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Guardias Reales

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Capítulo 18

Cuando Camus dio su primera vuelta por la pista del Okton, se sorprendió a sí mismo de lo fácil que resultó. La técnica requerida se asemejaba a la de las avanzadas de caballería. Era necesario buscar un ritmo, un galope certero y acompasado que permitiera un avance rápido, pero estable. Camus había combatido en suficientes batallas como para encontrar aquel punto sin problemas y sonrió con satisfacción cuando inició su segundo recorrido por la pista. Si bien las curvas eran cerradas, tenían el ángulo adecuado para permitirle un paso sin mayor complicación. Asimismo, la distancia a recorrer era lo suficientemente larga como para evitar que sintiera vértigo o que su caballo corriese el riesgo de tropezar. Sin duda, la pista fue construida para asegurar la seguridad de los participantes y, pensaba, lo único que tendría que hacer para hacer un buen papel en el Okton sería dominar el tiro de lanza. Camus salió de la pista tras dos vueltas y entonces fue el turno de Mü, quien dominó el recorrido después de su tercer intento.

El noble guio su caballo fuera de la pista, donde fue recibido por Aldebarán.

—Bien hecho —dijo mientras acariciaba el cuello del animal—. Lo hacen ver fácil.

—No es precisamente sencillo —admitió Mü—. Temo pensar cuánto se complicará cuando haya más jinetes en la pista.

Aioria asintió y se acercó a su yegua palomino. Las antorchas de la muralla del castillo iluminaron la piel del animal que, esbelto y elegante, parecía brillar por sí mismo con el color del cobre. Su crin era especialmente clara y Camus supuso que el amor de Aioria por criaturas rubias se extendía hasta los establos. Mejor para él, pensó, con el paso al que iba, montar aquel caballo sería lo más cercano que estaría de yacer con Shaka.

—Mü tiene razón —dijo Aioria mientras montaba su yegua—. El verdadero reto del Okton no son las lanzas, sino el resto de los competidores. ¿Milo? —el aludido asintió—. Indícales cuándo deben incorporarse.

Aioria asió las riendas de la yegua y comenzó su carrera hacia la pista. Camus y Mü se prepararon mientras Milo y Aldebarán observaban la escena con atención.

—¿Mü? —dijo el rubio—. Lo mejor será que tú te incorpores primero.

—De acuerdo.

Milo dio la señal de salida justo cuando Aioria llegó a la intersección de la pista. Mü se incorporó a la carrera y pasaron varios minutos antes de que pudieran adaptarse al nuevo ritmo. Aioria procuraba mantener la misma velocidad en todo momento, lo cual dificultaba el avance de Mü, quien se retrasaba algunos segundos durante las curvas más pronunciadas. Afortunadamente, después de largo rato Milo supo que era hora de introducir a un nuevo jinete. Lanzó un grito para alertar a Aioria y a Mü y el primero disminuyó su velocidad para cerrar espacio con el segundo y cederle a Camus un área de entrada.

Camus dirigió su caballo al punto de salida e inició su cabalgata a la señal de Milo. Al igual que antes, tuvo que pasar un tiempo para que pudiesen adaptarse al nuevo compás. No era solo cuestión de mantener la velocidad constante, sino de jamás perder de vista a los otros jinetes. Camus afianzó su agarre en las riendas, había comenzado a sudar y no tardó en sentir el palpitar de su corazón. Le impresionó descubrir cuánto aumentaba la dificultad del ejercicio al tener tres jinetes en la pista. No quería ni imaginarse lo que costaría añadir uno más. Se preguntó cuántos jugadores participarían en el torneo. ¿Cinco? ¿Seis? Quizá sería un caso extraordinario e intentarían introducir ocho jinetes a la pista. Aquello sería un riesgo totalmente innecesario.

Camus estuvo seguro de que el Príncipe disfrutaría enormemente del tortuoso espectáculo.

