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Journal of Applied Polymer Science

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Epílogo 1: Ciencia

Milo y Camus llegaron a París la noche del veintitrés de diciembre. Aquella sería su segunda Navidad juntos y la primera que pasarían con los padres del francés. Camus no podía esperar más tiempo para mostrarle a Milo sus puntos favoritos de la ciudad y compartir con él pequeños recuerdos grabados en las angulosas calles de la capital francesa. De igual forma, le entusiasmaba que sus padres conocieran a su pareja. Desde su disertación de doctorado, Camus se había integrado poco a poco en la familia de Milo y sentía la necesidad de ofrecerle a este la misma oportunidad. A pesar de que sus padres no eran cálidos o especialmente atentos, quería que Milo los conociera a fondo y para eso era indispensable que formase parte de los Carlier, aunque fuese por unos cuantos días. Confiaba en que sus padres le recibirían con bien y que Milo aprovecharía su carisma y encanto natural para obtener su aprobación.

Su entusiasmo se redobló por el hecho de que estuvo a punto de no visitar a sus padres ese año. Entre el trabajo de la universidad, la búsqueda de departamento y la mudanza, los jóvenes solo se atrevieron a comprar los boletos de avión cinco días antes de su partida. Debido a las festividades los precios fueron exorbitantes, pero Milo estaba decidido a conocer París y a sus suegros, y no dudó un minuto en utilizar un mes de su salario para pagar por el viaje.

El plan de Camus era tomar un taxi desde el aeropuerto; sin embargo, no tardaron en descubrir que caía una torrencial lluvia que haría imposible atravesar la ciudad. Afortunadamente, debido al poco tiempo de planeación (o al hecho de que varias de sus cosas aún esperaban ser desempacadas), los hombres viajaban ligeros de equipaje y se atrevieron a viajar en tren. Camus hubiera preferido que Milo conociera la ciudad de noche, mas no tenía intenciones de pasar dos horas de su vida atrapado en el tránsito. Por este medio el trayecto era bastante directo y llegarían a una estación a tan solo una calle de su destino.

Todavía diluviaba cuando salieron de la estación y, por más que trataron de cubrirse con sus paraguas, el viento y los charcos les hicieron terminar empapados de la cintura para abajo. Previsor como siempre, Camus tenía lista la llave de la entrada principal del edificio donde vivían sus padres y no les tomó más de diez segundos poder refugiarse en su angosto y oscuro vestíbulo. Gracias a que no había vecinos a la vista, la pareja aprovechó el descanso para sacudir sus cabellos y exprimir, en la medida de lo posible, sus ropas. La calefacción poco hacía para templar el agua helada que les cubría y, tan pronto las gotas dejaron de escurrir por su cabeza, Camus tomó ambas maletas y comenzó a rodarlas por el pasillo.

—Ven. Si no nos secamos pronto, pescaremos un resfriado —Milo le siguió de cerca, mas paró en seco cuando se enfrentó a las escaleras que tendrían que subir para llegar al segundo piso—. ¿Pasa algo malo?

Milo parpadeó varias veces y miró a su alrededor como si buscase algo. Al no encontrarlo, tornó nuevamente su atención hacia el mayor.

—No hay elevador —aseguró con tanta firmeza como si el otro no lo supiera.

—No, no hay. Es un edificio viejo. Ven. Me estoy congelando.

El griego sonrió y, finalmente, comenzó a subir las escaleras.

—Admito que no es lo que esperaba.

Camus frunció el ceño a sabiendas de que no quería saber a qué se refería su pareja.

—¿Y qué esperabas?

—Una mansión, o un pent-house con fuente y todo.

—Ves demasiadas películas —murmuró—. Mis padres tienen buenos salarios, pero el costo de vida en París es casi el doble que el de Atenas, sobre todo en cuestiones de bienes raíces. Aunque este sea un edificio viejo, los interiores son amplios y tiene una excelente ubicación.

Milo dejó escapar una queda risilla y se alzó de hombros.

—Debí imaginarlo. Ustedes tres deben ser igual de maniáticos —Camus gruñó—, y con maniáticos me refiero a prácticos e inteligentes.

