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Como fuego y agua

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–¿Quién eres? –Preguntó en cuanto se levantó y vio a aquella… niña sentada a un lado suyo y mirándole como si fuera una especie de ídolo o algo por el estilo, ¿siquiera era una niña? Su posición cohibida le hacía parecer unos años menor, así su rostro pareciera ser de una chica de dieciséis años.

–Te vi en el bar… Y estabas herido en el callejón –Respondió ella sin abandonar su posición de rodillas pegadas al pecho; el mayor no pudo evitar compararla con sus hermanos cuando eran unos niños, cuando aparentaban ser más débiles para que la gente se compadeciera de ellos y les diera algo para comer.

–No me has contestado.

El ojiverde se incorporó a medias recargándose en la pared detrás de él, ninguno de los dos apartó la vista del otro; se estudiaron mutuamente por unos segundos más hasta que ella decidió hablar.

–Me llamo Claire –el contrario se mantuvo en silencio, esperando que la menor continuara hablando–. Te dieron una paliza en el bar y quise-

–¿Siquiera eres lo suficientemente mayor como para entrar a un bar? –Le reclamó el dragón entrando en modo hermano mayor, no lo podía evitar, menos cuando la memoria de sus hermanos aún le atormentaba.

Claire se removió incómoda en su lugar, no respondió, y justo cuando el otro estaba a punto de reclamarle algo más, ella decidió mostrarle al dragón por qué le había seguido los pasos hasta ese lugar de mala muerte.

Sus ojos cambiaron de color, ya no eran azul celeste, el azul claro reemplazado en segundos por un rojo carmesí, sus pupilas se dilataron en una línea recta logrando hacer parecer sus ojos como los de un reptil.

Como los ojos de un dragón… Pensó en el momento que reconoció ese tipo de fuego interior.

–Oh… Fueghre, ¿eh?

Claire asintió, aunque el mayor no parecía estarle preguntando, más bien parecía haberle confirmado sus sospechas, sospechas que llevaban años sin permitirle dormir tranquila por las noches.

–Mi padre, es Aighre… –Claire se encogió aún más en su lugar, protegiéndose de lo que aquellas palabras le hacían sentir– Mi hermano también es Aighre… híbrido… Pero yo no… Yo soy completamente Fueghre.

El silencio gobernó entre ambos; todo el sonido que se podía distinguir en aquel callejón cerrado era el murmullo de las personas pasando por la acera, los carruajes ya casi extintos y reemplazados por algunos autos eléctricos, cada movimiento, palabra, maldición y ajetreo llegaban a los oídos de ambos dragones, sería gracias a sus sensibles sentidos o al silencio que mantenían, pero estaban conscientes de cada cosa que pasaba a dos kilómetros a la redonda.

El dragón dejó escapar un suspiro cansado, todo él estaba hastiado y no tenía ganas de tratar con una adolescente.

–Así que tu mamá es Fueghre, ¿por qué no mejor vas con ella? –Preguntó solo para sonar medio educado.

–Nadie sabe dónde está, pero no importa –Respondió Claire sin siquiera intentar ocultar el odio en su voz–. Abandonó a papá mientras yo seguía siendo un huevo… Si me preguntas, yo creo que lo único que quería era tener se-

–Woh, woh woh –Le interrumpió él agitando sus manos, obviamente incómodo por saber eso–, sí, al parecer es una maldita, pero no entres en detalles.

Claire sonrió, divertida de ver a un hombre en sus treintas incomodado de escuchar sobre el sexo, lo cual era una buena señal; si se incomodaba de eso entonces no había razón para que ella se alejara por ser él un pervertido, porque oh vaya que no dejaría a este dragón irse sin que antes le enseñara un par de técnicas; como esas que utilizó en el bar durante esa épica pelea.

Eso era lo que la menor buscaba, un maestro que pudiera enseñarle a no lastimar a su familia otra vez; alguien que no tuviera prisa de llegar a un lugar y le dejara por su cuenta en un pueblo desconocido, como aquella mujer que de un día para otro se había desvanecido con sus últimas monedas.

No.

Claire ya había aprendido la lección y desconfiaría de cualquiera que pareciera ser de la nobleza; así que, ¿qué mejor opción que un Fueghre con notables problemas de alcoholismo?

–¿Y ahora por qué me miras así? –Preguntó el mayor alzando ambas cejas en dirección a Claire, a lo que ella simplemente sacó una ánfora licorera de metal que el ojiverde reconoció en el instante –¡Eh! ¿Qué haces con eso? Es mío.

–Se te cayó en el bar, cuando ese hombre te golpeó en la espalda con una silla.

El mayor dejó escapar un quejido al recordar eso; obviamente ya no le dolía la espalda, el golpe, en vez de noquearlo como seguramente esperaba el otro hombre que lograría, solo consiguió enfurecerle más, y esa inocente pelea de bar terminó convirtiéndose en zona de guerra; ya no fueron dos hombres dándose de golpes por la brutal combinación de testosterona y alcohol, no, sino que ahora se incluyeron otros cinco para vencer al dragón enojado que parecía estar a una nada de quemar el establecimiento.

