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Ocasiones imaginadas

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Su situación ameritaba ser recibido a través del área de urgencias, y Kyo pronto se encontró con una vía intravenosa clavada en el dorso de la mano, mientras el personal lo examinaba para determinar la gravedad de la herida. Le pareció escuchar que Sugawa se hacía responsable por él y recibía una reprimenda por no haber recurrido a un hospital serio como primera opción. Iori no había entrado con ellos; era más prudente que mantuviera su distancia, por si los familiares de Kyo se aparecían al enterarse de que estaba ahí.

Lo último que Kyo vio fue a Chizuru diciéndole adiós con la mano y una sonrisa entretenida en sus labios.


Al volver en sí, sin saber cuánto tiempo había transcurrido, se sentía mucho mejor. La fiebre había bajado, y la infección estaba bajo control. La herida aún dolía, pero eso lo podía ignorar. Obviamente, exigió que lo dieran de alta de inmediato.

La enfermera encargada se negó, pese a que Kyo intentó convencerla de la manera más encantadora posible. La joven le aseguró que si se sentía bien era por el tratamiento que estaba recibiendo. Interrumpirlo tan pronto sólo llevaría a que Kyo tuviera una recaída.

Su padre fue el primero en visitar.

La conversación empezó como una charla cualquiera. La preocupación de Saisyu al verlo en una cama de hospital quedó disimulada bajo un velo de desaprobación por haberse dejado lastimar tan fácilmente. Su padre fue directo al punto y lo puso al corriente de lo que había sucedido esos días, reprendiéndolo por preocupar a su madre, que vendría a visitarlo apenas regresara de Tokio, donde estaba pasando unos días dando apoyo emocional a la familia de sus primos.

El tono de Saisyu adquirió un aire sombrío al hablar sobre el funeral y las investigaciones que hacían las autoridades de la capital para hallar al culpable. Kyo se encontró con que abordar el tema de Yagami era inevitable.

Sin embargo, no todo fue negativo. A través de Saisyu, se enteró de que las cámaras de seguridad en casa de sus primos no habían podido captar una toma clara del rostro de Yagami. Saisyu le mostró algunas capturas en la pantalla de su celular, para que Kyo confirmara si ése era el mismo Yagami que había conocido en South Town, pero las imágenes estaban sobreexpuestas debido al resplandor del fuego púrpura y la energía que emanaba el cuerpo de Iori. Sus facciones estaban difuminadas por la luz, irreconocibles.

Kyo intentó disimular por todos los medios el alivio que sintió al saber que los Kusanagi no conocían el rostro del pelirrojo, y que hasta barajaban la posibilidad de que hubiera más de un Yagami (¿por qué le pedían que lo identificara, si no?). Y el alivio se intensificó incluso más cuando Saisyu comenzó a despotricar contra él y K’, porque ninguno de los dos había tenido el sentido común de fotografiar a Yagami dada la oportunidad. A Kyo se le hizo difícil aceptar que K’ hubiese sido tan mal espía, y por un momento hasta pensó que su padre estaba intentando engañarlo para hacerle cometer el error de hablar más de la cuenta; pero, tras escucharlo rabiar por unos minutos, se convenció de que en verdad el rostro de Iori era desconocido para su familia. Las ganas que tenía de golpear a K’ disminuyeron exponencialmente.

Y vería pronto a su primo, al parecer, porque los Kusanagi habían hecho que K’ regresara a Japón para poder interrogarlo en persona y usarlo como medida adicional de seguridad si Yagami se aparecía en Osaka buscando a Kyo.

Una vez al tanto de los asuntos de la familia, había sido el turno de Kyo de hablar, mientras Saisyu lo escuchaba con atención. Kyo empezó diciendo que los Kagura habían sido de gran ayuda. La suspicacia en el rostro de su padre estuvo presente desde un comienzo, y Kyo supo que tendría que ser cauteloso con lo que dijera de Yagami, Orochi y el ritual de Chizuru. Mantuvo los hechos tan vagos como le fue posible, expresándose de forma distante cada vez que mencionaba a Iori. No dijo que lo había llamado al templo, sino que dio a entender que Orochi había aparecido ahí sorpresivamente, encontrándolo bajo sus propios medios. No le importó darle todo el crédito de la derrota de Orochi y su posterior aprisionamiento a Chizuru. Sólo hizo énfasis en que el asunto había sido zanjado. Orochi estaba atrapado, las reliquias estaban con sus respectivos dueños, él había cumplido su palabra.

