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Guardias Reales

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Capítulo 15

Camus no tardó mucho en percatarse de que la salida de sus compañeros insurrectos hizo mella en el estado de ánimo de los soldados. Suponía que tenía sentido; el temor a ser expulsado era el mejor aliciente para mantener la mejor conducta posible. Esa mañana el grupo logró armar y desamar el campamento en tiempo récord y ni una vez escuchó que iniciara alguna discusión entre los hombres. La situación durante el desayuno fue parecida, ya que los soldados terminaron sus raciones con presteza y se dirigieron con rapidez al salón de entrenamiento.

Por su parte, la perspectiva de Camus no cambió demasiado tras el acontecimiento. Estaba ahí para convertirse en miembro de la Guardia y no necesitaba ver las fallas en otros para corregir las suyas. Si acaso, sintió satisfacción al ver que las reglas fueran acatadas con tanta celeridad y, sobre todo, curiosidad con respecto a la identidad del delator. Toda la mañana se entretuvo en buscar sospechosos y no tardó demasiado en llegar al nombre de Mü.

Desde que le conoció, Camus supo que tenía que ser cuidadoso con el modo en el que se comportaba frente al aristócrata. Incluso aunque no fuese un espía, no tenía dudas de que su condición como hijo del Capitán Shion le permitiría intercambiar juicios hacia sus compañeros; juicios que fácilmente influenciarían a los Capitanes. Mü no parecía tener el carácter de un delator (no estaba lo suficientemente interesado en la Guardia como para serlo), pero Camus comprendía que aquello podía ser un acto. Se decidió, pues, a observarlo con atención hasta que pudiera confirmar o desmentir su sospecha.

Tuvo una buena oportunidad para observarle de cerca durante el tiempo libre después del desayuno. Camus comentó su deseo de practicar nuevamente arquería y sus compañeros estuvieron de acuerdo. De nueva cuenta Mü se comportó como un maestro renuente y tanto Camus como Milo recibieron buenos consejos para mejorar sus tiros. No obstante, nadie aprendió más que Aldebarán, ya que descubrió que su cuerpo era demasiado grande como para utilizar los arcos comunes. Si algún día decidía portar dicha arma, necesitaría un arco construido especialmente para él. Afortunadamente, el hombre era suficientemente habilidoso con las armas de corto alcance como para no tener que preocuparse por la arquería.

Una agradable sorpresa fue Aioria. A pesar de no ser tan talentoso como Mü, el castaño resultó ser uno de los mejores arqueros que Camus hubiese conocido. Su postura era perfecta y su rapidez al apuntar y disparar envidiable. Mü no tardó en reconocer su talento con una expresión de asombro.

—Eres bueno —dijo—. Me sorprende que tu experiencia sea en infantería. Fácilmente podrías formar parte de los regimientos de arquería.

A pesar de que Aioria intentó fingir indiferencia ante el halago, Camus le vio enderezar su espalda y sacar el pecho con orgullo.

—Prefiero los combates directos; la arquería es algo así como un pasatiempo —los ojos de Aioria se entrecerraron y Camus reconoció en ellos un dejo de intranquilidad—. Mi hermano insistía en que entrenara; decía que algún día podía sacarme de un apuro.

Mü también notó el cambio de humor de Aioria, pero, al igual que Camus, decidió dejarlo pasar.

—Tu habilidad puede hacer más que sacarte de un apuro —aseguró—. Harás un gran papel en el evento de arquería.

Aioria bufó y dejó a un lado el arco y el carcaj.

—¿Bromeas? Participar sería una pérdida de tiempo si tú estás entre los contrincantes. Prefiero dedicar mi tiempo en algo en lo que soy verdaderamente bueno, como lanzar a Milo por los aires.

Milo golpeó el hombro de Aioria y habría iniciado una de sus usuales discusiones de no ser porque los Capitanes indicaron que era tiempo de seguir con las prácticas en conjunto.

—Soldados —dijo Shion una vez que todos los hombres les prestaban atención—, el día de hoy haremos algo diferente.

