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Una vida cambiada, reacciones en cadena.

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El rugido atronador de un Tiranosaurio Rex me despertó de un sobresalto. Caí por un lado de la cama, con el rostro al suelo y las sabanas junto conmigo. Alce un brazo para alcanzar mi celular, que había puesto anoche junto a la mesita de noche junto a mi cama. Tantee la superficie hasta hallarlo, rápidamente lo desbloqueo y apago la alarma. Con un gruñido me levante del suelo, tomando las sabanas y colocando el celular en la mesita. Estire mi cuerpo en diferentes direcciones, para destensar los músculos. Camine fuera de mi habitación, de paso tomando una toalla del espejo de cuerpo entero puesto en la habitación. Me moví por el pasillo hasta el baño, ubicado en la pared a mi izquierda. Deje la toalla sobre el inodoro, me quite la pijama, que consistía en una vieja camiseta de AC/DC que pertenecía a mi padre y los pantalones de deporte de mi vieja escuela, y las bragas celestes. Abrí la llave del agua fría y entre a la ducha. Me tarde un buen rato, como unos veinte minutos, principalmente por lavar a consciencia mi cabello, que era demasiado largo y espeso. Al terminar, cerré la ducha y regrese a mi habitación, con la toalla envuelta alrededor de mi cuerpo y con la ropa usada en mi brazo derecho. Mi habitación estaba en la segunda planta, junto con el baño, la habitación de mi padre y una habitación extra. Tres paredes eran de diferentes tonos de rosa claro y la cuarta pared era blanca con un árbol de cerezo pintado en la parte izquierda, con las ramas extendiéndose a lo largo de la pared. La mayoría de los muebles eran de madera tallada y antiguos, excepto la cama, hecha de hierro artesanal simulando ramas de árbol de cerezo. Del lado de la puerta estaban el armario y el espejo de cuerpo entero; en la pared a mi derecha tenía el escritorio, la silla y una mesita de café alargada donde tengo mi estéreo, mi mochila y otras cosas. Mi cama estaba colocada en la pared frente a la puerta, bajo la gran ventana que ocupa una tercera parte, la mesita de noche con una lámpara blanca con kanjis y un pequeño armario donde guardo mis zapatos. Contra la pared blanca estaban un tocador de cinco cajones, estilo art nouveau, donde guardo y dejo mi maquillaje, cepillos y prendas para el cabello; junto al tocador, un enorme baúl rectangular de madera de un metro de alto, metro y medio de largo y medio metro de ancho, una docena de cajas planas y rectangulares de 40 cm de largo, 30 cm de ancho y 10 cm de grosor, apiladas de tres e tres y dos cajas grandes de medio metro de alto, 40 cm de ancho y 30 cm de largo.

Seque mi cuerpo que lo mejor que pude, usando la toalla para envolver mi cabello. Camine al armario, sin preocuparme por mi desnudez, ya que la ventana de mi habitación daba al patio trasero, ninguna ventana daba en mi dirección y por las cortinas opacas que no estaban corridas. Del armario tome un conjunto de ropa interior de encaje violeta, el cual me puse rápidamente, unos pantalones pitillos negros, una camiseta gris con un estampado de “I Love NY” en negro mate, un par de calcetas blancas y mi cazadora de cuero. Me vestí con todo excepto la cazadora, luego tome un par de botines negros de suela plana y me los calce. Ya vestida, desenvolví mi cabello, frotándolo con la toalla para eliminar el exceso de agua. Lance la toalla sobre la cama, moviéndome al tocador; tomando un cepillo, peine mi cabello para desenredarlo y acomodarlo en mi peinado habitual. Mi cabello era largo hasta las caderas, algo esponjado y ondulado, de color negro y con el flequillo recto. Me aplique un poco de maquillaje después de peinarme, usando solamente delineador negro, una ligera capa de sombra violeta, rímel negro y lápiz labial negro; me gustaba mucho mi tono de piel como para esconderla tras capas de base y polvo y correctores de manchas. Mi piel era de un tono bronceado dorado claro, el tipo de bronceado que toda chica quiere lucir pero es casi imposible obtener, a menor de que fuera artificial. Mi rostro estaba entre ovalado y redondo, aun conservando cierto rasgo infantil; mis cejas eran delgadas y definidas naturalmente, tenia los ojos asiáticos, heredados de la familia de mi madre, y de iris grisácea, nariz pequeña y respingada, con una ligera capa de pecas casi imperceptibles que iban de mejilla a mejilla, pasando por el puente de mi nariz, y una boca pequeña de labios gruesos.

