Actions

Work Header

Guardias Reales

Chapter Text

Capítulo 2

A diferencia de lo que Camus esperaba, su adversario no parecía feliz por la oportunidad de ostentar sus habilidades frente al resto de sus compañeros. Por el contrario, su apenado rostro revelaba su renuencia a seguir las órdenes del capitán.

Aldebarán alzó su mano izquierda y contempló en silencio la espada con la que entrenaba. Frunció el ceño por unos segundos, tornó su rostro hacia un soporte de espadas que descansaba a un costado de la arena y caminó lentamente hacia él. Fue durante este movimiento que Camus advirtió varias cicatrices que recorrían su nuca y hombros hasta perderse debajo de su quitón. El vereciano sabía que el látigo era un castigo usual para los akielenses. Cuando un soldado desobedecía órdenes de su superior, no sólo perdía su rango, también perdía su orgullo al ser marcado de por vida. En casos más severos, el insurrecto era azotado tantas veces que moría antes de terminar su castigo. Aldebarán era un hombre grande y no era sorpresa que sobreviviera al látigo; lo inusual estaba en que alguien marcado estuviese entre los potenciales miembros de la Guardia Real. Camus se preguntó qué habría hecho el hombre para recibir tal castigo y qué más para ser aceptado entre los aspirantes.

Aldebarán reemplazó su anterior espada por un sable de menor longitud y con él dio un par de estocadas al aire. Satisfecho con su nueva arma, miró a Camus y con un rápido movimiento de cabeza le indicó que era su turno de elegir espada. A pesar de estar más acostumbrado a las espadas largas, el vereciano eligió una idéntica a la de su contrincante. Apenas era su primer día de entrenamiento y todavía no tenía intenciones de mostrar todas sus cartas.

Una vez armados, los hombres regresaron al centro de la arena e iniciaron su combate. Como era costumbrel en aquel tipo de enfrentamientos, los primeros movimientos meramente buscaban conocer las habilidades del contrincante y Camus solo le bastaron tres estocadas para darse cuenta que tendría que protegerse de la fuerza física de Aldebarán, así como de su rapidez. Era verdaderamente admirable que alguien tan grande pudiera moverse con tanta agilidad y, si bien distaba mucho de estar al nivel de Camus, era algo con lo que definitivamente no había contado.

Los ataques del akielense eran más defensivos que ofensivos. Aldebarán resguardaba ardientemente su posición y era Camus quien tenía que alejarse constantemente de él con afán de obligarlo a romper su postura. Se mantenía impasible ante sus amagues y por más que buscaba encontrar un punto débil en su espada, lo único que lograba era cansarse a sí mismo antes de tiempo.

A pesar de que el vereciano se había enfrentado incontables veces contra espadas akielenses, nunca se había topado con un estilo semejante. Donde sus compatriotas solían ser agresivos e imprudentes, Aldebarán era mesurado y cauto. Por si fuera poco, el hombre portaba su sable con la mano izquierda e impedía que Camus sacara total provecho de sus propias habilidades.

Camus estaba acostumbrado a tener la ventaja de su rapidez. Sus ataques se basaban en estocadas rápidas y profundas que se alejaban del enemigo con tanta agilidad como con la que llegaban. Solía mantenerse alejado de su contrincante; se enfocaba en rodearlo y atacarlo azarosamente en diferentes puntos con tal presteza que daba la impresión de tratarse de varios enemigos en lugar de uno. Su general llegó a comparar su técnica como el viento del norte: cortante, violenta e invisible. No obstante, aquel estilo poco servía ante Aldebarán. Él era una roca y las ráfagas de Camus ni siquiera hacían mella a su resistencia física.

Tras cuatro minutos de combate, la nuca y espalda baja de Camus se llenaron de sudor. Si el duelo se extendía aún más, Aldebarán aprovecharía su cansancio para lanzar un último golpe que sería incapaz de contener. Había buscado el punto débil de su contrincante desde el instante en el que puso un pie en la arena y había fallado en encontrarlo. Consecuentemente, optó por buscar un nuevo método para aventajarse y, después de varios segundos más de infructuosos ataques, Camus tuvo su oportunidad.

