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Left My Heart

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Arte por: Sherant


Left my heart

Dejé mi corazón

en San Francisco,

en lo alto de la colina.

 

 

Lunes 2 de febrero, 2004.

-¿Harry Potter?

Harry parpadeó. Una mujer de cabello corto y oscuro y que tenía un vaso de papel de Starbucks en la mano, lo estaba mirando atentamente sobre su tabla sujetapapeles.

Pestañeó otra vez, sacudiéndose el vértigo que sentía y asintió con la cabeza.

-En nombre de "Servicios de Trasladores Virginia", le doy la bienvenida a Nueva York. El control de pasaportes está más adelante en el vestíbulo de su derecha. Necesitará llenar estos –le pasó varias hojas pequeñas de papel –formularios y tener su varita y equipaje listos para una revisión del agente de aduanas. ¿Continúa hacia…?

-Mm… San Francisco.

Ella asintió. –Sólo siga los letreros hacia las salidas una vez que haya sido revisado por la aduana –le sonrió radiante antes de voltear hacia otro lado y ponerse a estudiar su tabla sujetapapeles otra vez.

Harry respiró profundamente en un esfuerzo por calmar su estómago revuelto. Nunca le había agradado viajar por traslador, y aún la sola idea de un viaje trasatlántico había sido atemorizante. No había tenido mucho tiempo para pensar en ello.

Empezó a bajar por el corredor en la dirección que la mujer había indicado, con una mochila colgando de uno de sus hombros. El aire lo golpeó en su mejilla, y estuvo sorprendido de poder sentir aún la humedad del beso que Hermione le había dado ahí, sólo un minuto antes.

Por supuesto que hacía apenas tres horas que había estado sentado en su escritorio, con el estómago placenteramente lleno de tikka masala de aquel pequeño pero fantástico lugar hindú de Farringdon, al otro lado de la esquina de las oficinas del Ministerio. Había sido un buen lunes hasta ese punto, y había estado contemplando la idea de salir con un grupo de amigos esa tarde, a dar el visto bueno a un nuevo bar. Su bandeja de entrada estaba ya vacía, y sentía que tenía todo bajo control… una gran manera de comenzar la semana. Entonces, se enteró de que tenía que salir inmediatamente a un viaje de medio mundo de distancia, para buscar a alguien que lo más probable era que no deseaba ser encontrado, y menos que nadie, por Harry Potter.

No había ningún bolígrafo disponible en diez metros a la redonda del quiosco de pasaportes, así que tuvo que pedirle prestado el suyo a una bruja de aspecto gruñón. Ella rondó cerca de él mientras llenaba sus formularios, estrechando sus ojos cuando Harry manejó torpemente su pasaporte casi sin uso, en busca del número del mismo. La mujer frunció el ceño cuando finalmente consiguió devolverle su bolígrafo mascullando un "gracias".

La fila para la revisión del pasaporte era piadosamente rápida. El oficial de inmigración lo miró con los ojos entrecerrados por un momento antes de rayar por todo su vacío pasaporte; Harry no había estado nunca antes en los Estados Unidos. –Declare el propósito y la duración de su visita –dijo el oficial. La palabra "propósito" había sonado como "popó-cito" a través del lento acento del hombre.

-Negocios, para el Ministerio de Magia del Reino Unido. Permaneceré aquí por algunas semanas –contestó Harry pasando saliva, esperando no sonar nervioso. O como un terrorista.

-¿Tiene boleto de regreso?

Rebuscó torpemente entre sus bolsillos antes de mostrar el pedazo de pergamino que demostraba que ya había pagado su viaje de ida.

El oficial lo examinó, y entonces selló todos los papeles y se los devolvió a Harry. –Bienvenido a los Estados Unidos. Por favor, disfrute su visita. ¡El que sigue!

-Gracias –sintiéndose extrañamente torpe, Harry juntó sus pertenencias y se dirigió hacia la Aduana, donde una mujer enorme, vestida con un uniforme varias tallas más chico, le extendió su mano en espera de su formulario sellado. Y cuando se lo solicitó, abrió su mochila y sacó su varita. La mujer hizo un hechizo de registro con ella después de que la inspeccionó. Él trató de no lucir incómodo cuando la agente se la regresó.

-Bienvenido a Nueva York –dijo ella, señalando hacia la salida detrás suyo. Harry le brindó una sonrisa apretada antes de continuar.

La terminal de trasladores del Aeropuerto JFK era un lugar lleno de vida en esa mañana de lunes, lleno de brujas, hechiceros y niños de todas las edades, vestidos con extrañas combinaciones de ropa Muggle y túnicas de un estilo que Harry no había visto nunca. Muchas personas habían hechizado su equipaje para que flotara detrás de ellos, y el aire estaba lleno de convoyes de maletas ondeando tras sus dueños como obedientes mascotas. Dos grandes baúles chocaron entre sí en medio del pasillo por donde Harry caminaba, derramando sus contenidos por todos lados. Una ruidosa discusión estalló entre los dos dueños de las maletas, pero Harry no se detuvo a escuchar.

Continuó caminando a través del ancho corredor, pasando tiendas de regalos que vendían camisetas y tazas con la leyenda "Amo Nueva York"; así como al menos tres cafeterías Starbucks y un bar de tema deportivo con monitores de televisión transmitiendo juegos de quodpot ocurridos por todo el país, así como también algunos partidos de quidditch. Harry se paró un momento para observar las puntuaciones alrededor del mundo.

Un niño rogaba a su madre por dulces enfrente de una tienda, mientras otro zumbaba en círculos montado en una pequeña escoba, cerca de ellos. La exasperada madre perdió la paciencia justo cuando Harry pasó. –¡Justin, no me hagas ir por ti! –siseó ella, en un tono que hizo respingar instintivamente a Harry. –Voy a zurrar tu trasero si tus pies vuelven tan siquiera a dejar el suelo antes que lleguemos con tu abuela.

