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Journal of Applied Polymer Science

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Epílogo 2: Tecnología

Camus disfrutaba pasar el Año Nuevo con la familia de Milo. A diferencia de la celebración de la Epifanía repleta de familiares, discusiones y una larga lista de tradiciones ortodoxas, el Año Nuevo era una reunión tranquila, coronada con una deliciosa cena y un par de rituales que daban fin a los últimos minutos del año.

Al ser esa la quinta víspera de Año Nuevo que pasaba con los Kafantari, Camus conocía bien el protocolo: su suegra se encerraba en la cocina desde temprano en la mañana, mientras el resto de la familia se dedicaba a arreglar los pequeños desperfectos de la casa; en la tarde jugaban cartas o juegos de mesa y, una vez que el sol se ocultaba, cenaban con calma hasta que llegaba la hora de cambiar de año, partir el pastel e intercambiar los regalos.

Por supuesto que la festividad no fue siempre tan sencilla. El francés aún recordaba los incómodos silencios y los momentos en los que su suegra, abrumada, salía de la habitación para evitar decir algo inadecuado. Recordaba los suspiros del señor Kafantari cuando reconocía antes que nadie cuándo su mujer estaba a punto de hacer un gesto de desagrado y el modo en el que la sujetaba de la mano cuando las emociones parecían estar a punto de sobrecogerla.

Recordaba, también, los buenos momentos, como cuando su suegra le ofrecía la mejor porción del asado o la primera vez que le saludó con un beso en la mejilla. Se sentía especialmente orgulloso de cuando se enfrentó contra el invicto Saga en un juego de cartas. A los pocos minutos de la partida se percató de que el hombre estaba haciendo trampa y, después de recibir un par de indirectas, Saga aceptó su derrota. El resto de la familia le felicitó por su logro durante horas y el gemelo mayor se mostró satisfecho al percatarse de que Camus no tenía intenciones de delatarlo. Dicho sea de paso, Saga no volvió a hacer trampa; al menos no mientras Camus estuviese presente.

Gradualmente, los Kafantari aceptaron al francés como uno de ellos y, si bien aún no se acostumbraba a ciertas particularidades de sus familiares políticos, Camus se aseguró de ser tolerante y de aceptarlos con todas su manías. Aquello era especialmente fácil de hacer con Saga y el señor Kafantari, ya que ambos eran hombres sensatos y tranquilos.

Su suegra era un poco más difícil de tratar. A diferencia de su propia madre, cuya franqueza solía rayar la descortesía, la madre de Milo optaba por lanzar indirectas cada vez que se topaba con algo que la irritara.

—¿Estás seguro de que quieres otra rebanada de pastel? —solía preguntarle a su esposo, quien había comenzado a subir de peso desde su jubilación.

—Tu pescado sabe bien —le aseguraba a Milo—, pero yo lo habría marinado por una hora más.

—Claro que me gusta tu nuevo automóvil —le decía a Saga—. La hija de mi mejor amiga tiene uno así. Dice que es muy seguro y que tiene suficiente espacio para guardar todas las cosas de su bebé.

Camus solía ser el único que se libraba de sus ataques. Al principio era así porque no existía la suficiente confianza entre ellos y después porque, aparentemente, no tenía mucho que reclamarle al pelirrojo. Por el contrario, la señora disfrutaba ponerlo como ejemplo. A pesar de que a Camus le incomodaban las comparaciones, Milo se tomaba las cosas con tanto humor que acabó disfrutándolas e incluso alentándolas. Como esa noche en la que la mujer se acercó a él con una cajita de medicamentos y una arrugada hoja de papel.

—Disculpa que te moleste, Camus —dijo mientras se colocaba sus lentes para vista cansada e interrumpía su partida de cartas con Saga—. El doctor me mandó esta receta y en la farmacia me surtieron esta otra medicina. El farmaceuta dijo que era lo mismo, pero quería confirmarlo contigo.

Saga torció la boca y puso los ojos en blanco.

—Camus no es esa clase de doctor, mamá.

