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Guardias Reales

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Capítulo 1

Desde pequeño, los padres de Camus le inculcaron el deseo de convertirse en miembro de la Guardia Real. Creció convencido de que no habría mayor orgullo que el de servir al Príncipe de Vere y que todos sus esfuerzos deberían enfocarse en alcanzar su meta. A pesar de no formar parte de la aristocracia vereciana, sus padres eran lo suficientemente acaudalados como para ofrecerle a su único hijo la mejor educación posible. Su aprendizaje no se limitó al combate, sino que también estudió historia, geografía e incluso política. Sus tutores se aseguraron de que aprendiese estrategia militar, cómo manejarse entre las tropas y cómo dirigirlas. Camus trabajaba con entusiasmo y esperaba que sus conocimientos algún día lo condujeran a la capital, Arles. Él vivía varios kilómetros hacia el sur, cerca de la frontera con el país enemigo de Akielos, y sabía que tendría que esforzarse mucho para algún día ser recibido en el palacio real.

Sus padres no tenían conexiones en la capital y Camus tuvo que hacerse camino por sí mismo, a través de pequeñas campañas militares en el sur. Poco a poco sobresalió entre sus compañeros, tanto por su astucia en el campo de batalla como por su habilidad con la espada. Camus era un gran estratega que adivinaba las intenciones del enemigo desde antes de que los batallones iniciaran su marcha y en solo unos cuantos años logró ascender a grado de capitán en el modesto regimiento sureño.

Camus solo estuvo listo para ofrecerle sus servicios al Príncipe cuando cumplió los veintidós años. A esa edad había comprendido que su familia únicamente deseaba verlo en Arles en espera a que algún día fuese condecorado con un título nobiliario. Aunque el oficio de mercader podía generar mucho dinero, los títulos lo eran todo en un país como Vere. Su familia nunca alcanzaría el prestigio que deseaba hasta que ganara el favor del Príncipe y un lugar en su corte. Camus comprendía los deseos de su familia y, hasta cierto punto, los respetaba, pero si decidió marchar hacia la capital fue únicamente para demostrar su valía como protector de la nación.

Partió hacia Arles con poco más que su caballo y una carta de recomendación de su general. Viajó por varios días hasta llegar a una posada a las afueras de la capital, donde escuchó que el Príncipe ya no se encontraba en la ciudad. El Regente, encargado de dirigir el país hasta que el joven Príncipe cumpliese los veintiún años y pudiese ser coronado rey, confiscó sus tierras y legiones con excusa de disciplinarlo. Como tío del futuro rey, insistió en que era su deber inculcarle amor y respeto hacia su patria, y decidió que no habría mejor modo para hacerlo que enviándolo a una expedición a la frontera sur. La zona era inestable, llena de ladrones e incursiones de las tropas akielenses. Por si fuese poco, el Príncipe no viajaría con sus propias tropas, sino con una exigua guardia de soldados inexpertos, muchos de ellos fieles al Regente. Era claro para Camus —y para muchos otros— que aquella era una sentencia de muerte. El Príncipe moriría en la frontera, fuese en batalla o a manos de un traidor, y entonces el Regente sería coronado como el nuevo rey de Vere.

Camus hizo todo lo posible para ir en su ayuda. No obstante, el Regente ya había ejecutado su estrategia y todos los regimientos fieles al Príncipe fueron sitiados. Se les cortó el suministro de comida, dinero y armas, y cualquier indicio de insurrección era castigado con la muerte. Su diplomacia le permitió librarse de esta, pero de poco le serviría al Príncipe mientras estuviese desarmado y lejos de él.

Afortunadamente, lo inesperado ocurrió y el Príncipe se alió con el Rey de Akielos. Juntos derrotaron a las tropas del Regente, castigaron a los traidores e incluso unieron a ambos países en una alianza. Vere y Akielos se convirtieron en un solo país, terminando así con las batallas por conquista de territorio y ampliando las rutas comerciales. Marlas, ciudad ubicada entre ambos países, se convirtió en la nueva capital y fue ahí a donde Camus tuvo que viajar para seguir adelante con su sueño.

