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Guardias Reales

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Capítulo 6

Al terminar los ejercicios de caballería, tanto el cuerpo como la mente de Camus se encontraban exhaustos. El entrenamiento le pareció interminable y la sombra de la duda no cesó de atormentarle. Aunque supiera que tenía que darle una oportunidad a sus compañeros, cada vez que cerraba los ojos tenía visiones de los barbáricos actos de los soldados akielenses. ¿A cuántos de los suyos habrían asesinado? ¿A cuántas esposas habrían robado? ¿Cuántos niños fueron capturados y convertidos en esclavos?

Incluso antes de sentarse a la mesa, Camus supo que le sería imposible aprovechar la hora de la cena para descansar de tan extenuante día. Si bien confiaba poder lidiar con Milo y Aldebarán, Aioria sería diferente. La cicatriz del castaño le recodaría constantemente su batalla contra Máscara de la Muerte y su innecesario despliegue de violencia. Deseó que el hombre se mostrara tan irreverente como en el desayuno, quizás así podría olvidar la furibunda mirada que lanzó al verse derrotado.

Camus recibió su ración y caminó junto con Mü y Milo hacia la sección de la mesa en donde ya se encontraban Aldebarán y Aioria. Aldebarán tenía la mirada perdida en su comida y Aioria hablaba con entusiasmo sobre algo que, definitivamente, no era tan interesante como él creía.

—Dioses, no… —Milo sonó tan desesperado que Mü y Camus detuvieron sus pasos—. Sabía que esto pasaría. Mejor vamos a otra mesa.

—¿Pasa algo malo? —preguntó Mü.

—¡Terrible! —exclamó—. Tenemos que irnos, Mü. Ya es demasiado tarde para Aldebarán; tendremos que dejarlo atrás.

—¿Acaso es una de sus historias de guerra? —preguntó Camus sin entender todavía la gravedad de la situación.

—Peor aún…

—¡Milo! —como era de esperarse el grito provino de Aioria—. ¡No vas a creer lo que ha pasado! ¡Es algo maravilloso!

Milo suspiró agudamente y miró a sus compañeros.

—Caballeros, fue un gusto servir con ustedes.

El hombre apretó fuertemente los platos entre sus manos y caminó hacia la mesa como si estuviese a punto de enfrentarse a una horda de guerreras de Vask. Confundidos, Mü y Camus intercambiaron miradas por unos segundos antes de seguirlo.

—Déjame adivinar—espetó Milo con desdén mientras tomaba asiento—: conociste al hombre más hermoso del mundo.

—¿Lo sabías? —la mueca de felicidad de Aioria no desapareció.

—Conozco al médico y tus gustos.

—Esto no es sobre mis gustos. Esto es sobre un dios que se disfrazó como humano para estar entre nosotros. ¡Cualquiera lo hallaría hermoso!

Mü viró su atención hacia a Aldebarán, quien con una mirada adivinó su pregunta.

—El médico, Shaka. Parece ser que Aioria ha quedado prendado de él.

La respuesta pasmó por completo a Mü. Sus ojos se abrieron ampliamente y bajó la cabeza como si sintiese vergüenza. Aldebarán intercambió con él unas quedas palabras que parecieron tranquilizarle un poco, mas su apenado rostro permanecería así por el resto de la noche.

Milo y Aioria no se percataron de la reacción del vereciano o, si lo hicieron, optaron por ignorarla.

—Solo te gusta porque es rubio y de ojos azules —acusó Milo.

—Tú eres rubio y de ojos azules, y nunca me he enamorado de ti —afirmó e ignoró a Milo cuando le aseguró que sus ojos eran color turquesa—. Dedico mi atención exclusiva a los que sí valen la pena. Tenías toda la razón, Mü —el vereciano apenas se animó a alzar el rostro—. ¡Eso de la medicina es sumamente importante! ¡Quizá deba convertirme en aprendiz! ¡Ahora veo por qué estabas tan interesado en el tema, Aldebarán!

—Te aseguro que mi interés en la medicina va más allá de la apariencia del médico —era claro que hacía su mayor esfuerzo para contener su enojo—. Además, no creo que tengas madera de curandero. Todo el día fingiste interés en sus tareas, pero estoy seguro que no escuchaste una sola de sus palabras.

—¡Claro que sí! ¡Aprendí que la cincita es buena para las heridas! Me puso un ungüento con cincita.

