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Ocasiones imaginadas

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Iori había creído que sentiría dolor, pero todo lo que hubo fue un súbito silencio. El grito de rabia de Orochi se cortó abruptamente. El susurro que había llenado sus pensamientos durante esos días se acalló de pronto. Hubo un breve momento de alivio, y luego su cuerpo empezó a caer. Kyo, demasiado débil para nada más, no consiguió sostenerlo y ambos golpearon el suelo, agotados.

La barrera de Chizuru ya no lo contenía. Atravesarla fue como cruzar un haz de luz.

Sin embargo, Orochi continuaba atrapado en su interior, su forma reducida a un punto luminoso, suspendido inmóvil en el aire. Después de tanto tiempo con el dios en su mente, Iori sabía a la perfección lo que Orochi estaba sintiendo: la rabia más pura, el profundo deseo de matarlos a todos.

Pero aquellos pensamientos le eran ajenos ahora. No tenía por qué centrarse en ellos. No debían importarle.

El pacto finalmente estaba roto.

Después de todo lo que había pasado, le era difícil creer que él había aceptado aquel acuerdo por su propia voluntad; que había sido él quien buscó al dios. Semanas atrás, había tenido sentido. Le había parecido la única manera. ¿Ahora? Ahora su ingenuidad le parecía una estupidez.

Se volvió hacia Kyo, sentado en el suelo a su lado. El castaño no lo miraba. Había cierta opacidad inquietante en su mirada que Iori ya había visto antes. Ningún sonido había salido de los labios de Kyo al romperse el pacto, pero Iori ya había vivido esa situación. Aún no olvidaba cómo Kyo había caído después de que Ash le robara su poder; sorprendido, pero en completo silencio.

Acababa de cuestionarse el haber sido tan ingenuo como para haber hecho un pacto con Orochi. ¿Por qué volvía a sentir que sus acciones habían estado justificadas? Lo había hecho para esto, para evitar ver a Kyo así.

—Estoy bien, Yagami —habló Kyo de pronto, como si hubiera sentido sus pensamientos—. Sólo estoy cansado —aseguró.

Iori no respondió, no le echó en cara que lo que decía era mentira. Miró a la sacerdotisa, quien estaba de pie ante Orochi, su rostro alzado hacia él, sus labios sin dejar de recitar las palabras del ritual. Su voz era firme, pero ya no atronadora. Oyéndola así, era difícil convencerse de que ella pudiera tener poder suficiente para recuperar las reliquias de las familias, sellar a Orochi definitivamente, y asegurar que no volviera a escapar.

Kyo hizo un gesto en ese momento, interrumpiendo sus pensamientos. Iori estuvo seguro de que el joven iba a llevarse una mano al pecho, comenzar a toser sangre, regresar al estado en que se había encontrado cuando él fue en busca de Orochi. Sin embargo, Kyo parecía saber que él esperaba eso, y se detuvo a medio camino, apoyando su mano en la herida en su abdomen, sus respiraciones cortas y controladas.

—No estás engañando a nadie —le informó Iori con voz seca, sin conseguir mantener la molestia a raya, porque todo lo que había hecho, todo lo que había sucedido en esos días, no tenía sentido si Kyo regresaba a ese punto en que parecía que su cuerpo no iba a resistir más.

—Estoy cansado, es la verdad —murmuró Kyo—. Espero que no estés pensando en hacer otro pacto por mí —agregó, una abierta burla que provocó en Iori ese contradictorio deseo de lastimarlo, a pesar de que también quería que Kyo estuviera bien.

Iori guardó silencio, sin poder evitar disfrutar de aquella molestia que sentía, y de las ganas de golpear a Kyo. Aquella sensación y aquel deseo eran sólo suyos. Había una paradójica pureza en ellos, al no estar mezclados con el odio que Orochi albergaba contra los Kusanagi.