Comparada con Arles, Marlas parecía ser insuficiente para convertirse en la capital del nuevo imperio. Sin embargo, contaba con una historia común que honraba a ambos países. Históricamente, Marlas le pertenecía a Vere, pero los akielenses la conquistaron seis años atrás y la convirtieron en su segundo puerto más importante después de su propia capital, Ios. Durante su ocupación, el castillo de Marlas fue mutilado para emular las austeras fortalezas akielenses y solo recuperó su grandiosidad vereciana con la reciente unificación. El interior del castillo estaba repleto de las voluminosas cortinas, los muebles acojinados y las enormes alfombras que eran tan apreciadas en Vere. Para cuando el soldado que le escoltaba le dejó frente a la puerta del Capitán de la Guardia Real, ya había aprendido a ignorar los pequeños rastros del estilo de vida akielense. Fue en el momento en que la puerta se abrió y pudo observar una habitación casi desnuda que regresó a la realidad.

Sentado detrás de uno de los escritorios se encontró con el Capitán Shion. Era un hombre alto y de complexión delgada, parecía tener alrededor de cincuenta años y en su rostro se denotaba el cansancio provocado tanto por la edad como por las batallas. Estaba concentrado estudiando un par de pergaminos entre sus manos e hizo un gesto con su mano para que le esperara. Camus se mantuvo en guardia por segundos que le parecieron eternos y comenzó a contemplar la idea de disculparse y de regresar más tarde para evitarse la incómoda situación. No obstante, decidió ser fuerte y esperó con paciencia a que Shion terminara de revisar sus documentos y le indicara que podía sentarse frente a él.

—Camus de Monpazier —dijo con voz grave, mientras leía un desgastado pergamino con sus datos—, soldado del ejército del sur desde los dieciocho años, ascendido a grado de capitán a los veinte años e interesado en formar parte de la Guardia Real —dejó el pergamino a un costado y lo miró atentamente por primera vez—. Obtener el grado de capitán a esa edad es sorprendente, sobre todo cuando no se cuenta con un familiar en la corte.

Camus contuvo la molestia que le provocaron las palabras del Capitán. Estaba acostumbrado a que le recordaran los humildes orígenes de su familia, pero nunca esperó recibir tales comentarios de alguien de quien solo había escuchado halagos.

—Mis deseos de defender a mi país y a mi Príncipe son lo único que necesito para seguir adelante, Capitán.

El hombre no se sorprendió por su respuesta y se limitó a asentir.

—Tu antiguo general te ha recomendado extensivamente. Debe estar haciéndose viejo; hace veinte años no se habría tomado la molestia de escribir una carta de recomendación. Serviste cinco años en la frontera. ¿Puedes decirme contra quién alzabas tus armas?

Confundido por la pregunta, Camus se tomó algunos segundos para dar una respuesta que Shion ya conocía.

—Akielenses, señor. El principal deber de mi regimiento era defender la frontera suroeste.

—¿Estás al tanto de que el Rey de Akielos y el Príncipe de Vere están trabajando en la unificación de sus naciones?

La segunda pregunta le pareció aún más innecesaria que la anterior. Camus no estaba seguro de hacia dónde se dirigía el Capitán.

—Por supuesto, señor —no había un alma que desconociera la noticia—, y estoy feliz de que así sea. La guerra duró demasiado tiempo.

—¿Estás de acuerdo con la alianza? —preguntó con incredulidad—. Me sorprende. Peleaste en la frontera. Sabes perfectamente de lo que los akielenses son capaces.

El despectivo modo en el que Shion pronunció el gentilicio casi hizo sonreír a Camus. Después de varios segundos de incertidumbre, entendió qué era lo que sucedía. El descubrimiento menguó su nerviosismo y supo hacia dónde era que tenía que dirigir sus respuestas.

—Sí, señor. Les he visto mutilar y asesinar a mis hermanos del mismo modo en el que nosotros mutilamos y asesinamos a los suyos. Confío en el Príncipe y en su capacidad para tomar la mejor decisión para su pueblo, especialmente cuando su decisión se encuentra tan cerca de lo que desea mi corazón.

Shion arrugó la nariz, apretó los labios y calló por unos momentos. Camus sabía que su respuesta le había tomado por sorpresa y que buscaba la mejor forma de rebatir sus palabras.

