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Guardias Reales

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Capítulo 19

No fue fácil para Camus y sus compañeros adaptarse al nuevo ritmo de entrenamiento. Las noches se les hacían cortas y los días extremadamente largos y desgastantes. Para el cuarto día de entrenamiento del Okton, Camus comenzó a perder la noción de en qué día se encontraban y cuánto faltaba para que se realizara el torneo. En poco ayudaba la lesión que recibió en su primer día de entrenamiento en la pista. La herida curó rápidamente, pero su brazo punzaba de dolor cada que realizaba ciertos movimientos. Camus hizo lo posible por descansar su brazo lesionado y aunque el dolor disminuía día con día, estaba lejos de desaparecer. A pesar de ello, Camus daba su mejor esfuerzo en la arena y en los ejercicios. Estaba tan cerca de alcanzar su meta que decidió no dejarse vencer por un simple dolor muscular.

Tras una semana de práctica en el Okton, les fue posible correr por la pista con cuatro jinetes al mismo tiempo. No había sido sencillo. Cada uno tenía que estar constantemente al pendiente de lo que hacían sus compañeros. No bastaba con enfocarse en las curvas del camino, ni mucho menos en lo que hacía el hombre frente a uno. La seguridad de los jinetes y sus caballos dependía de decenas de factores y si un solo hombre se descuidaba podía ocasionar un severo accidente.

Con solo cuatro jinetes en la pista y sin siquiera haber comenzado a entrenar con lanzas, aún tenían mucho camino por recorrer. Sin embargo, Camus estaba cada día más convencido de que pronto podrían participar en un Okton real sin poner a los demás o a sí mismos en peligro.

Por supuesto, su intenso entrenamiento no pasó desapercibido para la mayoría de sus compañeros y, para el sexto día de la semana, todos parecían saber o sospechar a qué dedicaban sus tardes. A esas alturas, a Camus poco le importaba haber sido descubiertos. Sin planteárselo declararon una sección del patio como suya y mientras tuviesen a Aldebarán a su lado, nadie se atrevería a quitarles su zona de entrenamiento. Si bien algunos hombres comenzaron a practicar por su cuenta, lo hacían en otros patios o a otros horarios. Podían hacer cuanto quisieran. Camus sospechaba que pocos equipos tendrían a hombres tan experimentados como Milo o Aioria.

La llegada del séptimo día no trajo consigo el esperado alivio. Los hombres se levantaron tan temprano como siempre y dedicaron cinco horas al entrenamiento para el Okton. No interrumpieron sus ejercicios hasta que el sol llegó a su cénit y comenzó a hacer demasiado calor como para cabalgar. Además, Camus necesitaba ir a la ciudad. El sastre le había prometido tener al menos tres camisas y un pantalón listos para ese día y Camus necesitaba urgentemente el cambio de guardarropa. Estaban próximos a la segunda mitad de la primavera y la temperatura ascendía con cada día que pasaba.

Camus no era el único con pendientes en el pueblo, puesto que Aioria necesitaba recoger los guantes para montar que comisionó la semana anterior. Milo no tenía nada en especial para hacer, mas no iba a dejar pasar la oportunidad para distraerse (ni de comprar más dulces). Por otro lado, Mü y Aldebarán decidieron permanecer nuevamente en el castillo. Aunque Camus se admitió sumamente curioso ante la insistencia de permanecer acuartelados, no se atrevió a cuestionarles. La amabilidad de Mü tenía un límite y Camus no estaba dispuesto a sobrepasarlo.

Después de guardar a los caballos y de darse un rápido baño, Aioria, Milo y Camus comenzaron, al fin, a disfrutar de su día libre y se dirigieron a la ciudad.


La tarde avanzaba y, con el fin de llegar a las tiendas antes de que las cerrasen, los hombres se dirigieron con rapidez a la calle principal. El local más cercano al castillo era el peletero y, por ende, fue a quien visitaron primero.

Los guantes que solicitó Aioria cumplían con todas sus expectativas. Camus notó que, si bien el diseño no era precisamente de buen gusto (o, más bien, no era de su gusto), estaba bien trabajado. Camus sabía que sus propios guantes no durarían un año más y era reconfortante saber que existía al menos una buena opción para reemplazarlos.

