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These Ethereal Memories

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Do you think we're worth saving?

***

Louis escuchó su risa.

Corrió a través de su pequeño patio intentando alcanzar la pelota, con carcajadas infantiles resonando a su espalda, entonces la voz de su madre rompió en el aire, llamando al almuerzo.

Louis soltó el balón y se giró para ver el reflejo del sol en una melena dorada entrar en la casa, siguiéndolo sin dudarlo por un instante. Se adentró en la cocina con el entusiasmo de cualquier niño de cinco años cuya mamá grita que hoy almorzarán su comida favorita.

Se sentó en su lugar y no demoró ni un segundo en buscar en el otro lado de la mesa por esa mirada familiar. No pudo evitar que un incómodo sentimiento se asentara en su estómago cuando no vio ningún plato más que el suyo.

Su madre era ajena a él, aún cuando volteó para colocar la olla sobre la mesa.

—Tienes que tener cuidado, está caliente.

—Mamá.

Su voz salió insegura, confundida, sintiendo algo frío crecer dentro suyo con cada segundo. La mujer alzó la vista y se encontró con los azules ojos de su hijo buscando respuestas a una pregunta que nunca pronunció. Su madre lo miró con tristeza, y de repente le pareció mucho más demacrada que hace un instante.

—Oh, cielo—el tono dulce de sus palabras dolía más que su mirada, entonces Louis supo que no quería escuchar lo que seguía—. Ella no va a volver, cariño. Nunca.

Su respiración se entrecortó. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Las luces parpadearon mientras todo a su alrededor daba vueltas. Comenzó a sentir los latidos de su corazón acelerarse, amenazando con  latir hasta explotar y algo parecía haberse tragado todo el aire,  dejándolo en el vacío para ahogarse.

De pronto la imagen de su madre ya no estaba, y la silla de madera era un asiento mullido. Su cuerpo era el de un adulto, lo supo porque llegó a ver un tatuaje en la mano que sujetaba el volante un segundo antes de chocar.

Oyó un grito.

Había cristal por todos lados, fragmentos suspendidos en el aire, mientras él se sacudía violentamente con el asiento, por el impacto, por el derrape, todo borrones y ruidos violentos en una secuencia que sabe cómo acaba.

Lo único que hizo, en medio del caos de ese determinante instante, fue cerrar los ojos en un ruego constante con la esperanza de que alguien, quien sea, lo escuchase e hiciese algo.

Que sea yo, que sea yo. Por favor, deja que esta vez sea yo.

***

Louis despierta bañado en sudor frío. Le toma unos minutos de respiraciones hondas que su corazón deje de palpitar en su pecho; para entonces sus ojos se ajustan a la escasa luz de la luna, y puede distinguir entre la oscuridad de su cuarto cada mueble intacto, ajeno a su desesperación.

La sensación de pánico sigue en su cuerpo, sus músculos tensos y alerta. Tantea su celular en la mesa al lado de su cama por instinto, entrecerrando los ojos un poco cuando el numero 4:36 ilumina su cara.

Deja el celular en su lugar y se resume a mirar un punto fijo. Se abraza en medio de las sábanas revueltas y se resigna al insomnio; no es la primera vez.

Continua respirando hondo aunque el miedo ya no está presente con la urgencia de antes. Lo que sigue es peor. Se queda sumido en el silencio y la oscuridad, en compañía de sí mismo, de su mente y su memoria. De repente, sus músculos se rinden y su cara se contorsiona, su respiración se agita mientras sus ojos se ahogar en lágrimas.

Sus sollozos son el único sonido que llena la habitación, perdiéndose en la noche y cayendo en el olvido.

***

Louis se levanta de la cama a las 8:00 am.

Sus ojos están hinchados y hay ojeras bajo los mismos, pero mira su reflejo con una resignación que solo puede ser fruto de la costumbre. Se asea y viste como si fuera una mañana típica, y en parte, lo es. Camina por su casa como un extraño, fingiendo desconocer los rincones por miedo a los recuerdos que se esconden en ellos.

Cuando finalmente llega a la cocina se queda en el lugar, contemplando el mármol de la mesada como si este le insistiera en comer algo. Louis no hace nada; se limita a observarla por otro instante, ensimismado, antes de girarse con rumbo a la sala. Se detiene para tomar su maletín, el cual está tirado sin contemplaciones sobre el sofá desde el día anterior. Ni siquiera hace una pausa ante el espejo en la pared de la entrada antes de salir por la puerta; hubo un tiempo en el que se pararía, y se tomaría cinco minutos para intentar fingir una sonrisa, para aquellos que parecían preocuparse. Se rindió cuando supo que nunca iba a lograr que se viera lo suficientemente sincera.

Camina unas cuadras hasta llegar a la parada de autobús. No se sorprende de ser el único esperando; demasiada gente elige el metro y falta rato para que el vehículo pase por esa parte del recorrido, pero es mejor que simplemente ir caminando y dejar que los pensamientos lo abrumen. En el autobús, al menos puede distraerse con gente que lo traiga de vuelta a la realidad cuando empiece a andar por caminos peligrosos pero no desconocidos.

