Actions

Work Header

El perroflauta de los huevos y el pijo tontopolla

Chapter Text

-Putos verdes.

Apenas mirándoles de reojo, dio un sorbo a su cerveza, sintiendo las pequeñas burbujitas en la boca. No le diría que no a una pequeña tapa para acompañar aquel ligero alcohol.

-Pues ahí andan todavía liaos' -continuó hablando el hombre, con otro y con el padre de su amiga tras la barra, pero lo decía para todo el local, claramente ofendido y cabreado-, pero les están dando pal'pelo. ¡Así no vuelven!

-No respetan nada -dijo el otro. Dio un fuerte golpe sobre la barra-. ¡Si no les gusta que no vayan! Es un arte y se lleva haciendo to' la vida. Por ellos armando jaleo no van a dejarlo.

-Hoy ya lo han suspendido. Por el alboroto -explicó el dueño del bar-. Clientes que ya no me vienen hoy, ya verás. Después de los toros siempre entra bien caña y pincho, ¡y estamos en frente!

Raoul notó cómo le rozaban el brazo. Mireya le puso un pequeño plato delante, abundante en torreznos. Le regaló una sonrisa por haberle leído el pensamiento. Había tenido suficiente ya de aquella conversación que comenzaba a hervirle la sangre.
A él tampoco le gustaban los toros, pero no por ello iba a privar al resto. Los animalistas iban abanderando la libertad de los animales y la tolerancia, pero los taurinos también eran libres de que les gustase aquella tradición y no les dejaban disfrutar de ella. Pues vaya tolerantes.

Tomó el último trago de su bebida y dejó el vaso junto al platillo vacío. Se puso la americana, por encima del polo y la chaqueta atada al cuello, y se pasó las manos por el cabello rubio.

-Me marcho, Mireya -se dieron un par de besos en las mejillas, la chica recogió la vajilla sucia y volvió tras la barra.

Cuidao' con los verdes, Raoul! -gritó el padre de la rubia cuando ya tenía un pie al otro lado de la puerta-. A ver si todavía andan por ahí y te llevas alguna hostia que lleve su nombre -se rió de su propia broma.

A Raoul se le escapó una sonrisa burlona.

-Todavía se llevan una mía -se despidió con un gesto a la vez que la campanilla de la puerta también le decía adiós.

Se puso las gafas de sol, unas de la última colección de su marca favorita y enfiló la calle dirigiéndose a donde tenía aparcado el coche, con la llave ya preparada entre los dedos.

No tardó demasiado en quitarse la americana bajo aquel caluroso sol de Málaga. A veces echaba de menos su querida Barcelona en días como aquellos, pues aunque se habían mudado al sur cuando él era muy pequeño, no olvidaba sus diferentes climas. Pero para él su casa era aquella calurosa ciudad andaluza. Especialmente Mireya, quién se había ganado su corazón. Era su mejor amiga.

Divisó su Mercedes a lo lejos y se acercó despreocupadamente, apartándose las gafas de los ojos y colocándolas sutilmente sobre su cabello, de una forma que probablemente su padre no toleraría. Entonces lo escuchó: había alguien al otro lado de su coche, en el lado del copiloto.

Raoul dio la vuelta al automóvil hasta plantarse allí y comprobar que sí, un jadeante chico intentaba recobrar el aliento sentado en el suelo, con la espalda contra la puerta del copiloto de su coche (cualquiera diría que se escondía).

El joven, que rondaría su edad, parecía haber notado su presencia, pero no mostraba indicios de que le importase lo más mínimo. Raoul se sintió levemente incómodo al notar cierto atractivo en aquel muchacho castaño, de tez tostada y barba. Sus labios boqueaban por oxígeno, su cabello estaba revuelto y presentaba varias heridas y raspones, tanto en la cara como en brazos y piernas.

Carraspeó con fuerza, llamando la atención del chico y también la de sus propios pensamientos.

-Ya me voy, ya me voy -balbuceó, dejándose oír un curioso acento que difería bastante del andaluz al que estaba ya acostumbrado-, déjame... respirar.

Pero se levantó inmediatamente, tambaleándose un poco. Se llevó una mano a la frente, apartándose el sudor de la piel, y se echó a reír. Raoul le miró con confusión.

-¿Te encuentras bien? -preguntó dudoso.

Sus ojos se encontraron en ese momento. Raoul no tenía unos ojos claros como su hermano, pero descubrió entonces lo potentes que podían ser unos ojos marrones.

Notó cómo le estudiaba suavemente. Sonrió en una especie de mueca que le desconcertó.

-Sí, claro -rió de nuevo, todavía respiraba con dificultad-, sólo son unos rasguños.

Raoul asintió. No insitiría más. Él era educado y ayudaría a quién lo necesitase, pero si aquel muchacho decía que no, pues era que no.

El susodicho se agachó, emitiendo un pequeño quejido al hacerlo, y al ver cómo sus dedos se estiraban para recoger una gran tabla de madera del suelo, pudo percibir cómo estaban llenos de arañazos.

Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando pudo leer lo que rezaba el otro lado de aquel gran rectángulo, pintado de blanco con letras negras y goterones de pintura color rojo. Es tortura, no cultura. Un animalista.

-¿Qué? -quiso saber el chico.

Mierda, no sólo lo había pensado. Frunció el ceño.

-Eres uno de los animalistas que acaban de liarla enfrente de la plaza de toros, ¿no? -su voz sonaba molesta, casi con desprecio-. Con vuestros gritos y chorradas, ¿no?

El ceño del contrario se arrugó más que el suyo y cuando este se acercó, notó que era más alto que él (algo que nunca resultaba difícil), pero intentó que aquello no le intimidase.

Le chocó descubrir que unas pupilas oscuras como las de ese chico pudiesen dejar sensación de mareo si te miraban de esa forma. Con esa mala hostia.

-¿Algún problema? -preguntó escuetamente, mirándole de forma desafiante.

Raoul frunció el ceño. ¿Pero de qué va?

-No sé, dímelo tú. A mí no me gustan los toros y no por eso monto un numerito del copón.

Él no tenía por qué darle explicaciones de nada, pero le habían sacado muchísimo de quicio las formas de aquel muchacho.

Al tenerle tan cerca, no pudo evitar fijarse en sus facciones. Eran jodidamente perfectas. Además, sus ojos eran enormes y sus labios gruesos. Raoul movió un pie nerviosamente, saliendo de sus pensamientos. Temió por un momento que el contrario le creyese asustado por él... cuando sólo le alteró sentir que le prestaba tanta atención. Y que le gustaba lo que veía.

-Ah... ¿un numerito? ¿Te pareció un número? -hizo muchos aspavientos con las manos, de forma dramática- Pues espero que disfrutases del espectáculo, entonces. Nosotros al menos no derramamos la sangre de alguien que no lo merece.

-Oye a mí no me des el discurso moral, ¿eh?

-¿Discurso moral?

-¡Exacto! ¿Con qué derecho os creéis vosotros de hablar de moral a otros cuando no les respetáis? Habláis de tolerancia, pero...

-Mira, muchacho, tú, precisamente a mí, lecciones sobre tolerancia no me das –cierta sombra cruzó su rostro-. Y esto no es un "no me gusta, no voy y ya está". Se trata de sufrimiento animal, es tortura, y no pienso consentir eso, hacer como si no lo viese.

Raoul asintió despacio, casi convencido por las palabras del chico sólo por la intensidad y verdad que las decía. Aunque no le costó demasiado salir del ensimismamiento, especialmente cuando una mezcla de dolor apareció en la cara del chico y comenzó a examinarse una gran herida del brazo. Le sangraba.

-Pues sólo te ha valido para eso –dijo señalándose la zona dolorida.

-Bueno... pero hoy no ha habido corrida. Prefiero un rasguño mío que más animales asesinados –se le escapó una sonrisa-. Y antes de que pienses en la excusa del trabajo de mucha gente... también se ganaba mucho con la esclavitud hace años, ¿no? O luchando a muerte los romanos.

-Pero no es lo mismo, joder. Son animales, no…

-¡Arranca, muchacho! -Raoul frunció el ceño- Vuelve a este siglo. Yo tengo cosas mejores que hacer.

Justo en ese momento, volvió a escapársele una mueca, por un pinchazo en alguna herida. Se aferró al gran cartel blanco con un brazo y guardó la mano del contrario en el bolsillo. Finalizada aquella surrealista discusión, Raoul giró para volver al asiento del conductor.

Abrió el automóvil y, antes de entrar en él, echó un vistazo al otro lado y vio al joven, muy cercano a la puerta, mirándole fijamente.

-¿Qué? -quiso saber Raoul de malas formas.

El joven se encogió de hombros y se alejó de su coche, marchándose lentamente sin decir nada más. Raoul rodó los ojos y entró en el coche.

Sus párpados cayeron en cuanto sintió el reconfortante tacto de la tapicería contra su cabello y a piel de su nuca. Suspiró encendiendo el motor, el aire acondicionado y la radio. Tarareó despacio la melodía que sonaba. Le encantaba esa canción.

-Baby, I just need one good one to stay.

Refunfuñó al notar que había llegado tarde para escuchar aquella canción, apenas pudiendo disfrutar de unos segundos.

Abrió los ojos y dejó la mano izquierda agarrando el volante, mientras su mirada se dirigía a la clara tapicería del techo de su coche. No pensaba realmente en nada. Entre esas cuatro paredes se sentía especialmente protegido, seguro y cómodo. Golpeteó suavemente el volante con los dedos.

Comenzó a sonar por los altavoces la canción Rise like a phoenix. Frunció el ceño, pues no era muy su rollo y tampoco la conocía. Le sonaba levemente la música.

El chico de hacía un momento apareció en su mente y tuvo que arrugar aún más la cara. Le había parecido un imbécil. Pero condenadamente atrapante. Sintió cómo el calor inundaba su pecho al recordar cuando sonrió y sus intimidantes y enormes ojos.


Cambió de emisora con un golpe en los botones del volante y agarró este con ambas manos. Iba a casa de su novia.

Chapter Text

-Pijo tontopolla... ¡ah, Mimi, por Dios! -apartó a la rubia de un manotazo. Esta le miró enarcando una ceja-. Escuece.

La rubia rió y dejó el algodón mojado en alcohol al lado del botiquín, mientras negaba con la cabeza.

Agoney había llegado lleno de heridas a la Academia, como les gustaba llamar a su garaje, que usaban como lugar de culto, con un par de colchones, un sofá, un frigorífico y un microondas. No tenía coche, usaba a veces el viejo cacharro de su hermana, pero cuando vio el anuncio de aquel local, vio en él una oportunidad de libertad e independencia increíble y tuvo que ser suyo.

Sus amigas ya estaban allí, dándose el lote contra la puerta, y trataron de controlar la solución curándole y desinfectándole las heridas. Les perdonaría que se comieran la boca delante de su (soltera) cara por su eficiencia a la hora de ir nada más llamarlas. Bueno, sólo a Mimi.

-Te metes siempre en unos líos, Ago... -Mimi le puso una tira de esparadrapo en la herida del brazo. No era profunda, pero le dolía bastante, estaba muy cerca del codo y se hacía daño en cada movimiento- pero eso es lo que más me gusta de ti -le guiñó un ojo-. Los principios siempre.

-Exacto -miró a su amiga con una sonrisa antes de añadir un lema que, sabía, adoraba-. Lo personal es político. ¡AH!

Las carcajadas de Mimi resonaron por la Academia, haciendo un eco tan grande que se tapó la boca con rapidez abriendo mucho los ojos. Agoney acompañó sus risas.

Mimi desde el principio le enamoró. Cuando llegó a Málaga, más perdido de lo que había estado nunca, la andaluza se convirtió en su GPS. Un GPS que estaba resultando en una mala enfermera. Eso o que él era propenso a chillar con el agua oxigenada calando en su piel dañada.

-Pero podías haber corrido un poquito más, antes de llevarte tantos palos.

-No iba a dejar allí a los demás. Corrimos cuando pudimos -Mimi le besó en una mejilla y le acarició la otra con los dedos-. Tú y yo nos conocimos así -el de Tenerife sonrió con dulzura.

-Sí -rió, cerrando el botiquín y abrazándose las rodillas-, sólo que no nos pegó nadie, bueno, no a mí. Creo que eres el único que no volvió tan feliz ese día... pero fue genial.

-Coño, no iba a dejar que ese tío hiciese lo que quisiera. Estabais en la zona nomixta y se quería pasar sólo para ligar contigo y era vuestro espacio para estar cómodas. Demasiado era ya que algunos estuviésemos en esa manifestación, que no teníais por qué convocarla también para nosotros.

Las carcajadas, de ninguno de los dos, inundaron de pronto la Academia. Ambos se giraron, hundidos en aquel viejo colchón como estaban, hacia la chica que se reía apoyada contra el frigorífico, cigarro en mano. El cabello castaño le caí descolocado por el rostro.

Agoney rodó los ojos, Mimi se dirigió hacia ella y le rodeó la cintura.

-Uy cómo sube el porro... -juntó su frente con la contraria y besó repetidas veces su rostro- mi porrera favorita.

La otra le propinó un golpe riendo tontamente. Mimi besó sus labios y ella sujetó su cuello, acercándola más. Los sonidos de labios rebotaron por la estancia durante unos (para Agoney largos) segundos.

El canario se aclaró la garganta de forma seria, y más firmemente todavía, dijo:

-Mimi, saca tu lengua de la boca de Ana. Sois un cuadro -más risitas y besos. Suspiró y se le escapó una sonrisa-. Ustedes son unas loquetas desconsideradas –dio golpes en el colchón teatralmente-, ¡aquí, comiendo delante del hambriento!

-Ella... -comenzó Ana.

-...dramática -finalizó Mimi.

Ambas rieron, de forma que no sabrías distinguir quién era la fumada de las dos. Mimi se giró contra su chica, haciéndole emitir un quejido cuando se apoyó en su cuerpo, rodeando su propia cintura con los brazos ajenos.

-Bueno... hoy has hecho lo que querías: la corrida se canceló, ¿no?

-Sí -Agoney sonrió con orgullo y añadió divertido:-, ya cuando eche un polvo, vamos, volarán ventiladores.

Ana se apoyó en el hombro de Mimi y cerró los ojos. La rubia acarició su cara.

-¿Vas a quedar con Ricky hoy?

Agoney se encogió de hombros.

-Quizá, más tarde... -su amiga levantó una ceja de forma pícara- Mimi...

La susodicha volvió a reír coquetamente, haciendo que Ana besase su cuello. Agoney parecía sobrar mucho en su propio garaje.

-¿Qué? Os lleváis genial, podría ir bien. Ricky es guapo.

-Ricky es guapo -repitió Agoney-, pero Mimi, sabes que no todos los gays follamos, ¿no?

Mimi hizo una pausa cuando su novia se carcajeó en su oreja. Le hundió un dedo en la mejilla con rencor.

-No es como si tu follases... en general –se alejó de Ana de un salto, apenas logrando esquivar el cojín que Agoney le lanzó, fingiéndose dolido mientras reía.

El canario vio, con cierto horror, cómo su mejor amiga echaba a correr hacia él, pero en el último momento se lanzó a su lado, desparramándose su cabello rubio, ligeramente ondulado, a su alrededor. Sintió cómo le invadía la ternura. Se dejó caer para atrás tumbándose a su lado. Mirando ambos hacia el techo, Agoney notó cómo ella se estiraba y le acariciaba los dedos con los suyos suavemente, hasta que se los cogió. Sólo se escuchaba en aquel garaje el sonido de las caladas de Ana, quién no tardó en dejarse resbalar hasta el suelo por el frío material del frigorífico.

Agoney cerró los ojos, permitiendo las caricias, y volvieron a su mente los momentos de hacía un rato. Cómo habían llegado a la puerta de la plaza de toros con pancartas, megáfonos; cómo comenzaban a gritar y cantar; cómo pronto se acercaron a ellos, con voces e insultos; lo poco que tardó en llegar la policía; lo mucho que se resistieron; los golpes; salir corriendo; caerse al suelo; patadas; correr más; esconderse tras un coche; aprender a respirar de nuevo; alguien; el pijo tontopolla; llamar a Ana y Mimi; presente. El canario abrió los ojos y suspiró.

-Mimi, tu novia es una fumada.

Recibió un golpe en el muslo por parte de la rubia y un par de carcajadas resonaron, de los dos. Mimi suspiró y esbozó una sonrisa antes de girarse hacia él y acariciarle el cuello.

-¿Sabes algo de Juan? -preguntó despacio.

-Mimi... -le reprochó en voz baja, mirándola de reojo.

-Ya hace mucho que cortásteis.

-Cortó él conmigo –se giró hacia ella.

-¿Cuánto? -Agoney suspiró.

-Casi un año... y dos meses.

Mimi le revolvió el pelo haciendo un mohín con los labios.

-¿No estás pasando página porque sabes que cuando salgas te lo vas a tirar igual?

Negó con la cabeza, frunciendo el ceño.

-No voy a volver a acostarme con él -su amiga elevó una ceja, en un acto de duda y preocupación-. No. Sólo fue un par de veces. Y no volvería a hacerlo ahora. Ya pasé página.

-¿Y si le encontrases hoy? La última vez que...

-Mimi -cerró los ojos, sabiendo que ella entendería que era suficiente.

Lo entendió.

-Pues deberías tener algo con Ricky.

Agoney rio y se tapó la cara con las manos. Ella se sentó.

-Te quiere mucho.

-Y yo a él, pero no así. ¡Lo que me faltaba para complicar mi vida amorosa! Bueno, ¿qué vida amorosa? Qué soleto estoy.

-Pues yo shippeo.

Pasó un bueno rato hasta que volvieron a comenzar una conversación. Fue de nuevo Mimi.

-Al final no me has contado qué ha pasado con el chico ese, el pijo. Espera, ¿cómo le has llamado?

-El pijo tontopolla –Mimi se echó a reír-. Es que a los idiotas los encuentro siempre yo.

Agoney suspiró ante su divertida amiga y revivió para ella los hechos. No era algo que no le hubiese pasado antes, pero eso no quitaba que le pusiera de mal humor. A los animales también les correspondían unos derechos, no eran tan diferentes a fin de cuentas. El canario siempre lo había tenido claro: amaba los animales, haría lo que fuese por protegerlos.

A ellos y a cualquiera, realmente. Nunca había dejado de luchar por lo que consideraba justo. Pertenecía a varios sindicatos y organizaciones, algo que ya pasaba en el instituto, cuando se afilió al sindicato de estudiantes y fue en nombre de todos a quejarse, en varias ocasiones, a dirección por problemas colectivos. Eso, además le hizo ganarse cariño por parte de todos sus compañeros, incluso de los que no terminaban de entender que saliese con chicos (no corrió la misma suerte en el instituto de Tenerife). Y es que, que Agoney fuese tan bueno con todo el mundo hacía que los demás tuviesen la necesidad de ser mejores también. Como él siempre decía, lo que das, vuelve.

Ese día le volvieron palos cuando alzó la voz por los que no la tenían, pero no le importó. Le importaban más personas como aquel niñato, que creían de verdad que los animales eran menos y no veían necesidad en luchar contra aquellas fiestas, por ser tradición.

-Tenía pinta de ser un facha... -rodó los ojos de forma exagerada, cruzándose de brazos- no quiero ser yo el que caiga en estereotipos, pero ese chaval olía a pijo. Literalmente. Olía a perfume del caro.

Mimi se echó a reír, tapándose los labios con los dedos.

-Los pijos no utilizan perfume -explicó ella poniéndose seria-, lo sudan.

-Por todos los preciosos poros de su piel.

-Exacto.

Tras un nuevo ataque de risas, Mimi y Ana se marcharon después de cenar comida china con el canario y beber un par de cervezas. Agoney se acurrucó entre las mantas de uno de los colchones de la Academia. Pasaría allí la noche, no quería preocupar a su familia. Y tampoco se veía con ganas de volver, la verdad.

Se encontraba ya medio adormilado, dejando de pensar en la protesta y en el encontronazo posterior, cuando su teléfono móvil sobre la almohada, le hizo dar un respingo enorme cuando vibró con fuerza. Se maldijo a sí mismo, por no silenciarlo, y al responsable de su pequeño susto.

Me ha contado Mimi lo de los toros, ¿qué tal?

Con los ojos levemente abiertos a causa de la luz, Agoney respondió escuetamente con un bien y muchos emoticonos, entre ellos sonrisas, caras de enfado y corazones. Ya entraría en detalles en otro momento.

Ricky era su mejor amigo. No llegaba al nivel de Mimi, sus relaciones eran diferentes, pero se tenían muchísimo cariño. El suficiente como para, sin la comprensión de Mimi, no acostarse.

No le contaría nunca a su amiga que en realidad casi lo hacen. Que el día que se conocieron, Agoney tenía claro que tendría sexo, más aún cuando vio al chico, bailando sobre el altavoz de aquella discoteca, guiñándole un ojo, y supo que sería con él. Pero, dos horas más tarde, dos copas después, a dos calles de aquel local en la cama de Ricky, Agoney se echó a llorar. A llorar tanto, que Ricky le acogió en sus brazos y le consoló toda la noche.

Era la primera vez que Juan le dejaba, la primera de muchas, y Agoney estaba desesperado por sacarle de su mente, más que de su corazón, sin saber que su novio volvería, dejándole una gran cornamenta y un nudo en la garganta que duró hasta la ruptura definitiva. Aunque Agoney no lo supo hasta mucho más tarde, después de medio año de helado (no le contaría a nadie nunca los kilos que ganó) y con las defensas bajas cuando se encontraba a su ya exnovio de fiesta por ahí, volviendo a dejarse perder en sus sábanas. Pero ya no.

Nunca volvería a pasar, lo que le dijo a Mimi era verdad. No quería saber nada más de él. Ni de sus brazos. Ni de su relación.

Ya había aprendido, lo había superado, ahora, volaría como el fénix. Y follaría como el lobo alfa que podía ser. Porque ser feliz era su razón para quedarse. 

Chapter Text

Mimi notaba el calor que le calentaba la piel, los brazos y las piernas, sintiendo que le llenaba de vida esa sensación. No dejaba de sonreír. Pero eso no era nuevo. Ella siempre sonreía.

Andaluza, pero granadina, ya no podía decir cuánto tiempo llevaba en Málaga. Aunque recordaba perfectamente el momento en el que conoció a su canaria. No fue de película, ni tan memorable como con Agoney, con un machito revoloteando, pero era su tesoro mejor atesorado. Como Ana. Por eso quería hacerla feliz siempre. Lo haría todo por ella.

El sonido de la campanilla de Cafetería Salva le sacó de sus pensamientos y recordó dónde y para qué se encontraba allí. Sonrió enormemente cuando vio a la rubia girarse al otro lado de la barra.

-Mireya -dijo, mirándola a los ojos.

-Mimi.

La recién llegada rió de forma graciosa y se dirigió a una mesa dando saltitos.

-¿Te tomas un café conmigo? -preguntó de forma dulce, sabiendo que había llegado antes de la hora acordada.

 

 

Removía su café lentamente cuando Mireya se sentó enfrente, colocando una taza idéntica y un plato con dos bollos en la mesa. Mimi miró los dulces con ojos brillantes. Estaban recubiertos por una fina capa de chocolate y la chica había espolvoreado sobre este azúcar glas. Estaba salivando.

-Muchas gracias -tomó uno y le dio un buen bocado- ¡Mmmmmm! ¡Buenísimo!

Mireya rió suavemente y levantó sus azules ojos de la oscura infusión con leche, por primera vez clavándolos en los suyos desde que Mimi entrase por la puerta. También se le escapó a esta última una carcajada.

-¿Qué quieres, Mimi? -la malagueña jugueteaba con la cuchara entre sus dedos- Me sorprendió tu llamada.

La voz de Mireya no sonaba con enojo, ni sospecha, ni siquiera preocupada. Lo había dicho con la misma voz amable con la que se le habla a un niño. Mimi se llevó la taza a los labios, dio un trago, haciendo ruiditos al sorber, y devolvió a la mesa dando un golpe, haciendo que Mireya diese un respingo y la mirase con sorpresa.

Mimi sonrió.

-Te quería pedir un favor -confesó con una sonrisa-. Otro más -volvió a reír. Agachó la mirada y comenzó a hacer una bola de papel con una servilleta. Mireya cogió el otro bollo, aún intacto-. Como sabrás, Ana termina este año la carrera. Y… ella nunca pensó que pudiese hacerlo, le cuesta mucho estudiar y su familia casi no podía pagársela, ha tenido que hacerla a trompicones, a veces sólo un par de asignaturas y, bueno… -miró a Mireya a los ojos, que la escuchaba atentamente- me gustaría prepararle una fiesta.

Mireya no pudo evitar sonreír.

-Qué bonita. Aunque todavía no entiendo que pinto yo aquí, la verdad -se ocultó tras la taza de café: mala idea.

-A ver, no mucho -se atragantó con el café-. Quiero decir, que lo que necesito es un par de favores, Mireya -suspiró-. Aunque si que estaría bien que vinieses a la fiesta -masticó su último trozo del dulce y se lamió los dedos. Aquel chocolate era delicioso-. La fiesta necesita un sitio, un local, y sería genial hacerlo en el hotel, ya sabes, en el que trabaja Ago, le cogieron gracias a ti. Yo no puedo permitirme el contratar un servicio de fiesta, es una pasada, un hotelazo. No sé si tú a lo mejor podrás… no sé, conseguir algún precio. Si sólo necesitamos el lugar, nosotros podríamos encargarnos de prepararlo todo, Ago y yo somos un team de la hostia, no hace falta que nos ayuden en nada.

A Mireya le dolió en el alma la carita que le dedicaba Mimi. Suspiró.

-Pero yo no tengo nada que ver, Mimi. ¿Cómo me pides eso?

-Bueno… gracias a ti contrataron a Ago.

-Yo sólo le recomendé. Y él no necesitaba presentación ninguna. Tiene mucho talento.

Entiendo, murmuró Mimi justo antes de resoplar. Hizo una mueca con los labios y miró el fondo vacío de su taza de café, la otra chica apenas había visto su comida de lo rápido que la había terminado. Escuchó cómo las uñas de Mireya golpeaban la taza.

La malagueña también suspiró con fuerza.

-Veré que puedo hacer -dijo, intentando componer una sonrisa.

-¡Gracias!

Mimi se levantó de un salto y la abrazó efusivamente. Comenzó a llenar su cara de besos. Rebosaba felicidad por todas partes. En su mente sólo aparecía la canaria, el rostro de Ana, alegre, cuando llegase a la fiesta y dijese, deslizándose por las palabras con su marcado acento, ¿qué pasó?

La rubia reiría y diría tú pasaste, canaria, siempre tú. Bueno, sólo lo pensaría, era una moñas de interior.

Besó un par de veces más a Mireya en la sien, mientras la acunaba entre sus brazos, antes de separarse de ella de golpe y mirarla fijamente a los ojos, como la malagueña también la estaba mirando. Ambas andaluzas se sostuvieron la mirada, en un momento tenso que sería imposible no notar para cualquiera. Mimi carraspeó, aclarándose la garganta, justo antes de mirar sus pies de forma nerviosa. Mireya miró distraídamente hacia otra parte.

-Gracias, Mireya.

-De nada, Mimi.

-Creo que… tengo que irme ya.

La malagueña asintió.

-Sí.

Aunque Mireya insistió en que no, Mimi dejó caer unas monedas sobre la mesa y se fue del bar de la chica tras unos cordiales besos en las mejillas. Rebosaba ilusión pensando en la fiesta, porque ella era optimista, y ya se veía rodeando la cintura de Ana al ritmo de la música o chocando su copa con la de Agoney.

Confiaba plenamente en Mireya, en que lo intentaría, en que pondría todo de su parte. En que era buena. En que quería lo mejor. Y aquello era lo mejor. Tenía que serlo.

Tras esquivar a un niño que corría por la acera, apenas consiguiéndolo y soltando varias blasfemias, no pudo llamar al canario a pesar de tener ya casi marcado su número, pues otro muy diferente apareció en la pantalla, vibrando entre sus dedos. Se lo llevó rápidamente a la oreja mientras un mechón rebelde caía sobre su rostro.

-¡Maricón! -gritó alegre nada más descolgar, resoplando para apartarse el cabello.

-Loca del coño -la voz de Ricky le llegó amortiguada por las risas-. Que me tienes abandonao -hizo un puchero.

Mimi sonrió con dulzura.

-¿Estás con Ago? -no esperó respuesta- No, no lo estás, no estarías hablando conmigo. O no deberías.

Volvió a escucharle reír, junto a un suave no tienes remedio.

Antes de que se diese cuenta, ya había llegado y la rítmica melodía de Caprichosa llegaba hasta sus oídos, así como las indicaciones de Ricky y los golpes secos contra la tarima del suelo. Abrió la puerta corredera, pero antes de entrar, le hicieron dar un fuerte respingo.

-¡Mimi, fuera de mi clase!

 

 

-¿Por qué siempre tienes que hacer eso? -preguntó dándole una patada a una piedra- Voy a tener que dejar de ir a buscarte al curro, que siempre me dejas en evidencia delante de tus alumnos, penco. Yo voy, discreta, sencilla, sencillita, a esperarte y tú tienes que hacer que todos se den cuenta.

Ricky le revolvió el cabello rubio perfectamente alisado.

-Anda, encima que quiero que todos vean a la diva. Si les tenías que dar tú clases, seguro que lo haces mejor.

Su amigo llevaba dando clases de baile desde que se fue de Mallorca pero, igual que no se acostumbraba a la mierda de ensaimadas de la península, tampoco a su trabajo. Sabía moverse, y eso sí lo sabía, pero prefería los escenarios, como aquel papel de Danny Zuko que hizo más joven, a el parqué de la sala de baile.

En cambio, el sueño de Mimi siempre había sido ser bailarina. Pero parecía no poder ser.

El mallorquín se llevó la lata de cerveza a los labios y dio un generoso trago mientras se apoyaba en la barandilla del paseo marítimo: el mar estaba precioso ese día, calmado y suave. Además, el sol comenzaba a ocultarse y el cielo se veía anaranjado.

Su mente viajó, inconscientemente, hasta su novia y deseó rodearle la cintura y ver juntas aquel paisaje de ensueño.

-¿Y a ti que te ha dado últimamente con Ago y conmigo? -quiso saber Ricky con un cigarro entre los labios, buscando un mechero en sus vaqueros.

Mimi ni siquiera se preguntó si era tabaco liar, pues una enorme sonrisa adornó su rostro.

-Nada -dijo jugueteando con sus dedos distraídamente, como si nunca hubiese roto un plato-, sólo pretendo que en algún momento os tiréis los trastos.

Una carcajada seca salió de su amigo.

-Amiga, qué optimista. A mí ya me tira los tratos Kibo -el otro bailarín, el de los jueves. Su mente era reacia a recordarle por aquello, aunque le caía bien-. Y sabes que Agoney podría tener a quién quisiera, dale tiempo, si no liga es porque no quiere. ¡Si le entran un huevo!

-Ya hace más de un año que Juan y él rompieron.

-Juan rompió con él.

La rubia rodó los ojos ante la misma corrección que le hiciera el canario. ¿Qué importaba ya aquello?

-Pues más motivos entonces. Yo lo que no quiero es que esté solo.

-Coño Mimi, ni que le hiciese falta nadie -derramó un poco de cerveza por el fuerte movimiento que hizo con las manos-. ¿Has visto demasiado Disney? Puede ser feliz sin nadie más.

Se dejó regañar sin decir nada. Así como tampoco dejaba de pensar en su canaria. A ella si que la necesitaba para ser feliz. No dijo nada para evitar que le reprochase tal afirmación. Pero era cierta su dependencia por Ana.

-¿Y tú qué tal con tu chica? -parecía haberle leído el pensamiento- Tengo que decirle que esta mierda es buena -movió el cigarro. Pues sí que era un canuto sí-, a ver si me invita a algo más -le dio una calada.

Ignorando la segunda parte, una sonrisa aún mayor se abrió paso en sus labios.

-Fenomenal -Ricky le sonrió de vuelta-. Voy a organizarle una fiesta, para cuando acabe la carrera -el mallorquín asintió varias veces, alegre ante la idea-. Ago y tú también estáis invitados. Bueno y espero que ayudéis, cabrones. En realidad estoy pendiente de que Mireya me consiga el sitio, pero seguro que…

-¿Mireya, Mireya? -preguntó frunciendo el ceño.

-Sí, Mireya.

-Oh.

No añadió nada. Y Mimi tampoco lo hizo. Sólo le miró fijamente, como Ricky estaba mirando el sol entre las nubes.

-Está anocheciendo -dijo Ricky de pronto, como si no llevasen ya un buen rato de apenas luz-. ¿Vamos a tomar algo?

-Ago igual está en la Academia.

-Vamos a la Academia. 

Chapter Text

-Ay, pero déjalo ya, Raoul, por Dios -protestó apartándose de sus muslos y sentándose sobre sus propias rodillas a su lado en el colchón.

-Joder, que me rayó toda la jodida puerta del coche, Aitana.

Y así era. Todavía parecía verle mirándole fijamente desde el otro lado. Ya comprendía su cercanía con el automóvil en ese momento: había levantado gran parte de la pintura, muy posiblemente con una llave. Que sí, que se lo cubriría el seguro y sólo sería volver a pintarlo, pero joder cómo le había dejado el coche.

-Han pasado ya dos días, deja de darle vueltas -se encogió de hombros-. No merece la pena, ¿no? Y tu padre te está dejando el suyo.

Raoul rodó los ojos y la joven echó a reír. No había tenido que usar el coche de sus padres en la vida, ni cuando se sacó el carné (entonces le compraron aquel mini azul que a Aitana le gustaba tanto y se aparcaba tan bien).

La castaña, toqueteándose el flequillo para llevarlo hasta su posición, apoyó un pie en el suelo para impulsarse fuera de la cama, pero Raoul le cogió la mano y tiró de ella, haciendo que se girase a mirarle mientras se incorporaba. Le rodeó el cuello y la atrajo hacia él.

Raoul y Aitana siempre se besaban con los ojos cerrados y los labios moviéndose lentos. Los dedos de él se apoyaban en su nuca y su mejilla con suavidad, mientras ella le abrazaba la espalda. Sus narices solían rozarse al separarse y el rubio siempre le sonreía. Entonces ella volvía a besarle.

Cuando Aitana fue a levantarse, Raoul se aferró a su cadera y volvió a besarla, acercándola más y bajando de forma peligrosa los dedos.

-Raoul… -rio ella coquetamente.

-Jo, quédate un rato -hizo un puchero mientras Aitana se ponía en pie y se alejaba de él.

-¡Si llevo ya aquí toda la tarde! -se echó a reír de nuevo. Raoul cogió su teléfono, que comenzó a vibrar en su mesilla- Así puedes seguir sufriendo por tu coche tranquilo -se le escapó una risa y su novio le hizo burla fingiendo enfado.

Aitana se giró hacia él cuando terminó de ponerse la cazadora.

-Venga te llevo a casa, así paso ya por donde Mireya -propuso enseñándole la pantalla de su móvil, donde estaban los recién llegados mensajes de su amiga.

La cara de niño bueno que intentó componer hizo que riese.
-Vamos, venga.

Raoul se levantó de un salto y se dirigió hacia la puerta rodeando con sus dedos su cintura y besándole la mejilla desde su espalda.

La castaña ya empujaba la puerta del coche sin todavía alejarse de Raoul. Rio sobre sus labios cuando este se acercó más al escuchar el manillar.

-Raoul, te ve mi padre y te mata -se le escapó una carcajada nerviosa.

-Anda ya -sonrió, pero sólo porque sabía que no esperaban todavía a Aitana en casa, por lo que las probabilidades de que estuviese mirando por la ventana eran minúsculas. Además, ella se encargó de que lo olvidase rodeándole igualmente el cuello mientras deslizaba su lengua contra la suya.

Raoul apartó la mano de su muslo y ella se pasó la yema del dedo índice sutilmente por la comisura de los labios. Se sonrieron y Aitana salió del coche. Le sonrió desde la puerta, antes de girarse hacia la cerradura, y él la despidió con un movimiento de cabeza.

Sintonizó la radio cuando su novia desapareció regresando su atención al volante y encendiendo el motor. En la emisora que estaba puesta, sonaba un programa de entrenamiento típico de ese tipo de medio de comunicación, con bromas malas y llamadas del público. Frunció el ceño y esperó a llegar a un semáforo en rojo para apagarla, pues no recordaba cómo se cambiaba de dial en aquel coche.

Si sólo tuviese tu coche… Se golpeó la frente con la palma de la mano y apoyó la cara en la ventanilla. Aitana podría pensar que era un pesado, pero le repateaba exageradamente todo aquel asunto. Porque era su coche. Suyo. Y ese chico no tenía ningún derecho a dejar en él desperfectos. Pero no era aquello lo que más le turbaba.

Cada vez que lo recordaba, el joven aparecía en su mente. Raoul parecía sentir aún sus ojos oscuros mirarle fijamente. Sin embargo, no era que fuese guapo lo que le ponía nervioso, sino el ser consciente de que lo era, alimentando aquellas dudas que llevaba arrastrando un par de meses, dudas que tragaba como saliva por su garganta intentado aclararse la voz. La voz que le faltaba para hacer frente a aquello.

Raoul llevaba saliendo con Aitana desde los quince años y acostándose con ella desde los diecisiete. Y siempre le había gustado, lo seguía haciendo. Era menuda, pero también muy mona y, aunque pequeño, le gustaba su trasero respingón. Y atraerla hacia él y besarla. No entendía de dónde venían aquellas dudas. Porque no podían tener sentido.

Se estaba mordiendo las uñas, con disgusto, cuando casi le da un infarto al oír los fuertes pitidos del automóvil de detrás. Ya estaba verde.

Al arrancar, de la misma forma que movió la palanca, intentó mover sus pensamientos. Pareció conseguirlo.


Era sorprenderte encontrar Cafetería Salva vacío. No es que fuese un bar muy concurrido, podías encontrar cuatro mesas ocupadas a la vez y ya parecía mucho, pero no haber absolutamente nadie era, cuanto menos, extraño. Mireya se encogió de hombros ante el ceño fruncido de Raoul al notar ese vacío.

Se acercó a la barra sin aún decir nada.

-¿Qué es eso? -fueron las primeras palabras en salir de su boca, señalando una bandeja tras el expositor transparente que no lograba identificar.

Su amiga se dio la vuelta, pues estaba colocando unos vasos de tubo en un altillo, y, cerrando un poco los ojos, escudriñó aquello.

-Mmmmm, garbanzo batío -dijo finalmente.

Raoul asintió secamente y le indicó la tapa de al lado.

-Eso mejor.

En menos de tres minutos tenía frente a sí una clara y un plato de patatas rotas que la andaluza se había encargado de llenar más de lo normal sólo por ser su amigo.

Se reclinó sobre la barra, hacia el rubio.

-¿Qué querías? -quiso saber él sin siquiera tragar lo que estaba comiendo, con las mejillas ligeramente infladas.

Mireya sonrió con ternura.

-¿No puedo querer sólo ver esa cara tan guapa tuya? -bromeó ella.

-Supongo -susurró bebiendo, enarcando una ceja con desconfianza. Eran amigos y no era novedad que pasasen mucho tiempo juntos-, pero me has dicho que tenías que contarme algo... ¿no?

Asintió un par de veces, estirándose los dedos lentamente.

-Sí, bueno, preguntarte por el hotel de tu padre.

-¿Qué pasa? -interrumpió. Mireya negó con la cabeza.

-¿Podrías conseguirme una de las salas de eventos? Me han pedido el favor, para dar una fiesta. Les hacía ilusión pero claro, se les va de precio. Sólo una rebaja o algo así -se adelantó Mireya a los pensamientos de su amigo-. No me lo dijeron con todo el morro. Es para una vieja amiga -respondió a la pregunta que vio en los ojos de Raoul-. ¡Cercana a Agoney! El cantante.

Raoul no necesitaba la aclaración de su trabajo. Tampoco era como si aquel chico tuviese un nombre muy común. Haría como mucho un año que la chica que amenizaba las veladas en el hotel de su familia, Nerea, había dejado el trabajo tras salirle una oferta mejor que podría lanzarla al estrellato musical. Apenas llevaba el anuncio puesto cinco días, Mireya le enseñó una grabación de aquel chico que, con portentosa voz, interpretaba cada canción de forma magistral. Ni se lo pensó.

Se lo mostró a su padre y él mismo habló con Mireya para ponerse en contacto con él y contratarle. Raoul nunca le había visto, pues apenas se pasaba por el hotel, pero sabía que todo el mundo quedaba encantado con él.

-Le caemos bien a tus amigos.

Mireya se echó a reír.

-Es de los mejores hoteles de Málaga. Y es precioso. Y muy caro -terminó de matizar. Raoul asintió.

-Se lo comentaré a mi padre. Si dejo caer el nombre de Agoney –hizo un gesto con la mano-, así, sutilmente, seguro que cuela, porque le adora.

-¿Más que a la niña Nerea? -recordó cómo solían referirse a la encantadora chica.

Raoul, mientras con una mano apuraba la cerveza, con la otra le indicó que más o menos. Quizá Agoney ganaba por un cincuenta y tres por ciento, sólo algo más de la mitad.

-Canta muy bien.

-De puta madre.

La rubia cogió el plato vacío del catalán y lo metió en el fregadero. Llevaba ya un par de minutos escuchándose únicamente el grifo cuando Raoul, a quien se le escapó un bostezo, volvió a hablar.

-Me ha preguntado mi hermano por ti –Mireya levantó la mirada de su labor y sus ojos se encontraron-. Que hace mucho que no pasas por casa, dice. Creo que dijo algo sobre una película que queríais ver juntos, que ya ha debido salir.

Su amiga sonrió.

-Luego le llamo.