A Kyo le habría gustado que todo acabara ahí, porque, en su mente, la sangre de sus primos estaba en las manos de Orochi, y Orochi había sido vencido. Sin embargo, para Saisyu, y el resto de su familia, la culpa recaía en Yagami. Y Yagami estaba vivo y libre, y debía ser castigado. Las muertes debían ser vengadas con muerte, como dictaba la tradición.

Saisyu exigió saber dónde estaba Yagami, y Kyo respondió que no conocía su paradero, pese a que sabía a la perfección que Iori había planeado alojarse algunos días en un hotel en los alrededores del hospital.

La tensión en la habitación aumentó apenas Saisyu le indicó que la decisión de que cualquier Kusanagi podía matar a Yagami seguía en pie, y que si Kyo quería evitar conflictos con su propia familia, simplemente tendría que encontrar a Yagami y matarlo primero.

Kyo no supo qué expresión vio Saisyu en su rostro, pero el semblante de su padre se endureció y le echó en cara su anterior afirmación de que Yagami «no había hecho nada malo». Eso ya no se cumplía. Sangre Kusanagi había sido derramada por un Yagami. Cobrar venganza era la única manera de proceder.

Y aun así, Kyo no se vio capaz de decir que mataría a Iori. Ni siquiera como una mentira para apaciguar a su padre.

Su falta de respuesta hizo que Saisyu perdiera los estribos. Era su padre, después de todo. Sabía que no aceptar matar a Yagami era lo mismo que negarse a hacerlo.

El anuncio de que Kyo sería expulsado del clan Kusanagi hasta que demostrara que había matado a Yagami, o que estaba haciendo todos los esfuerzos posibles por acabar con él, fue un ultimátum que llegó de la nada y que claramente alteraba más a Saisyu que a Kyo.

La sorpresa de Kyo al ver que sus parientes estaban dispuestos a echarlo —deshonrar a sus padres— sólo porque él se negaba a obedecer aquella orden regida por el atavismo, fue seguida por un silencio obstinado que llevó a Saisyu a decir que ningún simpatizante de los Yagami sería un hijo suyo.

Kyo no pudo contenerse y respondió que no le importaría no ser parte de una familia con tradiciones tan arcaicas.

Supo que había ido demasiado lejos cuando su padre alzó la voz para insultarlo.

Un médico abrió la puerta de la habitación al oír el escándalo y le pidió muy fríamente a Saisyu que por favor bajara la voz, amenazándolo luego con no volver a permitirle la entrada al establecimiento si no se calmaba.

Kyo se había quedado de una pieza al ver a su padre reaccionar así. Lo había visto perder la paciencia muchas veces antes, pero no de esa manera. De inmediato, dejó de provocarlo. Sus ganas de rebelarse a las órdenes y costumbres del clan pasaron a un segundo plano. La presión que el clan debía estar ejerciendo sobre Saisyu era demasiada y, a diferencia de él, su padre no solía buscar rebelarse ante la familia. Las tradiciones le importaban y quería lo mejor para los suyos. Si el hecho de que Kyo fuera el heredero del clan era motivo de orgullo, el que se estuviera considerando expulsarlo podía ser considerado como la peor humillación que Saisyu pudiera sufrir.

Kyo se sintió mal por su padre. Maldijo para sí, porque no se le ocurría una solución donde ambas partes acabaran bien.

Cuando su padre se retiró, sin obtener ningún compromiso, Kyo se dejó caer contra las almohadas, preguntándose qué estaba haciendo, qué diablos era lo que quería lograr.


Dormir era una buena manera de hacer que el tiempo pasara más deprisa, especialmente al estar recibiendo medicinas que le causaban somnolencia. Sin embargo, encontrarse con K’ sentado en la silla junto a la cabecera de la cama al abrir los ojos no fue un despertar al que se pudiera llamar placentero, y Kyo hizo un sonido de desagrado mientras se cubría el rostro con la sábana.

—Es peor para mí. Es el segundo avión que tengo que tomar por tu culpa —le recriminó K’, acompañando sus palabras con una leve patada al armazón metálico de la cama. Kyo se descubrió el rostro para mirarlo con molestia. K’ estaba repantigado en la silla, pero estiró sus piernas hasta apoyar ambos pies sobre las sábanas, poniéndose más cómodo. Kyo lo apartó con un golpe y luego se encogió al sentir que su herida dolía por el brusco movimiento. K’ rió—. Ese Yagami debe saber lo que hace, si has acabado en un hospital —señaló, burlón, un tono de falsa admiración en su voz, mientras contemplaba la poco favorecedora bata celeste de Kyo, y la vía que el joven aún tenía clavada en la vena.

—No fue Yagami —gruñó Kyo.

—Oh, perdón, Orochi —se corrigió K’, la burla sin irse de sus ojos grises—. Te va a costar hacer que tu familia entienda que hay una diferencia. En especial con los dos que mató.

