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Guardias Reales

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Capítulo 22

Camus apenas reparaba en el drástico cambio de apariencia que sufría el castillo de Marlas durante las noches. El recorrido entre los patios, los baños, el comedor y los dormitorios era uno que podría seguir con los ojos cerrados. Sus fríos muros ya le eran familiares y conocía a detalle la posición de cada una de las antorchas y lámparas de aceite que había en las zonas exclusivas para los aspirantes. Sin embargo, de todos los recovecos a los que tenía acceso, la oficina del médico era uno que no había visitado desde sus primeros días en la fortaleza.

La oficina se encontraba cerca del comedor y su piso de piedra era el mismo que el que había en el resto de las barracas. El pasillo que conducía hacia ella estaba a nivel de piso y estaba decorado por una larga línea de ventanas. De día, el sol atravesaba por sus cristales e iluminaba el pasaje; de noche, la luz de las antorchas le daba un tinte completamente diferente. Un mes atrás, Camus habría dicho que el escenario nocturno era lúgubre e inquietante. No obstante, ahora que caminaba hombro con hombro con Milo, le parecía que el pasillo era acogedor e incluso romántico.

Sorprendiéndose a sí mismo con aquellos pensamientos, Camus meneó la cabeza y trató de recordar lo verdaderamente importante. Hizo a menos la herida de su hombro y ahora pagaba las consecuencias. Toda su concentración debería estar en sanar antes del torneo.

No tardaron mucho en llegar a la oficina del médico. Camus dio tres suaves toques a la puerta de madera y esperó a que Shaka les diese entrada. La respuesta no tardó en llegar. La voz del médico, aguda y severa, les indicó que esperasen un momento. Por un par de minutos se escuchó el sonido de tela removiéndose antes de que Shaka abriese la puerta y les mirase con irritación.

—¿Qué ocurre? —preguntó mientras sus ojos se mecían entre Camus y Milo. A diferencia de lo usual, su cabello no estaba cuidadosamente peinado en decenas de trenzas, sino que estaba atado con un delgado listón azul. El hecho de que su largo cabello se meciera en su espalda era señal de que el hombre estaba próximo a irse a la cama o bien que acababa de salir de ella.

—Lamento la hora, pero tengo una molestia en el hombro y me gustaría que la revisaras.

Shaka asintió y se hizo a un lado para permitirle a Camus entrar a la habitación. Milo le siguió y, si bien el médico no lo detuvo, le miró tan despectivamente que dejó en claro que no era bien recibido.

—¿Y tú vienes para evitar que Camus salga corriendo?

—Vine porque mi amigo me pidió que lo hiciera, no más.

Camus agradeció en silencio el que Milo tuviese la sensatez suficiente de ocultar el hecho de que sí se encontraba ahí para asegurarse de que Camus fuese a la oficina del médico. Esperaba que su respuesta relajara a Shaka, aunque sospechaba que el gusto le duraría poco. Si el hombre era tan capaz como parecía, no tardaría en darse cuenta de que Camus descuidó su herida por semanas. El pelirrojo sabía que era cuestión de tiempo para recibir una reprimenda por parte de Shaka.

—Toma asiento y quítate el saco y la camisa.

Shaka señaló con la mirada una silla de madera. A su costado se encontraba una mesa en cuya superficie solo había una lámpara de aceite. Mientras Camus se quitaba la ropa, el médico sacó tres velas de una de sus muchas cómodas. Las llevó hacia la mesa y las encendió una a una. Seguramente no estaba de humor para encender las velas del candelabro que decoraba el techo de la habitación. Camus no se atrevió a culparlo. Sin duda las había apagado minutos atrás.

Una vez que Shaka terminó de encender las velas, Camus le indicó cuál era su brazo lastimado. El médico observó el área en silencio y frunció el ceño al no encontrar una señal visual de la herida.

—Voy a tocarte. Si sientes dolor, dime.

Camus asintió y Shaka comenzó a tentar varias partes de su brazo. Después de unos toques tentativos, sus dedos delinearon los músculos de su hombro y se detuvieron exactamente en el origen del dolor.

—¿Qué fue lo que ocurrió?

Camus tardó varios segundos en responder.

—Me caí del caballo. No vine en ese momento porque pensé que la contusión se curaría con reposo. De hecho, el dolor ya casi había desaparecido, pero resurgió hoy en la tarde durante los ejercicios de infantería.

Shaka asintió y volvió a presionar el brazo de Camus. En esa ocasión sus dedos ejercieron aún más fuerza y el pelirrojo tuvo que detenerlo cuando el dolor fue demasiado intenso.