Álvaro y Mireya eran novios desde hacía un par de años. Al mayor de los hermanos Vázquez siempre se le habían iluminado los ojos ante la presencia de la chica, pero le costó bastante el paso de hablarle. Y lo hizo al principio usando a Raoul de intermediario.

Pero después de la primera conversación, todo pasó muy rápido, entre intercambios de cintas viejas, besos en las mejillas cada vez más cerca de los labios y conversaciones tras el otro lado de la barra del bar de los padres de Mireya. Como la conversación entre Raoul y Mireya, que pasó igual o más deprisa, pues ya habían pasado dos días y ambos esperaban en una de las salas de fiestas del Hotel Vázquez, ya que, como el rubio predijo, mencionar a Agoney había servido para que todo le pareciese bien. Aunque habían llegado a un acuerdo. Uno que a Raoul no terminaba de parecerle bien (y que le recordaría a su amiga hasta el fin de los tiempos).

Su padre había permitido aquella fiesta por el módico precio de un cuarto de la mitad del precio original y sin la utilización de su equipo de preparación, sólo tendrían el local vacío y el gran día el catering y el alcohol dónde ellos mismos hubiesen habilitado el lugar para dejarlo. Hasta ahí todo bien, ¿no? No. Porque una de las condiciones para que saliese adelante era que Raoul estuviese allí, ayudando y supervisando todo el cotarro. La otra condición era un mes sin sueldo del cantante y él ya parecía haber aceptado.

Raoul se hubiese negado en redondo si no hubiese sido por las atentas miradas de Aitana y Mireya, miedosas a su respuesta (jodida comida de los domingos y tener que sacar allí el tema).

-No tardarán mucho más, ¿no? -inquirió Raoul señalando su reloj. Esperaban a Agoney y a la chica que había pedido ayuda a Mireya, Mimi.

La andaluza negó con la cabeza y fue a contestar, pero la puerta de la sala se abrió sin darle opción a ello y ambos se giraron hacia esta.

Un chico, alto y de brillantes ojos azules, oteaba la habitación sin llegar a entrar. Raoul pudo ver cómo un aquí es cruzaba por su mente. Abrió la puerta completamente y Raoul vio cómo era más alto de lo que ya le había parecido, pues estaba inclinado.

-Ago y Mimi ahora vienen, están aparcando -confesó con una sonrisa afable-. Soy Ricky.

Ambos asintieron y se acercó a ellos. Al menos eran profesionales, iban desde el principio preparados para currar, como así le indicó el recién llegado, que estaba allí por si podían ponerse manos a la obra ese mismo día, ayudar.

La risa de Ricky ya inundaba toda la sala, junto con sus muchos aspavientos al hablar, cuando una risa totalmente diferente, pero más escandalosa, llegó del pasillo. No, no era una risa, eran dos.

-Ay, Mimi -provino de la puerta que el chico había dejado entreabierta.

Y entonces Raoul le vio. A Agoney. Al cantante. Al perroflauta de los huevos.

Chapter Text

-Es que no entiendo qué cosa te dio con este sitio, amiga –al canario se le escapó un resoplido.

Mimi rodó de nuevo los ojos. Parecía nuevo, se lo había dicho ya veinte veces.

-Sé que a Ana le hará ilusión. Y sí, Agoney –le interrumpió pues ya tenía la boca abierta para protestar-, sé perfectamente que es un sitio muy pijo y muy caro. Pero también puedo querer darme algún capricho alguna vez, ¿no? Además, es por Ana. ¿Tú sabes lo emocionada que estará cuando se dé cuenta del curro que nos hemos metido para conseguir todo perfecto?

No volvió a decir nada por sus ojos, cómo se le iluminaron en la última parte y la felicidad que rebosaban. Se había hartado a verla cada vez que hablaban del tema pero, todavía allí, a unos metros de entrar por primera vez en la ansiada sala, él tenía que volver a intentarlo, que lograr convencer a su amiga de una opción mejor. ¡Había ofrecido la Academia mil veces para la fiesta! Pero claro, su garaje eran cuatro paredes mal pintadas, no aquel lujoso sitio. Aunque ellos nunca habían necesitado lujos ni los habían tenido.

Suspiró, ya en el último cruce antes de llegar donde ya debía esperar Ricky, y optó por fin por el segundo plan de apoyo a Mimi, su mejor amiga.

-¿Recuerdas la primera vez que te hablé de ella?

La sonrisa se escapaba de la cara de la rubia, así como las risas posteriores del chico al recordar a Mimi borracha perdida, llorando, contándole que había una chica que le gustaba mucho.
Sus carcajadas tenían eco en aquel pasillo, pero no importaba. Porque nada importa nunca en los momentos alegres.

-Ay, Mimi...

Al otro lado de la puerta, Ricky les esperaba con una sonrisa que ambos también portaban. A su lado, un chico y una chica aguardaban por igual.
Se fijó en que el chico se le quedaba mirando, aunque no le dio importancia y fue a dirigirse a Mireya para darle un abrazo y las gracias por todo.

Pero se quedó en el intento.

-¿Pero qué haces? -dijo, con su marcado seseo tornándose enfurecido, cuando notó las manos del contrario aferrándose a las solapas de su cazadora y empujándole por ellas hacia atrás, soltándole después de hacerle dar un par de pasos.

Antes de que ninguno dijese nada más, Ricky se adelantó y puso sus dedos sobre los hombros del chico, Mireya compuso una cara de sorpresa increíble mientras le llamaba por su nombre y Mimi agarró a Agoney del brazo y tiró de él hacia atrás, como reteniéndole por si decidía enzarzarse con él. Como si fuese a hacerlo.

-¿Qué pasa, que sin coche de por medio no te acuerdas? -escupió, con el flequillo rubio cubriéndole la frente.

-¿Qué coche, de qué hablas?

-Ah, ¿rayas coches muy a menudo? ¿Qué es, tu pasatiempo favorito después de las manifas?

Y entonces se dio cuenta. El pijo tontopolla. No se creía su jodida suerte.

-Hostias.

Se giró hacia Mimi, que le devolvía la mirada: supo también de quién se trataba.

Nadie añadió nada, sólo Mireya balbuceó algo por lo bajo, intentando apaciguar, pero nadie la oyó. Mimi les miraba a todos, a Ricky perdido, a Raoul cabreado, tan rojo como las mejillas de Heidi, y a Agoney sin saber muy bien ni cómo reaccionar.

-Esto... este es Agoney -murmuró Mimi- y... y yo...

-¡Me importa una mierda! -explotó el rubio, como ya llevaba avisando que explotaría-. Me importa una mierda porque, mira, yo no estaba muy por la labor de este plan, ¿pero es que ahora? Ahora podría hasta despedirte.

Agoney notó todo su odio fluyendo hacia él, por sus ojos.

-Despídeme.

Su voz sonó tan calmada, tan serena y suave que pudo ver cómo el rostro del enojado muchacho se contraía con sorpresa, perdiendo todo ese brillo de enfado como una careta.

-Despídeme si quieres, pero esto es muy importante para mi amiga y yo no tengo nada que ver. Bueno, ella no tiene nada que ver con lo del otro día, mejor dicho -soltó todo el aire que no siquiera sabía que estaba conteniendo-. No voy a decir que te comportaste como un gilipollas –el susodicho enarcó una ceja-, pero lo pienso. Igual que ahora pienso que me pasé de impulsivo cuando te rayé el coche. Te pido perdón si sirve de algo. Despídeme.

Agoney vio cómo el rubio tragaba saliva, pues su nuez se movía de forma escandalosa, y sus mejillas se enrojecían. Se pasó las manos por el pelo y suspiró sonoramente.

-No te voy a despedir –hubo una especie de suspiro general, incluso de Mireya-. A veces se me calienta la boca -cambió el peso de un pie al otro y resopló-. Da igual, podéis hacerla aquí.

A Mimi se le escapó un gritito de feliz que hizo reír al rubio. La chica se llevó los dedos a los labios, buscando su propio silencio.

Agoney le tendió la mano.

-¿Empezamos de nuevo? -compuso una sonrisa ladeada- Soy Agoney

-Raoul.

Tras el breve apretón de manos, Mimi se abrazó a su cintura sin dejar de sonreír. Ambos firmaron los papeles que Raoul les tendió: la andaluza como responsable de todo lo que allí ocurriese; el canario para dejar constancia de que estaba de acuerdo con la pérdida de su sueldo durante el período de tiempo estipulado (en el que sí debía trabajar). Se pusieron rápidamente a la obra, sentándose los tres amigos en el suelo ante la sorpresa de Raoul y Mireya, aunque les siguieron. Mimi explicó a todos lo que quería, repitiendo varias veces que no deseaba nada muy rimbombante, pero describiendo todo lo contrario. Y es que quería una noche inolvidable para Ana.

Agoney no se había olvidado del primer encontronazo con Raoul ni mucho menos. Tampoco era de regalar segundas oportunidades a diestro y siniestro. Pero daría cualquier cosa por su familia y Mimi lo era, no importaba tanto aquello si pensaba en ello. Y vale, sí, reconocía que se le fue la pinza rayándole el coche, pero eso no quitaba que el rubio fuese subnormal. Eso no, que es un insulto muy capacitista, pensó mientras le veía soplarse el flequillo de la cara.

Cuando Mimi le preguntó a Raoul por las medidas de la sala, Agoney se echó a reír  de forma malévola al ver el nerviosismo que le invadió. Nadie entendía exactamente para qué quería saberlo la chica, pero con metro en mano se dispusieron a medirlo. Lógicamente, el instrumento no daba, por lo que Ricky lo arrastraba por el suelo y Agoney se situaba donde este terminaba, para arrastarlo hasta allí y repetir el proceso. El canario no quiso pensar en que aquella gilipollez de medir fuese para “acercarles”, o algo por el estilo, mientras el resto comentaban otros detalles sobre la fiesta o materiales que la rubia creía convenientes.

-Pues está muy bueno -dijo en un murmullo Ricky, con los labios rozando suavemente el lóbulo de su oreja, al pasar por su lado con el metro una vez más.

Agoney notó cómo se le erizaba el vello de la nuca. No te acerques tanto, joder, pensó el canario, quien, aunque nunca le incomodaba el contacto de nadie, y mucho menos de Ricky, llevaba tantas semanas a dos velas que acababa de ponerse malo.

-¿Quién? -preguntó en el mismo tono de voz, agradeciendo que ya estuviese lejos de su cuello.

Ricky respondió con un golpe de cabeza con dirección a las tres cabecillas rubias. No pudo evitar fruncir el ceño. Escuchó la risa del mallorquín.

-¿Qué significa esa cara, Ago? -divertido ante su mueca. Su amigo se encogió de hombros como toda respuesta.

-Ni me he fijado. No me van mucho los pijos.

Escuchó la risa de Ricky y se giró hacia él.

-No estás dentro de su target -apuntó el castaño desde el suelo, colocando adecuadamente el metro en el suelo.

-El target de los pijos lo forma sólo las pijas.

Su amigo levantó la mirada hacia él.

-U otros pijos.

-No hay gays de derechas. Es contraproducente votar a partidos que van siempre en tu contra.

-Touché -admitió el mayor devolviendo toda su atención  al medir, arrastrándose por el suelo para estirar el metro en toda su longitud. Los pequeños bucles castaños le caían por la frente al inclinar la cabeza hacia adelante, haciendo a Ricky resoplar y a Agoney reírse.

Era cierto que ni siquiera se había fijado en Raoul, y eso que sí que podría gustarle mucho físicamente  (y que tampoco se iba a poner exigente dadas las circunstancias), pero las cosas que salieron por su boca la primera vez que coincidieron eclipsaban cualquier cara bonita. Le miró por un momento y confirmó las palabras del mallorquín a la vez que que el rubio no le atraía lo más mínimo.

Terminada la toma de medidas, y habiendo explicado Mimi todo lo que quería, decidieron poner en común un horario, así como un grupo de WhatsApp, para poder ir y prepararlo todo. Iban a tomar mucho tiempo en ello, casi exagerado, pero la granadina rebosaba tal emoción que a todos les parecía ya estar en el evento.

Agoney cada vez que veía a su mejor amiga la encontraba tan radiante que ya creía que estaban preparando su boda y no sólo una fiesta por la graduación de la canaria.

-Muchísimas gracias, chicos, de verdad -repitió a Raoul y Mireya, casi invadiendo su espacio personal de lo mucho que se acercaba a ellos-. Nosotros ya juntos a muerte eh.

El catalán la miró con infinita ternura.

-Jo, qué mona -su voz subió un par de octavas al decir aquello-. Se ve que la quieres un montón. ¿Qué es, tu hermana?

Todos se le quedaron mirando. Vaya gay silence te mandaste, muchacho rio el canario en sus adentros.

-No -Mimi intentó controlar sus carcajadas sin éxito-, es mi novia.

Agoney vio cómo Raoul se quedó atónito ante su declaración, para nada la que él esperaba. Se le colorearon las mejillas.

-Ah -fue todo lo que pudo decir antes de llevarse los dedos a los labios. Abrió levemente la boca y se mordisqueó las uñas.

-¿Entonces quedamos la semana que viene y esta ya vamos hablando? -quiso ahorrarle el mal trago Ricky, pero sin poder borrar su sonrisa.

Mireya asintió enérgicamente, dando su alta coleta, que despejaba su rostro, un gran bandazo.

-¿A la misma hora que hoy?

-¿Tú también, Mireya? -preguntó Raoul, quitándole las palabras de la boca a Agoney, aunque seguramente le calmaría verse acompañado por la rubia antes ellos tres.

La chica se giró un momento hacia ellos, con la boca abierta y gesto de duda.

-Yo… sí quería, a ver, si les parece bien -clavó sus ojos en Mimi, buscando la aprobación de la otra andaluza.

-Claro. Si ya te lo dije el otro día, Mireya, sería genial que también vinieses. Para mí sería importante. Y para Ana. ¡Si lo pasaremos genial!

Agoney buscó la mirada de Ricky, a la vez que este la suya, tras las sinceras palabras de su amiga: después hablaría con ella. Mucho.

-¿Hemos acabado pues? -preguntó ella con la mejor de sus sonrisas.

Se despidieron entre las mil y una nuevas gracias de Mimi y las risas de Ricky, bien a costa de su amiga o por las bromas de cosecha propia. Pero antes de dirigirse los tres hacia la puerta, Agoney dejó una suave caricia en el brazo de Mimi que hizo que esta se girase hacia él, pero el canario ya había cambiado su rumbo hacia el catalán y la otra andaluza.

Se detuvieron ambos al tenerle en frente, cuando antes iba un par de metros por delante, ya casi fuera de la sala.

-Raoul, ¿verdad? -pero no esperó la confirmación- ¿Podemos hablar un momento? Id tirando -lo último hacia sus amigos, que le miraban tan interrogantes como el otro par de rubios.

-Claro.

Mireya se agachó un poco, por sus altos tacones y la baja estatura del catalán,  para darle a este un beso en la mejilla y susurrarle un hasta luego.

La puerta chocó contra el marco, pero no se cerró, cuando salieron todos. Menos ellos dos.

Agoney se dio cuenta de que Raoul se le había quedado mirando, esperando que dijese algo, a fin de cuentas, algo parecía querer.

-No puede salir de aquí -suspiró, rindiéndose a su plan-. Pensé en regalar una habitación a Mimi y Ana, la noche de la fiesta. Para que lo celebren juntas y… bueno, ya sabes. Como regalo de mi parte. Y me preguntaba cuánto sería. De precio. Tú podrás informarme, supongo.
Raoul se llevó las manos al pelo y se lo recolocó otra vez.

-Tendría que mirarlo, en realidad no sé mucho de esas cosas -se mordió la uña del dedo índice suavemente-. ¿Qué habitación querrías?

-La más barata.

El otro asintió despacio.

Agoney era muy consciente del tono y gesto que había adoptado, totalmente serio. Quería que supiese perfectamente que no se había olvidado de nada, que todo aquello era por su amiga.

-Bueno… ¿miro y te digo? Ahora tengo tu número

-De acuerdo -sacó las manos de los bolsillos y se cruzó de brazos, frunciendo el ceño ligeramente-. No quiero ningún descuento eh, no te vayas a pensar…

-Ya, ya, lo sé…

-No te quiero deber nada.

El canario percibió cómo Raoul tragaba saliva y se ponía colorado.

-¿Dije el otro día muchas burradas?

Se le escapó una carcajada sarcástica antes de contestar:

-Demasiadas -el rubio agachó la cabeza y se quedó mirando sus pies fijamente. Era muy bajito-. Y para mí esas cosas son importantes.

-Vale, pues no hablemos de esas cosas -sentenció Agoney levantando la vista y encontrándose con los ojos ajenos-, porque no vamos a ponernos de acuerdo ni cambiar de idea, supongo.

-¿Pero no me escuchas? Hay asuntos que no se…obvian y ya está. Si yo creo que estás equivocado te lo voy a decir.

Una sonrisa ladeada surcó los labios del catalán, a la vez que enarcaba una ceja.

-¿Y si yo pienso que te equivocas tú?

-Pues tampoco te calles, muchacho -en el mismo, y ya habitual tono monocorde, añadió:- Aunque no creo que lleves la atención tú nunca.

-A tomar por culo.

El estridente politono predeterminado del catalán interrumpió la conversación, posiblemente continuada por algún comentario sarcástico de Agoney, quien pretendía terminar cuanto antes y dejar allí a Raoul, no sin antes lanzar alguna indirecta sobre su disputa por la tauromaquia, para reabrir el diálogo y por decirle todo lo que se calló lleno de furia. Pero bueno, no había prisa, después de todo, parecía que iban a tener que soportarse más de lo que a ambos les gustaría. Al fin y al cabo, eran las normas para que todo fuese bien. Y tenía que ir perfecto.

Hizo una seña a Raoul, un escaso levantamiento de cejas y cabeza, para después girarse hacia la puerta tras ya haberse llevado el rubio el teléfono a la oreja, aunque siguiese mirándole. Solamente asintió a su gesto.

Ya tenía un pie al otro lado de la sala cuando volvió a escuchar su voz, más alta, dirigida a él.

-Agoney -se dio la vuelta y vio cómo Raoul le miraba igual de serio, pero con un brillo de diversión en sus ojos-, no rayes muchos más coches hoy.

Un risa sincera se escapó por primera vez de sus labios antes de marcharse.

Chapter Text

 No dejaba de cagarse en su jodida suerte.

Y lo peor es que ya no sabía si le molestaba reencontrarse con el causante de tener que mandar su coche por una capa de pintura nueva o simplemente tener que verle. Tanto.

Le incomodó especialmente aquel par de veces que Ricky se apoyó contra la espalda del canario (ya había situado su acento), rodeándole la cintura y llevándole cerca. No estaba acostumbrado al contacto físico tan cercano entre hombres, ni a verlo ni a recibirlo. Y llevaba dos meses pensando precisamente en la posibilidad de esto último. Pensándolo mucho.

Aitana. Aitana. Aitana.

Ricky le había puesto nervioso desde el principio. Gesticulaba mucho, su forma de hablar, de interactuar con ellos. Tenía pluma. Y Raoul no conocía a nadie así, sólo había visto a hombres amanerados en programas de televisión, en los que le resultaba exagerado. Tras la cagada que cometió con las chicas, las hermanísimas, se preguntó si aquellos dos también lo serían. ¿Agoney también era marica? ¿Estarían liados? Se notaba tensarse al pensar en que fuese así y tuviese que pasar tanto tiempo con ese variopinto grupo.

Una pareja de maricones, justo lo que él necesitaba, para comerse más la cabeza.

Mimi debía haber pensado, además de que no estaba bien de la cabeza por lo desconectado que estaba, perdido cada dos por tres, o que era un maldito salido porque sería imposible que no le hubiese pillado varias veces mirándole las tetas, buscando encontrar en su escote entretenerse. Pero ni la chica llevaba escote ni dejaba de sentir un sudor frío recorrerle la espalda.

Se sentía todo el rato en alerta.

Aitana. Aitana. Aitana.

Y no terminar rápido con aquello no ayudaba. Llevaba un buen rato en la recepción del hotel, cotilleando las habitaciones, y ya le daba vueltas la cabeza con tantos nombres en su cabeza. ¿De verdad había tantos tipos distintos de suites? Cuanto antes terminase, antes se lo quitaría de encima. Además, así a lo mejor conseguía sacarse a Agoney de la cabeza durante un maldito rato, porque si no era por seguir esperando una llamada que le avisase que su Mercedes estaba listo, era pensar en el lío de la fiesta o recordar la carcajada que se le escapó al cantante antes de largarse, pero al final aparecía en su mente continuamente.

Suite Lady Marmalade, 131€/noche. Raoul encontró la más barata. Se puso colorado al ver las fotos de la habitación e imaginar a las dos jóvenes allí, con aquella enorme cama de matrimonio con sábanas rojas y almohadones negros. Al menos no tenía un espejo en el techo, eso sería demasiado y sabía que las había.

Y entonces allí estaba otra vez. El canario, revoloteando. Le dio al ordenador el golpe que le hubiese gustado darse en la cabeza, a ver si ahí también ayudaba a que funcionase con normalidad.

-Raoul, ni te molestes, funcionará cinco minutos más y volverá a fallar, hay que llamar al técnico.

Se giró hacia la dulce voz de la recepcionista y la vio sonreírle con su precioso traje morado y blanco, con un sencillo lazo rosa en el cuello.

-Hola, Thalía.

Aquella joven extremeña era lo mejor del hotel. Apenas iba por allí, pero siempre que lo hacía le gustaba verla. La adoraba. Rebosaba vitalidad y siempre portaba una sonrisa consigo. A veces, incluso agotaba el verla tan activa, tan deseosa de trabajo.

Por eso le rompió tanto verla llorar a mares en la cena que organizaron para despedir a la niña Nerea, como gustaban de llamar a la anterior cantante. Estaban muy unidas.

-¿Qué tal, bonito? -le dio un beso en la mejilla y le abrazó, asomando su cabeza hacia el monitor- ¿Vendrás con tu chica?

-Qué va -ojalá, igual eso me quitaba la tontería-, me han pedido ayuda, para un regalo.

-¿Eso de la fiesta? Algo he oído.

Raoul asintió, sin despegar los ojos de la pantalla. Sacó su móvil y le sacó una foto a la ficha, también lo apuntó en una hoja de papel. Ya se lo enseñaría a Agoney.

-¿Vienes a cenar conmigo? -le invitó Thalía alejándose de él y cogiendo su bolso del compartimento tras el muele de recepción- Estará apunto de empezar el número, siempre iba antes cuando Nerea y ahora... pues también -rio risueña-. Es súper agradable comer con música.

Los trabajadores tenían una parte reservada en el comedor, era opcional comer allí, pero también más barato que el resto de comensales y un menú más estándar (a no ser que ellos quisieran lo contario). Se encontraba dentro de la propia área de servicio, tras la barra a la que los huéspedes podían acercarse si deseaban tomar un cóctel para acompañar la velada o un café con hielo tras la cena. Les separaba un cristal, sólo biselado por la parte de fuera, de forma que ellos pudiesen ver el exterior pero no el exterior a ellos.

Thalía apartaba un guisante que se había infiltrado en su puré de patatas y Raoul servía un poco de vino en su copa.

-Podías haber aceptado, no me importaba invitarte, mujer -dijo el rubio, ante la propuesta rechazada de que pidiese lo que quisiera, corriendo de su cuenta.

-Ah, no te preocupes, si esto está bien, eh -partió un pedacito de pan-. Pero tú podías haberlo hecho.

Como ella, Raoul se ajustó al menú del servicio, ya que se encontraba allí.

Ya habían dado buena cuenta de aquella rojiza bebida alcohólica y de sus platos, el pollo empanado con mucha guarnición de Thalía ya casi había desaparecido en combate, cuando escucharon el inconfundible ruido de un altavoz. Les hizo componer una mueca.

-Eso es que ya va a empezar a cantar -explicó ella, escapándose un gritito emocionado de sus labios.

-Qué bueno está el pato -comentó el rubio tras comer. Hizo una mueca a los pocos segundos-. Aunque pobre pato -se dio cuenta de que la recepcionista no le hacía caso-. ¿Quieres probarlo, Thalía?

Ella sólo le respondió señalándole hacia el escenario, dando saltitos sobre su silla.

-Mira, mira, que ya sale Ago.

Ago. Extrañamente se había olvidado de él. Pero allí estaba. Tenía un micrófono en la mano y miraba hacia el otro lado del escenario, donde había un chico al piano, al que sonrió cuando este se volvió hacia él para ver si ya empezaban. El canario asintió suavemente.

Comenzó a cantar, mirando al público, con la melodía de aquel instrumento fantástico llenando el aire, con toda la atención sobre él, pues de repente, parecía que había enmudecido el mundo.

Agoney abría y cerraba de vez en cuando los ojos, dependiendo de lo que intentara transmitir. Raoul apenas atinaba a entender lo que decía, ya que no tenía ni papa de francés y siempre lo suspendió en el instituto, pero aún así era capaz de comprender la delicadeza de la canción, notando toda su piel de gallina.

Apenas sin notarlo, se sentía un intruso, como si aquello fuese algo tan íntimo que no tuviese derecho a verlo. Porque era algo totalmente hermoso. Su voz era sutil como el batir de alas de una mariposa y su belleza, tan imposible de dejar pasar por alto como los preciosos colores de aquellos pequeños animales.

Raoul temió ser un lobo, estornudando al notar a la mariposa posándose sobre su nariz, sin comprender totalmente algo tan rematadamente bello, no disfrutar de algo así.

Pero esto no ocurrió, pues hasta que no escuchó los aplausos acelerados en su propia mesa, provenientes de Thalía, no despegó los ojos de él, ni siquiera fue consciente de todo lo demás, sumido en una especie de trance, como si hubiese estado dormido tras pincharse con la rueca. Estaba en una nebulosa, atontado.

-Raoul.

Se giró tan rápido hacia la voz preocupada de Thalía que casi se mareó.

-No has vuelto a comer, ¿estás bien?

Llevó sus dedos hasta su rostro, intentado despejarse. Asistió violentamente.

Sin embargo, no era verdad. No estaba bien. Pero no estaba mal. No se podía estar mal después de algo así. Pero tampoco se podía estar bien con la velocidad a la que trabajaba su cabeza, buscando explicaciones, porque no entendía nada.

AITANA.

No dejaba de repetirse a si mismo el gracioso flequillo de su novia. Como si pudiese hacer algo contra la voz salida de un amplificador de sonido y un micrófono.





Mimi buscó el contacto de Agoney, justo después de meter a Ricky, y casi tira el móvil por la ventana al comprobar que le daba error todo el rato. Jodido teléfono de mierda, la guerra que da. Suficiente había tardado ya en crear el dichoso grupo de WhatsApp.

Copió el número de Raoul en su agenda y lo intentó con él.

-No te creo -al catalán lo agregó perfectamente.

Descubrió rápidamente por qué no podía añadir a su amigo: la había bloqueado.

-¿Ago? -preguntó frunciendo el ceño, hundida como estaba en el viejo colchón de la Academia, su amigo pasando una bayeta húmeda por el fregadero, habiendo alegado pocos minutos antes que aquí vive todo Dios pero sólo limpio yo. Se giró hacia ella, interrogante- ¿Por qué me has bloqueado?

Agoney volvió a su tarea sin responder y ella regresó la vista a la pantalla de su smartphone, a la conversación con el canario. Leyó el último mensaje y lo comprendió. Cogió el almohadón feo (porque tenía un hortera estampado de diminutos rombitos azules) y se levantó de un brinco, corriendo hacia él.

Le abrazó por la cintura y estrujó el mullido objeto contra su costado.

-¡Dramática! -le llamó con cariño- ¡Pero no te enfades!

-Dije que a la próxima insinuación de algo con Ricky te retiraba la palabra -dijo sin mirarla-. Y porque esto es un bajo, que si no te tiraría por la ventana.

Agoney notó como la rubia se ponía de puntillas contra él, clavándose sus pechos indirectamente en su espalda, para quedar más alta que él y besarle la mejilla. Echó a correr de nuevo hacia el colchón. El canario sólo suspiró.

-¿Te perdiste cómo le comió la boca el otro día a Kibo en la discoteca? -le recordó a su amiga exasperado, soltando el trapo y haciendo muchos aspavientos con las manos.

-¿Verlo te puso celoso? -preguntó mirándole con picardía.

-Me puso cachondo.

Las carcajadas de su amiga, quién se dejó caer sobre el colchón como tanto le gustaba, consiguieron sacarle de quicio.

-Tenemos que salir por ahí de fiesta y que te peguen un buen meneo -aseguró la rubia, concentrada como estaba en la pantalla de su teléfono, recién desbloqueado.

-No te voy a decir que no, porque al final soy el candelabro de la Academia -dijo de forma dramática dando una vuelta sobre si mismo. Aunque pudiese parecer que aquel local era buen sitio como picadero, las únicas que se enrollaban allí realmente eran sus dos amigas-. Que ya me está poniendo hasta Ricky y yo paso de cumplir tus fantasías.

Antes de que Mimi pudiese decir nada, le lanzó una lata de cerveza. La abrió alejándola de si misma por si salpicaba al hacerlo y Agoney se sentó a su lado con otra bebida igual en sus manos. Sacó un cigarro de sus vaqueros y se lo colocó detrás de la oreja.

Su mejor amiga hizo una mueca.

-¿Oh, tú también? Joder.

El canario sabía que Mimi detestaba que Ana se drogase, era lo que menos le gustaba de ella. Fumaba bastante a menudo, tanto tabaco como maría, y cuando salían se desmadraba más. Cuando metió en aquel mundo a Ricky, pasándole un día un poco de coca y otro algún porro, Mimi tuvo una discusión enorme con Ana. Agoney también se lo reprochó al mallorquín. Pero es que él controlaba, ella no. Últimamente, Agoney la veía colocada prácticamente todo el tiempo.

Volvió a coger el cigarro y se lo enseñó a Mimi.

-Sólo es tabaco, no te preocupes -le agarró una mejilla y la besó en la contraria-. Sabes que no fumo, me ofreció Kibo uno el otro día y ya está. No le quise decir que no.

Mimi hizo un puchero.

-¿Ves? Kibo no me gusta. Otro que me quiero malinfluenciar a los niños -se le abrazó mimosa y a Agoney se le escaparon un par de carcajadas-. Es broma, eh. Que me cae muy bien. Pero tú eres más guapo -sonrió con cariño y le besó en la cara repetidas veces.

Agoney vio cómo Mimi se alejaba de él suavemente cuando encendió el cigarro, poniéndose en pie.

-Desbloquéame, anda.

El cigarrillo tembló entre sus labios al reírse. Hizo lo que su amiga le pidió y rápidamente vio como aparecía en el grupo de WhatsApp. El primer mensaje fue uno lleno de emojis de la propia Mimi fingiéndose súper feliz de que estuviese ya en el grupo. Mentira todo, él sabía que en realidad le odiaba.

Se permitió el lujo de cambiar el nombre del grupo. Mean Girls. Ricky no se hizo esperar.

¿Yo soy Regina George?

Nadie respondió. Mimi lo modificó de nuevo. Operación Fiestorro.

Los nombres estúpidos comenzaron a sucederse, hasta que el número no guardado llamado Raoul Vázquez decidió hacer acto de presencia y reflejar en el nombre sus bonitas emociones. Hasta el coño ya.

Agoney rodó los ojos y, sin poder evitarlo, contestó:

Qué aburrido.

Dio la última calada y metió lo que quedaba dentro de la lata. Miró a su amiga y vio cómo no dejaba de acercarse el altavoz a la oreja para escuchar audios. Tuvo que agradecer que hiciese eso en lugar de subir mucho el volumen porque intuyó que sería moñerías con Ana. O peor: guarradas.

-Qué aburrido -dijo de pronto y Agoney supo que hablaba del catalán-. Es guapete, ¿no?

-Eso dice Ricky.

-Canario, te lo quitan todos -no contuvo su risa ante la mueca de Agoney-. No, pero en realidad me alegro de ser bollera, porque si no seguro que estaría babeando por él y se ve de lejos que es un pijorro.

-Eso le dije yo a Ricky.

-¿Qué te alegras de ser bollera?

-De verdad que no sé por qué te hablo.

Como Agoney ya no estaba fumando, Mimi se permitió acercarse a él y dejar un beso en su frente. El canario se abrazó a su cintura cuando la rubia dejó de estar agachada y apoyó su cabeza en su vientre. Tiró de ella cuando menos lo esperaba, haciéndola caer sobre él y dar un pequeño grito, mientras a él se le escapaba un quejido bajo su peso. Mimi se recolocó hasta quedar abrazada a él, contra su pecho.

Agoney comenzó a acariciarle el pelo, llenándose de su suavidad y su olor dulce a champú. Se sentía tan relajado haciendo aquello, sintiendo a su amiga tan cerca, notando su calor y protección. Todo estaría bien, nada podría salir mal con Mimi cerca.

Ya estaba el canario adormilado cuando la voz de la chica le asustó.

-Perdona si alguna vez me he puesto pesada con el tema de Juan o Ricky.

-Tranquila.

-¿Te estás durmiendo?

No le respondió, dándole a Agoney la buena impresión de que podría volver a llenarse de esa tranquilidad que le daba el verse arropado por el cuerpo de su mejor amiga. Pero no fue así.

La granadina se levantó de golpe, haciéndole abrir los ojos y sentir un pequeño dolor por su brusquedad.

-Pues no te duermas, que tienes que ir donde Mireya.

-¿Qué?

Se incorporó despacio, quedando sentado en el colchón, apoyando en él las palmas de las manos y mirando a Mimi sin comprender nada. Ella se limitó a rebuscar en su bolso, ese decorado con tela trenzada que Agoney le regaló después de acudir a una feria ecológica hacía tres años. Agoney lo odiaba porque le recordaba a Juan, quién le había llevado en su coche y despedido con un beso en los labios, pero no pensaba decírselo, ya que siempre le había gustado mucho.

El canario vio como Mimi dejaba todo un despliegue, desde una barra de labios color chicle hasta una bolsa pequeña del super con un aguacate, sobre el microondas antes de encontrar lo que buscaba.

-Lo que has oído -explicó la rubia hurgando todavía entre sus pertenencias. Se detuvo de golpe- ¡Ajá! Me harías un favor enooooooorme si llevases esto al bar de Mireya -le enseñó un generoso sobre cerrado-. Son las invitaciones, me las pidió Raoul el otro día mientras medíais el sitio, dice que siempre las hacen y le pedí a Ricky que me las hiciera y las terminó anoche. Que ya sé que hemos quedado todos juntos en unos días, pero cuanto antes mejor.

-Ricky las diseña, yo las llevo, ¿y tú qué haces, mi niña? -bromeó Agoney poniendo los brazos en jarras.

La rubia se puso la cazadora, metió todo de nuevo en el bolso y le puso el sobre entre las manos antes de que dijese nada.

-Me voy con Ana, que tengo que evitar que sospeche nada. Te mando la dirección del bar al WhatsApp -fue corriendo hacia la puerta- ¡Te quiero! -le mandó besitos y le guiñó el ojo repetidas veces.

El metal verde resonó por toda la Academia cuando Mimi salió y cerró con fuerza. Agoney se frotó la cara con las manos antes de ponerse en pie.

-Cabrona.

Cuando cogió las llaves, ya con la chupa puesta y el maldito sobre en el bolsillo trasero del vaquero, fue consciente del gran silencio del garaje y se le encogió el pecho. Se le escapó un suspiro de forma pausa. Las risas golpearon su mente como en otros tiempos golpeaban las paredes de aquel lugar que tanto reconocía como propio. A veces, todavía, se le hacía duro. Se empeñaba en decir y repetir que lo había superado. Y así lo creía realmente. Pero a veces echaba de menos los abrazos bajo la manta, los besos por la espalda al abrir el frigorífico. Sentir que alguien le quería de aquella manera que él no podía . Y sabía que eso estaba mal. Cerró los ojos y suspiró de nuevo.

Se revolvió el pelo que, sin verlo, supo totalmente desordenado y abrió los ojos.

-Vamos, Ago. Que tienes una amiga con mucho morro.

Igual que el cabello de Mimi entre sus dedos, el viento contra sus mejillas producía en él un efecto relajante. Quizá porque le recordaba a la brisa que había cuando caminaba por la playa en Tenerife, muy diferente al cálido aire de la ciudad malagueña, pero que lograba recordarle su casa.

Pero ni eso podía calmarle en ese momento, pues no es que fuese él un especialista en Google Maps. No iba a encontrar Cafetería Salva en la vida y ya estaba planeando cómo matar a Mimi. Aunque aquellas ocurrencias duraron poco.

De pronto, el móvil se escapó de su mano y él cayó al suelo de un fuerte empujón por los hombros.

Emitió un fuerte quejido al notar el suelo contra su mejilla.

-¿Pero qué coñ... -le calló un golpe seco en el estómago.

No le costó comprender que estaba pasando. Le habían rodeado, un chico por detrás y otro por delante y le estaban metiendo una paliza de la hostia. Igual que la de Raoul, no recordaba sus caras, pero entendió enseguida, por sus gritos, que eran taurinos, que estaban allí el día de la protesta. Que le habían reconocido. ¿Serían los mismos que apenas le dejaron levantarse del suelo?

Agoney rápidamente dejó de pensar, de relacionar, de todo. Se notaba atontado, ya casi ni le dolía. Un único pensamiento inundaba su mente: que se acabe ya. No era la primera vez que le pegaban, pero sí así, a lo bestia, en plena calle. ¿Dónde estaba? ¿Tan poca gente pasaba por allí? La voz del asistente del teléfono había dicho que quedaban cinco minutos para su destino.

Sintió un último corte certero azotar su mejilla y manar sangre de la herida. Entonces, dejó de sentir.

Chapter Text

Raoul sacó la llave del contacto y cerró los ojos antes de dejarse caer sobre el asiento. Realmente amaba sentir la tapicería suave del Mercedes contra la piel de su nuca. Además, en ese momento olía a limpio y pintura nueva.


Abrió los ojos y se toqueteó el pelo mirándose en el espejo retrovisor, colocando cada mechón perfectamente de la forma que habían sido colocados con anterioridad con ayuda de la laca. Sintiéndose satisfecho, empujó la puerta de su coche y salió al exterior, ya oscurecido el día. Apenas llevaba así el cielo un par de horas, producto del paso de las estaciones.

El catalán miró a ambos lados de la calle antes de salir del estacionamiento. Iba a reunirse con Mireya, no se lo había dicho, pero no hacía falta pues sabía que estaría allí, especialmente habiendo partido. Seguro que también estaba su hermano Álvaro e insistía en pagarle un par de cervezas e invitarle a dar voces contra el árbitro a su lado.

Aunque finalmente no fue hasta Cafetería Salva. Y no porque de repente un automóvil salido de la nada se lo hubiese llevado por delante.

Raoul paró en seco cuando, desde la distancia, vio como en el callejón frente al aparcamiento, apenas a medio metro de la calle, había alguien tirado contra la pared. Por un momento se acojonó. No se consideraba un debilucho, pero es que medía poco más de metro sesenta, no se veía por la labor de hacer frente a nadie.

Temeroso, volvió a mirar si se acercaban coches y se dirigió al otro lado, sin apartar la vista de la figura de la oscura callejuela.

Cuando sus pies llegaron al bordillo de la calle, su corazón dio un vuelco del susto al ver bien a aquella persona. A aquel chico.

-¿Agoney? -ni se movió, pero Raoul sabía que era el canario. Dio un par de pasos más, fijándose bien en él. Tenía los ojos cerrados, apretados con fuerza, con aquella que le faltaba para respirar. Un rastro de sangre seca rodeaba el orificio derecho de su nariz (el único que Raoul podía ver) y sus gruesos labios estaban exageradamente hinchados. El cabello desordenado le caía en la cara, igual que algunos girones de su ropa lo hacían fuera de su cuerpo- Hostia puta Agoney.

Raoul entró en el callejón y se arrodilló junto al canario, haciendo que este, al notar su presencia por primera vez, se girase hacia él tan rápidamente que el rubio pudo ver cómo sus ojos se desenfocaban al mirarle. También, que en la mejilla izquierda tenía un gran corte que ya parecía haber dejado de sangrar.

Se alejó un poco de él compartiendo su susto, pero no su gesto de ira.

-¿E-estás bien? -y además de sentir el dejá vù de la primera vez que le vio, también la persona más imbécil del mundo al hacer una pregunta como aquella en un momento como ese.

Agoney le miró un par de segundos, como si intentase entenderle, comprender la situación. Tras una mueca, asintió lentamente un par de veces y volvió a pegar la espalda a la pared. Raoul permaneció obrservándole un rato más.

-¿Qué ha pasado? -preguntó en susurros, tras armase de valor para decirlo.

El canario movió la mano, como si pretendiese acercársela a la cara, pero en el último momento dejó caer el brazo con una mueca.

-Me han pegado una paliza -respondió en un tono de voz muy bajo, casi tan inaudible como inentendible, ya que sonaba ronca y distorsionada.

-Eso lo intuía… -replicó Raoul antes de resoplar.

El catalán se levantó del suelo, se sacudió los pantalones y le miró desde arriba durante unos segundos, mordiéndose el labio inferior nerviosamente, antes de decidirse a responder.

-Ven -le ofreció una mano y Agoney abrió los ojos lentamente para mirarla- conmigo.

Se inclinó sobre él, a su lado, sin darle opción a decir nada y le rodeó los hombros forzándole a levantarse. El canario pasó un brazo por su cintura tambaleándose, provocando que Raoul le apretase más fuerte contra sí.

-Cuidado, no te caigas -como si él quisiese caerse, imbécil, se reprochó mentalmente-. Agárrate a mí si quieres.

