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Guardias Reales

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Capítulo 12

Camus pensaba que tenía sentido convertir Marlas en la capital del nuevo imperio por el simple hecho de que poseía relevancia histórica tanto para Akielos como para Vere. Sin embargo, fue hasta que caminó por vez primera sobre su calle principal en un día de mercado que realmente comprendió que el Príncipe y el Rey no pudieron elegir un mejor lugar para unir a sus naciones. En ninguna otra ciudad del imperio habrían encontrado tan claras mezclas entre las culturas y, sin duda, ningún otro pueblo recibiría la unificación con tanta alegría.

La fortaleza de Marlas se encontraba al este de la provincia de Delfour, originalmente vereciana. La fértil franja de territorio era un símbolo de poder añorado por Akielos y durante años realizó incursiones militares con el fin de conquistarla. Con el paso de los siglos, Delfour y sus aldeas pasaron de una nación a otra en periodos de tiempo relativamente cortos y, aunque sus habitantes se consideraban a sí mismos verecianos, la verdad era que habían adoptado varias tradiciones y costumbres akielenses.

Había ejemplos de la mezcla de culturas por toda la calle principal. Los puestos de comida servían platos verecianos cocinados con ingredientes akielenses y las vitrinas de las confiterías estaban repletas de exóticas frutas caramelizadas y decoradas al estilo de la vieja capital del norte. Azoradas por el calor, las personas portaban ligeros y blanquísimos quitones cubiertos con coloridos himationes. Las mujeres más jóvenes adornaban sus cabellos con finas trenzas y los hombres más acaudalados portaban estilizados chalecos en lugar de himationes. Camus pensaba que la mezcla de chalecos con quitones no era precisamente estética, pero los hombres lucían tan satisfechos consigo mismos que no se atrevió hacerlos a menos.

La misma ciudad ostentaba con orgullo su doble legado. A pesar de que los cimientos de los edificios eran, sin duda, verecianos, sus muros estaban cubiertos con pintura de cal y sus techos con vigas de terracota. Los letreros de las tiendas estaban escritas tanto en vereciano como akielense y los aldeanos conversaban entre sí con un peculiar dialecto vereciano que mezclaba modismos y palabras de ambos países. Camus jamás había escuchado algo así y se preguntó cuánto tiempo tomaría para que la jerga se extendiera a través del imperio. Asimismo, se preguntó si la alianza duraría lo suficiente como para que aquello ocurriera.

Al menos, Camus pensaba, los habitantes de Marlas parecían optimistas. Cierto aire de satisfacción rodeaba a cada una de las personas y el pelirrojo podía adivinar el por qué. Convertirse en la capital del nuevo imperio significaría más infraestructura, más comercio y más oportunidades para los ciudadanos. Si eso no fuese suficiente, sin duda estarían orgullosos de albergar a los nuevos monarcas. Aunque todavía faltaban dos meses para el vigésimo primer cumpleaños del Príncipe de Vere, la ciudad comenzaba a vestirse con la alegría y emoción de su próxima coronación. Por todos lados se ofrecían pañuelos, banderas y cintas con los colores del nuevo escudo y en un par de puestos ofrecían coronas de cobre para los niños.

—Es increíble, ¿no es así? —preguntó Milo mientras avanzaban por la atestada calle—. Admito que jamás estuve en la vieja capital, pero dudo que Marlas tenga algo que envidiarle a Ios. Está tan rebosante de vida que es imposible no sentirse abrumado.

—Sin duda.

La referencia de Camus no era mucho mejor que la de Milo. A pesar de que él sí había visitado su vieja capital, lo hizo en un momento de extrema tensión política. Sus recuerdos de Arles eran los de un ejército acuartelado, una población inquieta y un falso rey que solo tenía interés en afianzar su poder. El único momento en el que la ciudad pareció alegrarse fue cuando recibieron la noticia del triunfo del Príncipe sobre el Regente. La gente salió a las calles y por toda la ciudad se desplegó el estandarte del legítimo heredero. Camus no permaneció en la capital por el tiempo suficiente para descubrir si aquella felicidad permanecería o si, por el contrario, había sido un simple momento de euforia al ver la primera señal de esperanza.

Marlas era diferente. Después de siglos de disputas, la unificación les ofrecía el final de las guerras, de los cambios de gobierno y de las incertidumbres. No solo eso; los habitantes caminaban por la calle principal con orgullo y satisfacción, casi como si supieran que eran el vivo ejemplo de los beneficios de unir ambas culturas. Camus no tenía duda de que la ciudad crecería en importancia sin importar si la alianza perduraba o no.