—Dices eso porque tú no tienes doctorado —aseguró ella con indignación—. No es mi culpa que ni siquiera puedas ayudarme a medir mi presión arterial.

Saga abrió ampliamente los ojos y entreabrió la boca para responder a los reclamos de su madre, mas optó por la sensatez y prefirió callar. Por supuesto, Camus aprovechó el silencio para leer la información de la receta y compararla con la del medicamento. El francés nunca había estudiado farmacología de un modo formal, pero su madre solía compartirle artículos que le parecían interesantes. Además, no se requería un doctorado en ciencias químicas para relacionar el nombre comercial de un medicamento con su nombre químico.

—El medicamento es el correcto, Mariam —respondió con su tono profesional, ese que utilizaba con sus alumnos de pregrado—. No debe causarte problemas si sigues adecuadamente las indicaciones de la receta.

La mujer le agradeció efusivamente y se retiró del salón, no sin antes lanzarle a Saga una cruenta mirada de 'te lo dije'. Saga, tan sabio como siempre, decidió dejar las cosas así, aunque mantuvo un adusto semblante por el resto de la tarde y hasta la hora de la cena. En definitiva, lidiar con la madre de Milo no era del todo fácil, pero con el tiempo Camus se fue acostumbrando a su carácter volátil, a sus palabras arteras y a sus inusuales e inesperados arrebatos de dulzura. Sin embargo, había un miembro más de la familia Kafantari que a Camus le era imposible tolerar: Kanon.

Afortunadamente, no tenía que lidiar mucho con él. El hombre seguía vagando por todo el mundo y era usual que no se apareciera en Grecia más de un par de veces al año. Tristemente, los pocos encuentros eran suficientes para desquiciar a Camus. Si bien podía lidiar con su despreocupada forma de ser y sus groseras conversaciones, lo que más le molestaba era el modo en el que Milo revoloteaba a su alrededor.

Camus se sentía sumamente estúpido por sentir celos de Kanon; sin embargo, no podía evitarlo cuando era el gemelo menor quien recibía toda la atención de su pareja. Como si no fuese suficiente, Kanon estaba consciente de lo mucho que su presencia irritaba al francés y hacía todo lo posible para fastidiarlo aún más.

—Ya terminé de descargar las fotografías que tomé en Moscú —dijo el año anterior, justo cuando Camus y Milo encontraron un momento para estar solos—. ¿Por qué no vienen a la sala y se las muestro?

Incómodo, Milo buscó una respuesta en el rostro de Camus y, a pesar de que este se moría de ganas de mandar al diablo a Kanon, sabía bien que el hombre no tardaría mucho en irse de Grecia y que lo mejor sería que Milo disfrutara a su hermano. De cualquier forma, el gemelo no les dio oportunidad de responder, ya que casi inmediatamente colocó su brazo alrededor de los hombros de Milo y lo guio de regreso a la estancia.

Camus temía que ese año fuera como todos los anteriores, pero tuvo la suerte de que ocurriera algo sin precedentes: su suegra permitió que Milo cocinara el platillo principal de la cena. Debido a eso, su pareja pasó toda la mañana y la tarde encerrado en la cocina a lado de su madre, mientras que Kanon tuvo que contentarse con participar en los juegos de azar.

—Este juego es estúpido —aseguró, mientras lanzaba su juego de cartas sobre la mesa de centro.

—Dices eso porque no has ganado ni una partida —murmuró Saga—. Para ser alguien que pasa sus noches en lugares de mala muerte repletos de asesinos y borrachos, eres un pésimo jugador de póquer.

—¡Oye! Yo no digo nada de tus amigos —le señaló acusadoramente con el dedo índice—, y eso que son un montón de pelagatos. Además, mis amigos no son asesinos.

—¿Camus? —gruñó el señor Kafantari mientras los gemelos comenzaban una de sus muchas discusiones—. ¿Por qué no ganas de una vez la partida para que podamos hacer otra cosa?

—¿Hay algún juego que no desencadene una pelea entre esos dos?

Su suegro miró a sus hijos por unos segundos y suspiró nuevamente.

