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Guardias Reales

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Capítulo 24

Shaka dio de alta a Camus después del cuarto día de tratamiento, justo como el médico predicho. El pelirrojo sufrió terriblemente en cada una de las sesiones de masaje y el hecho de que Milo fuese el causante del dolor poco hacía para atenuarlo. La tercera noche Camus le sugirió sutilmente que fuese menos tosco, mas Milo estaba decidido a seguir las indicaciones de Shaka al pie de la letra. Después de todo, el futuro de Camus dependía de ello —Milo insistía dramáticamente—, así que lo único que pudo hacer fue resignarse y tolerar la tortura en medida de lo posible.

Si bien su cuerpo no pudo acostumbrarse a la tortura, al menos se entrenó a permitirle moverse al día siguiente. Por supuesto, el dolor brotaba de sus músculos con ciertos movimientos e incluso aceptó que no podría entrenar para el Okton por dos noches más. Aun así, pudo poner buena cara durante los ejercicios matutinos y vespertinos. Además, la lesión de su hombro había dejado de molestarle (aunque Camus tardó en aceptar que se había curado y no que, simplemente, los nuevos dolores musculares se perdían con el anterior).

Una semana después de su primera consulta con Shaka, Camus se sentía un hombre nuevo. La pesadez de sus hombros desapareció por completo y se sentía más flexible y relajado. No tardó en comunicarle a Milo lo bien que habían funcionado sus tratamientos. El rubio le mostró una enorme sonrisa y le sugirió que continuaran con los masajes. Por un instante Camus sintió perder el calor de todo su cuerpo y el rubio no tardó en darse cuenta de lo que había causado semejante expresión de terror en el pelirrojo.

—Ya no seguiría las instrucciones de Shaka, por supuesto —contuvo una sonrisa—, sería un masaje mucho más suave. Ayuda a relajar los músculos después del entrenamiento.

Camus sonrió. Jamás desaprovecharía la oportunidad de tener un contacto más íntimo con Milo y estuvo a punto de abrir la boca para ofrecerle el mismo tratamiento, pero decidió contenerse. No solo no tenía ni idea de cómo dar un masaje, sino que estaba consciente de lo frías que eran sus manos. ¡A nadie le gustaban los amantes con manos frías! No quería que Milo se diera cuenta de su gran defecto antes de que formalizaran su relación. Lo mejor sería no darle tiempo de escapar.

Cayendo en cuenta de sus pensamientos, Camus sintió el calor ascender por sus mejillas. No podía creer que ya estuviese pensando en palabras como 'formalizar'. A ese paso, Camus le pediría matrimonio a Milo antes de que llegaran al torneo. ¡Y ni siquiera habían compartido un beso todavía! Era inaudito. Se estaba comportando como una núbil doncella. ¡Él, un antiguo capitán del ejército fronterizo! Era absolutamente vergonzoso. Comenzaba a entender por qué su tío prefirió encerrarse en un monasterio antes de lidiar con las relaciones.

—¿Pasa algo malo? —preguntó Milo después de que pasaron varios segundos sin que Camus le respondiera.

—Sí —hubo un extraño y abrumador silencio—. Quiero decir, sí puedes seguir dándome masajes. Agradezco mucho tu oferta.

Milo sonrió, gustoso de mantener su derecho sobre el cuerpo de Camus, y le prometió que sus futuras sesiones serían mucho más placenteras que las anteriores.

De haber sido otra persona, Camus habría considerado aquellas palabras como una invitación a un encuentro sexual. Sin embargo, se trataba de Milo y Camus no era tan estúpido como para creer al hombre capaz de insinuársele de un modo tan sutil. No. Si Milo hablaba de un masaje, un masaje sería. Camus estaría conforme con eso. Por ahora.