—Sólo… deja que Chizuru se encargue del resto —continuó Kyo, aún en un murmullo, su respiración aún corta y superficial—. No tienes por qué encargarte de nada esta vez. No estamos solos. —Tras decir eso, Kyo miró a Iori hasta que éste le devolvió la mirada. Sonrió débilmente—. En realidad, nunca estuvimos solos, hasta que decidiste irte por tu cuenta.

—¿Quieres discutir eso ahora, Kusanagi? —preguntó Iori con frialdad, pero sabiendo que Kyo estaba hablando para llenar el silencio, para poder ignorar que su cuerpo estaba reaccionado nuevamente a la falta de su poder. La reliquia de su familia estaba con Orochi otra vez. El alivio que Iori le había proporcionado al portar la reliquia había desaparecido por completo.

—No hay necesidad de discutir, sólo promete que no harás algo parecido en el futuro.

Iori quiso responder, pero calló al sentir que Kyo se recostaba contra él. Lo sujetó al ver que Kyo no se estaba apoyando, sino cayendo.

—No te preocupes, sólo voy a descansar unos segundos… —murmuró Kyo.


Por el rabillo del ojo, Chizuru vio que algo sucedía con Kyo, pero no se permitió desconcentrarse. Orochi estaba intentando resistir, a pesar de que ambos sabían que era en vano. Estaba atrapado dentro de la barrera, y la energía de ésta no había disminuido en ningún momento. Chizuru se sabía victoriosa, pero el maldito dios estaba aferrándose a ese mundo, negándose al exilio.

Orochi se burlaba de ella y le aseguraba que sus fuerzas eran limitadas. ¿Cuánto podría aguantar? Podían pasarse horas, o días, en esa situación.

Chizuru había ignorado sus palabras.

Sí, antes de comenzar el ritual, había estado agotada, porque había utilizado su poder para proteger un gran área del templo. Debía haber sido evidente, porque el Kusanagi le había preguntado si se encontraba bien, y Sugawa había intentado llevarla de vuelta a su habitación para que descansara un poco.

Tal vez Orochi también lo había notado, porque el maldito dios comenzó a tentarla con ofrecimientos de poder. Era una simple niña, después de todo. Tras la imagen de sacerdotisa severa que proyectaba, había cierta frustración por ser tan pequeña, por no recibir el respeto que se merecía de parte de los adultos. Orochi le ofrecía una manera de solucionar eso.

Lo hacía sonar muy fácil.

—Tonterías —murmuró Chizuru, una sonrisa de superioridad asomando a sus labios—.Tú eres el débil. Teniendo que negociar con una niña para salvar el pellejo.

Que después de eso Orochi optara por insultarla fue motivo de gran satisfacción para Chizuru.


La sacerdotisa había callado.

La presencia de Orochi ya no flotaba en el aire. Estaba ahora a la altura de la niña, y continuaba descendiendo, con lentitud porque aún se resistía, en dirección al círculo dibujado sobre las tablas de madera, donde cada uno de los caracteres estaba encendido, el poder latente esperando casi ansioso el contacto con el dios.

Chizuru tenía el ceño fruncido, su mirada fija en la luz. No podía ordenarle a Orochi que se rindiera, pero tenía autoridad sobre la energía del templo, y la totalidad de ésta se encontraba enfocada en atraerlo, atraparlo. Faltaba poco. La niña lo sabía. Y Orochi lo sabía. Por eso Chizuru no podía bajar la guardia. No quería que el dios hiciera un último intento por escapar y la tomara por sorpresa.

Sin embargo, a pesar de su intensa concentración, parte de su atención estaba puesta en los dos jóvenes con ella en el salón. Kyo estaba inconsciente y Yagami lo sostenía. Chizuru podía sentir la mirada de Iori sobre ella, atento a cada gesto que ella hacía, presionándola para que se diera prisa sin necesidad de pronunciar una palabra.

