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Guardias Reales

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Capítulo 17

Camus tenía que admitir que ver a Afrodita sentado justo en el centro del comedor era una experiencia fascinante. Finalmente se había desecho de la gastada túnica que le había cubierto el día anterior y ahora mostraba un fino traje color blanco y rosado con cintas que abrazaban estrechamente su fina cintura. Más de media docena de soldados revoloteaban a su alrededor y el hombre, consciente de su efecto sobre los demás, no erraba en lanzar las sonrisas y miradas más seductoras a aquellos que parecían estar a punto de alejarse para hacer algo menos productivo como desayunar y no morir de hambre. Afrodita sujetaba a los soldados con hilos invisibles, como insectos en una telaraña, solo que estos parecían estar totalmente inconscientes del peligro en el que se encontraban. A Camus le parecía que la única persona alrededor de Afrodita que sabía exactamente lo que estaba pasando era Máscara de la Muerte. Mientras Afrodita únicamente les dedicaba miradas y sonrisas a los demás, era el akielense el que disfrutaba de guiños e incluso de caricias. Estaban sentados tan juntos que un poco más haría que Afrodita estuviese sobre las piernas de Máscara de la Muerte, un lugar privilegiado y sumamente cercano a la bolsa de monedas del moreno.

—De acuerdo, Mü —la voz de Aioria sacó a Camus de su ensimismamiento—. Es hora de que nos hables sobre cómo conociste a Afrodita.

Mü asintió antes de mover a un lado sus platos vacíos.

—Como dije ayer, no es una larga historia. Él y yo coincidimos en la corte de Arles poco antes de la rebelión del Regente. En ese entonces Afrodita era uno de los cortesanos más afamados de la corte. Atendió a varios de los hombres más importantes de Arles; hubiese sido imposible para mí no conocerlo.

—No me sorprende que haya sido cortesano —admitió Camus—. Claramente es un profesional.

—¿Qué hará alguien como él entre soldados? —Aioria señaló a Afrodita con el pulgar con un tono más incrédulo que despectivo.

—Dijo que ser parte de la Guardia sería un camino rápido para formar parte de la corte —respondió Milo—, pero ser cortesano me parece una vía mucho más eficiente. No tengo duda de que un hombre como él podría convertirse en lord si así lo deseara.

—Eso quiere decir que hay algo más que lo ha traído a las barracas. ¿Qué podrá ser?

—Admito no estar del todo seguro, Aldebarán —respondió Mü—. Sin embargo, existía un rumor en la capital.

Intrigados por las palabras de su compañero, Aldebarán, Aioria, Milo y Camus cerraron la distancia entre ellos. Camus se habría reído del infantil comportamiento de no ser porque su curiosidad pudo más que su decoro.

—Se decía que Afrodita era un favorito del Príncipe.

Un ahogado sonido se escapó de los labios de todos los hombres a excepción de Milo.

—Imposible —susurró—. Alguien como el Príncipe no yacería con un hombre que no compartiera su nobleza.

—Con eso Milo quiere decir que el Príncipe no estaría con alguien como Afrodita porque no es de su tipo —aclaró Aioria—. Le gustan los morenos, ¿saben?

Camus meneó la cabeza y comenzó a reconsiderar lo absurdo de la situación. ¡Apenas ayer retaba a Máscara de la Muerte por hablar de la vida privada del Príncipe y ahora cotilleaba con sus compañeros como si aquel asunto fuese de suma importancia!

—No me refería a eso —la sombra de una sonrisa se asomó por los labios de Mü—. Se decía que Afrodita era su espía, que se acostaba con los nobles para obtener información que pudiera ayudar al Príncipe a defenderse contra el Regente —dudó—. Incluso corrió el rumor de que Afrodita era en realidad un asesino que buscaba proteger al Príncipe de sus enemigos.

—¿Será eso cierto? —preguntó Aldebarán mientras observaba a Afrodita con detenimiento. Camus supuso que el hombre llegaría a la misma conclusión que él: Afrodita podría no ser un asesino, pero definitivamente tenía el potencial para serlo.

—Si bien hubo un par de muertes inusuales en la corte, no estaban relacionadas directamente con Afrodita. Aun así, sirvieron como leña para los rumores —entrecerró los ojos—. Si al menos una parte de las habladurías son ciertas, sospecho que Afrodita está aquí por lealtad al Príncipe. Además, estar entre nosotros le permitirá mostrar su valía como soldado. Su importancia en la corte dependerá no solo del Príncipe, sino que también en la forma en la que lo vean los demás.

—Un cortesano no deja de ser cortesano aún con todos los títulos del mundo —concordó Camus—. Si posee habilidades en el campo de batalla obtendrá el respeto de gran parte de la corte.

