Actions

Work Header

Guardias Reales

Chapter Text

Camus estaba acostumbrado a levantarse sumamente temprano. Sin embargo, el agotamiento del día anterior fue tal que solo fue despertado por el ruido que hacían sus compañeros. Salió lentamente de su camastro y, con los ojos entrecerrados, miró a su alrededor: más de la mitad de los hombres ya se había levantado y comenzaban a prepararse para un nuevo día de entrenamiento. El joven exhaló cansinamente y frotó su rostro con ambas manos. Odiaba no despertarse por su cuenta y si de por sí amanecía mal humorado, el inesperado escenario drenaba por completo su entusiasmo. Lo único que le dio fortaleza para ponerse de pie fue ver a los pocos soldados con el sueño tan pesado que ni siquiera el barullo a su alrededor les despertaba. Suponía que ellos tendrían un amanecer aún más difícil que el suyo y casi sonrió disfrutando la desgracia ajena.

Resignado a enfrentarse a un nuevo día, se alistó en cuestión de minutos, apenas a tiempo para recibir apropiadamente a los capitanes. Les dieron las órdenes para esa mañana y se dirigieron a las caballerizas, donde prepararon sus monturas y se alistaron para los ejercicios matutinos.

Realizaban las prácticas de campamento a aproximadamente dos kilómetros de distancia del castillo. Gracias a sus muchos años en campaña, Camus estaba más que acostumbrado a armar campamentos y no le fue difícil seguirle el paso a sus compañeros. La mayoría trabajaba en equipo para alzar las tiendas y revisar las armas. Parecía ser que todos tenían ya una responsabilidad y Camus, al haber llegado tarde a la repartición de las mismas, tuvo que limitarse con el aburrido trabajo de verificar el inventario de las provisiones. Una vez que el campamento estuvo listo, Dohko dio la orden para desarmarlo nuevamente y todos pusieron manos a la obra. El ejercicio completo fue terminado en poco menos de una hora, un tiempo bastante bueno si consideraban los latentes conflictos del grupo.

Repitieron las maniobras tres veces más y, quizá debido al hambre, en cada ocasión les tomó más tiempo tener todo listo. Dohko no les daba tregua, y constantemente rondaba entre los hombres para amonestar a los torpes e increpar a los holgazanes. En cierto momento reprendió a Aioria por no haber realizado un nudo adecuadamente; en otro se acercó a Camus y le hizo algunas preguntas sobre las provisiones. No quedó satisfecho hasta que el vereciano le indicó que en una campaña real requerirían menos porciones de carne seca y más de vino. Por su parte, Shion se limitaba a lanzar escrutiñadoras miradas a cada resquicio del campamento y, en lugar de llamar la atención de los soldados, arrugaba la nariz o apretaba los labios cada vez que se encontraba con una tienda destensada o un caballo con la montura mal colocada. Camus imaginaba que apenas terminaran los ejercicios, los capitanes se reunirían para intercambiar opiniones sobre qué hombres habían hecho el mejor o el peor trabajo, y el joven hizo una anotación mental para ser más hábil al día siguiente y encontrar una labor que le ayudase a llamar más la atención.

Poco antes de las nueve de la mañana, los capitanes les ordenaron regresar las tiendas, armas y suministros al castillo y, posteriormente, les permitieron dirigirse al comedor. Los soldados suspiraron con alivio al unísono y algunos de ellos no pudieron contenerse y prácticamente corrieron en dirección del aroma de los huevos y las gruesas rebanadas de jamón. Una vez en el comedor, Camus descubrió que la comida era sumamente fresca y que las mesas estaban repletas de coloridas frutas desconocidas para él. El vereciano no estaba seguro de si la comida era verdaderamente tan buena como parecía, o si sus sentidos estaban siendo engañados por su intensa hambre. De cualquier manera, esperó con ansias su ración y sonrió cuando le dio el primer bocado a su rebanada de pan.

Al igual que el día anterior, se sentó junto con Aioria, Milo y Mü. El último les explicó que, debido a que Aldebarán tenía prohibido participar en los entrenamientos del día, apoyaría al médico de la guardia y probablemente le verían hasta la cena.

—Pobre Aldebarán —comentó Aioria—, se va a aburrir estando todo el día ahí.

Milo torció la boca y Camus percibió que quería decir algo, mas optó por quedarse callado.

—Aunque a ti te parezca aburrido —acusó Mü, mientras cortaba una redonda fruta amarilla que despidió un dulce y pungente aroma—, Aldebarán estaba feliz de tener la oportunidad de aprender algo nuevo. Nunca está de más saber cómo atender las heridas.

—Sigo pensando que es una tontería —insistió el castaño poco antes de inclinar su cuerpo hacia adelante—. ¿Te vas a comer eso así?

Cuando hizo aquella pregunta ya era demasiado tarde. Mü ya tenía un trozo de fruta en la boca; el hombre entrecerró los ojos y apretó los labios al encontrarse con un sabor muy diferente al que esperaba.

Aioria rio fuertemente y Milo puso los ojos en blanco.

