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Corazón de Mar

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I

 

El Atlántico. Primavera de 1716.

El nuevo día trajo consigo el buen tiempo. Tras varias jornadas navegando en aguas turbulentas bajo un cielo encapotado, ahora el sol los saludaba desde una inmensidad azul y sin una sola nube. El barco se deslizaba a buen ritmo sobre el océano, gracias a una racha de viento que, de mantenerse durante los próximos días, podría ahorrarles incluso una jornada de viaje.

El capitán Bonfils se hallaba en el alcázar de popa, mirando a través del catalejo en compañía de su contramaestre, monsieur Allard. Ambos hombres llevaban años navegando juntos y no podían ser más diferentes el uno del otro: Bonfils era alto y orondo, con un gusto especial por lo barroco. Solía vestir siempre con casaca y peluca, sin importar el calor. Allard, en cambio, era más bajito y delgado hasta el extremo, más sencillo en atuendo y maneras que su patrón, con una cabeza totalmente calva que relucía bajo el sol.

Ambos hombres tenían la vista fija en el galeón que se veía en lontananza y que llevaba ya dos días siguiéndolos.

- No nos lo quitamos de encima – Bonfils chasqueó la lengua, bajando el catalejo con aprensión – A esa velocidad, nos alcanzará en menos de una hora.

- Tal vez no sean piratas, capitán – aventuró monsieur Allard, esperanzado – Podría ser otro mercante haciendo la misma ruta que nosotros.

- Podría – asintió el otro hombre – Portan la bandera francesa, de hecho. Pero no me fío de ellos: hay demasiada gente en esa cubierta.

- ¿De cuanta tripulación estamos hablando?

- Ochenta hombres, al menos. Seguramente más.

Monsieur Allard apretó los labios y miró a su alrededor, inquieto. El Fierté Royal, un navío de tres palos que hacía su ruta entre el puerto francés de La Rochelle y la isla caribeña de Guadalupe, no estaba preparado para medir sus fuerzas contra un galeón pirata... Si es que de éso se trataba: los galeones como aquel solían ir bien armados, a una proporción aproximada de diez hombres por cada cañón. Teniendo en cuenta su tamaño y las estimaciones de Bonfils sobre la tripulación del navío, éste no debía de tener menos de ocho cañones, mientras que ellos solo contaban con tres y una media docena de mosquetes. Juntando a todos los hombres sanos del Fierté podían contarse en torno a unos cuarenta aptos para la batalla. Pero éso no era suficiente, si comparaban sus fuerzas con las de su posible rival...

De pronto, captaron movimiento en el otro navío y Bonfils se apresuró a usar de nuevo el catalejo para no perder detalle. Monsieur Allard lo observó con preocupación, esperando la respuesta que ambos temían, muy consciente del momento en que su capitán se había quedado petrificado ante lo que fuera que estuviese viendo a través de la lente.

Finalmente Bonfils volvió a bajar el catalejo y suspiró, derrotado.

- Han izado la bandera negra: es Misson.

- Será mejor que nos rindamos. Perderemos la carga, pero aún conservaremos la vida.

- Me temo que no podemos hacer otra cosa, amigo mío. No estamos en condiciones de oponer resistencia – se giró para alertar a los marineros: - ¡Piratas! ¡Arriad la bandera blanca!

Hubo un momento de estupor mientras la noticia se extendía entre la tripulación. Los hombres tardaron apenas unos segundos en cumplir las órdenes, apresurándose en ello a la par que rogaban por que la rendición les granjease la piedad de sus enemigos, cuyo historial de barbarie y sangre era bien conocido.

 

 

 

Habían dado alcance al mercante hacía apenas media hora. La algarabía del abordaje se había extinguido momentos antes, dejando sólo la calma de lo que parecía haber sido un asalto sin incidentes.

El médico acababa de dejar su caja de cirugía sobre la mesa cuando uno de sus compañeros de tripulación apareció en la puerta. Era un hombre bajito, de piel atezada, que tenía un andar peculiar debido a la extraña curvatura de sus piernas.

- Doctor – lo llamó el recién llegado, encaminándose hacia él.

- Señor Cloutier.

- Monsieur Deniaud me ha enviado a buscarle. Hay un enfermo a bordo del mercante: un pasajero que quiere que usted examine.

El médico asintió, recogió su caja y, colgándosela del hombro, partió precedido por el pirata.

- ¿Qué síntomas tiene? - preguntó, mientras cruzaban el pasillo para subir a cubierta.

- No tengo ni idea – se encogió de hombros Cloutier – Pero es alguien importante, éso seguro. El capitán y la tripulación callaron como muertos cuando Deniaud les preguntó por él. Éso quiere decir que hay gente rica de por medio.

