Actions

Work Header

The Whole World is Watching

Chapter Text

The Whole World is Watching

Saga se recargó en el respaldo de su silla giratoria y estiró sus brazos hacia arriba. Eran las cinco y media de la tarde del viernes y, como era de esperarse, sus tres editores salieron disparados de la oficina hacía media hora atrás. Debido a que Saga no tenía compromisos ese día, decidió quedarse unas horas más para terminar de revisar el próximo libro que publicarían. Con apenas veintiocho años Saga era dueño de un modesto grupo editorial y amaba tanto su trabajo que no le molestaba quedarse horas extras. Además, para él, ser jefe significaba llegar antes que nadie e irse después que todos.

Ladeó su cabeza y escuchó el crujir de vaya uno a saber qué huesos en su cuello, y decidió tomarse un breve descanso. Recordó que dejó en el refrigerador casi la mitad de su pasta del almuerzo, así que se encaminó a la pequeña salita de descanso para matar tanto el ocio como el hambre.

Apenas iba a mitad del camino cuando escuchó una voz desconocida. Al principio pensó que se trataba de un ladrón y contempló la idea de regresar a su oficina para llamar a la policía. Sin embargo, desechó la idea cuando una suave risa se alzó entre el extraño murmullo. Exhaló y se asomó por la puerta de la sala para encontrarse al pasante sentado frente a la mesita circular mientras veía un video en su celular.

El chico dio un brinco de sorpresa al verse descubierto y pausó el video con torpeza.

—Buenas tardes, señor. Espero no haberlo molestado.

Saga frunció el ceño y caminó hacia el refrigerador para tomar su recipiente de comida.

—En lo absoluto —metió su pasta al microondas y lo programó a dos minutos—. ¿Qué haces aquí a esta hora, Camus? Es viernes. Deberías estar con tus amigos.

Camus se alzó de hombros y perdió su mirada en el celular.

—Tengo cita con el dentista en media hora. Está cerca de aquí y no vale la pena que regrese a casa.

Saga sonrió de medio lado y pensó que Camus era aún más reservado de lo que él fue a su edad. Si el muchacho prefería cambiar un viernes de juerga por ir al dentista, no se quería ni imaginar cómo sería dentro de diez años.

El microondas pitó, Saga tomó su pasta y se sentó frente a Camus.

—¿Y qué miras? —Camus dudó en responder—. Todos perdemos el tiempo en YouTube. No tienes por qué avergonzarte.

El joven entrecerró los ojos y carraspeó antes de mover su silla hacia Saga.

—No es eso —pulsó el botón de reproducción en su celular—. Es el video de un amigo. Hace reseñas de películas clásicas y las sube cada viernes. Hoy está hablando de Los Siete Magníficos.

Camus le ofreció su teléfono y Saga miró con interés al muchacho de brillantes ojos azules que tan pasionalmente le ofrecía al mundo su punto de vista.

Uno pensaría que un western inspirado en Los Siete Samuráis de Kurosawa sería un desastre filmográfico, una patada en el trasero al bushido y un escupitajo al director japonés, todo al mismo tiempo. No obstante, a pesar de las reservas del público norteamericano, Los Siete Magníficos logró afianzarse a sí misma como un clásico con excelentes actuaciones, música maravillosa y emocionantes escenas de acción. Lejos de ser una obra maestra de la cinematografía, se presenta al menos como uno de los mejores westerns que se han hecho y, si acaso, su único defecto fue su popularidad. El público aclamó tanto a los magníficos que se hicieron varias secuelas y todavía hoy vemos algunos refritos del refrito de Kurosawa. ¿Vale la pena? Sí, si te gustan los westerns. Si tus gustos son un tanto más sofisticados, entonces no hay más opción sino probar suerte con Los Siete Samuráis. No es para todos, pero al menos te hará sonar más interesante cuando te pregunten cuál fue la última película que viste.

El muchacho cerró su video con la promoción de su próxima reseña de El Ataque de los Tomates Asesinos —Saga ni siquiera sabía que eso era considerado un clásico— y se despidió con el eco de una pegajosa tonada de piano. Aunque un tanto infantil, a Saga le pareció un buen video y Camus debió haber notado la tenue sonrisa en sus labios, ya que no tardó en señalar el nombre del canal.