No pasa mucho antes de que otras personas lleguen a la parada. Louis apenas nota a quien se sienta a su lado en la banca hasta que oye una voz grave y de tono amable, tratando de iniciar conversación.

— ¿Crees que hoy salga el sol? Es raro, pero es el mejor clima que tuvimos en días, ¿no crees?

Louis se tensa por un instante. No le gusta hacer estas cosas, no es del tipo sociable. Le cuesta meses dejar la incomodidad de lado cuando conoce a una persona; una conversación trivial sobre el clima le es imposible de llevar a cabo sin sentir que se averguenza a sí mismo.

—Mhm.

El castaño siente los ojos del extraño sobre él, pero no se atreve a mirarlo, una pequeña burbuja de ansiedad desatándose dentro suyo. Agradece cuando ve al autobús doblando la esquina, y se apresura a pararse para esperarlo de pie. El vehículo no está quieto ni siquiera dos segundos cuando Louis se lanza dentro, pagando su boleto con rapidez y echando un vistazo a los asientos libres.

Odia los clichés, odia cuando pasan en la vida real, y es por eso que ahoga un grito por dentro cuando ve que solo hay un asiento libre al fondo, al lado de un chico de cabello largo que mira por la ventana. Mientras se dirige hacia él, Louis espera que se quede así y no trate de iniciar una conversación como el muchacho de la parada. Se gira para sentarse, medio esperando ver al dueño de la voz parado en el pasillo, dándole una mirada rara por la forma en la que prácticamente huyó de él, pero se descoloca un segundo cuando solo ve subir a una mujer embarazada.

Nunca la vio en la parada, pero quizás siempre estuvo ahí, o talvez acababa de alcanzar el autobús. De cualquier forma, no la hubiera notado; nunca dijo una palabra y él estaba metido dentro de su mente.

Como sea, la mujer está evidentemente embarazada, por lo que Louis detiene su amague de sentarse para cederle el lugar. La mujer le sonríe amablemente y él le devuelve el gesto. Podrá tener pequeños ataques de pánico en la interacción social, pero su madre le enseñó a ser un caballero.

Pasa el resto del viaje parado hasta llegar al centro. Louis baja del autobús y se escurre entre las ocupadas calles de Londres, agradeciendo que el ruido del exterior sea más fuerte que sus pensamientos. Trata de focalizarse en lo que debe hacer hoy; revisar los planos del Royal Inn Garden, rediseñar la entrada de Richardson Maison y supervisar la construcción de la glorieta en Hyde Park. Lo repite como un mantra en su cabeza, intentando fingir que es un día común; la gente camina, el sol brilla y el mundo sigue girando.

Llega a un edificio de diseño novedoso, pero no se detiene a admirar su aspecto. Alguien que sale del establecimiento mantiene la puerta abierta para él, haciendo un ademán caballeroso e inclinándose un poco cuando el castaño pasa a su lado.

Louis murmura un 'Gracias' mientras se encamina a la recepción. Una chica rubia de profundos ojos azules detrás del mostrador principal lo saluda alegremente cuando lo ve pasar.

— ¡Buen día, Louis! ¿Cómo estás?

El nombrado se detiene un segundo para dedicarle una breve mueca que intenta imitar una sonrisa desganada.

—Estoy.

La chica hace un gesto con la cara. Louis lo conoce; lo ve siempre en el rostro de la gente cuando no responde con el típico "Bien". Es una especie de preocupación y pena, pero aun así no se atreven a preguntar qué pasa, a falta de confianza.

—Oh, cariño—Louis casi lo olvida. La compasión es otro infaltable—. ¿Mala mañana?

Louis realmente no quiere tener esta conversación. No quiere tener una conversación en absoluto. Ella lo sabe, aunque es imposible que no trate de animarlo, está en su naturaleza burbujeante. A veces le gustaría ser un poco como ella.

—Estoy segura de que el resto del día será mejor—resume, sabiendo que no le respondería. Una sonrisa vuelve a ocupar su rostro, tratando de no tocar ningún tema personal—. Como sea, Ricoletti llamó hace un momento, dijo que quería reprogramar la reunión del jueves, quizás deberías llamarlo luego por eso. Y los planos del Royal Inn Garden ya llegaron, haré que los suban para que los revises.

Al menos, puede contar con que ahí no lo presionarán. Siempre fue de perfil bajo, por lo que puede pasar medianamente desapercibido, esté en sus días malos o... bueno, los que son mejores.

Le dedica a la chica otra mueca que imita a la alegría, esta vez un poco más sincera.

—Gracias, Perrie.

La muchacha solo sonríe más, girándose para atender el teléfono de la recepción y Louis retoma su camino hasta el ascensor. Entra en él, presionando el botón del cuarto piso sin mirar, a raíz de la costumbre.

— ¡Detén el ascensor! –grita alguien.

El castaño reacciona rápido, colocando su mano en las puertas metálicas para dejar que un chico vestido de traje entre con él.

—Gracias.