Tal como le había dicho al pelirrojo, no había sabido exactamente qué pasaría con Kyo al romper el pacto. No estaba segura de si la inconsciencia del joven se debía a la pérdida de sangre, o a la falta de su reliquia. No debía extrañarles si se trataba de lo primero. Ella había conseguido disminuir la hemorragia, pero Kyo ya se había desmayado una vez. El joven no se encontraba bien.

Esa debilidad, aunada con la falta de la fuerza vital que le proveía la reliquia, podía ser demasiado para él.

Chizuru se obligó a dejar de pensar en ello. Si se daba prisa y recuperaba la reliquia, no tenía por qué suceder nada malo con Kyo.

Vagamente, se preguntó qué haría el pelirrojo con ella si permitía que Kusanagi muriera.

Negó para sí, repitiéndose que eso no iba a suceder.

Vio que Orochi estaba a punto de tocar su círculo de energía, y se permitió dedicarle una sonrisa burlona al dios. Vencido. Por una niña.

No estuvo preparada para la violencia del contacto. El suelo y las paredes temblaron, haciéndola perder el equilibrio. Hubo un destello en que la presencia de Orochi y la barrera brillaron hasta convertirse en una única luz enceguecedora, vibrando tan intensamente que la pared más alejada de la sala se quebró y parte del techo se vino abajo con ella, llenándolo todo de polvo y astillas.

La vieja madera del templo emitió un quejido lastimero, que bien podría haber sido el último grito de Orochi antes de que el punto de poder situado bajo aquella sala lo absorbiera, hundiéndolo en la tierra, envolviéndolo y estrechándolo, como cientos de brazos que lo rodeaban, dispuestos a no dejarlo ir.

Cuando la paredes dejaron de moverse y el polvo se asentó, Chizuru se encontró sentada en el suelo, cubierta de pequeños trozos de madera y suciedad, parpadeando ante la luz de día que entraba a raudales por los agujeros que se habían formado en las paredes. En el exterior, el cielo invernal era azul, y los árboles del bosque se mecían con la brisa, indiferentes a lo que acababa de suceder ahí dentro.

Poniéndose de rodillas, Chizuru se acercó a la inscripción del círculo que había usado para aprisionar a Orochi. Estaba apagado. Parecía un simple dibujo a carbón sobre la vieja madera, pero, al tocarlo, ahí donde sus dedos rozaron se encendió una tenue luz. En medio del círculo, apilados unos sobre otros como objetos sin valor, yacían un viejo espejo, una espada desgastada y una pequeña piedra resquebrajada.

La niña tomó las reliquias en sus manos; se permitió un suspiro de alivio y luego una corta risa, porque su ritual había funcionado.


Si Chizuru se tomaba un minuto más admirando las reliquias, Iori pensaba ir y arrebatarle la espada de los Kusanagi para que dejara de perder el tiempo.

El pelirrojo continuaba sosteniendo a Kyo, incluso después de que Orochi se desvaneciera dentro de la inscripción circular de la sacerdotisa y no quedara un rastro de su presencia. Hubo un breve momento en que estuvo seguro de que la edificación se derrumbaría sobre ellos, pero las viejas columnas aguantaron el intenso temblor producido por la conclusión del ritual.

Ver al dios atrapado donde le correspondía no le produjo la satisfacción que había esperado, porque Orochi había pasado a segundo plano varios minutos atrás. Ahora, todo lo que quería era que Kyo estuviese en posesión de su reliquia para llevárselo de ahí, hacer lo necesario para que despertara. 

Sin embargo, la sacerdotisa aún no había terminado.

Estaba arrodillada en medio de la sala polvorienta, con las tres reliquias alineadas ante ella. Su ceño estaba fruncido. Había una expresión de desagrado en su rostro.

—¿Qué estás esperando? —preguntó Iori con sequedad cuando la niña no se movió.

Chizuru soltó un suspiro de fastidio, pero no encontró su mirada. Hizo un gesto hacia las reliquias.

