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Guardias Reales

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Capítulo 26

Camus tenía que admitir que no tenía mucha confianza en lo que fuese que Milo planeara. La enemistad entre Máscara de la Muerte y Aioria era conocida por todos y sospechaba que nada de lo que pudiese decir el rubio cambiaría la situación. Por un momento pensó que pediría la ayuda de Shaka (eso es lo que él habría hecho), pero en el transcurso del día Milo no mostró interés en hacer algo fuera de lo común. Tanto el desayuno como los entrenamientos transcurrieron como ya era usual y Camus no comprendía por qué Milo parecía haber olvidado por completo su misión. Incluso llegó a pensar que solamente había accedido a la solicitud de Afrodita para que les dejara en paz. No obstante, descartó ese pensamiento casi al instante. Temía que Milo no fuese tan buen actor como para haber convencido tanto a Afrodita como a él mismo.

El día se convirtió en noche y Milo aún no hacía algún comentario sobre el torneo o sobre la extravagante pareja. Camus se moría de ganas de preguntarle qué era lo que tenía planeado y decidió darle oportunidad solo hasta que terminaran su entrenamiento del Okton.

Hasta el día anterior, Camus había considerado la gran mejoría de su equipo como algo sumamente positivo. Los cuatro jinetes cabalgaban al unísono y las lanzas eran clavadas en el blanco a un ritmo cada vez más frecuente. Incluso él había dado en el blanco en un par de ocasiones y se atrevería a decir que la buena suerte poco tuvo que ver en el asunto. Sin embargo, esa noche comprendió el temor de Milo y el motivo por el que accedió tan rápido a la intromisión de Afrodita y Máscara de la Muerte. Mientras más hábiles se volvían en la pista, más caían en patrones que podrían serles contraproducentes durante el torneo. Aún faltaban tres semanas para el evento y Camus comprendió que ese era el momento para subir la intensidad del mismo.

Extrañamente, Milo pareció haberse olvidado del asunto porque toda la tarde se la pasó comentando lo mucho que habían avanzado sus compañeros verecianos y cómo era que nadie más podría contra ellos durante el torneo. Camus estuvo a poco de jalarle de la oreja para arrastrarlo a algún lugar oculto y cuestionarle por sus impertinentes comentarios. Afortunadamente, comprendió lo que ocurría apenas decidieron dar fin a la sesión de ese día.

—Han hecho un gran trabajo —dijo Milo a la par que le daba una palmada en la espalda tanto a Mü como a Camus—. A este paso su Excelencia no tendrá opción sino de aceptarnos en su Guardia.

—Una vez más dejas que tu orgullo piense por ti.

Las acres palabras de Aioria interrumpieron el buen humor de Milo quien giró el rostro hacia él como si hubiese dicho las palabras de un loco. Por otra parte, Aioria lucía extrañamente preocupado. Sin duda había algo en su mente y Camus sospechaba saber qué era.

—¿De qué hablas? ¿Acaso no viste esas últimas cinco vueltas? ¡Fueron circuitos prácticamente perfectos!

—Eso es exactamente lo que me preocupa —Aioria se cruzó de brazos e infló el pecho como si estuviese a punto de iniciar un combate—. No olviden que hay muchos otros contrincantes de los que debemos preocuparnos. Quizá no verecianos, pero sí akielenses. Además, solo tenemos cuatro jinetes en la pista. ¡Es mucho más fácil correr así!

—Exageras… —dijo Milo, aunque la seguridad de sus palabras comenzó a menguar.

—Aioria tiene razón —Aldebarán les interrumpió mientras guiaba el caballo de Mü y le daba una suave caricia en el lomo—. Es fácil verlo desde afuera: cada uno de ustedes ha aprendido a reconocer el ritmo de los demás. Cada día les será más fácil cabalgar, pero eso será un problema durante el torneo.

—Nos hemos acostumbrado a practicar únicamente entre nosotros —concordó Mü—. En cuanto entre un nuevo jinete será difícil retomar el ritmo; sobre todo para mí.

—No digas eso, Mü —dijo Milo.

—Mi cabalgata es la más débil de todas —Mü no se dejó llevar por las palabras de Milo. Conocía bien sus fortalezas y debilidades y, sin duda, haría lo posible para aminorar las consecuencias de los últimos—. Además, a diferencia de ustedes, carezco de la experiencia adquirida solo en combate. Concuerdo con Aioria en que no es momento de bajar la guardia.

—¿Qué proponen, entonces? —preguntó Milo con un mohín. Camus tuvo que morderse el labio para evitar delatar la sonrisa que amenazaba con dibujarse en su rostro—. Casi todos los soldados verecianos se han organizado en sus propios equipos y pocos akielenses tendrán interés de entrenar con nosotros.

—Incluso si lo tuvieran, no es buen momento para reclutar a alguien —admitió Mü.

—¿A qué te refieres?

