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Ocasiones imaginadas

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Unas horas después, la rutina del templo volvía a la normalidad. El personal había retornado ante la orden de Chizuru, y a través de las puertas entreabiertas de la habitación, Iori veía figuras femeninas moviéndose en la distancia, vestidas de blanco y rojo. Había mujeres adultas y otras aún muy jóvenes, y todas escuchaban a Chizuru con la mirada baja, y asentían a sus palabras, inclinándose profundamente antes de alejarse de la niña para ir a cumplir sus labores.

Las mujeres se atarearon limpiando el patio donde había ocurrido el enfrentamiento. Las lajas quebradas llenaron varias bolsas de basura. Tres muchachas se encargaron de fregar el suelo con ahínco hasta eliminar las manchas de sangre y, luego, en un esfuerzo conjunto, comenzaron a retirar las maderas rotas de la vieja sala donde se había llevado a cabo el ritual.

Chizuru se mantuvo cerca, supervisando que el sello no fuera perturbado.

Iori se dedicó a observar, demasiado cansado para moverse, pero no lo suficiente para ceder a la tentación de recostarse junto a Kyo y dormir unas horas. Le desagradaba estar en ese lugar desconocido, rodeado de personas en las que no confiaba, a tan sólo unos metros de donde Orochi se encontraba atrapado.

Permaneció sentado junto al castaño, alternando entre mirarlo y observar el movimiento de las mujeres en el exterior. Su cuerpo estaba entumecido, y el único dolor que notaba en ese momento era una pulsación en su hombro lastimado.

Dejó que sus pensamientos se encauzaran por sí solos, permitiéndose divagar por temas a los que no había dado prioridad al estar tan centrado en el Kusanagi.

La primera y más simple de las interrogantes era qué pretendía hacer ahora. Quedarse unos días en la ciudad hasta asegurarse de que Kyo estuviera bien, eso lo tenía claro, pero, ¿y luego?

Sin Orochi presente, la causa común que había llevado a Kyo a buscarlo ya no existía. Lo más lógico era pensar que cada uno volvería a su rutina. Kyo estaría en Japón, y él regresaría a South Town. Sí, quedaba ese asunto de la rivalidad entre sus familias y la placentera sensación que le provocaba imaginarse tomando la vida del Kusanagi con sus propias manos, pero, después de todo lo que había pasado, aquello era sólo eso: una idea, agradable de pensar y lejos de ser concretada. Había hecho tanto por proteger a Kyo, por salvarlo; esperar a que despertara para anunciarle que iba a matarlo resultaría bastante ridículo.

Tal vez en un futuro volvería a considerarlo. O tal vez no. ¿Importaba?

Con la garganta seca, emitió una risa oscura, una burla hacia sí mismo al notar que estaba pensando en términos de enfrentar a Kyo como un igual. Tenía que recordar que había perdido el fuego púrpura otra vez. Recuperarlo no era un problema. La reliquia de su familia estaba segura con la sacerdotisa Kagura —o tan segura como podía encontrarse en manos de personas que habían perdido su propia reliquia no mucho tiempo atrás— pero estaba casi convencido de que bastaría con exigirla de vuelta para que la niña tuviera que entregársela. La magatama le pertenecía a los Yagami por derecho, después de todo. Ni los Kagura ni los Kusanagi tenían autoridad para negársela.

Pero… ¿la quería de regreso?

La historia familiar decía que había un pacto antiguo y aún vigente alrededor de esa reliquia: el pacto que sus antepasados habían hecho con Orochi y que le daba esa tonalidad púrpura al fuego de los Yagami.

Iori no sabía qué tipo de acuerdo había sido negociado con el dios cientos de años atrás, pero éste había perdurado por siglos. Que Orochi estuviera libre o atrapado no incidía sobre el pacto. Las flamas Yagami continuaban brillando púrpuras; los miembros del clan sufrían de un disturbio en su sangre debido a ese poder, y morían jóvenes por el desgaste producido en sus cuerpos.

Durante su niñez, Iori había oído a su padre referirse a esa situación como una «maldición». Cuando su padre lo reñía por ser incapaz de invocar el fuego, Iori no pasaba por alto lo contradictorio que resultaba que su padre lo despreciara por no estar maldito como el resto de su familia, por no llevar una parte de Orochi en su interior.

¿Cómo habían podido pensar, en ese entonces, que vivir afectados por el dios era la manera correcta de reafirmarse como miembros del clan Yagami?

Él se había liberado de Orochi hacía apenas unas horas. Pensar en volver a estar bajo la influencia del dios lo enfurecía.

No quería volver a oír su voz dentro de su cabeza, ni sentir cómo le arrebataba el control sobre su existencia.

No.

Entonces, ¿por qué lo estaba considerando?