—Aunque ya hemos estado un mes en este lugar, no dejo de sorprenderme —dijo Aioria—. Parece que hay algo nuevo a cada paso que das. ¡Y la comida! Espera a que llegue la hora de la cena, Camus. Te llevaremos a la mejor posada de toda la ciudad.

Si bien Camus no podía quejarse del servicio en el castillo, no dejaba de ser comida para soldados y, sabía, jamás podría compararse a lo que se serviría en una agradable posada. Ansiaba probar un menú más elaborado y, con suerte, un vino de mejor calidad. Sin embargo, antes de poder relajarse, necesitaba hacer algo más importante.

—Además de cenar, ¿qué planean hacer hoy? —preguntó mientras se detenía cerca de uno de los pozos de la ciudad. Sus compañeros le imitaron.

—Lo primero que tenemos que hacer es ir con el zapatero para recoger las sandalias que ordenamos hace dos semanas —respondió Milo.

—También tenemos que ir con un talabartero —añadió Aioria—. Necesito nuevos guantes para montar.

Camus asintió y miró a su alrededor para tratar de identificar la calle que requería.

—Yo también necesito hacer algunos encargos. ¿Por qué no nos vemos más tarde en la posada?

Milo frunció el ceño y Camus temió que el hombre malinterpretara su deseo de comprar por su cuenta como un rechazo a su persona. Afortunadamente, Aioria estuvo de acuerdo con su plan y destensó el ambiente con su despreocupada actitud.

—Buena idea —señaló hacia el sur—. La posada está a tres calles de aquí. Es bastante famosa así que te será fácil localizarla. Se llama Les Nomades.

La pronunciación de Aioria fue tan terrible que a Camus le costó contener una burlona sonrisa.

—De acuerdo. ¿Nos vemos ahí al atardecer?

Aioria asintió con energía y Milo se alzó de hombros con desinterés. Camus sintió una opresión en su pecho al saber que había molestado a su compañero. A pesar de que no había hecho algo incorrecto, comprendía que Milo se sentía tan inseguro como él y le entristeció pensar que pasaría tiempo antes de que pudiesen sentirse completamente cómodos el uno con el otro.

Camus exhaló mientras los morenos se perdían entre la gente. Se recordó a sí mismo que había conocido a Milo tan solo unos días atrás y que era normal que discutieran. Se aseguraría de hacer las paces con él más tarde y, con suerte, no le daría más motivos para dudar de él.

Decidido a distraerse con sus propios asuntos, Camus preguntó a un transeúnte en donde podría encontrar una buena sastrería vereciana. Si bien el extraño no se atrevió a dar una clara respuesta, al menos tuvo la decencia de señalarle la calle de los costureros. Camus le agradeció y comenzó a buscar un local que le diera la suficiente confianza.

El clima de Monpazier no era muy diferente al de Marlas y Camus confiaba no sufrir demasiado una vez que la calurosa primavera comenzara dentro de un mes. Sin embargo, su guardarropa no estaba tan preparado para el clima como su cuerpo. Pensando que tendría que pasar el invierno en la fría ciudad de Arles, Camus dejó su ropa más fresca en casa de sus padres. Jamás pensó que su afán de ser parte de la Guardia Real le llevaría de regreso hacia el sur, ni que el calor que se avecinaba amenazaría con sofocarlo si acaso no cambiaba sus atuendos. Por supuesto, no llegaría al absurdo extremo de portar quitones, pero sin duda en Marlas encontraría bellos trajes hechos de seda y voile.

Encontró lo que parecía ser un buen lugar y se adentró al local para ser recibido por un atento hombre de edad avanzada y manchas en la calva. Antes de que pudiese decir qué necesitaba, el sastre comenzó a enlistar las muchas opciones que tenía su local. Afortunadamente, su discurso fue interrumpido por un burdo grito al interior de la tienda.

—¿Ves? ¡Te dije que el azul me quedaba terrible!

El sastre y Camus intercambiaron preocupadas miradas y caminaron con cautela hacia una salita contigua en donde un pobre ayudante trataba de calmar a su exigente cliente. Este se encontraba de pie justo al centro de la habitación y sobre un angosto banco de madera. Portaba un ajustado pantalón de color negro y un intrincado saco con decenas de lazos y bordados hechos con hilo de oro. La primer reacción de Camus fue la de sonreír con satisfacción al comprobar que había elegido un buen lugar, pero su gusto pasó rápidamente a sorpresa cuando vio el rostro del cliente reflejado en uno de los espejos de la tienda.

