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Sweet Kisses

Sekizan Takuya, era un joven capaz de intimidar a quien fuese con aquella mirada de fuego, con su actitud fría y ruda, o con solo el estruendoso sonido de su fuerte voz. A pesar de estar aún en primero de preparatoria, por donde quiera que se le viera era ya todo un hombre. Pero a la vez, poseía una pureza e inocencia que no hacían juego con el tamaño de su cuerpo, o lo duro de su semblante. Se trataba de un muchacho noble y bondadoso, quien podía sonreír abiertamente y llorar sin reprimirse, quien adoraba las flores de cerezo, los colores claros y los deliciosos postres.
Sin embargo, todo aquello no se hacía notar la mayoría del tiempo, cualquiera que lo observara, siempre iba a mirar al alto, fornido y rudo jovencito de primero, que recién hacía unos meses se había unido al equipo de rugby de la escuela. Pero había una persona, que en tan poco tiempo, había logrado llegar a conocerlo de verdad. Se trataba de su compañero de equipo Hachioji Mutsumi, quien fuese responsable de haberlo hecho unirse al equipo debido a su insistencia. Había sido una ardua tarea para Mutsumi, pero al final había valido la pena.
En un principio, la atracción de Mutsumi hacia Sekizan, había sido meramente deportiva. Su contextura era la ideal para lograr moldearlo y convertirlo en un excelente jugador de rugby. Lo que el regordete jovencito no había previsto, había sido que en poco tiempo, Takuya lograría cautivarlo de una manera totalmente diferente. Debido a que era inexperto, y que los integrantes de cursos superiores, no se tomaban el equipo en serio, Mutsumi se dedicó a ser su entrenador personal, por tanto pasaban muchísimo tiempo juntos, y poco a poco, el joven pelirrojo se fue abriendo más y más, mostrándose como realmente era.
A las semanas de haber comenzado en el equipo, el par no solo se veía para entrenar o estudiar sobre el deporte, sino que también regresaban juntos a casa, y de vez en cuando iban a comer o a algún otro sitio si se les antojaba, por lo que en poco tiempo, se desarrolló entre ellos un lazo de amistad y confianza muy fuerte. Sin embargo, mientras más lo conocía, más cautivado se sentía Mutsumi por aquella juvenil belleza e inocencia. Takuya era muy correcto, muy educado y respetuoso, y en ocasiones, también era muy infantil, lo cual solo hizo que el gusanito del cariño hiciera su nido dentro del corazón de Mutsumi.
A los pocos meses de conocerlo, pero habiendo compartido tanto juntos, Mutsumi sabía que había caído totalmente enamorado de él. Pero eso dio paso a un problema muy grande para él: ¿cómo ganar el corazón de Sekizan? ¿Tendría alguna oportunidad con él? A partir de ese momento, procuró por todos los medios agradarle a Sekizan, le acompañaba a sus lugares favoritos, cuando se reunían en sus casas, hacían lo que él elegía, si un domingo por la mañana le llamaba porque se le había ocurrido que quería entrenar, asistía gustoso a su llamado; y en fin, realizaba cualquier actividad que pudiese brindarle felicidad al pelirrojo.
Pero había una faceta de Sekizan, que Mutsumi no conocía aún en ese entonces. Y la forma en la que se percató de aquel detalle, sería algo que nunca olvidaría. Resultó ser que uno de tantos días, camino a su casa decidieron que aprovecharían para ir a comer hamburguesas, pero camino al restaurante pasaron frente a una dulcería estilo japonés, en donde se exhibían deliciosas golosinas que resultaba, eran las favoritas del pelirrojo. Por lo que no pudo evitar parar en seco a observar por la vitrina aquellas exquisiteces.
— ¿Te gustan los dulces, Sekizan?
— ¡¿Eh?! No… — En ese entonces, al joven aún le avergonzaba un poco admitir que le gustaban las cosas dulces, ya que arruinaban su “look de chico rudo”, por lo que con un pronunciado sonrojo lo negó rotundamente.