Aquel pensamiento le hizo atrasarse levemente, por lo que espoleó su caballo y retomó el ritmo.

Los hombres realizaron cinco vueltas sin mayores complicaciones hasta que el caballo de Mü vaciló en la intersección. El titubeo duró apenas unos segundos, pero fueron suficientes para que Camus previera una colisión y virara su caballo antes de que lo peor ocurriera.

Sorprendido por el inesperado cambio de dirección, la criatura relinchó con fuerza y dio un pequeño salto que hizo que Camus perdiera el equilibrio y cayera de su montura. Afortunadamente, el pelirrojo era un jinete experimentado y pudo caer sin hacerse demasiado daño. Su caballo, bien entrenado para la guerra, recuperó prontamente el control y se colocó a su lado, listo para recibir nuevamente a su amo en la silla de montar.

Camus agitó su cabeza y cerró con fuerza los ojos. Un fuerte dolor en su brazo izquierdo le impidió incorporase, mas exhaló con alivio al confirmar que era el único malestar que sentía. Le tomó tiempo reconocer la voz de Milo llamando su nombre.

—¿Te encuentras bien? —Milo le ayudó a sentarse en la cama de arena y aserrín y Camus no pudo evitar sentirse como un estúpido por permitir que le viesen en tan patética condición—. ¿Camus? ¿Me escuchas?

El pelirrojo gruñó y puso su mano derecha sobre el hombro de Milo con esperanza de tranquilizarlo. Infortunadamente, una oleada de vértigo casi le hizo caer de espaldas y, sin planearlo, sujetó al rubio con tanta fuerza que le preocupó aún más.

—Lo llevaré con el médico —le escuchó decir y Camus sintió que el calor ascendía por sus mejillas. ¿Sería Milo lo suficientemente fuerte como para cargarle hasta la oficina del médico? Comenzó a preguntarse cómo se sentiría su cuerpo apresado entre sus fuertes brazos.

Camus dejó escapar un largo gemido de dolor y anhelo y, después de tomar una gran bocanada de aire, logró controlarse a sí mismo.

—Estoy bien, no es nada —aseguró aún sin alzar la mirada.

—Lo lamento, Camus —aquella era la voz de Mü—. Ha sido mi culpa.

El pelirrojo negó con la cabeza y, finalmente, abrió los ojos.

—No debí haber tirado de las riendas de un modo tan brusco. Ha sido un accidente.

—De cualquier forma, debo llevarte al médico —insistió Milo.

—No es necesario —no sin esfuerzo, Camus logró ponerse de pie. Realizó algunos pequeños movimientos y comprobó que no tuviese algún hueso roto. Afortunadamente, el único dolor que sentía en su cuerpo provenía de su brazo. Parte de la manga de su chaqueta y camisa se habían roto y dejaban ver un ancho raspón en su pálida piel—. Solo necesito limpiar y cubrir la herida. Estaré como nuevo en la mañana.

—Pero-

—Ustedes sigan practicando —interrumpió a Milo—. Todavía deben tener más de cuarenta minutos antes de que se apaguen las antorchas.

—Es cierto —concordó Aldebarán—. Tienen que aprovechar su tiempo al máximo.

—Entonces te acompañaré a las barracas.

En otra situación Camus se habría regodeado por la preocupación de Milo, pero en esos momentos lo único que quería era estar solo. Jamás se perdonaría por haber sido el primero en caer durante el entrenamiento y lo menos que necesitaba era tener a su lado a la única persona a la que quería impresionar.

—No. Necesitas quedarte aquí para ser el tercer jinete.

—Vamos, Milo —la voz de Aioria era insistente, aunque Camus reconoció que aún quedaban rastros de su nerviosismo por el accidente—. Dijo que estaría bien. Te necesitamos.

Milo entreabrió la boca y por varios segundos Camus temió que lo llevaría a rastras al dormitorio. Afortunadamente, terminó por juntar sus labios y asentir.