—¿Máscara de la Muerte? —la expresión de asombro llamó la atención del aludido, quien despegó su rostro del asistente y lo dirigió al reflejo de Camus.

—¡Miren a quién tenemos aquí! ¡El amigo del zoquete!

—Mi nombre es Camus —tuvo que hacer un gran esfuerzo para no añadir que el nombre del zoquete era Aioria.

—¿Vienes por nueva ropa? Elegiste un buen lugar; aunque a veces se rehúsen a escucharte —sus últimas palabras fueron dirigidas al nervioso asistente.

—Sé que prefiere evitar el azul, señor —aseguró el mozuelo—, pero es la última moda en Arles. ¡Dentro de unos meses todo el mundo estará utilizándolo!

Máscara de la Muerte desenlazó su saco con la facilidad propia de alguien acostumbrado a hacerlo y lo lanzó sobre la cabeza del asistente.

—No les pago para que me hagan lucir como el resto del mundo.

El sastre caminó con presteza hacia su asistente y posó su mano sobre su cabeza aún cubierta por el saco. Le obligó a inclinarse ante el cliente y emitió mil y un disculpas por su torpeza. Cuando el joven finalmente logró descubrirse, el sastre le indicó que ayudase a Camus mientras él buscaba una mejor alternativa para Máscara de la Muerte. El jovencillo asintió con alivio y comenzó a interrogar al pelirrojo sobre sus necesidades.

Después de varios minutos, el joven recabó la suficiente información y salió corriendo hacia una segunda habitación que parecía hundida en la penumbra. Para ese momento Máscara de la Muerte modelaba un fino saco de color negro con bordes plateados. Camus tenía que aceptar que el hombre tuvo razón al rechazar el color azul: los tonos oscuros eran más acordes a su tétrica personalidad.

—Jamás me habría imaginado que fueses un hombre que apreciara la vestimenta vereciana —dijo Camus mientras tomaba asiento en espera del asistente.

—Siempre la he disfrutado —admitió mientras extendía su mano izquierda para que el sastre tomase las medidas pertinentes—. Tiene mucho más personalidad que los aburridos quitones blancos. ¡Los lazos me hacen sentir importante!

—Aunque los quitones carezcan de originalidad, son frescos —y otorgan una muy buena vista de las voluptuosas piernas akielenses, pensó.

—Es cierto. Usar tantas capas de ropa se complica una vez que termina el invierno. ¿Por eso estás aquí? Supongo que la ropa que sueles usar en la fría Arles es muy diferente.

—No soy de Arles, pero sí necesito ropa nueva.

Máscara de la Muerte alzó las cejas y chasqueó la boca.

—Creí que serías de la vieja capital. Ya sabes, por tu cabello.

Camus exhaló sonoramente y rodó los ojos con molestia. En boca de Milo el tema de su cabello era halagador e intrigante, pero en Máscara de la Muerte todo parecía convertirse en una burla.

—Mi cabello es natural —aseguró.

Máscara de la Muerte se alzó de hombros y abrió las piernas a la altura de sus hombros para que el sastre prosiguiera con sus mediciones.

—Debí imaginarlo. Nadie en su sano juicio se teñiría el cabello de un rojo tan chirriante —Camus no tuvo tiempo de indignarse ya que el hombre sacudió su blanca cabellera y siguió hablando—. Aunque supongo que no soy quien para decir algo así. Estas canas me aumentan veinte años. He pensado en teñirlas, pero temo —ladeó el rostro hacia donde Camus se encontraba sentado—, ya sabes, quedar como tú.

Por segunda ocasión, el pelirrojo tuvo que contener su enojo, puesto que el asistente había regresado y le presentaba al menos una docena de piezas de ropa. Decidido a enfocarse en lo que era verdaderamente importante, Camus se levantó de su asiento y comenzó a examinar los pantalones, camisas y chalecos que le ofrecían. Asintió con gusto al sentir las frescas telas de algodón entre sus dedos. El hilado era de buena calidad y los tonos del teñido agradables a la vista. Camus estaba acostumbrado a que su última capa de ropa fuese de color oscuro, mas una despampanante chaqueta ocre le convenció de que era buen tiempo para cambiar de estilo. Recordar que utilizaría armadura la mayor parte del tiempo le animó a preguntarle al asistente por vestimentas semejantes.