Raoul notó cómo comenzaba a ruborizarse, por lo dicho y por lo que estaba haciendo. Ayudó al cantante a salir del callejón, aferrándose el uno al otro, donde le vio volver a cerrar los ojos al verse frente a una farola. Un calor placentero le recorrió el cuerpo al pensar que si le soltase no podría sostenerse, que dependía de él.

Retomó el caminar, pero el canario no le siguió. Se giró hacia él sorprendido.

-¿Qué haces? -preguntó Agoney justo después de que le llamase por su nombre. Le miró, con sus oscuros ojos cansados- ¿A dónde vamos?

Se fijó en la posición de alerta del chico, temeroso como un ratoncillo, pero no por ello débil.

-Ayudarte, ¿no? -hizo un gesto con la cabeza hacia el parking- Te llevo a casa. Para curarte.

Al canario se le escapó una carcajada. Le dio la tos tras esta.

-¿Me vas a llevar a casa en tu coche de ricachón?

-¿Prefieres volver al callejón?

Silencio.

-¿Por qué me ayudas?

Más silencio.

-Porque me da la gana.

Volvió a tirar de él. Y esta vez Agoney cedió.

El canario cerró los ojos en cuanto posó la cabeza en el asiento, como Raoul hacía siempre. Menos aquella: estaba mirándole de reojo. No sabía muy bien qué decirle. Ni tampoco que estaba haciendo. Volvía a pasar lo que ya le había dicho en otras ocasión: que se le calentaba la boca. ¿De verdad le iba a llevar a su casa? Había tenido la imperiosa necesidad de cuidarle.

Acostumbrado a verle tan guapo (porque realmente no se lo sacaba de la cabeza), le había roto un poco verle tan demacrado. De hecho, a las luces del interior del automóvil, no sólo los labios de Agoney estaban inflamados, sino que tenía hinchada toda la cara.

Raoul tragó saliva y llevó sus dedos a los botones de la radio, toqueteándolos hasta encenderla, intentando con el sonido que salía por los altavoces paliar aquel incómodo silencio. Pero poco le costó oírle resoplar, lo mismo que a él comenzar a tararear.

-Qué viva la apropiación cultural -se quejó el mayor justo antes de que le diese la tos.

El rubio frunció el ceño.

-¿Qué? -le puso una mano en el antebrazo ante su malestar.

Agoney señaló el reproductor con un leve movimiento de cabeza.

-Que utiliza símbolos que no le pertenecen.

La voz de Rosalía seguía sonando mientras Raoul miraba la cara de reproche del canario.

-Bueno, pero… -intentó excusar a la artista, mordisqueándose las uñas y girándose en su sitio hasta mirar al frente- la mezcla de culturas no está mal, ¿no?

-Pero esta chica cogió símbolos por los que oprimen a la cultura gitana, por los que les estigmatizan -hizo una pausa antes de seguir- y ella los puede usar sin miedo. Como si se besan dos heteros, no visibiliza nada porque ellos no se juegan que les metan una paliza por la calle, puede rozar hasta la burla.

No parecía que fuese a decir nada más. A Raoul le hubiese gustado que hablase más, aunque no le entendiese del todo, le atontaba un poco su acento, incluso sonando desvirtuado por los golpes recibidos.

-¿Cómo estás? -preguntó tímidamente acariciando el volante- ¿Qué ha pasado, Agoney?

No respondió nada, sólo cerró los ojos y apoyó la cabeza con cuidado en la ventana.

Raoul encendió el motor y arrancó el coche, comenzando a conducir por aquella Málaga nocturna plagada de luces. Al llegar a la autopista, pues vivía a las afueras, desvió la vista hacia Agoney, que con sus ojos oscuros miraba como parecían seguirles las luces de los pequeños focos al pasar velozmente cerca de ellos. Iluminaban sutilmente al canario, creando un juego de claroscuros continuos sobre el encogido chico que se abrazaba los brazos. Tenía frío.

Regresó de nuevo toda su atención a la carretera, sintiendo cómo se enrojecían sus mejillas.

-Raoul, Raoul -levantó la voz de repente.

-¿Qué? ¿Qué pasa?

-Me estoy mareando.

El catalán redujo la velocidad y comenzó a desviarse despacio hacia el andén. Estacionó y encendió los intermitentes. Agoney respiraba con suavidad, con el ceño fruncido, intentando calmarse. Raoul se desabrochó el cinturón y bajó su ventanilla para que entrase un poco de fresco pero que el aire no le diese directamente al cantante.

-¿Mejor? -asintió haciendo una pequeña mueca- ¿Qué te duele?

-Todo -respondió sin pensárselo-. La cabeza. Joder.

Estaba temblando.

-Espera -susurró antes de abrir la puerta y correr hacia el maletero.

-Tengo ganas de vomitar -confesó Agoney cuando Raoul regresó al interior del vehículo, con un resoplido y una pequeña manta verde en las manos.

-¿Pero qué problema tienes con mi coche? -quiso saber el rubio pasándole la manta, desdoblándola sobre su cuerpo- Que vengo de buscarlo del taller, mamón.

Una suave risa se escapó del canario, riéndole lo que no había pretendido ser una broma, aunque finalmente sonase a ella. Él sonrió.

-¿Ahora sí estás mejor?

-Sí -giró la cabeza hacia él-, gracias.
Raoul sólo asintió, con una tímida sonrisa. Se encogió de hombros.

-Supongo que no soy tan malo, ¿no?

El mayor volvió a reír.

-No.

Se ruborizó y colocó adecuadamente en el asiento de forma rápida. Quiso pensar que la leve sonrisa de Agoney que pudo ver gracias al retrovisor no era de forma burlona, riéndose de él.

-¿Arranco?


 




-Ya estamos, Ago -dijo en voz baja zarandeándole del brazo.

Aunque tardasen escasos diez minutos en llegar desde que parasen, el canario se había quedado algo traspuesto en su asiento al no volver a hablar, escapándosele algunos pequeños ronquidos de vez en cuando.

El gesto somnoliento del chico al abrir los ojillos y frotárselos con las manos fue suficiente para quitarle la vergüenza a Raoul al darse cuenta de que había acortado su nombre como había oído hacer a sus amigos cuando le había hablado.

-Joder -miraba por la ventana-. Vaya casoplón.

Raoul pensó que estaba exagerando. Era cierto que vivía en un buen sitio, pero ni de lejos como las lujosas casas que podrían verse por la tele
.
La vivienda tenía dos pisos sobre el suelo y uno subterráneo, con garaje amplio y una pequeña sala de descanso, repleta de libros. Por fuera, era bastante más moderna de lo que cabría esperarse, blanca y negra con grandes cristales. La entrada de la casa estaba rodeada por césped, cuidado y con algunos parterres con flores de colores.

No puedo evitar preguntarse por la opinión del canario de saber que, en el jardín al otro lado de la casa, había también piscina.

-Espero que no estén mis padres… -murmuró tras pulsar el botón del mando que abría  el garaje, más para sí que para el moreno.

Cuando tomó la (impulsiva) decisión de dar refugio al apaleado joven, no pensó en su familia al presentarse con él en casa. Lo más posible era que sus padres hubiesen salido, quizás con amigos o simplemente a cenar, y Álvaro estuviese con Mireya. O eso le gustó repetirse a sí mismo mientras bajaba lentamente la pequeña rampa que le introducía directamente en su hogar.

Y lo cierto es que tuvo razón y suerte y no tuvo que dar explicaciones a nadie cuando entró en su casa llevando al canario recostado contra él, con sus brazos alrededor de su cuello y los suyos propios en la cintura del mayor.

Lo peor fue subir las escaleras hasta el segundo piso (las del sótano a la primera planta se las ahorraron saliendo al jardín desde la rampa y entrando por la puerta principal), cada tres o cuatro escalones tenían que parar y Agoney tomaba una gran bocanada de aire. Pero finalmente llegaron y Raoul dejó al chico sentando en la silla giratoria de su escritorio para ir en busca del botiquín del cuarto de baño de toda la planta, ya que en el suyo sólo había gasas y tiritas.

-Ay -protestó ante el primer contacto con el algodón húmedo-. Siento un gran dejá , aunque no seas Mimi.

-¿Pero se puede saber qué has liado ahora?

-¡Nada! -respondió poniéndose a la defensiva- Unos de los energúmenos del otro día. Se encontraron conmigo y me golpearon.

-Y…¿te duele mucho? -preguntó presionando suavemente con las yemas de los dedos en la mejilla inflamada, la contraria al corte que acababa de desinfectarle, pues necesitaba que no hubiese silencio entre ellos, le llenaba de más nervios. Era incómodo.

Repitió el movimiento un par de veces, mirando fijamente la piel magullada del canario.

Se le escapó un quejido que le hizo apartarse rápidamente, echando para atrás la silla en la que se había sentado.

-¡Perdona, perdona, perdona!

Agoney se acarició la zona con la mano, componiendo una mueca. Negó con la cabeza para restarle importancia, pero Raoul se levantó terriblemente avergonzado porque no se creía lo que le estaba pasando. ¿Por qué le estaba pasando? A él, a él no podía. Él no quería. Notaba que el calor comenzaba a subirle por el cuello.

Le gustaban los chicos. Le atraía el chico que tenía sentado en frente, se quedaba embobado mirándole y no dejaba de pensar en lo guapo que era. Y aquello estaba mal.

Siempre había respetado que cada cual metiese a quién quisiese en su cama, así como no creía que necesitasen de su aprobación. Pero eso era en otros. Él no, él no podía ser así. No quería. No quería serlo. Raoul no quería que le gustasen las chicas y los chicos. No quería tener que hacer frente a aquello, por mucho que el muchacho que tenía delante le resultara arrebatadoramente atractivo. No podía parecérselo. No quería que se lo pareciera.

Bajó la mirada al suelo, a sus zapatos, no podía mirarle. El rubio sintió un enorme nudo en la garganta. Quería huir pero no sabía cómo. No se encontraba bien. Tenía que acabar, salir de su cabeza.

-¿Raoul?

Desintegrarse. Eso quería. Que se desintegrase. Aquello. O él.

-¿Estás bien?

-Sí -respondió rápidamente sin levantar los ojos del suelo. Los tenía llenos de lágrimas, pero no por eso no quería mirarlo, sino para evitarlo. Ahogar esos sentimientos. Ahogarlo todo.

El catalán terminó de curarle casi sin mirarle, escondiéndose de sus pupilas, haciendo caso omiso al tenso silencio que antes le preocupase tanto y regañándose en su cabeza por no haberle dejado donde lo encontró, por haberle llevado a su casa, a su cuarto. Sólo quería estar solo. Solamente solo.

Cerró el botiquín de golpe, respirando aceleradamente, tanto como se dirigió hacia el baño en el que se encontraba, buscando la vía de escape de Agoney. Cuando volvió, se puso la cazadora mirando a uno de los pequeños marcos con fotos que tenía en la pared.

-¿Te llevo a casa? -le preguntó a la cara de su yo de trece años.

Realmente no era necesaria la respuesta. Claro que tenía que llevarle a su casa. No iba a quedarse en la suya y tampoco volver sin él, mucho menos en su estado.

Raoul encendió la radio, que había apagado cuando el canario habló de la canción de Rosalía, y subió el volumen a un nivel que casi le hacía pitar los oídos, pero lo necesitaba. El ruido. Y que no tuviese la oportunidad de hablar el otro, aunque supusiese que no iba a hacerlo.

Frenó en la puerta del garaje que Agoney le indicó tras seguir sus indicaciones.

-Me quedo aquí. No me gustaría preocupar a mi familia -dijo antes de abrir la puerta e incluso desabrocharse el cinturón.

-¿Necesitas ayuda para entrar? -rezó en su interior que le dijese que no aunque supiese que sí la necesitaba. No aguantaría de nuevo tener que acercarle tanto a su cuerpo para que no tropezase.

-Sí, pero no es necesario, Raoul -respondió con un resoplido-. Ya hiciste demasiado. Y es tarde. Muchas gracias, no tenías por qué.

-No ha sido nada -sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el volante y miraba nerviosamente a la luna del coche.

Agoney no añadió nada. Se despidió con un escueto hasta pronto y cerró el coche, en el que se apoyó una última vez antes de dirigirse al lugar donde pasaría la noche. Cojeaba un poco e iba despacio, pero finalmente, Raoul escuchó la puerta metálica resonar.

Entonces sí, cerró los ojos apoyándose en el asiento y dejó salir un sollozo. Sin embargo, no lloró.

En los días siguientes, desde ese momento, agachaba la cabeza ante cada hombre que entraba dentro de su campo de visión, ni siquiera miró a su hermano Álvaro cuando ya estaba en casa al regresar de dejar a Agoney, intentando así evitar mirarlos. No quería fijarse en nada, no quería tener la oportunidad de mirarlos más de la cuenta, de que le atrajesen, de prestar atención a partes de su cuerpo en las que no debería repararla. Quería borrarlo.

No quería que no le gustasen únicamente las mujeres.

No quería, simplemente, ser así.

Chapter Text

Frunció el ceño ante la cinta adhesiva que no se despegaba de sus dedos, maldiciendo internamente a Mimi por hacerle a él abrir aquella caja y escuchando las risillas burlonas de Ricky.

El canario había tardado un par de días en recuperarse completamente (y todavía lucía el corte en la mejilla, que parecía negarse a cerrarse del todo), haciendo que, para su disgusto, su familia acabase enterándose. Puso una escusa tonta, para no preocuparlos, intentaba no hacerlo nunca, pero se temía que no había sido suficiente. Mimi fue varias veces a verlo y llevarle tartaletas de plátano y chocolate.

Pero aquello no le había hecho librarse de tener que estar de nuevo, junto con los demás, en la sala de eventos del Hotel Vázquez que tenían asignada para la fiesta de Ana. De hecho, tuvo que escuchar cómo Ricky denegaba sus miles de disculpas al tener que volver a imprimir los modelos de las invitaciones, que habían sido tan pisoteadas como él en aquella disputa unidireccional.

-¿Necesitas ayuda? -preguntó entre risas Ricky, sin disimular su diversión ante la torpeza de Agoney para abrir aquella caja de adornos.

El menor levantó la cabeza, mirándole fijamente mientras emitía un resoplido que hacía reír más al contrario. Le apartó suavemente de un empujón y despegó las tiras marrones de su piel. Agoney masculló un gracias y abrió por fin el paquete.

-Mimi, mira a ver si te gustan estos o no -buscó con la mirada a su amiga, quién había estado a su lado hacía apenas unos segundos y debía confirmar si usarían esa decoración o buscaban otra de todas las que Raoul les había dejado, de las que ya tenía el hotel de su padre de otras veces, ahorrando así dinero.

No estaba muy lejos, con su teléfono móvil cargando en uno de los enchufes de la pared, obligándola a sentarse en una esquina. Aun así, su mirada se cruzó antes con Raoul, cruzado de brazos junto a Mireya, hablando de quién sabe qué. El catalán fue el primero al que vio cuando llegó y es que, aunque Agoney siempre llegaba tarde a todas partes, los demás se demoraron incluso más. Pero ni eso había hecho que Raoul levantase la mirada del suelo para mirarle, musitando sólo un casi inaudible no es nada cuando el mayor volvió a agradecerle lo que hizo por él la última vez que se encontraron.

¿Qué mosca le picó a este? pensó él. No es que le hubiese dado especial importancia a su comportamiento, ni tampoco le había molestado, pero le había visto muy esquivo todo el rato, así como unas profundas ojeras se situaban bajo sus ojos, más fruncidos que de costumbre.

Su opinión sobre el catalán seguía teniendo un regusto agridulce. Pues aunque le guardaba cierto rencor por el día que se conocieron (y algunas opiniones que le había escuchado decir), le había sorprendido gratamente cuando le metió en su coche, llevándole hasta su cuarto para curarle. Para ayudarle. El chico no era malo, además, se le veía desinformado. Sólo era un niño rico que debía deconstruirse en varios aspectos. Posiblemente ni siquiera hubiese tenido la oportunidad de hacerlo, de ver otras formas e ideologías de entender el mundo más allá.

Agoney había decidido darle otra oportunidad. Aunque tampoco se lo iba a decir.

Le sacó de sus pensamientos la cabellera rubia de Mimi revoloteando a su alrededor. Se agachó frente a él y miró los adornos fijamente tanto que el canario pensó que se había quedado empanada, hasta que frunció el ceño. La granadina miró por encima de su hombro.

-Raoul, ¿no tienes unos menos… pijos? -Agoney escuchó como Ricky no contuvo una carcajada. El catalán se giró hacia ellos y sus ojos se encontraron con los del canario, pero rápidamente los apartó. Este arrugó el ceño- Que el mamarracheo también está bien.

Ahora en serio, ¿qué le pasaba? Porque le había esquivado claramente. Mimi y él comenzaron a hablar pero este, o miraba sólo a la chica muy fijamente, con los ojos estúpidamente abiertos (se le iban a salir de las cuencas) o desviaba la mirada a cualquier parte. Se le veía tan nervioso que parecía que iba a empezar a hiperventilar de un momento a otro.

Agoney se levantó del suelo, sacudiéndose los vaqueros, y se dirigió hacia ellos. Le pasó el brazo por la cintura a Mimi y percibió cómo el catalán le devolvía toda su atención a ella.

-Había pensado en ambientarlo de forma temática -le explicó Mimi a Raoul después de sonreír al canario-. A Ana le encanta el teatro musical, a lo mejor podríamos llevarlo por ahí. Como una gran obra todo. ¡O como los camerinos!

El rubio asintió rápidamente.

-Suena original. ¿Quizás como si ella fuese a salir a escena como protagonista?

-Sí, sí, sí. Y todos los demás de extras. O personal.

Agoney rodó los ojos con una sonrisa divertida ante las ocurrencias de su amiga. Si fuese su graduación, él sólo se hubiese llevado a sus amigos a un garito y les hubiese invitado al primer Puerto de Indias. Su rubia estaba montando por la de su novia todo un cabaret.

-Podemos ir a mirar al ordenador de recepción algunas ideas o fotos si quieres -sugirió Raoul.

Mimi ni contestó, tan sólo pasó por delante en dirección a la entrada del hotel. Agoney no dejó al catalán hacer lo mismo, aunque lo intentó: le agarró del brazo cuando comenzaba a girarse y tiró de él.

A pesar del rápido giro, que desconcertó a Raoul, intentó recomponerse rápido y desviar la mirada. El mayor resopló por dentro ante aquello. Llevó sus dedos hasta su cuello y agarrándole de la nuca le hizo mover la cara hasta que sus ojos se encontraron.

Durante un par de segundos, se mantuvo el contacto, sin decir palabra, pero tras ellos, como roto el hechizo, el rubio se apartó rápidamente, tan nervioso como el resto del día pero totalmente colorado. Sin embargo, esta vez no dejó de mirarle.

¿Qué mierdas pasa? quiso gritarle Agoney con la mirada. El menor no respondió, aunque sabía que le había entendido.

-Me… me espera Mimi -dijo antes de escapar de la sala, utilizando huida mejor que cualquier pokemón.

Agoney se fijó entonces en los dos pares de ojos que le miraban: Ricky y Mireya. Él se encogió de hombros y ella sólo le mantuvo la mirada. Ninguno dijo nada, pero los tres fueron conscientes de que todos habían notado algo extraño en Raoul.






-Te está mirando, te digo yo que te está mirando -gritó Ricky todo lo alto que pudo sobre la música en el oído de Agoney.

-Qué me va a estar mirando.

-Que sí, que lleva toda la noche mirándote -le empujó por el hombro-. ¿Por qué no te iba a mirar?

-Porque está buenísimo.

-No, ahora tú eres feo, no te jode.

Raoul llevaba toda la noche mirando a algún punto iluminado por las luces de colores del local y dando sorbos de vez en cuando a su copa. Ese día terminaron tarde y, aprovechando que era el día de la semana que el canario no trabajaba allí, Ricky y Mimi sugirieron ir a cenar y salir por ahí de fiesta a algún sitio. Mireya rápidamente se colgó del brazo del catalán y le arrastró a aquel plan improvisado que sólo había hecho que estuviese más incómodo rodeado de tanta gente y confirmarle que Agoney era gay, pues llevaban él y Ricky alrededor de veinte minutos discutiendo sobre si un tío estaba intentado tirarle los tejos al canario en la lejanía o no. Raoul ni siquiera había querido levantar la vista del suelo.

Cerró los ojos y se llevó el vaso de tubo a los labios, dando un fuerte trago que permitiese a aquel alcohol pasearse por su garganta.

-Si encima parece guiri, igual ni le entiendo -escuchó reír a Agoney nerviosamente.

-Pues te está mirando -secundó esta vez Mimi.

El catalán miró fijamente su bebida, perdiéndose en los movimientos de los hielos al hundirse en su bebida, deshaciéndose suavemente, de manera apenas perceptible. Ojalá él también se deshiciese. Ojalá todo se deshiciera.

Sólo quería irse a casa. Tumbarse en la cama y llamar a Aitana. No, llamar a Aitana tampoco. Sólo meterse entre las sábanas y dormir. Dormir mucho. Necesitaba pensar. Dejarse convencer por la idea de que estaba perdido, cuando en realidad se había encontrado.

Se sobresaltó de forma exagerada, haciendo que uno de los hielos saliese despedido del vaso, cuando le rozaron el brazo y se giró con cara de susto.

-¿Estás bien? -preguntó con dulzura el acento de la andaluza- Si quieres nos vamos. Se nota que no quieres estar aquí.

Como siempre, Mireya tenía razón: no quería.

-A mí tampoco me apetecía especialmente, pero pensé que igual te animarías. Llevas unos días como ido. ¿Es por Agoney?

¿Era por Agoney? No, Agoney sólo era un chico y chicos había millones en el mundo. Ese era el problema.

Aun así, se asustó.

-¿Agoney?

-Como no os lleváis muy bien… no sé, a lo mejor es incómodo para ti -la chica parecía realmente preocupada por él y Raoul se sintió como una mierda por ocultarle la verdad-, es que ya es casualidad que fuese el de la movida con el coche y los toros.

Raoul tuvo que tragar saliva antes de retomar el sonido rompiendo su silencio.

-Mireya, tranquila no pasa nada y… con Agoney está… -no pudo ni maldecir siquiera el haber levantado la vista: en frente de él, en la pista, hacia donde mallorquín y canario habían estado mirando, Agoney y otro chico se besaban. En la boca. Y él nunca había visto a dos chicos besarse en la boca. Incluso en la distancia, pudo ver cómo ambos cuerpos se aferraban el uno al otro, cómo la lengua del canario entraba y salía con ansia de los labios contrarios, cómo el chico, al que el flequillo rubio ya le caía por la frente fuera de su sitio, acercaba a Agoney continuamente, aunque ya no hubiese más espacio para hacerlo, llevando sus manos desde su cuello hasta su espalda frenéticamente. Raoul notó un cosquilleo remover su vientre y un suave tirón tras la cremallera del pantalón. De pronto, tenía mucho calor- … solucionado.

Los jóvenes tras los besos mordían las sonrisas ajenas mientras se acariciaban.

Ricky soltó una carcajada.

-Le dije que le estaba mirando.





Le gustó volver a escuchar esos sonidos por la Academia: de besos, de jadeos, de risillas cómplices. Y es que no podían dejar de besarse. El checo se sentó sobre su cintura en cuanto se dejaron caer en el colchón y, con Agoney enredando sus dedos en el cabello rubio de su nuca, los labios de uno resbalaban sobre los del otro sin aún ninguna prisa.

-Mikolas -susurró junto a su oído cuando este estuvo más cerca, sus narices rozándose y sus pechos juntos.

-¿Agoney? -ninguno contuvo la carcajada. La voz del extranjero le resultaba maravillosamente sexy, pero su acento no le dejaba decir bien su nombre. Ni muchas palabras de su lengua- ¿Quieres seguir?

El canario tuvo que morderse el labio ante lo divertido que era escucharle. Claro que quería, por algo se lo había llevado al rincón donde pasaba todas sus horas. Además, si ya le había parecido guapo en el local, la cosa había mejorado por momentos cuando se había deshecho de las gafas nada más cerrar la puerta del garaje, desvaneciéndose esa aura tierna que le daban.

Y qué narices, que no llevaba meses a dos velas como para ahora no llevarse al huerto al chico guapo que se le había puesto delante.

Ni siquiera le contestó, le besó de nuevo, con más fuerza, recuperando el desenfreno de sus besos del bar.

Agoney enredó sus piernas y deslizó los tirantes que Mikolas llevaba sobre la camisa por sus hombros. El rubio terminó de deshacerse de ellos, así como de sus propios zapatos de una patada. El canario, mientras con una mano le acariciaba la mejilla sin dejar de besarse, con la otra comenzó sacar de los ojales los botones del pantalón del contrario, con una técnica que nadie diría que llevase tanto tiempo sin desnudar a alguien. Le acercó empujándole de la nuca y comenzó a besarle el cuello, escuchando directamente todos sus sonidos en la oreja.

-¿Cómo? -preguntó en un susurro el checo, tras varias palabras en su idioma que Agoney no comprendió. Aunque sí a lo que se refería cuando habló en español.

Tomó aire y contestó igual de acelerado que el otro.

-Pues no sé, porque llevo tanto tiempo sin hacerlo que no sé si quiero dejarme hacer todo o hacerlo todo yo -y no sólo hablaba de roles, sino de las caricias y los besos que ya no sabía si prefería dar o recibir. Ambos rieron.

-¿Y las dos? -sin buscar respuesta, se escondió en la piel de su cuello mientras le subía la camisa a medida que le acariciaba el pecho.

Agoney dejó escapar un profundo suspiro. Y sólo entonces su mente quedó totalmente en blanco. Entregándose a los mimos que esas paredes habían dejado de ver.





Raoul dejó escapar un profundo suspiro cuando su espalda tocó la madera de la puerta cerrada de su cuarto. Y sólo entonces pudo respirar tranquilo. Entregándose al silencio que le regalaba aquella habitación vacía.

Pero la tranquilidad duró tan poco como el resto de la noche y la imagen de Agoney y el extranjero rubio besándose volvió a su mente por octogésima vez. Se desabrochó un par de botones de la camisa y se dejó caer sobre la cama boca abajo. Permaneció en la misma posición durante unos segundos, después reptó sobre el colchón hasta quedar mirando hacia arriba con la cabeza sobre la almohada.

Sacó el teléfono de su bolsillo y se puso a intentar distraerse con él, pero no funcionó del todo. Se había pasado una semana evitando todo lo posible a los hombres que se le cruzaban y llegaba Agoney y… quería matarlo. Hacía apenas dos horas que el cantante se había acercado a ellos y, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa boba en los labios, se había despedido de todos. Ricky le dio un montón de palmadas en la espalda y Mimi lo catalogó como momento de machitos. Agoney sólo les sonrió, antes de volver por donde había venido y marcharse con el chico, quién le rodeó con un brazo.

Se habían ido juntos. ¿Qué estarían haciendo en ese momento? Y otra vez, ya estaban besándose en su cabeza. Estaba empezando a ponerse muy nervioso, todavía más.

La escena se repetía una y otra vez. Pero cada vez era distinta: iba a peor. O a mejor, depende de cómo se mirase. De pronto, sólo estaban ellos dos solos en la pista. Agoney besando el cuello del extranjero, inclinándose sobre él mientras el otro jugaba con las hebillas de sus vaqueros.

Raoul sacudió la cabeza en un intento de parar. Ya basta. No sirvió de nada. Y no dejaba de sentir calor, se estaba asando de calor.

Se le escapó un pequeño jadeo cuando se desabrochó el pantalón. Notó el nudo crecer en su garganta al ser plenamente consciente de todos sus sentimientos. Y el asunto no mejoró cuando, ya sin los tejanos, sus dedos se adentraron en su ropa interior.

Diez minutos después, el hijo menor de los Vázquez estaba llorando como un bebé entre las sábanas.

Chapter Text

El último llegaba Agoney al día siguiente, en el que por fin iban a concretar lo que buscaban, y aunque intentó hacerlo como si tal cosa, casi a hurtadillas, no se lo permitieron.

-¡Hombre, mira quién está aquí! ¡Campeón! -apenas había abierto la puerta, ni siquiera había cruzado el umbral de esta, Ricky ya le estaba saludando. De hecho, se dirigió a pasos rápidos hacia él y le rodeó con sus brazos, dándole un fuerte achuchón.

-¿Eso no es muy de heterazos? -intentó picar Mimi al mallorquín, a quién le había faltado empezar con la retahíla de máquina, monstruo, fiera, para que le fuese retirado el carné de maricón. Por pelma.

-Calla, que nuestro niño ha ligao -le recordó, como si el canario fuese poco menos que un hijo de los dos-. Uy, ¿qué es esto de aquí? -preguntó jocoso, acariciándole el cuello, cuando al separarse pudo verlo.

Agoney le apartó rápidamente.

-Ricky… -intentó mandarle callar. Le estaba avergonzado muchísimo.

Buscó apoyo en los demás y vio cómo Mireya sólo negaba con la cabeza con una pequeña sonrisa divertida en los labios y Mimi ya estaba pasando de ellos (aunque seguramente le pidiese gran cantidad de detalles, cuánto más obscenos mejor, más tarde). Raoul miró hacia otra parte cuando sus ojos se encontraron.

Ignoró a este, aunque no pudo evitar fruncir el ceño. Agoney se giró hacia Ricky y apoyando una mano en su hombro, le empujó.

-Deja de mirarme así. Es un chupetón. Como si nunca hubieses visto uno.

-Sí, pero en ti hacía mucho ya -dijo entre carcajadas.

-¡Oye!

El canario fingió molestarse de mentira y ambos se dirigieron junto al resto, donde estaban sentados formando un corrillo en medio del suelo. Sabía que Ricky no lo hacía con ninguna mala intención, igual que realmente se alegraba por él y sólo trataba de picarle, pero no pudo evitar sentirse un poco dolido. Era cierto que hacía más de un año desde su ruptura con Juan, y unos tres meses desde la última vez que volvieron a cruzarse sus caminos y Agoney había vuelto a caer rendido a los pies de su cama, pero no se había visto preparado aún. Porque no había superado del todo a su anterior pareja. Pero ya sí.

Mikolas le había dicho la noche anterior, unas horas antes realmente, que no podía creerse que hiciese mucho tiempo desde la última vez que había estado con alguien como él había dicho. Y aquello también le había entristecido un poco.

Estaba terriblemente perdido en sus pensamientos mientras el resto hacía un esquema final de todo lo que iban a hacer y de qué necesitarían. Al final había triunfado la idea de montar todo un teatro (literalmente), en el que Ana sería la protagonista de la obra y aquellas cuatro paredes el lugar donde daba los últimos preparativos antes de salir a escena, con la ayuda de sus amigos. Mimi lo había considerado también una metáfora con preparar el final de su carrera, que la catapultaría al estrellato y una vida plenamente feliz.

Agoney notó cómo una bolita de papel le golpeaba en la frente, devolviéndole así al mundo real.

-¿Qué, te dura la resaca?

Realmente le quiso matar.

-Entonces, ¿qué tal? -insistió divertido.

-Ricky -le llamó la atención Mimi.

El mallorquín se giró hacia ella de forma dramática.

-No me finjas ahora que te da igual, que te has quedado a dormir en mi casa y casi le llamas nada más levantarte.

-Pero porque…

Y así, Agoney, Mireya y Raoul se convirtieron en los espectadores de un partido de tenis.

El canario no estaba seguro de a quién prefería matar de los dos. Eran ambos sus mejores amigos, les quería con locura y entendía que se alegrasen, o preocupasen, por él. Pero joder, que no estaban tomándose una caña en su bar de siempre, ni haciendo el vago en la Academia, ¡que estaban organizando una fiesta para la novia de Mimi!

Agoney, se dejó caer para atrás, llamando la atención de todos los allí presentes el golpe de su espalda contra el suelo.

-¿Ago? -murmuraron a la vez granadina y mallorquín.

-Son pesados, eh -dejó escapar un fuerte suspiro, antes de continuar-. Fue genial, el tío estaba increíble y teníamos un montón de química. Sólo me arrepentí un poco esta mañana, cuando dijo algunas cosas… que no. Muy machistas. Y me dio coraje, porque él tenía un rollazo, el polvo fue una bestialidad pero a mí no se me olvidan sus palabras ya. Pero sí, después de un montón de tiempo en sequía, follé y fue bien, ¿contentos?

Ninguno dijo nada. Ricky hizo sus mejores esfuerzos por no reírse y Mimi se mordía el labio escondiendo a duras penas una sonrisa. Mireya hizo alguna pregunta sobre la fiesta, intentado reconducir la conversación. Y todo pareció volver a la normalidad, menos por el rubio.

No le costaba a Agoney saber cuando alguien le estaba mirando, menos aún cuando tenían los ojos puestos en él fijamente. Pues aunque Raoul llevaba esquivándole (nada discretamente) desde haberle puesto la última tira de esparadrapo la semana anterior (y sabía que no era el único, ya que Ricky le contó justo antes de entrar en la discoteca que a él le estaba haciendo lo mismo), no despegaba su atención de él en ese momento. El canario le miró de reojo disimuladamente y fue cuando en realidad descubrió que lo que miraba era su cuello.

El mayor recordó entonces la marca rojiza sobre su piel que había hecho reír a Ricky. Se giró hacia Raoul sin ninguna delicadeza y, ya sin sorprenderle, el catalán se hizo lo mismo pero hacia el otro lado en cuanto sus ojos se encontraron. Raoul se ruborizó y carraspeó un par de veces.

Pero ya había cansado a Agoney, que frunció el ceño molesto y se levantó de un brinco del suelo.

Ignoró las miradas de aquellos que se las dirigían, importándole sólo la de la única persona que ni se movió. Le puso una mano en el hombro a Raoul, que dio un respingo, y tiró suavemente de la tela de su ropa.

-Ven conmigo un momento -dijo sin más, dando un nuevo tirón.

-¿Qué? -ni se rio de lo que le temblase la voz.

Agoney le hizo una seña con la cabeza, volvió a tirar de él e insistir en que le siguiera. Sin mirarle, suponiendo que le haría caso, se dirigió hacia el baño que había en el lateral contrario de la sala de fiestas.

Ni siquiera sintió esa sensación de satisfacción cuando te obedecen tras insistir cuando se dio la vuelta, ya en el baño, y vio a Raoul cerrar la puerta y apoyarse en ella después de entrar. Sólo le encaró bastante enfadado.

-¿Se puede saber qué mierda te pasa, muchacho? -exigió saber en un resoplido.

-¿Qué?

Y aunque la cara de Raoul mudó a una mueca de susto, el canario no se achantó. No dejó de mirarle con el ceño fuertemente fruncido, sin ocultar al demonio que le sacaba el creer saber qué pasaba.

No mejoró que el rubio agachase aún más la cabeza, pero es que Raoul no podía ni mirarle a la cara.

-¿A qué te refieres? -lo preguntó con tanto miedo que casi tembló. ¿Y si se había dado cuenta?

-Pues a todo esto, Raoul -Agoney agitó los brazos exasperado-, a que no seremos amigos del alma, pero no me creo que me lleves hasta tu casa y te motes la enfermería de la Barbie y ahora ni aguantes mirarme sin ninguna razón. ¿Qué te pasa? Y a Ricky también se lo haces. Me gustaría pensar que no es porque no somos heteros.

El rubio no se estaba creyendo al chico. No era porque les gustasen los hombres, era porque lo eran. Era porque no había evitado la paja con la imagen del canario y el extranjero en mente. Era porque si les miraba podría ver cosas que no debían gustarle.

Era porque a él también le gustaban.

-No tiene nada que ver con eso, Agoney -confesó atreviéndose a mantenerle la mirada, aunque notaba el vello de punta-. No es eso.

El canario se cruzó de brazos. Después asintió un par de veces.

-¿Entonces qué es? -su voz continuaba sonando molesto.

Pero aun así, Raoul no contestó, siguió mirándole a los ojos, con la piel de gallina. Deseó no estar poniéndose tan rojo como él así lo creía.

Agoney debía estar decidido a no salir de allí hasta que no hablase, ya que esperó pacientemente con los brazos cruzados, hasta que comprendió que efectivamente no iba a decir nada.

-¿Así que no tiene nada que ver con que sea gay? -el catalán notó cómo lo decía sin creerlo, así como con cierto deje molesto.

Al menor le alteró el oírselo decir en voz alta, además, con tal naturalidad.

-No -respondió rápidamente.

-Ya… -cambió el peso de un pie al otro varias veces- dame un pico.

-¿Qué?

-Un pico, un beso.

-No.

-¿Por qué no? Sólo es un pico. No vas a perder tu masculinidad ni nada, tranquilo -Agoney puso los ojos en blanco-. ¿Es esto homofobia?

-¡No!

Raoul estaba empezando a ponerse muy nervioso. Él no tenía por qué besarle, ni a él ni a nadie. Agoney consideraría homofobia que no quisiera besarle, pero el catalán consideraba un salida del armario el hacerlo, un quedarse expuesto, desnudo. Confirmárselo aún más.

Él no daba besos así como así, tampoco se lo daría a Mireya y era su mejor amiga (y una mujer), para Raoul eso eran cosas más íntimas y nadie tenía por qué cambiar su opinión.

-Eso da vergüenza -intentó excusarse ruborizado. Fingió no escuchar cómo el canario le llamaba mojigato-. Joder, vale.

Notaba las mejillas a punto de explotar de puro rojo y, si Agoney seguía hablando, haciéndole sentir atacado, se echaría a llorar de nerviosismo.

Agoney descruzó los brazos pero el beso no se dio a la primera con dicho movimiento. Raoul se le acercó un par de veces, las mismas que casi le da un infarto, hasta que finalmente puso ambas manos en sus mejillas y juntó sus labios. Apenas duró un segundo.

Si el canario pensaba decir algo o no cuando se separaron, no lo sabremos nunca: tan rápido cómo Raoul se alejó de Agoney, recorrió el mismo camino hasta su boca. Y esta vez no quería irse de allí tan pronto.

Las mejillas del isleño eran ásperas bajo los dedos del peninsular por su barba, así como si este apoyase sus manos en las de Raoul, las descubriría ardiendo, pero no lo hizo. Los labios de Raoul no se movían nada pausadamente, igual que su lengua entre los contrarios. Pero no tardó demasiado el catalán en darse cuenta de que Agoney no le estaba tocando, ni estaba tomando parte en el beso, sólo acompañando levemente los movimientos de Raoul, no haciendo los propios. Se estaba dejando besar, no besando.

El catalán se separó de golpe y se dio la vuelta sin siquiera ver al canario abrir los ojos. Abrió la puerta y se fue del baño con dirección a la salida de la sala, sin mirar a su espalda. Y dieron igual las miradas y llamadas de los demás, cuando Mireya gritó su nombre desde el umbral de la puerta, Raoul ya había terminado de recorrer el resto del pasillo corriendo.

Chapter Text

-¿Qué se supone que pasó? -volvió a insistir Mimi, mostrando lo molesta que estaba- Lleva una semana sin dejarse ver el pelo y se supone que un requisito de esto era que él viniese a ayudar, ¡y ya nos hace falta!

-¿Y yo qué culpa tengo? -se exculpó Agoney.

-Pues que se fue corriendo después de estar a solas contigo.

El catalán debía dar su aprobación a los presupuestos a los que, sin su ayuda, habían llegado finalmente. Y es que, aunque Raoul había desaparecido, ellos habían continuado trabajando, cada vez más seriamente, al ser cada vez más real todo: Ricky había hecho una nueva versión del modelo de invitación que más había gustado a todos, en el que se explicaba también el tema de la fiesta y cómo debían acudir vestidos; Mimi había terminado la lista de asistentes, en la que se incluían todos ellos (puesto que a las fiestas organizadas allí siempre acudía alguien del hotel para comprobar que todo estaba bien y a su gusto, en este caso Raoul, y la granadina no había permitido que Mireya pudiese negarse a acudir al evento aunque, realmente, claro que también quería ir), otros amigos cercanos de Ana y sus compañeros de la facultad; Agoney dedicó mucho tiempo a la novia de su amiga, para que no sospechase nada al encontrarlos a todos ocupados y Mireya intentó hacer lo que pudo dándole las indicaciones que creía que Raoul hubiese dado.

Ella era la única que les había confirmado que, en alguna parte, el rubio seguía vivo, aunque por lo visto tampoco hablaba demasiado con ella. Sin embargo, Aitana, su novia, le había repetido la versión dada por Raoul: que simplemente estaba enfermo.

Y así se sentía a veces Raoul encerrado en su habitación, debajo de las sábanas mirando al techo u hojeando una revista, como si algo no funcionase bien. Había besado a Agoney y lo peor no era que no hubiese parado porque no le gustase hacerlo, sino porque parecía que quién no estaba especialmente interesado en seguir era el canario. Había besado a Agoney, no era capaz de quitárselo de la cabeza.

No sabía qué le había pasado. Pero después del primer contacto le salió solo repetirlo. No podía verlo, ahora sí que no podría mirarle a la cara nunca más. ¿Qué le iba a decir? Y, ¿qué le diría Agoney a él? Se moría de vergüenza con cualquiera de las situaciones que su mente se había molestado en crear mil veces desde la misma noche del beso, desde que llegó de casa de Aitana, de la que habían salidos sus padres durante un par de horas, donde se había refugiado en los brazos de la chica, enredado entre sus piernas bajo el cobijo del silencio.

Raoul dejó caer la almohada sobre su cabeza una vez más y aunque frunció el ceño al notar la fuerte humedad de la colcha superior de la cama contra sus párpados, ni se movió. Total, era suyo, de apenas quince minutos antes. Estaba a punto de estirarse para alcanzar su teléfono y volver a poner música a todo volumen para llenar la soledad cuando se le adelantaron: el estridente sonido del timbre resonó. Ni siquiera le hizo dar un respingo, le daba igual, sólo salir de su escondite.