—Ruleta rusa —murmuró con tono inusualmente amenazador.

Afortunadamente para todos, ese fue el momento en el que la señora Kafantari anunció que la cena estaba lista. La familia se sentó frente a la mesa y, después de dar gracias por un año más de bendiciones, se regodearon con el festín ante ellos. El estofado que Milo preparó estaba delicioso. Tenía que estarlo porque lo practicó por tres fines de semana antes del gran día. Siendo sinceros, Camus ya estaba más que harto del platillo, mas la expresión de Milo cuando su madre dijo que la carne estaba en su punto valía todo un año de estofados. Terminaron de comer y, acompañados de varias tazas de café, esperaron la llegada del Año Nuevo.

—¿Al final qué decidieron hacer con la lavadora que descompusieron? —les preguntó su suegra a la par que disolvía tres terrones de azúcar en su café.

—No la descompusimos —aclaró Milo—. Esa cosa se movía tanto que un día iba a tumbar el resto del departamento.

Camus dio un sorbo a su propia bebida para disimular su sonrisa.

—El técnico la revisó y dijo que no valía la pena repararla —explicó—. Logramos venderla como chatarra y decidimos comprar un centro de lavado.

La señora Kafantari frunció el ceño.

—Es mejor tender la ropa al sol. Se percude menos.

—Quizá —Milo se alzó de hombros—, pero es más práctico y ahora tenemos más espacio en el patio. Pensaba comprar unas macetas y sembrar plantas aromáticas.

La mujer negó varias veces con la cabeza y lanzó a su hijo un notorio gesto de desaprobación.

—Si ya tienen más espacio deberían aprovecharlo mejor. ¿Por qué no adoptan un perrito?

Milo y Camus se miraron entre sí con extrañeza. Tiempo atrás contemplaron tener una mascota. No obstante, Milo salía de trabajar alrededor las siete de la noche y Camus daba clases nocturnas tres días a la semana. Eso les daba poco tiempo para cuidar a un animal, sobre todo a uno tan dependiente como un perro.

—No creo que sea una buena idea, mamá.

—¿Por qué no? —preguntó ligeramente indignada—. A este paso, es lo más cerca que estaré de ser abuela. Tus hermanos son unos solteros empedernidos y, por más que lo intenten, te garantizo que ustedes dos nunca van a procrear.

El señor Kafantari comenzó a masajear sus sienes con su mano derecha y Saga optó por disimular su frustración con un sorbo especialmente largo a su taza de café. Kanon, sentado frente a Camus, abrió ampliamente los ojos para luego desviar su mirada hacia el suelo. El francés no estaba seguro de qué hubo en la expresión de su cuñado que le hizo sospechar que había algo más detrás de su reacción. Quizá fue su agitada respiración o el intenso color rojo que cubrió la punta de sus orejas; sin embargo, al momento en el que sus miradas se cruzaron, hubo un súbito entendimiento, sorpresivo e inusual, que obligó a ambos a bajar el rostro y fingir sumo interés en la vajilla.

Gracias al cielo no tuvieron que esperar demasiado para que diesen las doce de la noche. Camus logró distraerse con la repartición del pastel, ese año fue él quien encontró la moneda de la suerte en su rebanada, y con el intercambio de regalos. La velada fue todo un éxito y la familia se retiró a la cama poco después de la una de la madrugada.

Milo decidió tomar una ducha antes de ir a la cama y, cuando Camus se encaminó por su cuenta a la alcoba de su pareja, no se sorprendió al descubrir a Kanon frente a la puerta.

—Por favor no le digas a Milo —el tono de Kanon era suplicante y Camus saboreó con gusto la desesperación de su cuñado.

—No estoy seguro de a qué te refieres —a pesar que se moría de ganas de verle sufrir, decidió darle una oportunidad de escape. Sin embargo, el hombre optó por no aprovecharla.

