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Guardias Reales

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Capítulo 5

Después del salvaje combate akielense, Aioria fue enviado al médico para la revisión de su herida. Shion anunció el inicio del entrenamiento y los hombres se dirigieron a la armería para prepararse para los ejercicios y, si Camus les siguió, fue más por instinto que por convicción. Tan ofuscado estaba que apenas prestó atención cuando el capitán Dohko dictó las órdenes para el resto del día, y le tomó varios minutos comprender por qué sus compañeros se dirigían a las caballerizas y no hacia la salida del castillo. A sabiendas de que no sería prudente preguntar qué era lo que el capitán acababa de decir, el joven optó por imitar a sus compañeros y preparó la montura de su caballo. Salieron en grupo del castillo y, a unos pasos de la puerta, se reunieron con varios escuderos listos para colocar armaduras a sus caballos.

Fue en ese momento que Camus comprendió que harían prácticas de caballería pesada. Se consideró afortunado ya que la actividad que se adecuaba bien a sus conocimientos. La armada vereciana daba mayor uso a la caballería ligera y casi todos los regimientos se especializaban en el uso de arcos y ballestas. Sus habilidades, en cambio, estaban más orientadas a las centelleantes cabalgatas y a las decisivas espadas que atravesaban la infantería enemiga. El capitán Dohko —sobre un musculoso, aunque pequeño, caballo marrón— tomó la cabeza en la larga fila de jinetes y los guio a todo galope lejos del castillo y a través del campo de Marlas.

El terreno que cabalgaban era semejante al de Monpazier: mayormente llano, pero con esparcidas lomas y piedras blancuzcas que dificultaban la coordinación de los regimientos. Aun así, el grupo de cincuenta jinetes era lo suficientemente reducido como para permitirles una hábil carrera que Camus falló en imitar.

Así como había olvidado los violentos combates akielenses, también olvidó sus terribles aspectos cuando cabalgaban sobre sus enormes monturas. Los akielenses eran hombres grandes y pesados, y era normal que sus caballos fuesen criados para soportar la tremenda carga. El repique de los cascos akielenses le envolvió por completo, ensordeciéndolo y haciéndole olvidar que a su lado cabalgaba un igual número de verecianos de cascos ligeros. La ansiedad le hizo perder el control de su caballo y al querer calmar los nerviosos relinchos del animal, tiró de las riendas con más fuerza de la necesaria. Si bien en ningún momento perdió el camino, hubo graves inconsistencias en su velocidad y dirección. El recorrido de veinte minutos le pareció eterno y cuando no estaba demasiado preocupado por perder el total control de su caballo, temía que su alterado estado fuese obvio para Shion, quien —estaba seguro—, cabalgaba detrás de ellos y observaba detalladamente cada uno de sus movimientos.

Una vez que Dohko consideró que estaban lo suficientemente lejos de la fortaleza, separó a los hombres en varios grupos e iniciaron maniobras para arremeter contra infanterías invisibles. Al igual que en los ejercicios del día anterior, la diferencia en ritmo y habilidades de los hombres complicaban los movimientos que, de otra forma, serían triviales. En un buen día, Camus habría tenido dificultad de marcar un compás adecuado y con su mente tan turbada como en esos momentos, solo fue cuestión de tiempo para que cometiera errores.

El nervioso caballo seguía con dificultades las indicaciones de su dueño y en dos ocasiones estuvieron a punto de colisionar con alguno de sus compañeros. Los bruscos movimientos del animal provocaron que Camus soltara las riendas por breves segundos y el pelirrojo sintió cómo su confianza y postura se deterioraban conforme avanzaba el día. Cada vez que el joven cruzaba miradas con Shion, reconocía en la sutil curvatura de sus labios la censura hacia sus torpes movimientos, lo cual acrecentaba su angustia y empeoraba su desempeño.

Afortunadamente, no hizo un trabajo lo suficientemente malo como para provocar que los capitanes decidieran cancelar el almuerzo y los hombres interrumpieron sus prácticas una vez que el sol comenzó a descender.

Camus no se encontraba con ánimos de socializar con sus compañeros. Si bien tuvo suerte de que Aioria siguiese en el castillo, temía enfrentarse cara a cara con Milo. Era obvio que los akielenses eran buenos amigos (probablemente habían combatido juntos), y no tenía duda de que el rubio sería tan o más cruento que Aioria en una batalla real. No quería pensar que el atractivo joven que había conocido el día anterior fuese un salvaje capaz de destruir a cualquiera, de tener esclavos sexuales a su disposición o de impulsar las bestiales batallas de gladiadores. Aunque su sonrisa y amabilidad no correspondían con la imagen que tenía de los akielenses, Aioria tampoco le había parecido especialmente temible y no tardó mucho en demostrarle lo contrario. El recuerdo de sus enemigos comenzaba a superponerse con la de sus nuevos compañeros y temía ser incapaz de volverlos a separar.