No lo decidiría esa noche, ni por la mañana, pero sabía que en un futuro…

Si dejaba la magatama bajo la protección de los Kagura, o tal vez en manos de Kyo, y la reclamaba más adelante…

Se interrumpió de inmediato, porque ambas opciones eran impensables. Era la reliquia de su familia. No podía estar en manos de alguien que no fuera un Yagami.

Miró al castaño a su lado. Se preguntó qué pensaría Kyo al respecto.

Volvió a interrumpirse, diciéndose que no debía importarle la opinión del Kusanagi.

El tiempo avanzó con lentitud, el asunto dándole vueltas en la cabeza. Algunas sirvientas pasaron por la habitación, saludándolo con una inclinación silenciosa y sin intentar dirigirle la palabra. Iori supuso que Chizuru las había enviado, porque éstas comenzaron a ordenar el cuarto para hacerlo un poco más habitable. Dispusieron una mesa donde dejaron algo de comida, junto con algunas bebidas frescas. Trajeron una pequeña estufa para combatir el frío que hacía en la habitación y se llevaron la ropa ensangrentada de Kyo.

No le hablaron. Iori las oyó cuchichear en el pasillo y preguntarse si debían ofrecerse a vigilar a Kyo para que él pudiera asearse, cambiarse sus ropas y descansar, pero ninguna pareció reunir el valor necesario.

Iori observó a Kyo sabiendo que no tenía sentido permanecer tan cerca del joven. Nada cambiaba con su presencia o su cercanía, pero no encontraba fuerzas para alejarse. Orochi estaba atrapado, Kyo tenía su reliquia; pero la única manera en que él se convencería de que todo había acabado sería ver a Kyo despertar. Hasta entonces, estaba viviendo un instante suspendido, ajeno al paso del tiempo. Nada avanzaba y nada era definitivo.


Podía acostumbrarse a despertar en habitaciones desconocidas, si Yagami era lo primero que veía al abrir los ojos.

Ése fue el pensamiento de Kyo al recobrar la consciencia.

No reconocía el lugar, pero Yagami estaba a unos centímetros de él, sentado con la espalda apoyada contra la pared, sus brazos cruzados y la cabeza caída hacia adelante, dormitando. La habitación tradicional estaba en completo silencio, las puertas cerradas. Una estufa ardía en una esquina, y la única, tenue luz provenía de su quemador. A través de una pequeña ventana, se podía ver el exterior sumido en la negrura.

Sospechó que debían encontrarse en el templo Kagura aún, pero no consiguió explicarse por qué Iori estaba durmiendo sentado, o por qué seguía con las mismas ropas de la mañana, su rostro todavía salpicado de sangre.

Se incorporó, esperando que la apariencia del pelirrojo no fuera señal de que algo muy malo había ocurrido. Ahogó un gemido al sentir una punzada en el vientre. Al bajar la vista, se encontró con que su herida había sido limpiada y vendada con esmero. La piel le ardía y estaba caliente, pero era un dolor soportable mientras no se moviera.

A pesar de la herida y de la sangre que había perdido, se sentía más fuerte, y sabía perfectamente por qué. Podía notar el poder del fuego de los Kusanagi ardiendo en su interior, puro e intacto, sin el tizne de la influencia de Orochi. Su cuerpo podía estar lastimado y débil, pero aquella familiar energía era suficiente para sostenerlo.

Chizuru había cumplido su palabra. Había liberado a Iori y había recuperado las reliquias.

—¿Yagami? —probó llamar, pero no hubo reacción de parte del pelirrojo. Kyo se inclinó hacia él, apretando los dientes al sentir otra punzada, que ignoró. Apoyó su mano en el brazo de Iori e hizo una leve presión. Sonrió al ver que Iori abría los ojos despacio y lo observaba a través de algunos mechones escarlata, su mirada despejándose a medida que la neblina del sueño se apartaba.

Kyo no dijo más. Era Iori. Sólo Iori; podía verlo. Su rostro estaba libre de la tensión que había visto los últimos días. Su mirada era clara, intensa. Esos breves lapsos en que sus ojos se desenfocaban por culpa de lo que fuera que Orochi hacía en su cabeza estaban por completo ausentes.

Por un instante, Kyo no supo cómo actuar. No podía leer la expresión en el rostro del pelirrojo. Estaban frente a frente, a solas, después de días, pero Kyo no se atrevía a dejarse llevar por esa agradable intimidad que habían compartido antes de Orochi. Sus recuerdos más recientes eran de Iori evitándolo, manteniendo su distancia durante tardes llenas de silencios taciturnos.

—¿Estás bien? —preguntó Kyo, su voz sonando extraña en el silencio, controlando el impulso de acercarse más a Iori, limitándose a soltar su brazo para ir a rozar su mejilla con la punta de sus dedos, apartando sus cabellos rojos, viendo la sangre seca sobre su piel, su rostro más delgado, cansado.

Kyo sintió un leve escalofrío cuando, sin decir palabra, Iori se inclinó hacia la caricia.