El chico de la escoba regresó a tierra, desilusionado. Harry articuló en silencio la palabra "zurrar" varias veces, tratando de adaptar su lengua al acento.

Continuó caminando, dejando pronto muy atrás a la pequeña familia. Unos viajeros de negocios se congregaban alrededor de un puesto de revistas revisando periódicos de todas las esquinas del mundo mágico. Unos niños reían y comían helado. Unos amigos recién encontrados chillaron cuando se vieron los unos a los otros. Unos enamorados se despedían a besos.

Harry tuvo que mirar sobre todo eso para encontrar la sala de espera número dieciocho para salidas. Justo al traspasar la puerta, le facilitó su boleto y su pasaporte a un hombre anciano que estaba detrás de un mostrador. –Potter, destino: San Francisco –dijo el hombre, pulsando sus dedos sobre un teclado oculto. Echó un vistazo al monitor, y Harry vio el reflejo de las letras verdes sobre fondo negro de la pantalla pasada de moda, en los anteojos del hombre. –Su traslador será activado en quince minutos, señor Potter. Tome asiento en el área de espera y nosotros lo llamaremos cuando sea la hora.

Harry eligió un asiento junto a una ventana, la cual le permitía una vista exterior al la terminal internacional del JFK. Aeroplanos transportando pasajeros; llevando a sus destinos a los Muggles, ignorantes todos ellos del hecho que ahí había un modo de trasporte mucho más rápido. Se imaginó que esa terminal de trasladores estaba protegida contra la vista de los Muggles; la que estaba en Heathrow parecía ser una terminal de carga para cualquiera que no la estuviera buscando. Un gran avión con letras árabes en la cola pasó por la ventana, y Harry se preguntó como serían por dentro. Nunca había estado en un aeroplano. De hecho, sólo había estado fuera de Gran Bretaña pocas veces.

Alejó su vista de la ventana para mirar a una mujer de mediana edad que le sonreía, y tenía una copia del Wizarding Times pulcramente doblada en su regazo. Una fotografía de Howard Dean estaba moviendo una mano enérgicamente desde la página principal.

-¿Adónde se dirige hoy? –preguntó ella.

Harry contuvo un gemido. Realmente no se sentía con ganas de hablar con nadie en ese momento. –San Francisco –contestó, y añadió por cortesía: -¿Y usted?

-Voy a casa, a Los Ángeles –dijo ella. -Usted es de Inglaterra. ¿No? Lo puedo deducir por su acento. Yo he estado en Londres, pero fue hace años. ¿Sigue estado neblinoso todo el tiempo?

-Mmm… -empezó Harry.

-Yo nací y crecí en California. ¡Y creo que perdería un tornillo si pasara una semana sin sol! Bueno, estoy segura que usted se sentirá como en casa en San Francisco. Neblina todo el tiempo, igual que en su hogar. ¿Va a visitar a alguien?

Harry apretó los dientes, deseando poder pensar en una excusa para sentarse en otro lado. –No, estoy aquí por negocios.

-Ah. ¿Qué tipo de negocios?

-Sólo negocios. Nada tremendamente importante –sonrió débilmente ante el recuerdo del Director Bass y el Ministro de Magia irrumpiendo en su oficina aquella tarde para pedirle, personalmente, que aceptara esa misión.

-Oh, estoy segura que usted está siendo modesto. Mi hijo viaja todo el tiempo, y siempre dice…

Fue extraordinariamente fácil no prestarle atención a la mujer mientras aparentaba que sí lo hacía. No había pasado todos aquellos años en clases de Historia de la Magia para nada. Lo que Harry realmente quería era un momento para detenerse y pensar, algo que no había tenido oportunidad de hacer desde que Hermione y él se habían aparecido en Heathrow esa tarde (que se había convertido en mañana) apenas hacía media hora.

-Bueno… No vayas a hacer nada estúpido –le había dicho ella, acomodándole el cuello de la camisa. –Dudo que él quiera ser encontrado.

-Sigo sin entender porque soy yo el que tiene que ir –se había quejado Harry, quitándose de encima las manos de ella cuando su maternalismo se volvió irritante. –Ya no soy un auror. ¿Y qué les hace pensar a Fallin y a Bass que yo puedo tener oportunidad de convencerlo para que vuelva? No he hablado con Malfoy en años.

Hermione había suspirado entonces, y se estiró para besarlo en la mejilla. –Me he preguntado lo mismo, para ser honesta. Quizá es porque Malfoy te conoce. Si es realmente un desertor, tienes la misma oportunidad que los aurores activos para acercarte a él –el carillón de advertencia había sonado entonces, y Hermione se alejó de él. –Harry, sé que sabes como usar un teléfono, por lo tanto llámame desde…

Y entonces, Harry había disfrutado de su primer traslador transoceánico. Un pequeño escalofrío lo recorrió al recordarlo, y se preguntó si el próximo trecho de su viaje sería igual de desorientador.

-…todo a causa de esta seguridad patriótica sin sentido –seguía diciendo la mujer. –Puede que también nos hagan poner estrellas doradas en nuestros abrigos, si me lo preguntas –Hizo gestos y sacudió su cabeza con disgusto. –Desde que Bush nombró Secretario de Magia a ese fascista de Andrew Holland, fue sólo cuestión de tiempo antes que empezaran a preocuparse sobre terrorismo mágico. Y por supuesto que todos nosotros somos culpables hasta probar lo contrario.

Harry puso atención en la conversación por fin, y luchó por que se le ocurriera algo inocente que decir en respuesta. –¿Supongo que usted votará por el otro candidato, entonces?

-No tendré mucho de dónde elegir. ¿O sí? –se mofó ella. –Al final Dean tiene vínculos con la comunidad mágica, con su prima siendo una bruja y todo. Pero Kerry…

-Pasajero Potter, su traslador está listo para salir –anunció una voz de mujer. –Por favor, acérquese a la puerta.