—Es una herida que tiene ya varios días —dijo con un tono que a Camus le pareció inquietantemente tranquilo—. ¿Cuándo fue que caíste del caballo?

—Hace dos semanas —titubeó.

Para su sorpresa, Shaka no pareció especialmente molesto por la confesión. Al contrario, sus ojos se entrecerraron y su nariz se arrugó varias veces en señal de curiosidad.

—Cuando caíste, ¿cómo trataste tu lesión?

Camus frunció el ceño mientras recordaba lo que había hecho apenas cayó del caballo. Aunque su recuerdo estaba un tanto empañado por las locuras de Afrodita, sus acciones fueron lo suficientemente rutinarias como para que pudiera recordar lo que hizo.

—De ser franco, no hice gran cosa. No creí que fuese grave, así que solo lavé los raspones y vendé mi brazo por tres días.

—¿Entonces este ungüento solo lo has utilizado hoy?

Shaka frotó su dedo índice contra el pulgar y Camus percibió el aroma herbal de la receta de su tío. Por un momento se había olvidado de ella.

—No. Olvidé mencionarlo, pero lo utilicé durante una semana. Es un remedio al que he recurrido durante años.

—¿Lo tienes a la mano?

Camus asintió, extendió su brazo para tomar su saco del respaldo de la silla y de su bolsillo sacó el recipiente de vidrio en donde guardaba el ungüento. Shaka tomó el frasco con rapidez y comenzó a examinarlo detalladamente, poniendo especial atención en el aroma que despedía.

—Base de aceite de abedul, por supuesto —murmuró para sí—, romero… ¿anís?

—Tiene un poco de anís.

—¿A quién comisionaste este ungüento?

—A nadie. Es una vieja receta que me compartieron. Tengo entendido que viene de Patras.

Shaka asintió con interés y tomó un poco del ungüento entre sus dedos.

—Patras, dices… ¿tiene comino?

—Comino negro —corrigió—. Utilizo las mismas semillas que venden para cocinar. Puedo compartirte el método de preparación. No es como si fuese un secreto de familia.

Una muy tenue sonrisa decoró el rostro de Shaka, quien tapó nuevamente el frasco y se lo entregó a Camus.

—Te lo agradecería, es una buena receta. Tu primera caída debió haber sido muy fuerte, pero el ungüento fue un antiinflamatorio eficiente. Sin embargo, tratamientos como estos solo pueden llegar hasta cierto punto —como para explicar mejor sus palabras, Shaka presionó fuertemente el hombro de Camus, provocándole un quejido de dolor—. Son prácticamente inútiles para inflamaciones profundas como la tuya. Afortunadamente, no es nada que varias sesiones de terapia no puedan solucionar.

—¿Terapia?

Shaka caminó lentamente hacia una de sus cómodas.

—No pongas esa cara. Vamos, recuéstate ahí.

El rubio señaló un camastro a unos pasos de distancia y Camus le miró con incredulidad.

—¿Qué vas a hacer?

—Darte una oportunidad de sanar antes del torneo. ¿O acaso quieres que tu lesión se agrave? Me dijeron que eras inteligente.

Camus abrió la boca para defenderse, mas Milo se le adelantó.

—Aioria dijo eso, ¿no es así? A su lado, todos son unos genios.

Si bien Shaka no llegó al punto de sonreír, la comisura de sus labios se tornó hacia arriba por unos brevísimos instantes.

—No te obligaré si no quieres recibir el tratamiento, Camus. Sin embargo, ten en cuenta que es mi obligación como médico informarles a los Capitanes cuándo uno de sus hombres está lesionado.

El tono de Shaka no fue tan intimidante como sardónico. El hombre tenía injerencia con los Capitanes y no tenía reservas en hacérselo saber. Camus suponía que utilizaba aquel truco con todos los verecianos indispuestos a seguir los consejos de un bastardo.

Resignado, Camus supuso que lo mejor que podía hacer esa noche era ceder. Se levantó de su asiento, caminó lentamente hacia el camastro elevado y se quitó las botas antes de recostarse sobre él.

—Voltéate boca abajo.

Camus alzó la mirada hacia Shaka, pero este ya se había escurrido a su periferia para buscar algo entre sus cajones. Lo que sí pudo ver fue a Milo mordiendo su labio inferior en un intento de contener una carcajada.

—Camus…

La demandante voz de Shaka convenció al pelirrojo de que no valía la pena resistirse, así que siguió las órdenes del médico lo más rápido que pudo. Después de removerse un par de veces, encontró una postura más o menos cómoda, aunque sospechaba que su cuello le cobraría intereses por mantenerlo de lado por tanto tiempo.

