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Guardias Reales

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Capítulo 16

Los hombres se dirigieron al patio norte una vez que terminaron tanto sus lecciones militares como sus cenas. A Camus le desagradó llamar la atención de sus compañeros al ponerse de pie antes que nadie, pero su curiosidad pudo más y le dio fuerza suficiente para parecer impasible mientras pasaban frente a los atentos ojos de los soldados. Afortunadamente, sus compañeros fueron lo suficientemente discretos como para evitar seguirles (o, al menos, lo suficientemente hábiles como para evitar ser descubiertos) y Camus y sus amigos salieron del castillo sin acompañantes indeseables.

El sol se había ocultado tiempo atrás y el patio estaba apenas iluminado por la almenara de la torre noreste. La lejana luz permitía ver a la distancia las largas sombras de banderines que formaban una angosta pista de caballos y, una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra, Camus aceptó que la figura que había dibujado el pequeño Kiki era veraz.

—Mü tenía razón —musitó Aioria con un tono que daba a entender que él también había tenido razón—. Te lo dije, Milo. No había modo que no hubiese un Okton.

—Yo sigo sin comprender qué es todo esto —gruñó Aldebarán.

—El Okton es un deporte de reyes —dijo Aioria con demasiado orgullo para haber dicho algo que no explicaba absolutamente nada—. Solo los hombres más hábiles y fuertes pueden aspirar siquiera a jugarlo.

Aldebarán, Mü y Camus se miraron entre sí y Camus comenzó a comprender por qué siempre se burlaban de la nula habilidad de Aioria con las palabras. ¿Cómo era posible hablar tanto y decir tan poco?

—Es un juego que combina la cabalgata con el tiro de lanza —explicó Milo en un intento de traer algo de sentido a la situación. Caminó hacia uno de los extremos de la pista y esperó a que sus compañeros le alcanzaran antes de continuar—. Este es el punto de partida. El primer jugador sale armado con una lanza y cabalga hasta llegar hasta donde se interceptan las líneas. Es en el centro que arroja su proyectil hacia el blanco colocado en el extremo opuesto de la pista —el hombre señaló hacia dicho lugar y Camus frunció el ceño al percatarse de que la distancia era considerablemente mayor a la que él podría lanzar—. Sin embargo, el jinete no se detiene ahí, sino que sigue el recorrido por detrás del blanco y hasta regresar a al punto de partida, donde, sin detenerse, toma una segunda lanza y vuelve a comenzar el recorrido. Esto es así hasta que se cumplen ocho vueltas.

—Suena complicado —admitió Mü.

—Es más que complicado —respondió Milo con seriedad y mientras señalaba hacia el centro de la pista—. Justo cuando el primer jugador llega al cruce de caminos, se da la señal para que salga un segundo jugador. Esto es así hasta que todos los corredores están en la pista; generalmente son cuatro o cinco, aunque he escuchado de un Okton que tuvo siete jugadores.

Camus entreabrió la boca con sorpresa. Tener a tantos caballos en una pista tan intrincada sería sumamente peligroso. Si a esto se le sumaba que cada uno de ellos estaría armado con una lanza, los resultados podrían ser catastróficos.

—Es peligroso —dijo Aldebarán con gravedad—. Ahora entiendo por qué querías creer que no habría algo así.

—¡Milo está siendo un bebé! —espetó Aioria—. Los torneos más importantes siempre son coronados con un Okton. Únicamente pueden concursar los ganadores del resto de los juegos y eso solo si desean hacerlo. De esa forma solo participan los que se consideran capaces.

—El considerarse y ser capaces no son lo mismo —Milo se cruzó de brazos y negó con la cabeza—. Es usual que haya accidentes durante un Okton. No es poco común que alguien fallezca o que los animales se lastimen —cruzó su mirada con Camus—. Además, en esta ocasión no solo participarán soldados akielenses. Habrá verecianos que nunca han escuchado del juego y compatriotas que jamás lo han presenciado.

—Por eso mismo es un gran modo de identificar a los mejores hombres entre los aspirantes —aseguró Aioria.