Harry saltó y colgó su mochila sobre su hombro. –Ese soy yo, cuánto lo siento.

-¡Qué tenga un buen viaje! –exclamó la mujer a sus espaldas.

Casi corrió hacia la puerta, aliviado de estar libre de su improvisada compañía. Una empleada volvió a revisar su boleto y pasaporte antes de dirigirlo dentro de una pequeña habitación, donde le proporcionó un delgado disco de plástico con en logotipo de Virginia en él.

-Un minuto para la salida –le avisó.

Harry hizo un esfuerzo para no moverse. Odiaba esta parte: la espera. En cualquier momento, sentiría el tirón detrás de su ombligo y el enfermizo giro en sus intestinos cuando fuera jalado junto con el traslador a través de un continente.

-Treinta segundos.

Jugueteó ausentemente con el anillo que portaba en su mano derecha (un tic nervioso) y entonces cerró sus ojos y resopló largamente. Debió de haber aceptado aquella bebida fuerte que Hermione le invitó. Ella sabía lo mucho que odiaba trasladarse.

-Diez segundos.

No pudo evitar llevar la cuenta regresiva en su mente; tan despacio, que sintió el jalón cuando apenas iba en el "dos". Después de haber sido golpeado y pasando algunos minutos torcedores-de-tripas, sintió que el universo se calmaba de nuevo a su alrededor.

-Bienvenido a San Francisco, señor Potter.

Abrió sus ojos a una soleada habitación, con la vista de una bahía azul en la distancia. Una mujer estaba parada frente a él, tan parecida a Cho que hizo que su corazón se olvidara de latir.

-¿Éste es su destino final?

Él asintió, con la garganta aún seca. –Sí –Ella le tendió su mano y Harry la miró por un momento antes de percatarse que seguía apretando el disco de plástico. Se lo dio a la mujer.

Ella le obsequió una alegre sonrisa. –La Estación de Trasladores de San Francisco está ubicada en el corazón de la cuidad. Tome el elevador hasta el último piso y salga por su izquierda. Encontrará un puesto de taxis ahí. Gracias por viajar con "Trasladores Virginia", y esperamos que nos tenga en cuenta para todas sus necesidades de viajes nacionales e internacionales –agitó su oscuro cabello sobre su hombro y señaló la puerta más cercana.

Harry se encaminó hacia allá, pero se detuvo y volteó hacia la mujer. –Disculpe. ¿Puede decirme la hora?

-Ocho de la mañana –respondió ella.

Harry se sacudió.


El taxi se detuvo frente a la posada "Inn on Castro", donde la bruja asistente de Hermione, Peggy, había hecho una reservación para Harry. -El folleto dice que es un pequeño pero encantador lugar B&B –había dicho ella. Y además, estaba cerca de dónde Malfoy fue detectado por última vez.

Harry le pagó al taxista, haciéndose una nota mental para agradecer a Hermione por también hacer que Peggy cambiara dinero para él en Gringott's. El puesto de Harry en la oficina de Servicios de Investigación no le permitía tener un asistente personal, pero Hermione siempre había sido generosa con los servicios de Peggy. El trabajo de Hermione no era cuidar de Harry, pero ella se lo había impuesto como obligación durante los últimos meses.

Mientras el taxi se alejaba, Harry contempló el bien conservado edificio de dos pisos estilo Eduardo. A pesar del espantoso pronóstico de la bruja parlanchina de Nueva York, el cielo de febrero encima de él era azul y claro. Soplaba un viento fresco aunque el sol era cálido, y enrolló más apretadamente su bufanda alrededor de su cuello.

El salón de entrada de la posada era hogareño y confortable. El propietario coqueteó con Harry durante su registro, y parloteó sobre la vida nocturna y el entretenimiento local mientras le mostraba su habitación. Harry era completamente consciente que ése era el barrio homosexual más famoso de la ciudad, pero no le importó que el hombre supusiera que era uno de ellos. Harry era de mente abierta después de todo, y siendo que ahí era dónde Draco Malfoy había pretendido estar ocultándose por los últimos siete meses, tal vez fuera de utilidad entender la cultura local.

Finalmente solo, se dejó caer pesadamente sobre la cama y cerró sus ojos. No podía ser posible que apenas fueran las ocho treinta de la mañana, cuando su cuerpo le decía que era mucho más tarde. Su estómago rugió y abrió los ojos.

Gracias al hechizo de registro de la CIA, el uso de la varita mágica de Malfoy había sido detectado repetidamente en una dirección aproximadamente a cinco calles de la posada, lugar que Harry asumía era su actual residencia. No tenía otra información aparte, pero Malfoy era un auror, y por lo tanto era imposible que cualquier otro estuviera usando su varita ahí.

Los hechizos de protección de varita eran de los primeros que se aprendían en el entrenamiento de auror. Harry había quedado noqueado cuando se encontró con Malfoy el primer día… éste había sido sacado de Hogwarts recién empezado el séptimo año y, aparentemente, terminado su educación con tutorías privadas. Hermione había estado muy molesta al escuchar que Malfoy había obtenido tantos ÉXTASIS como ella misma.

Pero Malfoy había evitado certeramente a Harry durante aquellos seis meses de entrenamiento, sólo admitiendo su presencia cuando eran forzados a ser compañeros en algún ejercicio. Malfoy había terminado siendo el primero del grupo, superando a Harry en todas las áreas. Para el final del curso, Harry había empezado a formarse una pizca de respeto hacia las habilidades de su antiguo enemigo de la escuela. Había comenzado apenas a aceptar el hecho que ellos probablemente terminarían trabajando juntos, cuando Malfoy había tomado un puesto en Nueva York. Todos se habían sorprendido que no se hubiera quedado a trabajar en el Ministerio, especialmente con una guerra amenazando en el horizonte. Esto había sido hacía cinco años, y Harry no tenía idea de lo que Malfoy había hecho desde entonces. No sabía que había desaparecido hasta hacía apenas unas cuantas horas.