Cuando llegaron al piso indicado, Camus le guio hacia última puerta de la derecha y la abrió con su juego de llaves. A pesar de que la luz de la estancia estaba encendida, no había nadie a la vista. Después de quitarse varias capas de su ropa de invierno, el francés llamó dos veces a su madre, quien salió con poca prisa de la alcoba principal. Hacía poco más de un año que no la veía en persona y al menos seis meses desde su última videollamada, por lo que no tardó en observar los cambios en la mujer. Afortunadamente, uno de ellos era que había subido de peso. Camus solía recordarla como una mujer sumamente delgada, de anguloso rostro y pómulos hundidos y le dio gusto ver que ya cargaba con un peso normal para su edad. No obstante, lo que más llamó su atención fue que había cambiado su cabello castaño por un intenso cobrizo. El drástico cambio de tono acentuaba sus ojos aguamarina, los cuales seguían pareciéndole tan calculadores e impasibles como siempre.

—Buenas noches —saludó, mientras caminaba hacia ellos—. Llegaron antes de lo que esperaba.

La mujer posó sus manos sobre los hombros de Camus y le saludó con dos besos en ambas mejillas, aprovechando la cercanía para disculparse nuevamente por no haber asistido a su titulación. Una vez que se separaron, su madre extendió su mano derecha hacia Milo, quien la estrechó gustoso.

—Bienvenido, Milo. Me da gusto que hayas podido venir. Llámame Katya.

—Gracias a ustedes por recibirme.

La mujer asintió y miró a los hombres de pies a cabeza.

—Están empapados. Dense una ducha con agua caliente y prepárense para la cena. ¿Qué quieres comer, Milo?

—Lo que sea que tengan.

Katya arrugó la nariz con desagrado.

—Les pediré una pizza —decretó—. Hay un buen lugar a una calle de aquí. No les tomará mucho tiempo entregarla. Camus, indícale en dónde está tu alcoba para que dejen sus maletas.

—¿Y mi padre?

—La ciudad está hecha un caos por la lluvia y quedó atrapado en el tránsito. Llamó para avisar que llegaría tarde.

—¿Fue a trabajar?

La mujer respondió alzándose de hombros antes de sacar su teléfono celular del bolsillo de su holgado suéter.

A sabiendas de que no obtendría más información de su madre, Camus tomó la mano de Milo y lo condujo hacia su alcoba. Dejaron las cosas tumbadas en un rincón de la habitación y, mientras Camus abría su armario para elegir un cambio de ropa, Milo comenzó a curiosear.

—Esto sí es lo que esperaba —dictaminó después de medio minuto—. Los estantes llenos de libros, el escritorio frente a la ventana y la televisión montada en la pared.

—Francamente, Milo, eso que describiste suena bastante genérico.

El aludido hizo un mohín y se sentó en la desnuda cama individual.

—¿Prefieres que diga 'obcecadamente ordenado e inquietantemente minimalista'?

—No es minimalista —aseguró—. Y quítate de la cama, la estás mojando.

Milo accedió al instante solo para sentarse en la silla giratoria frente a su escritorio.

—Vives frente a un parque. ¿Crees que pueda ir a correr mañana?

—Dudo que quieras hacerlo. No es un parque, es el cementerio Montparnasse.

Incrédulo, Milo observó con más atención y tan solo reaccionó hasta que identificó los perfiles de las tumbas.

—¿Vives frente a un cementerio?

—Y a dos calles de las catacumbas de la ciudad.

Milo arqueó la ceja izquierda y sonrió sardónicamente.

—¿A esto te referías con buena ubicación? Con razón le tienes miedo a las casas embrujadas.

Camus suspiró y le pidió a Milo que preparara sus cosas para ducharse. Gracias al cielo, el griego decidió obedecerle y entró al tocador dejando solo al francés, quien aprovechó la oportunidad para preparar la ropa de cama. Milo salió de la ducha minutos después y Camus tomó su lugar en la regadera. Al terminar, regresó a su alcoba y se encontró con Milo examinando atentamente uno de sus libreros.

—¿Ves algo que te interese?

Milo le miró de reojo y negó con la cabeza.

—Todo está en francés. ¿Sabes? Deberías enseñarme. Después de todo, yo te enseñé griego.

—Estrictamente hablando, yo ya sabía algo de griego.

—Sí: hola, adiós y gracias.

—Peor es nada —rio para sí y abrazó fuertemente a Milo.

—Gracias por haberme invitado, Camus. Estoy feliz de estar en donde viviste por tanto tiempo. Me hace sentir más cerca de ti.

Camus pensó en la primera vez que visitó el departamento de Milo, en la pila de películas de acción en su sala y en el hábil modo con el que desplazaba por su cocina. Pensó después en la enorme botella de miel de abeja en su alacena y en la decena de productos para el cabello en el piso de su regadera. Todos esos detalles eran parte de Milo; amó conocer cada uno de ellos y le hacía sumamente feliz pensar que el griego experimentaba algo semejante al estar en su vieja habitación.