El noble miró con atención a Aldebarán y pareció debatirse por unos segundos en si debía o no responder. Sus ojos se cruzaron con los de Camus y, renuente, exhaló mientras cerraba los ojos y fruncía el ceño.

—¿No les parece que últimamente ha habido muchos hombres involucrados en riñas?

—Ahora que lo dices, habían sido semanas desde que tantos soldados eran expulsados —murmuró Aldebarán.

—Yo también lo he notado —interrumpió Camus—. Los hombres están inquietos; lo mejor será evitar a desconocidos que puedan sabotearnos.

Milo bufó.

—¿Entonces a quién le podemos pedir ayuda? ¿A Máscara de la Muerte?

Muy a sorpresa de Camus, Aioria no rechazó la propuesta inmediatamente. Es más, ni siquiera la tomó como la broma que Milo aparentó hacer.

—Creo que es nuestra mejor alternativa —admitió el castaño.

—¿Cómo puedes decir eso cuando apenas puedes estar en la misma habitación que él?

Aioria frunció el ceño y apretó los labios, gestos que poco concordaban con el despreocupado modo con el que se alzó de hombros. Camus sospechó que Aioria había pensado en aquel problema desde hacía tiempo y que había llegado a la conclusión de que Máscara de la Muerte era su mejor opción.

—Es hijo de un kyros —explicó—. Sin duda ha entrenado para el Okton desde que tenía doce años. Incluso nosotros podríamos aprender algo de él.

—¿Confías en que no hará algo en nuestra contra? —preguntó Mü particularmente sorprendido de hacia dónde se dirigía la conversación.

—Es un imbécil que habla de más, pero hasta ahora no le he visto cometer un acto deshonorable.

Camus y Mü intercambiaron miradas, probablemente compartiendo el pensamiento de que cortar las cabezas a los enemigos caídos no era precisamente honorable. Incluso si sólo lo hizo un par de veces.

—Además —continuó Aioria—, si quisiera atacarnos de ese modo, lo habría hecho tiempo atrás. No es que le hayan faltado oportunidades.

—¿Y cómo convencerlo? —preguntó Aldebarán—. Tú mismo lo dijiste: debe haber entrenado para el Okton desde que era muy joven. ¿Qué ganaría él con ayudarnos?

Un grave silencio cayó entre los hombres. Camus aprovechó que los ojos de sus compañeros se clavaron en el suelo en señal de concentración para admirar el rostro de Milo. Su ceño fruncido, su mano sobre su barbilla y su mandíbula firmemente apretada le hacían ver como un hombre tratando de resolver el misterio más grande de su vida. Camus le cedió algunos segundos para alimentar el suspenso, mas terminó por ceder ante la tentación de dar la brillante e inesperada solución al problema. Ya después se disculparía con Milo por robarle la atención.

—Afrodita —dijo con más entusiasmo del que tenía planeado. ¿Quién habría predicho que Milo fuese mejor actor que él?

Aioria arrugó la nariz por unos segundos antes de comprender el plan de Camus.

—¡Por supuesto! ¡Ese hombre lo tiene completamente atontado! Sin duda accederá si también lo incluimos en el equipo.

—Entiendo que Afrodita quiere ser reconocido como soldado, pero ¿sus deseos llegarán al punto de querer participar en el Okton? —preguntó Aldebarán.

—Es un deporte ostentoso —murmuró Milo como si apenas entonces vislumbrara las posibilidades—. Sin duda le encantará participar en algo que atrape tantas miradas.

—Sin mencionar, claro, que es un jinete profesional.

Aldebarán miró a Mü de reojo tratando de dilucidar si sus palabras tenían o no doble sentido.

—Yo también lo he notado —totalmente ignorante de la posible indirecta, Aioria no tuvo problemas para oír lo que quiso escuchar—. No tiene problemas para tomar la delantera en los ejercicios de caballería y tiene confianza y buena postura. Sin duda hará un buen trabajo.

Camus pensó que Afrodita seguramente tomaba la delantera en las prácticas únicamente porque así minimizaba la cantidad de polvo y lodo en su ropa y no porque contara con la valentía suficiente para encabezar los despliegues. No obstante, decidió guardarse sus palabras porque sabía que su vanidad no aminoraba su bravura.

—Si convencemos a Afrodita, Máscara de la Muerte se unirá a nosotros en un santiamén —concluyó Aioria—. ¿Puedes hablar con él, Camus? Le agradas.

—Le agrada el dinero de mis padres…

—¡Hey! Si a él no le hace diferencia, a mí tampoco.

Camus se alzó de hombros y asintió con apatía.

—De acuerdo, hablaré con él, pero si quiere cobrarme por su ayuda tendremos que cooperar entre todos.

Aioria rio fuertemente y le dio una fuerte palmada en la espalda.

—¡Descuida! Esto también le beneficiará a él —tornó su atención hacia Milo—. ¿Ves? Pronto todo estará bajo control. ¡Nuestros amigos se harán expertos en el Okton y así podré brillar más cuando gane el primer lugar!