Me revise una última vez y, estando satisfecha con mi aspecto, fui a la mesita de noche por mi gran mochila negra, con un dragón bordado en rojo y dorado, y una mediana caja rectangular de madera tallada; luego me moví a la pila de cajas y tome una de la docena de cajas. Metí ambas en la mochila, para tener las manos libres. Me puse la cazadora, después la mochila, agarre del tocador un estuche grande de maquillaje, hecho de madera, y salí de mi habitación. Camine por el pasillo de paredes color menta, hasta llegar a las escaleras y bajar a la primera planta. Pase por la sala para llegar a la cocina. La cocina era más grande que mi habitación, con las paredes pintadas de color crema, con varias alacenas instaladas en ellas; estaba equipada con todo lo necesario: estufa, lavavajillas, fregadero, microondas, cafetera y bla, bla, bla. No le faltaba nada. Una larga encimera de color blanco estaba frente a la estufa y nos pocos metros una mesa de madera para 8 personas. Deje el estuche y la mochila sobre la encimera, me moví al refrigerador, de donde saque mi almuerzo, una caja de bento que prepare durante la noche, y lo que sería mi desayuno: un tradicional desayuno japonés. Saque todos los ingredientes y los utensilios que usaría. En no más de una hora ya tenía preparado el arroz blanco japonés, salmón a la plancha, una olla pequeña de sopa miso y un par de tamagoyaki. Me serví en sus respectivos platos y los coloque sobre la mesa; recalenté el té que me había sobrado de la cena. Con todo listo, me senté en la mesa y comencé a comer. No cocine demasiada comida, ya que estaba sola en casa y seria un desperdicio de alimento.

Estaba por agarrar uno de los últimos pedazos del tamagoyaki, cuando mis ojos viajaron al reloj digital que colgaba de la pared y descubrí que faltaban unos 10 minutos para que llegaran a recogerme. Me lleve lo último que quedaba de comida a la boca, la cual mastique rápidamente y me tome de un trago el té, causando que me atragante. Apile todos los platos, levantándome de la silla con ellos y dejándolos en el fregadero. Salí de la cocina, subiendo las escaleras hasta el baño. Me lave los dientes con prisa, secándome la boca al terminar y fui a la cocina de nuevo; guarde el bento dentro de la mochila, tome el estuche con un brazo y camine directo a la puerta principal. Cogí las llaves de la casa de una pequeña cajonera, que estaba a un lado de la puerta, saliendo de casa, cerré la puerta y, con un poco de dificultad, la bloquee; apenas di la vuelta cuando vi estacionarse un auto. Yo no sé nada de coches, solo puedo distinguir a que compañía pertenecen por el logotipo y eso es todo, así que el auto estacionado frente a mi casa era uno pequeño y descapotable y es todo cuanto podía decir. Guarde las llaves en el bolsillo interior de mi cazadora mientras caminaba hacia el auto. Dos personas estaban sentadas en el auto; el conductor era un hombre mayor, probablemente entre los treinta y los cuarenta, con algo de sobrepeso, piel clara y cabello castaño oscuro. Sentado en el asiento del copiloto, era un adolescente alto y desgarbado, de mi edad, con la piel clara y cabello corto castaño oscuro. Ambos giraron sus cabezas al oírme caminar hacia ellos.

-Buenos días Cordelia- saludo el hombre mayor. Luego se giro hacia el adolescente-. Pásate a atrás, Sam, deja que se siente al frente.

-Buenos días señor Witwicky- salude de vuelta-, y no se preocupe, yo puedo sentarme atrás. No tengo problemas.

-Nada de eso, señorita, Sam debe ser un caballero y cederle el lugar a una dama. ¿Cierto, Sam?