—Me has convertido en parte de tu familia, Milo. La mía es mucho más pequeña y callada, pero quiero que sepas que tú también formas parte de ella.

Con la mano derecha acunó la mejilla del griego y lentamente lo acercó para darle un beso en los labios.

—¡Camus, Milo! ¡La pizza ya está aquí!

La sonora voz de Katya arruinó la romántica atmósfera y la pareja tuvo que separarse para ir a cenar. Se dirigieron a la cocina, donde la madre de Camus colocaba tres platos desechables sobre la mesa del desayunador y en torno a dos cajas de pizza.

—Hay agua y jugo en el refrigerador —indicó antes de darle una enorme mordida a una rebanada de pizza Margarita—. Sírvanse lo que gusten.

—¿No esperaremos al señor Carlier? —preguntó Milo, mientras Camus llenaba dos vasos con agua fría.

—Albert llegará tarde —recordó sin ocultar su molestia por tener que repetir lo que había dicho media hora atrás—. No tiene sentido que lo esperemos.

Aunque Milo no pareció satisfecho con la respuesta de la mujer, decidió reservar sus comentarios y se sentó a un lado de Camus. Los jóvenes tenían más hambre de lo que creían y en menos de veinte minutos se terminaron una pizza entera. Camus extendió su mano para tomar una nueva rebanada cuando se escuchó el seguro de la puerta principal. Segundos después su padre entró a la cocina tan empapado como cuando ellos habían llegado.

—Buenas noches —saludó, mientras caminaba con torpeza hacia Katya y le daba un rápido beso en la boca—. Lamento haber llegado tan tarde —alzó su rostro hacia la pareja y ofreció su mano al griego—. Tú debes ser Milo. Es un gusto conocerte.

Los jóvenes se pusieron de pie y saludaron apropiadamente al recién llegado. El padre de Camus era robusto y alto, con un tono de cabello idéntico al de su hijo y un par de anteojos que cubrían sus ojos verdes. El hombre era un poco más expresivo que su esposa y minutos más tarde, ya seco y con un cambio de ropa, el incómodo silencio cedió ante una trivial pero agradable charla sobre el clima.

Una vez que todos terminaron de comer, el padre de Camus se encargó de tirar los platos y las cajas de pizza en el bote de basura. En cuanto la mesa del desayunador quedó limpia, Katya habló nuevamente.

—¿Qué les gustaría cenar mañana?

—Lo que ustedes gusten —respondió Milo al momento—. No quisiera abusar de su hospitalidad rompiendo alguna de sus tradiciones.

La madre de Camus frunció levemente el ceño, sacó una vez más su celular del bolsillo y comenzó a leer los nombres de sus contactos.

—Chino, pollo frito, sushi… Probablemente también vaya a estar abierto el restaurante vegano.

—¿Qué tal ese nuevo lugar? —preguntó Albert—. ¿El de comida tailandesa?

La mujer contempló la opción por unos segundos y viró su atención hacia Milo.

—¿Qué opinas, Milo? ¿Te gusta la comida tailandesa?

Muy lentamente, Camus tornó sus ojos hacia su pareja, quien, con los ojos desorbitados y la boca entreabierta, parecía como un pez fuera del agua.

Los hombres decidieron pasar Navidad en Francia debido a que en Grecia era más relevante el Año Nuevo y viceversa. Sin embargo, la pequeña reunión familiar de Milo (con todo y sus películas de Schwarzenegger) resultaría ser una gran fiesta a comparación del modo en el que los padres de Camus pasaban la Navidad: con comida a domicilio y una sobremesa de poco más de treinta minutos antes de irse a la cama. La madre de Milo cocinaba todos los días y siempre se lucía en las festividades. Sin duda alguna el cerebro del rubio había tenido un corto circuito al imaginarse una Navidad familiar sin comida casera. Al ver a su novio tan aturdido, Camus decidió acudir a su rescate.

—Quizá Milo nos pueda preparar algo. De esa forma no sentirá tanta nostalgia.

Los padres de Camus mostraron inmediatamente su desaprobación.

—¿Cómo vamos a pedirle a nuestro invitado que cocine? —preguntó Albert sumamente indignado.

Milo se puso de pie y golpeó la mesa con la palma de sus manos.

