Actions

Work Header

Tres escenarios

Chapter Text

22 de agosto de 2028, 11:35 am
Despacho de Nahyuta Sahdmadhi
Ministerio de Justicia


 

El fuerte aroma a incienso y la paz que depuraba aquel cálido lugar no hacía que Ema se sintiese más tranquila. Llevaba ya quince minutos sentada del otro lado del escritorio del que era actualmente el regente del país y aunque hasta aquel momento él no se había presentado y ella estaba completamente sola, todo entre esas cuatro paredes estaba impregnado con una presencia magistral.

Hacía un par de meses que había conocido a aquel extraño hombre y desde el primer momento que lo vio, no pudo evitar sentirse abrumada por el aura que poseía. Científicamente hablando, Ema Skye era escéptica en cuanto a todo lo que tenía que ver con la religiosidad, el espiritismo y las fuentes de energía, pero de ninguna manera podía negar que el fiscal Sahdmadhi desprendía “algo” que la intimidaba y la maravillaba a su vez.

Quizás fuesen sus correctos modos, como si se tratase de un ser atemporal o un caballero de brillante armadura. Quizás todo girase en torno a su aspecto casi angelical, su cutis perfecto, sus ojos profundos como estanques de agua verde-azulada.

No sabía qué, pero definitivamente una de esas cosas era la que la había arrastrado a aceptar su propuesta de trabajar con él en Khura’in, decisión que no había tardado en tomar considerando que implicaba irse a vivir a un país tan distinto al suyo culturalmente, en el que se hablaba una lengua de la que entendía poco y que para colmo, estaba sumido en una crisis institucional muy grande. Al principio Ema se había consolado diciéndose a sí misma que se quedaría allí hasta que el sistema judicial khura’inense volviese a ser el de hacía veintitrés años atrás, pero no supo tener en cuenta que los problemas de un Estado no se solucionan de un día para el otro.

Llevaba tres meses allí. Y contando.

La forense dejó escapar un suspiro de cansancio mientras se concentraba en los preciosos detalles que decoraban la encuadernación del librillo que llevaba entre sus manos. Aquel pequeño montón de hojas era la causa por la que hoy se encontraba en el despacho de Sahdmadhi, esperando a que él se dignase a aparecer para así aceptar con indulgencia su inminente sermón.

Y es que tenía que reconocerlo: casi manda todo a la mierda.

Era el primer caso que enfrentaba en el país como inspectora a cargo de una policía extranjera y la primera detective en veintitrés años en dar testimonio frente a un fiscal y a un abogado de forma legal y respaldada por el país. Como si aquello no le causase ya demasiada ansiedad, el homicidio de por sí estaba rodeado de un halo de misterio y un montón de cuestiones culturales que no era capaz de entender.

No. No es que no fuese capaz de entender: no quería entender.

Se sonrojó un poco al recordar las internas del asesinato y la escena del crimen: una mujer había asesinado a su amante en el lecho, mientras él llevaba a cabo el segundo escenario khura’inista de la intimidad.

Apretó el libro entre sus manos y lo observó furtivamente, como si el objeto fuese testigo de su vergüenza: éste le había sido facilitado por el fiscal Sahdmadhi para que Ema pudiese cruzar la brecha cultural y entender con más certeza de qué hablaban los policías, los testigos y la prensa cuando se referían a “los tres escenarios de la intimidad”.

Básicamente, lo que Ema había entendido ni bien se dispuso a leer la primera página era que el libro era una especie de kamasutra resumido en tres capítulos, muy explícitos –demasiado, incluso para una mujer adulta– que describían el “ritual” que los habitantes de aquella extraña tierra dominada por un matriarcado llevaban a cabo cada vez que se realizaba el acto sexual, específicamente entre un hombre y una mujer, colocando al hombre bajo un rol de sumisión o disponibilidad cuya única finalidad era el hacer recorrer a su pareja las tres etapas o escenarios necesarios para conseguir, textualmente, “el éxtasis orgásmico”.

Ema sólo había podido leer las cuatro primeras páginas antes de verse sobrepasada por el pudor y abandonar la lectura, pero había sido aquello lo que la había dejado como una ignorante cuando se subió al estrado y no supo responder las preguntas que el Magistrado le hacía. Para su consuelo, no fue la única que se vio excedida por la situación ya que el pobre de Apollo también parecía estar pasándola bastante mal.

