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The Great Longing

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Steve vuelve a verla dos años después, de rubia, derramando palabras en un micrófono, lentas y espesas como miel. El vestido corto le deja los muslos pálidos al descubierto, y él sujeta el vaso de ron con cola con fuerza, un poco borracho en medio de la multitud, resguardado por la oscuridad mientras a ella los focos la iluminan con sus colores irisados.

Decirle adiós no fue la peor parte. Se da cuenta entonces. Puede que se dé cuenta de un montón de cosas esa noche. Steve está un poco borracho, no demasiado, lo suficiente para sentirse agotado. De correr, de mantener los puños en alto, de todo pero sobretodo de él mismo.

Echa de menos su voz grave y ronca. Su pintura de uñas rosa brillante, su humor negro, su pelo rojo intenso. La echa de menos comiendo galletas de chocolate en su cama. La forma en que la sudadera no dejaba de resbalarle a un lado, descubriendo la tira negra de su sostén, la redondez de su hombro. Echa de menos su forma de tocarle. Su caligrafía redondeada sobre un bloc de notas. Sus ojos bajo el sol.

Las luces desdibujan el contorno de las cosas, lo vuelven todo líquido, y él se odia con violencia, con una pasión con la que no sabe qué hacer.

La echa de menos como un vacío, y podría marcharse pero se queda allí, sabiendo que no va a acercársele cuando termine. Todo su cuerpo se balancea con la música, resplandeciente, y hay un abismo entre los dos que él mismo abrió, insalvable.

El abismo no es solo una metáfora. El abismo es el espacio que alguien más dejó a su paso, como una herida que nunca va a cerrarse. El abismo tiene ojos azules cautivadores y una sonrisa dulce que nunca dejaba ver demasiado, ondas de pelo oscuro que le caían sobre el rostro, vaqueros negros ajustados y dedos largos sujetando un cigarrillo, camisetas de grupos de rock y confidencias en plena noche, el olor de la lluvia sobre la piel. El abismo tiene un nombre.

Bucky Barnes.

Es un nombre en el que no piensa nunca pero que en ese momento está presente en su mente, invadiéndolo todo, absorbiendo cualquier otra cosa como un agujero negro, y Steve se permite caer, se permite recordar, por una noche, por una vez, con la voz hipnótica de ella de fondo.

Bucky.

***
***

Dos años antes

La voz del profesor de matemáticas se va convirtiendo en un discurso monótono mientras explica la solución de un problema que Steve no ha conseguido resolver. Sabe que debería estar aplicándose al cien por cien, que no puede bajar la media, no ese año, si espera entrar en alguna universidad medio decente, pero ese día su cuerpo se niega a cooperar con él.

Se encuentra dibujando en la mitad inferior de la libreta, justo debajo de su problema matemático dejado a medias. Solo garabatea, al principio, pero se encuentra trazando las líneas para dibujar a uno de los personajes de X-Men, cuyos cómics ha empezado a leer después de ver las pelis. Está intentando hacer a Pícara, aunque sin darse cuenta le está dando unas facciones similares a las de Anna Paquin, que interpretaba el papel en la primera trilogía de pelis, las más antiguas. En fin. No puede decirse que Anna Paquin no estuviera buena en ese papel. Cree que es por lo del mechón de pelo blanco.

Alza la cabeza por intuición, sin pensarlo, y sus ojos se encuentran con los del chico que se sienta al otro lado del pasillo estrecho que separa sus mesas. Es Bucky Barnes.

Aún no ha tenido tiempo de aprenderse el nombre de muchos de sus compañeros, pero coincide en varias clases con él y, además, no es que pase exactamente desapercibido. Tiene los ojos azul claro y lleva el pelo, ondulado y oscuro, un poco demasiado largo. Siempre viste vaqueros ajustados y unas botas negras con las punteras gastadas, y camisetas con todo tipo de logos; desde bandas de rock hasta personajes de cómic. Ese día lleva una de Star Wars. No es como las de Tony Stark, que solo quiere simular ir desaliñado pero cada pieza de ropa suya debe valer más que el armario entero de Steve. Las camisetas que viste Bucky están gastadas por el uso, y algunas le van pequeñas. Y Steve juraría que le ha visto llevar los mismos pantalones una semana entera.

No es solo cómo viste. Es toda su actitud. Llega tarde a clase y le ha visto fumando después de escuela con un par de chicos de los que Steve se mantiene alejado instintivamente, porque aunque nadie ha hecho ni el intento de meterse con él aún, sabe perfectamente cuál es la clase de gente que le conviene esquivar si quiere pasar ese año en paz. Además, corre el rumor de que Bucky es gay y tiene un novio mayor que él fuera de la escuela. A veces está en clase y, otras, solo hay una silla vacía donde debería estar. Nadie le molesta, y no parece tener problemas para hablar con quien sea, aunque no pertenece a ningún grupo determinado. Es como si estuviera por el instituto de paso, como si no perteneciera a ese mundo pequeño y asfixiante en el que todo el mundo tiene una etiqueta y del que Steve no puede esperar a escapar.

Bucky le está mirando, quién sabe cuánto rato hace que le está mirando, y le sonríe, una sonrisa torcida y descarada con la que Steve no sabe qué hacer. Le señala el dibujo que Steve ha estado haciendo con un gesto de la cabeza, y le hace el gesto de ok con los dedos.

Steve echa un vistazo a la pizarra, pero el profesor Visión –nadie sabe si es su nombre real, pero incluso los otros profesores le llaman así- sigue enfrascado en sus fórmulas, como en otro mundo, y el resto de la clase parece haber caído en un trance hipnótico. O soporífero, más bien.

-Eh -susurra Bucky, para volver a llamarle la atención-. Dibújame al que lanza los anillos de láser esos. El de la peli nueva.

