Actions

Work Header

Guardias Reales

Chapter Text

Capítulo 10

El cuarto día de Camus en la fortaleza de Marlas inició como ya se había hecho costumbre. Los soldados se levantaron con el ímpetu usual y comenzaron puntualmente con los ejercicios del campamento. El pelirrojo no estaba seguro si el grupo estaba cada día más organizado, o si simplemente había comenzado a percibir las pequeñas maniobras y actitudes que lo catalogarían como un ejército unificado; al menos, como uno que no pensara en destruirse desde dentro la mayor parte del tiempo. Camus supuso que su nueva perspectiva se debía a que ahora se sentía parte de dicho ejército y comprendía más que nunca las limitantes y problemáticas de los soldados.

Aquella mañana estaba tan enfrascado en sus propias actividades que no pensó dos veces en el hecho de que Milo había ocupado el puesto contiguo. No reparó en él hasta que desdoblaron juntos uno de los pesados lienzos. Por un instante sus manos y miradas se cruzaron y, si bien el rostro de Milo permanecía serio, el enojo y la frustración habían desaparecido. Lucía, en cambio, cansado y desconcertado. A pesar de que el intercambio duró pocos segundos, Camus supo leer en su cerúlea mirada la promesa de un futuro encuentro que, tal vez, les permitiría aclarar las cosas y enmendar los errores.

Camus sabía que Milo era sumamente orgulloso y admiraba que hubiese sugerido una pronta reconciliación. Lo menos que el vereciano podía hacer era imitar su nobleza. Por esta razón, le sonrió e hizo un sutil movimiento de cabeza que, esperaba, le haría saber que él también estaba dispuesto a retomar la conversación del día anterior.

El resto de la mañana pasó con rapidez. Los hombres se enfocaron arduamente en sus tareas y las únicas interrupciones que Camus percibió fueron ocasionadas por Aioria exigiéndole a Milo a que le enseñara vereciano.

—¿Por qué de repente quieres aprender el idioma? —preguntó el rubio a sabiendas de que Aioria no pediría algo así a menos que fuese por un motivo importante.

—¿No es obvio? Ahora que formamos parte del mismo imperio tendré que relacionarme con más verecianos. Lo mejor será que aprenda a hablar su idioma.

Milo entrecerró los ojos y le lanzó un pesado rollo de soga destinado a ser guardado en las carretas.

—Hemos convivido con verecianos por casi dos meses y nunca antes te habías interesado en aprenderlo. Disculpa si desconfío de tu sinceridad —tras una breve pausa frunció el ceño y torció la boca—. Todo esto es por el médico, ¿verdad? ¿Crees poder cortejarlo si hablas su idioma?

Aioria abrió ampliamente la boca para defenderse, pero Camus le interrumpió con rudeza.

—Ya le dijimos que jamás funcionaría. Tendrá más éxito orándoles a los dioses. Quizá se apiaden de él y le permitan follarse a Shaka —las palabras de Camus tuvieron el efecto deseado, ya que Aioria se abochornó tanto que se concentró en sus labores y dejó sus súplicas para un momento más adecuado.

Después de algunas horas, los capitanes señalaron el final de las prácticas de campamento y ordenaron a los hombres dirigirse al comedor. Camus no había dado un paso hacia el interior de la fortaleza cuando fue detenido por Milo.

—Camus —el tono de su voz fue tan suplicante como el modo en el que le sujetaba de la muñeca—. Si me lo permites, me gustaría conversar contigo por un momento.

A pesar de que el vereciano supo que no podría rechazarlo, tampoco estaba dispuesto a perder el desayuno. El hecho de que pudiese sobrevivir un día sin probar bocado no quería decir que estuviese dispuesto a hacerlo. Se decidió, entonces, a proponer un punto medio.

—Vayamos primero por algo de comer. No queremos que te desmayes a mitad de la práctica vespertina.

Milo abrió los ojos y la boca en señal de indignación, mas decidió contenerse. Seguramente quería desahogarse lo más pronto posible y no quería darle una excusa a Camus para escapar de él.

Los hombres se dirigieron al comedor y en un pequeño morral guardaron sus respectivas raciones de embutidos, queso y pan. No le dieron mayor explicación a sus compañeros y de nueva cuenta salieron del castillo. Durante todo el trayecto Camus temió toparse con alguno de los capitanes, pero estos debían encontrarse en alguna de las habitaciones privadas puesto que no había rastro de ellos.

