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Percy Jackson y el Templo de Afrodita

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Cap. 1: Afrodita se vuelve loca

Os prometo que no fue culpa mía.

De hecho, no estaría explicando esto si no me obligasen a hacerlo.

¿Queréis que señale al responsable? Ahí tenéis a la diosa del amor. Ella y sus estúpidas fiestas en el Olimpo.

Dejad que os lo explique desde el principio. Después de que los campamentos griego y romano colaborasen para derrotar a Gea, al parecer los semidioses subimos de categoría en la escala de interés de los dioses. Estaban tan agradecidos por haber acabado con ese problema en su nombre que, contened el aliento, empezamos a recibir regalos inesperados. Cada dios tenía su propia forma de dejar huella: Deméter cubría las paredes y techos de las cabañas de flores que teníamos que arrancar (o degollar si resultaban ser carnívoras). Hefesto convocaba una vez a la semana una montaña de chatarra al lado de la hoguera del campamento que solamente sus hijos encontraban útil o fascinante. Apolo, muy en su línea, hacía que la luz del amanecer proyectara un mensaje resplandeciente por toda la colina con un haiku horrible sobre sus nuevas gafas de sol o sobre lo bien que le habían cortado el pelo esa semana. Zeus no era mucho más modesto: a veces salías de tu cabaña recién despierto para toparte con una estatua de mármol de cuatro metros de alturas donde el grandullón de los rayos aparecía retratado con un cincelado preciosista. Hera no nos regaló nada porque, y cito textualmente, «es deber de todo buen hijo ayudar a sus parientes en caso de necesidad. Esa satisfacción debería ser recompensa suficiente para vosotros».

Para ser justos, no todos los regalos eran tan inútiles. Hermes nos proporcionó cupones de descuento para comprar por internet. Atenea erigió en una noche un nuevo edificio junto a la Casa Grande, repleto hasta arriba de estanterías llenas de libros, pergaminos, mapas y (esto es lo que me interesa a mí) tebeos. No es por fardar, pero mi padre, Poseidón, allanó una sección de acantilado para regalarnos una playa nueva privada y un lote de canoas. Incluso Ares, aunque me cueste admitirlo, repuso la armería con un surtido de armas cada cual más increíble que la anterior: espadas, hachas, dagas, lanzas, escudos y hasta una pila de muñecos de prácticas para que pudiésemos ensancharnos probándolas. Artemisa completó su regalo abasteciéndonos de arcos y más carcajes de flechas de los que podríamos gastar nunca, así como una hilera de dianas nuevas que irían geniales para las clases de arquería.

¿El regalo del señor D? Seguir encargándose del campamento sin matarnos. Todo un detalle.

Y el regalo de Afrodita consistió en organizar fiestas en el Olimpo de vez en cuando. Fiestas por todo lo alto: barra libre, aperitivos celestiales, música a cargo de las musas. Incluso nos regalaba trajes y vestidos a cada campista para ir de estreno en cada ocasión. Dudo que fuese tanto por hacernos un favor como para asegurarse que no invadía su fiesta un puñado de críos con camisetas naranjas de campamento y pantalones desgarrados, pero no me quejaré porque la americana azul marino me quedaba como un guante.

Aquella noche la fiesta estaba siendo muy animada. Los campistas y los dioses menores bailábamos entremezclados por las calles del Monte Olimpo, la residencia de los dioses. Todo estaba decorado con un estilo impecable: guirnaldas de flores junto a otras hechas con plumas multicolores. Algunas esferas luminosas flotaban arrojando destellos para todos lados como bolas de discoteca. Las sílfides, ninfas del aire, flotaban sobre nuestras cabezas portando bandejas repletas de canapés y otras porciones de manjar celestial que harían arder a cualquier humano, pero que a los semidioses nos cargaban de energía… mientras no tomáramos demasiadas.

Tras terminar la canción que sonaba en esos momentos, donde había escuchado el mejor solo de lira de mi vida, empezó a sonar una balada. Las bolas de discoteca rebajaron un poco su luminosidad. Alrededor fueron formándose parejitas acarameladas que empezaron a bailar lento. Me di cuenta entonces que, en algún momento del cumbayá, me había separado de Annabeth.

Entre gruñidos y resoplidos molestos de la gente con la que tropezaba, busqué la cabeza rubia de mi novia entre las demás. Por un lado encontré a Jason abrazado a Piper. Franz y Hazel no andaban muy lejos. La trenzada cabellera junto a un chico más bajito de cabellos oscuros y rizados me confirmaron que se trataba de Leo y Calipso. Unos cuantos metros más allá, apartados, Nico y Will también se balanceaban al son de la música. Algo en mi interior dio un pequeño vuelco al ver que Nico, siempre con una expresión seca y huraña, parecía relajado mientras apoyaba la mejilla contra el hombro de su novio. Por supuesto, todos sus amigos estábamos encantados de verle felizmente enamorado. El chico se lo merecía.

