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Como fuego y agua

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–¡Tío Gabe! ¡Tío Gabriel, ayu-!

Aquella forma abrupta del grito desesperado de su sobrino obligó al mayor dejar toda la broma de la cubeta de agua sobre la puerta para después e ir corriendo hacia donde habría podido jurar haber escuchado a Jack.

–¿Jack? –Le llamó el otro mientras pasaba de correr a caminar por todo el espacio que tenían de patio trasero–Jack, ¿dónde estás?

El más joven no respondió y Gabriel podía sentir su corazón al mil por hora; su imaginación le jugaba una muy mala pasada y todos los peores escenarios posibles comenzaron a formarse en su cabeza mientras el olor del pequeño desaparecía y era reemplazado por el aroma de alguien más, un completo desconocido, no, no solo un desconocido, un forajido que ni siquiera era de Nebraska.

Unos pasos más adentrado en el bosque, Gabriel escuchó los intentos fallidos de su sobrino de llamarlo, silenciados seguramente por las manos de su captor.

–¡Jack! –Exclamó el Aighre en cuanto los percibió más cerca, apresurando su paso y convirtiéndolo poco a poco en una persecución, lo sabía bien porque podía escuchar otro corazón al de su sobrino latir con fuerza, seguro apresurando sus pasos para que no le alcanzara...

Qué iluso.

Pronto los pasos humanos se hicieron más bestiales, sus ojos color miel pasaron a ser de un azul turquesa y su piel dejó la suavidad a un lado para reemplazarla por escamas y plumas de color dorado.

La verdadera forma de Gabriel medía tres metros de alto y seis de largo, de hombro a hombro era al menos metro y medio; cada una de sus garras eran lo suficientemente grandes como para partir un árbol mediano de dos tajos, sus colmillos no eran menos grandes o afilados; al ser de los mayores, poseía tres alas a cada lado y cada una era de al menos una tercera parte de su cuerpo.

Sintiendo la ventaja del tamaño jugarle a favor por primera vez en años, Gabriel no se preocupó por el estrecho camino, tomando impulso se levantó por sobre las copas de los árboles con un salto y un aleteo de sus enormes y poderosas alas.

Pero el captor de su sobrino demostraba ser un rival competente, pues aunque iban a pie no se las veía difícil el continuar manteniendo la distancia entre ambos. Gabriel, desesperado por salvar al más joven, dejó escapar un rugido de advertencia.

¿Cómo demonios era que ese humano era capaz de mantener una velocidad de 200 kilómetros por hora? Gabriel sabía que era un humano, por eso le pareció apropiado transformarse, sin embargo ahora comenzaba a dudar de su decisión porque, siendo que el secuestrador podía mantener esa velocidad desde un principio, ¿por qué no lo había hecho desde antes…?

El humano no parecía desacelerar, tampoco trastabillar como lo hacía el resto de la especie, por lo que Gabriel decidió ser más directo en su petición lanzándole un ataque a pocos metros. Los ataques de los Aighre eran nada más ni nada menos que sus propias garras y colmillos, los cuales lanzaban con precisión y les volvían a crecer casi en seguida; además, en combates cuerpo a cuerpo, inclusive podían hacer crecer púas de las falanges de sus alas, aunque estas púas eran más como garras retráctiles. Gabriel pudo notar cómo finalmente su presa vacilaba para tomar su rumbo nuevamente, dándole algo de tiempo al Aighre a acercársele más en un par de aleteos, preparando otro ataque de advertencia para en cuanto sus garras hubiesen crecido lo suficiente y no se encontrara tan lejos.

Si Jack no estuviera tan cerca de su captor, el mayor no dudaría en lanzarle un par de ataques, pero las dagas podrían lastimar de gravedad a su sobrino, y, a pesar de éste ser un Aighre (al menos más que su hermana), no podría sobrevivir un ataque de tal magnitud, no siendo tan joven, menos sin haber tenido siquiera su primera transformación.

En ese momento sintió un dolor punzante en una de sus alas derechas, luego otro dolor en su pecho; pero un Aighre no se da por vencido tan fácilmente, así que, antes de que sus alas le fallasen y le hicieran caer, Gabriel soltó un par de ataques de advertencia, esperando no haberle dado a su sobrino antes de que todo se volviese negro.

°°°

Lo primero que sintió Gabriel al despertar fue la dureza de su cama… Su cama, siempre tan cómoda y ahora… ¿Fue eso una gota de agua a lo lejos?

Agua… Cubeta… ¡Jack!

–¡Jack! –Exclamó Gabriel incorporándose de un salto, desconociendo en seguida el cuarto húmedo en el cual se encontraba– ¿Pero qué…? ¡Jack! ¿Me escuchas?

