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Guardias Reales

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Capítulo 3

Una vez que Camus dejó sus objetos personales en las barracas, Milo lo condujo a la armería, la cual se ubicaba a un costado del patio sur. En esos momentos había pocas armaduras y armas para elegir, así que Camus supuso que la mayoría de ellas estaría en manos de sus compañeros.

—Estas son las armaduras que aún no tienen dueño —explicó el rubio—. Puedes elegir la que gustes, sea akielense o vereciana. El Príncipe está trabajando en un diseño unificado. Podremos portarlo una vez que ganemos el derecho de formar parte de su guardia.

El pelirrojo examinó detalladamente las opciones que tenía hasta que su cerebro digirió por completo las palabras de Milo.

—¿El Príncipe?

Milo parpadeó varias veces.

—¿El Príncipe qué?

—¿Está diseñando las nuevas armaduras?

El otro sonrió ampliamente y asintió con entusiasmo.

—¿No lo sabes? Él es sumamente talentoso. Incluso creó el escudo del nuevo imperio.

Camus quedó impresionado. Fue en su llegada a Marlas que vio por primera vez el estandarte que uniría a las dos naciones: un león dorado coronado por una estrella de dieciséis picos en un fondo azul. El león era el signo de la familia real akielense, mientras que la estrella representaba la familia del Príncipe. El simple diseño era ideal para simbolizar la alianza y Camus suponía que no tardaría mucho en hacerse popular. Sin embargo, jamás imaginó que hubiese sido creado por el Príncipe. Habría pensado que la realeza tenía mejores cosas que hacer que dibujando estrellas y leones.

A sabiendas de que aquel pensamiento no lo llevaría a ningún lado, el pelirrojo siguió buscando una armadura que se acoplara adecuadamente a su cuerpo. Como era de esperarse, ignoró las opciones akielenses e inmediatamente rebuscó entre las piezas verecianas. Su diseño era anticuado, pero estaban bien mantenidas y el acero era de excelente calidad, ligero, resistente y sin un rastro de óxido. Un relieve de la estrella de la familia real decoraba las pecheras, y los yelmos estaban bellamente grabados con sinuosas líneas que solían indicar el rango de su dueño.

Le tomó diez minutos encontrar una combinación de armadura y cota de malla adecuada, y otros veinte más colocársela por su cuenta. Milo lo observó en silencio durante todo ese tiempo.

—Te sienta bien —comentó sin despegar sus ojos de él—. Si necesitas un ajuste

puedes ir con el herrero después de la cena. Suele trabajar de noche.

—No será necesario —aseguró—. Únicamente tendré que utilizarla unas cuantas semanas.

Milo arqueó la ceja izquierda y, con una sonrisa mal disimulada, chasqueó la boca.

—Eres optimista. Eso es bueno.

Sin decir más, se dirigió al extremo opuesto de la bodega y comenzó a colocarse su propia armadura. Se trataba de un diseño akielense: yelmo, un ceñido peto, un par de voluminosas hombreras de acero y unas tiras de cuero y metal que escuetamente cubrían los muslos y la entrepierna. Camus sabía que el desbalanceado arreglo se debía a que la armadura de los sureños se enfocaba en proteger a los soldados de los proyectiles, mientras que sus escudos, alineados en perfectas falanges, los protegían de los ataques directos. A pesar de que el diseño funcionaba adecuadamente, las armaduras akielenses lucían insuficientes a lado de las corazas de cuerpo completo tan comunes en Vere.

Ambas armaduras tenían sus ventajas y desventajas y sería interesante ver qué propuesta traería el Príncipe para aprovechar al máximo las primeras. Entretanto Milo ajustaba sus sandalias, Camus pensó que no le molestaría mucho que la nueva armadura mantuviese las piernas desprotegidas. Era innegable que las tiras de cuero oscuro resaltaban hermosamente los muslos de su compañero y sería una pena que algún día tuviesen que ser cubiertos por aburridas cotas de malla. El pensamiento llevó un ligero rubor a sus mejillas y tuvo que decir lo opuesto a lo que pensaba para disipar un poco su bochorno.

—Ojalá que la nueva armadura prescinda de las faldas.

Milo colocó su mano en la cadera y balanceó todo su peso en su pierna izquierda para denotar lo mucho que apreciaba la libertad de movimiento.

—Ojalá que prescinda de los lazos —le retó en broma y le condujo fuera de la armería.


Camus no tardó en sentirse culpable por haber desacreditado las palabras de Milo y haber pensado que el entrenamiento no sería tan terrible como esperaba. En su primer día se dedicaron a armar, mantener y atacar diversas formaciones. Al haber servido en la frontera, Camus reconocía casi todas las maniobras y al menos la mitad de sus compañeros eran tan experimentados como él. Sin embargo, una cosa era conocer las defensas y los ataques, y otra era poder realizarlos cuando tu compañero más cercano se movía de un modo muy diferente al tuyo. Los grupos de entrenamiento estaban totalmente mezclados; mientras los movimientos verecianos eran fluidos y gráciles, los torpes y pesados akielenses alentaban las filas y desbalanceaban los embistes.