Muy a su pesar, con el paso de los días el pelirrojo aceptó que habría muy pocas posibilidades de aprovechar la generosa oferta de Milo. Entre el entrenamiento usual y el del Okton apenas y tenían tiempo para dormir, asearse y comer. El tomar tiempo de alguno de ellos para algo que no fuese entrenar sería un pecado a tan solo tres semanas del torneo. Así pues, tuvieron que esperar hasta el séptimo día de la semana para relajarse.

El día pintó bien desde el principio. Camus estaba tan entusiasmado que no prestó mucha atención a los rumores de que cuatro akielenses fueron expulsados del castillo. No eran parte de su dormitorio, ni reconoció sus nombres. Fue una noticia lejana con poca relevancia para él. Después de todo, Camus se había acomodado en un agradable grupo de verecianos y akielenses. Lo único en lo que tenía que enfocarse era en obtener un buen resultado en los juegos y, en su escaso tiempo libre, cerrar la distancia con Milo.

Después de pasar la mañana entrenando para el Okton y la tarde para terminar algunos pendientes en el pueblo, los hombres tuvieron la oportunidad de pasar más tiempo juntos. Después de tantos días de no poder disfrutarse mutuamente, Camus estaba comenzando a desesperarse y se prometió a sí mismo que, aunque Milo no tuviese segundas intenciones con la velada, él sí las tendría. Cuando el rubio le indicó que era un buen momento para dirigirse a los baños de los soldados, el pelirrojo supo que tendría que buscar otra opción. Si estuviesen en Vere, a Camus no le molestaría intimar en un espacio en el que cualquiera pudiera entrar en cualquier momento. No obstante, suponía que la akielense sensibilidad de Milo le impediría sacar provecho de la situación. Así pues, le tomó de la mano y lo condujo hacia el lugar que descubrió la semana anterior.

En ese momento, Camus pensó que se trataba de un consultorio abandonado, pero ahora comprendía que había sido convertido en un improvisado cuarto para masajes. La habitación era pequeña y su ubicación tan cercana a las barracas y a los baños era ventajosa. Sin embargo, la capacidad para cerrar su puerta desde dentro le hizo suponer que aquel espacio había sido utilizado para actividades mucho más íntimas desde tiempo atrás. Si en esos momentos estaba tan abandonado era solo porque los soldados estaban demasiado ocupados con el entrenamiento como para sacarle provecho.

Ese era un buen momento para cambiar la situación.

—¿Camus? —preguntó Milo cuando se detuvieron mucho antes de llegar a los baños—. ¿Qué es este lugar?

—Lo encontré la semana pasada —abrió la puerta con rimbombancia y señaló triunfante al pequeño espacio—. Es perfecto, ¿no crees?

Si bien Camus no esperaba que Milo saltara de gusto, tampoco esperaba que frunciera el ceño y mirara el lugar con un gesto de desagrado. El rubio le dio un par de golpes al camastro y este levantó una desagradable nubecita de polvo. Camus estuvo a poco de golpearse a sí mismo en contra de la pared. ¡Debió haber limpiado la habitación antes de traer a Milo! Ahora Milo pensará que Camus era un libertino capaz de intimar hasta en los lugares más sucios.

—No puedes recostarte aquí —aseguró Milo mientras sacudía sus manos para deshacerse de al menos un poco del polvo—. Ven —dio media vuelta y Camus estuvo seguro de que continuarían su camino hacia los baños—. Vamos por una lámpara y algo para limpiar este lugar.

El corazón de Camus dio un salto. Milo simplemente estaba reacio a pasar su tarde en un lugar tan polvoriento. Aún tendría oportunidad para salirse con la suya. Entusiasmado, tomó a Milo de la mano y lo condujo al dormitorio de donde tomaron todo lo que necesitaban.

Los hombres no tardaron mucho en la limpieza. El lugar era pequeño y, además del camastro, solo había un robusto mueble de madera barnizada que fue fácil de limpiar. Una vez que terminaron, Camus se quitó las botas y puso disimuladamente la traba a la puerta mientras Milo ajustaba la flama del quinqué a una agradable media luz.

