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Guardias Reales

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Capítulo 23

Después de los favorecedores acontecimientos del día anterior, Camus confiaba tener un dulce despertar. Sin duda, su adolorido cuerpo descansaría durante la noche y podría disfrutar al máximo su día libre. Aún había muchos lugares por explorar en el castillo y aquella era la mejor oportunidad que tendría para descubrirlos. Al menos hasta que fuese seleccionado como parte de la Guardia.

Desafortunadamente, el optimismo de Camus fue en vano. Un intenso dolor en sus hombros y brazos le atormentó desde sus sueños hasta la vigilia. Sentía el palpitar de sus músculos y temía respirar a sabiendas de que el movimiento le ocasionaría aún más dolor. A la lejanía escuchaba el despertar de sus compañeros y frunció al escuchar las risotadas de un grupo de soldados. ¡Era demasiado temprano para emitir sonidos!

El familiar ruido de los hombres le recordó a Camus que, aunque él no fuera a participar en los ejercicios de ese día, lo recomendable sería que se despertara para ir a desayunar. Dos veces intentó levantarse en vano. Sus brazos temblaban y toda su espalda dolía como si un ejército hubiese marchado sobre ella. Shaka era un hombre delicado y un tanto enclenque, ¿cómo era posible que pudiera masajearle con tanta fuerza como para dejarle tan adolorido? Maldito él y sus estúpidos conocimientos anatómicos. Si tuviese la fuerza suficiente, iría en ese mismo momento a golpearle con la funda de su espada.

Camus escuchó la voz de Milo preguntar por sus sandalias y solo entonces el pelirrojo recordó que Shaka no era el causante directo de su pesar, sino Milo y sus grandes y fuertes manos. Sus ganas de maldecir a alguien se atenuaron un poco, mas siguió temiendo a que llegase la noche y el tiempo para un segundo masaje. No estaba seguro de que pudiera sobrevivir a otra de esas terapias.

¿Cuántas noches dijo Shaka que tendría que soportar aquella tortura?

Aunado al dolor de sus hombros y brazos, su estómago comenzó a clamarle por alimento. Sabía que no lograría pensar con claridad hasta que comiera algo y poco a poco se armó de fuerzas para salir de su camastro. Después de larguísimos y tortuosos minutos, Camus logró sentarse sobre su cama. Aun en su sopor, reconoció una avergonzada sonrisa en labios de Milo. Sin duda se sabía culpable de su malestar, pero Camus sabía que aquel sentimiento no haría nada para librarlo de futuros masajes.

Camus no estaba seguro de si aquello era algo bueno o malo.

Tras poner aquel pensamiento de lado, Camus logró ponerse de pie y comenzó a vestirse. El dolor en su cuerpo aminoraba mientras más se movía y gracias a ello logró dirigirse al comedor. El resto de sus compañeros se dirigió, en cambio, a la práctica de campamento y Camus tuvo todo el salón para él solo. No supo si la soledad o el dolor provocaron que el desayuno le supiera a poco, pero al menos le ayudó a despertar. Sus pensamientos se hicieron más claros y recordó que lo que tenía que hacer a continuación era visitar al médico.

Una vez que terminó de comer, regresó a al dormitorio y anotó en una hoja de papel la receta de su tío para el ungüento. Después de eso se dirigió a la oficina del médico y no se sorprendió cuando el hombre abrió la puerta tras el primer llamado.

—Ya era hora —dijo Shaka con su característico e imperioso tono de voz.

—Me pareció que sería adecuado pasar primero a desayunar. No estaría bien visto que cayera desmayado por inanición en el despacho del médico.

Shaka entrecerró levemente los ojos y por unos minúsculos instantes, Camus creyó haberle visto alzarse de hombros.

—Es triste que un candidato a la Guardia Real pueda desmayarse tras solo unas cuantas horas de ayuno —comentó Shaka para sí—. Sin embargo, el hecho de que puedas estar de pie frente a mí es una clara señal de tu resiliencia. No esperaba que despertaras tan temprano después del modo en el que tu amigo manipuló tu cuerpo.

Camus tragó saliva y meneó ligeramente la cabeza para evitar que la sangre sonrojara sus mejillas.

