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Angel Thieves

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Día 3

Oscuridad

Oído

Olfato

Tacto

 

El sonido de la gotera perenne, los chillidos de algunas ratas que paseaban por allí, los pasos lejanos, los ladridos enfurecidos de canes rabiosos y los murmullos mezclados con risas diabólicas, fueron los sonidos que le dieron la bienvenida a aquella pesadilla. Todos los ruidos, por leves que fueran, se intensificaban en su mente haciéndole sentir que retumbaban en su cabeza y que de un momento a otro se quedaría sordo.

El hedor de las paredes cubiertas de moho, los charcos de sangre fresca, el orín que cubría las tuberías que estaban a la vista, la orina que goteaba de uno de los retretes y los miasmas del lavabo, golpearon su olfato con violencia, provocándole un par de arcadas que con dificultad logró mitigar. El olor rancio de la putrefacción de aquel espacio era repugnante, lo más nauseabundo que jamás hubiese percibido. Su memoria olfativa no podía ayudarle a identificar con precisión algo a su alrededor, mas si le recordó que no era la primera vez que despertaba allí.

Al muchachito apenas le tomó unos cuantos segundos descubrir con verdadero horror que se encontraba desnudo, amordazado, maniatado y con los ojos vendados; tal y como se encontraba antes que la inconciencia lo visitara, tal y como lo mantenían sus captores desde hacía varios días. Su cuerpo endeble temblaba con violencia, de golpe su respiración y pulso se habían disparado a velocidad vertiginosa, haciéndole sentir enfermo, o más que eso: como un animal que agoniza. Intentó moverse, al menos hasta donde las ataduras le permitieran; sin embargo; sus extremidades se encontraban entumecidas debido a la inmovilidad prolongada y el frío, los golpes y magulladuras que no recordaba que tenía, se hicieron presentes por medio del dolor agudo. El chico desistió, dejó el esfuerzo para después, como por ejemplo para cuando lograra reunir fuerzas; o mejor aún; para cuando despertara realmente de aquella pesadilla.

Pero a medida que los minutos se arrastraban y la realidad se presentaba pesada como un bloque de hielo, al chiquillo no le quedó más opción que desgranar lo que le quedaba de esperanza, darle cobijo al terror y consolarse con el llanto silencioso.

¿Cómo había llegado allí?

Lo recordaba con claridad, a la perfección, de hecho podía recitar sin problemas paso a paso desde el momento que se subió al auto de ese maldito traidor. Sus gestos despreciables, la conversación plagada de chismes triviales, la excusa absurda para hacer escala en su casa, el descanso obligado en la amplia sala, la ronda de destornilladores... todo. Lo recordaba todo, al menos hasta que bebió el cóctel que le hizo sentir laxo segundos antes de quedar sumergido en la oscuridad.

¿Y su acompañante?

Esa era la misma pregunta que lo asaltaba desde que despertó en medio de aquella situación. Ese día no iba solo, su compañero; o mejor dicho; su archinémesis inocuo iba con él.

¿Odiaba a su archinémesis inofensivo? claro que sí, lo hacía por ratos, cuando le jorobaba la vida, aunque en ese instante deseaba con toda el alma que el chico se encontrara bien. En verdad esperaba que no estuviera allí. Lo que no alcanzó a imaginar, era que su archinémesis inocuo se encontraba en su misma situación, mucho más cerca de lo que podía imaginar.

Los tímidos sollozos hicieron eco en el lugar sin que lo pudiera evitar. Alterado, porque no quería llamar la atención de sus captores, apretó los molares obligándose a mantener silencio.

Tenía hambre, sed, frío, pero más que nada, tenía terror. Jamás en su vida había experimentado algo así.

—Papá, no me dejes sólo —imploró a la nada en una plegaria mental, con la infantil esperanza de invocar al mencionado.

No supo cuanto tiempo pasó suplicando lo mismo. Desde que estaba en aquella situación; los días, noches, las horas y los minutos; eran conceptos abstractos y sin sentido. Sentía como si hubiese despertado en otra dimensión, en un mundo paralelo donde el tiempo no existía. Por momentos tenía la impresión que llevaba meses en ese lugar, y por ratos, creía que tan solo habían pasado unas cuantas horas.

¿Su familia lo estaría buscando?

Por supuesto que sí. No podía permitirse dudar, seguramente sus parientes estaban moviendo cielo, mar y tierra para dar con él. Sin otra opción se resignó a creer que en algún momento alguien lo encontraría y lo rescataría. Quizá su archinémesis inocuo había visto todo y le diría al director, incluso a su familia.

¿Había forma de escapar?

Sorbiendo por la nariz, durante largo rato se dedicó a imaginar un sinfín de escenarios donde lograba salir de aquel infierno para ponerse a salvo; hasta que el cansancio, la tensión, el hambre y la deshidratación; le obligaron a dormir nuevamente.

 

 

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Día 5

Despertó sobresaltado gracias a la pesadilla que se apoderó de su mente, haciéndole sentir que de un momento a otro iba a enloquecer. El chico asustado, se removió por unos instantes hasta que en su mente algo hizo click y le obligó a calmarse. Casi hiperventilando, repasó mentalmente su situación, haciendo memoria de todo lo acontecido hasta ese momento.