Quince minutos después, Harry dejó la posada y bajó por la calle Castro, con su varita salvamente oculta dentro de su chaqueta. La gente lucía apresurada en esa mañana soleada, e ignoraban olímpicamente a Harry mientras éste caminaba entre ellos. Cuando se acercó a la calle 21, se metió dentro de un callejón y se realizó un encantamiento de encubrimiento él mismo, sintiendo un pequeño escalofrío al hacerlo. No había estado en acción cerca de tres años, y había olvidado cuán excitante podían ser ese tipo de misiones de capa y espada. Encontró un lugar discreto para quedarse, cruzando la calle desde el edificio Victoriano donde Malfoy aparentemente vivía, y se dispuso a esperar.

No lo tuvo que hacer por mucho tiempo. Menos de diez minutos después, la puerta se abrió y un hombre joven salió hacia la calle. Ciertamente, se parecía a Malfoy. Su cabello rubio arenoso sobresalía por debajo de su gorro de tejido de punto, y vestía un abrigo sherpa sobre unos pantalones negros y una bufanda roja alrededor de su cuello. El hombre caminó calle arriba en dirección de la posada, con el resuelto aire de aburrimiento de quien cumple una rutina. Convencido de haber encontrado a su hombre, Harry comenzó a seguirlo.

La cuesta era bastante pesada, y Harry pronto se encontró jadeando en su esfuerzo por continuar. Pasaron su hotel y continuaron subiendo por Castro, doblando finalmente a la derecha en la calle 15. El hombre cortó camino por varias calles residenciales de tres líneas y desapareció dentro de una cafetería localizada en medio de una cuadra de edificios Victorianos. Harry se quedó de pie en la acera de enfrente y esperó.

Quince minutos después, asumió que Malfoy (si es que era Malfoy) estaba tomándose su tiempo para su café matutino. Quizá junto con un bizcocho, o un pastel. Su estómago gruñó, y recordó que no había comido nada desde su almuerzo en Londres, hacía horas.

Después de media hora, empezó a preocuparse que Malfoy hubiera descubierto que estaba siendo seguido y se hubiera escurrido por otro lado, quizá por una puerta trasera. Harry apretó su quijada. Hasta ese punto, había sido demasiado fácil, por supuesto. Su plan había sido seguir a Malfoy por algunos días, para conocer de su vida y sus rutinas antes de confrontarlo. ¿Habría ya desenmascarado su encubrimiento?

Atravesó la calle y se asomó por las ventanas de la cafetería, pero no podía ver al hombre sentado en ninguna de las mesas. Una mujer joven caminó junto a él y entró en la cafetería, y se deslizó por la puerta detrás de ella. El lugar era cálido y cómodo, y sorpresivamente estaba lleno de gente. Todos parecían tener una computadora portátil… un pequeño letrero en la puerta indicaba que la cafetería contaba con conexión gratuita a Internet inalámbrica. Las paredes estaban cubiertas con dibujos que parecían haber sido hechos por los clientes, y había un gran menú escrito a mano con tizas de colores. Era uno de las cafeterías más únicas en su género que hubiera visto nunca.

Se abrió camino a través del lugar cuidadosamente. El hechizo de encubrimiento lo ocultaba de los Muggles, pero un auror entrenado como Malfoy podría verlo aún con el encantamiento si Harry hacía movimientos repentinos.

Un par de mujeres que estaban en una mesa cercana jadearon sorprendidas. Harry se giró para verlas, temiendo por un momento que el hechizo se hubiese roto y estuviera exponiéndose. Pero ellas estaban señalando la pantalla de una computadora, no a él. Suspiró.

-¿Dónde va este pedido? –escuchó que dijo una voz detrás de él, demasiado muy cerca. Se movió fuera del camino del mesero, pero se dejó caer sobre una silla ocupada al hacerlo. La persona que había golpeado gritó, y por un frenético momento, se preguntó si debía tratar de mantener el hechizo, o darlo por terminado. Con toda esa conmoción llamando la atención, era probable que Malfoy lo vería a través del encantamiento en cualquier momento… y quizá eso era lo peor que podía pasar.

Se deslizó hasta el suelo, murmurando: "Finite incantatem" al tiempo que respiraba.

-¡Oh, Dios, lo siento! No lo vi, yo…

Harry se levantó un poco, haciendo como que se sacudía el polvo de su ropa. –No, no, fue mi culpa en realidad –volteó hacia arriba y se encontró mirando a los grises ojos de Draco Malfoy.

Realmente era Malfoy, aunque lucía mayor de lo que Harry recordaba. Su cabello platino había sido invadido con algunos mechones de color café rojizo, y vestía completamente de negro… salvo por una argolla de plata en el lóbulo de su oreja izquierda. Asimismo su delantal, que portaba el logotipo de la cafetería, era negro. Pero su rostro era tan pálido como Harry lo recordaba en el colegio, y el ceño fruncido que se formó en su cara también le era demasiado familiar.

Harry presionó su mandíbula. En aquel entonces, igualmente había odiado a Malfoy tanto como éste a él. ¿Por qué esperaba que algo hubiera cambiado entre ellos?

Se miraron con fijeza el uno al otro por un largo momento. Los ojos de Malfoy se entrecerraron al fin, y enderezó su postura. Harry decidió que debía ser el primero en hablar. –Hola, Malfoy –le dijo.

Los ojos de Malfoy se estrecharon aún más, y echó en vistazo a su alrededor antes de enfrentar de nuevo a Harry. -¿Qué es lo que quieres? –masculló.

-Hablar contigo –Harry se puso de pie, tan casual como le fue posible.

Malfoy dio un paso atrás. –Estoy trabajando, en caso que no te hayas dado cuenta.

Harry trató de no demostrar la sorpresa que sintió. -¿A qué hora tienes un descanso?

-No suelo tomar ninguno –respondió Malfoy a través de sus dientes apretados.

