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Calurosa Navidad

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Julio iba a quemar la tienda. Sabía que tenía un balón de parafina en alguna parte.

- Malditos gigantes… -Trató de alzarse nuevamente sobre sus pies, pero sus dedos tronaron mucho antes de que pudiera siquiera rozar la caja que quería.

¿A quién carajos se le ocurría hacer estantes tan altos? Ni que fueran nórdicos.

Dio un salto, pero lo único que consiguió fue darse en la cadera con uno de los cascanueces, y todavía le faltaban unos cinco centímetros para alcanzar las estúpidas luces. Miró hacia los costados del pasillo, y hasta se asomó fuera de este a ver si encontraba algún dependiente del local. O siquiera una caja en donde subirse. Por un momento hasta tomó en cuenta el carro del supermercado, sopesando la idea de usarlo como escalera, pero decidió que eso era un viaje directo al piso.

Inclinó el cuello hacia atrás para mirar la caja con desdén. En aquel momento sentía que hasta las campanas y trompetas del villancico que sonaba en los parlantes se estaban burlando de él.

Estuvo por salir de la tienda a buscar la parafina cuando, hacia el final del pasillo, viendo las bolsas de galletas con descuento, apareció justo la jirafa que necesitaba.

- ¡Tú, el gigante! -Corrió hacia el sujeto, dejando su carro atrás. El chico ni se volteó, siguió mirando las bolsas de galletas que Julio apostaba, estaban por vencer.

- ¡Oye! -Solo cuando estuvo a pocos pasos del joven (pocos para el resto, muchos para Julio), este reaccionó. Con una cara perpleja el gigante se volteó, y fuera de encontrarse con unos bellos ojos verdes, Julio por fin notó que el otro hombre llevaba audífonos.

- ¿Sí? -Preguntó, quitándose los audífonos y mirándolo hacia abajo. Y de pronto el pelinegro se sintió un tanto avergonzado.

Pero necesitaba esas tontas luces.

- Eh, rascacielos, necesito ayuda desde el mundo insecto…

El chico jirafa primero quiso aclarar que no era tan alto en realidad, actuando un poco tímido bajo (sobre) la mirada de Julio. Pero no tardó en prestarle su ayuda, y el pelinegro por fin tuvo el set de luces en sus manos.

- Gracias, chico gigante.

- Daniel…

“Daniel” le sonrió y extendió su mano, por suerte, Julio no tuvo que estirarse para estrecharla.

El pelinegro se fue con sus luces hacia los adornos, y buscando y buscando, se encontró con el mismo dilema que con las luces.

- ¡… con un carajo!

Volvió a empinarse. Volvió a saltar. Volvió a buscar a Daniel por los pasillos cercanos, y lo encontró al lado de las tortas de frutas.

- Chico jirafa -Le jaló la manga y lo miró con sus mejores ojos de pena.

Daniel se largó a reír, pero lo acompañó hasta los adornos. Y por el resto del local, que continuó sobrestimando la altura de Julio hasta el final.

- Eres mi ángel de navidad -Comentó con una sonrisa cuando ya estaban en la fila para pagar, Julio con el carro medio lleno y Daniel con una bolsa de galletas y un pan de pascua en las manos.

La verdad es que fue otro el apodo que usó el más bajo en su nombre de contacto. Pero Daniel no se lo peleó tanto.