Al salir del peletero, los hombres iniciaron su camino a la sastrería. Para ello, era necesario que avanzaran por la calle principal, la cual seguía repleta de tenderos que buscaban terminar con su mercancía. Dos calles antes de la sastrería, llegaron a una parte especializada en hierbas y flores. La semana anterior Camus no le prestó más atención que a otros lugares, pero ahora había algo que resaltaba sobre los manojos de plantas.

—Oh no —susurró Milo parándose en seco. Camus sonrió y observó con atención a Aioria para ver el momento exacto en el que viera lo que había frente a él.

Tal y como el pelirrojo esperaba, Aioria ojeaba las ofertas de los vendedores hasta que sus ojos se detuvieron en cierta figura que regateaba un manojo de camomila (o algo que se le parecía).

—¡Shaka!

El aludido alzó la mirada con genuina sorpresa, la cual se convirtió en molestia al reconocer a Aioria. El akielense prácticamente empujó a la gente a su alrededor para llegar a lado del rubio, quien pagó con rapidez al tendero y guardó sus compras en una gran bolsa de papel.

Milo y Camus decidieron seguirle, si acaso para evitar que Aioria hiciese algo tan estúpido que culminara en su asesinato.

—Aioria —murmuró Shaka una vez que fue alcanzado por el castaño.

—¡Es tan raro verte por aquí, Shaka! Creo que nunca te había visto fuera de tu estudio.

Shaka apretó los labios con irritación.

—Soy afortunado.

El akielense de Shaka parecía más burdo que lo usual y Camus sospechaba que la brusquedad en su tono se debía más a su interlocutor que al hecho de que apenas conocía algunas frases del idioma.

—¿Qué haces? ¿Compras ingredientes para tus medicinas? Se ve que la bolsa está pesada. Puedo ayudarte a llevarla hasta el castillo.

Shaka exhaló lentísimamente y Camus no se habría sorprendido si hubiese salido humo de su nariz. Mordió su labio inferior sin saber qué disfrutaba más: la inocente efusividad de Aioria, o la molestia del médico. Al final, optó por lo último. Tal vez se había resignado a tener a un hijo ilegítimo como médico en la Guardia, pero eso no quería decir que estuviera más cerca de agradarle.

Para denotar lo poco que necesitaba a Aioria, Shaka sujetó la bolsa con solo una de sus manos. Lo único que contenía eran pequeños ramos de hierbas secas e incluso alguien tan delicado como él podría cargarla sin problemas.

—Entonces puedo hacerte compañía de regreso al castillo —implacable, Aioria insistió.

—No he terminado.

—¿Puedo ayudarte a regatear con los vendedores akielenses? —las últimas palabras de Aioria prácticamente brotaron como una súplica.

—¿Regatear?

—Podrás ahorrar más de un leptón —respondió Aioria mientras hacía una seña que significaba dinero.

Camus estuvo seguro de que Shaka volvería a rechazar a Aioria, puesto que su boca se alistó para lanzar una nueva grosería.

—¿No estorbarás? —Camus y Milo abrieron ampliamente los ojos al escuchar las palabras de Shaka quien, inesperadamente, reconsideró las ventajas de un traductor.

Por su parte, Aioria sonrió amplísimamente, tanto que Camus creyó ver un sutilísimo movimiento reflejo en la comisura de los labios de Shaka. Por supuesto, la incipiente sonrisa nunca llegó a tomar forma, pero Camus comenzó a sospechar que, tal vez, algún día lo haría.

En definitiva, la gente era muy extraña.

—Lo siento, muchachos —Aioria se dirigió a sus compañeros—. No podré acompañarlos a la sastrería.

—Procura no hacer una estupidez —suplicó Milo.

—¡Lo mismo digo! —le guiñó el ojo y dio la media vuelta para escoltar al médico.

Milo frunció el ceño y estuvo a poco de preguntarle a qué se refería con eso. No obstante, en cuestión de segundos Shaka y Aioria se perdieron entre la muchedumbre.

—Parece ser que los esfuerzos de Aioria están dando frutos después de todo —comentó Camus.

—Eso, o al médico no le pagan lo suficiente para comprar los materiales que necesita.

—Lo dudo. Si odiase tanto a Aioria como aparenta, habría preferido robar los ingredientes antes de aceptar pasar la tarde con él.

Milo se cruzó de brazos, canturreó una aguda tonada y asintió.

—Creo que tienes razón. Y pensar que lo único que tenía qué hacer Aioria era acosarlo al borde de la locura —exageró.

