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The way you pierce me so deeply

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Debiste saberlo por la mirada en mis ojos...

... que había algo que no encajaba.

 

(X)

 

 

La noche era helada, turbulenta y desolada. Y ésta, parecía, de alguna forma, ser el fiel reflejo de lo que escondía en el interior de Shouto.

Y tal vez era debido a esto, que el joven había decidido esconderse en las infinidades tormentosas que encerraban las paredes desnudas de su habitación.

Porque el ya se había resignado, que ese invierno de su último año de la Academia Yuuei, sería helado y solitario.

Y podría ser por esto, que él ya había logrado aceptar aquella susodicha soledad y perpetua quietud que reinaba en su casa, la cual había logrado alcanzar tales niveles como para plagar su interior. Helando incluso su propio corazón. Porque, después de todo, ¿qué opción le quedaba?

Él ya había terminado por resignarse acerca de un montón de cosas que, el sencillo acto de desprenderse de algo, resultaba un poco más tolerable. Llevadero incluso.

No obstante, él —esa persona que se negaba a dejar su mente sin importar lo mucho que tratara—, era un tema del que no podía escapar.

Shouto había cavado su propia tumba, después de todo. Él ya sabía de antemano, lo trágico que resultaba un amor correspondido (y más cuando este iba dirigido a su mejor amigo). Pero, incluso en aquella noche fría e inquieta, él no podía lograr repudiarlo en su totalidad, lejos de sus pensamientos.

Y casi como sí el universo conspirara de alguna forma en su contra, sucedió. Para su sorpresa —o tal vez para su gran desgracia—, él apareció frente a su puerta. Justo como sí con su mero pensamiento, hubiera sido suficiente para invocarle en presencia.

El joven se quedó parado, escuchando las miles de veces que llamaban a su puerta, incapaz de descifrar qué debía hacer a continuación.

Su mente parecía estar en blanco, congelada por esa vuelta de tuerca que le ofrecía el destino.

Y no fue hasta que esa voz que tanto conocía y añoraba, llamó su nombre con tono desesperado, que él fue capaz de reaccionar.

Trotando hasta el recibidor, se dispuso a abrir la puerta, dejando al descubierto aquella fría noche del invierno y, junto a esta, una figura baja y con el pelo revuelto y cubierto de copos diminutos de nieve, desperdigados en lo oscuro de sus cabellos.

El nuevo joven pareció contento de verle, sonriéndole con mejillas sonrosadas y la nariz tan roja como un tomate a causa del frío que le envolvía.

—Hay algo que quiero probar —fue lo primero que dijo Midoriya antes de que él tuviera oportunidad alguna de preguntarle por qué se encontraba allí a altas horas de la noche y en plena ventisca.

Shouto se dedicó entonces a observar en silencio a su amigo cómo sí no entendiera muy bien qué figuraba él y su visita dentro de esa oración.

Midoriya sólo ensanchó la sonrisa, sabiendo muy bien en curso de los pensamientos de su amigo y añadió:

—Y espero que tú te me unas.

Acto seguido, él visualizó cómo su amigo le enseñaba una bolsa de plástico mientras mantenía esa sonrisa entre alegre y esperanzado, para después adentrarse en la tranquila y casi desolada casa de los Todoroki. Sin esperar siquiera aceptación alguna por parte de su amigo para unirse a lo que fuera que trajera entre manos.

Dentro, toda calma pareció flaquear entonces con la llegada de él.

Era como sí, con su mera presencia, Midoriya le devolviera la vitalidad a aquella edificación hueca. Le devolviera el calor y la comodidad.

Shouto siempre se sorprendía con eso; considerando que aquel era, técnicamente, el recinto de el señor del fuego y la combustión, Endeavor. Aunque, por alguna ironía de la vida, la mansión de los Todoroki era todo menos calidez. O al menos, hasta que el joven pecoso se asomaba.

Por eso, cada vez que su amigo le visitaba, él se dedicaba a observarle en silencio mientras el otro se encargaba de, poco a poco, devolverle esa acogedora energía que le hacía falta a su hogar.

Midoriya, resuelto, se dedicó a descalzarse los zapatos y colgar el abrigo en el perchero, junto al de él. Cualquiera que lo viera, pensaría que el joven pertenecería dentro a ese lugar, cuando, en realidad, él sólo acababa de llegar.

Shouto se encontró absorto en la imagen de aquel joven haciéndose sentir, por cuenta propia, como en casa. Listo para poner en marcha el plan que rondaba por su mente.

Pero, tampoco era como si él tuviera cómo negarse. Desde hacía un buen tiempo, se había dado cuenta que, al recibir esa sonrisa por parte de su amigo, le resultaba una acción en vano el negarse a cualquiera de sus peticiones. Justo como si aquel ademán fuera suficiente para borrar todo rastro de firmeza de su carácter.

Y, sin importar qué tan descabelladas resultaran sus ideas, él siempre se encontraba a sí mismo siendo arrastrado al paso frenético de Midoriya.

La mera idea lograba desencadenar una extraña sensación en su pecho. Y crear un espeso nudo en su garganta.

Aunque a él no parecía molestarle lo suficiente cómo para hacer algo al respecto. Después de todo, estar con Midoriya era todo lo que quería. A pesar de todo inconveniente que eso pudiera generar.

Al cerrar la puerta, y dejar fuera cualquier vestigio de una noche nevada, Shouto se volvió a su amigo. Él había dejado ya la bolsa de plástico sobre la mesa de la sala para frotarse las manos tratando de apaciguar el frío que había recibido del exterior.

