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Lo que las paredes susurran

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Dicen por ahí, que, si prestas la suficiente atención, puedes oír cómo las paredes de Hogwarts hablan. Dicen también que relatan historias, las recuerdan. Como aquella vez en la que Sirius Black le propuso matrimonio a la profesora McGonagall en medio del pasillo del tercer piso para salvarse de una detención. O de aquella otra ocasión donde Neville Longbottom terminó levitando en un salón en desuso por un hechizo mal realizado. También pueden contar cómo es que Lorcan Scamander decidió que tercero era un gran año para al fin diferenciarse de su hermano. O de cómo Nerea Zabini comenzó su negocio poco legal de pociones. Son estas mismas paredes, construidas con rocas antiguas, hechizos y sangre las que les traen esta historia en particular; o parte de ella.

 

Primer año

 

Acto primero: dos galeones

 

Hubo una exclamación general cuando el sombrero informó su decisión. Entonces abrió los ojos, desde allí podía notar cómo su hermano iba perdiendo color, estaba casi seguro que también podría ver cómo James se desmayaba…Seguro que sí podía.

Soltó un suspiro, casi lo logro. Se incorporó con desgano y contempló a su prima, todavía faltaban un par de personas para que fuera su turno. Rose también lo estaba mirando como si fuera un dragón o algo así. Volvió a suspirar mientras arrastraba sus pies hasta su mesa.

Todos se hicieron a un lado cuando se dejó caer en su asiento, ni que tuviera la peste o algo así. Bueno, ellos se lo perdían. Escuchó a uno de los mayores susurrar algo acerca de un año lleno de sorpresas, ¿tan extraño era que hubiera ido a parar allí? Desde su punto de vista era obvio, muy obvio que iba a terminar ahí. Bueno, quizá no tan obvio, después de todo tenía la esperanza que su plan funcionara y pudiese engañar al sombrero para que lo pusiera en Gryffindor o Ravenclaw. No en Hufflepuff, odiaba el amarillo, era un color espantoso.

El turno de su prima llegó.

La vio acercarse al banco a paso rápido, con un sinfín de rulos sacudiéndose de un lado a otro. Sus ojos, celestes, muy celestes, lo buscaron por última vez antes de que el sombrero los cegara. Apenas se posó sobre la maraña de fuego dejó escapar un grito anunciando “Ravenclaw”. Rose se bajó tan rápido como subió, sólo que ahora con los ojos más abiertos y muy sonrojada.

Albus negó con la cabeza. Sabía que Rose iba a terminar en esa casa, estaba previsto como que el sol salía por las mañanas y se ocultaba por las noches, o casi tan previsto como que su padre derrotaría a Voldemort y que Snape era un espía…Bueno, quizás no estaba tan previsto, pero él lo sabía.

La ultima niña en ser sorteada se subió al banquito. Era negra y tenía el cabello sujeto en dos trenzas muy ajustadas. Terminó en Slytherin. Extrañamente, no tuvo pegas en sentarse a un lado suyo. De hecho, parecía estar ignorando a todo y todos; resolvió que le caía bien y se dedicó a disfrutar de su cena.

Cuando al fin dieron la orden de retirarse a sus salas comunes, Albus vio su oportunidad de encontrarse con Rose.

—Me debes dos galeones—presumió su prima, con una sonrisa destellante.

—Oh, cállate. Casi lo logró ¿sabes? Estuve muy cerca de quedar sorteado en Ravenclaw, pero cuando estaba por anunciarlo, pensé: ¡victoria para Albus! Y el sombrero comenzó a sospechar, hasta decidir que mi casa era Slytherin—Albus narraba su selección haciendo movimientos espasmódicos con sus manos, zarandeándolas de aquí a allá.

—Pero que casi lo lograras implica que no lo lograste, así que quiero mis dos galeones.—Albus gruñó, tenía esperanzas de que su perorata hiciera olvidar a Rose del jodido efectivo; pero por lo visto no. Extrajo un galeón de su bolsillo y se lo dio. —El trato eran dos, me estas estafando. De nuevo.—Se quejó su prima.