Por favor, borrad eso último. Nico me mataría como se enterara de que digo esas cursiladas a sus espaldas.

Vislumbré algunas melenas rubias más, pero ninguna correspondía con la cola de caballo ondulada con que se había arreglado Annabeth. Atravesé una calle y, al sumergirme en la siguiente plaza, me pareció verla, mirando a todos lados del mismo modo que hacía yo. Me encaminé hacia ella. Con un poco de suerte, podríamos bailar los últimos segundos de la canción.

Spoiler: no pudimos. Mientras bordeaba la plaza, Afrodita me interceptó.

—¡Percy! —me llamó con voz divertida al agarrarme del brazo—. Vaya, qué guapo vas esta noche.

Señoras y señores, Afrodita, la diosa del amor y la belleza. En esa ocasión llevaba el cabello recogido y un rompedor vestido propio de una actriz hollywoodiense en plena alfombra roja de los Óscars. Llevaba los labios pintados de carmín. Sus ojos deslumbraban con el azul de una turquesa, aunque en un segundo pasaron a ser color fucsia.

La diosa me estudió de los pies a la cabeza antes de dar su aprobación.

—Sí, ese traje te queda bien —sentenció ingenua, alabándome como si aquella ropa no la hubiera escogido ella misma—. De hecho, más que bien…

Sus iris pasaron a ser cobrizos como monedas antiguas antes de levantar las cejas con picardía. Dejé de prestar atención a Annabeth para concentrarme en Afrodita. Se tambaleaba como si le costara mantenerse en pie. Tenía las mejillas arreboladas. Fue entonces cuando me percaté de la copa que sujetaba entre los dedos.

—Está… ¿ebria? —atiné a preguntar. No sabía si era educado preguntar eso a una diosa, pero ella no pareció ofenderse. Soltó un hipido y esbozó una sonrisa culpable antes de dejar otra marca de pintalabios en la copa.

—Solo he tomado un poco. Dionisio no puede beberlo, pero se ha ofrecido a convertir el néctar de la fuente en alcohol para que los demás podamos divertirnos. ¡Anda, bebe un poco!

Quise responderle que, después de vivir tantos años con el Apestoso Gabe, un antiguo novio de mi madre, me costaba relacionar el alcohol con la diversión. Pero Afrodita dio un paso más y se acercó a mí. Sus ojos pasaron a ser verdes como brotes de hierba en primavera.

—Te pareces muchísimo a tu padre. ¿Te lo habían dicho alguna vez? —La diosa del amor se rió antes de echarse de nuevo para atrás—. Más de una vez he querido salir con él, pero nunca se ha dado la oportunidad. Cuando era más joven tenía unos abdominales que… Grr…

Aquella era, con diferencia, la conversación más incómoda de toda mi vida. Miré hacia Annabeth con el rabillo del ojo y me alegré de comprobar que acababa de localizarme.

—Afrodita, con todos mis respetos…

—Sí, sí, ya lo sé. No te van las diosas. —Me acalló de un ademán mientras levantaba la cabeza con gesto dramático. Dio un tragó más antes de volver a mirarme; de repente tenía una nariz más pequeña y redondeada y pómulos afilados—. ¿Y qué te parecería salir con alguna de mis hijas? Drew Tanaka tiene facciones orientales: ojos rasgados, cabellos negros y lisos como cascadas de ébano. Todos los hombres tenéis un fetiche con eso, ¿no?

—Esto…

—¿O acaso las prefieres con rasgos más nativos? ¿Cómo se llamaba esa chica…? Ah, Piper McLean. —Sonrió al volver a contemplarme, como si se la imaginara a mi lado—. Anda, di que sí. Tendríais unos hijos adorables...

—Piper es la novia de mi amigo Jason —la interrumpí con brusquedad—. Nunca le haría eso a un colega.

Afrodita levantó los brazos de forma exagerada. La copa vacía salió volando por los aires, pero no pareció percatarse de ello.

—Ah, los hombres y sus estúpidos pactos entre amigos. —No se me escapó un destello perspicaz en la mirada—. Pero no has dicho que no. ¿Qué te parecería entonces Valentina Díaz? Tiene rasgos similares, y está disponible. Es una lástima que el clarinete no sea lo suyo, pero por lo demás es una chica encantadora.

—No dudo que Valentina sea una chica genial, pero es que yo…

—¡Eres gay! —Exclamó la diosa al tiempo que se llevaba las manos a los labios con sorpresa. Su melena, hasta ahora castaña y recogida, se convirtió en una pomposa cascada de rizos teñidos con los colores del arcoíris—. ¿Cómo no lo he visto antes? ¡Los más guapos siempre lo son! —Sin darme tiempo a reaccionar, me sujetó de las mejillas con los ojos húmedos por la emoción—. Oh, mi pequeño pollito. El corazón quiere lo que el corazón quiere, no hay nada de lo que tengas que avergonzarte.