—De acuerdo, de acuerdo. Pero prométeme que irás con Shaka si llegas a sentirte mal.

—¡Si te sientes mal, prométeme que me llevarás con Shaka! —gritó Aioria mientras montaba a su yegua.

Camus frunció el ceño por las imprudentes palabras de Aioria, pero sintió sus facciones suavizarse cuando tornó su atención hacia Milo.

—Lo prometo.

Solo entonces Milo mostró su alivio con una pequeña sonrisa y aceptó continuar con el entrenamiento.


El dolor en el cuerpo de Camus acrecentó conforme pasó el sobresalto por la caída. A pesar de que se encontró con pocas personas de regreso a los dormitorios, le fue difícil caminar sin delatar sus lesiones. De lo único que estaba agradecido era que Milo no estaba ahí para ver su patetismo y que pudiese caminar con la suficiente normalidad como para no evidenciar el dolor en sus caderas.

Después de varios tortuosos minutos, finalmente llegó frente al dormitorio. Estaba seguro que la mayoría de sus compañeros estarían todavía en la cena, por lo que entró a la habitación sin reparos y haciendo más ruido del necesario. Sin embargo, no alcanzó a dar un paso al interior del dormitorio cuando se percató que no solo las antorchas ya se encontraban encendidas, sino que había alguien más recostado en el camastro más cercano a la puerta.

Se trataba de Afrodita, quien había dejado atrás su elegante traje de entrenamiento y ahora portaba una bata para dormir del color de la lavanda. Había arreglado su cabello en una cola de caballo alta y Camus reconoció un suave tono rosado sobre sus párpados. Fue una suerte que estuviese tan sorprendido de encontrarle ahí, de lo contrario habría rodado los ojos al verle arreglado de un modo tan sugestivo. Parecía ser que el cortesano había olvidado que se encontraba en unas barracas y no en los jardines de algún palacio.

—Mmm… —Afrodita alzó el rostro y, tras reconocer al recién llegado, frunció el ceño e hizo un exagerado mohín—. Eres tú.

—¿No deberías estar cenando?

—Podría preguntarte lo mismo. ¿Te cansaste de jugar con tus amiguitos?

Camus tragó saliva e hizo acopio de toda su fuerza para caminar sin que Afrodita sospechase del dolor de su cuerpo. De cualquier forma, sus acciones fueron en vano, ya que aún tenía que curar la lesión de su brazo. Resignado, avanzó hacia una de las piletas de agua, mojó su pañuelo y caminó hacia su camastro mientras desataba los lazos de su ropa.

No tuvo que alzar la mirada para saber que el desencantado rostro de Afrodita se tornó en una pícara sonrisa.

—¿Oh? ¿Entrenando a esta hora de la noche? Qué trabajador…

—Si quiero formar parte de la Guardia, necesito dar mi mejor esfuerzo —aseguró una vez que dejó su chaqueta y camisa sobre la cama. Tomó asiento en la misma y comenzó a lavar su herida.

—Quizá, pero no llegarás muy lejos si sigues lastimándote en los entrenamientos.

—Tú tampoco lo harás si sigues comportándote como un cortesano cualquiera —espetó con crudeza—. ¿O acaso no estás aquí para demostrar que eres más que eso?

Afrodita se puso de pie con una felina sonrisa en su rostro, caminó hacia el camastro de Camus y se tomó la libertad de recostarse en él. Aunque el angosto colchón apenas le permitió descansar su pecho y parte de sus muslos, su traviesa sonrisa no dio indicación de que la postura fuese incómoda en lo más mínimo.

—Eres Camus, ¿no es así? —canturreó—. Comienzo a entender por qué Mascarita dice que eres de los pocos aspirantes con cerebro.

—Me gustaría poder decir lo mismo de él —murmuró de mala gana.

De cierta forma, no se sorprendió al escuchar una aguda carcajada por parte de Afrodita.