—Están contaminadas —murmuró, girando el espejo, dejando que Iori viera su superficie opaca, para luego tomar la katana de los Kusanagi, alzándola con algo de esfuerzo, mostrarle la hoja a Iori. Éste entrecerró los ojos con molestia al ver que el metal estaba cubierto de herrumbre. Por último, Chizuru tomó la magatama verde los Yagami en sus manos, casi con reverencia, acercándola a la luz que entraba por un boquete en la pared para que Iori viera que la piedra estaba cubierta de venilleos negros—. Necesito unos minutos para intentar purificarlas —explicó la niña.

—Comienza por la espada —ordenó Iori, sin dar pie a una negativa por parte de la sacerdotisa, quien pareció querer decirle algo desagradable para corresponder a su tono, y luego cambiar de opinión.

La creciente impaciencia de Iori se calmó un poco al ver que la niña obedecía y entrelazaba sus dedos, cerrando los ojos como para elevar una plegaria. Transcurrieron algunos minutos sin que nada sucediera, hasta que de súbito la espada quedó envuelta en un espontáneo fuego anaranjado que hizo que la niña diera un respingo. Al apagarse las llamas, Chizuru tomó la espada luego de asegurarse de que no estuviera demasiado caliente al tacto. Examinó la hoja y asintió para sí al ver su reflejo en el metal plateado.

—¿Puede ser tan fácil? —murmuró Chizuru, mirando hacia Kyo, dudando. Después de todo lo que el joven le había contado, los esfuerzos de Orochi por poseer esa reliquia, y el estado en que Kyo había quedado cuando se la habían arrebatado, la sacerdotisa no podía evitar una leve desconfianza. ¿Podía ser una última trampa de Orochi? Pero no, no podía sentir al dios ya. No había vestigios de su poder en aquella arma.

Se puso de pie y llevó la espada hacia donde estaban los jóvenes, sus movimientos un poco torpes porque el arma era pesada y casi tan alta como ella. Se arrodilló junto a Kyo, dejando la espada a su lado en el suelo con delicadeza, siendo consciente todo el tiempo de que Yagami la observaba, y negándose a encontrarse con la mirada de sus ojos rojos. En vez de eso, fijó su atención en el brillo dorado que envolvía a la espada ahora que estaba tan cerca de su dueño.

Chizuru siguió ignorando a Iori al acercar sus manos al cuello de Kyo, sin entender por qué hacer ese simple gesto en presencia del pelirrojo le hacía tener la fuerte sensación de que debía pedir permiso antes de tocar al Kusanagi.

Aún empeñada en no mirar a Iori, Chizuru buscó el amuleto que le había dado a Kyo, y que el tonto Kusanagi había lanzado al suelo en un gesto innecesariamente dramático mientras enfrentaba al pelirrojo. Cuando despertara, tenía que echarle eso en cara. Kyo le debía un agradecimiento porque ella había tenido el buen tino de recoger el amuleto del suelo y volver a ponérselo mientras estaba inconsciente.

Chizuru deshizo el nudo con que había sujetado el cordón alrededor del cuello de Kyo y luego guardó la pequeña piedra entre los pliegues de su traje.

—Tú también ya puedes quitarte los tuyos —señaló, hablándole a Iori, pero su mirada bajando hacia la espada, cuyo resplandor se había acentuado y bañaba a sus figuras con un cálido halo dorado.

Iori se llevó una mano al cuello, y sintió la ligadura de la sacerdotisa deshacerse ante el contacto con sus dedos. Las que tenía en las muñecas corrieron la misma suerte. Las quemaduras que habían causado en su piel, sin embargo, necesitarían un poco más de tiempo para desaparecer.