—Su usuario es ScorpioSaint. Lleva tres años haciendo videos. Supongo que está mal que yo lo diga, pero si un día no tiene nada mejor que hacer, se los recomiendo.

Saga asintió y encajó un tenedor en su pasta.

—Le echaré un ojo.

Camus hizo un extraño gesto que se asemejaba a una sonrisa y Saga le vio guardar su celular. ScorpioSaint debía ser un genio para haber conseguido que el serio muchacho riera en voz alta.

—Será mejor que me vaya —Camus tomó la mochila que guardaba debajo de la mesa y la colocó sobre sus hombros—. Le deseo un buen fin de semana.

—Igual. Que descanses.

Una vez que estuvo solo, Saga tomó un bocado de su pasta y sacó su propio celular. No le vendría mal distraerse un poco antes de regresar al trabajo, así que buscó el canal de ScorpioSaint y seleccionó la reseña de una de sus películas favoritas, Psicosis.

Poco se imaginó que tan inocente distracción lo alejaría de su trabajo hasta el lunes de la próxima semana.


Saga pasó todo su fin de semana viendo los videos de ScorpioSaint. Al principio únicamente se interesó en aquellos que trataban de películas que le gustaban, luego siguió con los videos de películas que conocía y terminó con las reseñas de cintas que ni siquiera sabía que existían. A pesar de ser tan joven —suponía que tenía 20 años, igual que Camus—, parecía ser un experto en el cine y Saga coincidía con la mayoría de sus puntos de vista. Su sarcasmo y humor negro amenizaban sus reseñas, y sus ocasionales exabruptos le hicieron sacar más de una risotada. No obstante, si había algo que lo separaba de los miles de críticos de cine en YouTube, era su belleza y su personalidad.

Si bien lo que más sobresalía eran sus ojos claros y sus largas y tupidas pestañas, todo él era una obra de arte y sabía perfectamente cómo explotarlo. Solía aparecer frente a la cámara con playeras que acentuaban los músculos de sus brazos y nunca perdía oportunidad para levantarse de la silla y mostrarle al mundo los ajustados jeans que cubrían su firme trasero. A Saga también le encantaban los rizos de su cabello y más de una vez se mordió los labios cuando ScorpioSaint los aplacaba con los dedos de sus manos. Saga se preguntaba qué se sentiría enredar sus manos entre sus mechones y pensó que la posición sería especialmente útil si ScorpioSaint usaba su boca para algo más interesante que una reseña.

El lunes no logró distraerlo mucho de su recién adquirida obsesión. Decidió ver todos sus videos en orden cronológico y la nueva perspectiva solo empeoró la situación. Creó su canal a los diecisiete años, cuando su padre le obligó ver Casablanca con él. La película le frustró tanto que publicó un video en donde despotricaba del clásico por más de quince minutos. En aquel entonces no era sino un niño con lenguaje soez y Saga supuso que se hizo popular únicamente por sus ingeniosos insultos. Le tomó tiempo encontrar su propio estilo, pero poco a poco comenzó a cambiar las groserías por palabras crueles y certeras que resultaban ser aún más mortales. Con el tiempo aprendió de escritura y cinematografía, y sus críticas se volvieron cada vez menos superficiales. Su edición también mejoró y, por lo que veía en los créditos, incluso consiguió que alguien le escribiera un tema musical.

Por supuesto que su cuerpo también presentó cambios. Su cabello creció hasta llegar a su cintura, su mandíbula se afiló y su voz pasó de ser irritantemente chillona a grave y sensual. En algún punto del partido, ScorpioSaint debió darse cuenta que podría llegar más lejos si sacaba provecho de su físico. Su ropa se hizo más entallada y Saga podía apostar que el muchacho pasaba al menos dos horas diarias en el gimnasio. Como era de esperarse, muchos de los comentarios elogiaban su hermosura e incluso algunos, protegidos por el anonimato de la internet, se atrevían a publicar vulgaridades en donde describían explícitamente todo lo que querían hacerle.

Lejos de molestarse, ScorpioSaint alentaba aquel comportamiento y frecuentemente hablaba en doble sentido y guiñaba a la cámara cuando llegaba a agradecerle al público por sus comentarios.

Saga nunca había seguido fielmente a algún artista y se sentía ridículo por haberse obsesionado tanto con un blogger. No obstante, se convenció a sí mismo de que su pasatiempo no hacía daño a nadie y decidió sobrellevarlo con discreción.

