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Guardias Reales

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Capítulo 1

Desde pequeño, los padres de Camus le inculcaron el deseo de convertirse en miembro de la Guardia Real. Creció convencido de que no habría mayor orgullo que el de servir al Príncipe de Vere y que todos sus esfuerzos deberían enfocarse en alcanzar su meta. A pesar de no formar parte de la aristocracia vereciana, sus padres eran lo suficientemente acaudalados como para ofrecerle a su único hijo la mejor educación posible. Su aprendizaje no se limitó al combate, sino que también estudió historia, geografía e incluso política. Sus tutores se aseguraron de que aprendiese estrategia militar, cómo manejarse entre las tropas y cómo dirigirlas. Camus trabajaba con entusiasmo y esperaba que sus conocimientos algún día lo condujeran a la capital, Arles. Él vivía varios kilómetros hacia el sur, cerca de la frontera con el país enemigo de Akielos, y sabía que tendría que esforzarse mucho para algún día ser recibido en el palacio real.

Sus padres no tenían conexiones en la capital y Camus tuvo que hacerse camino por sí mismo, a través de pequeñas campañas militares en el sur. Poco a poco sobresalió entre sus compañeros, tanto por su astucia en el campo de batalla como por su habilidad con la espada. Camus era un gran estratega que adivinaba las intenciones del enemigo desde antes de que los batallones iniciaran su marcha y en solo unos cuantos años logró ascender a grado de capitán en el modesto regimiento sureño.

Camus solo estuvo listo para ofrecerle sus servicios al Príncipe cuando cumplió los veintidós años. A esa edad había comprendido que su familia únicamente deseaba verlo en Arles en espera a que algún día fuese condecorado con un título nobiliario. Aunque el oficio de mercader podía generar mucho dinero, los títulos lo eran todo en un país como Vere. Su familia nunca alcanzaría el prestigio que deseaba hasta que ganara el favor del Príncipe y un lugar en su corte. Camus comprendía los deseos de su familia y, hasta cierto punto, los respetaba, pero si decidió marchar hacia la capital fue únicamente para demostrar su valía como protector de la nación.

Partió hacia Arles con poco más que su caballo y una carta de recomendación de su general. Viajó por varios días hasta llegar a una posada a las afueras de la capital, donde escuchó que el Príncipe ya no se encontraba en la ciudad. El Regente, encargado de dirigir el país hasta que el joven Príncipe cumpliese los veintiún años y pudiese ser coronado rey, confiscó sus tierras y legiones con excusa de disciplinarlo. Como tío del futuro rey, insistió en que era su deber inculcarle amor y respeto hacia su patria, y decidió que no habría mejor modo para hacerlo que enviándolo a una expedición a la frontera sur. La zona era inestable, llena de ladrones e incursiones de las tropas akielenses. Por si fuese poco, el Príncipe no viajaría con sus propias tropas, sino con una exigua guardia de soldados inexpertos, muchos de ellos fieles al Regente. Era claro para Camus —y para muchos otros— que aquella era una sentencia de muerte. El Príncipe moriría en la frontera, fuese en batalla o a manos de un traidor, y entonces el Regente sería coronado como el nuevo rey de Vere.

Camus hizo todo lo posible para ir en su ayuda. No obstante, el Regente ya había ejecutado su estrategia y todos los regimientos fieles al Príncipe fueron sitiados. Se les cortó el suministro de comida, dinero y armas, y cualquier indicio de insurrección era castigado con la muerte. Su diplomacia le permitió librarse de esta, pero de poco le serviría al Príncipe mientras estuviese desarmado y lejos de él.

Afortunadamente, lo inesperado ocurrió y el Príncipe se alió con el Rey de Akielos. Juntos derrotaron a las tropas del Regente, castigaron a los traidores e incluso unieron a ambos países en una alianza. Vere y Akielos se convirtieron en un solo país, terminando así con las batallas por conquista de territorio y ampliando las rutas comerciales. Marlas, ciudad ubicada entre ambos países, se convirtió en la nueva capital y fue ahí a donde Camus tuvo que viajar para seguir adelante con su sueño.

Comparada con Arles, Marlas parecía ser insuficiente para convertirse en la capital del nuevo imperio. Sin embargo, contaba con una historia común que honraba a ambos países. Históricamente, Marlas le pertenecía a Vere, pero los akielenses la conquistaron seis años atrás y la convirtieron en su segundo puerto más importante después de su propia capital, Ios. Durante su ocupación, el castillo de Marlas fue mutilado para emular las austeras fortalezas akielenses y solo recuperó su grandiosidad vereciana con la reciente unificación. El interior del castillo estaba repleto de las voluminosas cortinas, los muebles acojinados y las enormes alfombras que eran tan apreciadas en Vere. Para cuando el soldado que le escoltaba le dejó frente a la puerta del Capitán de la Guardia Real, ya había aprendido a ignorar los pequeños rastros del estilo de vida akielense. Fue en el momento en que la puerta se abrió y pudo observar una habitación casi desnuda que regresó a la realidad.

Sentado detrás de uno de los escritorios se encontró con el Capitán Shion. Era un hombre alto y de complexión delgada, parecía tener alrededor de cincuenta años y en su rostro se denotaba el cansancio provocado tanto por la edad como por las batallas. Estaba concentrado estudiando un par de pergaminos entre sus manos e hizo un gesto con su mano para que le esperara. Camus se mantuvo en guardia por segundos que le parecieron eternos y comenzó a contemplar la idea de disculparse y de regresar más tarde para evitarse la incómoda situación. No obstante, decidió ser fuerte y esperó con paciencia a que Shion terminara de revisar sus documentos y le indicara que podía sentarse frente a él.

—Camus de Monpazier —dijo con voz grave, mientras leía un desgastado pergamino con sus datos—, soldado del ejército del sur desde los dieciocho años, ascendido a grado de capitán a los veinte años e interesado en formar parte de la Guardia Real —dejó el pergamino a un costado y lo miró atentamente por primera vez—. Obtener el grado de capitán a esa edad es sorprendente, sobre todo cuando no se cuenta con un familiar en la corte.

Camus contuvo la molestia que le provocaron las palabras del Capitán. Estaba acostumbrado a que le recordaran los humildes orígenes de su familia, pero nunca esperó recibir tales comentarios de alguien de quien solo había escuchado halagos.

—Mis deseos de defender a mi país y a mi Príncipe son lo único que necesito para seguir adelante, Capitán.

El hombre no se sorprendió por su respuesta y se limitó a asentir.

—Tu antiguo general te ha recomendado extensivamente. Debe estar haciéndose viejo; hace veinte años no se habría tomado la molestia de escribir una carta de recomendación. Serviste cinco años en la frontera. ¿Puedes decirme contra quién alzabas tus armas?

Confundido por la pregunta, Camus se tomó algunos segundos para dar una respuesta que Shion ya conocía.

—Akielenses, señor. El principal deber de mi regimiento era defender la frontera suroeste.

—¿Estás al tanto de que el Rey de Akielos y el Príncipe de Vere están trabajando en la unificación de sus naciones?

La segunda pregunta le pareció aún más innecesaria que la anterior. Camus no estaba seguro de hacia dónde se dirigía el Capitán.

—Por supuesto, señor —no había un alma que desconociera la noticia—, y estoy feliz de que así sea. La guerra duró demasiado tiempo.

—¿Estás de acuerdo con la alianza? —preguntó con incredulidad—. Me sorprende. Peleaste en la frontera. Sabes perfectamente de lo que los akielenses son capaces.

El despectivo modo en el que Shion pronunció el gentilicio casi hizo sonreír a Camus. Después de varios segundos de incertidumbre, entendió qué era lo que sucedía. El descubrimiento menguó su nerviosismo y supo hacia dónde era que tenía que dirigir sus respuestas.

—Sí, señor. Les he visto mutilar y asesinar a mis hermanos del mismo modo en el que nosotros mutilamos y asesinamos a los suyos. Confío en el Príncipe y en su capacidad para tomar la mejor decisión para su pueblo, especialmente cuando su decisión se encuentra tan cerca de lo que desea mi corazón.

Shion arrugó la nariz, apretó los labios y calló por unos momentos. Camus sabía que su respuesta le había tomado por sorpresa y que buscaba la mejor forma de rebatir sus palabras.

—Tu confianza hacia el Príncipe es ciega —gruñó quedamente y entrelazó sus dedos sobre la mesa—. Quizá cambies de idea cuando te diga que sus Excelencias han solicitado que la Guardia Real se componga equitativamente de verecianos y akielenses.

Las palabras de Shion helaron a Camus. Una cosa era convivir en la fortaleza con los akielenses, comercializar con ellos e incluso combatir a su lado, y otra, muy diferente, el aceptarlos en el nobilísimo puesto de Guardia Real. Esos bárbaros —asesinos, repicaba una vocecilla en su interior— jamás serían lo suficientemente buenos como para proteger al hermoso Príncipe de Vere.

Shion sonrió de soslayo al darse cuenta que Camus vacilaba.

—Como Guardia Real no solo entrenarías con ellos, también compartirías armas, comida y barracas.

Camus tomó una larga bocanada de aire y se decidió a retomar el camino de la entrevista.

—También compartiré fortalezas y victorias —respondió con firmeza—. Estoy consciente de que no será fácil, mas prefiero reñir con un akielense por la última botella de vino antes que dirigir un regimiento en su contra por un trozo de tierra.

Aunque el rostro de Shion siguió tan serio como antes, Camus alcanzó a divisar la sombra de una sonrisa.

—Eres ingenuo si crees que esos salvajes disfrutan de algo tan refinado como el vino.

—Está bien —se alzó de hombros—. Me gusta probar licores exóticos.

Shion asintió lentamente y se puso de pie, permitiéndole a Camus admirar su estilizada figura. Notó menor tensión en sus hombros y cierta amabilidad en la forma en la que le ordenó que se levantara de su asiento.

—Pondremos tu perseverancia a prueba —aseguró—. Entrenarás junto con el resto de los candidatos por dos meses. Al concluir este tiempo celebraremos juegos con deportes de ambos países. Será en ese evento en el que el Rey y el Príncipe elegirán a los últimos miembros de su Guardia Real. Te garantizo que sus expectativas son sumamente altas.

Camus tomó aquellas palabras como una señal de aprobación de Shion. El hombre había tendido un anzuelo para descubrir si estaba a favor o en contra de la alianza y Camus, al saber que su deber no era el de cuestionar al Príncipe, logró evadirlo sin problemas. Lo más fácil estaba hecho. Ahora solo tendría que tolerar los dos meses de entrenamiento, sobresalir en los juegos y soportar durante el resto de su vida la convivencia con los salvajes del sur.

Shion lo condujo fuera de la habitación y a través de varios pasillos. Camus notó que las decoraciones y las luces menguaban conforme avanzaban y, cuando descendieron por unas escaleras hasta llegar a unas amplias puertas de madera, los únicos colores que contrastaban con los altos muros de piedra eran las azules capas de los guardias verecianos que la vigilaban. Los soldados hicieron un saludo militar y uno de ellos abrió las puertas de par en par.

Después de haber pasado tanto tiempo en la oscuridad de los pasillos, a Camus le costó varios segundos adaptarse a los brillantes tonos dorados del salón. Las paredes estaban repletas de antorchas y al menos cinco candelabros iluminaban las cuatro arenas del área de entrenamiento. En el lugar había alrededor de tres decenas de hombres, tanto akielenses como verecianos. Era fácil discernirlos no solo por su color de piel, sino por su forma de vestir: mientras los níveos verecianos entrenaban con uniformes tradicionales —botas largas y vistosos trajes decorados con hilos de oro y lazos entrelazados que cubrían a los hombres del cuello hasta los talones—, los morenos akielenses portaban, en el mejor de los casos, desgastados quitones de algodón blanco y, en el peor, andaban desnudos por el área de entrenamiento como si fuesen servidores sexuales y no candidatos para la Guardia Real.

La mayoría de los grupos practicaban combates con armas, ya fuesen espadas y sables o arcos y lanzas; sin embargo, también había un par de hombres combatiendo cuerpo a cuerpo en la arena central. Se trataba de dos akielenses, uno de ellos con larga melena dorada y el otro castaño y de pelo corto. Ambos estaban desnudos y cubiertos por una gruesa capa de sudor, arena y aceite. Se sujetaban con firmeza, solo despegándose ocasionalmente para dirigir embestidas que dejarían a su paso oscuros moretones en sus brazos y cinturas. En un momento, el de pelo corto logró enredar su pierna alrededor de la de su adversario, rompió su equilibrio y cayeron juntos al suelo. Para sorpresa de Camus, la caída no terminó el combate; por el contrario, los hombres parecieron redoblar sus esfuerzos para someter al otro, sujetaron con más violencia e incrementaron el ritmo de sus ataques para así sacar a su contrincante de la arena.

En un momento, el castaño envolvió el cuerpo del otro, sujetándolo fuertemente del pecho con esperanza de poderlo arrastrar fuera de la zona de combate. No obstante, el otro se mantuvo firme y no dejó de mover sus piernas y brazos en un último intento para liberarse. La gente comenzó a reunirse alrededor de ellos y pronto los akielenses —y varios verecianos— comenzaron a espetar obscenidades que hacían eco al rítmico vaivén de sus cuerpos desnudos.

Camus creyó que aquel intercambio duraría una eternidad, pero en un vertiginoso movimiento, el de pelo corto logró afianzar sus brazos alrededor de la cintura del otro y, haciendo uso de la impresionante fuerza de sus piernas, logró alzarlo y lanzarlo a medio metro de distancia. El público explotó en aplausos y silbidos, y no tardaron en rodear al ganador e ignorar al perdedor.

—Es la hora del descanso —comentó Shion y solo entonces Camus recordó que el Capitán se encontraba a su lado—. Les otorgamos una hora de tiempo libre después del desayuno; les ayuda a calentar.

Camus asintió. Suponía que Shion esperaba intimidarlo haciéndole ver que lo que estos hombres consideraban tiempo libre era arduo entrenamiento. No obstante, Camus también había sido parte de un batallón. Él también sabía lo que era despertarse al alba y entrenar hasta que cayera la noche, y necesitaría más que eso para amedrentarlo.

Después de unos segundos, uno de los espectadores de la lucha caminó hacia ellos. Era un akielense con cabello rojizo y de una estatura que en nada se parecía a la de los soldados contra los que había combatido en Monpazier. Era bajo, incluso más que Camus, y las arrugas en su rostro descartaban la teoría de que su estatura estuviese limitada por la edad.

—Así que este es el recomendado de tu amigo… —dijo con una sonrisa y un fuerte acento akielense.

—Camus de Monpazier —explicó Shion—, este es Dohko de Ios, el Capitán akielense de la Guardia Real.

Justo cuando creía que ya nada podría sorprenderle, Shion le exponía que existían dos capitanes para un solo regimiento. Nunca esperó que la orden de equidad hecha por el Rey y el Príncipe fuese tan literal. Dejó a un lado su desconcierto e hizo lo único que le pareció indicado en ese momento: le saludó con tanto respeto como si se tratase de su general.

—¿Hablas akielense? —preguntó Dohko.

—Sí, señor —respondió en el idioma extranjero—. Aprenderlo facilitó mi servicio en la frontera.

Dohko sonrió y continuó hablando en akielense.

—Shion dijo que eras bueno con la espada —no permitió que el joven respondiera, sino que giró el rostro hacia una pequeña arena ubicada a su izquierda—. ¡Aldebarán!

Un segundo akielense apareció entre ellos. A diferencia de Dohko, su estatura era impresionante —al menos dos metros de altura—, y Camus pensó que era el hombre más alto que hubiese visto en toda su vida. Afortunadamente, al igual que Dohko, Aldebarán vestía con el quitón tradicional y Camus no tuvo un motivo más por el cual quedarse pasmado.

—Este es Camus —explicó Dohko—, dicen que era el mejor espadachín de su regimiento. ¿Qué te parece si ponemos los rumores a prueba? —Aldebarán asintió tímidamente y Camus pensó que su sumisa respuesta poco tenía que ver con su enorme estatura y sus toscas facciones—. No te preocupes, Camus. Aldebarán es un hombre cuidadoso; estoy seguro que evitará partirte en dos.

—Qué amable —dijo Camus sin despegar su mirada de Aldebarán—, esperemos que no se arrepienta.

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Capítulo 2

A diferencia de lo que Camus esperaba, su adversario no parecía feliz por la oportunidad de ostentar sus habilidades frente al resto de sus compañeros. Por el contrario, su apenado rostro revelaba su renuencia a seguir las órdenes del capitán.

Aldebarán alzó su mano izquierda y contempló en silencio la espada con la que entrenaba. Frunció el ceño por unos segundos, tornó su rostro hacia un soporte de espadas que descansaba a un costado de la arena y caminó lentamente hacia él. Fue durante este movimiento que Camus advirtió varias cicatrices que recorrían su nuca y hombros hasta perderse debajo de su quitón. El vereciano sabía que el látigo era un castigo usual para los akielenses. Cuando un soldado desobedecía órdenes de su superior, no sólo perdía su rango, también perdía su orgullo al ser marcado de por vida. En casos más severos, el insurrecto era azotado tantas veces que moría antes de terminar su castigo. Aldebarán era un hombre grande y no era sorpresa que sobreviviera al látigo; lo inusual estaba en que alguien marcado estuviese entre los potenciales miembros de la Guardia Real. Camus se preguntó qué habría hecho el hombre para recibir tal castigo y qué más para ser aceptado entre los aspirantes.

Aldebarán reemplazó su anterior espada por un sable de menor longitud y con él dio un par de estocadas al aire. Satisfecho con su nueva arma, miró a Camus y con un rápido movimiento de cabeza le indicó que era su turno de elegir espada. A pesar de estar más acostumbrado a las espadas largas, el vereciano eligió una idéntica a la de su contrincante. Apenas era su primer día de entrenamiento y todavía no tenía intenciones de mostrar todas sus cartas.

Una vez armados, los hombres regresaron al centro de la arena e iniciaron su combate. Como era costumbrel en aquel tipo de enfrentamientos, los primeros movimientos meramente buscaban conocer las habilidades del contrincante y Camus solo le bastaron tres estocadas para darse cuenta que tendría que protegerse de la fuerza física de Aldebarán, así como de su rapidez. Era verdaderamente admirable que alguien tan grande pudiera moverse con tanta agilidad y, si bien distaba mucho de estar al nivel de Camus, era algo con lo que definitivamente no había contado.

Los ataques del akielense eran más defensivos que ofensivos. Aldebarán resguardaba ardientemente su posición y era Camus quien tenía que alejarse constantemente de él con afán de obligarlo a romper su postura. Se mantenía impasible ante sus amagues y por más que buscaba encontrar un punto débil en su espada, lo único que lograba era cansarse a sí mismo antes de tiempo.

A pesar de que el vereciano se había enfrentado incontables veces contra espadas akielenses, nunca se había topado con un estilo semejante. Donde sus compatriotas solían ser agresivos e imprudentes, Aldebarán era mesurado y cauto. Por si fuera poco, el hombre portaba su sable con la mano izquierda e impedía que Camus sacara total provecho de sus propias habilidades.

Camus estaba acostumbrado a tener la ventaja de su rapidez. Sus ataques se basaban en estocadas rápidas y profundas que se alejaban del enemigo con tanta agilidad como con la que llegaban. Solía mantenerse alejado de su contrincante; se enfocaba en rodearlo y atacarlo azarosamente en diferentes puntos con tal presteza que daba la impresión de tratarse de varios enemigos en lugar de uno. Su general llegó a comparar su técnica como el viento del norte: cortante, violenta e invisible. No obstante, aquel estilo poco servía ante Aldebarán. Él era una roca y las ráfagas de Camus ni siquiera hacían mella a su resistencia física.

Tras cuatro minutos de combate, la nuca y espalda baja de Camus se llenaron de sudor. Si el duelo se extendía aún más, Aldebarán aprovecharía su cansancio para lanzar un último golpe que sería incapaz de contener. Había buscado el punto débil de su contrincante desde el instante en el que puso un pie en la arena y había fallado en encontrarlo. Consecuentemente, optó por buscar un nuevo método para aventajarse y, después de varios segundos más de infructuosos ataques, Camus tuvo su oportunidad.

Aldebarán, consciente de su aventajada posición, comenzó a tornar su defensa en ofensiva. Dejó de limitarse a bloquear las estocadas de Camus y comenzó a contratacarlas. El vereciano fue lo suficientemente rápido para evitar sus respuestas hasta que el cansancio le obligó a recibir y bloquear una de ellas. El ataque vino de arriba y Camus tuvo la fortuna de poder ampliar su postura lo suficiente como para contenerlo. Dio varios pasos hacia atrás y, sin separar su mirada del contrincante, se percató del desbalance en la postura del akielense. El hombre estaba tan acostumbrado a mantener su posición que su movimiento de pies era desequilibrado y dejaba indefensas sus piernas. Además, su enorme estatura —a primera vista una gran ventaja— le daba a Camus mayor apertura para atacar sus extremidades.

El plan que formó no era brillante: se trataba de una técnica sencilla que sería inútil contra espadachines con pies más habilidosos o armas más largas. Si bien no le daría una victoria llamativa, sería mil veces mejor que ser derrotado.

Camus inhaló profundamente y se lanzó al ataque, esta vez dirigido al cuello de Aldebarán. El hombre supo al instante que se trataba de una finta y se limitó a inclinarse levemente hacia atrás y a proteger la parte superior de su cuerpo. Sabía que vendría un segundo ataque, mas no contó con que estuviera dirigido a su rodilla. En menos de un segundo Camus extendió sus piernas, inclinó su torso para eludir una estocada de Aldebarán y dirigió su sable hacia adelante, justo en la rodilla derecha del akielense. El golpe no tuvo intención de lastimar severamente la articulación, pero fue suficiente para provocarle una herida superficial y obligarlo a hincarse. Después de un instante, Camus apuntó su sable hacia la nuca de su contrincante y le fue difícil contener una sonrisa al darse cuenta de que su truco había funcionado a la perfección.

Alzó la mirada en búsqueda de la reacción de los capitanes y se sorprendió al darse cuenta que la arena estaba totalmente rodeada de soldados. Shion y Dohko estaban al frente, el primero con un parco rostro de indiferencia y el segundo con los ojos abiertos de par en par. El silencio cubrió la zona de entrenamiento por varios segundos hasta que Dohko lanzó una tremenda carcajada y caminó hacia ellos.

—¡Ustedes y sus sucios trucos verecianos! —dio una fuerte palmada en la espalda de Camus—. Jamás creí que alguien vencería a este grandote con tanta facilidad. Buen trabajo.

Una parte de Camus se indignó por ser acusado de hacer trampa y otra se felicitó por hacerle creer al capitán que su victoria había sido fácil. Bajó su arma y dio un paso hacia atrás para permitirle a Dohko examinar la herida de Aldebarán.

—No se ve tan mal —aseguró con una sonrisa—. De todas formas, ve a que te revisen eso, ¿quieres? —Dohko alzó el rostro hacia el resto de los soldados y señaló a uno de ellos—. Acompáñalo. Si se cae encima de alguien podría asfixiarlo y matarlo.

La desorientada expresión en el rostro de Aldebarán era clara señal de que aún no comprendía lo que sucedía y solo pareció salir de su trance cuando su compañero le ayudó a levantarse. Dohko ni siquiera se molestó en esperar a que los hombres salieran del salón para dictar su veredicto.

—Bienvenido al equipo, Camus —juntó las palmas de sus manos en un fortísimo aplauso y alzó aún más la voz—. ¡Suficiente espectáculo, todos! ¡Es hora de salir! ¡Veamos si hoy sí pueden mantener sus filas por más de cinco minutos!

Mientras el resto de los hombres se preparaba para seguir a Dohko hacia la armería, Shion enfrentó a Camus.

—Ese movimiento no habría funcionado contra un vereciano —aseguró.

—Afortunadamente no combatía contra uno, señor.

En esa ocasión, la sonrisa de Shion fue más que evidente.

—¡Milo! —gritó el capitán y Camus reconoció al hombre de cabello largo que había perdido el combate que presenció apenas llegó—. Deja de sentir lástima por ti mismo y ven para acá —el hombre obedeció sin rechistar y se ubicó junto a Camus—. Ayuda al recién llegado con sus pertenencias y muéstrale el cuartel. Explícale lo básico y, una vez que terminen, preséntense armados en el patio sur.

—Sí, señor.

Shion asintió y dio media vuelta para acompañar al resto de los hombres.

Milo, quien gracias al cielo ya se había cubierto con un cortísimo quitón, le miró por unos instantes antes de decidirse a hablar.

—¿Dónde dejaste tus cosas?

—En las caballerizas del patio principal.

—Vamos por ellas. Aprovechemos para llevar tu caballo a los establos de la guardia.

El pelirrojo asintió y siguió a Milo por los intrincados pasillos de la fortaleza y después a través de sus largos patios. Durante el trayecto, el hombre contempló el bien formado cuerpo de su nuevo compañero. Sus ojos eran de un hermoso verde azul, su espalda ancha y su cintura fina y el cortísimo quitón que portaba hacía poco para cubrir sus musculosas piernas. Era fácil imaginárselo como una de esas estatuas de mármol tan comunes en Akielos: alto, imponente y con un cuerpo esculpido por el mejor artista del mundo. Camus sabía que lidiar con los akielenses sería complicado, pero si la mitad de sus compañeros eran la mitad de atractivos que Milo, estaba seguro que, al menos, pasaría muy buenos momentos admirándolos.

El moreno recibía sin cuidados la atenta mirada de Camus e incluso aprovechaba algunos momentos para satisfacer su propia curiosidad. No obstante, fue solo hasta que dejaron el caballo en el establo que comenzó a hablar.

—Hiciste una buena entrada. Nunca antes habían derrotado a Aldebarán.

—De ser así, creo que no se ha enfrentado contra muchas personas.

Milo lanzó la cabeza hacia atrás con una fuerte carcajada que extrañó a Camus.

—No sabes lo que dices. Te aseguro que se ha enfrentado contra más hombres que tú y yo juntos —arqueó la ceja izquierda y le empujó levemente con su hombro—. En cualquier caso, puede que no se haya enfrentado contra suficientes verecianos. De otra forma habría visto venir tu truco.

—¿Tú también crees que jugué sucio? —preguntó y detuvo su marcha. Milo tuvo que regresar un par de pasos para colocarse frente a él.

—En la guerra es necesario derrotar al enemigo a toda costa —aseguró con seriedad—. Cualquier técnica es válida con tal de proteger a tu nación. Sin embargo, estamos hablando de un entrenamiento. No había necesidad de hacer algo así.

Camus se alzó de hombros y sonrió mordaz.

—Quizá no te hayas dado cuenta todavía, Milo. No es una guerra, pero nos preparan para ella.

El akielense frunció el ceño y cerró aún más la distancia entre ellos.

—No hables como si no lo supiera. Combatí en la frontera con Vere por cinco años.

Camus parpadeó varias veces y desvió la mirada. Milo había combatido en el ejército por el mismo tiempo que él.

—Yo también serví en la frontera, en Monpazier, cerca de-

—Sé dónde está Monpazier —interrumpió—. Estuve ahí un par de veces. Pensaría que alguna vez peleé en tu contra, pero habría recordado… —por algún motivo desechó la idea que estaba a punto de pronunciar.

—¿Recordado qué?

Milo carraspeó y dio media vuelta para seguir su camino hacia los dormitorios.

—Olvídalo. ¿Sabes? Hace tiempo escuché el rumor de que algunos nobles de Vere teñían su cabello con extractos de plantas. Una vez que llegué aquí, me enteré que era cierto.

Por extraño que fuera, el súbito cambio de tema divirtió a Camus, quien sonrió para sí mismo antes de ajustar el agarre de su morral y seguirle.

—Es cierto, aunque yo no soy noble ni me tiño el cabello.

El otro detuvo sus pasos abruptamente y Camus casi chocó contra él.

—¿Entonces es natural? Nunca había visto un cabello como el tuyo.

—Es inusual, incluso en Vere —Milo emitió un sonido gutural que Camus no supo cómo descifrar—. Tu color rubio también lo es, al menos en Akielos, ¿no es así?

Abochornado, Milo bajó el rostro y colocó su mano izquierda sobre su cabeza. A Camus le pareció un vano intento de ocultar el color de su cabello.

—Inusual —frunció el ceño—. Usemos esa palabra.

Después del peculiar intercambio, los hombres continuaron su camino hacia las cámaras de los aspirantes. Estas se encontraban en el sótano de la torre sur, medio ocultas por un sinfín de escaleras y firmemente protegidas por enormes puertas de madera y metal. A Camus no le habría sorprendido que ese lugar hubiese sido un calabozo no hace mucho tiempo atrás. Afortunadamente, una vez que Milo abrió la puerta de uno de los dormitorios y encendió un par de antorchas, se percató de que la estancia no era tan terrible como parecía. El salón era amplio y limpio; además, gracias una serie de ventilas en el techo, una corriente de aire frío corría por la habitación y la refrescaba a pesar de la carencia de ventanas. Camus reconocía aquel artificio como parte de la ingeniería de su país y pensó que tenía suerte de poder dormir en una zona del castillo más vereciana que akielense.

—Este es el primero de tres dormitorios. Puedes elegir cualquier cama que esté disponible.

La habitación constaba de dos largas filas de diez camas cada una. Sin embargo, únicamente parecían haber tres espacios disponibles y estos correspondían a los más cercanos a la puerta y, por lo tanto, los más ruidosos. Al no tener otra opción, dejó la bolsa con sus cosas sobre el colchón más próximo.

Milo tomó asiento en la cama opuesta y comenzó a explicarle la rutina usual. El grupo se despierta poco antes del alba y tiene que estar en el patio sur en quince minutos. Ahí realizan ejercicios de levantado de campamento hasta que dan las nueve en punto, cuando el desayuno es servido. Si para esa hora hay una sola tienda fuera de lugar, todos los soldados se quedan sin comer, sin excepción. Como Shion le había dicho anteriormente, después del desayuno había una hora libre y a las once continuaban con el entrenamiento general. Las prácticas proseguían hasta el anochecer y solo eran interrumpidas por un rápido almuerzo que podía o no cancelarse dependiendo del desempeño de los hombres. La cena se servía a las nueve de la noche y las antorchas se apagaban a las once.

Todo aquello le pareció bastante sensato a Camus, quien había esperado toparse con un entrenamiento infernal.

—Hay algo más —continuó Milo con un severo tono de advertencia—. La Guardia Real tiene una muy estricta ley en contra de las peleas internas. Cualquier hombre que golpee a otro fuera del campo de entrenamiento es severamente castigado.

—¿Lo degradan?

—Lo ejecutan.

Camus sopesó aquellas palabras por largo tiempo. Los ejércitos estaban repletos de hombres acostumbrados a las batallas, impetuosos y violentos. Las riñas eran algo común en cualquier campamento y le parecía absurdo que fuesen castigadas tan severamente.

—Originalmente la regla solo era válida cuando un vereciano hería a un akielense y viceversa —explicó Milo—. Sin embargo, el Príncipe arguyó que ahora formábamos parte de la misma nación y que carecía sentido marcar las diferencias. El castigo para los aspirantes es menos severo: se nos descalifica al momento y se nos obliga a abandonar el castillo.

—¿Es común que eso pase? —preguntó Camus después de meditar la situación por casi un minuto.

—No tanto como uno pensaría —aseguró—. El entrenamiento es pesado y deja poco tiempo para que peleemos entre nosotros.

El vereciano rio secamente y se cruzó de brazos.

—Eso lo explica…

—¿Qué?

—Me preguntaba por qué los capitanes cedían tanto tiempo después del desayuno. Quieren ver cómo nos comportamos sin supervisión directa. Seguramente están a la espera de conflictos para identificar a quienes no son aptos para servir en la guardia.

Sorprendido, Milo alzó las cejas y entreabrió su boca. Tartamudeó varias veces antes de poder concentrarse lo suficiente como para formar una oración con sentido.

—Ya decía yo que había demasiado espacio entre la cena y la hora de dormir —bufó—. Esa es una sucia treta vereciana; sin duda se le ocurrió a Shion.

—Por supuesto que se le ocurrió a Shion —dijo Camus—. A un akielense jamás se le habría ocurrido algo tan astuto.

Milo rio de buena gana, se puso de pie y le dio una fuerte palmada en la espalda.

—Vamos, podrás ordenar tus cosas más tarde. Tenemos que conseguirte una armadura.

Camus asintió y ayudó a Milo a apagar las antorchas antes de salir del dormitorio.

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Capítulo 3

Una vez que Camus dejó sus objetos personales en las barracas, Milo lo condujo a la armería, la cual se ubicaba a un costado del patio sur. En esos momentos había pocas armaduras y armas para elegir, así que Camus supuso que la mayoría de ellas estaría en manos de sus compañeros.

—Estas son las armaduras que aún no tienen dueño —explicó el rubio—. Puedes elegir la que gustes, sea akielense o vereciana. El Príncipe está trabajando en un diseño unificado. Podremos portarlo una vez que ganemos el derecho de formar parte de su guardia.

El pelirrojo examinó detalladamente las opciones que tenía hasta que su cerebro digirió por completo las palabras de Milo.

—¿El Príncipe?

Milo parpadeó varias veces.

—¿El Príncipe qué?

—¿Está diseñando las nuevas armaduras?

El otro sonrió ampliamente y asintió con entusiasmo.

—¿No lo sabes? Él es sumamente talentoso. Incluso creó el escudo del nuevo imperio.

Camus quedó impresionado. Fue en su llegada a Marlas que vio por primera vez el estandarte que uniría a las dos naciones: un león dorado coronado por una estrella de dieciséis picos en un fondo azul. El león era el signo de la familia real akielense, mientras que la estrella representaba la familia del Príncipe. El simple diseño era ideal para simbolizar la alianza y Camus suponía que no tardaría mucho en hacerse popular. Sin embargo, jamás imaginó que hubiese sido creado por el Príncipe. Habría pensado que la realeza tenía mejores cosas que hacer que dibujando estrellas y leones.

A sabiendas de que aquel pensamiento no lo llevaría a ningún lado, el pelirrojo siguió buscando una armadura que se acoplara adecuadamente a su cuerpo. Como era de esperarse, ignoró las opciones akielenses e inmediatamente rebuscó entre las piezas verecianas. Su diseño era anticuado, pero estaban bien mantenidas y el acero era de excelente calidad, ligero, resistente y sin un rastro de óxido. Un relieve de la estrella de la familia real decoraba las pecheras, y los yelmos estaban bellamente grabados con sinuosas líneas que solían indicar el rango de su dueño.

Le tomó diez minutos encontrar una combinación de armadura y cota de malla adecuada, y otros veinte más colocársela por su cuenta. Milo lo observó en silencio durante todo ese tiempo.

—Te sienta bien —comentó sin despegar sus ojos de él—. Si necesitas un ajuste

puedes ir con el herrero después de la cena. Suele trabajar de noche.

—No será necesario —aseguró—. Únicamente tendré que utilizarla unas cuantas semanas.

Milo arqueó la ceja izquierda y, con una sonrisa mal disimulada, chasqueó la boca.

—Eres optimista. Eso es bueno.

Sin decir más, se dirigió al extremo opuesto de la bodega y comenzó a colocarse su propia armadura. Se trataba de un diseño akielense: yelmo, un ceñido peto, un par de voluminosas hombreras de acero y unas tiras de cuero y metal que escuetamente cubrían los muslos y la entrepierna. Camus sabía que el desbalanceado arreglo se debía a que la armadura de los sureños se enfocaba en proteger a los soldados de los proyectiles, mientras que sus escudos, alineados en perfectas falanges, los protegían de los ataques directos. A pesar de que el diseño funcionaba adecuadamente, las armaduras akielenses lucían insuficientes a lado de las corazas de cuerpo completo tan comunes en Vere.

Ambas armaduras tenían sus ventajas y desventajas y sería interesante ver qué propuesta traería el Príncipe para aprovechar al máximo las primeras. Entretanto Milo ajustaba sus sandalias, Camus pensó que no le molestaría mucho que la nueva armadura mantuviese las piernas desprotegidas. Era innegable que las tiras de cuero oscuro resaltaban hermosamente los muslos de su compañero y sería una pena que algún día tuviesen que ser cubiertos por aburridas cotas de malla. El pensamiento llevó un ligero rubor a sus mejillas y tuvo que decir lo opuesto a lo que pensaba para disipar un poco su bochorno.

—Ojalá que la nueva armadura prescinda de las faldas.

Milo colocó su mano en la cadera y balanceó todo su peso en su pierna izquierda para denotar lo mucho que apreciaba la libertad de movimiento.

—Ojalá que prescinda de los lazos —le retó en broma y le condujo fuera de la armería.


Camus no tardó en sentirse culpable por haber desacreditado las palabras de Milo y haber pensado que el entrenamiento no sería tan terrible como esperaba. En su primer día se dedicaron a armar, mantener y atacar diversas formaciones. Al haber servido en la frontera, Camus reconocía casi todas las maniobras y al menos la mitad de sus compañeros eran tan experimentados como él. Sin embargo, una cosa era conocer las defensas y los ataques, y otra era poder realizarlos cuando tu compañero más cercano se movía de un modo muy diferente al tuyo. Los grupos de entrenamiento estaban totalmente mezclados; mientras los movimientos verecianos eran fluidos y gráciles, los torpes y pesados akielenses alentaban las filas y desbalanceaban los embistes.

Cada bloque de soldados parecía estar conformado por dos fuerzas dispuestas a alejarse lo más posible la una de la otra. No era algo que los hombres hicieran intencionalmente, simplemente se trataba de la naturaleza humana de buscar acercamiento a lo que les era familiar. Era algo instintivo y especialmente difícil de controlar cuando recibían un ataque del bloque contrario. Sus columnas eran frágiles y si no lograban mantenerse firmes ante el embiste de un grupo igual de desorganizado que ellos, no sobrevivirían una guerra de verdad.

Con el paso de las horas, Camus se percató que solo había un pequeño grupo de soldados que parecía saber lo que estaba haciendo. Todos eran akielenses y, a diferencia de sus compatriotas, sus movimientos en defensa emulaban a los de los verecianos. Eran rápidos, y sabían cuándo presionar a sus contrincantes con sus escudos y cuándo debían plegarse para dar espacio a la fila de las espadas. Cuando era el turno de atacar, eran ellos quienes penetraban primero al bloque enemigo y con sus lanzas sin filo se aprovechaban de las debilidades de las armaduras de ambos países. Quizá, con el paso de los días, el resto podría aprender de ellos. No obstante, en esos momentos estaban lejos de alcanzarlos.

Camus se preguntaba por qué los capitanes insistían en que cada soldado usara el arma que quisiera y, más aún, por qué los organizaban en formaciones tan cerradas. Su pregunta halló respuesta cuando dos hombres comenzaron una discusión verbal que estuvo a poco de llegar a los golpes. El pelirrojo comprendió que los capitanes propiciaban las peores situaciones posibles con tal de incitar los conflictos y localizar así a los insurrectos. Únicamente los soldados con mayor paciencia y tolerancia durarían lo suficiente como para llegar al torneo.

Camus se sintió satisfecho con llegar sano y salvo al almuerzo. La comida no fue abundante, pero sí de buena calidad, y venía acompañada con un par de copas de vino. El almuerzo le permitió soportar los ejercicios de la tarde y el vino a afrontar su nueva situación con optimismo.

Para cuando llegó el atardecer y les permitieron lavarse y cambiarse, el pelirrojo se encontraba completamente exhausto. Su cuerpo le dolía como si hubiese participado en una batalla de dos días y, a pesar de que había utilizado sus guantes de piel, sus manos estaban hinchadas por haber sujetado por tanto tiempo la espada.

Tal era su cansancio que consideró muy seriamente eludir la cena para irse directamente a la cama. Si decidió dirigirse al comedor fue únicamente porque temía que el hambre lo despertara a mitad de la noche.

El comedor se encontraba en un salón angosto con techo muy alto. Únicamente había dos mesas de madera, pero eran tan largas como la estancia misma. Recibió su ración y se percató, con mucho gusto, que era más generosa que la del almuerzo, y mientras avanzaba por el pasillo entre las dos mesas, se percató del silencio que había entre hombres. Parecía ser que no era el único a punto de quedarse dormido, ya que muchos se esforzaban por mantener sus cabezas en alto y lejos de sus platos de estofado.

El plan original de Camus era comer lo más rápido posible e irse a descansar. Sin embargo, un entusiasta grito llamó su atención y le hizo darse cuenta de que le sería imposible ir a la cama sin antes socializar por unos minutos.

—¡Camus! ¡Ven, siéntate con nosotros!

No se sorprendió al ver que la persona que lo llamaba era Milo y tampoco el hecho que el hombre que había vencido al rubio en la arena estuviese sentado a su lado. Lo que le descolocó fue ver a Aldebarán sentado frente a él, acompañado del soldado que lo había acompañado al médico. Le tomó unos segundos aceptar la invitación de Milo, pero cuando este se movió en el asiento para darle espacio entre él y su compañero, Camus supo que no había un modo civil de escaparse de la situación. Exhaló pesadamente y se sentó entre Milo y el hombre de cabello corto.

—¿Ya conocen a Camus? Desde hoy entrenará con nosotros.

—Lo sabemos, tarado —dijo el castaño—. Estuvimos ahí cuando lo presentaron.

Milo ni se inmutó por el despectivo tono de su compañero.

—Este es Aioria. Será muy bueno en las luchas, pero para el resto de las cosas es un estúpido —aunque el aludido respondió al insulto, Milo ya no le prestaba atención—. Él es Mü. Viene de Arles.

El nombre de la antigua capital de Vere llamó la atención de Camus, quien posó los ojos en su compatriota. Mü era sumamente pálido, sus ojos eran de un verde clarísimo y su cabello estaba teñido con un ligero tono violeta. Su refinado porte y sus delicadas facciones dejaban en claro que Mü pertenecía a la aristocracia. En una guardia real normal, la mayoría de los soldados serían nobles, mas en un grupo tan peculiar como el suyo, los nobles debían ser más la excepción que la regla.

—Bienvenido a Marlas —dijo en torpe akielense—. Espero que el clima no esté siendo tan cruel contigo.

Camus negó con la cabeza.

—Soy del sur, de Monpazier. Estoy acostumbrado al calor.

Aioria resopló fuertemente.

—¿Calor? ¡Estos son juegos de niños! Si quieren calor de verdad deberían ir al sur de Akielos. ¡El verano les haría cambiar sus lazos y botas por quitones y sandalias!

Milo puso los ojos en blanco y le ofreció un trozo de pan a su compañero.

—Mira, ponte esto en la boca y cállate —se dirigió nuevamente a Camus—. Finalmente, este es Aldebarán, aunque eso ya lo sabes.

—Fue una buena pelea, Camus —dijo con la amable sonrisa que parecía ser usual en él—. Me tomaste por sorpresa.

El vereciano asintió y contuvo el impulso de mirar por debajo de la mesa para verificar el estado de su rodilla.

—¿Cómo está tu herida?

El hombre infló su pecho y dio una fuerte palmada en la mesa.

—Fue un rasguño. El médico dijo que podré regresar a los entrenamientos mañana.

—Pasado mañana —corrigió Mü.

—Esa fue una recomendación —murmuró.

Mü tenía intenciones de insistir en el tema de la recuperación de Aldebarán, pero Milo tenía sus propios planes: mantener a Camus como el centro de atención.

—Me preguntaba si el cabello de Camus era como el tuyo, Mü, pero su color rojo es natural.

El vereciano ladeó el rostro y miró atentamente al pelirrojo.

—¿Estás seguro? ¿Ya lo confirmaste?

Tomó algunos segundos para que Milo comprendiera lo que Mü insinuaba y cuando lo hizo, un fuerte rubor cubrió sus mejillas. Segundos después, Aioria se atragantó con su comida.

Mientras el pobre de Aioria tosía y Milo se recuperaba de la impresión, Camus miró atentamente a Mü. Pese a que su comentario parecía completamente inocente, el pelirrojo reconoció cierta malicia en sus ojos.

—Para ser gente que lucha sin ropa, los Akielenses son exageradamente pudorosos —comentó el noble.

—Disculpa… —Camus entrecerró los ojos—, me pareces familiar. ¿Eres acaso…?

En ese instante, fue interrumpido por una fuerte carcajada de Aldebarán.

—Es idéntico a su padre, ¿no es así?

—¿Padre?

Mü asintió.

—Soy hijo del Capitán Shion. Admito que no estaba en mis planes formar parte de la guardia, pero mi padre me habría matado si ni siquiera lo hubiese intentado.

Camus quedó francamente sorprendido. Se imaginaba que todas las cortes estarían repletas de casos de nepotismo y el hecho de que el hijo del Capitán entrenara, comiera y durmiera con el resto de los aspirantes hablaba bien tanto de Mü como de Shion.

—A mí me parece que todavía lo intenta —la voz de Aioria aún estaba resentida por su ataque de tos—. El Capitán le exige como a nadie más. Cualquier día de estos va a caer muerto de cansancio.

—Mü es fuerte —dijo Aldebarán con tal seriedad que desconcertó al resto de sus compañeros—. Es de los mejores soldados que tenemos y, sin duda, el mejor arquero.

—No estoy diciendo que sea débil. Solo digo que parece que el Capitán lo quiere matar.

—Creo que puedo ingeniármelas —aseguró Mü—. Pese a que no tengo su experiencia en el campo de batalla, mi padre ha vigilado atentamente mis entrenamientos desde que era pequeño.

—Es una pena que no hayas servido en campaña todavía —comentó Aioria—. Habría sido ventajoso tener verecianos como ustedes en… —fue interrumpido por un lastimero quejido de Milo—. ¿Ahora qué?

—Ya vas a empezar con tus aburridas historias de guerra —acusó el rubio.

—¡No son aburridas! Además, Camus aún no las ha escuchado.

—Suerte para él —murmuró Aldebarán, lo que provocó una suave risa por parte de Mü.

—Me parece que este ha sido un día lo suficientemente emocionante para Camus —aseguró Mü—. Puedes guardar tus aventuras para un día en el que esté menos cansado.

—¡Como quieran! —Aioria se cruzó de brazos—. ¡Ustedes se lo pierden!

A pesar de que Camus sabía que Mü lo utilizó como excusa para lograr que Aioria se callara, quedó agradecido con él. Estaba demasiado cansado como para seguir escuchando a los demás.