Camus sabía que ambos tenían razón. El deporte era sumamente peligroso y, por eso mismo, sería un gran modo para que el Rey y el Príncipe reconocieran a los hombres más hábiles. No obstante, la situación no dejaba de parecerle intimidante y quiso escuchar el punto de vista del aristócrata.

—¿Qué opinas de esto, Mü?

El aludido asintió.

—Suena a algo que planearía el Príncipe. Como bien dice Aioria, es una gran oportunidad para reconocer a sus hombres más valientes. El hecho de que hayan armado la pista cuando aún faltan semanas para el torneo es una oportunidad para prepararnos. De esa forma, los hombres que presenten el mejor desempeño serán aquellos que no solo descubrieron la pista a tiempo, sino que decidieron aprovechar el conocimiento al máximo.

—Quizá sea una gran oportunidad para llamar la atención de los soberanos —murmuró Aldebarán—, pero temo que no podré aprovecharla. Apenas aprendí a cabalgar hace un mes y siento que mi montura apenas puede con mi peso. De ningún modo podría exigirle un ritmo como este.

Aioria entreabrió la boca y por unos instantes pareció que insistiría en que, con entrenamiento, Aldebarán sería capaz de participar en el Okton. Afortunadamente, su sentido común pareció reinar y optó por mantenerse en silencio.

—Descuida, Aldebarán —la mano de Mü acarició gentilmente el brazo del moreno—. Estoy convencido de que tienes talentos suficientes para llamar la atención del Rey y del Príncipe incluso sin participar en el Okton. No tengo duda de que alcanzarás tu meta —Aldebarán sonrió abochornado y asintió dócilmente—. Sin embargo, estoy seguro de que yo no cuento con tanta ventaja.

Camus se cruzó de brazos y asintió con gravedad.

—Ganar el primer lugar en algún otro de los juegos no nos dará tanta ventaja como participar en el Okton. Agradeceríamos mucho que pudieran orientarnos.

Los ojos de Aioria brillaron con emoción y su cabeza se sacudió con entusiasmo.

—¡Denlo por hecho! A nosotros tampoco nos sentará mal la práctica.

Milo, por su parte, no acababa de convencerse de que aquello fuese lo mejor.

—Será difícil —aseguró—. La hora libre no será suficiente para ensillar y guardar a los caballos.

Camus concordó. De nada serviría ejecutar un Okton perfecto si llegaban tarde a los ejercicios vespertinos. Llegar unos minutos más tarde que lo usual había sido suficiente para ganar una amonestación del Capitán Shion. No quería ni imaginarse el castigo para los impuntuales. No. Entrenar después del desayuno era demasiado arriesgado.

—¿Entonces por qué no hacemos lo de hoy? —opinó Aioria—. Cenamos lo más rápido posible y entrenamos en el patio cercano a las caballerizas. Eso nos dará hora y media antes de que se apaguen las antorchas. No es mucho, pero peor es nada.

El resto se miró entre sí con preocupación. Por más que los patios estuviesen iluminados por la luz de las almenaras, no era prudente cabalgar al anochecer. El entrenamiento era inherentemente peligroso y no parecía sensato añadirle un riesgo más. Aun así, después de contemplar sus opciones por unos momentos, aceptaron que aquella era la más viable de todas.

—Tendremos que ser cuidadosos —concluyó Mü—. Llegar tarde a las barracas será casi tan terrible como llegar tarde al entrenamiento. Mi padre es especialmente quisquilloso cuando se trata de respetar los horarios.

—Descuiden, yo me ocuparé de medir sus tiempos —dijo Aldebarán—. Me ayudará a sentirme útil.

—¡Queda decidido! ¡Empezaremos a partir de mañana!

Las entusiastas palabras de Aioria tuvieron un efecto opuesto en Camus. A pesar de que pasó la mayor parte del día sentado, podía sentir el dolor en cada uno de sus músculos. En condiciones normales caía rendido en su camastro y no estaba seguro de tener la fuerza suficiente para soportar el entrenamiento adicional. Lo único que aligeró su preocupación fue el saber que solo faltaban siete semanas para el torneo. Si bien ese era poco tiempo para aprender un deporte del que ni siquiera había oído hablar, confiaba en que, al menos, los días pasarían con rapidez.