 Kyo suspiró con fuerza.

—¿Qué diablos haces aquí? —preguntó finalmente.

—¿Servir a Kyo-sama? —respondió K’ con hastío—. Debo vigilarte otra vez. O protegerte, esa parte no está muy clara. Tu padre no piensa volver a poner un pie en este hospital, al parecer, así que estoy aquí para informarle sobre tu evolución, actividad sospechosa, o si Yagami aparece para intentar matarte. ¿No te suena familiar? Pero, ahora que lo pienso, no especificó qué debo hacer si Yagami sólo quiere llevarte con él. Supongo que aplicará esa orden de matarlo apenas aparezca.

—¿Qué tonterías estas diciendo? —gruñó Kyo, irritable. K’ parecía estar tomándose la situación como un juego.

—No sabes el problema en que te has metido —suspiró K’—. Si sigues con esto, vas a perder tu lugar en la familia. Tus padres serán expulsados también, borrados del registro familiar. ¿En verdad quieres hacerles pasar por eso, por proteger a un Yagami?

Kyo miró a K’, confundido.

—¿Expulsarán a mis padres…?

—Oh, ¿Saisyu no te lo dijo? —preguntó K’ arqueando una ceja—. Quizá te vio convaleciente y quiso evitarte el mal rato. O quizá aún tiene esperanzas de que harás lo correcto.

Kyo apretó los puños con fuerza, comprendiendo el porqué de la rabia de su padre. Siseó una maldición al sentir la punzada de la aguja del suero.

—Me reuní con tus parientes —continuó hablando K’—. Querían que reportara en persona lo que les dije desde South Town. Al parecer, algunas de las cosas que hiciste con Yagami eran tan irracionales que no estaban del todo convencidos de que fueran verdad.

Kyo recordó de pronto todas las veces que había querido golpear a K’ por los informes que había presentado a su padre.

—¿Qué fue lo que les dijiste?

—Lo que hacías —respondió K’, y frunció el ceño—. Y ni pienses en culparme por esta situación. Fueron tus acciones las que te metieron en esto.

—¿De qué maldito lado estás? —gruñó Kyo, negando para sí.

—De los Kusanagi, ¿qué otra opción me queda? —preguntó K’, alzando su mano derecha, dejando que una breve flama anaranjada lamiera la superficie roja de su guante. Sus ojos grises se encontraron con la mirada molesta de Kyo y K’ sonrió—. Si no fueras tan tonto, te habrías dado cuenta de eso.

—Habla claro —gruñó Kyo—. Dices despreciar a mi familia, pero no dudaste en ponerte del lado de ellos en lo que concierne a Yagami.

—¿Sí? —preguntó K’, viéndose entretenido con la conversación, porque irritar a Kyo siempre era una buena manera de pasar el rato—. ¿Estás seguro de eso?

Kyo entrecerró los ojos con desconfianza. K’ estaba sonriendo satisfecho y seguía sonando como si todo fuera un juego para él.

—Kyo, si hubiera querido, te habría seguido a casa de Yagami aquella mañana en que fue por ti al motel. Podría haber informado a toda tu familia sobre dónde encontrarlo. Pero no me dio la gana, ¿por qué crees que no lo hice?

—¿Porque te hace falta iniciativa? —ofreció Kyo, sin tener que pensarlo.

K’ le dedicó una sonrisa torcida. Kyo podía ser muy idiota cuando se lo proponía.

—Porque no me conviene enemistarme con el futuro heredero de los Kusanagi —corrigió—. Todos esos viejos morirán en un futuro no muy lejano. A ti tendré que aguantarte por años. O al menos eso pensaba en ese entonces. No creí que las cosas irían tan mal que acabarían amenazando con desheredarte.

—Tu manera de ayudar deja mucho que desear, ¿sabes? —gruñó Kyo con resentimiento.

—Más que ayudar, pensaba en mi futuro —dijo K’ encogiéndose de hombros.

Kyo se cubrió medio rostro con la mano. No concebía que K’ hubiese estado de su lado todo el tiempo, pero, en retrospectiva, el joven de cabellos grises había obedecido sus órdenes. Había ayudado a vigilar el bar la noche del concierto, no se había interpuesto (demasiado) cuando Iori fue a buscarlo al motel.

—¿No enviarle una foto de Yagami a mi padre fue intencional? —preguntó Kyo.

—No era parte de las órdenes que recibí —dijo K’, indiferente.

—Entonces… ¿tú no piensas que debo matar a Yagami? —volvió a hablar Kyo, formulando la pregunta despacio, aunque el desafío estaba presente en su voz.