—Lo sé, lo sé. Es un idiota —a Camus no le pasó desapercibido el gentil timbre de su voz—, pero tiene buen ojo para las cosas hermosas. Dijo que tú también lo tenías. Dijo que eras el hijo de un mercader, que vienes de la provincia de Alier.

—Lo soy.

Para ese entonces Camus había terminado de limpiar su herida y comenzó a cubrirla con un ungüento que guardaba en su mochila. Era una receta herbal recomendada por su tío y era tan buena para aliviar el dolor que se aseguraba de nunca empezar una campaña sin ella.

—¿Hum? —Afrodita giró su cuerpo para quedar recostado boca arriba. Su voz se tornó sensual e incitante y Camus comprendió hacia dónde se dirigía la conversación—. ¿Y qué es lo que comercia tu familia?

—No te molestes —dijo—. El estatus del hijo de un mercader no se compara con el del hijo de un kyros.

—Antiguo kyros —corrigió.

—En dado caso, yo soy un antiguo hijo de mercader. Podrás ver que he decidido dedicarme a otra profesión.

—Por ahora —aseguró mientras se hincaba a espaldas de Camus—. Después de todo, si eres elegido para la Guardia y juegas bien tus cartas, podrías recibir un título nobiliario en menos de dos años. ¿Te imaginas qué tanto se expandiría el negocio de tu familia con el poder y dinero de un lord?

Camus puso a un lado el pensamiento de que ese era precisamente el plan de sus padres.

—Mi único deseo es servir al Rey y al Príncipe.

Afrodita bufó, mas optó por no burlarse su estudiada respuesta.

—De cualquier forma no me has respondido. ¿Qué es lo que comercian? —viró el rostro y se encontró con la chaqueta de Camus. No la estudió por más de cuatro segundos cuando frunció el ceño y apretó los labios—. Mascarita cree que tu familia se dedica a vender telas, pero es obvio que se equivoca. Tu ropa pasó de moda hace más de dos años.

Camus rodó los ojos y se alzó de hombros. La curiosidad de Afrodita le irritaba tanto como le preocupaba. Si el hombre descubría a qué se dedicaba su familia, jamás lograría quitárselo de encima.

—Venden vegetales —mintió.

En un sorpresivo arranque de familiaridad, Afrodita picó a Camus en las costillas.

—¡Obvio no! Eres demasiado elegante para eso. Apuesto a que venden algo refinado y costoso —dijo con emoción—. ¿Libros?

A Camus le sorprendió la conclusión del cortesano. Si bien su teoría estaba lejos de la verdad, no podía evitar pensar en los cientos de libros de la biblioteca de sus padres. Casi todos pertenecían a su tío Dégel, quien dedicaba la mayor parte de su tiempo en el monasterio a hacerse de más y más obras.

—¡Oh! ¡Entonces son libros! —afortunadamente, Afrodita malinterpretó el silencio de Camus—. ¡Entonces es una excelente idea ser parte de la Guardia! ¡Al Príncipe le encantan los libros! ¡Te ascenderá en un santiamén!

Camus pensó que si Afrodita se sentía con derecho a hurgar en su privacidad, él debía pagarle con la misma moneda.

—Ahora que lo recuerdo, Mü nos dijo que serviste al Príncipe. ¿Es cierto o fue solo un rumor que corriste en la corte para llamar la atención de los lores?

Emocionado por la pregunta, Afrodita puso sus manos sobre los hombros de Camus e inició un rápido bailecito sobre sus rodillas.

—Un poco de esto, un poco de aquello. Tan solo llevaba algunos rumores a oídos del Príncipe. Soy muy bueno para hacer que los hombres suelten la lengua, ¿sabes? En varios sentidos…

—Dicen que asesinaste a algunos de sus enemigos.

—¡Coincidencias, te lo aseguro! —dijo con un tono muy poco convincente—. Yo no tengo la culpa de que la gente se muera —descansó su barbilla sobre el hombro de Camus—. Si lo quisieras, podría presentarte ante su alteza. Si colaboramos, tú podrías venderle todos los libros del mundo y yo podría recibir una buena tajada de las ganancias.