—Hace tres meses conocí a una mujer en Rumania —explicó con voz baja—. Pasó lo que tenía que pasar y me contactó hace dos semanas para decirme que estaba embarazada. No quiere hacerse responsable del bebé, pero dijo que si yo estaba dispuesto a hacerlo, podía cedérmelo una vez que naciera —calló por unos segundos—. Le dije que sí. Que sí quería al niño.

Camus pensaba que de los tres Kafantari, Kanon era el menos indicado para ser padre. No obstante, la resolución estaba firme en su mirada y suponía que si el hombre había tomado una decisión tan importante era porque estaba seguro de que eso era lo que quería.

—Ni siquiera Saga lo sabe —confesó—. Quiero esperar un mes más, estar seguro de que todo esté en orden con el embarazo.

Kanon debió descifrar la desaprobación en el rostro de Camus, ya que siguió hablando.

—También necesito tiempo para organizarme y buscar trabajo en Atenas.

Camus no se había sorprendido mucho al saber que Kanon había embarazado una extranjera. Lo que sí le pareció inesperado fue escuchar sus planes de asentarse.

—¿Te quedarás en Grecia?

—No puedo cuidar de un bebé si me la paso viajando de un lugar a otro —admitió avergonzado—. Además, quiero que crezca cerca de su familia.

Camus exhaló largamente y pensó seriamente en su respuesta. Odiaba mentirle a Milo, mas comprendía por qué Kanon quería ser cauteloso con la situación. Sospechaba que él haría algo semejante de estar en su posición.

—Un mes —acató—. Te daré un mes para decirle a todos. Después de eso te delataré con Milo y te aseguro que será imposible que él mantenga el secreto.

Aquella respuesta fue suficiente para Kanon, quien asintió y dio un par de palmadas en la espalda del francés.

—Gracias, tío Camus —bromeó y siguió su camino por el pasillo que le llevaría hasta la alcoba que compartía con Saga.

Una vez solo, Camus se tomó unos segundos para asimilar las nuevas noticias. Dentro de unos meses sería tío de un bodoque con la sangre de Kanon y, con suerte, tanto Milo como él serían parte importante de su vida. Se sentía tan nervioso y emocionado que se metió a la cama inmediatamente, apagó las luces y rezó porque su novio estuviese demasiado cansado para dar pie a una conversación nocturna en la que, de seguro, se pondría en evidencia.

Cuando la puerta se abrió y Milo caminó con pasos torpes hacia la cama, Camus fingió que dormía. Su actuación no debía ser tan mala como sus padres creían, puesto que Milo ni siquiera se molestó en desearle las buenas noches, sino que le besó en la mejilla y se acurrucó a su lado.

Apaciguado por el rítmico respirar de su pareja, Camus cayó dormido pocos minutos después.

Al día siguiente, la pareja se despertó a las ocho de la mañana. El resto de la casa seguía inmersa en un profundo sueño y desayunaron con sigilo con la esperanza de que nadie interrumpiera sus planes. Si bien le habían explicado a la familia que querían pasar la primera mañana del año en pareja, los Kafantari no dudarían en interrumpir su cita romántica por el simple afán de hacerlo. Gracias a que tuvieron la precaución de preparar todo lo necesario un día antes, lograron pasar desapercibidos.

La mañana era fresca y a Camus le pesó un poco haberse vestido con su único juego de bermudas. Milo fue más sensato y optó por unos jeans y una desgastada camisa de franela a medio abotonar. Caminaron cuesta abajo por las sinuosas calles del pueblo de Plaka —tan angostas que no permitían el acceso a los automóviles—, y disfrutaron al encontrarse con las calles turísticas totalmente vacías. El silencio de la mañana era interrumpido únicamente por el maullar de los gatos callejeros, y en todo el trayecto solo se encontraron con un par de hombres que alistaban su cafetería para los visitantes que se atrevieran a llegar en esa inusual época del año.