—El entusiasmo de Milo se ve reflejado en todas sus acciones —concordó y carraspeó cuando Shaka le lanzó una mirada completamente desinteresada—, admito seguir bastante adolorido. El día de ayer comentaste sobre un té que pudiera ayudarme…

Shaka le miró en silencio por varios segundos y aunque Camus sabía qué era lo que quería escuchar, optó por torturarle por unos momentos.

—Traje la receta —dijo solo hasta que Shaka estuvo a punto de sacarlo de la habitación—, pero a menos de que pretendas darme de beber ungüento, preferiría que me dieras el té primero.

Con el fin de darle más peso a sus palabras, Camus sacó la receta del bolsillo interno de su chaqueta y la meneó un par de veces en el aire. Al principio parecía que Shaka extendería su mano para robarle el trozo de papel, mas debió adivinar que incluso en su convalecencia Camus sería demasiado rápido para él. Así pues, exhaló cansinamente y a regañadientes caminó hacia una de las muchas cómodas de la habitación.

Camus observó en silencio mientras el rubio encendía una lamparita de alcohol para calentar un pocillo con agua. Esperaron en silencio a que el agua hirviera y solo entonces Shaka tomó de uno de sus muchos cajones un puñado de al menos tres hierbas diferentes. Apagó la lámpara y colocó las hierbas dentro del pocillo a la par que volteaba un reloj de arena que tenía a la mano. Poco a poco un picante olorcillo comenzó a inundar la habitación.

—El té estará listo en tres minutos —anunció Shaka mientras caminaba hacia Camus—. Ahora, si me lo permites…

Era obvio que Shaka no iba a permitir que Camus tomara el remedio antes de que le entregase la receta, así que el pelirrojo se la ofreció. Shaka la arrebató de sus manos y la leyó con interés mientras regresaba a la cómoda.

—¿Throúbi? —preguntó una vez que terminó de leer todas las instrucciones.

Camus asintió.

—Es una planta común en Akielos. Podrás encontrarla en cualquier mercado de hierbas.

—Jamás la he escuchado. ¿Cómo es?

—Seguramente la conoces —Camus comenzó a caminar alrededor de la habitación para ver si reconocía la planta entre los varios manojos que estaban colgados del techo. Después de unos segundos, la encontró a solo unos pasos de donde Shaka se encontraba—. Ahí está. En el sur la llamamos throúbi, pero puede que en Arles tenga otro nombre.

Para estar seguro de que aquella era la planta a la que Camus se refería, Shaka extendió su mano hacia ella y esperó la confirmación del pelirrojo.

Sarriette —murmuró Shaka—. En Arles le llamamos sarriette; lo utilizo para malestares estomacales. Ignoraba que tuviese propiedades analgésicas —frunció el ceño y apretó los labios—. Si hay un buen motivo para aprender akielense será para evitar confundirme con el nombre de las plantas.

Shaka puso a un lado la hoja de papel y al terminar los tres minutos de infusión vertió el agua en un segundo pocillo para colar las hojas. Le añadió a la bebida una cucharada de lo que Camus esperaba que fuese miel y se la entregó mientras le indicaba con un gesto de la mano a que tomase asiento.

A pesar de que la bebida era acre y dejaba un sabor amargo en su boca, Camus disfrutó el calorcillo que sintió en su garganta y pecho. Hacía tiempo que no bebía algo caliente y la sensación le pareció sumamente reconfortante.

—Aioria puede enseñarte el idioma —Camus aprovechó que Shaka hubiese cumplido su parte del trato para irritarlo un poco más—, aunque dudo que sepa mucho de herbolaria.

—Dudo que sepa algo que no sea destazar a un enemigo con su espada —Camus hizo la nota mental de que Shaka no parecía saber de la habilidad de Aioria en las luchas. Si la infusión funcionaba bien, quizá se lo mencionaría—. Además, es imposible aprender de alguien que apenas puede hablar vereciano. De haber sabido que los países se unificarían, habría estudiado akielense desde Arles —murmuró para sí—. No que hubiese muchas personas con la capacidad o el interés de enseñarme.

Camus sabía que los comentarios de Shaka no iban dirigidos hacia él. El hombre debía estar tan acostumbrado a estar solo que le era imposible olvidar su costumbre de hablar consigo mismo. Eso no quería decir que Camus no pudiera sacar provecho de la situación.

—Capacidad, quizá no. Sin embargo, estoy seguro de que habrías encontrado a gente dispuesta a enseñarte. Después de todo, lograron instruirte adecuadamente en las cuestiones médicas.