—¡No me molestaría! —se sonrojó al darse cuenta de su exagerada reacción y carraspeó dos veces antes de sentarse nuevamente—. Quiero decir, no tiene que ser algo sofisticado. ¿Les gusta la comida griega?

—Será complicado hacer las compras en víspera de Navidad —comentó la mujer para sí—. Lo mejor será que vayan a un supermercado en los suburbios.

Camus concordó al momento, pero su padre seguía sin convencerse.

—¿Realmente lo estás considerando, Katya?

La mujer parpadeó lentamente y se alzó de hombros.

—Me gusta la comida griega.

La sencilla oración tajó por completo el asunto. Albert y Katya se levantaron del comedor y les desearon las buenas noches a los jóvenes. De esa forma, y con la promesa de una víspera de Navidad muy atareada, la cansada pareja se retiró a dormir.


Milo y Camus despertaron tan pronto salió el sol. Aun adormilados, se prepararon para un nuevo día y se dirigieron a la cocina. Milo preparó unos sencillos huevos revueltos y, al terminar, se sentó junto con Camus en el desayunador. Pasaron varios minutos en cómodo silencio y, cuando se levantaron para recoger la mesa, Katya entró a la cocina con una enorme bolsa de papel marrón.

—Buenos días, muchachos. Me alegra que se hayan despertado temprano —dejó la bolsa en el mostrador de la cocina—. ¿Ya desayunaron? ¿Sin pan? —chasqueó la boca—. Tienes que probarlo antes de que se enfríe, Milo. Si regresas a París será más por el pan que por Camus.

El griego sonrió y de la bolsa tomó un apetitoso pan circular de corteza crujiente.

—¿Es por eso que cambió Rusia por Francia? —preguntó antes de morder el pan.

Katya, desconcertada, observó a Milo con incredulidad.

—Admito que fue parte de los beneficios —aseguró finalmente—. ¿Camus? —le entregó una pequeña hoja de papel—. No pensaba ir de compras antes de Navidad, pero ya que ustedes irán, compren esto también. No te olvides de actualizar el inventario de la alacena cuando regreses. Si puedes, pasa por un pastel de tu lugar favorito. Deposité dinero en tu cuenta de ahorros para que no tengas problemas. Lo mejor será que lleves el automóvil de tu padre, es el que tiene más gasolina; solo recárgalo si es que llegas a un cuarto del tanque. No olviden llevar ropa impermeable; aunque ahora no llueve, estoy segura de que pronto comenzará a briznar.

Camus asintió mientras revisaba la lista y repitió mentalmente cada uno de los consejos de su madre.

—¿Ya despertó tu padre?

—Me parece que no.

La mujer rodó los ojos y suspiró sonoramente.

—Será mejor que lo despierte. No quiero que pase sus pocos días libres en cama.

Katya salió de la cocina, y Milo y Camus se dedicaron a lavar los pocos platos que utilizaron.

—Tu mamá es genial —aseguró el rubio mientras acomodaba la sartén en el escurridor —Camus había escuchado muchos adjetivos hacia su madre, pero nunca esperó que alguien la catalogara como 'genial'—. Está tan loquita como tú.

Si bien Camus habría querido decir que ellos no estaban locos, la verdad era que sí estaban un poco dementes.

—Somos gente complicada.

—Tiene su encanto. Es admirable que sean tan organizados. Además, yo tenía razón —canturreó—. Eres un niño consentido.

—Solo un poco —admitió abochornado.

Al terminar de limpiar, se dirigieron al supermercado para comprar todo lo que Milo necesitaría para la cena. Debido a que Katya remarcó su disfrute hacia la comida griega, decidió preparar yemista, un sencillo plato de verduras rellenas de arroz y carne. Consiguieron rápidamente lo que necesitaban y aprovecharon para pasar a la pastelería por una tarta de manzana. Una vez llegaron al departamento, Milo empezó a cocinar mientras Camus se dedicaba a admirarlo. No tardó en notar que, a pesar de que sus padres les dejaron solos la mayor parte del tiempo, el griego se encontraba inquieto y no respondía a sus clandestinas caricias y besos con su usual entusiasmo. No obstante, aquello no detuvo al francés, quien se regodeó con los irritados mohines de su pareja.

Sospechaba que esa sería una de las mejores Navidades de su vida.


—Creí que odiabas a la gente que fotografiaba su comida.