Se levantó del colchón y se pasó las manos por la cara, hasta llegar a su frente e intentar ordenar los mechones rubios que caían descontrolados.

Cuando el catalán salió al pasillo, se detuvo antes de llegar al recibidor, en la escalera. Suspiró frente a la foto con su hermano que le devolvía la mirada. Eran unos renacuajos, estaban en el Bernabéu y su cabello era mucho más claro, igual que los ojos de su hermano, que le miraban desde el otro lado del cristal. Álvaro había notado que algo pasaba, claro que lo había notado, pero no dio su brazo a torcer y, cómo a los demás, le despachó diciéndole que no se encontraba bien. Y en realidad, era verdad.

Su hermano era posiblemente la persona a la que más quería en el mundo. Y sabía que era recíproco y le podría confiar cualquier cosa, ayudar en todo, pero no podía hacerle aquello a Álvaro, pasarle el testigo de algo tan gordo. Creía que era mejor guardárselo para sí… aunque en realidad no quería hacerlo.

El timbre volvió a sonar, incesante, haciéndole dar un respingo. Casi lo había olvidado. Hizo el resto del camino más rápidamente.

Raoul suspiró y se frotó los ojos por última vez antes de abrir la puerta, aunque interrumpió su objetivo y no la llegó a abrir hasta atrás, sujetando el pomo con fuerza a la vez que miraba al exterior.

-Hola.

Un saludo. Sin más. Mientras su corazón parecía haberse parado. Tenía delante con lo que menos le apetecía toparse en ese momento, y en cualquiera, pero Agoney le observaba sin aparente intención de decir nada más.

-¿Qué haces aquí? -preguntó, con la voz sonando más baja de lo que pretendía.

El canario abrió la boca para decir algo, pero rápidamente la cerró y sólo se encogió de hombros. Se le escapó una media sonrisa.

Raoul miró a todos lados, haciendo que Agoney le imitase, pero lo único que le salió de ojo fue el coche (o mejor dicho chatarra) de color blanco que había aparcado junto a la valla. No había indicios de nadie por ninguna parte.

-¿Qué quieres? -esperó que el mayor no notase lo asustado que sonaba.

-No sé -volvió a encogerse de hombros-… ¿hablar? Están todos preocupados. Mimi está desquiciadísima, se pregunta si podrá repescarte para la fiesta o no.

-Sólo he estado enfermo -se adelantó antes de que llegase a preguntar.

Agoney asintió lentamente, sin dejar de mirarle a los ojos. No pretendía llevarle la contraria.

-¿Y ya estás bien?

No. No, claro que no lo estaba. ¿Cómo iba a estarlo? Quería matarlo, no podía actuar tan normal, simplemente no podía. Tenía que irse de allí.

Tragó saliva.

-¿Quieres pasar?

La puerta se cerró con un suave golpe cuando ambos pasaron dentro. El canario observaba con detenimiento su alrededor, pudiendo apreciarlo todo, no como la vez anterior. Eso hizo que Raoul se pusiese más nervioso todavía.

-¿Quieres tomar algo?

Agoney, que miraba un jarrón precioso de la entrada, se giró hacia él antes de responder.

-No, muchas gracias -dijo con su marcado acento.

Raoul le sostuvo la mirada durante unos segundos, tras los cuales agachó la mirada rápidamente. El mayor fue a decir algo, pero vio cómo el rubio comenzó a subir uno a uno los peldaños camino a la planta superior. No tuvo más remedio que seguirlo.

Entraron en el cuarto que Agoney ya conocía y, aunque a una distancia prudencial, se sentaron en la cama, en completo silencio. El catalán  no dejaba de regañarse mentalmente por haber ido a abrir la puerta. Pero sabía que no podía escaparse, algún día iban a volver a encontrarse.

-Raoul -empezó el isleño. Notó cómo se le secaba la boca-, el otro día…

Y ahí estaba. ¿De verdad que no podía salir corriendo?

-lo del otro día fue una chorrada -terminó, mientras Raoul contenía la respiración. Agoney dejó salir un resoplido-. Y me pasé contigo. Te presioné mucho, no tenías que hacer nad…

-Te besé porque quise.

Silencio.

-Ya lo sé.

Raoul había empezado a pestañear mucho, muerto de la angustia desde que lo había dicho en voz alta. Aunque a la vez, sentía que se había quitado un peso de encima, que pesaba dos mil kilos menos.

-Pero yo te presioné en primer lugar. Luego pues… -carraspeó. Se veía que él tampoco sabía muy bien qué decir-. No significó nada, fue una chorrada. No eres gay ahora de pronto -dijo con una pequeña risa y se giró hacia él.

Sin embargo, el catalán no se movió y continuó mirando la pared de enfrente, sin decir nada.

-¿Raoul? -le llamó dubitativo.

Nada.

Agoney frunció el ceño levemente.

-No… no tendrás dudas, ¿no?

El menor se volteó hacia el otro.

-No -levantó la vista entonces hacia la cara contraria, con los ojos cristalizados-, ya no.

No dijeron nada, aunque los labios del canario se entreabrieron levemente, sólo permanecieron mirándose.

Raoul fue el primero en romper el contacto, volviendo a sentarse recto. Sorbió por la nariz. Una lágrima se desbordó y le recorrió la mejilla.

-Joder.

Él no era capaz de hablar. Agoney acercó una mano a él y le agarró del antebrazo derecho, sin hacer nada, sólo sujetándolo. Y entonces se rompió. Porque era justo lo que necesitaba.

Se le escapó un sollozo y el canario se acercó. Raoul se dejó caer contra él a la vez que Agoney le rodeaba con el brazo contrario. Durante un rato, sólo se escuchó en aquella habitación al rubio llorar, aunque lo único que escuchaba Raoul era el suave latido del tinerfeño, con su mejilla contra su pecho.

Agoney intentaba acariciarle despacio la nuca, enredando sus dedos entre los mechones rubios para tranquilizarlo.

-Ya está -susurraba despacio. Apoyó su barbilla sobre su cabeza-, tranquilo.

Pero el canario sabía que no se detendría hasta que se acabasen todas las lágrimas. Y realmente le entendía, vaya que sí le entendía. Se permitió sentir lástima por el muchacho: a él le habían juzgado otros, no él mismo. Agoney por lo menos se había aferrado a si mismo en falta de compañeros en el pasillo que le tendiesen su mano cariñosamente.

Le abrazó más fuerte (cómo podía por la extraña posición de sus brazos), mordiéndose el labio. Dejó un beso suave en su frente.

-Tranquilo. Es normal que tengas miedo. Pero no pasa nada -se separó de él y le obligó a mirarle agarrándole las mejillas-. De verdad -le regaló una sonrisa-. Todos hemos pasado por estas mierdas alguna vez. Nos educan para que algún día nos demos cuenta de que lo que nos atrae es diferente a lo que creíamos, pero eso no está mal -Raoul agachó la cabeza-. No lo está -le acarició la mejilla despacio, sin rastro de sonrisa y con el ceño fruncido. Se estaba muriendo de pena.

Raoul se alejó del isleño y estiró la espalda para recomponerse físicamente después de la mala postura (ya que no podía hacerlo psicológicamente). Se secó las lágrimas, tenía las mejillas completamente húmedas, intentando deshacerse de los rastros de su llanto.

-Lo siento -dijo en un pequeño murmullo. Agoney le miró confuso-. No tenías por qué ver esto.

-Oh vamos, Raoul -el catalán comenzó a juguetear con sus dedos-, ni de coña digas eso. Yo también he estado de ese lado. Y Ricky. Puedo ayudarte, podemos. No hay nada malo, no es…

-No, no, no -le interrumpió alterado-. No puedes contarle esto a nadie -una inmensa súplica se leía en sus ojos-. Por favor.

Agoney asintió despacio.

-Claro, Raoul.

El rubio se quitó las zapatillas de una patada y se subió a la cama, abrazándose las piernas y apoyando la cabeza sobre sus rodillas.

-Pero no pienso dejar que te hundas por esta tontería, Raoul -volvió a hablar Agoney tras unos instantes de silencio-. Porque ahora estarás haciendo un mundo de ello, pero no merece la pena. Tómate el tiempo que necesites para vivir con ello, adaptarte a la idea, pero acéptalo. Porque no va a cambiar. Y es algo tuyo. Eres tú. No hay más -Raoul levantó la vista de sus dedos y se encontró con Agoney mirándole directamente con una sonrisa. Sintió una tranquilizadora sensación recorrerle-. Está bien. Te lo prometo.

Y por un momento, Raoul respiró tranquilo. Cerró los ojos y notó cómo un par de lágrimas danzaron por sus mejillas, pero de puro alivio de todo el estrés contenido, casi de emoción. Porque aquello era todo lo que necesitaba: que alguien le dijese que estaba bien.

-Gracias.

Levantó los párpados justo para ver a Agoney cerrarlos acercándose a él, posando sus dedos en su nuca, juntando sus labios. Los ojos de Raoul se cerraron de nuevo inmediatamente después.

Fue un beso corto, sencillo, ni siquiera se movieron, de un par de segundos. Agoney frotó la punta de su nariz contra la suya y unió sus frentes.

-¿Ves? No pasa nada. No está mal -habló en susurros-. Sólo está mal que lo pueda pensar alguien.

De nuevo, regresó el espacio personal entre ellos. Raoul esbozó una sonrisa sincera y levantó la cabeza. Le miró directamente a los ojos.

-Gracias por ser mi pañuelo de lágrimas.

Se le escapó una risa y Agoney le devolvió la sonrisa, con un agradable cosquilleo al ser testigo de una sonrisa real del rubio. Una muy bonita.

-De lágrimas no me gusta -bromeó negando con la cabeza-. No suelen acompañar a nada bueno. No quiero ser un pañuelo de lágrimas.

-¿Entonces de qué? -le siguió la broma el catalán, con la voz ronca por haber estado llorando.

-No sé, ¿de disputas? -Raoul se echó a reír-. O de sonrisas. De besos -se ruborizaron las mejillas del rubio, pero le correspondió a la sonrisa cómplice.

-No suena tan mal decirlo, por lo menos -rio pasándose una mano por la cara.

Raoul se arrodilló en la cama y permanecieron mirándose unos segundos más. Tímidamente, el catalán se inclinó hacia él y, apoyándose en su hombro, se acercó a su cara despacio.

-Raoul… -susurró el canario como advertencia, pero inmediatamente enredó sus dedos en su cabello y le siguió el beso. Y aunque fuese uno más lento, esta vez si le acompañó.

Sus labios consiguieron moverse a la par tras un pequeño intervalo de tiempo, lo mismo que tardó Agoney en acoger la lengua contraria contra la suya. Cuando el canario acariciaba sus mejillas con las manos, Raoul se reclinó más hacia él, haciendo que terminase cayendo de espaldas contra la cama. Sus cuerpos no se tocaban, las manos de Raoul estaban a ambos lados de la cabeza de Agoney, para no caerse, así como sus piernas paralelas a sus caderas.

Pero al final se detuvieron y Raoul volvió a sentarse sobre el colchón, con las mejillas coloradas, y Agoney no pudo evitar pensar que quizás era el beso con lengua más lento que le habían dado en su vida.

-Lo necesitaba -confesó el menor.

El canario asintió.

-Lo entiendo  -se acomodó también en la cama-. Y besas bien, tampoco es un suplicio -intentó quitarle importancia con picardía.

-Pero tío no digas eso -le dio un golpe en la rodilla-. Qué  vergüenza.

A Agoney se le escaparon un par de carcajadas. Le sorprendió sentirse tan cómodo con el catalán, aunque ya hubiese decidido darle otra oportunidad antes de confirmar que, en efecto, sólo era un chico con muy poco información, sin deconstruirse, lleno de dudas. Inseguro.

Y él de inseguridades sabía.

-Raoul. Todo esto va a pasar, ¿vale? Y tú vida volverá a ser cómo antes, no cambiaste nada. Sólo estás un poco perdido. Si alguna vez necesitas ayuda o no te encuentras bien, puedes decírmelo. Cuando sea.

El catalán movió la cabeza en un gesto afirmativo y, por primera vez desde hacía tanto tiempo, no le rehuía la mirada.

-En realidad no estoy muy seguro de nada -confesó tras un resoplido-. Quiero decir, que sí que me gustan. Los chicos -se ruborizó, pero consiguió no dejar de mirarle-. Pero no sé si podría pasar de ahí, no me veo teniendo una relación así. Lo veo como algo más… -buscó las palabras, ahora sí, con los ojos en los dedos que retorcían las sábanas de la cama- ¿sexual? No imagino compartir mi vida con un hombre. Bueno y tampoco se sí podría… -volvió a mirar a Agoney, totalmente colorado, esperando que no tuviese que decirlo en voz alta, que le hubiese entendido-. A lo mejor sólo es físicamente, ver.

Tras la diarrea verbal que le entrase de pronto al menor, Agoney esperó un poco antes de decir nada.

-Bueno, eso yo no puedo saberlo -sonrió intentando transmitirle tranquilidad-, tendrás que vivirlo tú. Pero la verdad es que no lo creo, Raoul. Creo que son sólo parte de tus dudas. Y un poco de homofobia interiorizada, una parte de ti que todavía se niega a asumir que pueda ser así.

El rubio se tapó la cara con las manos y resopló con fuerza. Casi podía ver los engranajes de su cabeza trabajar. Agoney no pudo evitar las carcajadas.

-Además, nos hemos besado. Y creo que no ha sido nada desagradable, ¿no?

Claramente no, pensó Raoul.

-Supongo.

-¿Cómo supongo? -se fingió indignado y puso los brazos en jarras- Muchacho, ahora no me dirás que lo hago mal, que bien que has vuelto.

-Hostia puta Agoney.

Pero a ambos les costó poco echarse a reír.

Agoney sintió cómo ese Raoul le gustaba más. Le veía más relajado de lo que le había visto nunca, aunque en realidad sabía perfectamente lo nervioso que estaba. Deseó verle feliz. Y lo deseó de corazón. Ya se enfadaría con él entonces si seguía teniendo ideas tan antiguas. Además, parecía capaz de aprender. Ya lo estaba haciendo.

-Raoul, ¿confías en mí?

-¿Qué? -preguntó el rubio confuso.
La sonrisa de Agoney se ensanchó en lugar de perderse.

-Sólo te quiero ayudar, sacar de dudas. Te lo prometo. Si en cualquier momento quieres que me detenga dilo. Quiero probar un cosa -no parecía estar siguiéndole, le miraba intrigado-. Cierra los ojos.

Aunque perdido, Raoul obedeció y cerró los ojos. Se puso colorado. Sus hombros se tensaron cuando notó las manos de Agoney en sus mejillas.

-Tranquilo -le susurró despacio-… tranquilo.

El catalán suspiró sonoramente, dejándose acariciar. Poco a poco, se fue relajando bajo la danza de los dedos de Agoney en la piel de su rostro. En las mejillas, en la mandíbula, en la nariz. Sus labios se entreabrieron para respirar suavemente.

Su cabeza se inclinó levemente hacia atrás cuando las falanges contrarias se enredaron en los mechones que le caían sobre la frente, estirándolos hacia arriba.

-¿Bien? -se interesó el canario.

-No pares -le escuchó sonreír.

Notó cómo bajaba por su cuello, así como se acercaba a él, moviéndose las sábanas en el proceso. Raoul dio un fuerte respingo cuando sintió sus labios en la clavícula e irremediablemente abrió los ojos. La magia se rompió.

-¿Estás bien? -preguntó Agoney visiblemente preocupado.

El peninsular se limitó a asentir rápidamente varias veces y cerrar los ojos de nuevo.

Pero en lugar de regresar a su cuello, el canario rodeó su barbilla con el índice y el pulgar de la mano derecha y se lo acercó a la boca, plenamente consciente ya de que el terreno de Raoul eran los besos.

No tardó en agarrarle de la nuca y corresponderle, mucho más fuerte que antes.

Sorprendió a Agoney verse en la situación de haber pensado en alejarse ya pero que Raoul no le dejase, besándolo con intensidad, escuchándole jadear entre sus labios. A punto de echarse a reír pensando vaya con el hetero le mordió, ganándose que le clavase un par de uñas en el nacimiento del cabello, en venganza.

A penas se dieron cuenta, ninguno de los dos, de cómo estaban de pronto en posición horizontal.

Pero Raoul comenzó a sentirse incómodo: porque la agradable sensación de los labios del canario estaba comenzando concentrarse en su entrepierna y se moría de vergüenza al pensar que lo fuese a notar. Entonces lo sintió, en su cadera: el deseo contrario. La respiración acelerada. Y por un momento desconectó.

No era Raoul. No era Agoney. No eran dos chicos. No era nada. Sólo eran sus manos reposando en su cintura, sus bocas siguiéndose el ritmo y su corazón latiendo suavemente, tranquilo, como único recordatorio de que seguía vivo, pues por su cerebro ya no estaba pasando nada. No estaba pensando nada.

Pero entonces su nariz rozó con la contraria y se acordó de ella. Aitana.

-Para, para un segundo -pidió rápidamente tomando aire y apoyando una mano en su pecho con intención se separarle.

-¿Te encuentras bien? -preguntó también a duras penas.

Raoul asintió con el ceño fruncido. Sin embargo, no volvieron a besarse. Se incorporaron (Agoney tiró del catalán para sentarle de nuevo en el colchón) y mientras el mayor se pasaba las manos por el pelo y la barba, el menor intentaba alisar las sábanas con sus manos.

-Debería irme ya -Raoul se giró y le vio inclinado hacia el suelo cogiendo sus deportivas-, hoy trabajo. Y tu padre me tiene aprecio, pero nunca me pasaría una -volvió la cara hacia él y le sonrió.

-¿Quieres que te lleve?

-No, tranquilo, si vine con mi coche.

Raoul sonrió con malicia.

-¿Aquel blanco que había frente a mi puerta? ¿Cuál es?

-Uno muy viejo.

Se echaron a reír juntos.

-En realidad es de mi hermana.

-Yo tengo un hermano también -¿sí? le escuchó decir-. Pero no compartimos coche.

Agoney rodó los ojos exageradamente.

-Niño de papá.

-Imbécil -protestó golpeándole en el brazo, casi echándosele encima.

Quedándose en esa posición durante unos segundos, mirándose con una sonrisa boba, no pudieron evitar besarse.

Raoul le acompañó a la puerta, aún no había vuelto nadie a casa, lo que le daba tranquilidad. Le agarró de la mano que no sujetaba el pomo tiró de ella.

-Muchas gracias, Agoney.

-¿Por enrollarme contigo? -vio como se puso rojo y se le escapó una risa- Vale, vale, lo capto, nada de hablar de eso -se metió la mano izquierda en el bolsillo del vaquero, la derecha continuaba con la de Raoul, acariciándosela inconscientemente-. No fue nada, de verdad. Yo me alegro de ayudar.

-No estaba seguro de qué… -desvió la mirada antes de volver a clavarla en sus ojos y terminar de hablar- estuviese bien.

-Lo está.

Raoul asintió.

-Sí.

El canario sonrió ante su actitud.

-Hasta pronto, chiquitín -se despidió con sorna.

-Mamón -se quejó Raoul, cansando de las burlas habituales por su baja estatura-. Adiós.

No dijeron nada más. No tenían nada más que decirse. Agoney le robó un pico rápido antes de largarse de su casoplón.

Raoul se apoyó en la puerta, aferrando el pomo con fuerza, y dejó escapar un fuerte resoplido, presa de todos los acontecimientos. Sonrió al pensarlo. Con una sonrisa boba y un rubor expandiéndose por sus mejillas, regresó a su habitación como hacía días que no lo hacía.

Chapter Text

 

Ya estaba jodido. Y Agoney lo sabía. Porque había bajado la guardia.

El catalán en ningún momento había supuesto un problema. Tenía unas ideas totalmente diferentes a las suyas que, por muy guapo que fuera, le ponían una venda en los ojos y le hacían no notarlo. Mas Raoul lo había hecho bien, porque sólo era un niñato perdido que no tenía ni puta idea de nada... pero se estaba encontrando. Aprendiendo. Entonces la venda había caído.

Y el condenado Ricky tenía razón: porque estaba bueno. Y le había insuflado una inmensa ternura el verle así ante sus dudas. Ya no podía sacárselo de la cabeza. Se acordaba de él todo el rato, preguntándose si le habría ayudado, si podría haberlo hecho mejor o cómo seguir haciéndolo.

Ese era el motivo de que no se hubiese enfadado consigo mismo (y con Mimi) cuando finalmente decidió ir directamente a casa del rubio para ver qué pasaba con él, carcomiéndole la conciencia la idea de que fuese por su culpa: que se había abierto con él y había sonreído después del templón a llorar que se había pegado.

Aunque en cualquier momento podría dejar de parecerle atractivo, igual que en cualquier momento tendría rastros de baba por su barbilla por la velocidad que, entre risas, tomaba su lengua contra la de la joven del flequillo.

Agoney hizo una mueca y desvió (por fin) la vista de ellos. Heterófobo y bífobo a este paso, pensó el canario recordando la última vez que se había colgado de un tío con novia, pero en esa ocasión heterosexual. Esperaba que este al menos no se mandase un Luis metiéndose con él después, aunque los pasillos del instituto quedasen ya muy lejos.

Sintió cómo le rodeaban los hombros. Cuando se giró hacia allí se encontró a Mimi mirando al catalán.

-Muchacho, que ya has faltado lo suficiente, vamos, mueve el culo -le reprochó con humor-. Ya haréis vuestras heteradas luego.

La granadina comenzó a andar camino de su sala habitual, dejando a Raoul mordiéndose suavemente el labio en el hall del hotel.

-¿Qué...? -el rostro de Aitana mostraba confusión, pero el catalán no le dejó terminar y juntó otra vez sus labios con los suyos tomándola de las mejillas.

Agoney rodó los ojos y siguió a su amiga.

Raoul finalmente había regresado al sitio de reunión a la hora acordada, llegando incluso antes que otros como Ricky, y aunque habían hablado por WhatsApp después de su encuentro, Agoney se alegró de que todo pareciese volver a la normalidad. Sin embargo, esta vez Raoul no vino solo, sino que le acompañaba Aitana, la monísima (y bien vestidísima) novia del catalán, a quien había acercado al centro con el coche pero había querido despedirse tan bien de él.

No tardó Raoul en alejarse de la chica, en realidad iba sólo a dos metros por detrás del canario, metros que recorrió en un par de zancadas hasta él.

-Hola -saludó justo a tiempo de abrir la puerta antes que Agoney.

-Hola -respondió con la misma sonrisa que el rubio antes de pasar a dentro.

Ya estaba Mimi, con rollo de papel en mano y ceño fruncido, dando órdenes cuando el de Mongat dejó cerrarse la puerta y Mireya se acercó rápidamente, haciendo sonar sus tacones por el parqué, para darle besitos por la mejilla, que Raoul recibió con una sonrisa y rodeándole la cintura con el brazo.

Mireya quizá no fuese una persona que se dejase querer en seguida, pero sí con intensidad a la hora de hacerlo.

-Les estaba diciendo, Raoul -comenzó a explicarle Mimi-, que tenemos que ponernos la pilas ya y hacer todos los días todo lo que podamos porque nos queda mogollón. Hemos traído todos los materiales que hacen falta para empezar a preparar los decorados y, bueno, como me avisaste algo tarde -dijo recordando su conversación telefónica de la noche anterior-, todo lo que he podido traer para limpiar a fondo ¿el baño, no?, me dijiste.

-Sí, sí, es algo que siempre hacemos -como le había contando el equipo que organizaba aquellos eventos cuando empezaron con todo-. Es algo que se mancha mucho en las fiestas y que se utiliza muchísimo, por lo que es mejor que esté muy limpio antes de la fiesta. Se esteriliza cuando se termina una fiesta y también antes de preparar la siguiente.

La chica asintió repetidas veces.

-Vale. Yo había pensado en Ricky para hacer los decorados -en qué momento hice yo Comunicación Audiovisual, protestó el mallorquín con las risas de Agoney de fondo, bromeando sobre estar cansado de ser siempre el que se encargase de todo aquello-, pero claro, con ayuda de más. Otros dos con él y dos...

-A los baños -concluyeron a la vez canario y catalán. Se sonrieron al mirarse a la vez.

Otro par de veces se encontraron, cada uno desde un lado del círculo formado en el suelo. Habían hecho un pequeño croquis con lo que se debía hacer en cada tarea y cómo repartirlo en días. Repartir los trabajos ya fue más complicado.

-Yo puedo limpiar si quieren -se ofreció Mireya alisándose la falda con las manos.

-Sí, claro, me niego -exclamó de pronto Mimi haciéndoles dar un respingo-. Me niego a que limpiemos siempre las mujeres.

-Pero si me da igual, illa -insistió la malagueña, moviendo las manos bruscamente, consiguiendo que su coleta también diese varios saltos-. Que no es cosa de machismo, ni na, que me propongo yo, me gusta hacerlo -insistió ella.

-A nadie le gusta limpiar.

Mireya no añadió nada y tanto Ricky como Raoul lo único que hicieron fue centrar su atención en Mimi. Agoney resopló.

-Nosotros nos encargamos de los baños -se señaló simultáneamente a él y a Raoul- y ustedes hacen de pinche de Ricky, ya que quieren que él lidere el cotarro, ¿bien?

A Raoul no le hacía ninguna gracia la idea de limpiar, pero ya de perdidos al río.

Agoney empujó la puerta con el codo, mirando a todas partes con los guantes de látex puestos y un cubo de plástico con agua. El catalán le seguía, ataviado con el mismo conjunto en las manos y un par de botes de fuerte olor a desinfectante y varias bayetas en su poder.

-Qué pijos son -dijo finalmente Agoney. Raoul frunció el ceño sin comprender-. Que yo lo veo muy limpio. Si estaremos todos aquí acostumbrados a ir a baretos de mala muerte -se explicó con una sonrisa y al menor se le escapó una carcajada. Se atrevió a añadir:- ¿Entonces no te da vergüenza?

Que sacase a colación aquello que se dijesen por mensajería instantánea horas antes, haciendo referencia a cómo había esperado el canario que no tuviese dificultades para mirarle tras lo ocurrido, sino que no se arrepintiese de nada y le tratase como a un igual, debería haberle dado vértigo al traer a su mente todo, pero lo cierto es que ni se inmutó.

Bueno no, pero sólo se puso colorado.

-No.

-Me alegro. Y menos mal. Porque llegas y haces lo mismo de evitarme todo el rato y es que te capo.

Raoul no se molestó en contener la sonrisa.

-No, en realidad no -el rubio se giró a mirarle y este se encogió de hombros-. Lo entendería, cada uno tiene sus tiempos. Y su forma de llevarlo. Pero no te hagas daño, ¿vale? Tú con calma.

El catalán asintió un par de veces antes de contestar.

-Gracias, Agoney -le pasó una bayeta después de mirarla con cierta desconfianza-. ¿Te importa que no hablemos mucho de esto aquí? -añadió en voz más baja- Por si acaso -señaló la puerta cerrada.

-Claro. Tranquilo. Aunque nadie aquí va a juzgarte, Raoul. Eso tenlo claro.

-No sé.

Se le escapó una pequeña sonrisa triste unos segundos después. Agoney se acercó y llevó la mano izquierda hasta su mejilla, acariciándola suavemente. Raoul cerró los ojos y no dijo nada. El canario tampoco quería alejarse.

Sin embargo lo hizo. Porque se acordó de la joven del flequillo y él no sería quién se metiese ahí. Agoney sabía bien lo que era que te pusiesen los cuernos, Juan le había hecho ponerse de ese lado muchas veces.

-¿Empezamos? -preguntó con una fingida sonrisa cuando volvió a ver sus pupilas.

Aunque mayormente en silencio, limpiaron con alguna pequeña conversación de por medio. Todas triviales, para conocerse mejor, evitando todo lo referente al Colectivo, la sexualidad de Raoul o los besos del día anterior.

Así, Raoul descubrió que, efectivamente, Agoney era canario, de Adeje, un pueblo de Tenerife, y bromearon con que en Las torres, su zona, no había torres. Por otro lado, Agoney conoció que, aunque el catalán podría estar ya terminando la Universidad, nunca había querido acudir, puesto que no le gustaba ni quería esa vida de estudiante, recibiendo alguna vez reproches del tipo tú que puedes, ya que contaba con la posibilidad económica para estudiar que otros no tenían.

También tuvieron tiempo para algunos pequeños piques, como cuando el isleño puso la radio desde su teléfono y el catalán dio un brinco del susto al no esperarlo. Agoney estuvo al menos cinco minutos riéndose de él.

Estaba expulsando aire suavemente sobre el último espejo para borrar una mancha diminuta cuando el rubio volvió a hablar después de un buen rato de silencio.

-¿Quieres que vayamos luego a tomar algo? -se giró hacia él. Raoul sujetaba la escoba de tal manera que sus nudillos estaban blancos- Los dos solos. Todavía tengo algunas preguntas y no quiero... aquí.

Agoney sonrió, alegre por la curiosidad del menor.

-Claro.

Por la manía persecutoria de Raoul, quién no quería levantar sospecha de ningún tipo, Agoney se marchó antes que él dando un fuerte portazo a la vez que recordaba para si mismo en voz alta lo pijo que era. Pero nada más lejos de la realidad, pues entró en la cafetería que había en la calle siguiente del hotel Vázquez y permaneció en el lavabo diez minutos antes de esperar al catalán en una mesa alejada de los ventanales del local. Otros cinco minutos después, la campanilla de la puerta daba paso a Raoul.

El rubio le encontró antes de que le hiciese ninguna seña y se dejó caer en la silla frente a él.

-Mira que te haces de rogar, chiquitín -Raoul respiraba acelerado, como si hubiese llegado andando muy deprisa-, ya pensaba que me echaban por estar aquí mirando.

-Lo siento, que saliésemos juntos a lo mejor llamaba mucho la atención.

-Podría ser por lo que te pedí sobre una habitación. Aunque bueno... para Mimi esa versión no -rio suavemente. Le indicó al camarero más cercano que se acercase con un movimiento de los dedos- Por cierto, ¿lo miraste?

Pidió cada uno lo que quería tomar, Agoney sólo un refresco y Raoul una caña con un plato de calamares y es que, aunque pequeño, el canario ya estaba comprobando que era de hambre voraz.
Durante los primeros veinte minutos, la conversación se basó totalmente en el regalo de Agoney a sus amigas. Raoul le enseñó fotos de la habitación desde la página web en su teléfono y le indicó también los precios de algunas con precios similares, aunque más elevados. Se rieron cuando lo primero que dijo el catalán fue que todas incluían el desayuno de la mañana siguiente y Agoney no pudo evitar señalar cómo no dejaba de pensar en comida.

-¿Se lo vas a regalar con Ricky? -negó con la cabeza- Pues entonces colaboro yo también.

-No -dijo tajante mientras jugaba con un sobre de azúcar que había sobre la mesa-, se lo voy a regalar yo. Porque es mi mejor amiga.

-Pero aunque no sea cara, ya dejas tu sueldo por la fiesta -le recordó Raoul, ante lo que Agoney frunció el ceño-. El hotel es de mi padre, sé las condiciones que puso.

-Bueno, pero no es asunto tuyo -reprochó el canario poniéndose a la defensiva-. Tengo unos ahorros. Además, no es como si tuviese un sueldo impresionante, por algo más un mes...

Agoney agachó la cabeza, apretando más fuerte el paquetito dulce.

-Pues por eso, ¿no? No sé cuánto cobras ni te lo voy a preguntar, pero joder si tampoco es demasiado no vas, además, a gastarte una pasta en regalarles una habitación. Si es que ya lo estás haciendo es suficiente regalo, Agoney -soltó todo de carrerilla, tan rápido que llegó a pensar que a lo mejor ni le había entendido.

Pero le había entendido, claro que sí, y le habían dado unas ganas tremendas de besarle. Se obligó a pensar con la azotea y no con la bragueta.

-Es mi mejor amiga, Raoul, ha hecho mucho por mí. Desde que llegué. Se lo merece. Está currando muchísimo por Ana, le gustará mucho, no se lo esperará. Así se las devuelvo todas.

-Pero los favores no se pagan con dinero. Si no qué, ¿te pongo un piso? Porque tú me estás ayudando un huevo.

El rubio dio un golpe en la mesa que le hizo encogerse a él mismo al creerlo más silencioso.

-Curioso que precisamente tú critiques el dinero -espetó el canario

-¿Por qué? ¿Porque lo tengo? Yo no he hecho nada para ello, Agoney. Nací ya con pasta, mi familia ha hecho mucho dinero, por el que mi padre ha currado mogollón, por cierto, yo nunca he movido un dedo. Llevo veintiún años siendo un puto inútil que no ha movido un dedo y al que se lo han dado todo hecho. ¿Crees que es fácil que tengas decidida toda tu vida desde el principio? Tengo trabajo asegurado, pero no que me vaya a hacer feliz.

Raoul calló de golpe, dándose cuenta de su propia verborrea, y desvió la vista al techo, apretando las manos hasta que le dolieron los nudillos. Notó cómo envolvían una de sus manos con otra y se relajó inmediatamente. Miró a Agoney, temiendo que se enfadase con él por que todo le pareciesen gilipolleces.

-Perdona, tiré mucho de topicazos -el canario resopló de forma exagerada. Le acarició inconscientemente y frunció el ceño-. No pensé que no resultase... sencillo.

El catalán le dio la vuelta a su mano capturada, de forma que sus dedos se rozaron. Los entrelazó.

La sonrisa de Raoul salió ladeada.

-El dinero no da la felicidad.

-Esa sí que es una frase tópica -se echaron a reír-. Perdona -insistió.

Raoul hizo una mueca que desconcertó a Agoney. ¿A este qué le pasa ahora?

-¿Te has dado cuenta de que disculpándote te sale más el acento canario y dices perduna en lugar de perdona? Con u.

Le iba a matar.

En realidad Agoney quería saber más de esa parte de Raoul que había salido a flote, de esos "problemas de ricos" que él no conocía, él, que siempre había sido clase obrera, su familia siempre había trabajado mucho, pero para otros, no cómo jefes. Le intrigaba especialmente después de ese denominarse inútil. De insistir en la preocupación de ser infeliz aunque comiese caliente. Pero tampoco quería forzarle más.

Iba a cambiar de tema, desviar la conversación, pero no le dio tiempo.

-No sé si debería salir del armario -lo soltó de golpe, a bocajarro, y Agoney vio cómo toda su atención estaba en el salero de la mesa-. ¿Tengo que hacerlo? -levantó la mirada a su ojos.

La infinita inocencia de Raoul, así como pareciese creer que existía una manual LGTB que seguir a rajatabla, llenaba a Agoney de ternura, pero también de dolor al comprobar la mentalidad del chico, ver que realmente estaba así de confuso y mal informado.

Negó tajantemente.

-No si no es lo que quieres, no es una obligación, ni te hará más feliz ni más libre. Eso son gilipolleces que nos meten en la cabeza. ¿Qué libertad te va a dar si tu entorno personal no te acepta, aunque no haya nada qué aceptar? Si va a ser peor para ti, no lo hagas -dio un gran trago a su bebida con burbujas antes de continuar- Claro que todo es mejor cuando eres tu mismo y no ocultas nada, pero si estás rodeado de personas que también te hacen feliz. Esconderse es una mierda, pero diles tú a los de Uganda que salgan del armario si les pueden condenar a pena de muerte.

Vio como Raoul tragaba saliva. Le apretó los dedos con fuerza, recordando que estaban entre los suyos.

-Lo que hay que hacer es luchar para que rompamos los armarios de una puta vez -buscó la mirada castaña del peninsular-. ¿Tú quieres hacerlo?

El rubio tardó unos segundos en comprender a qué se refería.

-No.

Agoney asintió, sabiendo perfectamente que esa era la respuesta debido al miedo con el que había preguntado si tenía que hacerlo.

-Pues no hay nada malo en ello, Raoul. Todo es cuestión de tiempo. Tómatelo -el catalán hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. El canario soltó su mano y le dio un golpecito en la nariz con la yema del dedo índice que le hizo pestañear-. ¿Cómo vas a salir de un sitio si apenas descubriste que estás en él? -intentó bromear con una sonrisa que el contrario pronto devolvió-. Pero de verdad chiquitín, no corras, no hace falta correr, piensa sólo en ti y no te hagas daño. No tienes que llegar mañana en la cena y pedirle a tu madre que te pase la sal para después soltarle que eres bisexual. Porque, no conozco tu situación, pero imagino que no será tan fácil. No suele serlo.

-¿Cuál fue la tuya? Tu situación -aclaró después, preguntando sin estar seguro de hacerlo o no-. Porque... tú estás fuera del armario, ¿no?

Se calló sus ganas de aconsejarle no preguntar eso así como así, por si para la otra persona había sido duro, no remover el tema.

-A mí me fue bien. Bueno, en lo familiar. Yo no llegué a decir nada especial realmente. Siempre actué con bastante naturalidad -se encogió de hombros-. Mis padres me aseguraron desde pibe que tenía que ser feliz y disfrutar de mi vida. Y mi hermana... qué decir de ella, es más parte de mí que nada, la quiero con locura -pero entonces su sonrisa se ensombreció-. En el instituto ya no fue tan bien, allá en Tenerife. Algunos compañeros se metían conmigo, en el pasillo sobre todo. Y nadie hizo nunca nada -dio un golpe sobre la mesa con cada palma-. Los profesores lo llaman cosas de niños en lugar de acoso escolar y homofobia. ¡Pero no pasa nada eh, no pongas esa cara! -esbozó una sonrisa-. Además, luego vinimos acá a la península y con Mimi todo fue más fácil. Y con más compañeros. En Málaga nunca tuve problemas en el aula, más suerte, supongo.

Agoney dio un nuevo sorbo a su bebida, bajo la atenta mirada de Raoul que, con gesto serio, parecía no saber qué decir.

-Jo, Ago, muchas gracias por contármelo.

El canario no pudo evitar echarse a reír, primero casual después nerviosamente. Qué mono es el capullo, pensó, parece un niño.

-Me asusta mucho la reacción de los demás, Agoney -sus ojos estaban perdidos en sus dedos, hasta que llevó uno hasta sus labios y comenzó a mordisquearse la uña-. Es miedo y vergüenza también. ¿Cómo se dicen estas cosas? Me aterroriza mi familia, creo conocerles, pero no tengo ni idea de cómo actuarían. Y Aitana, porque es mi pareja joder, la quiero, llevamos años juntos y ahora sería como si realmente no me conociera -dejó ambas manos sobre la mesa, dándose cuenta de que el isleño podría no entenderle-. También Mireya porque... es como para ti Mimi, siempre ha estado a mi lado, en todo, no podría perderla, es de lo mejor que tengo, si se alejase de mí...

-¿Mireya? -preguntó Agoney enarcando una deja, confuso ante la posibilidad que el rubio estaba planteando.

Raoul le miró igual que él.

-Claro, porque es de lo mejor que... -comenzó a repetir, sin seguir, sólo para recordárselo, como si creyese que el otro había olvidado ya las palabras que pronunciase apenas unos segundos antes.

-¿En serio dudas que Mireya...?

-Hombre quiero pensar que no, porque también me aprecia un montón pero... -se calló. Agoney no hablaba de eso. ¿Entonces de qué hablaba?

A Raoul le faltaban piezas del puzle.

-¿De qué conocéis a Mireya?

Agoney notó cómo se le secaba la boca. ¿Realmente no sabía nada? Carraspeó para aclararse la voz.

-Creo que es mejor que eso te lo cuenta ella.

Raoul frunció el ceño primero, después enarcó una ceja. Intentó leer su expresión, porque realmente no entendía nada de aquel secretismo. Mireya qué era, ¿capo de la droga, ellos sus mejores clientes y Raoul no sabía nada o qué?

Pero se le olvidó todo cuando Agoney le miró de nuevo, tras mirar la pantalla de su móvil, con una gran sonrisa.

-¿Nos vamos ya? Tengo que ir a trabajar -se levantó y comenzó a colocar la silla-. Aunque no cobre, ya sabes -se le escapó una risilla-. A la próxima toca café, me pirra el café, e invito yo. Que no me diste tiempo ni a sacar la cartera, capullo.

El catalán suspiró con resignación antes de imitar al otro levantándose.

-¿Café y bayetas para mañana, entonces? -bromeó Raoul, con un juego de palabras en el que las galletas se sustituían por su tarea de limpiar.

Agoney no evitó una carcajada sarcástica y golpearle en el pecho al pasar junto a él hacia la puerta.

-Muy gracioso, mi niño -escuchó que le decía, a la vez que la campanilla y el leve frescor de la calle llegaban hasta él-, a ver si lo encuentras tan divertido cuando cambiemos los trapos de los grifos por las escobillas del váter.

Aunque sabía que aquel apelativo era para el canario como el mi alma de la malagueña, no puedo hacer que su cerebro no se estancase en él y casi no se enterase de lo demás.

El camino de vuelta al hotel fue muy distinto al que emprendiesen semanas antes hasta el hogar de los Vázquez en el coche del menor, esta vez no callaron un momento. Raoul se interesó por saber cuándo el tinerfeño había sabido que le gustaban los hombres, ya que había mencionado sus problemas en el instituto y le sorprendió saber que había sido tan pronto, casi aún en la preadolescencia, habiéndola pasado ya él cuando lo notó. Agoney le aseguró que era totalmente normal, así como le preguntó por su llegada a Andalucía, aunque esa historia se vio inconclusa por la llegada al aparcamiento del hotel, donde decidieron separarse.

Agoney metió las manos en los bolsillos y se recostó contra el coche del catalán con una sonrisa mientras este buscaba la llave del automóvil.

-Pues hasta aquí llegamos -murmuró con voz dulce. Raoul dio con el pequeño rectángulo de color negro-. Por aquí dejé mi firmita yo -recordó juguetón señalando la carrocería, aunque el destrozo fue en el lado contrario.

