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Ocasiones imaginadas

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En Soterrani habían instalado un par de televisores en las paredes, para que los asiduos al bar pudieran ver el torneo de The King of Fighters que se celebraba en esos días alrededor del mundo. En particular porque uno de los participantes era Shun’ei, quien estaba utilizando sus vacaciones para enfrentarse a peleadores que se veían mucho más fuertes y experimentados que él.

Sus compañeros de trabajo pensaban que estaba loco, pero, hasta la fecha, el equipo del muchacho no había sido derrotado.

Desde el callejón al que daba la puerta trasera del bar, Iori alcanzaba a escuchar los vítores de los clientes cuando uno de los preferidos ganaba un round. En su mano derecha sujetaba su celular, y leía los insistentes mensajes que llegaban, uno tras otro. En sus labios tenía un cigarrillo casi completamente consumido.

La puerta del bar se abrió y Rokku asomó la cabeza.

—Iori, ven, estoy seguro de que te interesa ver esto. Es Kyo. O creemos que es Kyo. Ven, rápido.

Iori respondió con un asentimiento, Rokku volvió a entrar al bar.

Habían pasado meses desde que había regresado a South Town, y las cosas no habían tardado en volver a la normalidad. Los miembros de su banda no estaban molestos con él, a pesar de que estaban en su derecho de expulsarlo. Se habían mostrado preocupados por su ausencia, pero no habían insistido después de escuchar su vaga explicación sobre ciertos problemas personales. Sólo Rokku lo había interrogado, porque él era el único que estaba más o menos al tanto de lo que había sucedido con Kyo, y quien había visto al joven usar fuego. Aparte de eso, todos en Sviesulys se veían bastante contentos de tenerlo de vuelta, y no habían tardado en organizar conciertos y reservar salas de ensayo para recuperar el tiempo perdido.

Sí, podía decirse que su rutina había estado esperando pacientemente a que volviera a la ciudad. Las pocas diferencias con su vida anterior eran los continuos mensajes que recibía desde Japón (el maldito Kusanagi seguía saturándole el teléfono reenviándole las fotos de comida de Chizuru), y la estricta rutina de entrenamiento a la que él mismo se sometía, con el objetivo de acabar con la ventaja que Kyo tenía sobre él.

Leyó los últimos mensajes que entraron a su celular. Eran de Kyo, y el joven le decía que estaba en una arena de KOF en Osaka, esperando su turno. Le recomendaba ver su enfrentamiento, porque quizá podría aprender algo útil mirándolo pelear. A pesar de que el mensaje era sólo texto, Iori podía ver claramente la sonrisa petulante del joven al escribir esa línea. Tuvo que contenerse y recordarse a sí mismo que el celular no era Kyo, y que no debía quemarlo.

Dejó que la colilla de su cigarrillo se convirtiera en cenizas con una breve llama de fuego, y regresó al bar. Había agitación en la mesa de los miembros de Sviesulys. Tanto Alfred, como Kohi y Rokku gesticularon hacia el televisor al verlo llegar.

No había ninguna pelea en vivo en ese momento, sino cortos que resumían la participación de los peleadores. Una gran llamarada de fuego llenó la pantalla, y luego apareció el rostro familiar de un joven engreído, con un rótulo al pie donde se leía claramente «Kyo Kusanagi». Hubo vítores en la mesa. Iori temió que todos en su banda se hubiesen vuelto fans del castaño.

El clip siguiente mostró a Kyo rodeado de fuego anaranjado, quemando a alguien que Iori no alcanzó a ver en detalle. Un acercamiento mostró la sonrisa del joven, quien mantenía el puño en alto en señal de victoria, mientras disfrutaba de los aplausos de su público.

En la mesa empezó una discusión sobre si el fuego (y la electricidad, y el ki) que usaban los peleadores estaba hecho con efectos especiales. Iori no participó en el debate, y vio que Rokku también guardaba silencio. Sus compañeros llegaron a la conclusión de que debía tratarse de realidad aumentada de última generación.