Con la suerte de ser de los primeros en la fila de provisiones, tomó en silencio su porción de pan negro y potaje de legumbres y se sentó detrás de una amplia roca en el borde exterior del grupo, lejos del campo visual de los capitanes, pero lo suficientemente cerca como para escucharles si es que daban una orden repentina. Si bien no tenía apetito, comenzó a comer a sabiendas de que no soportaría el resto del entrenamiento con el estómago vacío.

Apenas le dio un tercer bocado a su guisado, se alertó al escuchar el crujir del pasto del otro lado de la roca. Temió que se tratara de Milo, pero suspiró con alivio cuando su compatriota se presentó ante él.

—Buenas tardes, —saludó Mü y el corazón de Camus se aligeró al escuchar nuevamente su lengua natal—. ¿Puedo acompañarte?

El pelirrojo asintió y Mü, acompañado de su propia ración de comida, tomó asiento en el pasto frente a él. No obstante, en lugar de comer, puso su plato y cubiertos a un lado y miró a Camus con atención.

—¿Qué ocurre?

La preocupación en el rostro de Mü parecía sincera. Sin embargo, Camus no podía ignorar el hecho de que estaba frente al hijo del capitán Shion. Era probable que su hijo estuviese en el grupo únicamente para fungir como espía de su padre y así delatar a los hombres que mostrasen dudas hacia la alianza. Decidió, pues, ser prudente con su respuesta.

—Parece ser que el cansancio del día anterior me ha dado alcance —respondió con un suspiro—. Fue una larga cabalgata desde Arles y todavía no me acostumbro a la nueva rutina. Estoy tan exhausto que apenas puedo sujetar las riendas de mi caballo.

Mü le observó por varios segundos y Camus supo que no había creído sus palabras. Afortunadamente, el hombre siguió el juego y permitió que el otro dirigiese la conversación.

—¿Vienes de la vieja capital? Creí que eras de Monpazier.

—Lo soy —dijo antes de darle una mordida a su pan—. Marché hacia Arles con esperanza de formar parte de la Guardia Real, pero mi llegada coincidió con la campaña del Príncipe y la rebelión del Regente. Los soldados fieles al Príncipe fuimos acuartelados y solo se nos liberó cuando cayó el traidor y se declaró la alianza con Akielos.

Mü asintió y bajó el rostro.

—Entiendo. Yo también estaba en Arles durante la campaña del Príncipe y sé que muchos soldados leales fueron ejecutados por atreverse a alzar su voz en contra del Regente. Mi padre y yo viajamos en barco hasta Akielos en cuanto recibimos noticias del triunfo del Príncipe. No he regresado a Vere desde entonces.

—¿Extrañas Arles? —preguntó con genuina curiosidad.

—No realmente. La corte de Vere era un lugar terrible, llena de mentiras, traiciones y desconfianza. Tanto así que mi padre me mantuvo alejado de la misma por el mayor tiempo que pudo. No se me introdujo al palacio hasta que cumplí dieciocho años, dos primaveras atrás.

—Entonces coincidiste con el Príncipe —respondió Camus con interés—. ¿Lo conoces? He escuchado que es el hombre más hermoso de los cuatro reinos.

Camus quería conocer la opinión de Mü con respecto al legítimo monarca de Vere. A pesar de que sabía que el joven no sería capaz de criticar al Príncipe, confiaba poder leer entre líneas y discernir aunque fuese un poco el carácter del hombre al que debía jurar lealtad. Escondiendo sus intenciones con un falso interés en la fisionomía del Príncipe, el pelirrojo esperó a que Mü cayese en el juego.

—Es brillante —respondió—, increíblemente astuto e inteligente. Una vez que se marca un objetivo, hace todo hasta alcanzarlo. Es generoso con sus súbditos, pero terriblemente cruel con aquellos que significan un peligro para él o sus seguidores. Con solo palabras es capaz de destrozar el temple de una persona y con un simple gesto puede conquistar al que desee. No es alguien a quien quisieras tener como enemigo.