Quiero aclarar que no soy homófobo. Adoro a Nico, adoro a Will y cuando están juntos los adoro más aún. Tengo un bromance con Jason y todo el campamento lo sabe y nos ha visto hacer el tonto: abrazarnos, sobarnos, besarnos en la mejilla (cosa que, extrañamente, mantuvo a Piper y a varias chicas más dando grititos de emoción durante días). Hasta hemos dormido juntos al aburrirnos de estar solos cada uno en su cabaña vacía. Y esto no lo sabe nadie: cuando lo hacemos, dormimos en el mismo camastro, apretujados el uno contra el otro, por no tener que estirar a la mañana siguiente las sábanas de dos camas en vez de una.

Eh, la pereza no conoce de barreras heteronormativas.

Pero ahora en serio, no tengo nada contra la gente de otras sexualidades. Es solo que a mí no me atraen los hombres.

Si a eso le añades que quien me atosiga es la diosa del amor, la cosa se pone peliaguda. Supliqué ayuda a Annabeth con los ojos. Todavía estaba abriéndose paso entre las últimas parejas de la marejada de gente, con la ceja arqueada mientras su mirada saltaba entre la diosa y yo.

—Suerte que he aparecido —proseguía Afrodita a su aire—. Confía en mí, cariño, la tía Affrie te encontrará un buen noviete. Seguro que ya conoces a Mitchell, o si no en la cabaña de Deméter hay un chavalín que…

Cuando Annabeth se puso a rango de mi brazo, no lo dudé antes de agarrarla y tirar de ella hacia mí.

—Lo que quería decir es que ya tengo novia. Novia, con A, por cierto. El tema tíos no me interesa en absoluto.

Las palabras de Afrodita murieron en el aire. La diosa quedó perpleja mientras contemplaba a la recién llegada a la conversación.

Vale, necesito pedir vuestra opinión. Lo lógico hubiera sido que Afrodita se calmara y, racionalmente, pidiera disculpas por haber malinterpretado la situación antes de ir a dar la vara a otro incauto. ¿Verdad?

Al parecer se nos ha olvidado considerar el ridículamente gran ego que tienen los dioses.

Oh, papá, ayúdame.

Lejos de resignarse e irse, Afrodita tensó los labios y endureció la mirada en una expresión de desaprobación. El rubor de sus mejillas se volvió más intenso y no a causa de la embriaguez.

—Te parecerá bonito decirme eso a mí. ¡A MÍ, que lo único que quería era ayudarte en nombre del amor!

Me percaté entonces que la música había dejado de sonar. Todas las cabezas de la gente que hace un momento bailaban estaban volteadas en nuestra dirección.

—Afrodita —Intervino Annabeth con voz templada, alargando los brazos hacia ella—, tal vez os hayáis pasado bebiendo. Dejad que la acompañemos a algún lugar donde pueda reposar un momento…

La diosa los apartó a manotazos.

—¡Ninguna hija marisabidilla de Atenea me dirá lo que tengo o no tengo que hacer!

Annabeth se quedó sin palabras, lo cual es absolutamente irreal porque siempre sabe qué decir en cada situación. La diosa extendió el brazo con el dedo en punta hacia ella, pero al hacerlo le flaquearon las rodillas. Me apresuré a sujetarla por el costado antes de que cayera al suelo. Afrodita me agarró de la muñeca. En el lugar donde sus yemas estaban apoyadas, mi piel comenzó a quemar como si hubiera tocado un ácido corrosivo.

—Y tú, señorito Perseus Jackson. —Afrodita se inclinó sobre mí, con los ojos refulgiendo de un inusual color rosa radiactivo—. El amor no se elige, surge sin más. En el momento en que afirmas que no te interesan los hombres, estás despreciando a millones de personas por las que podrías experimentar sentimientos sinceros. ¿Acaso te crees tan poderoso como para decidir qué amor quieres o no sentir? A eso podemos jugar todos, guapetón…

Comenzó a reír con la histeria de una psicópata y su carcajada se coló en todos los recovecos de mi mente. Caí sobre las rodillas mientras me apretaba la sien con la mano libre. Sentía que, de no hacerlo, mi cabeza estallaría.

—¡Percy! ¡Percy! —Los brazos de Annabeth me envolvieron del cuello mientras gritaba desesperada a mi oído.

Quise responder pero una nueva oleada de dolor arremetió sin piedad contra mi cerebro y me doblé sobre mí mismo. Un cosquilleo recorría mi brazo como una colonia de hormigas rojas. Un momento más tarde, perdí el conocimiento.