K’ soltó un resoplido.

—Después de todo lo que he visto, si quieres tener a un Yagami como amigo no me importa —aseguró—. Siempre y cuando no esté poseído por un dios u otro tipo de instinto asesino que lo haga un peligro para el clan.

—Casi has sonado como un Kusanagi —murmuró Kyo por lo bajo, pero secretamente agradecido por las palabras de K’.

—No soy un Kusanagi, por eso Yagami…, perdón, Orochi, no pudo conmigo —se jactó K’.

—¿Qué?

K’ sonrió.

—No te lo dije para que no tomaras un avión de vuelta a South Town, pero me crucé con Yagami hace unos días, en pleno centro de la ciudad —confesó K’—. Orochi intentó quemarme con mi propio fuego. —K’ miró su guante rojo—. El muy ingenuo.

—¿Pelearon? —preguntó Kyo, a pesar de que la respuesta era obvia. No habían peleado, porque K’ no tenía ninguna herida, estaba ileso.

—Yagami me dio la espalda y ordenó que me largara, eso fue todo —dijo K’, y luego se puso de pie, sacando su celular del bolsillo de su pantalón—. En cuanto a las fotos que juré ante tus parientes no haber tomado… —el joven encendió la pantalla y tras unos segundos se la mostró a Kyo. El castaño vio con sorpresa algunas instantáneas del pelirrojo, tomadas en medio de la calle. Eran fotos apresuradas y mayormente borrosas, pero su rostro era reconocible—. Soluciona este problema, Kyo —dijo K’, apartando el celular.

—No voy a matar a Yagami.

—No te estoy diciendo que lo mates, sólo que encuentres una solución —interrumpió K’ con brusquedad, volviendo a su silla, dejando que Kyo evaluara sus opciones por largo rato.


Por medio de K’, Kyo confirmó que Saisyu no volvería a visitarlo en el hospital. Ningún otro Kusanagi se atrevió a aparecerse, por temor a enemistarse con los otros miembros del clan, como si la simpatía de Kyo por los Yagami pudiera ser contagiosa. Dos días después de la discusión con su padre, Shizuka anunció que volvería a Osaka. Ya había hecho todo lo posible por consolar a la madre de los Kusanagi muertos en Tokio, y era hora de volver a casa. Lo visitaría esa noche, y llevaría a Yuki con ella. Kyo agradeció que a sus padres les hubiese parecido prudente no permitir que Yuki, ni ninguna de sus amistades, lo fueran a ver sin autorización.

 —Dame tu teléfono —ordenó Kyo a K’, que había llegado hacía unos minutos y ya estaba instalado en la silla junto a la cabecera de la cama viéndose aburrido—. Necesito enviar un mensaje.

K’ obedeció de mala gana y entregó el aparato.

—Si estás planeando borrar las fotos de Yagami, tengo una copia —advirtió.

—¿Piensas chantajearme con esas fotos? —preguntó Kyo, ofendido.

—Una amistad prohibida con un Yagami es sumamente explotable, ¿no lo crees? —se burló K’, ganándose que Kyo lo mirara con odio. Sin embargo, Kyo se olvidó pronto de él y comenzó a escribir un mensaje, mirando fijamente la pequeña pantalla—. ¿Le estás enviando un mensaje a Yagami desde mi celular? —adivinó K’, siendo su turno de ofenderse.

—Eres mi cómplice. Si caemos, caeremos juntos —dijo Kyo, riendo abiertamente al ver que K’ parecía a punto de golpearlo. Alzó las manos en son de paz y luego devolvió el teléfono—. Estoy siguiendo tu consejo. Si quiero solucionar este embrollo, debo hablar con Yagami. Será mejor aprovechar que nadie vendrá a visitar hasta la noche. Procura no provocar a Yagami, ¿quieres?

K’ no respondió, distraído revisando los mensajes enviados desde su teléfono.

—Sabes que puedo recuperar el número de Yagami aunque hayas borrado el mensaje, ¿verdad? —preguntó luego.

—¿Para qué? ¿Vas a llamarlo?

K’ entrecerró los ojos.

—No hiciste nada con sus fotografías —le recordó Kyo—. No creo que vayas a hacer nada con su número. Además, dijiste que estás de mi lado.

El joven de cabellos grises negó para sí, porque ponerse del lado de Kyo no había sido su intención. Había querido mostrarse indiferente ante lo que Kyo quisiera hacer con Yagami, pero el castaño se lo había tomado como que tenía un aliado, que lo apoyaba en su decisión de no matar por tradición.

Sin embargo, como Kyo se veía animado por ya no estar completamente solo en contra de su clan, K’ guardó silencio.