La puerta se abrió lentamente a su espalda y el golpe de aire la sacó de sus pensamientos. Se irguió en la silla y se preparó mentalmente para lo que serían un par de horas de sermón, mientras oía suaves pasos acercándosele.

Nahyuta Sahdmadhi pasó a su lado sin decir nada, dejando detrás de sí una estela aromática de hierbas frescas y se sentó del otro lado del escritorio de madera tallada con el rostro completamente carente de expresión y la mirada tranquila. Si bien anteriormente se había molestado con Ema por algún motivo, la forense tenía que admitir que jamás había sido irrespetuoso ni le había elevado la voz. Bastaba con las palabras que utilizaba para que ella supiese que le estaba llamando la atención.

–Detective Skye –dijo. Su voz era suave como el algodón–, lamento la tardanza pero estuve reunido con el Magistrado, explicándole el porqué de tu actuación esta mañana.

–L-lo siento mucho –se disculpó Ema mientras bajaba la mirada para dirigirla de nuevo hacia el libro que descansaba en su regazo–. ¿Se me permitirá subir al estrado en la sesión de mañana? –preguntó, rogando internamente que su presencia no fuese necesaria.

–Por supuesto –al oír aquello, Ema maldijo para sus adentros–. Confío plenamente en que luego de que terminemos nuestra charla de hoy, te veas dispuesta a presentar un testimonio aceptable. –Aunque en sus impolutas facciones no se veía ni un ápice de enfado, Ema supo que aquello se trataba de un ataque hacia su actuación. La mujer no pudo evitar moverse incómoda en la silla. El espaldar con incrustaciones de piedras semi-preciosas comenzaba a darle dolor de espalda. –Ahora, creo que merezco una explicación de porqué se te vio tan poco profesional hoy. Indudablemente, no es algo a lo que me tengas acostumbrado.

Ema vaciló. Si bien sabía que era probable que él le pidiese una respuesta, los veinte minutos que había tardado en aparecerse no le habían alcanzado para crear una excusa medianamente aceptable. Además, ella sabía que éstas de poco servían con el monje: parecía que tenía una habilidad para conocer la verdad que otros ocultaban, especialmente ella, por más extraño que sonase.

–N-no leí el libro –confesó y de repente se sintió como si hubiese vuelto a su época de instituto, como cuando el profesor tomaba lección oral y ella se había pasado toda la semana mirando Investigation Discovery en vez de estudiar.

–Ya veo –el fiscal entrecerró un poco los ojos, extrañado– ¿Puedo saber el por qué?

(Mierda, mierda, mierda…)

Aunque sabía que la mirada de Sahdmadhi estaba clavada en ella como si fuese dos alfileres, Ema se permitió cerrar los ojos y tomar aire, en una búsqueda desesperada por concentración. Necesitaba… no, tenía que inventar algo por más estúpido que sonase. Jamás se animaría a manifestar el verdadero motivo por el cual se había rehusado a leer ese manual sexual ya que además de poco profesional, le daba bastante vergüenza el desnudar sus sentimientos de esa forma frente a un hombre como el que tenía en frente.

–Yo…ehhh… –cometió el error de dirigir su mirada hacia el monje para ver cómo este comenzaba a fruncir el ceño, bastante confundido. Aquello solo la puso más nerviosa– N-no… no entiendo muy bien lo que pone…  

–¿El idioma? –preguntó Sahdmadhi tratando de comprender lo que la forense le decía.

–N-no… b-bueno, sí… La realidad es que, a-aún no sé muy bien el lenguaje y… eh…

–El vocabulario utilizado en el libro es bastante básico, detective. Fue escrito hace siglos y considerando esto último, creí que entenderías lo que dice.

Bien. Ahora no solo estaba quedando como una incompetente frente a su jefe y el hombre que había depositado bastante confianza en sus capacidades, sino que además estaba dando a entender de que no sabía hablar el idioma al que se venía enfrentando todos los días y que ya había estado estudiando con anterioridad.

–No es eso –se apresuró a excusarse pero aquello solo hizo que el fiscal luciese más extrañado –. Es que…

Entonces la detective fue testigo de cómo Nahyuta Sahdmadhi se percataba de lo que estaba sucediendo y su expresión pasó de ser una de incertidumbre a una de mosqueo en el cual cerró los ojos y suspiró. Parecía estar rogando por paciencia.

–Supongo que el motivo por el cual no has leído el libro no es porque te abochorna su contenido, ¿verdad?