Camus apretó los labios ante las palabras con sabor a amenaza que pronunció Mü. No consideraba que la crueldad fuese una característica que debiera tener un monarca y le preocupaba que alguien tan joven como el Príncipe infundiera respeto por medio del miedo. ¿Qué podía esperar de él en veinte o treinta años, cuando la edad endureciera aún más su corazón y desgastara su esperanza? Camus había escuchado muchas cosas del Príncipe de Vere: que era hermoso, que era grácil y que era puro e inalcanzable. Siempre supo que tan generosa descripción sería falaz, mas nunca creyó que su decisión flaquearía tanto ante un nuevo testimonio.

Vio a Mü sonreír de medio lado con un gesto muy semejante al de su padre.

—Tienes miedo —aseguró—. Creíste que sería fácil convivir con los akielenses y hasta ahora te das cuenta de lo que implica esta alianza. Quieres saber si alguien como el Príncipe merece tu lealtad.

Pese a que no esperaba ser descubierto con tanta facilidad, Camus mantuvo la calma y asintió.

—No necesitas que te dé mi opinión al respecto —continuó Mü—. La respuesta está en el hecho de que formo parte de este grupo de aspirantes y que estoy orgulloso de que mi padre esté ayudando a construir las bases para el nuevo imperio. En cuanto a ti, será tu trabajo encontrar tu propia respuesta.

—Debí imaginar que el hijo del capitán no me la dejaría tan fácil —murmuró.

Mü sonrió y se alzó de hombros.

—No soy tan terrible como él. Incluso te daré un consejo: será más fácil encontrar las respuestas a tus preguntas por medio de tus nuevos compañeros.

Camus supuso que aquella era una buena idea. Le sería difícil ver más allá de sus barbarismos; sin embargo, si quería comprender al Príncipe, primero debería comprender a los akielenses. Después de todo, no le parecieron tan salvajes el día anterior cuando eran parte de la misma infantería y peleaban contra un mismo contrincante. Si lograba enfocarse en la meta común —proteger el imperio—, quizá hasta podría encontrar el lado positivo de los sureños.

Como si hubiese escuchado la conversación desde del otro lado de la piedra, Milo apareció con su ración de comida y una notoria cara de hastío.

—¡Creí que nunca me servirían! El cocinero de hoy es un completo inútil. Al pobre hombre frente a mí ni siquiera le tocaron trozos de verdura.

Tomó asiento en el pasto y las pocas piezas de armadura que portaba tintinearon al chocar entre sí. Al igual que los verecianos, Milo se había quitado el yelmo y las hombreras con el fin de refrescarse un poco después de tan arduos ejercicios.

—Estoy exhausto. Siempre pensé que la caballería estaba compuesta por un montón de inútiles que no sabían pelear sin caballo, pero ahora veo que trabajan tanto como la infantería.

Camus sonrió. Tal vez fuese el mismo esfuerzo en una batalla simulada, pero en una real era mucho mejor ser parte de la caballería. La infantería siempre es la más vulnerable a los ataques y, por lo tanto, la que suele tener mayores pérdidas. Por si fuera poco, los trabajos más pesados se delegaban a la infantería y la mejor comida siempre se reservaba a los dueños de los caballos.

—También es complicado para mí —aseguró Mü, retomando el akielense—. Mis entrenamientos solían basarse en infantería ligera. Jamás imaginé que los caballeros pudieran acercarse tanto a las líneas enemigas.

Parecía ser que, de los tres, solo Camus tenía experiencia en la caballería pesada. Más que eso, cuando fue capitán se aseguró de que sus hombres practicaran constantemente con sus monturas y su batallón pronto se convirtió en una pieza clave de la caballería de Monpazier.

Camus no solo había practicado día y noche a combatir a caballo, también ordenó a un centenar de hombres hacer lo mismo por dos años. Recordó el displicente rostro de Shion y comprendió que un hombre con sus antecedentes debió haber sobresalido en una prueba como la de ese día. Decidió ayudar a sus compañeros y mientras comían les dio varios consejos básicos sobre el combate directo a caballo. Esperaba que la conversación aplacara su nerviosismo y, sobre todo, le ayudase a mantenerse enfocado en la segunda parte de la práctica.

Tan pronto terminaron sus alimentos, Dohko dio la orden para iniciar una nueva serie de ejercicios. En esa ocasión, Camus se encontraba más tranquilo y aunque le costó sincronizarse con el resto de sus compañeros, estaba seguro que su postura y atención fueron impecables. Los soldados entrenaron por lo que restaba del día y regresaron al castillo al anochecer. Después de asegurar a los caballos en el establo, desarmarse y limpiarse, los hombres se dirigieron al comedor para una bien merecida cena.

Camus sabía que aún tenía un largo camino que recorrer antes de decidir si la alianza con Akielos era lo mejor para Vere. No obstante, tenía la esperanza de que cada día estuviera más cerca de encontrar la respuesta.