A pesar de Shaka buscó en Camus una señal de sarcasmo o desdén, el pelirrojo sabía que tenía suficiente buen control de sus expresiones como para evitar que el rubio percibiera sus segundas intenciones. Mientras Milo no estuviese en la misma habitación, Camus podría decir cualquier cosa sin preocuparse de que adivinasen sus pensamientos. Además, no era que tuviese malas intenciones. Simplemente deseaba saber cómo es que un bastardo logró no solo convertirse en médico, sino que también en parte de la Guardia Real.

—En efecto. Tuve suerte de que se me permitiera estudiar, pero eso no quiere decir que hubiesen muchos voluntarios para instruirme —respondió mientras tomaba nuevamente la hoja con la receta del ungüento—. De hecho, solo hubo uno: uno de los médicos reales.

Camus no esperaba semejante respuesta. Ningún cortesano sensato se atrevería a proteger a un bastardo y mucho menos a enseñarle medicina. El hombre debía haber sido especialmente valiente y decidido para arriesgar su carrera de esa forma. Más que eso: el hecho de que Shaka se encontrase en Marlas quería decir que el médico tenía el favor del Príncipe. Por más que el monarca no tuviese reparos en aceptar a bastardos o a plebeyos entre su corte, era sorprendente que el tutor de Shaka hubiese llegado hasta ese punto sin caer en la vergüenza.

—No pongas esa cara —dijo Shaka con una mueca cercana a una sonrisa—. Mi maestro es un buen hombre que quiso darle una oportunidad a uno de los muchos huérfanos de Arles. Además, no es difícil ocultar a un bastardo si lo tienes confinado al sótano del castillo.

El hombre comenzó deambular por la habitación en búsqueda de los ingredientes que necesitaba para preparar el ungüento.

—Lo lamento —Camus se sorprendió de su propia sinceridad—. Debió haber sido difícil crecer de esa forma.

—No tanto —admitió Shaka mientras se subía a una silla para atrapar un manojo de flores secas—. La gente y yo no nos mezclamos.

Camus contuvo una risa al escuchar el pedante modo de hablar de Shaka. El hombre debía haber pasado tanto tiempo en el sótano del castillo que había dejado de sentirse humano. Tal vez por eso no rechazaba de lleno a Aioria. Seguramente disfrutaba estar con alguien que lo consideraba cercano a un dios.

—Me lo suponía —respondió Camus antes de dar un largo sorbo a su bebida—. Sin embargo, si dices que fue fácil ocultar el secreto, ¿cómo es que varios de nuestros compañeros conocen tu condición?

Adrede eludió el nombre de Mü. No era el momento adecuado para sacar a relucir la enemistad que parecía haber entre ellos.

Shaka bajó de la silla y se alzó de hombros.

—Mi maestro decidió que no valía la pena guardar el secreto una vez que aprendí lo suficiente. Los bastardos son prescindibles solo cuando los nobles no hallan una forma para explotarlos. A pesar de que nunca entré en contacto con la corte, la existencia de un misterioso asistente médico se convirtió pronto en un secreto a voces. Un secreto que, parece, me ha seguido hasta aquí —suspiró—. De cualquier manera, admito que no me sentaría mal tener otra vez mi oficina en el sótano.

—Te equivocas. Los dormitorios de los soldados también se encuentran ahí, ¿recuerdas?

Shaka frunció el ceño y asintió.

—Tienes razón. No necesito más cercanía a ti o a tus compañeros —caminó hacia la chimenea y se hincó ante ella para encender el fuego—. ¿Has terminado tu infusión?

Con el fin de terminar todo el líquido del pocillo, Camus le dio dos largos sobros a su bebida.

—Ahora sí —se puso de pie—. Gracias por todo. Si necesitas ayuda con la receta, con gusto puedo orientarte.

Shaka asintió y comenzó a atizar el incipiente fuego de la chimenea.

—Por cierto —dijo sin despegar su mirada del carbón encendido—. El té te provocará mucho sueño. Procura no hacer actividades peligrosas como caminar.

—¿Disculpa? —preguntó Camus con indignación.

—Te veré dentro de dos días.