-Sí, sí, un caballero, ceder el lugar y eso- se quejo Sam mientras se pasaba a los asientos de atrás-. Buenos días Cordelia- me saludo y estiro su brazo en mi dirección, con la mano cerrada en un puño.

-Hey Sam, buenos días- respondí a la vez que chocaba mi puño contra el suyo, luego abrí la puerta del lado del copiloto y me senté, acomodando la mochila y el estuche sobre mi regazo.

Ya acomodados en nuestros asientos, el señor Witwicky arranco el auto y condujo hacia la escuela. Tuvimos un par de minutos en silencio hasta que el padre de Sam decidió llenarlo conversando.

-¿Están listos para la presentación de hoy?

-Tengo todo listo y preparado, señor Witwicky.
-Por favor, llámame Ron. Te conozco desde hace años y aun me tratas de usted.

Asentí con la cabeza.

-Bien, Ron, y perdone, es solo que me enseñaron a tratar con respeto a los mayores.

-El respeto a tus mayores, eso es una buena cualidad. Aprende de ella, hijo.

-Respeto a los mayores, anotado- contesto con sarcasmo. Se volvió en mi dirección-. ¿De qué trata tu proyecto?

-Sera sorpresa. ¿Y el tuyo?

-Hare sobre mi bisabuelo. Espero que sea lo suficientemente interesante para conseguir una A.

-Yo también lo espero, hijo- Ron se unió a la conversación-. Ya lo sabes, si quieres un auto debes sacar tres a y tener dos mil dólares- termino hablando con Sam repitiendo la ultima parte.

-Ya tengo dos A y los dos mil.

Me reí de ellos. Hace unos meses, Sam consiguió su licencia de conducción, en su busca de un poco más de independencia. Hizo un trato con su padre, que le daría dos mil dólares si juntaba otros dos mil y conseguía tres A. Obtuvo su primera A en Matematicas y, con mi ayuda, la segunda en Biología. El resto del viaje transcurrió con una conversación entre Sam y yo. Después de unos veinte minutos llegamos a la escuela. Bajamos rápidamente del auto, despidiéndonos del padre de Sam y nos unimos a los estudiantes que entraban al edificio. Caminábamos por los pasillos, esquivando estudiantes y charlando sobre el proyecto de ciencias que teníamos que entregar la próxima semana, yendo a nuestros casilleros. Lo malo era que nuestros casilleros estaban separados por casi todo lo largo del pasillo; aunque a veces era una bendición, considerando al chico recargado en el casillero contiguo al de Sam. Era alto y delgado, su cabello rubio era largo hasta los hombros, de piel clara y su estilo era el de un surfista desaliñado. No estaba mirando en nuestra dirección, completamente concentrado a un trío de chicas conversando en los casilleros de enfrente. El típico adolescente que le gustaba divertirse y apenas se esforzaba lo suficiente para no reprobar materias.

-¡Miles!- Sam grito su nombre.

El chico, al escuchar su nombre, aparto la vista de las chicas y se giro en nuestra dirección; una pequeña sonrisa se extendió por su rostro, convirtiéndose en una coqueta al verme a un lado de Sam. Me queje, haciendo una mueca de fastidio, ganándome un par de palmadas en la espalda y una risita burlona por parte de Sam. Nos acercamos más a Miles, dándole la oportunidad de saludar adecuadamente.

-Hola, bro- saludo con un ligero tono perezoso, luego sus ojos se movieron hacia mí-. Hola, Cordelia, ¿estás libre después de clases? Quizás podamos ir al cine, hay una nueva película…

-No- lo interrumpí y seguí de largo-. Nos vemos en clase, Sam.