—¿Estás…? —quiso repetir Kyo, pero calló al ver que Iori se inclinaba un poco más, hacia él, hasta que la frente del pelirrojo quedó apoyada contra su hombro, su rostro oculto. Kyo oyó un suspiro agotado escapar de los labios de Iori. Su mano automáticamente fue a posarse entre los cabellos del pelirrojo, haciendo una caricia tranquilizadora. No había esperado esa reacción de parte de Iori, pero tampoco le sorprendía del todo. Iori había estado resistiéndose a Orochi todo ese tiempo, completamente solo. Quién sabía lo que había tenido que enfrentar, o las cosas por las que Orochi lo había hecho pasar. Era comprensible que estuviera cansado. Estaba en su derecho si quería buscar alivio en aquel contacto.

Kyo sonrió, queriendo capturar ese momento, sabiendo bien que era muy probable que esa situación no se repitiera jamás. Iori no permitiría que lo volviera a ver así, tan cansado, tan aliviado.

Continuó acariciando los rojos cabellos con gesto dulce, deseando rodear a Iori con sus brazos, pero sin atreverse. Tuvo un sobresalto al sentir que Iori, sin alzar su rostro, rozaba el vendaje que cubría su herida. Los dedos del pelirrojo no hicieron presión, pero el área estaba demasiado sensible. Kyo contuvo el aliento, por reflejo queriendo apartarse, sabiendo que Iori le haría sentir dolor si eso era lo que quería.

Sin embargo, Iori sólo mantuvo su mano sobre las vendas, la presión no aumentó.

—No te preocupes por eso —habló Kyo. Consideraba innecesario decirle a Iori que no lo culpaba por ninguna de la heridas que había recibido, pero no estaba de más hacer hincapié en ello, sólo por estar seguros.

—Preocuparme —repitió Iori en voz baja, con un resoplido que podría haber sido una muy corta risa desdeñosa.

—¿No es eso lo que estás pensando?

No hubo respuesta. Kyo continuó pasando sus dedos por entre los mechones rojos de Iori.

—Hacia el final de la pelea... Sé que estabas ahí, sé que, en parte, eras tú —susurró Kyo, y sintió claramente que una rigidez invadía a Iori. Sin embargo, continuó acariciándolo como si nada ocurriera, mientras dejaba que sus pensamientos volvieran a aquellos últimos segundos de su enfrentamiento. Había estado mareado debido al golpe que había sufrido en la cabeza, pero el dolor de la herida en su abdomen había servido para aclarar sus pensamientos. Recordaba nítidamente a Iori sujetándolo por el cabello, la sensación de sus dedos al entrar en la herida. En gran medida había sido Orochi, sí, pero ese gesto, ese gesto en particular…—. ¿Lo disfrutaste? —preguntó Kyo entonces, una leve provocación en su voz.

—Tanto como tú —fue la respuesta, y la entonación de aquella corta frase hizo que Kyo sintiera otro escalofrío placentero.

Iori se apartó despacio y Kyo no tuvo más opción que permitírselo, pesándole no poder disfrutar un poco más de su cercanía.

Kyo esperó en silencio mientras, con lentitud, Iori iba por una cajetilla de cigarros que estaba sobre el tatami. Al volver, el pelirrojo tomó la bandeja con comida y bebida que las sirvientas habían dejado en la habitación horas atrás. Las situó en el suelo delante de Kyo antes de sentarse a un lado, y luego le ofreció una taza de té frío al joven, quien aceptó de buena gana. Iori lo observó beber ávidamente mientras él sacaba un cigarrillo.

—No te culpo por nada de lo que pasó —dijo Kyo con voz suave, manteniendo la taza entre sus dedos—. Aunque no te importe. Quiero que lo sepas.

—¿Ni por esos dos Kusanagi muertos? —preguntó Iori.

Kyo frunció el ceño ante su tono indiferente y apartó la mirada. La rabia que sentía por lo ocurrido estuvo clara en su semblante, mas no la dirigió hacia Yagami.

—Fue Orochi —dijo Kyo con firmeza, pero luego sintió que caía en el juego del pelirrojo y tuvo que agregar—: ¿O fue idea tuya matarlos?

Iori negó con una sonrisa desdeñosa.

—Tú eres el único Kusanagi que me interesa —le recordó, llevándose el cigarrillo a los labios.

Kyo sintió todo tipo de emociones incorrectas al oír esa respuesta. Había perdido la cuenta de las veces en que una amenaza de Iori lo había hecho sentirse satisfecho. Aquella no fue una excepción.

Sin embargo, el pelirrojo dejó pasar el tema. Optó por alzar el cigarro, mostrándoselo a Kyo.

—Sé útil. Enciéndelo —ordenó, y Kyo por reflejo acercó su mano para ofrecerle una flama. Se detuvo a medio camino al ver la mirada desaprobadora de Iori.