—Tenías razón. Este es un buen lugar —admitió Milo mientras sujetaba entre sus dedos un pequeño vial con aceite perfumado. Camus sintió un escalofrío recorrer a través de su nuca—. Recuéstate.

Adrede evitó Milo dar la orden que verdaderamente importaba: desvístete. Camus sonrió, encantado por el cándido pudor de su compañero y, sin romper el contacto visual, comenzó a desenlazar las cintas de su traje. Bajo la tenue luz, le fue imposible identificar el rubor en las mejillas de Milo, pero Camus sabía que ahí estaba. Después de todo, Milo le miraba con la atención de un halcón a su presa. El proceso fue lento y pausado. Tenían tan pocas oportunidades para tomarse su tiempo que ahora Camus estaba dispuesto a aprovechar cada segundo a lado de Milo. Sabía que el deseo del rubio crecía conforme las cintas de su ropa se desenlazaban y aunque el akielense entró a ese lugar únicamente para darle un masaje a su compañero, Camus sospechaba que no sería tan complicado convencerle de más. Sorprendiéndose a sí mismo con tal pensamiento, decidió enfocarse en los lazos de su camisa. Extrañamente, un brote de nerviosismo comenzó a germinar en su pecho. Si bien no era un pueril muchacho sin conocimientos sobre el sexo, por algún extraño motivo Milo le hacía sentir diferente. La mera idea de juntar su pecho desnudo con el de Milo le inquietaba tanto como le entusiasmaba. Jamás había estado con un akielense y pensó que debió haber investigado más al respecto. ¿Habría alguna diferencia cultural que complicaría la situación? ¿Habría algo que debería evitar? Se maldijo a sí mismo por su falta de previsión y se prometió hablar más tarde con Mü. Sin duda, el hombre podría aconsejarle en el arte de relacionarse con un akielense.

Después de largos minutos, Camus finalmente logró deshacerse de toda la ropa que cubría su pecho. Estuvo a punto de dar el primer paso hacia el camastro, cuando Milo avanzó hacia él con intenciones de detenerle.

—Puedo… —su voz se quebró y tuvo suerte de que Camus estuviese demasiado nervioso como para burlarse de él—, podría masajear tus piernas también, si lo deseas. No tenemos que seguir los consejos de Shaka.

Camus tragó saliva, abrió la boca para responderle y volvió a cerrarla al percatarse de que realmente no tenía una respuesta para él. Por supuesto, su reacción debió haber sido un seductor 'sí', pero la propuesta fue tan inesperada que Camus no supo qué hacer con ella. Lo único que pudo hacer fue obligarse a sí mismo a aprovechar la oportunidad y comenzó a desanudar los lazos de sus pantalones. Cuando la ropa cayó a sus pies y Camus se agachó para recogerla, se percató de lo expuesto que se sentía. Aunque ya antes había tenido relaciones sexuales, jamás lo había hecho estando totalmente desnudo. Siempre mantenía sobre sí su camisa, parte de sus pantalones o incluso sus botas. Hasta ese momento, Camus pensaba que el sexo debía ser práctico y divertido; una forma de pasar el tiempo durante las largas campañas militares y una indulgencia que no merecía toda su atención. Sin embargo, ahora se preguntaba cómo sería pasar la noche entera a lado de Milo, sentir sus manos sobre su cuerpo mientras le desvestía lentamente y despertar a su lado solo para poder disfrutar nuevamente de sus cuerpos y de la cercanía.

—¿Camus?

El aludido no pudo reconocer el tono de Milo. ¿Estaba pidiéndole que se apresurara a recostarse o acaso le pedía cerrar la distancia entre ellos? Indeciso, Camus dobló cuidadosamente sus pantalones y los puso sobre el mueble de madera mientras pensaba qué sería lo más adecuado.

Al final, avanzó hacia el camastro y dio un pequeño brinco para subirse a él. No obstante, no se recostó, sino que permaneció sentado como si esperase a que Milo le diese más indicaciones.