Los hombres cenaron en silencio y se dirigieron al dormitorio en cuanto terminaron. Camus ni siquiera intentó acomodar sus cosas, sino que se metió debajo de las sábanas y, casi al instante, cayó en un profundo sueño.

Chapter Text

Camus estaba acostumbrado a levantarse sumamente temprano. Sin embargo, el agotamiento del día anterior fue tal que solo fue despertado por el ruido que hacían sus compañeros. Salió lentamente de su camastro y, con los ojos entrecerrados, miró a su alrededor: más de la mitad de los hombres ya se había levantado y comenzaban a prepararse para un nuevo día de entrenamiento. El joven exhaló cansinamente y frotó su rostro con ambas manos. Odiaba no despertarse por su cuenta y si de por sí amanecía mal humorado, el inesperado escenario drenaba por completo su entusiasmo. Lo único que le dio fortaleza para ponerse de pie fue ver a los pocos soldados con el sueño tan pesado que ni siquiera el barullo a su alrededor les despertaba. Suponía que ellos tendrían un amanecer aún más difícil que el suyo y casi sonrió disfrutando la desgracia ajena.

Resignado a enfrentarse a un nuevo día, se alistó en cuestión de minutos, apenas a tiempo para recibir apropiadamente a los capitanes. Les dieron las órdenes para esa mañana y se dirigieron a las caballerizas, donde prepararon sus monturas y se alistaron para los ejercicios matutinos.

Realizaban las prácticas de campamento a aproximadamente dos kilómetros de distancia del castillo. Gracias a sus muchos años en campaña, Camus estaba más que acostumbrado a armar campamentos y no le fue difícil seguirle el paso a sus compañeros. La mayoría trabajaba en equipo para alzar las tiendas y revisar las armas. Parecía ser que todos tenían ya una responsabilidad y Camus, al haber llegado tarde a la repartición de las mismas, tuvo que limitarse con el aburrido trabajo de verificar el inventario de las provisiones. Una vez que el campamento estuvo listo, Dohko dio la orden para desarmarlo nuevamente y todos pusieron manos a la obra. El ejercicio completo fue terminado en poco menos de una hora, un tiempo bastante bueno si consideraban los latentes conflictos del grupo.

Repitieron las maniobras tres veces más y, quizá debido al hambre, en cada ocasión les tomó más tiempo tener todo listo. Dohko no les daba tregua, y constantemente rondaba entre los hombres para amonestar a los torpes e increpar a los holgazanes. En cierto momento reprendió a Aioria por no haber realizado un nudo adecuadamente; en otro se acercó a Camus y le hizo algunas preguntas sobre las provisiones. No quedó satisfecho hasta que el vereciano le indicó que en una campaña real requerirían menos porciones de carne seca y más de vino. Por su parte, Shion se limitaba a lanzar escrutiñadoras miradas a cada resquicio del campamento y, en lugar de llamar la atención de los soldados, arrugaba la nariz o apretaba los labios cada vez que se encontraba con una tienda destensada o un caballo con la montura mal colocada. Camus imaginaba que apenas terminaran los ejercicios, los capitanes se reunirían para intercambiar opiniones sobre qué hombres habían hecho el mejor o el peor trabajo, y el joven hizo una anotación mental para ser más hábil al día siguiente y encontrar una labor que le ayudase a llamar más la atención.

Poco antes de las nueve de la mañana, los capitanes les ordenaron regresar las tiendas, armas y suministros al castillo y, posteriormente, les permitieron dirigirse al comedor. Los soldados suspiraron con alivio al unísono y algunos de ellos no pudieron contenerse y prácticamente corrieron en dirección del aroma de los huevos y las gruesas rebanadas de jamón. Una vez en el comedor, Camus descubrió que la comida era sumamente fresca y que las mesas estaban repletas de coloridas frutas desconocidas para él. El vereciano no estaba seguro de si la comida era verdaderamente tan buena como parecía, o si sus sentidos estaban siendo engañados por su intensa hambre. De cualquier manera, esperó con ansias su ración y sonrió cuando le dio el primer bocado a su rebanada de pan.

Al igual que el día anterior, se sentó junto con Aioria, Milo y Mü. El último les explicó que, debido a que Aldebarán tenía prohibido participar en los entrenamientos del día, apoyaría al médico de la guardia y probablemente le verían hasta la cena.

—Pobre Aldebarán —comentó Aioria—, se va a aburrir estando todo el día ahí.

Milo torció la boca y Camus percibió que quería decir algo, mas optó por quedarse callado.

—Aunque a ti te parezca aburrido —acusó Mü, mientras cortaba una redonda fruta amarilla que despidió un dulce y pungente aroma—, Aldebarán estaba feliz de tener la oportunidad de aprender algo nuevo. Nunca está de más saber cómo atender las heridas.

—Sigo pensando que es una tontería —insistió el castaño poco antes de inclinar su cuerpo hacia adelante—. ¿Te vas a comer eso así?

Cuando hizo aquella pregunta ya era demasiado tarde. Mü ya tenía un trozo de fruta en la boca; el hombre entrecerró los ojos y apretó los labios al encontrarse con un sabor muy diferente al que esperaba.

Aioria rio fuertemente y Milo puso los ojos en blanco.

—¡Es membrillo! ¡No puedes comer membrillo así! ¡Es demasiado agrio!

Mü hizo un esfuerzo para tragar la fruta en lugar de escupirla.

—Sabe totalmente diferente a como huele. No tenemos de estos en Arles.

—Sí que tienen. —aseguró Camus—. Los compran del sur. Tenemos algunas plantaciones en Monpazier; nosotros le llamamos coing —Mü abrió ampliamente los ojos y miró con incredulidad los restantes trozos de fruta—. Lo usan para hacer jaleas y dulces.

Aioria extendió la mano y tomó uno de los trozos del membrillo. Lo cortó en una rebanada más delgada y la colocó sobre un pedazo de queso duro. Le ofreció el bocado a Mü, quien lo probó con prudencia y masticó con lentitud.

—En Akielos también lo utilizamos para hacer dulces —explicó Aioria—, pero en el sur lo comemos así. Aprovéchalos, es buena temporada para comerlos crudos.

—Es diferente. Supongo que es un… —el noble hizo una larga pausa tras encontrarse sin palabras.

—Gusto adquirido —continuó Camus al suponer que el akielense de Mü le impedía expresarse adecuadamente.

—Eso. Creo que por ahora me limitaré a las manzanas y melocotones.

—Será lo más sabio —concordó Milo—. A mí tampoco me gustan crudos. Son manías de los sureños.

Aioria lanzó un reproche al que nadie prestó demasiada atención y siguieron comiendo, mientras se preguntaban qué estaría haciendo Aldebarán en esos momentos. Poco antes de que terminara la hora del desayuno, algunos hombres comenzaron a levantarse de sus asientos. Uno de ellos, un desgarbado akielense de cabellos prematuramente encanecidos, pasó muy cerca de ellos.

—Buen trabajo con las tiendas, Aioria. Quizá mañana puedas hacer un nudo que no se deshaga con el viento.

Su despectivo tono generó una mueca de desagrado en Camus, y Aioria estuvo a punto de ponerse de pie para reclamar por el insulto. Afortunadamente, Milo lo sujetó a tiempo del brazo y no lo soltó hasta que el insolente estuvo a una distancia segura.

—Si serás estúpido —dijo Milo—. Sabes que solo quiere provocarte.

—No puedo creer que ese idiota siga aquí. ¿Cuándo se darán cuenta los capitanes que es un imbécil?

Mü clavó su mirada en su plato ya vacío y negó un par de veces con la cabeza.

—Es inteligente. Provoca a los demás y escapa de los conflictos apenas los arma. Hasta ahora no ha hecho algo digno de recibir un castigo.

—Tal vez no —rebatió el castaño—, pero es una tortura: como una gota de agua que cae constantemente sobre tu cabeza hasta volverte loco.

—Tú también deberías tener cuidado, Camus —advirtió Milo muy seriamente—. Le encanta molestar a los demás hasta que pierden los estribos. Le llaman Máscara de la Muerte —el pelirrojo bufó sonoramente—. Lo sé, lo sé. Es ridículo. Ni siquiera sé por qué está aquí. Su padre era el kyros de Sicyon.

A diferencia de Vere, donde la máxima autoridad recaía en el rey, Akielos estaba dividida en regiones gobernadas por los llamados kyros. El Rey de Akielos era reconocido como el máximo general de las tropas akielenses, pero su poder terminaba donde empezaba el de los kyros. Si bien la mayoría de los gobernadores eran fieles al Rey, la provincia de Sicyon era afamadamente violenta y sediciosa. Sacando provecho de la confusión causada por la guerra contra el Regente de Vere, el kyros de Sicyon se alzó en contra del Rey de Akielos. Una vez que el Rey recuperó el control de las provincias, ejecutó al kyros y lo reemplazó con alguien de su confianza. Dadas las circunstancias, Milo tenía razón al decir que Máscara de la Muerte no merecía la posibilidad de formar parte de la guardia real. Mucho menos si el hombre era tan conflictivo como parecía.

—No te preocupes demasiado —dijo Mü con una socarrona sonrisa—. Es como un perro hambriento: ignóralo y te dejará en paz. Si molesta tanto a Aioria es porque le encanta seguirle el juego.

—¡No es eso! —el aludido dio un fuerte golpe sobre la mesa—. Sabe exactamente qué decir para sacarme de mis casillas.

—Si tanto te molesta —aconsejó Camus—, quizá debas retarlo a las luchas. Seguro que lo lanzas todavía más lejos de lo que lanzaste a Milo.

El comentario destensó el ambiente y Aioria lanzó una risotada, mientras que Milo volteó a ver a Camus como si lo hubiese insultado a él junto con todos sus ancestros y a su futura progenie. Tuvieron que pasar varios segundos para que el hombre se tranquilizara y aceptara el comentario como lo que era: una broma.

—Di lo que quieras, Camus. Apuesto a que tú no durarías ni dos minutos en la arena.

—Descuida. Prefiero los deportes en los que puedo conservar mi ropa.

Aioria resopló con fuerza y se puso de pie.

—Practicar lucha con ropa… —gruñó—. Ustedes, los verecianos, son muy extraños.

Justo en ese momento Shion les indicó que era hora de desalojar el comedor y los hombres se reunieron en varios grupos. Uno de ellos se dirigió a las caballerizas, otro al patio principal, y Camus y sus nuevos compañeros se encaminaron al salón de entrenamiento donde se había enfrentado a Aldebarán. Después de un rápido calentamiento, los hombres se separaron; Aioria decidió entrenar con la espada, Milo con la lanza y Mü invitó a Camus a acompañarle en la arquería. El pelirrojo accedió al instante. No quería desaprovechar la oportunidad de pasar tiempo a solas con el único vereciano con el que había cruzado más de diez palabras.

Aldebarán no mintió al halagar la técnica de Mü. Su postura era impecable y de decenas de tiros, no erró ninguno. Sus movimientos eran rápidos y naturales y Camus no tardó en pedirle consejos. Él también debía estar agradecido de tener a un compañero que hablase su mismo idioma, ya que a pesar de que le advirtió que no era un buen maestro —carecía de paciencia, decía—, no dudó en darle varias recomendaciones.

Sin embargo, su lección no duró mucho tiempo. Justo cuando Mü comenzaba a explicarle la diferencia entre los arcos akielenses y verecianos, el noble perdió su mirada en un punto detrás de Camus.

—Eso no es bueno —susurró.

Camus dio media vuelta y no tardó en descubrir qué era lo que preocupaba a su compañero: Aioria estaba en la arena con Máscara de la Muerte.

Los verecianos se miraron mutuamente con preocupación y no vacilaron en dejar sus arcos y flechas en el suelo antes de encaminarse en dirección de su compañero, quien, visiblemente agitado, atacaba con vehemencia a su contrincante. Al borde de la arena se encontraron con Milo y su mirada de hastío calmó un poco la ansiedad de Camus.

—¿No deberíamos interrumpirlos? —preguntó.

—Puedes intentarlo si es que no te preocupa perder los dedos o la cabeza —respondió el akielense—. Esto no terminará hasta que los capitanes lo ordenen o que uno de ellos caiga al piso. Ojalá que no sea Aioria…

Camus nunca había visto a un akielense combatir contra otro y le sorprendió la agresividad en las estocadas de Máscara de la Muerte y Aioria. A pesar de que sus movimientos no eran especialmente hábiles, los choques de sus espadas eran tan violentos que temía que en cualquier momento sus armas se fracturaran. Sus técnicas en nada se parecían a la de Aldebarán, quien se distinguió por su cautela y por asegurar su propia seguridad antes que derrotar al enemigo. Por el contrario, este nuevo combate le parecía un pandemonio con movimientos de pies arrebatados y energías desbocadas. Los hombres no tomaban ni un respiro, señal de que la pelea no duraría mucho tiempo, pero no por eso era menos arriesgada. Sus cuerpos solamente estaban protegidos por ligeros quitones y cualquier error podría provocar una herida severa.

Justo el día anterior Milo le retó por haber utilizado un supuesto truco en su combate contra Aldebarán. Le había dicho que se trataba de un simple entrenamiento en el que no debía utilizar todas sus armas, pero la batalla que presenciaba en esos momentos le parecía aún más cruenta y peligrosa que la de esa ocasión. ¿Cómo podía Milo juzgar con tanta premura una técnica que redujo los riesgos y el tiempo del combate, mientras miraba con tanto desinterés semejante despliegue de fuerza bruta?

Ser parte de las filas de soldados había menguado el impacto de su violencia. Fue la nueva perspectiva que le recordó lo que eran los aquielenses: animales. Casi lo había olvidado; no se había enfrentado en contra de ellos en casi un año y ahora que los veía combatir nuevamente, recordaba que eran unos salvajes que no sabían hacer otra sino destruir a los débiles. Recordó cómo eran capaces de invadir pueblos enteros y cómo asesinaban a los hombres y esclavizaban a las mujeres y niños. Recordó que para ellos la cabeza de un vereciano era igual a un trofeo y que eran totalmente incapaces de sentir remordimiento.

Aioria falló en contener uno de los golpes de Máscara de la Muerte y recibió una limpia tajada en su brazo derecho. La sangre corrió por su antebrazo y aun así insistió en seguir combatiendo. Las gotas del líquido carmesí comenzaron a caer sobre la arena y el blanco quitón de Aioria no tardó en cubrirse con manchas rojizas. Cansado y herido, no pasó mucho tiempo antes de que Aioria cediera ante los ataques de Máscara de la Muerte, aunque solo se rindió cuando cayó al suelo.

Máscara de la Muerte salió de la arena lanzando una burlona carcajada y Aioria, exhausto, maldijo su propia suerte a la par que revisaba la gravedad de su lesión.

Camus sintió náuseas, desvió la mirada y, por primera vez en toda su vida, dudó del Príncipe de Vere.

Nadie en su sano juicio propondría una alianza con semejantes bárbaros.

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Capítulo 5

Después del salvaje combate akielense, Aioria fue enviado al médico para la revisión de su herida. Shion anunció el inicio del entrenamiento y los hombres se dirigieron a la armería para prepararse para los ejercicios y, si Camus les siguió, fue más por instinto que por convicción. Tan ofuscado estaba que apenas prestó atención cuando el capitán Dohko dictó las órdenes para el resto del día, y le tomó varios minutos comprender por qué sus compañeros se dirigían a las caballerizas y no hacia la salida del castillo. A sabiendas de que no sería prudente preguntar qué era lo que el capitán acababa de decir, el joven optó por imitar a sus compañeros y preparó la montura de su caballo. Salieron en grupo del castillo y, a unos pasos de la puerta, se reunieron con varios escuderos listos para colocar armaduras a sus caballos.

Fue en ese momento que Camus comprendió que harían prácticas de caballería pesada. Se consideró afortunado ya que la actividad que se adecuaba bien a sus conocimientos. La armada vereciana daba mayor uso a la caballería ligera y casi todos los regimientos se especializaban en el uso de arcos y ballestas. Sus habilidades, en cambio, estaban más orientadas a las centelleantes cabalgatas y a las decisivas espadas que atravesaban la infantería enemiga. El capitán Dohko —sobre un musculoso, aunque pequeño, caballo marrón— tomó la cabeza en la larga fila de jinetes y los guio a todo galope lejos del castillo y a través del campo de Marlas.

El terreno que cabalgaban era semejante al de Monpazier: mayormente llano, pero con esparcidas lomas y piedras blancuzcas que dificultaban la coordinación de los regimientos. Aun así, el grupo de cincuenta jinetes era lo suficientemente reducido como para permitirles una hábil carrera que Camus falló en imitar.

Así como había olvidado los violentos combates akielenses, también olvidó sus terribles aspectos cuando cabalgaban sobre sus enormes monturas. Los akielenses eran hombres grandes y pesados, y era normal que sus caballos fuesen criados para soportar la tremenda carga. El repique de los cascos akielenses le envolvió por completo, ensordeciéndolo y haciéndole olvidar que a su lado cabalgaba un igual número de verecianos de cascos ligeros. La ansiedad le hizo perder el control de su caballo y al querer calmar los nerviosos relinchos del animal, tiró de las riendas con más fuerza de la necesaria. Si bien en ningún momento perdió el camino, hubo graves inconsistencias en su velocidad y dirección. El recorrido de veinte minutos le pareció eterno y cuando no estaba demasiado preocupado por perder el total control de su caballo, temía que su alterado estado fuese obvio para Shion, quien —estaba seguro—, cabalgaba detrás de ellos y observaba detalladamente cada uno de sus movimientos.

Una vez que Dohko consideró que estaban lo suficientemente lejos de la fortaleza, separó a los hombres en varios grupos e iniciaron maniobras para arremeter contra infanterías invisibles. Al igual que en los ejercicios del día anterior, la diferencia en ritmo y habilidades de los hombres complicaban los movimientos que, de otra forma, serían triviales. En un buen día, Camus habría tenido dificultad de marcar un compás adecuado y con su mente tan turbada como en esos momentos, solo fue cuestión de tiempo para que cometiera errores.

El nervioso caballo seguía con dificultades las indicaciones de su dueño y en dos ocasiones estuvieron a punto de colisionar con alguno de sus compañeros. Los bruscos movimientos del animal provocaron que Camus soltara las riendas por breves segundos y el pelirrojo sintió cómo su confianza y postura se deterioraban conforme avanzaba el día. Cada vez que el joven cruzaba miradas con Shion, reconocía en la sutil curvatura de sus labios la censura hacia sus torpes movimientos, lo cual acrecentaba su angustia y empeoraba su desempeño.

Afortunadamente, no hizo un trabajo lo suficientemente malo como para provocar que los capitanes decidieran cancelar el almuerzo y los hombres interrumpieron sus prácticas una vez que el sol comenzó a descender.

Camus no se encontraba con ánimos de socializar con sus compañeros. Si bien tuvo suerte de que Aioria siguiese en el castillo, temía enfrentarse cara a cara con Milo. Era obvio que los akielenses eran buenos amigos (probablemente habían combatido juntos), y no tenía duda de que el rubio sería tan o más cruento que Aioria en una batalla real. No quería pensar que el atractivo joven que había conocido el día anterior fuese un salvaje capaz de destruir a cualquiera, de tener esclavos sexuales a su disposición o de impulsar las bestiales batallas de gladiadores. Aunque su sonrisa y amabilidad no correspondían con la imagen que tenía de los akielenses, Aioria tampoco le había parecido especialmente temible y no tardó mucho en demostrarle lo contrario. El recuerdo de sus enemigos comenzaba a superponerse con la de sus nuevos compañeros y temía ser incapaz de volverlos a separar.

Con la suerte de ser de los primeros en la fila de provisiones, tomó en silencio su porción de pan negro y potaje de legumbres y se sentó detrás de una amplia roca en el borde exterior del grupo, lejos del campo visual de los capitanes, pero lo suficientemente cerca como para escucharles si es que daban una orden repentina. Si bien no tenía apetito, comenzó a comer a sabiendas de que no soportaría el resto del entrenamiento con el estómago vacío.

Apenas le dio un tercer bocado a su guisado, se alertó al escuchar el crujir del pasto del otro lado de la roca. Temió que se tratara de Milo, pero suspiró con alivio cuando su compatriota se presentó ante él.

—Buenas tardes, —saludó Mü y el corazón de Camus se aligeró al escuchar nuevamente su lengua natal—. ¿Puedo acompañarte?

El pelirrojo asintió y Mü, acompañado de su propia ración de comida, tomó asiento en el pasto frente a él. No obstante, en lugar de comer, puso su plato y cubiertos a un lado y miró a Camus con atención.

—¿Qué ocurre?

La preocupación en el rostro de Mü parecía sincera. Sin embargo, Camus no podía ignorar el hecho de que estaba frente al hijo del capitán Shion. Era probable que su hijo estuviese en el grupo únicamente para fungir como espía de su padre y así delatar a los hombres que mostrasen dudas hacia la alianza. Decidió, pues, ser prudente con su respuesta.

—Parece ser que el cansancio del día anterior me ha dado alcance —respondió con un suspiro—. Fue una larga cabalgata desde Arles y todavía no me acostumbro a la nueva rutina. Estoy tan exhausto que apenas puedo sujetar las riendas de mi caballo.

Mü le observó por varios segundos y Camus supo que no había creído sus palabras. Afortunadamente, el hombre siguió el juego y permitió que el otro dirigiese la conversación.

—¿Vienes de la vieja capital? Creí que eras de Monpazier.

—Lo soy —dijo antes de darle una mordida a su pan—. Marché hacia Arles con esperanza de formar parte de la Guardia Real, pero mi llegada coincidió con la campaña del Príncipe y la rebelión del Regente. Los soldados fieles al Príncipe fuimos acuartelados y solo se nos liberó cuando cayó el traidor y se declaró la alianza con Akielos.

Mü asintió y bajó el rostro.

—Entiendo. Yo también estaba en Arles durante la campaña del Príncipe y sé que muchos soldados leales fueron ejecutados por atreverse a alzar su voz en contra del Regente. Mi padre y yo viajamos en barco hasta Akielos en cuanto recibimos noticias del triunfo del Príncipe. No he regresado a Vere desde entonces.

—¿Extrañas Arles? —preguntó con genuina curiosidad.

—No realmente. La corte de Vere era un lugar terrible, llena de mentiras, traiciones y desconfianza. Tanto así que mi padre me mantuvo alejado de la misma por el mayor tiempo que pudo. No se me introdujo al palacio hasta que cumplí dieciocho años, dos primaveras atrás.

—Entonces coincidiste con el Príncipe —respondió Camus con interés—. ¿Lo conoces? He escuchado que es el hombre más hermoso de los cuatro reinos.

Camus quería conocer la opinión de Mü con respecto al legítimo monarca de Vere. A pesar de que sabía que el joven no sería capaz de criticar al Príncipe, confiaba poder leer entre líneas y discernir aunque fuese un poco el carácter del hombre al que debía jurar lealtad. Escondiendo sus intenciones con un falso interés en la fisionomía del Príncipe, el pelirrojo esperó a que Mü cayese en el juego.

—Es brillante —respondió—, increíblemente astuto e inteligente. Una vez que se marca un objetivo, hace todo hasta alcanzarlo. Es generoso con sus súbditos, pero terriblemente cruel con aquellos que significan un peligro para él o sus seguidores. Con solo palabras es capaz de destrozar el temple de una persona y con un simple gesto puede conquistar al que desee. No es alguien a quien quisieras tener como enemigo.

Camus apretó los labios ante las palabras con sabor a amenaza que pronunció Mü. No consideraba que la crueldad fuese una característica que debiera tener un monarca y le preocupaba que alguien tan joven como el Príncipe infundiera respeto por medio del miedo. ¿Qué podía esperar de él en veinte o treinta años, cuando la edad endureciera aún más su corazón y desgastara su esperanza? Camus había escuchado muchas cosas del Príncipe de Vere: que era hermoso, que era grácil y que era puro e inalcanzable. Siempre supo que tan generosa descripción sería falaz, mas nunca creyó que su decisión flaquearía tanto ante un nuevo testimonio.

Vio a Mü sonreír de medio lado con un gesto muy semejante al de su padre.

—Tienes miedo —aseguró—. Creíste que sería fácil convivir con los akielenses y hasta ahora te das cuenta de lo que implica esta alianza. Quieres saber si alguien como el Príncipe merece tu lealtad.

Pese a que no esperaba ser descubierto con tanta facilidad, Camus mantuvo la calma y asintió.

—No necesitas que te dé mi opinión al respecto —continuó Mü—. La respuesta está en el hecho de que formo parte de este grupo de aspirantes y que estoy orgulloso de que mi padre esté ayudando a construir las bases para el nuevo imperio. En cuanto a ti, será tu trabajo encontrar tu propia respuesta.

—Debí imaginar que el hijo del capitán no me la dejaría tan fácil —murmuró.

Mü sonrió y se alzó de hombros.

—No soy tan terrible como él. Incluso te daré un consejo: será más fácil encontrar las respuestas a tus preguntas por medio de tus nuevos compañeros.

Camus supuso que aquella era una buena idea. Le sería difícil ver más allá de sus barbarismos; sin embargo, si quería comprender al Príncipe, primero debería comprender a los akielenses. Después de todo, no le parecieron tan salvajes el día anterior cuando eran parte de la misma infantería y peleaban contra un mismo contrincante. Si lograba enfocarse en la meta común —proteger el imperio—, quizá hasta podría encontrar el lado positivo de los sureños.

Como si hubiese escuchado la conversación desde del otro lado de la piedra, Milo apareció con su ración de comida y una notoria cara de hastío.

—¡Creí que nunca me servirían! El cocinero de hoy es un completo inútil. Al pobre hombre frente a mí ni siquiera le tocaron trozos de verdura.

Tomó asiento en el pasto y las pocas piezas de armadura que portaba tintinearon al chocar entre sí. Al igual que los verecianos, Milo se había quitado el yelmo y las hombreras con el fin de refrescarse un poco después de tan arduos ejercicios.

—Estoy exhausto. Siempre pensé que la caballería estaba compuesta por un montón de inútiles que no sabían pelear sin caballo, pero ahora veo que trabajan tanto como la infantería.

Camus sonrió. Tal vez fuese el mismo esfuerzo en una batalla simulada, pero en una real era mucho mejor ser parte de la caballería. La infantería siempre es la más vulnerable a los ataques y, por lo tanto, la que suele tener mayores pérdidas. Por si fuera poco, los trabajos más pesados se delegaban a la infantería y la mejor comida siempre se reservaba a los dueños de los caballos.

—También es complicado para mí —aseguró Mü, retomando el akielense—. Mis entrenamientos solían basarse en infantería ligera. Jamás imaginé que los caballeros pudieran acercarse tanto a las líneas enemigas.

Parecía ser que, de los tres, solo Camus tenía experiencia en la caballería pesada. Más que eso, cuando fue capitán se aseguró de que sus hombres practicaran constantemente con sus monturas y su batallón pronto se convirtió en una pieza clave de la caballería de Monpazier.

Camus no solo había practicado día y noche a combatir a caballo, también ordenó a un centenar de hombres hacer lo mismo por dos años. Recordó el displicente rostro de Shion y comprendió que un hombre con sus antecedentes debió haber sobresalido en una prueba como la de ese día. Decidió ayudar a sus compañeros y mientras comían les dio varios consejos básicos sobre el combate directo a caballo. Esperaba que la conversación aplacara su nerviosismo y, sobre todo, le ayudase a mantenerse enfocado en la segunda parte de la práctica.

Tan pronto terminaron sus alimentos, Dohko dio la orden para iniciar una nueva serie de ejercicios. En esa ocasión, Camus se encontraba más tranquilo y aunque le costó sincronizarse con el resto de sus compañeros, estaba seguro que su postura y atención fueron impecables. Los soldados entrenaron por lo que restaba del día y regresaron al castillo al anochecer. Después de asegurar a los caballos en el establo, desarmarse y limpiarse, los hombres se dirigieron al comedor para una bien merecida cena.

Camus sabía que aún tenía un largo camino que recorrer antes de decidir si la alianza con Akielos era lo mejor para Vere. No obstante, tenía la esperanza de que cada día estuviera más cerca de encontrar la respuesta.

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Capítulo 6

Al terminar los ejercicios de caballería, tanto el cuerpo como la mente de Camus se encontraban exhaustos. El entrenamiento le pareció interminable y la sombra de la duda no cesó de atormentarle. Aunque supiera que tenía que darle una oportunidad a sus compañeros, cada vez que cerraba los ojos tenía visiones de los barbáricos actos de los soldados akielenses. ¿A cuántos de los suyos habrían asesinado? ¿A cuántas esposas habrían robado? ¿Cuántos niños fueron capturados y convertidos en esclavos?

Incluso antes de sentarse a la mesa, Camus supo que le sería imposible aprovechar la hora de la cena para descansar de tan extenuante día. Si bien confiaba poder lidiar con Milo y Aldebarán, Aioria sería diferente. La cicatriz del castaño le recodaría constantemente su batalla contra Máscara de la Muerte y su innecesario despliegue de violencia. Deseó que el hombre se mostrara tan irreverente como en el desayuno, quizás así podría olvidar la furibunda mirada que lanzó al verse derrotado.

Camus recibió su ración y caminó junto con Mü y Milo hacia la sección de la mesa en donde ya se encontraban Aldebarán y Aioria. Aldebarán tenía la mirada perdida en su comida y Aioria hablaba con entusiasmo sobre algo que, definitivamente, no era tan interesante como él creía.

—Dioses, no… —Milo sonó tan desesperado que Mü y Camus detuvieron sus pasos—. Sabía que esto pasaría. Mejor vamos a otra mesa.

—¿Pasa algo malo? —preguntó Mü.

—¡Terrible! —exclamó—. Tenemos que irnos, Mü. Ya es demasiado tarde para Aldebarán; tendremos que dejarlo atrás.

—¿Acaso es una de sus historias de guerra? —preguntó Camus sin entender todavía la gravedad de la situación.

—Peor aún…

—¡Milo! —como era de esperarse el grito provino de Aioria—. ¡No vas a creer lo que ha pasado! ¡Es algo maravilloso!

Milo suspiró agudamente y miró a sus compañeros.

—Caballeros, fue un gusto servir con ustedes.

El hombre apretó fuertemente los platos entre sus manos y caminó hacia la mesa como si estuviese a punto de enfrentarse a una horda de guerreras de Vask. Confundidos, Mü y Camus intercambiaron miradas por unos segundos antes de seguirlo.

—Déjame adivinar—espetó Milo con desdén mientras tomaba asiento—: conociste al hombre más hermoso del mundo.

—¿Lo sabías? —la mueca de felicidad de Aioria no desapareció.

—Conozco al médico y tus gustos.

—Esto no es sobre mis gustos. Esto es sobre un dios que se disfrazó como humano para estar entre nosotros. ¡Cualquiera lo hallaría hermoso!

Mü viró su atención hacia a Aldebarán, quien con una mirada adivinó su pregunta.

—El médico, Shaka. Parece ser que Aioria ha quedado prendado de él.

La respuesta pasmó por completo a Mü. Sus ojos se abrieron ampliamente y bajó la cabeza como si sintiese vergüenza. Aldebarán intercambió con él unas quedas palabras que parecieron tranquilizarle un poco, mas su apenado rostro permanecería así por el resto de la noche.

Milo y Aioria no se percataron de la reacción del vereciano o, si lo hicieron, optaron por ignorarla.

—Solo te gusta porque es rubio y de ojos azules —acusó Milo.

—Tú eres rubio y de ojos azules, y nunca me he enamorado de ti —afirmó e ignoró a Milo cuando le aseguró que sus ojos eran color turquesa—. Dedico mi atención exclusiva a los que sí valen la pena. Tenías toda la razón, Mü —el vereciano apenas se animó a alzar el rostro—. ¡Eso de la medicina es sumamente importante! ¡Quizá deba convertirme en aprendiz! ¡Ahora veo por qué estabas tan interesado en el tema, Aldebarán!

—Te aseguro que mi interés en la medicina va más allá de la apariencia del médico —era claro que hacía su mayor esfuerzo para contener su enojo—. Además, no creo que tengas madera de curandero. Todo el día fingiste interés en sus tareas, pero estoy seguro que no escuchaste una sola de sus palabras.

—¡Claro que sí! ¡Aprendí que la cincita es buena para las heridas! Me puso un ungüento con cincita.

—¿Recuerdas por qué es buena? —preguntó Aldebarán.

—¿Qué importa siempre y cuando funcione?

—¿No tendrá el médico algo para cerrarte la boca para siempre? —murmuró Milo.

Aldebarán cubrió su sonrisa con su tarro de cerveza y Camus comenzó a arrepentirse por haber deseado que la conversación de la cena se hiciera tan irreverente. Comenzó a comer en espera de distraerse de tan vana discusión.

—No es solo bello —continuó Aioria—. Es sumamente inteligente y elegante —dio un fuerte codazo a Milo—. ¡Es mucho mejor que tu querido Príncipe de Vere!

El nombre llamó la atención de Camus, quien alzó el rostro hacia Milo y se percató de que un ligero sonroje se asomaba por su piel tostada.

—¿Qué cosas dices? —nervioso, Milo rodeó el cuello de Aioria con una postura muy semejante a las llaves que utilizaron en su lucha—. Simplemente admiro al Príncipe, cualquier persona con ojos lo haría —meneó a Aioria tres veces antes de soltarlo. Aldebarán comentó algo sobre tener más cuidado con la herida de Aioria, pero ni Milo ni él hicieron caso.

—¡Por favor! —bufó el castaño y acercó su rostro hacia el de Camus—. ¡Está loco por él! Una noche dijo que el Príncipe estaba hecho de la más fina porcelana y de hilos de oro— su tono fue agudo y burlón varios soldados tornaron su atención hacia ellos.

—No le hagas caso, Camus —reprochó Milo inmediatamente—. Estaba borracho. ¡Habría dicho cualquier cosa!

El pelirrojo apretó sus labios y se contuvo de preguntar sobre el Príncipe. ¿Cómo era posible que Milo le conociera? ¿Acaso sirvió con él durante las batallas contra el Regente? ¿Qué tan cercanos serían? Entrecerró los ojos y recordó el consejo de Mü: no hallaría respuesta en las palabras de los demás. Lo único que le quedaba era seguir conviviendo con sus compañeros y descubrir si realmente estaba en el lugar correcto. Decidido, puso a un lado su cansancio y siguió con el juego.

—Solo dos personas dicen la verdad en este mundo —aseguró—: los niños y los borrachos.

Milo reaccionó a sus palabras como si hubiesen sido un puñetazo en la nariz. Lanzó la cabeza hacia atrás y sus ojos se llenaron de angustia.

—Es admiración. ¡Admiración! —en un desesperado intento por recuperar terreno, juntó su cuerpo con el de Camus lo suficiente para que este sintiera el intenso calor que emanaba—. Jamás le faltaría el respeto de ese modo.

Aioria murmuró una maldición que Camus no conocía —aunque su tono dejó en claro que era una maldición— y optó por continuar sus alabanzas hacia el médico, enfocándose en los más receptivos oídos de Mü y Aldebarán.

Como era de esperarse, a Milo poco le importó perderse el discurso de Aioria.

—Hablo en serio. El Príncipe es valiente y poderoso, pero conozco mi lugar. Además… —acercó más su rostro al de Camus y pronunció sus siguientes palabras como si fuesen el secreto más valioso del mundo—. Es demasiado pálido para mí. No me gustan los rubios —sus ojos se perdieron por unos instantes en el cabello de Camus—. Estoy interesado en tonos más peculiares.

A pesar de que había tomado un baño una hora atrás, Camus comenzó a sentir mucho calor debajo de sus varias capas de ropa. La noche era cálida, pero el vereciano solo podía culpar de su sofoco al hombre que tenía a su lado. ¿Sería por eso que los akielenses vestían túnicas tan cortas? ¡Parecían irradiar tanto calor como una hoguera!

Sonrió para sí al percatarse que la atracción que sentía hacia el akielense era mutua. Era una pena que esa noche se sintiese tan cansado. Si no podía evitar el desgaste emocional, al menos se aseguraría de mejorar la resistencia de su cuerpo. Sospechaba que necesitaría toda su energía para pasar una noche a lado de Milo.

Consideró posar su mano sobre el muslo del moreno hasta que recordó que su corto quitón no cubriría del todo esa parte de su cuerpo. Sabía que no estaba listo para sentir la piel desnuda de Milo entre sus dedos y decidió conformarse con un suave roce de hombros.

—Yo no —susurró—. Yo sí tengo cierto interés en los rubios.

Milo rio —un sonido grave y melodioso— y desvió su mirada hacia la cena que comenzaba a enfriarse. Tomó con sus manos una aceituna rellena y la llevó a su boca.

—Parece ser que ambos tenemos gustos excelentes —dijo mientras masticaba el bocado.

Camus asintió y robó una de las aceitunas de Milo. La intensa mirada que recibió mientras la comía fue recompensa suficiente por saborear tan espantosa fruta. Tendría que tomar varios tragos de vino para quitarse el desagradable sabor de la boca.


Al igual que la noche anterior, Camus cayó profundamente dormido al momento en el que llegó a su camastro. Sin embargo, al día siguiente se despertó antes que nadie. Aprovechó el tiempo adicional para vestirse y acomodar las pocas pertenencias que aún tenía en su morral. Aunque no le tomó más que algunos minutos, la mitad de los soldados ya estaban despiertos cuando terminó y poco después se encaminó junto con Milo, Mü y Aldebarán hacia el patio principal.

A pesar de que la herida de Aioria no había sido tan grave, el hombre decidió aceptar la recomendación del médico y pasaría el día lejos de los ejercicios. La noticia agradó a todos. Nadie tenía interés en seguir escuchando los empedernidos balbuceos de su compañero.

Shion y Dohko ya los esperaban cuando llegaron al patio de la fortaleza. Mientras los soldados ocupaban sus posiciones, los capitanes esperaban en silencio a que apareciera el primer rayo del sol. El alba recibió a los aspirantes y en poco tiempo se dio la orden de armar el campamento.

Tal y como había planeado, Camus se apresuró en buscar una tarea más interesante que hacer el inventario de las provisiones. Decidió seguir el ejemplo de Milo, Aldebarán y Mü y apoyó con el armado de las tiendas. En una guerra real, los caballeros difícilmente se tomarían la molestia de realizar una actividad tan mezquina. Serían los escuderos y los sirvientes quienes descargarían los lienzos de cuero y lana, y quienes se encargarían de alzar el pesado esqueleto de las carpas.

No obstante, era claro que el entrenamiento no simulaba la víspera de una batalla, sino una marcha. Camus y la mayoría de los soldados estaban acostumbrados a ese ritmo: despertar al alba, desarmar el campamento, recorrer la mayor cantidad de terreno posible, encontrar un lugar seguro y armar el campamento nuevamente. La rapidez con la que el ejército se desplazaba dependía enormemente de su capacidad de montar y desmontar los fuertes y, por lo tanto, podía significar la diferencia entre la victoria y la derrota.

Los soldados no podían depender exclusivamente de los sirvientes para construir un campamento que desalentara las emboscadas enemigas y todos los regimientos hacían ejercicios semejantes a aquellos varias veces al año. Lo inusual era repetir los ejercicios una y otra vez con el estómago vacío. Sin embargo, Camus pensaba que aquel entrenamiento era menos terrible que el de las maniobras militares. Quizá por la cotidianidad de las tareas, o el absurdo ritmo con el que tenían que ejecutarlas, los hombres realizaban aquellas prácticas en silencio y con pocos conflictos. Era una pena que dicha armonía no les acompañase hasta el campo de batalla.

Tras dos horas de entrenamiento, Milo le había explicado la diferencia entre los distintos materiales de las carpas y, a cambio, Camus le había enseñado a realizar dos complejos y prácticos nudos para anclarlas. A pocos metros de distancia, Aldebarán aprovechaba su enrome estatura y gran fuerza para asegurar las vigas de la siguiente tienda. Mü y otros dos soldados lo apoyaban con las ataduras, y parecía que llegarían a la hora del desayuno sin recibir alguna reprimenda por parte de los capitanes.

Sin embargo, la buena suerte cambiaría poco después, durante el último desarme del campamento. Demasiado enfocado en doblar el lienzo entre sus manos, Camus únicamente alcanzó a escuchar un crujido, un gruñido y un golpe seco. Cuando viró el rostro hacia el origen del sonido, encontró a Mü recostado en el suelo. Aldebarán lo miraba con preocupación, pero sus manos se mantenían ocupadas conteniendo la fractura de la viga principal de la tienda que desmontaba.

Uno de los soldados se hincó y con un pequeño cuchillo cortó una gruesa cuerda que se había enredado en la pantorrilla izquierda de Mü. Camus dedujo que la viga de madera se había roto, lo cual tensó al máximo las cuerdas y una de estas resultó estar alrededor de la pierna del vereciano. La fricción desgarró una parte de su bota y quemó la piel expuesta. La herida debía ser más grave de lo que parecía ya que cuando Mü intentó ponerse de pie, varias manos le detuvieron. Milo y Camus intercambiaron una mirada y dejaron sus tareas para enfocarse en el bienestar de su compañero.

Como era de esperarse, el bullicio llamó la atención del capitán Shion, quien caminó hacia ellos y examinó la herida de Mü por unos segundos.

—Estoy bien, Capitán —aseguró el hombre. Intentó ponerse de pie nuevamente, pero Shion lo desalentó con un simple gesto.

El capitán alzó el rostro hacia Aldebarán y ordenó a dos de los hombres que le ayudasen a soltar la enorme viga. Segundos después, Shion miró a su alrededor y detuvo su mirada en Camus. Por unos instantes, el pelirrojo juró haber visto una pequeña sonrisa en sus labios.

—Camus, acompaña al soldado a la oficina del médico. No lo dejes ir hasta que lo examinen.

Si bien Mü insistió en que su herida no era grave, Shion no se tomó la molestia de escucharle. Dio la orden que se prosiguiera con el entrenamiento aún antes de que su hijo pudiese ponerse de pie y, cuando lo hizo, ya se encontraba a varios metros de distancia.

Aunque llevaba poco tiempo de conocer a Mü, le parecía extraño que rechazara una orden del Capitán tan abiertamente, así que decidió aprovecharse de la situación para obtener más información.

—Vamos, Mü —dijo después de asegurarse de que el aludido pudiese caminar por su cuenta—. Ya escuchaste al Capitán.

El otro accedió a regañadientes. Juntos cruzaron el patio principal y regresaron a la fortaleza. Mü lo guio en silencio por sus muchos pasillos y se detuvo cuando llegaron a una puerta de madera grabada. Permanecieron así por varios segundos en los que Mü pareció debatirse entre cruzar o no.

—¿Qué ocurre? —preguntó Camus—. Has estado distraído desde ayer en la noche.

El otro sonrió amargamente y perdió su mirada en el piso.

—Lo lamento. El día de ayer te di un discurso sobre la tolerancia y el respeto a pesar de que no soy el mejor ejemplo a seguir —Camus se cruzó de brazos y frunció el ceño—. No confío en el médico.

—¿Por qué? ¿Es incompetente? ¿Akielense?

Mü negó con la cabeza y se hundió de hombros como si estuviese a punto de decir algo sumamente vergonzoso.

—Es vereciano —aseguró— y un hijo ilegítimo.

La impresión fue tal que Camus tuvo que recargar su mano izquierda en el muro.

Lidiar con akielenses era una cosa, pero ¿bastardos? Cualquiera sabía que los hijos ilegítimos llevaban a las familias a la ruina, que eran una mancha para la sociedad y que no se detenían hasta apoderarse de los legados que no les pertenecían. Los verecianos sabían lo peligrosos que podían ser y hacían lo posible para evitar sus nacimientos. Nadie quería enfrentarse al escándalo de tener un hijo fuera del matrimonio y cuando llegaban a engendrarlos, estos eran relegados como lo más bajo de la sociedad. Eso es lo que eran y así era como debían permanecer. Parecía imposible que alguien así se convirtiese en médico en el castillo de Marlas. Debía ser imposible.

—¿Cómo? —preguntó—. ¿Cómo un bastardo sirve en la Guardia Real? ¿Cómo puede el Príncipe permitir algo así?

Mü arrugó la nariz en tono de desagrado y exhaló sonoramente.

—El mundo está cambiando, Camus, y no estoy seguro de que nosotros podamos hacerlo a tiempo.

Mü tomó una larga bocanada de aire y llamó tres veces a la puerta.

Mientras esperaban ser atendidos, Camus comprendió por qué Shion le había ordenado acompañar a Mü. Quería que ambos fuesen expuestos al bastardo. ¿Cómo se atrevía? ¡Él también era vereciano! Él también debía conocer lo terribles que eran los hijos ilegítimos.

Un metálico sonido les indicó que la puerta estaba por abrirse. Camus dejó de recargarse en el muro, se ubicó a un costado de Mü y rezó por la paciencia de enfrentarse al nuevo obstáculo.

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Capítulo 7

La puerta de la oficina del médico se abrió lentamente, y Mü y Camus se observaron mutuamente con la esperanza de que la compañía les ayudase a superar la impresión de lidiar con un bastardo en el castillo.

Tras eternos segundos, una alta figura apareció a contraluz. La habitación era amplia y uno de sus muros estaba completamente cubierto de coloridos ventanales que iluminaban cada rincón. Cuando los ojos de Camus se acostumbraron a la luz, reconoció a un moreno de cabello corto y amplia sonrisa.

—¡Camus, Mü! —exclamó Aioria—. ¿Qué hacen aquí?

Los verecianos exhalaron entre aliviados y frustrados de que uno de ellos los recibiese.

—Mü se lastimó en los ejercicios matutinos —explicó Camus—. El Capitán Shion ordenó que lo acompañase hasta aquí.

Aioria observó atentamente al noble hasta que reparó en la desgarrada bota de piel que fallaba en cubrir la herida de su pierna.

—No es gran cosa —aseguró Mü—. Bastaría con que me dieras un vendaje.

Aioria frunció el ceño y abrió la boca para recriminar la despreocupación de su compañero, pero fue interrumpido por una delicada voz que poco armonizaba con el rústico akielense de su dueño.

—Quítate, Aioria.

El aludido respingó y dio tres pasos hacia atrás para permitirle a Mü y a Camus la entrada. La reprimenda no desapareció su entusiasta sonrisa y les siguió con pasos cortos hasta que llegaron frente al médico.