—Los separaremos en cuatro grupos y recibirán una cátedra sobre diferentes tácticas de guerra —como era usual, el alegre tono de Dohko contrastaba con la adusta figura de Shion. Camus se preguntó si la efusividad del akielense sería una fachada para el agresivo guerrero que, sin duda, yacía latente o si, por el contrario, era una de las características que le ayudaron a alcanzar su rango actual.

—La instrucción durará lo que resta del día. Desármense y preséntense frente al torreón. Ahí se les indicará a qué salón deben dirigirse.

Shion dio la orden de descanso y en un instante los hombres comenzaron a guardar las armas que seleccionaron para esa mañana. Camus le indicó a sus compañeros que se adelantaran, puesto que quería regresar al dormitorio por un pequeño libro en el que realizaba sus anotaciones tácticas. Sentía que no podía entrar a la sesión sin él y esperaba ser lo suficientemente rápido como para evitarse alguna reprimenda.

Prácticamente corrió hacia la zona de los dormitorios y, afortunadamente, encontró el libro justo donde lo había visto por última vez. Salió con premura y subió las escaleras que le guiarían hacia el patio de armas. Iba a mitad del camino cuando, de reojo, divisó el claro tono del cabello de Mü dar vuelta en dirección opuesta al torreón. Por un momento Camus pensó que los Capitanes cambiaron el punto de encuentro y se dispuso a seguirle. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que Mü se había alejado del grupo.

Camus detuvo sus pasos abruptamente cuando vio a su compañero encontrarse con alguien más. Se trataba de un niño pelirrojo de alrededor de diez años con un alegre rostro que evidenciaba una reciente travesura. Intercambió algunas palabras con Mü y, rascándose la nariz con orgullo, le ofreció una pequeña hoja de papel.

Mü leyó atentamente el contenido de la hoja y, satisfecho, removió los cabellos del niño antes de ofrecerle una bolsita repleta de monedas (o caramelos). El niño se inclinó ante el noble y se alejó en dirección contraria mientras que Mü leyó nuevamente trozo de papel en sus manos.

Antes de que Mü diese la media vuelta, Camus se apresuró a regresar con los demás. Hubiese querido retarle al respecto, pero los Capitanes ya les esperaban frente a la torre.

Tal y como Shion les había indicado, los hombres fueron seleccionados en cuatro grupos. A diferencia de ocasiones anteriores en las que se procuraba un balance entre akielenses y verecianos, esta vez los grupos estaban compuestos exclusivamente por connacionales. Adicionalmente, estos se dividieron entre los hombres con y sin experiencia militar; cada sección recibiría diferentes niveles de instrucción.

Por supuesto, Camus se encontraba en el grupo de verecianos más experimentados y junto con ellos entró a un pequeño salón con sillas conformadas en círculo alrededor de una amplia mesa con un mapa de la vieja frontera entre Akielos y Vere.

Al frente de la habitación se encontraban dos soldados. Uno era el peculiar vereciano que entregó el pergamino a Shion esa misma mañana. Había dejado atrás su armadura y ahora portaba un quitón de color negro que le llegaba hasta las rodillas. Una boba sonrisa decoraba su rostro mientras los soldados tomaban asiento a su alrededor.

El segundo hombre era totalmente diferente al primero. Se trababa de un bello akielense con cabello de color semejante al de la madera quemada. Era un hombre grande y musculoso y su cortísimo quitón blanco dejaba muy poco a la imaginación. No era tan atractivo como Milo, pero su porte era más distinguido y su sonrisa más candorosa. Camus buscó adrede un asiento que tuviese la mejor vista para admirar las fuertes piernas del soldado.

El akielense se presentó a sí mismo como Pallas e indicó él, junto con el vereciano Lazar, ya eran parte de la Guardia Real. A pesar de que Pallas hablaba en la lengua natal de Camus, su vocabulario era pobre por no decir menos. Era ahí donde Lazar saltaba a la acción, haciendo de traductor cuando no estaba demasiado ocupado tratando de acariciar el trasero Pallas.