El viernes llegó después de una larguísima espera y Saga apenas podía esperar para ir a casa a disfrutar el nuevo video de ScorpioSaint —se había terminado sus datos de celular desde mediados de semana y las redes sociales estaban bloqueadas en la red del trabajo. Dejó una copia de las llaves de la oficina a uno de sus editores y salió antes que nadie.

Incluso el descenso en elevador le pareció eterno y, cuando finalmente llegó al recibidor, el único motivo por el que no salió disparado hacia el estacionamiento fue porque vio a un rubio de cabello largo sentado en el sillón de la recepción. Pensó que de ningún modo ScorpioSaint podía estar en el mismo edificio en el que trabajaba y talló sus ojos con la esperanza de desvanecer el espejismo. Sin embargo, la ilusión le sonrió en lugar de desaparecer

Saga caminó hacia él cautelosamente y, una vez que estuvo a dos pasos de distancia, se convenció de que ese muchacho no era otro sino el objeto de su obsesión.

—Buenas tardes —le dijo—. ¿De pura casualidad eres…?

—¡Milo!

No fue sino hasta que giró el rostro y se encontró con Camus que recordó que no solo había sido él quien le había presentado el canal, sino que también había mencionado que ScorpioSaint era su amigo.

—Disculpa, se me hizo tarde.

Milo se puso de pie sin dejar de sonreír.

—No te preocupes.

Camus miró a Saga de reojo y frunció levemente el ceño.

—Veo que ya conociste a mi jefe.

El mayor sonrió y le ofreció la mano al muchacho, quien la aceptó con gusto.

—Llámame Saga.

—Milo. Soy amigo de Camus desde la primaria.

El contacto duró más de lo que era necesario y Saga reconoció un destello de interés en los ojos del rubio.

—Tu amigo es buen publicista. Me convirtió en tu fan en cinco minutos.

Milo ladeó el rostro y acomodó uno de sus rizos por detrás de su oreja.

—Tendré que agradecerle, entonces.

Camus exhaló sonoramente y sujetó a Milo del brazo, mientras lo arrastraba fuera del edificio.

—Vamos, Milo. La película está por comenzar. Nos vemos el lunes, señor.

—¡Adiós, Saga! —exclamó Milo con inusitado entusiasmo—. ¡Espero que te guste el video de hoy! ¡Nos vemos pronto!

Saga rio quedamente al tiempo que los jóvenes atravesaban las pesadas puertas de vidrio y pensó que ahora que conocía a Milo en persona sería imposible satisfacerse únicamente con los videos.

Chapter Text

Saga quedó prendado de Milo desde el primer día en el que vio uno de sus videos. Quedó encantado con su astucia, su malicia y, por supuesto, su increíble hermosura. Buscaba verle a cada momento del día y, durante las noches, soñaba con tenerle sólo para él. Su obsesión creció día con día hasta que, tras una semana de descubrirle, le conoció en persona.

Su primer encuentro fue una promesa silenciosa. No tuvo dudas de que Milo estaba interesado en él y que sería cuestión de días para hacerlo suyo. Por desgracia, no le tomó mucho tiempo percatarse de que las cosas no serían tan fáciles como había esperado.

El primer obstáculo fue, por supuesto, Camus. No estaba seguro de si su núbil y educado pasante sentía hacia Milo algo más que amistad o no. Sin embargo, el joven protegía a su amigo con vehemencia. Desde un principio desconfió de Saga y le fue imposible sacarle más información de su objeto de deseo.

La situación era especialmente complicada debido a que Saga no podía exteriorizar su frustración. Camus era un buen empleado y no tenía deseos de despedirlo por lo que, sabía, era un capricho. Por un tiempo esperó obtener más de él utilizando reforzamientos positivos. Saga comenzó a darle más libertad en los proyectos y a hablarle de la posibilidad de contratarlo una vez que terminase la universidad. Camus aceptaba las oportunidades con gusto, mas se rehusaba a ceder ante las ya no tan disimuladas preguntas de Saga.

Después de casi un mes de desengaños, Saga decidió buscar a Milo por su cuenta. No fue una misión fácil; el joven guardaba su vida privada con celosía y fue sólo hasta que se presentó en la convención de comics de la ciudad que pudo verle nuevamente. Milo le reconoció inmediatamente y, tras una larga conversación sobre su trabajo, le dio su número telefónico.