Ema abrió y cerró la boca, teniendo la necesidad de decir algo y defenderse pero no pudo dar con las palabras necesarias. Ya había sido descubierta y, ciertamente, había sido bastante tonto de su parte el no asumir desde un principio que el monje daría con el meollo del asunto. En vez de buscar una justificación que sabría que duraría muy poco, tendría que haberse preparado mentalmente para humillarse frente al regente de Khura’in.

–Detective, me cuesta creer que una mujer de ciencia se muestre tan esquiva frente a un asunto tan natural. Sé que puede ser un poco extraño para un extranjero pero ni a Apollo Justice le costó tanto. –Volvió a suspirar–. Sí. También odió la lectura y la dejó, pero se obligó a sí mismo a buscar en internet por una cuestión de profesionalidad. Supongo que no puedo decir lo mismo de ti.

La forense tuvo la necesidad de disculparse pero se contuvo a tiempo. No tenía porqué pedir perdón por las cosas que la avergonzaban, por sentirse intimidada ante una novela erótica tan gráfica. Porque aunque hacía bastante tiempo que había dejado de ser “inocente” y disfrutaba cada tanto tiempo un poco erotismo, ya fuese físico o literario, lo cierto era que jamás se había visto en la obligación de trasladar aquello a su trabajo. En su país, era cuestiones de puertas para adentro y lo que una pareja hacía en la cama y de qué manera lo hacía no se discutía tan abiertamente como quien habla de la película del momento.

–No lo entiendo –dijo finalmente haciendo de tripas corazón–. Creo que es algo que tendría que haber tenido en cuenta antes de contratar a personal extranjero, fiscal. Son culturas diferentes y lamento que la imagen que tiene sobre mí se vea perjudicada, pero conozco mis límites y no voy a leer ese… manual.

El hombre no se sintió ofendido ni atacado por sus palabras sino que al contrario: elevó un poco las comisuras y negó con la cabeza.

–Manual… Interesante manera de llamar a uno de los textos más sagrados del Khura’inismo –Ema no pudo evitar tragar saliva. La actitud del fiscal la confundía–. Quizás tengas razón al manifestarme el hecho de que debería haber considerado las diferentes formas de abordar un tema antes de contratar extranjeros, pero es que tanto Apollo como tú son brillantes en lo que hacen y no podía arriesgarme a no contar con ustedes por el simple motivo de que en su país el sexo, aunque esté en todos lados, sólo se trata explícitamente en la cama.

Aquello hizo que Ema se sintiese más incómoda todavía ya que era una verdad grande como una casa: en su tierra, la cual de repente echaba tantísimo de menos, el sexo abordaba cada aspecto de la vida diaria y la publicidad pero aun así no dejaba de ser un tabú. Era contradictorio, pero no conocía otra forma de enfrentarlo. Había sido educada en aquella sociedad, como mujer y al contrario que en Khura’in, en su país la mujer estaba sublevada socialmente y aunque tenía la obligación de ser una tigresa en la cama, en el día a día tenía que ser la más impoluta de todas.

–Me gustaría entender, aprender –se animó Ema, en parte sincerizándose consigo misma–, pero no puedo. E-es más fuerte que yo… no puedo… abrir el libro nuevamente –confesó y sintió cómo el calor le subía por las mejillas. No estaba arrepentida de lo que había dicho pero el hablar de algo así con su jefe la hacía sentir no menos que extraña.

–Entonces, permíteme iluminarte. –Al oír aquellas palabras, Ema clavó los ojos sorprendida en el fiscal para ver que este tenía los párpados cerrados y el rostro sereno, como si estuviese meditando.  Realmente se tomaba con mucha seriedad y tranquilidad todo ese tema–. El libro no es un manual, detective. Como dije anteriormente, es un libro sagrado escrito hace siglos por una sacerdotisa cercana a la reina en aquel momento, Bhu’tar Tanma Khura’in. Antes de que la moral de otros países invadiera nuestras costumbres, la poligamia era una práctica común aquí, sobretodo en la familia real. La reina Bhu’tar era polígama y tenía ochenta y ocho maridos.

(¿O-Ochenta y ocho?) Ema quería suponer que aquello solo era parte de la leyenda. Aun así, siguió escuchando al monje.

–Pocos años antes de que la reina muriese, el país se vio envuelto en una guerra con uno de los Estados vecinos y debido a su pobre fuerza militar, Khura’in se vio derrotado y cayó en el yugo de los invasores. Éstos prohibieron la poligamia y cualquiera de sus derivaciones, obligando a la reina, que mantenían en el trono porque sabían que moriría tarde o temprano debido a su enfermedad, a que eligiera solo un marido de sus ochenta y ocho. De más está decir que Bhu’tar cayó en una inmensa tristeza ya que los quería a todos por igual.