La primer parte de la lección consistió en explicar varios términos en akielense. Aunque el manejo del idioma de Camus era bastante bueno, jamás se habría imaginado que hubiese tantas palabras para describir las diferentes velocidades de marcha ni para las distintas funciones de la caballería.

Una vez que el vocabulario fue más claro para todos, Pallas procedió a explicar distintas tácticas militares. A pesar de que Camus conocía muchas de ellas, escuchar la razón de cada uno de los movimientos daba cierta gravedad al antes sencillo conocimiento. Conforme el día avanzaba, Pallas comenzó a explicar maniobras mucho más complicadas; maniobras que permitieron a Akielos vencer sobre Vere en más de una batalla.

De no ser porque sabía que en otro salón se encontraba un soldado vereciano desmenuzando a un grupo de akielenses cada una de las tácticas de su ejército, Camus se habría sentido sumamente poderoso con el nuevo conocimiento.

El plan de los Capitanes tenía sentido. Querían mostrarles a los soldados que los ejércitos se habían convertido en uno solo, que ya no existían secretos entre las naciones y que, juntos, hallarían la victoria ante amenazas que jamás podrían derrotar estando por su cuenta. La idea era buena, sí, pero faltaba mucho para que los soldados tuviesen la confianza de que los nuevos conocimientos no serían utilizados en su contra en un futuro cercano. De cualquier forma, la sesión no fue menos que fascinante y Camus llenó más de la mitad de su libreta en tan solo unas cuantas horas.

Una vez que Pallas indicó que tomarían un receso para comer, los hombres se retiraron poco a poco del salón. Camus fue de los últimos en salir y sonrió al escuchar a Pallas increpar a su traductor por su mal comportamiento. El pelirrojo no tuvo que verles para adivinar la sonrisa en los labios de Pallas, pero bien que escuchó la mesa chirriar bajo el peso de los dos hombres.

En lugar de que Camus siguiera a sus compañeros hasta el comedor, decidió solo darle alcance a Mü, de quien se había alejado por haber tomado asientos separados.

—Disculpa, Mü —le dijo en voz baja—. ¿Puedo hablar contigo? No tomará mucho tiempo.

Después de dudar unos instantes, el aludido accedió a la petición de su compañero. Aun a sabiendas de que serían los últimos en la fila del comedor y que tendrían que comer con rapidez para compensar el tiempo perdido, caminaron con parsimonia mientras conversaban.

—Sé que no es de mi incumbencia, pero considero que deberías ser más cuidadoso cuando intercambies mensajes secretos.

El noble ladeó el rostro y miró a Camus con extrañeza.

—No creo entender a lo que te refieres.

—Te vi por cuando nos dirigíamos al torreón —explicó—. Vi que recibiste una nota de un pequeño escudero.

Los finos labios de Mü se curvearon en una jactanciosa sonrisa.

—¿Kiki? —bufó—. Aún es demasiado joven para ser escudero. Por ahora es algo así como un mensajero; me ha servido desde Arles. Es difícil encontrar a alguien tan leal como él en ese nido de víboras. Por supuesto que fue la primera persona que elegí para acompañarme hasta aquí.

El hombre hablaba con claro aprecio hacia el niño. Camus no habría imaginado que un hombre tan competente como Mü pudiese hallar utilidad en un crío. No obstante, supuso que los nobles estaban acostumbrados a hacerse de un séquito de ayudantes para alcanzar sus objetivos.

—Aunque confíes en el muchacho, deberías ser más cuidadoso con tus movimientos. Tengo poco interés en lo que tengas que decirle a tu padre, pero estoy seguro de que algunos de nuestros compañeros enfurecerían si descubriesen que tú eres el delator.

Mü parpadeó un par de veces, se detuvo en seco e hizo algo que Camus jamás le había visto hacer: lanzó una fuerte carcajada. Su risa fue tan abierta que Camus se arrepintió de haber saltado a una conclusión que, posiblemente, fuese errónea. Solo posiblemente.