—La pregunta es —interrumpió Mü—, ¿qué tan valioso será en el campo de batalla?

Camus sonrió de medio lado y miró a Afrodita, quien acababa de provocar una estridente risotada entre sus admiradores.

—Sospecho que no tardaremos en descubrirlo.


Una vez que terminó el desayuno, los hombres se dirigieron al salón donde la mayoría solía pasar el tiempo libre. Tal y como esperaba Camus, Afrodita no tardó en elegir un lugar entre las varias arenas de entrenamiento. Su arma a elegir tampoco fue sorpresa: un finísimo cuchillo que medía casi tanto como su antebrazo. Como si no fuese lo suficientemente llamativo, el hombre no eligió su arma de entre la amplia variedad del salón, sino que la apareció en sus manos con un movimiento tan ágil que hizo a Camus preguntarse en dónde era que la había guardado todo ese tiempo.

Afrodita caminó con seguridad hacia el centro de la arena, donde ya le esperaba Máscara de la Muerte con su juego de cuchillos. Las armas del moreno eran anchas y pesadas y la de Afrodita fina y estética. La luz de los candelabros centelleaba en la afiladísima punta, mientras que el apagado tono del resto del arma indicaba que su superficie carecía de filo. Camus había visto dagas similares en el campo de batalla. Les llamaban miséricordes y eran utilizadas por los médicos militares para atravesar la armadura de los soldados y herir sus corazones certeramente, ahorrándoles así el sufrimiento de heridas imposibles de curar. Camus jamás había visto que se utilizaran en combate directo. El cuchillo era tan largo y frágil que sería fácil de contrarrestar con cualquier espada o escudo. No obstante, la confianza con la que Afrodita lo sujetaba le hizo saber a Camus que, en sus manos, dichas armas serían completamente letales.

Máscara de la Muerte también parecía reconocer riesgo, pero, a diferencia de cualquier persona con sentido común, se regodeaba con la expectativa de una lucha diferente. El hombre sonreía con emoción y sus ojos titilaban como los de un jovenzuelo recién casado. Solo en un lugar como Marlas podrían coincidir un cortesano asesino y un aristócrata lo suficientemente desequilibrado como para enamorarse de él. Camus esperó que Máscara de la Muerte recibiera pronto sus nuevos atuendos verecianos. Temía los espectáculos que tendría que ver si el hombre usaba quitones con Afrodita a su lado.

Intrigados por el bello recién llegado, prácticamente todos los soldados formaron un círculo alrededor de la arena. Ni siquiera los Capitanes intentaron disimular su interés y no tardaron en ponerse en primera fila para el espectáculo.

A Camus le costó trabajo seguir la pelea una vez que esta empezó. Los hombres se movían con rapidez increíble y, mientras Máscara de la Muerte lanzaba estocadas a diestra y siniestra, Afrodita se limitaba a eludir los golpes con agilidad y elegancia. Sus fluidos movimientos le hicieron pensar en los relatos de criaturas acuáticas —mitad humanos, mitad peces— que engatusaban a los marineros con sus dulces cantos para luego arrastrarlos al fondo del mar. Máscara de la Muerte parecía uno de esos marineros, aventurándose cada vez más hacia aquel que podría acabar con él en solo un instante. Camus se preguntó si el hombre estaría siendo hipnotizado por la belleza de su contrincante o si, simplemente, su deseo de tenerle cerca era tal que no le importaba quedar a merced del filoso miséricorde de Afrodita.

La vertiginosa batalla apenas duró unos segundos. Cuando Máscara de la Muerte se acercó a Afrodita unos centímetros más de lo necesario, el segundo aprovechó el momento para cambiar la posición de su arma y atacarlo. La punta del cuchillo se posó directamente sobre el corazón de Máscara de la Muerte. Unos centímetros más y la habría enterrado en su corazón.

Por unos instantes, Máscara de la Muerte pareció recuperarse a sí mismo. Observó con desprecio el arma que amenazaba su pecho y frunció el ceño como si estuviera recriminándose a sí mismo por su torpeza. Sin embargo, su expresión no tardó en regresar a la de la euforia y cerró su puño sobre el redondeado cuerpo del miséricorde para atraer a Afrodita hacia él. El hombre se dejó llevar gustosamente y dibujó una presuntuosa sonrisa en sus rosados labios.

—Veo que no temes posar tus manos en objetos peligrosos…

—¿Qué puedo decir? Soy aventurero —dejó ir el arma y retomó su pose defensiva—. Que sean dos de tres.