—Tu confianza hacia el Príncipe es ciega —gruñó quedamente y entrelazó sus dedos sobre la mesa—. Quizá cambies de idea cuando te diga que sus Excelencias han solicitado que la Guardia Real se componga equitativamente de verecianos y akielenses.

Las palabras de Shion helaron a Camus. Una cosa era convivir en la fortaleza con los akielenses, comercializar con ellos e incluso combatir a su lado, y otra, muy diferente, el aceptarlos en el nobilísimo puesto de Guardia Real. Esos bárbaros —asesinos, repicaba una vocecilla en su interior— jamás serían lo suficientemente buenos como para proteger al hermoso Príncipe de Vere.

Shion sonrió de soslayo al darse cuenta que Camus vacilaba.

—Como Guardia Real no solo entrenarías con ellos, también compartirías armas, comida y barracas.

Camus tomó una larga bocanada de aire y se decidió a retomar el camino de la entrevista.

—También compartiré fortalezas y victorias —respondió con firmeza—. Estoy consciente de que no será fácil, mas prefiero reñir con un akielense por la última botella de vino antes que dirigir un regimiento en su contra por un trozo de tierra.

Aunque el rostro de Shion siguió tan serio como antes, Camus alcanzó a divisar la sombra de una sonrisa.

—Eres ingenuo si crees que esos salvajes disfrutan de algo tan refinado como el vino.

—Está bien —se alzó de hombros—. Me gusta probar licores exóticos.

Shion asintió lentamente y se puso de pie, permitiéndole a Camus admirar su estilizada figura. Notó menor tensión en sus hombros y cierta amabilidad en la forma en la que le ordenó que se levantara de su asiento.

—Pondremos tu perseverancia a prueba —aseguró—. Entrenarás junto con el resto de los candidatos por dos meses. Al concluir este tiempo celebraremos juegos con deportes de ambos países. Será en ese evento en el que el Rey y el Príncipe elegirán a los últimos miembros de su Guardia Real. Te garantizo que sus expectativas son sumamente altas.

Camus tomó aquellas palabras como una señal de aprobación de Shion. El hombre había tendido un anzuelo para descubrir si estaba a favor o en contra de la alianza y Camus, al saber que su deber no era el de cuestionar al Príncipe, logró evadirlo sin problemas. Lo más fácil estaba hecho. Ahora solo tendría que tolerar los dos meses de entrenamiento, sobresalir en los juegos y soportar durante el resto de su vida la convivencia con los salvajes del sur.

Shion lo condujo fuera de la habitación y a través de varios pasillos. Camus notó que las decoraciones y las luces menguaban conforme avanzaban y, cuando descendieron por unas escaleras hasta llegar a unas amplias puertas de madera, los únicos colores que contrastaban con los altos muros de piedra eran las azules capas de los guardias verecianos que la vigilaban. Los soldados hicieron un saludo militar y uno de ellos abrió las puertas de par en par.

Después de haber pasado tanto tiempo en la oscuridad de los pasillos, a Camus le costó varios segundos adaptarse a los brillantes tonos dorados del salón. Las paredes estaban repletas de antorchas y al menos cinco candelabros iluminaban las cuatro arenas del área de entrenamiento. En el lugar había alrededor de tres decenas de hombres, tanto akielenses como verecianos. Era fácil discernirlos no solo por su color de piel, sino por su forma de vestir: mientras los níveos verecianos entrenaban con uniformes tradicionales —botas largas y vistosos trajes decorados con hilos de oro y lazos entrelazados que cubrían a los hombres del cuello hasta los talones—, los morenos akielenses portaban, en el mejor de los casos, desgastados quitones de algodón blanco y, en el peor, andaban desnudos por el área de entrenamiento como si fuesen servidores sexuales y no candidatos para la Guardia Real.