-¿Qué, necesitado de dinero? –dijo Harry sarcástico, incapaz de contenerse. Malfoy sólo lo miró en contestación. -¿A qué hora sales de aquí, entonces?

-Tarde –indicó Malfoy, y se alejó. Harry lo observó llevar un pastel a una mesa de la esquina. Sus manos estaban temblando, y no volvió a mirar a Harry cuando regresó al mostrador.

Harry suspiró, considerando sus opciones. Su encubrimiento estaba revelado, y quizá su misión completa también. Era probable que Malfoy ya sospechara el motivo por el cual estaba Harry ahí: para averiguar porqué el auror había abandonado su puesto en Nueva York, y convencerlo de regresar, si era posible. La única esperanza de Harry ahora era hacer lo otro… ganarse la confianza de Malfoy no importara lo mucho que le tomara hacerlo. Por supuesto, esa era el tipo de misión que siempre había odiado. No era muy bueno engañando, prefería un duelo frente a frente que juegos de inteligencia y diplomacia.

Pero no había tenido elección, hasta ese punto. Ordenó un latte y un croissant en el mostrador y luego encontró un asiento en la esquina trasera del establecimiento. Otra empleada atendió su orden… aparentemente a pedido de Malfoy. Harry alcanzó a escucharlo decir algo sobre un acechador y mirar en su dirección. La mujer observó sospechosamente a Harry y le entregó su desayuno.

Harry contemplaba vagamente lo que parecía ser su latte, servido en un tarro cervecero de vidrio con una funda de cartón de la aerolínea Lufthansa envuelto en él. Tomó un cuidadoso trago y se vio gratamente sorprendido, no obstante la inusual presentación. Tomó una copia de un periódico local de una mesa cercana y pretendió leer mientras comía, mirando ocasionalmente lo que Malfoy estaba haciendo.

Malfoy lo ignoró la mayor parte del tiempo. Trabajaba tras el mostrador, preparando las bebidas y el café. Entregaba pedidos en las mesas y coqueteaba con gente que parecía ser clientes regulares. Miraba con furia a Harry siempre que éste lo observaba a él.

Habían sido años los que Harry no había visto a Malfoy, y no estaba seguro que alguna vez lo hubiera observado verdaderamente. Malfoy se desplazaba con una concluyente gracia que demostraba el origen privilegiado del cual procedía, y hablaba con los clientes y sus colegas de un modo amistoso, casi cariñoso. Estaba delgado… demasiado delgado realmente; la ropa negra sólo alargaba sus extremidades y acentuaba su elástica forma. Su cabello estaba peinado de esa moderna forma desordenada, con algunos mechones sobresaliendo en varias direcciones.

Harry lo vio desplegar su encanto con un atractivo hombre de traje, quien le devolvió la sonrisa y le pidió "lo de siempre". Harry sintió una oleada de fastidio. Malfoy siempre había sido adorable con las personas correctas. Las personas poderosas, desde Umbridge, pasando por Fudge y…

Malfoy pestañeaba excesivamente con ese cliente, y Harry se sintió ruborizar. Enfocó de nuevo su atención en el periódico Muggle, preguntándose de repente si sería homosexual. Nunca se le había ocurrido antes cuestionarse sobre la orientación sexual de su antiguo Némesis de la escuela. Malfoy ciertamente parecía cubrir el estereotipo. Ahora que se había enterado, Harry estaba bastante seguro que su presencia ahí no era sólo una cubierta. Malfoy estaba escondiéndose, y estaba ahí porque se sentía cómodo. ¿Dónde podría un mago gay esconderse mejor que en un barrio homosexual Muggle de una enorme y anónima ciudad?

Tenía sentido, ahora que Harry lo pensaba. Malfoy realmente no había salido con nadie en la escuela. Siempre había vestido a la última moda, y parecía cuidar mucho más de su apariencia que cualquier otro chico que Harry conociera. Y en aquel entonces, Malfoy experimentaba algo cercano a la obsesión por Harry mismo. Harry tragó saliva, incómodo.

Un vaso de agua fue colocado abruptamente en su mesa, y levantó la mirada.

-¿Tengo que suponer que sólo te sentarás aquí todo el día? –observó Malfoy, frunciendo el ceño.

-Si es necesario, sí –respondió Harry, manteniendo sus rasgos impasibles. Era difícil no usar de nuevo un tono de voz desagradable. –Sólo quiero hablar contigo.

-No tengo nada que decirte –contestó Malfoy.

Harry se dio cuenta que estaban llamando la atención. Hasta el personal detrás de la barra parecía estar observando su conversación.

Decidió jugar con la situación lo mejor que pudiera, forzándose a sonreír. –Seguramente que puedes compartir un momento de tu ocupado día conmigo. ¿No? –trazó el borde de su vaso con la yema de un dedo, mirando al rostro de Malfoy.

-¿Por qué estás aquí? –preguntó Malfoy, ignorando obviamente el torpe intento de Harry de flirtear.

-Para hablar contigo –respondió Harry. –Eso es todo.

-Bien –dijo Malfoy, y se alejó. Harry suspiró, resbalando por su silla. Esto iba a ser mucho más difícil de lo que había pensado. Aún si podía estar ante la presencia de Malfoy por más que algunos minutos. ¿Cómo, en nombre de Merlín, iba a hacer que cooperara?

Dos horas después, Harry había ingerido tres tazas de café, un panecillo de moras y un pastel de queso, y leído cada palabra impresa en el periódico, incluida la increíblemente aburrida narración de las noticias de deportes en Norteamérica.

Había visto a Malfoy hablar con sus compañeros de trabajo, charlar con un hombre bastante guapo en el mostrador y servir órdenes en las mesas. Había evitado atender a Harry otra vez, encontrando una excusa para ir a la parte trasera cuando éste se acercaba al mostrador. Harry aún trataba de sonreír cuando Malfoy miraba en su dirección, pero sólo obtenía ceños fruncidos y miradas de rabia a cambio.

