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Un camino a la luz

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—Líder Supremo.

El cuerpo de Kylo se tensó al oír aquella voz a sus espaldas. Se pasó la mano por la mejilla de la forma más disimulada que pudo, para borrar el rastro de la lágrima solitaria que la había cruzado momentos antes, y se levantó. Cuando se dio la vuelta se encontró frente a frente con su segundo al mando.

—¿Qué ocurre, general Hux?

—No queda nadie en la base —informó el otro—. Los últimos rebeldes que quedaban han conseguido escapar.

—Entonces repliegue las tropas y ordene que regresen a los cargueros. Volvemos al destructor.

Kylo pudo ver como el general Hux fruncía el entrecejo, como si no terminara de creer lo que acababa de oír.

—Perdone, señor, pero… ¿y ya está?

—¿A qué se refiere, Hux?

—Esa escoria rebelde, liderada por esa chatarrera pordiosera que mató a nuestro líder, acaba de escapar. ¿Y quiere que nos vayamos sin hacer nada?

Hubo un silencio. Un silencio denso e incómodo que los apresó como si fuera barro cuajado.

—¿Se atreve a cuestionar mis órdenes, general?

Hux no respondió. En vez de eso, tragó con dificultad, haciendo un ruido como de ahogo. Sus ojos, abiertos de par en par, estaban llenos de miedo y todo él temblaba como una hoja. Daba la sensación de que había tenido suficiente con el golpe que Kylo le había propinado en el caminador, cuando lo había hecho volar por los aires usando la Fuerza, y que su arrebato desafiante no iría más allá de aquel desangelado comentario.

Pero entonces cogió una bocanada de aire y se irguió, hinchando el pecho.

—No, no las cuestiono. Afirmo que son erróneas.

La ira inundó el cuerpo de Kylo como si fuera lava ardiente. Apretó los puños, sintiendo el deseo de estrangular a Hux y de abandonar su cuerpo en aquel planeta perdido para que se pudriera entre los escombros, como la rata que era. Pero sabía que no podía hacerlo porque todavía no gozada del apoyo suficiente entre los altos mandos del ejército de La Primera Orden Deshacerse de Hux supondría dar demasiadas explicaciones, y quizás también crearse enemigos que ahora mismo no sabía si podría enfrentar, con todo lo que tenía entre manos.

Por eso no se permitió derramar la ira.

—Y qué sugiere que hagamos, general. Esa basura de nave rebelde ha saltado a la velocidad de la luz y ya no disponemos de rastreador activo. ¿Volamos esta base, por si queda alguien escondido bajo el suelo? ¿Nos lanzamos a una búsqueda sin rumbo por la galaxia, malgastando recursos cuando todavía queda tanto por hacer en otros lugares? ¡Por todo el Imperio, ¿qué quiere que hagamos?!

Kylo había empezado la conversación con un tono frío, intentando imponer el respeto que correspondía a su rango. Pero, poco a poco, fue perdiendo el control de sus emociones y, con ellas, de su saber estar. Sus movimientos contenidos eran ahora espasmos y sus palabras, ladridos.

Pero no era el único. También Hux había perdido por completo la compostura:

—¡Demostrarles nuestra superioridad! ¡Lo que han hecho ha sido un insulto! ¡Ha sido peor que un insulto: nos han humillado! ¡Debemos aniquilarlos!

—¡Ya no queda resistencia! ¡La hemos destruido! ¡Incluso Luke Skywalker está muerto! ¡Los que han huido en esa nave de carga solo son una gavilla de rateros, no les queda nada! ¡La Nueva República está al borde de la extinción, Hux, tenemos que centrarnos en eso!

Pero entonces, por sorpresa, Hux pareció recobrar la calma y dijo, con voz fría y cortante:

—La general Organa iba en esa nave rebelde.

—¿Qué puede hacer una sola mujer contra todas nuestras tropas? Nadie ha venido a ayudarla hoy y nadie lo hará en el futuro.

—Esa mujer es tu madre.

A Kylo no le pasó por alto el hecho de que el general se había saltado todas las formalidades.

—Qué insinúa, general.

—¿Crees que no he visto como mirabas a la chatarrera? ¿Crees que no sé que la ayudaste a escapar? Nadie habría matado al líder Snoke y a su guardia, y te habría dejado a ti atrás. ¿Crees que no veo que hay algo en todo esto que tiene un tufo a traición?

