con un movimiento de su mano éste se agrandó.

La casa era bastante amplia. Tres pisos, quince habitaciones, dos comedores, una cámara de duelo, laboratorio e incluso mazmorras. Habia estado sorprendido al reclamar sus señorias, pero necesitaba todos los recursos que puediera conseguir. Pensó que todo había terminado con la muerte de su enemigo, pero parecia que sus ideas y su odio lo perseguirían para siempre. Estaba cansado, de pelear, de planear, pero sobre todo del dolor. Quería paz y tranquilidad. Su vida era una broma, cuando creía que había logrado el equilibrio pasaba algo que dislocaba su existencia. No había Ron para hacerlo reír e incentivarlo con su espíritu travieso, no había Hermione para regañarlo o aconsejarlo. Se los habian robado. No podría recuperarlos, pero se había hecho una promesa. Por eso estaba aquí, en esta ciudad abandonada de dios.

Su llegada estaba cuidadosamente arreglada por los Goblins. Claro que habían estado furiosos por el allanamiento de su banco, el robo de una de sus bóvedas de alta seguridad y la destrucción causada por el dragón, pero Harry no era nada si no obstinado, había heredado muchas bóvedas y señorios y compensó a los duendes, amenazandolos con retirar su dinero y negociando alianzas en caso de necesidad.

Su mundo estaba convulsionado, a pesar de la muerte de Voldemort, el ministerio era débil, habia varios peligrosos mortífagos sueltos y dos héroes de guerra habían sido asesinados por los aliados de Voldemort. Harry sabía que su partida agregaría más inestabilidad, pero tenia un trabajo que hacer. Había matado a Voldemort, no les debía nada. Había sido idolatrado y amado, odiado y vilipendiado, había luchado y muerto por ellos. Ahora sería egoísta y cumpliría un deseo propio. Estaba lleno de rabia e impotencia. Por eso habia escapado con un adiós apresurado a los Weasley y Andrómeda y seguido su camino.

Comenzaba la escuela secundaria la próxima semana, a pesar de su renuencia tenía que mantener su tapadera, un joven de 17 años que no iba a la escuela levantaría sospechas y preguntas incómodas. Sería un Hadrian Pevereell, enmancipado y huérfano. Simple y al punto. Después de todo se iría en un tiempo. Con eso en mente, comenzó a instalarse en su nuevo hogar, estaba inciando un nuevo viaje.