El presentador anunció que los siguientes en enfrentarse serían el Japan Team contra el Official Invitation Team. Al mostrar el orden de peleadores, Iori vio con desagrado que Kyo estaba último. Las cámaras mostraron al joven sentado indolentemente en una banca mientras esperaba, mirando algo en su celular.

Iori oyó el timbre de un mensaje entrante. Era de Kyo.

«Espero que estés frente a un televisor».

Iori apartó su celular. En la pantalla, Kyo hizo lo mismo. Cuando la cámara le hizo un acercamiento, Kyo le dedicó una mirada coqueta que hizo que alguien en una mesa vecina lanzara un gritito.

—Haberlo sabido. Le habría pedido un autógrafo —comentó Rokku.

Iori fue por una cerveza. Al volver a la mesa, el round había comenzado. No prestó demasiada atención —los compañeros de Kyo no le interesaban— pero sí la suficiente para comprobar que el equipo de Japón era fuerte. Entre el luchador de judo y el joven rubio que podía invocar electricidad consiguieron derrotar a los tres peleadores del otro equipo. En el fondo de la escena, Kyo seguía en la banca, bostezando.

Sin embargo, su actitud cambió cuando anunciaron al siguiente equipo y la cámara enfocó a dos hombres y una mujer con aspecto de militares, soldados peleando en un torneo. Ambos hombres debían tener el doble de la masa muscular de Kyo y, aunque eso no significaba una ventaja asegurada, cuando Kyo se les acercó, el contraste hizo que el castaño se viera casi frágil, a pesar de que Iori sabía que Kyo no era frágil en absoluto.

—¿No es un poco injusto? Deberían separarlos por peso —comentó Alfred.

Kyo no tenía problema con la diferencia de musculatura. La sonrisa engreída y despectiva con la que le habló a los soldados fue prueba de ello.

Su primer oponente sería la mujer. El rótulo anunció que su nombre era Leona.

Cuando la pelea dio inicio, Iori miró fijamente la pantalla. Kyo sólo necesitó unos pocos segundos para dejar clara la diferencia entre técnica y habilidad innata. La mujer tenía técnica, pero Kyo estaba en control de la pelea. No necesitaba pelear haciendo uso de todo su poder. Si hubiera peleado como cuando se enfrentó a Orochi, el round habría terminado en un abrir y cerrar de ojos, y la mujer de seguro habría acabado muerta.

El castaño le dio un respiro a la chica, permitiendo que ella recuperara el aliento. Iori maldijo a Kyo interiormente por no acabar con ella lo antes posible, y lo maldijo de nuevo cuando una súbita explosión envolvió al joven.

—¿Qué fue...? —preguntó Kohi, sobresaltado.

—¿Explosivos? —preguntó Rokku ofendido—. La mujer le lanzó algo que estalló al hacer contacto —explicó.

Iori no dijo nada. Cuando el humo se asentó, vieron que Kyo sacudía una mano y miraba la manga desgarrada de su chaqueta. Estaba sonriendo con molestia. No necesitó moverse de donde estaba ni acercarse a la mujer. Se limitó a invocar su fuego y lanzarlo hacia ella, y las flamas avanzaron por el aire en un parpadeo hasta rodearla. Su grito agudo al ser quemada se oyó claramente en todo el bar, y Kyo dejó que las llamas ardieran unos segundos más de lo necesario antes de apagarlas con un gesto. Cuando el fuego y el humo desaparecieron, la mujer yacía en el suelo, inconsciente.