Mientras me alejaba, alcance a escuchar como Sam le decía a Miles que se rindiera, quien se limito a responder que solo me hacía la difícil. Resistí resoplar y seguí caminando. Llegue a mi casillero, que estaba a mitad del siguiente pasillo; rápidamente marque el número de la cerradura, que se abrió con un chasquido. A diferencia del casillero de Sam o de otros alumnos, que estaban llenos de basura y desorganizados, el mío estaba casi vació; un estuche donde guardaba lápices y plumas en caso de necesitar alguno y un delgado paquete de hojas blancas, varias calcomanías de flores y arboles de cerezo pegados en el interior y en la puertecilla y una vieja postal de mis tíos en Australia. Usaba mi casillero para guardar los libros que no ocupaba durante clases. Deje el estuche de madera dentro del casillero, para tener las manos desocupadas y sacar las demás cajas de madera y el bento, junto con los libros y cuadernos que ocuparía hasta el segundo periodo de clases después del almuerzo. Acomode todo bien y cerré el casillero, tironeando de la manija para asegurar que no se abriera. Gire rápidamente que casi no note a la persona parada a mi lado, quien afortunadamente acababa de cerrar su casillero, ahorrándome el dolor de estrellarme contra la puertecilla. Di un pequeño salto hacia atrás, soltando un silencioso quejido de sorpresa, llamando la atención de la persona.

-Oh, lo siento- hablo una voz femenina con un tono de vergüenza-. Perdona, Cordelia, no me fije que estabas ahí.

Entonces me fije quien era y me di una palmada mental por olvidar quien era mi vecina.

-Está bien, Mikaela- le di una sonrisa de disculpa-, fui yo quien estaba distraída.

Mikaela Banes era una de las chicas más atractivas y populares de la escuela. Era más alta que yo por varias pulgadas, su piel tenía un bronceado más oscuro que el mío, cuerpo tonificado y delgado; los rasgos de su rostro eran ligeramente latinos y bonitos, la iris de sus ojos eran de un azul ciruleo y su cabello negro caía en ondas suaves hasta su cintura. Era el tipo de chica que no le importaba vestirse algo provocativa pero decente, a diferencia de otras chicas de la escuela. Tenía alta estima de sí misma, inteligente contra la creencia popular que persigue a las chicas populares y una chica muy amable. Y también el enamoramiento de Sam desde que la vio por primera vez.

-¿Culpa de las dos entonces?- una pequeña sonrisa se extendió por sus labios.

-De las dos- acorde con una leve risa.

Rio conmigo y ambas caminamos a nuestra primera clase, que compartíamos. Algunos estudiantes nos dieron miradas de extrañeza e incomodidad al vernos andar juntas. Para ellos era incomprensible la idea de que Mikaela, una chica popular, conversara conmigo; aunque ciertamente no era una marginada social, tampoco tenía muchos amigos. Me llevaba bien con algunos compañeros y eso es todo. Mi único amigo era Sam, y a pesar de que Miles era amigo suyo, yo no podía estar cerca de él sin querer romperle la cara. Mikaela y yo no éramos exactamente amigas, nos conocimos por un trabajo en equipo de dos personas en la clase de biología y nos toco juntas. Durante el tiempo que realizamos el trabajo conversamos y descubrimos que, aunque no tenemos muchas cosas en común, era agradable hablar con una persona de opiniones diferentes. Fue interesante descubrir que Mikaela era casi una experta mecánica, le gustaba leer y discutir temas profundos. Desde entonces, cuando quería tener alguna conversación típica de chicas o cuando ella quería hablar de algo diferente de fiestas, ropa y chicos, nos reuníamos en mi casa o en la suya. Por supuesto no le decía a Sam nada de esto, intentaría convencerme de ayudarle con ella y estaría obligada a decirle que no; si no podía conquistarla por su propia cuenta, no lo lograría con mi ayuda.

-¿Ya escogiste de que tratara tu proyecto de genealogía familiar?

No pude evitar la sonrisa poco discreta que me cruzo la cara.

-Por supuesto. Sera totalmente interesante.

Hizo un sonido de afirmación, que apenas escuche al sonar la campana de inicio de clases; en ese momento llegamos al aula, donde nuestra profesora de español ya estaba frente a la pizarra anotando la lección del día. Nos separamos al entra, ella moviéndose a uno de los asientos a mitad del salón, y yo al segundo asiento de la fila frente al escritorio de la profesora. Deje mi mochila en el suelo y me senté. Un par de minutos después, la profesora dejo la tiza en su lugar y se giro en nuestra dirección.

-Bien clase- su voz era ligeramente nasal-, hoy daremos un repaso sobre la conjugación de los verbos. La próxima semana pondré un pequeño examen- muchos alumnos se quejaron, se limito a ignorarlos- para asegurarme que lo han aprendido correctamente. Ahora, abran sus cuadernos y practiquen con los verbos que he escrito en la pizarra, luego pasare por sus lugares a responder dudas y algunos pasaran al frente para conjugar verbos que les iré dictando.