—Te aseguro que no necesito ayuda para que la mercancía de mis padres se venda.

El cortesano estuvo a punto de insistir, pero justo en ese momento Milo entró al dormitorio. Confundido, el akielense observó la escena por varios segundos; Camus no tenía que ser un genio para adivinar qué era lo que pasaba por su mente. Después de todo, tenía a un antiguo cortesano prácticamente abrazándolo por la espalda. Si bien en Vere aquella situación no representaría un contacto íntimo, sabía que en Akielos las cosas podrían interpretarse de modo diferente.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Milo en akielense.

—Afrodita intenta sacarme dinero —respondió con presteza.

—¡Oh! ¡Ya veo! —exclamó Afrodita mientras se separaba de Camus—. ¡Te gustan los musculosos!

Afrodita no esperaba que Milo pudiese entender vereciano, pero rio con gusto al ver su abochornada reacción.

Como si la situación no fuese lo suficientemente incómoda, Máscara de la Muerte hizo acto de presencia justo en ese momento.

—¡Lo siento! —dijo sin prestar atención a Milo o a Camus—. El herrero me encontró en el pasillo y me hizo perder el tiempo con sus quejas. ¡Tuve que empujarlo para que me dejara seguir!

Afrodita se puso de pie y le tomó de la mano. Un cómico puchero decoraba su rostro.

—Y yo que comenzaba a creer que te habías aburrido de mí —dijo—. Ven. Ya no tenemos mucho tiempo.

Juntos, los hombres se dirigieron al camastro más lejano a la entrada.

—Tanto descaro —gruñó Milo—. ¿Eso normal en Vere?

—Creo que nada en esos dos es normal en Vere o Akielos…

Milo concordó.

—Al menos son silenciosos —meneó la cabeza y, queriendo fingir que no había nadie más en la habitación, tomó asiento a lado de Camus—. ¿Cómo sigues?

—Te dije que estaría bien —justo terminaba de vendar su herida—. Para todo esto, ¿qué haces aquí?

Las orejas de Milo se tiñeron de rojo.

—No podía concentrarme y Aioria me mandó a buscarte. Dijo que era un peligro tenerme en la pista.

—Lamento haber perturbado tu entrenamiento.

—Está bien. Nos recuperaremos —de golpe, Milo se interrumpió a sí mismo, alzó ambas cejas y entreabrió su boca.

—¿Milo?

El aludido tardó varios segundos en reaccionar y, cuando lo hizo, sus orejas se enrojecieron aún más y comenzó a remover con sus nerviosas manos la descartada camisa de Camus.

—¿No tienes frío? Ya acabaste de curarte, puedes volver a ponerte la camisa.

Apenas en ese momento Camus comprendió la extraña reacción de Milo. El hombre estaba tan acostumbrado a verle con sus varias capas de ropa y lazos que debió sorprenderse al verle semidesnudo. Después de todo, una cosa era compartir el baño con decenas de hombres desnudos y otra estar (casi) a solas con el semidesnudo hombre de tu interés.

Satisfecho, pero cansado y adolorido, Camus asintió y tomó de su morral una camisa para dormir.

—Me temo que esa ya no servirá de mucho. De cualquier forma, pronto será hora de dormir.

Agitado, Milo asintió varias veces y, sin voltear a ver a Camus, se dirigió a su propio camastro.

—Tienes razón. Estoy exhausto. Iré a dormir ahora mismo.

Apenas aguantando la risa, Camus le deseó las buenas noches, se cambió de ropa y se metió bajo el cobertor de su camastro.

Por largo rato se preguntó si Milo habría logrado dormir o si seguía pensando en él y en su pecho desnudo.

A pesar de su cansancio, tuvieron que pasar varios minutos después de que llegaran sus compañeros y apagaran las luces para que Camus pudiese conciliar el sueño.