Como no había sido vencido, Kyo esperó a su segundo oponente. La pelea también fue rápida, con Kyo sin recibir casi ni un golpe. El joven mantuvo su distancia y abusó de sus flamas anaranjadas. Esa estrategia podría haberse considerado como una técnica bastante floja, pero no era el problema del Kusanagi, sino de sus oponentes, que no sabían cómo contrarrestarla. Lo mismo ocurrió con el otro soldado, cuyo estilo de pelea era demasiado similar al de su compañero. Kyo lo venció sin ser tocado, y con tiempo de sobra en el reloj. Cuando lo anunciaron como el ganador, su expresión era una mezcla de superioridad y aburrimiento.

Iori se levantó para irse, sintiendo que había sido demasiado del Kusanagi por una noche.

—¿Te vas? Es el turno de Shun’ei —protestó Rokku.

Iori no respondió. No le interesaba realmente lo que el DJ hiciera en ese torneo. El timbre de su celular sonó.

—Si hablas con Kyo, felicítalo de nuestra parte por su victoria. Dile que queremos un autógrafo —sonrió el rubio con una sonrisa juguetona.

Iori no sacó el celular. Dejó que los mensajes siguieran llegando.


El torneo continuó, y el equipo japonés siguió obteniendo victoria tras victoria, para completa frustración de Kyo. Le gustaba ganar, ¿a quién no?, pero que los otros equipos se lo pusieran tan fácil no era agradable. No tenía que hacer uso de todo su poder para vencer. ¿Qué había pasado con los otros luchadores? El KOF solía ser un desafío donde se congregaban los más poderosos, pero la edición de ese año había comenzado con mal pie.

Sus compañeros de equipo, Benimaru y Goro, eran quienes tenían que aguantar su frustración. Más de una vez tuvieron que llevárselo a rastras para evitar que las palabras abrasivas de Kyo hacia los otros peleadores comenzaran enfrentamientos no programados.

—Sé que estás impaciente por una buena pelea, pero controla esa actitud, Kyo —le sugirió Benimaru una noche, tirando de él hacia la habitación que les habían asignado en un hotel en China, mientras Goro intentaba calmar a los hermanos Sakazaki en el lobby.

Kyo suspiró, dejándose llevar sin oponer resistencia.

—Si sabías quiénes iban a participar, y si conoces su nivel de habilidad, ¿para qué te inscribiste? —preguntó Benimaru, pasándose una mano por su largo cabello rubio con impaciencia.

—¿Porque ustedes dos no son nada sin mí? —ofreció Kyo con una sonrisa sincera.

—Comienzo a arrepentirme por no haber permitido que Ryo Sakazaki te diera una paliza —murmuró el rubio.

—¿Él? ¿A ? —preguntó Kyo, escéptico, y la respuesta de Benimaru fue darle un empujón nada amable para que entrara en la habitación.

El lugar tenía tres cuartos y una sala común. No era un alojamiento de lujo, pero sí lo suficientemente espacioso para que los tres miembros del equipo pudieran compartir el ambiente sin chocar unos con otros. Esa noche sería la última que pasarían en China. Por la mañana debían tomar un avión con destino a Estados Unidos, donde el siguiente grupo de oponentes esperaba.

—Ve a empacar. Quizá eso te calmará un poco —ordenó Benimaru, señalando la habitación de Kyo con el dedo índice. Kyo suspiró, pero obedeció. No tenía mucho equipaje porque él y sus compañeros, como veteranos del torneo, ya habían dominado el arte de viajar ligero. Lo que sí hizo fue comprobar que su pasaporte estuviera en el lugar en que lo dejó. No quería que le negaran la entrada a Estados Unidos por un descuido.

Benimaru preguntaba por qué se había inscrito si no había ningún rival al que le interesara enfrentarse. ¿Cómo explicarle? Ese año, el torneo era sólo una excusa. Había decidido participar al enterarse de que uno de los lugares donde se pelearía era South Town.

Viajar a South Town espontáneamente sólo por ganas de ver a Yagami levantaría sospechas en su familia porque, para ellos, él ya no tenía ninguna razón para pisar esa ciudad. ¿Pero viajar como parte del torneo? Era una coartada demasiado buena para dejarla pasar.