Louis le echa un vistazo rápido; es alto y de ojos claros, y le está sonriendo como si le hubiera dicho la mejor broma del mundo. Louis le corresponde el gesto más levemente mientras vuelve su mirada a los números de pisos, aclarando su garganta.

—Uh...—comienza con voz suave—. ¿Tú vas a...?—señala el tablero es como si fueran el final de la pregunta. El extraño parece entenderle.

—Oh, el quinto.

Presiona el botón antes de enderezarse mientras las puertas se cierran, fijando su vista al frente y moviendo los dedos alrededor del agarre del maletín, inquieto. Siempre se sintió incomodo cuando va en el ascensor con alguien que no conoce; parece que de pronto están muy cerca, él muy expuesto, y que el otro sabe lo que le cruza por la cabeza. Sin embargo, Louis se siente doblemente observado por este tipo, como si estuviera esperando que lo reconociera.

Louis lo ojea y hace memoria, tratando de descifrar si lo ha visto antes en la firma, pero aunque está seguro de que no, aún siente que hay algo familiar en él. Hace una pequeña mueca para sí mismo. Tal vez él trabaja ahí, pero nunca le prestó atención. De todas formas espera que el otro tampoco lo haya visto y esté esperando a que lo salude.

El viaje suele durar unos segundos pero Louis siente que está tardando horas, y cuando las puertas finalmente se abren, sale del cubículo rápidamente. No deja de sentir la mirada del extraño en su cabeza y de repente tiene una sensación de deja vú.

Se detiene a unos metros del ascensor, frunciendo el ceño, pero al voltear sólo se encuentra con su difuso reflejo en las puertas plateadas.

Alza las cejas, resumiendo su camino. Saluda a un par de personas con un gesto de cabeza antes de llegar a su oficina; cuando lo hace, deja su bolso junto al escritorio y se desploma en la silla giratoria. Sus ojos viajan por la habitación y se detienen instantáneamente en la repisa a su izquierda, como si les fuera habitual y supiera que iba a acabar fijada allí de todos modos.

Louis cierra los ojos al tiempo que suspira. Se queda así un momento, antes de reaccionar y ponerse en marcha, concentrándose en la carpeta frente a él, y en un rollo de planos que seguramente Perrie hizo subir.

Abre la carpeta y su mente se disipa, y de repente, por las próximas horas, es solo otro típico día de trabajo.

***

Louis está terminando de acomodar unos encargos cuando alguien abre la puerta de su oficina como si entrara en su propia casa.

— ¡Adivina quien llegó a alegrarte el día!

El castaño alza la cabeza para encontrarse con un rostro familiar.

—Niall, ¿no tienes que estar en la tienda?

—Nah, Josh tiene el turno que sigue—el rubio se deja caer en el asiento frente al escritorio, totalmente despreocupado—. Además, es hora de tu receso para almorzar, asique ¿qué te parece si vamos a ese restó italiano cerca de aquí y comemos algo?

Louis esconde una mueca mientras acaba de ordenar, sin muchos ánimos de salir.

—No lo sé. Pensaba simplemente comprar un sándwich por ahí.

—Te compras un sándwich en el restó. Son ricos y baratos.

El castaño suspira. Sabe exactamente lo que Niall está haciendo, y en verdad, en verdad, no quiere pasar por esto de nuevo.

—Niall...

—Liam irá.

— ¿Liam?—Dice frunciendo el ceño levemente—. ¿Qué no tiene una sesión de tribunales hoy?

Niall solo se alza de hombros.

—No lo sé, ¿creo que era más tarde? Cuando le avisé dijo que podía.

—Claro que podía—murmura bajo su respiración, tomando aire—. Niall, en serio, no estoy con ánimo de salir a comer afuera.

El rubio frunce los labios y Louis puede ver los engranajes en su cabeza intentando formular nuevos motivos para convencerlo de salir.

—Lou, lo entiendo, en serio. ¿Pero puedes venir sólo por un momento? Hace mucho que no salimos los tres, es difícil coordinar los horarios, ¿sabes?—Hace una pausa para observar el rostro dudoso de Louis, apresurándose a agregar—Si vienes, te pagaré el postre. O el sándwich. Pero no elijas algo caro, cabrón.

Louis sabe que Niall recuerda que se vieron la semana pasada. También sabe que solo lo hace porque trata de que todo sea normal, y porque él y Liam han estado preocupados e intentando alegrarlo durante los últimos meses. Y es esa la única razón por la cual termina aceptando; porque ya les ha dejado preocuparse demasiado por algo que ni siquiera es la mitad de los motivos por los que está como lo ven.

Cuando llegan, Liam ya está allí, vistiendo un traje y viéndose demasiado pulcro para alguien que seguramente está a punto de engullir una hamburguesa. Saluda a Louis con un abrazo y una sonrisa, como le es costumbre, y los tres entran para ubicarse en una mesa cerca de la ventana.