—Dirás, cuando yo gane el primer lugar.

—¡Como si te la fuera a dejar tan fácil!

El par se alejó mientras comenzaba una de sus muchas discusiones y Camus, Aldebarán y Mü se quedaron atrás para conducir a los caballos de regreso al establo. Aldebarán llevaba en su mano izquierda las riendas del caballo de Milo y en la derecha las de la yegua de Aioria, mientras que Camus y Mü guiaban sus propias monturas.

—¿Qué fue todo eso? —preguntó Mü una vez que Milo y Aioria estuvieron lo suficientemente lejos.

—No sé de qué hablas —respondió Camus con seriedad.

A pesar de su confusión, Aldebarán optó por prestarles atención antes que interrumpirles.

Después de varios segundos de silencio, Mü asintió y sonrió de soslayo.

—¿Afrodita les pidió que lo incluyéramos en el entrenamiento?

Camus asintió.

—Y arrastró a Máscara de la Muerte consigo.

—Por supuesto que lo hizo. Fue un intercambio justo, ¿no te parece? —Mü rio quedamente—. No me sorprende que hayas participado en el juego. Lo que me sorprende es que Milo lo haya jugado tan bien.

—Ya somos dos.

El pelirrojo pensó para sí que Milo tenía más sangre vereciana de la que se había imaginado. De no ser por el barbárico modo en el que se arrastraba por la tierra, sus monumentales piernas y sus cortísimos quitones, Camus le habría tomado por paisano. El rubio resultó ser un tesoro que traía consigo los talentos de ambos reinos. Camus era un hombre con suerte.

—Esperen un momento… —tal vez aceptando que no obtendría más información como mero oyente, Aldebarán decidió involucrarse en la plática—. ¿Milo pretendía que Aioria aceptara a Afrodita y a Máscara de la Muerte desde un principio?

—Recuerda esto, Aldebarán —respondió Mü—. Si deseas obtener algo de alguien, el mejor modo es hacerle creer al otro alguien que todo fue su idea desde un principio.

Aldebarán negó un par de veces con la cabeza.

—Eso suena demasiado complicado.

—Es negociación básica —dijo Mü con un tono particularmente jovial—. Descuida, ya aprenderás.

Aldebarán hizo un gesto que a leguas decía que no quería aprender algo así y Camus bufó. El akielense perdió la oportunidad de vivir una vida sin complicaciones ni estratagemas al momento en el que puso sus ojos sobre un noble de Arles.

Caminaron en silencio por varios segundos, pero una vez que llegaron a la puerta del castillo, Mü entrecerró los ojos y alzó su rostro hacia Aldebarán. Este, ya acostumbrado a comunicarse con él sin palabras, asintió y aceleró sus pasos.

—Esos malagradecidos se han adelantado. Me apresuraré para alcanzarlos. Los veo en los establos.

Aldebarán sujetó con más fuerza las riendas de los caballos y siguió su propio camino hacia las caballerizas de los soldados.

—Tú también has notado el nerviosismo de los aspirantes —dijo Mü en vereciano.

—Faltan pocos días para los juegos y la selección final —comentó un poco sorprendido por la rapidez con la que Aldebarán comprendió que Mü quería hablar a solas con Camus—. Es normal que haya rencillas. Ese no es el verdadero problema.

—El problema son los mil ojos que hay alrededor de todo el castillo —Camus asintió—. Hace tiempo formaste una teoría sobre quién era el delator. ¿Has llegado a alguna otra conclusión?

—No, solo tengo algunas conjeturas a las que seguramente tú también has llegado.

—Quizá debamos aprovechar el nuevo arreglo para conseguir más información con Afrodita. Conoce a más gente que nosotros.

Camus apretó los labios y negó con la cabeza.

—Él también está preocupado, quizá juntos podamos encontrar una solución. Mientras tanto, tendremos que estar muy atentos.

—Y tendremos que cuidar a nuestros impetuosos amigos —murmuró Mü—. ¿Crees que sea prudente advertirles? Temo que eso los vuelva aún más volátiles.

—Aun así, pienso que lo mejor será decirles.

Mü hizo una pausa en lo que consideraba sus opciones.

—Esperemos un poco, entonces; hasta que verdaderamente se convierta en un peligro.

—De acuerdo, pero tendrá que ser pronto. No suelen prestar atención a lo que pasa a sus alrededores —sonrió—. Aunque me parece que Aldebarán se ha vuelto mucho más perceptivo.

—Por supuesto que sí —Mü sonrió sugestivamente y entrecerró los ojos—. Soy una gran influencia para él.

Camus rio de buena gana y le dio una palmada al lomo del caballo de Mü.

—Definitivamente eres una gran influencia. No sé si buena, pero sí grande.

—No tan grande como él, claro.

Los hombres rieron quedamente y se permitieron disfrutar del pequeño momento de tranquilidad.

Ambos sabían que sería de los últimos que tendrían en mucho tiempo.

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