Al ser Plaka un pueblo de menos de cinco mil habitantes, era uno de esos lugares que cumplían el dicho de 'pueblo chico, infierno grande'. Camus nunca olvidaría sus primeras visitas: el despectivo trato que recibía de los vecinos y sus mal disimulados cuchicheos. A pesar de que aquellas personas no tenían problemas en recibir dinero del turismo LGBTQ+, permitir que uno de ellos formase parte de su comunidad era un asunto totalmente diferente. Sin embargo, la situación no podía mantenerse por mucho tiempo y después del escándalo del hijo menor de los Kafantari, surgieron muchos otros. Poco a poco, la actitud de los locales cambió de hostilidad a indiferencia y, luego, a aceptación. Ahora ya no tenía problemas en vagabundear por las empinadas calles ni en intercambiar vanas conversaciones con los vecinos y familiares de Milo. Lo único que aún le irritaba era el constante modo en el que los isleños corregían su pronunciación o comentaban el buen partido que serían sus hijas si es que algún día perdía interés en eso de la homosexualidad.

Gracias al cielo ese día ni siquiera tendría que preocuparse por eso, ya que el pueblo permanecía dormido después de las festividades del día anterior. Fue de esa forma que la pareja llegó hasta la base de la colina de Plaka sin tener que intercambiar más que un par de saludos con los locales.

Al ser día festivo, no podían confiar en el transporte público y fue necesario rentar un automóvil para llegar a su destino. Tuvieron suerte de que el único local de renta de autos del pueblo estuviese abierto y no tardaron mucho en tomar la ruta que les llevaría hacia el norte, hacia la playa de Firopotamos.

A esas alturas del partido, Camus ya había visitado una docena de playas en la isla, pero por mucho tiempo evitaron la bahía que asentaba a un pequeñísimo pueblo pesquero. Decidieron visitarla ese día porque era casi seguro que la encontrarían abandonada y, después de haber pasado cinco días con la familia de Milo, lo más que querían era un momento de privacidad.

A pesar de que la carretera era angosta y descuidada, no tardaron más de quince minutos en llegar hasta la costa. Estacionaron el automóvil a un costado de la avenida y tras descargar del portaequipaje, comenzaron su descenso por la colina que les daría entrada al mar. Tal y como esperaban, no había una sola persona a la vista y la arena estaba desprovista de sombrillas, camastros y vendedores ambulantes. La soledad le sentaba bien a la playa que, con sus aguas calmas y cristalinas, acunaba un pequeño grupo de casitas blancas con salida al mar. Hacia el este se alzaba una humilde iglesia de color blanco y encaramadas en un peñasco embebido en el mar, se encontraban las ruinas de un viejo edificio cuya función original debió haber sido olvidada dos generaciones atrás.

La arena era gruesa y, ya desde lejos, Camus percibió que el fondo del mar estaba cubierto con piedras curvas y anchas. Era claro que Firopotamos distaba de ser un lugar popular debido a la aspereza y estrechez de su playa; sin embargo, su quietud y sencillez la separaban de cualquier otro lugar que hubiese visitado.

—Mis hermanos y yo pasamos muchos días en este lugar —explicó Milo, mientras dejaba bajo la sombra de un árbol la bolsa que cargaba—. Cuando mi madre estaba enferma o tenía que salir del pueblo, mi padre nos dejaba todo el día en esta playa. La mina en donde trabajaba está a pocos metros de aquí, y nos botaba al iniciar su turno y pasaba por nosotros al terminarlo. Los pescadores cuidaban que no hiciéramos cosas demasiado estúpidas y nos dejaban comer con ellos.

—Suena divertido.

Milo bufó y extendió un par de toallas en la arena.

—¡Era aburridísimo! No hay nada que hacer por aquí y las escondidillas y los juegos de piratas dejan de ser divertidos después de la sexta hora.

—Jamás creí que un niño pudiera aburrirse del mar— admitió Camus.

—A mi hermano y a mí nos cuesta trabajo apreciar la naturaleza. Hasta Kanon se hastiaba de mirar el mismo paisaje por tanto tiempo.

Camus asintió y perdió su mirada en el mar por varios segundos.

—Aunque esta playa no sea muy divertida, considero que es la más bella en la que he estado.

Milo resopló burlonamente y se alzó de hombros.