–Me alegra que hayas despertado, pero no tienes que despertar a todos aquí, ¿sabes? –Dijo una voz arrastrando un poco las palabras, parecía haber estado durmiendo hace poco. Gabriel volteó hacia donde ésta provenía y se percató de un par de ojos observándole desde la oscuridad de un rincón al otro lado de ese extraño cuarto.

–Yo… Busco a mi sobrino… –Comenzó a explicarse Gabriel acercándose al desconocido– Es un niño, diez años, cabello rubio-

–¿Dragón? –Le interrumpió el desconocido con voz pausada.

Gabriel sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al escuchar tanta… tristeza en una sola palabra; su mente no pudo hacer más que jugarle una mala pasada y hacerle pensar en todos los peores escenarios, si ese desconocido lo decía con tanta compasión era porque no le esperaba ningún buen futuro a su joven sobrino.

–¿Y qué si lo es?

Los ojos del desconocido brillaron en un color carmesí, observando a Gabriel detenidamente, sacándole un leve jadeo con tan siquiera pensar lo que aquella mirada quería decirle.

–Es un niño… –Dijo saboreando las palabras– Fácil de manipular, de asustar o de ganarse… Tú eres muy mayor… A ti te matarán.

El Aighre hizo lo posible por no verse afectado por las palabras de aquel dragón (que por el brillo carmesí, podía apostar que se trataba de un Fueghre) así que hizo acopio del poco coraje que le quedaba luego de haber escuchado esas no tan alentadoras palabras y se acercó al otro con paso tímido y con una mueca que parecía querer ser una sonrisa.

–¿Así que tú y yo estamos en las mismas? –Preguntó el rubio– ¿A ambos nos van a matar?

–No –dijo soltando un suspiro–, a ti te matarán; a mí ya me manipulan.

Gabriel desvió su mirada, posándola en cualquier otra parte pero aquel rincón; ese dragón no parecía tener muchas esperanzas en su propia vida, lo peor era que en lugar de sonar triste sonaba resignado, como si aquella no fuera la primera vez que alguien llegara y cuyo destino fuera la muerte. ¿Cómo era posible que simples humanos pudieran destrozar así la voluntad de un dragón?

“Aunque no son exactamente simples…” Pensó Gabriel recordando al secuestrador de Jack correr a gran velocidad, inconscientemente apretando sus puños y sintiendo sus ojos convertirse en un azul turquesa. Pero claro, a él le tomaría algo más que unas simples palabras desalentadoras el dejarse vencer; después de todo aún debía salvar a su sobrino de lo que fuera que fueran a hacerle estos… humanos.

–Bien, dragón manipulable –Murmuró el Aighre dándole la espalda–, si me permites, debo salvar a mi sobrino de terminar igual que tú.

Dichas aquellas palabras, Gabriel comenzó su transformación, sintiéndose libre de volver a su verdadera forma, haciéndole sentir claustrofóbico en aquel cuarto de ocho por siete metros; sus alas no lograron extenderse, pero era suficiente con poder enderezarse y tirar la puerta que le mantenía prisionero…

La puerta no cedió.

Gabriel lo intentó nuevamente, ahora utilizando sus garras para arañar y debilitar lo más posible a la misma; luego de cinco zarpazos volvió a dejar caer todo su cuerpo y… Nada.

Pero ese apenas era el segundo intento, no podía rendirse tan pronto, su orgullo se lo impedía. Así que intentó nuevamente con el doble de zarpazos, empujando aquella puerta unas tres veces antes de repetir.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis zarpazos.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis empujones.

Nada.

Repetir.

Gabriel comenzó a desesperarse luego del trigésimo intento, soltando un rugido desesperado, deseando con toda su alma que Jack le escuchase y supiese que no estaba solo, que su tío preferido no lo había abandonado.

–Si sigues así habrá más posibilidades de que te maten –Dijo el dragón desconocido saliendo por primera vez de las sombras; su cabello era castaño oscuro y le llegaba a los hombros, sus ojos eran tornasol, y, aun teniendo a su lado a un dragón de tres metros de alto, se veía era bastante alto.

En respuesta Gabriel soltó un bufido, volteándosele a ver un segundo para regresar su mirada a la puerta, cuyas marcas de garras no parecían más que rasguños de gato doméstico.

–Te recomiendo dejar de intentar, es inútil. Yo llevo la mitad de mi vida queriendo salir de aquí; además, entre menos te opongas, es más probable que te dejen ver a tu sobrino.