—¿Has mantenido contacto con Yagami todo este tiempo? —preguntó K’ tras unos segundos.

Kyo no contestó de inmediato y K’ suspiró con fuerza, tomándose eso como un sí.


Kyo oyó que unos pasos familiares en el pasillo precedían a la llegada de Iori. K’ se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta al notar que alguien se acercaba. El castaño sonrió, sabiendo que, de haberlo querido, Iori no habría hecho sonido alguno; estaba anunciando su presencia, evitando una aparición súbita que podría ser tomada como un acto de hostilidad, porque Kyo le había advertido en su mensaje que K’ estaba apostado como vigía en la habitación.

—Esto no es una buena idea —gruñó K’ junto a la puerta, sin poder evitar la tensión que le provocaba saber que había un Yagami aproximándose. Un Yagami que venía por Kyo y que recientemente había estado matando a miembros de su familia.

—Es necesario —dijo Kyo desde la cama, perfectamente tranquilo—. Puedes dejarnos a solas, no pasará nada.

K’ apretó los dientes. Era muy difícil hacer a un lado tantos años en que los Kusanagi le habían repetido que los Yagami eran el enemigo. Su instinto le decía que Kyo estaba en peligro, a pesar de saber que ésta era la segunda vez que Iori acudía ante una llamada de su primo.

Aún no olvidaba su corto enfrentamiento con Yagami en el estacionamiento del motel. El pelirrojo había estado herido, pero no había dudado en atacarlo. K’ siseó una maldición, intentando no centrarse en la violencia del encuentro, sino en cómo Yagami se había calmado de inmediato al ver que Kyo iba con él.

No habría violencia si no había una provocación, se dijo. Yagami no estaba interesado en él. Lo había demostrado cuando se encontraron por accidente en South Town, cuando Kyo ya se había ido.

—Espero no arrepentirme de esto —gruñó K’, abriendo la puerta y encontrándose con el pelirrojo.

Bastó que sus miradas se cruzaran para que K’ comprendiera un par de cosas que no habían estado demasiado claras. Sí, Yagami acudía ante una llamada de Kyo, pero eso no implicaba la más mínima obediencia de parte del pelirrojo. En otra persona, K’ quizá habría esperado ver cierto grado de mansedumbre, o hasta sumisión ante los deseos de Kyo, pero no encontró rastros de eso en Yagami. Sus ojos escarlata contenían la misma expresión amenazante que había visto en South Town. De no haber sido porque Kyo le había asegurado que Yagami no era un enemigo, K’ habría pensado que estaba dispuesto a atacarlos.

Yendo contra su instinto, terminó de abrir la puerta y se hizo a un lado, sin dirigirle la palabra al pelirrojo. Éste ya no lo miraba. Su atención estaba puesta en Kyo.

—Tch. —K’ se obligó a dar un paso fuera de la habitación y cerró la puerta tras él, sin acabar de creer que estuviera haciendo eso, dejando a Kyo con Yagami, por su propia voluntad.

No se alejó demasiado. Se quedó cerca de la habitación, su espalda apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y el oído atento por si tenía que intervenir.


Kyo se quedó quieto mientras Yagami lo examinaba con la mirada, a cierta distancia de la cama. Le sonrió pesaroso, sintiéndose ridículo de estar con una bata de enfermo y el suero conectado a su vena. Se había sentado muy erguido en medio de la cama para dar una apariencia menos patética, pero era imposible no sentirse expuesto y vulnerable estando en un hospital.

A diferencia de él, Iori actuaba con normalidad, como si ya se hubiese habituado a estar en Japón y fuera una actividad cotidiana visitar a un conocido en el hospital.

Kyo no pasó por alto que Iori había conseguido ropas nuevas, y que el hecho de tener a todo el clan Kusanagi tras su cabeza no había sido motivo suficiente para que eligiera un atuendo discreto. La larga camisa blanca, los pantalones rojos, la chaquetilla negra que acentuaba sus hombros anchos… No. Al contrario, parecía que Iori buscaba llamar la atención. Y no sólo de posibles Kusanagi.

Alzó la mirada cuando Iori se acercó unos pasos. Se alegró de que el semblante del pelirrojo hubiera mejorado en aquellos días que llevaban sin verse. Luego le pareció injusto que Iori, pese a haber estado poseído, tuviera mejor aspecto que él.

—¿Cómo te sientes? —habló Iori, y Kyo frunció el ceño porque la pregunta no reflejaba preocupación sino fastidio.

—A la perfección. Estoy listo para irme de aquí —aseguró el castaño. Iori negó, porque eso no iba a ocurrir hasta que un médico diera el alta, y Kyo bufó con molestia—. Es una pérdida de tiempo.