—De haber sabido, te habría traído antes. Solo estamos aquí porque sabía que estaría prácticamente abandonada.

Como si apenas entonces recordara el por qué habían salido de Plaka en un principio, el francés sonrió y viró el rostro para darle a su pareja un suave beso en los labios.

—¿Y qué pretendes hacer ahora que estamos solos? —preguntó con voz ronca y expectante.

Milo respondió arqueando la ceja izquierda e impulsándose hacia él, de modo que ambos quedaron recostados sobre una de las toallas de playa. Después de dar un rápido vistazo a su alrededor —seguramente para cerciorarse de que no hubiesen espectadores—, el griego se sentó a horcajadas sobre Camus y unió nuevamente sus labios en un beso mucho más profundo que el anterior. El mayor se asió a él con firmeza y le despojó de su camisa con una agilidad solamente conseguida por medio de la práctica constante. El griego no tardó mucho en dejarle en las mismas condiciones y, recostados uno sobre el otro, iniciaron un ardoroso vaivén de besos y caricias.

Camus jamás creyó algún día aburrirse del cálido contacto de la boca de Milo, ni de sus hábiles manos recorriendo cada resquicio de su cuerpo. Tampoco pensó que el paso del tiempo atizaría mucho más su deseo. Quizá lo que sentía podía explicarse por medio de la neuroquímica o quizá se debía a la satisfacción que conllevaba haber sobrepasado tantos obstáculos juntos. Tal vez, pensó cuando Milo entrelazó sus piernas entre las suyas, su etapa de enamoramiento seguía corriendo y por eso cada instante le parecía tan precioso y único.

Posiblemente todo se debía a algo mucho más sencillo, algo más burdo e instintivo como el modo en el que la lengua de Milo se desplazaba por su cuello hasta el lóbulo de su oreja, o los agudos jadeos que este emitía cada vez que Camus rozaba la firme piel de su abdomen. La respuesta parecía sumamente lejana cuando, de golpe, una fuerte ráfaga de viento sopló desde el mar, provocando escalofríos en Milo y obligándole a separarse momentáneamente de Camus.

La nueva posición le dio al pelirrojo una nueva teoría: pudiera ser que el influjo, la sed, fuese causada por los ojos de Milo, tan cristalinos y azules como el mar que se extendía ante ellos. O su sonrisa que, pretenciosa y altanera, se grababa firmemente en la mente de Camus.

El francés extendió su mano derecha, acunando con ella la mejilla del griego, y aceptó que nunca dejaría de hallar motivos para enamorarse aún más de él. Reconoció que no necesitaba razones, sino que le bastaba con tenerlo cerca por el resto de su vida. Súbitamente, todo adquirió un nuevo sentido y, como era de esperarse, Camus decidió tomar una decisión basada en su nuevo conocimiento.

—Cásate conmigo.

Demasiado tarde se percató de que su propuesta fue emitida como una orden a la que Milo reaccionó abriendo ampliamente los ojos y entreabriendo la boca. Permaneció en esa posición por casi un minuto hasta que, poco a poco, sus ojos reflejaron su respuesta con un distintivo brillo de felicidad. Sus enrojecidos labios pasaron de asombro a una pícara sonrisa y, cuando inclinó el rostro para besar la frente de Camus, este reconoció un cúmulo de lágrimas en sus largas y oscuras pestañas.

—Señor, sí, señor —susurró con voz entrecortada antes de dejar caer todo su peso sobre Camus y abrazarle con fuerza.

Dentro de unas horas Camus advertiría que aquel nuevo camino estaría repleto de preparativos, decisiones y preocupaciones, que habría que trazar una larga lista de pendientes y que tendrían que ahorrar por meses para alcanzar su nueva meta. No obstante, en esos momentos le bastaba con tener el cálido cuerpo de su amante a su lado.

Después de todo, tras años de estudios y decenas de horas sin dormir, lo único que necesitaba para atisbar la comprensión del universo era experimentarlo por cuenta propia y, sin duda, no existía un universo tan puro e infinito como el amor que sentía hacia Milo.