Tan empático como siempre, Milo avanzó hacia él y puso su cuerpo entre las piernas de Camus, hundiéndolo en un abrazo tan delicado que parecía que sujetaba una delicada escultura de filigrana de oro. Camus alzó sus manos para corresponderle, sujetándolo mientras hundía su rostro en su rizado cabello. Milo aún olía al postre de manzanas que comió en la posada horas atrás.

—He querido tenerte así desde hace tiempo.

Camus tuvo que luchar con todas sus fuerzas para no carraspear. ¡Había traído a Milo para seducirlo y ahora el maldito se atrevía seducirlo a él! ¡Jamás en su vida había experimentado tanta desfachatez!

—Aquí me tienes —afortunadamente la oscuridad y el hombro de Milo ocultaban su sonroje.

Lentamente, Milo se separó de él y su mano derecha abandonó su espalda para dirigirse a la mejilla de Camus. Este parpadeó varias veces como si aquello le ayudase a eludir la firme mirada del rubio. Milo comenzó a cerrar nuevamente la distancia entre ellos y Camus emitió un quejido de sorpresa al darse cuenta de que estaba a punto de besarle. Sin ganas ni oportunidad de escapar, cerró los ojos y permitió que los labios de Milo se posaran sobre los suyos.

Casi desde el primer día en el castillo Camus se imaginó cómo sería un beso con Milo. En todas esas ocasiones llegó a la conclusión de que el hombre sería tímido, aunque efusivo. Se le antojaba torpe e inexperimentado, pero hambriento y dispuesto a conquistar la piel de su amante. Sin embargo, ahora Camus descubría que su intuición estuvo completamente equivocada. Milo era dulce y delicado, deseoso, pero lo suficientemente experimentado como para contenerse a sí mismo. Su lengua se enredaba grácilmente con la de Camus, no como en una batalla, sino como una danza cargada con la promesa de más.

Abrumado por solo pensar en qué más podría hacer Milo con su cuerpo, Camus dejó escapar un gemido especialmente bochornoso. Tenía suerte de que confiara tanto en el otro, de lo contrario habría interrumpido el beso para salir corriendo de ahí.

Milo detuvo el beso y colocó nuevamente su mano en la mejilla de Camus. Una pregunta estaba escrita en su rostro y Camus le respondió reacomodándose sobre el camastro. Tendrían que ser cuidadosos. Caer desde esa altura sería sumamente doloroso.

Milo alzó sus manos a su hombro para retirar el broche que sujetaba su quitón cuando se escuchó un irritante golpeteo en la puerta. Los hombres se miraron entre sí y Camus negó varias veces con la cabeza con la esperanza de que Milo no se atreviera a quitar la tranca de la puerta.

El intruso llamó nuevamente y en esa ocasión empujó la puerta tres veces con la intención de entrar. Afortunadamente, la vieja tranca era lo suficientemente firme como para dejarlo afuera. Se escuchó un murmullo y, segundos después, hubo una tercera serie de golpeteos.

—¡Milo, Camus! ¡Abran la puerta! ¡Sé que están ahí! —al instante Camus reconoció el elegante acento del norte. Se trataba de Afrodita.

La urgencia en la voz de Afrodita no parecía tan apremiante y Camus descartó por completo que se tratara de un aviso de la Guardia, mas no por eso dejó de inquietarse. Sospechaba que el hombre no se iría de ahí hasta que le hicieran caso. Con un desanimado suspiro, miró a Milo y se alzó de hombros en señal de derrota.

Camus juró que escuchó a Milo gruñir.

—Ya vamos —dijo con molestia mientras le daba su ropa al pelirrojo.

Camus se vistió con mucha mayor rapidez con la que se desvistió y, mientras lo hacía, pensó en mil y un formas para matar al antiguo cortesano.

Nadie interrumpiría su tiempo a solas con Milo y viviría para contarlo.