La mayoría de los grupos practicaban combates con armas, ya fuesen espadas y sables o arcos y lanzas; sin embargo, también había un par de hombres combatiendo cuerpo a cuerpo en la arena central. Se trataba de dos akielenses, uno de ellos con larga melena dorada y el otro castaño y de pelo corto. Ambos estaban desnudos y cubiertos por una gruesa capa de sudor, arena y aceite. Se sujetaban con firmeza, solo despegándose ocasionalmente para dirigir embestidas que dejarían a su paso oscuros moretones en sus brazos y cinturas. En un momento, el de pelo corto logró enredar su pierna alrededor de la de su adversario, rompió su equilibrio y cayeron juntos al suelo. Para sorpresa de Camus, la caída no terminó el combate; por el contrario, los hombres parecieron redoblar sus esfuerzos para someter al otro, sujetaron con más violencia e incrementaron el ritmo de sus ataques para así sacar a su contrincante de la arena.

En un momento, el castaño envolvió el cuerpo del otro, sujetándolo fuertemente del pecho con esperanza de poderlo arrastrar fuera de la zona de combate. No obstante, el otro se mantuvo firme y no dejó de mover sus piernas y brazos en un último intento para liberarse. La gente comenzó a reunirse alrededor de ellos y pronto los akielenses —y varios verecianos— comenzaron a espetar obscenidades que hacían eco al rítmico vaivén de sus cuerpos desnudos.

Camus creyó que aquel intercambio duraría una eternidad, pero en un vertiginoso movimiento, el de pelo corto logró afianzar sus brazos alrededor de la cintura del otro y, haciendo uso de la impresionante fuerza de sus piernas, logró alzarlo y lanzarlo a medio metro de distancia. El público explotó en aplausos y silbidos, y no tardaron en rodear al ganador e ignorar al perdedor.

—Es la hora del descanso —comentó Shion y solo entonces Camus recordó que el Capitán se encontraba a su lado—. Les otorgamos una hora de tiempo libre después del desayuno; les ayuda a calentar.

Camus asintió. Suponía que Shion esperaba intimidarlo haciéndole ver que lo que estos hombres consideraban tiempo libre era arduo entrenamiento. No obstante, Camus también había sido parte de un batallón. Él también sabía lo que era despertarse al alba y entrenar hasta que cayera la noche, y necesitaría más que eso para amedrentarlo.

Después de unos segundos, uno de los espectadores de la lucha caminó hacia ellos. Era un akielense con cabello rojizo y de una estatura que en nada se parecía a la de los soldados contra los que había combatido en Monpazier. Era bajo, incluso más que Camus, y las arrugas en su rostro descartaban la teoría de que su estatura estuviese limitada por la edad.

—Así que este es el recomendado de tu amigo… —dijo con una sonrisa y un fuerte acento akielense.

—Camus de Monpazier —explicó Shion—, este es Dohko de Ios, el Capitán akielense de la Guardia Real.

Justo cuando creía que ya nada podría sorprenderle, Shion le exponía que existían dos capitanes para un solo regimiento. Nunca esperó que la orden de equidad hecha por el Rey y el Príncipe fuese tan literal. Dejó a un lado su desconcierto e hizo lo único que le pareció indicado en ese momento: le saludó con tanto respeto como si se tratase de su general.

—¿Hablas akielense? —preguntó Dohko.

—Sí, señor —respondió en el idioma extranjero—. Aprenderlo facilitó mi servicio en la frontera.

Dohko sonrió y continuó hablando en akielense.

—Shion dijo que eras bueno con la espada —no permitió que el joven respondiera, sino que giró el rostro hacia una pequeña arena ubicada a su izquierda—. ¡Aldebarán!

Un segundo akielense apareció entre ellos. A diferencia de Dohko, su estatura era impresionante —al menos dos metros de altura—, y Camus pensó que era el hombre más alto que hubiese visto en toda su vida. Afortunadamente, al igual que Dohko, Aldebarán vestía con el quitón tradicional y Camus no tuvo un motivo más por el cual quedarse pasmado.

—Este es Camus —explicó Dohko—, dicen que era el mejor espadachín de su regimiento. ¿Qué te parece si ponemos los rumores a prueba? —Aldebarán asintió tímidamente y Camus pensó que su sumisa respuesta poco tenía que ver con su enorme estatura y sus toscas facciones—. No te preocupes, Camus. Aldebarán es un hombre cuidadoso; estoy seguro que evitará partirte en dos.

—Qué amable —dijo Camus sin despegar su mirada de Aldebarán—, esperemos que no se arrepienta.