- Tal vez.

Salieron a cubierta y desde ahí cruzaron al otro barco, usando una de las pasarelas que sus compañeros habían tendido para unir ambos navíos durante el abordaje. Encontraron a la tripulación del mercante agrupada en el centro de la cubierta de éste, todos sentados en el suelo y custodiados por piratas armados que respondían a las órdenes de monsieur Deniaud. El contramaestre los aguardaba no muy lejos. Rubio y delgado como un palillo, hasta el punto de que la ropa le sobraba por todas partes, los saludó con una inclinación de cabeza y sin hablar – era hombre parco en palabras - los condujo al interior del barco y hasta uno de los camarotes, ubicado al final del pasillo.
Resultó obvio nada más entrar que estaban en las dependencias del capitán. No sólo porque el camarote estaba situado en popa sino porque la cantidad de espacio y la fina decoración en madera de roble y brocados así lo atestiguaban: sólo un oficial de alto rango – o en este caso, un rico comerciante - podría permitirse algo así.

- Está ahí – indicó Deniaud, señalando con un gesto la cama. Era un mueble imponente, dominando la estancia con sus cuatro postes de madera oscura. En ella descansaba un joven en medias y camisa – Lo encontramos al registrar el camarote. Es un niño rico: la seda de sus medias cuesta más que el sueldo de un año para cualquiera de estos marinos. Y nadie quiso responder por él cuando preguntamos: su familia ha de ser muy rica si intentan ocultar su presencia en el barco... Pagarán bien para que se lo devolvamos – sonrió, astuto, el contramaestre.

- Asumiendo que tenga familia – declaró el médico, acercándose hasta el lecho para examinarlo.

El muchacho estaba tumbado bocarriba. No podía tener más de veinte años. Una lacia melena de color castaño enmarcaba sus rasgos bien definidos y su piel blanca, que denotaba una procedencia europea. Estaba visiblemente agotado, apenas consciente. La palidez y el sudor evidenciaban el malestar que sufría y hacían sospechar de una enfermedad que bien podría ser contagiosa. Era menester, pues, averiguar si había peligro o no en subirlo al barco con ellos. Ningún rescate, por jugoso que fuera, merecía la pena de enfrentarse a un brote de Peste o a las fiebres.

Dejó la caja sobre la mesilla, junto a un bol que contenía los últimos vestigios de algunas manzanas... verdes, a juzgar por las peladuras. Se inclinó y comprobó la temperatura y el pulso de su paciente. Observó la piel y los ojos – de un brillante azul, tal y como pudo comprobar cuando su dueño le dedicó una mirada confusa – en busca de anomalías que no encontró. El interior de la boca estaba sano, con la dentadura en buen estado, aunque la garganta se hallaba ligeramente irritada. Nada extraño, éso, si uno tenía en cuenta el orinal que había sido dejado junto al lecho para contener el vómito...

De improviso, el chico se agarró al lateral de la cama, preso de una violenta arcada. Pudo apartarse a tiempo, pero aún así su paciente le vomitó encima antes de poder evitarlo. El joven no tenía mucho en el estómago, gracias a Dios, pero el vómito se derramó directamente sobre sus botas, arruinándolas.

Los piratas contemplaron el espectáculo con asco y retrocedieron un paso, cautelosos.

- ¿Son las fiebres? - inquirió Cloutier, desconfiado.

- No tiene fiebre – afirmó el médico. Hizo una mueca al inspeccionar su calzado. Iba a tener que limpiarlo a conciencia cuando volviesen al barco – No hay sangre en el vómito y tampoco sufre convulsiones o hemorragias, así que no es la Peste ni la fiebre amarilla. Sus encías tienen un color saludable, así que tampoco se trata del escorbuto.

- ¿Qué le pasa, entonces? - quiso saber Deniaud.

- Tiene el mal del mar: las aguas han estado revueltas estos días. El muchacho lo ha pasado mal – se giró para abrir su caja y sacó una cinta que acto seguido anudó con fuerza en torno a la muñeca del chico - Ésto servirá, de momento. Señor Cloutier, ayúdeme a subirlo al barco. Me ocuparé de él en la enfermería.

- Hasta nueva orden queda bajo su custodia, doctor – dijo Deniaud - Cuando esté en condiciones, avísenos para hablar con él.

Asintió, pues no había mucho más que él pudiera hacer o decir: el destino del joven ya había sido sellado. Con la ayuda de Cloutier, recogió los extremos de la sábana y sacaron juntos al muchacho como si lo transportasen en camilla.