Si bien al pelirrojo no le gustaba la idea de alejarse del grupo antes de que iniciara el siguiente entrenamiento, Milo parecía decidido a hacer lo contrario. Camus lo siguió con paciencia hasta que se percató que se dirigían a las caballerizas.

—No pretenderás que cabalguemos justo ahora. No regresaríamos antes de que termine el tiempo libre.

Milo arqueó la ceja izquierda y se alzó de hombros.

—¿Y qué? Nos ayudará a relajarnos —Camus casi se va de espaldas con la despreocupada respuesta del rubio, quien rio con fuerza al ver su reacción—. ¡Es broma! ¡Yo también quiero formar parte de la guardia, ¿recuerdas?! No vamos a las caballerizas. Hay una capilla a unos metros de ahí. Debe estar vacía a esta hora.

Tal y como Milo dijo, había una pequeña y oscura habitación escondida entre la caballeriza y la herrería. El edificio estaba descuidado, con piso de tierra, paredes de madera humedecida y un techo de paja que no había sido cambiado en meses. Cuatro pequeñas bancas estaban dispuestas frente a un humilde altar decorado con un bello arreglo de flores silvestres. La capilla pertenecía a los sirvientes del castillo, pensó Camus, y debió haber caído en desuso después de la conquista akielense seis años atrás. Con la unificación y el regreso de verecianos a la fortaleza, las antiguas creencias debieron resurgir en el corazón de los lacayos, quienes poco a poco revivían el pequeño espacio que alguna vez significó todo para ellos.

—¿Cómo encontraste este lugar? —Camus suponía que no era normal que un aspirante vagara por los recovecos del castillo. Sería demasiado fácil entrar por accidente a un lugar prohibido y meterse en problemas con los capitanes.

En lugar de que Milo respondiera inmediatamente, pareció repasar en su mente diversas excusas que le evitarían la molestia de decir la verdad. Camus tenía razón: no era indicado que un soldado hubiese dado con un lugar que si bien era sencillo, no dejaba de ser sagrado.

—Es una larga historia —terminó por decir—. Tú sabes lo difícil que es encontrar privacidad cuando se está acuartelado. Los feligreses únicamente oran al amanecer; me aseguro de nunca molestarles con mi presencia.

Camus no dejó de pensar que era un tanto blasfemo esconderse en una capilla, pero al igual que Milo comprendía los estragos emocionales de pasar todas las horas del día acompañado de solados. Todos necesitaban un descanso ocasional y, en esos momentos, decidió aceptarlo con todo y la blasfemia.

Para demostrar que por el momento aceptaba el escondite, Camus tomó asiento en la última banca de la izquierda. Milo lo imitó y adoptó una compungida postura con sus antebrazos recargados en sus rodillas y el rostro gacho.

—Quería disculparme contigo, Camus —dijo sin alzar la mirada—. El día de ayer no fui sincero contigo. A decir verdad, tampoco fui sincero conmigo mismo.

—No es necesario que me des explicaciones —aseguró—. Yo también he cometido errores.

—No busco justificar mis faltas. Lo que quisiera… —exhaló largamente y alzó el rostro. Sus ojos turquesas brillaban aún en la penumbra de la capilla—. Si me lo permites, me gustaría contar parte de mi historia.

Cuando Milo separó a Camus de sus compañeros, jamás pensó que le ofrecería algo tan íntimo. No estaba acostumbrado a lidiar con emociones ajenas y, tal vez, de haber sabido que la situación se tornaría tan delicada, habría optado por quedarse a desayunar. Infortunadamente, la decisión estaba tomada y no le quedó más que asentir como si no tuviese miedo de lo que estaba a punto de escuchar.

—Nací en la provincia de Mellos —para sorpresa de Camus, Milo comenzó a hablar en impecable vereciano—. El linaje de mi madre puede rastrearse hasta siete generaciones atrás; es prima del antiguo kyros de la región y única heredera del legado de mi abuelo —sonrió—, el cual es prácticamente inexistente. Los malos negocios llevaron a su familia a la ruina y su padre se sintió obligado a casarla con alguien más afortunado —los ojos de Milo se entrecerraron y su mandíbula se tensó—. El elegido fue un hombre llamado Aspros. Nació como un simple jornalero en la campiña de Mellos, pero era ambicioso e inteligente. A los trece años se volvió capataz de la plantación en la que trabajaba y a los dieciocho logró hacerse tan indispensable para el terrateniente que lo nombró su heredero.