Louis termina pidiendo un bistec, y no se da cuenta de lo hambriento que estaba hasta que la camarera coloca el plato frente a él. Niall y Liam llevan la mayoría de la conversación. Usualmente él compartiría un tercio de la charla, haciendo chistes entre comentarios, pero últimamente se siente como en los primeros meses de nuevo, cuando apenas había conocido a esos dos chicos enérgicos y extrovertidos, y estaba algo abrumado, e incluso asustado de hacer algún comentario equivocado.

—Por Dios, Tommo, estás por tragarte el tenedor. ¿No desayunaste, hermano?

—Uhm... No, eh... –duda, repentinamente consciente de sus movimientos, de cómo mastica, cómo come. Se remueve incómodo-. No, no tenía mucha hambre.

—Oh bueno—Liam sonríe, en tono bromista—, trata de no comerte el plato cuando termines eso.

Louis deja escapar un pequeño ruido que pretende ser una risa. Cuando alza la vista para encontrarse con sus ojos avellana, también ve las preguntas que no se atrevió a hacerle. "¿Estás bien? ¿Pasó algo? ¿Quieres hablarlo?"

—No—le contesta, tal vez a ambos comentarios—. No lo haré, descuida.

Niall continua la charla, desviándose al último partido de Manchester United, y Louis vuelve a asumir su papel de principal observador.

Pronto se hace hora de volver al trabajo, Louis y Liam apresurándose a despedirse de Niall, quien hace un gesto con la mano dismisivamente.

—Ya váyanse, ustedes, mundanos empleados.

Liam alza una ceja, deteniéndose frente a la salida mientras acomoda su abrigo.

— ¿Y eso? ¡Tú también tienes que volver a la tienda!

—Ajá, pero yo tengo pase para llegar tarde, pequeño Liam—Niall le sonríe con serenidad, complacido consigo mismo—. Algún día, cuando sean empresarios exitosos como yo, lo entenderán.

El aludido rueda los ojos, pero hay cariño en la forma en la que suprime una sonrisa. Louis suelta una pequeña risa gutural ante la escena. Es breve y casi inaudible por la suavidad con la que sale de sus labios, pero aun así es oída por los dos presentes.

Inmediatamente siente dos pares de ojos sobre él, y de repente la necesidad de pasar desapercibido vuelve a trepar su espalda como una especie de kraken aferrándose al barco que pretende arrastrar al fondo del mar. Se remueve incómodo en su lugar, bajando la vista para jugar con el cierre de su chaqueta y sintiéndose otra vez como un niño de 11 años que no sabe bien cómo integrarse.

Liam aclara su garganta, abriendo la puerta con una mano mientras les dedica una última sonrisa a sus amigos.

—Bien, creo que es mejor que me apresure o llegaré tarde a la sesión. Los veré pronto chicos, fue un lindo almuerzo.

—Siempre lo es cuando estoy yo.

Liam rueda los ojos otra vez, y ni siquiera espera a que Niall salga antes de cerrarle la puerta en la cara. Niall hace un gesto de indignación hacia el cristal, a través del cual puede ver la figura de Liam alejándose. Voltea hacia Louis, señalando la puerta con el pulgar.

— ¿Puedes creer eso?

—Al menos no te golpeó en la cara.

— ¿Lo crees capaz?—Niall pareció escandalizarse aún más, si es teatralmente posible.

Louis lo medita un segundo.

—No, es como un cachorro bebé.

Niall hace un ruidito de indignación antes de romper en una sonrisa, echando la fachada por la ventana.

—Como sea, ¿quieres que te acompañe hasta allá?

Louis niega con la cabeza, su voz suave, como si no se hubiera acostumbrado a la exuberancia de Niall aún con una amistad de más de una década.

—Son solo unas manzanas, Niall.

—Sí, pero queda de camino a la tienda...—le insiste, desviado su mirada al techo, viajando con la mente—. Más o menos.

Louis suspira resignado al tiempo que el rubio abre la puerta.

—No te irías aún si te dijera que no, ¿verdad?

—Nop.

Nunca, Lou.

Nunca.

¡Aléjate!

Alguien choca a Louis al pasar a su lado, sobresaltándolo en sobremanera. Ambos giran hacia el contrario al instante, estirando los brazos por si el otro pierde el equilibrio.

—Disculpa —balbucea el ojiazul, algo avergonzado.

—Lo siento, fue mi culpa, ¿estás bien?

La mirada de Louis se dispara al rostro del dueño de esa voz. El desconcierto lo invade cuando encuentra frente a él al chico del ascensor. Se le queda observando confundido, porque juraría que es él, pero lleva otra ropa y no da señal de reconocerlo.

Sabe que tiene que hablar, pero su lengua no parece cooperar al tiempo que los ojos del chico siguen fijos en él, expectantes. Louis siente que pueden ver directamente debajo de su piel.

—Y-yo...

— ¿Louis? —Lo llama Niall por detrás—. ¿Vienes o no?

— ¿Uh? —parpadea un par de veces, medio volteando hacia su amigo hasta que las palabras finalmente llegan a su mente—. ¡S-si! ¡Espera!