—Oh, es cierto, prefieres el «otro» —dijo Kyo, recordando una situación parecida, días atrás, en el departamento de Iori, cuando no sabía cómo comportarse porque no quería incomodarlo mostrándole su fuego.

Kyo se concentró un momento, mirando su mano, dejando que una llama anaranjada ardiera. Hubo un breve instante de duda en que se preguntó qué pasaría si el color del fuego no cambiaba a escarlata. ¿Significaría que el poder de Orochi lo había afectado permanentemente?

Miró a Iori de soslayo, pero éste observaba el fuego.

Requirió esfuerzo, más de lo usual, pero Kyo notó con satisfacción que las flamas se tornaban de un color rojo furioso, el núcleo ardiendo dorado, sin rastros de la oscuridad provocada por el dios. Suspiró con alivio. No había dolor, todo parecía haber vuelto a la normalidad.

Acercó el fuego a la punta del cigarrillo de Iori y éste dio una larga calada que llevaba horas necesitando.

Kyo no dejó de observar al pelirrojo y los rizos que formaba el humo entre sus labios al ser aspirado. Al alzar la vista, se encontró con Iori mirando sus ojos. Le sonrió, recordando que a Iori parecía gustarle el brillo dorado que iluminaba sus irises cuando invocaba al fuego escarlata.

—Si querías comprobar que estoy bien, sólo debías preguntarlo, ¿sabes? —comentó Kyo como al descuido, mostrándole el fuego a Iori, bajo su completo control otra vez. Iori pareció no oír aquellas palabras, demasiado concentrado fumando y observando sus ojos. Kyo cerró su mano, ahogando las flamas, y, cuando Iori finalmente apartó la mirada, intentó levantarse para ir a investigar el lugar donde se encontraban.

Hubo un comienzo de advertencia de parte de Iori, pero llegó muy tarde. Kyo sintió un latigazo de dolor proveniente de su herida, que lo hizo caer de vuelta al futon con un gruñido apagado. Se quedó encogido en sí mismo unos segundos, maldiciendo.

—Tu nivel de estupidez nunca dejará de sorprenderme —llegó el plácido comentario de Iori, porque Kyo descuidando sus heridas era parte del lento retorno a la normalidad. Kyo murmuró insultos ininteligibles—. No vuelvas a intentar moverte —ordenó Iori, ignorando los insultos, posando una mano en el hombro de Kyo para guiarlo y que volviera a echarse de espaldas, revisando que el vendaje siguiera en su lugar.

—Me siento bien —protestó Kyo.

—Y si quieres seguir así, no volverás a intentar moverte —remarcó Iori, con el tono de alguien que está a un paso de perder la paciencia.

A Kyo no le quedó más que sonreír ante el contraste entre las palabras de Iori y la amabilidad que hubo en sus gestos cuando lo cubrió con el cobertor.

Tomó la mano de Iori antes de que éste se apartara. Esperó hasta que la mirada del pelirrojo se encontró con la suya.

—Entonces… ¿todo terminó bien? —preguntó Kyo.

—¿No es obvio?

—El mundo podría estar destruido detrás de esas puertas —dijo Kyo con sarcasmo, antes de que la seriedad volviera a su rostro—. Chizuru consiguió atrapar a Orochi. Recuperó las reliquias. O al menos… la mía. —Kyo hizo una pausa, dejando que algunos segundos de silencio pasaran antes de preguntar—: ¿Por qué no tienes tu fuego?

No hubo una respuesta inmediata. Kyo observó a Iori fumar, una mano del pelirrojo aún en la suya.

—¿Pasó algo malo con tu reliquia? —indagó Kyo.

—¿Con el golpe olvidaste por qué el fuego de los Yagami es púrpura, Kyo? —respondió Iori.

El castaño frunció el ceño, negando.

—Por Orochi —murmuró Kyo—, pero si ahora está atrapado…

Kyo dejó la frase incompleta al darse cuenta de que, al estar tan centrado en el presente y en deshacerse del dios, había asumido que con su captura todo se solucionaría, inclusive el pacto que la familia de Iori había celebrado siglos atrás a cambio de más poder. Sin embargo, ésa no era una alianza que Iori pudiera romper.

—Quizá Chizuru pueda hacer algo —acabó diciendo el castaño, aunque sin sonar muy convencido.

—Quizá —repitió Iori, y algo en su tono hizo que Kyo se alarmara.

—No hagas ninguna tontería, Yagami —se apresuró a decir, intentando levantarse, pero encontrándose con que Iori liberaba su mano y hacía presión en su hombro para obligarlo a seguir recostado—. Tener fuego no es… No es tan importante…

—¿No? —dijo Iori, su voz baja, su mano pasando del hombro de Kyo a su mejilla—. Pareció importarte bastante hace un par de segundos.