—Eso es admirable —concedió Camus, a pesar de que Milo no parecía estar de acuerdo.

—Lo es, en cuestión de negocios —admitió—. El mismo matrimonio fue una transacción. Mi abuelo quería que su hija tuviese una mejor calidad de vida y Aspros quería unirse legalmente con una familia tan reconocida como la suya. Mi madre también estuvo de acuerdo con el trato —arrugó la nariz—, aunque creo que solo se casó con Aspros porque era dueño de los mejores manzanos de Akielos.

—¿Cómo dices?

Milo interrumpió brevemente su relato y parpadeó varias veces como para recordar en dónde se encontraba.

—A mi madre le encantan las manzanas —abochornado, rascó su nuca con la mano derecha—. Da un poco de miedo, francamente.

Camus imaginó a la madre de Milo sentada sobre una montaña de manzanas y con un pequeño Milo en brazos. También imaginó la brillante sonrisa que debió haber lucido cuando decidió nombrar 'manzana' a su hijo.

—No es un matrimonio tormentoso. Mi madre ayuda a mejorar la imagen pública de Aspros y él cuida de la familia con ahínco. Su relación mejoró aún más cuando engendraron a dos herederos y pudieron dedicarse a lo que realmente les interesaba: Aspros a sus negocios y mi madre… —frunció el ceño— a lo que sea que le interesase en ese momento. Hace veintiún años, su interés recayó en mi padre.

Camus tragó saliva e intentó prepararse mentalmente para la segunda parte del relato. Oró por tener el temple necesario para evitar hacer muecas de disgusto al escuchar sobre el adulterio de la madre de Milo.

—Él era vereciano —el rubio hizo una larga pausa que permitió que las pesadas palabras llegasen a los oídos del pelirrojo. Camus, mentalizado a escuchar algo diferente, se pasmó al recibir la inesperada noticia.

Camus intentó decir algo, confirmar lo que acababa de escuchar, pero las palabras no salieron de su boca. Milo tomó su silencio como una pauta para continuar.

—No te habría agradado. Era uno de los mejores contrabandistas del mar del oeste. Era capitán de su propio barco y comandaba a más de cien hombres. Aspros lo aborrecía por ser vereciano, pero hacía negocios con él porque le permitía exportar sus frutas a Vere en un tiempo en el que comercio entre los dos países estaba prohibido —una pintoresca imagen debió cruzar su mente, ya que posó su mano sobre sus labios para contener una amplia sonrisa—. Mi madre estaba fascinada con el extranjero. Era blanco, rubio, criminal y totalmente diferente a cualquier otro hombre al que hubiese conocido. Además, el que una akielense cortejara a un vereciano sería el escándalo más grande que la provincia hubiese visto en años.

—Y fue exactamente lo que hizo.

Milo asintió y emitió una seca risotada.

—Lo hizo. Con inusual discreción, pero lo hizo. Aún hoy está orgullosa de haber logrado que un vereciano se acostase con una mujer casada. Sin embargo, el gusto le duró poco. Mi padre era fugitivo en ambos países; no podía permanecer mucho tiempo en tierra y partió sin saber siquiera que mi madre estaba embarazada. Ella tampoco se tomó la molestia de informarle, ni siquiera en las pocas ocasiones en las que volvieron a verse.

—¿Qué pasó con Aspros? —la ligereza en las palabras de Milo apuntaba a que el escándalo no fue el final para su familia y a Camus le costó trabajo imaginarse cómo pudieron librarse de la vergüenza. Decenas de familias en Vere habían caído en la infamia por mucho menos que eso.

—¡Estaba furioso! —admitió—. Debes saberlo: en Akielos es normal que haya relaciones extramaritales. Sobre todo en casos como el suyo en el que el matrimonio fue de conveniencia. Sin embargo…

—La situación cambia al haber un vereciano de por medio.

El rostro de Milo, antes alegre y emocionado, se tornó serio.

—Con el fin de evitar los rumores, Aspros me reconoció como su hijo. Mi madre sabía que tendría muchas dificultades si se descubría la identidad de mi verdadero padre, así que aceptó guardar el secreto.

—¿Y por eso te enseñó vereciano desde que eras pequeño?

No supo por qué su pregunta tomó a Milo por sorpresa. Su dominio del lenguaje era tan puro que era obvio que lo había aprendido desde una edad temprana. Sin duda aquel ejercicio sería una aventura más para su madre: un atrevimiento que pondría al límite la salud mental de su esposo.