Cada bloque de soldados parecía estar conformado por dos fuerzas dispuestas a alejarse lo más posible la una de la otra. No era algo que los hombres hicieran intencionalmente, simplemente se trataba de la naturaleza humana de buscar acercamiento a lo que les era familiar. Era algo instintivo y especialmente difícil de controlar cuando recibían un ataque del bloque contrario. Sus columnas eran frágiles y si no lograban mantenerse firmes ante el embiste de un grupo igual de desorganizado que ellos, no sobrevivirían una guerra de verdad.

Con el paso de las horas, Camus se percató que solo había un pequeño grupo de soldados que parecía saber lo que estaba haciendo. Todos eran akielenses y, a diferencia de sus compatriotas, sus movimientos en defensa emulaban a los de los verecianos. Eran rápidos, y sabían cuándo presionar a sus contrincantes con sus escudos y cuándo debían plegarse para dar espacio a la fila de las espadas. Cuando era el turno de atacar, eran ellos quienes penetraban primero al bloque enemigo y con sus lanzas sin filo se aprovechaban de las debilidades de las armaduras de ambos países. Quizá, con el paso de los días, el resto podría aprender de ellos. No obstante, en esos momentos estaban lejos de alcanzarlos.

Camus se preguntaba por qué los capitanes insistían en que cada soldado usara el arma que quisiera y, más aún, por qué los organizaban en formaciones tan cerradas. Su pregunta halló respuesta cuando dos hombres comenzaron una discusión verbal que estuvo a poco de llegar a los golpes. El pelirrojo comprendió que los capitanes propiciaban las peores situaciones posibles con tal de incitar los conflictos y localizar así a los insurrectos. Únicamente los soldados con mayor paciencia y tolerancia durarían lo suficiente como para llegar al torneo.

Camus se sintió satisfecho con llegar sano y salvo al almuerzo. La comida no fue abundante, pero sí de buena calidad, y venía acompañada con un par de copas de vino. El almuerzo le permitió soportar los ejercicios de la tarde y el vino a afrontar su nueva situación con optimismo.

Para cuando llegó el atardecer y les permitieron lavarse y cambiarse, el pelirrojo se encontraba completamente exhausto. Su cuerpo le dolía como si hubiese participado en una batalla de dos días y, a pesar de que había utilizado sus guantes de piel, sus manos estaban hinchadas por haber sujetado por tanto tiempo la espada.

Tal era su cansancio que consideró muy seriamente eludir la cena para irse directamente a la cama. Si decidió dirigirse al comedor fue únicamente porque temía que el hambre lo despertara a mitad de la noche.

El comedor se encontraba en un salón angosto con techo muy alto. Únicamente había dos mesas de madera, pero eran tan largas como la estancia misma. Recibió su ración y se percató, con mucho gusto, que era más generosa que la del almuerzo, y mientras avanzaba por el pasillo entre las dos mesas, se percató del silencio que había entre hombres. Parecía ser que no era el único a punto de quedarse dormido, ya que muchos se esforzaban por mantener sus cabezas en alto y lejos de sus platos de estofado.

El plan original de Camus era comer lo más rápido posible e irse a descansar. Sin embargo, un entusiasta grito llamó su atención y le hizo darse cuenta de que le sería imposible ir a la cama sin antes socializar por unos minutos.

—¡Camus! ¡Ven, siéntate con nosotros!

No se sorprendió al ver que la persona que lo llamaba era Milo y tampoco el hecho que el hombre que había vencido al rubio en la arena estuviese sentado a su lado. Lo que le descolocó fue ver a Aldebarán sentado frente a él, acompañado del soldado que lo había acompañado al médico. Le tomó unos segundos aceptar la invitación de Milo, pero cuando este se movió en el asiento para darle espacio entre él y su compañero, Camus supo que no había un modo civil de escaparse de la situación. Exhaló pesadamente y se sentó entre Milo y el hombre de cabello corto.

—¿Ya conocen a Camus? Desde hoy entrenará con nosotros.

—Lo sabemos, tarado —dijo el castaño—. Estuvimos ahí cuando lo presentaron.

Milo ni se inmutó por el despectivo tono de su compañero.

—Este es Aioria. Será muy bueno en las luchas, pero para el resto de las cosas es un estúpido —aunque el aludido respondió al insulto, Milo ya no le prestaba atención—. Él es Mü. Viene de Arles.

El nombre de la antigua capital de Vere llamó la atención de Camus, quien posó los ojos en su compatriota. Mü era sumamente pálido, sus ojos eran de un verde clarísimo y su cabello estaba teñido con un ligero tono violeta. Su refinado porte y sus delicadas facciones dejaban en claro que Mü pertenecía a la aristocracia. En una guardia real normal, la mayoría de los soldados serían nobles, mas en un grupo tan peculiar como el suyo, los nobles debían ser más la excepción que la regla.