—¿Recuerdas por qué es buena? —preguntó Aldebarán.

—¿Qué importa siempre y cuando funcione?

—¿No tendrá el médico algo para cerrarte la boca para siempre? —murmuró Milo.

Aldebarán cubrió su sonrisa con su tarro de cerveza y Camus comenzó a arrepentirse por haber deseado que la conversación de la cena se hiciera tan irreverente. Comenzó a comer en espera de distraerse de tan vana discusión.

—No es solo bello —continuó Aioria—. Es sumamente inteligente y elegante —dio un fuerte codazo a Milo—. ¡Es mucho mejor que tu querido Príncipe de Vere!

El nombre llamó la atención de Camus, quien alzó el rostro hacia Milo y se percató de que un ligero sonroje se asomaba por su piel tostada.

—¿Qué cosas dices? —nervioso, Milo rodeó el cuello de Aioria con una postura muy semejante a las llaves que utilizaron en su lucha—. Simplemente admiro al Príncipe, cualquier persona con ojos lo haría —meneó a Aioria tres veces antes de soltarlo. Aldebarán comentó algo sobre tener más cuidado con la herida de Aioria, pero ni Milo ni él hicieron caso.

—¡Por favor! —bufó el castaño y acercó su rostro hacia el de Camus—. ¡Está loco por él! Una noche dijo que el Príncipe estaba hecho de la más fina porcelana y de hilos de oro— su tono fue agudo y burlón varios soldados tornaron su atención hacia ellos.

—No le hagas caso, Camus —reprochó Milo inmediatamente—. Estaba borracho. ¡Habría dicho cualquier cosa!

El pelirrojo apretó sus labios y se contuvo de preguntar sobre el Príncipe. ¿Cómo era posible que Milo le conociera? ¿Acaso sirvió con él durante las batallas contra el Regente? ¿Qué tan cercanos serían? Entrecerró los ojos y recordó el consejo de Mü: no hallaría respuesta en las palabras de los demás. Lo único que le quedaba era seguir conviviendo con sus compañeros y descubrir si realmente estaba en el lugar correcto. Decidido, puso a un lado su cansancio y siguió con el juego.

—Solo dos personas dicen la verdad en este mundo —aseguró—: los niños y los borrachos.

Milo reaccionó a sus palabras como si hubiesen sido un puñetazo en la nariz. Lanzó la cabeza hacia atrás y sus ojos se llenaron de angustia.

—Es admiración. ¡Admiración! —en un desesperado intento por recuperar terreno, juntó su cuerpo con el de Camus lo suficiente para que este sintiera el intenso calor que emanaba—. Jamás le faltaría el respeto de ese modo.

Aioria murmuró una maldición que Camus no conocía —aunque su tono dejó en claro que era una maldición— y optó por continuar sus alabanzas hacia el médico, enfocándose en los más receptivos oídos de Mü y Aldebarán.

Como era de esperarse, a Milo poco le importó perderse el discurso de Aioria.

—Hablo en serio. El Príncipe es valiente y poderoso, pero conozco mi lugar. Además… —acercó más su rostro al de Camus y pronunció sus siguientes palabras como si fuesen el secreto más valioso del mundo—. Es demasiado pálido para mí. No me gustan los rubios —sus ojos se perdieron por unos instantes en el cabello de Camus—. Estoy interesado en tonos más peculiares.

A pesar de que había tomado un baño una hora atrás, Camus comenzó a sentir mucho calor debajo de sus varias capas de ropa. La noche era cálida, pero el vereciano solo podía culpar de su sofoco al hombre que tenía a su lado. ¿Sería por eso que los akielenses vestían túnicas tan cortas? ¡Parecían irradiar tanto calor como una hoguera!

Sonrió para sí al percatarse que la atracción que sentía hacia el akielense era mutua. Era una pena que esa noche se sintiese tan cansado. Si no podía evitar el desgaste emocional, al menos se aseguraría de mejorar la resistencia de su cuerpo. Sospechaba que necesitaría toda su energía para pasar una noche a lado de Milo.

Consideró posar su mano sobre el muslo del moreno hasta que recordó que su corto quitón no cubriría del todo esa parte de su cuerpo. Sabía que no estaba listo para sentir la piel desnuda de Milo entre sus dedos y decidió conformarse con un suave roce de hombros.

—Yo no —susurró—. Yo sí tengo cierto interés en los rubios.