Aldebarán, consciente de su aventajada posición, comenzó a tornar su defensa en ofensiva. Dejó de limitarse a bloquear las estocadas de Camus y comenzó a contratacarlas. El vereciano fue lo suficientemente rápido para evitar sus respuestas hasta que el cansancio le obligó a recibir y bloquear una de ellas. El ataque vino de arriba y Camus tuvo la fortuna de poder ampliar su postura lo suficiente como para contenerlo. Dio varios pasos hacia atrás y, sin separar su mirada del contrincante, se percató del desbalance en la postura del akielense. El hombre estaba tan acostumbrado a mantener su posición que su movimiento de pies era desequilibrado y dejaba indefensas sus piernas. Además, su enorme estatura —a primera vista una gran ventaja— le daba a Camus mayor apertura para atacar sus extremidades.

El plan que formó no era brillante: se trataba de una técnica sencilla que sería inútil contra espadachines con pies más habilidosos o armas más largas. Si bien no le daría una victoria llamativa, sería mil veces mejor que ser derrotado.

Camus inhaló profundamente y se lanzó al ataque, esta vez dirigido al cuello de Aldebarán. El hombre supo al instante que se trataba de una finta y se limitó a inclinarse levemente hacia atrás y a proteger la parte superior de su cuerpo. Sabía que vendría un segundo ataque, mas no contó con que estuviera dirigido a su rodilla. En menos de un segundo Camus extendió sus piernas, inclinó su torso para eludir una estocada de Aldebarán y dirigió su sable hacia adelante, justo en la rodilla derecha del akielense. El golpe no tuvo intención de lastimar severamente la articulación, pero fue suficiente para provocarle una herida superficial y obligarlo a hincarse. Después de un instante, Camus apuntó su sable hacia la nuca de su contrincante y le fue difícil contener una sonrisa al darse cuenta de que su truco había funcionado a la perfección.

Alzó la mirada en búsqueda de la reacción de los capitanes y se sorprendió al darse cuenta que la arena estaba totalmente rodeada de soldados. Shion y Dohko estaban al frente, el primero con un parco rostro de indiferencia y el segundo con los ojos abiertos de par en par. El silencio cubrió la zona de entrenamiento por varios segundos hasta que Dohko lanzó una tremenda carcajada y caminó hacia ellos.

—¡Ustedes y sus sucios trucos verecianos! —dio una fuerte palmada en la espalda de Camus—. Jamás creí que alguien vencería a este grandote con tanta facilidad. Buen trabajo.

Una parte de Camus se indignó por ser acusado de hacer trampa y otra se felicitó por hacerle creer al capitán que su victoria había sido fácil. Bajó su arma y dio un paso hacia atrás para permitirle a Dohko examinar la herida de Aldebarán.

—No se ve tan mal —aseguró con una sonrisa—. De todas formas, ve a que te revisen eso, ¿quieres? —Dohko alzó el rostro hacia el resto de los soldados y señaló a uno de ellos—. Acompáñalo. Si se cae encima de alguien podría asfixiarlo y matarlo.

La desorientada expresión en el rostro de Aldebarán era clara señal de que aún no comprendía lo que sucedía y solo pareció salir de su trance cuando su compañero le ayudó a levantarse. Dohko ni siquiera se molestó en esperar a que los hombres salieran del salón para dictar su veredicto.

—Bienvenido al equipo, Camus —juntó las palmas de sus manos en un fortísimo aplauso y alzó aún más la voz—. ¡Suficiente espectáculo, todos! ¡Es hora de salir! ¡Veamos si hoy sí pueden mantener sus filas por más de cinco minutos!

Mientras el resto de los hombres se preparaba para seguir a Dohko hacia la armería, Shion enfrentó a Camus.

—Ese movimiento no habría funcionado contra un vereciano —aseguró.

—Afortunadamente no combatía contra uno, señor.

En esa ocasión, la sonrisa de Shion fue más que evidente.

—¡Milo! —gritó el capitán y Camus reconoció al hombre de cabello largo que había perdido el combate que presenció apenas llegó—. Deja de sentir lástima por ti mismo y ven para acá —el hombre obedeció sin rechistar y se ubicó junto a Camus—. Ayuda al recién llegado con sus pertenencias y muéstrale el cuartel. Explícale lo básico y, una vez que terminen, preséntense armados en el patio sur.