Kyo quiso mentir, decir que había sido mera curiosidad, que Yagami no tenía por qué aceptar ningún poder proveniente de aquel maldito dios del que finalmente habían conseguido deshacerse. Quiso mentir, pero las palabras le fallaron, porque recordaba el fuego púrpura en manos de Yagami, y la silenciosa satisfacción en el rostro del pelirrojo al ser capaz de invocarlo.

—Ésa no fue mi intención —fue todo lo que pudo decir Kyo, y ante eso Iori rió muy bajo, por alguna razón oyéndose complacido.


Kyo logró convencer a Yagami de que debía descansar, pero cuando intentó que Iori le explicara por qué no lo había hecho antes, recibió una larga mirada de fastidio.

Sin embargo, para su sorpresa, Iori respondió: no conocía a la sacerdotisa ni a su familia y no confiaba en ellos. No podía darse el lujo de relajarse con Orochi a unos pocos metros, por mucho que el dios estuviera en cautiverio. Kyo quiso discutir que los Kagura no tenían razones para ser un peligro, pero Iori lo dejó hablando solo y desapareció por la puerta que daba al pasadizo interno, en dirección al baño.

Mientras estuvo a solas, Kyo probó levantarse, pero cada intento fue frustrado por la profunda herida que había sufrido. El dolor, ¿o era la pérdida de sangre?, hacía que se le doblaran las piernas. No se sentía particularmente mal, pero eso no quería decir que su cuerpo no estuviera en malas condiciones. Maldijo para sí, sabiendo a la perfección que por la mañana no estaría mejor. Si la herida era tan grave, le esperaban un par de días de dolor, quizá una infección, y posiblemente fiebre. Se preguntó si sería prudente comunicarse con su familia. Los Kusanagi debían haber percibido que algo había pasado. Sin duda ya habrían notado que el fuego volvía a brillar puro. A esas alturas alguien debería haber intentado contactarlo.

De mala gana, Kyo buscó su celular en el bolsillo de su pantalón, y no se sorprendió en absoluto al descubrir que éste no había sobrevivido a su pelea con Orochi.

Lo dejó en el suelo, decidiendo que era mejor sacar provecho de los días que iba a pasar incomunicado. No hablar con su familia implicaba no tener que mencionar a Iori. Era demasiado pronto para que le insistieran que era su deber matar a Yagami.

Un ruido proveniente de los jardines lo hizo volverse, y vio que Chizuru había deslizado la puerta para asomarse, cautelosa. Sus mejillas estaban sonrojadas por el frío del exterior. Entró a la habitación sin hacer ruido, casi como si realizara aquella visita a escondidas de sus mayores.

—¿Cómo te sientes, Kusanagi? —preguntó la niña, yendo hacia Kyo pero mirando cada rincón de la habitación, buscando al pelirrojo—. Ten —siguió, sin esperar respuesta, entregándole a Kyo una pequeña caja de madera que contenía varias pastillas—. Antibióticos y otras cosas. El médico no se explicó bien. Tenía demasiada prisa por poner tanta distancia como le fuera posible entre él y Yagami.

Kyo frunció el ceño ante la cantidad de medicamentos y los dejó a un lado.

—¿Pasó algo? —peguntó.

—Yagami no es como lo habías descrito —recriminó Chizuru, observando a Kyo fijamente, su expresión desaprobadora.

Kyo la miró confundido. No recordaba haber descrito a Iori en ningún momento.

—¿No es lo que esperabas? —preguntó burlón, pareciéndole que Chizuru estaba un poco nerviosa, a la espera de que Iori apareciera de improviso. Se preguntó si la niña había aprovechado de ir a la habitación sabiendo que Iori no estaría ahí—. ¿Yagami te pone nerviosa? —agregó Kyo sin poder contenerse, sonriendo divertido ante la expresión ofendida que pasó por el rostro de Chizuru.

—Claro que no —murmuró la niña cruzándose de brazos—. Toma tu medicina, Kusanagi. Si empeoras te llevaremos al hospital.

—Estoy bien —aseguró Kyo.

—Si con «bien» te refieres a «pálido como un muerto», sí, estás muy bien —asintió Chizuru.

—Atrapar a Orochi no ha mejorado en nada tu carácter —comentó Kyo, sus ojos entrecerrados.

—No es… —Chizuru dejó la frase a medias y tomó aire profundamente—. Orochi ya no me preocupa, pero las reliquias sí. ¿Yagami te dijo algo al respecto?

—Sé que Yagami no tiene su fuego. Es todo —dijo Kyo, negando.

La mirada de Chizuru se endureció.

—Al recuperar las reliquias, éstas estaban manchadas. Orochi había dejado una marca en ellas —explicó—. Pude purificar la espada de tu familia sin problemas, quizá debido a que fue la reliquia que Orochi tuvo en su poder por menos tiempo. Sin embargo, me ha tomado todo el día conseguir «limpiar» el espejo de mi familia, y aún no está del todo funcional.