—¿Tienes algo urgente que hacer? —preguntó Iori con sorna.

—¿No te has enterado? Hay un Yagami en la ciudad —dijo Kyo, un brillo burlón en sus ojos y una sonrisa en sus labios al ver que su respuesta parecía hacerle gracia a Yagami.

—Hay tiempo —comentó Iori, su voz baja, siguiéndole el juego.

Kyo rió y negó.

—No quiero que desaparezcas mientras me tienen atrapado.

—Estoy aquí.

Yagami se había acercado más y ahora se encontraban frente a frente. La cama era alta y Kyo no tuvo que alzar demasiado la mirada para enfrentar la del pelirrojo. El rostro de Iori estaba serio, pero sereno y libre de inquietud, y Kyo sintió algo agradable en su interior al observarlo. Tal como decía, Iori estaba ahí, por él.

El suave roce en su mejilla era algo que Kyo ya había aprendido a esperar; entregarse a la caricia era su manera de corresponderla. Cerró sus ojos, disfrutando de la sensación. Los dedos de Iori eran suaves cuando no estaban desgarrando su piel.

—Te prometí que no tendrías que volver a buscarme —le reprochó Iori quedamente.

Kyo no abrió los ojos, rememorando la conversación que habían tenido días atrás. Él había estado bromeando, en parte, al asegurar que era capaz de buscar a Iori a través de los continentes. No se había percatado de que la respuesta de Iori había sido una promesa que el pelirrojo pensaba cumplir.

Sintió un escalofrío al notar que uno de los dedos de Iori reseguía sus labios con lentitud.

—Por días no supe dónde estabas —arguyó Kyo, abriendo los ojos y mirando al pelirrojo, refiriéndose a las numerosas ocasiones en que, durante sus llamadas telefónicas, le preguntó a Iori por su paradero y no recibió respuesta.

—Estaba ahí —dijo Iori simplemente.

—Ahí, aquí... —repitió Kyo como un eco—. Cumples tu palabra de una forma muy curiosa, Yagam...

Su frase acabó siendo un apagado sonido de protesta en el fondo de su garganta cuando Iori lo interrumpió con un beso, haciendo que su mente se quedara en blanco.

—Maldito... —alcanzó a decir Kyo, sintiendo el roce de los labios de Yagami contra los suyos, una corta sonrisa de parte del pelirrojo, antes de que el beso se ahondara, hambriento y posesivo. Kyo puso sus manos contra el pecho de Iori, cerrando sus dedos en la tela de sus ropas, ignorando el pinchazo de la aguja en el dorso de su mano. Quería empujar a Yagami hacia atrás para no permitir que lo atrapara contra el respaldo alzado de la cama, y al mismo tiempo quería atraerlo contra sí, para que no volviera a alejarse, para compensar por aquellos días y noches que no habían podido tener, satisfacer el deseo postergado.

Se separaron cuando Kyo comenzaba a sentir que le faltaba el resuello. Rió al ver que Iori no estaba mejor.

—¿Ansioso, Yagami? —preguntó insinuante, intentando ignorar las punzadas que su ritmo cardiaco acelerado causaba en su herida, y también la agradable tensión que comenzaba a percibir un poco más allá.

—Recupérate y averígualo —respondió Iori sin inmutarse. Kyo no pudo decidir si eso era una provocación o una invitación.

—Ya estoy bien —aseguró una vez más con firmeza, mirando a Iori a los ojos, estremeciéndose al preguntarse si Iori sería capaz de ir más allá de un beso, sin importarle que estuvieran en un cuarto de hospital. Cuando Iori extendió una mano como para apartar las sábanas que cubrían su entrepierna, Kyo tartamudeó una protesta no muy elocuente, que hizo que Iori riera burlón, para acabar rozando el vendaje de su herida, haciendo una muy ligera presión que fue suficiente para que Kyo sintiera dolor y soltara un quejido.

—Estás mejor —concedió el pelirrojo—, pero, para cuando acabe contigo, terminarías en el hospital otra vez —aseguró, permitiéndose rozar la mejilla del joven con dos dedos antes de apartarse despacio—. Tu piel está caliente —comentó satisfecho al ver que las mejillas de Kyo habían adquirido un poco más de color tras oír sus palabras.

—Rezagos de la fiebre —replicó Kyo de inmediato, frunciendo el ceño, fastidiado por no poder evitar ese tipo de reacciones, odiando que Yagami tuviera la ventaja y el control de la situación.

Iori notó su enfado y aquello sólo le hizo reír un poco más.