Por unos segundos Camus escuchó varios ruidillos a su alrededor y, cuando sintió una húmeda y fría mano posarse sobre su hombro herido, dio un respingo que lo hubiera sacado del camastro de no ser porque Shaka lo detuvo.

—Tranquilo. No dolerá… demasiado.

Lentamente, las manos de Shaka comenzaron a masajear su espalda alta, cuello y hombros. Como era de esperarse, el médico prestaba mayor atención a su lesión y cada que sus delgados dedos tocaban la contractura, Camus cerraba sus ojos con fuerza en un intento de contener las lágrimas que comenzaban a acumularse en sus pestañas. Con lo menudo que era Shaka, era impresionante que pudiera presionar con tanta fuerza. Lo único que relajaba un tanto a Camus era el agradable aroma a madera que despedía el aceite con el que lo atendía. El menjunje dejaba una cálida sensación en su cuerpo y de momentos le hacía olvidar que estaba siendo torturado por el médico.

Después de varios minutos de tormento, Shaka le soltó e intercambió algunas palabras con Milo. Camus, aturdido por el ardor en su hombro, no entendió lo que decían, pero bien que sintió cuando Shaka volvió a sujetar su brazo y lo presionó contra su espalda.

—¿Te duele? —aunque Camus se sorprendió al escuchar la voz de Shaka al pie del camastro, en esos momentos pasaba por demasiado dolor como para realmente reparar en ello.

—No —dijo en cambio y con un tono que delataba su mentira.

Shaka bufó y Camus sintió un tirón especialmente fuerte en su brazo.

Los jaloneos y frotes comenzaron a hacer mella en Camus que, si bien no dejaba de sentir dolor, sí comenzó a relajarse. Mientras se dejaba hacer, se preguntaba cómo era que sobreviviría a eso por varios días. Sin duda, el dolor que sentía en esos momentos no sería nada al que sentiría al día siguiente. ¿Cuántas sesiones de terapia tendría que soportar para que Shaka le diese de alta? ¿Tendría la fuerza suficiente para regresar a la oficina del médico una vez más? Lamentó que Milo le hubiese acompañado. Seguramente él se aseguraría de que atendiera a la siguiente cita con puntualidad.

Después de eternos minutos, Camus yacía lánguidamente sobre el camastro. Recibió una palmada sobre su espalda y percibió a Shaka colocarse frente a su rostro.

—¿Cómo te sientes?

—Como si me hubiera caído del caballo otra vez —musitó.

Shaka asintió como si esa fuese exactamente la respuesta que esperaba.

—Buen trabajo, Milo.

Aturdido como estaba, Camus realmente no comprendió el significado de aquellas palabras y tuvo que girar el rostro para comprender que fue Milo quien terminó el masaje. ¿Desde cuándo tomó el lugar de Shaka?

Por más que Camus quiso preguntar qué había pasado, su boca pareció perder su capacidad para hablar.

—Los masajes medicinales son comunes en Akielos —explicó Milo—. Shaka me preguntó si quería intentarlo.

Milo le ofreció su antebrazo y Camus lo utilizó como apoyo para sentarse sobre el camastro.

—¿Cómo es que puedes masajearme con tanta tranquilidad si el otro día que estaba sin camisa apenas y pudiste verme a la cara? —solo hasta que terminó de hablar se percató de que había hablado con la franqueza de un hombre que había tomado demasiadas copas de vino.

Al menos sus tonterías le permitieron ver a Milo abochornarse y negar torpemente con la cabeza.

—¡Esto es medicinal! —se defendió—. Es totalmente diferente.

—Suficiente —declaró Shaka—. Repitan una sesión como esta todas las noches por cuatro días. Después de eso ven a verme, Camus. Te diré si el tratamiento ha sido suficiente o si requieres más sesiones de terapia. Podrás ejercitarte a partir de pasado mañana, pero mañana deberás reposar. Dudo mucho que tu cuerpo tome a bien tu primera terapia.

Sin ganas de reprochar, Camus asintió.

—Vístete y vete a descansar —continuó Shaka—. Si mañana sientes demasiado dolor, te daré un té que te ayudara. Podrás aprovechar para darme la receta de tu ungüento.

El pelirrojo se tomó su tiempo para colocarse nuevamente la camisa y el saco mientras Milo y Shaka intercambiaban malignos planes para futuros masajes. Toda la parte superior del cuerpo de Camus dolía terriblemente y sentía que no tendría fuerzas suficientes para caminar hasta el dormitorio. Gracias al cielo, Milo notó la torpeza de sus movimientos y no tardó en colocar su ancha mano sobre su espalda baja como para asegurarle que estaría ahí para ayudarle si acaso se desvanecía.