Con cuidado, Chizuru alzó la espada usando ambas manos, y soltó una leve exclamación de sorpresa al sentir que ésta perdía su forma sólida y se convertía en un brillo frágil e inquieto entre sus dedos, cuyo calor aumentó de golpe hasta convertirse en una flama anaranjada y escarlata ardiendo furiosa y comenzando a quemarle la piel.

La habría dejado caer, pero Yagami se hizo cargo entonces, poniendo su mano bajo las de Chizuru y ésta apresurándose a apartarse, sus dedos doliéndole a pesar de que el contacto con el fuego había sido de unos pocos segundos.

La niña vio que a Yagami el dolor no le importaba. O tal vez era inmune al fuego, no lo sabía.

El gesto del pelirrojo al acercar el fuego hacia Kyo denotó cierta prisa, pero al mismo tiempo reflejaba una compuesta calma. No necesitó preguntar lo que debía hacer. Sujetó a Kyo firmemente con su mano libre cuando el castaño se movió, inquieto, y dejó que la reliquia encontrara su camino hacia el joven, consciente de que ese fuego siempre había sabido quién era su dueño, incluso cuando había estado bajo la influencia y el control de Orochi.

La penumbra de la sala pareció hacerse más densa cuando el brillo dorado dejó de iluminarlos.

Esperaron unos segundos, pero no vieron ninguna reacción de parte del castaño. Estaba inmóvil, su cabeza apoyada en el hombro de Iori, su rostro tranquilo.

—Dejemos que descanse —ofreció Chizuru tras unos minutos y se puso de pie, cambiando su tono a uno más autoritario—. Llamaré a los sirvientes para que lleven a Kusanagi a una de las habitaciones. Y haré que venga un médico para atender esa herida. De más está decirlo, pero no pierdas de vista las reliquias mientras yo…

—¿Dónde están las habitaciones? —preguntó Iori, Chizuru apretando los puños con molestia ante la interrupción, sin poder decidir quién tenía peores modales, si Kusanagi o Yagami. En ofendido silencio, señaló con un dedo la puerta de salida y luego el pasillo que continuaba por la derecha.

Iori no notó su molestia. Miró hacia donde ella indicaba y luego toda su atención se centró en Kyo. Chizuru lo observó alzar al joven con cuidado, en lo que era un calco perfecto de la manera en que Kyo lo había alzado a él para llevarlo al interior del templo. La niña se apartó del camino sin dejar de mirarlos. Si la presencia, o ausencia, de Orochi habían afectado al pelirrojo de alguna manera, ésta no se estaba haciendo evidente. Iori llevó a Kyo por el pasillo indicado sin que cargar el peso del joven pareciera requerirle esfuerzo.

No se volvió para mirar el sello que había atrapado a Orochi, ni prestó atención a las reliquias que aún estaban en el suelo de la sala. No preguntó qué haría Chizuru con la magatama de su familia. No la exigió para él, como Chizuru había creído que haría. Sólo se retiró en silencio, conformándose con poder alejar al Kusanagi de ahí.

Chizuru lo perdió de vista en el final del pasillo y no lo siguió. El diseño del lugar era simple, no había modo en que Yagami no viera el área habitable del templo. Ella permaneció unos minutos más dentro de la sala derruida, evaluando el daño en silencio, verificando que el sello con el que había atrapado a Orochi estuviera en perfectas condiciones. Cuando estuvo satisfecha, tomó el espejo de su familia y la magatama de los Yagami, y echó a andar hacia la edificación principal, para anunciar que el personal del templo podía volver a sus funciones. Se permitió una sonrisa contenta, sintiendo desprecio hacia Orochi y la forma en que la había tentado ofreciéndole poder como último recurso. ¿Para qué querer el sucio poder de Orochi, cuando existía el poder de las reliquias?

Apretó el espejo y la magatama de los Yagami contra su pecho, sintiéndose cansada pero sumamente satisfecha.