—Vamos, Rose, sabes que no tengo dinero.

—¿Y ese es mi problema?—Pero Albus no respondió nada y sólo se alejó con sus compañeros. —No se va a quedar así…—La escuchó susurrar mientras se alejaba. Pobre Rose, ella sabía que se quedaría así. Él se aseguraría de eso.

Albus Severus Potter sonrió, Hogwarts parecía divertido.

 

Acto segundo: calamares y tuberías

 

Albus abrió su libro de transformaciones en la página indicada y preparó su pluma. Estaba solo en una de las mesas del fondo, esta se había vaciado sospechosamente en cuanto se había sentado allí. Que le aplicaran la ley del hielo todo lo que quisieran, solo estaba mejor y le daban completamente igual sus estúpidos compañeros de casa.

Estaba apreciando sus útiles con interés cuando alguien ocupó el lugar vacío a su izquierda. Volteó a mirar. Era la misma niña que se sentaba junto a él en la mesa del comedor, ¿Cómo era su nombre? ¿Marea, Arena…Mariela?

—Hey, ¿Cómo era tu nombre?—La niña de las trenzas ni siquiera lo miró, estaba muy enfocada en su libro.

—¿Para qué preguntas si no te interesa?—Respondió áspera. Albus la miró fijo y contuvo una sonrisa divertida.

—Tienes razón.—Y volvió a su contemplación del espacio escolar.

Más tarde, cuando la profesora Toshkhani pasó lista, descubrió que su acompañante se llamaba Nerea Zabini. Había estado bastante cerca.

Estaban a mitad de la clase cuando la puerta del salón se abrió con mucha violencia.

—¡¿Este es el salón de trasformaciones!? ¡Por favor díganme que sí lo es!—Gritó el recién llegado.

Albus volteó a mirarlo. Era muy pálido, tenía el cabello casi blanco y sus ojos eran de un gris tan claro que casi parecían trasparentes; el tipo estaba a un paso del albinismo. Traía la corbata mal anudada y la túnica llena de polvo, ¿Qué demonios le había pasado a ese sujeto? ¿Lo habían atacado en un pasillo o algo así?

—Sí, lo es, pero señor Malfoy apreciaría que llegara a tiempo a partir de ahora…—Respondió la profesora, molesta.

—Intentaré profesora, pero no puedo prometer nada. Las tuberías de Hogwarts son poco seguras, llegué tarde porque cuando fui al baño un tentáculo rabioso salió del inodoro con toda la intención de atacarme. Debe ser que el basilisco le enseñó a ese maldito a moverse por las tuberías, apuesto mi varita a ello…

—Señor Malfoy, cállese, siéntese y procure no decir ninguna estupidez en mi clase o le quitare diez puntos a Gryffindor.

—Sí, profesora. Gracias, por ser tan compresiva, profesora. Es usted genial, profesora.—Dijo mientras buscaba un lugar disponible. Misteriosamente no parecía haberlos.

—Señor Malfoy se lo advierto…

—Tranquila, profesora, no se estrese, se va a contracturar y después no va a poder dormir, profesora…

—¡Señor Malfoy sólo siéntese!

Albus vio como el rubio abría la boca, pero por lo visto se distrajo mirando el lugar disponible a su derecha. Albus miró el lugar libre con miedo, ¿ese idiota no se atrevería a…

Malfoy lanzó su mochila al lugar vacío. Albus tuvo que esquivarla para que no lo golpeara. Vio por el rabillo del ojo cómo Zabini hacía un gesto de horror, él debía verse igual. El rubio se sentó junto a él y le regaló su sonrisa más deslumbrante.

—¡Hola, mi nombre es Scorpius Hyperion Malfoy! Me gusta volar en escoba, el violeta, los pavos reales y estaba muy ansioso por venir a Hogwarts; porque mi padre me dijo que Hogwarts era genial y me hubiera gustado bla, bla, bla…

Albus miró con disimulo a Zabini y esta le devolvió la mirada, dándole a entender que se desentendía del asunto. Zabini sabía lo que hacía.