Miro a todo el grupo, mientras sacábamos cuaderno y lápiz o pluma. Ya con todo lo necesario sobre la mesilla de los bancos, hablo.

-Comiencen.

Y el resto de la clase se sintió como una carrera de autos: todos ansiosos por terminar primero. Muchos tuvieron dificultades, a juzgar por las constantes veces que solicitaron la ayuda de la profesora. No tuve tantos problemas, solo pedí ayuda una vez y el resto pude solucionarlo con algo de pensamiento. Por supuesto, el español era uno de los idiomas más difíciles de aprender, por la gran cantidad de reglas gramaticales que se aplican en diferentes contextos, me era un poco más sencillo ya que sabía leer y escribir otro idioma. La mitad de la clase transcurrió y muchos ya habían terminado. Con 10 minutos más todos terminamos y la profesora nos llamo para pasar al frente de dos en dos.

Me llamaron, caminado rápidamente frente a la pizarra y conjugar el verbo. La profesora me felicito por haberlo hecho correctamente y volví a mi lugar. Ocho compañeros después de mi la clase termino y salimos del aula. Mi siguiente clase era matemáticas y estaba al otro lado del edificio. Con paso rápido me moví entre el alumnado, quienes pululaban por los pasillos con igual de prisa porque se nos daba unos pocos minutos para llegar de clase a clase. En algún momento logre ver a Sam junto con Miles caminar en otra dirección. Cruce el umbral de la puerta al momento que sonó el timbre, me senté en mi lugar de siempre y la clase comenzó sin problemas.

Después de matemáticas siguieron mis clases de ciencias, biología y educación física; todas ellas con Sam y, para mi desgracias, Miles. Educación física fue el peor de todos; el entrenador nos puso a dar cinco vueltas alrededor del gimnasio y ejercicios de calentamiento, entre ellos saltar. Correr y saltar eran mis peores enemigos, no tanto por mi condición física al hacer ejercicio, sino porque mi cuerpo estaba desarrollado de tal modo que un par de “cosas” botan sin control; que es completamente vergonzoso, incomodo y molesto por las miradas pervertidas de mis compañeros. El único que me respetaba era Sam, principalmente porque estaba muy enamorado de Mikaela y era mi mejor amigo. Durante las vueltas me las arregle para estar entre los últimos para evitar la mayor parte de las miradas. De los ejercicios de calentamiento no me libre y obtuve mi venganza al jugar balón prisionero, aprovechando que era viernes y los viernes lo jugábamos para entretenernos. Conseguí que muchos chillaran como niñas y el resto huyera de mí al terminar la clase. Cambie mi uniforme de deportes por mi ropa normal, dejando el gimnasio para recoger mi bento y las cajas. Lo único bueno de Educación física, es que después seguía el almuerzo y siempre terminaba hambrienta. Deje dentro los libros que no ocuparía y los cambie por los que deje en la mañana, guardándolos dentro de la mochila junto con las cajas de madera. Cerré el casillero y camine por uno de los pasillos para salir del edificio, con la mochila colgada al hombro y la caja de bento en mi mano libre. La escuela nos permitía comer el almuerzo fuera de la cafetería mientras no abandonáramos los límites del terreno. Vi a varios estudiantes sentados en las mesas de picnic esparcidas por el césped mientras caminaba a un árbol. Abrí la mochila para sacar una manta que siempre llevaba y la extendí por encima del suelo; deje la mochila sobre ella, me saque las botas y me senté doblando las piernas. Desenvolví el pañuelo que envolvía la caja, tomando los palillos y levante la tapa. Antes de dormir había preparado mi almuerzo: arroz cocido, pollo con salsa, tamagoyaki, salmón a la plancha y espinacas con sésamo, con unos trozos de zanahoria y tofu.