Camus arrugó la nariz y guardó rápidamente el celular con el que acababa de fotografiar la bella charola de yemista y los pequeños platitos de aperitivos que la rodeaban. En efecto, aborrecía que la gente perdiera su valioso tiempo presumiendo banalidades en sus redes sociales y jamás pensó que algún día él pecaría de lo mismo. No obstante, los intensos rojos, verdes y amarillos de la cena parecían irradiar calor desde el centro de la mesa del comedor. Las verduras, húmedas y suaves, parecían estar a punto de desbordar de sabor y el delicioso aroma en el aire provocó que Camus salivara. Decidió que era una pena que semejante maravilla fuese tan efímera y le tomó una fotografía para así conservar la imagen para la posteridad.

—Pensé que a tu madre le gustaría ver lo que preparaste —arguyó, intentando enmascarar su bochorno.

—¿Para qué? ¿Para que le encuentre mil y un errores? Los pimientos quedaron demasiado suaves, se desmoronarán con el primer bocado, y las berenjenas están demasiado pequeñas. No creí que se encogerían tanto con la cocción. También debí hacer más relleno sin carne. ¿Crees que…?

Camus interrumpió a Milo con un suave beso en la mejilla.

—Tranquilo. Están perfectas. Estoy seguro que les encantarán.

Milo balbuceó algo incomprensible (seguramente una maldición) y fue a indicarle a sus suegros que la cena estaba lista.

Pocos minutos después, los cuatro se sentaron frente a la mesa y, a excepción del cocinero, todos probaron los distintos platillos ofrecidos. Fue solo cuando Albert murmuró que era la mejor yemista que había probado en toda su vida y que Katya asintió en silencio que Milo exhaló con alivio y comenzó a servirse a sí mismo.

Todo estaba delicioso y el vino blanco que el mismo Camus había elegido acentuaba todavía más los sabores. No recordaba haber disfrutado tanto de una comida acompañado de sus padres y sonrió con satisfacción al reconocer una suave sonrisa en la boca de su madre cuando esta terminó de comer.

Cuando todos estuvieron listos para el postre, Albert le sirvió una generosa rebanada de tarta a cada quien, mas no llegó a darle una probada cuando su esposa se limpió la boca con una servilleta y dirigió su atención hacia el griego.

—¿Sabes, Milo? Cuando Camus nos dijo que tenía intenciones de estudiar su doctorado en Atenas, tanto Albert como yo hicimos lo posible para desalentarlo —extrañado por el inesperado comentario, el griego tragó saliva y miró de reojo a su novio—. ¿Sabías que aplicó a muchas otras universidades?

Milo asintió.

—Sí. También sé que todas lo admitieron.

—¿Sabías que una de ellas fue la Universidad Técnica de Múnich?

El padre de Camus carraspeó y se removió con incomodidad sobre su silla.

—Ahora no, Katya.

La mujer lo ignoró.

—Hay pocas universidades en Europa con tan buen departamento de materiales. Es líder en innovación y en convenios con otros institutos. Fue sumamente frustrante que Camus desperdiciara semejante oportunidad, sobre todo cuando no sabíamos si eligió Atenas por convicción propia o simplemente porque quería oponerse a nosotros —calló por unos segundos y sus ojos se entrecerraron lentamente—. Sin embargo, ahora comprendo que examinamos la situación desde un ángulo equivocado. Camus no pensaba únicamente en su futuro académico, sino también en su calidad de vida.

El aludido bajó la mirada. En retrospectiva, el principal motivo por el cual decidió asistir a la Universidad de Atenas fue por querer llevarle la contraria a sus padres. Aquello se confirmaba cuando recordaba sus primeros cuatro años en la ciudad, cuando no sabía hacer otra cosa que no fuera enfocarse en sus estudios. Sería injusto decir que se mudó a Atenas para mejorar su calidad de vida cuando Milo fue el único capaz de detonar el cambio.

—A mi parecer, Camus no estaría tan satisfecho consigo mismo de no haberse mudado a Atenas. Has sido una buena influencia en su vida, Milo —tornó los ojos hacia su hijo—. Sé que no somos el mejor ejemplo, pero es importante saber que la vida no es solo trabajo. Hay muchas otras cosas por las cuales vivir.

Incluso con su mirada gacha, Camus sentía la intensa mirada su madre. Escuchar de su boca frases sobre la vida y la felicidad le abochornaba tanto como le conmovía.

—Agradezco tus palabras, Katya —aseguró Milo—. No sé si la decisión de Camus fue la mejor para él. Sin embargo, estoy feliz de que haya elegido un camino que se interceptara con el mío.