Steve sonríe sin quererlo. Gira la página, cualquier intención de entender de qué va esa clase olvidada, e intenta recordar los rasgos del actor que interpreta a Alex Summers –pelo rubio y corto, ojos azules- y le caracteriza como en ese momento en que el doctor Xavier y Magneto van a buscarle a la prisión, con una camiseta de tirantes, sentado en una litera, piernas abiertas, un poco inclinado hacia adelante. No sabe si a lo mejor debería haber añadido algo referente a sus poderes, pero antes de que pueda hacer algo al respecto el timbre está sonando y ha pasado una hora entera sin que se diera cuenta.

No espera que Bucky le hable después de clase. Ni siquiera pensaba que lo del dibujo fuera en serio, era solo una manera de entretenerse. Pero mientras pone sus cosas en la mochila allí está Bucky, de pie junto a su mesa, con una mochila negra desastrada y llena de chapas y parches colgada al hombro.

-Eh, ¿dónde está mi dibujo? –pregunta, aunque lo hace con amabilidad. Suena como si estuviera de broma, pero no a su costa. Igualmente, Steve se tensa. No sería la primera vez que intenta ver buena voluntad donde no la hay.

–No está terminado –responde, esperando a que empiece a reírse de él por creer que iba en serio, a que lleguen sus amigos, a… algo. No pasa nada. Solo que vuelve a sonreírle como antes, de lado, con los ojos un poco entornados.

–Bueno, pues avísame cuando lo hayas acabado, porque lo quiero. Dibujas de puta madre, Rogers.

Le guiña un ojo y se va, y Steve se queda allí plantado como un idiota, sin poder creer que sepa su nombre.

***

La única clase a la que Bucky nunca falta es el taller de mecánica. Por algún motivo, Tony Stark es su pareja para el proyecto de ese año. Stark es un chico que Steve no cree que pase de los trece años pero que está en el último curso, a punto para graduarse con todos ellos, y que parece aburrido en todas las asignaturas pero saca las mejores notas, siempre.

–Estoy aquí como castigo –explica un día, sin que venga a cuento de nada, a la hora del almuerzo.

Steve estaba comiendo su sándwich, sentado en un rincón de la cafetería leyendo un libro, y Stark se ha sentado delante de él y ha empezado a hablar de lo idiota que es su profesor de laboratorio, el profesor Zola, y a argumentar por qué está equivocado en varias de las cosas que ha dicho ese día.

Steve ha mirado a su alrededor, y entonces ha vuelto la vista hacia Tony, que seguía hablando, su bocadillo olvidado sobre la mesa.

–¿Oye, estás seguro de que no te has equivocado de mesa?

Stark se calla, le mira con el ceño fruncido, como si le hubiera disgustado a un nivel personal.

–No me hagas esto. Parecías listo. Eres el único de la clase que se ha dado cuenta de que Zola se ha equivocado.

–¿Cómo lo sabes? –pregunta Steve. Stark le descoloca de una manera que nadie más parece conseguir hacerlo.

–Porque te he visto la cara –responde Stark, como si fuera obvio, como si Steve no dejara de decepcionarle. Steve siente que empieza a cabrearse–. ¿Por qué no has dicho nada?

–Porque no estaba seguro –dice Steve, aunque no es la verdad. Estaba seguro, y ha tenido que poner los puños debajo de la mesa y apretarlos tanto que se ha dejado marcas en las palmas, pero se hizo una promesa a él mismo antes de empezar el curso. Que pasaría desapercibido. Que no se metería en problemas. Que no volvería a convertirse en un objetivo. Ir por ahí corrigiendo a profesores en medio de la clase no parece la mejor manera de conseguirlo.

–Qué chorrada, estabas del todo seguro, por poco no te revientas una vena –replica Stark, como si discutieran, y Steve no puede más.

–Obviamente tienes respuestas para todo y eres más listo que todos nosotros, ¿por qué no has dicho nada tú?

Stark no parece ni un poco ofendido. Más bien feliz de que haya notado su superioridad intelectual. Ese crío, en serio. Entonces es cuando se lo explica. Que su padre le impuso como condición para dejarle entrar en el MIT que tenía que graduarse para aprender “disciplina”. Por lo visto Stark hackeó la web del pentágono.

–Es decir, no, por supuesto que no lo he hecho, estaría en una prisión federal aunque la empresa de mi padre sea la mayor proveedora de innovaciones armamentísticas del ejército –termina Stark, guiñándole un ojo con exageración, y Steve se pregunta si ese dolor en las sienes es un principio de migraña.

–Pero… ¿Puedes hacer el examen de acceso a… tu edad?

–Ya lo tengo hecho, van a hacerme una fiesta o algo cuando llegue el próximo curso –dice Stark, agitando una mano entre los dos–. Por eso no he dicho nada en el laboratorio. Lo único que quiero es marcharme de este zoológico.

–Sí –suspira Steve, porque es la primera cosa que ha dicho Stark que tiene algún sentido para él.

Desde aquel momento Stark parece decidir que son amigos, o compañeros de sufrimiento, o que son algo, porque no deja de hablarle en momentos del todo aleatorios y de cosas que nunca parecen tener relación con nada. Lo que le lleva al taller de mecánica, donde Stark y Bucky construyen algún tipo de proyecto juntos, juraría que un motor. Un motor entero, que puede funcionar en un coche, y Steve se sentía muy orgulloso de su réplica de la máquina Enigma, con la que los aliados descifraban los códigos nazis durante la Segunda Guerra Mundial –Steve es un poco friki de todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial–, pero cuando se da cuenta de lo que están haciendo aquel par se siente como si estuviera a punto de presentar una batería eléctrica hecha con una patata.

–Eh, Rogers, ¡Ven aquí! –le llama Stark en medio de clase, como si las reglas no fueran con él –Steve empieza a sospechar que de verdad no van con él. El profesor Lang está distraído al final del aula con otra pareja, así que Steve deja un momento a su compañero de trabajo, Jim Morita, y va hacia Stark.