—Eres mal perdedor, Kusanagi —comentó, pero sin esperar respuesta, yendo hacia la ventana de la habitación y mirando hacia el exterior a través de las persianas. Mientras esperaba que Kyo se calmara, admiró el silencioso movimiento de la ciudad, tan distinta de lo que estaba acostumbrado a ver en South Town.

Por años se había empeñado en creer que Japón no le interesaba, pero parte de esa convicción se había venido abajo en los últimos días. Mientras se dirigían al hospital en el auto de Chizuru, y Kyo dormitaba apoyado en su regazo, él había mirado las carreteras y los extensos campos verdes que rodeaban a la ciudad, y luego sus pulcras avenidas y calles estrechas. Se había preguntado qué lugares frecuentaba Kyo, qué bar era su favorito, a dónde iba en sus ratos libres. Esa ciudad era el mundo del cual Kyo había salido para ir a buscarlo; era un lugar que le permitiría conocer al joven más a fondo.

Un breve destello en el cristal de la ventana llamó su atención. Creyó que se trataba de un reflejo del exterior, pero pronto el brillo tomó la forma de una pequeña llama de fuego escarlata, flotando en medio de la nada a la altura de sus ojos con aire casi juguetón.

Se volvió hacia la cama.

—No me ignores —exigió Kyo, su ceño estaba fruncido, pero la molestia había pasado.

Iori fue hacia él, mirando todo el tiempo el brillo antinatural que iluminaba sus ojos cuando invocaba a su fuego. Notó que Kyo sonreía complacido.

—En verdad te gusta, ¿eh? —preguntó el Kusanagi. Iori no preguntó a qué se refería, obligándolo a continuar—. El color dorado en mis ojos —especificó—. Te he visto mirándolo antes. Y ahora estoy convencido: te gusta.

Mientras observaba la sonrisa engreída del castaño, Iori pensó en todas las maneras en que podría haber respondido a eso. Las opciones iban desde una simple negativa, hasta una amenaza de arrancarle los ojos. Pero, al final, decidió que la verdad era inofensiva. El único daño que haría sería alimentar la vanidad del Kusanagi.

—Es fuego —dijo simplemente, su voz indiferente acompañada con un leve encogimiento de hombros, permitiendo que Kyo se tomara eso como mejor le pareciera—. ¿Qué estás tramando? —gruñó en seguida, al ver que una expresión traviesa que no auguraba nada bueno cruzaba el rostro de Kyo.

—Nada —contestó Kyo con una honestidad demasiado exagerada para ser cierta—. Quiero probar algo. Te enterarás cuando salga de aquí —dijo.

Iori no le dio la satisfacción de seguir su juego. Kyo suspiró.

Tras unos segundos de silencio, el momento de sosiego y el tiempo para bromear llegaron a su fin. Kyo bajó la mirada hacia las sábanas. Buscó la mejor manera de abordar el tema por el que había llamado a Iori.

—Sólo dilo —sugirió el pelirrojo después de verlo vacilar. Al parecer Iori volvía a ser capaz de leer sus pensamientos.

—Debo matarte —murmuró Kyo, y no pudo evitar reír con amargura ante lo ridícula que sonó aquella frase—. Por aliarte con Orochi, y por haber derramado sangre Kusanagi.

—Debías matarme antes, esto no cambia nada.

Kyo miró de soslayo a Iori, una sonrisa débil asomando a sus labios porque el pelirrojo lo hacía sonar muy simple.

—Planean expulsarme del clan —explicó—. Y a mis padres —tuvo que agregar—. Y aun así, no quiero darles el gusto. Matarte sólo porque eres un Yagami... —Kyo no terminó la frase, su mirada oscureciéndose con molestia—. No pueden seguir pensando así después de tantos años, ni esperar que yo esté de acuerdo con eso.

—¿Prefieres darles el gusto de expulsarte? —preguntó Iori con sorna, ganándose una mirada de desagrado del Kusanagi—. ¿Qué pretendes hacer si te echan?

Kyo murmuró un «no lo sé» que no sorprendió a Iori, porque el pelirrojo sabía bien que Kyo no era muy hábil pensando a largo plazo.

—¿Qué planeabas? —inquirió Iori, cada vez con mayor desaprobación, pero sin llegar a sonar molesto, porque sabía que Kyo estaba dispuesto a desafiar las tradiciones de su familia por él—. ¿Dejar a los tuyos? ¿Mudarte a South Town? —ofreció burlón, dejando implícito un desdeñoso «¿conmigo?» que hizo que Kyo negara con firmeza, incapaz de enfrentar su mirada.

—No lo sé. Sólo no matarte —murmuró el castaño.

Fue el turno de Iori de suspirar.

—No hagas sacrificios que nadie te está pidiendo, Kyo —dijo con seriedad.

