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But the sun rolling high through the sapphire sky keeps great and small on the endless round

Chapter Text

-Papá, Sophie no me deja jugar tranquilo…

- No es verdad, Ethan no quiere aceptar que ha tomado el camino equivocado y debe volver a empezar la partida…

- ¡Siempre lo arruina todo!

- ¡Eres demasiado tonto! ¿De verdad somos hermanos?

Greg se rascó la nuca, algo agobiado. Era su día libre, pero no había podido relajarse ni siquiera un segundo. Sus hijos estaban a punto de enloquecer por un siempre videojuego, y él no sabía dónde esconderse. Sumado a esto, Mycroft estaba ausente, excesivamente lejos como para pedirle ayuda. Si bien había disminuido sus horas de trabajo semanales a más de la mitad, los viajes eran algo que no podía evitar.

Su esposo se encontraba en Beijing. Exactamente a 8,140 kilómetros de su dolor de cabeza producido por el malestar que sentía cada vez que se quedaba solo con los niños. No es que no disfrutara del hecho de ser padre; adoraba a sus pequeños más que a nada en el mundo. Pero lo que Mycroft desconocía era el comportamiento de sus hijos cuando él no estaba en casa. Greg no había querido comentarlo porque sabía que el trabajo del pelirrojo era lo que, básicamente, les aseguraba un futuro venturoso. Su sueldo era abismalmente inferior, y sabía que no le quedaba mucho hilo en el carretel para mantenerse en actividad por el tiempo suficiente para que los niños fueran a la universidad; de ello iba a encargarse su esposo. Por ende, su secreto más grande era la cantidad de berrinches que sus pequeños hacían cuando se encontraban bajo el cuidado del zorro plateado.

Sophie se lo había dejado ver en una ocasión en la cual, agotado por el comportamiento de ambos niños, los amenazó con contarle a su padre lo que habían hecho para que él los castigue. Claro, la joven de genética Holmes lo dejó helado cuando le explicó, pacientemente, que él era el único culpable. Ambos sabían que Greg era permisivo, quizás en exceso. Cuando Mycroft estaba en casa, había que hablar en determinado tono de voz, cumplir con las tareas encomendadas y tratar a todo el mundo respetuosamente. En cambio, Greg no se ponía tan estricto con los horarios, los quehaceres o las palabrotas. Sabía que tarde o temprano tendría que contarle la verdad a su esposo, pero tenía demasiado miedo. Él había cedido, arruinando el fino trabajo que Mycroft había hecho criando a los pequeños bajo determinados límites.

Suspiró y se puso de pie, acercándose a ambos con paso pesado.

- ¿Qué puedo hacer para que dejes jugar a tu hermano en paz, Sophie?

- Quiero maquillarte y pintarte las uñas.

La respuesta no le agradó en absoluto, pero sabía que no tenía opción. Cuando accedió, Ethan suspiró aliviado. Su pequeño era su viva imagen, y Greg sabía que de verdad necesitaba ese espacio a solas. Sophie lo dominaba todo, al igual que su padre. La pequeña pelirroja había heredado su inteligencia, y también su habilidad para las deducciones. No le daba respiro a su pobre hermano, que comenzaba a desesperarse ante cada intromisión de la niña. Greg y Ethan habían hablado al respecto en una de sus ‘tardes de hombres’, como solían llamar a esos bellos días en los cuales salían a tomar un helado y a jugar al soccer en el parque, mientras Mycroft y Sophie compraban ropa en las tiendas más exclusivas de Londres.

Ethan se sentía totalmente herido cuando Sophie lo trataba de tonto. Sabía que ella era sobresaliente, que su cerebro era muy diferente al suyo, pero aún así le dolía que ella recalcara la diferencia. Greg le había explicado que él poseía otros dones que los Holmes no, pero sabía en su interior que sólo era un consuelo para pobres. Claro, a Ethan le hubiese encantado tener una genética diferente. Él era culpable por haber accedido al pedido de Mycroft de ser el primero en intentar ser padre. Ahora, su hijo debía cargar eternamente con su estupidez hereditaria.

Ése había sido uno de los motivos por los que había rechazado tantas veces salir con Mycroft en un principio. Sentía que no tendría nada para aportarle a la velada, y que sólo quedaría en evidencia lo pobre que era su cerebro en comparación con el de Holmes. Sin embargo, con el tiempo se fue dando cuenta que, justamente, eso era lo que a Mycroft le gustaba de él; que fuera tan simple. Simple, pero en el buen sentido de la palabra. Despreocupado, libre de tanto tormento, limpio, espontáneo. Ser simple lo había ayudado a conquistar al hombre de su vida, y sabía que poco a poco, la simpleza ayudaría a Ethan a ganarse buenos amigos y a tener un buen futuro. Claro, estudiar siempre le resultaría difícil, pero la paciencia y el fuego Lestrade haría lo suyo; a Greg le había costado muchísimo terminar su carrera para convertirse en Detective Inspector, pero nada lo detuvo, porque realmente quería serlo. Rogaba que Ethan también hubiese heredado su perseverancia.

Le guiñó un ojo al muchacho, quien devolvió el gesto y volvió a su videojuego. Sophie, por su parte, fue a buscar su arsenal de maquillaje y esmaltes de uñas. Negó con la cabeza al entender que tendría que someterse por completo, y eso también incluía el peinado. Le gustaba que su princesa pudiera divertirse así con él, ya que Mycroft no accedía bajo ninguna circunstancia. Greg creía que su esposo era exagerado por demás, y que los juegos mentales no eran todo lo que importaba en la vida. Sabía que, muy dentro suyo, le gustaría ver a Mycroft completamente maquillado por su hija pequeña, ahora que Ethan había crecido y ya no les prestaba la misma atención que antes. Él ya tenía 9 años, contra los 6 de Sophie. Quizás no debieron esperar tanto para tener a la pequeña, pero ahora no era momento de lamentarse. Ella tenía el labial preparado y se acercaba con una enorme sonrisa.

Una vez que su rostro quedó terminado, Sophie se dedicó a sus uñas. Eligió un tono anaranjado que contrastaba a la perfección con las manos de su padre. Greg estaba distraído, respondiendo un email del trabajo mientras la pequeña realizaba su trabajo. Tan concentrado estaba, que cuando Mycroft le invitó a hacer una videollamada por WhatsApp, atendió sin recordar que estaba cubierto de maquillaje.

Mycroft parpadeó varias veces al verlo. Luego frunció el ceño, y por último echó a reír. Greg lo miró desconcertado por unos minutos, hasta que cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo.

- Así es como nos divertimos en casa cuando no estás…

- La próxima vez no te escaparás, papi Myc…

Mycroft dejó de reír ante la frase de su pequeña. Sabía que si Sophie Holmes lo había marcado como su siguiente víctima, nada ni nadie la detendría. Greg se relamió ante la sola idea de ver a su esposo en semejante situación. Ambos intercambiaron miradas de desafío.

Definitivamente, Mycroft debía volver a casa pronto.