Antes de que Camus pudiese decidirse entre ver el siguiente encuentro o no, una insistente mano comenzó a tirar de uno de los lazos de sus mangas. Apenas tornó sus ojos hacia la derecha se encontró con Milo, quien no dejaba de ver a Afrodita y a Máscara de la Muerte.

—Vamos. Sospecho de hacia dónde se dirige esta pelea y no quiero estar aquí para presenciarlo.

Camus rio quedamente y siguió a Milo lejos de los espectadores. A sus espaldas, sus compañeros comenzaron a silbar y a espetar comentarios vulgares que seguramente fascinarían a Afrodita. Parecía ser el tipo de persona a las que le es indiferente si los demás hablan cosas buenas o malas de él. Lo único que le importaba era ser el centro de atención y recibir todos los beneficios que esto conllevaba.

—Comienzo a creer que Afrodita no vino aquí por un título, sino para conseguir marido —comentó Camus—. ¿Crees que el hijo de un antiguo kyros sea un buen partido para un antiguo cortesano?

—No sé si lo sería, pero algo es seguro: esos dos son tal para cual. Los dioses fueron sabios al hacerlos hombres. El mundo es lo suficientemente caótico como para que, encima, ese par se reproduzca.

Una perturbadora imagen repleta de Afroditas y Máscaras de la Muerte en miniatura corriendo por los pasillos del castillo de Karthas provocó un escalofrío en Camus. Ciertamente el mundo no necesitaba algo así.

Camus no se percató de hacia dónde se dirigían hasta que Milo detuvo sus pasos en la arena para entrenar con la lanza. Recordó que apenas unos días atrás tuvo una fuerte discusión con Milo en ese lugar y la memoria le hizo apretar fuertemente los dientes. No estaba orgulloso de lo que le había dicho a Milo en esos momentos, pero tampoco era lo suficientemente maduro como para haber perdonado del todo lo que él le dijo. No obstante, si había seguido a Milo tan obedientemente era porque lo que más buscaba era cerrar la brecha que había surgido entre ellos desde el primer momento en el que se vieron. Entre tantos combates, malentendidos y choques culturales, Camus se sentía cada vez más lejos del rubio. No obstante, era un hombre tozudo y aún no estaba dispuesto a darse por vencido.

—Toma —Milo le ofreció una de las lanzas—. Entrenar a caballo será importante, pero lo mejor será comenzar por las bases.

Por unos instantes Camus quiso rehusarse. Aquel rincón del salón de entrenamiento le quitaba todas las ganas de realizar cualquier tipo de esfuerzo. Sin embargo, cuando alzó el rostro para hacerle alguna otra propuesta a Milo, le encontró tan alegre y entusiasmado que terminó por ceder.

Camus sospechaba que no aprendería absolutamente nada esa mañana, pero jamás hubiera adivinado que su incapacidad para moverse correctamente no se debería a los malos recuerdos, sino a la atenta instrucción de Milo.

Las crueles palabras que intercambiaron parecieron esfumarse con el viento cuando Milo colocó su mano sobre su espalda baja para colocarlo en una postura más adecuada. Era curioso cómo, a pesar de que ya había tocado su piel varias veces, no cesaba de sorprenderse de lo caliente que era su cuerpo. Se preguntó en ese momento si aquella peculiaridad era algo inherente a su tierra natal o si, por el contrario, era una ferviente manifestación de la energía que bullía en su interior. Cuando Milo acercó su rostro a su oído para darle una sencilla instrucción sobre el modo de sujetar la lanza, Camus casi se fue de lado por la sorpresa. Tuvo la buena suerte de que Milo interpretara el inesperado movimiento como un error de principiante, pero la mala suerte de que eso le hiciera colocar su pierna justo entre las suyas, empujando sus pantorrillas hasta que los pies de Camus tomaron la posición indicada.

—Tienes que abrir más tu postura —indicó—. Te será más fácil dominar el lanzamiento a caballo si primero lo haces en tierra.

A falta de capacidad para decir algo más, Camus se limitó a asentir. Afortunadamente, el gesto pareció suficiente para convencer a Milo de que le estaba poniendo atención.

—¿Bien? —preguntó entonces—. ¡Lanza!

Camus tomó una gran bocanada de aire y, orando por no hacer el ridículo, tomó impulso hacia atrás y lanzó el proyectil con todo el acopio de su fuerza.

La lanza salió despedida por los aires para luego caer con un seco golpe a apenas un metro de distancia.

—Yo… puedo hacerlo mejor que eso.

Como si la situación de Camus no fuese lo suficientemente precaria, Milo rio de una forma tan encantadora que le hizo olvidar por varios segundos la vergüenza que acababa de pasar.