El hombre era delgado y estaba cubierto con la larga túnica color azul que denotaba su profesión. Sin duda, debajo de la misma debía llevar un ajustado diseño vereciano, ya que su ropa lucía demasiado pesada y plegada como para consistir únicamente en el manto. Su rubio cabello estaba recogido hasta la nuca por medio de una incontable cantidad de trenzas y sus orejas estaban decoradas con pequeñas joyas del mismo azul que sus ojos. Aioria había tenido razón al decir que era un hombre bello, mas su condición de bastardo evitaba que Camus sintiera hacia él algo que no fuese repulsión. Un hombre de su calaña estaría mejor sirviendo en el prostíbulo del pueblo, no en la oficina del médico.

El rubio molía cuidadosamente en un mortero una mezcla del color de la ceniza. No prestó atención a sus visitantes hasta que los tuvo a pocos centímetros de distancia y ni siquiera así se dignó a dejar a un lado sus herramientas. El hombre arrugó la nariz en señal de desdén; un gesto muy semejante a los de los arrogantes nobles que Camus llegó a conocer en las fortalezas del sur. Probablemente era el hijo de alguno de ellos.

—Aioria —ordenó el médico—. Una silla.

Al igual que la vez anterior, Aioria dio un brinquillo de gusto al saberse útil para el hombre que había catalogado como una deidad. En menos de diez segundos obtuvo una silla para Mü, quien tomó asiento de mala gana. Fue solo en ese momento que el médico dejó a un lado el mortero, limpió sus manos con un trapo de aroma picante y se hincó hasta quedar a la altura de la herida de Mü.

—¿Qué fue lo que ocurrió? —a pesar de que en esa ocasión hablo en vereciano, no dejó de sonar frío y desdeñoso.

Camus suponía que un médico tenía que ser mucho más solícito que eso y culpó su mala actitud a la condición de su nacimiento. Aunque fuese un experto en herbolaria y anatomía, era obvio que nunca le inculcaron respeto hacia sus superiores.

La grosera actitud del médico también irritó a Mü, y Camus se sorprendió al escucharle relatar con brusquedad la historia del incidente. Mü le parecía tan tranquilo y tolerante que jamás imaginó verlo tan enfadado.

—No es más que una quemadura con soga —concluyó Mü—. Bastará con vendar la herida.

El médico se irguió y entrecerró los ojos, mientras juzgaba a Mü con la mirada. Camus nunca había visto que un bastardo se atreviera a mirar a un noble directamente a los ojos y se preguntó en dónde habrían encontrado a un hombre tan incivilizado.

—Si eso es lo que piensa, retírese y dígale al Capitán que, por favor, deje de inmiscuirme en sus tretas. Dígale que si lo que quiere es poner a prueba la voluntad de los soldados verecianos, tendría mejor respuesta enviando a una mujer desnuda a las barracas.

La tajante respuesta del rubio pasmó por completo a Mü. Abrió la boca para responder, pero sus palabras quedaron atoradas en su garganta. En ese momento Aioria tiró de la manga de Camus para llamar su atención.

—¿Qué pasa? ¿Por qué discuten? —susurró. El moreno no tenía que saber vereciano para percibir la tensión en el ambiente.

Aquel no era el momento para explicarle la situación a Aioria. De cualquier forma, no la entendería. Los akielenses no tenían reparos en engendrar hijos ilegítimos y, había escuchado, la mayoría de las familias llegaban a acogerlos en su seno. Incluso había escuchado de varios kyros bastardos y no rechazaban la idea de tener uno de ellos como rey. El pelirrojo suponía que aquello era algo normal para una raza tan salvaje como la suya y no podía culpar a Aioria por su ignorancia. En contraste, tanto Mü como él provenían de familias responsables y aprendieron desde una edad temprana a desconfiar de aquellos capaces de destruir naciones enteras.

La prueba de Shion era una afrenta a todo lo que conocía como correcto. Sin embargo, no podía ignorar que era precisamente eso: una prueba. Si Camus decidía no formar parte de la Guardia sería por convicción propia, no porque el Capitán disfrutase de exponerlo a semejantes inmoralidades.

—El Capitán ordenó que no lo dejase ir hasta que fuese examinado —explicó en vereciano y con más ímpetu del que tenía planeado originalmente. Fue difícil mantener el rostro en alto cuando Mü le lanzó una dolida expresión de traición.

El médico desvió ligeramente su mirada y se tomó su tiempo en observar a Camus, prestando especial atención al tono de su cabello.

—Entiendo —viró su atención hacia Aioria y le habló en entrecortado akielense—. Trae agua caliente y vendas.

Aioria acató la orden al instante y el médico comenzó la curación en silencio. Sus manos eran delicadas y su concentración tan firme que le ayudó a ignorar la recelosa mirada de Mü mientras desenlazaba y retiraba lo que quedaba de su bota. Limpió la herida con diligencia y cuando colocó el ungüento para proteger la piel del noble, lo hizo con la gentileza digna de un fiel sirviente. Camus pensó que era admirable que un hijo ilegítimo fuese capaz de brindar tan atentos cuidados.

—¿No te dije que era un dios? —la queda voz de Aioria interrumpió su reflexión.

—Parece hábil —admitió Camus.

—¿Él y Mü se conocen? No parece que se lleven muy bien.

El pelirrojo bufó.

—No se conocen.

—¿En serio? Hace un momento parecía que se sacarían los ojos.

—Se podría decir que es una larga historia.

Aioria puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos.

—Ustedes siempre tan enigmáticos. ¿Por qué no pueden decir lo que piensan y ya?

—Porque, a diferencia de ustedes, nos gusta evitar las discusiones —murmuró.

Era claro que Aioria pensaba decir algo más —¿quizá algo sobre la cobardía de los verecianos?—, mas bastó una fría mirada de Camus para dejarle callado. Permanecieron en silencio por varios minutos hasta que el médico terminó de vendar la pierna de Mü.

—Puedes regresar al entrenamiento —aseguró—, pero deberás atender la herida hasta que cicatrice. No olvides untarte el ungüento todas las noches.

Mü le agradeció con voz queda y con un movimiento de cabeza le indicó a Camus que era hora de retirarse. Iban a mitad de camino hacia la puerta cuando el médico les detuvo.

—Esperen —dijo en akielense—. Llévenselo —señaló a Aioria acusadoramente—. Me estorba.

Aioria abrió ampliamente los ojos y dio largas zancadas hasta colocarse frente al médico.

—¡Shaka! ¿Cómo puedes decir eso? ¡Dijiste que necesitaba reposo!

—Reposo, no compañía.

—Pero Aldebarán…

—Él es hábil. No estorba.

Aioria no debía ser un hombre acostumbrado al rechazo, ya que las palabras de Shaka, tan sencillas y francas, le hirieron como una flecha en el pecho. Incluso encorvó su cuerpo hacia adelante y Camus estuvo seguro de que si Mü y él no estuviesen presentes, se habría hincado ante el médico con tal de pedirle una oportunidad. Por más que le desagradara relacionarse con un bastardo, decidió obedecerle y colocó su mano sobre el hombro de Aioria.

—Ven —indicó—. Ya debe haber iniciado el desayuno.

Aioria meció su mirada entre Camus y Shaka por varios segundos, pero al final aceptó la derrota —aunque fuese momentánea— y siguió a sus compañeros fuera de la habitación.

Al final, tanto Aioria como Mü decidieron saltarse el desayuno. El primero porque necesitaba tiempo para digerir su desengaño amoroso y el segundo porque necesitaba calmar sus nervios. Camus aprovechó la soledad para tomarse su tiempo y llegó al comedor cuando la mayor parte de sus compañeros estaba a punto de terminar de comer.

A pesar de que su apetito se había estropeado, sabía que no soportaría los entrenamientos de la tarde con el estómago vacío. Así pues, pidió una porción más pequeña que lo usual y se aseguró de tomar un vaso adicional de jugo de frutas. Como era de esperarse, Aldebarán le preguntó sobre la salud de Mü y desapareció al saber que le encontraría en el dormitorio buscando un nuevo par de botas. Solo serían Milo y él hasta que empezaran los ejercicios de infantería.

Camus comió en menos de quince minutos y se dirigió, junto con Milo, a la arena de entrenamiento. Una vez ahí, el rubio le convenció de practicar con las lanzas. Al ser un arma exclusivamente akielense, Camus nunca la había utilizado en batalla, pero sí para cazar jabalíes en al menos tres ocasiones. Pensó que no podía ser tan difícil y accedió.

—¿Qué fue lo que ocurrió? —preguntó Milo a la vez que se alistaba para su primer golpe.

—¿A qué te refieres?

El rubio lanzó el arma y esta silbó en el aire hasta clavarse a pocos centímetros del centro del blanco.

—Bueno —rascó su nariz—, de lo poco que conozco el carácter del médico, supongo que le rompió el corazón a Aioria y que fue a sentirse miserable en algún rincón del castillo. Lo que no entiendo es lo que pasó con Mü y contigo. ¿Qué es lo que pretendía Shion al enviarlos a ambos?

Camus suspiró y tomó la lanza que le correspondía. Tratando de imitar lo más posible la postura de Milo, tomó impulso y arrojó el proyectil. Su puntería estaba muy oxidada y la lanza terminó insertada en la paja que soportaba al blanco.

—Me sorprende que dedujeras que el Capitán tenía segundas intenciones al mandarnos a ambos.

Milo arqueó la ceja izquierda y se cruzó de brazos.

—Es vereciano. Ustedes siempre hacen todo con segundas intenciones. A veces terceras y, si pueden, cuartas —Camus optó por ignorarle y sujetó una nueva lanza entre sus manos. La madera estaba bien trabajada y era suave al tacto—. ¿Camus? ¿De qué se trata todo esto? ¿Por qué Mü estaba tan renuente a ir con Shaka?

A pesar de que Camus se sentía emocionalmente exhausto, la seria expresión en el rostro de Milo dejó en claro que no lo dejaría ir sin antes recibir una respuesta. Miró a su alrededor y vio una corta hilera de pacas de paja en donde tomó asiento. Milo lo siguió, aunque optó por permanecer en pie.

—El médico elegido para servir en la Guardia Real es un hijo ilegítimo —inició— y supongo que estás al tanto de la postura de los verecianos con respecto a la bastardía.

—Sé que no está bien visto.

Camus bajó el rostro y negó dos veces con la cabeza.

—Es peor que mal visto. El nacimiento de un bastardo es una vergüenza para cualquier familia y es imperdonable en la aristocracia.

—Los hijos no deben cargar con la culpa de los padres.

El pelirrojo observó atentamente al rubio y se preguntó por qué se tomaba la molestia de explicar la situación. Si los akielenses querían arriesgar sus legados con hijos fuera del matrimonio era su problema; no tenía necesidad de hacer valer su punto. No obstante, no pudo detenerse a sí mismo cuando comenzó a relatar la historia de la reina Yseult.

—Hace seis generaciones existió una reina que tenía dos hijos: uno legítimo y otro que engendró con su amante. Por supuesto, el hijo legítimo era el destinado a la corona, pero su medio hermano, cegado por el orgullo y la envidia, planeó su asesinato. El príncipe heredero logró sobrevivir y en poco tiempo se develó la verdad —hizo una breve pausa que aprovechó para buscar algo que no fuese irritación en el rostro de Milo. Falló—. Sin embargo, el príncipe bastardo llevaba años haciendo amistades en la corte, comprando el apoyo de los lores e incluso de algunos miembros del Consejo Real. Logró escapar hasta la fortaleza de Aquitart y desde ahí inició una guerra de cinco años en contra de su hermano y de su madre.

—He escuchado de esa guerra. Dicen que fue…

—La más sanguinaria en la historia de Vere —interrumpió Camus—. Murieron miles de personas. Incluso hubo más bajas que en todas las guerras contra Akielos. La nación quedó devastada, su población diezmada y todo por la avaricia de un hombre; uno que planeó el asesinato de su propio hermano para poder ascender al trono. Una vez que lo derrotaron, la reina ordenó su ejecución y decretó que la bastardía estaba prohibida. No permitiría que otro hijo ilegítimo pusiese en riesgo al reino, ni mucho menos a la familia real. Su palabra se hizo ley hasta el nivel más bajo de la sociedad y desde entonces nos cuidamos de aquellos que son capaces de destruir a su familia con tal de recibir algo que no les pertenece.

Milo apretó los labios y frunció el ceño.

—Hablas con tanta seguridad. Como si estuvieses convencido de que todos los bastardos son crueles y avariciosos.

—Estoy seguro de que la mayoría no lo son, pero si el hijo nació en una familia de nobles la situación es muy diferente. El deseo corrompe a los hombres y más a aquellos limitados por la condición de su nacimiento. No hay duda de que Shaka proviene de una familia de la aristocracia, posee la apariencia y los gestos refinados de alguien de la vieja capital. Ignoro cómo es que el Príncipe permitió semejante amenaza entre los muros de su castillo.

—No sé gran cosa sobre el médico, pero sé que la avaricia y la crueldad son parte de los hombres independientemente de si nacen dentro o fuera del matrimonio. Un buen hombre utiliza sus propios medios para obtener lo que desea y jamás despojaría a alguien más de su derecho.

—La indiferencia puede corromper a cualquier hombre. Un bastardo nunca será tratado del mismo modo que un hijo legítimo; es imposible. Es por eso que somos tan estrictos en Vere: si se evitan a los bastardos, se evita la mala sangre.

Milo entrecerró los ojos y miró a Camus con tanta intensidad que por unos segundos sintió temor.

—Los verecianos no pueden evitar la existencia de los bastardos —aseguró con voz ronca—. Tampoco pueden garantizar que todos los hijos recibirán un trato igual, sean legítimos o no. Lo único que pueden hacer es aceptar que hay gente buena y mala independientemente de su cuna.

Camus sonrió tenuemente y extendió su mano hacia la de Milo.

—Es normal que pienses así. Tienes amabilidad y nobleza, pero…

Milo golpeó los dedos de Camus con el dorso de su mano e hizo una mueca de disgusto.

—Pero soy un bastardo —el pelirrojo sintió que todo el aire de sus pulmones escapaba—. Descuida, vereciano. Dejaré de contaminarte con mi presencia.

Milo tomó una de las lanzas y salió con ella del salón. Camus permaneció en su sitio por varios minutos sin saber qué es lo que debía hacer. Por más que quisiera hablar con Milo, el peso de la noticia que acababa de recibir le impidió ir en su búsqueda.

En lugar de encontrar respuestas, Camus sentía que lo único que hacía era toparse con más preguntas. No estaba seguro de cuánto más podría soportar la incertidumbre.

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Capítulo 8

Cuando se enteró de la alianza de Akielos con Vere, Camus se planteó las muchas complicaciones que podrían surgir en el camino. Curiosamente, el tema de los bastardos no era parte de su larga lista. Si bien los akielenses eran permisivos con los hijos ilegítimos, no dejaban de considerarlos ciudadanos de segunda, exceptuando cuando eran los únicos herederos posibles. Debido a esto, supuso que no se les otorgaría la oportunidad de formar parte de la Guardia Real ni mucho menos de la corte. Le costaba aceptar el hecho de que había convivido con varios hijos ilegítimos y que incluso había coqueteado con uno de ellos. Por otro lado, la parte más sensata de su ser —aquella a la que no escuchaba desde el día anterior— le decía que estaba siendo irracional. Milo tuvo razón al decir que los hijos no debían cargar con el pecado de sus padres y, hasta el momento, no le había dado motivos para pensar que fuese un hombre deshonesto o cruel. Estaba consciente de que debía buscar a Milo, disculparse y obligarse a sí mismo a aceptar el nuevo paradigma que le habían impuesto. No obstante, aún se sentía demasiado incómodo como para acercarse a él. En esos momentos no tenía la fuerza suficiente para ir en contra de todo lo que le habían enseñado durante sus veintidós años de vida.

Decidió, pues, darse un tiempo y alejarse de Milo al menos por un día. Suponía que no sería demasiado complicado; estaba seguro que el rubio no tendría interés en buscarlo. Utilizó el poco tiempo libre que le quedaba para entrenar con la lanza y suspiró con alivio cuando los capitanes dieron la orden de ir al patio principal. Pensó que los ejercicios del día le ayudarían a aclarar su mente lo suficiente como para alejar los temores de su corazón.

En esa ocasión, los soldados se dividieron en varios círculos de entrenamiento. Grupos de dos o tres personas dirigían ejercicios para una u otra disciplina. Los capitanes eran claros: el fin del arreglo no era limitarse a lo que ya conocían, sino incentivar la adquisición de nuevos conocimientos. Únicamente aquellos dispuestos a romper la barrera de sus límites, decían, serían dignos de formar parte de la Guardia Real.

Camus consideraba que los discursos estaban de más. Bastaba ver el desaprobatorio modo en el que Shion rondaba de un círculo a otro para saber que esperaba que todos salieran de sus zonas de confort.

Infortunadamente, al igual que con otros ejercicios, Camus se percató de que había llegado tarde a la repartición de responsabilidades. Los hombres más sobresalientes ya habían tomado un lugar en cada una de las pequeñas arenas improvisadas y al joven solo le quedó elegir a cuál de ellas incorporarse.

Milo era el encargado de dirigir la práctica con las lanzas, lo cual descartaba por completo esa alternativa. A la distancia, observó a Máscara de la Muerte combatir con un par de cuchillos y Camus decidió seguir adelante, a sabiendas de que el hombre sería capaz de sacarle un ojo a la primera provocación. También decidió pasar de largo el círculo de arquería, en donde Mü participaba y, por supuesto, aquel en el que un muy desnudo akielense dominaba en las luchas a un muy uniformado vereciano.

Sabía que su mejor alternativa sería ganarse un lugar como instructor de la espada larga, pero decidió que todavía no era el momento adecuado para develar su verdadera capacidad. De esa forma, y en contra de lo que sabía como correcto, detuvo su andar al encontrarse frente a la arena en la que Aldebarán conducía entrenamientos con el sable. Estaba consciente de que no tenía mucho sentido volcar su atención en él después de haberle derrotado en combate. No obstante, su afán de buscar una distracción le llevó hacia aquel hombre con tan peculiar estilo de pelea.

Si bien Camus nunca había conocido a un akielense que combatiese como él, tampoco podía comparar su estilo con el de los verecianos. Era inusual que un hombre de su estatura y musculatura desarrollara técnicas tan mesuradas y deseó ver más de ellas con el fin de comprenderlas. Eligió un buen lugar para observarle en el margen de la arena, suficientemente lejos como para que no le eligieran como combatiente y lo suficientemente cerca como para poder reconocer los ligeros cambios en la expresión de Aldebarán.

Presenciar sus combates fue totalmente diferente a formar parte de ellos. En el pasado Camus se enfocó tanto en derrotarle que no percibió el espíritu del akielense. A pesar de que su determinación de ganar era tan firme como su posición, su rostro delataba sus pensamientos durante la pelea. Camus había confundido su renuencia a combatir con modestia, pero ahora que lo veía contener ataque tras ataque, se percataba de que había algo más detrás de su grave expresión.

Aldebarán combatía para vencer, no había duda de ello, mas procuraba hacerlo sin herir a su contrincante. Todo su estilo se basaba en desgastar al otro peleador para así conseguir una victoria limpia y fácil. El descubrimiento hizo que Camus se hiciera más preguntas. ¿Por qué un hombre de su calibre protegía tanto a sus adversarios? ¿Acaso desconocía el barbárico estilo de los akielenses? Además, si era tan pacifista, ¿por qué se encontraba entre ellos? ¿Por qué un hombre tan gentil y tranquilo querría formar parte de la Guardia Real?

En cierto momento, Aldebarán dio media vuelta para dar una indicación y entonces, de golpe, todas las preguntas de Camus convergieron en una sola; una que se hizo al momento de conocerle. ¿Qué es lo que había hecho el akielense para ganarse al menos una decena de latigazos?

En esta ocasión la respuesta llegó al instante. Camus recordó la repugnante costumbre akielense de utilizar esclavos. La mayoría tenían la función de sirvientes, pero otros desafortunados eran elegidos para actividades mucho más peligrosas e infames como las de realizar favores sexuales o, como debió ser el caso de Aldebarán, como gladiadores. Monomáchoi, les llamaban, y, después de entrenarlos durante años, los lanzaban a la arena de un anfiteatro y los forzaban a pelear entre ellos o contra bestias salvajes. Camus había escuchado que muchos de ellos morían en combate (aquellos incivilizados se atrevían a llamarles 'juegos') y que eran contados los que sobrevivían por tiempo suficiente como para retirarse.

Para Camus era fácil imaginárselo. Visualizaba en su mente a un Aldebarán más joven, quien poco a poco fortaleció su cuerpo y mente con el fin de sobrevivir a la arena. Lo vio entrenar durante meses para poder dominar el sable con la mano izquierda y así obtener ventaja en los torneos. Lo imaginó rehusándose a asesinar a uno de sus contrincantes, negándose a pelear en contra de alguien que no podía defenderse a sí mismo y tratando de escapar de sus crueles captores. También pudo imaginarse las consecuencias de aquellas decisiones; consecuencias que seguían grabadas en la piel de su espalda.

En ese momento, su miedo a los bastardos le pareció absurdo. Recordó que, de todas las atrocidades del reino de Akielos, la esclavitud era, por mucho, la peor. ¿Cuántos guerreros perdieron su vida en el anfiteatro? ¿Cuántos hombres y mujeres fueron violados por el capricho de sus amos? ¿Cuántos niños nacieron sin tener la oportunidad de un futuro? El barbárico pueblo tiranizaba a su propia gente, mientras tachaba a Vere de viciosa e impúdica. Los akielenses eran un manojo de hipócritas desvergonzados que no sabían cómo complacerse a sí mismos sin la necesidad de someter a alguien más.

Sin embargo, ahí estaba Aldebarán, entrenando con ahínco en pos de convertirse en un Guardia Real. Le era difícil conciliar su imponente presencia con la imagen que tenía de los esclavos. ¿Cómo era posible que mantuviese la esperanza después de experimentar tantos tormentos? Más aún, ¿por qué estaba dispuesto a dar su vida por la nación que le había quitado la libertad?

Era obvio que su cuerpo aún resentía los años de maltrato. Por resistente que fuese, sus movimientos comenzaron a entorpecerse. La gruesa piel de sus cicatrices limitaba el movimiento de sus brazos y cintura, y tuvo que concentrarse en proteger sus débiles flancos.

Después de dos horas de combates, Aldebarán decidió darse un respiro y, para sorpresa de Camus, le ofreció uno de los sables.

—Toma. Creo que es tu turno de enseñarnos algunos movimientos.

Camus tenía poca confianza con aquella arma y sabía que no era la mejor persona para ocupar el lugar de Aldebarán. A pesar de ello, sabía que la nueva tarea le ayudaría a desviar su mente de las preocupaciones y, si decidía seguir con el asunto de la Guardia, le ayudaría a llamar la atención de los capitanes. Camus aceptó la oportunidad al instante y alzó su arma contra el siguiente soldado. Casi inmediatamente reconoció sus debilidades y no dudó en señalárselas con tanta seguridad como si fuese el mejor maestro del imperio. Su actitud tuvo éxito, ya que el hombre puso mayor atención a sus propios movimientos y soportó el combate por dos largos minutos. Cuando el soldado, exhausto, cayó al suelo, Camus le ofreció la mano para ayudarle a levantarse y llamó al siguiente hombre en la fila.

Por un par de horas pudo olvidarse de los hijos ilegítimos y de los esclavos.


Camus y Aldebarán condujeron el entrenamiento hasta que llegó la hora del almuerzo. A diferencia del día anterior, y como era de esperarse, Milo desapareció poco después de recibir su ración. Por su parte, Mü fue llamado por el Capitán Shion y Camus supuso que no lo vería nuevamente hasta que el entrenamiento continuara. Aquel arreglo no enfadó a Camus. Todavía se encontraba nervioso y pasar el tiempo con alguien tan tranquilo como Aldebarán le relajaría.

—Muchas gracias por ayudarme con los ejercicios, Camus. Me has ahorrado un fuerte dolor de espalda.

La cercanía y el ligero quitón de Aldebarán permitieron que Camus apreciara sus cicatrices con mayor atención. Estas variaban en color y en prominencia, lo que indicaba que fueron hechas en diferentes momentos. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde la primera marca hasta la última? Camus se preguntó si el hombre tendría un recuerdo de cada una de ellas; si cada cúmulo de latigazos era un pináculo de su existencia o si, por el contrario, los castigos eran tan constantes que se entremezclaban y difuminaban hasta quedar como un gris recuerdo del pasado.

Camus no disimuló su interés en sus heridas. Después de todo, si Aldebarán sintiese vergüenza o resentimiento hacia ellas, habría optado por cubrirse la espalda. Se preguntó si Aldebarán consideraría sus cicatrices como trofeos de guerra. No sería sorpresa. De haberse enfrentado a semejantes tormentos, Camus también ostentaría su supervivencia con orgullo.

—Mü me habló del pequeño incidente con el médico —su lozana voz dejó en claro que no consideraba que la situación fuese tan seria como ellos creían—. Ignoro qué es lo que les enseñen a los verecianos, pero te puedo decir que Shaka es un buen hombre —sonrió y alzó el rostro hacia el cielo mientras rascaba su barbilla con su dedo índice—. Su mal carácter no implica que sea una mala persona, ni mucho menos que sea incompetente. Espero que le puedan dar una oportunidad. Aunque, francamente, dudo que él tenga interés en recibir su aprobación.

—Dudo que tenga interés en algo que no sean sus vendajes y menjunjes.

Aldebarán rio gravemente y le dio a Camus una fuerte palmada en la espalda que por poco lo tumbó de lado.

—Estarán bien. Nosotros, los bastardos, no somos tan terribles como les han hecho creer. Han convivido con varios de nosotros desde un principio. Incluso me sorprendí esta mañana cuando vi a Mü tan indignado. Él sabía que yo era un hijo ilegítimo y nunca reaccionó así.

—Es diferente —interrumpió Camus.

Aldebarán ladeó el rostro y lo miró con curiosidad.

—¿Cómo dices?

—La situación contigo es diferente.

El otro bufó y cerró los ojos, mientras asentía con la cabeza.

—Ya entiendo. La bastardía le sienta bien a los salvajes akielenses, ¿no es así?

Camus abrió ampliamente los ojos. La bastardía era un pecado independientemente de su nacionalidad; la ignorancia de los akielenses no los eximía de su culpa. Nada lo hacía a menos de que el sexo fuera del matrimonio hubiese acontecido en situaciones específicas y completamente comprobables.

—No es eso —explicó—. Me refiero a que tu caso es muy diferente. Tú eres un esclavo. Tu madre no tuvo alternativa más que la de concebirte.

Aldebarán alzó las cejas y emitió una grave expresión de sorpresa.

—Ya veo, ya veo. Creo comprender —hizo una breve pausa—. Tienes razón al decir que mi madre no tuvo alternativa, pero te equivocas en algo de suma importancia: yo ya no soy un esclavo.

—Por supuesto —Camus sabía aquello. Si había tardado tanto tiempo en descubrir la verdad fue precisamente porque carecía de los grilletes de oro que, sabía, decoraban perenemente el cuello y las muñecas de los esclavos akielenses—. Lamento haber dicho lo contrario. Admito que apenas comprendí tu situación. No hablas ni te comportas como un gladiador.

No era como si Camus conociese a algún otro. No obstante, suponía que los akielenses no perdían tiempo en educar a un esclavo que pasaría la mayor parte de su vida en la arena.

—Es por mi madre, ¿sabes? Ella era una esclava de placer entrenada en el palacio de la vieja capital. Vivimos juntos durante el tiempo suficiente para que me enseñara a leer y escribir —sonrió con tristeza—. Tenía una voz muy bella —calló por unos segundos y dejó su plato en el suelo—. Le pesó mucho la separación. Intentó evitarla por mucho tiempo, pero era obvio que mi físico no era el adecuado para el sumiso rol de los esclavos del palacio.

—No tienes que hablarme de esto, Aldebarán.

—Está bien. No es algo que me moleste —aseguró—. A los ocho años me compró un noble que me envió a la escuela de gladiadores más importante de Ios. Viví y entrené en ese lugar hasta que cumplí catorce y tuve mi primer combate —sonrió—. Han pasado ocho años desde entonces.

Camus tragó saliva y decidió también dejar su plato a un lado. La conversación había desaparecido el poco apetito que tenía.

—Es increíble que hayas sobrevivido tantos años. Ahora entiendo por qué eres tan fuerte.

Aldebarán rio quedamente y, abochornado, rascó su nuca con la mano izquierda.

—No es para tanto. Los esclavos eran muy preciados en Akielos. Los combates casi nunca eran hasta la muerte. No sería un buen negocio, ¿sabes? Sin embargo —bajó la mirada y suspiró—, el sobrevivir a la arena no te exime de la muerte. A veces las heridas se infectan y otras el látigo de los instructores cae con demasiada fuerza. El miedo también nos afectaba. Es difícil obligarte a ti mismo a seguir viviendo cuando no sabes cuándo el capricho de tu amo te llevará a la muerte.

—Lamento que hayas tenido que experimentar tanta crueldad —dudó—. ¿Puedo preguntar algo? —Aldebarán asintió—. ¿Por qué quieres formar parte de la Guardia Real? ¿Por qué quieres servirle al Rey que te esclavizó?

En ese momento la postura de Aldebarán cambió por completo. Enderezó su espalda, haciéndolo ver aún más grande de lo que ya era, y apretó los labios con tanta severidad que Camus recordó a los veteranos capitanes akielenses contra los que llegó a enfrentarse. De no ser porque se encontraba sentado, Camus habría dado un paso hacia atrás al tener a un hombre tan temible frente a él.

—Quien me esclavizó fue Akielos, no su Rey. Al contrario, lo primero que hizo una vez que llegó al poder fue liberar a todos los esclavos.

Por lo que Camus sabía, la esclavitud estaba fuertemente arraigada en la cultura akielense. Prohibir la esclavitud sería completamente impensable y un fuerte golpe a los acaudalados que dependían de ellos. Jamás imaginó que algo así ocurriría.

—Imagino que la mayoría de los kyros no tomaron a bien el edicto.

—Tengo entendido que algunos apelaron la nueva ley, pero la palabra del Rey fue firme y nadie se atrevió a detener sus reformas. Es por eso que estoy aquí. El Rey de Akielos me ofreció una nueva vida y decidí utilizarla para servir a quien liberó a mis compañeros del tormento. Estoy aquí porque sé que tiene la capacidad para proteger a los habitantes de su nuevo impero.

Camus asintió al percatarse que había pasado de largo algo tan importante. Si era elegido como parte de la Guardia Real, tendría que servirle no solo al Príncipe de Vere, sino que también al Rey de Akielos. Aún no estaba seguro de si el Príncipe era merecedor de su lealtad, pero ahora comprendía que no tenía que depositar toda su esperanza en él. Si el Rey se atrevió a destruir milenios de tradición en pos de los necesitados, sin duda era un buen hombre. Mantendría aquel pensamiento hasta que pudiese tomar su propia decisión con respecto al Príncipe.

—El Rey recibirá una valiosa recompensa una vez que seas parte de su Guardia, Aldebarán.

El otro rio y Camus divisó un ligero rubor, aun por encima de su oscura piel.

—No hay que cantar victoria. Todavía faltan varias pruebas por superar.

—Sí. En eso tienes razón.

—Y hablando de pruebas —sonrió de soslayo—. Sé que Aioria está llorando en algún rincón porque Shaka lo consideró tan molesto como un mosquito, pero, ¿por qué Milo no está revoloteando a tu alrededor? —Aldebarán recibió parte de la respuesta cuando Camus desvió la mirada y apretó los labios—. ¿Discutieron? Supongo que es normal. Por lo poco que lo conozco sé que es muy orgulloso. Espero puedan hacer las paces. Probablemente ya lo sepas, Camus, pero sobrevivir a nosotros mismos será la prueba más difícil e importante que tendremos que superar si es que queremos formar parte de la Guardia.

—Lo sé —respondió con franqueza.

Camus decidió que hablaría con Milo esa misma noche. Sabía que sería incapaz de aceptar la bastardía de un día para el otro. Sin embargo, si Akielos podía liberar a los esclavos de los que tanto dependía, lo menos que él podía hacer era intentar cambiar su postura con respecto a los hijos ilegítimos.

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Capítulo 9

El desgastante día en la arena de entrenamiento permitió que Camus se olvidase de Milo aunque fuese por unas cuantas horas. Asimismo, los rigurosos ejercicios despertaron el apetito que le había evadido desde la mañana y no dudó en dirigirse al comedor una vez que llegó la hora de la cena. No tuvo oportunidad de contemplar sentarse en una mesa diferente, ya que Aldebarán lo condujo al espacio que ya consideraban como suyo y en donde Aioria y Mü les esperaban.

Inicialmente, Camus se enfocó en saciar su hambre y no prestó demasiada atención a las palabras que Aioria pronunciaba tan efusivamente. Sin embargo, llegó el momento en el que el estómago de Camus dejó de ser lo más ruidoso de la mesa y tuvo que prestar atención a lo que el castaño decía.

—¡Te lo suplico, Aldebarán! —Aioria apenas y había probado bocado e incluso había dejado su plato a un lado para unir sus manos en señal de oración—. ¡Tienes que ayudarme!

Aldebarán, exasperado por no poder comer a sus anchas, no parecía tener intenciones de ceder.

—Te he dicho que no hay nada que pueda hacer por ti.

—¡Debe haber algún modo en el que pueda conquistar a Shaka!

—Lo dudo y, si lo hubiera, ¿cómo habría de conocerlo? ¡Solo conviví con él por dos días!

—Algo debiste haber aprendido de él.

—Difícilmente. Apenas cruzamos palabras. No sé vereciano y él apenas puede decir algunas frases en akielense.

—¡Eso es!

La exclamación de Aioria fue tan repentina que Aldebarán, Mü, Camus y tres hombres que comían cerca de ellos se encogieron de hombros y le miraron como si se hubiese vuelto totalmente loco. De cierta forma, lo había hecho.

—Temo preguntar… —murmuró Aldebarán.

Como era de esperarse, Aioria no esperó a que le preguntaran sobre su plan, sino que lo explicó con el mismo entusiasmo con el que lo había descubierto.

—¡Será mucho más fácil conquistarlo si aprendo vereciano!

Extendió su cuerpo sobre la mesa y miró a Camus y a Mü con una cara tan suplicante que al pelirrojo le recordó a un hambriento gato callejero.

—Ni siquiera lo pienses —respondió Mü incluso antes de que Aioria pronunciase su pregunta—. No te enseñaré vereciano solo porque quieres utilizarlo para acostarte con alguien.

Al instante, las orejas de Aioria se tiñeron con un intenso color rojizo y el hombre comenzó a balbucear sinsentidos.

—¿Acostarme? ¿De qué hablas? ¡No dije que quisiera acostarme con él! ¡Eso no… pues, no!

Si bien su estado de ánimo no mejoró del todo, la avergonzada reacción de Aioria dibujó una tenue sonrisa en los labios de Mü. Camus, por su parte, decidió hundir un poco más el dedo en la llaga.

—Estoy de acuerdo, Mü. Tampoco creo que valga la pena perder el tiempo en algo así. Es obvio que Shaka no se interesaría en Aioria ni aunque le escribiese mil poemas de amor.

—¿Tú también, Camus?

—Además —continuó el aludido—, seguramente su poesía sería terrible.

Tanto Mü como Aldebarán estuvieron de acuerdo y el pobre de Aioria tuvo que conformarse con regresar a su asiento y a cruzarse de brazos.

—¡Si ustedes no quieren ayudarme, entonces le pediré ayuda a Milo!

El resto frunció el ceño y se miró entre sí para buscar una explicación a sus palabras. Al ser Camus el más interesado, fue él quien decidió hacer la pregunta.

—¿Milo habla vereciano?

El pánico cubrió el rostro de Aioria y comenzó a removerse nerviosamente sobre su asiento y a juguetear con su pocillo de vino como si el resto de sus compañeros no le mirasen con interés.

—¡No! —declaró—. Quiero decir, sí. Es decir… supongo —al ver que su torpe explicación hizo poco para satisfacer la curiosidad de los demás, carraspeó y trató de calmar su respiración—. La verdad es que muchos de los soldados que sirvieron en la frontera estudiaron vereciano. Es probable que haya aprendido algo. Sin duda sabe más que yo.

Si algo logró la patética mentira de Aioria, fue intrigar aún más a Camus. Era obvio que Milo sabía más que algunas palabras en vereciano y se preguntaba por qué el castaño actuaba como si fuese un secreto celosamente guardado. No podía culpar a Milo por no haber mostrado interés en hablar el idioma con él (quizá su acento era muy malo, quizá no tenía deseos de hablar una lengua que por tanto tiempo consideró enemiga), pero desconocía qué motivos habrían hecho que Aioria respondiese de una forma tan peculiar. Camus había conducido un par de interrogaciones en su corta vida militar y, a sabiendas de que sería fácil obtener más información de él, decidió insistir. Sin embargo, para su sorpresa, Aioria fue más listo de lo que esperaba y cambió de tema con rapidez.

—Y hablando de Milo —gruño—. ¿En dónde diablos se metió? ¡No puedo creer que se esté perdiendo la cena!

Camus esperaba que el hombre estuviese en alguna parte del comedor, lejos de sus usuales compañeros, pero con el humor suficiente para saciar su hambre. No obstante, parecía ser que Aioria tenía razón y que el rubio había optado por saltarse la comida. Por supuesto, la culpabilidad embargó a Camus y le recordó que su velada aún estaba lejos de terminar.

—Temo que soy el responsable de su ausencia —Aioria y Mü alzaron el rostro con interés. Aldebarán se limitó a mostrar una cómplice sonrisa—. De hecho, lo mejor será que vaya a buscarlo ahora mismo.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Aioria—. ¿Qué pasó?

Escudándose en el hecho de que Aioria mintió minutos atrás, Camus justificó no responderle. De un sorbo bebió lo poco que quedaba de su vino y se levantó de su asiento.

—Es probable que lo encuentres en la arena de entrenamiento —explicó Mü—. Suele ir ahí cuando está de mal humor.

—¡Cuando lo venzo en las luchas, dirás!

Camus ignoró a Aioria, agradeció a Mü por la información y salió de ahí antes de que perdiera el poco arrojo que tenía en esos momentos. Además, la noche avanzaba y no quería meterse en problemas por estar fuera de las barracas después de la hora acordada. Con paso veloz se dirigió a la arena de entrenamiento.


Camus encontró a Milo justo donde Mü le dijo que lo haría. A diferencia de en las mañanas, cuando el salón estaba ampliamente iluminado por varios candelabros, solo un par de antorchas iluminaban el pequeño blanco con el que el hombre practicaba con su lanza. A pesar de que aquellas condiciones no eran las mejores para practicar, la oscuridad no parecía molestar a Milo, quien sujetaba el arma con familiaridad y la proyectaba con facilidad. El cuerpo del akielense resplandecía bajo las luces de las antorchas, las cuales resaltaban su perfil y los marcados músculos de sus piernas y brazos. Su dorado cabello refulgía en la penumbra y por unos segundos Camus confundió la visión con la de las estatuas de mármol y oro que decoraban los templos akielenses.

Milo no pareció percatarse de su presencia o, si lo hizo, optó por ignorarle. Decidido a no dejar pasar aquella oportunidad, Camus cerró la distancia entre ellos. No habló sino hasta que el fruncido ceño de Milo le hizo estar seguro de que el hombre sabía que no se encontraba solo.

—¿Milo?

Este sujetó con fuerza su lanza y, sin bajar el arma, giró su cuerpo hacia el de Camus. La luz de las teas se reflejaba en sus ojos y atizaba su enojo. De no ser porque la distancia entre ellos era demasiado corta como para que Milo lanzara un buen golpe, Camus habría considerado muy seriamente hacerse a un lado.

—Pensé que sabrías que no tengo interés de verte o escucharte —remarcó sus palabras enterrando la lanza en el suelo—, del mismo modo en el que tú no querrías escuchar o ver a un bastardo.

Camus exhaló cansinamente y puso su mano en su pecho mientras se inclinaba levemente hacia él.

—Lamento mucho haberte ofendido, Milo. Hablé conforme a lo que se me educó, no a lo que realmente pensaba de ti —se incorporó y le miró a los ojos—. A pesar de que tenemos poco tiempo de conocernos, estoy convencido de que no serías capaz de traicionar a alguien por mera ambición, mucho menos a tu familia. Eres un buen hombre y, aunque me tomará tiempo asimilarlo, ahora comprendo que no debo juzgar a una persona por algo tan vano como la condición de su nacimiento.

Sus palabras no eran del todo sinceras. No era que no tuviese deseos de cambiar su modo de pensar con respecto a los bastardos, ni que no creyese que al menos uno de ellos podía ser un buen hombre. Simplemente sabía que aún era demasiado pronto como para poner las manos al fuego por Milo. Aún no era capaz de confiar en él por completo, pero sabía que no era el momento para dejar entrever su duda. Quería hacer las paces con él y, así, confirmar por sí mismo la clase de persona que era.

—Jamás me habían insultado de tal forma —aseguró Milo—. Es cierto que no soy igual a mis hermanos, pero los amo tanto como a mi madre y respeto enormemente a mi padrastro. Él me recibió en su hogar y me ha tratado con la misma deferencia con la que trataría a cualquiera de sus hijos. Jamás haría algo para dañarlo a él o a su patrimonio. No me interesan sus tierras ni su nombre. Todo lo que deseo lo puedo obtener por mí mismo.

—Lo sé.

Milo debió reconocer los rastros de duda en las palabras de Camus, ya que entrecerró los ojos y apretó los labios con enojo.

—No es solo esto —golpeó la lanza con el antebrazo. El arma se desprendió del suelo e hizo un seco sonido al caer sobre el aserrín.

El rubio caminó hacia una paca de paja, se sentó y recargó su frente sobre las puntas de sus dedos.

—Eres un hombre inteligente, Camus. Quizá no todos sean capaces de ver más allá de lo que se les adoctrinó, pero tú si puedes hacerlo. Tú tienes la capacidad de juzgar a las personas por lo que son y no por lo que aparentan y aun así decides no hacerlo. Decides ignorar lo que tienes frente a ti y prefieres quedarte con las voces de tus padres y maestros. ¿Cómo puedo confiar en algo así? Pensé que… —meneó la cabeza—. Somos demasiado diferentes, Camus. Acepto tu disculpa, pero solo eso. No olvidaré tu insulto ni tu prejuicio —bajó ambas manos y las descansó sobre sus rodillas—. Espero por tu bien que realmente estés dispuesto a actuar conforme lo que te dicte la razón en lugar de al fantasma de tus ancestros.

Las palabras de Milo irritaron al de por sí alebrestado ánimo de Camus. Actuaba como si fuese sencillo abrir los ojos ante una injusticia que desde pequeño te enseñaron a ignorar. Actuaba como si él no fuese igual.

—Supongo que fue así para ti cuando te ordenaron liberar a tus esclavos.

Milo entreabrió la boca y por unos instantes quedó tan pasmado que no supo cómo reaccionar.

—¿Disculpa?

Camus sabía que Milo no era parte de la nobleza: carecía de los finos movimientos y de las sofisticadas palabras. No obstante, su postura y autocomplacencia correspondían a los de alguien que no conocía las carencias y su largo y atendido cabello a los de un hombre acostumbrado los lujos. Camus adivinó que el patrimonio de su padrastro debía ser más que un pequeño pedazo de tierra en la provincia de Aegina o Mellos; seguramente consistía en una amplia plantación de olivos y una enorme casa repleta de esclavos. Esclavos de los que, sin duda, Milo se aprovechó por años.

—¿Te atreverías a decirme que tomaste a bien la orden del Rey para liberar a todos los esclavos?

Como para denotar la firmeza de su respuesta, Milo se puso de pie y asintió.

—La orden de su Excelencia fue contundente y mi familia accedió a ella con gusto.

Camus sospechaba que aquello era una mentira —no se imaginaba que pudiese ser lo contrario. Sin embargo, incluso con la seriedad de su rostro y la gravedad de sus palabras no estaba dispuesto a dejarle ir sin hacerle comprender su postura.

—Con tanto gusto como recibiste la orden de entrenar a lado de los verecianos, supongo —no le dio a Milo oportunidad de responder—. Es comprensible: seguir órdenes es más fácil que aceptar los errores por cuenta propia. Pudieron liberar a los esclavos generaciones atrás, pero lo hicieron hasta que su Rey no les dio alternativa.

—Los motivos por los cuales decidió liberar a los esclavos pertenecen únicamente su Excelencia. Mi deber es honrarlos y acatarlos —hizo una breve pausa—. No obstante, no había un motivo válido por el cual liberarlos. Tú no conociste los jardines de entrenamiento de esclavos, tú no viste cómo se les cuidaba. Es por eso que crees que la esclavitud es algo terrible. Sin embargo, a los esclavos se les otorgaba protección y atención a cambio de su libertad. Ellos cumplían sus labores con gusto y, para muchos de ellos, el perder su condición fue un duro golpe a su espíritu.

—Supongo que se sintieron abrumados por la libertad; después de todo, jamás les ofrecieron opciones distintas a las de obedecer.

—No las necesitaban —aseguró—. Tenían todo lo que pudieran necesitar. Eran felices con nosotros.

Los argumentos de Milo flaqueaban y él lo sabía. Su nerviosismo se coló en sus palabras y su usual altanería se fundió como la nieve en primavera.

—Eres un hombre inteligente, Milo —dijo entonces—. Sabías que arrebatarle a alguien su libertad era algo incorrecto, pero accediste a ello porque tu familia y tu sociedad te dictaron que era lo normal. Te convenciste a ti mismo de que hacías bien a los esclavos porque era mejor que aceptar que los utilizabas para satisfacer tus propios caprichos. El Rey no necesitaba dar una orden para su liberación, pero tú la necesitaste para hacer lo correcto.

Milo entreabrió la boca, mas le tomó varios segundos encontrar las palabras que necesitaba para responder.

—Los esclavos no son como crees, Camus. Son gentiles y débiles; son criaturas delicadas que no estaban listas para salir al mundo real.

—Tal vez no conozca a muchos esclavos, pero conozco a uno.

En ese instante los ojos de Milo se abrieron de par en par y la pesadez de sus propios actos pareció posarse sobre sus hombros.