Louis se gira rumbo a Niall, no sin devolverle una última mirada al chico de la firma de arquitectos, genuinamente confundido pero sintiéndose demasiado expuesto por la forma en la que lo ve alejarse. Mira sobre su hombro aún cuando ya están a media manzana del restó, a la vez que Niall lo mira de reojo.

—Lou, ¿te sientes bien?

— ¿Ah? —voltea hacia el rubio, alerta, como si cualquier cosa fuera a hacerlo saltar—. Sí. Sí, estoy bien. Descuida. Estoy bien.

Talvez es porque responde muy rápido, pero el irlandés hace una pausa y parece querer insistir en el tema antes de desistir a último momento.

Cuando Niall se despide de él y Louis entra en la firma, medio espera encontrarse al chico merodeando por ahí, observándolo a la distancia como hizo en el restaurante, como si supiera algo que él no y estuviera esperando a que lo notara. La ansiedad comienza a correr por sus venas durante todo el recorrido hasta su oficina, volviéndolo un pequeño animal del bosque, escabulléndose de todo ruido extraño.

La tranquilidad no regresa a su cuerpo hasta que cierra la puerta tras de sí, aún algo agitado, como si apenas hubiera llegado a escapar del fantasma de esa mirada. Se queda apoyado contra la puerta por unos minutos, cerrando los ojos y pasando las manos por su cara.

Estrés. Estrés y ansiedad, y cansancio. Era demasiado para un solo día. Las pesadillas siempre aseguran que estará al límite; sobresaltándose con cada ruido, hundiéndose en cada recuerdo con remordimiento, encerrándose en sí mismo en una burbuja de culpa. La ansiedad siempre está, pero Louis detesta tenerla en días así, porque significa sentirse doblemente expuesto al error, a la burla, significa volver a sentirse vulnerable y significa tener que evitar las conversaciones al máximo por miedo a decir algo que lo haga quedar en ridículo. Se había acostumbrado a convivir así, con ella. Creyó que iba dominarla, que estaba a punto de lograrlo, pero entonces su pilar se desvaneció, y le fue imposible volver a llegar a tal control sobre su imaginación autodestructiva.

Tomando una respiración temblorosa, Louis se dirige a su escritorio con pasos lentos. Se detiene al pasar frente a la repisa, volteando hacia el mismo punto que ve todos los días antes de empezar con su trabajo. Hay un cuadro volteado, la fotografía de cara a la superficie de madera, como castigada por el simple hecho de existir. Louis alza una mano y pasa la yema de sus dedos por el filo del marco. Cuando llega a la punta se quedan allí, a la espera de alguna decisión, de alguna orden. El castaño exhala, apretando sus labios y continúa su recorrido al escritorio.

Talvez alguien en el cielo tenga piedad de él, y este día acabe lo más pronto posible.

***

Son las 18:13 cuando Louis sale del trabajo. Lo único que tiene en mente en todo el camino de vuelta es llegar a casa, prepararse una taza de té y acurrucarse en la cama. No quiere pensar en pendientes, o en salidas a lugares concurridos, o en prepararse psicológicamente para reuniones del trabajo; solo quiere dormir, por horas y horas, y olvidarse del mundo y de su vida por un instante.

Cuando gira la llave en su cerradura, incluso está considerando poner alguna película de Disney, con la esperanza de que aleje los malos sueños. Atraviesa la entrada y arroja su maletín en el sillón incluso antes de encender la luz, a pesar de que aún entran rayos de sol por la ventana. Presiona el interruptor, pero cuando se gira de nuevo se queda petrificado.

El chico está ahí, en medio de su sala, sentado en el sofá frente al televisor, como si hubiera estado esperando por él.

Miles de escenarios cruzan por su cabeza; ninguno de ellos lo tranquiliza en lo más mínimo.

Louis siente sus músculos tensarse, el miedo trepando por las vértebras de su columna, una a una, como si fuera miel helada recorriendo su cuerpo. El extraño sonríe al verlo, pero lo que de verdad lo asusta es que lo hace de forma tan natural, como si sus únicas intensiones fueran tomar un té con galletas.

—Oh, al fin—Comienza, poniéndose de pie—. Creí que no llegarías nunca.

De repente, todo su cuerpo hace click, y Louis entiende por qué lo llaman instinto de supervivencia. De la nada reacciona, y entonces está precipitándose sobre su derecha para empuñar el primer arma que encuentra disponible.

El chico se detiene en seco, alzando las manos y borrando la sonrisa de la cara. Louis trata de recuperar su respiración, repentinamente inestable, mientras toma el paraguas con ambas manos y le apunta al desconocido, completamente convencido de que su vida depende de ello.

—D-detente—su voz suena bastante menos amenazante cuando al fin logra articular sus palabras, pero eso no evita que mantenga la postura de ataque—. No te muevas.

El extraño le responde con voz serena, tratando de reconfortarlo aunque es la persona menos indicada para hacerlo.

—Tranquilo, no voy a hacerte daño.

—No te creo—Louis siente la sangre bombeando en sus oídos, aturdiéndolo—. Entraste a mi casa.

El intruso hace una mueca.

—Touché.