Katya clavó su tenedor en su trozo de tarta y sonrió de medio lado.

—Espero que sigas cuidando de mi hijo. Tal vez puedas convencerlo de dejar a un lado la vida académica. Pasar el resto de sus días en una universidad no le hará bien.

—Mamá… —amenazó Camus.

La mujer rio secamente y le dio un pequeño bocado a su postre.

—Bueno —dijo con la boca llena—. Tenías razón con lo de Atenas. Quizá lo de la academia no sea tan mala idea después de todo.

—Lo que tu madre quiere decir, Camus —interrumpió su padre—, es que, aunque no siempre canalicemos nuestras preocupaciones adecuadamente, queremos lo mejor para ti. No importa qué camino elijas. Mientras seas feliz, nosotros te apoyaremos al cien por ciento —hizo una breve pausa—. A menos de que quieras ser actor, por supuesto.

Katya asintió.

—Nunca te hagas actor, Camus. Serías terrible.

Camus parpadeó varias veces y repasó en su mente las palabras de sus padres. Le tomó varios segundos reaccionar e, incluso cuando lo hizo, lo único que salió de su boca fue un torpe balbuceo.

—¿Qué? ¿Actor? ¿Por qué? ¿De dónde sacaron eso?

—Cuando eras pequeño hicimos una lista de las peores profesiones que podías elegir y creamos un plan de contingencia para cada una de ellas —explicó Albert—. Después de descartar las actividades ilegales, el número uno era la actuación. Desde siempre has sido muy rígido y nervioso para eso.

—¿Cuál era la segunda peor profesión? —preguntó Milo con más entusiasmo del que debía.

—Bailarín —tajó Katya y el griego lanzó una aguda carcajada.

Camus suspiró y comenzó a comerse su tarta de manzana. Entretanto sus padres enumeraban la lista de trabajos en los que apestaría, el joven pensó que su Navidad no sería tan perfecta después de todo.


La cena y la vergonzosa sobremesa terminaron poco antes de las ocho de la noche. A pesar de que habían tenido un día tan largo, Camus no podía esperar para mostrarle a Milo la ciudad y tomaron el metro hacia el centro de la ciudad. Ahí caminaron por el Jardín de las Tullerías hasta llegar a la Plaza de la Concordia, donde Milo no pareció especialmente entusiasmado hasta que Camus le explicó que el enorme obelisco ubicado en el centro de la plaza provenía del templo de Luxor, en Egipto. Después de tomar las fotografías pertinentes, siguieron su camino por la ribera del Sena, que les otorgó una lejana pero bella vista del Palacio de Los Inválidos, donde descansa el cuerpo de Napoleón Bonaparte. Finalmente, llegaron al Palacio de Chaillot, con su enorme fuente y su espectacular vista a la Torre Eiffel.

Planeaban seguir su camino hacia la torre cuando comenzó a caer una débil brizna que bajó varios grados la temperatura. A pesar de que iban bien abrigados, los jóvenes contemplaron regresar a casa antes de lo planeado y, con el fin de protegerse aunque fuese un poco de las gotas de lluvia, se resguardaron bajo las copas de los árboles que decoraban la ribera. Se recargaron sobre la húmeda barda a un costado del río y permanecieron en silencio a la vez que veían pasar los iluminados barcos turísticos y el rojizo perfil de la torre.

En cierto momento debieron dar las diez de la noche, puesto que miles de lucecitas blancas comenzaron a titilar en toda la superficie de la torre, dando la impresión de que estuviese hecha de fino cristal cortado.

—¡Mira! —exclamó Milo—. ¡¿Qué pasó?! ¿Qué hace?

Camus sonrió y entrelazó su mano enguantada con la de Milo.

—Es el espectáculo de luces. Ocurre cada hora desde que se oculta el sol.

El griego susurró una expresión de sorpresa y recargó su cabeza en el hombro del francés.

—Muchas gracias por haberme traído aquí, Camus. Gracias por permitirme formar parte de tu familia.

—¿Cómo no hacerlo? Tú hiciste lo mismo por mí.

Milo canturreó una tonada y le besó en la mejilla.

—Te amo, Camus. Feliz Navidad.

El francés no pudo contener el brinco de su corazón, abrazó a Milo con fuerza y le pidió a todos los astros que pudiera pasar el resto de las Navidades a su lado. Algo entorpecido por las varias capas de ropa que llevaba, acunó el rostro del menor entre sus manos y le dio un tierno beso en los labios.

—Feliz Navidad, Milo.