Milo rio —un sonido grave y melodioso— y desvió su mirada hacia la cena que comenzaba a enfriarse. Tomó con sus manos una aceituna rellena y la llevó a su boca.

—Parece ser que ambos tenemos gustos excelentes —dijo mientras masticaba el bocado.

Camus asintió y robó una de las aceitunas de Milo. La intensa mirada que recibió mientras la comía fue recompensa suficiente por saborear tan espantosa fruta. Tendría que tomar varios tragos de vino para quitarse el desagradable sabor de la boca.


Al igual que la noche anterior, Camus cayó profundamente dormido al momento en el que llegó a su camastro. Sin embargo, al día siguiente se despertó antes que nadie. Aprovechó el tiempo adicional para vestirse y acomodar las pocas pertenencias que aún tenía en su morral. Aunque no le tomó más que algunos minutos, la mitad de los soldados ya estaban despiertos cuando terminó y poco después se encaminó junto con Milo, Mü y Aldebarán hacia el patio principal.

A pesar de que la herida de Aioria no había sido tan grave, el hombre decidió aceptar la recomendación del médico y pasaría el día lejos de los ejercicios. La noticia agradó a todos. Nadie tenía interés en seguir escuchando los empedernidos balbuceos de su compañero.

Shion y Dohko ya los esperaban cuando llegaron al patio de la fortaleza. Mientras los soldados ocupaban sus posiciones, los capitanes esperaban en silencio a que apareciera el primer rayo del sol. El alba recibió a los aspirantes y en poco tiempo se dio la orden de armar el campamento.

Tal y como había planeado, Camus se apresuró en buscar una tarea más interesante que hacer el inventario de las provisiones. Decidió seguir el ejemplo de Milo, Aldebarán y Mü y apoyó con el armado de las tiendas. En una guerra real, los caballeros difícilmente se tomarían la molestia de realizar una actividad tan mezquina. Serían los escuderos y los sirvientes quienes descargarían los lienzos de cuero y lana, y quienes se encargarían de alzar el pesado esqueleto de las carpas.

No obstante, era claro que el entrenamiento no simulaba la víspera de una batalla, sino una marcha. Camus y la mayoría de los soldados estaban acostumbrados a ese ritmo: despertar al alba, desarmar el campamento, recorrer la mayor cantidad de terreno posible, encontrar un lugar seguro y armar el campamento nuevamente. La rapidez con la que el ejército se desplazaba dependía enormemente de su capacidad de montar y desmontar los fuertes y, por lo tanto, podía significar la diferencia entre la victoria y la derrota.

Los soldados no podían depender exclusivamente de los sirvientes para construir un campamento que desalentara las emboscadas enemigas y todos los regimientos hacían ejercicios semejantes a aquellos varias veces al año. Lo inusual era repetir los ejercicios una y otra vez con el estómago vacío. Sin embargo, Camus pensaba que aquel entrenamiento era menos terrible que el de las maniobras militares. Quizá por la cotidianidad de las tareas, o el absurdo ritmo con el que tenían que ejecutarlas, los hombres realizaban aquellas prácticas en silencio y con pocos conflictos. Era una pena que dicha armonía no les acompañase hasta el campo de batalla.

Tras dos horas de entrenamiento, Milo le había explicado la diferencia entre los distintos materiales de las carpas y, a cambio, Camus le había enseñado a realizar dos complejos y prácticos nudos para anclarlas. A pocos metros de distancia, Aldebarán aprovechaba su enrome estatura y gran fuerza para asegurar las vigas de la siguiente tienda. Mü y otros dos soldados lo apoyaban con las ataduras, y parecía que llegarían a la hora del desayuno sin recibir alguna reprimenda por parte de los capitanes.

Sin embargo, la buena suerte cambiaría poco después, durante el último desarme del campamento. Demasiado enfocado en doblar el lienzo entre sus manos, Camus únicamente alcanzó a escuchar un crujido, un gruñido y un golpe seco. Cuando viró el rostro hacia el origen del sonido, encontró a Mü recostado en el suelo. Aldebarán lo miraba con preocupación, pero sus manos se mantenían ocupadas conteniendo la fractura de la viga principal de la tienda que desmontaba.