Sus manos sudan donde están en contacto con el mango del paraguas, y su corazón parece querer salírsele del pecho. Se fuerza a tomar respiraciones hondas, tratando de controlarse antes de reafirmar su agarre en el objeto.

— ¿Qué quieres?—tartamudea.

—Solo quiero hablar, Louis.

Por un segundo, el paraguas casi se resbala de sus manos, pero eso no evita que su sangre se congele, la adrenalina y el miedo inundando su sistema.

— ¿Cómo mierda sabes mi nombre?—su voz sale aguda, desmodulada, denotando algo del pánico que se esconde bajo su piel.

El extraño baja las manos un poco, extendiéndolas cuidadosamente hacia Louis, como intentando calmarlo.

—Sería más fácil hablar contigo si dejaras de apuntarme con un paraguas—razona despacio.

— ¡No!

— ¡Ni siquiera lo estás sosteniendo bien!—exclama, dirigiéndole una mirada al arma improvisada.

— ¡Puede que no sepa cómo sostenerlo pero te aseguro que sé cómo usarlo para hacerte daño!—le grita de vuelta, sacudiendo el paraguas en su dirección con énfasis.

— ¡Okay, okay! ¡Tú ganas, tranquilo!

El chico vuelve a alzar sus manos en derrota, y aunque es un gesto insignificante, logra tranquilizarlo un poco. Se da un momento para tomar aire, tratando de controlar la situación.

— ¿Qué quieres?—lanza la pregunta de forma rápida, casi escupiéndola por miedo a que su voz lo traicione si se demora.

El chico solo permanece cordial, mirándolo con paciencia.

—Hablar, ya te lo dije.

— ¿Sobre qué?

—Sobre ti.

Louis frunce el ceño y tomado por sorpresa, baja el paraguas un poco. Su mirada se clava en el rostro del tipo, tratando de descifrarlo.

— ¿Qué?

El intruso traga saliva y atenta un paso al frente cuidadosamente.

—Vengo a ayudarte, Louis.

El nombrado reacciona de golpe, dando un paso atrás y apuntándole, con manos temblorosas.

—Estás loco.

El chico ignora el comentario. En cambio, su expresión se torna preocupada a medida que ve el pánico nublar los ojos del castaño.

—Louis—intenta, hablando claro pero tratando de no sonar intimidante—, escúchame.

El ojiazul niega, frenético, retrocediendo lentamente. Las ideas cruzan a mil por su cabeza, cada una repitiendo el mismo mensaje crucial. Sal de ahí, sal de ahí, sal de ahí.  Apenas ve las paredes de la entrada en su vista periférica, su cuerpo da la señal de alarma.

 Ahora, Louis, ahora.

— ¡Llamaré a la policía!

Sal de ahí, YA.

Es lo último que grita en un inútil intento de causar la más mínima sensación de susto en el desconocido antes de girar en redondo. Se impulsa hacia la puerta, echando a correr; si es lo suficientemente rápido, llegará a cruzarla, y con mucha suerte, alcanzará a huir hasta la entrada de su vecina sin que el desconocido se le abalance sobre la espalda para hacerle lo que sea que realmente pretende.

Desgraciadamente, solo llega a dar dos pasos antes de tener al chico frente a él, derecho y alto, plantado a un metro de distancia.

Louis se echa atrás sobresaltado, casi trastabillando mientras lo mira con terror. Gira rápidamente hacia la sala, solo para comprobar que, efectivamente, el extraño se teletransportó frente a él desde allí.

— ¡T-tú--! ¡Estabas--!

Su respiración se agita al tiempo que su ritmo cardiaco acelera otra vez. Está muy seguro de que está al borde de un desmayo por llegar al límite emocional. El chico ya no lo mira con preocupación, sino que la desesperación comienza a teñir su rostro.

— ¡Louis! —Grita, tratando de llamar su atención, manteniendo distancia—. ¡Respira! ¡Por favor, Louis! ¡Tranquilo!

El ojiazul lo mira con miedo, repentinamente alerta otra vez mientras retrocede hasta volver a entrar en la sala.

— ¿Cómo hiciste eso?—exclama, alzando el paraguas con seguridad amenazante otra vez.

El chico más alto parece maldecir en voz baja, cerrando los ojos un segundo. Cuando los vuelve a abrir, sus ojos están fijos en los de Louis, y sólo entonces éste último le presta atención a la singular tonalidad de verde de los mismos.

—Sé—comienza entonces, cuidadoso con sus palabras—, que estás confundido pero... Si te lo digo no me creerías.

Louis traga saliva, cada célula de su cuerpo alerta a cada pequeño movimiento, lista para moverse.

—Trata.

El chico frunce los labios antes de asentir y tomar aire.

—Soy un ángel.

El más bajo lo mira un segundo, sin decir nada, fijo en el lugar. Entonces asiente, aún más aterrado que antes.

—Tienes razón, no te creo.

Hace el amague de correr hacia la cocina, con la ventana hacia el jardín siendo lo único en su mente, pero se gira rápidamente cuando siente al extraño acercársele de nuevo y alza el paraguas como si se tratase de una espada una vez más.