—Aldebarán…

—A pesar de que lo torturaron para aplacar su espíritu, no lograron debilitarlo. Al contrario, es poderoso, noble y valiente y así como él hay miles que lo único que necesitaban era una oportunidad para demostrar que son más que simples trofeos. ¿Lo comprendes ahora, Milo? Es fácil cometer errores cuando todo tu mundo los practica; lo difícil es abrir los ojos y aceptar que has sido partícipe de la injusticia. Ambos somos culpables de escuchar las voces de nuestros ancestros, pero somos nosotros quienes podemos hacer una diferencia.

Milo exhaló entrecortadamente, cruzó una rápida mirada con Camus y salió del salón de entrenamiento sin decir más.

Camus decidió no seguirle. Sabía que Milo necesitaba tiempo para recapacitar en sus propias acciones. Optó por, en cambio, ir a la cama.

Él también tenía mucho en que pensar.

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Capítulo 10

El cuarto día de Camus en la fortaleza de Marlas inició como ya se había hecho costumbre. Los soldados se levantaron con el ímpetu usual y comenzaron puntualmente con los ejercicios del campamento. El pelirrojo no estaba seguro si el grupo estaba cada día más organizado, o si simplemente había comenzado a percibir las pequeñas maniobras y actitudes que lo catalogarían como un ejército unificado; al menos, como uno que no pensara en destruirse desde dentro la mayor parte del tiempo. Camus supuso que su nueva perspectiva se debía a que ahora se sentía parte de dicho ejército y comprendía más que nunca las limitantes y problemáticas de los soldados.

Aquella mañana estaba tan enfrascado en sus propias actividades que no pensó dos veces en el hecho de que Milo había ocupado el puesto contiguo. No reparó en él hasta que desdoblaron juntos uno de los pesados lienzos. Por un instante sus manos y miradas se cruzaron y, si bien el rostro de Milo permanecía serio, el enojo y la frustración habían desaparecido. Lucía, en cambio, cansado y desconcertado. A pesar de que el intercambio duró pocos segundos, Camus supo leer en su cerúlea mirada la promesa de un futuro encuentro que, tal vez, les permitiría aclarar las cosas y enmendar los errores.

Camus sabía que Milo era sumamente orgulloso y admiraba que hubiese sugerido una pronta reconciliación. Lo menos que el vereciano podía hacer era imitar su nobleza. Por esta razón, le sonrió e hizo un sutil movimiento de cabeza que, esperaba, le haría saber que él también estaba dispuesto a retomar la conversación del día anterior.

El resto de la mañana pasó con rapidez. Los hombres se enfocaron arduamente en sus tareas y las únicas interrupciones que Camus percibió fueron ocasionadas por Aioria exigiéndole a Milo a que le enseñara vereciano.

—¿Por qué de repente quieres aprender el idioma? —preguntó el rubio a sabiendas de que Aioria no pediría algo así a menos que fuese por un motivo importante.

—¿No es obvio? Ahora que formamos parte del mismo imperio tendré que relacionarme con más verecianos. Lo mejor será que aprenda a hablar su idioma.

Milo entrecerró los ojos y le lanzó un pesado rollo de soga destinado a ser guardado en las carretas.

—Hemos convivido con verecianos por casi dos meses y nunca antes te habías interesado en aprenderlo. Disculpa si desconfío de tu sinceridad —tras una breve pausa frunció el ceño y torció la boca—. Todo esto es por el médico, ¿verdad? ¿Crees poder cortejarlo si hablas su idioma?

Aioria abrió ampliamente la boca para defenderse, pero Camus le interrumpió con rudeza.

—Ya le dijimos que jamás funcionaría. Tendrá más éxito orándoles a los dioses. Quizá se apiaden de él y le permitan follarse a Shaka —las palabras de Camus tuvieron el efecto deseado, ya que Aioria se abochornó tanto que se concentró en sus labores y dejó sus súplicas para un momento más adecuado.

Después de algunas horas, los capitanes señalaron el final de las prácticas de campamento y ordenaron a los hombres dirigirse al comedor. Camus no había dado un paso hacia el interior de la fortaleza cuando fue detenido por Milo.

—Camus —el tono de su voz fue tan suplicante como el modo en el que le sujetaba de la muñeca—. Si me lo permites, me gustaría conversar contigo por un momento.

A pesar de que el vereciano supo que no podría rechazarlo, tampoco estaba dispuesto a perder el desayuno. El hecho de que pudiese sobrevivir un día sin probar bocado no quería decir que estuviese dispuesto a hacerlo. Se decidió, entonces, a proponer un punto medio.

—Vayamos primero por algo de comer. No queremos que te desmayes a mitad de la práctica vespertina.

Milo abrió los ojos y la boca en señal de indignación, mas decidió contenerse. Seguramente quería desahogarse lo más pronto posible y no quería darle una excusa a Camus para escapar de él.

Los hombres se dirigieron al comedor y en un pequeño morral guardaron sus respectivas raciones de embutidos, queso y pan. No le dieron mayor explicación a sus compañeros y de nueva cuenta salieron del castillo. Durante todo el trayecto Camus temió toparse con alguno de los capitanes, pero estos debían encontrarse en alguna de las habitaciones privadas puesto que no había rastro de ellos.

Si bien al pelirrojo no le gustaba la idea de alejarse del grupo antes de que iniciara el siguiente entrenamiento, Milo parecía decidido a hacer lo contrario. Camus lo siguió con paciencia hasta que se percató que se dirigían a las caballerizas.

—No pretenderás que cabalguemos justo ahora. No regresaríamos antes de que termine el tiempo libre.

Milo arqueó la ceja izquierda y se alzó de hombros.

—¿Y qué? Nos ayudará a relajarnos —Camus casi se va de espaldas con la despreocupada respuesta del rubio, quien rio con fuerza al ver su reacción—. ¡Es broma! ¡Yo también quiero formar parte de la guardia, ¿recuerdas?! No vamos a las caballerizas. Hay una capilla a unos metros de ahí. Debe estar vacía a esta hora.

Tal y como Milo dijo, había una pequeña y oscura habitación escondida entre la caballeriza y la herrería. El edificio estaba descuidado, con piso de tierra, paredes de madera humedecida y un techo de paja que no había sido cambiado en meses. Cuatro pequeñas bancas estaban dispuestas frente a un humilde altar decorado con un bello arreglo de flores silvestres. La capilla pertenecía a los sirvientes del castillo, pensó Camus, y debió haber caído en desuso después de la conquista akielense seis años atrás. Con la unificación y el regreso de verecianos a la fortaleza, las antiguas creencias debieron resurgir en el corazón de los lacayos, quienes poco a poco revivían el pequeño espacio que alguna vez significó todo para ellos.

—¿Cómo encontraste este lugar? —Camus suponía que no era normal que un aspirante vagara por los recovecos del castillo. Sería demasiado fácil entrar por accidente a un lugar prohibido y meterse en problemas con los capitanes.

En lugar de que Milo respondiera inmediatamente, pareció repasar en su mente diversas excusas que le evitarían la molestia de decir la verdad. Camus tenía razón: no era indicado que un soldado hubiese dado con un lugar que si bien era sencillo, no dejaba de ser sagrado.

—Es una larga historia —terminó por decir—. Tú sabes lo difícil que es encontrar privacidad cuando se está acuartelado. Los feligreses únicamente oran al amanecer; me aseguro de nunca molestarles con mi presencia.

Camus no dejó de pensar que era un tanto blasfemo esconderse en una capilla, pero al igual que Milo comprendía los estragos emocionales de pasar todas las horas del día acompañado de solados. Todos necesitaban un descanso ocasional y, en esos momentos, decidió aceptarlo con todo y la blasfemia.

Para demostrar que por el momento aceptaba el escondite, Camus tomó asiento en la última banca de la izquierda. Milo lo imitó y adoptó una compungida postura con sus antebrazos recargados en sus rodillas y el rostro gacho.

—Quería disculparme contigo, Camus —dijo sin alzar la mirada—. El día de ayer no fui sincero contigo. A decir verdad, tampoco fui sincero conmigo mismo.

—No es necesario que me des explicaciones —aseguró—. Yo también he cometido errores.

—No busco justificar mis faltas. Lo que quisiera… —exhaló largamente y alzó el rostro. Sus ojos turquesas brillaban aún en la penumbra de la capilla—. Si me lo permites, me gustaría contar parte de mi historia.

Cuando Milo separó a Camus de sus compañeros, jamás pensó que le ofrecería algo tan íntimo. No estaba acostumbrado a lidiar con emociones ajenas y, tal vez, de haber sabido que la situación se tornaría tan delicada, habría optado por quedarse a desayunar. Infortunadamente, la decisión estaba tomada y no le quedó más que asentir como si no tuviese miedo de lo que estaba a punto de escuchar.

—Nací en la provincia de Mellos —para sorpresa de Camus, Milo comenzó a hablar en impecable vereciano—. El linaje de mi madre puede rastrearse hasta siete generaciones atrás; es prima del antiguo kyros de la región y única heredera del legado de mi abuelo —sonrió—, el cual es prácticamente inexistente. Los malos negocios llevaron a su familia a la ruina y su padre se sintió obligado a casarla con alguien más afortunado —los ojos de Milo se entrecerraron y su mandíbula se tensó—. El elegido fue un hombre llamado Aspros. Nació como un simple jornalero en la campiña de Mellos, pero era ambicioso e inteligente. A los trece años se volvió capataz de la plantación en la que trabajaba y a los dieciocho logró hacerse tan indispensable para el terrateniente que lo nombró su heredero.

—Eso es admirable —concedió Camus, a pesar de que Milo no parecía estar de acuerdo.

—Lo es, en cuestión de negocios —admitió—. El mismo matrimonio fue una transacción. Mi abuelo quería que su hija tuviese una mejor calidad de vida y Aspros quería unirse legalmente con una familia tan reconocida como la suya. Mi madre también estuvo de acuerdo con el trato —arrugó la nariz—, aunque creo que solo se casó con Aspros porque era dueño de los mejores manzanos de Akielos.

—¿Cómo dices?

Milo interrumpió brevemente su relato y parpadeó varias veces como para recordar en dónde se encontraba.

—A mi madre le encantan las manzanas —abochornado, rascó su nuca con la mano derecha—. Da un poco de miedo, francamente.

Camus imaginó a la madre de Milo sentada sobre una montaña de manzanas y con un pequeño Milo en brazos. También imaginó la brillante sonrisa que debió haber lucido cuando decidió nombrar 'manzana' a su hijo.

—No es un matrimonio tormentoso. Mi madre ayuda a mejorar la imagen pública de Aspros y él cuida de la familia con ahínco. Su relación mejoró aún más cuando engendraron a dos herederos y pudieron dedicarse a lo que realmente les interesaba: Aspros a sus negocios y mi madre… —frunció el ceño— a lo que sea que le interesase en ese momento. Hace veintiún años, su interés recayó en mi padre.

Camus tragó saliva e intentó prepararse mentalmente para la segunda parte del relato. Oró por tener el temple necesario para evitar hacer muecas de disgusto al escuchar sobre el adulterio de la madre de Milo.

—Él era vereciano —el rubio hizo una larga pausa que permitió que las pesadas palabras llegasen a los oídos del pelirrojo. Camus, mentalizado a escuchar algo diferente, se pasmó al recibir la inesperada noticia.

Camus intentó decir algo, confirmar lo que acababa de escuchar, pero las palabras no salieron de su boca. Milo tomó su silencio como una pauta para continuar.

—No te habría agradado. Era uno de los mejores contrabandistas del mar del oeste. Era capitán de su propio barco y comandaba a más de cien hombres. Aspros lo aborrecía por ser vereciano, pero hacía negocios con él porque le permitía exportar sus frutas a Vere en un tiempo en el que comercio entre los dos países estaba prohibido —una pintoresca imagen debió cruzar su mente, ya que posó su mano sobre sus labios para contener una amplia sonrisa—. Mi madre estaba fascinada con el extranjero. Era blanco, rubio, criminal y totalmente diferente a cualquier otro hombre al que hubiese conocido. Además, el que una akielense cortejara a un vereciano sería el escándalo más grande que la provincia hubiese visto en años.

—Y fue exactamente lo que hizo.

Milo asintió y emitió una seca risotada.

—Lo hizo. Con inusual discreción, pero lo hizo. Aún hoy está orgullosa de haber logrado que un vereciano se acostase con una mujer casada. Sin embargo, el gusto le duró poco. Mi padre era fugitivo en ambos países; no podía permanecer mucho tiempo en tierra y partió sin saber siquiera que mi madre estaba embarazada. Ella tampoco se tomó la molestia de informarle, ni siquiera en las pocas ocasiones en las que volvieron a verse.

—¿Qué pasó con Aspros? —la ligereza en las palabras de Milo apuntaba a que el escándalo no fue el final para su familia y a Camus le costó trabajo imaginarse cómo pudieron librarse de la vergüenza. Decenas de familias en Vere habían caído en la infamia por mucho menos que eso.

—¡Estaba furioso! —admitió—. Debes saberlo: en Akielos es normal que haya relaciones extramaritales. Sobre todo en casos como el suyo en el que el matrimonio fue de conveniencia. Sin embargo…

—La situación cambia al haber un vereciano de por medio.

El rostro de Milo, antes alegre y emocionado, se tornó serio.

—Con el fin de evitar los rumores, Aspros me reconoció como su hijo. Mi madre sabía que tendría muchas dificultades si se descubría la identidad de mi verdadero padre, así que aceptó guardar el secreto.

—¿Y por eso te enseñó vereciano desde que eras pequeño?

No supo por qué su pregunta tomó a Milo por sorpresa. Su dominio del lenguaje era tan puro que era obvio que lo había aprendido desde una edad temprana. Sin duda aquel ejercicio sería una aventura más para su madre: un atrevimiento que pondría al límite la salud mental de su esposo.

—No solo vereciano —respondió después de un breve silencio—. Todas las noches me contaba cuentos de hadas de Vere y, cuando podía, me compraba esos horribles juguetes que usan ustedes.

—¿Qué tienen de malo nuestros juguetes?

—¡Tienen tantas piezas! ¡En lugar de jugar con simples trompos, prefieren rompecabezas tan complicados que ni los adultos pueden resolver!

—Sospecho que tu madre sería una experta en ellos.

—Le gustan los retos. Tienen suerte de que naciera mujer. De lo contrario se habría enlistado al ejército y habría conquistado los cuatro reinos antes de cumplir los treinta años.

A pesar de que no conocía a la mujer, Camus no dudó un instante en la veracidad de las palabras de Milo.

—Mi madre me confesó la verdad el día que cumplí seis años. De cierta forma fue un alivio descubrir que Aspros no era mi verdadero padre —calló por varios segundos, mientras perdía su mirada en la tierra—. Lo dije antes: el día de ayer no fui sincero contigo. Aunque Aspros aparentaba ser un hombre de familia, siempre supe que no me trataba del mismo modo que a mis hermanos. Las palabras de mi madre dieron sentido a su rechazo y decidí hacer todo lo que estuviese en mis manos para ganar su respeto —una sardónica sonrisa apareció en su rostro—. Comencé a entrenar, a interesarme en el ejército. Decidí que le demostraría que mi sangre akielense era la más poderosa y que la utilizaría para algún día marchar en contra de Vere.

En muchas ocasiones Camus se preguntó si habría elegido el camino del ejército de no ser por sus padres. A pesar de que disfrutaba sentir el peso de la armadura y la excitación de los combates, sabía que parte de esa emoción fue sembrada por su familia. ¿Habría desempeñado tan buen papel si hubiese elegido los pasos de su padre como mercader? O, tal vez, su personalidad era más cercana a la de su tío, quien se recluyó en un monasterio y que dedicaba su vida a redactar y copiar textos. Camus amaba sus armas y el orgullo de formar parte de aquellos que defienden a los más débiles, pero ocasionalmente se preguntaba qué habría sido de él de haber elegido un camino distinto.

Hasta donde sabía, Milo había elegido su camino por cuenta propia y Camus se preguntó si de esa forma hallaría más orgullo al pertenecer a la Guardia Real o si, por el contrario, una sombra de remordimiento oscurecería su conciencia al saber que había llegado hasta ahí guiado por el deseo de destruir una parte de él mismo.

—A los ocho años se me permitió ingresar al stratónes, al —continuó Milo e hizo una breve pausa para elegir la palabra correcta— cuartel. A pesar de estar lejos de casa, temí que la gente sospechara que era hijo de un vereciano y corrí el rumor que mi padre era un esclavo rubio —rio secamente—. Creo que funcionó, ya que jamás han sospechado otra cosa. El único fuera de mi familia que sabe la verdad es Aioria. Lo conocí en el stratónes, ¿sabes? Es como mi hermano, aunque a veces me saque de mis casillas.

A pesar de que Camus era hijo único, sabía que sacarse mutuamente de sus casillas era prácticamente una obligación entre hermanos.

—Entiendo y agradezco la confianza que me tienes al contarme esto.

Milo se alzó de hombros como para amainar la importancia del momento.

—No es que desconfíe, Camus, pero el secreto ya no es tan importante para mí. Hace un año lo único que me importaba era destruir a Vere. Pensaba que eso me permitiría destruir la parte de mí que tanto odiaba. Pensé así hasta que…

El rubio interrumpió sus palabras y aunque el pelirrojo esperó a que continuara, al final tuvo que hacerlo por él.

—Hasta que llegó la alianza.

Milo asintió.

—Al principio pensé que sería algo temporal. Acepté pelear a lado de los verecianos porque su Excelencia lo ordenó y porque teníamos un enemigo en común. Fue en esos días que descubrí que me había equivocado con respecto a mis vecinos del norte. Acepté que no eran cobardes ni ruines ni perversos. Por el contrario, descubrí que algunos eran más valientes que mis compañeros akielenses y que lo único que buscaban era proteger a su nación y a su Príncipe.

Camus registró cada una de sus palabras y comprendió por qué el modo de pelear de Milo era tan diferente a la del promedio: él ya había combatido a lado de los verecianos. Había peleado bajo el estandarte del Rey de Akielos y, por lo tanto, del Príncipe de Vere. En esa ocasión le costó mucho más trabajo contener sus pesquisas y se prometió indagar más en las próximas horas. Quizá era momento de preguntarle a Aioria sobre sus aburridas historias de guerra.

—Descubrí que si mi sangre estaba contaminada era por mis temores y complejos, no por mi padre. Es como tú dijiste: me dejé llevar por los prejuicios de mis ancestros y después te acusé de hacer lo mismo.

—Será más fácil evitarlos ahora que estamos conscientes de ellos —aseguró con una asertividad que realmente no sentía.

Milo no respondió inmediatamente y su ceño fruncido y la forma en la que se contraían y relajaban los músculos de su cuello fueron clara señal de que aún tenía algo que decir. Camus le dio el tiempo que necesitaba para armarse de valor.

—No tengo excusa con relación al uso de esclavos. Fue meramente un asunto de facilidad. Era fácil extender la mano y recibir una copa de vino, fácil abrir la boca para recibir un bocado de fruta, fácil seleccionar a un esclavo de los jardines, fácil pensar que yacían conmigo porque así lo querían y no porque entrenaron durante años para hacerlo.

A pesar de que Camus no quería romper el contacto visual con Milo, tuvo que hacerlo al confirmar lo que sospechaba: el rubio se había aprovechado sexualmente de personas que tuvieron la mala fortuna de nacer entre cadenas y grilletes de oro.

—Estaba en Marlas cuando su Excelencia dio la orden de la liberación —continuó el rubio—. En su momento fue más una burla que una preocupación. Pensamos: ¿para qué tomarse la molestia de liberarlos? Los esclavos reciben buen trato, ¿por qué querrían irse? Tienen una vida privilegiada —bufó—. Las cartas tardaron en llegar, pero poco a poco nos dimos cuenta de lo equivocados que estábamos. Recibí la carta de mi madre dos semanas atrás. Solo los esclavos más viejos decidieron quedarse. Los más jóvenes buscaron trabajo en las ciudades; algunos de los hombres se enlistaron en las guardias regionales. Algunos otros vendieron sus grilletes y usaron el dinero para viajar al norte, a Vere.

Camus pensó que los últimos eran los más inteligentes. Si la liberación o la alianza fallaban, no habría mejor lugar para un esclavo que Vere. Incluso desde antes de la unificación, el país del norte era un refugio para los pocos esclavos que lograban escapar de sus amos.

—Aunque ahora sé que cualquier humano preferiría la libertad antes que una vida de relativos lujos, en su momento fue una gran sorpresa. De no ser porque estábamos acuartelados, más de la mitad de los soldados akielenses habrían viajado a sus pueblos natales para confirmar la noticia.

—Tienes un buen Rey —dijo Camus—. Logró ver más allá de sus errores e hizo lo que estaba en sus manos para hacer lo correcto.

Milo sonrió y le dio una suave palmada en la espalda.

—Tenemos un buen Rey.

—¿Y un Príncipe hecho de oro y porcelana?

Milo alzó las manos al aire y emitió una expresión de hastío.

—¡No sé por qué demonios confío en alguien como Aioria!

Los hombres se hundieron en un cómodo silencio hasta que Camus se percató que ya había pasado demasiado tiempo. Sacó el contenido del morral y comieron con rapidez. Camus se lamentó no haber empacado algo para beber.

Cuando terminaron de comer y regresaron al patio principal, divisaron al grupo de soldados salir del castillo. Les tomó tiempo armarse, darles alcance y alinearse en formación de marcha. A pesar de que no fueron los últimos en llegar, su posición en la columna fue diferente a la usual, hecho que no pasó desapercibido por los capitanes. Dohko les miró con curiosidad, pero mantuvo sus pensamientos para sí. Shion, por el contrario, no perdió la oportunidad de amonestarlos.

—Espero que hayan puesto en sus bocas otra cosa además de sus pollas, soldados.

Para Camus, las palabras eran una clara advertencia: no podrán ejecutar adecuadamente los ejercicios con el estómago vacío, el entrenamiento es prioritario y el tiempo de acuartelamiento debe ser respetado al máximo.

Como era de esperarse, Milo no supo leer entre líneas y únicamente reparó en la insinuación del Capitán. Esto provocó que sus orejas se tiñeran de rojo y que fuese incapaz de mirar a Camus a los ojos por el resto de la tarde.

Mü tenía razón: para ser gente que se paseaba semidesnuda, los akielenses eran adorablemente pudorosos.

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Capítulo 11

Afortunadamente para Camus, su conversación con Milo dio pie a una tarde bastante satisfactoria. Los ejercicios de infantería fluyeron con la mayor destreza posible e incluso aprendió un par de maniobras que le permitieron tomar ventaja en los ataques frontales.

Al caer la noche, Camus intentó tocar el tema de las historias de guerra de Aioria, pero el resto de sus compañeros desviaron la conversación con inusitada maestría. El pelirrojo se preguntó qué tan terrible orador tendría que ser Aioria para que eludieran su monólogo con tanta premura y consideró abandonar su plan de obtener información de parte del castaño. No quería descubrir que sus historias fuesen tan aburridas como decían los demás.

Al menos, pensaba, esa noche encontraron un fascinante entretenimiento: enseñar vereciano a Aioria. Al haber combatido varios años en la frontera, el hombre conocía algunas palabras básicas, aunque casi todas ellas estaban relacionadas a la milicia o a malas palabras cuyo significado seguramente no conocía (de lo contrario no habría sido capaz de pronunciarlas sin avergonzarse). Si bien su pronunciación de comandos de guerra era impecable, cosas tan sencillas como los saludos hacían relucir su brusco acento akielense. Hasta ese momento Camus consideraba que Milo era un hombre paciente, pero la agitación de Aioria era contagiosa y el rubio no tardó en lanzar una grave expresión de hastío cuando Aioria falló en presentarse en vereciano por quinta vez.

—¡Me rindo! ¡Si hay un modo en el que puedas conquistar a Shaka, te aseguro que no será por la boca!

Mü arrugó la nariz y le dio una pequeña mordida a una rebanada de pan negro.

—No digas eso, Milo. Hay muchas otras formas de utilizar la boca además de para hablar.

El aludido cerró los ojos y comenzó a agitar sus manos en el aire.

—¡No! ¡No! No quiero esa imagen en mi mente. ¡¿Por qué me traumas así?!

Mü batió sus pálidas pestañas y relamió sus labios como si no hubiese dicho aquellas palabras con el mero fin de abochornar a los akielenses. Camus, por supuesto, vio más allá de su actuación; lo mismo que Aldebarán, quien ocultó una burlona sonrisa detrás de su tarro de cerveza.

—Yo no puse imágenes en tu mente —reprochó Mü—. Si llegaron a ella es porque las tenías a la mano.

—No perdamos el enfoque, caballeros —interrumpió Camus con el rostro más serio que pudo—. Si no podemos enseñarle vereciano a Aioria, quizá podamos enseñarle a hincarse ante Shaka. Eso le gustará más que cualquier frase de amor.

Para esas alturas las orejas de Aioria estaban tan coloradas como el jitomate que comía, pero hizo lo posible para aparentar que ya se había acostumbrado a la apertura sexual de sus compañeros.

—No pienso ser un simple acostón para él. Ambos merecemos más que eso y el único modo en el que podré llegar a un entendimiento con él es si hablamos el mismo idioma.

Mü bufó y se alzó de hombros.

—Tan poca imaginación…

—Para todo esto —Aldebarán finalmente se atrevió a alzar la voz—. ¿Estamos seguros de que a Shaka le gustan los hombres? No sabemos nada de él. Puede que hasta tenga una amante.

Camus y Mü alzaron el rostro hacia el moreno y le miraron con incredulidad. Ese fue el turno de Milo y Aioria para reír, mientras que Aldebarán frunció el ceño ante la peculiar reacción de sus compañeros.

—Me parece raro que no te haya hablado sobre esto —murmuró Mü—. Es algo tan elemental que lo pasé por alto.

—¿Elemental? ¿A qué te refieres?

Emocionado, Aioria tamborileó la mesa con las palmas de las manos e inclinó su cuerpo hacia adelante.

—Ningún vereciano que se respete tendría una relación con una mujer antes del matrimonio.

Las palabras de Aioria pasmaron tanto a Aldebarán que tuvieron que pasar varios segundos antes de que pudiese volver a hablar y, cuando lo hizo, no fue una oración precisamente elocuente.

—¿Cómo dices?

—Está ligado a lo que hablamos el otro día —explicó Mü con tono confidencial—, sobre los hijos ilegítimos. El mejor modo de evitar el nacimiento de hijos fuera del matrimonio es que los hombres se relacionen exclusivamente con hombres y las mujeres con mujeres. Esto es así hasta el matrimonio e, incluso después, muchas parejas deciden mantener relaciones extramaritales con parejas de su mismo sexo; sobre todo entre la nobleza, donde las uniones son más por conveniencia que por amor.

Aldebarán tragó saliva y perdió su mirada en su plato de comida ya vacío.

—Es broma, ¿verdad?

—En lo absoluto —aseguró Camus—. Es algo normalizado en todo el país, aunque siempre surgen excepciones.

Excepciones que conllevan al nacimiento de hombres como Shaka o Milo, pensó.

Aldebarán buscó alguna señal de burla en los rostros de sus compatriotas, pero los hombres hablaban con la verdad y Milo decidió entrar en detalles desde el punto de vista akielense.

—Es cierto —dijo—. Descubrimos que lo era cuando servimos en la frontera. El único modo en el que un hombre y una mujer pueden estar solos en la misma habitación es si están casados o si son familiares directos. ¡Hasta los soldados les tienen miedo a las mujeres!

—Eso es mentira —aseguró Camus—. El miedo no es hacia las mujeres, sino hacia lo que pasará con uno si sospechan siquiera que tuviste relaciones con ellas. Solo un idiota se atrevería a arriesgar su rango por una mujer.

Aioria suspiró sonoramente y recargó su rostro en su puño cerrado.

—Conozco a un par de mujeres por las que valdría la pena arriesgar el puesto.

—¿Esto no empezó porque estabas enamorado de Shaka? —acusó Milo.

—¡Por él arriesgaría hasta la vida!

El resto le miró con incredulidad por varios segundos hasta que Aldebarán decidió seguir con su interrogatorio.

—Regresando al tema de las mujeres —agitó sus manos a la altura de sus orejas—. ¿Entonces todos los hombres tienen relaciones con otros hombres?

—Por supuesto que no todos —dijo Mü como si fuese lo más obvio del mundo—. Hay algunos que prefieren a las mujeres; suelen casarse muy jóvenes.

O se hacen clientes asiduos del prostíbulo del pueblo, añadió Camus en su mente. Únicamente los más ingenuos pensarían que no existen lugares en donde los hombres y las mujeres pueden mezclarse sin reparos. Generalmente se encuentran a las afueras de las ciudades y aldeas y ofrecen la secrecía suficiente como para tener un flujo constante de clientes. Camus jamás había visitado uno de ellos (por supuesto), pero a sus veintidós años había presenciado la baja de al menos cinco soldados por haber visitado prostíbulos sin la discreción suficiente.

—Entonces —continuó Aldebarán—. ¿Nunca han estado en la misma habitación que una mujer?

Camus intentó no tomar la inocente pregunta como un ataque a su moralidad (era obvio que no lo era), pero Mü emitió una aguda expresión de indignación. Su reacción era normal. Para nadie más que la nobleza era indispensable mantenerse totalmente libre de sospechas, sobre todo si residían en la vieja capital y buscaban un lugar en la corte.

—Jamás —dijo Mü con inusual intensidad, la cual disminuyó al ver la apenada sonrisa de Aldebarán.

Era normal que Aioria y Milo conocieran las costumbres verecianas. Combatieron en la frontera por muchos años y convivieron con soldados del norte desde la unificación. Sin embargo, hasta hace unas semanas Aldebarán era un esclavo confinado a la arena de combate. Era de esperarse que estuviera absorto con su nuevo descubrimiento.

—Lo lamento —la sonrisa en el rostro de Aldebarán era franca y dulce. Era imposible para cualquiera disgustarse con un hombre como él—. No pretendía acusarlos de semejantes actos de depravación.

Aioria rio quedamente y Milo le dio un codazo en las costillas. Mü exhaló y relajó un poco la tensión que había comenzado a acumularse en sus hombros.

—Está bien. De todas formas tendremos que acostumbrarnos a semejantes depravaciones. Es claro que los nuevos monarcas no se interesan mucho en las viejas costumbres —dijo con tanta despreocupación que por un momento Camus pensó que estaba siendo sincero.

—¡Espero que sea cierto lo que dices, Mü! —dijo Aioria—. ¡Si me prohíben juntarme con mujeres, me largo a otro reino!

—¿Y a ti en qué te afectaría? —la ceja izquierda de Milo se arqueó con falsa intriga—. Después de todo, Shaka también es hombre y, como nos has dicho desde el día en que lo conociste, es el amor de tu vida.

—Renunciaré a las mujeres cuando conquiste a Shaka —nadie en la mesa le creyó—. ¡Y eso no sucederá a menos que me enseñen vereciano!

Los minutos de distracción debieron restituir la paciencia de Milo, ya que accedió a continuar con las lecciones. Los intentos de Aioria eran tan pobres que, en cierto momento, Camus comenzó a sospechar que el hombre fingía con tal de llamar la atención.

Para cuando la mayor parte de sus compañeros se levantaba de las mesas, Aioria casi lograba pronunciar una frase completa en vereciano. Tristemente, su felicidad duró poco cuando Máscara de la Muerte pasó a su lado y emitió una aguda carcajada.

—¡¿Qué mierda fue eso?! —preguntó burlón—. ¿Se supone que estás hablando vereciano?

Aioria giró su cuerpo para encarar a Máscara de la Muerte y Milo apenas tuvo tiempo de sujetarle de la muñeca para evitar que se lanzara contra el hombre.

—¡¿A ti qué te importa?! ¡Apenas y puedes hablar tu propio idioma!

El intruso ladeó el rostro y sonrió con petulancia. Bufó y tornó su atención hacia Mü y Camus.

—Les deseo suerte dándole clases a ese imbécil —dijo en vereciano. A pesar de que su acento era marcado, sus palabras eran fluidas y llevaban consigo la confianza de alguien que había estudiado el idioma por muchos años—. Tendrían más suerte si intentasen enseñarle a un perro a hablar.

Lanzó una segunda carcajada y siguió su camino fuera del comedor.

—¡¿Qué fue eso?! —Aioria meneó la cabeza en confusión—. ¡¿Qué dijo?!

—Dijo que tendríamos mejores resultados enseñándole a hablar a un perro —respondió Camus con presteza.

—¡¿Qué!? ¿En qué idioma?

—¿Cómo que en qué idioma? —la voz de Milo se alzó por todo el salón—. ¡Llevamos todo el día enseñándote vereciano y ni siquiera puedes reconocerlo cuando alguien lo usa!

—¡No es eso! ¡Es que es imposible! ¡¿Cómo un hombre como ese puede hablar vereciano y yo no?!

—Es un aristócrata —recordó Mü—, hijo de un kyros. Sin duda comenzó a estudiar el idioma desde que tú estabas en pañales.

—¡Pero es un maniático! ¡Le dicen Máscara de la Muerte! ¿Qué tan mal puedes estar para que te llamen así?

—La locura no tiene nada que ver con la capacidad de hablar otros idiomas —respondió Milo—. Te aseguro que domina todas las lenguas de los cuatro reinos.

—¡Me rehúso! ¡No puedo aceptar que un parricida sepa más vereciano que yo!

Camus abrió ampliamente los ojos al escuchar semejante acusación. Si el padre de Máscara de la Muerte era un traidor a la corona, ¿habría sido su muerte el precio a pagar por la oportunidad de pertenecer a la Guardia Real? El escenario parecía completamente plausible.

—No deberías decir tal cosa en voz alta —reprochó Aldebarán—. Son simples rumores.

Aioria rodó los ojos y se cruzó de brazos.

—De nuevo, Aldebarán, se llama Máscara de la Muerte. ¡No puedo creer que lo estés defendiendo! —golpeó la mesa con su puño y los platos a su alrededor dieron un pequeño brinco—. He tenido suficiente. Me voy a dormir. No quiero pensar en ese hombre por el resto de la noche.

Se puso de pie y dio furiosos pasos fuera del salón. El resto le miró en silencio con una mezcla de preocupación e irritación.

—¿Siempre se toma las cosas tan a pecho?

Milo se alzó de hombros ante la pregunta de Aldebarán.

—Solo cuando está enamorado —aseguró—, cosa que pasa unas dos veces al año.

El resto de los hombres intercambiaron miradas mientras se preguntaban si tendrían que soportar los arranques de su compañero por los próximos años de sus carreras militares.

—Cambiando de tema —Milo centró su atención en Camus—. Mañana es el séptimo día y nos dejan salir del castillo tras terminar las prácticas de campamento —sus ojos se trasladaron hacia Aldebarán y Mü—. Aioria y yo tenemos planeado ir a la ciudad. ¿Por qué no nos acompañan?

Aldebarán tosió en su puño cerrado y Mü colocó su palma abierta sobre la ancha espalda del moreno.

—Gracias, pero Aldebarán y yo tenemos otros planes.

O Milo estaba acostumbrado a que sus compañeros se distanciaran o bien era tan despistado que ni siquiera sospechaba qué es lo que el par haría con su tiempo libre, ya que enseguida redirigió su atención hacia el pelirrojo.

—¿Qué tal tú, Camus? Será una buena oportunidad para conocer los alrededores.

—Suena bien. Aprovecharé para comprar algunas cosas que necesito.

Milo sonrió y Camus imitó el gesto. El mundo a su alrededor parecía hacerse más y más extraño con cada día que pasaba y sus únicas alternativas eran escapar o hacerse a la idea de que así sería por el resto de su vida.

Aún con sus diferencias, Camus comenzaba a sentir que, mientras Milo estuviese ahí, no tendría motivos por los cuales alejarse de Marlas ni de su sueño de convertirse en parte de la Guardia Real.

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Capítulo 12

Camus pensaba que tenía sentido convertir Marlas en la capital del nuevo imperio por el simple hecho de que poseía relevancia histórica tanto para Akielos como para Vere. Sin embargo, fue hasta que caminó por vez primera sobre su calle principal en un día de mercado que realmente comprendió que el Príncipe y el Rey no pudieron elegir un mejor lugar para unir a sus naciones. En ninguna otra ciudad del imperio habrían encontrado tan claras mezclas entre las culturas y, sin duda, ningún otro pueblo recibiría la unificación con tanta alegría.

La fortaleza de Marlas se encontraba al este de la provincia de Delfour, originalmente vereciana. La fértil franja de territorio era un símbolo de poder añorado por Akielos y durante años realizó incursiones militares con el fin de conquistarla. Con el paso de los siglos, Delfour y sus aldeas pasaron de una nación a otra en periodos de tiempo relativamente cortos y, aunque sus habitantes se consideraban a sí mismos verecianos, la verdad era que habían adoptado varias tradiciones y costumbres akielenses.

Había ejemplos de la mezcla de culturas por toda la calle principal. Los puestos de comida servían platos verecianos cocinados con ingredientes akielenses y las vitrinas de las confiterías estaban repletas de exóticas frutas caramelizadas y decoradas al estilo de la vieja capital del norte. Azoradas por el calor, las personas portaban ligeros y blanquísimos quitones cubiertos con coloridos himationes. Las mujeres más jóvenes adornaban sus cabellos con finas trenzas y los hombres más acaudalados portaban estilizados chalecos en lugar de himationes. Camus pensaba que la mezcla de chalecos con quitones no era precisamente estética, pero los hombres lucían tan satisfechos consigo mismos que no se atrevió hacerlos a menos.

La misma ciudad ostentaba con orgullo su doble legado. A pesar de que los cimientos de los edificios eran, sin duda, verecianos, sus muros estaban cubiertos con pintura de cal y sus techos con vigas de terracota. Los letreros de las tiendas estaban escritas tanto en vereciano como akielense y los aldeanos conversaban entre sí con un peculiar dialecto vereciano que mezclaba modismos y palabras de ambos países. Camus jamás había escuchado algo así y se preguntó cuánto tiempo tomaría para que la jerga se extendiera a través del imperio. Asimismo, se preguntó si la alianza duraría lo suficiente como para que aquello ocurriera.

Al menos, Camus pensaba, los habitantes de Marlas parecían optimistas. Cierto aire de satisfacción rodeaba a cada una de las personas y el pelirrojo podía adivinar el por qué. Convertirse en la capital del nuevo imperio significaría más infraestructura, más comercio y más oportunidades para los ciudadanos. Si eso no fuese suficiente, sin duda estarían orgullosos de albergar a los nuevos monarcas. Aunque todavía faltaban dos meses para el vigésimo primer cumpleaños del Príncipe de Vere, la ciudad comenzaba a vestirse con la alegría y emoción de su próxima coronación. Por todos lados se ofrecían pañuelos, banderas y cintas con los colores del nuevo escudo y en un par de puestos ofrecían coronas de cobre para los niños.

—Es increíble, ¿no es así? —preguntó Milo mientras avanzaban por la atestada calle—. Admito que jamás estuve en la vieja capital, pero dudo que Marlas tenga algo que envidiarle a Ios. Está tan rebosante de vida que es imposible no sentirse abrumado.

—Sin duda.

La referencia de Camus no era mucho mejor que la de Milo. A pesar de que él sí había visitado su vieja capital, lo hizo en un momento de extrema tensión política. Sus recuerdos de Arles eran los de un ejército acuartelado, una población inquieta y un falso rey que solo tenía interés en afianzar su poder. El único momento en el que la ciudad pareció alegrarse fue cuando recibieron la noticia del triunfo del Príncipe sobre el Regente. La gente salió a las calles y por toda la ciudad se desplegó el estandarte del legítimo heredero. Camus no permaneció en la capital por el tiempo suficiente para descubrir si aquella felicidad permanecería o si, por el contrario, había sido un simple momento de euforia al ver la primera señal de esperanza.

Marlas era diferente. Después de siglos de disputas, la unificación les ofrecía el final de las guerras, de los cambios de gobierno y de las incertidumbres. No solo eso; los habitantes caminaban por la calle principal con orgullo y satisfacción, casi como si supieran que eran el vivo ejemplo de los beneficios de unir ambas culturas. Camus no tenía duda de que la ciudad crecería en importancia sin importar si la alianza perduraba o no.

—Aunque ya hemos estado un mes en este lugar, no dejo de sorprenderme —dijo Aioria—. Parece que hay algo nuevo a cada paso que das. ¡Y la comida! Espera a que llegue la hora de la cena, Camus. Te llevaremos a la mejor posada de toda la ciudad.

Si bien Camus no podía quejarse del servicio en el castillo, no dejaba de ser comida para soldados y, sabía, jamás podría compararse a lo que se serviría en una agradable posada. Ansiaba probar un menú más elaborado y, con suerte, un vino de mejor calidad. Sin embargo, antes de poder relajarse, necesitaba hacer algo más importante.

—Además de cenar, ¿qué planean hacer hoy? —preguntó mientras se detenía cerca de uno de los pozos de la ciudad. Sus compañeros le imitaron.

—Lo primero que tenemos que hacer es ir con el zapatero para recoger las sandalias que ordenamos hace dos semanas —respondió Milo.

—También tenemos que ir con un talabartero —añadió Aioria—. Necesito nuevos guantes para montar.

Camus asintió y miró a su alrededor para tratar de identificar la calle que requería.

—Yo también necesito hacer algunos encargos. ¿Por qué no nos vemos más tarde en la posada?

Milo frunció el ceño y Camus temió que el hombre malinterpretara su deseo de comprar por su cuenta como un rechazo a su persona. Afortunadamente, Aioria estuvo de acuerdo con su plan y destensó el ambiente con su despreocupada actitud.

—Buena idea —señaló hacia el sur—. La posada está a tres calles de aquí. Es bastante famosa así que te será fácil localizarla. Se llama Les Nomades.

La pronunciación de Aioria fue tan terrible que a Camus le costó contener una burlona sonrisa.

—De acuerdo. ¿Nos vemos ahí al atardecer?

Aioria asintió con energía y Milo se alzó de hombros con desinterés. Camus sintió una opresión en su pecho al saber que había molestado a su compañero. A pesar de que no había hecho algo incorrecto, comprendía que Milo se sentía tan inseguro como él y le entristeció pensar que pasaría tiempo antes de que pudiesen sentirse completamente cómodos el uno con el otro.

Camus exhaló mientras los morenos se perdían entre la gente. Se recordó a sí mismo que había conocido a Milo tan solo unos días atrás y que era normal que discutieran. Se aseguraría de hacer las paces con él más tarde y, con suerte, no le daría más motivos para dudar de él.

Decidido a distraerse con sus propios asuntos, Camus preguntó a un transeúnte en donde podría encontrar una buena sastrería vereciana. Si bien el extraño no se atrevió a dar una clara respuesta, al menos tuvo la decencia de señalarle la calle de los costureros. Camus le agradeció y comenzó a buscar un local que le diera la suficiente confianza.

El clima de Monpazier no era muy diferente al de Marlas y Camus confiaba no sufrir demasiado una vez que la calurosa primavera comenzara dentro de un mes. Sin embargo, su guardarropa no estaba tan preparado para el clima como su cuerpo. Pensando que tendría que pasar el invierno en la fría ciudad de Arles, Camus dejó su ropa más fresca en casa de sus padres. Jamás pensó que su afán de ser parte de la Guardia Real le llevaría de regreso hacia el sur, ni que el calor que se avecinaba amenazaría con sofocarlo si acaso no cambiaba sus atuendos. Por supuesto, no llegaría al absurdo extremo de portar quitones, pero sin duda en Marlas encontraría bellos trajes hechos de seda y voile.

Encontró lo que parecía ser un buen lugar y se adentró al local para ser recibido por un atento hombre de edad avanzada y manchas en la calva. Antes de que pudiese decir qué necesitaba, el sastre comenzó a enlistar las muchas opciones que tenía su local. Afortunadamente, su discurso fue interrumpido por un burdo grito al interior de la tienda.

—¿Ves? ¡Te dije que el azul me quedaba terrible!

El sastre y Camus intercambiaron preocupadas miradas y caminaron con cautela hacia una salita contigua en donde un pobre ayudante trataba de calmar a su exigente cliente. Este se encontraba de pie justo al centro de la habitación y sobre un angosto banco de madera. Portaba un ajustado pantalón de color negro y un intrincado saco con decenas de lazos y bordados hechos con hilo de oro. La primer reacción de Camus fue la de sonreír con satisfacción al comprobar que había elegido un buen lugar, pero su gusto pasó rápidamente a sorpresa cuando vio el rostro del cliente reflejado en uno de los espejos de la tienda.

—¿Máscara de la Muerte? —la expresión de asombro llamó la atención del aludido, quien despegó su rostro del asistente y lo dirigió al reflejo de Camus.

—¡Miren a quién tenemos aquí! ¡El amigo del zoquete!

—Mi nombre es Camus —tuvo que hacer un gran esfuerzo para no añadir que el nombre del zoquete era Aioria.

—¿Vienes por nueva ropa? Elegiste un buen lugar; aunque a veces se rehúsen a escucharte —sus últimas palabras fueron dirigidas al nervioso asistente.

—Sé que prefiere evitar el azul, señor —aseguró el mozuelo—, pero es la última moda en Arles. ¡Dentro de unos meses todo el mundo estará utilizándolo!

Máscara de la Muerte desenlazó su saco con la facilidad propia de alguien acostumbrado a hacerlo y lo lanzó sobre la cabeza del asistente.

—No les pago para que me hagan lucir como el resto del mundo.

El sastre caminó con presteza hacia su asistente y posó su mano sobre su cabeza aún cubierta por el saco. Le obligó a inclinarse ante el cliente y emitió mil y un disculpas por su torpeza. Cuando el joven finalmente logró descubrirse, el sastre le indicó que ayudase a Camus mientras él buscaba una mejor alternativa para Máscara de la Muerte. El jovencillo asintió con alivio y comenzó a interrogar al pelirrojo sobre sus necesidades.

Después de varios minutos, el joven recabó la suficiente información y salió corriendo hacia una segunda habitación que parecía hundida en la penumbra. Para ese momento Máscara de la Muerte modelaba un fino saco de color negro con bordes plateados. Camus tenía que aceptar que el hombre tuvo razón al rechazar el color azul: los tonos oscuros eran más acordes a su tétrica personalidad.