—Bienvenido a Marlas —dijo en torpe akielense—. Espero que el clima no esté siendo tan cruel contigo.

Camus negó con la cabeza.

—Soy del sur, de Monpazier. Estoy acostumbrado al calor.

Aioria resopló fuertemente.

—¿Calor? ¡Estos son juegos de niños! Si quieren calor de verdad deberían ir al sur de Akielos. ¡El verano les haría cambiar sus lazos y botas por quitones y sandalias!

Milo puso los ojos en blanco y le ofreció un trozo de pan a su compañero.

—Mira, ponte esto en la boca y cállate —se dirigió nuevamente a Camus—. Finalmente, este es Aldebarán, aunque eso ya lo sabes.

—Fue una buena pelea, Camus —dijo con la amable sonrisa que parecía ser usual en él—. Me tomaste por sorpresa.

El vereciano asintió y contuvo el impulso de mirar por debajo de la mesa para verificar el estado de su rodilla.

—¿Cómo está tu herida?

El hombre infló su pecho y dio una fuerte palmada en la mesa.

—Fue un rasguño. El médico dijo que podré regresar a los entrenamientos mañana.

—Pasado mañana —corrigió Mü.

—Esa fue una recomendación —murmuró.

Mü tenía intenciones de insistir en el tema de la recuperación de Aldebarán, pero Milo tenía sus propios planes: mantener a Camus como el centro de atención.

—Me preguntaba si el cabello de Camus era como el tuyo, Mü, pero su color rojo es natural.

El vereciano ladeó el rostro y miró atentamente al pelirrojo.

—¿Estás seguro? ¿Ya lo confirmaste?

Tomó algunos segundos para que Milo comprendiera lo que Mü insinuaba y cuando lo hizo, un fuerte rubor cubrió sus mejillas. Segundos después, Aioria se atragantó con su comida.

Mientras el pobre de Aioria tosía y Milo se recuperaba de la impresión, Camus miró atentamente a Mü. Pese a que su comentario parecía completamente inocente, el pelirrojo reconoció cierta malicia en sus ojos.

—Para ser gente que lucha sin ropa, los Akielenses son exageradamente pudorosos —comentó el noble.

—Disculpa… —Camus entrecerró los ojos—, me pareces familiar. ¿Eres acaso…?

En ese instante, fue interrumpido por una fuerte carcajada de Aldebarán.

—Es idéntico a su padre, ¿no es así?

—¿Padre?

Mü asintió.

—Soy hijo del Capitán Shion. Admito que no estaba en mis planes formar parte de la guardia, pero mi padre me habría matado si ni siquiera lo hubiese intentado.

Camus quedó francamente sorprendido. Se imaginaba que todas las cortes estarían repletas de casos de nepotismo y el hecho de que el hijo del Capitán entrenara, comiera y durmiera con el resto de los aspirantes hablaba bien tanto de Mü como de Shion.

—A mí me parece que todavía lo intenta —la voz de Aioria aún estaba resentida por su ataque de tos—. El Capitán le exige como a nadie más. Cualquier día de estos va a caer muerto de cansancio.

—Mü es fuerte —dijo Aldebarán con tal seriedad que desconcertó al resto de sus compañeros—. Es de los mejores soldados que tenemos y, sin duda, el mejor arquero.

—No estoy diciendo que sea débil. Solo digo que parece que el Capitán lo quiere matar.

—Creo que puedo ingeniármelas —aseguró Mü—. Pese a que no tengo su experiencia en el campo de batalla, mi padre ha vigilado atentamente mis entrenamientos desde que era pequeño.

—Es una pena que no hayas servido en campaña todavía —comentó Aioria—. Habría sido ventajoso tener verecianos como ustedes en… —fue interrumpido por un lastimero quejido de Milo—. ¿Ahora qué?

—Ya vas a empezar con tus aburridas historias de guerra —acusó el rubio.

—¡No son aburridas! Además, Camus aún no las ha escuchado.

—Suerte para él —murmuró Aldebarán, lo que provocó una suave risa por parte de Mü.

—Me parece que este ha sido un día lo suficientemente emocionante para Camus —aseguró Mü—. Puedes guardar tus aventuras para un día en el que esté menos cansado.

—¡Como quieran! —Aioria se cruzó de brazos—. ¡Ustedes se lo pierden!

A pesar de que Camus sabía que Mü lo utilizó como excusa para lograr que Aioria se callara, quedó agradecido con él. Estaba demasiado cansado como para seguir escuchando a los demás.

Los hombres cenaron en silencio y se dirigieron al dormitorio en cuanto terminaron. Camus ni siquiera intentó acomodar sus cosas, sino que se metió debajo de las sábanas y, casi al instante, cayó en un profundo sueño.