— Está bien, ¡a mí me gustan mucho también! ¿Qué tal si aprovechamos para comprar algunos? — Sin darle tiempo a que contestara, Mutsumi le tomó de la mano, halándolo para entrar al local. Estando allí, le interrogó a profundidad sobre cuáles eran los dulces que más le gustaban y a su vez compartió sus propios gustos. Al final, no sólo terminaron comprando una buena cantidad de distintas variedades, sino que Sekizan había descubierto que no era algo de lo que debía avergonzarse.
Al salir de la tienda, se dirigieron al parque para comer lo que habían recién adquirido, hablaban animadamente y reían juntos mientras degustaban aquellos deliciosos dulces. Mas luego pasó algo que dejó helado a Mutsumi. El joven tenía residuos de crema en la comisura de sus labios, y no se había dado cuenta, continuaba hablando divertido, pero en determinado momento, su interlocutor dejó de escucharlo, para ponerle total atención a aquel resto de crema en su rostro. Probablemente fue la euforia del momento, o el exceso de azúcar en su sistema, Sekizan no lo supo, pero en un impulso se acercó al más bajo, posó una de sus manos en su mejilla izquierda, y procedió a lamer el lado derecho del regordete rostro, pasando su lengua tanto por su mejilla como por sobre sus labios, limpiando todo rastro de dulce.
Todo pasó tan rápido que Mutsumi no tuvo tiempo de reaccionar, y por su parte Sekizan, cuando cayó en cuenta de lo que había hecho, se quedó observando petrificado al contrario, quien también lo miraba con sus ojos muy abiertos, sin llegar a creer lo que había pasado. El rostro de Sekizan se tiñó de un rojo intenso, el cual competía con el color de su cabello.
— Yo… eh… Mutsumi…. No sé qué…. — Balbuceaba al tiempo que se alejaba del rostro contrario, sumamente avergonzado y deseando que la tierra se lo tragara en ese momento. Ya desde algún tiempo, Sekizan había descubierto que estaba enamorado de su compañero, y por ello disfrutaba tanto de su compañía, pero no tenía pensado decírselo jamás, por respeto a él. Sin embargo, en aquel momento, perdió totalmente el control sobre su cuerpo, ante tan apetitosa imagen.
El pelirrojo continuaba tratando de explicar su comportamiento, mas fue callado rápidamente, esta vez, fue el turno de Mutsumi para sorprenderlo. El joven de cabello negro, recorrió la distancia que Sekizan se había alejado de él, tomando el cuello de su camisa con ambas manos para halarlo y acercarlo. Sin que el pelirrojo tuviese tiempo para detenerlo, Mutsumi unió sus labios con los del contrario.
Sekizan no sabía qué estaba pasando, pero no podía decir que le desagradaba. Por lo que se dejó llevar, a pesar de la sorpresa y la pena que sentía. Aquel torpe contacto de labios, sin llegar a abrir sus bocas y únicamente deslizando sus lenguas de cuando en cuando de manera que podían lamer los labios contrarios; hacía que el pelirrojo sintiera unas agradables cosquillas en su estómago. Los labios de Mutsumi eran suaves, y su beso era dulce, pero Sekizan sospechó que nada tenían que ver las golosinas que recién habían comido.
— ¡Dulce! — Exclamó Hachioji al separarse, sonriéndole radiantemente.
Ese, fue solo el primero de muchos otros besos que iban a compartir; mas sin embargo aquel sería el que guardarían con más cariño, puesto que fue así como Mutsumi aprendió que no tenía que esforzarse tanto por agradarle a Sekizan, ya que sólo siendo él mismo ya había logrado hacerse un espacio en su corazón. Y por su parte, Sekizan comprendió, que había cosas mucho más dulces y deliciosas que las golosinas, Mutsumi por ejemplo.

~Fin~