—No solo vereciano —respondió después de un breve silencio—. Todas las noches me contaba cuentos de hadas de Vere y, cuando podía, me compraba esos horribles juguetes que usan ustedes.

—¿Qué tienen de malo nuestros juguetes?

—¡Tienen tantas piezas! ¡En lugar de jugar con simples trompos, prefieren rompecabezas tan complicados que ni los adultos pueden resolver!

—Sospecho que tu madre sería una experta en ellos.

—Le gustan los retos. Tienen suerte de que naciera mujer. De lo contrario se habría enlistado al ejército y habría conquistado los cuatro reinos antes de cumplir los treinta años.

A pesar de que no conocía a la mujer, Camus no dudó un instante en la veracidad de las palabras de Milo.

—Mi madre me confesó la verdad el día que cumplí seis años. De cierta forma fue un alivio descubrir que Aspros no era mi verdadero padre —calló por varios segundos, mientras perdía su mirada en la tierra—. Lo dije antes: el día de ayer no fui sincero contigo. Aunque Aspros aparentaba ser un hombre de familia, siempre supe que no me trataba del mismo modo que a mis hermanos. Las palabras de mi madre dieron sentido a su rechazo y decidí hacer todo lo que estuviese en mis manos para ganar su respeto —una sardónica sonrisa apareció en su rostro—. Comencé a entrenar, a interesarme en el ejército. Decidí que le demostraría que mi sangre akielense era la más poderosa y que la utilizaría para algún día marchar en contra de Vere.

En muchas ocasiones Camus se preguntó si habría elegido el camino del ejército de no ser por sus padres. A pesar de que disfrutaba sentir el peso de la armadura y la excitación de los combates, sabía que parte de esa emoción fue sembrada por su familia. ¿Habría desempeñado tan buen papel si hubiese elegido los pasos de su padre como mercader? O, tal vez, su personalidad era más cercana a la de su tío, quien se recluyó en un monasterio y que dedicaba su vida a redactar y copiar textos. Camus amaba sus armas y el orgullo de formar parte de aquellos que defienden a los más débiles, pero ocasionalmente se preguntaba qué habría sido de él de haber elegido un camino distinto.

Hasta donde sabía, Milo había elegido su camino por cuenta propia y Camus se preguntó si de esa forma hallaría más orgullo al pertenecer a la Guardia Real o si, por el contrario, una sombra de remordimiento oscurecería su conciencia al saber que había llegado hasta ahí guiado por el deseo de destruir una parte de él mismo.

—A los ocho años se me permitió ingresar al stratónes, al —continuó Milo e hizo una breve pausa para elegir la palabra correcta— cuartel. A pesar de estar lejos de casa, temí que la gente sospechara que era hijo de un vereciano y corrí el rumor que mi padre era un esclavo rubio —rio secamente—. Creo que funcionó, ya que jamás han sospechado otra cosa. El único fuera de mi familia que sabe la verdad es Aioria. Lo conocí en el stratónes, ¿sabes? Es como mi hermano, aunque a veces me saque de mis casillas.

A pesar de que Camus era hijo único, sabía que sacarse mutuamente de sus casillas era prácticamente una obligación entre hermanos.

—Entiendo y agradezco la confianza que me tienes al contarme esto.

Milo se alzó de hombros como para amainar la importancia del momento.

—No es que desconfíe, Camus, pero el secreto ya no es tan importante para mí. Hace un año lo único que me importaba era destruir a Vere. Pensaba que eso me permitiría destruir la parte de mí que tanto odiaba. Pensé así hasta que…

El rubio interrumpió sus palabras y aunque el pelirrojo esperó a que continuara, al final tuvo que hacerlo por él.

—Hasta que llegó la alianza.

Milo asintió.

—Al principio pensé que sería algo temporal. Acepté pelear a lado de los verecianos porque su Excelencia lo ordenó y porque teníamos un enemigo en común. Fue en esos días que descubrí que me había equivocado con respecto a mis vecinos del norte. Acepté que no eran cobardes ni ruines ni perversos. Por el contrario, descubrí que algunos eran más valientes que mis compañeros akielenses y que lo único que buscaban era proteger a su nación y a su Príncipe.

Camus registró cada una de sus palabras y comprendió por qué el modo de pelear de Milo era tan diferente a la del promedio: él ya había combatido a lado de los verecianos. Había peleado bajo el estandarte del Rey de Akielos y, por lo tanto, del Príncipe de Vere. En esa ocasión le costó mucho más trabajo contener sus pesquisas y se prometió indagar más en las próximas horas. Quizá era momento de preguntarle a Aioria sobre sus aburridas historias de guerra.