Debía encontrar la manera de escapar.

Agitado intentó cambiar de posición, pues el dolor agudo en su cintura y extremidades no le permitían ni respirar. Afortunadamente estaba casi seguro que no tenía heridas ni hemorragias de gravedad, así que aún podía soportar un poco más, pero él no deseaba esperar puesto que por lógica mientras más tiempo pasara allí, más se debilitaría y las oportunidades de escapar se reducirían a nada.

Lo sabía, lo primero que necesitaba era quitarse las ataduras, la mordaza y la venda de los ojos, el problema es que no tenía forma de conseguir ninguno de sus objetivos. Por la frialdad y textura del lugar donde se encontraba tendido, se atrevía a apostar que estaba en una bañera. La imaginó sucia, infectada en hongos y moho, lo que le hizo temblar y casi vomitar. El chiquillo sacudió la cabeza, intentando olvidarse de aquello, para no ponerse peor. El primer día que llegó allí se vomitó encima, lo que le hizo merecedor de un castigo ejemplar seguido de una violación brutal.

No quería volver a pasar por lo mismo.

¿Y su acompañante?

Cada vez que despertaba se preguntaba por la suerte de él. No estaba sólo cuando fue a aquella casa, él le acompañaba, y hasta ese momento, jamás se le ocurrió pensar que él fuese cómplice de semejante acto. Si bien sabía que él lo odiaba, y también conocía las razones de su odio, no lo creía capaz de hacer semejante barbaridad

Durante un tiempo continuó perdido en sus cavilaciones, enfocándose en buscar una vía de escape, cuando de pronto escuchó el llanto débil y los quejidos amortiguados de alguien más, todo ello acompañado con los insultos y obscenidades de una voz gruesa ya conocida. Sin darse cuenta, su cuerpo empezó a temblar gracias al terror, a la vez que el vendaje negro que obstruía su vista se humedecio de a poco por las lágrimas amargas que externaron una mínima parte de su dolor y miedo, esos sentimientos desagradables que se volvieron parte de su vida desde que llegó allí por culpa del traidor.

Sí, el que creía su amigo era un traidor, no había otra forma de llamarle.

El chico tuvo un deseo egoísta, del que se arrepentiría mucho tiempo después, pero ¿qué otra opción tenía?. En ese momento, hubiese dado lo que fuera por tener libres las manos para poder cubrir sus oídos y evitar escuchar lo que allí acontecía. No quería escuchar cómo abusaban del otro chico que se encontraba allí. Se negaba a ponerle rostro y nombre a esa otra víctima, aunque una vocecilla en su cabeza, le susurraba una y otra vez quien era el pobre desgraciado.

Es él. Él también está aquí.

El tiempo transcurrió con lentitud exasperante, cruel, burlón, orquestado por los sonidos crudos del agravio que ninguno de los dos chiquillos merecían. Ambos estaban viviendo un infierno para el que no estaban preparados.

 

 

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Día 6

El dolor intenso que lo recorrió de ida y vuelta le obligó a despertar, aunque como en los últimos días, no podía ver nada. Sus articulaciones se encontraban acalambradas y sus músculos entumecidos al punto que le dieron ganas de llorar. El que lo mantuvieran en la misma postura y desnudo por tanto tiempo empezaba a cobrar factura de la peor manera. El chiquillo intentó removerse, conteniendo a la fuerza las diversas quejas que reptaban por su garganta; sin embargo; a diferencia de las otras ocasiones, al segundo intento descubrió que no estaba solo.

Asustado, porque creyó que se trataba de un cadáver debido a la frialdad de la piel y falta de reacción, se quedó quieto, esperando, suplicando a todos los dioses poder escuchar la respiración de su acompañante. Nada. Parecía que el otro chiquillo había perdido la batalla, lo que le arrastró al borde de la desesperación, porque en ese instante recordó el llanto lastimero del chico mezclado con las groserías del hombre despiadado que los mantenía cautivos.

El sólo pensar en la suerte del chico, y saber que eso mismo era lo que le esperaba en un futuro próximo, le hizo romper en un llanto desgarrador que alertó a la persona que se encontraba en el pasillo.

En ese mismo instante pensó que enloquecería.

En ese momento perdió la poca esperanza que le quedaba.

En verdad quiso, deseó con toda su alma, morir de una vez por todas.

Lo que jamás llegó a imaginar, fue que su vida terminaría de esa manera.

Cuando escuchó la puerta abrirse y los pasos aproximándose, no tuvo tiempo de mitigar su llanto ni mucho menos de disimular que se encontraba inconsciente. Todo fue demasiado rápido y él estaba resignado para lo peor, por lo que tuvo serios problemas para procesar lo que su verdugo le murmuró.

El chiquillo aterrado lloró con más ganas, temblando cual hoja mustia a merced del viento, sin enterarse de las indicaciones que el hombre impaciente intentaba darle. Al no obtener colaboración, el tipo alzó la mano y sin previo aviso soltó dos golpes secos, uno por cada mejilla. Sólo de esa manera el chico se calmó, aturdido por los golpes que escocían y aterrado por la promesa silenciosa de un castigo peor.

Entonces escuchó a su verdugo, sin poder creer nada de lo que le decía.