—Scorpius Hyperion Malfoy…

El aludido le sonrió emocionado a la espera de sus siguientes palabras. Le recordó a un perro.

—¿Si? ¡Ese es mi nombre! Es genial, ¿verdad?

La sonrisa deslumbrante de Scorpius lo estaba cegando.

—Son las nueve de la mañana y si sigues hablando voy a cruciarte tanto, pero tanto, que van a tenerte que cambiarte el nombre a Baba Sollozante.

Scorpius parpadeó sorprendido. Hubo dos segundos de silencio, Albus suspiró agradeciendo a todos los dioses que se le vinieron a la mente.

—Wow, hombre, sonaste igualito a mi padre…creo que me agradas, ¡seamos mejores amigos!—Chilló el rubio, todos giraron a mirarlo. Albus lo miró con pánico.

—¿Qué? yo no quiero…

—¡Desde hoy me sentaré junto a ti en cada clase y te compartiré mis golosinas!—Malfoy parecía ignorar por completo las miradas interesadas de sus compañeros, y la cara de terror de Albus.

—Eres un tipo muy afortunado, Potter.—Susurró Zabini.

Albus la insultó mentalmente y procuró ignorar a Scorpius Malfoy.

—¡Hey, Albus! ¿Te puedo llamar Cerberus? Suena cool, ¿verdad?

—¿Por qué habrías de llamarme así?

Scorpius dio una risotada.

—Tu segundo nombre es Severus y suena parecido a Cerberus.—Espetó el rubio como si fuera normal toda la conversación. Albus alzó una ceja.—El otro día en Corazón de Bruja publicaron que ibas a venir a Hogwarts…

—¿Lees Corazón de Bruja?—Intervino Nerea sin despegar los ojos de su libro. Scorpius adquirió el color de un tomate maduro, resopló.

—Mi madre lo lee…vi el articulo por casualidad…

—De cualquier forma, no puedes llamarme Cerberus. Es un apodo estúpido.

Scorpius negó molesto.

—¡Tu cara es estúpida!

—Tiene razón.

Albus volteó para mirar a Zabini, estaba allí, totalmente imperturbable, tomando notas.

—¡Mi cara no es estúpida! ¡El estúpido es él que aparece tarde y habla idioteces!

La profesora detuvo su explicación.

—Potter, Malfoy cállense, ¿no ven que la señorita Zabini está intentando concentrarse?

Los nombrados se miraron indignados.

—¡Ella no…

—Diez puntos menos para Gryffindor.—Albus sonrió.—¿Tiene algo para decir señor Potter?—Albus negó e intentó fingir solemnidad.

—Lo siento profesora, sólo quería que Malfoy hiciera silencio, no podía concentrarme.

La profesora asintió y continuó con la clase. Scorpius le clavó el codo en las costillas de Albus.

—Eres un maldito traidor Cerberus.

—Mmja.

—Pero ya decidí que eres mi mejor amigo, y ya no puedo retractarme. Jamás me retracto.

Albus deseó saltar de la torre de astronomía.

 

Acto tercero: armario de escobas

 

Ese mismo día, mientras estaba cenando en su acostumbrado lugar con la única compañía de Nerea, un gran revuelo se formó en el comedor. Alzó la cabeza con el ceño fruncido, ¿Qué pasaba?

—Hola Al ¿cómo estuvo tú día?—Rose se encontraba sentada a un lado suyo, no tenía ni la más remota idea de cuándo había llegado allí. Tampoco era trascendente.

—Bien, un chico muy denso me pro…—pero gracias a ese preciso “chico muy denso”, no pudo terminar la oración. Scorpius entraba en ese instante por las puertas del gran comedor, con el cabello lleno de ramas, y la túnica cubierta de barro. ¿Qué carajos le había pasado a Malfoy?—¿Está viniendo hacia aquí? Por favor dime que no está viniendo hacia aquí.—Suplicó Albus, justo antes de que Scorpius se apoderara del asiento libre que había a su derecha. Nerea le envió una mirada de lástima desde el otro lado de la mesa antes de continuar con su lectura.