—¡Es membrillo! ¡No puedes comer membrillo así! ¡Es demasiado agrio!

Mü hizo un esfuerzo para tragar la fruta en lugar de escupirla.

—Sabe totalmente diferente a como huele. No tenemos de estos en Arles.

—Sí que tienen. —aseguró Camus—. Los compran del sur. Tenemos algunas plantaciones en Monpazier; nosotros le llamamos coing —Mü abrió ampliamente los ojos y miró con incredulidad los restantes trozos de fruta—. Lo usan para hacer jaleas y dulces.

Aioria extendió la mano y tomó uno de los trozos del membrillo. Lo cortó en una rebanada más delgada y la colocó sobre un pedazo de queso duro. Le ofreció el bocado a Mü, quien lo probó con prudencia y masticó con lentitud.

—En Akielos también lo utilizamos para hacer dulces —explicó Aioria—, pero en el sur lo comemos así. Aprovéchalos, es buena temporada para comerlos crudos.

—Es diferente. Supongo que es un… —el noble hizo una larga pausa tras encontrarse sin palabras.

—Gusto adquirido —continuó Camus al suponer que el akielense de Mü le impedía expresarse adecuadamente.

—Eso. Creo que por ahora me limitaré a las manzanas y melocotones.

—Será lo más sabio —concordó Milo—. A mí tampoco me gustan crudos. Son manías de los sureños.

Aioria lanzó un reproche al que nadie prestó demasiada atención y siguieron comiendo, mientras se preguntaban qué estaría haciendo Aldebarán en esos momentos. Poco antes de que terminara la hora del desayuno, algunos hombres comenzaron a levantarse de sus asientos. Uno de ellos, un desgarbado akielense de cabellos prematuramente encanecidos, pasó muy cerca de ellos.

—Buen trabajo con las tiendas, Aioria. Quizá mañana puedas hacer un nudo que no se deshaga con el viento.

Su despectivo tono generó una mueca de desagrado en Camus, y Aioria estuvo a punto de ponerse de pie para reclamar por el insulto. Afortunadamente, Milo lo sujetó a tiempo del brazo y no lo soltó hasta que el insolente estuvo a una distancia segura.

—Si serás estúpido —dijo Milo—. Sabes que solo quiere provocarte.

—No puedo creer que ese idiota siga aquí. ¿Cuándo se darán cuenta los capitanes que es un imbécil?

Mü clavó su mirada en su plato ya vacío y negó un par de veces con la cabeza.

—Es inteligente. Provoca a los demás y escapa de los conflictos apenas los arma. Hasta ahora no ha hecho algo digno de recibir un castigo.

—Tal vez no —rebatió el castaño—, pero es una tortura: como una gota de agua que cae constantemente sobre tu cabeza hasta volverte loco.

—Tú también deberías tener cuidado, Camus —advirtió Milo muy seriamente—. Le encanta molestar a los demás hasta que pierden los estribos. Le llaman Máscara de la Muerte —el pelirrojo bufó sonoramente—. Lo sé, lo sé. Es ridículo. Ni siquiera sé por qué está aquí. Su padre era el kyros de Sicyon.

A diferencia de Vere, donde la máxima autoridad recaía en el rey, Akielos estaba dividida en regiones gobernadas por los llamados kyros. El Rey de Akielos era reconocido como el máximo general de las tropas akielenses, pero su poder terminaba donde empezaba el de los kyros. Si bien la mayoría de los gobernadores eran fieles al Rey, la provincia de Sicyon era afamadamente violenta y sediciosa. Sacando provecho de la confusión causada por la guerra contra el Regente de Vere, el kyros de Sicyon se alzó en contra del Rey de Akielos. Una vez que el Rey recuperó el control de las provincias, ejecutó al kyros y lo reemplazó con alguien de su confianza. Dadas las circunstancias, Milo tenía razón al decir que Máscara de la Muerte no merecía la posibilidad de formar parte de la guardia real. Mucho menos si el hombre era tan conflictivo como parecía.

—No te preocupes demasiado —dijo Mü con una socarrona sonrisa—. Es como un perro hambriento: ignóralo y te dejará en paz. Si molesta tanto a Aioria es porque le encanta seguirle el juego.

—¡No es eso! —el aludido dio un fuerte golpe sobre la mesa—. Sabe exactamente qué decir para sacarme de mis casillas.

—Si tanto te molesta —aconsejó Camus—, quizá debas retarlo a las luchas. Seguro que lo lanzas todavía más lejos de lo que lanzaste a Milo.

El comentario destensó el ambiente y Aioria lanzó una risotada, mientras que Milo volteó a ver a Camus como si lo hubiese insultado a él junto con todos sus ancestros y a su futura progenie. Tuvieron que pasar varios segundos para que el hombre se tranquilizara y aceptara el comentario como lo que era: una broma.

—Di lo que quieras, Camus. Apuesto a que tú no durarías ni dos minutos en la arena.

—Descuida. Prefiero los deportes en los que puedo conservar mi ropa.