Bucky está a su lado, y no parece ni darse cuenta de que Steve está allí. Está con la cabeza metida en el proyecto de motor, peleándose con él con una llave inglesa en la mano, el pelo recogido hacia arriba en un moño del que se le escapan algunos mechones, y varias manchas de grasa en el pelo y el rostro.

–¿Rojo o azul? –pregunta Stark con impaciencia, reclamando su atención–. Venga Rogers, no tengo todo el día…

–No puedo elegir un color si no sé qué significan. ¿Tiene algo que ver con lo de las casas de Harry Potter? ¿Voy a quedarme en Matrix si elijo el color equivocado? ¿Quieres pedirme ir al baile y necesitas saber de qué color comprarme el ramillete?

Por una vez se está permitiendo ser sarcástico, porque Stark siempre lo pilla y nunca parece importarle que Steve sea un poco seco, más bien todo lo contrario. Lo que no espera es que Bucky, que no parecía ni estar atento a la conversación, resople una risa muy poco elegante por debajo de la nariz y alce los ojos azules hacia él.

–Arriésgate –le dice, y vuelve a guiñarle un ojo, como ese día en clase.

–Vale. Azul.

–Aaaargh, no, no, no… El Ford Mustang rojo es un clásico, sobretodo el del 65, es el Ford Mustang… Es un sacrilegio elegir el azul –intenta convencerle Tony, y Steve se encoge de hombros.

–No sé nada de coches. Pero me sigue gustando más el azul –responde Steve. Vale la pena solo para ver la sonrisa de Bucky, enorme y ridícula, tan distinta de las que le ha visto hasta ahora.

Stark mira de uno a otro.

–Ya está, me he vuelto a perder algo. Siempre me olvido de que estoy tratando con sacos de hormonas y no con seres racionales, empiezo a pensar que la adolescencia es el momento en que las mentes se echan a perder… Y por cierto, Rogers, creo que si te quedas en Matrix es porque has elegido el color correcto…

Stark parlotea, pero de golpe Steve se siente un poco incómodo, y agradece que Morita le llame la atención para que vuelva a su proyecto.

Bucky le espera en el pasillo cuando sale. Es la hora de comer, y Bucky echa a andar a su lado.

–¿Dónde está mi dibujo? –pregunta.

–Lo tengo en la mochila. No pensaba que lo quisieras de verdad.

Bucky le mira con el ceño fruncido. Es prácticamente tan alto como él, y Steve es alto, lo ha sido desde que pegó un estirón hace cosa de un año y de golpe su propia piel parecía demasiado pequeña para sus huesos.

–¿Por qué te lo pedí si no? –pregunta Bucky, no como si quisiera burlarse de él, solo extrañado.

Steve se encoge de hombros. No es una pregunta a la que quiera responder. Se agacha para no tener que mirarle, y saca el dibujo de entre los pliegues de su libreta, donde lo puso para que no se arrugara, sintiéndose del todo idiota y más naif de lo que tendría que ser a estas alturas. Por si acaso, se dijo. Y, bien. Allí está al caso. Tiene la impresión de que el universo le acaba de jugar una.

Se lo pasa a Bucky, que lo coge con cuidado. Tiene las manos bonitas, dedos largos y esbeltos, a pesar de que tiene todas las uñas cortas e irregulares de mordérselas y los bordes están manchados de grasa negra.

–Uau –dice, mirando el dibujo, y Steve siente que el calor se le agolpa en las mejillas–. Podrías dedicarte a esto.

Steve carraspea, e intenta cambiar de tema.

–¿Te gusta X–Men?

Bucky alza la mano para pasársela por el pelo, y cuando se da cuenta de que aún lo lleva sujeto en un moño, tira de la goma elástica para soltárselo y se la pone en la muñeca. Después se pasa los dedos de las dos manos entre el pelo, suave y un poco ondulado, y se lo deja fantástico, como si llegara de la peluquería. Steve tiene el pelo lacio y cuando le crece más de la cuenta le cae al lado y le hace parecer un señor salido de una foto antigua.

–Nah, solo he visto un par de pelis –responde Bucky, encogiéndose de hombros.

–Ah –dice Steve, un poco decepcionado.

–¿Tú eres fan? ¿Te gusta todo el rollo ese de los cómics o…?

A Steve le extraña tal pregunta, viniendo de alguien a quien ha visto llevar una camiseta de The Sandman, pero Bucky no parece despectivo. Le mira con interés, esperando, así que Steve responde:

–Sí, aunque he empezado hace poco con los de X–Men porque volví a ver todas las pelis y me enganché… Las había visto de más pequeño, pero supongo que no las había entendido del todo. O que me había perdido cosas, todo el subtexto, los paralelismos con algunos hechos históricos, esa clase de cosas.

Se siente un poco estúpido, pero Bucky le mira sin dejar de sonreír, escuchándole.

–Guay. ¿Las tienes todas?

–Sí. Encontré un pack de oferta.

–Eh, a lo mejor un día podemos verlas, si quieres –ofrece Bucky, y es lo último que Steve habría esperado, así que le cuesta reaccionar–. O no, qué más da, puedo descargármelas de internet.

–No, o sea, sí –le interrumpe Steve, las palabras atropellándosele en la garganta. Perfecto. Siempre se las arregla para quedar como un completo idiota delante de las personas a quien querría impresionar, aunque fuera un poquito–. Podemos verlas, si quieres.

–Vale –responde Bucky, con una sonrisa enorme que anima a Steve a hacer acopio de valor.

–Oye, no tengo mucho tiempo, pero iba a la cafetería… Si te apetece…

La sonrisa de Bucky cambia. Vuelve a pasarse la mano por el pelo y se agarra a la tira de su mochila.

–Voy a pasar. A lo mejor otro día, pero he quedado…

–Claro. Otro día –dice Steve, un poco herido y decepcionado de que, al fin y al cabo, Bucky no quiera que le vean con él, o de que solo estuviera intentando ser amable con él y Steve haya terminado por hacerse pesado con sus historias y ahora Bucky no sepa cómo deshacerse de él. Perfecto. Bien hecho.