Kyo no necesitó que Chizuru llegara al punto. Supo que la reliquia de los Yagami iba a ser problemática, porque era la que había estado con Orochi durante años.

—La magatama no está en buenas condiciones, ha pasado demasiado tiempo lejos de la sangre de los que son sus guardianes por derecho. Su estado es frágil —dijo Chizuru—. Puedo… Podemos conservarla así. O puedo intentar purificarla, corriendo el riesgo de dañarla. ¿Qué opción te parece más prudente?

—¿Por qué no le haces esa pregunta a Yagami? —dijo Kyo, sinceramente confundido ante la actitud de Chizuru, que en un momento lo trataba como un inútil y luego le pedía consejo sobre un tema importante.

La niña quiso responder que si le estaba haciendo esa pregunta a él y no a Yagami era por algo, pero se interrumpió, volviéndose bruscamente hacia la segunda puerta de la habitación y viendo al pelirrojo de pie ahí, pasándose una toalla por los cabellos húmedos, sin prisa. Chizuru maldijo para sí y culpó al cansancio que llevaba encima después de un día de invocar barreras, sellar dioses y purificar antiguas reliquias, que no le había permitido percibir la presencia del pelirrojo a pesar de que éste se encontraba a tan sólo un par de metros de ella.

Iori entró a la habitación. Había dejado sus ropas en el baño, y llevaba puesta la yukata que las sirvientas habían traído durante el día. La prenda era de un color azul muy desgastado, y estaba completamente fuera de estación, pero era una de las pocas prendas masculinas que las sirvientas habían podido encontrar en ese templo, y cumplía su función a falta de algo mejor.

Chizuru se le quedó observando, reparando en que el pelirrojo no se había molestado en ajustar bien la yukata y ésta estaba a punto de resbalar por su hombro. Los pliegues de la tela dejaban su pecho descubierto, así como su piel marcada por los golpes recibidos. Le sorprendió lo distinto que podía verse el joven al no estar salpicado de sangre.

—Deshazte de los vestigios de Orochi hasta donde sea posible —dijo Iori, respondiéndole a la niña, habiendo oído cada palabra—. Tómate tu tiempo —agregó con cierta indiferencia, mientras con la toalla secaba algunas gotas que bajaban por su cuello—. Y no vuelvas a pedirle a Kyo que tome decisiones en asuntos que no le incumben —terminó.

—Chizuru no lo hizo con mala intención, Yagami —intervino Kyo, sabiendo muy bien que las secas palabras de Iori podían ser tomadas de modo equivocado por la sacerdotisa y queriendo evitar futuros conflictos entre ellos, porque aún necesitaban de su colaboración—. Creo que la intimidas —agregó más bajo con una sonrisa entretenida, pero no lo suficientemente bajo para que Chizuru no lo oyera.

La mirada fulminante que le dirigió Chizuru hizo que Kyo sintiera que había evitado un conflicto Yagami-Kagura sólo para iniciar uno por cuenta propia. Había querido bromear a costa de la niña, no había esperado que sus palabras tuvieran tanto de verdad.

Sin embargo, ver la manera en que la sacerdotisa se estaba sonrojando hizo que todo el asunto dejara de ser serio y se volviera un tanto gracioso.

Iori se mantuvo al margen del intercambio de miradas entre la sacerdotisa y Kyo, preguntándose cómo esos dos habían conseguido trabajar juntos e idear un plan para atrapar a Orochi y que éste funcionara. Chizuru parecía querer ordenarle a Kyo que saliera de su propiedad y no volviera jamás.

Sin embargo, la niña sólo respiró profundamente y se relajó después de unos segundos.

Esbozó una sonrisa que transmitía malas intenciones.

—Esto no se va a quedar así, Kusanagi —dijo Chizuru con tono formal y educado y cargado de veneno, haciendo que Kyo riera, escéptico—. Ya verás —aseguró la niña, antes de dar media vuelta para salir de ahí sin despedirse, cerrando la puerta corrediza con tanta fuerza que ésta rebotó y se volvió a abrir.

—¿Quieres ganar algo poniendo a los Kagura en tu contra? —preguntó Iori, yendo hacia la puerta para cerrarla del todo con un golpe seco.

—Es inofensiva —aseguró Kyo, oyéndose complacido consigo mismo—. Y parece que por alguna razón te tiene miedo. Es gracioso.

Iori no respondió a eso. Kyo lo observó sacar un segundo futon del armario y extenderlo a su lado. Alcanzó a ver la piel amoratada del hombro de Iori entre los pliegues de la yukata. Se le vinieron a la mente los salvajes golpes que Orochi había dado contra la barrera de Chizuru.

Iori lo vio mirando.

—No es nada que no vaya a sanar—aseguró.