—Sí, señor.

Shion asintió y dio media vuelta para acompañar al resto de los hombres.

Milo, quien gracias al cielo ya se había cubierto con un cortísimo quitón, le miró por unos instantes antes de decidirse a hablar.

—¿Dónde dejaste tus cosas?

—En las caballerizas del patio principal.

—Vamos por ellas. Aprovechemos para llevar tu caballo a los establos de la guardia.

El pelirrojo asintió y siguió a Milo por los intrincados pasillos de la fortaleza y después a través de sus largos patios. Durante el trayecto, el hombre contempló el bien formado cuerpo de su nuevo compañero. Sus ojos eran de un hermoso verde azul, su espalda ancha y su cintura fina y el cortísimo quitón que portaba hacía poco para cubrir sus musculosas piernas. Era fácil imaginárselo como una de esas estatuas de mármol tan comunes en Akielos: alto, imponente y con un cuerpo esculpido por el mejor artista del mundo. Camus sabía que lidiar con los akielenses sería complicado, pero si la mitad de sus compañeros eran la mitad de atractivos que Milo, estaba seguro que, al menos, pasaría muy buenos momentos admirándolos.

El moreno recibía sin cuidados la atenta mirada de Camus e incluso aprovechaba algunos momentos para satisfacer su propia curiosidad. No obstante, fue solo hasta que dejaron el caballo en el establo que comenzó a hablar.

—Hiciste una buena entrada. Nunca antes habían derrotado a Aldebarán.

—De ser así, creo que no se ha enfrentado contra muchas personas.

Milo lanzó la cabeza hacia atrás con una fuerte carcajada que extrañó a Camus.

—No sabes lo que dices. Te aseguro que se ha enfrentado contra más hombres que tú y yo juntos —arqueó la ceja izquierda y le empujó levemente con su hombro—. En cualquier caso, puede que no se haya enfrentado contra suficientes verecianos. De otra forma habría visto venir tu truco.

—¿Tú también crees que jugué sucio? —preguntó y detuvo su marcha. Milo tuvo que regresar un par de pasos para colocarse frente a él.

—En la guerra es necesario derrotar al enemigo a toda costa —aseguró con seriedad—. Cualquier técnica es válida con tal de proteger a tu nación. Sin embargo, estamos hablando de un entrenamiento. No había necesidad de hacer algo así.

Camus se alzó de hombros y sonrió mordaz.

—Quizá no te hayas dado cuenta todavía, Milo. No es una guerra, pero nos preparan para ella.

El akielense frunció el ceño y cerró aún más la distancia entre ellos.

—No hables como si no lo supiera. Combatí en la frontera con Vere por cinco años.

Camus parpadeó varias veces y desvió la mirada. Milo había combatido en el ejército por el mismo tiempo que él.

—Yo también serví en la frontera, en Monpazier, cerca de-

—Sé dónde está Monpazier —interrumpió—. Estuve ahí un par de veces. Pensaría que alguna vez peleé en tu contra, pero habría recordado… —por algún motivo desechó la idea que estaba a punto de pronunciar.

—¿Recordado qué?

Milo carraspeó y dio media vuelta para seguir su camino hacia los dormitorios.

—Olvídalo. ¿Sabes? Hace tiempo escuché el rumor de que algunos nobles de Vere teñían su cabello con extractos de plantas. Una vez que llegué aquí, me enteré que era cierto.

Por extraño que fuera, el súbito cambio de tema divirtió a Camus, quien sonrió para sí mismo antes de ajustar el agarre de su morral y seguirle.

—Es cierto, aunque yo no soy noble ni me tiño el cabello.

El otro detuvo sus pasos abruptamente y Camus casi chocó contra él.

—¿Entonces es natural? Nunca había visto un cabello como el tuyo.

—Es inusual, incluso en Vere —Milo emitió un sonido gutural que Camus no supo cómo descifrar—. Tu color rubio también lo es, al menos en Akielos, ¿no es así?

Abochornado, Milo bajó el rostro y colocó su mano izquierda sobre su cabeza. A Camus le pareció un vano intento de ocultar el color de su cabello.

—Inusual —frunció el ceño—. Usemos esa palabra.