Fue a partir de ese momento que Saga se encontró con el segundo obstáculo: el mismo Milo. El joven era popular —en su ambiente se podía decir que era algo así como una celebridad—, y estaba acostumbrado a recibir la atención de decenas de personas. Aunque Saga se consideraba a sí mismo más atractivo y exitoso que cualquier otro fan que pudiera tener, Milo no parecía estar tan de acuerdo con su genialidad. Le consideraba un seguidor más del que, quizá, podría sacar una o dos buenas sesiones de sexo. Por supuesto, Saga no estaba dispuesto a conformarse con eso; él quería que Milo fuese exclusivamente suyo y tuvo que tomarse su tiempo para ganar su confianza y, sobre todo, para demostrarle que merecía una oportunidad.

A Saga le tomó meses conquistar a Milo, encontrar las palabras indicadas para halagarlo y hacerle creer que él era la persona más importante en su vida. Milo estaba acostumbrado a los elogios y no solía reaccionar demasiado a ellos, por lo que Saga optó por condicionarlos. Una vez que encontró la técnica adecuada, el resto llegó por sí mismo. Bastaba con hacer un par de comentarios desinteresados para tener a Milo a la espera de su aprobación. Después, cuando el menor le otorgaba mayor atención a la que le daría a cualquier amigo, Saga sonreía ampliamente y señalaba algo sobre su hermoso cabello o sus lindos ojos. De modo lento, pero seguro, Milo se volvió adicto a sus palabras hasta que se convenció a sí mismo de que la única persona que podía satisfacerle era Saga.

Comenzaron una relación exclusiva a los seis meses de conocerse. Milo era encantador, sensual y suyo. Adoraba verle mientras editaba sus videos y acurrucarse con él mientras leían los comentarios. Amaba la efervescencia de su risa y el sonroje que aparecía en sus mejillas cada que Saga le felicitaba por algo, fuese una actualización o algo mucho más íntimo.

—Luces tan bien así, Milo —susurró cierta noche en la comodidad de su habitación—. Eres tan bueno conmigo.

Milo exhaló el nombre de Saga y este acunó su mejilla en su mano derecha. Al hacerlo, se ensució con un poco del semen que aún quedaba en el rostro del menor, mas no le importó. Le encantaba verlo cubierto con su esencia; era aún más dulce que las purpúreas marcas que dejaba sobre su cuello y que no siempre lograba ocultar.

El menor repitió el nombre de Saga y se recostó boca arriba sobre la cama, ofreciéndose sin pudor en espera a que el mayor tomase de él lo que quisiera. Había aprendido tanto en tan poco tiempo.

Ese día Saga quiso hacerle sufrir un poco, así que, en lugar de atenderle inmediatamente, tomó su celular y abrió la aplicación de la cámara de video.

—No hagas eso… —la voz de Milo era débil, a Saga no le costó trabajo ignorarla.

—¿Es que no te gusta que te filmen? —preguntó mientras se acomodaba entre sus piernas—. Debería mostrarle a todos lo bien portado que eres. Todos deberían ver cómo es que te abres para mí.

Milo balbuceó algo sin sentido y cubrió sus ojos con su antebrazo derecho. Saga frunció el ceño e hizo un acercamiento a su rostro.

—No seas así —con su mano libre confirmó que Milo seguía dilatado y listo para él—. Deja que grabe tus bonitos ojos.

Milo no habría obedecido por cuenta propia, pero al sentir que Saga comenzaba a hacerse espacio entre sus piernas, tuvo que bajar los brazos para enterrar sus uñas entre las sábanas.

—Aún tienes mi semen dentro de ti. ¿Quieres que te llene nuevamente? —la entrecortada respiración de Milo apenas le permitió responder que sí—. Mira lo profundo que estoy —se tomó unos segundos para encontrar la mejor toma de su unión—. Apuesto que ganarías un millón de subscriptores si subiese este video. Apuesto que a todos les gustaría tenerte así: gimiendo y llorando para ellos.

—Sólo tú, Saga —exhaló trabajosamente y alzó los brazos en una súplica silenciosa.

El mayor rio para sí, guardó el video y dejó el celular lo más lejos que pudo antes de embestir a Milo con fuerza.