Uno de los soldados se hincó y con un pequeño cuchillo cortó una gruesa cuerda que se había enredado en la pantorrilla izquierda de Mü. Camus dedujo que la viga de madera se había roto, lo cual tensó al máximo las cuerdas y una de estas resultó estar alrededor de la pierna del vereciano. La fricción desgarró una parte de su bota y quemó la piel expuesta. La herida debía ser más grave de lo que parecía ya que cuando Mü intentó ponerse de pie, varias manos le detuvieron. Milo y Camus intercambiaron una mirada y dejaron sus tareas para enfocarse en el bienestar de su compañero.

Como era de esperarse, el bullicio llamó la atención del capitán Shion, quien caminó hacia ellos y examinó la herida de Mü por unos segundos.

—Estoy bien, Capitán —aseguró el hombre. Intentó ponerse de pie nuevamente, pero Shion lo desalentó con un simple gesto.

El capitán alzó el rostro hacia Aldebarán y ordenó a dos de los hombres que le ayudasen a soltar la enorme viga. Segundos después, Shion miró a su alrededor y detuvo su mirada en Camus. Por unos instantes, el pelirrojo juró haber visto una pequeña sonrisa en sus labios.

—Camus, acompaña al soldado a la oficina del médico. No lo dejes ir hasta que lo examinen.

Si bien Mü insistió en que su herida no era grave, Shion no se tomó la molestia de escucharle. Dio la orden que se prosiguiera con el entrenamiento aún antes de que su hijo pudiese ponerse de pie y, cuando lo hizo, ya se encontraba a varios metros de distancia.

Aunque llevaba poco tiempo de conocer a Mü, le parecía extraño que rechazara una orden del Capitán tan abiertamente, así que decidió aprovecharse de la situación para obtener más información.

—Vamos, Mü —dijo después de asegurarse de que el aludido pudiese caminar por su cuenta—. Ya escuchaste al Capitán.

El otro accedió a regañadientes. Juntos cruzaron el patio principal y regresaron a la fortaleza. Mü lo guio en silencio por sus muchos pasillos y se detuvo cuando llegaron a una puerta de madera grabada. Permanecieron así por varios segundos en los que Mü pareció debatirse entre cruzar o no.

—¿Qué ocurre? —preguntó Camus—. Has estado distraído desde ayer en la noche.

El otro sonrió amargamente y perdió su mirada en el piso.

—Lo lamento. El día de ayer te di un discurso sobre la tolerancia y el respeto a pesar de que no soy el mejor ejemplo a seguir —Camus se cruzó de brazos y frunció el ceño—. No confío en el médico.

—¿Por qué? ¿Es incompetente? ¿Akielense?

Mü negó con la cabeza y se hundió de hombros como si estuviese a punto de decir algo sumamente vergonzoso.

—Es vereciano —aseguró— y un hijo ilegítimo.

La impresión fue tal que Camus tuvo que recargar su mano izquierda en el muro.

Lidiar con akielenses era una cosa, pero ¿bastardos? Cualquiera sabía que los hijos ilegítimos llevaban a las familias a la ruina, que eran una mancha para la sociedad y que no se detenían hasta apoderarse de los legados que no les pertenecían. Los verecianos sabían lo peligrosos que podían ser y hacían lo posible para evitar sus nacimientos. Nadie quería enfrentarse al escándalo de tener un hijo fuera del matrimonio y cuando llegaban a engendrarlos, estos eran relegados como lo más bajo de la sociedad. Eso es lo que eran y así era como debían permanecer. Parecía imposible que alguien así se convirtiese en médico en el castillo de Marlas. Debía ser imposible.

—¿Cómo? —preguntó—. ¿Cómo un bastardo sirve en la Guardia Real? ¿Cómo puede el Príncipe permitir algo así?

Mü arrugó la nariz en tono de desagrado y exhaló sonoramente.

—El mundo está cambiando, Camus, y no estoy seguro de que nosotros podamos hacerlo a tiempo.

Mü tomó una larga bocanada de aire y llamó tres veces a la puerta.

Mientras esperaban ser atendidos, Camus comprendió por qué Shion le había ordenado acompañar a Mü. Quería que ambos fuesen expuestos al bastardo. ¿Cómo se atrevía? ¡Él también era vereciano! Él también debía conocer lo terribles que eran los hijos ilegítimos.

Un metálico sonido les indicó que la puerta estaba por abrirse. Camus dejó de recargarse en el muro, se ubicó a un costado de Mü y rezó por la paciencia de enfrentarse al nuevo obstáculo.