Después del peculiar intercambio, los hombres continuaron su camino hacia las cámaras de los aspirantes. Estas se encontraban en el sótano de la torre sur, medio ocultas por un sinfín de escaleras y firmemente protegidas por enormes puertas de madera y metal. A Camus no le habría sorprendido que ese lugar hubiese sido un calabozo no hace mucho tiempo atrás. Afortunadamente, una vez que Milo abrió la puerta de uno de los dormitorios y encendió un par de antorchas, se percató de que la estancia no era tan terrible como parecía. El salón era amplio y limpio; además, gracias una serie de ventilas en el techo, una corriente de aire frío corría por la habitación y la refrescaba a pesar de la carencia de ventanas. Camus reconocía aquel artificio como parte de la ingeniería de su país y pensó que tenía suerte de poder dormir en una zona del castillo más vereciana que akielense.

—Este es el primero de tres dormitorios. Puedes elegir cualquier cama que esté disponible.

La habitación constaba de dos largas filas de diez camas cada una. Sin embargo, únicamente parecían haber tres espacios disponibles y estos correspondían a los más cercanos a la puerta y, por lo tanto, los más ruidosos. Al no tener otra opción, dejó la bolsa con sus cosas sobre el colchón más próximo.

Milo tomó asiento en la cama opuesta y comenzó a explicarle la rutina usual. El grupo se despierta poco antes del alba y tiene que estar en el patio sur en quince minutos. Ahí realizan ejercicios de levantado de campamento hasta que dan las nueve en punto, cuando el desayuno es servido. Si para esa hora hay una sola tienda fuera de lugar, todos los soldados se quedan sin comer, sin excepción. Como Shion le había dicho anteriormente, después del desayuno había una hora libre y a las once continuaban con el entrenamiento general. Las prácticas proseguían hasta el anochecer y solo eran interrumpidas por un rápido almuerzo que podía o no cancelarse dependiendo del desempeño de los hombres. La cena se servía a las nueve de la noche y las antorchas se apagaban a las once.

Todo aquello le pareció bastante sensato a Camus, quien había esperado toparse con un entrenamiento infernal.

—Hay algo más —continuó Milo con un severo tono de advertencia—. La Guardia Real tiene una muy estricta ley en contra de las peleas internas. Cualquier hombre que golpee a otro fuera del campo de entrenamiento es severamente castigado.

—¿Lo degradan?

—Lo ejecutan.

Camus sopesó aquellas palabras por largo tiempo. Los ejércitos estaban repletos de hombres acostumbrados a las batallas, impetuosos y violentos. Las riñas eran algo común en cualquier campamento y le parecía absurdo que fuesen castigadas tan severamente.

—Originalmente la regla solo era válida cuando un vereciano hería a un akielense y viceversa —explicó Milo—. Sin embargo, el Príncipe arguyó que ahora formábamos parte de la misma nación y que carecía sentido marcar las diferencias. El castigo para los aspirantes es menos severo: se nos descalifica al momento y se nos obliga a abandonar el castillo.

—¿Es común que eso pase? —preguntó Camus después de meditar la situación por casi un minuto.

—No tanto como uno pensaría —aseguró—. El entrenamiento es pesado y deja poco tiempo para que peleemos entre nosotros.

El vereciano rio secamente y se cruzó de brazos.

—Eso lo explica…

—¿Qué?

—Me preguntaba por qué los capitanes cedían tanto tiempo después del desayuno. Quieren ver cómo nos comportamos sin supervisión directa. Seguramente están a la espera de conflictos para identificar a quienes no son aptos para servir en la guardia.

Sorprendido, Milo alzó las cejas y entreabrió su boca. Tartamudeó varias veces antes de poder concentrarse lo suficiente como para formar una oración con sentido.

—Ya decía yo que había demasiado espacio entre la cena y la hora de dormir —bufó—. Esa es una sucia treta vereciana; sin duda se le ocurrió a Shion.

—Por supuesto que se le ocurrió a Shion —dijo Camus—. A un akielense jamás se le habría ocurrido algo tan astuto.

Milo rio de buena gana, se puso de pie y le dio una fuerte palmada en la espalda.

—Vamos, podrás ordenar tus cosas más tarde. Tenemos que conseguirte una armadura.

Camus asintió y ayudó a Milo a apagar las antorchas antes de salir del dormitorio.