No podría beber una gota más de café, o su vejiga reventaría. No le importó comerse otro panecillo, pero estaba empezando a sentirse cansado. Su hora de irse a dormir en casa se había pasado ya. Ya estaba a punto de darse por vencido cuando Malfoy dejó caer en su mesa un pedazo de papel. Era una tarjeta de presentación de la cafetería, pero al reverso estaba escrito: "Te daré cinco minutos".

Harry observó a Malfoy cambiar su delantal por su abrigo sherpa y salir por la puerta principal de la cafetería. Esperó un momento antes de tomar su chaqueta y seguirlo. Afuera, encontró a Malfoy inclinado contra un árbol, dándole una calada a un cigarro. Malfoy lo miró por un breve momento, y entonces caminó por la acera, desapareciendo al otro lado de la esquina del edificio.

Cuando Harry dio vuelta a la esquina, vio a Malfoy sentado en un pórtico del callejón, aplastando la colilla de su cigarro contra el frío cemento. Harry se paró a su lado y esperó. El silencio se alargó entre ellos mientras Malfoy sacaba otro cigarro de su bolsillo y lo encendía, dándole una larga fumada.

-¿Debo suponer que no me dirás cómo me encontraste? –preguntó Malfoy, mientras el humo escapaba de su boca junto con su tono cortante.

-Hechizo de registro –murmuró Harry, mirando al suelo. –El Acta de Seguridad Patriótica parece darles a las agencias de inteligencia Norteamericanas la autoridad para rastrear magos extranjeros a través de los hechizos de registro. El gobierno Británico reportó recientemente tu desaparición, y la CIA te encontró –gesticuló con una mano mientras le explicaba todo. –Aquí.

Malfoy se quedó en silencio por un momento, mientras el humo del cigarro continuaba flotando. –Joder –dijo por fin.

-Estoy de acuerdo –murmuró Harry. –Eso es jodidamente terrorífico.

-Pero. ¿Cómo supiste dónde trabajo?

-Te seguí desde tu casa esta mañana.

Más silencio, acompañado por largas fumadas. -¿Qué es lo que quieres, Potter?

Harry suspiró. Nunca había sido bueno en este tipo de cosas, por eso exactamente era por lo que no las hacía más. –Mi misión era localizarte y asegurarme que estuvieras… a salvo –dijo. –Desapareciste hace mucho tiempo, y los del Ministerio estaban preocupados por tu seguridad.

-Muchísimo que han de haber estado –replicó Malfoy, y le dio otra gran calada a su cigarro. –Sólo quieren que te asegures que yo no me he unido a los Mortífagos.

Harry no pudo pensar en nada que decir en contestación. Si Malfoy había hecho algún trabajo encubierto, percibiría de inmediato cualquier débil intento de Harry de ganarse su confianza.

Malfoy se alzó su manga izquierda y plantó su antebrazo descubierto enfrente de la cara de Harry. -¿Lo ves? –dijo, con el cigarro sostenido entre sus dientes. –Estoy bien. Te puedes ir ya –tomó otra fumada de su cigarro antes de tirarlo y ponerse de pie.

-Está bien, de acuerdo –exclamó Harry, con su mente trabajando febrilmente. –Pero ya que he llegado hasta aquí. ¿No podemos nosotros, al menos…? –agarró el brazo de Malfoy cuando éste se empezó a alejar, y Malfoy se volvió para encararlo. Harry trató de sonreír otra vez, de una manera que esperaba fuera atractiva. –No nos habíamos visto el uno al otro desde hace siglos. Déjame llevarte a cenar, por lo menos.

Los ojos de Malfoy se estrecharon, y Harry tragó saliva.

-¿Cenar? –repitió Malfoy, claramente suspicaz. -¿Por qué?

-¿Por qué no? –respondió Harry, encogiéndose de hombros. Malfoy lo miró largamente, y Harry suspiró. –Mira, sé que nosotros nunca nos habíamos llevado realmente bien, pero… éramos niños, Malfoy. Todo eso fue hace mucho tiempo ya. ¿No podemos ir a cenar, charlar, y disfrutar la compañía del otro por unas horas antes de que yo me vaya a casa?

Malfoy fijó la mirada en Harry varios segundos, con una intensidad tal que hizo que Harry retrocediera un poco. ¿Malfoy todavía lo odiaría, después de todos estos años?

-¿Dónde? –preguntó Malfoy.

Harry encogió los hombros, tratando lo más posible de no parecer aliviado. –Donde tú quieras. Yo puedo tomar un taxi y esperar afuera de tu apartamento. Sólo dime la hora.

Malfoy miró alrededor por un momento, considerando. Harry no había tenido ningún motivo para esperar que Malfoy aceptara. Y en caso de que lo hiciera, ni estaba seguro de qué es lo que haría. Malfoy volteó de nuevo hacia Harry, estudiando su rostro. Éste intentó mantener su expresión tan neutral como le fue posible.

Al fin, los labios de Malfoy dibujaron una muy familiar sonrisa afectada. –Ocho en punto –dijo, justo antes de girarse y caminar lejos de ahí. Harry resopló, liberado. –Pero esto te va a costar –continuó aquel, con su voz haciendo un ligero eco en el callejón.


Malfoy no había estado bromeando sobre el costo de la cena, pensó Harry mientras miraba el casi vacío plato de sushi delante suyo. Esperaba que en el Ministerio pudieran perdonarlo cuando vieran el estado de cuenta de su tarjeta de crédito. Por supuesto, si tenía éxito en convencer a Malfoy de regresar a Londres con él, las cosas se suavizarían considerablemente.

El chef les colocó un plato enfrente, y Malfoy sonrió disimuladamente ante el rostro apurado de Harry. –Vamos, Potter. Es como un tipo de foie gras.

-Odio el foie gras –murmuró Harry, sin confiar del todo en Malfoy.