—Jamás me habría imaginado que fueses un hombre que apreciara la vestimenta vereciana —dijo Camus mientras tomaba asiento en espera del asistente.

—Siempre la he disfrutado —admitió mientras extendía su mano izquierda para que el sastre tomase las medidas pertinentes—. Tiene mucho más personalidad que los aburridos quitones blancos. ¡Los lazos me hacen sentir importante!

—Aunque los quitones carezcan de originalidad, son frescos —y otorgan una muy buena vista de las voluptuosas piernas akielenses, pensó.

—Es cierto. Usar tantas capas de ropa se complica una vez que termina el invierno. ¿Por eso estás aquí? Supongo que la ropa que sueles usar en la fría Arles es muy diferente.

—No soy de Arles, pero sí necesito ropa nueva.

Máscara de la Muerte alzó las cejas y chasqueó la boca.

—Creí que serías de la vieja capital. Ya sabes, por tu cabello.

Camus exhaló sonoramente y rodó los ojos con molestia. En boca de Milo el tema de su cabello era halagador e intrigante, pero en Máscara de la Muerte todo parecía convertirse en una burla.

—Mi cabello es natural —aseguró.

Máscara de la Muerte se alzó de hombros y abrió las piernas a la altura de sus hombros para que el sastre prosiguiera con sus mediciones.

—Debí imaginarlo. Nadie en su sano juicio se teñiría el cabello de un rojo tan chirriante —Camus no tuvo tiempo de indignarse ya que el hombre sacudió su blanca cabellera y siguió hablando—. Aunque supongo que no soy quien para decir algo así. Estas canas me aumentan veinte años. He pensado en teñirlas, pero temo —ladeó el rostro hacia donde Camus se encontraba sentado—, ya sabes, quedar como tú.

Por segunda ocasión, el pelirrojo tuvo que contener su enojo, puesto que el asistente había regresado y le presentaba al menos una docena de piezas de ropa. Decidido a enfocarse en lo que era verdaderamente importante, Camus se levantó de su asiento y comenzó a examinar los pantalones, camisas y chalecos que le ofrecían. Asintió con gusto al sentir las frescas telas de algodón entre sus dedos. El hilado era de buena calidad y los tonos del teñido agradables a la vista. Camus estaba acostumbrado a que su última capa de ropa fuese de color oscuro, mas una despampanante chaqueta ocre le convenció de que era buen tiempo para cambiar de estilo. Recordar que utilizaría armadura la mayor parte del tiempo le animó a preguntarle al asistente por vestimentas semejantes.

Camus eligió cuatro distintos atuendos y comenzó a probárselos para que realizaran los ajustes pertinentes. Para ese momento Máscara de la Muerte había cambiado su traje anterior por un atuendo negro que consistía en decenas de retazos unidos entre sí por delicados listones dorados. Camus pensaba que el complicado traje parecía un montón de harapos entrelazados, pero la satisfacción del akielense era tal que le aportó un poco de decoro al conjunto.

—Y dime —dijo Máscara de la Muerte mientras el sastre realizaba incomprensibles anotaciones en una hoja de papel—, si no eres de Arles, ¿de dónde vienes?

—De Monpazier. Está al sur de la provincia de Alier.

El otro asintió

—Eso no queda muy lejos de aquí —comentó para sí—. Yo tampoco vengo de muy lejos. Soy de Karthas, en la provincia de Sicyon. Pero seguro que tú ya sabías eso, ¿no es así?

—Sé que eres el hijo del antiguo kyros, sí.

Máscara de la Muerte refunfuñó agudamente y alzó ambos brazos al aire, lo que provocó que el sastre dejase caer su alfiletero por accidente.

—¿Qué importa mi padre? ¡¿Acaso no escuchaste del poderoso Máscara de la Muerte?! ¿El implacable asesino de Sicyon?

Camus alzó los hombros en señal de despreocupación.

—No supe de ti hasta que llegué a Marlas.

—¡¿Hablas en serio?! —dejó de atender las necesidades del sastre y se cruzó de brazos mientras miraba a Camus con indignación—. ¡Me llaman Máscara de la Muerte! ¡Un nombre como esos no puede pasar desapercibido!

—Un nombre únicamente puede llegar tan lejos como la fama de su dueño —a pesar de que no tenía deseos de reñir con él, Máscara de la Muerte era un hombre que creaba conflictos para llamar la atención. Si Camus podía ofrecérsela acompañada de un par de bofetadas, lo haría con gusto.

—Mi fama también me precede —rebatió con un mohín—. ¿Sabes por qué me llaman así? —Camus negó con la cabeza—. ¿Sabías que hay soldados en Delpha—

—Delfour —Camus corrigió su pronunciación y Máscara de la Muerte bufó.

—Los soldados en Delpha —remarcó el golpeado nombre— son famosos por hacer una muesca en sus cinturones por cada hombre que muere bajo sus armas —ladeó el rostro con orgullo—. Mi método de conteo es más práctico: les corto las cabezas a mis víctimas.

El peso de sus palabras recayó bruscamente sobre los presentes. El ayudante emitió un agudo chillido y el sastre volvió a dejar caer su alfiletero. Asqueado por la confesión, Camus sintió cómo se tensaban todos los músculos de su cuerpo. Inicialmente pensó que solo los salvajes akielenses serían capaces de cometer tan terrible acto, pero luego recordó que ellos siempre respetaban las treguas para la recuperación de los cuerpos. Solamente un maniático sería capaz de robarles a las personas la oportunidad de reconocer y enterrar a sus muertos.

—Eres repugnante.

La reacción de Máscara de la Muerte fue la de reír con tanta fuerza que lanzó su cabeza hacia atrás. Su carcajada fue larga y tendida y, cuando terminó, rascó su nariz con el dedo índice.

—Lo sé, lo sé —canturreó—. En retrospectiva, era una pésima idea. Era muy impráctico a la hora de la batalla. Dejé de hacerlo hace años, pero el nombre se me quedó.

—De cualquier forma, jamás había escuchado de ti antes —concluyó Camus.

Máscara de la Muerte estuvo a punto de iniciar una nueva discusión cuando el sastre sujetó la manga de su traje y le miró con ojos suplicantes.

—Mi señor, si pudiera…

El akielense puso los ojos en blanco, mas accedió a la solicitud del pobre hombre y extendió su brazo derecho hacia él.

—Tengo hambre —dijo en lugar de batallar—. ¿Qué te parece si después de esto vamos a cenar, Camus? Conozco un buen lugar. Se llama Les Nomades.

Camus sabía que pasar más tiempo con el exótico hombre sería una terrible idea. Sin embargo, su extravagante personalidad despertaba su curiosidad y deseó conocerle mejor a pesar de que todo lo que salía de su boca era una insolencia o una salvajada. Además, no le vendría mal un guía para la posada.

Accedió al momento y contuvo una sonrisa al imaginarse la pataleta que haría Aioria al encontrarse con tan horrible hombre en su posada favorita.

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Capítulo 13

Les Nomades era uno de los edificios más grandes del centro de Marlas. Su estructura era de piedra y mortero y poseía tres pisos con múltiples balcones decorados con listones rojos y azules. La entrada principal conducía hacia un amplio patio repleto de carretas cargadas con varios tipos de mercancía y Camus cruzó su camino con dos muchachos que conducían a tres caballos hacia las caballerizas de la posada. Máscara de la Muerte le guio a través del patio y por una amplia puerta de madera que conducía al salón que fungía como taberna. Si bien el lugar tenía espacio para al menos cincuenta personas, en esos momentos no había más que una docena de hombres, casi todos mercaderes dispuestos a descansar antes de seguir con sus viajes.

El akielense le indicó que buscase un buen lugar mientras él ordenaba comida al mesonero —un enorme hombre de piel oscura y con cara de muy pocos amigos—. Máscara de la Muerte no habló sobre dividir la cuenta y Camus, gustoso, le permitió cargar con el gasto. Claramente tenía la capacidad de invitarle una comida y más.

El pelirrojo eligió una mesa cercana a las escaleras que conducían a las habitaciones. A pesar de que estaba a tres mesas de distancia del fuego, la temperatura del lugar le resultó desagradable. Apenas y podía esperar a que le entregaran su nuevo y más ligero guardarropa.

No pasó mucho tiempo para que Máscara de la Muerte se sentara frente a él y pusiera una botella de vino y dos cuencos sobre la mesa. Casi inmediatamente llegó el mesonero con un generoso plato de quesos, embutidos y pan y les prometió que pronto regresaría para servirles las mejores porciones del lechón.

—¿Vienes aquí con frecuencia? —preguntó Camus mientras comía un trozo de queso fresco.

—Es la segunda vez que vengo —Máscara de la Muerte dejó a un lado el plato con comida y decidió concentrarse en el vino, el cual sirvió generosamente en los cuencos—, pero es fácil conquistar a los posaderos. Les meneas una bolsita con monedas y te ofrecen el cielo a cambio de cobrarte el doble por todo.

Camus sonrió y aceptó el cuenco. Le dio un pequeño sorbo y con gusto descubrió que era el mejor vino que había probado desde que llegó a Marlas. Su sabor era distintivamente especiado, pero no dejaba de ser dulce y fresco. Sin duda, pensó, provenía del norte de Arles, donde las temperaturas más frías producían cepas oscuras y afrutadas.

—Aunque el intercambio no haya sido del todo justo, recibiste buen servicio a cambio de tu dinero.

Máscara de la Muerte inclinó su espalda hacia atrás y cerró los ojos en señal de satisfacción.

—Es bueno conocer a alguien que aprecie las cosas del mismo modo que yo.

Camus asintió y ocultó su sonrisa detrás de un trozo de pan. Su corteza era crujiente y su interior cálido. Sin duda fue horneado una o dos horas atrás.

—No eres lo que esperaba —admitió casi para sí.

—¿Y qué es lo que esperabas, Camus? ¿Un violento parricida? —el despreocupado tono de su compañero era contrario a la gravedad de sus palabras y Camus supo inmediatamente que el hombre no solo era culpable de ser lo que decían, sino que estaba orgulloso de ello—. Porque lo soy, ¿sabes?

—Quizá, pero eres mucho más que eso —el akielense frunció el ceño—. Eres ambicioso e inteligente; tan inteligente que estoy seguro de que si asesinaste a tu padre fue solo porque era lo más conveniente para ti.

Máscara de la Muerte se alzó de hombros e inclinó su cuerpo hacia atrás. El mesonero había regresado con dos generosos platos de lechón y aprovechó el espacio que le había dado su cliente para acomodarlos apropiadamente en la mesa. Les preguntó si no requerían algo más y Máscara de la Muerte lo despidió con un suave movimiento de la mano izquierda.

—Soy un hombre sencillo, Camus —dijo mientras clavaba un tenedor sobre un bocado especialmente suculento—. Disfruto las cosas finas, pelear y hacer con mi vida lo que me plazca. Era comprensible que me deshiciera de mi padre con tal de mantener aquellos beneficios.

Camus intentó mantenerse impasible ante la súbita confesión de su compañero. Si bien Máscara de la Muerte era grosero y violento, le costaba conciliar aquella imagen con la de un hombre capaz de asesinar a su propio padre. Su sentido común le indicó que había algo más allá detrás de sus jactanciosas palabras y que su compañero esperaba que él lo descubriera.

—Tu padre era el kyros de Sicyon —dijo después de una breve pausa—. Traicionó al Rey de Akielos y se alió con el Regente de Vere con fin de mantenerlo lejos del trono.

Algo pareció brillar en los ojos de Máscara de la Muerte y Camus dudó que se tratara de un reflejo de la hoguera.

—Mi padre era orgulloso y estúpido. Le advertí muchas veces que alzarse en contra del Rey de Akielos sería inútil, que el hombre era demasiado poderoso como para intentar siquiera enfrentarlo, pero decidió no hacerme caso y me encerró en el calabozo para evitar que advirtiera a alguien de su plan. Estuve atrapado en el castillo de Karthas durante ocho meses —bufó—. Fui liberado cuando su Excelencia recuperó el control del reino; mi padre fue acusado de traición y todo el mundo supo que el veredicto sería el de la ejecución. Con gusto acepté convertirme en el verdugo. No tanto por su Excelencia, sino por despecho, lo admito. ¿Pero qué importa si permitió ganarme su confianza y el derecho de estar aquí?

—Y el poder mantener al menos uno de los terrenos de tu familia, cuyos ingresos te permitirían vivir tan holgadamente como quisieras.

Máscara de la Muerte tocó su nariz con el dedo índice y sonrió amplísimamente.

—Su Excelencia es un hombre generoso. Combatí bajo su mando seis años atrás, ¿sabes? —una sardónica risa decoró su rostro y Camus sintió el fantasma de un escalofrío rondar por su nuca—, en la batalla de Marlas.

Aquella información no debió haberle sorprendido. Camus era demasiado joven como para haber combatido durante la batalla de Marlas, pero Máscara de la Muerte era suficientemente mayor como para haber formado parte de —al menos— la retaguardia. Sin duda, el hijo de un kyros formaría parte del ejército y habría tenido el honor de combatir en el regimiento del que en aquel entonces era el Príncipe heredero. Aunque la situación era lógica y comprensible, Camus sintió que el malestar se anidaba en su pecho. Vere había perdido tanto en aquella batalla —Delfeur, su Rey y su Príncipe heredero— que sospechaba que jamás olvidaría los tristes y angustiosos años que le siguieron. Incluso ahora, con Marlas y Delfeur recuperadas y su Príncipe más joven a semanas de ser coronado, Camus recordaba el dolor que sintió al saber que Vere había perdido la guerra de un modo tan trágico.

—Su Príncipe, el ahora Rey, fue quien les permitió alcanzar la victoria —murmuró Camus para sí.

—¡Así es! —dijo con orgullo—. A pesar de que solo teníamos dieciocho años, su Excelencia nos condujo hacia la victoria. Fue en ese momento que supe que se convertiría en el hombre más poderoso de Akielos y que aplastaría a cualquiera que se le enfrentase.

—Tus suposiciones fueron ciertas.

Máscara de la Muerte llenó de nueva cuenta su cuenco de vino y le dio un largo sorbo.

—Así es, aunque hay algo que jamás habría podido adivinar —Camus alzó las cejas con curiosidad e hizo un rápido movimiento de cabeza para alentarlo a continuar—. Jamás pensé que convertiría al hombre más poderoso de Vere en su catamita, ni mucho menos que lograría unificar a las dos naciones —rio con fuerza—. ¡Sin duda tomé la decisión correcta, ¿no te parece?!

Por el poco tiempo que tenía de conocer a Máscara de la Muerte, sabía que sería inútil expresar la irritación que sintió al escuchar que se refería al Príncipe de Vere como catamita. El hombre siempre buscaba altercados y Camus no estuvo dispuesto a darle el gusto. Tomó nota mental de arrastrarlo por la arena de entrenamiento la próxima vez que tuviese la oportunidad.

—No deberías referirte al Príncipe de un modo tan despectivo —optó por decir y, aunque hizo lo posible por contener su enojo, Máscara de la Muerte debió haberlo reconocido.

—¿Por qué no? —preguntó—. Todo el mundo sabe que son amantes. Todo el mundo sabe que es por eso que son tan poderosos.

Camus negó con la cabeza y puso un trozo de lechón sobre una rebanada de pan.

—Esos son solo rumores; habladurías de la corte que no pueden ser tomadas en serio —le dio un buen bocado a su comida y apreció el delicado sabor de la carne.

Ese fue el turno de Máscara de la Muerte para quedar sorprendido. Por varios segundos miró a Camus como si fuese el hombre más extraño de todo el mundo y, cuando aceptó que no se estaba burlando de él, puso su mano izquierda sobre la mesa y se inclinó hacia él.

—Nunca los has visto, ¿verdad?

Avergonzado de aceptar el hecho de que nunca había conocido ni al Rey ni al Príncipe, Camus desvió la mirada y mordió el interior de su mejilla.

—Recuerda que soy del sur de Vere. Nunca he coincidido con el Príncipe, ni mucho menos con el Rey.

Máscara de la Muerte sopesó su respuesta por unos segundos y relajó sus hombros y espalda.

—Conocí a tu Príncipe cuando visitaron el castillo de Karthas; cuando solicité el permiso de su Excelencia para ejecutar la sentencia de mi padre. Si hubieses estado ahí no habrías tenido dudas. En un instante supe que Príncipe se abría de piernas para su Excelencia —rio—, aunque en estos momentos tengo una apuesta de diez monedas de oro a que el Rey no tiene reparos en pagarle el favor.

—No tienes respeto por nadie, ¿o sí?

—No es una falta de respeto si es la verdad. Además, como dije antes: todo el mundo lo sabe. Probablemente solo están esperando a la coronación del Príncipe para hacerlo oficial.

Aquello tenía sentido. Había suficientes dudas sobre la equidad de la unión. El declararse abiertamente como amantes pondría en duda la posición de poder del Príncipe; lo sabio sería esperar a que ambos tuviesen el mismo título. Menos gente se atrevería a cuestionar la soberanía del Príncipe una vez que su cabeza estuviese decorada con la preciada corona de Vere.

—De cualquier forma, la intimidad de nuestros monarcas no es de nuestra incumbencia —reprochó Camus a pesar de que él también sentía curiosidad sobre cuál posición sería la favorita de sus futuros reyes.

Máscara de la Muerte abrió la boca, posiblemente para decirle que era importantísimo conocer los detalles para así saber si había ganado o no la apuesta, mas fueron groseramente interrumpidos por un grito en akielense.

—¡¿Qué diablos haces aquí?!

Camus giró la cabeza y se encontró con Aioria y Milo. El primero parecía estar a punto de saltarle a la yugular a Máscara de la Muerte y el segundo le sujetaba del cinturón para evitar que hiciera alguna estupidez.

—¡Con lo agradable que era la tarde! —el dramático tono de Máscara de la Muerte se acentuó cuando lanzó su cabeza hacia atrás como si hubiese recibido un sablazo en el vientre—. Estamos en una de las ciudades más grandes de todo el imperio y tuve que encontrarme con el zoquete.

—¡¿Por qué lo trajiste aquí, Camus?! —preguntó Aioria—. ¡Has echado a perder mi posada favorita!

—Fue él quien me trajo aquí —dijo Camus con desinterés. No era su culpa que Aioria y Máscara de la Muerte no pudieran verse ni a metros de distancia.

—Déjalo en paz —Máscara de la Muerte se puso de pie—. Es normal que quiera juntarse con gente de más categoría que tú.

Aioria cerró fuertemente sus puños y el agarre de Milo abandonó su cinturón para posarse sobre su nuca. El fastidio del rubio comenzaba a convertirse en nerviosismo.

—Tienes suerte de que no pueda romperte la cara —amenazó Aioria, lo que hizo que Máscara de la Muerte riera burlonamente.

—¡Por favor! Crees que eres un león, pero no eres más que un gatito sin garras. ¡Tendrían que pasar mil vidas antes de-

La mirada de Máscara de la Muerte se perdió en un punto detrás de Milo y de Aioria. Intrigado, Camus buscó qué era lo que había llamado su atención de manera tan repentina y sus ojos se posaron sobre una persona que acababa de entrar a la posada. La cabeza y hombros del recién llegado estaban cubiertos por un manto negro que impedía ver su rostro adecuadamente y Camus ni siquiera pudo distinguir si era hombre o mujer. A pesar de que la persona era alta, su complexión era delgada y elegante, y mientras caminaba hacia el mostrador, un delgado mechón de cabello azul celeste se escapó de su capa, pero no tardó en cubrirlo nuevamente.

El extraño llegó a la barra y, como si hubiese atado un hilo invisible alrededor del cuello de Máscara de la Muerte, este se olvidó por completo de Aioria y caminó directamente hacia él.

—¿Qué diablos? —desconcertado, Aioria se cruzó de brazos y ladeó su cabeza hacia la izquierda.

—¿Quién será esa persona? —preguntó Milo sin despegar su mirada del recién llegado.

Desde la distancia observaron a Máscara de la Muerte intercambiar unas palabras con el desconocido. Después de unos segundos le mostró una pequeña bolsa repleta de monedas que el otro aceptó al momento. Aún con el manto que cubría su rostro, Camus alcanzó a divisar una traviesa sonrisa que no se esfumó ni cuando le ofreció una de las monedas al mesonero ni cuando aceptó el brazo de Máscara de la Muerte, quien lo condujo hacia el piso en el que se encontraban las habitaciones.

—¿Ese demente acaba de contratar a una prostituta? —preguntó Aioria.

—Eso parece —respondió Milo mientras tomaba una silla de otra mesa y se sentaba a lado de Camus—. De cualquier forma, ¿cómo es que acabaste cenando con él?

—Me lo encontré en la sastrería y me trajo hasta aquí.

Aioria bufó y tomó asiento frente a Milo y Camus. Sus brazos permanecían cruzados y su fastidio no se había ido junto con Máscara de la Muerte.

—No deberías juntarte con él, Camus. Recuerda que es un maldito parricida.

—Es un hombre cuya lealtad fue más allá de sus lazos sanguíneos —defendió.

—Su lealtad, o el amor a su propio pellejo.

Camus se alzó de hombros y le dio a Aioria parte de la razón.

—Supongo que no es tan terrible como parece —dijo Milo para sí—. Quizá debamos darle una oportunidad, Aioria.

—¡Oh, no! —exclamó Camus—. Es todavía peor de lo que parece; pero tiene sus cosas buenas. Me invitó a comer.

Aioria se relajó un poco y admiró el plato de quesos y pan del que apenas habían tomado un par de bocados.

—Pues considerando que él no se va a terminar esto… —mordió un cubito de queso blanco y emitió un grave sonido de placer mientras lo masticaba—. Mucho mejor que lo que nos sirven a nosotros —tomó un segundo trozo de queso y extendió el brazo hacia la boca de Milo—. Prueba.

Milo abrió la boca y atrapó los dedos de Aioria entre sus labios. El contacto duró un segundo más de lo que era necesario y Milo sonrió con satisfacción mientras disfrutaba el sabor.

En otra situación Camus habría disfrutado el espectáculo. Los morenos eran sumamente atractivos y era como si le hubiesen dado a Camus una pequeña prueba de lo que serían capaces de hacer en la intimidad de la alcoba. Sin embargo, en esos momentos lo único en lo que pensó era que alguien había posado su mano en los gruesos labios del rubio y que tenía que hacer algo para compensarlo. Con sus propios dedos tomó un trozo del lechón y se lo ofreció a Milo.

—Toma. La carne sabe mucho mejor.

El rubio reaccionó por instinto y Camus inhaló sonoramente al sentir la humedad de su boca alrededor de su dedo pulgar. Su lengua era cálida y suave y, aunque que el contacto duró apenas unos instantes, los latidos de Camus se desbocaron como si su corazón hubiese olvidado de golpe toda la incertidumbre que le embargaba.

Milo también se perdió en el momento. A pesar de que ya se habían separado, mantenía firme su mirada sobre Camus, y sus dilatadas pupilas parecían una invitación a algo más. Algo que, Camus pensaba, sin duda terminaría en una de las habitaciones del piso superior.

—¿Y bien? —la voz de Aioria, alegre y despreocupada, les hizo regresar a la realidad—. ¿Cómo sabe?

Milo parpadeó varias veces, mas no separó sus ojos de los de Camus. Exhaló por la nariz y su boca se curveó en una pequeña sonrisa.

—Delicioso.

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Capítulo 14

Después de una satisfactoria cena, Milo, Aioria y Camus comenzaron su regreso al castillo. A pesar de que el sol se había ocultado, la cantidad de gente en las calles no había disminuido. Si bien los locales y los puestos de los mercaderes ya habían cerrado, aún era posible comprar chucherías de algunos vendedores ambulantes. Algunas familias aprovechaban el fin de sus labores para recorrer las calles a lado de sus hijos pequeños, quienes no perdían la oportunidad para pedir cucuruchos repletos de dulces.

Sentada en la pileta de una de las muchas fuentes de la ciudad se encontraba una mujer de edad avanzada. Llevaba en su brazo una enorme canasta cubierta con una servilleta blanca y en una aguda y rítmica tonada ofrecía sus dulces a aquellos que pasaban frente a ella. Su forma de vender era típica en el país de Vere y Camus no le prestó atención al saberse completamente satisfecho, mas la cantarina señora llamó la atención de los akielenses.

—¡Ah! Debe ser mi día de suerte para que tres jóvenes tan fuertes y atractivos vinieran a mí a esta hora de la noche —si bien su canto fue vereciano, identificó sin problemas la nacionalidad de sus potenciales clientes y con habilidad habló en su idioma. Camus notó que la mujer parecía tener más rasgos akielenses que verecianos y se preguntó si la anciana reclamaba alguna nacionalidad o si, simplemente, prefería cambiarla dependiendo del tipo de moneda con la que le pagaran.

—¿Qué es lo que ofrece, madre? —preguntó Milo mientras se inclinaba hacia la canasta.

Camus rodó los ojos al ver la orgullosa sonrisa de Milo y Aioria. Parecía ser que su egocentrismo llegaba a los absurdos niveles de disfrutar de los piropos de una mujer que lo único que buscaba era una venta.

—Macaron —respondió la mujer mientras descubría las galletas almendradas—, una especialidad del norte. Se dice que es el postre favorito de su alteza, el Príncipe. Seis piezas por un sol de cobre.

Aioria murmuró algo en el oído de Milo y este rio de buena gana.

—¿Qué dices, Camus? —preguntó Aioria—. ¿Realmente comen esto en Vere?

El pelirrojo asintió y le ofreció a la mujer una de sus monedas. La anciana sonrió con satisfacción y permitió que tomase los dulces correspondientes. Guardó tres de ellos en su pañuelo y el resto se lo entregó a sus compañeros, quedándose, por supuesto, con su parte.

Los hombres comieron mientras continuaban con su camino. Aioria arrugó la nariz y comentó que le parecían demasiado dulces, pero Milo admitió disfrutar de su inusual textura. Camus también dio el visto bueno al confite. Había probado muchas versiones del postre —cada una más extravagante que la anterior— y disfrutó de la carencia de sabores exóticos y del sencillo y suave relleno almendrado que era tan difícil de conseguir en las confiterías de Monpazier.

Caminaron sin prisas mientras disfrutaban los últimos respiros de actividad de la ciudad. Camus se sorprendió a sí mismo al darse cuenta que esperaba que los días pasaran con rapidez y pudiese visitarla nuevamente. Generalmente Camus era un hombre responsable que disfrutaba de sus deberes y que veía el tiempo libre como un mal necesario. Sin embargo, el festivo ambiente de Marlas le hizo comprender mejor a los compañeros que hacían el conteo regresivo para el séptimo día.

Tras pasar por una breve inspección en la entrada del castillo, los hombres se dirigieron al dormitorio, en donde decidieron jugar a las cartas mientras llegaba la hora de apagar las luces. No obstante, al ver que Camus les vencía una y otra vez, Aioria se ofreció amablemente a enseñarle un tradicional juego akielense.

—Se llama petteia —explicó Aioria mientras colocaba piedrecillas negras y blancas sobre un tablero cuadriculado—. Se dice que fue el antecesor del ajedrez —Camus sabía que el ajedrez había iniciado en el país de Patras, no en Akielos, pero decidió que no era el momento para sacar a relucir dicha información—. Solemos jugarlo en campaña porque es más fácil conseguir piedras que piezas de ajedrez.

Las reglas del juego evocaban un tanto a las del ajedrez y Camus disfrutó de la complejidad que podía adquirir a pesar de contar con reglas tan básicas. Jugó dos partidos contra Aioria antes de que Aldebarán y Mü se les unieran. El castaño volvió a explicar las reglas y disfrutó vencer a Aldebarán antes de enfrentarse contra Mü. Su gusto duró poco tiempo.

—¡Espera, espera! ¡No puedes hacer ese movimiento!

—¿Por qué no? —preguntó Mü a la par que retiraba del tablero la última pieza jugable de Aioria—. Te colocaste justo entre mis piezas. Eso quiere decir que estás capturado.

Aioria se meció sobre la mullida superficie de su camastro y señaló hacia el tablero con su palma abierta.

—¡No me puedes capturar porque hice el movimiento voluntariamente!

—Eso no lo explicaste.

—¡Porque pensé que sería obvio!

Mü exhaló cansinamente y se dirigió hacia Camus.

—¿Entiendes esto? —murmuró rápidamente en vereciano—. ¿En qué cabeza cabe no capturar una unidad que se entregó a si misma?

Cuando Camus le respondió con un despreocupado alzar de hombros, Mü giró su rostro hacia Aldebarán, quien estaba sentado a sus espaldas y que, para su pesar, reaccionó del mismo modo que Camus.

—Quizá debas proponer nuevas reglas —dijo Aldebarán mientras acariciaba discretamente la cintura de Mü—. Incluso podrías inventar un nuevo juego que tome lo mejor de ambos mundos.

Mü exhaló cansinamente, mas el sutil contacto de Aldebarán fue suficiente para sosegarlo. Camus les había observado desde que llegaron al dormitorio. El vereciano parecía diminuto frente a Aldebarán y a duras penas cabían sobre el camastro que compartían con Aioria y el tablero. Sin embargo, parecía que no encontrarían un lugar más confortable que estando cerca el uno del otro. Ese era tan solo un ejemplo de cómo se complementaban mutuamente; Aldebarán atenuaba la fuerte personalidad de Mü y este último incitaba la confianza y determinación en el primero. A pesar de que Camus no estaba seguro de qué tan lejos llegaría esa relación, no se imaginaba a Mü dejando a Aldebarán atrás por sus obligaciones en la corte. No se sorprendería si aquella unión durase más que sus estancias en la Guardia o que un insípido matrimonio de conveniencia.

De reojo observó a Milo, sentado a su lado en el camastro contiguo al del resto, y se preguntó si algún día podría aspirar a algo así con él. Mü y Aldebarán hacían parecer que la convivencia entre culturas fuese sumamente sencilla, pero Camus estaba más que consciente de las dificultades. No obstante, en esos momentos que le tenía tan cerca, con sus musculosas piernas recogidas sobre el camastro y con sus bellos ojos perdidos en el último macaron en el pañuelo de Camus, el pelirrojo deseaba creer que era posible llegar a un punto en el que estar juntos no fuese otra cosa si no natural.

—¿Estás seguro de que puedo comer el último? —la voz de Milo sacó a Camus de su ensoñación.

—Por supuesto. He comido suficientes macarons en mi vida. Creo que puedo prescindir de algunos.

Milo le agradeció con una gran sonrisa y le dio una pequeña mordida al dulce. Camus carraspeó y decidió centrar su atención en Mü y Aioria, quienes decidieron iniciar una nueva partida. Sin embargo, antes de que las fichas pudiesen ser colocadas nuevamente en el tablero, del otro lado del dormitorio inició una fuerte discusión.

Se trataba de dos soldados akielenses que hasta hacía poco jugaban a los dados entre las dos hileras de camas. Ambos mostraban señales de haber tomado más alcohol del que era pertinente y, de hecho, lo que había llamado la atención de todos los soldados fue el vaso con licor que uno había lanzado hacia el otro. El vaso erró y terminó estrellándose contra el muro del dormitorio, lo que desencadenó una serie de insultos y empujones que no tardaron en llegar a los golpes.

Para cuando lograron separarlos ya era demasiado tarde. Sus rostros estaban marcados con las heridas típicas de un cruce de puñetazos y, sin duda, no pasaría mucho tiempo antes de que los Capitanes se enteraran de lo que había ocurrido. En cualquier otro regimiento aquella discusión sería una de muchas y, sin duda, los hombres recibirían poco más que un día de labores forzadas. Sin embargo, se encontraban entre los postulantes a la Guardia Real y las reglas eran estrictas. Lo más seguro era que ni uno ni otro volvieran a pasar la noche entre los muros del castillo de Marlas.

Los golpes debieron desembriagar al hombre que lanzó el vaso, puesto que su ira se desvaneció de golpe y fue reemplazada por la cruel aceptación de que había perdido la oportunidad más grande de su vida por una noche de tragos. Silenciosamente comenzó a reunir sus pertenencias y en cuestión de minutos atravesó la puerta del dormitorio para no regresar más. El otro soldado también comprendió lo sucedido, pero estaba demasiado ebrio como para tomar una decisión tan tajante. En su lugar pateó el bote con el que habían jugado a los dados y se dejó caer sobre su camastro con la certeza de que el alcohol le permitiría dormir sin complicaciones.

Poco a poco el dormitorio retomó la paz que había perdido y Aioria y Mü comenzaron su segunda partida.

—Hacía varios días que no ocurría algo así —comentó Aldebarán—. A estas alturas deberían saber lo imprudente que es embriagarse; estar fuera de servicio no es excusa.

—Admito que me sorprende que el hombre se haya ido sin más —dijo Camus—. Otros habrían fingido que la trifulca fue en alguna taberna de mala muerte y no entre soldados.

Milo frunció el ceño y recargó su barbilla sobre sus manos entrelazadas.

—Algunos lo intentaron —admitió Milo—, al principio. Sin embargo, ahora todos saben que mentir es inútil.

—¿Y eso por qué?

Mü respondió rápidamente a la pregunta de Camus.

—Porque hay un soplón —dijo con la nariz arrugada y su boca torcida con desdén—. No importa a qué hora ocurran las riñas ni si hay verecianos o akielenses involucrados. Los Capitanes siempre se enteran de lo ocurrido; muchas veces antes de que los otros dormitorios lo hagan. Ten por seguro que la primera orden del día de mañana será dar de baja al soldado que decidió permanecer aquí.

Camus sopesó seriamente las palabras de Mü. En todos sus años de soldado jamás se había topado con un delator entre las filas. Esto no se debía a que hubiese lealtad inquebrantable entre los soldados, sino al hecho de que casi todos los hombres temían acusar a alguien por algo que en algún momento hicieron o estarían dispuestos a hacer. Si un soldado llegaba a ser castigado por conducta indebida, solía ser a causa de su propia indiscreción, mientras que las faltas verdaderamente severas —como el abuso a civiles— no tardaban en convertirse en un escándalo tan grande que tenía que levantarse una investigación. Como capitán, Camus desalentó abiertamente el cotilleo entre sus hombres, pero siempre prestó discreta atención a los rumores. Le pareció extraño que los Capitanes en Marlas no solo tuvieran a un delator, sino que la existencia del mismo fuese conocida por todos. Además, era claro que los Capitanes preferían incentivar el mal comportamiento para seleccionar así solo a los más disciplinados; no tenía sentido tener un soplón que desalentara las malas actitudes. Las situaciones se contraponían y Camus deseaba entender por qué.

—Me parece bien que los delaten —tajó Aioria—. La Guardia no necesita a soldados que no puedan controlarse a sí mismos, ni mucho menos que carezcan de las agallas para aceptar la consecuencia de sus actos.

El comentario de Aioria cerró la conversación. El juego continuó en silencio y, para cuando Mü ganó limpiamente la partida, había llegado la hora de apagar las antorchas. Los hombres se dirigieron a sus camastros y se prepararon para una semana más de entrenamiento.


La mañana siguiente comenzó como cualquier otra. Los hombres se dirigieron al patio para los ejercicios de campamento y fueron recibidos por ambos Capitanes, quienes les arengaron con elocuencia. Todo parecía tan normal que Camus pensó que sus compañeros se habían equivocado al decir que el soldado pendenciero sería dado de baja. Al menos así fue hasta que se escuchó el rítmico trote de un caballo. Los soldados no identificaron al recién llegado hasta que se colocó frente a las filas.

El desconocido iba ataviado con una elegante armadura vereciana. Su cabello castaño estaba cortado al ras y portaba una barba de candado que ocultaba una sagaz sonrisa. Era casi tan joven como Camus y, aunque sus movimientos no eran precisamente elegantes, llevaba consigo la confianza de alguien que había formado parte de la milicia por años.

Una vez que el soldado se colocó a un costado de los Capitanes, Dohko dio la orden de saludar. Los hombres obedecieron con presteza y el desconocido le entregó a Dohko un pergamino con un sello de color azul. El Capitán leyó el contenido de la misiva, asintió y pronunció en voz alta el nombre del soldado que había estado en el altercado de la noche anterior.

El hombre se encontraba a espaldas de Camus, por lo que solo le escuchó romper filas y alejarse del grupo incluso antes de recibir la orden de hacerlo. Dohko y Shion le agradecieron al hombre en caballo, quien asintió con burlona satisfacción, le dio una última mirada a los soldados y partió de regreso al castillo.

Minutos más tarde, cuando armaban la tienda principal, Camus preguntó a Milo si conocía la identidad del desconocido.

—Es parte de la Guardia del Príncipe —respondió Milo—. Desconozco su nombre, pero combatió con nosotros contra el Regente. Su alteza confía en él; sin duda será parte de la Guardia Real junto con nosotros.

Camus quiso preguntar más, saber en qué condiciones y de qué forma se enfrentaron a las tropas del Regente. Sin embargo, los ojos de los Capitanes no cesaban de rondar el campamento y Camus tuvo que poner de lado su curiosidad.

Casi estaba acostumbrándose a hacerlo.

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Capítulo 15

Camus no tardó mucho en percatarse de que la salida de sus compañeros insurrectos hizo mella en el estado de ánimo de los soldados. Suponía que tenía sentido; el temor a ser expulsado era el mejor aliciente para mantener la mejor conducta posible. Esa mañana el grupo logró armar y desamar el campamento en tiempo récord y ni una vez escuchó que iniciara alguna discusión entre los hombres. La situación durante el desayuno fue parecida, ya que los soldados terminaron sus raciones con presteza y se dirigieron con rapidez al salón de entrenamiento.

Por su parte, la perspectiva de Camus no cambió demasiado tras el acontecimiento. Estaba ahí para convertirse en miembro de la Guardia y no necesitaba ver las fallas en otros para corregir las suyas. Si acaso, sintió satisfacción al ver que las reglas fueran acatadas con tanta celeridad y, sobre todo, curiosidad con respecto a la identidad del delator. Toda la mañana se entretuvo en buscar sospechosos y no tardó demasiado en llegar al nombre de Mü.

Desde que le conoció, Camus supo que tenía que ser cuidadoso con el modo en el que se comportaba frente al aristócrata. Incluso aunque no fuese un espía, no tenía dudas de que su condición como hijo del Capitán Shion le permitiría intercambiar juicios hacia sus compañeros; juicios que fácilmente influenciarían a los Capitanes. Mü no parecía tener el carácter de un delator (no estaba lo suficientemente interesado en la Guardia como para serlo), pero Camus comprendía que aquello podía ser un acto. Se decidió, pues, a observarlo con atención hasta que pudiera confirmar o desmentir su sospecha.

Tuvo una buena oportunidad para observarle de cerca durante el tiempo libre después del desayuno. Camus comentó su deseo de practicar nuevamente arquería y sus compañeros estuvieron de acuerdo. De nueva cuenta Mü se comportó como un maestro renuente y tanto Camus como Milo recibieron buenos consejos para mejorar sus tiros. No obstante, nadie aprendió más que Aldebarán, ya que descubrió que su cuerpo era demasiado grande como para utilizar los arcos comunes. Si algún día decidía portar dicha arma, necesitaría un arco construido especialmente para él. Afortunadamente, el hombre era suficientemente habilidoso con las armas de corto alcance como para no tener que preocuparse por la arquería.

Una agradable sorpresa fue Aioria. A pesar de no ser tan talentoso como Mü, el castaño resultó ser uno de los mejores arqueros que Camus hubiese conocido. Su postura era perfecta y su rapidez al apuntar y disparar envidiable. Mü no tardó en reconocer su talento con una expresión de asombro.

—Eres bueno —dijo—. Me sorprende que tu experiencia sea en infantería. Fácilmente podrías formar parte de los regimientos de arquería.

A pesar de que Aioria intentó fingir indiferencia ante el halago, Camus le vio enderezar su espalda y sacar el pecho con orgullo.

—Prefiero los combates directos; la arquería es algo así como un pasatiempo —los ojos de Aioria se entrecerraron y Camus reconoció en ellos un dejo de intranquilidad—. Mi hermano insistía en que entrenara; decía que algún día podía sacarme de un apuro.

Mü también notó el cambio de humor de Aioria, pero, al igual que Camus, decidió dejarlo pasar.

—Tu habilidad puede hacer más que sacarte de un apuro —aseguró—. Harás un gran papel en el evento de arquería.

Aioria bufó y dejó a un lado el arco y el carcaj.

—¿Bromeas? Participar sería una pérdida de tiempo si tú estás entre los contrincantes. Prefiero dedicar mi tiempo en algo en lo que soy verdaderamente bueno, como lanzar a Milo por los aires.

Milo golpeó el hombro de Aioria y habría iniciado una de sus usuales discusiones de no ser porque los Capitanes indicaron que era tiempo de seguir con las prácticas en conjunto.

—Soldados —dijo Shion una vez que todos los hombres les prestaban atención—, el día de hoy haremos algo diferente.

—Los separaremos en cuatro grupos y recibirán una cátedra sobre diferentes tácticas de guerra —como era usual, el alegre tono de Dohko contrastaba con la adusta figura de Shion. Camus se preguntó si la efusividad del akielense sería una fachada para el agresivo guerrero que, sin duda, yacía latente o si, por el contrario, era una de las características que le ayudaron a alcanzar su rango actual.

—La instrucción durará lo que resta del día. Desármense y preséntense frente al torreón. Ahí se les indicará a qué salón deben dirigirse.

Shion dio la orden de descanso y en un instante los hombres comenzaron a guardar las armas que seleccionaron para esa mañana. Camus le indicó a sus compañeros que se adelantaran, puesto que quería regresar al dormitorio por un pequeño libro en el que realizaba sus anotaciones tácticas. Sentía que no podía entrar a la sesión sin él y esperaba ser lo suficientemente rápido como para evitarse alguna reprimenda.

Prácticamente corrió hacia la zona de los dormitorios y, afortunadamente, encontró el libro justo donde lo había visto por última vez. Salió con premura y subió las escaleras que le guiarían hacia el patio de armas. Iba a mitad del camino cuando, de reojo, divisó el claro tono del cabello de Mü dar vuelta en dirección opuesta al torreón. Por un momento Camus pensó que los Capitanes cambiaron el punto de encuentro y se dispuso a seguirle. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que Mü se había alejado del grupo.

Camus detuvo sus pasos abruptamente cuando vio a su compañero encontrarse con alguien más. Se trataba de un niño pelirrojo de alrededor de diez años con un alegre rostro que evidenciaba una reciente travesura. Intercambió algunas palabras con Mü y, rascándose la nariz con orgullo, le ofreció una pequeña hoja de papel.

Mü leyó atentamente el contenido de la hoja y, satisfecho, removió los cabellos del niño antes de ofrecerle una bolsita repleta de monedas (o caramelos). El niño se inclinó ante el noble y se alejó en dirección contraria mientras que Mü leyó nuevamente trozo de papel en sus manos.

Antes de que Mü diese la media vuelta, Camus se apresuró a regresar con los demás. Hubiese querido retarle al respecto, pero los Capitanes ya les esperaban frente a la torre.

Tal y como Shion les había indicado, los hombres fueron seleccionados en cuatro grupos. A diferencia de ocasiones anteriores en las que se procuraba un balance entre akielenses y verecianos, esta vez los grupos estaban compuestos exclusivamente por connacionales. Adicionalmente, estos se dividieron entre los hombres con y sin experiencia militar; cada sección recibiría diferentes niveles de instrucción.

Por supuesto, Camus se encontraba en el grupo de verecianos más experimentados y junto con ellos entró a un pequeño salón con sillas conformadas en círculo alrededor de una amplia mesa con un mapa de la vieja frontera entre Akielos y Vere.

Al frente de la habitación se encontraban dos soldados. Uno era el peculiar vereciano que entregó el pergamino a Shion esa misma mañana. Había dejado atrás su armadura y ahora portaba un quitón de color negro que le llegaba hasta las rodillas. Una boba sonrisa decoraba su rostro mientras los soldados tomaban asiento a su alrededor.

El segundo hombre era totalmente diferente al primero. Se trababa de un bello akielense con cabello de color semejante al de la madera quemada. Era un hombre grande y musculoso y su cortísimo quitón blanco dejaba muy poco a la imaginación. No era tan atractivo como Milo, pero su porte era más distinguido y su sonrisa más candorosa. Camus buscó adrede un asiento que tuviese la mejor vista para admirar las fuertes piernas del soldado.

El akielense se presentó a sí mismo como Pallas e indicó él, junto con el vereciano Lazar, ya eran parte de la Guardia Real. A pesar de que Pallas hablaba en la lengua natal de Camus, su vocabulario era pobre por no decir menos. Era ahí donde Lazar saltaba a la acción, haciendo de traductor cuando no estaba demasiado ocupado tratando de acariciar el trasero Pallas.

La primer parte de la lección consistió en explicar varios términos en akielense. Aunque el manejo del idioma de Camus era bastante bueno, jamás se habría imaginado que hubiese tantas palabras para describir las diferentes velocidades de marcha ni para las distintas funciones de la caballería.

Una vez que el vocabulario fue más claro para todos, Pallas procedió a explicar distintas tácticas militares. A pesar de que Camus conocía muchas de ellas, escuchar la razón de cada uno de los movimientos daba cierta gravedad al antes sencillo conocimiento. Conforme el día avanzaba, Pallas comenzó a explicar maniobras mucho más complicadas; maniobras que permitieron a Akielos vencer sobre Vere en más de una batalla.

De no ser porque sabía que en otro salón se encontraba un soldado vereciano desmenuzando a un grupo de akielenses cada una de las tácticas de su ejército, Camus se habría sentido sumamente poderoso con el nuevo conocimiento.

El plan de los Capitanes tenía sentido. Querían mostrarles a los soldados que los ejércitos se habían convertido en uno solo, que ya no existían secretos entre las naciones y que, juntos, hallarían la victoria ante amenazas que jamás podrían derrotar estando por su cuenta. La idea era buena, sí, pero faltaba mucho para que los soldados tuviesen la confianza de que los nuevos conocimientos no serían utilizados en su contra en un futuro cercano. De cualquier forma, la sesión no fue menos que fascinante y Camus llenó más de la mitad de su libreta en tan solo unas cuantas horas.

Una vez que Pallas indicó que tomarían un receso para comer, los hombres se retiraron poco a poco del salón. Camus fue de los últimos en salir y sonrió al escuchar a Pallas increpar a su traductor por su mal comportamiento. El pelirrojo no tuvo que verles para adivinar la sonrisa en los labios de Pallas, pero bien que escuchó la mesa chirriar bajo el peso de los dos hombres.