Camus eligió cuatro distintos atuendos y comenzó a probárselos para que realizaran los ajustes pertinentes. Para ese momento Máscara de la Muerte había cambiado su traje anterior por un atuendo negro que consistía en decenas de retazos unidos entre sí por delicados listones dorados. Camus pensaba que el complicado traje parecía un montón de harapos entrelazados, pero la satisfacción del akielense era tal que le aportó un poco de decoro al conjunto.

—Y dime —dijo Máscara de la Muerte mientras el sastre realizaba incomprensibles anotaciones en una hoja de papel—, si no eres de Arles, ¿de dónde vienes?

—De Monpazier. Está al sur de la provincia de Alier.

El otro asintió

—Eso no queda muy lejos de aquí —comentó para sí—. Yo tampoco vengo de muy lejos. Soy de Karthas, en la provincia de Sicyon. Pero seguro que tú ya sabías eso, ¿no es así?

—Sé que eres el hijo del antiguo kyros, sí.

Máscara de la Muerte refunfuñó agudamente y alzó ambos brazos al aire, lo que provocó que el sastre dejase caer su alfiletero por accidente.

—¿Qué importa mi padre? ¡¿Acaso no escuchaste del poderoso Máscara de la Muerte?! ¿El implacable asesino de Sicyon?

Camus alzó los hombros en señal de despreocupación.

—No supe de ti hasta que llegué a Marlas.

—¡¿Hablas en serio?! —dejó de atender las necesidades del sastre y se cruzó de brazos mientras miraba a Camus con indignación—. ¡Me llaman Máscara de la Muerte! ¡Un nombre como esos no puede pasar desapercibido!

—Un nombre únicamente puede llegar tan lejos como la fama de su dueño —a pesar de que no tenía deseos de reñir con él, Máscara de la Muerte era un hombre que creaba conflictos para llamar la atención. Si Camus podía ofrecérsela acompañada de un par de bofetadas, lo haría con gusto.

—Mi fama también me precede —rebatió con un mohín—. ¿Sabes por qué me llaman así? —Camus negó con la cabeza—. ¿Sabías que hay soldados en Delpha—

—Delfour —Camus corrigió su pronunciación y Máscara de la Muerte bufó.

—Los soldados en Delpha —remarcó el golpeado nombre— son famosos por hacer una muesca en sus cinturones por cada hombre que muere bajo sus armas —ladeó el rostro con orgullo—. Mi método de conteo es más práctico: les corto las cabezas a mis víctimas.

El peso de sus palabras recayó bruscamente sobre los presentes. El ayudante emitió un agudo chillido y el sastre volvió a dejar caer su alfiletero. Asqueado por la confesión, Camus sintió cómo se tensaban todos los músculos de su cuerpo. Inicialmente pensó que solo los salvajes akielenses serían capaces de cometer tan terrible acto, pero luego recordó que ellos siempre respetaban las treguas para la recuperación de los cuerpos. Solamente un maniático sería capaz de robarles a las personas la oportunidad de reconocer y enterrar a sus muertos.

—Eres repugnante.

La reacción de Máscara de la Muerte fue la de reír con tanta fuerza que lanzó su cabeza hacia atrás. Su carcajada fue larga y tendida y, cuando terminó, rascó su nariz con el dedo índice.

—Lo sé, lo sé —canturreó—. En retrospectiva, era una pésima idea. Era muy impráctico a la hora de la batalla. Dejé de hacerlo hace años, pero el nombre se me quedó.

—De cualquier forma, jamás había escuchado de ti antes —concluyó Camus.

Máscara de la Muerte estuvo a punto de iniciar una nueva discusión cuando el sastre sujetó la manga de su traje y le miró con ojos suplicantes.

—Mi señor, si pudiera…

El akielense puso los ojos en blanco, mas accedió a la solicitud del pobre hombre y extendió su brazo derecho hacia él.

—Tengo hambre —dijo en lugar de batallar—. ¿Qué te parece si después de esto vamos a cenar, Camus? Conozco un buen lugar. Se llama Les Nomades.

Camus sabía que pasar más tiempo con el exótico hombre sería una terrible idea. Sin embargo, su extravagante personalidad despertaba su curiosidad y deseó conocerle mejor a pesar de que todo lo que salía de su boca era una insolencia o una salvajada. Además, no le vendría mal un guía para la posada.

Accedió al momento y contuvo una sonrisa al imaginarse la pataleta que haría Aioria al encontrarse con tan horrible hombre en su posada favorita.