Era maravilloso tener a ScorpioSaint a su merced y saberse amo de su corazón y de su cuerpo. Ante la cámara, Milo le pertenecía a todo el mundo. Detrás de ella, Saga era su único dueño y haría todo lo que estuviese en sus manos para asegurarse de que las cosas siguieran así para siempre.

Absolutamente todo.

Chapter Text

Saga vio por cuarta vez el último video de Milo. En esa ocasión, el joven reseñaba la película de 1960, Espartaco y, como era usual, no había perdido la oportunidad de lucir su musculoso cuerpo. Después de todo, ¿qué mejor modo de hablar de tal película que utilizando una impúdica armadura de cuero que dejaba poco a la imaginación?

Normalmente, la situación habría sido ideal para Saga, pero en esos momentos se sentía furioso. De todas las películas que había reseñado en los últimos meses, no entendía por qué tenía que haber sido precisamente esa con la que había elegido hacer una colaboración con su amigo, Lightning_Plasma.

(En realidad, Saga sabía perfectamente por qué había sido esa película. Lightning_Plasma era un castaño con tan buen cuerpo como Milo. Por supuesto, no era tan guapo como él, pero tener a un compañero con el cual juguetear con poca ropa era la carnada perfecta. Los resultados eran claros. El video fue publicado cuatro horas atrás y ya había recibido más de sesenta mil vistas. Un récord para ScorpioSaint.)

Saga exhaló sonoramente y dejó caer su celular en la cama. Aunque el hombre cerró los ojos e intentó dejar de pensar en el castaño, al final vio tres veces más la pelea falsa entre Lightning_Plasma y Scorpio Saint.

Frunció el ceño cuando escuchó la puerta principal abrirse (le había dado a Milo una copia de sus llaves semanas atrás), pero no por eso dejó de aferrarse al celular. Ni siquiera cuando su novio entró a la alcoba se atrevió a separar su mirada del obsceno modo en el que los jóvenes se sujetaban entre sí. No tuvo que alzar el rostro para saber que Milo le observaba atentamente, mas no se tomó la molestia de darle importancia a su impaciencia. Estaba demasiado molesto como para darle aquel gusto.

—¿Te gusta mi nuevo video? —después de largos segundos de espera, Milo se cansó de no tener el protagonismo, dejó su lugar bajo el marco de la puerta y se sentó al pie de la cama.

Saga gruñó. Bloqueó el celular, lo dejó en un espacio seguro sobre su cómoda y se reacomodó en la cama de forma que su espalda estuviese recargada sobre la cabecera.

—Se ve que te divertiste mucho grabándolo.

Milo sonrió y subió sus piernas al colchón para después gatear hacia donde se encontraba Saga.

—Lo hice. Aioria es muy gracioso. Ya estamos planeando más colaboraciones.

Saga contuvo el aliento por unos segundos y después lo exhaló en forma de gruñido.

—¿Aioria?

—Sí. Ese es su nombre real —como si ignorase el motivo del mal humor de Saga, Milo estiró su cuerpo hacia él e intentó robarle un beso, pero el mayor le rehuyó con un rápido movimiento de cabeza—. ¿Qué pasa?

—No sé por qué disfrutas tanto encelarme.

Milo arqueó la ceja y tomó asiento a un costado de Saga.

—Aioria es solo un amigo.

—¿Has tenido sexo con él?

A diferencia de lo que Saga esperaba, Milo no pareció sorprenderse con la pregunta. Al contrario, sonrió de soslayo como si la hubiese esperado y le miró de una forma que a Saga le pareció extrañamente retadora.

—¿Para qué me preguntas eso? Dudo mucho que quieras saber la respuesta.

Saga sintió la ira ascender desde su estómago hasta su pecho. Apretó con fuerza sus puños e hizo lo posible para contener su respiración. No podía creer lo que escuchaba. Aquella reacción habría sido normal en el Milo que conoció meses atrás, pero Saga creía que ese Milo ya no existía. Su novio actual era un joven sumiso y dócil y no un cínico que disfrutaba retarle. Saga se aseguraría de castigarle por su imprudencia.

Separó su espalda de la cabecera y encaró a Milo, cuya altanería aún no desaparecía de su rostro. Con un poco más rudeza de la usual, atrapó su barbilla entre sus dedos índice y pulgar y alzó su rostro para asegurarse que le viera directamente a los ojos.