En lugar de que Camus siguiera a sus compañeros hasta el comedor, decidió solo darle alcance a Mü, de quien se había alejado por haber tomado asientos separados.

—Disculpa, Mü —le dijo en voz baja—. ¿Puedo hablar contigo? No tomará mucho tiempo.

Después de dudar unos instantes, el aludido accedió a la petición de su compañero. Aun a sabiendas de que serían los últimos en la fila del comedor y que tendrían que comer con rapidez para compensar el tiempo perdido, caminaron con parsimonia mientras conversaban.

—Sé que no es de mi incumbencia, pero considero que deberías ser más cuidadoso cuando intercambies mensajes secretos.

El noble ladeó el rostro y miró a Camus con extrañeza.

—No creo entender a lo que te refieres.

—Te vi por cuando nos dirigíamos al torreón —explicó—. Vi que recibiste una nota de un pequeño escudero.

Los finos labios de Mü se curvearon en una jactanciosa sonrisa.

—¿Kiki? —bufó—. Aún es demasiado joven para ser escudero. Por ahora es algo así como un mensajero; me ha servido desde Arles. Es difícil encontrar a alguien tan leal como él en ese nido de víboras. Por supuesto que fue la primera persona que elegí para acompañarme hasta aquí.

El hombre hablaba con claro aprecio hacia el niño. Camus no habría imaginado que un hombre tan competente como Mü pudiese hallar utilidad en un crío. No obstante, supuso que los nobles estaban acostumbrados a hacerse de un séquito de ayudantes para alcanzar sus objetivos.

—Aunque confíes en el muchacho, deberías ser más cuidadoso con tus movimientos. Tengo poco interés en lo que tengas que decirle a tu padre, pero estoy seguro de que algunos de nuestros compañeros enfurecerían si descubriesen que tú eres el delator.

Mü parpadeó un par de veces, se detuvo en seco e hizo algo que Camus jamás le había visto hacer: lanzó una fuerte carcajada. Su risa fue tan abierta que Camus se arrepintió de haber saltado a una conclusión que, posiblemente, fuese errónea. Solo posiblemente.

—¿Crees que perdería mi tiempo acusando a mis compañeros con mi padre? —preguntó Mü una vez que se calmó—. El Capitán no necesita mi ayuda para recortar las filas de aspirantes. No le gusta que le ayuden a cazar a su presa. Además, creo que me enviaría a trabajos forzados durante una semana si acaso me descubriera irrumpiendo en la confianza de los hombres.

—Entiendo —dijo sin creer del todo en sus palabras—. Supongo que sería torpe de tu parte mandar a un tercero cuando simplemente puedes acercarte a él durante el tiempo libre. No muchos sospecharían de un joven soldado que solicita consejos de su experimentado padre.

—Al menos no los akielenses.

El par sonrió y siguió con su camino.

—Dales un poco de crédito —dijo Camus—. Al menos saben que no se deben fiar de nosotros.

—Supongo que tienes razón. Me imagino que la mitad de ellos han apostado a que el delator es vereciano.

Camus arqueó la ceja y le miró de reojo.

—¿Y tú en quién tienes tu apuesta?

—No lo sé —respondió con indolencia—. Prefiero enfocar mi atención en cosas más importantes.

—¿Como Aldebarán?

Mü asintió con seriedad.

—Por supuesto, pero también en esto —de uno de sus bolsillos sacó la pequeña nota que había recibido de Kiki.

Camus recibió el trozo de papel y lo observó con atención. A diferencia de lo que esperaba, no contenía un texto, sino el dibujo de un lazo infinito.

—¿Qué es esto?

—El día de ayer, mientras ustedes estaban en la ciudad, Aldebarán y yo exploramos el castillo. Fue cuando llegamos al patio norte que encontramos algo muy inusual.

—Inusual, ¿cómo?

—Varios hombres armaban una pista de caballos. Era bastante más pequeña que lo usual y se curveaba en una forma que en ese momento no pude adivinar. Supuse que hoy estaría terminada y envié a Kiki a que descubriera cuál era la forma final de la pista. El resultado se encuentra en ese trozo de papel.

Camus vio nuevamente el símbolo. Jamás había participado en una pista de caballos con semejante forma y no supo qué hacer con esa información.

—¿Y qué es lo que significa?

Mü sonrió y le dio una suave palmada en la espalda.

—Significa que tendremos que entrenar mucho con la lanza.

La breve explicación de Mü no ayudó a aclarar las dudas de Camus. Aparentemente, se trataba de un juego Akielense y había lanzas y blancos de por medio. Sin embargo, ni uno ni el otro acababan de comprender por qué la peculiar formación de la pista. Sabían que el mejor modo de descubrir lo que planeaban los Capitanes era hablando con sus compañeros del sur y aprovecharon la hora de comida para saciar su curiosidad.

Cuando todos tomaron su ración y su asiento, Mü les mostró el trozo de papel de su pequeño espía. Aldebarán admitió no saber de qué se trataba, Milo hizo un gesto de preocupación y Aioria sonrió amplísimamente.

—¡El Okton! —dijo con gusto—. ¡No podía faltar el Okton en el torneo para los futuros Guardias Reales!

—¿Qué es precisamente el Okton?

Aioria miró a Aldebarán como si hubiese preguntado de qué color era el cielo, mientras que Milo frunció aún más su ceño.

—Pasé la mayor parte de mi vida encerrado en un coliseo —les recordó con cierta molestia—. Sé poco sobre juegos que no involucran a gladiadores.

Las palabras tuvieron la reacción esperada en Aioria, quien se hundió de hombros y musitó una escueta disculpa por su indiscreta reacción.

—¿Estás seguro de que la pista tiene esta figura, Mü? —preguntó Milo—. Podría tratarse de un error.

Aioria hizo un gesto de indignación, mas decidió guardarse sus palabras. Por su parte, Mü se evitó la molestia de explicar la existencia de su pequeño sirviente y asintió con asertividad.

—No tengo duda. Podemos ir más tarde a confirmarlo, si así lo desean.

Renuente a aceptar que los Capitanes tuviesen intenciones de organizar un Okton, Milo estuvo de acuerdo y el resto, a excepción de Aioria, tuvieron que esperar unas horas más para descubrir qué era lo que se avecinaba.

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Capítulo 16

Los hombres se dirigieron al patio norte una vez que terminaron tanto sus lecciones militares como sus cenas. A Camus le desagradó llamar la atención de sus compañeros al ponerse de pie antes que nadie, pero su curiosidad pudo más y le dio fuerza suficiente para parecer impasible mientras pasaban frente a los atentos ojos de los soldados. Afortunadamente, sus compañeros fueron lo suficientemente discretos como para evitar seguirles (o, al menos, lo suficientemente hábiles como para evitar ser descubiertos) y Camus y sus amigos salieron del castillo sin acompañantes indeseables.

El sol se había ocultado tiempo atrás y el patio estaba apenas iluminado por la almenara de la torre noreste. La lejana luz permitía ver a la distancia las largas sombras de banderines que formaban una angosta pista de caballos y, una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra, Camus aceptó que la figura que había dibujado el pequeño Kiki era veraz.

—Mü tenía razón —musitó Aioria con un tono que daba a entender que él también había tenido razón—. Te lo dije, Milo. No había modo que no hubiese un Okton.

—Yo sigo sin comprender qué es todo esto —gruñó Aldebarán.

—El Okton es un deporte de reyes —dijo Aioria con demasiado orgullo para haber dicho algo que no explicaba absolutamente nada—. Solo los hombres más hábiles y fuertes pueden aspirar siquiera a jugarlo.

Aldebarán, Mü y Camus se miraron entre sí y Camus comenzó a comprender por qué siempre se burlaban de la nula habilidad de Aioria con las palabras. ¿Cómo era posible hablar tanto y decir tan poco?

—Es un juego que combina la cabalgata con el tiro de lanza —explicó Milo en un intento de traer algo de sentido a la situación. Caminó hacia uno de los extremos de la pista y esperó a que sus compañeros le alcanzaran antes de continuar—. Este es el punto de partida. El primer jugador sale armado con una lanza y cabalga hasta llegar hasta donde se interceptan las líneas. Es en el centro que arroja su proyectil hacia el blanco colocado en el extremo opuesto de la pista —el hombre señaló hacia dicho lugar y Camus frunció el ceño al percatarse de que la distancia era considerablemente mayor a la que él podría lanzar—. Sin embargo, el jinete no se detiene ahí, sino que sigue el recorrido por detrás del blanco y hasta regresar a al punto de partida, donde, sin detenerse, toma una segunda lanza y vuelve a comenzar el recorrido. Esto es así hasta que se cumplen ocho vueltas.

—Suena complicado —admitió Mü.

—Es más que complicado —respondió Milo con seriedad y mientras señalaba hacia el centro de la pista—. Justo cuando el primer jugador llega al cruce de caminos, se da la señal para que salga un segundo jugador. Esto es así hasta que todos los corredores están en la pista; generalmente son cuatro o cinco, aunque he escuchado de un Okton que tuvo siete jugadores.

Camus entreabrió la boca con sorpresa. Tener a tantos caballos en una pista tan intrincada sería sumamente peligroso. Si a esto se le sumaba que cada uno de ellos estaría armado con una lanza, los resultados podrían ser catastróficos.

—Es peligroso —dijo Aldebarán con gravedad—. Ahora entiendo por qué querías creer que no habría algo así.

—¡Milo está siendo un bebé! —espetó Aioria—. Los torneos más importantes siempre son coronados con un Okton. Únicamente pueden concursar los ganadores del resto de los juegos y eso solo si desean hacerlo. De esa forma solo participan los que se consideran capaces.

—El considerarse y ser capaces no son lo mismo —Milo se cruzó de brazos y negó con la cabeza—. Es usual que haya accidentes durante un Okton. No es poco común que alguien fallezca o que los animales se lastimen —cruzó su mirada con Camus—. Además, en esta ocasión no solo participarán soldados akielenses. Habrá verecianos que nunca han escuchado del juego y compatriotas que jamás lo han presenciado.

—Por eso mismo es un gran modo de identificar a los mejores hombres entre los aspirantes —aseguró Aioria.

Camus sabía que ambos tenían razón. El deporte era sumamente peligroso y, por eso mismo, sería un gran modo para que el Rey y el Príncipe reconocieran a los hombres más hábiles. No obstante, la situación no dejaba de parecerle intimidante y quiso escuchar el punto de vista del aristócrata.

—¿Qué opinas de esto, Mü?

El aludido asintió.

—Suena a algo que planearía el Príncipe. Como bien dice Aioria, es una gran oportunidad para reconocer a sus hombres más valientes. El hecho de que hayan armado la pista cuando aún faltan semanas para el torneo es una oportunidad para prepararnos. De esa forma, los hombres que presenten el mejor desempeño serán aquellos que no solo descubrieron la pista a tiempo, sino que decidieron aprovechar el conocimiento al máximo.

—Quizá sea una gran oportunidad para llamar la atención de los soberanos —murmuró Aldebarán—, pero temo que no podré aprovecharla. Apenas aprendí a cabalgar hace un mes y siento que mi montura apenas puede con mi peso. De ningún modo podría exigirle un ritmo como este.

Aioria entreabrió la boca y por unos instantes pareció que insistiría en que, con entrenamiento, Aldebarán sería capaz de participar en el Okton. Afortunadamente, su sentido común pareció reinar y optó por mantenerse en silencio.

—Descuida, Aldebarán —la mano de Mü acarició gentilmente el brazo del moreno—. Estoy convencido de que tienes talentos suficientes para llamar la atención del Rey y del Príncipe incluso sin participar en el Okton. No tengo duda de que alcanzarás tu meta —Aldebarán sonrió abochornado y asintió dócilmente—. Sin embargo, estoy seguro de que yo no cuento con tanta ventaja.

Camus se cruzó de brazos y asintió con gravedad.

—Ganar el primer lugar en algún otro de los juegos no nos dará tanta ventaja como participar en el Okton. Agradeceríamos mucho que pudieran orientarnos.

Los ojos de Aioria brillaron con emoción y su cabeza se sacudió con entusiasmo.

—¡Denlo por hecho! A nosotros tampoco nos sentará mal la práctica.

Milo, por su parte, no acababa de convencerse de que aquello fuese lo mejor.

—Será difícil —aseguró—. La hora libre no será suficiente para ensillar y guardar a los caballos.

Camus concordó. De nada serviría ejecutar un Okton perfecto si llegaban tarde a los ejercicios vespertinos. Llegar unos minutos más tarde que lo usual había sido suficiente para ganar una amonestación del Capitán Shion. No quería ni imaginarse el castigo para los impuntuales. No. Entrenar después del desayuno era demasiado arriesgado.

—¿Entonces por qué no hacemos lo de hoy? —opinó Aioria—. Cenamos lo más rápido posible y entrenamos en el patio cercano a las caballerizas. Eso nos dará hora y media antes de que se apaguen las antorchas. No es mucho, pero peor es nada.

El resto se miró entre sí con preocupación. Por más que los patios estuviesen iluminados por la luz de las almenaras, no era prudente cabalgar al anochecer. El entrenamiento era inherentemente peligroso y no parecía sensato añadirle un riesgo más. Aun así, después de contemplar sus opciones por unos momentos, aceptaron que aquella era la más viable de todas.

—Tendremos que ser cuidadosos —concluyó Mü—. Llegar tarde a las barracas será casi tan terrible como llegar tarde al entrenamiento. Mi padre es especialmente quisquilloso cuando se trata de respetar los horarios.

—Descuiden, yo me ocuparé de medir sus tiempos —dijo Aldebarán—. Me ayudará a sentirme útil.

—¡Queda decidido! ¡Empezaremos a partir de mañana!

Las entusiastas palabras de Aioria tuvieron un efecto opuesto en Camus. A pesar de que pasó la mayor parte del día sentado, podía sentir el dolor en cada uno de sus músculos. En condiciones normales caía rendido en su camastro y no estaba seguro de tener la fuerza suficiente para soportar el entrenamiento adicional. Lo único que aligeró su preocupación fue el saber que solo faltaban siete semanas para el torneo. Si bien ese era poco tiempo para aprender un deporte del que ni siquiera había oído hablar, confiaba en que, al menos, los días pasarían con rapidez.

A sabiendas de que su entrenamiento estaba a punto de hacerse aún más terrible, los hombres decidieron encaminarse hacia los dormitorios con la esperanza de tener un sueño tan reparador que les diera fuerzas para las semanas que se avecinaban.

—Sé que es abrumador —dijo Milo mientras se quedaba atrás junto con Camus—, pero puedes confiar en nosotros. Les ayudaremos en todo lo posible y podrán participar en el Okton con tanta habilidad como los mejores.

A pesar de que ambos sabían que la situación era bastante más complicada que eso, Camus se limitó a agradecerle por sus palabras. No obstante, mientras se adentraba en el castillo se recordó a sí mismo que su enfoque debía estar en ganar el primer lugar en alguno de los otros juegos y no tanto en el Okton. De nada le serviría cabalgar durante horas por la noche si ni siquiera ganaba el derecho de entrar a la arena. Con ese pensamiento llegó hasta el dormitorio y, junto con el resto de sus compañeros, comenzó a prepararse para dormir.

Extrañamente, pocos minutos antes de las once de la noche se escuchó un par de pisadas del otro lado de la puerta. Muy a sorpresa de todos, el visitante era el Capitán Dohko quien, sonriente, esperó bajo el dintel de la puerta a que los hombres se pusieran en firmes frente a sus camastros. Camus alcanzó a divisar una encapuchada figura a sus espaldas y supuso que se trataba de un nuevo aspirante que había llegado al castillo a entradas horas de la noche.

—Soldados —la efusiva voz del Capitán resonó por los altos techos del dormitorio. Camus se percató de que nunca antes le había escuchado hablar en vereciano y, por el rudo acento de sus palabras, era claro que el hombre tampoco estaba acostumbrado al idioma—. Tenemos un nuevo aspirante entre nosotros.

Varias cabezas se asomaron con curiosidad hasta que la misteriosa figura se dio paso a la habitación y extendió sus largos y finos dedos para retirar la tela que cubría su rostro y cabeza. Un murmullo de asombro se alzó entre los hombres y Dohko apenas y pudo contener un burlón bufido.

El recién llegado era alto y de complexión delgada. Su piel era extremadamente pálida y sus labios estaban pintados con un suave tono rosado. Sus ojos azules, claros y cristalinos, miraban a su alrededor con tono de superioridad y sus largas pestañas se batían de una forma que parecía tanto retadora como atrayente. El hombre sonrió petulante y con su mano derecha acomodó el largo cabello celeste que a Camus le pareció sumamente familiar.

—Su nombre es Afrodita —explicó Dohko sin aminorar su divertida sonrisa—. ¿Aioria?

—¡Señor! —Aioria tragó saliva y dio un paso hacia adelante. Camus contuvo una sonrisa al escuchar el suspiro de alivio cuando el Capitán continuó hablando en akielense.

—El día de mañana guíale por el cuartel y explícale todo lo que tiene que saber para evitar que lo mandemos de regreso a Arles, ¿quieres?

Aioria frunció el ceño, pero accedió sin más, mientras que Afrodita miró a Aioria con tanto desdén como si estuviese completamente cubierto de lodo y pasto seco.

—Si me permite, Capitán —las cabezas giraron al unísono hacia el hombre que osó interrumpir a Dohko. Si bien Camus no se sorprendió al ver que el imprudente había sido Máscara de la Muerte, sus ojos se abrieron de par en par cuando algo en su memoria encajó con el recién llegado. Ahora recordaba dónde había visto al hombre de ensortijado cabello azul celeste: en el acogedor comedor de la posada Les Nomades y, específicamente, colgado del brazo de Máscara de la Muerte—. El vereciano de Aioria deja mucho que desear —continuó—. Yo con gusto podría detallarle a nuestro nuevo compañero los horarios y las reglas del castillo.

Parecía ser que lo único que quería el Capitán era complicarle la vida a Aioria y a Afrodita, ya que la propuesta de Máscara de la Muerte borró en un instante su traviesa sonrisa. Dohko no encontró una buena excusa para unir a los hombres que carecían de un idioma en común y terminó por aceptar la propuesta de Máscara de la Muerte. Camus pensó que Aioria había tenido mucha suerte. De haber sido Shion quien presentara a Afrodita, la historia habría sido muy diferente.

—De acuerdo —dijo el Capitán—. Una vez que terminen podrán incorporarse a los ejercicios de campamento. Por ahora descansen.

Los hombres no se permitieron relajarse hasta que Dohko salió del dormitorio y cerró la puerta tras de sí. Algunos curiosos se acercaron a Afrodita, pero la mayoría optó por mantenerse al margen al ver que Máscara de la Muerte estaba decidido a hacerse notar por él.

—Vaya, vaya —como era de esperarse en un hombre tan tosco como él, estiró su mano hacia Afrodita y enredó su suave cabello alrededor de su dedo índice—. No me dijiste que eras un aspirante.

Afrodita arqueó la ceja y con un rápido manotazo se aseguró de alejar el indeseable contacto.

—Y tú me lo dijiste demasiadas veces —sonrió con malicia—. Me sorprendió que quisieras conquistarme con eso. Lo único que necesitabas hacer era mostrarme tu bolsa llena de monedas de oro.

Sin inmutarse por el aparente desprecio de Afrodita, Máscara de la Muerte mostró sus afilados dientes en una inquietante sonrisa y acercó el rostro a su oído.

—Te aseguro que podrás encontrar aún más oro entre los pliegues de mi quitón…

Afrodita rio con ganas y le dio tres palmadas en el hombro como lo haría un niño con un cachorro bien portado. A continuación tornó su mirada hacia el resto de sus compañeros. Muchos de ellos aparentaron ignorarles, pero algunos fueron lo suficientemente torpes como para dejar en claro su asombro. Uno de ellos fue, por supuesto, Aioria, quien no cesaba de insistirle a Milo que tradujera lo que acababa de escuchar. Inesperadamente, Afrodita no pareció molestarse por su imprudencia, sino que centró su atención en Mü, quien le miraba con una cara de asombro poco digna de él.

Afrodita hizo a un lado a Máscara de la Muerte y caminó con parsimonia hacia Mü. Este, al percatarse de que había llamado la atención del recién llegado, se tomó unos segundos para controlarse y mostrar el sereno rostro que usualmente le caracterizaba.

—Me imaginé que nos encontraríamos aquí, corderito.

—Yo, por el contrario, jamás pensé que te tomarías la molestia de formar parte de la Guardia.

Afrodita se alzó de hombros y comenzó a juguetear con los rizos de su cabello.

—¿Qué puedo decir? Es una vía rápida para alcanzar un buen lugar en la corte. No todos contamos con un nacimiento privilegiado, ¿sabes?

—¿Qué es esto? —interrumpió Máscara de la Muerte—. ¿Se conocen?

—Ya, ya, Mascarita —el burlón tono de Afrodita no pareció hacer mella en el orgullo del akielense—. Ven —extendió su mano abierta hacia él—. ¿Por qué no me enseñas tu camastro?

Los ojos de Máscara de la Muerte brillaron de felicidad y en segundos condujo a Afrodita hacia el extremo más lejano del dormitorio. Sin duda los hombres pasarían largo rato buscando las monedas de oro ocultas en el quitón del akielense. Camus trató de contener un escalofrío.

—Si no puedo aprender vereciano por Shaka, al menos debo aprender en pos de las intrigas —murmuró Aioria para sí.

—Mañana te contamos —dijo Milo mientras se metía a la cama.

—Y yo espero que Mü nos cuente de dónde es que conoce a Afrodita —señaló Camus a la par que tomaba asiento en su camastro.

Mü asintió y frotó sus ojos con la mano derecha.

—No es una larga historia, pero sí. Mañana lo hablamos.

Las campanas que señalaban la hora de dormir timbraron y dos de los soldados se encargaron de apagar las antorchas de la habitación. En la oscuridad, Camus escuchó los susurros entre Mü y Aldebarán hasta que los tres sucumbieron al cansancio y se quedaron dormidos a sabiendas de que el próximo día traería más responsabilidades que nunca.

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Capítulo 17

Camus tenía que admitir que ver a Afrodita sentado justo en el centro del comedor era una experiencia fascinante. Finalmente se había desecho de la gastada túnica que le había cubierto el día anterior y ahora mostraba un fino traje color blanco y rosado con cintas que abrazaban estrechamente su fina cintura. Más de media docena de soldados revoloteaban a su alrededor y el hombre, consciente de su efecto sobre los demás, no erraba en lanzar las sonrisas y miradas más seductoras a aquellos que parecían estar a punto de alejarse para hacer algo menos productivo como desayunar y no morir de hambre. Afrodita sujetaba a los soldados con hilos invisibles, como insectos en una telaraña, solo que estos parecían estar totalmente inconscientes del peligro en el que se encontraban. A Camus le parecía que la única persona alrededor de Afrodita que sabía exactamente lo que estaba pasando era Máscara de la Muerte. Mientras Afrodita únicamente les dedicaba miradas y sonrisas a los demás, era el akielense el que disfrutaba de guiños e incluso de caricias. Estaban sentados tan juntos que un poco más haría que Afrodita estuviese sobre las piernas de Máscara de la Muerte, un lugar privilegiado y sumamente cercano a la bolsa de monedas del moreno.

—De acuerdo, Mü —la voz de Aioria sacó a Camus de su ensimismamiento—. Es hora de que nos hables sobre cómo conociste a Afrodita.

Mü asintió antes de mover a un lado sus platos vacíos.

—Como dije ayer, no es una larga historia. Él y yo coincidimos en la corte de Arles poco antes de la rebelión del Regente. En ese entonces Afrodita era uno de los cortesanos más afamados de la corte. Atendió a varios de los hombres más importantes de Arles; hubiese sido imposible para mí no conocerlo.

—No me sorprende que haya sido cortesano —admitió Camus—. Claramente es un profesional.

—¿Qué hará alguien como él entre soldados? —Aioria señaló a Afrodita con el pulgar con un tono más incrédulo que despectivo.

—Dijo que ser parte de la Guardia sería un camino rápido para formar parte de la corte —respondió Milo—, pero ser cortesano me parece una vía mucho más eficiente. No tengo duda de que un hombre como él podría convertirse en lord si así lo deseara.

—Eso quiere decir que hay algo más que lo ha traído a las barracas. ¿Qué podrá ser?

—Admito no estar del todo seguro, Aldebarán —respondió Mü—. Sin embargo, existía un rumor en la capital.

Intrigados por las palabras de su compañero, Aldebarán, Aioria, Milo y Camus cerraron la distancia entre ellos. Camus se habría reído del infantil comportamiento de no ser porque su curiosidad pudo más que su decoro.

—Se decía que Afrodita era un favorito del Príncipe.

Un ahogado sonido se escapó de los labios de todos los hombres a excepción de Milo.

—Imposible —susurró—. Alguien como el Príncipe no yacería con un hombre que no compartiera su nobleza.

—Con eso Milo quiere decir que el Príncipe no estaría con alguien como Afrodita porque no es de su tipo —aclaró Aioria—. Le gustan los morenos, ¿saben?

Camus meneó la cabeza y comenzó a reconsiderar lo absurdo de la situación. ¡Apenas ayer retaba a Máscara de la Muerte por hablar de la vida privada del Príncipe y ahora cotilleaba con sus compañeros como si aquel asunto fuese de suma importancia!

—No me refería a eso —la sombra de una sonrisa se asomó por los labios de Mü—. Se decía que Afrodita era su espía, que se acostaba con los nobles para obtener información que pudiera ayudar al Príncipe a defenderse contra el Regente —dudó—. Incluso corrió el rumor de que Afrodita era en realidad un asesino que buscaba proteger al Príncipe de sus enemigos.

—¿Será eso cierto? —preguntó Aldebarán mientras observaba a Afrodita con detenimiento. Camus supuso que el hombre llegaría a la misma conclusión que él: Afrodita podría no ser un asesino, pero definitivamente tenía el potencial para serlo.

—Si bien hubo un par de muertes inusuales en la corte, no estaban relacionadas directamente con Afrodita. Aun así, sirvieron como leña para los rumores —entrecerró los ojos—. Si al menos una parte de las habladurías son ciertas, sospecho que Afrodita está aquí por lealtad al Príncipe. Además, estar entre nosotros le permitirá mostrar su valía como soldado. Su importancia en la corte dependerá no solo del Príncipe, sino que también en la forma en la que lo vean los demás.

—Un cortesano no deja de ser cortesano aún con todos los títulos del mundo —concordó Camus—. Si posee habilidades en el campo de batalla obtendrá el respeto de gran parte de la corte.

—La pregunta es —interrumpió Mü—, ¿qué tan valioso será en el campo de batalla?

Camus sonrió de medio lado y miró a Afrodita, quien acababa de provocar una estridente risotada entre sus admiradores.

—Sospecho que no tardaremos en descubrirlo.


Una vez que terminó el desayuno, los hombres se dirigieron al salón donde la mayoría solía pasar el tiempo libre. Tal y como esperaba Camus, Afrodita no tardó en elegir un lugar entre las varias arenas de entrenamiento. Su arma a elegir tampoco fue sorpresa: un finísimo cuchillo que medía casi tanto como su antebrazo. Como si no fuese lo suficientemente llamativo, el hombre no eligió su arma de entre la amplia variedad del salón, sino que la apareció en sus manos con un movimiento tan ágil que hizo a Camus preguntarse en dónde era que la había guardado todo ese tiempo.

Afrodita caminó con seguridad hacia el centro de la arena, donde ya le esperaba Máscara de la Muerte con su juego de cuchillos. Las armas del moreno eran anchas y pesadas y la de Afrodita fina y estética. La luz de los candelabros centelleaba en la afiladísima punta, mientras que el apagado tono del resto del arma indicaba que su superficie carecía de filo. Camus había visto dagas similares en el campo de batalla. Les llamaban miséricordes y eran utilizadas por los médicos militares para atravesar la armadura de los soldados y herir sus corazones certeramente, ahorrándoles así el sufrimiento de heridas imposibles de curar. Camus jamás había visto que se utilizaran en combate directo. El cuchillo era tan largo y frágil que sería fácil de contrarrestar con cualquier espada o escudo. No obstante, la confianza con la que Afrodita lo sujetaba le hizo saber a Camus que, en sus manos, dichas armas serían completamente letales.

Máscara de la Muerte también parecía reconocer riesgo, pero, a diferencia de cualquier persona con sentido común, se regodeaba con la expectativa de una lucha diferente. El hombre sonreía con emoción y sus ojos titilaban como los de un jovenzuelo recién casado. Solo en un lugar como Marlas podrían coincidir un cortesano asesino y un aristócrata lo suficientemente desequilibrado como para enamorarse de él. Camus esperó que Máscara de la Muerte recibiera pronto sus nuevos atuendos verecianos. Temía los espectáculos que tendría que ver si el hombre usaba quitones con Afrodita a su lado.

Intrigados por el bello recién llegado, prácticamente todos los soldados formaron un círculo alrededor de la arena. Ni siquiera los Capitanes intentaron disimular su interés y no tardaron en ponerse en primera fila para el espectáculo.

A Camus le costó trabajo seguir la pelea una vez que esta empezó. Los hombres se movían con rapidez increíble y, mientras Máscara de la Muerte lanzaba estocadas a diestra y siniestra, Afrodita se limitaba a eludir los golpes con agilidad y elegancia. Sus fluidos movimientos le hicieron pensar en los relatos de criaturas acuáticas —mitad humanos, mitad peces— que engatusaban a los marineros con sus dulces cantos para luego arrastrarlos al fondo del mar. Máscara de la Muerte parecía uno de esos marineros, aventurándose cada vez más hacia aquel que podría acabar con él en solo un instante. Camus se preguntó si el hombre estaría siendo hipnotizado por la belleza de su contrincante o si, simplemente, su deseo de tenerle cerca era tal que no le importaba quedar a merced del filoso miséricorde de Afrodita.

La vertiginosa batalla apenas duró unos segundos. Cuando Máscara de la Muerte se acercó a Afrodita unos centímetros más de lo necesario, el segundo aprovechó el momento para cambiar la posición de su arma y atacarlo. La punta del cuchillo se posó directamente sobre el corazón de Máscara de la Muerte. Unos centímetros más y la habría enterrado en su corazón.

Por unos instantes, Máscara de la Muerte pareció recuperarse a sí mismo. Observó con desprecio el arma que amenazaba su pecho y frunció el ceño como si estuviera recriminándose a sí mismo por su torpeza. Sin embargo, su expresión no tardó en regresar a la de la euforia y cerró su puño sobre el redondeado cuerpo del miséricorde para atraer a Afrodita hacia él. El hombre se dejó llevar gustosamente y dibujó una presuntuosa sonrisa en sus rosados labios.

—Veo que no temes posar tus manos en objetos peligrosos…

—¿Qué puedo decir? Soy aventurero —dejó ir el arma y retomó su pose defensiva—. Que sean dos de tres.

Antes de que Camus pudiese decidirse entre ver el siguiente encuentro o no, una insistente mano comenzó a tirar de uno de los lazos de sus mangas. Apenas tornó sus ojos hacia la derecha se encontró con Milo, quien no dejaba de ver a Afrodita y a Máscara de la Muerte.

—Vamos. Sospecho de hacia dónde se dirige esta pelea y no quiero estar aquí para presenciarlo.

Camus rio quedamente y siguió a Milo lejos de los espectadores. A sus espaldas, sus compañeros comenzaron a silbar y a espetar comentarios vulgares que seguramente fascinarían a Afrodita. Parecía ser el tipo de persona a las que le es indiferente si los demás hablan cosas buenas o malas de él. Lo único que le importaba era ser el centro de atención y recibir todos los beneficios que esto conllevaba.

—Comienzo a creer que Afrodita no vino aquí por un título, sino para conseguir marido —comentó Camus—. ¿Crees que el hijo de un antiguo kyros sea un buen partido para un antiguo cortesano?

—No sé si lo sería, pero algo es seguro: esos dos son tal para cual. Los dioses fueron sabios al hacerlos hombres. El mundo es lo suficientemente caótico como para que, encima, ese par se reproduzca.

Una perturbadora imagen repleta de Afroditas y Máscaras de la Muerte en miniatura corriendo por los pasillos del castillo de Karthas provocó un escalofrío en Camus. Ciertamente el mundo no necesitaba algo así.

Camus no se percató de hacia dónde se dirigían hasta que Milo detuvo sus pasos en la arena para entrenar con la lanza. Recordó que apenas unos días atrás tuvo una fuerte discusión con Milo en ese lugar y la memoria le hizo apretar fuertemente los dientes. No estaba orgulloso de lo que le había dicho a Milo en esos momentos, pero tampoco era lo suficientemente maduro como para haber perdonado del todo lo que él le dijo. No obstante, si había seguido a Milo tan obedientemente era porque lo que más buscaba era cerrar la brecha que había surgido entre ellos desde el primer momento en el que se vieron. Entre tantos combates, malentendidos y choques culturales, Camus se sentía cada vez más lejos del rubio. No obstante, era un hombre tozudo y aún no estaba dispuesto a darse por vencido.

—Toma —Milo le ofreció una de las lanzas—. Entrenar a caballo será importante, pero lo mejor será comenzar por las bases.

Por unos instantes Camus quiso rehusarse. Aquel rincón del salón de entrenamiento le quitaba todas las ganas de realizar cualquier tipo de esfuerzo. Sin embargo, cuando alzó el rostro para hacerle alguna otra propuesta a Milo, le encontró tan alegre y entusiasmado que terminó por ceder.

Camus sospechaba que no aprendería absolutamente nada esa mañana, pero jamás hubiera adivinado que su incapacidad para moverse correctamente no se debería a los malos recuerdos, sino a la atenta instrucción de Milo.

Las crueles palabras que intercambiaron parecieron esfumarse con el viento cuando Milo colocó su mano sobre su espalda baja para colocarlo en una postura más adecuada. Era curioso cómo, a pesar de que ya había tocado su piel varias veces, no cesaba de sorprenderse de lo caliente que era su cuerpo. Se preguntó en ese momento si aquella peculiaridad era algo inherente a su tierra natal o si, por el contrario, era una ferviente manifestación de la energía que bullía en su interior. Cuando Milo acercó su rostro a su oído para darle una sencilla instrucción sobre el modo de sujetar la lanza, Camus casi se fue de lado por la sorpresa. Tuvo la buena suerte de que Milo interpretara el inesperado movimiento como un error de principiante, pero la mala suerte de que eso le hiciera colocar su pierna justo entre las suyas, empujando sus pantorrillas hasta que los pies de Camus tomaron la posición indicada.

—Tienes que abrir más tu postura —indicó—. Te será más fácil dominar el lanzamiento a caballo si primero lo haces en tierra.

A falta de capacidad para decir algo más, Camus se limitó a asentir. Afortunadamente, el gesto pareció suficiente para convencer a Milo de que le estaba poniendo atención.

—¿Bien? —preguntó entonces—. ¡Lanza!

Camus tomó una gran bocanada de aire y, orando por no hacer el ridículo, tomó impulso hacia atrás y lanzó el proyectil con todo el acopio de su fuerza.

La lanza salió despedida por los aires para luego caer con un seco golpe a apenas un metro de distancia.

—Yo… puedo hacerlo mejor que eso.

Como si la situación de Camus no fuese lo suficientemente precaria, Milo rio de una forma tan encantadora que le hizo olvidar por varios segundos la vergüenza que acababa de pasar.

—Descuida —dijo mientras movía su cabeza y permitía que sus largos rizos se balancearan de izquierda a derecha—. No se puede ser bueno en absolutamente todo. ¿Olvidas cómo luzco cuando participo en la caballería pesada? Jamás tendré la misma gracia que tú tienes.

Camus sabía que Milo era un buen jinete; sin embargo, su habilidad se veía inmensamente disminuida cuando tenía que cabalgar con armadura. Por lo que sabía, Milo era soldado de infantería y era explicable que careciera de práctica en temas de caballería del mismo modo que era explicable que Camus tuviese problemas para lanzar un arma akielense. No obstante, el vereciano estaba consciente de que su terrible desempeño se debía más a las distracciones que a su inexperiencia.

Que por cierto, Camus no tendría problemas en enseñarle a Milo nuevas técnicas de cabalgata. Estaba seguro de que el hombre se volvería un experto después de un par de lecciones. Sin duda sus hermosas piernas tendrían la capacidad de aferrarse firmemente a lo que fuera que quisiera montar.

—¿Camus?

Este carraspeó.

—Perdón. ¿Dijiste algo?

Milo, intrigado por la extraña actitud de Camus, arqueó la ceja y sonrió divertido.

—Dije que creo saber cuál es tu problema —el hombre tomó una nueva lanza y con su mano derecha recorrió la mitad superior de la misma. Camus tragó saliva—. Estás sujetando la lanza demasiado cerca de la punta, ¿ves? El lugar más adecuado es justo en el centro de equilibrio de la lanza —con rapidez identificó el punto en el que el arma quedaba perfectamente balanceada sobre su dedo índice—. Es el lugar que te garantizará que el arma permanecerá horizontal por más tiempo y, por lo tanto, que recorrerá mayor distancia. ¡Inténtalo!

Resignado a fallar nuevamente, Camus trató de seguir los consejos de Milo. Encontró el balance perfecto con la lanza y la disparó, nuevamente, con todas sus fuerzas. Sorprendentemente, en esa ocasión el arma llegó a una distancia aceptable. Aún estaba lejos de cubrir la distancia requerida para el Okton, pero no por eso dejaba de ser un logro; sobre todo si se tomaba a consideración la enorme distracción que tenía a su lado.

—¿Ves? Te dije. Es cuestión de práctica. En unos días lanzarás como un experto.

Camus asintió y tomó una segunda lanza entre sus manos.

—Me parece que tendré que hacer ejercicios para fortalecer los músculos de mi espalda. Esto es más demandante que el combate con espadas.

Las palabras de Camus entusiasmaron enormemente a Milo, quien le sujetó con emoción de los hombros y se acercó tanto a él que por un minúsculo instante, Camus pensó que le besaría.

—¡Deberías practicar luchas!

El vereciano no pudo disimular lo mucho que le desagradó la propuesta.

—Olvídalo. Si llego a pelear desnudo contigo, será en la cama y no en la arena de entrenamiento.

Aquel comentario pretendía ser más humorístico que sugestivo. Si Camus se lo hubiera dicho a cualquier soldado de su antiguo regimiento, este se habría reído para luego descartarlo como el sinsentido que era. No obstante, Milo solía tomarse las cosas de un modo sumamente literal.

—¿Lo dices en serio? —preguntó con una timidez que a Camus le pareció absolutamente adorable.

—Yo… —dudó unos segundos. A pesar de que no había hecho aquel comentario con segundas intenciones, eso no quería decir que no fuese cierto—. Sí, por supuesto. Pensé que era obvio. Si tuviésemos un poco más de tiempo yo-

—¡Yo también! —exclamó—. Yo también quisiera… —carraspeó—, pero es difícil hallar un buen momento para estar juntos. No creo poder ser tan descarado como Afrodita y Máscara de la Muerte.

Camus concordó con él.

—Ya encontraremos tiempo. Si no ahora, cuando termine el torneo y seamos parte de la Guardia.

—No estoy seguro de poder esperar tanto.

Feliz, aunque algo sorprendido por la súbita franqueza de Milo, Camus asintió.

—Entonces tendremos que hacer nuestro propio tiempo.

Camus se arrepintió de sus palabras en cuanto las pronunció. Afortunadamente, la dulce sonrisa en el rostro de Milo fue señal de que a este no le importó la melosidad de sus palabras. La bella imagen fue demasiado para Camus, quien intentó distraerse con el lanzamiento de una nueva lanza que, tristemente, cayó a apenas unos pasos de distancia.

Milo rio y Camus hizo la anotación mental de no volver a entrenar en público a lado del hombre que tanto le distraía.

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Capítulo 18

Cuando Camus dio su primera vuelta por la pista del Okton, se sorprendió a sí mismo de lo fácil que resultó. La técnica requerida se asemejaba a la de las avanzadas de caballería. Era necesario buscar un ritmo, un galope certero y acompasado que permitiera un avance rápido, pero estable. Camus había combatido en suficientes batallas como para encontrar aquel punto sin problemas y sonrió con satisfacción cuando inició su segundo recorrido por la pista. Si bien las curvas eran cerradas, tenían el ángulo adecuado para permitirle un paso sin mayor complicación. Asimismo, la distancia a recorrer era lo suficientemente larga como para evitar que sintiera vértigo o que su caballo corriese el riesgo de tropezar. Sin duda, la pista fue construida para asegurar la seguridad de los participantes y, pensaba, lo único que tendría que hacer para hacer un buen papel en el Okton sería dominar el tiro de lanza. Camus salió de la pista tras dos vueltas y entonces fue el turno de Mü, quien dominó el recorrido después de su tercer intento.

El noble guio su caballo fuera de la pista, donde fue recibido por Aldebarán.

—Bien hecho —dijo mientras acariciaba el cuello del animal—. Lo hacen ver fácil.

—No es precisamente sencillo —admitió Mü—. Temo pensar cuánto se complicará cuando haya más jinetes en la pista.

Aioria asintió y se acercó a su yegua palomino. Las antorchas de la muralla del castillo iluminaron la piel del animal que, esbelto y elegante, parecía brillar por sí mismo con el color del cobre. Su crin era especialmente clara y Camus supuso que el amor de Aioria por criaturas rubias se extendía hasta los establos. Mejor para él, pensó, con el paso al que iba, montar aquel caballo sería lo más cercano que estaría de yacer con Shaka.

—Mü tiene razón —dijo Aioria mientras montaba su yegua—. El verdadero reto del Okton no son las lanzas, sino el resto de los competidores. ¿Milo? —el aludido asintió—. Indícales cuándo deben incorporarse.

Aioria asió las riendas de la yegua y comenzó su carrera hacia la pista. Camus y Mü se prepararon mientras Milo y Aldebarán observaban la escena con atención.

—¿Mü? —dijo el rubio—. Lo mejor será que tú te incorpores primero.

—De acuerdo.

Milo dio la señal de salida justo cuando Aioria llegó a la intersección de la pista. Mü se incorporó a la carrera y pasaron varios minutos antes de que pudieran adaptarse al nuevo ritmo. Aioria procuraba mantener la misma velocidad en todo momento, lo cual dificultaba el avance de Mü, quien se retrasaba algunos segundos durante las curvas más pronunciadas. Afortunadamente, después de largo rato Milo supo que era hora de introducir a un nuevo jinete. Lanzó un grito para alertar a Aioria y a Mü y el primero disminuyó su velocidad para cerrar espacio con el segundo y cederle a Camus un área de entrada.

Camus dirigió su caballo al punto de salida e inició su cabalgata a la señal de Milo. Al igual que antes, tuvo que pasar un tiempo para que pudiesen adaptarse al nuevo compás. No era solo cuestión de mantener la velocidad constante, sino de jamás perder de vista a los otros jinetes. Camus afianzó su agarre en las riendas, había comenzado a sudar y no tardó en sentir el palpitar de su corazón. Le impresionó descubrir cuánto aumentaba la dificultad del ejercicio al tener tres jinetes en la pista. No quería ni imaginarse lo que costaría añadir uno más. Se preguntó cuántos jugadores participarían en el torneo. ¿Cinco? ¿Seis? Quizá sería un caso extraordinario e intentarían introducir ocho jinetes a la pista. Aquello sería un riesgo totalmente innecesario.

Camus estuvo seguro de que el Príncipe disfrutaría enormemente del tortuoso espectáculo.

Aquel pensamiento le hizo atrasarse levemente, por lo que espoleó su caballo y retomó el ritmo.

Los hombres realizaron cinco vueltas sin mayores complicaciones hasta que el caballo de Mü vaciló en la intersección. El titubeo duró apenas unos segundos, pero fueron suficientes para que Camus previera una colisión y virara su caballo antes de que lo peor ocurriera.

Sorprendido por el inesperado cambio de dirección, la criatura relinchó con fuerza y dio un pequeño salto que hizo que Camus perdiera el equilibrio y cayera de su montura. Afortunadamente, el pelirrojo era un jinete experimentado y pudo caer sin hacerse demasiado daño. Su caballo, bien entrenado para la guerra, recuperó prontamente el control y se colocó a su lado, listo para recibir nuevamente a su amo en la silla de montar.

Camus agitó su cabeza y cerró con fuerza los ojos. Un fuerte dolor en su brazo izquierdo le impidió incorporase, mas exhaló con alivio al confirmar que era el único malestar que sentía. Le tomó tiempo reconocer la voz de Milo llamando su nombre.

—¿Te encuentras bien? —Milo le ayudó a sentarse en la cama de arena y aserrín y Camus no pudo evitar sentirse como un estúpido por permitir que le viesen en tan patética condición—. ¿Camus? ¿Me escuchas?

El pelirrojo gruñó y puso su mano derecha sobre el hombro de Milo con esperanza de tranquilizarlo. Infortunadamente, una oleada de vértigo casi le hizo caer de espaldas y, sin planearlo, sujetó al rubio con tanta fuerza que le preocupó aún más.

—Lo llevaré con el médico —le escuchó decir y Camus sintió que el calor ascendía por sus mejillas. ¿Sería Milo lo suficientemente fuerte como para cargarle hasta la oficina del médico? Comenzó a preguntarse cómo se sentiría su cuerpo apresado entre sus fuertes brazos.

Camus dejó escapar un largo gemido de dolor y anhelo y, después de tomar una gran bocanada de aire, logró controlarse a sí mismo.

—Estoy bien, no es nada —aseguró aún sin alzar la mirada.

—Lo lamento, Camus —aquella era la voz de Mü—. Ha sido mi culpa.

El pelirrojo negó con la cabeza y, finalmente, abrió los ojos.

—No debí haber tirado de las riendas de un modo tan brusco. Ha sido un accidente.

—De cualquier forma, debo llevarte al médico —insistió Milo.

—No es necesario —no sin esfuerzo, Camus logró ponerse de pie. Realizó algunos pequeños movimientos y comprobó que no tuviese algún hueso roto. Afortunadamente, el único dolor que sentía en su cuerpo provenía de su brazo. Parte de la manga de su chaqueta y camisa se habían roto y dejaban ver un ancho raspón en su pálida piel—. Solo necesito limpiar y cubrir la herida. Estaré como nuevo en la mañana.