–No, en serio, podemos comer juntos otro día –insiste Bucky, como si se diera cuenta de la incomodidad de Steve, lo que le pone aún más nervioso–. De verdad tengo cosas que hacer esta tarde, pero nos vemos por aquí, ¿vale?

–Es el instituto. Estoy bastante seguro de que vamos a vernos.

Steve no se da cuenta de que ha vuelto a alzar las defensas hasta que las palabras le salen, bruscas e innecesarias, pero Bucky ríe y asiente y vuelve a guiñarle el ojo antes de marcharse.

Steve no sabe qué pensar.

***

Bucky no va al instituto al día siguiente. Ni al otro. Al final llega el viernes, y Steve está poniendo los libros en su mochila cuando su madre pasa por delante de su habitación. Tiene el día libre después de una semana de turnos de noche durante los cuales apenas se han visto, y tendría que estar durmiendo, con las ojeras que tiene debajo de los ojos cansados, el azul aún más pálido de lo normal, pero Steve está acostumbrado a que tenga todos los horarios del revés, después de tantos años forzando horas de sueño allí donde le cabían y sin ninguna regularidad, así que no comenta nada.

–Eh, cariño, estaba pensando que esta noche podríamos salir a comer a esa pizzería que te gustó la última vez, ¿qué dices?

Va vestida con vaqueros y un jersey ancho, el pelo recogido en una coleta, y lleva una cesta de ropa sucia en los brazos. Se la ve demasiado delgada y agotada, demacrada.

–Sí, mamá, claro –responde Steve, haciendo un esfuerzo por sonreír, y ella frunce el ceño.

–Vas a tener que contarme cómo va en la escuela nueva, ¿eh?

–No hay mucho que contar –responde Steve, encogiéndose de hombros.

–Hoy tienes las pruebas para el equipo de natación, ¿no? –dice, y Steve asiente.

Tiene una bolsa de deporte ya preparada para la tarde, y sería un alivio que le admitieran. Le ayudaría a ocupar unas cuantas horas, a no tener que volver tan temprano a una casa que siempre está vacía. Quizás puede conocer gente en el equipo, aunque no se hace muchas ilusiones. No hace mucho que empezó a practicar deporte, y aunque tiene dotes físicas, se siente del todo fuera de lugar entre los que lo han hecho toda su vida.

Su madre le para con una mano en el pecho en la puerta de su habitación, y tiene que ponerse de puntillas para darle un beso en la mejilla. Sigue siendo extraño.

–Qué guapo te has hecho, a veces me da la impresión de que estoy viendo a tu padre –le dice, con una mano sobre su mejilla, y Steve agacha la cabeza, le quita el cesto de las manos solo para hacer algo consigo mismo.

–Deberías descansar hoy –murmura–. He puesto unas cuantas lavadoras esta semana y ayer pasé por el súper, o sea que hay cosas en la nevera. No tienes que pasar tu día de descanso trabajando también.

Su madre suspira, y al final termina por prometerle que verá una peli más tarde. Steve se da por satisfecho. Sabe que estará durmiendo antes de la primera media hora, y es lo que quiere. Que recupere fuerzas.

–Que tengas un buen día, cariño –le dice en la puerta, y odia ver la preocupación en su mirada pero no sabe cómo disiparla porque sigue sintiéndose como si llevara una nube negra encima. Se promete que por la noche va a contarle historias divertidas.

–Tú también, mamá.

Una de las mejores cosas que le ha pasado ese año, sobre todo después de que se mudaran, fue que su madre le sorprendiera llevándole a comprar un coche de segunda mano. Utilizaron el dinero que él había ganado trabajando durante el verano y algunos ahorros de ella. Al principio Steve quería negarse, pero ella insistió en que con el pequeño aumento de sueldo que le había comportado su nueva plaza y con un alquiler más bajo que el que tenían en Brooklyn para un apartamento de dos habitaciones, no tenían que preocuparse tanto del dinero como hasta entonces. Al final le convenció diciéndole que iban a compartirlo, aunque a la práctica él es el único que lo conduce. Sigue agradecido. La verdad es que le está tan agradecido por todo lo que ha hecho por él, con lo poco que han tenido, que no sabe si nunca podrá llegar a compensárselo.

Pone la mochila y la bolsa de deporte en el maletero de su Ford Fiesta, color metálico, un modelo de unos diez años atrás, y conduce escuchando música en la radio. Es una de las mejores partes de su día. Le gusta prácticamente cualquier tipo de música que no suene demasiado estridente, pero uno de sus artistas favoritos sigue siendo Bruce Springsteen. Por lo visto a su padre le encantaba, y Steve heredó su colección de vinilos y casetes, que moldearon su gusto desde que era pequeño. A veces se pregunta si le habría gustado Springsteen si no hubiera sido por su padre, porque es una pequeña parte de él que le permite sentir que como mínimo le conoce un poco, pero sea como sea, cuando ponen Born in the USA en la radio sube el volumen y se relaja, echándose atrás en el asiento y disfrutando de las calles sin demasiado tráfico.

A esas horas, apenas hay nadie caminando por los barrios residenciales que tiene que atravesar para llegar a su instituto. Quizás es por eso que su atención se centra en el chico vestido de negro bajo el sol, con camiseta de manga corta a pesar de que el aire de principios de otoño empieza a ser frío, que lleva una mochila negra a la espalda y camina con la cabeza gacha, arrastrando las botas sobre el pavimento.

Steve baja la velocidad cuando llega a su altura, y el chico alza la cabeza, sorprendido. Es Bucky. Tiene los ojos un poco desenfocados, los bordes manchados de maquillaje negro, y parece que le cuesta un momento centrarlos en él.

–Eh, Rogers –dice, con una sonrisa que parece cansada–. ¿Vas al insti?

–Sí, claro –responde Steve, y detiene el coche del todo–. ¿Quieres que te lleve?