El rubio rodó los ojos con un sonoro resoplido y se colocó igual que él. A Agoney se le escapó una sonrisa que se forzó a ahogar mordiéndose el labio. Pero sí se permitió pensar en cómo le gustaba el catalán tras la tarde juntos. Se colgó de lo guapo que era cuando le seguía una broma, de lo adorable cuando preguntaba dudoso y ruborizado y de lo bueno que podía ser con sus ganas de aprender y corregir.

Agoney sonrió con más ganas cuando se separó del automóvil, tras unos minutos aguantándose la mirada en silencio después de que Raoul le llamase mamón.

-Me voy -sin detener su gesto alegre ni esperar respuesta, giró sobre sus pies para poner marcha al hotel, pero el hijo de su jefe le frenó rodeando sus dedos con los propios y tirando de él.

Al soltar el aire con su giro, su aliento golpeó los labios contrarios así como sus narices se rozaron. Sus ojos se encontraron, abiertos frente a frente más cerca que nunca. Agoney repasó los diferentes colores y motas de sus iris. ¿Qué es poesía?

La mano que no mantenía sujetos sus dedos subió hasta su mejilla y repasó la barba justo antes de inclinarse hacia él, enlazándose sus labios a la par que se cerraban sus párpados. Raoul dejó llegar la osadía que llevaba espantando el canario toda la tarde. También se había estado conteniendo.

Y, extrañamente, Agoney fue capaz de hacerlo una vez más.

Apoyó ambas manos en su pecho, tras alejarse de la cálida y suave piel de sus dedos, y le empujó suavemente, apartándole de él, pero dejándole lo suficientemente cerca como para que sus labios rozasen su mejilla, sin llegar a tocarla, cuando giró su cara.

-Para -su voz vibró en su oído y le erizó la piel más cercana-. Aitana -susurró ante la notable confusión del menor, que pareció despertar ante aquella mención, tensándose de pronto-. Tienes novia -como si no lo hubiese recordado ya; sintió como apoyaba la frente en su hombro-. Y yo sé bien lo que es que te hagan esto.

Agoney se alejó entonces de él y Raoul pudo ver cómo tenía los ojos vidriosos. Pero se quedó clavado en sus palabras y quiso que le contase esa historia. Y muchas otras.

El canario le rodeó las mejillas con sus manos y le besó en la frente.

-Nos vemos mañana -masculló Raoul en un hilo de voz, quién sentía la necesidad de decir algo.

Esperó hasta que le vio desaparecer dentro de aquel edificio de dieciséis plantas, sólo entonces se dejó caer en el asiento del conductor, donde se tapó la cara con una mano, para después apretarse el puente de la nariz con ella. Suspiró sonoramente y recostó la cabeza contra la suave tapicería.

Quería tanto a Aitana, de verdad que estaba enamorado de ella (o al menos lo había estado durante los últimos seis años), pero cada vez que estaba cerca de Agoney parecía olvidársele. La atracción que sentía hacia él había estado ahí prácticamente desde el principio, ya percibiendo su increíble físico la primera vez que le vio, haciendo renacer aquellas dudas que arrastraba desde poco más de primeros de años, pero es que con el paso del tiempo estaba empezando a intensificarse. Le había visto trabajar duro para la felicidad de Mimi; reírse con Ricky de cualquier tontería; preocuparse por él. Bailando como un loco en la discoteca después de haber contando en la cena, más irritado que un gremlin mojado, cómo un hombre había dicho en la consulta veterinaria que le cortaba el rabo a los cachorros de su perra porque esa raza eran muy feos con él.

Y ya no sólo le atraía su cara o los centímetros de piel que podían llegar a verse si el canario movía de determinada forma un brazo, descolocando su camiseta, sino lo buena persona que era, haciéndole querer serlo también.

Raoul abrió la puerta del vehículo de nuevo y salió fuera, dispuesto a entrar en el restaurante y, tras escuchar a Agoney cantar, hablar con él cuando terminase, para pedirle disculpas por lo que acababa de pasar, no sintiéndose cómodo con lo ocurrido. Le preguntaría también si podían hablar, aunque fuese en otro momento. Quiso darse de cabezazos contra el capó del coche.

La ráfaga de aire fresco que le golpeó en la cara al entrar en el hall del hotel hizo que sus hombros se destensasen, así como sus pensamientos de despejasen, ya que ahora todos se habían centrado en lo mismo: Aitana. Debería hablar con ella. ¿Pero qué le iba a decir? ¿Qué estaba enamorado de ella pero cuando no estaba delante se moría por besar a otrO?

Una voz, siempre agradable, le llamó:

-Vázquez.

Thalía le miraba con una sonrisa desde el otro lado del mostrador cuando levantó los ojos de los finos azulejos. Se acercó a ella esbozando una también.

Se saludaron con un par de besos en las mejillas, siempre cariñosos entre ellos.

-Pasa por aquí si quieres -sugirió señalándole por donde llegar hasta ella para hacerse compañía.

-¿Hoy estás de noche? -preguntó haciendo lo que la chica le había dicho. Esta asintió suavemente.

-Sí, hoy me toca. Y mañana y pasado también -terminó de teclear en el ordenador y cogió uno de los sobrecitos de colores que tenía en el cuenco junto a ella-. ¿Un caramelo?

A Raoul se le escapó una enorme sonrisa sincera, como siempre que la tenía cerca.
Se negó al dulce pero movió el taburete vacío al otro lado del mostrador de recepción.

-Pues me lo como yo -ambos se echaron a reír mientras la castaña abría el papel y sacaba el caramelo circular-. En realidad me gusta estar aquí -confesó jugando con el envoltorio-, esto está muy tranquilo por la noche, puedo leer tranquilamente, por ejemplo -se giró hacia él-. Sólo a veces me siento un poco sola -rio-. Me gusta el contacto con la gente, sobre todo cuando están felices ante sus vacaciones.

Raoul se quedó mirando a Thalía durante unos instantes, y ella a él, antes de sonreír.

-Qué mona eres -volvieron a reír y ella le acarició el pelo con cariño.

Comenzó a sonar el teléfono de recepción, haciendo que cesase las caricias y Raoul se reclinase sobre sus brazos en el mueble. Thalía respondió a la llamada.

Ante aquella situación en la que ya no conversaba con la joven, los pensamientos de Raoul volvieron al camino anterior, regresando a Agoney y Aitana, Aitana y Agoney. Toda la tarde con el canario pasó por su mente. Ojalá pudiese dejarse aconsejar, hablarlo con alguien más que Agoney.

Ojalá pudiese contar con Mireya. Mireya, la que lo sabía todo de él, a la que le podía confiar todo, que a veces era amiga, hermana y madre a la vez. No quería perderla, no podía perderla. La malagueña sabía tanto sobre Raoul, que este temía decepcionarla ahora. Ser otro para ella, de una forma que no conocía después de toda la vida a su lado. Le juzgaría. Y a Raoul le daba pánico que pudiesen juzgarle.

Su mirada viajó a Thalía, que dejó el teléfono sobre el caro mueble de madera segundo después.

Al catalán se le aceleró el corazón y una extraña mezcla de valentía y nerviosismo se apoderó de él. Pero era ahora o nunca.

-Thalía.

-Dime, cariño -respondió sin despegar los ojos de la pantalla, donde tecleaba un mensaje de acuerdo a la llamada recibida.

Raoul tragó saliva, una vez, dos, tres. Contó hasta cinco siete veces. Otro par de ellas hasta diez.

-¿Hmm? -insistió la recepcionista, todavía sin mirarle.

-Soy bisexual.

Su voz fue un murmullo bajo y tembloroso, tanto que creyó que Thalía ni siquiera le debía haber oído. Pero entonces dejó de teclear, aunque no se movió.

-Y, y, eres a la primera persona que se lo cuento pero tenía que decírselo a alguien -explicó el rubio, esta vez más alto, con la mejillas ruborizadas. Sin embargo, volvió a bajar el volumen-. Me gustan las chicas pero también los chicos y sabía que tú no me ibas a juzgar, porque casi ni te conozco, pero tú eres buena con todo el mundo. Y Mireya es mi mejor amiga, pero...

-Raoul tranquilízate -pidió Thalía en un murmullo, tomándole de los antebrazos, otorgando un poco de calma a la diarrea verbal que comenzaba a salir del catalán, quién además hablaba cada vez más deprisa-, si ya casi no te estoy entendiendo -rio con dulzura, acariciándole sobre las mangas de la camisa antes de abrazarle-. Gracias por contármelo, Raoul.

El chico rodeó su espalda con los brazos y se permitió respirar, profiriendo un gran resoplido.

-¿Te encuentras mejor ahora? -preguntó suavemente y supo que lo decía por habérselo contado, no por su abrazo.

-Sí -admitió antes de abrazarla más fuerte y dejar salir un sollozo.

-Oh, Raoul... -le acarició el nacimiento del cabello, pero él se separó rápidamente y se frotó los ojos.

-No, más llorar no -sorbió por la nariz y miró a su alrededor, casi habiendo olvidando dónde se encontraban. Resopló con ganas, notando cómo su pecho se vaciaba de aire-. Dios.

Escuchó a Thalía reír. La chica se alejó un poco de él y se acercó a su bolso, de dónde sacó una caja con gominolas, colocadas en forma de círculo y unidas por pequeñas varillas de colores. Se la puso delante.

-Esta vez no acepto un no por respuesta.

Ambos rieron y comieron gominolas tranquilamente durante un rato, hablando de los pocos momentos que recordaban juntos, aunque fuesen bonitos.

Cuando apenas quedaban dulces y también habían bebido ya un par de vasos de agua cada uno, Thalía le cogió la mano y se la acarició suavemente.

-¿Pero estás bien? No hace falta que te diga que no es nada malo, ¿verdad? -le miraba con cierta preocupación mientras Raoul notaba sus dedos en sus nudillos. Negó con la cabeza y sintió que Agoney estaría muy orgulloso de él.

-Sólo... joder, necesitaba... tenía que soltarlo, ¿entiendes? -la castaña asintió, con una sonrisa de comprensión- Y no sé, nos llevamos bien pero, como casi no nos conocemos, ¿por qué no hablamos más?

Thalía rió ante lo serio que lo había preguntando Raoul, como si realmente fuese algo que le intrigase.

-Bueno, sólo soy una trabajadora, la gente se suele olvidar de mí -admitió sin perder la sonrisa, cosa que hizo Raoul.

Le dolió pensar que quizá tenía razón.

-Yo al menos estoy de cara al público -dijo señalando hacia el frente: estaba nada más entrar por la puerta y debían hablar con ella-, a mí me dan las gracias y los buenos días, aprecian mi sonrisa y buen humor. El pobre Juan Antonio sí que es el gran olvidado de todos nosotros. ¡Y si no fuese por él no disfrutarían de un montón de comida riquísima! Pero como nadie le ve... -se encogió de hombros, con una sonrisa triste.

Raoul se sintió fatal cuando se dio cuenta de que él ni si quiera sabía de quién le estaba hablando, aunque estaba claro que aquel gran edificio de dieciséis plantas no ser lo mismo sin él. Se apuntó mentalmente el ir un día a la cocina y agradecerle en persona su trabajo.

-Lo siento muchísimo Thalía, si alguna vez te has sentido mal por mi culpa... -pero no le dejó terminar, negando con la cabeza con su misma sonrisa sincera de siempre.

-No te preocupes, Raoul.

Se abrazaron de nuevo y el rubio volvió a asegurarse de hacerle saber todo el bien que hacía, tanto a él en ese momento, como siendo buena en su trabajo, siempre entregándose al máximo.

-Por cierto... ¿a qué habías venido al hotel? -se interesó Thalía cuando se separaron.

Él sólo le quitó importancia con la mano, diciéndose que ya hablaría con Agoney, que ya no le quedaban fuerzas, emocionalmente, después de lo intenso que había sido el día. Por ello, conversó de nuevo un rato largo con Thalía, intercambiaron sus teléfonos con intención de continuar en contacto y poder tener una relación más estrecha, y se fue de allí, dirigiéndose de nuevo a su coche para volver a casa.

Cuando se hubo sentado de nuevo frente al volante, cerró los ojos y dejó escapar una gran sonrisa, mezclada con una risa. Se sentía bien.

Antes de arrancar el motor, notó cómo le vibraba el móvil en el bolsillo. Lo desbloqueó y vio que era un whatsapp de Thalía. Sonrió antes incluso de llegar a abrirlo.

Te acabas de ir y ya te echo de menos por aquí :c

Se echó a reír con su mensaje, pero se calló despacio cuando al salir de la conversación vio cerca el contacto de Agoney. Hablaría con él al día siguiente, pero no quería marcharse con las manos vacías ahora que su corazón estaba lleno de felicidad.

Ago lo siento, lo de hace un rato , no sé qué me pasa contigo. me gustaría que hablásemos mañana. En realidad lo necesito, porque estoy muy perdido. Perdona (con u)

Y lo envió.

Esperaba que no se tomase lo último como una ofensa, sino como la broma que buscaba ser. Pero no era lo único que le hacía dudar.

Presionó el mensaje y miró dos de los iconos que salían: el que le daba la opción de borrarlo y el que hacía que simplemente dejase de seleccionarlo. Finalmente, y tras un largo suspiro, pulsó el que consideró más adecuado.

Chapter Text

La suave caricia que Álvaro le dejó en el hombro, de repente, mientras veían un programa de entrenamiento tirando a malo en la televisión, le hizo levantar la mirada hacia él, que la rodeaba con un brazo y ya le regalaba una sonrisa. Mireya se la devolvió y se acurrucó un poco más contra él.

Se conocían de toda la vida, gracias a Raoul y la amistad nacida entre ambos, aunque no había sido hasta dos años atrás que comenzase su relación. Y gran parte de culpa la había tenido el rubio ya mencionado, puesto que había metido a Álvaro en más de una conversión cuando no tocaba sólo para hablarle de él. Igual que los primeros pasos de acercamiento tomados por el hermano mayor (eternamente colgado de Mireya), habían precisado de su ayuda: que sí ha estado en nosédónde y se acordó de ti cuando vio esto; que si le podrías dar consejo para ayudar a una amiga; que si te sienta genial ese peinado; que si te apetece ir a tomar algo y hablar un rato.

Y después llegó el descubrimiento del año: las cintas. Mireya adoraba las cintas viejas. Tenía en su cuarto una cadena de música de hacía décadas sólo para ponerlas. Álvaro aprendió a grabarlas para poder dejárselas el uno al otro, fingiendo que las tenía por casa porque eran de sus padres de jóvenes, como las de la chica. También hizo varias cintas para ella, con canciones que sabía que le encantaban.

A nadie extrañó que finalmente se declarase mediante uno de aquellos objetos: a mitad de la cara b, entre una canción de Alejandro Sanz y otra de Malú, intercaló una pista de audio confesándole que llevaba años gustándole, pero que ya podía decir que estaba enamorado de ella.

Le dolió decirle que sí no sintiendo exactamente lo mismo.

Cómodos y relajados ante la compañía contraria, apenas se movieron al escuchar la puerta de entrada abrirse, ya que estaban demasiado amodorrados en el sofá. Fue Mireya la primera en girarse hacia el pasillo, conocedora ya de esa forma de caminar, identificando al dueño de los pasos: Raoul no tardó en plantarse allí.

Se sonrieron de forma breve y la malagueña notó cómo las mejillas del rubio se coloreaban suavemente y desviaba la mirada. No quiso darle importancia, pero lo hizo.

-Qué tarde llegas -preguntó extrañado Álvaro, dejando salir su lado más protector-. ¿Dónde has estado? Hace rato que te esperaba ya por aquí. Cenamos sin ti.

Raoul sólo se encogió de hombros.

-Me entretuve, nada más -hizo un movimiento con la mano que indicaba que no era nada-. Me encontraré con un compañero de clase. ¿Estáis solos?

-Que va, el papa anda por ahí, viendo la tele en el dormitorio creo. Mamá si ha salido, con sus amigas a cenar. Y nosotros pues aquí -sonrió a su novia de la forma más dulce posible-, pasando el rato. Como tengo ahora un par de días libres…

Álvaro había sido muy diferente a Raoul en cuanto a lo académico. Al mayor de los hermanos se le daba todo muy bien, era un alumno brillante y quiso continuar estudiando. Se graduó en Economía y, como era bueno, pronto comenzó a trabajar como contable para una empresa dedicada a la producción de materiales deportivos allí en Málaga. Ya tenía así decidido su futuro, el que había querido, lo que llevaría a que, como Álvaro se había buscado otro camino gracias a sus estudios, fuese Raoul, el hijo sin vida definida ni formación más allá del título de Bachiller, el futuro heredero del hotel familiar cuando su padre considerase adecuado retirarse.

Mireya reprochó mentalmente a su pareja que mencionase su trabajo. Sabía bien el miedo de Raoul ante lo que le deparaba la vida en cuanto a lo laboral, sabiendo que mucho tenía que cagarla como para que no le fuese bien con el hotel, puesto que ya estaba bien posicionado (varios años ya cargando a sus espaldas el título del mejor de Málaga) y prácticamente todo hecho. A diferencia que su padre de joven, no tendría que empezar desde abajo, sería directamente el jefe, sólo tendría que dirigir. Pero a Raoul le atemorizaba no sentirse realizado con ello, sentirse un inútil toda su vida. No creía poder ser feliz sintiéndose así. Sólo el hijo de.

-Guay… -fue todo lo que dijo Raoul, notablemente incómodo. Además, Mireya notó que no tenía demasiadas ganas de estar ahí- Me voy a ir a la cama ya, estoy bastante cansado. Os dejo.

Se acercó y dejó un beso en la mejilla de cada uno, siendo ambos correspondidos rápidamente  (el de la chica más sonoro).

Mireya devolvió la atención a la pantalla, donde la presentadora apenas era un objeto que lucir modelito. Le hizo acordarse de Mimi y Agoney, parecían haber sido siempre así. De espontáneos, de naturales, de reivindicativos.

En esos pensamientos estaba cuando notó que el semiabrazo de Álvaro había aflojado su fuerza. Le miró de reojo y comprobó cómo continuaba mirando hacia el pasillo. La malagueña se dio la vuelta para mirarle, entonces se escuchó una puerta en la planta de arriba cerrándose y el hermano del dueño de aquella habitación se recolocó en el sofá quedando de frente a su novia.

-Le paso algo -estaba serio. No era una pregunta, sino una afirmación-. ¿Tú sabes algo? Lleva un tiempo muy raro.

Y Mireya sintió su corazón encogerse al responder de forma totalmente sincera.

-No lo sé -desvió la mirada hacia sus pies, cubiertos con unos calcetines blancos con topitos rosas y en regazo de Álvaro, quién se dedicaba a acariciarlos con la mano que no reposaba sobre su hombro. Se le escapó un sonrisa, aunque duró poco al volver a Raoul-, también lo he notado, pero no me ha dicho nada. Te lo juro.

-Es que aquí atrás hubo algunos días que le vio también muy despistado, pero bueno, supuse que sería por lo del hotel -comenzó a enredador sus dedos en su cabello casi sin darse cuenta-. Ya sabes que al empezar el año formalizó mi padre los papeles para que en futuro quedase el negocio a su nombre -Mireya asintió, notando un nudo en la garganta-, pero se le pasó, así, no sé -se encogió de hombros-, pero es que últimamente no entiendo nada. Bueno, hasta ayer no salía casi ni de su cuarto. Que cuando llegué de estar contigo casi me da un chungo al verle en la cocina, pero digo, este de dónde se ha caído.

La rubia rió sin poder contenerse y a él se le escapó una sonrisa. Una nueva caricia sobre su  pie le hizo dar un respingo y mirarle amenazante. Álvaro empezó a reír a carcajadas.

No me lo merezco.

-Si te comenta algo dímelo por favor -no dejó que Mireya llegase a reprocharle-, sólo para que no me preocupe, Mireya. Lo importante, si es grave. No sé, es mi hermano pequeño, me preocupa. No hace falta que me cuentes todo lo que te confíe sólo… si es importante.

Mireya le acarició la mejilla.

-Seguro que no es nada -quiso asegurarle-, ya verás cómo se le pasa. O nos lo cuenta. Tú, tranquilo.

Se arrimó a él y le dio un beso en mejilla. Álvaro se giró y buscó sus labios. Ambos jóvenes se acercaron más al cuerpo contrario y, mientras que ella mantuvo sus dedos en su cara, sin moverlos, él paseó los de una mano por su cabello rubio y los de la otra por su muslo descubierto por la falda.

-¿Te apetece que nos vayamos unos días tú y yo por ahí? -sugirió el catalán a centímetros de su boca, ahora húmeda pero de carmín intacto, rozando su nariz con la ajena- Estoy de vacaciones y a lo mejor a tus padres no les importa que les dejes solos en el bar sólo unos días, ¿no?

-Mmm, no les gusta demasiado no tenerme por allí  -bromeó riendo. En realidad era su familia la que a veces animaba a la joven a salir. Les ayudaba muchísimo-. Además ahora estamos con lo de la fiesta… -Álvaro asintió, dándole a entender que sabía de lo que hablaba, que no requería más explicación- ¿y si las dejamos para más adelante? Sueles tener varios días de descanso, ¿no?

Álvaro volvió a asentir, sin dejar de acariciarle el cuello con la punta de los dedos.

-Tengo unas ganas de que llegue ya la fiesta esa -confesó con una gran sonrisa-. Te estás implicando tanto que casi no te veo el pelo, guapa –le revolvió dicha zona, haciendo que se ganase una cara de reproche-. Eres tan trabajadora siempre... me asusta pensar que no se aprecie eso.

Se ganó un beso en los labios por parte de la rubia.

-No te preocupes –le cogió la mano y se la apretó-, yo soy feliz así. Me hacer sentir cómoda ayudar. Y en esta ocasión estoy hasta invitada a la fiesta así que –se encogió de hombros-. También la disfruto.

-¿Son muy amigos tuyos? Nunca te había oído hablar de ellos –se interesó el mayor recolocándose en su mullido asiento, hasta finalmente tumbarse y apoyarse en el regazo de su novia.

Mireya le quitó importancia con la mano.

-Amigos de amigos, ya sabes -empezó tocarle suavemente la cara-. Pero como metí a tu hermano en el lío, pues colabora. Si no vaya marrón le dejo –se le escapó una risa al chico y ella sonrió. Se preguntó si se reía por imaginar a Raoul sólo ante aquello (como un enanito gruñón), por su forma de decirlo o simples cosquillas sobre su piel-. No deja de hacerme favores. No sé qué haría sin él.

-Curioso... porque él dice lo mismo de ti –la miró a los ojos y ambos sonrieron.

Se mantuvieron las miradas hasta que Álvaro, el primero en rendirse, se incorporó y le dio un suave beso en los labios. Se puso en pie y comenzó a recoger los restos de haber cenado viendo la tele que reposaban sobre la mesa, sin darle la opción de hacerlo a su novia. Esta se abrazó así misma mientras lo hacía, intentado recuperar el calorcito que antes le daba el mayor de los Vázquez.

La malagueña se quitó los calcetines cuando vio al catalán recoger el último cubierto y los guardó dentro de las zapatillas de andar por casa que tenía cuando pasaba los ratos en aquella casa. Se estiró para coger sus tacones.

-Creo que ya es hora de que me marche, niño -ajustó la tira del zapato-, ya es tarde y –se le escapó un bostezo que no la dejó terminar; se echó a reír nerviosamente-. Coño, ya no sé qué iba a decir.

Álvaro negó con la cabeza divertido. Vaya cuadro, reina parecía estar pensando.

-Puedes quedarte a dormir si quieres –le ofreció. Sí, a dormir, pillo, pensó Mireya riéndose en voz alta de su propio pensamiento-. Que tus padres no son como los de Aitana –se le escapó una sonrisa pícara.

-Oye –le reprochó, aunque estaba sonriendo igual-, que no veas tú como un día tengan un susto que risas. Te quedas sin hermano y yo sin amigo -Álvaro no aguantó más la risa-. Bueno si es que en verdad sólo con que les pillen un día solos ya les podemos dar por muertos –su sonrisa ya llegaba hasta sus ojos.

La familia de la del flequillo siempre había sido especialmente tradicional. Si bien ya llevaban juntos seis años, su padre parecía no terminar de tragar a Raoul aún. Y no por nada, claro: por robarle a su niña, gran argumento de peso.

Además, Aitana seguía teniendo un toque de queda relativamente temprano (especialmente si sabían que estaba con él), cosa que siempre hacía reír a Mireya, como si no pudiesen follar de día los chavales. Cada vez que Raoul salía pitando porque Aitana le mandaba un mensaje diciendo que estaba sola en casa su amiga se meaba de la risa.

-Declinaré la invitación por hoy -finalizó Mireya poniéndose su rebeca por encima de los hombros.

-¿Te llevo? Me siento más tranquilo que esperando que me envíes un whatsapp para decirme que has llegado bien.

La malagueña le sonrió con dulzura antes de besarle en los labios. Sabía cómo se sentía, le pasaba lo misma con sus amigas cuando sus calles para volver a casa eran distintas.

-Vamos.


Nuevos besos cuando Álvaro aparcó en doble fila frente al piso de la rubia, a quién acariciaba la mejilla mientras esta repartía caricias con sus labios por su cara.

-Hasta mañana, futbolista -bromeó ella como siempre haciendo relación a su gran afición por el deporte rey.

-Hasta mañana, cariño.

Posiblemente los Vázquez fuesen lo mejor que le había pasado después de quererse así misma.

Su relación con Álvaro podría ser de lo más sana y bonita si ambos se quisieran con la misma intensidad, pues se trataban con tanto cariño y respeto el uno al otro que era imposible no sentirse cómoda cuando estaban juntos. Ambos buscaban la felicidad del otro sin olvidar la propia y eso era tan bonito. O por lo menos así lo veía Mireya.

Por eso nada más recabar en su habitación y terminar de ponerse su pijama favorito, el gordito morado, se sentó sobre la cama con el álbum de fotos en el que se encontraban muchos recuerdos bonitos que había tenido la suerte de haber inmortalizado.

-Madre mía, Raoul, qué cuadro -no puedo evitar decir en voz alta, riéndose con fuerza.

Entre sus dedos, en tamaño bolsillo, podía ver su rostro y el del catalán  poniendo morritos ante la cámara del fotomatón que había junto al cine al que iban un par de miércoles al mes cuando tenían dieciséis años. De aquellos tiempos era la instantánea.

Casi podía recordar el sabor del helado de frutas del bosque y yogur que pidieron ambos al salir de aquel pequeño cubículo. Y cómo Raoul se pringó la nariz con él sin querer y, ante las burlas de su amiga, hundió un dedo en una de las bolas y se lo restregó por la mejilla, manchándola también.

La Mireya actual se acarició la zona manchada con añoranza, escuchando la risa risueña del Raoul adolescente resonando en sus tímpanos.

La dejó donde estaba, prácticamente al final del libreto, y se detuvo a observar la que tenía al lado: una de su primera cita con Álvaro. Fueron a cenar a un restaurante italiano tiradísimo de precio (porque Mireya se negaba a dejarse invitar) y después a dar unas vueltas por el parque hasta que terminaron sentados cada uno en un columpio hablando de cualquier cosa. El selfie tomado por el catalán reflejaba lo alegres que estaban. La malagueña todavía tenía la blusa rosa con motas amarillas que llevaba ese día.

Entonces pasó la página y su sonrisa se borró.

Aquella sonrisa que conocía tan bien la miraba desde el papel y, como hubiese sido en un tiempo pasado, parecía estar dedicada a ella. Ella que también aparecía en la foto, riendo a carcajadas con el cabello liso en un semirecogido y un vestido rosa que, aquella tarde, calificaron de digno sucesor de una línea de Barbie. Tampoco duró demasiado puesto.

Con total claridad, recordaba aquella prenda resbalando por sus muslos dejando ver su lencería de encaje blanco (liguero incluido), la manos entorno a su cadera, el sonido de la cremallera al bajar. El comentario en referencia a sus pechos le hizo morderse el labio exactamente igual que hacía ahora y es que si había elegido ese conjunto para aquel día era por lo bonito que le quedaba el sujetador. Para sentirse guapa en ese primer contacto.

Pero había pasado demasiado tiempo de eso, aunque lo echase de menos.

Mireya pestañeó varias veces para ahuyentar cualquier rastro lacrimógeno que pudiese acumularse en sus ojos y cerró el álbum. De un salto se levantó de la cama y colocó aquellos recuerdos en su sitio en la estantería.



-¿Entonces toca Mamma Mia o Dirty Darcing? -preguntó a voces Ana entrando en el cuarto que hiciese las veces de trastero, dirigiéndose a Mimi que preparaba el DVD en el salón, ya que era mejor con ese tipo de aparatos que su novia- Porque es noche de musicales pero ya sabes que detesto La la land -se apoyó con fuerza en la estantería y se puso de puntillas-. ¿Dónde guardamos la caja de las películas la última vez, amor? ¿Seguro que no está allá? -retiró un pequeño joyero para tantear al fondo de la balda- Oh, mierda -hizo un sonido de desagrado.

El mover aquel bonito contenedor de bisutería vino acompañado de el estruendo de un trozo de plástico al romperse al caer desde las alturas. Un cinta de cassette.

La canaria cogió el objeto mientras miraba de reojo a sus espaldas, controlando la puerta. Se había roto parte de la caja que contenía la cinta, desprendiéndose un trozo. Ana, con cuidado de no cortarse, abrió la caja con cierto temor a lo que pudiese encontrar dentro, ya que el papel en el que estaban escritas las canciones que el dispositivo reprodujese era visible a través del plástico, señal de que estaba al revés.

Sacó la cinta y por poco se le cae de nuevo, al no necesitar si quiera el papel para verlo. Era una foto. Notó como se le formaba un nudo en la garganta ante la felicidad de la joven que llevase aquel vestido rosa, quién no estaba sola.

-¿Pero por qué tardas tanto?

Casi vuelve a perder el control sobre la cinta, esta vez por el fuerte respingo que la azotó al verse descubierta por la rubia.

Mimi frunció el ceño, viendo desde el umbral de la puerta la foto.

-Nada, se cayó mientras buscaba la peli -quiso quitarle importancia devolviendo la cinta de cassette a la estantería con rapidez y pasando por su lado con rapidez con intención de ir al salón-. Seguro que están en cajón bajo la televisión. ¿Y si mejor le doy otra oportunidad a La la land? Que a ustedes les encantó, ¿no?

Pero la granadina ya no escuchaba a quien fuese su actual pareja hablando desde el pasillo, porque estaba mirando hacia el lugar donde Ana había puesto la pequeña, y ahora rota, caja de plástico. Se acercó a la estantería y cogió la cinta. Sin ningún cuidado abrió la caja y sacó la foto.

Pronto aquella instantánea eran sólo trocitos, cada vez más pequeños entre los dedos de Mimi que, en cuanto se hubo deshecho de la fotografía, regresó con su novia, a la que besó con fuerza y una pasión que descolocó a la canaria, quién ya daba cuenta de las palomitas. Quiso autoconvencerse de lo felices que eran y el bien que se hacían.

Chapter Text

Agoney llegaba tarde. Porque no iba a ser él quién rompiese las costumbres no escritas.


-El día que aparezcas antes que nadie… -le reprochó Mimi negando con la cabeza, aunque se acercó a darle un achuchón.

La noche anterior había acabado tan reventado que ni siquiera se había parado a comerse la cabeza por culpa del catalán y el beso que este le había dado. Ni siquiera se molestó en poner el móvil en silencio antes de meterse en la cama, es que ni lo miró. Ya podía haberse caído el cielo que ni se habría enterado, como en Chicken Little, una película de un pollito muy mono. Como Raoul.

Le hubiese encantado seguirle el beso, joder se había pasado la tarde con las ganas de hacerlo, pero no podía. Si Raoul no miraba por Aitana lo haría él. Era una cuestión de principios. No, de hacer lo correcto.

Por eso intentaría hacer como si nada con él, hablando de ello si era necesario, aunque le llevasen los demonios. Pero tampoco es como si el otro se encontrase mejor que él.

Raoul estaba a punto de morirse.

Vale, no. Igual se estaba pasando de dramática.

Pero se había refugiado en el baño, y había dejado todos los productos y utensilios preparados, para no cruzarse con los ojos del canario delante de los demás. No quería tener que retener según qué sentimientos en función de la mirada que le echase. Además, no había respondido a su mensaje. Ni siquiera lo había leído, ya que no salía el doble check azul y sabía que lo tenía activado. Le ponía casi más nervioso tener que hablar sin que lo hubiese visto aún a hacer frente a dialogar sobre aquello desde cero.

Al final había mantenido el mensaje ya que, aunque lo borrase, Agoney iba a recibir el aviso de que le había hablado y no quería correr el riesgo de que el canario se preguntase que diantres le había dicho, temiendo que pudiese enfadarse (si no lo estaba ya).

Por eso casi le da un infarto cuando comenzó a abrirse la puerta. Se lanzó sobre la escoba y, con fingido ahínco, la pasó por debajo del largo lavabo.

-Hola -le saludó Agoney en su habitual tono bajo.

-Hola -le devolvió a la vez que levantó la vista del suelo. Se encontraron una vez, justo antes de que Agoney mirase la pantalla de su móvil, pero no huyendo de él, iba a hacerlo de todas formas. Raoul esbozó una pequeña sonrisa y regresó a la tarea que ya no sólo hacía creer que realizaba.

-Vaya, no vi… -escuchó a su voz murmurar y, sólo con mirar de reojo, ya sabía de que hablaba: su whatsapp.

Apretó el mango tan fuerte que se le pusieron los nudillos blancos y comenzaron a dolerle los dedos.

El sonido del móvil al bloquearse inundó el cuarto antes de la voz del mayor.

-Raoul -comenzó diciendo su nombre casi en un suspiro, asumiendo que había llegado el momento de tener esa conversación.

-No, espera -le cortó apresurado, girándose hacia él soltando el cepillo, que golpeó con el lavabo, rebotó y se estrelló contra el suelo haciendo sonar con fuerza los azulejos-. Déjame hablar -Agoney le miraba directamente a la cara, igual que estaba haciendo él, provocando que se le ruborizasen las mejillas. Tomó aire-. Lo siento. Mucho. Tienes razón, no debería estar pasando esto, yo… estoy con Aitana, la quiero, no debería besarte cuando me dé la gana -dijo lo último más bajo, por vergüenza y por volver a temer que alguno fuera les oyese. Agachó la cabeza, con el ceño fruncido y los puños apretados.

Agoney resopló y le vio pasarse una mano por el rostro con los ojos cerrados.

-Oye, deberías hablar con Aitana -le recomendó con resignación-, es tu pareja y, en fin, la estás engañando.

Raoul dio un par de pasos hacia atrás y se apoyó en la pared. Agoney se acercó y abrió uno de los grifos, poniendo un cubo debajo para llenarlo, asintió cuando el rubio le miró: les hacía falta el agua, pero era una excusa para asegurarse de que no se escuchaba fuera lo que decía, amortiguándolo el sonido del agua corriendo.

-No sé qué me pasa contigo -confesó en un susurro lo más bajo posible, repitiendo lo que ya le dijese en el mensaje. Levantó sus ojos hasta los contrarios-. Quiero a Aitana, pero… -el catalán se puso rojo y el canario se mordió el labio con las manos en los bolsillos, sin dejar de mirarse a los ojos, dejando en el aire lo que ambos sabían que quería decir. Suspiró otra vez- pero no puedo echar por tierra nuestra relación sin saber a dónde lleva esto porque… porque no sé ni qué es.

-No deberías hacerlo -opinó Agoney, haciendo referencia a lo dicho sobre su relación con la del flequillo-. Tú me gustas. Pero casi no nos conocemos. Puede que esto se pase en un par de días, pasa mucho, posiblemente se nos olvide y ya -paró al darse cuenta de cómo había hablado con carrerilla, quizá por saber que la conversación se acababa igual que el cubo se llenaba-. No puedes jugarte tu relación por lo que puede ser una tontería.

-Sí -le dio la razón Raoul, asintiendo con la cabeza para hacer más hincapié en sus palabras, no sabía si para el contrario, para sí mismo o para acabar de creérselo del todo.

El cubo comenzó a desbordarse y Raoul se lanzó a apagar el grifo y Agoney a sofocar las fugas que habían ido a parar al suelo con el trapo más cercano.

Una vez arreglado el estropicio, el menor le dio un toque con el pie en la pierna desde arriba. Este se giró hacia él.

-¿Qué pasa? -dijo, casi gesticulando solamente, por si iba a continuar la conversación anterior.

-¿Sigue en pie lo del café de después? -pregunto dudoso, con timidez.

Agoney simplemente sonrió. Y Raoul sonrió con él.





Terminaron de limpiar el baño por completo un par de horas después, tanto el de hombres como el de mujeres, en el que dejaron un par de cestillos con compresas y tampones, hasta que Agoney recordó que no conocía a todos los invitados a la fiesta y podía ser que algún amigo de Ana también necesitase aquellos productos (aka los trans existen), por lo que pusieron también en el de hombres y Agoney aprovechó para hablar al catalán sobre la disforia de género  (que Raoul terminó de comprender tras explicarlo varias veces).

Se buscaron con la mirada en cuanto al salir y decir que ya habían terminado, Ricky decretó que entonces les ayudarían a ellos con lo que quedaba de los decorados, que requerían todavía un poco más de tiempo, sabiendo los dos que habían perdido ese rato de trabajar a solas, en un cómodo silencio como aquel día o con conversaciones banales como el anterior.

-¿Os apetece que salgamos juntos a cenar y de fiesta por ahí, como la otra vez? -sugirió Ricky, con un lápiz tras la oreja derecha y enrollado un rollo largo de papel- Hoy es la noche que libras, ¿no? -le preguntó a Agoney señalándole con la cabeza, ante lo que el canario asintió.

-Pues a mí no me apetece mucho lo de cenar, la verdad -confesó Mimi, quién llevaba toda la tarde ligeramente más callada de lo habitual.

-Bueno, pues sólo de fiesta -el mallorquín puso los ojos en blanco-. Yo voy a salir sí o sí, que Kibo ya me dijo que estaría por la discoteca de siempre.

Mireya, tras un comentario jocoso ante la mención del otro chico (y es que, pese a todo, había entablado buenas migas con Ricky), terminó de limpiar su pincel antes de intervenir en la idea:

-Por mí bien el plan, ¿pero podría venirse Álvaro? -sonrió a Raoul- Mi novio.

-Y mi hermano.

-¿Sales con su hermano? -preguntó Agoney con una mezcla de sonrisa y mueca, más de lo que podían decir sus amigos- Amiga y cuñada, qué chollo -rió con diversión girándose hacia el catalán.

Raoul se encogió de hombros sin ocultar su sonrisa.

-No me puedo quejar.

-Atrévete a quejarte -le reprendió la rubia entre risas.

Era agradable ver la complicidad y buena amistad que había entre ellos, en la que aunque a veces se picasen el uno al otro con cierta malicia, también se comían a besos al momento. Y sin perder la sonrisa en ninguna de las dos situaciones.

Agoney pensó que sí, podía que Mireya fuese la novia de su hermano, pero a su vez Raoul parecía el hermano de ella.

-¿Hace mucho que se conocen ustedes? -se interesó.

-Desde que su familia se vino a mi Málaga -recordó la rubia mientras comenzaba a guardar los rotuladores con los que hacían los detalles en su caja correspondiente-. ¿Tenías… siete años? -más o menos, le respondió él con un gesto con la mano- Y siendo cuñados, pues dos años -respondió con diversión ante el parentesco.

Agoney se puso a hacer los cálculos mentales con confusión, intentando cuadrarlo todo y a la vez ignorar cómo mallorquín y granadina habían terminado de recoger su parte y uno les miraba en silencio mientras la otra jugueteaba con el móvil.

-¿Dos años?

-Y aquí el amigo seis -señaló a Raoul con la barbilla y a ambos les pesó la cifra-. Pero el amor del suegro no lo tiene todavía.

El implicado rodó los ojos e hizo una mueca apoyando la cabeza sobre la mano y el codo sobre la rodilla, sentados en el suelo cómo estaban.

-La familia política a veces es difícil, amigo -le dio un par de palmaditas en la espalda y rio junto Mireya. Tragó saliva y se puso serio antes de añadir lo que quería- Bueno, yo también estuve con un chico durante tres años -se encogió de hombros.

La mente de Raoul viajó al día anterior, cuando Agoney le había separado de él con los ojos llorosos. Su comentario sobre Aitana le rebotó en los oídos. Y yo sé bien lo que es que te hagan esto.

-Cortó conmigo hace más de un año, así que ya da igual -volvió a hacer el mismo gesto, quitándole importancia.

-Agoney… -se giraron los dos, canario y granadina, hacia Mimi, de quién no sabía leer su rostro, mezcla de preocupación y reproche.

Ella mejor que nadie lo que había supuesto y lo mucho que le había costado superarlo. Verbo en pasado.

-¿Qué? Es la verdad -frunció el ceño-. Que le jodan a Juan.

Mireya explotó en carcajadas y apoyó una mano en su hombro.

-Di que sí -le miró directamente-. Que le jodan a Juan.

La sonrisa de Agoney ante su comentario casi le llegaba a los ojos.

-¿A las once frente a la Desalia? -sugirió haciendo mención a su discoteca habitual.





Como la tarde anterior, Raoul y Agoney escaparon a tomar algo al salir. Esta vez la cuenta corrió a cargo del canario, así como el menú cambió de típico de vermú a café y un par de galletas para acompañar que regalaban en aquel establecimiento.