—Pero-

—Ustedes sigan practicando —interrumpió a Milo—. Todavía deben tener más de cuarenta minutos antes de que se apaguen las antorchas.

—Es cierto —concordó Aldebarán—. Tienen que aprovechar su tiempo al máximo.

—Entonces te acompañaré a las barracas.

En otra situación Camus se habría regodeado por la preocupación de Milo, pero en esos momentos lo único que quería era estar solo. Jamás se perdonaría por haber sido el primero en caer durante el entrenamiento y lo menos que necesitaba era tener a su lado a la única persona a la que quería impresionar.

—No. Necesitas quedarte aquí para ser el tercer jinete.

—Vamos, Milo —la voz de Aioria era insistente, aunque Camus reconoció que aún quedaban rastros de su nerviosismo por el accidente—. Dijo que estaría bien. Te necesitamos.

Milo entreabrió la boca y por varios segundos Camus temió que lo llevaría a rastras al dormitorio. Afortunadamente, terminó por juntar sus labios y asentir.

—De acuerdo, de acuerdo. Pero prométeme que irás con Shaka si llegas a sentirte mal.

—¡Si te sientes mal, prométeme que me llevarás con Shaka! —gritó Aioria mientras montaba a su yegua.

Camus frunció el ceño por las imprudentes palabras de Aioria, pero sintió sus facciones suavizarse cuando tornó su atención hacia Milo.

—Lo prometo.

Solo entonces Milo mostró su alivio con una pequeña sonrisa y aceptó continuar con el entrenamiento.


El dolor en el cuerpo de Camus acrecentó conforme pasó el sobresalto por la caída. A pesar de que se encontró con pocas personas de regreso a los dormitorios, le fue difícil caminar sin delatar sus lesiones. De lo único que estaba agradecido era que Milo no estaba ahí para ver su patetismo y que pudiese caminar con la suficiente normalidad como para no evidenciar el dolor en sus caderas.

Después de varios tortuosos minutos, finalmente llegó frente al dormitorio. Estaba seguro que la mayoría de sus compañeros estarían todavía en la cena, por lo que entró a la habitación sin reparos y haciendo más ruido del necesario. Sin embargo, no alcanzó a dar un paso al interior del dormitorio cuando se percató que no solo las antorchas ya se encontraban encendidas, sino que había alguien más recostado en el camastro más cercano a la puerta.

Se trataba de Afrodita, quien había dejado atrás su elegante traje de entrenamiento y ahora portaba una bata para dormir del color de la lavanda. Había arreglado su cabello en una cola de caballo alta y Camus reconoció un suave tono rosado sobre sus párpados. Fue una suerte que estuviese tan sorprendido de encontrarle ahí, de lo contrario habría rodado los ojos al verle arreglado de un modo tan sugestivo. Parecía ser que el cortesano había olvidado que se encontraba en unas barracas y no en los jardines de algún palacio.

—Mmm… —Afrodita alzó el rostro y, tras reconocer al recién llegado, frunció el ceño e hizo un exagerado mohín—. Eres tú.

—¿No deberías estar cenando?

—Podría preguntarte lo mismo. ¿Te cansaste de jugar con tus amiguitos?

Camus tragó saliva e hizo acopio de toda su fuerza para caminar sin que Afrodita sospechase del dolor de su cuerpo. De cualquier forma, sus acciones fueron en vano, ya que aún tenía que curar la lesión de su brazo. Resignado, avanzó hacia una de las piletas de agua, mojó su pañuelo y caminó hacia su camastro mientras desataba los lazos de su ropa.

No tuvo que alzar la mirada para saber que el desencantado rostro de Afrodita se tornó en una pícara sonrisa.

—¿Oh? ¿Entrenando a esta hora de la noche? Qué trabajador…

—Si quiero formar parte de la Guardia, necesito dar mi mejor esfuerzo —aseguró una vez que dejó su chaqueta y camisa sobre la cama. Tomó asiento en la misma y comenzó a lavar su herida.

—Quizá, pero no llegarás muy lejos si sigues lastimándote en los entrenamientos.

—Tú tampoco lo harás si sigues comportándote como un cortesano cualquiera —espetó con crudeza—. ¿O acaso no estás aquí para demostrar que eres más que eso?

Afrodita se puso de pie con una felina sonrisa en su rostro, caminó hacia el camastro de Camus y se tomó la libertad de recostarse en él. Aunque el angosto colchón apenas le permitió descansar su pecho y parte de sus muslos, su traviesa sonrisa no dio indicación de que la postura fuese incómoda en lo más mínimo.

—Eres Camus, ¿no es así? —canturreó—. Comienzo a entender por qué Mascarita dice que eres de los pocos aspirantes con cerebro.

—Me gustaría poder decir lo mismo de él —murmuró de mala gana.

De cierta forma, no se sorprendió al escuchar una aguda carcajada por parte de Afrodita.

—Lo sé, lo sé. Es un idiota —a Camus no le pasó desapercibido el gentil timbre de su voz—, pero tiene buen ojo para las cosas hermosas. Dijo que tú también lo tenías. Dijo que eras el hijo de un mercader, que vienes de la provincia de Alier.

—Lo soy.

Para ese entonces Camus había terminado de limpiar su herida y comenzó a cubrirla con un ungüento que guardaba en su mochila. Era una receta herbal recomendada por su tío y era tan buena para aliviar el dolor que se aseguraba de nunca empezar una campaña sin ella.

—¿Hum? —Afrodita giró su cuerpo para quedar recostado boca arriba. Su voz se tornó sensual e incitante y Camus comprendió hacia dónde se dirigía la conversación—. ¿Y qué es lo que comercia tu familia?

—No te molestes —dijo—. El estatus del hijo de un mercader no se compara con el del hijo de un kyros.

—Antiguo kyros —corrigió.

—En dado caso, yo soy un antiguo hijo de mercader. Podrás ver que he decidido dedicarme a otra profesión.

—Por ahora —aseguró mientras se hincaba a espaldas de Camus—. Después de todo, si eres elegido para la Guardia y juegas bien tus cartas, podrías recibir un título nobiliario en menos de dos años. ¿Te imaginas qué tanto se expandiría el negocio de tu familia con el poder y dinero de un lord?

Camus puso a un lado el pensamiento de que ese era precisamente el plan de sus padres.

—Mi único deseo es servir al Rey y al Príncipe.

Afrodita bufó, mas optó por no burlarse su estudiada respuesta.

—De cualquier forma no me has respondido. ¿Qué es lo que comercian? —viró el rostro y se encontró con la chaqueta de Camus. No la estudió por más de cuatro segundos cuando frunció el ceño y apretó los labios—. Mascarita cree que tu familia se dedica a vender telas, pero es obvio que se equivoca. Tu ropa pasó de moda hace más de dos años.

Camus rodó los ojos y se alzó de hombros. La curiosidad de Afrodita le irritaba tanto como le preocupaba. Si el hombre descubría a qué se dedicaba su familia, jamás lograría quitárselo de encima.

—Venden vegetales —mintió.

En un sorpresivo arranque de familiaridad, Afrodita picó a Camus en las costillas.

—¡Obvio no! Eres demasiado elegante para eso. Apuesto a que venden algo refinado y costoso —dijo con emoción—. ¿Libros?

A Camus le sorprendió la conclusión del cortesano. Si bien su teoría estaba lejos de la verdad, no podía evitar pensar en los cientos de libros de la biblioteca de sus padres. Casi todos pertenecían a su tío Dégel, quien dedicaba la mayor parte de su tiempo en el monasterio a hacerse de más y más obras.

—¡Oh! ¡Entonces son libros! —afortunadamente, Afrodita malinterpretó el silencio de Camus—. ¡Entonces es una excelente idea ser parte de la Guardia! ¡Al Príncipe le encantan los libros! ¡Te ascenderá en un santiamén!

Camus pensó que si Afrodita se sentía con derecho a hurgar en su privacidad, él debía pagarle con la misma moneda.

—Ahora que lo recuerdo, Mü nos dijo que serviste al Príncipe. ¿Es cierto o fue solo un rumor que corriste en la corte para llamar la atención de los lores?

Emocionado por la pregunta, Afrodita puso sus manos sobre los hombros de Camus e inició un rápido bailecito sobre sus rodillas.

—Un poco de esto, un poco de aquello. Tan solo llevaba algunos rumores a oídos del Príncipe. Soy muy bueno para hacer que los hombres suelten la lengua, ¿sabes? En varios sentidos…

—Dicen que asesinaste a algunos de sus enemigos.

—¡Coincidencias, te lo aseguro! —dijo con un tono muy poco convincente—. Yo no tengo la culpa de que la gente se muera —descansó su barbilla sobre el hombro de Camus—. Si lo quisieras, podría presentarte ante su alteza. Si colaboramos, tú podrías venderle todos los libros del mundo y yo podría recibir una buena tajada de las ganancias.

—Te aseguro que no necesito ayuda para que la mercancía de mis padres se venda.

El cortesano estuvo a punto de insistir, pero justo en ese momento Milo entró al dormitorio. Confundido, el akielense observó la escena por varios segundos; Camus no tenía que ser un genio para adivinar qué era lo que pasaba por su mente. Después de todo, tenía a un antiguo cortesano prácticamente abrazándolo por la espalda. Si bien en Vere aquella situación no representaría un contacto íntimo, sabía que en Akielos las cosas podrían interpretarse de modo diferente.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Milo en akielense.

—Afrodita intenta sacarme dinero —respondió con presteza.

—¡Oh! ¡Ya veo! —exclamó Afrodita mientras se separaba de Camus—. ¡Te gustan los musculosos!

Afrodita no esperaba que Milo pudiese entender vereciano, pero rio con gusto al ver su abochornada reacción.

Como si la situación no fuese lo suficientemente incómoda, Máscara de la Muerte hizo acto de presencia justo en ese momento.

—¡Lo siento! —dijo sin prestar atención a Milo o a Camus—. El herrero me encontró en el pasillo y me hizo perder el tiempo con sus quejas. ¡Tuve que empujarlo para que me dejara seguir!

Afrodita se puso de pie y le tomó de la mano. Un cómico puchero decoraba su rostro.

—Y yo que comenzaba a creer que te habías aburrido de mí —dijo—. Ven. Ya no tenemos mucho tiempo.

Juntos, los hombres se dirigieron al camastro más lejano a la entrada.

—Tanto descaro —gruñó Milo—. ¿Eso normal en Vere?

—Creo que nada en esos dos es normal en Vere o Akielos…

Milo concordó.

—Al menos son silenciosos —meneó la cabeza y, queriendo fingir que no había nadie más en la habitación, tomó asiento a lado de Camus—. ¿Cómo sigues?

—Te dije que estaría bien —justo terminaba de vendar su herida—. Para todo esto, ¿qué haces aquí?

Las orejas de Milo se tiñeron de rojo.

—No podía concentrarme y Aioria me mandó a buscarte. Dijo que era un peligro tenerme en la pista.

—Lamento haber perturbado tu entrenamiento.

—Está bien. Nos recuperaremos —de golpe, Milo se interrumpió a sí mismo, alzó ambas cejas y entreabrió su boca.

—¿Milo?

El aludido tardó varios segundos en reaccionar y, cuando lo hizo, sus orejas se enrojecieron aún más y comenzó a remover con sus nerviosas manos la descartada camisa de Camus.

—¿No tienes frío? Ya acabaste de curarte, puedes volver a ponerte la camisa.

Apenas en ese momento Camus comprendió la extraña reacción de Milo. El hombre estaba tan acostumbrado a verle con sus varias capas de ropa y lazos que debió sorprenderse al verle semidesnudo. Después de todo, una cosa era compartir el baño con decenas de hombres desnudos y otra estar (casi) a solas con el semidesnudo hombre de tu interés.

Satisfecho, pero cansado y adolorido, Camus asintió y tomó de su morral una camisa para dormir.

—Me temo que esa ya no servirá de mucho. De cualquier forma, pronto será hora de dormir.

Agitado, Milo asintió varias veces y, sin voltear a ver a Camus, se dirigió a su propio camastro.

—Tienes razón. Estoy exhausto. Iré a dormir ahora mismo.

Apenas aguantando la risa, Camus le deseó las buenas noches, se cambió de ropa y se metió bajo el cobertor de su camastro.

Por largo rato se preguntó si Milo habría logrado dormir o si seguía pensando en él y en su pecho desnudo.

A pesar de su cansancio, tuvieron que pasar varios minutos después de que llegaran sus compañeros y apagaran las luces para que Camus pudiese conciliar el sueño.

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Capítulo 19

No fue fácil para Camus y sus compañeros adaptarse al nuevo ritmo de entrenamiento. Las noches se les hacían cortas y los días extremadamente largos y desgastantes. Para el cuarto día de entrenamiento del Okton, Camus comenzó a perder la noción de en qué día se encontraban y cuánto faltaba para que se realizara el torneo. En poco ayudaba la lesión que recibió en su primer día de entrenamiento en la pista. La herida curó rápidamente, pero su brazo punzaba de dolor cada que realizaba ciertos movimientos. Camus hizo lo posible por descansar su brazo lesionado y aunque el dolor disminuía día con día, estaba lejos de desaparecer. A pesar de ello, Camus daba su mejor esfuerzo en la arena y en los ejercicios. Estaba tan cerca de alcanzar su meta que decidió no dejarse vencer por un simple dolor muscular.

Tras una semana de práctica en el Okton, les fue posible correr por la pista con cuatro jinetes al mismo tiempo. No había sido sencillo. Cada uno tenía que estar constantemente al pendiente de lo que hacían sus compañeros. No bastaba con enfocarse en las curvas del camino, ni mucho menos en lo que hacía el hombre frente a uno. La seguridad de los jinetes y sus caballos dependía de decenas de factores y si un solo hombre se descuidaba podía ocasionar un severo accidente.

Con solo cuatro jinetes en la pista y sin siquiera haber comenzado a entrenar con lanzas, aún tenían mucho camino por recorrer. Sin embargo, Camus estaba cada día más convencido de que pronto podrían participar en un Okton real sin poner a los demás o a sí mismos en peligro.

Por supuesto, su intenso entrenamiento no pasó desapercibido para la mayoría de sus compañeros y, para el sexto día de la semana, todos parecían saber o sospechar a qué dedicaban sus tardes. A esas alturas, a Camus poco le importaba haber sido descubiertos. Sin planteárselo declararon una sección del patio como suya y mientras tuviesen a Aldebarán a su lado, nadie se atrevería a quitarles su zona de entrenamiento. Si bien algunos hombres comenzaron a practicar por su cuenta, lo hacían en otros patios o a otros horarios. Podían hacer cuanto quisieran. Camus sospechaba que pocos equipos tendrían a hombres tan experimentados como Milo o Aioria.

La llegada del séptimo día no trajo consigo el esperado alivio. Los hombres se levantaron tan temprano como siempre y dedicaron cinco horas al entrenamiento para el Okton. No interrumpieron sus ejercicios hasta que el sol llegó a su cénit y comenzó a hacer demasiado calor como para cabalgar. Además, Camus necesitaba ir a la ciudad. El sastre le había prometido tener al menos tres camisas y un pantalón listos para ese día y Camus necesitaba urgentemente el cambio de guardarropa. Estaban próximos a la segunda mitad de la primavera y la temperatura ascendía con cada día que pasaba.

Camus no era el único con pendientes en el pueblo, puesto que Aioria necesitaba recoger los guantes para montar que comisionó la semana anterior. Milo no tenía nada en especial para hacer, mas no iba a dejar pasar la oportunidad para distraerse (ni de comprar más dulces). Por otro lado, Mü y Aldebarán decidieron permanecer nuevamente en el castillo. Aunque Camus se admitió sumamente curioso ante la insistencia de permanecer acuartelados, no se atrevió a cuestionarles. La amabilidad de Mü tenía un límite y Camus no estaba dispuesto a sobrepasarlo.

Después de guardar a los caballos y de darse un rápido baño, Aioria, Milo y Camus comenzaron, al fin, a disfrutar de su día libre y se dirigieron a la ciudad.


La tarde avanzaba y, con el fin de llegar a las tiendas antes de que las cerrasen, los hombres se dirigieron con rapidez a la calle principal. El local más cercano al castillo era el peletero y, por ende, fue a quien visitaron primero.

Los guantes que solicitó Aioria cumplían con todas sus expectativas. Camus notó que, si bien el diseño no era precisamente de buen gusto (o, más bien, no era de su gusto), estaba bien trabajado. Camus sabía que sus propios guantes no durarían un año más y era reconfortante saber que existía al menos una buena opción para reemplazarlos.

Al salir del peletero, los hombres iniciaron su camino a la sastrería. Para ello, era necesario que avanzaran por la calle principal, la cual seguía repleta de tenderos que buscaban terminar con su mercancía. Dos calles antes de la sastrería, llegaron a una parte especializada en hierbas y flores. La semana anterior Camus no le prestó más atención que a otros lugares, pero ahora había algo que resaltaba sobre los manojos de plantas.

—Oh no —susurró Milo parándose en seco. Camus sonrió y observó con atención a Aioria para ver el momento exacto en el que viera lo que había frente a él.

Tal y como el pelirrojo esperaba, Aioria ojeaba las ofertas de los vendedores hasta que sus ojos se detuvieron en cierta figura que regateaba un manojo de camomila (o algo que se le parecía).

—¡Shaka!

El aludido alzó la mirada con genuina sorpresa, la cual se convirtió en molestia al reconocer a Aioria. El akielense prácticamente empujó a la gente a su alrededor para llegar a lado del rubio, quien pagó con rapidez al tendero y guardó sus compras en una gran bolsa de papel.

Milo y Camus decidieron seguirle, si acaso para evitar que Aioria hiciese algo tan estúpido que culminara en su asesinato.

—Aioria —murmuró Shaka una vez que fue alcanzado por el castaño.

—¡Es tan raro verte por aquí, Shaka! Creo que nunca te había visto fuera de tu estudio.

Shaka apretó los labios con irritación.

—Soy afortunado.

El akielense de Shaka parecía más burdo que lo usual y Camus sospechaba que la brusquedad en su tono se debía más a su interlocutor que al hecho de que apenas conocía algunas frases del idioma.

—¿Qué haces? ¿Compras ingredientes para tus medicinas? Se ve que la bolsa está pesada. Puedo ayudarte a llevarla hasta el castillo.

Shaka exhaló lentísimamente y Camus no se habría sorprendido si hubiese salido humo de su nariz. Mordió su labio inferior sin saber qué disfrutaba más: la inocente efusividad de Aioria, o la molestia del médico. Al final, optó por lo último. Tal vez se había resignado a tener a un hijo ilegítimo como médico en la Guardia, pero eso no quería decir que estuviera más cerca de agradarle.

Para denotar lo poco que necesitaba a Aioria, Shaka sujetó la bolsa con solo una de sus manos. Lo único que contenía eran pequeños ramos de hierbas secas e incluso alguien tan delicado como él podría cargarla sin problemas.

—Entonces puedo hacerte compañía de regreso al castillo —implacable, Aioria insistió.

—No he terminado.

—¿Puedo ayudarte a regatear con los vendedores akielenses? —las últimas palabras de Aioria prácticamente brotaron como una súplica.

—¿Regatear?

—Podrás ahorrar más de un leptón —respondió Aioria mientras hacía una seña que significaba dinero.

Camus estuvo seguro de que Shaka volvería a rechazar a Aioria, puesto que su boca se alistó para lanzar una nueva grosería.

—¿No estorbarás? —Camus y Milo abrieron ampliamente los ojos al escuchar las palabras de Shaka quien, inesperadamente, reconsideró las ventajas de un traductor.

Por su parte, Aioria sonrió amplísimamente, tanto que Camus creyó ver un sutilísimo movimiento reflejo en la comisura de los labios de Shaka. Por supuesto, la incipiente sonrisa nunca llegó a tomar forma, pero Camus comenzó a sospechar que, tal vez, algún día lo haría.

En definitiva, la gente era muy extraña.

—Lo siento, muchachos —Aioria se dirigió a sus compañeros—. No podré acompañarlos a la sastrería.

—Procura no hacer una estupidez —suplicó Milo.

—¡Lo mismo digo! —le guiñó el ojo y dio la media vuelta para escoltar al médico.

Milo frunció el ceño y estuvo a poco de preguntarle a qué se refería con eso. No obstante, en cuestión de segundos Shaka y Aioria se perdieron entre la muchedumbre.

—Parece ser que los esfuerzos de Aioria están dando frutos después de todo —comentó Camus.

—Eso, o al médico no le pagan lo suficiente para comprar los materiales que necesita.

—Lo dudo. Si odiase tanto a Aioria como aparenta, habría preferido robar los ingredientes antes de aceptar pasar la tarde con él.

Milo se cruzó de brazos, canturreó una aguda tonada y asintió.

—Creo que tienes razón. Y pensar que lo único que tenía qué hacer Aioria era acosarlo al borde de la locura —exageró.

—Quizá si el médico huye de él es solo porque le gusta ser perseguido.

El rubio arrugó la nariz y frunció el ceño.

—¿Es esa una costumbre vereciana?

—Te gustaría saber eso, ¿no es así?

Feliz tras lanzar la enigmática pregunta al aire, Camus sonrió y prosiguió su camino hacia la sastrería. A Milo le tomó varios segundos darle alcance.

Gracias al cielo, el sastre cumplió con lo acordado y le pudo entregar tres camisas, un pantalón a la medida y otro ajustado. No era mucho, pero sería suficiente para aliviarle del calor hasta que el resto de su ropa estuviese lista.

Justo cuando salían de la tienda, Milo cometió el error de mirar un traje de gala por más de cuatro segundos y el sastre creyó que lo único que tendría qué hacer sería insistir cinco veces antes de que el rubio accediera a probarse el traje de muestra.

Gracias al cielo, Milo estaba más que satisfecho con su propio guardarropa, y en cada oportunidad rechazó la barbárica idea de cubrir sus fuertes piernas con unos aburridos pantalones. Sin embargo, acabó por ceder por una estola color escarlata que costaba lo mismo que tres camisas juntas.

—Para mi madre —explicó Milo mientras el asistente se encargaba de empacar la estola—. Podrá envolverse dentro de ella y fingir que es una manzana.

Camus no supo si Milo estaba hablando o no en serio, por lo que optó por callar. Mientras el otro pagaba al sastre con una pesada moneda de plata, Camus hizo una anotación mental para escribirle a su propia madre. Le gustaría escuchar sus progresos en la Guardia, así como su cercanía con un aristócrata de la vieja capital.

Una vez que terminaron sus deberes, los hombres pagaron al asistente del sastre para que llevase sus cosas al castillo, mientras que ellos regresaron a la calle principal. Aún tenían tres horas antes de tener que regresar al castillo y Milo propuso que fueran a cenar.

—Solo que no sea en Les Nomades. Temo que la estola me ha dejado en dificultades económicas por un tiempo —Camus tuvo intención de decir que él podría pagar por la cena, mas Milo se lo impidió—. ¿Te gustan los mariscos? En el muelle hay varios puestos de comida buena y económica.

Camus sopesó las palabras de Milo por largo tiempo. En todo ese tiempo, jamás recapacitó en la condición de Marlas como ciudad portuaria. Sabía que lo era (por supuesto), pero en ningún momento consideró la posibilidad de conocer el mar, ni mucho menos la de caminar por el muelle. Llegó a Marlas con demasiadas preocupaciones en la cabeza como para reflexionar en los aspectos geográficos de la ciudad. Además, tras pasar casi toda su vida en la provincia de Alier —la cual carecía de costa—, era comprensible que pusiera de lado un concepto que le era tan ajeno como el océano.

—¿Ocurre algo? —preguntó Milo cuando Camus no respondió en mucho tiempo—. ¿No te gustan los mariscos?

Camus sintió un tenue calorcillo en sus mejillas. Carraspeó abochornado y negó con la cabeza mientras caminaba hacia la costa.

—No es eso. Me gusta el pescado.

—¿Solo el pescado? —la pregunta de Milo no tenía el afán de cuestionarle, sino de identificar qué es lo que le había hecho reaccionar así—. Si lo prefieres, podemos-

—Solo he probado el pescado y algunos crustáceos. Es difícil conseguir mariscos frescos en Alier.

Camus supo el momento exacto en el que Milo comprendió lo que pasaba. Su preocupado rostro se tornó en una emocionada sonrisa y casi al momento comenzó a empujarle por los hombros.

—¡No conoces el mar! ¡Descuida! ¡No hay mejor momento como el ahora! Yo también he estado lejos del mar desde hace tiempo, ¿sabes? Aunque Mellos sea una provincia costera, todas mis campañas han sido tierra adentro.

—Vayamos, pues —rio Camus mientras se dejaba guiar por el akielense.

Camus desconocía el verdadero tamaño de Marlas y caminaron por mucho más tiempo del que hubiese esperado. Fue tras un cuarto de hora que las gaviotas comenzaron a hacerse más abundantes y el aroma a sal más pungente que Camus supo que estaban próximos a llegar. A diferencia de lo que esperaba, la aparición del mar Ellosean no fue una revelación súbita y maravillosa. Por el contrario; brotó lentamente, como un amanecer que tiene que sortear la sombra de las montañas antes de prodigar su luz por el valle frente a él. En varias ocasiones alcanzó a reconocer un poco del mar, pero los edificios de la ciudad no le daban tiempo suficiente para diferenciarlo del cielo. Camus no percibió la inmensidad del mar hasta que, finalmente, dejaron la zona residencial y llegaron al puerto.

Lo primero que Camus reconoció fue el retumbar de las olas que, rítmicas y pausadas, se estrellaban contra el malecón. Ni siquiera los gritos de los marineros que desembarcaban en un muelle cercano acallaban el grave y cadencioso sonido de las olas, mientras que la brisa canturreaba a su lado y acentuaba la imponencia del mar que se presentaba ante él.

Lo segundo que Camus notó fue que, a pesar del constante batir de las olas, el mar se encontraba sumamente tranquilo. Los barcos anclados frente a los muelles se mecían con una languidez que en nada se parecía a las historias de mares embravecidos relatadas por su tío. Camus deseó que pronto llegase el otoño para conocer el verdadero poderío del mar. (Estuvo seguro de que se arrepentiría de su deseo a la llegada del primer huracán.)

El vereciano tomó una larga bocanada de aire y reconoció el sabor a sal en su garganta. Sonrió sin darse cuenta y obligó a su cuerpo a salir de su ensimismamiento para acercarse un poco más al borde del malecón. Desde ahí, pudo observar a decenas de crustáceos caminando por las negras piedras que soportaban la construcción y divisó a un trío de muchachitos pescando sin preocuparse por las muchas gotas de agua que comenzaban a mojar sus ropas.

Permaneció en esa posición por largo rato, saboreando cada detalle del escenario frente a él. Se hubiese quedado ahí hasta que el sol se ocultara y fuese incapaz de discernir entre el cielo y el mar de no ser porque fue interrumpido por una gentil mano que acomodó un mechón de su cabello por detrás de su oreja.

Camus parpadeó lentamente y tornó su atención a Milo, quien estaba tan absorto en él que el pelirrojo tuvo que desviar la mirada.

—Yo —tartamudeó Milo al percatarse de lo que había hecho—, lo lamento. No era mi intención molestarte.

—Descuida. Fue mi culpa por quedar tan absorto. Es solo… —frunció el ceño—. Uno escucha historias, ¿sabes? Habla con marineros o lee odas al mar, pero ni mil palabras comenzarían a describir lo inmenso que es.

Milo asintió.

—Es en momentos como este que creo entender un poco más lo que había en la mente de mi padre. Mi verdadero padre —aclaró—. Debe ser increíble navegar, anidar en cualquier puerto, sea seguro o no, y conocer más allá de los cuatro reinos.

—No sé si me atreviera a tanto —dijo Camus—. Ni siquiera sé nadar.

En ese momento, Milo le miró como si le hubiese dicho que jamás había aprendido a caminar. Tomó su mano entre las suyas y le miró con una seriedad que poco armonizaba con los descontrolados rizos que se movían a capricho de la brisa.

—¡Tengo que enseñarte! Ahora estamos demasiado ocupados, pero lo haremos en cuanto entremos a la Guardia.

Camus tenía que admitir que estaba algo nervioso por la invitación. No se imaginaba a sí mismo sumergiendo su cuerpo en una masa de agua tan inmensa. Sin embargo, sabía que el Príncipe y el Rey requerirían viajar constantemente a las viejas capitales y no habría mejor modo para hacerlo que en barco. ¡Definitivamente no se subiría a uno de esos sin al menos saber flotar! Además, le intrigaba cómo era que los akielenses nadaban. ¿Entrarían desnudos al agua o preferirían hacerlo con sus blancos y cortos quitones? Ambos prospectos le emocionaban.

—De acuerdo. Solo no esperes que nade desnudo —el hecho de que quisiera ver a Milo así, no quería decir que él estuviese dispuesto a desnudarse en público.

Milo arqueó la ceja izquierda y entreabrió la boca con sorpresa.

—¿Entonces cómo habrías de hacerlo?

Camus rio de buena gana y, sin soltar la mano de Milo, comenzó a caminar por el malecón.

—Ven. Muéstrame estos puestos que tanto te gustan.

Milo accedió al momento y, juntos, iniciaron su recorrido por la costa.

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Capítulo 20

No tomó mucho tiempo para que Milo y Camus llegaran a la parte comercial del malecón. El lugar no era tan concurrido como la calle principal, pero aun así había decenas de personas recorriendo los pequeños puestitos que ofrecían una amplia variedad de comida preparada. Ahí los visitantes eran más jóvenes que en el centro de la ciudad y desperdigaban su atención entre los locales y el mar, ya que muchos de ellos aprovechaban la tarde para pescar o simplemente para admirar el mar frente a ellos.

Milo le condujo hacia un local que desprendía un delicioso aroma a pescado y limón. Una espesa nube ascendía desde una olla con aceite y apenas permitía ver el rostro de la mujer que freía varios trozos de mariscos. Camus leyó con atención la oferta de comida, la cual estaba detallada en una pequeña tabla de madera en la parte inferior del puesto. Las opciones incluían pescado, calamar, pulpo, almejas y una palabra que Camus no supo cómo traducir. Por bien que oliera la mezcla de frituras, el pelirrojo optó por la mesura y pidió una orden de pescado. La cocinera asintió y en cuestión de segundos le ofreció un enorme cono de papel repleto de las frituras cubiertas con jugo de limón y una salsa blanca que olía a vinagre.

Por su parte, Milo pidió una mezcla de calamares con almejas y un segundo platillo que Camus no identificó hasta que la cocinera lo entregó.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Camus con más impertinencia de la que hubiese deseado.

—Camarones —respondió Milo mientras pagaba por la comida.

El pelirrojo observó el contenido del cono por largo rato. Las extrañas criaturas eran un manojo de cuerpos rojizos y encorvados, decorados con patitas anaranjadas. De haber estado fritas, quizá Camus las hubiese dejado pasar desapercibidas, pero sus cuerpos eran brillantes y húmedos y era fácil creer que los bichejos comenzarían a moverse en cualquier momento.

—Esos no son camarones —dijo con la esperanza de no sonar demasiado incómodo. Aunque él nunca había comido camarones, su tío alguna vez le habló sobre ellos y le aseguró que eran un manjar digno de la realeza. Camus estaba convencido de que nada que tuviese sus patas pegadas era lo suficientemente bueno como para estar en la mesa de la aristocracia.

—Son camarones de Symi —explicó Milo, quien apenas entonces se percataba del desagrado de Camus hacia su bocadillo—, una pequeña isla cercana y famosa por sus camarones. Son pequeños y suaves. No los conocía hasta que vine aquí y me encantaron —como para dejar en claro lo mucho que le gustaban, Milo se metió uno de los camarones a la boca con todo y patas. Camus arrugó la nariz al escuchar cómo crujía entre sus dientes e hizo lo posible por contener su náusea.

Al carajo con los bastardos. Esos malditos camarones eran el peor choque cultural con el que Camus tuviese que enfrentarse jamás.

—Oh, vamos —dijo Milo—. Saben bien. Además, no es como si ustedes no comieran cosas raras en Vere.

—Ciertamente no comemos cosas con todo y patas…

Milo arqueó la ceja izquierda y sonrió con sorna.

—¿Acaso no comen caracoles o ancas de rana? Si me lo preguntas, eso es aún más extraño.

—Los caracoles no tienen pies —murmuró Camus a sabiendas de que no había forma de defender las ancas de rana.

—No te pediré que los pruebes —dijo Milo mientras se metía un segundo camarón en la boca—. Ven. Vamos a sentarnos. No puedo comer así.

La pareja caminó por varios metros hasta que encontraron un banco de piedra con vista al mar. A pesar de su corto quitón, Milo no se quejó de la húmeda superficie del banco, y Camus decidió que tampoco lo haría. Después de todo, él si llevaba pantalones. Colocaron los conos entre ellos y comieron sus contenidos en silencio.

Quizá Camus no supo apreciar los camarones de Symi, pero bien que disfrutó de los trozos de pescado frito. El jugo de los limones y la salsa acentuaban el sabor del pescado y combinaban perfectamente con su cubierta crujiente. A insistencia de Milo, se atrevió a probar las ostras fritas, las cuales no le parecieron tan buenas como las frescas. Por otro lado, los calamares le parecieron una verdadera delicia. Firmes y crujientes, Camus pensó que pediría eso la próxima vez que visitaran el malecón. O al menos eso pensó hasta que se topó con un largo trozo de tentáculos.

—Vaya…

Milo miró de reojo el manojito de tentáculos y comprendió el porqué de la expresión de Camus. Al instante robó los tentáculos y se los metió a la boca para evitarle a Camus la molestia de buscar una excusa para dejarlos al lado.

—Gracias —exhaló Camus—. Me alegra que el comedor de las barracas no incluya particularidades como esta.

—Yo también. No me veo comiendo caracoles.

—Saben bien.

—También los camarones y no te veo probándolos.

Camus le cedió la razón y se puso de pie para buscar algo de beber. No tardó en encontrar un carro que ofrecía aguamiel; pagó por dos porciones, dio el depósito para dos cuencos y regresó con Milo, quien recibió con gusto la posibilidad de calmar su sed.

El aguamiel no era precisamente bueno. Estaba rebajado con agua y no estaba tan frío como Camus hubiese querido. No obstante, fue un agradable cierre para la cena que acababan de tener. Si tan solo la brisa refrescara un poco más…

—Hacía mucho tiempo que no me sentía tan relajado —comentó Milo sin despegar su mirada del horizonte.

—Igual yo. Han pasado muchas cosas en muy poco tiempo. Ha sido difícil hacer algo que no sea entrenar.

Milo asintió.

—No había entrenado tanto desde que estaba en el stratónes. Es nostálgico y terrible a la vez. Los Capitanes hacen que me sienta como un crío de diez años; sobre todo Shion.

—Me gustaría decir que estaremos más tranquilos una vez que pase el torneo, pero temo que te estaría mintiendo.

—Es probable —concordó Milo—. Seguramente los Capitanes serán aún más estrictos, sin mencionar al Rey y al Príncipe, por supuesto. Son exigentes, por decir menos.

Era una pena que fuese Milo quien diese pauta para tal tema de conversación. A Camus no le habría molestado permanecer en silencio mientras observaban el atardecer. Tristemente, Milo le ofreció una oportunidad de saciar su curiosidad y no sería tan ingenuo como para desperdiciarla.

—¿Por qué decidiste formar parte de la Guardia Real, Milo?

El rubio giró el rostro para ver a Camus frente a frente. Por el modo en el que frunció el ceño y desvió su mirada hacia su regazo, Camus supuso que le había tomado desprevenido.

—¿Te refieres a un motivo en específico? —preguntó Milo—. De cierta forma, ha sido lo natural para mí. He formado parte de la milicia desde que era niño y desde entonces se me enseñó que lo más importante para un soldado, después de la valentía y el honor, era subir en el escalafón.

—No necesitas formar parte de la Guardia Real para ascender —dijo Camus—. Si bien es un modo rápido de hacerlo, involucra servilismo inusual por parte de los soldados. Es por eso que muchos dejan pasar la oportunidad a menos de que les ofrezca algo diferente, como un nuevo título o un acercamiento a los monarcas.

—Hay otro motivo —los ojos de Milo se clavaron nuevamente en Camus.

—Lealtad —Camus se aseguró de no romper el contacto visual—, el querer servirle a los monarcas debido a que confías en ellos y en su capacidad para dirigir el nuevo imperio. Ese es el motivo de Aldebarán. Me preguntaba si tu caso sería semejante.

De nueva cuenta Milo ponderó su respuesta en silencio, esta vez más grave y prolongado.

—Ciertamente, mi caso no es del todo diferente —calló nuevamente—. Yo jamás había contemplado formar parte de la Guardia Real. Si acaso, buscaba subir de rango para defender de mejor modo a mi nación. Como tú mismo dijiste: ser parte de la Guardia Real implica involucrarse con la realeza y lidiar con los cortesanos. No es un futuro que deseara para mí.

—¿Qué fue lo que te hizo cambiar de idea?

—Charcy —dijo gravemente—. Aioria y yo servimos a su Excelencia en la batalla de Charcy.

Un pesado silencio cayó entre ellos. Hasta el momento, Camus sabía poco del modo en el que el Príncipe logró una alianza con Akielos o de cómo venció al Regente. No obstante, entre los muchos rumores que llegaron a sus oídos, se encontraba la batalla de Charcy. Fue ahí que, a pesar de encontrarse en una posición desfavorable, en una desventaja numérica y sin el beneficio del ataque sorpresa, las tropas realistas derrotaron por completo a las traidoras, convirtiéndose así en el mayor triunfo militar de la restauración. No obstante, la victoria no llegó sin sacrificios. El ejército realista perdió a miles de soldados y habría sido más suerte que habilidad el hecho de que Milo y Aioria sobrevivieran. Debió haber sido ahí donde aprendieron a combatir hombro con hombro con verecianos.

—Cuando escuché contra qué era lo que nos enfrentábamos, supe que habría pocas posibilidades no solo de vencer, sino de sobrevivir —continuó Milo—. Llegué al campo de batalla dispuesto a dar mi vida por el Rey, mas este nos guio con habilidad y valentía. Fue una lucha terrible, pero nuestras pérdidas fueron pocas a comparación del enemigo y logramos derrotarlo por completo. Su Excelencia es el mejor general bajo el cual he servido; jamás había estado tan orgulloso de formar parte del ejército.

—Pero eso no fue lo que te convenció de servirle personalmente.

Milo parpadeó lentamente y una tenue sonrisa decoró su rostro.

—Después de la batalla hubo una gran celebración —Camus frunció el ceño ante el inesperado giro en la conversación—. Hubo un enorme banquete, todo el alcohol que pudieras tomar y juegos tan emocionantes como aquellos descritos en los poemas antiguos. Fue entonces que conocí a tu Príncipe.

—¿Dirás que decidiste unirte a la Guardia Real para poder estar cerca del hombre que te conquistó con su belleza? —Camus maldijo el tinte de celos que logró colarse por sus palabras.

Milo rio secamente.

—Es bello sí y vereciano. Comprenderás que no fue tan fácil que conquistara mi corazón. Yo… —tartamudeó, tragó saliva y un ligero rubor cubrió sus mejillas—. El momento en que decidí servir a sus majestades fue cuando les vi participar juntos en los juegos. Los dos eran fuertes, hábiles y…

—Amantes —interrumpió Camus, a lo que el sonroje de Milo se acrecentó—. Son amantes; es por eso que son tan poderosos —le pareció increíble que acabase de citar a alguien tan extraño como Máscara de la Muerte.

—No será fácil mantener un imperio tan extenso, sobre todo en estos momentos que aún hay tanta desconfianza entre Akielos y Vere. Sin embargo, si hay alguien que puede mantener la unificación y proteger a sus habitantes, esos son el Rey y el Príncipe. Quiero estar a su lado para ayudarles en todo lo que sea posible. Será un orgullo para mí salvaguardar la integridad de aquellos que han traído paz a la nación después de tantos siglos de batallas.

—¿Sabes? —dijo Camus—. Toda mi vida pensé que los akielenses eran salvajes que amaban la guerra y la destrucción. Admito que una parte de mí está sorprendida por saber que deseas la paz con tanta vehemencia.

—El que crea en el honor y gloria de las armas no quiere decir que rechace la paz. Conozco bien las consecuencias de la guerra. He perdido compañeros y he asesinado a hombres cuyo único delito fue nacer del otro lado de la frontera —entrecerró los ojos y bajó la mirada como si un cruel recuerdo hubiese llegado a su mente—. Sé que el Rey y el Príncipe harán todo lo que esté en sus manos para evitar que se repitan masacres como la de Charcy; como la de Marlas.

—¿Estuviste también en Marlas? —preguntó Camus con asombro—. Debiste ser apenas un muchacho.

—Fui escudero en la retaguardia. Ayudé a… —dudó—. Ayudaba a recibir a los heridos en batalla. Originalmente mi función era reparar las armaduras de mi regimiento, pero hubo un momento en el que los heridos las sobrepasaron. Vere no fue el único que tuvo pérdidas en Marlas, Camus. Muchos akielenses también lo hicieron.

Semanas atrás Camus habría dicho que si Akielos perdió tanto ese día fue porque ellos se lo buscaron. Después de todo, fueron ellos quienes decidieron atacar Vere. Llevaron la guerra hacia sus enemigos, llevándosela también a sí mismos. Quizá, si Milo no tuviese una mirada tan triste, Camus se habría atrevido a decirlo en voz alta.

Tal vez era la belicosa sangre de los akielenses lo que convertía el deseo de Milo en algo tan noble. Aceptar los horrores de la guerra no solo a uno mismo, sino a los demás, era un acto que requería valentía y honestidad. Camus sabía que eran pocos los soldados que se atreverían a decir que las batallas debían ser evitadas a toda costa. Él mismo no se atrevería a hacerlo, pero la verdad era que su deseo no era lejano al de Milo. Él también experimentó la muerte y sostuvo por largo rato las manos de sus hombres heridos. Si realmente los monarcas eran capaces de evitar las campañas y las conquistas, Camus les serviría por el resto de su vida.

El viento arreció y el sol le dio un suave beso al horizonte. Pronto anochecería.

—¿Y qué con Aioria? —preguntó Camus en un intento de aligerar la conversación.

—¿Qué de él? —las palabras de Milo sonaron inusualmente a la defensiva.

—¿Por qué quiere ser parte de la Guardia Real? ¿Sus ideales son los mismos que los tuyos?

—¡Oh, no! Él solo vino porque le dijeron que la paga era buena.

Camus sonrió ante la broma de Milo.

Sin darse cuenta, el consejo que Mü le había dado días atrás comenzaba a surtir efecto. En pos de descubrir algo más de Milo, aprendió algo de sí mismo y poco a poco comprendió por qué era que se encontraba entre los candidatos a la Guardia y el por qué cada día le entusiasmaba más formar parte de ella.

La campana de la torre principal del castillo comenzó a repicar. Milo se puso de pie y extendió su mano hacia Camus.

—Ven. Es hora de regresar. Lamento haber utilizado tanto de nuestro tiempo libre para hablar del ejército.

—Descuida —Camus aceptó la ayuda para levantarse—. Fui yo quien insistió en que lo hicieras. Además, aprendí algo nuevo de ti.

—¿Y qué fue lo que aprendiste?

—Que comes camarones con todo y patas.

Milo rio fuertemente e, inesperadamente, colocó su mano en la cintura de Camus.

—Vamos. Quiero ver si Shaka le cortó las manos a Aioria.

Sin soltar su cintura, Milo condujo a Camus de regreso al castillo. Era una fortuna que las farolas de la calle aún no estuvieran encendidas. De esa forma Milo no alcanzó a ver el intenso rubor que cubrió las mejillas de Camus a lo largo de todo el camino.

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Capítulo 21

Hacía un mes desde la llegada de Camus a Marlas. A pesar de que mucho había pasado en esas cuatro semanas, aún faltaban cuatro más para llegar al torneo en el que se elegirían a aquellos que conformarían la Guardia Real. El entrenamiento parecía hacerse más difícil cada día y dejaba poco tiempo para que Camus y sus compañeros se relajaran.

En más de una ocasión Camus pensó abandonar el entrenamiento para el Okton, mas luego recapacitaba y se convencía a sí mismo de que pronto todo terminaría y que podría dejar de correr de un lado para el otro. Una vez que consiguiera el puesto en la Guardia todo cambiaría. Vigilar la puerta de las habitaciones de los monarcas por seis horas seguidas sonaba a gloria: una actividad relajante que le ayudaría a descansar sus exhaustos músculos y a sanar todas sus heridas. Camus apenas y podía esperar para ese momento.

El resto de sus compañeros se encontraban en una situación similar. Las prácticas drenaban a todos de sus energías y ni siquiera los buscapleitos tenían fuerzas para meter a los demás en problemas. De hecho, Camus solo supo de un aspirante expulsado: un vereciano que decidió llevar una rencilla de la arena de entrenamiento hasta el comedor. Fuera de eso, todos los aspirantes cayeron en una constante, aunque difícil, rutina que menguaba sus fuerzas como si participasen todos los días en una batalla.

Sin embargo, Camus encontraba satisfacción en el aprendizaje. Disfrutaba seguir las instrucciones de los Capitanes y aún más percibir la mejoría de sus habilidades. Además, el hecho de que no pudiera pasar tanto tiempo libre con Milo no quería decir que estuviese alejado de él. Por el contrario, prácticamente pasaba todo el día a su lado y aunque no podía interactuar mucho con él durante las prácticas del Okton, había muchos otros momentos en los que podía hacerlo.

Al final, Milo no convenció a Camus de practicar en las luchas, pero sí le enseñó varios movimientos de atletismo para fortalecer la parte superior de su cuerpo. Afortunadamente, los ejercicios no tardaron en dar frutos; en poco tiempo Camus dobló la distancia a la que podía proyectar su lanza y confiaba en pronto poder dar en el blanco. De hecho, estaba seguro de que habría podido hacerlo días atrás de no ser por el dolor en su brazo izquierdo, el cual llegaba cuando menos lo esperaba. Si bien Milo hizo varios comentarios al respecto, Camus siempre terminaba por convencerle de que no había necesidad de preocuparse. Con el paso de los días el dolor se convirtió en apenas una molestia y estaba convencido de que estaría totalmente recuperado para el día del torneo, sobre todo si seguía con la rutina de ejercicios de Milo.