–Sí, joder, sí –responde Bucky, y da la vuelta por delante del capó para entrar. Se deja caer en el asiento del copiloto con la mochila entre las piernas, y apoya la cabeza en el respaldo, cierra los ojos de inmediato.

Steve vuelve a arrancar, un poco descolocado, y baja el volumen de la radio. Las comisuras de los labios de Bucky se van hacia arriba.

–Pareces exactamente el tipo de tío al que le gusta Springsteen –dice, y Steve se eriza enseguida, un poco avergonzado, porque odia cuando la gente se ríe de él por sus gustos o le hacen sentir pequeño por ellos.

–¿Ah, sí? ¿A qué tipo de tío le gusta Springsteen?

–No sé, un tío como tú. Guapo, honesto, sano, que cree en… cosas. Hetero.

Steve aprieta los labios, tensa las manos sobre el volante.

–Das muchas cosas por sentado sobre alguien a quien no conoces, ¿no?

Bucky tumba la cabeza, le mira con los ojos entrecerrados. Ojos de cama, piensa Steve, de una manera un poco absurda, pero nunca ha visto a Bucky de esa forma antes. Agotado, lánguido, transpirando toda una actitud sensual que hace que Steve sienta calor en las mejillas y quiera escapar de allí para no tener que pensar en ello.

–¿Me he equivocado en alguna? –pregunta Bucky, y cuando se pasa la lengua por los labios Steve tiene la impresión, por unos segundos, de que está intentando flirtear con él.

–Springsteen le gustaba a mi padre. Por eso lo escucho –dice, tajante, aunque no es del todo verdad, y se da cuenta de su error de inmediato, espera la avalancha de preguntas para la que no está preparado, pero por suerte no llega.

Bucky vuelve a mirar al frente, y su sonrisa se vuelve amarga.

–Bien por ti, supongo –dice, y ninguno de los dos vuelve a hablar en todo el trayecto. Están a punto de llegar al aparcamiento cuando Bucky se mete la mano en el bolsillo de los vaqueros y saca unas monedas, que cuenta sobre la palma abierta de la mano.

–Eh, ¿te importa dejarme en esa gasolinera de la esquina? Necesito comprar un Red Bull o voy a quedarme dormido encima de la mesa hoy…

–Claro –dice Steve, y Bucky le dedica una sonrisa antes de bajarse del coche. Cierra la puerta tras él con cuidado, y se inclina para hablarle a través de la ventanilla.

–Gracias, Rogers –dice, sin dejar de sonreírle, jugueteando con la tira de la mochila. Se le ve al borde de sus fuerzas, y sus palabras suenan demasiado sinceras, demasiado íntimas, susurradas con esa voz ronca.

–Steve. Prefiero Steve.

–Gracias, Steve –repite Bucky, y vuelve a guiñarle el ojo, como hace siempre antes de marcharse. Steve empieza a pensar que es un tic personal.

Le observa andar hacia la tienda de la gasolinera, y está tentado de esperarle, pero no quiere llegar tarde a la primera hora y, sobretodo, está bastante convencido de que Bucky evita que le vean con él en público. Es humillante, y Steve empieza a pensar que no le conviene mucho seguir teniendo contacto con ese chico que lleva la palabra “problemas” iluminada en luces de neón sobre la cabeza.

Ese día coinciden en un par de clases más, pero Bucky parece estar en otro mundo por completo y Steve se esfuerza en no sentirse herido cuando corroborara su impresión de que no quiere mostrarse demasiado amigable con él en la escuela. A la hora de la comida sale fuera para leer un rato bajo un árbol, y ve a Bucky a lo lejos, caminando con uno de esos chicos que Steve tiene calados desde el primer día, la clase de tíos que se dedican a amargar la vida a los otros solo por diversión, porque no parecen tener nada mejor que hacer con ellos mismos. Es Brock Rumlow. Coincide con él en algunas clases, y no le gustan nada algunos de los comentarios que ha oído pasando por el lado de su mesa, llenos de mala leche, siempre dirigidos a alguien más, siempre buscando su siguiente presa.

Bucky tiene un cigarrillo entre los dedos. Steve no sabía que fumaba. Pero es que no sabe nada de él, en realidad. No soporta la forma en que Rumlow está plantado ante él, demasiado cerca de Bucky, que tiene la espalda pegada a la pared y no parece encantado con la proximidad física. O quizás Steve está proyectando.

Se busca otro sitio donde leer y cuando lleva diez minutos atascado en el mismo párrafo decide dejarlo hasta que vuelva a ser capaz de comprender su propio idioma por escrito.

Cuando llega la hora de las pruebas de natación, está que echa humo. Se pone el bañador y el gorro con gestos bruscos, y después se pelea con el candado de su taquilla. No se da cuenta de que el chico a su lado le está mirando hasta que decide dejarlo y se levanta con un resoplido.

–¿Qué? –pregunta, porque no le gusta tener público para esos arranques de mal humor que a veces no sabe cómo controlar. Siente que toda la tensión que ha ido acumulando los últimos días va a estallar, y es un tipo de energía con el que a veces no sabe cómo lidiar, una frustración que le corre por debajo de la piel, que le eriza, como estática.

El chico alza las manos a los lados. Está sentado en el banco tras él, también en bañador.

–Nada. Vas a hacer una prueba para entrar, ¿no?

–Sí.

–Solo quería desearte suerte. Espero que seas bueno, porque lo necesitamos.

Steve se encoge de hombros. El chico está siendo amable con él y él está siendo un capullo. Típico.

–El año pasado estuvimos en unas cuantas competiciones estatales, no nos fue mal –dice, y el otro le sonríe con facilidad.

–¿En qué instituto estabas? –pregunta, y parece tan cómodo con la conversación, como si a pesar de acabar de conocerse ya hubiera algún tipo de camaradería entre ellos, que Steve nota como también se relaja un poco.

–Nadaba con el Brooklyn Otters.