A sabiendas de que su entrenamiento estaba a punto de hacerse aún más terrible, los hombres decidieron encaminarse hacia los dormitorios con la esperanza de tener un sueño tan reparador que les diera fuerzas para las semanas que se avecinaban.

—Sé que es abrumador —dijo Milo mientras se quedaba atrás junto con Camus—, pero puedes confiar en nosotros. Les ayudaremos en todo lo posible y podrán participar en el Okton con tanta habilidad como los mejores.

A pesar de que ambos sabían que la situación era bastante más complicada que eso, Camus se limitó a agradecerle por sus palabras. No obstante, mientras se adentraba en el castillo se recordó a sí mismo que su enfoque debía estar en ganar el primer lugar en alguno de los otros juegos y no tanto en el Okton. De nada le serviría cabalgar durante horas por la noche si ni siquiera ganaba el derecho de entrar a la arena. Con ese pensamiento llegó hasta el dormitorio y, junto con el resto de sus compañeros, comenzó a prepararse para dormir.

Extrañamente, pocos minutos antes de las once de la noche se escuchó un par de pisadas del otro lado de la puerta. Muy a sorpresa de todos, el visitante era el Capitán Dohko quien, sonriente, esperó bajo el dintel de la puerta a que los hombres se pusieran en firmes frente a sus camastros. Camus alcanzó a divisar una encapuchada figura a sus espaldas y supuso que se trataba de un nuevo aspirante que había llegado al castillo a entradas horas de la noche.

—Soldados —la efusiva voz del Capitán resonó por los altos techos del dormitorio. Camus se percató de que nunca antes le había escuchado hablar en vereciano y, por el rudo acento de sus palabras, era claro que el hombre tampoco estaba acostumbrado al idioma—. Tenemos un nuevo aspirante entre nosotros.

Varias cabezas se asomaron con curiosidad hasta que la misteriosa figura se dio paso a la habitación y extendió sus largos y finos dedos para retirar la tela que cubría su rostro y cabeza. Un murmullo de asombro se alzó entre los hombres y Dohko apenas y pudo contener un burlón bufido.

El recién llegado era alto y de complexión delgada. Su piel era extremadamente pálida y sus labios estaban pintados con un suave tono rosado. Sus ojos azules, claros y cristalinos, miraban a su alrededor con tono de superioridad y sus largas pestañas se batían de una forma que parecía tanto retadora como atrayente. El hombre sonrió petulante y con su mano derecha acomodó el largo cabello celeste que a Camus le pareció sumamente familiar.

—Su nombre es Afrodita —explicó Dohko sin aminorar su divertida sonrisa—. ¿Aioria?

—¡Señor! —Aioria tragó saliva y dio un paso hacia adelante. Camus contuvo una sonrisa al escuchar el suspiro de alivio cuando el Capitán continuó hablando en akielense.

—El día de mañana guíale por el cuartel y explícale todo lo que tiene que saber para evitar que lo mandemos de regreso a Arles, ¿quieres?

Aioria frunció el ceño, pero accedió sin más, mientras que Afrodita miró a Aioria con tanto desdén como si estuviese completamente cubierto de lodo y pasto seco.

—Si me permite, Capitán —las cabezas giraron al unísono hacia el hombre que osó interrumpir a Dohko. Si bien Camus no se sorprendió al ver que el imprudente había sido Máscara de la Muerte, sus ojos se abrieron de par en par cuando algo en su memoria encajó con el recién llegado. Ahora recordaba dónde había visto al hombre de ensortijado cabello azul celeste: en el acogedor comedor de la posada Les Nomades y, específicamente, colgado del brazo de Máscara de la Muerte—. El vereciano de Aioria deja mucho que desear —continuó—. Yo con gusto podría detallarle a nuestro nuevo compañero los horarios y las reglas del castillo.

Parecía ser que lo único que quería el Capitán era complicarle la vida a Aioria y a Afrodita, ya que la propuesta de Máscara de la Muerte borró en un instante su traviesa sonrisa. Dohko no encontró una buena excusa para unir a los hombres que carecían de un idioma en común y terminó por aceptar la propuesta de Máscara de la Muerte. Camus pensó que Aioria había tenido mucha suerte. De haber sido Shion quien presentara a Afrodita, la historia habría sido muy diferente.