— ¡Espera!—exclama el chico, deteniéndose; efectivamente está unos pasos más cerca de él—. ¡No corras! Te lo demostraré, solo... no te asustes.

Louis se permite mirarlo confundido mientras el extraño parece contrariado, como si no hubiera considerado tener que llegar a esa situación. Sea lo que sea lo que pretende hacer, el castaño lo mira atento, pero se prepara para correr hacia su salida apenas baje la guardia.

El chico de ojos verdes lo observa a los ojos una última vez, y Louis juraría que está tratando de hablarle con la mirada.

—Y yo te atrapo, ¿sí?

— ¿Qué--?

Louis no llega a terminar la frase. En cambio, deja que el paraguas caiga al suelo, repiqueteando en la cerámica, cuando ve al chico ser cubierto por un manto brillante. Es como una estrella en medio de su sala de estar, emitiendo luz propia sin apartar la mirada de sus ojos, de una manera que le hace sentir fuera de lugar.

Quiere decir algo, pero las palabras se atoran en su garganta. Ve algo empezar a moverse detrás del chico, algo blanco, suave, con vida y enorme, pero Louis no llega a distinguir qué es antes de sentir que el aire cambia, la habitación se mueve y la gravedad lo arrastra hacia atrás.

—Te tengo, tranquilo. Te tengo.

De repente el chico está a su lado, recostándolo lentamente con gesto preocupado. Sigue brillando tan fuerte como el sol, y lo último que Louis oye es su voz calmándolo antes de que todo se desvanezca en un sueño.

***

—Lou, ¿alguna vez te preguntaste por qué la gente mira al cielo?

Volteó a verla, sin levantarse de donde estaba recostado en la hierba. Ella estaba sentada a su lado, con las rodillas pegadas a su pecho y la vista clavada en las nubes.

—Supongo que es porque extrañan a alguien, ¿no?—concluyó su respuesta.

La vio fruncir el rostro, sin estar muy convencida.

— ¿Pero no te parece...? No sé, ¿tonto? Es decir, entiendo la melancolía y el sentimentalismo de eso, pero, ¿por qué el cielo?

Louis parpadeó desorientado.

— ¿A qué te refieres?

—Si la historia dijera que cuando mueres y fuiste bueno vas al océano, la gente miraría el mar. ¿Por qué crees que eligieron el cielo?

Sus ojos voltearon hacia él con genuina curiosidad. Él lo meditó un momento, antes de volver su vista al firmamento sobre ellos.

—No lo sé—admitió.

Sintió cómo se recostaba a su lado, fijando la mirada en el mismo lugar que él.

—Si alguna vez lo descubres, me lo dirás, ¿no?

—Claro—respondió sin dudar, entonces, volteó hacia ella y le sonrió—. Te lo prometo.

***

Louis despierta en su sofá. Su cabeza da vueltas mientras trata de orientarse, y sus músculos se quejan cuando intenta sentarse.

—Con cuidado. Te desmayaste por un desborde de emociones, no trates de integrarte tan rápido.

El castaño se sobresalta al oír su voz, y los últimos eventos regresan a su memoria. Él está ahí, a su lado, sentado en una silla de su cocina como si hubiera estado esperando que reaccionara. Louis ignora las punzadas en su cabeza, o al menos lo intenta cuando se tira al extremo opuesto del sofá, alejándose lo más posible como un animal acorralado.

—T-tu... ¡Brillabas! –señala con pánico.

—Sí—ni siquiera parece afectado por la acusación. En cambio, frunce el ceño levemente—. No hagas eso. No te muevas muy rápido aún, te hará daño.

Louis le dispara una mirada, sin moverse de su lugar.

— ¿Por qué te preocupa?

— ¿No crees que si quisiera dañarte ya lo habría hecho?—razona el otro.

El castaño continúa observándolo, inseguro de sus palabras.

—Aún así llamaré a la policía.

—Adelante—Se alza de hombros, despreocupado—. No va a cambiar el hecho de que no te haré nada.

Un silencio se extiende entre ellos, y por un minuto el único sonido audible son las respiraciones profundas de Louis. No se mueve de su lugar en el sofá, porque sabe que está en desventaja, pero tampoco baja la guardia ante la presencia del desconocido.

— ¿Quieres un vaso de agua? –le pregunta entonces el chico, tan natural y suave, como si él fuera el dueño de la casa.

—No.

El más alto asiente para sí en su lugar. No se levantó en ningún momento, atento a Louis de una forma que no se esperaría de alguien que ha irrumpido en tu casa.

— ¿Quieres... preguntar algo? –Intenta nuevamente, en un tono de voz más cuidadoso—. Usualmente eso calma a la gente, saber qué está pasando. ¿Te haría sentir más tranquilo?

Louis vuelve a mirarlo; él ya lo hacía desde antes. Hay algo en su postura, en la forma en la que se sienta y lo observa, que le da curiosidad. El miedo aún está presente y el desconcierto sigue confundiéndolo mientras trata de procesar lo sucedido, pero en el fondo, la necesidad de saber qué pasa exactamente, de darle un sentido a todo lo carcome por dentro.