Kyo asintió. Era inútil decirle a Iori que alguien debía revisar esa laceración, después de que Chizuru le comentara que el doctor no quería acercarse al pelirrojo. Se imaginó distintas situaciones en que Iori lidiaba con el médico, y cada una era más agresiva que la anterior. Aquello lo hizo sonreír.

—En verdad… ¿todo ha terminado? —murmuró el castaño, mirando a Iori sentarse en el segundo futon—. Es difícil de creer.

—Dependerá de si sigues provocando a la heredera de los Kagura o no —ironizó Iori—. Tiene a Orochi en su poder, podría usarlo para deshacerse de ti.

—No bromees con eso, Yagami —gruñó Kyo.

—¿Qué te hace pensar que no utilizará el poder de Orochi para sus propios fines? ¿Qué han hecho los Kagura para que pongas tu confianza en ellos?

—Es el deber de nuestras familias —respondió Kyo sin dudarlo.

Iori rió burlón ante aquella respuesta automática que los Kusanagi habían implantado en Kyo, de seguro a costa de repetírselo desde que era un niño.

—¿Qué le dijiste a Kagura sobre mí? —preguntó el pelirrojo a continuación. Kyo ladeó el rostro sin entender hacia dónde iba la conversación.

—Nada. Le conté lo sucedido. No entré en detalles personales, si es eso a lo que te refieres.

—¿«No soy como me habías descrito»? —puntualizó Iori, repitiendo las palabras de la sacerdotisa.

—No sé por qué dijo eso. Esa niña es extraña —insistió Kyo—. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque pensaba dejarme a solas con las reliquias.

Kyo se extrañó ante la reprobación que oía en el tono de Iori.

—¿Y qué? —tuvo que preguntar, para que Iori elaborara un poco más el tema.

—Vigilándolas —especificó el pelirrojo y, al ver que Kyo seguía con cara de no estar entendiendo, agregó—: Como si confiara en mí.

—¿Acaso pensabas robarlas? —preguntó Kyo, Iori viendo un brillo travieso en sus ojos que indicaba que el castaño no se estaba tomando el tema completamente en serio.

No respondió. Kyo lo observó fijamente, sabiendo que para comprender qué era lo que le fastidiaba tenía que centrarse en lo que Iori no estaba diciendo. Algo relacionado con confiar. Confianza.

—Yo confío en que Chizuru cumplirá su deber como heredera de los Kagura, por rara que sea. Vigilará el sello de Orochi y protegerá el espejo sagrado —probó decir, y, cuando Iori no lo interrumpió para contradecirlo, continuó—: Ella sabe que los Kusanagi harán lo propio con la reliquia que nos corresponde. Y es normal que confiemos en que tú harías lo mismo.

—Es estúpido poner ese grado de confianza en desconocidos —gruñó Iori.

—Pero no estamos equivocados, ¿no? —replicó Kyo con una sonrisa confiada—. Aun sin conocerte, siempre has sido parte de nuestras vidas. Por siglos, nuestras familias han estado unidas contra Orochi. No puedes cambiar eso.

Kyo intentó ponerse en el lugar de Yagami. El pelirrojo se había pasado más de media vida convenciéndose de que su apellido no significaba nada. Debía ser extraño encontrarse con que siempre había tenido un lugar en la historia de los clanes, un papel que cumplir.

—Si no te hubieses ido del país, nuestros caminos se habrían cruzado un poco antes, de un modo u otro —dijo Kyo—. De seguro habríamos tenido que enfrentar a Orochi juntos, bajo circunstancias distintas. ¿Quién sabe? Tal vez habríamos acabado en este templo teniendo una conversación similar.

Kyo hizo una pausa, dejando que Iori reflexionara. Algo en su mirada le dijo que la idea no le desagradaba.

—O tal vez te habría matado antes —ofreció Iori.

—Nah, ni en un millón de años —aseguró Kyo.

Kyo esperó una objeción a eso, pero Iori se limitó a mirarlo en silencio. El Kusanagi se encontró queriendo saber qué pasaba por los pensamientos del pelirrojo.

—Deberías descansar —habló Iori de pronto, el tema quedando interrumpido de forma abrupta.

deberías descansar, yo he dormido toda la tarde —respondió Kyo, más por reflejo que por no estar cansado. Como Iori no mostró oposición, Kyo admitió a regañadientes que él también podría dormir unas horas más, a pesar de que habría preferido poder seguir hablando con Yagami.

Buscó las medicinas que Chizuru le había dejado, y en la caja encontró un papel garabateado con la dosis que debía tomar. Mientras tragaba las pastillas con un poco de té, percibió a Iori muy cerca de él. No tardó en sentir las manos de Iori en su cintura mientras medio lo guiaban y medio lo sostenían para que se acostara a su lado.

La naturalidad con que Iori los cubrió a ambos con el cobertor lo hizo sentir una emoción que no había experimentado antes.