—Quizá si el médico huye de él es solo porque le gusta ser perseguido.

El rubio arrugó la nariz y frunció el ceño.

—¿Es esa una costumbre vereciana?

—Te gustaría saber eso, ¿no es así?

Feliz tras lanzar la enigmática pregunta al aire, Camus sonrió y prosiguió su camino hacia la sastrería. A Milo le tomó varios segundos darle alcance.

Gracias al cielo, el sastre cumplió con lo acordado y le pudo entregar tres camisas, un pantalón a la medida y otro ajustado. No era mucho, pero sería suficiente para aliviarle del calor hasta que el resto de su ropa estuviese lista.

Justo cuando salían de la tienda, Milo cometió el error de mirar un traje de gala por más de cuatro segundos y el sastre creyó que lo único que tendría qué hacer sería insistir cinco veces antes de que el rubio accediera a probarse el traje de muestra.

Gracias al cielo, Milo estaba más que satisfecho con su propio guardarropa, y en cada oportunidad rechazó la barbárica idea de cubrir sus fuertes piernas con unos aburridos pantalones. Sin embargo, acabó por ceder por una estola color escarlata que costaba lo mismo que tres camisas juntas.

—Para mi madre —explicó Milo mientras el asistente se encargaba de empacar la estola—. Podrá envolverse dentro de ella y fingir que es una manzana.

Camus no supo si Milo estaba hablando o no en serio, por lo que optó por callar. Mientras el otro pagaba al sastre con una pesada moneda de plata, Camus hizo una anotación mental para escribirle a su propia madre. Le gustaría escuchar sus progresos en la Guardia, así como su cercanía con un aristócrata de la vieja capital.

Una vez que terminaron sus deberes, los hombres pagaron al asistente del sastre para que llevase sus cosas al castillo, mientras que ellos regresaron a la calle principal. Aún tenían tres horas antes de tener que regresar al castillo y Milo propuso que fueran a cenar.

—Solo que no sea en Les Nomades. Temo que la estola me ha dejado en dificultades económicas por un tiempo —Camus tuvo intención de decir que él podría pagar por la cena, mas Milo se lo impidió—. ¿Te gustan los mariscos? En el muelle hay varios puestos de comida buena y económica.

Camus sopesó las palabras de Milo por largo tiempo. En todo ese tiempo, jamás recapacitó en la condición de Marlas como ciudad portuaria. Sabía que lo era (por supuesto), pero en ningún momento consideró la posibilidad de conocer el mar, ni mucho menos la de caminar por el muelle. Llegó a Marlas con demasiadas preocupaciones en la cabeza como para reflexionar en los aspectos geográficos de la ciudad. Además, tras pasar casi toda su vida en la provincia de Alier —la cual carecía de costa—, era comprensible que pusiera de lado un concepto que le era tan ajeno como el océano.

—¿Ocurre algo? —preguntó Milo cuando Camus no respondió en mucho tiempo—. ¿No te gustan los mariscos?

Camus sintió un tenue calorcillo en sus mejillas. Carraspeó abochornado y negó con la cabeza mientras caminaba hacia la costa.

—No es eso. Me gusta el pescado.

—¿Solo el pescado? —la pregunta de Milo no tenía el afán de cuestionarle, sino de identificar qué es lo que le había hecho reaccionar así—. Si lo prefieres, podemos-

—Solo he probado el pescado y algunos crustáceos. Es difícil conseguir mariscos frescos en Alier.

Camus supo el momento exacto en el que Milo comprendió lo que pasaba. Su preocupado rostro se tornó en una emocionada sonrisa y casi al momento comenzó a empujarle por los hombros.

—¡No conoces el mar! ¡Descuida! ¡No hay mejor momento como el ahora! Yo también he estado lejos del mar desde hace tiempo, ¿sabes? Aunque Mellos sea una provincia costera, todas mis campañas han sido tierra adentro.

—Vayamos, pues —rio Camus mientras se dejaba guiar por el akielense.