Aioria resopló con fuerza y se puso de pie.

—Practicar lucha con ropa… —gruñó—. Ustedes, los verecianos, son muy extraños.

Justo en ese momento Shion les indicó que era hora de desalojar el comedor y los hombres se reunieron en varios grupos. Uno de ellos se dirigió a las caballerizas, otro al patio principal, y Camus y sus nuevos compañeros se encaminaron al salón de entrenamiento donde se había enfrentado a Aldebarán. Después de un rápido calentamiento, los hombres se separaron; Aioria decidió entrenar con la espada, Milo con la lanza y Mü invitó a Camus a acompañarle en la arquería. El pelirrojo accedió al instante. No quería desaprovechar la oportunidad de pasar tiempo a solas con el único vereciano con el que había cruzado más de diez palabras.

Aldebarán no mintió al halagar la técnica de Mü. Su postura era impecable y de decenas de tiros, no erró ninguno. Sus movimientos eran rápidos y naturales y Camus no tardó en pedirle consejos. Él también debía estar agradecido de tener a un compañero que hablase su mismo idioma, ya que a pesar de que le advirtió que no era un buen maestro —carecía de paciencia, decía—, no dudó en darle varias recomendaciones.

Sin embargo, su lección no duró mucho tiempo. Justo cuando Mü comenzaba a explicarle la diferencia entre los arcos akielenses y verecianos, el noble perdió su mirada en un punto detrás de Camus.

—Eso no es bueno —susurró.

Camus dio media vuelta y no tardó en descubrir qué era lo que preocupaba a su compañero: Aioria estaba en la arena con Máscara de la Muerte.

Los verecianos se miraron mutuamente con preocupación y no vacilaron en dejar sus arcos y flechas en el suelo antes de encaminarse en dirección de su compañero, quien, visiblemente agitado, atacaba con vehemencia a su contrincante. Al borde de la arena se encontraron con Milo y su mirada de hastío calmó un poco la ansiedad de Camus.

—¿No deberíamos interrumpirlos? —preguntó.

—Puedes intentarlo si es que no te preocupa perder los dedos o la cabeza —respondió el akielense—. Esto no terminará hasta que los capitanes lo ordenen o que uno de ellos caiga al piso. Ojalá que no sea Aioria…

Camus nunca había visto a un akielense combatir contra otro y le sorprendió la agresividad en las estocadas de Máscara de la Muerte y Aioria. A pesar de que sus movimientos no eran especialmente hábiles, los choques de sus espadas eran tan violentos que temía que en cualquier momento sus armas se fracturaran. Sus técnicas en nada se parecían a la de Aldebarán, quien se distinguió por su cautela y por asegurar su propia seguridad antes que derrotar al enemigo. Por el contrario, este nuevo combate le parecía un pandemonio con movimientos de pies arrebatados y energías desbocadas. Los hombres no tomaban ni un respiro, señal de que la pelea no duraría mucho tiempo, pero no por eso era menos arriesgada. Sus cuerpos solamente estaban protegidos por ligeros quitones y cualquier error podría provocar una herida severa.

Justo el día anterior Milo le retó por haber utilizado un supuesto truco en su combate contra Aldebarán. Le había dicho que se trataba de un simple entrenamiento en el que no debía utilizar todas sus armas, pero la batalla que presenciaba en esos momentos le parecía aún más cruenta y peligrosa que la de esa ocasión. ¿Cómo podía Milo juzgar con tanta premura una técnica que redujo los riesgos y el tiempo del combate, mientras miraba con tanto desinterés semejante despliegue de fuerza bruta?

Ser parte de las filas de soldados había menguado el impacto de su violencia. Fue la nueva perspectiva que le recordó lo que eran los aquielenses: animales. Casi lo había olvidado; no se había enfrentado en contra de ellos en casi un año y ahora que los veía combatir nuevamente, recordaba que eran unos salvajes que no sabían hacer otra sino destruir a los débiles. Recordó cómo eran capaces de invadir pueblos enteros y cómo asesinaban a los hombres y esclavizaban a las mujeres y niños. Recordó que para ellos la cabeza de un vereciano era igual a un trofeo y que eran totalmente incapaces de sentir remordimiento.

Aioria falló en contener uno de los golpes de Máscara de la Muerte y recibió una limpia tajada en su brazo derecho. La sangre corrió por su antebrazo y aun así insistió en seguir combatiendo. Las gotas del líquido carmesí comenzaron a caer sobre la arena y el blanco quitón de Aioria no tardó en cubrirse con manchas rojizas. Cansado y herido, no pasó mucho tiempo antes de que Aioria cediera ante los ataques de Máscara de la Muerte, aunque solo se rindió cuando cayó al suelo.

Máscara de la Muerte salió de la arena lanzando una burlona carcajada y Aioria, exhausto, maldijo su propia suerte a la par que revisaba la gravedad de su lesión.

Camus sintió náuseas, desvió la mirada y, por primera vez en toda su vida, dudó del Príncipe de Vere.

Nadie en su sano juicio propondría una alianza con semejantes bárbaros.