Kyo se volvió hacia él.

—¿Entonces qué? —preguntó el castaño bruscamente, pero conteniendo su molestia al ver la expresión calmada de Iori, su mirada decidida.

—Mátame —ofreció Iori.

Kyo sintió una opresión desagradable en su pecho al oír a Iori decir eso, que duró sólo medio segundo porque de inmediato se dio cuenta de que Iori no podía estar hablando en serio. Lo conocía. Alguien que había resistido durante tantos días a sucumbir ante Orochi jamás habría hecho tal sugerencia.

Miró a Iori con desconfianza, intentando discernir exactamente qué estaba diciendo el pelirrojo.

Iori negó para sí cuando el momento se alargó demasiado y Kyo no dio muestras de estar entendiendo.

—Vaya heredero resultaste ser —comentó Iori casi con desinterés, posando su mano entre los cabellos de Kyo, deslizando sus dedos entre los suaves mechones castaños, para completa confusión del joven, quien sospechaba que Iori iba a decir algo desagradable, porque esa caricia estaba siendo demasiado gentil—. Si Orochi hubiese esperado a que asumieras el liderazgo, no habría tenido que hacer nada salvo ver cómo los Kusanagi se autodestruían bajo tu mando —concluyó Iori.

—¿Estás diciendo que no soy apto para liderar a mi clan? —soltó Kyo, ofendido.

—Es exactamente lo que estoy diciendo —asintió Iori, y Kyo se sintió más confuso aún, porque la caricia que acompañó a esas palabras siguió siendo agradable—. No sabes planear a largo plazo. No ves una estrategia aunque te la pongan delante.

—Yagami —gruñó Kyo en advertencia.

—Dirigir a una familia en base a tus decisiones impulsivas sacudirá a los Kusanagi hasta sus cimientos —continuó Iori, ignorándolo, hasta viéndose divertido con la idea, disfrutando de la molestia de Kyo y de que el joven aún no entendiera a qué quería llegar—. Y nadie podrá hacer nada, porque eso implicaría levantarse contra el líder de la familia. Tendrán que acatar tus absurdas órdenes.

—¿No oíste la parte donde dije que planean expulsarme?

—Por eso debes matarme, Kyo —concluyó Iori tranquilamente—. Y cuando hayas asumido el poder, declara una tregua con mi familia si eso te hace feliz; no les quedará más remedio que escucharte y obedecer.

Kyo no supo si Iori hablaba en serio o se burlaba descaradamente de él.

—No pienso matarte —fue todo lo que dijo, porque eso era lo único que sabía con claridad absoluta.

Iori dejó las burlas de lado y se permitió disfrutar de la sinceridad que percibía en la voz del joven. No sabía en qué momento Kyo había decidido darle su lealtad, pero verlo llegar hasta ese punto, oponiéndose a su familia y arriesgándose no sólo a ser destituido, sino ser expulsado del clan, lo hacía sentir un oscuro y placentero deseo de mostrarle a Kyo que él no se merecía tal devoción. Kyo no podía tener la seguridad de que él no se volvería en su contra en el futuro. No pensaba hacerlo, porque traicionar a otros no iba con él, pero Kyo no sabía eso. La entrega del castaño nacía de su impulsividad. Iori estaba seguro de que Kyo no se había detenido a reflexionar sobre sus acciones. No, Iori no pensaba traicionarlo, pero tal vez algún día le anunciaría a Kyo que iba a lastimarlo y lo haría. ¿Qué pensaría Kyo entonces? ¿Qué haría cuando su lealtad se tornara en amargura?, ¿cuando viera que había cometido un error?

—Estúpido Kusanagi… —se encontró murmurando, y con la mano con que había estado acariciándole el cabello acunó la mejilla del joven, haciendo que alzara el rostro hacia él, viendo sus ojos castaños intensos, resueltos—. No estás escuchando.

—Tú no estás hablando claro —murmuró Kyo, resentido.

—Dile a tu familia que cumpliste tu deber, que estoy muerto —indicó Iori, haciéndosele curioso que Kyo se viera incluso más ofendido con esa idea—. No me importa que me «mates». No tienes por qué buscarte problemas innecesarios.

—Yagami… —intentó protestar Kyo.

—Les has mentido antes, repetidas veces.

—Llámalo una cuestión de orgullo, pero mentir sobre tu muerte no se siente correcto —repuso Kyo.

—¿Tu orgullo o el mío? —preguntó Iori con una sonrisa burlona—.Que un grupo de Kusanagi me crean muerto me trae sin cuidado. —Iori acalló las protestas de Kyo rozándole los labios con un dedo—. Tú eres el único que me importa —le recordó—. Nadie más.