—Gracias por todo, Shaka —dijo Milo mientras conducía a Camus hacia la puerta.

—No olviden informarle a los Capitanes del descanso de mañana —respondió Shaka a la par que caminaba tras ellos. Por unos instantes, abrió la boca y pareció que diría algo más, pero se detuvo a sí mismo—. No, no es nada. Descansen.

—Descuida, le diremos a Aioria que le mandaste saludos —declaró un alegre Milo mientras le cerraban la puerta en la cara—. Bien —dijo cuando estuvieron solos en el amplio pasillo—. Te dejaré en el dormitorio e iré con los Capitanes para informarles que tendrás que descansar mañana.

—Olvídalo. No eres mi madre para llevar mis recados.

—¿Tu madre todavía hace tus recados? —preguntó burlón.

Camus evitó comentar que, si alguno de ellos era un consentido, ese seguro era Milo. Afortunadamente, con una sola mirada Milo pareció comprender lo que pasaba por la mente del pelirrojo, ya que el hombre desvió la mirada y sus orejas se tiñeron de rojo.

—Vamos —terminó por decir—. Te llevaré a la oficina de los Capitanes. Me pregunto si aún siguen ahí…

El par caminó lentamente hasta que llegaron frente a la oficina de los Capitanes. A pesar de la hora, aún se veía luz a través de la rendija de la puerta y Camus se tomó unos segundos para recordar la última vez que estuvo en ese lugar. Era un recién llegado con deseos de formar parte de la Guardia Real de su Príncipe. Resentía a los akielenses, repudiaba a los bastardos y creía que la lanza era un arma burda y simplona. Si en ese momento le hubiesen dicho lo mucho que cambiaría su forma de pensar en tan solo unas semanas, jamás se lo habría creído.

Camus ladeó la cabeza y sacudió sus hombros para prepararse a aparentar estar libre de dolor. Tomó una larga bocanada de aire y llamó a la puerta. Se escuchó un seco golpe y varios murmullos antes de que Shion le indicase que podía pasar.

Camus abrió la puerta y la cerró detrás de sí. Cuando giró el rostro se encontró con el Capitán Dohko sentado en su escritorio con el cabello enmarañado, las mejillas sonrojadas y los ojos bien abiertos. Shion estaba del otro lado de la mesa luciendo tan elegante y disciplinado como siempre. De no ser por las marcas rojizas en la comisura de su boca, Camus no habría adivinado lo que había interrumpido.

—Con su permiso, Capitanes —saludó—. Debido a una lesión, el médico ha recomendado que el día de mañana prescinda del entrenamiento. Me indicó que si seguía el tratamiento podría retomar su instrucción pasado mañana.

—Entendido, Camus —dijo Shion—. Asegúrate de recuperarte pronto. Sería desafortunado que no lograses hacerlo para el torneo.

El hombre no sonaba especialmente preocupado por la salud de Camus. Más bien parecía disfrutar la oportunidad de lanzar una de sus onerosas amenazas.

—Descuide, Capitán. Haré lo que sea necesario para dar todo de mí en el evento.

El pelirrojo saludó nuevamente a los Capitanes y salió de la oficina para permitirles regresar a lo que fuera que estuviesen haciendo antes.

—¿Todo bien? —preguntó Milo una vez que comenzaron su regreso al dormitorio.

—Sin problemas.

—Qué suerte que siguieran en la oficina. No habría sabido qué hacer de haber tenido que buscarlos en sus dormitorios.

—No hubo necesidad. Afortunadamente, esta noche decidieron cenar en la oficina —Camus sonrió y movió sugerentemente ambas cejas para hacerle entender a Milo lo que acababa de presenciar.

—¡Oh! Siempre imaginé que cenaban en un salón elegante, lejos de nosotros. ¿Quién hubiera dicho que los Capitanes estaban tan ocupados que tendrían que cenar en su oficina?

En esos momentos Camus no quiso tanto burlarse de la inocencia de Milo como enternecerse por ella. No obstante, estaba tan cansado que decidió dejar aquellos pensamientos para otro día.

Esa noche aprendió muchas cosas nuevas. La primera era que Shaka era tan capaz como parecía, la segunda era que el médico había pagado por la receta del ungüento con la oportunidad de que Camus pasara más tiempo con Milo, y la tercera era que los Capitanes eran mucho más cercanos entre sí de lo que parecía.

Por donde se viera, una noche sumamente favorable.

Mientras dejaba que parte de su peso se recargara en el hombro de Milo, confiaba en que ese fuese apenas el comienzo de su buena racha.