—Supongo que decirte qué hacer no servirá de mucho —murmuró Kyo, abrumado de afecto hacia Yagami y mortificado al oírlo reflejarse claramente en su voz. Sin embargo, estaba de espaldas al pelirrojo, y era fácil hablar así—. Mi familia no descansará hasta verte muerto. Más aun después de lo que ocurrió con mis primos. No sé qué planees hacer cuando salgamos de aquí, pero... ten cuidado, Yagami.

—No tienes que preocuparte por mí —respondió Iori en voz baja.

—No puedo evitarlo.

 Kyo dejó que su espalda tocara el pecho de Iori, buscando su proximidad, entregándose al abrazo de Iori cuando éste lo rodeó para atraerlo más contra sí, y luego sonrió al oír una exhalación de Iori entre sus cabellos, fatigada y aliviada. Se quedó muy quieto y en silencio mientras notaba cómo Iori era quien se quedaba dormido primero, sin que su abrazo se aflojara en ningún momento.


Iori y Chizuru estaban discutiendo y el mundo se acababa.

O eso le pareció a Kyo cuando despertó y la luz del pasillo exterior le provocó una punzada en la cabeza, encegueciéndolo, como si tuviera la luz del sol directamente sobre los ojos. Soltó un gemido que debió haber sonado como «agua», porque no tardó en sentir que alguien acercaba una pequeña taza de té frío a sus labios.

—El auto está preparado —dijo la voz de Chizuru.

—¿Qué está pasando? —murmuró Kyo cuando el té se acabó. Su voz hizo que le doliera la cabeza. Mantuvo los ojos cerrados porque la luminosidad era demasiado intensa.

—Te llevaremos a un hospital. No quiero un Kusanagi muerto en mi templo —respondió Chizuru.

—¿Es necesario? —protestó Kyo. No se sentía mal, salvo por la sensibilidad a la luz. Y la sed. Y el calor que sentía. Y el dolor en su cabeza.

Nadie se molestó en responder a su pregunta. Kyo oyó que Iori decía que él se encargaría de llevarlo al auto.

—Puedo caminar perfectamente —protestó Kyo.

—No hables —ordenó Iori.

—Obedece a Yagami, Kusanagi —llegó la voz de Chizuru desde un punto que Kyo no conseguía ubicar.

—¿Por qué estás de su lado? —gruñó el castaño al sentir los brazos de Iori alzándolo.

Pero quizá el proceder de Yagami y la sacerdotisa estaba justificado, porque Kyo no notó el trayecto hasta que estuvo en el asiento trasero de un vehículo, envuelto en una manta, el pelirrojo sentado a su lado y Chizuru mirándolos desde el asiento delantero.

Kyo reparó en que Yagami ya no vestía la yukata. Estaba con las ropas en que había llegado al templo, pero éstas estaban limpias, algunos de los desgarros remendados, haciendo parecer que el aspecto maltratado de las telas era intencional. Kyo rió para sí. Si podía analizar el atuendo de Yagami, eso quería decir que no se encontraba tan mal.

—Los Kusanagi saben a dónde nos dirigimos, no tendría sentido ocultarles esa información —estaba diciendo Chizuru. Kyo creyó que le hablaba a él, pero la mirada de la niña estaba dirigida a Yagami. Chizuru ignoró la voz de Sugawa, quien, detrás del volante, le pedía que se sentara correctamente y se ajustara el cinturón de seguridad—. ¿Qué piensas hacer, Yagami? Puedes quedarte en el templo si lo deseas.

—Buscaré un hotel.

Kyo se preguntó si estaba alucinando esa conversación civilizada entre Chizuru y Yagami.

La siguiente vez que sus pensamientos se aclararon, estaba acostado, aún dentro del auto en movimiento. Su cabeza descansaba en el regazo de Iori. Una mano del pelirrojo estaba apoyada en su hombro, pero éste miraba el paisaje por la ventana. No parecía preocupado.

—Odio los hospitales —murmuró Kyo.

Iori bajó la vista hacia él, sin decir nada.

—Es la venganza de Chizuru, ¿verdad? —preguntó el castaño.

—Si quieres culpar a alguien, culpa a Yagami. Fue su decisión —respondió Chizuru desde el asiento del copiloto.

Kyo le dirigió una mirada acusadora a Iori, pero éste no se dio por enterado. Al final, a Kyo no le quedó más que reír.

—¿Estás alucinando? —preguntó Chizuru con interés, asomándose entre los asientos.

Kyo se cubrió el rostro con una mano, sintiendo lo caliente que estaba su piel. Iba en un auto con una sacerdotisa Kagura, con el último heredero de los Yagami, a unas horas (¿días?) de haber vencido a Orochi, y su principal preocupación en ese momento era que no quería ir a un hospital. La situación de pronto le pareció sumamente graciosa. Era una buena manera de convencerse de que todo había terminado.