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Mass Effect Rewritten 1

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 ·Prólogo·

-La Llamada-

2183 EC. Azrahas, Sistema Zaherin, Nebulosa de Pilos, Vía Láctea.

Una pequeña gota de agua resbaló por la enorme hoja de color azulado hasta el suelo, completamente cubierto de musgo, cuando una mano enguantada la apartó con suavidad hacia un lado. El dueño de la mano avanzaba, sin prisa pero sin pausa, hacia una pared de la montaña completamente lisa que había descubierto en uno de los escáneres que había realizado antes de aterrizar.

Aún era de noche aunque el cielo comenzaba a clarear, anunciando el amanecer de un nuevo día, pero el visitante no parecía estar preocupado por ello. Se detuvo ante la enorme pared y miró hacia arriba, colocando los brazos en jarras en postura satisfecha; acto seguido, alzó el brazo izquierdo y sacó su omni herramienta, que destelló en naranja iluminando tenuemente las rocas, tecleó algo con rapidez en el teclado virtual y una potente luz blanca apareció en el extremo, permitiendo al visitante iluminar la pared.

Azrahas había sido explorado en su momento por científicas asari, pero aquellas criaturas azules tan inteligentes no le habían prestado tanta atención como debían. O quizá no lo habían considerado importante, al fin y al cabo, las pinturas de unas criaturas similares a las sepias no eran nada realmente llamativo…

Un pitido en el interior del casco del explorador le indicó, con un sobresalto, que tenía una video llamada. Con un resoplido, sacó una foto a la pared y se puso en camino de regreso a la pequeña nave que lo había traído hasta aquel planeta alejado de cualquier tipo de civilización.

Después de atravesar de nuevo la frondosa selva llegó al claro donde se encontraba una pequeña nave de color blanco perlado y rojo con el nombre Horus serigrafiado en el fuselaje; una vez en el interior de la misma, se dirigió al puesto de mando para abrir el terminal.

Parpadeando en una cuadrícula azul apareció la imagen de un hombre con la piel color ébano, de unos cuarenta y pocos años, vistiendo una chaqueta oscura, igual que el pantalón, y con las manos recogidas en la espalda. Su expresión severa hizo ladear la cabeza al explorador.

—Me ha costado dar contigo, Olesya –comentó el hombre de forma casual.

El explorador se quitó el casco y sacudió la cabeza para dejar caer una ondulada melena castaño rojiza sobre sus hombros; revelando ser una mujer. Tenía el lado izquierdo de la cabeza afeitado casi hasta la nuca; llevaba cuatro pendientes en cada oreja y un aro en el labio inferior, justo en el centro; y en la mandíbula inferior derecha tenía una leve cicatriz vertical. Aunque su rasgo más llamativo era la heterocromía de sus ojos: el derecho era azul eléctrico y morado, como si fuese una nebulosa; y el izquierdo tenía el color del fuego, amarillo y naranja ardiente; ambos ojos tenían los colores separados por una franja irregular de color negro que atravesaba la pupila en horizontal.

—David, ¿a qué se debe el honor? -saludó ella, sonriendo de medio lado y apoyando el casco en la cadera.

—Necesito tu ayuda -respondió él de manera escueta-. Pero me gustaría hablar contigo en persona. ¿Podrías acercarte a La Ciudadela?

—¿Tan urgente es? -la expresión de la exploradora cambió a una de curiosa seriedad.

—Algo así -David se encogió de hombros pero su expresión fue bastante elocuente.

—Voy de inmediato. Olesya fuera.

La chica desconectó la terminal y se dirigió al puente, donde se sentó en el asiento del piloto y puso en marcha la pequeña pero rápida nave, abandonado el planeta y dirigiéndose al relé del sistema para poner rumbo a La Ciudadela.