El Aighre ahora sostuvo la mirada del humano, notando así lo verdaderamente roto que aquel dragón estaba, temiendo terminar él igual, o peor, que Jack se viera en la misma situación.

–Si es que te hace sentir mejor… Cuando son niños pueden dormir en los cuartos de arriba.

Eso no le hizo sentir mejor.

–¿Cómo puedo verlo? –Preguntó Gabriel tomando su forma humana y dejándose caer sobre sus rodillas, mirando al suelo.

–En cuanto vengan, sé el mejor sirviente, te darán la oportunidad de al menos despedirte.

Y como si el castaño los hubiese invocado, unos pasos se escucharon acercándose a la puerta, como si se tratara de la más común, se abrió sin esfuerzo dándole vista a ambos dragones del pasillo y del responsable de que su especie fuera reducida a simples sirvientes.

–¡Oh, pero qué extraordinario ejemplar Aighre! –Exclamó el hombre con una sonrisa siniestra en los labios; su traje inmaculadamente blanco contrastaba con su cabello largo y su barba de varios días– Pero qué mal educado debo parecer en este momento, permíteme presentarme; me llamo Asmadeus.

Hubo silencio en el recinto por varios segundos antes de que el más bajo recibiera un codeo del otro dragón, indicándole que ahora era su turno de presentarse.

–Amm… Gabriel Shurley –Dijo el rubio finalmente.

Asmadeus asintió lentamente, susurrando el apellido del dragón para sí mismo, saboreando el poder de tener a un Shurley finalmente bajo su control, pues estos eran conocidos por ser unos malditos obstinados que no permitían nadie les domara como era debido.

–Oh, eso explica el gran ejemplar que-

–¿Dónde está Jack? –Interrumpió Gabriel sintiéndose ya demasiado paciente, a pesar de no haber transcurrido más de dos minutos de conversación.

La mirada que el humano le dirigió le hubiera hecho retroceder de no ser porque solo era un humano, y no podría contra un Aighre como él.

–¿Jack? –Preguntó con una sonrisa que era todo menos amable.

–Mi sobrino –Comenzó a explicarse Gabriel sin apartar la mirada del contrario–; uno de los tuyos lo tomó y se lo llevó, por eso estoy aquí, ¡exijo saber dón-Agh!

Una fuerza le estampó contra la pared contraria a la puerta, sacándole todo el aire de sus pulmones y no permitiéndole recuperarse mientras Asmadeus se acercaba a paso felino con una mirada de superioridad que casi hace vomitar al dragón.

–Muy bien, dragón –Comenzó a hablar el humano–; déjame dejarte esto muy en claro: Tú no puedes exigir nada aquí, ¿entendido? Aquí no eres nada excepto buen material de inversión, tu uso es meramente monetario, ¿sabes cuántos huéspedes han pedido por un Aighre? Pero no eres el único de tu especie, así que no te sientas especial.

Gabriel comenzó a retorcerse a falta de oxígeno, pero aquella fuerza no le dejaba; posó su mirada en la figura del otro dragón pidiendo ayuda, pero este solo bajó la mirada al suelo.

¿Qué tan roto puede estar un dragón como para que ni siquiera pueda revelarse ante un hechicero distraído? Se preguntó Gabriel sintiéndose desfallecer.

Entonces aquella fuerza invisible se alejó, dejándole caer sobre el suelo pero sin ganas de levantarse, al menos no hasta que pudiera recuperar por completo la respiración.

–Con respecto a tu sobrino… –Asmadeus dio media vuelta, levantando poco a poco la voz mientras se iba alejando– Se´de quién hablas; buen muchacho, muy complaciente, será uno de los favoritos, te lo garantizo.

Y con ello el hechicero abandonó el lugar, cerrándose la puerta por sí misma detrás de él.

–Siéntete agradecido de que te dejara vivir –Comentó el dragón Fueghre acercándose a Gabriel para ayudarle a levantarse.

–¡No me toques! –Exclamó el rubio con la voz rasposa– Tú… Eres un insulto para los de tu casta –El contrario frunció el ceño ante las palabras del Aighre– ¡Muéstrate ofendido, colérico o impotente si así lo prefieres, no seas un maldito resignado!

El Fueghre le hubiera dado un buena paliza al contrario de no haber sido porque se dio cuenta de cómo éste comenzaba a llorar, sintiéndose perdido, solo y…

–Ya, ya –Dijo el más alto abrazándole a pesar de las quejas sin fuerzas del rubio–. Tranquilo… Ya pasó…

Pero no había pasado; ambos seguían en un cuarto donde los dragones eran débiles y los hechiceros hacían negocios a cuestas del orgullo de las criaturas más majestuosas que habían existido hace siglos.