—Descubrí que si mi sangre estaba contaminada era por mis temores y complejos, no por mi padre. Es como tú dijiste: me dejé llevar por los prejuicios de mis ancestros y después te acusé de hacer lo mismo.

—Será más fácil evitarlos ahora que estamos conscientes de ellos —aseguró con una asertividad que realmente no sentía.

Milo no respondió inmediatamente y su ceño fruncido y la forma en la que se contraían y relajaban los músculos de su cuello fueron clara señal de que aún tenía algo que decir. Camus le dio el tiempo que necesitaba para armarse de valor.

—No tengo excusa con relación al uso de esclavos. Fue meramente un asunto de facilidad. Era fácil extender la mano y recibir una copa de vino, fácil abrir la boca para recibir un bocado de fruta, fácil seleccionar a un esclavo de los jardines, fácil pensar que yacían conmigo porque así lo querían y no porque entrenaron durante años para hacerlo.

A pesar de que Camus no quería romper el contacto visual con Milo, tuvo que hacerlo al confirmar lo que sospechaba: el rubio se había aprovechado sexualmente de personas que tuvieron la mala fortuna de nacer entre cadenas y grilletes de oro.

—Estaba en Marlas cuando su Excelencia dio la orden de la liberación —continuó el rubio—. En su momento fue más una burla que una preocupación. Pensamos: ¿para qué tomarse la molestia de liberarlos? Los esclavos reciben buen trato, ¿por qué querrían irse? Tienen una vida privilegiada —bufó—. Las cartas tardaron en llegar, pero poco a poco nos dimos cuenta de lo equivocados que estábamos. Recibí la carta de mi madre dos semanas atrás. Solo los esclavos más viejos decidieron quedarse. Los más jóvenes buscaron trabajo en las ciudades; algunos de los hombres se enlistaron en las guardias regionales. Algunos otros vendieron sus grilletes y usaron el dinero para viajar al norte, a Vere.

Camus pensó que los últimos eran los más inteligentes. Si la liberación o la alianza fallaban, no habría mejor lugar para un esclavo que Vere. Incluso desde antes de la unificación, el país del norte era un refugio para los pocos esclavos que lograban escapar de sus amos.

—Aunque ahora sé que cualquier humano preferiría la libertad antes que una vida de relativos lujos, en su momento fue una gran sorpresa. De no ser porque estábamos acuartelados, más de la mitad de los soldados akielenses habrían viajado a sus pueblos natales para confirmar la noticia.

—Tienes un buen Rey —dijo Camus—. Logró ver más allá de sus errores e hizo lo que estaba en sus manos para hacer lo correcto.

Milo sonrió y le dio una suave palmada en la espalda.

—Tenemos un buen Rey.

—¿Y un Príncipe hecho de oro y porcelana?

Milo alzó las manos al aire y emitió una expresión de hastío.

—¡No sé por qué demonios confío en alguien como Aioria!

Los hombres se hundieron en un cómodo silencio hasta que Camus se percató que ya había pasado demasiado tiempo. Sacó el contenido del morral y comieron con rapidez. Camus se lamentó no haber empacado algo para beber.

Cuando terminaron de comer y regresaron al patio principal, divisaron al grupo de soldados salir del castillo. Les tomó tiempo armarse, darles alcance y alinearse en formación de marcha. A pesar de que no fueron los últimos en llegar, su posición en la columna fue diferente a la usual, hecho que no pasó desapercibido por los capitanes. Dohko les miró con curiosidad, pero mantuvo sus pensamientos para sí. Shion, por el contrario, no perdió la oportunidad de amonestarlos.

—Espero que hayan puesto en sus bocas otra cosa además de sus pollas, soldados.

Para Camus, las palabras eran una clara advertencia: no podrán ejecutar adecuadamente los ejercicios con el estómago vacío, el entrenamiento es prioritario y el tiempo de acuartelamiento debe ser respetado al máximo.

Como era de esperarse, Milo no supo leer entre líneas y únicamente reparó en la insinuación del Capitán. Esto provocó que sus orejas se tiñeran de rojo y que fuese incapaz de mirar a Camus a los ojos por el resto de la tarde.

Mü tenía razón: para ser gente que se paseaba semidesnuda, los akielenses eran adorablemente pudorosos.