Despacio, se acomoda en su lugar, sentándose de forma en que todo su cuerpo queda frente a él. Se permite un segundo para prepararse, enderezándose e intentando parecer más seguro y compuesto de lo que en realidad está. Cuando se siente lo bastante listo, formula la primera pregunta que se le cruza por la mente.

— ¿Quién eres?  –dispara, demasiado rápido. El tono de su voz lo traiciona de a momentos—. Me refiero, ¿cómo te llamas?

El extraño le sonríe, tranquilizante.

—Harry.

Harry.

Sabe que no está en el Top 5 de Preguntas Que Hacerle A Alguien Que Se Metió En Tu Casa, pero de alguna forma se siente más relajado al tener un nombre para el rostro, como si eso le diera una especie de control sobre la situación.

—Eres el chico del ascensor y del restaurante –prosigue.

Harry asiente.

—Y de la parada de autobús y el del autobús, y también te abrí la puerta en el edificio.

Louis frunce el ceño. Hace una revisión de su día, tratando de recordar, probando y comprobando que esas voces sin rostro, esas figuras sin identidad con las que se había cruzado eran en realidad la misma persona. La voz del hombre de la parada, el cabello del chico en el asiento libre, y la razón por la cual el muchacho del ascensor le había parecido tan familiar. Lo había visto hace horas, pero no se había percatado de ello.

—Me seguiste a todos lados –susurra en realización. Harry hace una mueca.

—Yo no diría a todos lados.

—Me acosaste –insiste, más seguro y escandalizado.

—No, solo te seguí durante el día –le corrige, aminorando el peso de la palabra.

—Entraste a mi casa.

—De acuerdo, tú ganas  –se rinde, dejándose caer en el respaldo de la silla—. Pero solo lo hice porque quería que nos conociéramos de forma natural y tú me seguías esquivando  –se excusa.

Louis lo mira estupefacto, sintiéndose insultado por la acusación. Como si por su culpa tuviera que haber llegado a este punto.

— ¿No pudiste esperar a tratar algo otro día? –le reprocha.

— ¿Estaba impaciente? –Harry sonríe tímidamente, como si fuera un niño disculpándose por una travesura. Louis no lo entiende.

— ¿Por qué? –pregunta después de unos segundos, con los ojos fijos en él, intentando descifrarlo.

— ¿Te seguí?

—No —le corrige—, ¿por qué yo?

—Oh —baja la mirada un segundo antes de devolvérsela—. Tengo que ayudarte.

— ¿Ayudarme con qué?

—Contigo.

La respuesta parece tan simple y completa a los ojos de Harry que le toma un segundo darse cuenta de que Louis necesita que sea más específico.

—Yo, uhm… Sé cosas...  –comienza, tomando su tiempo para elegir las palabras correctas—. Me enviaron contigo por algo y me contaron sobre ti. Estoy aquí porque necesitas un pequeño empujón, y alguien creyó que yo sería el indicado.

La mirada del ojiazul se desvía de Harry por un segundo, tan velozmente que bien podría haberlo imaginado.

—No sé de qué hablas –le responde, pero hay algo, en el fondo de su voz, que suena más hueco, ensayado.

Harry aprieta sus labios, inclinándose hacia delante.

—Louis—comienza suavemente—, tú y yo sabemos de qué estoy hablando. Sé que no es fácil para ti, pero ella–

De repente, la mandíbula de Louis se tensa.

—Detente.

Harry se calla al instante, tomado por sorpresa. Louis lo está mirando fijamente, pero de una manera que no se parece en nada al chico inseguro de hace unos minutos.

—L-lo siento, no debí–

—Fuera de mi casa –lo interrumpe con voz certera y cortante.

—Louis...

Y entonces explota.

— ¡Cállate! ¡No te acerques! ¡Sal de aquí y no regreses, o te prometo que la policía vendrá por algo muy diferente!

Harry se echa hacia atrás, como si los gritos lo hubieran empujado contra el respaldo. Muerde su labio con arrepentimiento mientras observa a Louis, quien mantiene la mirada fija en algún punto del piso, con los puños cerrados a sus costados, evidentemente afectado.

Lentamente se pone de pie, y sin decir nada camina hacia la puerta. Se detiene un momento, con el picaporte en la mano, y voltea hacia el castaño. Lo mira con remordimiento antes de bajar la cabeza, asentirse a sí mismo y abandonar la casa.

Louis no se deja caer hasta que oye el click de la puerta, y entonces suelta un gemido dolorido, contenido en su garganta. Alza sus rodillas hasta su pecho, acurrucándose en la esquina del sofá, tembloroso y patético mientras siente las lágrimas picar en sus ojos.

Siente el cansancio perforar sus huesos, con el desgaste emocional del día cayendo sobre sus hombros. Se olvida del té, de la película y de cualquier cosa que Harry le haya dicho. No quiere pensar en eso. Quiere llorar. Quiere acurrucarse en su cama.

Quiere dormir, dormir, dormir, y con suerte, no despertar para ver brillar el sol el día siguiente.