Tampoco estuvieron demasiado, ya que habían quedado más tarde y ambos debían  regresar antes a sus casas para cenar algo. El catalán pudo terminar su relato sobre su llegada a Andalucía (a cargo de un padre empresario quién consideró el reto de trasladar su hotel a Málaga en busca de otro tipo de turistas y más ingresos una buena decisión), así como se interesó por cómo fue la del otro (similar aunque más cotidiana: le habían ofrecido un puesto mejor a su madre en la misma cadena de fábricas en la que ya estaba).

Pero fue el sacar a colación lo que llevase rondando por su mente casi veinticuatro horas lo que dejó un poco decaído al catalán, a la defensiva al canario e incómodo el silencio.

-Agoney, esto, lo que dijiste ayer, cuando Aitana -comenzó nervioso, dudando si hacía bien preguntando-. Que sabías lo que era que te lo hicieran -vio como sus ojos se alejaban de los suyos. Mal plan, recula, recula.

Agoney se aclaró la garganta.

-No te lo voy a contar, Raoul.

Este asintió, comprendiéndolo.

-Vale, perdona.

Y aunque en ese momento se le hizo eterno que Agoney volviese a hablar, con su tono y acento perennemente dulces, el tiempo había pasado tan rápido que casi no recordaba cómo había llegado a la barra de aquella discoteca llena de luces de colores y un gas que parecía querer fumigarle (pero que le gustaba, eh).

Aunque eso posiblemente iba más ligado a su tercer vodka con limón que a que de repente el minutero del reloj estuviese corriendo una maratón.

-¿Pero qué haces aquí, chiquitín?

Se giró lentamente (por capacidad, que no por ganas), hacia la voz que le llamaba. Agoney, con mirada achispada, le miraba con una sonrisa y un vaso de tubo en la mano que sólo llevaba hielos.

Raoul miró a su alrededor. ¿Dónde estaba? Solo en la barra.

-Pues cuando llegamos Ricky se fue con Kibo -comenzó a enumerar, con una voz de borracho que hizo que la risilla de ebriedad de Agoney saliese a la luz-. Y cuando vino Álvaro, Mireya se fue con él y yo no quería estar de vela -dio el último sorbo a su bebida-. A la vez Mimi y tú os fuisteis para el otro lado -lo señaló si mirar, apartándose Agoney a duras penas antes de que le diese en toda la cara- y tampoco quería estorbar. Así que me vine a la barra -agarró el borde del vaso con los labios, mirando fijamente uno de los hielos.

-Solo. Como los borrachos.

-Estoy borracho, Agoney.

-Touché -no pudo contener la risa-. Podías venirte con nosotros, no estorbabas -dijo parafraseándolo con una sonrisa.

Raoul se calló lo que de verdad estaba pensando para no acompañarlos: el recuerdo de la otra vez que fueron de fiesta juntos. El canario se había liado con otro delante de su ensalada y la imagen le había dejado tan caliente que no se puedo contener a tocarse con ella en mente cuando llegó a su casa y ahora que parecían llevarse bien no quería morirse de vergüenza después.

Bueno, casi se calló.

-No, porque a lo mejor ligabas con otro...

-No suelo hacerlo mucho realmente.

-… y me iba a poner cachondo.

Se le escapó una carcajada.

-¿Pero cuánto bebiste, muchacho? Vas como una cuba -vio cómo Raoul le hacía un gesto a uno de los camareros-. Ni de coña. No puedes beber más. Un Puerto de Indias con Sprite y… un Acuarius -le pidió al chico cuando se acercó.

Raoul protestó cuando vio el refresco en frente de él

-La bebida de los deportistas -comentó el canario entre risas recordando el anuncio televisivo de la marca.

-Agoney, esto ha quedado para jubilados y enfermos de gastroenteritis y tú y yo lo sabemos.

El canario le revolvió el pelo, casi atragantándose con su alcohol. El rubio alejó su mano todo lo rápido que pudo en su estado para que no le despeinase.

-Pues estás más guapo sin tanta laca seguro -dijo al notar sus intenciones-. Y además le harías un favor al planeta.

-¿Y Mimi? -preguntó queriendo librarse del comentario que acababa de hacerle.

-Kibo nos devolvió a Ricky un rato y yo te vi solo acá -se encogió de hombros.

-Puedes volver con ellos si quieres.

-No, lo que voy a hacer es llevarte a dormir la mona -explicó terminando su cubata y Raoul se sorprendió por lo rápido que lo había tomado.

Hizo un puchero.

-Yo todavía no lo he terminado -susurró y Agoney le miró con dulzura. Le dio un beso en la mejilla antes de coger el vaso de entre los dedos de Raoul y darle un buen trago, quitándole trabajo.

Diez minutos más tarde, el canario ya había avisado a Mimi que se iba (también le mandó un mensaje a Mireya para que ni ella ni su novio se preocupasen por Raoul si luego le buscaban) y caminaban hombro con hombros, dando algún traspiés el catalán de vez en cuando.

Fue divertida de ver su discusión cuando el menor mencionó su coche, como si estuviese en condiciones de cogerlo.

Agoney llegó a pensar que su acompañante podría quedarse dormido de pie cuando le vio apoyarse en la puerta de la Academia con los ojitos cerrados, el pelo revuelto y gesto cansado. Terminó de abrir la puerta y le sonrió.

-Tira para dentro, anda.

No podía llevarle a casa, él también bebido, aunque fuese mucho menos y estuviese lucido, por lo que su garaje pareció la mejor opción. Le preparó el colchón y le hizo meterse en él para dormirse.

-No tengo sueño, Agoney -protestó mientras el canario, arodillado a su lado, le desabrochó un par de botones de la camisa para que estuviese más cómodo.

-Ya, eso lo dices ahora, pero verás como luego… -pero no dijo nada más.

Se quedó mirando el rostro contrario que, con las mejillas coloradas, le observaba con atención. Sólo entonces se percató de lo cerca que estaban y le hizo ponerse nervioso.

Raoul se acercó un poco más y rozó sus labios y, al no notarle moverse, atrapó el inferior entre los suyos y le besó de verdad, llevando sus manos hasta su barba y acariciando su cuello despacio. Por un momento el alcohol le nubló el juicio y le siguió el beso, haciendo que el menor le agarrase con las más ansia, bajando una mano por su pecho y respirando difícilmente debido a la borrachera y la pasión del momento.

Entonces sí, Agoney le apartó. Porque estaba borracho y sería como aprovecharse de él. Y porque seguía estando Aitana. De pronto volvía a estar totalmente sobrio.

-Qué mal sabes -confesó Raoul con el ceño fruncido y ambos sabían el por qué de su disgusto: la mezcla de la ginebra rosa con el refresco-. Muy dulce. ¿De verdad te gusta esa mierda?

Cuando el canario se puso en pie, el pequeño borracho se tumbó en el colchón, sabedor de que no iban a volver a besarse esa noche. Agoney le arropó con las mantas, para que no pasase frío, y fingió no notar cómo no quedaban a la misma altura, estando más altas en una zona en concreto.

Le dejó una nota al lado y con otro par de mantas se fue más lejos, donde puso una en el suelo, hizo la croqueta sobre ella para que así quedasen varias capas bajo él hasta el suelo y se tapó con la otra. Si fuese otra persona no hubiese tenido ningún problema en dormir a su lado, pero no quería que Raoul amaneciese con él al lado y, lejos de los efectos del alcohol, se sintiese incómodo.

Escuchando la ya acompasada respiración del contrario, se quedó profundamente dormido.





Dolor. Eso sentía Raoul. Le iba a explotar la cabeza. Cuando giró sobre si mismo, se dio cuenta de que no estaba en su cama, ni en su cuarto. Se incorporó, no sin cierta dificultad y vio a Agoney, hecho una bolita en el suelo, dormido a unos metros de él. Se puso colorado y miró a su alrededor: parecía un garaje. Recordó cuando le acercó hasta uno cuando le dieron la paliza. Supuso que sería ese.

Iba a volver a arrebujarse las mantas alrededor para dormir hasta el colapso mental de las dos únicas neuronas que parecían quedarle (y pelearse entre ellas golpeándole por todas partes el cerebro) cuando vio el pequeño papel que había junto a su almohada fuera del colchón, con un vaso de agua encima para que no se moviese. Se estiró para alcanzarlo y comenzó a leer mientras daba sorbitos pequeños al líquido transparente.

Si lees esto es que eres menos marmota que yo y ya estás despierto (y que no moriste después de tal ingesta de alcohol; te pasaste un poco chiquitín, que tú  eres diminuto).

Varias cosas:

1. Tienes café en la nevera. Si quieres desayunar algo más, rebusca, tienes mi permiso.

2. Estás vestido. Calma. No hicimos nada*

3. No queda ni ibuprofeno ni paracetamol. Si te encuentras demasiado mal despiértame.

*aunque ganas no te faltasen precisamente

PD: aprende a beber o no lo hagas. Capullo.

Se dejó caer hacia atrás despacio rojo como un tomate. Casi no se acordaba de nada. ¿Y qué mierdas significaba la aclaración del punto dos?

Raoul escuchó una especie de pequeño ronroneó. Dos segundos después Agoney ya se había girado, aunque todavía dormía, y estaba de cara a él. Observó sus párpados, sus largas pestañas y sus labios entreabiertos, temblando sutilmente por su respiración.

Se hubiese quedado embobado mirándole de no ser por que tardó poco en volver a moverse y, al quedar boca arriba, empezaron a escucharse sus ronquidos. Frunció el ceño.

-Que se calle o que se despierte ya -se quejó en voz baja enterrando la cara en la almohada. Aunque se le escapó una pequeña sonrisa. Se tapó hasta la nariz con la manta e hizo el vago un rato más.

Cuando Agoney se incorporó un rato después, le encontró con el móvil en la mano. Tenía un montón de mensajes de Aitana y también algunas llamadas perdidas. Sólo respondió al de buenos días de Mireya.

-¿Ya te has despertado? -preguntó a Agoney, que se frotaba los ojos y bostezaba antes de responder.

-No, qué va. Si sigo en la Desalia, no te jode.

-Gilipollas.

El canario rió por lo bajo. Se volvió a tumbar.

-¿Qué tal estás? -se interesó bajo las mantas- ¿Dormiste bien?

Raoul sólo asintió y tras un breve diálogo, ambos se quedaron en silencio arropados por las mantas y la agradable sensación del silencio compartido.

Puede que llegasen a volver a quedarse dormidos. Al menos Agoney dormitaba, en estado de vigilia entre el sueño y la consciencia, cuando la voz del catalán le hizo entreabrir los ojos.

-No me acuerdo de nada.

Se lo esperaba. No sabía exactamente cuánto había bebido, pero notaba que había sido mucho. Además, tampoco tenía pinta de tomar mucho alcohol habitualmente. Él mismo no solía beber demasiado, cuando fue a verle y pidió el Puerto de Indias sólo llevaba encima dos botellines de Ladrón de manzanas.

Por eso si bebía más de la cuenta un día la resaca le sentaba horrorosamente mal.

-No sé si a lo mejor dije o hice algo que no debía -dejó caer, sin llegar a preguntar directamente.

-Me besaste. Pero nada más. Te paré porque ibas borracho y sigue estando tu novia.

Raoul ocultó la cara entre las manos y resopló antes de dejar caer un brazo a cada lado de su cuerpo.

-Perdona. Otra vez -Agoney negó, restándole importancia-. Estoy hecho un lío y… confusión con alcohol no parece especialmente el mejor mejunje Art Attack, ¿verdad?

-Pero ese era con agua y cola, muchacho -le corrigió divertido. Ya suponía que aquella conversación no iba a llegar a ninguna parte.

-Tú también me gustas.

Y sabía que era la contestación a lo que le dijese él horas antes, cobijados entre las cuatro paredes de azulejos como únicos espectadores. Pero aun así se sintió bien al oírle.

-Aunque de todas formas… no lo sé. Es que es verdad que no nos conocemos y -tragó saliva- puede que sólo se quedé en eso y dure la tontería un par de días, que no puedo perder a Aitana por nada. Pero es que tampoco lo puedo evitar, no sé -Agoney le miró y este, al notarlo, le miró de vuelta-, el pensar en ti mucho y… acercarme con la intención de que te fijes en mí, como cuando al principio me gustaba Aitana. O cuando alguna vez me he fijado en alguna otra chica, y me ha salido inconscientemente hacerlo, y ha durado eso tan poco que ni sentido dudas de elegir antes a Aitana. No dejo de preguntarme si la querré lo suficiente, si estamos juntos por la costumbre, por estarlo o yo que sé.

Parecía que Raoul había terminado, pero es que el canario no sabía que decirle. Porque pensaba exactamente lo mismo. Ya lo habían hablado. Era la pescadilla que se muerde la cola.

-Todo era más fácil cuando sólo eras el pijo tontopolla -dijo simplemente, como si explicase el secreto del universo-, con tu Mercedes, tus polos caros y tus ideas tradicionales.

-Ja -se le escapó una risa sarcástica-. Dijo él, el perroflauta de los huevos, que no puede quedarse quietito en su casa dejando el mundo correr, tiene que pararlo para hacerlo mejor -su voz denotaba burla y sonreía, pero de pronto se puso serio-. Creo que eso es lo que más me gusta de ti. Si nadie lo hiciese, nada cambiaría. Eres muy bueno.

-Tú puedes serlo -le sonrió-. Eso es lo que me gusta a mí de ti.

Se les escapó una risilla, que camuflaron con una sonrisa tímida. Hasta que Agoney se levantó de su improvisado saco de dormir y le preguntó cómo le gustaba el café antes de sacar dos tazas y prepararlo para los dos cómo le indicó.

Raoul le hizo sitio en el colchón para que se sentara a su lado. Tomaron la oscura infusión, uno acompañada de leche, el otro sin siquiera azúcar, hombro con hombro y sin dejar ni gota de silencio, aunque no les hubiese importado tenerlo.

En algún momento de la conversación, Agoney le ponía una mano en el muslo, en otro Raoul le daba un toque en la mano tras hacerle una broma. Y realmente no se conocían, pero lo estaban haciendo, a su ritmo, sin prisa pero sin ninguna pausa, resultando con cada confesión una rampa sin frenos en la que ninguno de los dos sabía cuál era el final, el golpe.

Rozaba el mediodía cuando el canario sujetaba la puerta verde de la Academia con una mano mientras el catalán ya estaba fuera, frente a él. El pequeño debía rehacer el camino a la discoteca, donde en un aparcamiento cercano le esperaba su coche.

Se despidieron con un par de besos en las mejillas, quizá demasiado largos, quizá demasiado pegados a la piel. No se separaron del todo cuando se alejaron de la cara contraria.

-Adiós, Ago.

-Adios, chiquitín.

Más sonrisas. Raoul metió las manos en los bolsillos de su pantalón y Agoney le miró esperando que, bien se fuera, bien hablase.

-Gracias. Por todo, de verdad -sabía que nunca podría hacerle entender la importancia y el valor de todo lo que hacía por él-. Y perdona, también por todo.

-No lo dijiste con u -observó, recordando aquel mensaje que le enviase y también el momento  en el que se percató de tal detalle.

Raoul permitió que escapase una sonrisa, llenándole esta toda la cara al abrirse pasa por sus mejillas.

-Perduna.

Y en ese momento, del que sabía que luego se arrepentiría, se permitió ser egoísta y pensar sólo en si mismo, ya que nadie había mirado nunca por él. Se acercó al catalán por el cuello de la camisa y le besó suavemente en los labios. Este no tardó en acariciarle la mejilla derecha.

Entonces sí, Agoney retrocedió un paso y cerró la puerta, dejando que Raoul volviese a casa.

Chapter Text

-Ay Dios mío.

A Raoul se le escapó una risita ante el suspiro de su novia, aunque él también cerró los ojos y tomó aire un momento. Sólo volvió a abrirlos cuando notó a Aitana estirarse para alcanzar el papel higiénico sobre la mesilla de noche. Le regaló un beso en los labios cuando le pasó un par de tiras de las cortadas y se sentó al borde de la cama, todavía con la respiración agitada, para quitarse el preservativo.

El tiempo de descanso parecía pasar con rapidez. Ya casi había terminado el fin de semana y con ello volvería la rutina de preparar la fiesta. Llevaba desde que salió del garaje de Agoney sin saber nada de él (pues ese día tanto él como Ricky tenían una resaca inmensa y suspendieron el ir) y lo cierto es que no le importaba, prácticamente no había pensado en él.

La idea de estar sacándoselo de la cabeza le daba un poco de calma.

Su móvil vibró sobre la mesilla de su lado de la cama y lo miró de reojo. Hizo una bolita con el papel sucio envolviendo el profiláctico y su envoltorio, notando el cansancio perlándole la piel en forma de sudor. Necesito una ducha.

Tras el ruido que precedía un movimiento brusco sobre la cama, los brazos de Aitana le rodearon el pecho mientras su desnudez se unía a la de su espalda. La chica comenzó a darle pequeños besos por el cuello.

Al catalán se le escapó una sonrisa.

-Aiti que estoy hecho un asco -admitió entre risas.

-Bueno, yo también -la sintió sonreír sobre su piel-. ¿Ducha?

Pero el rubio ni siquiera tuvo tiempo de acabar de asentir, pues les interrumpió el sonido de la cerradura de la puerta de abajo, la principal, que les quitó de un plumazo el amodorramiento y les abrió los ojos al máximo.

Ella dio un salto sobre la cama que la hizo ponerse de pie sobre el colchón y él se giró hacia ella buscando qué hacer.

-¿Pero no volvían en dos horas? -preguntó con urgencia.

-¡Vístete! -fue la única respuesta que obtuvo, la única que servía.

Ni Raoul le abrochó el sujetador ni Aitana le dio una palmada en el culo antes de que se colocase los vaqueros, como cualquiera de los dos hacía siempre: había demasiada prisa como para detenerse. Raoul nunca pensó ser capaz de cerrar una hilera de botones con tal facilidad.

-Voy a salir -susurró la del flequillo con una mano en el pomo de la puerta y la otra tratando de poner bien los bolsillos del pantalón corto de andar por caso. Ya se haría la coleta de nuevo en el pasillo.

Las intenciones de Aitana eran claras: evitar que sus padres fuesen a su habitación. Si ella salía a su encuentro, ellos no la buscarían. Pero…

-¿Pero cómo salgo yo de aquí, Aitana? -le estaban comiendo los nervios.

La mirada de la chica se desplazó un momento a la ventana.

-Ni de coña. Ni de coña Aitana que esto es un segundo.

-Voy a buscar a Marina -determinó al fin-. Y escóndete -añadió antes de salir.

Raoul se dejó caer sobre el colchón con un resoplido antes de seguir el consejo de su pareja y ocultarse bajo la cama, rezando para que tardasen en volver lo menos posible.

Marina era una joven que, además de rondar su edad, se presentó con el currículum bajo el brazo en el hotel Vázquez hacía un par de años. Y aunque ella iba dispuesta a realizar cualquier trabajo y podría haber optado perfectamente al puesto de Thalía, finalmente habían declinado su propuesta, ya que la plantilla de limpieza estaba completa y buscaban otro tipo de cuerpo para estar de cara al público.

Es decir, no les gustaba su cabello demasiado corto y sus kilos de más.

Como la familia de Aitana buscaba una nueva asistenta, el padre de Raoul recomendó a la chica que, tragándose el orgullo, agradeció aquella oportunidad.

Por eso, aunque él no había tenido nada que ver, Raoul solía evitar mirarla, siendo realmente difícil cuando la chica era aun así tan simpática.

Cuando la puerta volvió a abrirse, sin avisar ni llamar, casi le da un infarto, hasta que, desde su posición pudo ver las pequeñas ruedas de un carrito de plástico. La puerta volvió a cerrarse.

-Raoul, somos nosotras -le confirmó en un murmullo la voz de Aitana.

Y tan rápido como salió, quiso volver a meterse bajo la cama.

-¿Me estáis vacilando? -preguntó con lo que ante gesticulación sería un grito pero eran susurros.

Las manos de Marina se aferraban a un pequeño cubo de basura, pero suficiente para contener la baja estatura del catalán que miraba a ambas jóvenes incrédulo. Pero quién le dio la respuesta fue su silencio. No quedaba otra. Suspiró y abrió la tapa un manotazo.

Frunció el ceño al notar los pies pegajosos cuando ya estuvo dentro de cintura para abajo.

-Te quiero -susurró Aitana haciendo morritos y poniéndose de puntillas.

-Y yo a ti -respondió sin muchos ánimos (no por ella, sino por la situación) dándole el beso que pedía y tan pronto como se agachó, Marina bajó la tapa y, como pudo, se dispuso a marchar fuera de la casa con el muchacho escondido.

Raoul no sabía decir qué le había dado más ganas de vomitar, si el traqueteo en aquel chisme o directamente su olor, pero nunca había valorado tanto el aire puro que cuando Marina le dejó salir, cosa que hizo con la mayor rapidez posible.

-Respira, Raoul, respira –dijo la chica poniendo una mano en su espalda. Se le escapó una risilla-. Quizá el día de la boda el señor Ocaña sea capaz de mirarte con aprecio -bromeó.

-Ese hombre prefiere bailar sobre mi tumba que dejar que me case con su hija.

Marina volvió a reír.

-No te lo tomes como algo personal. Es puro paternalismo. Si fuese al revés, Aitana el chico, seguramente no le importaría lo más mínimo.

Raoul asintió y reconoció en aquellas palabras las que compartiese tantas veces con Mireya.

-Bueno... muchas gracias, Marina –como era ya habitual, pretendía alejarse ya de ella y, aunque en esta ocasión con mayor justificación (su maldito suegro), se sentía peor que nunca haciéndolo, sintiendo la necesidad de que pasase algo para permanecer a su lado.

-No ha sido nada, Raoul –le dio un golpe amistoso en el brazo, olvidando por un momento, y gracias a su trato cercano con Aitana, que realmente no eran amigos-. Y no te preocupes ni por el olor ni por alguna mancha. Que yo soy quién lo limpia y sé que sale bien sin casi frotar.

Y entonces su conversación con Thalía y la personalidad de Agoney volvieron a su mente. ¿Cuántas veces habría sido menospreciada la joven por su trabajo, por hacer algo que todos echarían en falta si un día no lo hiciese, por hacer algo tan digno como natural y que toda casa requería, fuese por manos ajenas o dueñas de aquellas paredes?

Trabajo que había obtenido siendo también menospreciada físicamente, aunque Raoul veía como su cabello azul revuelto brillaba bajo el sol casi tanto como su sonrisa. Tenía una cara y unos kilos de más preciosos.

-Te mereces todo lo que te propongas, Marina –y, aunque confusa al principio, le sonrió-. No eres ni serás nunca menos que nadie por nada -notó el tono serio y las cejas fruncidas de la chica-. Y el pelo rosa te quedaba genial -añadió devolviéndole la curva de sus labios, recordando el color de su cabello, mucho más corto que su actual media melena, cuando la conoció. Ella explotó en carcajadas.

-¿Más que el pitufo? -le siguió la broma señalándose la cabeza.

-Es que con el rosa parecías un chicle.

Más carcajadas, por parte de los dos.

-Ay, Raoul –nuevo golpecito en el antebrazo antes de cerrar de nuevo el pequeño contenedor de basura y sujetar sus agarraderos-. Deberías marcharte ya, no te vayan a pillar. Un placer hablar contigo.

-Adiós -respondió el rubio todavía soltando alguna risa, que se terminaron de disipar cuando tuvo que agarrarse a los barrotes (después de varios vergonzosos saltos para poder llegar a la piedra del muro que los sostenía) para pasar al otro lado y llegar a la calle, desde el patio de atrás.

Sólo entonces, con los pies en el suelo y la cabeza sin necesitar estar tanto en la tierra (para mantener su seguridad ante ataques suegriles) recordó su teléfono, que casi había olvidado coger, y la notificación recibida.

Se lo sacó de los vaqueros mientras comenzaba a dirigirse a su coche, rezando porque la familia de Aitana no lo hubiese visto cuando llegaron, ya que al final no habría servido de nada huir.
Como cabía esperar, era un whatsapp. De Agoney.

Dijiste que podrías enseñarme en persona aquella habitación barata para las Warmi (ya te contaré de donde viene lo de War, bueno que se apellida Guerra, nada más), puedes hoy?? Tengo libre toda la tarde hasta que me toque ir a cantar y queda algo más de un mes, pero por dejarla reservada

Más tarde, al no recibir respuesta, le había mandado otro en el que le decía que no corría prisa. Pulsó el botón del audio y dijo, alto y claro:

-Dame una hora, que llevo un día movidito –rodó los ojos-. Te espero a la puerta del hotel.

Cuando el segundo check, chivato de que el mensaje había sido recibido, se sentó al volante de su coche y condujo hasta su casa para darse una buena ducha antes ir al encuentro del canario.

Divisó al chico varios metros antes de llegar hasta la entrada. Y todas las veces que había pensado que la tontería que tenía con él se le había pasado a lo largo del fin de semana sin verle, desaparecieron entonces. Llevaba sólo unos pantalones holgados y una camiseta de manga corta, ambos negros, pero estaba guapísimo. Realmente siempre lo estaba.

Cuando se tuvieron en frente dudaron un momento sobre cómo saludarse, hasta que Agoney se decidió por darle un beso en la mejilla antes de abrir la puerta y pasar dentro. Intercambiaron un par de preguntas banales antes de plantarse ante Thalía, que sonrió con amor en cuanto levantó la mirada de su libro y vio al rubio.

-Hola, Vázquez -le dio un achuchón desde el otro lado del mueble de recepción. Y más preguntas banales.

-¿Hay ahora alguna Lady Marmalade libre? -preguntó por la habitación escogida y, antes de que Thalía pudiese pestañear, añadió, movido por los nervios:- Que no es para nosotros eh. O sea para él sí. Bueno para sus amigas. La fiesta que estamos haciendo, ya sabes. Está quedando todo muy chulo. Te encantaría verlo.

Le calló el sonido la palma de Thalía contra la mesa, dejando una pequeña tarjeta llave de una habitación. Raoul simplemente la cogió.

-Gracias, Thalía -murmuró avergonzado y Agoney le empujó del hombro en dirección a los ascensores tras despedirse de la recepcionista y guiñarle un ojo.

El catalán pareció volver a respirar cuando las puertas se cerraron y se recostó contra el espejo.

-No tenías que decir nada  -dijo el mayor con una sonrisa-. No pensaría que  estamos liados, tienes novia y pasas muy bien por hetero -bromeó.

A Raoul se le hinchó el pecho en ese momento y una agradable sensación le recorrió las venas. Se lo tenía que contar.

-En realidad sí porque… se lo conté un día -buscó sus ojos y el otro le miró de reojo-. Le dije que soy bisexual.

-¿De verdad? -no pudo contenerse y habló más alto, la sonrisa se le salía de la cara. Raoul se mordió el labio reprimiendo una sonrisa- Muy bien -Agoney le agarró la mano con la suya-, muy bien.

Lejos de alejarla, Raoul ni siquiera se movió, simplemente dejó escapar el labio de entre sus dientes y la sonrisa salió a flote como única emoción.

-¿Y qué tal? ¿Cómo estás ahora? ¿Sólo se lo has dicho a ella?

El ascensor paró, pero no se movieron, ya que la conversación era más importante, aunque sí separaron las manos.

-Pues… igual, bueno mejor. Más liberado en el sentido de que puedo hablar con alguien más. Pero tampoco ha cambiado todo tanto, ¿no? Poquito a poco -dijo repitiendo el consejo que él tanto le repitiese-. Como tampoco nos conocemos tanto, lo escuchó plenamente y no me juzgo nada.

-Jobar, pues me alegro un montón, Raoul -y lo decía realmente-. En serio, estoy orgulloso de ti.

Raoul se ruborizó murmuró un gracias y salió del cubículo dispuesto a ver por fin aquella habitación.

Y lo cierto es que fue comprensible el precio en cuanto la vio: era muy amplia, aunque parecía más pequeña por los colores oscuros de las paredes y el mobiliario; la cama además de parecer muy suave y cómoda, tenía el espacio suficiente como para utilizarlo dos personas a la vez y ni siquiera encontrarse en el colchón, aunque creyó que no sería lo más habitual el dormir en aquella cama. Ni posiblemente lo fuese en ese caso.

También había una  televisión buen tamaño, un sofá de varias plazas, minibar , bañera grande en el baño y cama balinesa en el balcón, rodeada de flores y arena, para darle ese rollo exótico. Aunque fuese el cuarto más barato para ir en pareja, seguía siendo de hotel de lujo.

La habitación era muy romántica, por eso se le dio la vuelta al estómago cuando en lugar de haberse imaginado compartiéndola con su novia, lo hizo con el chico de marcado acento que tenía al lado. Y se puso nervioso ante la revelación, como cuando se dio cuenta de que le gustaban los hombres.

Ahora era sólo uno en concreto.

Agoney se dejó caer en el borde de la cama, hundiéndose un poco en ella de lo blandita que era, lo que le hizo soltar una risita. Tras mirar al catalán, como buscando su aprobación ya que sólo estaban allí para verla, se dejó caer hacia atrás, quedando medio tumbado sobre el colchón.

Cerró los ojos y suspiró lentamente.

-Joder qué cómodo, si esto es una maravilla -se quedó quieto durante unos segundos, reconfortado por agradable sensación del visco elástico-. Follar aquí tiene que ser una maravilla.

Raoul notó cómo se ruborizaba y comenzó a juguetear con sus dedos. Dio un par de pasos hacia atrás, apoyándose en la pared.

-¿Estás bien? -el dueño de la voz le miró de reojo- Hace mucho que no dices nada.

Se encogió de hombros.

-Tampoco tengo nada que decir.

Ambos chicos se quedaron mirando, hasta que el mayor le hizo un gesto con la mano para que se acercase, mientras volvía a sentarse en la cama.

-Cuéntame todo lo de Thalía.

Thalía. A ella sí que la necesitaba en ese momento. Sólo ellos sabían la verdad, sólo a ella podía decírselo, preguntarle su opinión. Porque ya no sabía si cada vez estaba más hecho un lío o no.

-Pues… simplemente necesité hablarlo con alguien y ella estaba allí. Y sabía que no me juzgaría porque casi no nos conocemos -y con pesar, admitió lo que más le dolía-. No hubiese sido una gran pérdida personal si no lo hubiera aceptado. Como Mireya o mi hermano.

Agoney puso una mano sobre su rodilla y asintió, dándole ánimos.

-Es el razonamiento más lógico. De verdad. Poco a poco verás todo más fácil.

Raoul le miró y clavó sus ojos en él.

-¿Todo? -puso una mano sobre la suya.

Permanecieron mirándose en silencio. Raoul se acercó despacio, sin romper el contacto, pero Agoney pestañeó y se alejó antes de tener sus labios demasiado cerca.

-No. Esto es un error, es culpa mía -dijo derrotado y resoplando, alejándose más del catalán-. No tenía que haberte dicho nada. No corría prisa. Sólo tenía ganas de verte.

Y se levantó, huyendo del otro pero también de su confesión, de que de verdad se alegraba de estar allí, pero de que no podía ser.

Raoul no soltó su mano y tiró de él. Ni siquiera le habían dolido sus palabras, ya que sabía de qué hablaba y el error no era él.

-Espera, no te vayas -Agoney le miró desde arriba, con una mueca triste y queriendo largarse cuando antes-. Quédate, quédate un rato, ¿no? Si es muy pronto.

Ambos sabían que no era su trabajo por lo que tenía prisa Agoney, para el que aún le faltaba tiempo.

-Mejor me voy -suspiró pesadamente.

Raoul se levantó de un salto, se acercó a él y cogió sus manos entre las suyas. Los dos estaban nerviosos, ante lo que podría pasar, y lo sabían.

-Estás temblando -verbalizó aquel sentimiento Agoney.

-Sí.

Dejó escapar una de sus manos y el canario puso la palma en su pecho. Estaba inquieto, le latía el corazón muy rápido y no paraba de temblar. El rubio notaba como estaba sudando, pegándosele la camisa a la espalda, pero aun así el otro no le soltó la mano, también húmeda.

No hasta que se abrazaron, totalmente pegados, e intentando trasmitir todo lo que les daba miedo decir en voz alta.

-Esto no está bien, Raoul -repitió el mayor, esta vez en su oído-. Tienes novia -cada vez que lo decía se sentía peor.

-Pero quiero estar contigo -le tembló un sollozo en la garganta-. O intentarlo, o no sé -apoyó la frente en su sien-. Me gustas mucho. Un montón.

Su voz le golpeó en el lóbulo de la oreja, haciendo que se le erizase la piel. No sabían quién tenía más ganas de llorar.

-Pero Aitana y casi no… -comenzó a separarse de él, trabándose con su propia lengua. No se lo podía decir en serio porque apenas sabía de él. Y si supiese seguro que tampoco lo diría.

-Ago -le rodeó los antebrazos con los dedos y el canario levantó la vista del suelo a sus ojos-, por eso quiero seguir conociéndote -las lágrimas ya corrían por las mejillas del catalán, que le acariciaba suavemente la piel-. Esto es muy difícil, joder.

Le soltó y se llevó ambas manos a la cara. Le temblaron los hombros.

Agoney se sentó en la cama, quitándose las zapatillas de una patada, subiéndose al colchón y abrazándose las piernas.

-Es que no hace falta que te pongan los cuernos para saber que hacerlo está mal, es cuestión de empatía -sollozó y sorbió por la nariz. Raoul se colocó a su lado, con una pierna colgando y la otra flexionada en la cama-. Y yo tengo las dos.

Se ocultó entre sus piernas y permaneció en silencio durante un rato. Raoul ni siquiera se movió, Agoney llegó a pensar que incluso había dejado de respirar, pero es que no quería presionarle.

-Estuve saliendo tres años con Juan, aunque bueno, eso ya lo sabes -se frotó la nariz y el rubio asintió, para que fuese consciente de que le escuchaba-. Pero lo que no sabes es que me puso los cuernos un montón de veces, bueno, supongo que lo intuías -el mismo se encogió de hombros-. También rompimos muchas veces. La primera vez que me dejó sé que estuvo con otros. No estábamos juntos, no se lo podía echar en cara. Cada vez que me dejaba, se tiraba a otro y volvía tres días después. Al final ya se iba con otros estando juntos.

Raoul tragó saliva y dudó si cogerle la mano, acariciarle la pierna, para apoyarle o mantenerse al margen de la narración, dejarle a su aire.

-Y, joder, sé perfectamente que te pueden atraer otras personas, es algo normal. Pero me creó una inseguridad tan grande. Me sentía tan mal. Como que no era suficiente en nada -el menor se fijó en cómo agarraba la colcha de la cama entre sus dedos, apretándola con tanta fuerza que temió que se hiciera daño-. Si hubiese hablado conmigo, ¡lo entendería! Una relación abierta, ya está. Parecía que seguía conmigo para tener una cama caliente a la que volver, que estuviese ahí, no sólo le diese sexo. Pero entonces, ¿por qué tampoco me daba cariño cómo antes? ¿A quién se lo daba? ¿Se le acababa para mí? Pensaba  que me lo tenía que ganar -los cinco minutos que pasaron hasta que volvió a hablar, a Raoul le parecieron dos horas-. Creo que fue así durante los últimos siete meses, pero no lo recuerdo bien. Hasta que al final me dejó de verdad.

-¿Y nunca te planteaste dejarlo tú primero?

Agoney sonrió y el rubio pensó que nunca una sonrisa le había dolido tanto.

-No, porque yo en ese momento no lo veía -se encogió de hombros-. No era consciente ni de la mitad de lo que te dije. Me di cuenta mucho después, con el tiempo. Y hasta no hace tanto, si coincidíamos por ahí volvía a acostarme con él -notó como al canario le avergonzaba aquella parte de la historia-. Hace poco que creo poder decir plenamente que lo he superado todo. El miedo también. A veces -resopló-, pienso que tampoco le dejé ir porque pensaba que nadie me iba querer mejor nunca.

El mayor se giró de golpe hacia el otro, con una mezcla de susto y sorpresa cuando le escuchó sollozar.

-Pues no es verdad -le miraba directamente a los ojos, con los suyos llenos de lágrimas-. Porque no te quería nada bien y no te merecías eso. Nadie merece sentirse tan mal.

Esta vez sonrió de verdad. Abrió los brazos con timidez y Raoul se escondió entre ellos, abrazándole rápidamente.

-Muchas gracias por contármelo, Ago -le dio un ataque de tos por el llanto-, joder.

-A ti por escucharme, chiquitín -le acariciaba el pelo despacio.

Cuando el menor se calmó un poco, se separó de él, sentándose de nuevo en la cama con ambas piernas para abajo. Agoney aprovechó para secarse los ojos disimuladamente.

-Creo que tenemos cosas de las que hablar -le dio pie el canario.

-No puedo dejar a Aitana.

Tomó aire con fuerza y lo expulsó lentamente por la nariz.

-¿Y nosotros? -preguntó, pensando en el momento en el que el rubio había confesado querer intentar algo con él.

-Es que no puedo dejar a Aitana, Agoney -dijo girándose hacia él y buscando su mirada, esperando que le comprendiera-. Sí que quiero… esto -se señaló a si mismo y al otro varias veces-, me gustas bastante y… me atraes… pero no puedo dejarla. Al entrar aquí -alzó los brazos, haciendo mención a la habitación- me he imaginado compartirla antes contigo que con ella. Pero llevamos seis años juntos, es demasiado tiempo, no puedo dejarla de un día para otro sin ninguna explicación. No sólo a ella, también a mis padres, a mi hermano, a todo mi entorno. Y no estoy preparado. ¿Qué les voy a decir? ¿Qué he conocido a alguien que me llama la atención demasiado como para dejarlo pasar? ¿Qué le he puesto los cuernos? ¿O que ya no me gusta, sin más? Llevamos demasiado tiempo juntos como para que un sin más sirva, para que se crean que no pasa nada más. Y no puedo hablarles de ti. De mí -se señaló el pecho-. No estoy preparado para esto. Ellos no son Thalía.

Agoney volvió a hacer el mismo proceso respiratorio que antes. Asintió.

-¿Entonces qué pretendes?

-¿Pero entiendes mis motivos? -insistió, temeroso de que no comprendiese su miedo.

-Claro que lo entiendo, Raoul, yo mismo te hablé un montón de veces del tiempo y de que dar el paso es complicado. Pero… ¿entonces que propones? -se mordió el labio inferior- Sabes, yo… no quiero que Aitana se sienta como yo lo hice.

-Se lo diré en cuanto me sienta capaz de hacerlo, no pasará por eso -cogió sus manos entre las suyas y Agoney bajó la vista para mirarlas-. Quiero que sigamos conociéndonos. Intentarlo. Y ver qué pasa. Sin miedo a lo que sea eso -se miraron de nuevo a los ojos-. No hace tanto que te dije que no me veía con otro hombre, ¿no? Si te lo digo es porque lo siento de verdad.

Pero Agoney se quedó callado. No podía obligar al chaval a salir del armario, eso estaba claro, y él mismo se lo había dicho. Y las razones que había expuesto para no dejarla, eran ciertas, no le sería fácil hacerlo sin decir los motivos reales o unos que les pareciesen reales. Pero Aitana…

Por un momento, el egoísmo que le asaltó la última vez que se viesen se mezcló con esa idea que siempre había tenido de que, de no enterarse de todas las infidelidades de Juan, no lo hubiese pasado tan mal.

Y como dice el refrán, ojos que no ven, corazón que no siente.

-¿Y… en qué consiste ese “conocerse”? -hizo las comillas con los dedos.

-Pues… en eso, conocernos. Pasar tiempo juntos y descubrir lo que no sabemos del otro, si esas cosas nos gustan. A avanzar como queramos, que no nos dé miedo que pueda surgir algo o… no sé, besarnos -explicó, pensando en la de veces que habían frenado en otras ocasiones. Se ruborizó al decirlo-. No sé, a hacer lo que hace la gente cuando empiezan a gustarse o a sal… -se dio cuanta de la media sonrisa que comenzaba a escaparse entre los labios que el canario se esforzaba en mantener entre sus dientes-. Me has entendido desde el principio, ¿verdad?

Agoney no contuvo ya la risa y asintió.

-Hostia puta Agoney -resopló poniéndose rojo-. En realidad eres insufrible.

Siguieron mirándose durante unos segundos en silencio. Hasta que Raoul no pudo más.

-¿Qué quieres hacer?

Porque ya todo dependía de él.

Pero Agoney no respondió nada. Sus labios envolvieron los suyos a la vez que su mano su cuello y los párpados de ambos bajaron a la par. Raoul le acarició el mismo brazo con el que lo hacía el otro, con miedo a que se esfumase.

Apoyaron la frente el uno en el otro al separarse y respiraron con un cóctel molotov de tranquilidad y alarma ante lo nuevo.

-¿Te parece bien? -susurró el catalán sobre sus labios. El otro suspiró.

-No es lo que más me gustaría, si te soy sincero. Pero…

-¿Pero?

Le dio un beso suave en los labios.

-Tendré que conformarme por ahora con besarte cuando no nos vea nadie.

Y así lo hicieron, entre aquellas cuatro paredes de hotel de lujo, tumbados el uno al lado del otro sobre la cama, durante veinte minutos, hasta que Agoney tuvo que bajar al restaurante para, una noche más, deleitar a los presentes con su voz y Raoul volvió a casa con una sonrisa de labios hinchados y la esperanza de, en un par de horas, poder irse a dormir a la tantas después de seguir conociendo al canario a través de la pantalla de su smartphone cuando este le hablase tras su jornada laboral.

Chapter Text

-¿Agoney todavía no ha llegado? -preguntó a Mimi, quién ya daba una segunda capa a parte de los decorados tumbada en el suelo, al ver que era el único que todavía no estaba allí.


Después de todo, no le extrañaría demasiado que se le hubiesen pegado las sábanas: pasaban de las tres y media de la mañana cuando el canario le dio las buenas noches. Que el mayor tuviese insomnio y Raoul demasiadas ganas de hablarle como para dormir eran una mezcla que dificultaba bastante el perderse entre las sábanas.