—¡Hola Cerberus!—Y le dio una fuerte palmada en la espalda. Albus casi escupe sus pulmones sobre la mesa,Rose alzó una ceja extrañada. Scorpius le extendió una mano llena de suciedad y ella la estrechó con cara de asco.—Hola, mi nombre es Scorpius Hyperion Malfoy, soy de Gryffindor y me gusta el violeta.

Rose asintió medio pasmada.

—Eh, Rose Weasley.

Scorpius sonrió con más amplitud. Albus percibió que iba a comenzar, otra vez, con una de sus peroratas.Por fortuna, antes de que Scorpius abriera la boca, un profesor entró con cara de desesperado.

—¿¡Quién es el responsable de aparecer un bosque dentro del armario de escobas del tercer piso!?—Silencio sepulcral. Rose y Albus levantaron su mirada para ver a Scorpius. Ramas en el cabello, lodo en la túnica, hojas por todos lados: sospechoso. El profesor escaneó el Gran Salón con la mirada, deteniéndose en ellos.—¡Ustedes!—Lo vieron acercarse, con su cabello rojo repleto de telarañas y hojas.—Acompáñenme.

Albus y Rose se miraron ofendidos. Nerea había desaparecido hacía ya rato.

—¿Nosotros por qué? Si es él quien está cubierto de mugre.—exclamó Rose, no podía creer que en su primer día en Hogwarts ya estaba teniendo problemas. Su madre estaría decepcionada.

—¿Piensa que creeré eso? Son un Potter y una Weasley, y el producto responsable de esa…atrocidad—los tres niños compartieron una mirada, no podía ser TAN terrible—es un producto de Sortilegios Weasley, y están prohibidos en Hogwarts, ¿Quiénes sino conseguirían entrarlos de contrabando?—Rose abrió y cerró la boca.—Veinte puntos menos a Gryffindor, a Ravenclaw y a Slytherin. Y una semana de detención conmigo, comenzando hoy después de la cena.—Antes de que pudieran responder, las mesas habían estallado en cuchicheos y quejas.

Rose se incorporó de su asiento como si la hubieran pinchado con una aguja. Albus y Scorpius la miraron.

—Ustedes dos, ya mismo en el pasillo.—Y se marchó del gran comedor hecha una tromba. Se contemplaron en silencio, Scorpius fue el primero en incorporarse. Albus en cambio, suspiró con cansancio; pero al final los dos terminaron obedeciendo.

—No me hables.

Scorpius miró la espalada de su mejor amigo alejarse hacia la puerta. Cuando llegó al pasillo, Rose se encontraba con los brazos cruzados sobre su pecho y Albus mirando muy interesado un punto fijo en la pared.

—¿Qué querías decirnos Rose?—la nombrada alzó una ceja. ¿Que qué quería? ¡oh, se enteraría!

—¡Hijo de puta!—Scorpius abrió la boca en una perfecta O.—¡No pasó ni un día y ya estoy castigada! Ni a mis padres y al tío Harry los castigaban el primer día.— Albus asintió con desgano. Scorpius sólo seguía allí, mirándola con cara de idiota. —¿Saben lo que va a marcar esto mi reputación? ¡Yo quería ser prefecta y premio anual! ¡Con esto nunca podre serlo! ¡Voy a ser la deshonra de mi familia!

—Me parece que estas exagerando un po…

—¡Cállate Albus!—Albus cerró la boca, apreciaba su vida.

Hubo un corto silencio.

—¡Que carácter!—Exclamó Scorpius ganándose una mirada de rabiosa de Rose. Eso no lo intimidó, así como tampoco se intimidó por la mirada de miedo que le estaba dando Albus.—¡Rose Weasley a partir de hoy eres mi nueva mejor amiga!

Los primos se miraron asustados, Hogwarts sería un suplicio.