La leña comenzó a humear y Camus supo que Shaka no le prestaría más atención. Irritado por la amenaza de un día libre totalmente desperdiciado, decidió alejarse en pos de disfrutar la mañana por tanto tiempo como le fuese posible.

Al menos, pensó, el dolor en su cuerpo comenzaba a aminorar.


Anteriormente, el plan de Camus era aprovechar su día libre para deambular por el camino de ronda. A comparación de Arles o de otras fortalezas del norte, Marlas se encontraba a una latitud baja, pero sus muros eran lo suficientemente altos como para darle una buena vista de los alrededores. Había deseado ver la extensión de la ciudad, así como los barcos mercaderes y pesqueros que entraban y salían del puerto. Tristemente, la advertencia de Shaka había sido clara, aunque breve. Lo menos que Camus necesitaba en ese momento era caer del muro del castillo. Por eso mismo optó por un pasatiempo más seguro.

Inicialmente pensó pasearse por el huerto, pero temió coincidir con el médico si acaso necesitaba algún ingrediente adicional. Así pues, tuvo que conformarse con visitar una de las bibliotecas de la fortaleza.

Camus suponía que la biblioteca principal se encontraba en un enorme salón en una de las partes más protegidas del castillo y que estaría repleta de libreros que cubrirían sus paredes desde el piso hasta su altísimo techo. Tristemente, en esos momentos Camus no tenía más privilegios que un simple soldado y le sería imposible acercarse siquiera a dicho salón. No obstante, sin duda tendría acceso a la pequeña biblioteca ubicada en la entrada de las barracas.

Tal y como se imaginaba, la biblioteca para los soldados era resguardada únicamente por un guardia akielense que le permitió el paso sin complicaciones. Si bien el salón era un poco más pequeño y bajo de lo que esperaba, contenía muchos más libros de los que imaginaba. En toda la habitación solo había dos pequeños escritorios acomodados a lado del ventanal más grande. El resto del espacio estaba ocupado por libreros atiborrados de libros y pergaminos. Una vez que Camus identificó que los libros estaban catalogados por tema antes que por idioma, le fue relativamente fácil desplazarse entre los varios tomos que contenían.

La mayor parte de los libros se encontraban en akielense. Sus portadas eran apagadas, opacas y difíciles de diferenciar las unas de las otras. Contrastaban enormemente con los tomos patrenses y verecianos, que, con sus gruesas pastas y decorados lomos parecían saltar de los estantes. Camus extendió su mano hacia uno de los libros en vereciano cuando fue interrumpido por un carraspeo. Sorprendido por el ruido, Camus giró hacia la derecha y se encontró con una anciana anidada entre decenas de libros. La bibliotecaria se encontraba en una pequeña habitación cuya puerta estaba hecha de un librero adicional, motivo por el cual no la vio anteriormente.

—¿Busca un libro en particular, soldado? —dijo en vereciano fuertemente acentuado.

Los nervios de Camus le traicionaron —porque fue nerviosismo y para nada miedo— y lo único que se le ocurrió hacer fue negar con la cabeza, alisarse el cabello y salir de la biblioteca con una rápida disculpa.

Probablemente había exagerado al huir de una mujer que muy seguramente ya no tenía capacidad para engendrar hijos, pero pasarían meses, si es que no años, para que Camus se acostumbrase a compartir espacio con las personas del sexo opuesto. Una vez fuera, recargó su espalda contra la puerta de la biblioteca y el guardia le miró con curiosidad.

Abochornado, Camus fingió una tos y comenzó a caminar hacia donde fuera que sus pies le llevaran. Tristemente, eso ocasionó que se metiera en la primera habitación con la que se encontró. A Camus le tomó tiempo identificar qué era aquel lugar, pero después de examinarlo detalladamente concluyó que era un pequeño consultorio médico. Al juzgar por la gruesa capa de polvo sobre los pocos muebles del lugar, el cuarto no había sido utilizado en un par de años. No obstante, Camus supuso que no era extraño que hubiese habitaciones abandonadas en un castillo. Aunque el castillo de Marlas fuese relativamente pequeño, sería imposible mantener el control de todos los recovecos.

Camus exhaló y salió de la habitación. A final de cuentas comenzaba a tener algo de sueño. Con suerte, podría dormir unas horas y para la noche acompañaría a sus amigos en la cena.

Con aún más suerte nadie se enteraría de la vergüenza que acababa de pasar.

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