—Hombre, afuera está todo cubierto de nieve —le informó aún tratando de producir algo de calor en sus heladas manos. Pero falló a grandes creces—. Ha sido un alivio el que hayas abierto. Un minuto más y estoy seguro que me hubiera congelado.

Shouto se encontró a sí mismo sonriendo a medias. Midoriya nunca había soportado muy bien las bajas temperaturas. Desde que le conocía, él había mostrado esa tendencia friolenta que no se iba sin importar cuántas capas de ropa usara.

Y él, en un principio, no había podido evitar fastidiarle por ello. Diciendo que resultaba irónico que el joven de cabellos oscuros andara con él, cuando una de sus mitades se encargaba de producir hielo. Pero, Midoriya, simplemente había dicho que era distinto, ya que de él nunca obtuvo nada más que calidez.

Shouto, al escuchar eso, se atragantó con sus palabras. Y con sus recién descubiertos sentimientos. Aquello había sido, sin duda alguna, unos de los detonantes de aquél amor no correspondido.

Y, tal vez porque su cabeza estaba hecha un verdadero lío y su sensatez había sido envuelta por una bruma de cariño ciego, él se encontró a sí mismo pensando que el joven de ojos verdes lucía adorable mientras se contoneaba de un lado a otro, tratando de generar algo de calor en su cuerpo. Él, preso de un impulso, se acercó al inquieto joven y cubrió con su mano izquierda a sus helados dedos.

Midoriya se limitó a parpadear, perplejo por el súbito contacto y por la delicadeza del mismo.

—Permíteme —pidió. Y cuándo recibió un asentimiento de consentimiento, él hizo acopio de suficiente poder para que su quirk de calor tuviera efecto.

En seguida, una cálida oleada envolvió a las temblorosas manos de Midoriya; quién recibió el calor que le proporcionaba su amigo con los brazos abiertos, agradecido por el gesto.

La sensación pronto reptó desde sus ahora tibias manos hasta el brazo, para, poco después, distribuirse al resto de su cuerpo.

Era cómo estar frente a una fogata, envuelto en la manta más cómoda y cálida del mundo, observó complacido. Resultando casi tan acogedor como estar en los brazos de un amante. Y lo más sorprendente de aquello recaía en el hecho que, dicha sensación, había sido producto del mero roce de sus dedos.

Midoriya simplemente se dejó llevar por la acogedora oleada, casi derritiéndose y sucumbiendo a esa calidez que su amigo ahora le ofrecía.

Y para él, aquello resultó como si acabara de tocar el cielo con las manos.

Sin embargo, Shouto no se sintió tan dichoso como su contraparte.

Su boca parecía haberse secado al vislumbrar la expresión de agradecimiento y de genuino goce que estaba estampada en el rostro pecoso del joven.

Su corazón se sacudió en su pecho, en parte emocionado y, en parte, apesadumbrado. Estaba algo contento de ser la razón de su disfrute y deleite, pero también miserable de que no pudiera hacerlo sentir lo mismo —o incluso mucho más— de la forma que él quería.

Su corazón y alma eran esclavos de esa añoranza y necesidad que, en momentos, resultaban de lo más innaguantables. Pero sin importar lo mucho que le costara respirar con facilidad a causa de esa presión en su pecho, él se negaba a forzar algo en Midoriya.

Shouto siempre había procurado ser gentil con él. Cariñoso. Aunque, velando en todo momento que el cariño que brindaba se apegara a lo estrictamente necesario para así evitar ahuyentarle.

Pero, él estaba seguro que, si su amigo tenía oportunidad alguna de echar un vistazo en lo que residía en su interior, terminaría por asustarle. Por ello, Shouto, con estricta mesura, debía empujar hasta un rincón apartado de su alma cada uno de sus deseos y sueños. Porque él se negaba a ser el culpable de algo que pudiera incomodar de sobremanera al el joven de los ojos como esmeraldas.

Incluso cuando su alma se sacudía en agonía al tenerle así de cerca, pero a la vez tan lejos. Con la capacidad de tocarle, pero aún así, sin poder transmitirle a razón de caricias, lo que realmente se moría por decirle.

Era frustrante, por supuesto. Pero Shouto nunca haría nada para lastimar a aquella persona tan especial para él. Incluso estaría dispuesto en recibir el más severo de los castigos por parte de los cielos, antes de ser capaz de herirle de alguna forma.

Aunque, puestos bajo juicio, él se merecía cualquier clase de castigo divino. Debía de considerarse alguna clase de pecado que él pensara que cada acción inocente que realizara Midoriya, pudiera tener algún significado oculto. Porque él lo hacía, aunque sin poder evitarlo. Era presa de ese vaivén perpetuo de emociones agridulces; y, sí él tuviera que confesar, se declararía culpable de albergar y cultivar esperanzas por su cuenta.

Algo debe de estar realmente mal conmigo por pensar en ti de esta manera, se dijo con el corazón en una mano. Y con el ánimo por los suelos.

Pero aún, si me pusieran a elegir, te seleccionaría nuevamente. Incluso cuando cada fibra de mi cuerpo sufre a consecuencia. Incluso cuando cada célula que compone mi ser muere por hacértelo saber, conociendo de antemano que no puedo.

Ni, mucho menos, debo.

Shouto, observando una vez más esa reconfortante sonrisa que ahora le dedicaban, sintió que tal vez, por pensar aquello, los cielos ya le estaban castigando. Ejecutando el más cruel y vil de los castigos para un alma atormentada: el ser condenado a sufrir en silencio —durante Dios sabría cuánto tiempo— por su amor no correspondido.

Pero aún así, en contra de toda lógica y todo pronóstico, te elegiría mil veces.