Una ligera brisa corrió, agitando las hojas de los árboles y refrescando un poco el calor habitual del pueblo de Tranquilidad, California. Me quite la cazadora, atándola a mi cadera y seguí comiendo. La brisa era agradable, refrescando el aire ligeramente caluroso de finales de Septiembre. Afortunadamente, después de Octubre el clima refrescaba bastante.
Note una figura masculina dejar el edificio y caminar en mi dirección. Fue Sam, con su mochila colgando de un hombro y sosteniendo su almuerzo con ambas manos. Se quito los zapatos al llegar junto a mí y me acompaño a comer, sentándose en la manta con las piernas cruzadas. Su comida consistía en una hamburguesa, papas fritas y un refresco; todo lo contrario al mío.

-¿Lograste deshacerte de Miles?- no pude contener la pregunta.

Soltó una risa divertida.

-No fue tan difícil. Le dije que iba a la biblioteca a buscar un libro de astrofísica y mecánica cuántica- su risa aumento, contagiándome-. Me pregunto de que trataba y le conteste que muchas matemáticas; huyo alegando que estaba loco y que iría a hacer algo normal.

Me reí junto con él. Miles no era precisamente brillante ni tampoco tonto, solo que no le interesaba suficiente los estudios. Miles era su mejor amigo desde el primer año. Cierto, Sam y yo éramos mejores amigos desde hace años, nuestras familias se conocían desde nuestros bisabuelos; la cuestión era que Sam es un chico y hay cosas que no puede contarme al ser yo una chica. Ahí es donde entra Miles, aunque la verdad esperaba que escogiera a alguien con un poco más de personalidad.

Terminamos de almorzar unos minutos antes de que tocara el timbre. Envolví la caja y los palillos con el pañuelo y lo guarde en la mochila. Nos calzamos los zapatos de nuevo y Sam me ayudo a doblar la manta, que guarde también dentro de la mochila. Agarramos nuestras mochilas y caminamos de regreso al edificio. Otros alumnos entraron junto con nosotros, algunos quedándose otro rato hasta el inicio del segundo periodo de clases. Andamos hasta nuestra clase juntos, charlando sobre el tipo de auto que compraría después de clases si obtenía una A.

-Nada de que “si”- me contradijo, luego una sonrisa confiada se extendió por sus labios-, “cuando” obtenga una A.

-Wow, que confianza, señor Witwicky- me burle, ganándome un empujón-. Bien, bien, “cuando”- señale la palabra entre comillas al pronunciarla- te den la A, ¿dónde crees que tu padre te lleve?

-Espero que en un buen concesionario, como el de Porsche- la sonrisa en su rostro se volvió un tanto extraña y sus ojos ligeramente vidriosos-. Un Porsche seria genial, atraería a las chicas como moscas a la miel.

-Con chicas, ¿te refieres a Mikaela?- no pude evitar preguntar, ahogando una risa al verlo sonrojarse-. No creo que necesites un auto lujoso para impresionarla, solo se tu mismo.

-Ajá, solo lo dices porque eres mi amiga.

-Por eso, porque te quiero y te conozco y sé que vales mucho.

-¿Nos estamos poniendo sensibles?- me pregunto justo cuando entrabamos al aula.

-Para nada- replique divertida-. Yo nunca me pongo sensible.

-¿Segura? Creo recordar un par de veces donde…

No lo deje terminar, lanzando una mano para cubrirle la boca y hacerlo callar. Le di una mirada irritada, devolviéndome una divertida. Quite la mano de su boca y camine a mi asiento, con Sam siguiéndome y sentándose en el asiento detrás del mío. Puse la mochila en el suelo y gire hacia atrás en el asiento para seguir hablando con Sam hasta que iniciara la clase.

-¿Quieres acompañarnos a buscar mi auto nuevo?- me pregunto-. Si no tienes planes, por supuesto; tal vez quieras visitar a tu abuela o salir a otra parte…

-Sam, Sam- lo interrumpí, riéndome-, estas divagando. Y si te acompañare, tengo que asegurarme de que escojas un buen coche, si tienes tanto empeño de atraer chicas.

Resoplo con diversión.

-Claro, chicas- luego me dio una sonrisa de agradecimiento-. Te lo agradecería mucho, de verdad.

-No hay problema.

Seguimos conversando un poco más hasta que sonó el timbre y a los pocos minutos entro el profesor. Me acomode en mi lugar, prestando atención a la lección.