Cuando Hux se dio cuenta, ya tenía la hoja chisporroteante y roja lamiéndole la barbilla.

—Cierra esa boca, o te la cerraré yo —lo amenazó Kylo.

—No te atrevas a apuntarme con eso.

—¿Con quién crees que estás hablando, Hux?

—Lo mismo te digo, Ren. ¿Con quién crees que estás hablando? Recuerda que si estás vivo es gracias a mí. Y que el ejército que te sirve, lo comando yo. Sin mí no eres nadie.

Kylo hizo una mueca de rabia. Parte de él deseaba hacer un movimiento de corte horizontal con el sable y acabar con aquello de una vez por todas. Pero en vez de eso, desactivó su sable y se apartó de Hux para dirigirse a la puerta. Solo cuando estuvo junto a ella se volvió para decir:

—Ve con cuidado, porque el que tiene la Fuerza de su lado soy yo y un ejército no basta para hacer caer al enemigo.  Tú limítate a hacer tu trabajo y a recuperar Coruscant de las manos de la Nueva República.

 

Con el Supremacía gravemente dañado e incapaz de viajar a la hipervelocidad, Kylo se había trasladado al Intimidador, un destructor estelar de los que acompañaban al acorazado durante el ataque a la flota rebelde y que había podido salvarse de la destrucción. 

Habían acondicionado unas estancias para su uso, probablemente las de algún oficial de alto rango que ahora tenía que dormir en estancias de personal medio, y el suboficial al mando le acompañó hasta ellas. Cuando se supo solo, Kylo se sentó en el borde de la cama y hundió el rostro entre sus manos. No podía quitarse de la cabeza la mirada que le había dirigido Rey antes de huir, la manera como lo había apartado de su lado.

¿Qué era lo que escondían sus ojos? ¿Decepción? ¿Odio? Ni siquiera se había molestado en despedirse: se había ido sin más. Y lo había dejado atrás, solo.

Se levantó de un salto, ardiendo en deseos de descargar su frustración. No había mucho en la estancia donde hacerlo, así que la tomó con la puerta integrada del armario, a la que golpeó sin cuartel, como si fuera su mayor enemigo en la galaxia. Pero aquello no mitigaba su dolor. Al contrario. El vacío en su pecho crecía con cada golpe, dejándolo sin aliento.

No entendía por qué la Fuerza seguía conectándolos, ahora que Snoke ya no estaba. ¿Por qué había tenido que contemplar esa escena? ¿Por qué había tenido que ver como ella partía, sin poder hacer nada para evitarlo? Dolía demasiado.

Kylo detuvo su ataque con un sollozo ahogado y apoyó la frente sobre la pared.

Ojalá pudiera hacer lo que le había dicho a Luke: ojalá pudiera destruirla. De hacerlo, todo su sufrimiento terminaría para siempre. Pero Kylo sabía que era imposible. Mataría antes de dejar que le ocurriera nada a Rey. De hecho, ya había matado.

Levantó la mano derecha y se observó la palma enguantada. Un cosquilleo cálido recorría sus dedos allí donde se habían rozado con los de ella. Ella le había dicho que no estaba solo… pero después se había ido y lo había dejado atrás. Cerró el puño con fuerza y dio media vuelta, apartando a la chatarrera de su mente.

¿De qué servía seguir haciéndose daño con ello? Tenía cosas más importantes de qué preocuparse en aquel momento. Hux había empezado a sospechar de él y necesitaba pararle los pies antes de que se le volviera en contra. Kylo tenía muy claro que, a pesar de su debilidad, el general era una persona peligrosa a la que había que tomar en serio. A fin de cuentas, se había convertido en el general a los treinta, una proeza que pocos podían alcanzar.

Se acercó al comunicador que había dentro de la estancia y contactó con la capitana del destructor:

—Capitana Berisse, quiero que se ponga en contacto con los Caballeros de Ren y que les ordene que dejen sus misiones tan pronto como les sea posible y se reúnan conmigo en el Intimidador. Y que oficiales de alto rango se ocupen de sus tareas.

—Sí, excelencia —respondió la capitana al otro lado.

Luego añadió:

—¿Ha llegado ya el general Hux?

—No, excelencia. Los cargueros vienen de camino.

—Cuando llegue, háganmelo saber.

—De acuerdo, excelencia.

La comunicación se cortó y Kylo regresó a la cama. Esperaba que sus discípulos llegasen pronto. Necesitaba demostrarle a Hux que él también tenía aliados cerca.