Algo que debería haber hecho temprano pues, con Ricky trabajando en la escuela de baile por la tarde, nos les quedaba otra que ir por la mañana si querían amoldarse al horario del comunicador audiovisual.

-Que va, si hoy ha llegado el primero -comentó divertido el mallorquín antes de que la rubia respondiera.

Mimi rodó los ojos con una sonrisa. No era habitual que no tardase más que el resto.

-Está en el baño -le explicó la granadina-. Se ha manchado con la pintura acrílica. Errores de novato el apretar el bote al abrirlo -a Mireya y Ricky se les escapó una risa al recordar que eso le ocurrió a ella el primer día que las utilizaron-. ¿Le necesitas para algo?

Vio cómo su mirada se desviaba al pequeño CD que llevaba en la mano. Raoul hizo un gesto para quitarle importancia.

-Cosas de mi padre -respondió escuetamente antes de dirigirse hacia el lavabo.

Y precisamente de su progenitor se acordó cuando abrió la puerta sin llamar.

Agoney, quien se dio la vuelta cuando le vio entrar, desnudo de cintura para arriba, humedecía su camiseta, frotando el tejido entre sus dedos. El canario estiró el brazo para cerrar el grifo dando la espalda al catalán.

-Hola -susurró, con la voz aguda y rozando un volumen casi inaudible.

-Hola -estaba casi tan avergonzado como él-. Perdona.

El moreno negó con la cabeza y se puso de nuevo la camiseta, provocándole la parte de la mojada un pequeño escalofrío.

Aunque a él le parecía una tontería (no era como si estuviese completamente desnudo), se sintió fatal al ver la reacción, llena de nerviosismo, que había tenido el contrario por su culpa. Sin dejar de preguntarse por qué tal actitud.

Sólo creyó olvidarlo cuando se giró hacia él y vio la pequeña sonrisa, ahora tímida, que le dedicaba.

-Hola -repitió, apartando el momento y con la voz más alegre.

Raoul sonrió igual que él.

-Hola.

Permanecieron mirándose un poco más, el espejismo de la tarde anterior, llena de besos pero aún más de confesiones, cerniéndose sobre ellos.

El catalán se atrevió a dar unos cuantos pasos más hacia él, en los que ni los ojos oscuros ni los labios curvados  del canario se alejaron de él.

-Hola -dijo en un leve murmullo, a centímetros de sus pupilas. Sin moverse más, ambos se inclinaron suavemente hacia el otro, regalándose un beso corto en el que no era necesario cerrar los ojos, aunque ambos lo hicieron.

Todavía con ellos cerrados, la sonrisa de Agoney se ensanchó. Le gustaría negarse lo ilusionado que estaba con el chico rubio, pero realmente no podía.

-Así no haces nada -le miró, como despertando de una ensoñación, y vio que observaba la mancha morada sobre su ropa-. De hecho, lo habrás empeorado.

-¿Por qué? -preguntó, llevando también su vista hacia el estropicio.

-Porque al frotarlo se esparce más la pintura -explicó despacio, mirando con ternura al chico que continuaba mirando su camiseta-. Deberías haber quitado con un poco de papel el exceso primero.

Agoney asintió, todavía sin levantar los ojos. Raoul le rodeó la barbilla con un dedo e hizo que le mirase.

-Ponlo en la lavadora en cuanto puedas. Si no tienes suerte y no se quita, con amoniaco, vinagre blanco y sal después de tenerlo a remojo puede que lo soluciones -se le escapó una risa-. Pero realmente lo mejor es utilizar ropa que no pasa nada si se ensucia.

Levantó los brazos hacia arriba, dejando ver al canario una camiseta deportiva vieja, así como la mochila que llevaba en el hombro, en la que llevaba unos pantalones de chándal y unas bambas que ya no usaba.

-¿Pintas? -se interesó Agoney que, al ver la confusión de Raoul, añadió:- Por la mezcla para las manchas.

-Ah, eso… -se le escapó una media sonrisa, algo triste- no, que va, no se me da bien. Bueno, no lo he hecho nunca. Pero Aitana fue por Artes y antes lo hacía mucho. Ahora está en Diseño.

Se miraron en silencio ante la mención de la todavía novia del catalán. Agoney tragó saliva y desvió entonces la vista hacia sus manos.

-¿Qué es eso?

Raoul había olvidado ya por completo el CD que su padre le diese antes de salir de casa, con la intención de que le diese un par de indicaciones al cantante.

-Es para ti. De mi padre -se lo tendió y él lo cogió rápidamente-. Tiene unas cuantas canciones que le gustaría que cantases el viernes. Cree que tendrás tiempo, como además el día antes es tu noche libre. Por lo visto se lo ha pedido un conocido, que vendrá a cenar y quiere pedirle matrimonio a su novia -se encogió de hombros-. Supongo que serán de amor o algo por el estilo.

No se pasó desapercibida la forma de rodar los ojos del mayor.

-¿Paso algo?

-Que ojalá pudiese negarme a colaborar en esto -protestó con un resoplido. Alejó los ojos de la cajita de plástico y se encontró con los del rubio, que le miraban atento, esperando que se explicase-. No me gustan una mierda las pedidas de mano en público. Creo que se romantizan demasiado, cuando no se debería. Puede ser algo precioso o terriblemente incómodo para la otra persona. Supone mucha presión que la gente mire, siente… que no puede decir que no.

-¿Pero por qué iba a decir que no? No sé, si están juntos y se lo pide será porque cree que le dirá que sí.

-¿Y si mañana Aitana te pidiese que te casaras con ella?

Golpe bajo, Agoney, se regañó antes incluso de ver como el rostro del otro se ensombrecía.

Se acercó a él rápidamente, quedando a centímetros.

-Raoul, lo siento. No quería… no era un reproche te lo juro -puso sus manos en sus mejillas y buscó la mirada en los ojos perdidos en el suelo-. De verdad que… sonó fatal, pero no quería decir eso. No era para nada con segundas -le acarició la cara y el rubio, por fin, le miró-. Lo siento.

-Yo… sé que esto es una mierda -dijo finalmente y Agoney temió que se echase a llorar en cualquier momento-. Que no está bien. Y me duele un montón hacerte esto, porque no te mereces tener que esconderte por mí cuando no lo has hecho nunca -tomó aire sonoramente, con algunas lágrimas ya desbordadas-. Pero ahora mismo no puedo darte más que esto.

Cerró los ojos después de sollozar y el canario le rodeó con los brazos. Sin embargo, el rubio se separó.

-No. Que yo tampoco me merezco darte pena.

Pero Agoney volvió a abrazarle y esta vez Raoul se quedó quieto.

-Chiquitín. Yo acepté. Me preguntaste qué quería yo y acepté intentarlo, incluso así, ¿no? Entonces no te quedes toda la culpa.

-Pero tú estás soltero.

-Pero sé que tú no -insistió. Le secó un par de lágrimas con una mano y le revolvió el pelo con la otra-. Y eso no es algo especialmente ético.

Raoul correspondió a su abrazo, pasando sus brazos por su cintura y escondiendo la cara en su cuello, donde, aunque muy lentamente, Agoney podía notar cómo su respiración comenzaba a calmarse. Le abrazó un poco más fuerte.

Dejó un beso en su cabeza antes de notar su voz contra su piel:

-Quizás, si todo hubiese ocurrido de otra manera… -murmuró en un suspiro.

-Quizás si no fuese ahora, en un tiempo … -lo que como siempre, el rubio necesitaba.

Todo sería distinto si se hubiesen conocido sin Aitana. Si se hubiesen conocido con la sexualidad de Raoul más asentada. Quizás si se hubiesen conocido sin miedo a conocerse.

-Quisás -repitió el catalán con una pequeña risa, imitando su seseó.

Agoney, fingiéndose herido en el orgullo, se separó de un leve empujón en los hombros.

-No te metas con mi acento.

-Es adorable.

El canario tragó saliva y agradeció que apenas se le notase el rubor, no como a su acompañante.

-Tú no tienes acento.

-Es que nunca hablo en catalán -se encogió de hombros.

Pues qué pena, pensó silencioso el isleño.

-Pero tampoco se te pegó el andaluz. A mí a veces se me escapan verbos compuesto de oírselos decir a ustedes.

Raoul repitió el gesto anterior mientras una sonrisa irónica se extendía por sus labios.

-Algunos, que no tenemos tan poquita personalidad.

-Muchacho...

El rubio le guiñó un ojo antes dar un par de pasos hacia atrás, intentando huir del gesto molesto del isleño, aunque ambos sabían que sólo era un juego.

Sin darse cuenta, a poco que reculó, su espalda chocó contra la pared. Agoney enarcó una ceja y se acercó a él. Apoyó una mano a cada lado de su cuerpo y, aunque realmente no era lo que Raoul pretendía, le gustó. Por eso se inclinó hacia él y le besó.

Y posiblemente aquel fue el beso más largo que habían compartido hasta la fecha, con sus labios envolviéndose constantemente mientras sus lenguas se entrelazaban. El menor todavía no tenía muy claro si le gustaba más acariciarle la barba, el cuello o enredar sus dedos en su cabello mientras lo hacía, pero lo que sí sabía era que adoraba la forma en la que le mordía suavemente cuando menos se lo esperaba.

Suspiró, todavía sin separarse de su boca, y deslizó sus manos hasta su espalda, donde notó varios músculos contraídos por la forma en la que tenía colocados los brazos, con las palmas contra los  azulejos. Y, aunque le gustó la sensación de verse así de rodeado por el cantante, tampoco le pasó desapercibido otro detalle, que le hizo separarse suavemente de él.

-¿Qué pasa? -preguntó en un murmullo de voz ronca el canario, casi confundible con un jadeo.

-Puedes tocarme -se puso colorado nada más terminó de decirlo.

-No quería hacerte sentir incómodo.

Le llenó de ternura el corazón esa preocupación por él. Cogió una de sus manos y se la puso en la mejilla derecha, la otra la llevó hasta su cuello en el lado contrario, todo sin dejar de mirarle a los ojos. Agoney volvió a besarle.

Aquel fue más breve, pero le gustó más gracias a las caricias sobre su piel.

-Deberíamos salir ya -propuso Raoul cogiéndole la mano-. Van a pensar que queremos escaquearnos.

Agoney asintió y entrelazó los dedos.

-¿Quieres que vayamos después a comer juntos? Si te apetece -recalcó al ver que el catalán no contestaba inmediatamente-. Creo que en el bar de siempre también hay comedor -sonrió tímidamente.

Raoul sonrió de la misma forma antes de asentir.

-Vale.

La sonrisa del moreno se ensanchó y le apretó la mano antes de darle un beso en la punta de la nariz y soltársela para ir con los demás.

El rubio le pidió que le esperase, abriendo su mochila, ya que quería cambiarse por la ropa que había llevado para pintar, pero no puesta por estar en demasiado mal estado. Agoney, avergonzando de su torpeza, le mostró que un poco de pintura también había resbalado en la punta de sus zapatillas. Agoney Hernández, la voz de España, no sabe abrir botes. Se ganó una pequeña colleja. Pero aun así el catalán le dio un beso.

Una vez fuera, mientras Ricky les explicaba su parte para pintar, no podía dejar de pensar en cómo a Raoul no le había dado ningún apuro desvestirse delante de él, aunque sólo fuese ponerse otros pantalones, y sintió envidia de aquello.




La mañana transcurrió sin nada más fuera de lo normal, aunque ambos extrañaban el silencio que se formaba entre ellos cuando limpiaban el baño, ahora llenado por las continuas bromas del mallorquín, recibidas siempre de buen grado por el canario, o algún reproche de la perfeccionista Mireya cuando no estaba conforme con el resultado de sus trazos sobre el cartón.

Poco a poco iban avanzando. En un par de días más habrían terminado todos los decorados, quedando únicamente colocarlos en su sitio y cubrirlos con plástico para que no se acumulase polvo sobre ellos hasta que llegase la fiesta. Con pinturas, rotuladores y otros materiales plásticos habían hecho muchos diseños en paneles que poner en las paredes, simulando en una parte la zona de descanso de un camerino, en otra la de preparación. En la pared contraria a la de la puerta colocarían un gran telón granate de lado a lado, así como miles de carteles de musicales, espejos y mesas a modo de tocador o catering de la protagonista terminarían de dar ese toque que Mimi había buscado desde el principio.

Las mismas veces que Agoney tuvo que contenerse para no acercarse al rubio y limpiarle una mancha de pintura que le cruzaba la nariz, debió resistirse una vez que ya estaban sentados el uno en frente del otro, con sendos platos de comida delante, para no revolverle el pelo y que el flequillo le cayese por la frente.

-Esto está muy bueno.

-¿Qué? -se interesó el canario, estando sin estar hasta unos segundos antes.

Raoul sólo le sonrió y repitió lo que había estado diciendo los últimos minutos.

Y es que quería saberlo todo de él, desde qué películas le gustaba ver los fines de semana en los que hacía frío hasta su canción favorita. Dónde le gustaban más lo besos y a dónde le gustaría viajar. Cuál era su pasatiempo favorito y si sus caricias favoritas eran suaves o casi agarres. Pero también qué sentía y todo lo que se le pasaba por la cabeza.

Si le sonreía alegremente pero por dentro sentía los mismos nervios que él por su situación.

Si sólo temía la aceptación de los demás o todavía temblaba por la propia.

-Quizás algún día nadie tenga miedo -dijo con esperanza con sus dedos entrelazados suavemente, tumbados sobre el césped de un parque al otro lado de la ciudad, en la que habían querido perderse con el coche antes que deambular por terreno conocido y caras cercanas.

Notó la mirada del rubio sobré él.

-Quizás la visibilidad actual sea suficiente, para llegar a la libertad, a que lo importante sea el amor.

-Agoney. Estoy bien, de verdad -le tranquilizó el rubio, intuyendo que todo aquel discurso era por él-. Ahora sí, ahora siento que… no sé, no pasa nada. Está todo en calma -suspiró y el mayor le miró también a los ojos-. No me siento perdido. Pero no quiero perder a nadie.

-Y no lo harás -contestó rápidamente, sabiendo que no podría jurárselo-. Porque te vas a tomar el tiempo que necesites y se lo vas a decir a tu familia con calma y…

¿Y qué? ¿Ellos lo respetarían o no, como no sería la primera vez, ni la última, que ocurriese?

Entendió que Raoul había pillado rápidamente lo que estaba pensando por cómo se habían caído sus hombros inconscientemente.

-Yo estaré ahí, ¿vale? Mireya te va a apoyar, ya lo verás. Y nosotros también -dejó una caricia sobre su mejilla. Eso si lo podía asegurar-. ¿Cómo es tu familia? -preguntó intentando tantear el terreno.

El menor abrió la boca pero entonces su teléfono comenzó a sonar dentro de su bolsillo. Lo sacó con rapidez tras soltar la mano del canario y este se acercó más a él, buscando mantener contacto.

Una sonriente fotografía de la chica con flequillo le devolvía la mirada, brillando su nombre y un corazón amarillo sobre ella.

Raoul se incorporó para responder mientras Agoney, sin moverse de su sitio, le acariciaba despacio la espalda, siendo consciente de que quién le reclamaba era su novia.

-Me tengo que ir -soltó con resignación el catalán cuando hubo terminado la conversación, a la que el mayor no quiso prestar atención.

El canario se sentó a su lado y asintió.

-Vale, no pasa nada.

Pero sí que pasaba.

Porque los dos estaban a gusto y no querían moverse de allí. Sin embargo, Raoul se iba con Aitana, su novia, aunque ya no la quisiera como antes. Y Agoney no dejaba de pensar en cómo la besaría a ella en lugar de él. Porque seguía siendo su novia.

Aquello no era lo que peor llevaba, podía vivir sabiendo que besaba a otra persona igual que podía atraerle alguien más, sino saber lo injusto de la situación, en la que Aitana ni  siquiera contaba con esa información.

Raoul le susurró un lo siento, antes de besarle, que no pudo evitar negarle, recordándole que era para otra persona. Pero le besó de nuevo, en la mejilla, la frente y los labios. Entonces, Raoul le abrazó.

-Pronto -suspiró el rubio en su oído, intentando transmitirle con un palabra tantas que era imposible no tener que concentrarlas de aquella forma.

Pero el mensaje era claro: él tampoco estaba todo lo cómodo que le gustaría.

-Quizás… ahora es el momento -le devolvió el abrazo, recordando lo que hablasen en el lavabo. Después de todo, somos lo que vivimos y ellos se gustaban en ese universo, con todo lo presente y lo anterior, que les hacía ser quiénes eran. Eres tu pasado, aciertos y errores.

Con un último beso, tragándose las lágrimas detrás de la sonrisa, Raoul se fue, insistiendo Agoney en esperar al autobús en lugar de dejarse llevar a casa.




-¿Pero qué haces aquí, Agoney?

No es como si fuese algo extraño a estas alturas de la película que el chico se plantase en casa del mallorquín sin avisar. Lo raro era que no sólo se habían visto por la mañana, sino que sabía perfectamente que no le quedaba demasiado para tener que irse a trabajar.

-Hola -le saludó con su vocecilla de dibujo animado todavía sobre el felpudo-. ¿Ya no puede venir uno a ver a su amigo?

Ricky se echó a reír.

-Anda, no seas dramas -le dio un golpe en la frente con el dedo índice y se dirigió directamente a su cuarto-. Me marcho a currar en menos de media hora -le recordó, mientras rebuscaba en su estantería, cuando entró.

Negó con la cabeza con una sonrisa cuando le vio dejarse caer sobre la cama, como hacía siempre. Pero en lugar de reptar sobre el colchón, apropiarse de la almohada y hacerse una bola a su alrededor, permaneció de espaldas con la mirada perdida en el techo.

El bailarín se sentó a su lado, de rodillas en la cama, a la vez que el CD que había estado buscando comenzó a reproducirse.

Agoney comenzó a cabecear su ritmo a la vez que Ricky lo llevaba con los dedos en el aire.

-Y es que va a suceder, va a suceder, la revolución sexual -canturrearon ambos por lo bajo y el mayor supo, por su sonrisa, que recordaba perfectamente cuando en el Orgullo del año pasado habían puesto esa canción.

Se dijo que, fuese lo que fuese lo que pasase por la mente del canario, no era lo suficientemente oscuro como para ensombrecer su amor por la música.

-¿Qué pasa, Ago? -le preguntó, sabiendo conocerle demasiado como para intuir que aunque se lo iba a contar (para eso había ido), necesitaba de sacacorchos.

-De verdad que no puedo creer que mandasen el Chikilicuatre antes que esto a Eurovisión.

Aunque se partió de risa con aquella queja, que posiblemente había nublado su pregunta, tampoco le sorprendió. Solía decirlo cada vez que la oían. Como buen maricón y eurofan, pensó el mallorquín, que compartía su opinión.

-Venga , que no creo que sea eso lo que más te preocupa. Que de Eurovisión 2008 ya ha llovido y ha escampao.

Agoney suspiró. Ricky era muy consciente de que en ningún momento había apartado la mirada del techo. Y eso tampoco cambió en aquel
momento.

-No preguntes nada. No diré más de lo que te voy a contar. No puedo -tragó saliva lentamente-. No es sólo mío y… controla a tu maruja interior.

El mallorquín asintió.

-Te lo prometo.

-Vale -resopló ocultando el rostro entre sus manos. Cuando las apartó, giró la cara hacia él y buscó sus ojos azules-. Conocí a alguien. Bueno, estoy en ello.

Ricky enarcó una ceja, pero no comentó nada, como su amigo le había pedido.

-Y… -volví a mirar hacia el techo, quedándose un momento en silencio. Su amigo se acercó un poco más a él y le pasó los dedos por el pelo, acariciándole suavemente- me gusta mucho. Al principio no me fijé pero, en cuanto supe más de él, me atrajo un montón, vi que no era cómo pensaba, me llamó la atención y…

-Tranquilo -se estaba acelerando.

-Le quería ayudar. Y nos conocimos más y... cada vez sabemos más y me gusta más.

Algo le decía a Ricky que no debía sonreír, pero por dentro lo estaba haciendo. Le veía más asustado y menos emocionado de lo que debería, al menos mientras se lo contaba. Pero ya era más de lo que podía decir desde hacía demasiados meses.

-¿Y él? -supuso que eso si podía preguntarlo.

Los ojos oscuros del canario regresaron a los suyos.

-También le gusto.

-¿Entonces a qué viene el drama? -ahora sí que sonreía, mientras las caricias bajaban a su mejilla.

-Tiene novia, Ricky.

Sus dedos se detuvieron y se quedó congelado mirándole. Ninguno se movió hasta que el mayor parpadeó un par de veces.

-Creo… que no me esperaba eso -confesó retomando la danza sobre su piel-. ¿Y qué va a hacer?

-Está muy dentro del armario. Y lleva toda su vida con esa chica. No está preparado para romper con ella, porque todo el mundo preguntará y…

-Tendrá que decir que es por un hombre.

Agoney asintió despacio.

-Me siento fatal, porque ella no se merece esto.

-Espera -se quedó callado un momento-. ¿Cómo esto? ¿Le está poniendo los cuernos? -frunció el ceño de forma brusca- ¿Estáis empezando mientras ya está en una relación?

-¿Y qué puedo hacer Ricky? Si le digo que hasta que no rompan nada, se sentirá más presionado de lo que ya lo está. Y tampoco quiero eso -suspiró pesadamente-. Porque si quiere estar… conmigo, se forzará a meterse en una movida para la que no está listo aún.

Se mordió un labio y se rascó la barbilla pensativo. Le gustaba que Agoney acudiera a él, era como su hermano mayor, pero esa vez no sabía qué decirle. No le gustaría verse en su situación.

-Vamos que es la estabilidad mental de ella o la de él -le señaló con el dedo-. Y la tuya en ambos casos, porque dudo que estés muy bien con tus principios.

Entonces sí, Agoney cogió la almohada, pero se la puso en la cabeza en lugar de abrazarla.

-Chiquita mierda.

A Ricky se le escapó una media sonrisa triste tras escuchar la voz amortiguada del tinerfeño.

-Tienes que estar a su lado -le aconsejó por fin y el cantante se dejó ver de nuevo-. Da igual si como amigo o lo que sea que estéis empezando a ser. Pero no le puedes dejar ahora tirado tampoco, ¿no? Necesitará ayuda. Yo también salí del armario y tuve que pensármelo muy mucho. A parte de mi familia no le hizo demasiada ilusión. Entiendo al chaval, de verdad, pero… no es justo para ella. La situación debería durar lo menos posible.

Agoney asintió, notando como se le humedecían los ojos.

-Si lo sé, pero...

-Hey, hey hey, eso sí que no, pequeño -se tumbó rápidamente a su lado y le rodeó la cintura con un brazo-. No pienso volver a aguantarte hecho una mierda por un tío en la vida.

Sonrió y una risilla nerviosa salió de sus labios.

-Gracias, Ricky -se frotó los ojos y contuvo un sollozo. Se llevó una mano al pecho-. Es que siento una angustia aquí.

-Agoney si esto te hace mucho daño, se egoísta y piensa en ti. Porque nunca te mereciste pasarlo mal y ya pasó. Que no se repita.

El canario tomó aire y, todo lo serio que pudo, se giró hacia él completamente y, clavando sus ojos en los suyos, fue totalmente sincero.

-Si fuese totalmente egoísta seguiría conociéndole.

El mallorquín le sostuvo la mirada unos segundos más y, siendo también egoísta, pensando sólo en su amigo, respondió:

-Pues adelante -le acarició la mejilla-. Sólo intenta no arrepentirte nunca. Y el daño a nadie si es innecesario.

Le dio un pellizco en el moflete suavemente y dejó un beso sobre este antes de ponerse en pie, sacudiese los pantalones y colocándose la camiseta.

-Tengo que irme ya, pero puedes quedarte -le ofreció, cogiendo su móvil y su mochila de deporte-. Duerme aquí hoy. Ya le diré a Kibo de tomar algo mañana -decidió recordando al compañero, y ligue, con quién había quedado en irse de cañas al terminar su jornada.

Agoney negó rápidamente con la cabeza y fue a levantarse.

-No, no, no importa, yo estaré bien. Ve con Kibo -se secó de nuevo los ojos-. Te gusta mucho.

-Pero tú eres mi amigo.

El susodicho sonrió tímidamente, avergonzado de verdad por despertar tanto preocupación.

-Les doy mucha guerra a veces -murmuró, en un intento de disculpa.
Ricky le quitó importancia con la mano, la misma que apoyó en su hombro, inclinándose hacia él.

-Es extraño, pero fíjate que prefiero secarte las lágrimas que echar un buen polvo -le revolvió el pelo-. Eso para que tú ni siquiera me cuentes detalles de los tuyos. ¡A Mimi le has contado todo lo del Mikolas ese y a mí no!

No pudo evitar soltar mil carcajadas ante el ataque de dramatismo de su amigo.

-Bueno… a ella no le conté todo esto.

-Haces bien. Siempre he sido el poli bueno, ella te regañaría más -le regaló la última sonrisa y tiró la llaves a su lado junto al colchón-. Por si tuvieses que salir a algo. Que así te obligo a quedarte o por lo menos volver, para poder entrar yo en casa.

-O a lo mejor no te dejo entrar para que te vayas con Kibo.

El mayor rodó los ojos, provocándole una risa.

-Puedes irte al salón si quieres, todavía tengo un par de meses gratis de Netflix.

-Amiga… -se giró hacia él, ya con un pie fuera de su habitación- ¿vemos Sense8 cuando vuelvas?

Ricky sonrió.

-Y Chicas malas.

-Por favor.





-Tengo que decirte una cosa el viernes.

-¿Y por qué no ahora, joder, Raoul? -hizo un puchero Mireya.

Había estado dándole vueltas y, sabiendo lo calculado que era, lo mejor era ponerse metas, días. Si escogía uno para contarle todo a su mejor amiga. No podría evitar hacerlo. Y habiéndolo dicho ya en voz alta, no le quedaría otra.

No quería correr, Agoney le había dicho muchas veces que no lo hiciera, pero quería que pudiesen estar juntos bien. Sin cargos de conciencia, ni hacer daño a nadie.

Mireya, a cuyo bar acudiese en cuanto dejase a Aitana y su elaborado trabajo frente a su facultad (le prometió que lo haría al entrar mejor en su coche), era su mejor amiga, no podía perderla, pero justo por su cercanía, se obligó a pensar que todo continuaría igual, que le querría. Por eso decidió que fuese la siguiente, la primera en su círculo verdaderamente cercano.

Se había sentido muy bien después de contárselo a Thalía, aunque una vez pasado el efecto de aquel momento, volvía a encontrarse igual, porque seguía igual de encerrado realmente. Entre los cimientos de lo que él llamaba familia. Porque Mireya y Aitana para él eran familia.

Tenía que volver a hacerlo, sentirse libre de nuevo. Por él. No para que el canario se sintiese orgulloso o su relación fuese perfecta, para hablar con naturalidad y sentirse valorado de verdad.  A él sólo le importaba su gente, los demás, aunque le diesen cierto pavor, no. No podía destruirle la opinión de alguien cuya opinión no era realmente importante en su vida. En cuanto su familia lo supiese, podría respirar más tranquilo.

Posiblemente si no estuviese Agoney, si siguiese locamente enamorado de Aitana, no notase esa necesidad de hacerlo ya y ahora. Después de todo, era la salida fácil. Tenía novia, nadie pondría en duda su sexualidad ni le sería necesario hablar de ella, salir del armario ante todos cada vez que quisiese darle la mano. Pero tampoco era justo, porque una pareja del género contrario no le hacía heterosexual.

Si veía una película en casa, entre su madre y su hermano en el sofá, quería poder comentar, sin importancia ninguna, el atractivo del actor igual que el de la actriz.

Y con quién más disfrutaba del cine era con Mireya.

-No, el viernes. Por favor -dijo hecho un amasijo de nervios-. Es importante para mí. Pero no es importante.




Siempre le encantaba la suavidad de las sábanas sobre su piel al despertarse. Se removió bajo ellas y entreabrió los ojos buscando la hora del despertador mientras se le escapaba un bostezo. 4:21 indicaban los dígitos rojos y no pudo no resoplar.

-Duérmete.

-¿Te desperté? -hizo una mueca al notar la boca pastosa.

Ricky rió con ironía.

-Entre lo que te mueves y lo que roncas, como pa no.

-Yo no ronco.

-Estabas roncando.

-Yo no ronco -repitió más alto.

El mallorquín dio un tirón con fuerza de la almohada, haciendo que se diese de boca contra el colchón al arrebatarle su parte.

-PERO

-Agoney, roncas.

Refunfuñó y volvió a arrebujarse las mantas hasta el cuello, dándose ambos la espalda como ya hacían antes. El canario respiró suavemente, esperando que regresase el sueño. Le interrumpió que la almohada cayese contra su cara.

Ni siquiera se quejó, se apoyó contra ella, pasando las manos por debajo de esta.

Él intentó no pensar en Raoul, tema que su amigo había evitado durante toda la noche, sólo diciéndole varias veces que  no le diese más vueltas, pero el rubio regresaba. Y más que él su novia.

Apretó con más fuerza la almohada entre sus dedos, tapando aquellos pensamientos con la ayuda brindada por el chico al otro lado de la cama. Ricky había vuelto alrededor de una hora después de acabar de trabajar con varias bolsas del supermercado. En unas la compra de la semana, en otras precocinados para cenar y en otras chucherías para el maratón de Netflix que se iban a pegar. Ni siquiera esperaron a terminar de cenar para ello: arrastraron la mesa baja hasta el sofá y plantaron encima lo que preparó el mallorquín (que no dejó al menor ni acercarse a la cocina para ayudarle) más lo que compró listo para abrir. Los nachos, las gominolas y los regalices permanecieron junto a una de las patas del mueble hasta que Cady Heron se disfrazó de exmujer zombie por Halloween, habiendo terminado de cenar tras el momento polla al aire de Wolfgang (y eso fue un capítulo antes de decidirse por dejar la serie y pasar al film).

Y ambos podrían haber visto mil veces esa película o probado nachos mejores, pero fue suficiente para alejar un rato todo lo que le preocupaba de su mente, llena de chistes de comedia americana y las carcajadas del mallorquín.

Notó a este moverse, tirando levemente de la sábana compartida.

-Ago -le llamó en voz baja, aunque sabía que no estaba dormido.

-¿Hmmm?

-Te quiero mucho.

Tuvo que sonreír, viendo venir el momento moñadas de su amigo, pero entendiendo que sólo era otra muestra de apoyo, en esa construida complicidad que se tenían.

-Ya lo sé -murmuró sin dejar de sonreír-, y yo a ti -respondió antes de que el bailarín le pegase una patada, pues ya había notado cómo comenzaba a mover la pierna.

-¡Pues ahora sí que a dormir ya, eh! -exigió tras un par de segundos en silencio- ¡Tú te parece normal, a las cinco de la mañana dando la murga el niño!

Agoney se echó a reír, consciente de que Ricky se estaba mordiendo una sonrisa.

-Vale, papá.

-Ya estamos con la edad.

-¡SI NO LO DECÍA POR ESO! -hasta a él le dolió hablar tan alto- En realidad tienes siete.

El mallorquín, ante la ofensa de verse llamar inmaduro, se sentó de rodillas sobre la cama, mirándole molesto mientras el canario componía la sonrisa más inocente del mundo.

Señaló dramáticamente la puerta de su habitación.

-Fuera. Vete de mi casa. Ya no eres mi amigo.

-Mientes -sintió como el otro le tiraba al suelo de un empujón-. Me haces daño y luego te arrepientes -protestó cuando vio que, a punto de partirse de risa, el de ojos azules se acercaba para comprobar si estaba bien después de la hostia-. Gilipollas.

Pero el insulto ya le salió con una sonrisa.

Al final, pasaban de las cinco cuando volvieron a dormirse, tras muchas bromas en susurros, lo suficientemente altas como para no oír la vibración de su móvil y ponerlo en silencio, y repartida desproporcionadamente la cama: Ricky con más almohada y Agoney con más sábanas.

Chapter Text

Raoul se sentía en un dejá vù constante: llegar al hotel solía ser sinónimo de esperar a Agoney, siempre tardío. Sin embargo, esa mañana sólo le acompañaban en dicha empresa las dos chicas rubias.


Pero por lo que no dejaba el catalán de comerse la cabeza (y la uñas) era porque no había respondido ni uno de sus mensajes, ni los había abierto. Y aunque ya había  pasado por aguantar aquello en otra ocasión, ahora era peor. Porque le aterrorizaba que Agoney pudiese no querer saber nada más de él, que se lo hubiese pensado mejor.

-¡Por fin! -levantó la vista del suelo al oír exclamar a Mimi- ¡Ya pensaba que no veníais, maricones!

Mallorquín y canario entraron por la puerta resoplando, como si hubiesen llegado corriendo, ambos tenían el pelo húmedo y Agoney no dejaba de toquetearse los rizos que se le habían hecho, como si intentase deshacerlos. Avergonzado, buscó la mirada de Raoul.

-¡Este, que mucho insomnio mucho insomnio, pero a la hora de levantarse es una marmota! -se excusó Ricky, empujando a su amigo por el hombro de forma cariñosa- ¡Y encima va y se le olvida decirme que ponga la alarma!

-¿Perdón? ¿Tenía que hacer yo eso?

Sólo la risa de Mimi hizo que el rubio despegase los ojos de ellos.

-¿Habéis pasado la noche juntos? -preguntó con picardía, haciendo que el tinerfeño la mirase con reproche.

Ricky se limitó a asentir y pasar dentro, pues todavía seguían en el umbral de la puerta.

Por eso no me contestaba.

Todos sabían ya lo que tenían que hacer, así que se pusieron manos a la obra rápidamente. Lo más posible era que terminasen ese mismo día con la decoración gracias a que el día anterior se había metido una buena paliza con pintura y rotuladores por todas partes. Mimi había enviado ya las invitaciones a la fiesta, en una pequeña cartulina a tamaño postal con un diseño moderno pero acorde a la estética de la fiesta, en el que se explicab, además del lugar y el día, la temática del evento, haciendo una idea del vestuario que llevarían y que ya había empezado a mirar la granadina por Internet en las empresas de la lista que le diese Raoul con todos los colaboradores del hotel.

Agoney cada vez entendía mejor a dónde iba destinado su sueldo y la escueta cuota a mayores que su amiga debía abonar. A quién no comprendía era a Raoul.

No es que el chico fuese siempre el más hablador del grupo, pero estaba más callado de lo habitual y no le pilló ni una vez mirándole, cosa que él hacía continuamente. Le daba la vida que Mireya, quien estaba sentada relativamente cerca, pues todos dejaban gran espacio entre ellos debido a los materiales y lienzos utilizados, no dejase de hablar continuamente, visiblemente animada. A menudo, sus bromas se enlazaban con las de Ricky y Agoney tenía que soltar el pincel al no poder parar de reír.

Pero cuando el teléfono de Raoul sonó, inundando la gran sala de la voz de Beyoncé, y este se fue al baño para atender la llamada, no pudo evitar seguirle con la mirada, sin que las bromas le distrajesen.

-Oye, deberíamos poner también algo especial en los lavabos, ¿no? -opinó la malagueña de repente- ¿Ustedes no creen que quedará muy pobre el entrar allí y ver que son tan distintos a esto? -señaló con los brazos las paredes, que se verían de colores burdeos y dorados cuando todo estuviese listo, a diferencia de los azulejos celestes del baño- A lo mejor podríamos poner papel charol y luego quitarlo -la otra andaluza hizo una mueca ante una idea tan chapuza-. Bueno, o con spray de este fácil de quitar, illa, si nos vamos a encargar nosotros de limpiar todo también.

-Ago, vete a preguntar a Raoul si todavía queda algo de presupuesto para decoración o ya se lo ha gastado todo esta -indicó Ricky con un movimiento de cabeza hacia los baños sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.

-¿Pero el chiquillo no estaba hablando por teléfono? Si no corre tanta prisa.

Pero el canario ya estaba prácticamente en la puerta cuando Mimi terminó sus réplicas.

-Sí, sí, sé dónde está… claro -el rubio esperaba respuesta del otro lado de la línea, viendo cómo Agoney cerraba con cuidado. Hubo un par de minutos más de conversaciones que el isleño entendió a medias-. Vale, pues allí nos vemos. Sí. Gracias, hasta luego.

Suspiró tras colgar y se metió el móvil en el bolsillo del pantalón. Agoney se acercó a él con una sonrisa.

-¿Qué tal todo? -se interesó rodeando su cintura y besando levemente sus labios.

Raoul se sintió extraño ante la confianza del otro, quién en varias ocasiones había evitado la excesiva cercanía por si le incomodaba, pero le resultaba agradable. Resopló entre sus brazos y susurró un escueto bien, alargando la última vocal.

-¿Pasa algo? -preguntó dudoso Agoney- Me pareció notarte distraído fuera.

El catalán se alejó de él, negando repetidas veces con la cabeza. Porque era imbécil, imbécil integral.

-No, no pasa… -se calló al ver cómo le miraban los ojos contrarios y supo que no podía ocultarle nada- es que... que es una tontería y, te va a parecer fatal porque precisamente yo no puedo decirte nada, pero… o sea porque nosotros tampoco, y además y yo… que tú puedes hacer lo que quieras, sólo al menos pues, responde, llámame o algo que… me tenías preocupado porque…

-A ver, Raoul, Raoul para -puso sus manos alrededor de sus mejillas y se le escapó una risa-. Que no te estoy entendido nada.

Tomó aire lentamente y colocó sus dedos sobre los contrarios.

-Pues que no soy quién para molestarme si te quieres acostar con Ricky, o con quién sea, que no te puedo echar nada en cara pero… Dios soy gilipollas.

-Un poco sí. Porque no tengo nada con Ricky -le acarició la cara antes de dar un par de pasos hacia atrás-. Me quedé a dormir en su casa. Ya está.

-Pero Mimi…

Agoney rodó los ojos e hizo una mueca.

-Mimi es Mimi y le gustaría que nos enrollásemos porque somos sus mejores amigos, pero no hay nada, Raoul. Soy como su hermano pequeño. Y ya tiene a Kibo, que está muy bueno.

-Soy idiota -repitió el rubio encogiéndose sobre si mismo-. Además… no me debes explicaciones. Yo ni siquiera le he insinuado nada a Aitana.

El canario asintió y se sentó sobre el lavabo. Le indicó con una seña que se acercase y le hizo hueco entre sus piernas. Cuando este obedeció, le pidió que se pusiese de espaldas a él y le atrajo hacia su cuerpo mientras dejaba un par de besos en su mejillas y le acariciaba el pelo, en las escasas zonas sin laca para no despeinarle.

No le merezco.

-Raoul -le llamó tras unos segundos, sacándole de sus pensamientos-, ¿qué somos?

El silencio, aunque no fuese desagradable, se instauró entre ellos.

-No lo sé -respondió por fin y el otro notó que le tembló la voz.

-Ven.

Se giró y juntaron sus frentes, el rubio cerrando los ojos.

-Yo también quiero estar contigo -le confesó, puesto que no llegó a decírselo cuando él lo hizo, en una voz que difícilmente podía catalogarse de alta. El rubio abrió los ojos y los clavó en  los suyos-. Y cada vez me gustas más, Raoul. Lo de Aitana es una mierda enorme pero... se solucionará. Porque se lo dirás y, lo entienda o no, esto ya no será nada malo -intentó tranquilizarlo-. Pero lo harás, chiquitín. No te voy a dejar solo.

-Es que no te merezco nada -soltó Raoul echándose a llorar mientras se abalanzaba sobre él, abrazándolo con fuerza.

Agoney le acarició la espalda intentando acallar sus sollozos.

-Eso no es verdad -le murmuró al oído suavemente-. Lo que no te mereces es descubrir quién eres con veintiún años y no saber qué hacer por la maldita cisheteronorma que te obliga a ponerte un nombre delante de los demás todo el rato. Descubrir quién eres y tener miedo.

-Eres increíble, joder.

Le revolvió (esta vez sí) el pelo con una sonrisa. Y le besó en la frente. Y le abrazó más fuerte.

-¿Por qué siempre acabamos así en el baño? -notó su voz vibrando contra su pecho. No contuvo la carcajada.

-Las mayores ideas y confesiones tienen lugar en el baño. Aunque… nos faltan ese par de copas de más que suelen hacer falta.

Ambos chicos rieron, mirándose con los labios curvados hacia arriba suavemente.

Raoul se acercó para besarle de nuevo y este le correspondió rápidamente, abrazándole por la cintura, acto que había descubierto que le encantaba.

-Por cierto, ¿quién te llamaba?

-Ostras, es verdad.

El catalán cogió su mano y se dirigió corriendo hacia la puerta del baño, donde tuvo la suficiente memoria como para recordar que debía soltarla antes de salir.

A Agoney no dejaba de producirle ternura ese chico.

Pero lo que sintió fue preocupación cuando todos levantaron la vista hacia ellos. Ya se imaginaba a Raoul incómodo subiéndose por las paredes.

El rubio se sentó frente a su lienzo, junto a Ricky y tras Mimi, y desbloqueó su móvil buscando en las notas lo que había apuntado.

-A ver me ha llamado el catering -comenzó a explicar ante la atenta mirada de todos. El moreno tomó asiento también-. Me ha invitado a que vayamos este mediodía tres personas a una feria degustación que han organizado, para que probemos y así escoger lo que más nos guste -se rascó la barbilla-. En realidad me lo comunicaron anoche pero se me pasó -porque cierto chico, presente aquí, no me contestó y empecé a comerme la cabeza-. Ahora sólo era para confirmar e indicarme cómo acceder al sitio. Es en una sala bastante amplia de otro hotel no muy lejos de aquí. Como son tres personas, había pensado en que viniesen conmigo Mimi y Agoney, porque, es lo que más sentido tiene. Es decir, es tu novia -dijo directamente- y bueno, Ago es tu amigo y tal -se puso nervioso al acortar su nombre delante de los demás, aunque ellos lo hicieran-. Aunque si queréis puede ir Ricky por mí y así los disfrutáis los tres, me quedo yo.