-Entonces competimos en Nueva York, y me acuerdo perfectamente de que quedasteis muy por encima de nosotros. No sé cómo has terminado en este rincón, pero me alegro muchísimo de tenerte aquí. Normalmente los mejores siempre van al equipo de baloncesto.

Steve se permite reír un poco.

–Tendrías que verme con una pelota y cambiarías de opinión en dos minutos. Pero gracias por el entusiasmo. Espero que vuestro entrenador piense igual que tú. No parecía encantado cuando me inscribí para las pruebas.

–Phillips va de duro, pero es de los que ladran mucho y nunca muerden. No te tomes muy en serio ninguna de las chorradas que va a decirte y todo va a ir bien.

–Gracias –dice Steve, por el consejo, por hablarle como a una persona aunque después de dos semanas sigue siendo el nuevo, por ayudarle a sentirse mejor antes de la prueba.

–Sam Wilson –dice el chico, alargando la mano, y Steve se la estrecha, encantado con la muestra de consideración.

–Steve Rogers.

–Sí, sé quién eres –responde Wilson–. Tengo una amiga que va a un par de clases contigo y me ha estado hablando del “chico nuevo”.

–Ah.

Steve retira la mano, cohibido de nuevo, y Sam pone los ojos en blanco.

–No le digas a Sharon que te lo he dicho o va a matarme.

–De acuerdo –promete Steve, que no tiene ni idea de quién se supone que es Sharon pero decide dejarlo allí, porque la verdad es que no quiere ver a dónde le lleva esa conversación.

El olor de cloro de la piscina es tan familiar que le ayuda a calmarse. Se posiciona ante su carril, y se ajusta las gafas sobre los ojos. Hace tiempo que no las utiliza y la goma está un poco reseca, va a tener que comprar unas nuevas si le admiten.

Suena un pitido, y en el momento en que el agua fría le toca la piel y se sumerge, aislándose de todo el mundo, solo él y cada movimiento de su cuerpo, contando respiraciones, siente que se ha dejado todas las preocupaciones y el cabreo fuera y le invade una sensación de serenidad que no era consciente de haber echado tanto de menos. Disfruta de sentir los músculos trabajando después de tanto tiempo sin hacer nada físico, de que los pulmones quemen un poco, tirando por encima del ritmo en el que se sentiría cómodo para hacer largos, ahora que está compitiendo para bajar tiempo.

Phillips le hace nadar en varios estilos, y después de haberle pedido una segunda ronda de crawl más larga que la primera, le mira con tal expresión de decepción que Steve tiene la convicción de que van a rechazarle. Se dice que va a encajarlo bien, que el mundo no termina en el instituto, que puede mirar en otros clubes locales…

–Estás dentro, Rogers –le espeta Phillips–. Solo por parecer más o menos atlético habrías estado dentro aunque fueras un patata, pero además no lo haces mal del todo. No me hagas arrepentirme.

–No, señor –promete Steve, aún dentro del agua, y Phillips se marcha sin dedicarle una palabra más para empezar con el entrenamiento, y Steve se une al resto del equipo.

Cuando vuelve al vestuario se siente nuevo. Sam Wilson levanta una mano para chocarla con él.

–Este año vamos a ganarlo todo, tío –dice con una sonrisa enorme, y Steve se da una ducha rápida y se viste pensando en todo lo que va a comer en cuanto llegue a casa porque el estómago le ruge de hambre.

–Eh, yo y un par de los chicos vamos a salir por ahí con unos amigos, si te apetece –le invita Sam cuando están saliendo, y Steve se siente tan bien, como si fuera a poder con todo, que dice que sí sin ni pensarlo.

Se encuentran con dos chicos más del equipo, Riley y Gabe, si Steve no recuerda mal –se le da bastante bien recordar rostros y asociarlos a nombres, así que está bastante seguro de que no la está cagando–, y enseguida le incluyen en la conversación sobre la práctica y sobre el equipo. No le hacen demasiadas preguntas, pero Steve ve que se esfuerzan para no perderse en demasiados chistes internos que él no pillaría, o se los explican, y se siente bien, se siente mejor de lo que se ha sentido desde que dejó a un par de sus compañeros del club de natación de Brooklyn que, aunque no eran exactamente amigos suyos, siempre le hicieron sentir que encajaba. Siempre ha tenido la impresión de que le cuesta más encontrar su lugar que a la mayoría de la gente, que parece saber dónde tiene que ir por instinto. O quizás no. Quizás todo el mundo está tan desorientado como él y solo lo disimulan mejor. Son cosas que Steve se cuestiona y que nunca ha tenido a quién preguntar.

En el aparcamiento les están esperando un grupito de chicos y chicas que hablan entre ellos, y Steve empieza a arrepentirse de haber aceptado la invitación. Se mueve bien en grupos reducidos, pero le cuesta mucho abrirse entre tanta gente, y tiende a ponerse nervioso y meter la pata cuando intenta hablar.

Sam le presenta a todo el mundo, que le van saludando con una sonrisa, y eso ayuda, porque por lo mínimo no tiene que preguntarse si tiene que presentarse él solo o seguirles allí donde vayan o quedarse atrás y escabullirse a su casa.

–¡Todo el mundo, este es Steve Rogers, nuestro nuevo fichaje! –anuncia Sam, con una mano en su hombro–. Steve, ellas son Maria, Kate, ese de allí es Clint, no escuches ninguna de sus ideas porque todas acaban con alguien herido o arrestado…

–¡Fue una amonestación! –protesta Clint, lo que no contribuye a calmar a Steve para nada.

–Dugan, Frenchie, Monty y Jim…

–Wilson, tío, llevo dos semanas trabajando con Rogers en el taller –interviene Morita, y le saluda con una inclinación de cabeza que Steve le devuelve.

–No sé, Jim, si nos contaras algo de tu vida de vez en cuando –replica Sam, y después señala la última persona del grupo, una chica alta y atlética de ojos azules y pelo rubio que lleva atado en una coleta de caballo y que parece húmeda, como si ella también llegara de un entrenamiento–. Y ella es Sharon.