Habría que reconocer el parecido a aquellas leyendas de la Edad Media, relatando la victoriosa pelea de caballeros de resplandecientes armaduras contra el dragón malo; pero ya estaban a dos años de terminar el siglo XIX, la ciencia lograba interesantes avances, uno de ellos era el sedante exclusivo para dragones y que por azares del destino alguien tenía en su bolsillo esa misma noche…

–Sí, mi ánfora cayó al suelo en el bar, ¿por qué la tienes tú?–Preguntó el mayor tomando el trasto y abriéndolo solo para encontrarlo completamente vacío –Demonios…

–Vi lo que hiciste en el bar –comenzó a explicarse Claire abandonando por primera vez su posición cohibida y acercándose al contrario–; por como mirabas esa cosa supuse que te era importante, así que la cogí en cuanto te sacaron a la calle por la puerta trasera.

El ojiverde se limitó a quedarse en silencio, sin querer tener nada ver con la vida de esa niña, aunque algo en el fondo le decía que ya era muy tarde, reconocía esa mirada de determinación donde fuera y no le gustaba el parecido que tenía con la que veía en el espejo.

Claire, en cambio, se abstuvo de hacer más comentarios que incomodaran al dragón, ya bastante estaba jugando con su suerte al intentar bromear con él, y, por lo que tenía entendido, los Fueghre eran menos comprensivos que el resto; aunque tal vez la impaciencia que caracterizaba tan bien a esa especie no era más que una exageración, después de todo, ese dragón no parecía tener ganas de-

–Como sea, niña, yo me voy. – él se levantó de su improvisada cama, sintiendo así los fácilmente reconocidos síntomas de la resaca, acompañados, esta vez, de una sensación de vértigo producto del sedante.

–¿Qué? ¡No, espera! –Claire se levantó de un salto para comenzar a seguir al mayor –Podrías enseñarme esos movimientos; nunca había visto a nadie manejar el fuego con tanta precisión, ¡y eso que estabas ebrio!

–No.

–¡Por favor! –Pidió Claire caminando más rápido, ese sujeto, para tener resaca, era muy hábil –No tengo a nadie que me enseñe; nadie en mi pueblo, ni siquiera en mi estado, es Fueghre.

–Pues yo no soy el único Fueghre en Kansas, así que, si me permites –Giró por una calle escabrosa, y mientras él caminaba con la misma rapidez, Claire se quedaba atrás, sus pasos más lentos y cautelosos para no terminar en el fango, sus zapatos jugándole una mala pasada al ser unos incómodos compañeros de viaje.

“Hora de recorrer a medios drásticos”. Pensó Claire cuando sintió que ya le llevaba un buen tramo de ventaja.

–¡T-Tienes que pagarme lo que hice por ti! –Él apenas y le dirigió una mirada divertida– ¡En serio! D-De no haber sido por mí, ahora estarías oliendo a caño y pipí de un perro que se hubiera orinado en tu cara.

–Sí, vaya heroína salvadora de orines de perro –Dijo el otro sarcástico, deteniéndose un par de segundos para girarse a medias hacia ella–. Mira, no es como si esa hubiera sido mi primera vez, ¿sí?

Claire tomó esos segundos para alcanzarlo… más o menos.

–¿Qué me dices de tu ánfora? –Siguió presionando Claire –La hubieras perdido para siempre, eso te lo aseguro; puede estar vieja o sucia, pero es muy bonita, más para cualquier ebrio que quiera llevar su licor con él a donde vaya.

–La hubiera recuperado, niña –Guiñó un ojo a la menor solo para molestarla–. Como te dije, no es mi primera vez.

Claire comenzó a desesperarse, así que intentó igualar nuevamente al maldito dragón que parecía mofarse de ella, mas una roca la hizo caer en el fango que se había acumulado esos últimos días de lluvia; él volteó a verla, se veía más pequeña ahora que parecía una niña de seis años haciendo berrinche.

El mayor casi se compadece de ella, casi.

–¿Así es como te la vas? –Preguntó ella molesta y con la voz quebrada –¿Jugando a la ruleta rusa con tu suerte a ver cuándo te toca recibir un tiro? Eres el dragón más patético de que alguna vez haya escuchado.

Las pupilas del mayor pronto tomaron la forma de las de su verdadero aspecto, mirando amenazador a la menor por lo que parecieron ser horas.

–No hables de mí como si me conocieras, niña –gruñó–. Si tanto quieres compañía, ve y busca a tu mamá, no molestes a los demás dragones.

Claire se quedó callada y quieta allí mismo mientras el otro dragón retomaba su camino a sabrá-Dios-dónde.

Ella se quedó ahí un rato más, era como si el tiempo se hubiera hecho lento mientras las palabras de aquel dragón perforaban su mente. Claro, como él sí sabía controlar sus habilidades aún ebrio, él no sentía la necesidad de aprender a no lastimar a la gente que amaba, ¿siquiera existiría alguien en su vida al que amara? No parecía serlo. Pero ella sí tenía a seres queridos; tenía a su hermano, a su padre, a sus tíos y tías…

Una lágrima traicionera se deslizó por su mejilla, haciéndole cosquillas hasta el mentón, de donde cayó al suelo; le siguieron varias más y Claire ya no las detuvo, estaba muy cansada como para hacerlo.