Malfoy tomó con sus palillos un fajo verde cubierto con alguna sustancia pegajosa de brillante color naranja. -¿Alguna vez has probado el de verdad, o sólo has tenido con esos patés de la tienda?

-¿Cuál es la diferencia?

Malfoy se mofó. –Come uni, Potter. Tú lo estás pagando, después de todo.

-Quiero más toro –dijo Harry, hurgando en la salsa naranja con uno de sus palillos. –Me gusta el toro.

-Gallina quejumbrosa –replicó Malfoy en un acento casi norteamericano, justo antes de tomar un cauteloso bocado. Su sonrisa se volvió exagerada mientras lo masticaba. Harry entrecerró los ojos, aún sin convencerse que no fuera un truco para hacerlo comer algo desagradable. –Tu turno –le dijo Malfoy.

Harry apretó los dientes y miró el plato. Era sólo un pequeño pedacito de pescado. ¿Qué tan malo podría ser en realidad? Si Malfoy lo podía comer, entonces él también. Aunque pensó que quizá esa no era una buena comparación, ya que Malfoy probablemente había puesto en su boca, cosas mucho más extrañas que un trozo de erizo de mar. Mala imagen mental, pensó mientras tomaba el alga empaquetada con sus dedos y se la comía de un bocado.

Su primera impresión fue de algo frío, salado y viscoso extendiéndose por su lengua. Su segunda impresión fue todavía peor. Masticó, pero eso sólo hizo que la sustancia saltara dentro de su boca y se desparramara por todos lados. Hizo una mueca y se forzó a engullir lo mejor que pudo.

Cuando abrió los ojos, Malfoy se estaba riendo. -¿Siempre haces esa cara cuando tragas algo?

-Sólo cuando lo que trago es repugnante –replicó Harry, alcanzando su cerveza. Malfoy se rió disimuladamente y terminó con su propia porción de uni. Harry se estremeció, pero Malfoy ni siquiera hizo gestos. -¿De verdad te gusta eso?

Malfoy se encogió de hombros y tomó un gran trago de sake. –No realmente –dijo después de un momento. –Pero la expresión de tu cara hace que haya valido la pena.

Harry trató de mirarlo con enojo, pero en cambio terminó por rodar los ojos. La tarde entera había sido así. Malfoy había emergido de su apartamento diez minutos después de las ocho, sin ni siquiera disculparse por tener a Harry esperando en un taxi con el medidor corriendo. Se había vestido tan a la moda que Harry deseó haber pensado en cambiarse sus viejas ropas después de su breve siesta de la tarde. Malfoy había arrugado su nariz al ver los jeans de Harry, pero no dijo nada. Sólo había sonreído y se había deslizado en el asiento trasero hasta quedar pegado a Harry, envolviendo uno de sus brazos con el suyo propio e indicándole al chofer que se dirigiera al barrio del Embarcadero. Harry se había quedado tan noqueado con el repentino cambio en su comportamiento que no había sabido cómo responder. Simplemente, había dejado que Malfoy se recostara contra él ahí dentro del taxi, y trató de no mostrarse inquieto. Si Malfoy estaba intentando trastornarlo, lo último que Harry haría sería dejarle saber que, efectivamente, sí estaba funcionando.

El restaurante (un lugar japonés de moda llamado "Ozumo") apestaba a glamour. Las mesas y la barra estaban llenas de hermosas y bien vestidas personas, todos comiendo hermosos y estilizados platos y bebiendo sake en pequeñas tacitas. Harry estaba muy agradecido de no estar gastando su propio dinero. Al ritmo que Malfoy estaba llevando, e l recibo de esa noche probablemente ascendería por arriba de los doscientos dólares. Harry no estaba seguro en qué parte de su flaca estructura corporal metía toda esa comida.

Malfoy atrapó una pieza de nigiri de bonito con sus palillos y la miró ensoñadoramente por un momento. –Sigues sin haberme dicho por qué tú estás aquí –dijo Harry, viendo al nigiri desaparecer entre los labios de Malfoy. La expresión de su cara cambió a una de absoluta felicidad, y se hundió bajo su taburete de la barra, ignorando la pregunta de Harry. Harry le dio un sorbo a su cerveza hasta que Malfoy se levantó y regresó a sentarse de nuevo. -¿Bueno? –Malfoy asintió y rodó los ojos para impresionar.

-¿Más sake? –ofreció el mesero, inclinándose entre los dos para recoger los platos vacíos.

-Por favor –pidió Harry, y el mesero le sonrió. Le recordó un poco al hombre con el que había visto a Malfoy coquetear en la cafetería, y no pudo evitar observarlo mientras se alejaba de ellos. Se sorprendió de él mismo, pues usualmente era terrible para recordar rostros.

-Honestamente, Potter, sólo pídele su número. O mejor aún, pregúntale a qué hora sale de trabajar.

La mirada de Harry regresó a Malfoy. -¿De qué estás hablando?

Malfoy rodó sus ojos. –Por favor. Has estado mirando a ese mesero toda la noche.

No he hecho eso! –Harry se obligó a no ruborizarse, porque con eso terminaría de mandar el mensaje equivocado.

-Estás en San Francisco, Potter. No necesitas ser remilgoso.

-Yo no estoy siendo… -el mesero reapareció con una nueva botella de sake helado y llenó con el mismo cada uno de sus vasos. Harry estudió fijamente sus propias manos hasta que el hombre se fue. –Odio estar en desacuerdo contigo, Malfoy, pero yo no soy gay –las cejas de Malfoy se arquearon y la taza de sake no alcanzaba a cubrir lo suficiente la presuntuosa sonrisa que se empezó a formar en su cara. No lo dijo, pero Harry casi podía escuchar el "Oh. ¿En serio?". –Estoy casado, en primer lugar.

Un gesto de sorpresa alcanzó a revolotear en la cara de Malfoy por una fracción de segundo antes que la remplazara de nuevo por una máscara de presunción. -¿Casado?

