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Drabbles NCIS

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Ha sido un caso difícil, con tantas mentiras desentrañadas, con tantos culpables implicados, que no se puede saber quién realmente merece ser arrestado.

McGee se ha llevado la peor parte.

Fue por esos azares del destino, por esas casualidades extrañas, que de ser uno de los agentes encargados de la información técnica del caso, de pronto se convirtió en una víctima. O casi, puesto que de haberlo sido, en esos momentos no estaría respirando.

Al saberlo a salvo, Gibbs sólo le dirige un leve gesto de aprobación, y se retira con Ziva, hablando de los pormenores del caso, mientras que a él lo atienden en la parte trasera de una ambulancia. No espera que le digan “buen trabajo”, o “estuvo cerca, chico. Eres afortunado”. No, nada de eso queda para ellos. Sólo esa silenciosa aprobación como la de Gibbs, o la sonrisa de alivio de Ziva, tal vez un efusivo abrazo momentáneo por parte de Abby, y un comentario serio y digno de una cátedra de Ducky. Sin embargo, lo que Tony hace, es totalmente incongruente para todos.

Se acerca a McGee, y en un espontáneo arrebato amistoso, le rodea los hombros con un brazo.

-¿Cuándo vas a dejar de meterte en líos como estos, novato? -le dice mientras sonríe de manera encantadora, , obligándolo a levantarse de la ambulancia y caminar a su paso.

-¿Vas a regañarme por no estar alerta, por haber sido tan torpe y no preveer lo que iba a ocurrir, o por ser yo? -rebate Tim con una ligera actitud defensiva.

-Nadie te está regañando, McGee. Relájate.

-Es que esto es tan extraño...

Tony arquea una ceja y lo suelta, observándolo con interés.

-¿Qué te parece extraño? ¿Que yo esté por aquí, diciéndote que es un alivio verte vivito y coleando, y que es mejor que no vuelvas a darnos estos sustos? ¿Eso es lo extraño?

McGee enrojece, pues se siente pillado en cada una de las premisas de la pregunta.

-A-algo así. Porque a decir verdad, no tenemos muchos momentos como este, Dinozzo.

-Ah, novato -le dice con un tono entre cómplice y travieso-. Si no fuese por estos momentos tan escasos, esta vida sería en verdad aburrida.

Esta vez es McGee quien lo ve con gesto de incredulidad.

-Dinozzo, ¿no querrás pedirme una cita, verdad? Porque te decepcionaría con mi respuesta...

Tony ríe con franqueza, y sin dejar morir ese gesto feliz, levanta su vaso de café casi por terminar.

-McGee, que me alegre el saber que tendré que soportar tu cara y tus ínfulas de novelista por mucho, mucho tiempo, espero, no significa que me esté cambiando de bando. A mí me siguen gustando las chicas, los vestidos bonitos que se mueven al ritmo de sus caminatas, sus risas frescas y cristalinas. No te ilusiones, pero en verdad, no eres mi tipo.

Sin decir más, sigue su camino hacia el auto en el que llegara, silbando de pronto una de las melodías que le agradan, sacada tal vez de alguna película. Pero se detiene al ver que McGee no lo sigue, sino que se ha quedado ahí, plantado en medio de la acera, con cara de ñoño incrédulo y asustado. Vuelve a sonreírle, y esta vez, lo invita a seguirlo.

-¡Anda, novato! ¿Qué esperas? Aún tenemos que llenar un informe. Después de eso, podríamos irnos a tomar un par de cervezas con el resto del equipo. ¿Qué dices?

Tony sabe reconocer el gesto de alivio que asoma en su rostro serio. Y por un momento tiene el impulso fraternal de abrazarlo, pero se contiene.

Eso le toca a Abby, y él no tiene corazón para ganarle la primicia.