Sam lo dice como si nada, sin dar muestras de que han hablado de ella antes, pero Steve siente como el calor le sube a las mejillas.

–Eh, hola a todos –dice, y el caos vuelve y todo el mundo habla con todo el mundo, y en medio de todo eso es Sharon quien se le acerca.

–Eh, vecino –dice, y a Steve le cuesta un momento, tiene que hacer memoria, pero al final consigue ubicarla.

–Historia –dice, un poco inseguro, y Sharon ríe. Tiene una risa bonita.

–Sí, historia. Creo que Peggy está un poco enamorada de ti, nunca ha tenido a un alumno que participara tanto en su clase.

–Eso no es… ¿poco ético? –dice Steve, y se siente estúpido de inmediato. Sharon le mira como si fuera un poco lento, pero sigue sonriendo. Bueno. Piensa que es tonto pero no la ha ofendido. Una de dos, supone Steve, que está dispuesto a ver el vaso lleno por una vez.

–No decía “literalmente”, o como quieras llamarlo. Quiero decir que Peggy está contenta de tenerte en su clase.

–Claro. Es obvio. Con la historia me apaño pero para el resto de cosas necesito un poco de ayuda –dice Steve, mortificado–. La profesora Carter es genial y todo, pero… ¿la llamas por su nombre?

Sharon vuelve a reír.

–Peggy es mi tía. El instituto no estaba de acuerdo con que estuviera en su clase, por si había favoritismos, pero no tienen ningún otro profe de historia, así que…

Sharon termina encogiéndose de hombros.

–Bueno, estoy seguro de que la profesora Carter trata a todos sus alumnos con objetividad. De todos mis profesores, ella es la más justa –dice Steve.

A decir verdad, puede que él sí esté un poco colado por la profesora Carter, con su manera de explicarles las causas de la Primera Guerra Mundial como si ella hubiera estado allí, de intentar que analicen críticamente los hechos históricos que les presenta, con su pintalabios rojo y sus ojos oscuros, los vestidos de aire retro que siempre dejan al descubierto sus pantorrillas…

Vale, Steve siempre intenta ser respetuoso con las personas que conoce y siempre se ha sentido un poco incómodo utilizándolas para sus, ejem. Fantasías. Cuando. Bueno. Eso. Como si estuviera quitándoles algo que no le han dado permiso para tener, o utilizándolas, o algo, no sabría explicarlo. Pero si va a ser del todo sincero, puede que la profesora Carter le haya venido a la cabeza un par de veces en momentos de los que no va a hablar con nadie. Nunca.

En ese momento, hablando de ella ante su sobrina, Steve desearía que se le tragara la tierra.

–Eh, porque sea mi tía ahora no tienes que decirme lo genial que es. Yo también me cabreo con ella cuando nos da demasiados deberes, y su clase es una de las más exigentes.

–Sí, lo es –conviene Steve, y se abstiene de añadir que también es en la que está aprendiendo más, porque antes ha hablado bien de la profesora Carter porque piensa bien de ella, no para hacerle la pelota a Sharon, pero ahora no va a creer que no es por eso si sigue haciéndolo. Es por ese tipo de cosas que a Steve le cuesta tanto relacionarse con otra gente, pero por suerte Sam vuelve a acudir a su rescate –Steve empieza a pensar que Sam es un ángel– para preguntarle si le apetece un batido, y todos terminan por ir a una cafetería a la que por lo visto les gusta ir después de la escuela.

Steve va en el coche con Sharon y Sam, y con él allí el ambiente es mucho más distendido. Steve espera de verdad que puedan ser amigos, porque aunque lo conoce de hace pocas horas le parece que es un buen tío de verdad, le cae bien de una forma instintiva. Va a intentar que sean amigos. Lo está intentando.

La tarde va sorprendentemente bien, y llega a casa a las siete sintiéndose bien con él mismo, lleno de un optimismo hacia ese nuevo curso que no ha sentido hasta el momento.

Ha estado hablando con un grupo de gente que parecen haberle aceptado entre ellos sin demasiados miramientos, y tiene la impresión de que le han estado incluyendo en algunos de los planes que han hecho. Casi no puede esperar a contárselo a su madre, que sabe que siempre se preocupa por él por lo solitario que es.

Cuando entra en casa, oye el sonido de la televisión, y encuentra a su madre echada en el sofá, durmiendo. Justo como había esperado.

–Mamá. Eh, mamá, estoy aquí –susurra, sacudiéndole un poco el hombro, pero su madre no da señas de despertarse, y a Steve le duele demasiado tener que interrumpir su descanso cuando sabe que lo necesita tantísimo para reponer fuerzas, así que se decide a dejarle una nota sobre la mesilla de café diciéndole que ha ido a por las pizzas y que pueden comerlas cuando vuelva mientras ven una peli.

Conduce de vuelta al centro hasta la pizzería, y una vez allí espera mientras se las preparan sentado en la barra, leyendo uno de sus cómics de X–Men. Pronto va a terminar con los que ha comprado, pero puede releerlos hasta que consiga algo más de dinero para unos cuantos más. No le importa demasiado. Una de las mejores cosas es fijarse en el detalle de los dibujos, el diseño de los personajes, los colores. Ha empezado a copiar algunas viñetas, solo para divertirse.

Antes de que se dé cuenta sus pizzas están listas, y está andando hacia donde tiene el coche aparcado, un par de calles más allá, con la cabeza perdida en las viñetas de X–Men, pensando en qué clase de historia le gustaría crear para ellos si fuera uno de los autores, cuando una voz le arranca de su ensimismamiento de golpe.

–¡Eh, tú, tú! ¡El nuevo! ¡Rogers!

No es una voz agradable. Es un grito agresivo, lleno de hostilidad, y Steve se tensa entero, calcula a qué distancia está su coche, mientras se da la vuelta, sintiendo el peso de las llaves en su bolsillo trasero.