Ricky, de brazos cruzados, negó con la cabeza.

-Nada, no importa, así me pilla de sorpresa todo el día de la fiesta -miró a la malagueña-. Nosotros dos terminaremos esto sin problema, ¿verdad, Mireya?

-Claro, disfrutando de las cosas buenas que tienen los rotuladores -bromeó ella ya que, conocida sólo por el mallorquín de oídas, habían sabido congeniar bastante.

Eso a Raoul, siendo abiertamente gay Ricky, le daba gran seguridad para con Mireya, sólo temiendo que fuese como aquellos padres que lo ven bien pero lejos, no cuando toca en familia.

Estuvo pensando en ello todo el tiempo, incluido cuando el canario, la granadina y él se fueron un rato antes de lo habitual para cambiarse (llevaban una buena capa de pintura por encima), dejando allí a los otros dos, que trabajarían a tope hasta acabar. Sólo se le olvidó cuando casi se echa a reír al ver las diferencias entre los dos amigos al llegar la dirección que el catering le indicase y verlos ya allí: Mimi se había pintado los labios de rojo y puesto blusa y tacones negros; en cambio Agoney llevaba pantalones y camiseta, mucho más informales aunque del mismo color, y una chaqueta militar atada a la cintura.

Aun así estaba guapísimo.

Los tres pasaron dentro, hablando ya la chica del hambre que tenía, y tomaron el camino que Raoul llevaba escrito en el teléfono. En la sala de reuniones de la planta baja, de mucho menor tamaño que la del hotel Vázquez, la empresa de catering había dispuesto dos largas hileras de puestecillos con tapas, separadas por sus diferentes provincias o países. Muchos otros invitados deambulaban de unos a otros.

En la entrada había un tablero con el listado numerado de cada puesto y su temática. Por ello, mientras Mimi y Agoney se desviaron hacia la que se denominaba vegana, Raoul se dirigió a la de tapas salmantinas, ciudad donde nunca había estado. A cargo de este estaba una chica bajita, con el pelo muy rizado que no dejaba de mirar su móvil.

-Hola -saludó el catalán, aunque no obtuvo ninguna respuesta de tan centrada como estaba la otra en el aparato rosa. Tenía una tarjetita con su nombre en la chaqueta: Sonia.

Vio que en realidad no eran tan sólo tapas, sino también platos típicos preparados para servir en pequeñas porciones. Había un panel, similar al de la entrada pero de menor tamaño, en el que se indicaba qué era cada cosa.

Hornazo

Chanfaina

Patatas meneás

Limón serrano

Chochos

¿Qué?, pensó alarmado Raoul dejando de leer, para buscar dicho alimento. ¿Pero qué coño es eso? Literalmente.

Altramuces. Simplemente, altramuces. Redonditas y amarillas. Y al lado una variante (chochos charros/dulces) que le recordaban a las peladillas de Navidad.

Respiró tranquilo pero, señalándolos, preguntó a la joven:

-¿Por qué los llamáis así? -su voz con palpable nerviosismo.

La tal Sonia, despegando por fin la vista de su teléfono, le miró de arriba abajo y también lo que indicaba. Enarcó una ceja, como si no comprendiese nada.

-Moralista -fue todo lo que dijo.

El rubio fue a responder al ¿insulto? pero finalmente no lo hizo, viendo que había perdido de nuevo la mirada de la chica. Se marchó de allí (con un vasito con patatas meneás, sería moralista, pero no idiota).

-Hey, Raoul -se giró hacia Agoney, que le colocó una mano en la cintura. Miró tras su hombro, buscando a Mimi-. Tranquilo, está discutiendo con un pibe que intentó tocarle el culo -resopló con el ceño fruncido-. Me pidió que me fuera, que se encargaba ella sola -se encogió de hombros-. ¿Qué tal?

-Pues podría estar mejor, la verdad -aunque él se refería al incidente con la chica charra, el canario enarcó una ceja de forma pícara-. Joder, Agoney.

El mayor rió ante el bochorno del contrario.

-¿Seguimos mirando juntos o nos escaqueamos por ahí? -sugirió.

-Creo que los baños están allí… por no perder las costumbres -señalando a su espalda, sin dejar de sonreír ninguno de los dos.

Echaron un último vistazo para tener localizada a la granadina antes de escaparse a uno de los cubículos individuales del baño, en el que rápidamente Raoul apoyó la espalda contra la pared mientras Agoney le besaba los labios.

-En realidad esto es lo que quería -susurró el menor, con los ojos cerrados.

-¿Encerrarme en los lavabos? -bromeó.

-No, imbécil…  venir aquí contigo -le acarició la mejilla-. Me gusta estar contigo. Y sonaba divertido. Me encanta la comida y también tú, era un planazo -Agoney intentó no hacer caso al cosquilleo en la tripa al oírle decir aquello-. Pero no podía no traer a Mimi, lógicamente, la fiesta es para su amiga.

-Novia.

Raoul desvió la mirada sonrojado.

-¿He parecido muy mi abuela? -el canario asintió enérgicamente y él rió nervioso- Cómo la cagué aquella vez, diciendo que sí su hermana.

Ambos jóvenes volvieron a reírse, esta vez juntos, para justo después besarse. Estaban tan bien juntos que no podían dejar de hacerlo. Raoul había notado a Agoney distinto: le miraba a él, pero a él de verdad, y todo el rato, con una sonrisa, no temeroso y medio perdido en sus pensamientos. Eso sí, sin dejar de mantener un espacio entre ellos que le volvía loco.

Le hacía sentir genial saber que se preocupaba tanto por él, pendiente de no incomodarle. Pero quería que le acariciase como quisiera y le daba vergüenza pedírselo.

Movió sus manos de sus mejillas hasta su cintura sin separar sus labios, ya se encargó de ello Agoney.

-En serio, puedes hacerlo. No pasa nada -el canario notaba su aliento tibio en sus labios-. Si me incomoda te lo diré. O pregúntame -sentía sus cara colorada-. Pero no decidas no hacer nada y ya está.

-Vale. Perdona.

Raoul le dio un manotazo en el hombro y le clavó un dedo en el pecho que le hizo dar un respingo.

-Que no pidas perdón por todo -refunfuñó haciendo un puchero que hizo sonreír al otro de forma tímida-. Gracias por ser así. De verdad.

El isleño le acarició la espalda y el peninsular enredó los dedos en los mechones sueltos de su nuca.

No llegaron a besarse, se abrió antes la puerta de fuera.

-¿Ago? -la voz dudosa de Mimi.

-¡Dime! -exclamó rápidamente, mirándose ambos con cara de susto.

-Ah no, nada, que no te veía y supuse que estabas aquí. ¡Acaban de sacar unos pinchos distintos en el de los vascos qué… ufff! Acaba y vente -continuaba en la puerta-. ¿Y Raoul?

Al mencionado casi se le escapa un grito de los nervios.

-¡Pues aquí! ¡En el de al lao! -en cualquier momento le explotaría una vena de la cara- Que no puede uno ni mear tranquilo.

-Vale, vale, viejo cascarrabias -rió suavemente y Agoney sonrió-. No tardéis mucho eh. ¡Está todo buenísimo!

Ahora sí, la puerta se cerró. Y mientras al canario se le escapó una risa, el catalán resopló con fuerza.

-Qué nervios. Ya pensaba que nos pillaba.

Agoney le miró con ternura antes de darle un beso en la mejilla.

-No era la mejor forma de salir del armario, no.

Salió fuera del cubículo y el rubio le siguió. Se detuvieron frente al espejo y a la vez que uno se retocaba el tupé, el otro se mojaba la cara con un poco de agua.

Raoul observó, al girarse hacia él para salir, como volvía a toquetearse los rizos con cara de disgusto.

-¿Qué pasa? -pregunto acercándose y apoyando la barbilla en su hombro- Es la primera vez que te veo el pelo tan rizado -le miraba a través del espejo con una sonrisa.

-Ya… es que no me gusta mucho -se quejó en un murmullo bajo-, ahora por lo menos está seco. Es horrible.

-¿Pero qué dices? -se separó violentamente de él haciendo que este le mirase con confusión-. Estás increíble. O sea, como siempre -se acercó de nuevo y le rodeó la cara con las manos-. Si eres guapísimo, Agoney.

El canario cerró los ojos, dejándose acariciar.

-De verdad.

Una sonrisa le surcó los labios, sin embargo, le miraba como si mirase a un niño pequeño. Y él estaba hablando en serio, así que fue inevitable que frunciese el ceño.

-Para de pensar lo que sea que estás pensando porque no estoy diciendo ninguna mentira, ¿vale? -le dio un suave empujón- A ver si aquí se replantea uno su sexualidad y encima va a parecer que por nada -bromeó fingiendo estar enfadado.

-¿Qué? -se echó a reír- ¿Yo?

El catalán  rodó los ojos de forma exagerada.

-No exactamente. Pero sí. Porque ya había tenido dudas pero… -no se había dado cuenta hasta entonces de que se había acercado a él y, agarrando su camiseta, jugaba con la tela entre sus dedos- tú me atraías mucho -confesó finalmente.

Permanecieron en esa sensación de complicidad un poco más, sin moverse ni decir nada.

-Estás evolucionando mogollón -el rubio levantó la mirada hacia él enarcando una ceja-. Sí, porque ya hablas de ello sin ponerte tan rojo o hacer mil pausas. Más seguro de ti mismo, supongo.

Raoul sonrió y las venas de Agoney estaban llenas de orgullo.

-Porque no puede ser malo algo que me hace sentir tan bien.

Se miraron a los ojos durante lo que pudieron ser horas, sin que la sonrisa de Agoney se perdiese, hasta que el peninsular la apartó colorado y, tras dejar un beso en su mejilla, se dirigió a la puerta.

-Vamos, que Mimi ya no sabrá si nos ha tragado el water, no hemos puesto a jugar al Monopoly o estamos cagando.

Pero Raoul no pudo seguir diciendo tonterías a causa de la vergüenza, puesto que el moreno le agarró de la mano, tiró de él, le besó en los labios y salió primero.







-No hace falta que me esperes.

-Quiero hacerlo.

Agoney sonrió.

-Vale -susurró con su voz aguda, que produjo una carcajada al catalán.

-Pareces sacado de una serie de animación cuando hablas así -se cruzó de brazos mirándole con expresión bromista-. De Mickey Mouse.

Resopló con fuera y, fingiendo estar sólo, miró hacia el techo.

-Está volviendo a ser el del principio y me está tocando la polla.

-Mentira -hizo una pausa para aparentar seriedad-. Si fuese el del principio no estarías muriéndote por besarme, me estarías rayando el coche.

-Tienes hoy el ego muy subido tú, ¿no? -le pasó los brazos por el cuello cuando el otro le rodeó la cintura. Pero cumplió lo que había dicho y le besó, justo antes de darle un golpecito en la nariz y salir al escenario del hotel.

Y sí siempre se ponía nervioso, aquella especialmente, sabiendo que Raoul había insistido en acompañarle y escuchar desde detrás. La canción de Queen pareció tener otro significado en su garganta en aquella ocasión.

Habían cenado temprano antes de ir, en un local al que se juraron no regresar, después de dejar a Mimi en el portal de casa de Ana. Supuestamente, el rubio iba a regresar a la suya en cuanto se hubiese bajado el canario en el aparcamiento del hotel Vázquez, pero no fue así. Y no podía decirle que no si era como un niño  (y el hijo del dueño, que también influía).

Pero los nervios se fueron tan rápido como el Mercedes del catalán se detuvo frente a la Academia.

-Pues hemos llegado.

-Sí -risilla nerviosa-. Gracias por traerme. Y por quedarte a oírme. Y por todo el día.

-Ago, ya.

Se rió nerviosamente de nuevo, no podía evitarlo. Apoyó la cabeza en la ventanilla y observó lo de noche que era ya, con todas las farolas encendidas y los negocios cerrados. Miró de reojo su mano, con la que había entrelazado la propia Raoul nada más soltar el volante.

-¿Te apetece pasar? -preguntó sin pensar.

El menor dudó un momento.

-Vale.

-Pero sólo si te apetece…

-Sí, sí, vale.

Porque los nervios son una pelota, que va pasando de unos a otros como jugando al futbolín, y Raoul no dejaba de morderse las uñas ya sentado a los pies del viejo colchón. En su mente, Agoney no sólo sí estaba a su lado, sino que le estaba besando el cuello y acariciando la cintura. Y no estaba nada seguro de querer eso.

-Te ofrecería tomar algo -le hablaba desde el pequeño frigorífico a sus espaldas-, pero no hay nada, así que.

El canario se acercó a él riendo hasta que tomó asiento, entonces sólo cerró los ojos y se mantuvo así con una sonrisa mientras el catalán le miraba de reojo, todavia con un dedo entre los labios. Cuando Agoney se giró a mirarle apartó la vista, mordiendo con más fuerza.

-¿Pasa algo? -su voz era tranquila y su tono alegre, pero el menor no comprendía que pudiese sentir tanta calma cuando él estaba al borde del colapso nervioso.

-Shi, claro -se puso más rojo todavía cuando el otro le apartó los dedos de la boca.

-¿Seguro?

¿Por qué no dejaba de sonreírle? Cogió todo el aire que pudo y lo soltó lentamente por la nariz.

-Ago... -el moreno le hizo un gesto con la cabeza para que siguiese al verlo dudar- que yo no, o sea que sí que tú pero... -se quedó callado un momento, mirándole a los ojos. Estaban tan tranquilos, observándole con esa felicidad, que Raoul no podía evitar notar una agradable sensación recorrerle. Comprendió que a esos ojos podría decirles lo que fuera- que no quiero acostarme contigo. No ahora al menos.

El isleño levantó los brazos exageradamente, echándose hacia atrás.

-¿Cuándo dije yo eso? -enarcó una ceja y el rubio se ruborizó- Sólo te invité a pasar.

Raoul se tapó la cara con vergüenza.

-¿Tú a todo el mundo que dejas sentarse en tu cama te lo tiras o qué?

-Dios Ago, cállate -le escuchó reírse de él. Se encogió de hombros y bajó las manos por fin-. No sé, pensé… ya me había puesto nervioso.

-Sí que quiero acostarme contigo -contra todo pronóstico, movió ligeramente el cuello para mirarle-. Porque me gustas. Pero no ahora -dijo lo último más bajo y entrelazando sus dedos-. ¿Cuántas veces te dije ya la palabra tiempo, chiquitín?

Entonces sí sonrió, más tranquilo.

-Todo el rato.

-Pues ya está -le acarició la mejilla y se mantuvieron la mirada durante unos segundos, hasta que Agoney se separó un poco de él-. No sé si sugerirlo o esperar a que lo digas tú porque, o te va a dar vergüenza o ni se te pasa por la cabeza, y si lo digo yo me aterra meterte presión o que digas que sí por compromiso.

-¿El qué?

-Que puedes quedarte a dormir si quieres.

La boca de Raoul formó una o perfecta.

-Bueno… es tarde -intentó buscar una excusa el catalán para no decir un claro directamente, como si no hubiese conducido hasta su casa a horas más elevadas en otras ocasiones.

-Raoul.

-Sí quiero, Agoney.

-Vale.

Se sonrieron.

Pero era cierto lo que había dicho el canario: muchas veces le daba apuro decir según que cosas por si le incomodaba o hacía que se sintiese en la obligación de aceptar. Lo mismo cuando le besaba o acariciaba.

-Es que… me parecía bonito despertarme por la mañana y encontrarte por aquí -se levantó del colchón, en busca de las mantas-. Yo ahora me hago una bolita por ahí -rió- y ya está.

-Ah entonces no -lo dijo tan serio que tuvo que girarse a mirarle-. Para dormir sólo me voy a mi casa que -dio varios golpecitos sobre el colchón- creo que mi cama tiene pinta de ser más cómoda.

Pues bien que pasaste ahí la mona pensó el mayor, quién se mordió los labios suavemente.

-¿Estás seguro?

No le vio dudar, pero sí que tardó un poco en asentir.

-Sólo que -bajó la vista hacia su cuerpo-, no tengo nada de ropa y con la camisa pues…

Tenía razón, Agoney no se había dado cuenta de eso.

-Esto… -caminó hacia el pequeño armario de lavabo diminuto- sólo tengo un pijama aquí.

La voz le llegó amortiguada y se echó a reír cuando vio al canario regresar con un pijama, amarillo con dibujos, de dos piezas, camiseta y pantalón largos.

-Da igual Ago, yo me apaño.

-Podemos compartirlo.

Raoul frunció el ceño.

-¿Y qué pretendes, cortarlo a la mitad?

-No imbécil -le tiró la parte inferior  a la cara-. Pero tú te puedes quedar el pantalón y yo la camiseta. La manta es gordita, no pasaremos frío.

El peninsular supo que si el otro no fuese tan moreno, le vería sonrojado.

Había comprendido su idea, ninguno estaría completamente vestido pero tampoco incómodo. En realidad él dormía a menudo sin la parte superior.

-¿Estás seguro? -preguntó preocupado, recordando cómo le había pedido que saliese del vestuario, en el hotel, para que no le viese cambiarse.

Y debía estar seguro, no sólo porque asintiese, sino porque quince minutos más tarde estaban los dos bajo las mantas del colchón. Raoul no dijo nada pero sí notó que cuando se desnudó, cosa para lo que esperó hasta el último momento, apagó rápidamente la luz y se tumbó a su lado. Le atrajo hacia sí rodeando su cuello con la manos y le besó despacio. Agoney le pasó un brazo por la cintura y le acarició la espalda desnuda suavemente.

Respiró con tranquilidad y el canario le imitó.

-¿Tus padres no te dirán nada?

Raoul negó con la cabeza, aunque lo verbalizó por si no le veía.

-No, no les he dado explicaciones, sólo le mandé un whatsapp a Álvaro para decirle que no dormiría en casa -comenzó a repasar su barba con la yema de los dedos. Era áspera y suave a la vez.

-Tu hermano -le confirmó que sí-. El novio de Mireya.

-Sí, llevan ya varios años juntos.

Agoney no dijo nada y pensó que se había quedado dormido. Entonces sintió una mano en su mejilla, entre esta y la almohada, y la otra en su pecho. Contuvo la respiración.

Y el canario lo notó.

-¿Te molesta?

-No.

Escuchó su sonrisa, haciendo que pocos segundos después se escuchase también la propia.

Nunca sabrán decir cuanto tiempo estuvieron así, puesto que se quedaron dormidos entre caricias y juegos de labios.

Chapter Text

Aspiró con fuerza antes de llevarse una mano a la cara, consciente de que acababa de despertarse. Raoul abrió y cerró los ojos tan lentamente como la boca, la que notaba pastosa. Se giró para intentar conciliar el sueño de nuevo, pero volvió a abrir los ojos (ya de forma definitiva) al encontrarse un obstáculo.

La cara relajada de Agoney descansaba sobre la almohada a su lado de la misma forma que su brazo sobre su cintura. Por un momento había olvidado que habían pasado la noche juntos. Se preguntó cómo pudo ser capaz de hacerlo.

El rubio comenzó a examinar sus rasgos detalladamente. Sus labios entreabiertos, por los que su aliento tibio llegaba hasta su piel, eran gruesos y tuvo que contenerse para no despertarle a besos. La cuidada barba que tan bien le quedaba (aunque estaba seguro de que seguiría siendo guapo sin ella) tomaba gran parte de sus mejillas, mentón y barbilla y a punto estuvo de enterrar sus dedos en ella. O en los rizos desordenados que caían sobre su frente.

Se separó un poco y se le escapó una sonrisa al fijarse en la colorida camiseta de pijama que llevaba, dándole una imagen tierna, como de niño pequeño. Le hizo incluso más gracia al recordar que él mismo le había comparado con Mickey Mouse, el mismo dibujo animado que, con gesto sonriente, adornaba su ropa.

El suave ronroneó del canario le hizo subir la vista hasta su rostro, aunque no pensase bajarla más, consciente de que al otro no le hubiese gustado que lo hiciera.

-Buenos días, dormilón -le saludó animado y lo suficientemente alto como para que Agoney frunciese el ceño y cerrase los ojos con fuerza.

-Mmm... déjame -le atrajo hacia sí, abrazándole más fuerte, como hiciese en varias ocasiones durante la noche.

Raoul se dejó hacer, cobijándose en el calor del cuerpo contrario, enterrando su nariz en su clavícula y pasando sus manos por su espalda, devolviéndole en acto. Agoney enredó sus piernas y suspiró.

-¿No podemos quedarnos así un poqueto más? -pidió en un puchero.

-Por poder –se encogió de hombros mientras su sonrisa se ensanchaba-. Mireya y Ricky dejaron terminados los decorados, ya no tenemos que volver hasta que esté el vestuario.

-Es verdad.

Ya no tenían una excusa para verse. Aunque supieron que buscarían más para hacerlo nada más notarlo.

Uno le acariciaba la cara al otro mientras este hundía los dedos en los rizos que se le antojasen hacía unos minutos. No era incómodo hacerlo aunque se mirasen sin decir nada. Estaban a gusto juntos continuamente.

-¿Cuántos años dijiste que tenías? -preguntó de pronto Raoul.

-Veintidós -le apretó el moflete suavemente-. En octubre, cumplo veintitrés.

El catalán asintió lentamente, manteniendo aún su gesto serio, aunque poco le aguantó.

-Entonces el pijama va acorde a las unidades de años mentales que tienes, ¿no?

Agoney resopló ante su comentario.

-No te soporto, de verdad –Raoul soltó una carcajada; pasó lentamente los dedos sobre la parte del pijama que el otro llevaba, sobre la tela de los muslos-. Pues bien bonito y suave que es -refunfuñó inclinándose hacia él, sin despegar sus ojos del lugar que acariciaba, hasta rozar con sus labios el lóbulo de su oreja al seguir hablando-. Y bien sexy que te queda sólo el pantalón.

El rubio notó como se le erizaba la piel.

El pantalón carecía de aquel amarillo brillante que portase la camiseta, era gris oscuro con la silueta de la cabeza de Micky Mouse en negro a modo de estampado. Nada que le trasmitiese especial morbo al de Mongat, que le golpeó en el hombro, alejándole.

-Mamón -se quejó sonrojado, sabiendo que prentedía burlarse de él en venganza.

-En realidad todo te queda bien –se encogió de hombros inocentemente y se incorporó-. ¿Desayunamos? Creo que no hay nada para comer. Podemos ir a por churros.

Raoul, que acariciaba las sábanas con los dedos, no le prestaba a sus palabras la atención que debiera tratándose de comida.

-¿Tú qué quieres? -preguntó despacio.

-¿Churros?

Sacudió la cabeza rápidamente y buscó su mano, entrelazándolas.

-Ayer me preguntaste qué éramos. ¿Tú que quieres que seamos? -Agoney desvió la mirada de él- ¿Qué querrías que fuésemos si no estuviese Aitana?


El isleño se frotó la cara con una mano, llevándola finalmente hasta su cabello.


-Pero está -le devolvió su atención y Raoul se propuso no separar sus ojos de los contrarios.


-También está ahora... ¿no? Y hace un momento querías seguir durmiendo conmigo.


-Pero es que... -se cubrió la cara con ambas manos y suspiró con fuerza- no puedes salir con alguien si ya sales con alguien.


Raoul se incorporó de un brinco y le pasó un brazo por la espalda.


-¿Eso es lo que quieres? -vio los ojos oscuros mirarle entre los dedos- ¿Que salgamos?


El mayor dejó caer las manos sobre su regazo y el catalán se apresuró a coger una entre las suyas.


-¿Y llamar novio a alguien que ya tiene quién lo haga?


-Me compraste así -intentó quitarle hierro al asunto, mordiéndose el labio. Agachó la mirada hasta sus dedos entrelazados y suspiró-. En realidad... no cambia tanto de lo que tenemos ahora, ¿no? -buscó su mirada- Ya nos besamos. Ya dormimos juntos. Ya… hemos hablado de sexo, aunque no lo hayamos hecho -le costó mantenerle la mirada y se puso colorado-. Sólo es la etiqueta. ¿Es lo que quieres?


-¿Qué es lo que quieres tú, Raoul? Pensaba que asumí esto pero... igual no lo hice tan bien. No lo sé.


La respuesta del peninsular, a una pregunta de la que tanto daba ya la respuesta, tardó mucho menos en llegar de lo que hubiese podido pensar el moreno.


-Dejar a Aitana y estar contigo.


Ambos parecieron contener la respiración a la vez.


-Pero entre querer y poder va un abismo –Agoney tomó la mano libre del rubio-, ¿verdad? No llores –le pidió suavemente cuando le vio agachar la cabeza con la mirada húmeda-, por favor. Si… es muy pronto. Para nosotros, digo. Me asusta que lo tengamos tan claro.


-Ah, ¿que lo tenemos claro? -se le escapó una risa nerviosa.


-Que queremos estar juntos sí -le pasó una mano por el pelo y le sorprendió que no le molestase-. Respira Raoul, no te ahogues. Todo esto es una mierda, pero acabará. Seguro que sí.


-El viernes se lo voy a decir a Mireya -dijo en un sollozo.


-¿Sí? -el rubio asintió- ¿Qué pasa el viernes? Igual es mejor que surja.


Raoul se separó un poco de él para secarse los ojos, pero después se acurrucó junto a él y Agoney le abrazó, besándole la frente.


-Si me pongo metas para hacer las cosas, las cumplo. Lo voy a hacer así porque si no, a lo mejor, me acomodo y… no podemos estar así tanto. Por Aitana -el canario le dio la razón y él tomó aire con fuerza-. Y por ti -le miró a los ojos-, tampoco te lo mereces.


El isleño suspiró.


-Tú no te preocupes por mí. No te metas prisa si te vas a hacer daño, tú -recordó las palabras de Ricky y recicló su consejo- se egoísta y piensa lo primero en tu salud mental, en si te van a afectar las consecuencias. No peques de impulsivo. Pero tampoco te duermas en los laureles porque es cierto que tu novia no se merece esto.


Vio como el rubio volvía a asentir despacio, mirándose los dedos mientras sorbía por la nariz como un niño.


-¿Me abrazas más fuerte?


Ni siquiera respondió, lo hizo sin más.


-Ago.


-Qué -llevaban un rato en silencio sin que dejase de acariciarle la espalda.


-¿Por qué no me besaste cuando te besé? Aquella vez en el baño. La primera -se frotó la nariz-. La vez siguiente sí lo hiciste.


-¿Cuándo el pico? -preguntó sorprendido por traer aquel momento de pronto- Porque no me lo esperaba para nada, me quedé como en shock -rio suavemente-. Parecías el típico heterito pijo de turno -notó la sonrisa ajena-, pero fíjate -le miró-, que ahora resulta que es justo lo contrario.

-¿Qué mierdas significa eso?


Agoney dejó un beso sobre su nariz.

 

-Que no eres un niñato pero sí un alto porcentaje de maricón -el catalán se puso colorado y él le revolvió el pelo con ternura.

 

-Pensaba que maricón estaba mal dicho. Que era despectivo y tal.


-Lo es. Pero el Colectivo LGTB siempre se ha apropiado de los insultos que recibe, para hacernos más fuertes y cuando nos intenten golpear con ellos no nos afecten. Tú por ejemplo, eres bajito –Raoul puso los ojos en blanco-, lo eres. Imagina que tú mismo te metes continuamente con tu altura, si alguien lo intenta ya no lo conseguirá, no te dolerá tanto -se encogió de hombros-. Yo puedo decir que soy maricón. O llamar a Ricky maricón. Pero si se lo llama alguien no LGTB seré el primero el mandarle a la mierda.


-Así que yo puedo llegar a Mireya el viernes y decirle que soy maricón pero ella no puede decirlo sobre mí, ¿no? -se le escapó una sonrisa de diversión y a Agoney una risa.


Risa que desembocó en que ambos se mirasen con cara de tontos hasta que se acercaron para darse un beso rápido, apenas rozando los labios. Se movieron hasta quedar otra vez tumbados sobre el colchón transformados en un nudo de brazos y piernas, entrelazadas unas extremidades y otras regalándose pequeños toques de vez en cuando.


Era especialmente agradable tener al otro al lado, aunque no dijesen nada. Mantenerse la mirada no era incómodo, ni tampoco tocarse la piel. Habían aprendido que la compañía del otro era suficiente para sentirse tranquilos.


Agoney se acercó un poco más, acariciándole la mejilla, y volvió a besarle, muy despacio. Se quedó con las ganas de bromear sobre el no besarse mejor por apenas llevar un rato levantados y tener la boca hecha una mierda, pero no sintió la necesidad de avergonzar al chico tan relajado como estaba.


-Entonces, ¿se lo dirás el viernes? -se le escapó una sonrisa antes de asentir- ¿Estás seguro de estar preparado?


-Sí, sí, ya lo verás -dijo confiado-. Esto como una tirita –hizo el gesto de retirar rápidamente uno de aquellos adhesivos.


La sonrisa de Raoul se mantuvo durante el resto de la mañana, mientras se hacían arrumacos remoloneando unos minutos más en la cama, mientras se vestían hablando de la perrita de Agoney, mientras desayunaban tostadas con mermelada (a falta de churros) en la cafetería de la esquina. Aquella curvatura de sus labios se convirtió en perenne durante el resto de la semana. Hasta que se perdió en el viernes. Cuando se saltó sus principios de seguir su agenda al no ser capaz de contárselo a Mireya.


-¿De qué me querías hablar? -preguntó la andaluza antes de darle un largo sorbo a su infusión con miel. Hacía escasos diez minutos que habían aprovechado el momento de menos clientela de la tarde para acompañar al catalán a una mesa y no quedarse en la barra- Llevo toda la semana con la intriga, capullo. La próxima vez no me digas nada, me ponen de muy mal humor los –puso voz de pito- tengo que decirte algo pero luego -rodó los ojos exasperda, pero se le escapó una risa y miró a su amigo con cariño.


Raoul tragó saliva un par de veces, se pasó las manos por los vaqueros secándose el sudor. Bebió de su refresco y desvió la vista varias veces. Antes de darse por vencido y suspirar.


-Nada, nada -sonrió de lado, con la sonrisa más falsa que debía haber dado en su vida-. Olvídalo yo... olvídalo -rió nerviosamente y la malagueña enarcó una deja-, simplemente olvídalo.


La rubia cogió una de sus manos con las suyas.


-¿Estás bien, Raoul?


Mireya casi no decía su nombre. No era necesario, se dirigía a él sin que hiciese falta o le ponía algún apelativo cariñoso. Pero no le llamaba Raoul.


Y eso terminó de desestabilizarle, porque no podía soportar el pensar en oír su voz diciendo siempre su nombre y no cualquier otra palabra.


Esbozó una sonrisa como pudo y descubrió que antes mentía: esa era la más falsa que había compuesto nunca.


-Tranquila, de verdad -agarró también sus manos-. No importaba tanto que fuese hoy –se empezó a reír tontamente, aunque por dentro estaba hecho una mierda-. Olvídalo y vamos a comprar aquello que querías a la tienda esa nueva.


Los gestos de Mireya se relajaron y, tras volver a sonreírle, se inclinó hacia él para darle una suave colleja.


-¡Pues la próxima vez no me digas nada, carajo! Toda la semana comiendo las uñas pa na, una aquí preocupa. ¡Qué asco de niño, de verdad!


Se rieron juntos, siendo él un amasijo de nervios por dentro y un chaval encogido sobre su asiento por fuera. Tomó la chica el último trago de su bebida y se levantó de su silla.


-Vamos, que encima tengo la garganta fatal –se tocó dicha parte del cuerpo-, con el asco que me da beber miel -fingió un escalofrío.


Y como dijo Raoul, ambos se fueron juntos al establecimiento al que quería ir la malagueña para ojearlo y darse un caprichito con el dinero de más que había sacado de más en el bar gracias a hacer caja todas las noches de fútbol, mucho más concurrido, para compensar el rato que faltaba por la tarde.


La tienda en cuestión había abierto un par de semanas antes en frente de su pastelería favorita. Estaba especializada en objetos viejos y a Mireya le flipaban esas cosas. Además, quizás tenían algunas cintas que sumar a su colección, pues aunque se grababa las suyas propias, le encantaba las ajenas. Por eso tenía ya dos en una mano mientras entre los dedos de la otra sujetaba una taza de porcelana decorada con relieves florales.


Raoul se hubiese sumado a ella, ya que, aunque aquello no fuese su pasatiempo favorito, disfrutaba realmente viendo la cara de felicidad que se le quedaba a su amiga, pero no pudo hacerlo de inmediato, enfadado consigo mismo. O más bien dolido.


Pero la rubia, sólo podía hacerlo ella, consiguió distraerle de sus pensamientos acercándosele de pronto, llenándole la cara de besos y llevándoselo a otra parte de la tienda de la mano, como a un niño pequeño. Al final, salieron de allí con una bolsa con las cintas, la taza y un montón de sellos pertenecientes a una colección que recogía dibujos tan variados que mezclaban a Franco, la Cruz Roja de la República e incluso la Dama de Elche.


-¿Tarta de limón? -preguntó la rubia cambiado el peso de un pie al otro. Resopló ante la negativa del chico- Mejor, porque me lo voy a pedir yo –Raoul se echó a reír-. ¿Una galleta rellena de chocolate y avellanas?


-Uuuuuuy. Casi.


-Tarta de chocolate y galletas con queso crema y avellanas –dijo levantando levemente la barbilla, confiando plenamente en su deducción. Al catalán se le escapó el labio que sujetaba entre los dientes para evitar su sonrisa.


-Eres una crack.


-¡Yas! -le guiñó un ojo- Sí soy.


Si algo disfrutaban de ir juntos a Cake by the ocean no eran sus dulces y pasteles (que a ver... también), era intentar adivinar, mientras hacían cola para pedir, qué tomaría el otro. Pero de forma precisa, aquí no valían medias tintas.


-No me he confundido hoy –Mireya apartó los ojos de su porción de tarta para, además de ver un pegote de chocolate en la comisura de la boca de su amigo, escucharle sin distracciones alimenticias.


-Yo tampoco -replicó ella-. Eso es muy dulce, niño, a mí me empalaga.


-Eeeeella, que la gustan los cítricos -sintió una pequeña patada en la rodilla que le hizo sonreír aún más.


Se sentía mejor, había intentado pensar en Agoney. Quizás tenía razón y no estaba preparado. Esperaría un poco más. A que se pasase el nudo que se le había formado en el pecho al ver cómo se le caía el mundo encima ante la posibilidad de perder eso.


La risa divertida de la joven que tanto intentaba sacarle de quicio llenándole la nariz del merengue teñido de amarillo era algo que no estaba en sus planes tener que echar de menos.


Porque no iba a renegar de él. Lo sabía. Estaba empezando a estar muy seguro de ello. Mireya nunca podría no quererle, no por eso. Pero le daba miedo. Y se sentía imbécil por ello.


Aunque no más que su amiga cuando, una vez sola en su habitación, miraba los sellos que había comprado, reprochándose a sí misma haberlos comprado. Porque a ella ni siquiera le gustaban los sellos. No tanto. Sólo eran recuerdos.


Recuerdos de un tropiezo. De un borrón.


Del día que llegaría a ser el más feliz de su vida cuando unos cuadraditos dibujados como esos le habían hecho conocer a la persona con el perfil más bonito del mundo cuando le regalaba una sonrisa. Porque ella era de cintas, pero también había quien se pirraba por los sellos. Porque...


-… lo que juntó el mercadillo antiguo de Málaga que no lo separe nadie -murmuró observándolos, parafraseando lo que siempre oyese de sus labios.


Que no lo separe nadie... que ya lo hice yo.


Se secó los ojos ante su pensamiento, antes de que cayesen lágrimas.


No había podido resistirse a comprarlos. ¿Pero qué iba a hacer con ellos? Nunca los compraba para sí misma. Siempre se los mandaba.


Cartas.


-Estás loca, Mireya –se levantó de la cama, con la voz tomada-. Se te ha ido completamente.


Guardó los sellos en el primer libro que cogió de la estantería y apoyó la frente en la balda, cerrando los ojos para tomar aire. Pero casi se le para el corazón al ver el libro sobre el que se había apoyado. Casualidades de la vida, esbozó una sonrisa triste.


La malagueña buscó entre sus cajones si quedaban sobre y escribió sobre uno la dirección que recordaba de memoria. No era la primera vez que hacía un envío así. Pero esta vez no añadió mensaje, aunque sabía perfectamente qué debía poner (pensé en ti porque además de los sellos, amas el arte con tu vida y te interesas por la historia del siglo XX como nadie). Ni siquiera remitente. Aunque sabía que no sería necesario que lo pusiera. Sabría perfectamente que quién lo enviaba era ella.


Y la asustaba pero, una vez que hubo cerrado el sobre, supo que no había vuelta atrás. Lo dejó sobre la mesa y se echó hacia atrás en el respaldo de la silla para llorar en silencio.


Hay muchas formas de llorar. Todas alivian en mayor o menos medida, liberando estrés y dolor, aunque a veces no hagan sentir mejor. Suele llorarse a solas, ya que no nos gusta que otros vean que estamos tristes. Llorar nos hace sentir débiles, miserables, como si llorar fuese algo malo, como si estuviese prohibido exteriorizar los sentimientos. Llorar no es malo, llorar nos hace humanos. Como nuestros miedo y errores.


A veces la situación se nos va de las manos y lo hacemos acompañados. Las palabras de los otros pueden llegar a darnos consuelo. Pero también hacernos sentir peor, porque debemos estar dando lástima. Demostrando lo débiles que somos. Pero débiles no son las lágrimas, débiles son las normas sociales que no miran por la salud mental al imponernos ser fuertes. Porque Superman no existe y no se puede ser fuerte siempre.


-Respira, por favor -agarró su cara entre sus dedos, forzándole a mirarle. No te ahogues. Tranquilo. Todo va a estar bien.


-No, no lo está -le calló un sollozo y apartó de su piel las caricias de Agoney-. Nada lo está porque soy un cobarde. Soy un jodido cobarde.


-Cállate ya. Nunca digas que eres cobarde por un miedo totalmente normal -volvió a situar sus manos sobre sus mejillas-. Deberías dejar que surja, sin más, como aquella vez con Thalía, que te sientas cómodo y de pronto lo digas. No todo puede plantearse. No planees. Supone expectativas y no siempre las podemos cumplir -le besó en la frente-. ¿Vale?


Raoul asintió lentamente y el canario le rodeó con los brazos. Él sólo se dejó ocultar en su pecho.
Se quedaron callados unos segundos, en los que uno le soltaba palabras bonitas al otro directas sobre el oído.


-No te merezco -su voz vibró en su torso-. ¿Por qué me ayudas? No me lo merezco, todo está yendo fatal por mi culpa.


-Bueno, yo no tuve tan buena experiencia, pero las parejas deben estar para apoyarse, ¿no?


-Entonces... ¿lo somos? -los ojos oscuros permanecieron mirándolo fijamente- ¿Somos una pareja?


Agoney se encogió de hombros y sonrió.


-Si no queda otro remedio.


Raoul no le dejó reaccionar antes de agarrarle del cuello de la camisa y acercárselo a su boca.


Continuaron besándose un buen rato, tanto que se dejaron caer hacia atrás en el colchón.


Agoney no dejaba de preguntarse qué hubiese pasado de ser puntual por una vez en la vida, pues cuando Raoul se plantó en la Academia (y antes incluso de saludarse, ya estaba llorando entre sus brazos) él debía haber salido de ella cinco minutos antes. El Hotel Vázquez no estaba lejos y todavía le quedaba bastante para que tuviese que subirse al escenario, pero le gustaba tomar algo antes, especialmente ese día, que tendría que medio colaborar en una pedida de mano y le repugnaba. Así se destensaría.


Aunque parecía que el rubio se había propuesto hacerlo él mismo, ya que, aunque se llenó de pena cuando le contó lo que pasaba, sus manos en su cuerpo y sus labios en los suyos después parecían querer que olvidase cualquier cosa.


El canario le revolvía el pelo suavemente. Era muy suave y olía bien. Raoul olía bien. Comenzó a dejar pequeños besos sobre su mejilla y le notó sonreír, con sus manos en su espalda. Le acarició con la nariz la cara.


Ambos abrieron los ojos y se quedaron mirando, con una sonrisa.


-¿Y ya está? -debió darse cuenta de la confusión del rostro del canario ante su pregunta- No habíamos vuelto a hablar de ello en toda la semana.


Se encogió de hombros.


-Porque… me di cuenta que quiero. Estar contigo. Preocuparme, ayudarte. Besarte. Hacerte reír -sonrió, movido por la sonrisa contraria; volvió a encogerse de hombros-. No sé -le agarró la mano y se la acarició con el pulgar-. Me dijiste que qué quería si no estuviese Aitana. Y es esto. Y estando Aitana también porque sé que tú también quieres y que vas a hacer lo que puedas para que pase. Para estar juntos bien. Incluso forzándote a ti mismo y haciéndote daño -subió los dedos a la parte inferior de sus ojos, dónde antes había estado secando lágrimas-. Pero no hagas más eso, eh.


A Raoul se le escapó una risa nerviosa mordiéndose el labio. Pero es que realmente no podía dejar de sonreír.


-Vale. Gracias.


Se sonrieron.


-Esto… en unos diez minutos debería irme a trabajar. Obligatoriamente ya en ese tiempo o no llego.


-Bueno -se acercó despacio-, ¿y qué pretendes hasta entonces?


Nunca sabrán quién besó al otro primero.