(I-Imposible…)

–Por lo que, en la búsqueda de traer de nuevo la felicidad a la moribunda Bhu’tar, una sacerdotisa creó “Los tres escenarios de la intimidad”. De esa manera, el marido que lograse llevar a Bhu’tar a través de los tres escenarios de forma espléndida, sería el marido elegido para compartir con ella lo que le quedaba de vida. No se sabe a ciencia cierta cuál de los ochenta y ocho hombres triunfó pero lo importante aquí es cómo se mantuvo la tradición en el khura’inismo. Aquí es donde viene lo que debes de entender para la sesión de mañana, ¿me escuchas, detective?

–S-Sí –se apresuró a contestar Ema.

–Bien. Antes de elegir marido, toda mujer puede pedirle a su novio o amante que la haga transitar los tres escenarios, con el fin de saber si éste es el ideal para casarse. Esto es importante ya que en el khura’inismo el placer sexual siempre fue una bendición de la Santa Madre pero como la poligamia fue prohibida y una vez casada una mujer solo puede yacer con su marido, ésta debe de elegir un hombre que logre despertar el éxtasis orgásmico. –Ema no pudo evitar acomodarse en la silla, inquieta. La parte histórica había sido entretenida pero el monje estaba entrando en detalles escamosos–. Los escenarios para llegar al éxtasis orgásmico son tres. El primero, llamado kurhat bhu’tar, corresponde al sexo oral. El segundo, gutbhar bhu’tar, es la penetración vaginal. El tercero…

–Ehhhh… fiscal Sahdmadhi –le interrumpió Ema. El monje que hasta aquel momento había permanecido con los ojos cerrados, abrió los párpados tranquilamente, como si hasta ese momento no hubiesen estado hablando de sexo y una reina con ochenta y ocho maridos–, según lo ocurrido en el homicidio, la acusada asesinó a la víctima durante el segundo escenario así que no creo importante conocer el tercero.

–En realidad sí lo es, pero respeto tu negación a conocerlo. Después de todo, son muy pocos los hombres que llegan a cumplir con el tercero.  

Ema no pudo evitar sentir curiosidad al oír eso pero agradeció el no tener que ser conocedora a través de la boca de Nahyuta Sahdmadhi. Era extraño ver a alguien tan intachable hablando de cunnilingus y penetración vaginal y hasta aquel día, Ema habría jurado que el hombre llevaba un voto de castidad. Ahora empezaba a dudarlo ya que, después de todo, el sexo era sagrado y él amaba todo lo que tuviese que ver con su Santa Madre.

–Entonces, ¿puedo contar con que mañana subirás al estrado y dirás sin tartamudear que la acusada asesinó a la víctima mientras éste llevaba a cabo el segundo escenario, es decir, mientras estaba dentro de ella? –el tono de voz fue tranquilo pero intimidante. Ema balbuceó.

–S-Sí… –se maldijo al darse cuenta de que estaba tartamudeando–. Aun así, no se encontraron… eh… restos de… fluidos de la víctima en la acusada…

–¿Fluidos? ¿Te refieres a saliva o a semen?

(Dios, dame un respiro, Sahdmadhi). Ema tomó aire.

–Semen –respondió.  

Cuando vio asistir al monje, Ema se dijo que ya había tenido demasiado y se dispuso a ponerse de pie no sin antes dejar sutilmente el “manual” sobre el escritorio del fiscal ya que creyó que luego de la embarazosa clase de Nahyuta ya no sería necesario. Cuando se dirigía con pasos apresurados hacia la puerta, deseando salir de allí, la voz de él la detuvo causándole un escalofrío desde la primera vértebra hasta la última.

–Detective, disculpa mi atrevimiento pero, ¿acaso te mantienes pura?

(¿Pero qué caraj…?)

Ema se giró sobre sí misma bastante molesta por la pregunta, para entonces darse cuenta de que el monje se dirigía hacia ella totalmente sosegado, con ambas manos por detrás de su espalda. La luz que entraba por el ventanal y que venía justo por detrás de él, lo hacía ver como una especie de santo rodeado por un halo luminoso. La forense tuvo que parpadear un par de veces para volver a la realidad.