Estaba impaciente. Y la prisa que tenía por estar en esa ciudad exacerbaba la frustración que le causaban los débiles oponentes a los que se había tenido que enfrentar. Quemarlos no era satisfactorio. Medir su fuego contra el ki de algunos o la energía psíquica de otros no le daba placer alguno. Sus flamas escarlata querían medirse contra el fuego púrpura de Yagami. Querían dominarlo, vencerlo.

En ninguno de sus cientos de mensajes a Iori le había preguntado cómo iba su entrenamiento con el fuego. No necesitaba hacerlo. Conocía a Iori y sabía que debía estar esforzándose por recuperar los años perdidos. Estaba seguro de que, cuando lo encontrara, el poder de Iori sería superior al que había desplegado en el templo de Chizuru. Quizá el pelirrojo, con esos veloces ataques suyos, conseguiría ser un verdadero reto esta vez.

Sí, estaba impaciente.


El vuelo a South Town se hizo eterno. No sólo por las horas de viaje, sino también porque los hermanos Sakazaki estaban sentados en la fila inmediatamente detrás del asiento de Kyo. Benimaru designó a Goro como guardián del Kusanagi para que lo vigilara y así evitar una tragedia aérea. Los Sakazaki seguían ofendidos por las palabras de Kyo de la noche anterior, y Kyo demostró cuánto se arrepentía de eso bostezando y echando una siesta en medio del sermón de Ryo, mientras el joven le ordenaba que se disculpara con su hermana.

Por sentido común, Kyo sabía que, bajo esas circunstancias, era mejor dormir, porque dormido no podía hablar, y si no hablaba no ofendería a nadie. Ofender a un peleador con tan mal genio como Ryo podía acabar en violencia fácilmente. Responder a la violencia implicaba fuego. Y Kyo no quería ser agregado a la lista negra de personas inhabilitadas para viajar en avión por el resto de su vida. Con Iori en otro continente, eso no le convenía.

Hizo una nota mental para echarle en cara al pelirrojo que sabía pensar a largo plazo, cuando la situación lo ameritaba.


—Por un demonio, Kyo, ¿a dónde vas?

Benimaru estaba a punto de perder la paciencia. Era comprensible. Tenía encima el cansancio del torneo, más el largo vuelo, más los problemas que Kyo había estaba causando esos días.

Acababan de llegar a la habitación del hotel en el área céntrica de South Town. Kyo apenas se había tomado un momento para lanzar su equipaje en una de las camas, y ya se dirigía a la puerta.

—Tengo algo que hacer.

—En esta ciudad son las cuatro de la mañana —protestó el rubio—. La primera pelea es a las diez. Tienes que descansar.

—Descansaré, pero primero tengo algo que hacer —asintió Kyo, volviéndose hacia él. Benimaru se quedó de una pieza porque Kyo se veía casi contento. El mal humor de horas atrás había desaparecido. Hasta su voz había cambiado. Sonaba como una persona razonable y responsable que realmente tenía un asunto importante que arreglar.

Benimaru alzó sus manos y luego las dejó caer en señal de derrota. Kyo podía hacer lo que quisiera. Él no era su niñera y no tenía por qué preocuparse por él.

—Si no regreso, no esperen por mí. Los veré a la diez —indicó Kyo, y cerró la puerta.


Kyo tomó uno de los taxis estacionados frente al hotel, sin encontrar una posición cómoda en el asiento por lo inquieto que se sentía. Reconoció calles cada vez más familiares, y su impaciencia empeoró al reconocer el barrio donde se encontraba el departamento de Iori.

Pagó con un billete de gran denominación sin molestarse en esperar el cambio, y se dirigió con pasos firmes al recibidor del edificio.

Todo seguía igual. La entrada con sus puertas de vidrio y paredes bañadas de luz. Las tiendas de los alrededores. Los restaurants donde a menudo había comprado comida...