Los movimientos eran efectivos y, por si fuera poco, tenía la excusa de la inexperiencia para recibir ayuda del akielense. Camus disfrutaba, sobre todo, el modo en el que el rubio posaba sus manos en sus brazos y pecho para colocarlos en la posición adecuada y no le pasaban desapercibidos los momentos en los que el contacto duraba un poco más de lo que era necesario.

Por su parte, Camus intentó enseñarle a Milo boxeo, mas el rubio decidió que dicho deporte era demasiado salvaje para su gusto. Camus no entendía por qué Milo pensaba que arrastrarse desnudo por el suelo era un deporte elegante mientras rechazaba los finos y certeros movimientos del boxeo. De cualquier forma, quizá eso era lo mejor. Camus no era un experto en combate cuerpo a cuerpo y no tenía intenciones de convertirse en uno. Lo único que deseaba en esos momentos era convertirse en uno de los aspirantes más capaces y cerrar la distancia entre él y Milo.

Camus comprendía por qué aún no había iniciado una relación con él. Era claro que ambos la buscaban, pero en esos momentos tenían muchas otras cosas en las qué pensar. Además, Camus tenía que admitir que jamás se había encontrado en una situación semejante. Se unió a sus amantes anteriores más por practicidad que por interés y ninguno de ellos requirió una ardua labor de convencimiento. Suponía que Milo tampoco la requeriría. Sin embargo, Camus quería que las cosas fueran diferentes con él. No se atrevería a decir que quería cortejarlo —ellos eran soldados, no acomplejados aristócratas ligados a protocolos innecesarios—, pero sí deseaba que hubiese más que un intercambio de palabras antes de saltar a la cama. Camus moría de ganas de que fuesen seleccionados a la Guardia para que pudiera dedicarse a encontrar el modo más apropiado para estar con Milo.

Si es que acaso ambos eran seleccionados, por supuesto.

Y si es que Milo no perdía el interés.

No que esa fuese una posibilidad, por cierto. Estaba convencido de que Camus lograría adueñarse del corazón de Milo antes de la coronación del Príncipe. Si Aioria logró acercarse a Shaka sin que este le lanzara un dardo venenoso, eso del romance no podía ser tan complicado.

—Shaka dijo que de ahora en adelante le podía acompañar cada que fuese de compras —dijo Aioria cierto día mientras desayunaban—. Creo que finalmente he comenzado a conquistar su corazón.

—Más bien has conquistado su bolsillo —murmuró Milo—. ¿No presumiste la semana pasada que lograste que le vendieran un mortero a mitad de precio?

—Bien sabes lo que dicen: el camino al corazón de una persona es a través de su bolsillo.

Milo frunció el ceño y meneó la cabeza.

—Nadie dice eso.

—¡Pero es cierto!

—Es cierto —concordó Camus mientras señalaba con la mirada a Afrodita y a su grupo de admiradores.

—El hecho de que Shaka quiera ir de compras contigo no quiere decir que lo hayas conquistado.

—No lo sé, Milo —interrumpió Aldebarán—. Los vi ayer cuando regresaban del pueblo. Por algún extraño motivo parecía que Shaka no tenía intenciones de matar a Aioria —Mü falló en contener una risotada y Aldebarán sonrió ampliamente—. ¡Hablo en serio! Incluso estaban conversando. Fue sobrecogedor.

—Búrlense lo que quieran —espetó Aioria—. En cuatro semanas será el torneo, me harán parte de la Guardia Real y tendré tiempo para cortejarlo de verdad.

—Espera —dijo Mü—, ¿aún no lo has cortejado? ¿Entonces qué ha sido todo ese…

—Acoso —completó Aldebarán.

—Eso.

—No ha sido acoso —se defendió Aioria—. Simplemente quiero conocerlo mejor. Y no, no lo he cortejado. El cortejo es un arte sutil y delicado. Necesito tiempo y recursos para hacerlo y en estos momentos no cuento con uno ni otro. ¡Solo esperen! Lo tendré en mis brazos en cuestión de semanas. ¡Soy todo un experto! ¡Jamás se me ha escapado alguien!

—¿Jamás? —preguntó Milo tono sumamente delator.

—¡Marin no cuenta! —se dirigió al resto de sus compañeros—. No le gustan los hombres. ¡De haberlo sabido antes, la habría dejado en paz desde un principio! —sus ojos se desenfocaron por un segundo y dejó escapar un largo suspiro—. Era encantadora, ¿no es así, Milo?

—Lo era, lo era —musitó Milo con poco interés.

—De cualquier forma —comentó Camus—, Aioria tiene razón. Poco a poco está conquistando a Shaka. He de admitir que es admirable.

—Gracias, Camus —dijo Aioria mientras ponía su mano sobre el hombro del pelirrojo—. Es bueno saber que alguien aquí aprecia mis talentos.

—Tonterías —Milo se levantó bruscamente de la mesa. Pronto sería hora de retomar el entrenamiento—. Lo único que tienes en Shaka es a un compañero de compras. Hazte un favor y solo presume de tus talentos cuando realmente los tengas.

—Puedo decirte lo mismo. ¿No presumes ser el mejor en las luchas justo antes de ser lanzado al otro lado de la arena?

Las orejas de Milo enrojecieron y su boca se entreabrió con indignación.

Justo en ese momento Aldebarán lanzó una agradable risotada y se levantó de su asiento.

—Guarden todo ese ímpetu para el entrenamiento, muchachos. Es hora de irnos.

Milo y Aioria hicieron un mohín. No les gustaba que interrumpieran sus constantes peleas, pero sabían que Aldebarán tenía razón.

Ese día les correspondía realizar ejercicios de infantería.


Después de un mes de entrenamiento en conjunto, las falanges de los soldados finalmente adquirieron la fuerza suficiente para recibir la mayor parte de las embestidas. Fuese por la constante práctica o por la mayor confianza entre los hombres, sus movimientos se volvieron más diestros y eficaces. A pesar de que Camus no se atrevería a decir que las rencillas entre verecianos y akielenses habían terminado, ambos aprendieron a trabajar en equipo para defender sus posiciones.

El Capitán Dohko estaba especialmente satisfecho con las mejorías. Le era imposible contener su entusiasta sonrisa cada que una falange resistía un ataque y no tardaba en ordenar un segundo embiste con tal de confirmar que los hombres finalmente comenzaban a hacer su trabajo.

El Capitán Shion era una historia diferente. A pesar de que los hombres eran igual de estrictos, la inalterable expresión de Shion le hacía ver aún más severo. Parecía que no había modo de satisfacerle y encontraba errores hasta en los más mínimos detalles. Peor aún, el hombre no solía señalarlos en voz alta. Simplemente observaba a los soldados con desdén e inmediatamente sabían que habían hecho algo incorrecto. Aunque Camus sospechaba que su fría actitud era solo una herramienta para amedrentar a sus hombres, el saberlo no facilitaba ser sometido a una de sus severas miradas.

Al menos ese día tuvieron la buena suerte de que Shion les observara desde la retaguardia. Era mucho más fácil realizar las maniobras si el Capitán no estaba a plena vista. Aquella fue una gran fortuna para Camus, ya que su lesión decidió aprovechar la oportunidad para hacer de las suyas.

En esa ocasión Camus se encontraba en la columna ofensiva. Su espada sin filo debía abrir un camino a través de la columna enemiga y su escudo debía protegerlo tanto a él como sus compañeros. Sin embargo, cuando se dio el choque de los soldados, una lanza alcanzó a perforar la parte superior de su escudo. La perforación fue de un par de centímetros, suficiente para provocar que su escudo se sintiera mil veces más pesado que antes. Decidido a no ser el responsable de romper las filas, Camus sostuvo el ataque con toda su fuerza y, justo cuando creyó que su brazo terminaría por ceder, el antebrazo de Milo se apoyó sobre su escudo. El akielense le ayudó a mantener su defensa en alto por los eternos segundos que duró el encuentro y hasta que las filas de los contrincantes cedieron.

Una vez que Camus bajó su escudo, sintió un inmenso dolor en su brazo izquierdo. Ni siquiera el día del accidente llegó a sentir tanto dolor y le fue casi imposible disimularlo. Por supuesto, Milo no tardó en entender lo que había pasado, pero antes de que pudiera decirle algo, Dohko dio la orden para una nueva formación. Camus aprovechó la distracción para ocupar una posición menos demandante en la falange y de esa forma pudo sobrellevar el resto del entrenamiento.

No fue sino hasta llegada la noche, mientras los soldados se bañaban, que Milo pudo enfrentarlo.

—Te dije que debías ir con el médico —dijo a la par que terminaba de acomodarse su quitón. Camus también ya había terminado de lavarse y cepillaba su cabello con más torpeza que la usual. No se había percatado de que utilizaba la mano izquierda para realizar labores tan sencillas.

—No es nada —le aseguró—. Lo único que necesito es descansar por unas horas. Si evito entrenar para el Okton estaré como nuevo el día de mañana.

—Algo así dijiste dos semanas atrás.

Un tenue rubor cubrió las mejillas de Camus.

—Milo, yo-

—¿Recuerdas cuando te hablé de Charcy? —le interrumpió Milo mientras tomaba asiento a su lado. Camus asintió—. Ni Aioria ni yo salimos invictos de la batalla.

Milo alzó su quitón y le mostró una reciente cicatriz que atravesaba la parte interna de su muslo izquierdo. La herida no fue muy profunda y con el paso de los años la cicatriz terminaría por desaparecer. No obstante, en su momento debió haber sido aparatosa y dolorosa. Camus se sintió un tanto avergonzado por estar más interesado en tocar la cicatriz tan convenientemente colocada que en la historia que Milo estaba a punto de contarle.

—A mí me hirieron en la pierna y a Aioria le rompieron dos dedos de la mano derecha. Considerando el gran esquema de las cosas, las heridas fueron apenas un inconveniente, pero aun así decidimos cuidarlas y sanarlas por el tiempo que fue necesario. No pretenderé que fue una decisión fácil. Poco después se celebró un torneo entre akielenses y verecianos, ¿recuerdas? Los mejores hombres sobresalieron de tal forma que estoy seguro que si Aioria y yo hubiéramos participado, no habríamos tenido la necesidad de estar aquí. Habríamos sido incluidos en la Guardia desde ese momento —exhaló dramáticamente—, mas no fue así. Aioria y yo decidimos cuidar nuestras heridas y nos limitamos a ser espectadores. Tú sí tienes oportunidad de sanar antes de los juegos. Sé lo difícil que es domar al orgullo, pero es importante que lo hagas. Si tu lesión empeora puede que no se te permita participar en el torneo o, peor aún, participarás y te harás daño a ti mismo o a alguien más.

Camus calló por varios segundos. Temía admitir que su lesión fuese más severa de lo que había pensado. Admitirlo sonaba a derrota y lo menos que quería era que el médico le prohibiese acercarse a la arena por dos o más días.

El silencio de Camus hizo que la mente de Milo dudara y saltara a otra conclusión que, si bien no era muy descabellada, era incorrecta.

—¿O acaso me equivoco? ¿Actúas así porque no quieres ver al médico bastardo? —preguntó con molestia.

—No, no es eso —aseguró—. Tienes razón, Milo. Iré a ver al médico después de la cena.

Milo asintió satisfecho.

—Te acompañaré.

Camus estuvo a punto de decir que no era necesario. No necesitaba que lo vigilaran para algo tan sencillo como un encuentro con el médico. Sin embargo, aceptó a sabiendas de que se sentiría más tranquilo con alguien de confianza a su lado.

—De acuerdo.

El rostro de Milo resplandeció con su breve respuesta y se puso de pie inmediatamente.

—Iré a decirle a Aioria y a los demás que hoy no entrenaremos para el Okton. No te preocupes. No les diré qué es lo que haremos.

El rubio salió a buscar al resto de sus compañeros sin preocuparse de que sus palabras pudieran malentenderse. Camus ató su cabello mojado con un listón y suspiró.

Lo que pensaran los demás de su relación con Milo era lo menos que le importaba en esos momentos. Comenzaba a temer que su lesión fuese más grave de lo que había creído originalmente.

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Capítulo 22

Camus apenas reparaba en el drástico cambio de apariencia que sufría el castillo de Marlas durante las noches. El recorrido entre los patios, los baños, el comedor y los dormitorios era uno que podría seguir con los ojos cerrados. Sus fríos muros ya le eran familiares y conocía a detalle la posición de cada una de las antorchas y lámparas de aceite que había en las zonas exclusivas para los aspirantes. Sin embargo, de todos los recovecos a los que tenía acceso, la oficina del médico era uno que no había visitado desde sus primeros días en la fortaleza.

La oficina se encontraba cerca del comedor y su piso de piedra era el mismo que el que había en el resto de las barracas. El pasillo que conducía hacia ella estaba a nivel de piso y estaba decorado por una larga línea de ventanas. De día, el sol atravesaba por sus cristales e iluminaba el pasaje; de noche, la luz de las antorchas le daba un tinte completamente diferente. Un mes atrás, Camus habría dicho que el escenario nocturno era lúgubre e inquietante. No obstante, ahora que caminaba hombro con hombro con Milo, le parecía que el pasillo era acogedor e incluso romántico.

Sorprendiéndose a sí mismo con aquellos pensamientos, Camus meneó la cabeza y trató de recordar lo verdaderamente importante. Hizo a menos la herida de su hombro y ahora pagaba las consecuencias. Toda su concentración debería estar en sanar antes del torneo.

No tardaron mucho en llegar a la oficina del médico. Camus dio tres suaves toques a la puerta de madera y esperó a que Shaka les diese entrada. La respuesta no tardó en llegar. La voz del médico, aguda y severa, les indicó que esperasen un momento. Por un par de minutos se escuchó el sonido de tela removiéndose antes de que Shaka abriese la puerta y les mirase con irritación.

—¿Qué ocurre? —preguntó mientras sus ojos se mecían entre Camus y Milo. A diferencia de lo usual, su cabello no estaba cuidadosamente peinado en decenas de trenzas, sino que estaba atado con un delgado listón azul. El hecho de que su largo cabello se meciera en su espalda era señal de que el hombre estaba próximo a irse a la cama o bien que acababa de salir de ella.

—Lamento la hora, pero tengo una molestia en el hombro y me gustaría que la revisaras.

Shaka asintió y se hizo a un lado para permitirle a Camus entrar a la habitación. Milo le siguió y, si bien el médico no lo detuvo, le miró tan despectivamente que dejó en claro que no era bien recibido.

—¿Y tú vienes para evitar que Camus salga corriendo?

—Vine porque mi amigo me pidió que lo hiciera, no más.

Camus agradeció en silencio el que Milo tuviese la sensatez suficiente de ocultar el hecho de que sí se encontraba ahí para asegurarse de que Camus fuese a la oficina del médico. Esperaba que su respuesta relajara a Shaka, aunque sospechaba que el gusto le duraría poco. Si el hombre era tan capaz como parecía, no tardaría en darse cuenta de que Camus descuidó su herida por semanas. El pelirrojo sabía que era cuestión de tiempo para recibir una reprimenda por parte de Shaka.

—Toma asiento y quítate el saco y la camisa.

Shaka señaló con la mirada una silla de madera. A su costado se encontraba una mesa en cuya superficie solo había una lámpara de aceite. Mientras Camus se quitaba la ropa, el médico sacó tres velas de una de sus muchas cómodas. Las llevó hacia la mesa y las encendió una a una. Seguramente no estaba de humor para encender las velas del candelabro que decoraba el techo de la habitación. Camus no se atrevió a culparlo. Sin duda las había apagado minutos atrás.

Una vez que Shaka terminó de encender las velas, Camus le indicó cuál era su brazo lastimado. El médico observó el área en silencio y frunció el ceño al no encontrar una señal visual de la herida.

—Voy a tocarte. Si sientes dolor, dime.

Camus asintió y Shaka comenzó a tentar varias partes de su brazo. Después de unos toques tentativos, sus dedos delinearon los músculos de su hombro y se detuvieron exactamente en el origen del dolor.

—¿Qué fue lo que ocurrió?

Camus tardó varios segundos en responder.

—Me caí del caballo. No vine en ese momento porque pensé que la contusión se curaría con reposo. De hecho, el dolor ya casi había desaparecido, pero resurgió hoy en la tarde durante los ejercicios de infantería.

Shaka asintió y volvió a presionar el brazo de Camus. En esa ocasión sus dedos ejercieron aún más fuerza y el pelirrojo tuvo que detenerlo cuando el dolor fue demasiado intenso.

—Es una herida que tiene ya varios días —dijo con un tono que a Camus le pareció inquietantemente tranquilo—. ¿Cuándo fue que caíste del caballo?

—Hace dos semanas —titubeó.

Para su sorpresa, Shaka no pareció especialmente molesto por la confesión. Al contrario, sus ojos se entrecerraron y su nariz se arrugó varias veces en señal de curiosidad.

—Cuando caíste, ¿cómo trataste tu lesión?

Camus frunció el ceño mientras recordaba lo que había hecho apenas cayó del caballo. Aunque su recuerdo estaba un tanto empañado por las locuras de Afrodita, sus acciones fueron lo suficientemente rutinarias como para que pudiera recordar lo que hizo.

—De ser franco, no hice gran cosa. No creí que fuese grave, así que solo lavé los raspones y vendé mi brazo por tres días.

—¿Entonces este ungüento solo lo has utilizado hoy?

Shaka frotó su dedo índice contra el pulgar y Camus percibió el aroma herbal de la receta de su tío. Por un momento se había olvidado de ella.

—No. Olvidé mencionarlo, pero lo utilicé durante una semana. Es un remedio al que he recurrido durante años.

—¿Lo tienes a la mano?

Camus asintió, extendió su brazo para tomar su saco del respaldo de la silla y de su bolsillo sacó el recipiente de vidrio en donde guardaba el ungüento. Shaka tomó el frasco con rapidez y comenzó a examinarlo detalladamente, poniendo especial atención en el aroma que despedía.

—Base de aceite de abedul, por supuesto —murmuró para sí—, romero… ¿anís?

—Tiene un poco de anís.

—¿A quién comisionaste este ungüento?

—A nadie. Es una vieja receta que me compartieron. Tengo entendido que viene de Patras.

Shaka asintió con interés y tomó un poco del ungüento entre sus dedos.

—Patras, dices… ¿tiene comino?

—Comino negro —corrigió—. Utilizo las mismas semillas que venden para cocinar. Puedo compartirte el método de preparación. No es como si fuese un secreto de familia.

Una muy tenue sonrisa decoró el rostro de Shaka, quien tapó nuevamente el frasco y se lo entregó a Camus.

—Te lo agradecería, es una buena receta. Tu primera caída debió haber sido muy fuerte, pero el ungüento fue un antiinflamatorio eficiente. Sin embargo, tratamientos como estos solo pueden llegar hasta cierto punto —como para explicar mejor sus palabras, Shaka presionó fuertemente el hombro de Camus, provocándole un quejido de dolor—. Son prácticamente inútiles para inflamaciones profundas como la tuya. Afortunadamente, no es nada que varias sesiones de terapia no puedan solucionar.

—¿Terapia?

Shaka caminó lentamente hacia una de sus cómodas.

—No pongas esa cara. Vamos, recuéstate ahí.

El rubio señaló un camastro a unos pasos de distancia y Camus le miró con incredulidad.

—¿Qué vas a hacer?

—Darte una oportunidad de sanar antes del torneo. ¿O acaso quieres que tu lesión se agrave? Me dijeron que eras inteligente.

Camus abrió la boca para defenderse, mas Milo se le adelantó.

—Aioria dijo eso, ¿no es así? A su lado, todos son unos genios.

Si bien Shaka no llegó al punto de sonreír, la comisura de sus labios se tornó hacia arriba por unos brevísimos instantes.

—No te obligaré si no quieres recibir el tratamiento, Camus. Sin embargo, ten en cuenta que es mi obligación como médico informarles a los Capitanes cuándo uno de sus hombres está lesionado.

El tono de Shaka no fue tan intimidante como sardónico. El hombre tenía injerencia con los Capitanes y no tenía reservas en hacérselo saber. Camus suponía que utilizaba aquel truco con todos los verecianos indispuestos a seguir los consejos de un bastardo.

Resignado, Camus supuso que lo mejor que podía hacer esa noche era ceder. Se levantó de su asiento, caminó lentamente hacia el camastro elevado y se quitó las botas antes de recostarse sobre él.

—Voltéate boca abajo.

Camus alzó la mirada hacia Shaka, pero este ya se había escurrido a su periferia para buscar algo entre sus cajones. Lo que sí pudo ver fue a Milo mordiendo su labio inferior en un intento de contener una carcajada.

—Camus…

La demandante voz de Shaka convenció al pelirrojo de que no valía la pena resistirse, así que siguió las órdenes del médico lo más rápido que pudo. Después de removerse un par de veces, encontró una postura más o menos cómoda, aunque sospechaba que su cuello le cobraría intereses por mantenerlo de lado por tanto tiempo.

Por unos segundos Camus escuchó varios ruidillos a su alrededor y, cuando sintió una húmeda y fría mano posarse sobre su hombro herido, dio un respingo que lo hubiera sacado del camastro de no ser porque Shaka lo detuvo.

—Tranquilo. No dolerá… demasiado.

Lentamente, las manos de Shaka comenzaron a masajear su espalda alta, cuello y hombros. Como era de esperarse, el médico prestaba mayor atención a su lesión y cada que sus delgados dedos tocaban la contractura, Camus cerraba sus ojos con fuerza en un intento de contener las lágrimas que comenzaban a acumularse en sus pestañas. Con lo menudo que era Shaka, era impresionante que pudiera presionar con tanta fuerza. Lo único que relajaba un tanto a Camus era el agradable aroma a madera que despedía el aceite con el que lo atendía. El menjunje dejaba una cálida sensación en su cuerpo y de momentos le hacía olvidar que estaba siendo torturado por el médico.

Después de varios minutos de tormento, Shaka le soltó e intercambió algunas palabras con Milo. Camus, aturdido por el ardor en su hombro, no entendió lo que decían, pero bien que sintió cuando Shaka volvió a sujetar su brazo y lo presionó contra su espalda.

—¿Te duele? —aunque Camus se sorprendió al escuchar la voz de Shaka al pie del camastro, en esos momentos pasaba por demasiado dolor como para realmente reparar en ello.

—No —dijo en cambio y con un tono que delataba su mentira.

Shaka bufó y Camus sintió un tirón especialmente fuerte en su brazo.

Los jaloneos y frotes comenzaron a hacer mella en Camus que, si bien no dejaba de sentir dolor, sí comenzó a relajarse. Mientras se dejaba hacer, se preguntaba cómo era que sobreviviría a eso por varios días. Sin duda, el dolor que sentía en esos momentos no sería nada al que sentiría al día siguiente. ¿Cuántas sesiones de terapia tendría que soportar para que Shaka le diese de alta? ¿Tendría la fuerza suficiente para regresar a la oficina del médico una vez más? Lamentó que Milo le hubiese acompañado. Seguramente él se aseguraría de que atendiera a la siguiente cita con puntualidad.

Después de eternos minutos, Camus yacía lánguidamente sobre el camastro. Recibió una palmada sobre su espalda y percibió a Shaka colocarse frente a su rostro.

—¿Cómo te sientes?

—Como si me hubiera caído del caballo otra vez —musitó.

Shaka asintió como si esa fuese exactamente la respuesta que esperaba.

—Buen trabajo, Milo.

Aturdido como estaba, Camus realmente no comprendió el significado de aquellas palabras y tuvo que girar el rostro para comprender que fue Milo quien terminó el masaje. ¿Desde cuándo tomó el lugar de Shaka?

Por más que Camus quiso preguntar qué había pasado, su boca pareció perder su capacidad para hablar.

—Los masajes medicinales son comunes en Akielos —explicó Milo—. Shaka me preguntó si quería intentarlo.

Milo le ofreció su antebrazo y Camus lo utilizó como apoyo para sentarse sobre el camastro.

—¿Cómo es que puedes masajearme con tanta tranquilidad si el otro día que estaba sin camisa apenas y pudiste verme a la cara? —solo hasta que terminó de hablar se percató de que había hablado con la franqueza de un hombre que había tomado demasiadas copas de vino.

Al menos sus tonterías le permitieron ver a Milo abochornarse y negar torpemente con la cabeza.

—¡Esto es medicinal! —se defendió—. Es totalmente diferente.

—Suficiente —declaró Shaka—. Repitan una sesión como esta todas las noches por cuatro días. Después de eso ven a verme, Camus. Te diré si el tratamiento ha sido suficiente o si requieres más sesiones de terapia. Podrás ejercitarte a partir de pasado mañana, pero mañana deberás reposar. Dudo mucho que tu cuerpo tome a bien tu primera terapia.

Sin ganas de reprochar, Camus asintió.

—Vístete y vete a descansar —continuó Shaka—. Si mañana sientes demasiado dolor, te daré un té que te ayudara. Podrás aprovechar para darme la receta de tu ungüento.

El pelirrojo se tomó su tiempo para colocarse nuevamente la camisa y el saco mientras Milo y Shaka intercambiaban malignos planes para futuros masajes. Toda la parte superior del cuerpo de Camus dolía terriblemente y sentía que no tendría fuerzas suficientes para caminar hasta el dormitorio. Gracias al cielo, Milo notó la torpeza de sus movimientos y no tardó en colocar su ancha mano sobre su espalda baja como para asegurarle que estaría ahí para ayudarle si acaso se desvanecía.

—Gracias por todo, Shaka —dijo Milo mientras conducía a Camus hacia la puerta.

—No olviden informarle a los Capitanes del descanso de mañana —respondió Shaka a la par que caminaba tras ellos. Por unos instantes, abrió la boca y pareció que diría algo más, pero se detuvo a sí mismo—. No, no es nada. Descansen.

—Descuida, le diremos a Aioria que le mandaste saludos —declaró un alegre Milo mientras le cerraban la puerta en la cara—. Bien —dijo cuando estuvieron solos en el amplio pasillo—. Te dejaré en el dormitorio e iré con los Capitanes para informarles que tendrás que descansar mañana.

—Olvídalo. No eres mi madre para llevar mis recados.

—¿Tu madre todavía hace tus recados? —preguntó burlón.

Camus evitó comentar que, si alguno de ellos era un consentido, ese seguro era Milo. Afortunadamente, con una sola mirada Milo pareció comprender lo que pasaba por la mente del pelirrojo, ya que el hombre desvió la mirada y sus orejas se tiñeron de rojo.

—Vamos —terminó por decir—. Te llevaré a la oficina de los Capitanes. Me pregunto si aún siguen ahí…

El par caminó lentamente hasta que llegaron frente a la oficina de los Capitanes. A pesar de la hora, aún se veía luz a través de la rendija de la puerta y Camus se tomó unos segundos para recordar la última vez que estuvo en ese lugar. Era un recién llegado con deseos de formar parte de la Guardia Real de su Príncipe. Resentía a los akielenses, repudiaba a los bastardos y creía que la lanza era un arma burda y simplona. Si en ese momento le hubiesen dicho lo mucho que cambiaría su forma de pensar en tan solo unas semanas, jamás se lo habría creído.

Camus ladeó la cabeza y sacudió sus hombros para prepararse a aparentar estar libre de dolor. Tomó una larga bocanada de aire y llamó a la puerta. Se escuchó un seco golpe y varios murmullos antes de que Shion le indicase que podía pasar.

Camus abrió la puerta y la cerró detrás de sí. Cuando giró el rostro se encontró con el Capitán Dohko sentado en su escritorio con el cabello enmarañado, las mejillas sonrojadas y los ojos bien abiertos. Shion estaba del otro lado de la mesa luciendo tan elegante y disciplinado como siempre. De no ser por las marcas rojizas en la comisura de su boca, Camus no habría adivinado lo que había interrumpido.

—Con su permiso, Capitanes —saludó—. Debido a una lesión, el médico ha recomendado que el día de mañana prescinda del entrenamiento. Me indicó que si seguía el tratamiento podría retomar su instrucción pasado mañana.

—Entendido, Camus —dijo Shion—. Asegúrate de recuperarte pronto. Sería desafortunado que no lograses hacerlo para el torneo.

El hombre no sonaba especialmente preocupado por la salud de Camus. Más bien parecía disfrutar la oportunidad de lanzar una de sus onerosas amenazas.

—Descuide, Capitán. Haré lo que sea necesario para dar todo de mí en el evento.

El pelirrojo saludó nuevamente a los Capitanes y salió de la oficina para permitirles regresar a lo que fuera que estuviesen haciendo antes.

—¿Todo bien? —preguntó Milo una vez que comenzaron su regreso al dormitorio.

—Sin problemas.

—Qué suerte que siguieran en la oficina. No habría sabido qué hacer de haber tenido que buscarlos en sus dormitorios.

—No hubo necesidad. Afortunadamente, esta noche decidieron cenar en la oficina —Camus sonrió y movió sugerentemente ambas cejas para hacerle entender a Milo lo que acababa de presenciar.

—¡Oh! Siempre imaginé que cenaban en un salón elegante, lejos de nosotros. ¿Quién hubiera dicho que los Capitanes estaban tan ocupados que tendrían que cenar en su oficina?

En esos momentos Camus no quiso tanto burlarse de la inocencia de Milo como enternecerse por ella. No obstante, estaba tan cansado que decidió dejar aquellos pensamientos para otro día.

Esa noche aprendió muchas cosas nuevas. La primera era que Shaka era tan capaz como parecía, la segunda era que el médico había pagado por la receta del ungüento con la oportunidad de que Camus pasara más tiempo con Milo, y la tercera era que los Capitanes eran mucho más cercanos entre sí de lo que parecía.

Por donde se viera, una noche sumamente favorable.

Mientras dejaba que parte de su peso se recargara en el hombro de Milo, confiaba en que ese fuese apenas el comienzo de su buena racha.

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Capítulo 23

Después de los favorecedores acontecimientos del día anterior, Camus confiaba tener un dulce despertar. Sin duda, su adolorido cuerpo descansaría durante la noche y podría disfrutar al máximo su día libre. Aún había muchos lugares por explorar en el castillo y aquella era la mejor oportunidad que tendría para descubrirlos. Al menos hasta que fuese seleccionado como parte de la Guardia.

Desafortunadamente, el optimismo de Camus fue en vano. Un intenso dolor en sus hombros y brazos le atormentó desde sus sueños hasta la vigilia. Sentía el palpitar de sus músculos y temía respirar a sabiendas de que el movimiento le ocasionaría aún más dolor. A la lejanía escuchaba el despertar de sus compañeros y frunció al escuchar las risotadas de un grupo de soldados. ¡Era demasiado temprano para emitir sonidos!

El familiar ruido de los hombres le recordó a Camus que, aunque él no fuera a participar en los ejercicios de ese día, lo recomendable sería que se despertara para ir a desayunar. Dos veces intentó levantarse en vano. Sus brazos temblaban y toda su espalda dolía como si un ejército hubiese marchado sobre ella. Shaka era un hombre delicado y un tanto enclenque, ¿cómo era posible que pudiera masajearle con tanta fuerza como para dejarle tan adolorido? Maldito él y sus estúpidos conocimientos anatómicos. Si tuviese la fuerza suficiente, iría en ese mismo momento a golpearle con la funda de su espada.

Camus escuchó la voz de Milo preguntar por sus sandalias y solo entonces el pelirrojo recordó que Shaka no era el causante directo de su pesar, sino Milo y sus grandes y fuertes manos. Sus ganas de maldecir a alguien se atenuaron un poco, mas siguió temiendo a que llegase la noche y el tiempo para un segundo masaje. No estaba seguro de que pudiera sobrevivir a otra de esas terapias.

¿Cuántas noches dijo Shaka que tendría que soportar aquella tortura?

Aunado al dolor de sus hombros y brazos, su estómago comenzó a clamarle por alimento. Sabía que no lograría pensar con claridad hasta que comiera algo y poco a poco se armó de fuerzas para salir de su camastro. Después de larguísimos y tortuosos minutos, Camus logró sentarse sobre su cama. Aun en su sopor, reconoció una avergonzada sonrisa en labios de Milo. Sin duda se sabía culpable de su malestar, pero Camus sabía que aquel sentimiento no haría nada para librarlo de futuros masajes.

Camus no estaba seguro de si aquello era algo bueno o malo.

Tras poner aquel pensamiento de lado, Camus logró ponerse de pie y comenzó a vestirse. El dolor en su cuerpo aminoraba mientras más se movía y gracias a ello logró dirigirse al comedor. El resto de sus compañeros se dirigió, en cambio, a la práctica de campamento y Camus tuvo todo el salón para él solo. No supo si la soledad o el dolor provocaron que el desayuno le supiera a poco, pero al menos le ayudó a despertar. Sus pensamientos se hicieron más claros y recordó que lo que tenía que hacer a continuación era visitar al médico.

Una vez que terminó de comer, regresó a al dormitorio y anotó en una hoja de papel la receta de su tío para el ungüento. Después de eso se dirigió a la oficina del médico y no se sorprendió cuando el hombre abrió la puerta tras el primer llamado.

—Ya era hora —dijo Shaka con su característico e imperioso tono de voz.

—Me pareció que sería adecuado pasar primero a desayunar. No estaría bien visto que cayera desmayado por inanición en el despacho del médico.

Shaka entrecerró levemente los ojos y por unos minúsculos instantes, Camus creyó haberle visto alzarse de hombros.

—Es triste que un candidato a la Guardia Real pueda desmayarse tras solo unas cuantas horas de ayuno —comentó Shaka para sí—. Sin embargo, el hecho de que puedas estar de pie frente a mí es una clara señal de tu resiliencia. No esperaba que despertaras tan temprano después del modo en el que tu amigo manipuló tu cuerpo.

Camus tragó saliva y meneó ligeramente la cabeza para evitar que la sangre sonrojara sus mejillas.

—El entusiasmo de Milo se ve reflejado en todas sus acciones —concordó y carraspeó cuando Shaka le lanzó una mirada completamente desinteresada—, admito seguir bastante adolorido. El día de ayer comentaste sobre un té que pudiera ayudarme…

Shaka le miró en silencio por varios segundos y aunque Camus sabía qué era lo que quería escuchar, optó por torturarle por unos momentos.

—Traje la receta —dijo solo hasta que Shaka estuvo a punto de sacarlo de la habitación—, pero a menos de que pretendas darme de beber ungüento, preferiría que me dieras el té primero.

Con el fin de darle más peso a sus palabras, Camus sacó la receta del bolsillo interno de su chaqueta y la meneó un par de veces en el aire. Al principio parecía que Shaka extendería su mano para robarle el trozo de papel, mas debió adivinar que incluso en su convalecencia Camus sería demasiado rápido para él. Así pues, exhaló cansinamente y a regañadientes caminó hacia una de las muchas cómodas de la habitación.

Camus observó en silencio mientras el rubio encendía una lamparita de alcohol para calentar un pocillo con agua. Esperaron en silencio a que el agua hirviera y solo entonces Shaka tomó de uno de sus muchos cajones un puñado de al menos tres hierbas diferentes. Apagó la lámpara y colocó las hierbas dentro del pocillo a la par que volteaba un reloj de arena que tenía a la mano. Poco a poco un picante olorcillo comenzó a inundar la habitación.

—El té estará listo en tres minutos —anunció Shaka mientras caminaba hacia Camus—. Ahora, si me lo permites…

Era obvio que Shaka no iba a permitir que Camus tomara el remedio antes de que le entregase la receta, así que el pelirrojo se la ofreció. Shaka la arrebató de sus manos y la leyó con interés mientras regresaba a la cómoda.

—¿Throúbi? —preguntó una vez que terminó de leer todas las instrucciones.

Camus asintió.

—Es una planta común en Akielos. Podrás encontrarla en cualquier mercado de hierbas.

—Jamás la he escuchado. ¿Cómo es?

—Seguramente la conoces —Camus comenzó a caminar alrededor de la habitación para ver si reconocía la planta entre los varios manojos que estaban colgados del techo. Después de unos segundos, la encontró a solo unos pasos de donde Shaka se encontraba—. Ahí está. En el sur la llamamos throúbi, pero puede que en Arles tenga otro nombre.

Para estar seguro de que aquella era la planta a la que Camus se refería, Shaka extendió su mano hacia ella y esperó la confirmación del pelirrojo.

Sarriette —murmuró Shaka—. En Arles le llamamos sarriette; lo utilizo para malestares estomacales. Ignoraba que tuviese propiedades analgésicas —frunció el ceño y apretó los labios—. Si hay un buen motivo para aprender akielense será para evitar confundirme con el nombre de las plantas.

Shaka puso a un lado la hoja de papel y al terminar los tres minutos de infusión vertió el agua en un segundo pocillo para colar las hojas. Le añadió a la bebida una cucharada de lo que Camus esperaba que fuese miel y se la entregó mientras le indicaba con un gesto de la mano a que tomase asiento.

A pesar de que la bebida era acre y dejaba un sabor amargo en su boca, Camus disfrutó el calorcillo que sintió en su garganta y pecho. Hacía tiempo que no bebía algo caliente y la sensación le pareció sumamente reconfortante.

—Aioria puede enseñarte el idioma —Camus aprovechó que Shaka hubiese cumplido su parte del trato para irritarlo un poco más—, aunque dudo que sepa mucho de herbolaria.

—Dudo que sepa algo que no sea destazar a un enemigo con su espada —Camus hizo la nota mental de que Shaka no parecía saber de la habilidad de Aioria en las luchas. Si la infusión funcionaba bien, quizá se lo mencionaría—. Además, es imposible aprender de alguien que apenas puede hablar vereciano. De haber sabido que los países se unificarían, habría estudiado akielense desde Arles —murmuró para sí—. No que hubiese muchas personas con la capacidad o el interés de enseñarme.

Camus sabía que los comentarios de Shaka no iban dirigidos hacia él. El hombre debía estar tan acostumbrado a estar solo que le era imposible olvidar su costumbre de hablar consigo mismo. Eso no quería decir que Camus no pudiera sacar provecho de la situación.

—Capacidad, quizá no. Sin embargo, estoy seguro de que habrías encontrado a gente dispuesta a enseñarte. Después de todo, lograron instruirte adecuadamente en las cuestiones médicas.

A pesar de Shaka buscó en Camus una señal de sarcasmo o desdén, el pelirrojo sabía que tenía suficiente buen control de sus expresiones como para evitar que el rubio percibiera sus segundas intenciones. Mientras Milo no estuviese en la misma habitación, Camus podría decir cualquier cosa sin preocuparse de que adivinasen sus pensamientos. Además, no era que tuviese malas intenciones. Simplemente deseaba saber cómo es que un bastardo logró no solo convertirse en médico, sino que también en parte de la Guardia Real.

—En efecto. Tuve suerte de que se me permitiera estudiar, pero eso no quiere decir que hubiesen muchos voluntarios para instruirme —respondió mientras tomaba nuevamente la hoja con la receta del ungüento—. De hecho, solo hubo uno: uno de los médicos reales.

Camus no esperaba semejante respuesta. Ningún cortesano sensato se atrevería a proteger a un bastardo y mucho menos a enseñarle medicina. El hombre debía haber sido especialmente valiente y decidido para arriesgar su carrera de esa forma. Más que eso: el hecho de que Shaka se encontrase en Marlas quería decir que el médico tenía el favor del Príncipe. Por más que el monarca no tuviese reparos en aceptar a bastardos o a plebeyos entre su corte, era sorprendente que el tutor de Shaka hubiese llegado hasta ese punto sin caer en la vergüenza.

—No pongas esa cara —dijo Shaka con una mueca cercana a una sonrisa—. Mi maestro es un buen hombre que quiso darle una oportunidad a uno de los muchos huérfanos de Arles. Además, no es difícil ocultar a un bastardo si lo tienes confinado al sótano del castillo.

El hombre comenzó deambular por la habitación en búsqueda de los ingredientes que necesitaba para preparar el ungüento.

—Lo lamento —Camus se sorprendió de su propia sinceridad—. Debió haber sido difícil crecer de esa forma.

—No tanto —admitió Shaka mientras se subía a una silla para atrapar un manojo de flores secas—. La gente y yo no nos mezclamos.

Camus contuvo una risa al escuchar el pedante modo de hablar de Shaka. El hombre debía haber pasado tanto tiempo en el sótano del castillo que había dejado de sentirse humano. Tal vez por eso no rechazaba de lleno a Aioria. Seguramente disfrutaba estar con alguien que lo consideraba cercano a un dios.

—Me lo suponía —respondió Camus antes de dar un largo sorbo a su bebida—. Sin embargo, si dices que fue fácil ocultar el secreto, ¿cómo es que varios de nuestros compañeros conocen tu condición?

Adrede eludió el nombre de Mü. No era el momento adecuado para sacar a relucir la enemistad que parecía haber entre ellos.

Shaka bajó de la silla y se alzó de hombros.

—Mi maestro decidió que no valía la pena guardar el secreto una vez que aprendí lo suficiente. Los bastardos son prescindibles solo cuando los nobles no hallan una forma para explotarlos. A pesar de que nunca entré en contacto con la corte, la existencia de un misterioso asistente médico se convirtió pronto en un secreto a voces. Un secreto que, parece, me ha seguido hasta aquí —suspiró—. De cualquier manera, admito que no me sentaría mal tener otra vez mi oficina en el sótano.

—Te equivocas. Los dormitorios de los soldados también se encuentran ahí, ¿recuerdas?

Shaka frunció el ceño y asintió.

—Tienes razón. No necesito más cercanía a ti o a tus compañeros —caminó hacia la chimenea y se hincó ante ella para encender el fuego—. ¿Has terminado tu infusión?

Con el fin de terminar todo el líquido del pocillo, Camus le dio dos largos sobros a su bebida.

—Ahora sí —se puso de pie—. Gracias por todo. Si necesitas ayuda con la receta, con gusto puedo orientarte.

Shaka asintió y comenzó a atizar el incipiente fuego de la chimenea.

—Por cierto —dijo sin despegar su mirada del carbón encendido—. El té te provocará mucho sueño. Procura no hacer actividades peligrosas como caminar.

—¿Disculpa? —preguntó Camus con indignación.

—Te veré dentro de dos días.

La leña comenzó a humear y Camus supo que Shaka no le prestaría más atención. Irritado por la amenaza de un día libre totalmente desperdiciado, decidió alejarse en pos de disfrutar la mañana por tanto tiempo como le fuese posible.

Al menos, pensó, el dolor en su cuerpo comenzaba a aminorar.


Anteriormente, el plan de Camus era aprovechar su día libre para deambular por el camino de ronda. A comparación de Arles o de otras fortalezas del norte, Marlas se encontraba a una latitud baja, pero sus muros eran lo suficientemente altos como para darle una buena vista de los alrededores. Había deseado ver la extensión de la ciudad, así como los barcos mercaderes y pesqueros que entraban y salían del puerto. Tristemente, la advertencia de Shaka había sido clara, aunque breve. Lo menos que Camus necesitaba en ese momento era caer del muro del castillo. Por eso mismo optó por un pasatiempo más seguro.

Inicialmente pensó pasearse por el huerto, pero temió coincidir con el médico si acaso necesitaba algún ingrediente adicional. Así pues, tuvo que conformarse con visitar una de las bibliotecas de la fortaleza.

Camus suponía que la biblioteca principal se encontraba en un enorme salón en una de las partes más protegidas del castillo y que estaría repleta de libreros que cubrirían sus paredes desde el piso hasta su altísimo techo. Tristemente, en esos momentos Camus no tenía más privilegios que un simple soldado y le sería imposible acercarse siquiera a dicho salón. No obstante, sin duda tendría acceso a la pequeña biblioteca ubicada en la entrada de las barracas.

Tal y como se imaginaba, la biblioteca para los soldados era resguardada únicamente por un guardia akielense que le permitió el paso sin complicaciones. Si bien el salón era un poco más pequeño y bajo de lo que esperaba, contenía muchos más libros de los que imaginaba. En toda la habitación solo había dos pequeños escritorios acomodados a lado del ventanal más grande. El resto del espacio estaba ocupado por libreros atiborrados de libros y pergaminos. Una vez que Camus identificó que los libros estaban catalogados por tema antes que por idioma, le fue relativamente fácil desplazarse entre los varios tomos que contenían.

La mayor parte de los libros se encontraban en akielense. Sus portadas eran apagadas, opacas y difíciles de diferenciar las unas de las otras. Contrastaban enormemente con los tomos patrenses y verecianos, que, con sus gruesas pastas y decorados lomos parecían saltar de los estantes. Camus extendió su mano hacia uno de los libros en vereciano cuando fue interrumpido por un carraspeo. Sorprendido por el ruido, Camus giró hacia la derecha y se encontró con una anciana anidada entre decenas de libros. La bibliotecaria se encontraba en una pequeña habitación cuya puerta estaba hecha de un librero adicional, motivo por el cual no la vio anteriormente.

—¿Busca un libro en particular, soldado? —dijo en vereciano fuertemente acentuado.

Los nervios de Camus le traicionaron —porque fue nerviosismo y para nada miedo— y lo único que se le ocurrió hacer fue negar con la cabeza, alisarse el cabello y salir de la biblioteca con una rápida disculpa.

Probablemente había exagerado al huir de una mujer que muy seguramente ya no tenía capacidad para engendrar hijos, pero pasarían meses, si es que no años, para que Camus se acostumbrase a compartir espacio con las personas del sexo opuesto. Una vez fuera, recargó su espalda contra la puerta de la biblioteca y el guardia le miró con curiosidad.

Abochornado, Camus fingió una tos y comenzó a caminar hacia donde fuera que sus pies le llevaran. Tristemente, eso ocasionó que se metiera en la primera habitación con la que se encontró. A Camus le tomó tiempo identificar qué era aquel lugar, pero después de examinarlo detalladamente concluyó que era un pequeño consultorio médico. Al juzgar por la gruesa capa de polvo sobre los pocos muebles del lugar, el cuarto no había sido utilizado en un par de años. No obstante, Camus supuso que no era extraño que hubiese habitaciones abandonadas en un castillo. Aunque el castillo de Marlas fuese relativamente pequeño, sería imposible mantener el control de todos los recovecos.

Camus exhaló y salió de la habitación. A final de cuentas comenzaba a tener algo de sueño. Con suerte, podría dormir unas horas y para la noche acompañaría a sus amigos en la cena.

Con aún más suerte nadie se enteraría de la vergüenza que acababa de pasar.

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