—¿Crees que perdería mi tiempo acusando a mis compañeros con mi padre? —preguntó Mü una vez que se calmó—. El Capitán no necesita mi ayuda para recortar las filas de aspirantes. No le gusta que le ayuden a cazar a su presa. Además, creo que me enviaría a trabajos forzados durante una semana si acaso me descubriera irrumpiendo en la confianza de los hombres.

—Entiendo —dijo sin creer del todo en sus palabras—. Supongo que sería torpe de tu parte mandar a un tercero cuando simplemente puedes acercarte a él durante el tiempo libre. No muchos sospecharían de un joven soldado que solicita consejos de su experimentado padre.

—Al menos no los akielenses.

El par sonrió y siguió con su camino.

—Dales un poco de crédito —dijo Camus—. Al menos saben que no se deben fiar de nosotros.

—Supongo que tienes razón. Me imagino que la mitad de ellos han apostado a que el delator es vereciano.

Camus arqueó la ceja y le miró de reojo.

—¿Y tú en quién tienes tu apuesta?

—No lo sé —respondió con indolencia—. Prefiero enfocar mi atención en cosas más importantes.

—¿Como Aldebarán?

Mü asintió con seriedad.

—Por supuesto, pero también en esto —de uno de sus bolsillos sacó la pequeña nota que había recibido de Kiki.

Camus recibió el trozo de papel y lo observó con atención. A diferencia de lo que esperaba, no contenía un texto, sino el dibujo de un lazo infinito.

—¿Qué es esto?

—El día de ayer, mientras ustedes estaban en la ciudad, Aldebarán y yo exploramos el castillo. Fue cuando llegamos al patio norte que encontramos algo muy inusual.

—Inusual, ¿cómo?

—Varios hombres armaban una pista de caballos. Era bastante más pequeña que lo usual y se curveaba en una forma que en ese momento no pude adivinar. Supuse que hoy estaría terminada y envié a Kiki a que descubriera cuál era la forma final de la pista. El resultado se encuentra en ese trozo de papel.

Camus vio nuevamente el símbolo. Jamás había participado en una pista de caballos con semejante forma y no supo qué hacer con esa información.

—¿Y qué es lo que significa?

Mü sonrió y le dio una suave palmada en la espalda.

—Significa que tendremos que entrenar mucho con la lanza.

La breve explicación de Mü no ayudó a aclarar las dudas de Camus. Aparentemente, se trataba de un juego Akielense y había lanzas y blancos de por medio. Sin embargo, ni uno ni el otro acababan de comprender por qué la peculiar formación de la pista. Sabían que el mejor modo de descubrir lo que planeaban los Capitanes era hablando con sus compañeros del sur y aprovecharon la hora de comida para saciar su curiosidad.

Cuando todos tomaron su ración y su asiento, Mü les mostró el trozo de papel de su pequeño espía. Aldebarán admitió no saber de qué se trataba, Milo hizo un gesto de preocupación y Aioria sonrió amplísimamente.

—¡El Okton! —dijo con gusto—. ¡No podía faltar el Okton en el torneo para los futuros Guardias Reales!

—¿Qué es precisamente el Okton?

Aioria miró a Aldebarán como si hubiese preguntado de qué color era el cielo, mientras que Milo frunció aún más su ceño.

—Pasé la mayor parte de mi vida encerrado en un coliseo —les recordó con cierta molestia—. Sé poco sobre juegos que no involucran a gladiadores.

Las palabras tuvieron la reacción esperada en Aioria, quien se hundió de hombros y musitó una escueta disculpa por su indiscreta reacción.

—¿Estás seguro de que la pista tiene esta figura, Mü? —preguntó Milo—. Podría tratarse de un error.

Aioria hizo un gesto de indignación, mas decidió guardarse sus palabras. Por su parte, Mü se evitó la molestia de explicar la existencia de su pequeño sirviente y asintió con asertividad.

—No tengo duda. Podemos ir más tarde a confirmarlo, si así lo desean.

Renuente a aceptar que los Capitanes tuviesen intenciones de organizar un Okton, Milo estuvo de acuerdo y el resto, a excepción de Aioria, tuvieron que esperar unas horas más para descubrir qué era lo que se avecinaba.