Es ese chico de la escuela. Brock Rumlow. El que estaba echándose encima de Bucky a la hora del almuerzo. Todo el buen humor de Steve se evapora de golpe.

–Eh, Rogers, ven aquí, venga –le insta Rumlow, señalando con la cabeza el callejón tras él. Como si Steve fuera idiota. O su perro idiota.

–No, gracias –responde él, y siempre le maravilla lo tranquilo que suena cuando sabe que están a punto de partirle la cara. No quiere que las pizzas terminen en el suelo, ha pagado por ellas y ha comprado la que le gusta a su madre y quiere darle una sorpresa cuando llegue a casa. No van a estropearle eso. Las deposita con cuidado sobre el techo del coche que tiene al lado, y casi le decepciona que no suene la alarma. A lo mejor habría ahuyentado a Rumlow y los amigos que tenga tras él, porque conoce a ese tipo de chico que siempre se mueve en manada, que se cagaría de miedo en una pelea justa.

Nadie se ha metido demasiado con él desde que creció. Pero se pasó la infancia lidiando con matones como él. Por lo visto su físico les despertaba algún tipo de instinto primario que les decía que no podían dejar que un sub–humano como él, escuálido y bajo y miope, caminara por las calles tan tranquilo. Se le ha pasado lo de bajo y escuálido –lo de miope no, y agradece haberse puesto las lentes de contacto en lugar de las gafas porque la verdad es que ya le han roto las suficientes en su vida–, pero por lo visto aún pueden olerlo. Que no es como ellos. Que es diferente. Y que eso no les gusta.

–Venga ya, Rogers, no seas estirado, joder –replica Rumlow, se saca un paquete de tabaco del bolsillo de la chaqueta–. Fúmate un cigarrillo, ¿vale?

–No fumo.

–Eh, ¿qué pasa? ¿Eres demasiado bueno para mí, te crees eso? Joder, siendo el nuevo, podrías mostrar un poco de agradecimiento si alguien es amable contigo. La gente va a pensar que eres raro, nadie va a querer ir contigo como sigas así.

–Me da igual lo que la gente como tú piense de mí –dice Steve, y es verdad, siempre lo ha sido. Anhela conectar con otras personas, sentirse parte de un grupo, pertenecer a algún lugar, pero no a toda costa. Eso nunca.

–Vaya palo tienes metido en el culo, Rogers –replica Rumlow, y Steve sabe que va a decir algo cruel e hiriente solo por como pronuncia su nombre, con ese tono burlón que conoce bien, por cómo curva los labios hacia arriba con desprecio–. Te crees mejor que el resto, ¿eh? Pero en cambio sí te relacionas con Bucky Barnes…

–Bucky no es un capullo como tú –dice Steve, porque aunque lleva días cabreado con él no piensa dudar en defenderle.

Rumlow ríe como si hubiera dicho algo gracioso, pero le mira con un brillo afilado en los ojos.

–No pasa nada, los dos sabemos lo que le has visto a Bucky Barnes. No tienes pinta de marica, pero lo entiendo, ¿vale? El tío lo va pidiendo, y si alguien tiene que dárselo, bueno, un agujero es un agujero…

–¿Vas a decir más gilipolleces o has acabado? Lo digo porque se me enfría la pizza –responde Steve, pero no sabe a quién quiere engañar. Tiene los puños cerrados a los lados y duda de que vaya a marcharse de allí tan tranquilo. Aunque quizás Rumlow sí esté solo. Quizás solo quiera tocarle un poco los huevos, tantearle para ver si pica…

Si algo tiene claro Steve es que no va a empezar nada. No tiene interés en pelearse con nadie. Pero de golpe llegan dos chicos más que tiene vistos de la escuela, aunque Steve no conoce sus nombres, y aunque suele gustarle tener razón igual que a cualquier otra persona, esa vez no se siente muy satisfecho de haber acertado con su premonición.

–¿Eh, me estás llamando gilipollas, Rogers? –pregunta Rumlow, con una sonrisa de superioridad que Steve empieza a querer borrarle de la cara. No es que le guste la violencia, pero todo su cuerpo parece preparado para ella en ese momento, vibrando con la tensión, y cuando uno de los dos chicos va hacia él está preparado para esquivar el golpe que le dirige al hombro, un empujón más que otra cosa, pero antes de que pueda hacer mucho más se encuentra con que le están arrastrando al callejón, y antes de que pueda sacarse a sus atacantes de encima Rumlow le tiene doblado hacia adelante con un puñetazo en el estómago, intentando recuperar el aliento.

Rumlow le coge del pelo mientras sus amigos le sujetan por los brazos, y le echa la cabeza hacia atrás, tirando con fuerza de él, esquivando los golpes de pie que Steve intenta darle sin demasiado éxito.

–Que te quede claro: no te conviene mucho ir con Barnes por ahí.

Vuelve a pegarle en el estómago, una vez, dos, y una tercera entre las piernas. Steve siente una náusea recorrerle entero, un momento de agonía que cree que nunca va a pasar, y después está vomitando en el suelo. Siente que le están quitando la cartera del bolsillo trasero de los pantalones pero no puede moverse, aún no.

–Eso es solo para que te vayas enterando de cuánto nos gustan los maricas –le está diciendo Rumlow, aunque sus colegas ya han empezado a correr–. La próxima vez va a ser mucho peor, solo para que lo sepas…

Steve se pasa el dorso de la mano por los labios, y utiliza todas las fuerzas que le quedan dentro para levantar la cabeza.

–Te gusta oír tu propia voz, ¿eh?

–Qué listillo –murmura Rumlow, y el comentario le vale una última patada en las costillas.

Por lo mínimo, cuando consigue levantarse, encuentra su cartera en el suelo con todo intacto excepto el billete de diez que le había quedado y las pizzas siguen donde las ha dejado.

Bien, se dice a él mismo mientras conduce de vuelta a casa. Como mínimo es la primera vez que le pegan por hacerse amigo de quien no debía. Porque, si no lo eran ya, él y Bucky Barnes van a ser amigos.