—De acuerdo —dijo el Capitán—. Una vez que terminen podrán incorporarse a los ejercicios de campamento. Por ahora descansen.

Los hombres no se permitieron relajarse hasta que Dohko salió del dormitorio y cerró la puerta tras de sí. Algunos curiosos se acercaron a Afrodita, pero la mayoría optó por mantenerse al margen al ver que Máscara de la Muerte estaba decidido a hacerse notar por él.

—Vaya, vaya —como era de esperarse en un hombre tan tosco como él, estiró su mano hacia Afrodita y enredó su suave cabello alrededor de su dedo índice—. No me dijiste que eras un aspirante.

Afrodita arqueó la ceja y con un rápido manotazo se aseguró de alejar el indeseable contacto.

—Y tú me lo dijiste demasiadas veces —sonrió con malicia—. Me sorprendió que quisieras conquistarme con eso. Lo único que necesitabas hacer era mostrarme tu bolsa llena de monedas de oro.

Sin inmutarse por el aparente desprecio de Afrodita, Máscara de la Muerte mostró sus afilados dientes en una inquietante sonrisa y acercó el rostro a su oído.

—Te aseguro que podrás encontrar aún más oro entre los pliegues de mi quitón…

Afrodita rio con ganas y le dio tres palmadas en el hombro como lo haría un niño con un cachorro bien portado. A continuación tornó su mirada hacia el resto de sus compañeros. Muchos de ellos aparentaron ignorarles, pero algunos fueron lo suficientemente torpes como para dejar en claro su asombro. Uno de ellos fue, por supuesto, Aioria, quien no cesaba de insistirle a Milo que tradujera lo que acababa de escuchar. Inesperadamente, Afrodita no pareció molestarse por su imprudencia, sino que centró su atención en Mü, quien le miraba con una cara de asombro poco digna de él.

Afrodita hizo a un lado a Máscara de la Muerte y caminó con parsimonia hacia Mü. Este, al percatarse de que había llamado la atención del recién llegado, se tomó unos segundos para controlarse y mostrar el sereno rostro que usualmente le caracterizaba.

—Me imaginé que nos encontraríamos aquí, corderito.

—Yo, por el contrario, jamás pensé que te tomarías la molestia de formar parte de la Guardia.

Afrodita se alzó de hombros y comenzó a juguetear con los rizos de su cabello.

—¿Qué puedo decir? Es una vía rápida para alcanzar un buen lugar en la corte. No todos contamos con un nacimiento privilegiado, ¿sabes?

—¿Qué es esto? —interrumpió Máscara de la Muerte—. ¿Se conocen?

—Ya, ya, Mascarita —el burlón tono de Afrodita no pareció hacer mella en el orgullo del akielense—. Ven —extendió su mano abierta hacia él—. ¿Por qué no me enseñas tu camastro?

Los ojos de Máscara de la Muerte brillaron de felicidad y en segundos condujo a Afrodita hacia el extremo más lejano del dormitorio. Sin duda los hombres pasarían largo rato buscando las monedas de oro ocultas en el quitón del akielense. Camus trató de contener un escalofrío.

—Si no puedo aprender vereciano por Shaka, al menos debo aprender en pos de las intrigas —murmuró Aioria para sí.

—Mañana te contamos —dijo Milo mientras se metía a la cama.

—Y yo espero que Mü nos cuente de dónde es que conoce a Afrodita —señaló Camus a la par que tomaba asiento en su camastro.

Mü asintió y frotó sus ojos con la mano derecha.

—No es una larga historia, pero sí. Mañana lo hablamos.

Las campanas que señalaban la hora de dormir timbraron y dos de los soldados se encargaron de apagar las antorchas de la habitación. En la oscuridad, Camus escuchó los susurros entre Mü y Aldebarán hasta que los tres sucumbieron al cansancio y se quedaron dormidos a sabiendas de que el próximo día traería más responsabilidades que nunca.