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La llamada

 

Era el último día de viaje. Después de las visitas obligatorias, los profesores decidieron dejarles libres, acordando una hora y un lugar de encuentro que más de uno oyó de refilón. Un grupo reducido se quedó parado en el sitio, barajando las opciones disponibles.

—Qué lástima que ya hemos de volver —suspiró una pelirrosa —. Esto me está gustando mucho… ¡Y contar con una guía de lujo, ni te digo!

—Bueno, tampoco lo digas así, Aelita —sonrió la morena junto a ella.

—Yo lo que sigo sin creerme que tú estés aquí —señaló uno de los rubios.

—Cierto —asintió el otro rubio ajustándose las gafas —. Que dos cursos hagan el viaje escolar al mismo sitio, en la misma fecha…

—Da igual —intervino el castaño —. La cuestión es que hemos pasado cinco días juntos, en un país extranjero. Que nos lo tenemos merecido.

—Muy de acuerdo con Ulrich —asintió el primer rubio, cruzando los brazos tras la nuca y echando a andar —. A demás, venir a Japón sin Yumi no habría molado. Ella sabe mucho más que Jim.

—Odd tiene razón —asintió la pelirrosa —. Dios bendiga el día que a algún profesor se le ocurrió juntar las dos clases en una excursión así de loca.

—¡Amén! —exclamaron los otros cuatro entre risas.

—Bien, ¿a dónde vamos? —preguntó Odd frotándose las manos.

—¿Nos queda algún sitio por visitar, Yumi? —preguntó el informático del grupo.

—La verdad, Jeremy, hay un sitio que me gustaría…

 

El sonido de cinco móviles al mismo tiempo les hizo bajar la vista cada uno al lugar donde lo tenía guardado. Extrañados, extrajeron los aparatos y leyeron el curioso mensaje que les había llegado.

Por favor, acudid a la estación de Shibuya en diez minutos.

—¿Diez minutos nada más? ¿Se creen que tenemos súper velocidad o algo? —se escandalizó Odd.

—Tranquilo, Odd. No está lejos de aquí —dijo Yumi señalando en una dirección —. Es al final de esa calle.

—¿Y vamos a ir? —preguntó Ulrich —. ¿Creéis que es seguro hacer caso al mensaje?

—Ni idea —contestó Jeremy —. Pero no es casualidad que nos haya llegado a los cinco a la vez.

—¿Creéis que se puede tratar de…? —empezó a preguntar Aelita.

—Esto… Disculpad —sonó una voz tras ellos. Una chica alta, de largo cabello negro y gafas esperaba tras Yumi.

—Emily, ¿ocurre algo? —preguntó la japonesa.

—Yumi, ¿sabes dónde está la estación de Shibuya? —preguntó Emily —. Sissi, William y yo queremos… visitarla.

—Casualmente vamos en esa dirección —sonrió Aelita.

—¡Aelita! ¿Por qué se lo has dicho? —susurró Odd —. ¿Y si…?

—No pasa nada por acompañarles. Cuando lleguemos, ellos se irán para un lado y nosotros a lo nuestro —respondió.

—Bueno, ¿nos vas a guiar o no? —preguntó Sissi, acercándose con los brazos cruzados. William también se acercó a ellos.

—Sí, claro… Venid —indicó Yumi.

 

En apenas cinco minutos, durante los cuales Aelita le pidió a Yumi que le hablase más del lugar por donde pasaban, el grupo llegó a la estación de Shibuya. La japonesa estaba a punto de dar media vuelta para anunciar el sitio en el que se encontraban cuando los móviles empezaron a sonar nuevamente. Sin siquiera dudarlo, todos extrajeron los teléfonos y leyeron el mensaje de las pantallas.

Coged el ascensor que hay a la derecha y tomad el tren que está esperando en la estación subterránea. Daos prisa.

—¿Eh? ¿A vosotros también os ha llegado ese mensaje? —preguntó Jeremy al oír a Sissi leer, en un susurro algo alto, lo mismo que él tenía en su móvil. Emily y William no tardaron en voltear los móviles para enseñar el mensaje también en sus pantallas.

—¿Qué clase de broma es esta? —gritó molesta la hija del director de Kadic.

—No tengo ni idea, pero a mí me parece algo divertido —sonrió Odd, buscando alrededor el ascensor indicado.

—No podemos entretenernos demasiado jugueteando por estaciones de tren. En poco más de dos horas debemos regresar al punto de reunión —recordó Emily.

—Bueno, sea como sea, no podeos quedarnos aquí plantados medio siglo sin hacer nada —dijo Ulrich —. Yumi, ¿por dónde se entra?

—Por ahí. Y los ascensores de la derecha se ven enseguida —respondió.

—Pues vamos ya. Cuanto antes acabemos, antes regresaremos —dijo Odd.

—Esperemos no estar metiéndonos en ningún problema —suspiró Jeremy antes de susurrar, lo suficientemente bajo para que sólo los cuatro con los que había pasado el tiempo le escuchasen —, otra vez.

 

 

No muy lejos de allí, aprovechando el día libre por haber superado los exámenes, un grupo de amigos abandonaba el santuario Meiji. Charlaban tranquilamente de las expectativas de sus notas, de la fiesta que montarían por aprobar e incluso de qué sería lo primero que harían cuando tirasen los libros al saco del olvido cuando, de pronto, recibieron un mensaje en sus móviles al mismo tiempo.

Guerreros legendarios, por favor, coged el Trailmon de la estación subterránea de Shibuya y acudid al Digimundo. Os necesitamos —habló desde el mensaje una voz que todos reconocieron.

—¡Un mensaje de Ophanimon! —dijo el de googles.

—¿Quiere esto decir que el mundo digital está otra vez en peligro? —preguntó la única chica del grupo.

—No creo que nos llamen para otra cosa con tanta urgencia —respondió el más pequeño con una sonrisa en el rostro.

—¡Ya era hora de que ocurriese algo interesante! —exclamó el de googles, echando a andar con decisión.

—Parece que Takuya necesitaba algo de emoción o, al menos, una excusa para volver a liderar el grupo —rió un chico de cabello oscuro corto mirando a su lado a un chico idéntico a él.

—Pues nada, esperemos que nos ponga en marcha —sonrió el gemelo de cabello largo.

—Vaya… Esta vez también me quedaré sin liderar —suspiró el mayor del grupo, provocando las risas en los demás.

—Si tienes alguna idea, la seguiremos, JP, pero… Procura que no sea demasiado difícil de entender para nosotros —lo animó Takuya, dándole unas palmadas en la espalda.

—Bueno, ¿vamos a Shibuya? —preguntaron los gemelos.

—¡Vamos, chicos, en marcha! ¡No hagamos esperar a la dama Ophanimon!

 

Con las risas por las poses de Takuya, todos salieron corriendo en dirección a la estación por la que, nuevamente, accederían al mundo digital. Las ganas de regresar al mundo en el que se conocieron entre ellos, donde hicieron amigos inolvidables, donde vivieron una gran aventura que les hizo cambiar, fueron suficiente para animarles a seguir sin perder el ritmo en busca del gran digimon que les esperaba.