-Bueno… realmente, separado –admitió Harry, pensando que era placentero haber atrapado por fin a Malfoy fuera de guardia. –Estoy divorciándome –levantó su taza de sake y se tomó el contenido de una vez.

Malfoy se la volvió a llenar antes que tuviera oportunidad de ponerla en la mesa. -¿Fue muy malo?

Harry se encogió de hombros. –Fue horrible de varias maneras, y tremendamente liberador en otras.

-¿Fue con Weasley?

-No –contestó Harry, dándose cuenta que Malfoy verdaderamente había estado alejado de la comunidad de magos británica. La boda apresurada de Harry había causado una total revolución en los periódicos, y el divorcio también estaba haciendo noticia. Harry estaba sorprendido que Malfoy no supiera ya esos detalles, pero parecía estar genuinamente curioso.

Ambos habían bebido bastante alcohol hasta ese punto, y Harry sabía que probablemente al llegar la mañana se arrepentiría de hablar tan francamente. Sin embargo, en casa no tenía a nadie con quien platicar. Hermione era la única verdadera amiga que le quedaba, y siempre estaba ocupada con su trabajo y sus hijos. Por otro lado, si él se abría un poquito, quizá Malfoy hiciera lo mismo.

Harry colocó la taza de sake en la barra. –Me casé con Cho.

-¿Cho Chang? Estás bromeando.

-Demasiado buena para mí, lo sé –Harry levantó su mano para prevenir el comentario sarcástico. –Ella y yo estuvimos juntos en una misión, justo al terminar el entrenamiento de aurores. Salimos un par de veces, y entonces tuvimos varias… experiencias intensas, en el tiempo que Voldemort… -Harry se interrumpió, dándose cuenta de repente que había llevado la plática a un campo que tal vez Malfoy no quería discutir. No todavía, de cualquier manera.

-Sí, sí, Voldemort, mi padre, y la asquerosa manera en la que todos terminaron –Malfoy no lucía ni siquiera un poco incómodo. –Bueno, supongo que terminaron es un término fuerte.

En efecto, pensó Harry. Voldemort simplemente había desaparecido después de aquel horrible día, hacía tres años. La mitad de los amigos de Harry habían muerto en una sola semana. Y no había jugado aún el rol que todos habían esperado que él hiciera… Dumbledore lo había hecho, y le había salido caro. Y nadie sabía si eso realmente había terminado ya, o si Voldemort estaba allá fuera en algún sitio, esperando.

Hizo una pausa, descubriendo que no había pensado en la guerra, o en Voldemort o en sus amigos perdidos… no en un buen tiempo. Parpadeó y levantó la vista hacia un Malfoy que lo miraba, casi con curiosidad.

-Bueno, de cualquier forma –continuó Harry, inestable, -Cho y yo estuvimos juntos un par de meses después de eso. Rompimos, y un mes después, se apareció ante mi puerta, embarazada –Harry se detuvo y le dio un sorbo a su sake. –Fue una estúpida razón para casarnos. Creo que ambos buscábamos construir algo nuevo después de toda esa destrucción.

-Entonces. ¿Tienes un hijo? –preguntó Malfoy. Había empalidecido, situación muy notable considerando su complexión natural.

-No –suspiró Harry, deseando que no hubiese llevado la conversación por ese rumbo. –Tuvo un aborto. Habíamos estado casados sólo un mes, entonces, fue verdaderamente traumático. Después de eso, pensamos que podríamos hacerlo funcionar, e intentar tener otro bebé, pero… -se encogió de hombros y sintió que el mundo comenzaba a zumbar a su alrededor, en un ligero ofuscamiento producido por el sake. Sentía su mente extrañamente clara para haber bebido tanto.

Malfoy no dijo nada, sólo permaneció sentado, escuchando. Esperando, en caso que Harry decidiera hablar más. Harry nunca hubiera pensado en Malfoy como en un buen oyente. Para ser honestos, no había pensado mucho en Malfoy de ningún modo.

-Nos separamos aproximadamente hace seis meses –continuó Harry por fin. –Se mudó verdaderamente rápido, y yo me había sumergido en mi trabajo. Eso es todo, en verdad – se dio cuenta que Malfoy lo estaba estudiando. -¿Qué?

Malfoy sonrió y se encogió de hombros. –Entonces. ¿Tienes tu corazón roto?

Harry respingó. –Bueno, no exactamente. Ése es el problema. Nunca la amé realmente, al menos no en el modo que esperaría amar a mi esposa. La extraño en varias maneras, pero nunca fue precisamente una gran relación, si entiendes lo que quiero decir –se detuvo, percatándose que le había dicho a Malfoy mucho más de lo que había sido su intención. Se sintió enrojecer.

Malfoy soltó un bufido. –No eres exactamente un modelo a seguir en el mundo mágico. ¿Eh, Potter? Casado, divorciado y amargado… ¿y todo a la edad de veinticuatro años?

-Oh, jódete –gruñó Harry, aunque su voz no estaba de ningún modo cargada de veneno. -¿Qué has estado haciendo éstos últimos cinco años?. ¿Qué ha realizado el gran Draco Malfoy… único heredero de la fortuna Malfoy y todo eso?

Malfoy no se tragó el anzuelo. Sólo le sonrió y levantó su taza hasta sus labios. -¿No te gustaría saberlo? –dijo, y tomó un trago de sake.

Harry lo observó por un momento, tratando de decidir si eso había sido una pregunta retórica.

-Entonces. ¿Te vas mañana? –preguntó Malfoy.

-Emm… -empezó Harry, y apuró su cerveza. –No tengo nada a qué regresar en una semana o más. Tomé algunos días de mis vacaciones que necesito agotar, tú sabes –trató de lucir casual. –Quizá me quede aquí por unos días, visitando algunos lugares de interés.

Malfoy sonrió dentro de su taza de sake. –Bueno.

 

 


Nota de traducción:

B&B: (Bed and Breakfast: pequeño hotel para dormir y desayunar)