–No. Ya no soy “pura” –dijo sin tapujos y haciéndose acuerdo de que la pregunta del fiscal no le había hecho ninguna gracia.

–Ya veo –Nahyuta Sahdmadhi siguió caminando hasta que se detuvo demasiado cerca de ella, tanto que Ema no pudo evitar sentirse abrumada por su presencia–. La manera en que ustedes los extranjeros viven su sexualidad es muy particular, he de confesar. Cuando te vi en el estrado hoy, realmente sentí que te había expuesto a algo de lo que no eras conocedora. Lo siento.

La mujer no pudo evitar mirarlo con extrañeza. ¿De verdad el regente de Khura’in se estaba disculpando con ella? ¿Cómo debía de reaccionar ante eso? ¿Debía aceptar su disculpa o acaso asumir que ella se había comportado de una forma un poco tonta?

Aquellas indagaciones no pudieron ser contestadas, ya que antes de que Ema pudiese pronunciar palabra alguna el fiscal Sahdmadhi, el regente, el hermano de la futura reina del país, posó sus labios sobre los suyos y la besó con delicadeza. Fue lo único que hizo, besarla, ya que en ningún momento posó alguna de sus manos sobre su cuerpo.

Aunque Ema no entendió qué estaba sucediendo hasta un segundo después de que él había tenido aquel impulso, por alguna razón no se alejó ni se sintió amenazada. Quizás fuese la textura suave de sus labios, el aroma a romero y tomillo que emanaba su piel o la impresionante energía seductora que siempre había hallado en él. Tenía que reconocerlo: desde la primera vez que lo vio, admiró su atractivo.

Entonces, aún sin saber bien qué estaba pasando, ella se mostró receptiva al beso y aquello al parecer le sirvió a Nahyuta para rodearle la cintura con los brazos, atrayéndola más hacia él. El monje no tardó en separar sus labios con la lengua e introducirse en su boca, haciéndole degustar el sabor a la menta o a alguna hierba del estilo. Ema llevó sus manos al rostro del hombre, acariciando sus suaves mejillas para luego hundir sus dedos en la nuca y jugar con su sedoso cabello del cual siempre tuvo la curiosidad por saber qué tan suave era.

El hombre dio por finalizado el beso pero no se separó de ella y se dirigió con suaves y húmedos roces hacia su oreja en donde procedió a lamer el lóbulo lascivamente. Aquello provocó que Ema se erizase y no pudiese contener un leve gemido cosa de la que no tardó en arrepentirse.

–Ema –¿la estaba llamando por su nombre?–, he aquí mi propuesta: ven esta noche a mis aposentos en el palacio real. Permíteme llevarte a través de los tres escenarios.

–¿Q-Qué…? ¿Y-Yo?

Definitivamente se sentía el ser más estúpido en el planeta pero no podía contener la inmensa sorpresa que le produjo el recibir aquella invitación de Nahyuta. No sabía si sentirse halagada u ofendida, si considerar aquello algo indecente o no, pero la realidad era que aún seguía abrazada a él y sentía, sabía, que aquel beso la había dejado húmeda en totalidad.

Vio cómo el monje sonreía casi tiernamente ante su asombro.

–Sí, tú. Igualmente –de repente volvió a lucir serio, como siempre–, no quiero que te sientas obligada por ningún motivo, por más que sea tu superior o el regente de Khura’in, no tienes por qué aceptar mis invitaciones. Confío en que serás capaz de negarte si no quieres, por eso me he atrevido a proponerte algo que sé que es demasiado inesperado para ti.

–Quiero –contestó con vehemencia y aunque él se sorprendió de la rapidez con la que llegó su respuesta, dejó ver una leve sonrisa.

Ema agradeció la velocidad con la que el impulso puso la palabra en sus labios pero aun así no pudo evitar preguntarse porqué toda propuesta que venía del fiscal le parecía aceptable, por qué no era capaz de negarse. Desde el trabajar en un país extranjero, llevarla de aquí para allá en un avión o hasta yacer en su cama mientras él le practicaba sexo oral con un sentido místico: todo le parecía buena idea.

Antes de dar por acabado del abrazo, Nahyuta Sahdmadhi le besó la frente de una forma casi devota y dejándola sola en su despacho nuevamente, le dijo:

–Te espero esta noche alrededor de las diez. Entra sin miedo, mis sirvientes te llevarán hasta mi habitación –sonrió y Ema sintió que le fallaban las rodillas–. Espero poder llevarte a través de los tres escenarios.