—Descuida —dijo mientras movía su cabeza y permitía que sus largos rizos se balancearan de izquierda a derecha—. No se puede ser bueno en absolutamente todo. ¿Olvidas cómo luzco cuando participo en la caballería pesada? Jamás tendré la misma gracia que tú tienes.

Camus sabía que Milo era un buen jinete; sin embargo, su habilidad se veía inmensamente disminuida cuando tenía que cabalgar con armadura. Por lo que sabía, Milo era soldado de infantería y era explicable que careciera de práctica en temas de caballería del mismo modo que era explicable que Camus tuviese problemas para lanzar un arma akielense. No obstante, el vereciano estaba consciente de que su terrible desempeño se debía más a las distracciones que a su inexperiencia.

Que por cierto, Camus no tendría problemas en enseñarle a Milo nuevas técnicas de cabalgata. Estaba seguro de que el hombre se volvería un experto después de un par de lecciones. Sin duda sus hermosas piernas tendrían la capacidad de aferrarse firmemente a lo que fuera que quisiera montar.

—¿Camus?

Este carraspeó.

—Perdón. ¿Dijiste algo?

Milo, intrigado por la extraña actitud de Camus, arqueó la ceja y sonrió divertido.

—Dije que creo saber cuál es tu problema —el hombre tomó una nueva lanza y con su mano derecha recorrió la mitad superior de la misma. Camus tragó saliva—. Estás sujetando la lanza demasiado cerca de la punta, ¿ves? El lugar más adecuado es justo en el centro de equilibrio de la lanza —con rapidez identificó el punto en el que el arma quedaba perfectamente balanceada sobre su dedo índice—. Es el lugar que te garantizará que el arma permanecerá horizontal por más tiempo y, por lo tanto, que recorrerá mayor distancia. ¡Inténtalo!

Resignado a fallar nuevamente, Camus trató de seguir los consejos de Milo. Encontró el balance perfecto con la lanza y la disparó, nuevamente, con todas sus fuerzas. Sorprendentemente, en esa ocasión el arma llegó a una distancia aceptable. Aún estaba lejos de cubrir la distancia requerida para el Okton, pero no por eso dejaba de ser un logro; sobre todo si se tomaba a consideración la enorme distracción que tenía a su lado.

—¿Ves? Te dije. Es cuestión de práctica. En unos días lanzarás como un experto.

Camus asintió y tomó una segunda lanza entre sus manos.

—Me parece que tendré que hacer ejercicios para fortalecer los músculos de mi espalda. Esto es más demandante que el combate con espadas.

Las palabras de Camus entusiasmaron enormemente a Milo, quien le sujetó con emoción de los hombros y se acercó tanto a él que por un minúsculo instante, Camus pensó que le besaría.

—¡Deberías practicar luchas!

El vereciano no pudo disimular lo mucho que le desagradó la propuesta.

—Olvídalo. Si llego a pelear desnudo contigo, será en la cama y no en la arena de entrenamiento.

Aquel comentario pretendía ser más humorístico que sugestivo. Si Camus se lo hubiera dicho a cualquier soldado de su antiguo regimiento, este se habría reído para luego descartarlo como el sinsentido que era. No obstante, Milo solía tomarse las cosas de un modo sumamente literal.

—¿Lo dices en serio? —preguntó con una timidez que a Camus le pareció absolutamente adorable.

—Yo… —dudó unos segundos. A pesar de que no había hecho aquel comentario con segundas intenciones, eso no quería decir que no fuese cierto—. Sí, por supuesto. Pensé que era obvio. Si tuviésemos un poco más de tiempo yo-

—¡Yo también! —exclamó—. Yo también quisiera… —carraspeó—, pero es difícil hallar un buen momento para estar juntos. No creo poder ser tan descarado como Afrodita y Máscara de la Muerte.

Camus concordó con él.

—Ya encontraremos tiempo. Si no ahora, cuando termine el torneo y seamos parte de la Guardia.

—No estoy seguro de poder esperar tanto.

Feliz, aunque algo sorprendido por la súbita franqueza de Milo, Camus asintió.

—Entonces tendremos que hacer nuestro propio tiempo.

Camus se arrepintió de sus palabras en cuanto las pronunció. Afortunadamente, la dulce sonrisa en el rostro de Milo fue señal de que a este no le importó la melosidad de sus palabras. La bella imagen fue demasiado para Camus, quien intentó distraerse con el lanzamiento de una nueva lanza que, tristemente, cayó a apenas unos pasos de distancia.

Milo rio y Camus hizo la anotación mental de no volver a entrenar en público a lado del hombre que tanto le distraía.