—¿Quieres repetir eso último, Milo?

Con un manotazo Milo rompió el agarre. Aquello fue tan inesperado que Saga no tuvo oportunidad para reaccionar.

—¿Realmente quieres saberlo? Entonces te lo diré. Sí, follamos una vez, hace un par de años cuando nos conocimos en persona —sonrió con satisfacción al ver a Saga tomar una gran bocanada de aire—. Nine out of ten. Would fuck again.

Esas fueron las últimas palabras que pudo decir antes de que Saga lo clavara al colchón y comenzara a desnudarle. Entre risas, Milo se dejó hacer a pesar de que el encuentro resultó ser bastante más brusco que lo usual.

La mente de Saga no le permitió sentirse culpable por los rojizos moretones que dejaba en la piel de Milo, ni por los gemidos de dolor mezclado con placer que el menor comenzó a emitir una vez que se adentró en él. Lo único en lo que podía pensar era en marcar a Milo como suyo y en borrar cualquier huella que Aioria —o cualquier otro— pudiera haber dejado en él. El dulce y cálido cuerpo de su amante no era digno de nadie más y Saga sería capaz de destrozarlo con tal de que solo él pudiese volver a disfrutarlo.

Su clímax llegó con mayor rapidez de la que Saga hubiese deseado. Extenuado, Milo permaneció en la cama mientras recuperaba su aliento y Saga le propinaba dulces besos en los moretones de su cadera y brazos. La culpabilidad seguía por evadirle, se juraba, pero tratar aquellas lesiones era lo menos que podía hacer después de propinarlas. Además, no podría grabar sus dedos en sus muslos nuevamente sin antes curar esas heridas.

Pasaron varios minutos antes de que Milo pudiera recuperarse y, cuando lo hizo, le pidió a Saga que le pusiera un poco de crema en sus heridas. Saga accedió porque era una buena excusa para seguir disfrutando de la tersura de su piel.

—Mentí, ¿sabes? —dijo Milo cuando Saga estaba a mitad de su labor—. No he tenido sexo con Aioria. Es irritantemente heterosexual. Es difícil adivinarlo cuando lo ves jugar al gladiador en el patio trasero de su casa.

Saga exhaló y, por el momento, cerró el botecito de crema para recostarse en la cama. Sujetó a Milo entre sus brazos y le dio un beso en la frente.

—¿Por qué mentiste si sabías que me iba a molestar?

Milo sonrió y se alzó de hombros.

—Fue un juego nada más. Te gustan los juegos, ¿no es así? —Saga no tuvo oportunidad de preguntarle a qué se refería—. Así que, si te parece, tú sigue pretendiendo que borras los videos que tomas de mí y yo seguiré fingiendo que tú no eres la única persona con la que quiero estar.

Saga sintió una fuerte opresión en el pecho. ¿Cómo había descubierto Milo que solo pretendía borrar sus videos íntimos? ¿Habría revisado su celular? ¿O acaso no había creído en la actuación de Saga? Milo era un buen actor. No habría sido difícil para él descubrir a otro.

—No sé de qué hablas —dijo con la mayor seriedad que pudo—. He borrado cada uno de tus videos.

Milo rio y recargó su cabeza sobre el pecho del otro.

—Lo sé, lo sé. Y yo apenas puedo esperar para la próxima convención. Compartiré habitación con Aioria, ¿sabes?

—Eres terrible…

—Y te encanta.

Milo alzó el rostro y le dio un húmedo y lánguido beso en los labios. Por supuesto, Saga aprovechó para acariciar su estrecha cintura.

Saga tuvo que aceptar que Milo no estaba tan bien domesticado como creía. No obstante, por algún extraño motivo, el descubrimiento no le molestó tanto como hubiese esperado. Después de todo, Milo tenía razón. Si Saga quedó prendado de él con tanta facilidad fue por su tentadora y pecaminosa actitud.

Siempre y cuando fuese un juego, no habría problema.

Siempre y cuando fuese suyo, le concedería sus caprichos.

Esa noche Saga se dedicó a recordarle a Milo cuál era su lugar. Ya mañana revisaría dónde sería su próxima convención y se aseguraría de tomar días de vacaciones para acompañarle.

Solo por si acaso.