En el ascensor no tuvo que esforzarse por recordar el piso al que debía ir. Su dedo presionó el botón por sí solo.

Ni bien salió del ascensor, se encontró en un pasillo conocido que le dio la bienvenida con su opresivo lujo. Kyo sonrió. Ese edificio seguía siendo demasiado sofisticado para él, pero, al mismo tiempo, sentía como si estuviera volviendo a un lugar donde pertenecía.

Al llegar a la puerta del departamento de Iori, sacó las llaves de su bolsillo. No le había dicho a Iori que vendría. Solamente le había comentado que estaría en la ciudad un par de días por el torneo. Nunca había mencionado que aún seguía en posesión de las llaves. No se había detenido a pensar si el pelirrojo habría cambiado la cerradura, por precaución.

Introdujo la llave sin demora. Ésta giró fácilmente y la puerta se abrió.

Kyo entró sin hacer ruido. Sintió algo ligero en su pecho al volver a estar ahí. La sala estaba a oscuras. Los letreros de colores parpadeaban a través del ventanal. El silencio era absoluto.

La cocina estaba desierta, la habitación de invitados también.

Kyo se dirigió a las escaleras. La puerta de vidrio estaba entreabierta, invitante.

Subió despacio, sigiloso. No sabía qué haría cuando viera a Yagami, ni lo que le diría. Sus planes habían sido llegar a la puerta del departamento y probar si la llave funcionaba. Lo demás lo improvisaría.

En el segundo piso, todo estaba como lo recordaba. La guitarra, las revistas en el velador, el mueble bar. Nada fuera de lugar.

Salvo que la cama estaba vacía, tendida como si nadie hubiese dormido esa noche ahí.

Kyo se acercó, sintiéndose un poco tonto. Había asumido que Iori estaría en el departamento. En ningún momento se le había pasado por la cabeza que no lo encontraría.

Intentó controlar sus pensamientos antes de que estos se desbocaran, pero le fue imposible. ¿Dónde estaba Iori? ¿Con quién estaba?

—Maldito Yagami —murmuró para sí, pasándose una mano por el cabello y quedándose totalmente quieto de pronto, porque le había parecido oír un ruido en la penumbra de la habitación, como un resoplido burlón.

—Otra vez pensando cosas innecesarias, Kusanagi —dijo una voz a su espalda, y Kyo se volvió con brusquedad, encontrándose con que Iori estaba ahí y muy cerca de él (¿cómo no lo había sentido acercarse?), con una sombra de sonrisa burlona en sus labios.

—Vaya forma de arruinar una sorpresa —refunfuñó Kyo, frunciendo el ceño con falsa molestia, para después negar para sí y sonreír—. Es bueno verte, Yagami —dijo con total honestidad—. ¿Me extrañaste? —no pudo evitar preguntar.

—No han pasado ni tres meses —respondió Iori con desdén, sin moverse de donde estaba. Kyo podía sentir el calor de su cuerpo sin necesidad de tocarlo.

—No lo estás negando—señaló Kyo con una sonrisa divertida, porque esa conversación ya la habían tenido antes.

—No.

—¿No, no me extrañaste o, no, no lo estás negando? —preguntó Kyo. Iori no respondió, Kyo rió para sí. No necesitaba una respuesta. Iori estaba ahí, después de todo. Con él. Tan cerca.

El castaño alzó una mano para apartar los cabellos carmesí de Iori y poder mirarlo a los ojos. Rozó su mejilla suavemente, y ambos tuvieron un leve sobresalto cuando sus energías reaccionaron al roce, provocándoles un escalofrío.

—Sí... —Kyo rememoró su primer contacto con la piel de Iori, fuera de un bar, en que no había habido nada, ninguna reacción, sólo la mirada de un desconocido—. Así es como debe ser —murmuró, sonriendo al ver cómo Iori asentía.

 

~ * Owari * ~

 

MiauNeko
12 de diciembre de 2016