Camus desconocía el verdadero tamaño de Marlas y caminaron por mucho más tiempo del que hubiese esperado. Fue tras un cuarto de hora que las gaviotas comenzaron a hacerse más abundantes y el aroma a sal más pungente que Camus supo que estaban próximos a llegar. A diferencia de lo que esperaba, la aparición del mar Ellosean no fue una revelación súbita y maravillosa. Por el contrario; brotó lentamente, como un amanecer que tiene que sortear la sombra de las montañas antes de prodigar su luz por el valle frente a él. En varias ocasiones alcanzó a reconocer un poco del mar, pero los edificios de la ciudad no le daban tiempo suficiente para diferenciarlo del cielo. Camus no percibió la inmensidad del mar hasta que, finalmente, dejaron la zona residencial y llegaron al puerto.

Lo primero que Camus reconoció fue el retumbar de las olas que, rítmicas y pausadas, se estrellaban contra el malecón. Ni siquiera los gritos de los marineros que desembarcaban en un muelle cercano acallaban el grave y cadencioso sonido de las olas, mientras que la brisa canturreaba a su lado y acentuaba la imponencia del mar que se presentaba ante él.

Lo segundo que Camus notó fue que, a pesar del constante batir de las olas, el mar se encontraba sumamente tranquilo. Los barcos anclados frente a los muelles se mecían con una languidez que en nada se parecía a las historias de mares embravecidos relatadas por su tío. Camus deseó que pronto llegase el otoño para conocer el verdadero poderío del mar. (Estuvo seguro de que se arrepentiría de su deseo a la llegada del primer huracán.)

El vereciano tomó una larga bocanada de aire y reconoció el sabor a sal en su garganta. Sonrió sin darse cuenta y obligó a su cuerpo a salir de su ensimismamiento para acercarse un poco más al borde del malecón. Desde ahí, pudo observar a decenas de crustáceos caminando por las negras piedras que soportaban la construcción y divisó a un trío de muchachitos pescando sin preocuparse por las muchas gotas de agua que comenzaban a mojar sus ropas.

Permaneció en esa posición por largo rato, saboreando cada detalle del escenario frente a él. Se hubiese quedado ahí hasta que el sol se ocultara y fuese incapaz de discernir entre el cielo y el mar de no ser porque fue interrumpido por una gentil mano que acomodó un mechón de su cabello por detrás de su oreja.

Camus parpadeó lentamente y tornó su atención a Milo, quien estaba tan absorto en él que el pelirrojo tuvo que desviar la mirada.

—Yo —tartamudeó Milo al percatarse de lo que había hecho—, lo lamento. No era mi intención molestarte.

—Descuida. Fue mi culpa por quedar tan absorto. Es solo… —frunció el ceño—. Uno escucha historias, ¿sabes? Habla con marineros o lee odas al mar, pero ni mil palabras comenzarían a describir lo inmenso que es.

Milo asintió.

—Es en momentos como este que creo entender un poco más lo que había en la mente de mi padre. Mi verdadero padre —aclaró—. Debe ser increíble navegar, anidar en cualquier puerto, sea seguro o no, y conocer más allá de los cuatro reinos.

—No sé si me atreviera a tanto —dijo Camus—. Ni siquiera sé nadar.

En ese momento, Milo le miró como si le hubiese dicho que jamás había aprendido a caminar. Tomó su mano entre las suyas y le miró con una seriedad que poco armonizaba con los descontrolados rizos que se movían a capricho de la brisa.

—¡Tengo que enseñarte! Ahora estamos demasiado ocupados, pero lo haremos en cuanto entremos a la Guardia.

Camus tenía que admitir que estaba algo nervioso por la invitación. No se imaginaba a sí mismo sumergiendo su cuerpo en una masa de agua tan inmensa. Sin embargo, sabía que el Príncipe y el Rey requerirían viajar constantemente a las viejas capitales y no habría mejor modo para hacerlo que en barco. ¡Definitivamente no se subiría a uno de esos sin al menos saber flotar! Además, le intrigaba cómo era que los akielenses nadaban. ¿Entrarían desnudos al agua o preferirían hacerlo con sus blancos y cortos quitones? Ambos prospectos le emocionaban.

—De acuerdo. Solo no esperes que nade desnudo —el hecho de que quisiera ver a Milo así, no quería decir que él estuviese dispuesto a desnudarse en público.

Milo arqueó la ceja izquierda y entreabrió la boca con sorpresa.

—¿Entonces cómo habrías de hacerlo?

Camus rio de buena gana y, sin soltar la mano de Milo, comenzó a caminar por el malecón.

—Ven. Muéstrame estos puestos que tanto te gustan.

Milo accedió al momento y, juntos, iniciaron su recorrido por la costa.