Las habitaciones estaban desiertas, al igual que el resto del templo, y sus pasadizos y jardines. Iori pasó por delante de las puertas corredizas, atisbando hacia el interior cuando éstas se encontraban entreabiertas. Algunos de los cuartos se veían desocupados, pero no se detuvo, decidiendo probar suerte con la habitación más alejada, al final del pasillo.

La encontró en penumbra y fría, sin rastros de que hubiera alguien alojándose ahí. Algunas hojas secas se habían filtrado a través de las puertas mal cerradas y estaban desperdigadas por todo el tatami, pero no le importó. Entró, después de deslizar la puerta de papel con el pie para no tener que mover innecesariamente a Kyo. Eligió un lugar en el fondo de la habitación, opuesto a la puerta, y se inclinó para dejar al joven despacio en el suelo, apoyándolo contra la pared para que quedara sentado.

A pesar de su cuidado, sus piernas le traicionaron y cayó de rodillas, medio sobre el castaño, un gruñido de dolor escapando de sus labios para luego convertirse en una risa profunda y molesta ante aquella muestra de torpeza.

Se quedó quieto unos segundos, dejando que las punzadas de dolor que sentía por todo el cuerpo menguaran.

En el momento exacto en que Orochi había salido de él, Iori había notado el estado en que se encontraba. Un segundo fue todo lo que necesitó para que se hicieran evidentes las noches en vela, la mala alimentación, el poco cuidado que le había estado poniendo a su bienestar. La energía de Orochi había estado compensando su debilidad. Tal vez era por eso que en los últimos días el dios había ganado tanto terreno, tan repentinamente.

Sin Orochi, fue consciente también de los golpes que había recibido durante el enfrentamiento con Kyo. Las quemaduras producidas por el fuego anaranjado ardían y ya no se estaban regenerando. El cuello le dolía por la fuerza que Kyo había ejercido al intentar ahogarlo. Las quemaduras de las ligaduras de Chizuru pulsaban al ritmo de sus latidos.

Se sentía débil, pero no estaba seguro de la razón. No estaba lastimado, no realmente. No había sufrido ninguna herida grave. Kyo era quien había salido mal parado del enfrentamiento, y aun así, el joven había aguantado casi hasta ver terminado el ritual. No había necesitado de ningún dios que le diera fuerzas.

Iori se preguntó si su debilidad se debía al agotamiento, o si así era como se sentía volver a ser él: un humano común y corriente. Sin ningún poder divino ardiendo en su interior. Sin fuego.

Ante ese pensamiento, Iori bajó su mirada hacia su mano. Las flamas púrpura que habían ardido dóciles para él durante aquellos días no acudieron a su llamado.

Se liberó de la inevitable molestia que aquello le produjo con una sacudida de cabeza. Se levantó, obligando a sus piernas a sostenerlo y obedecerle, y se dirigió a las puertas deslizables del armario empotrado. Encontró futones y cobertores meticulosamente doblados, y se tomó unos minutos para extenderlos en el tatami, mirando de cuando en cuando a Kyo, quien continuaba sentado, cabizbajo, sumido en un sueño aparentemente tranquilo.

Iori lo recostó en el futon, esperando alguna reacción de parte del castaño, pero sin sorprenderse de que no hubiera ninguna. Su mirada se dirigió hacia la puerta, impaciente, a pesar de que era demasiado pronto para que el médico que la sacerdotisa había mencionado estuviera ya ahí.

Intentó convencerse de que no estaba preocupado por el Kusanagi. Kyo tenía su reliquia de vuelta; sólo necesitaba descanso y un tiempo para que sus heridas cicatrizaran. En unos días estaría recuperado. Habían vencido a Orochi, después de todo.

En una burla silenciosa, Iori se dijo que debería estar disfrutando de ese momento con Kyo inconsciente y en silencio. Cuando despertara, no había duda de que el joven volvería a irritarlo con dos de cada tres palabras que dijera. Además, Iori sabía que las recriminaciones no tardarían en llegar; ya no las relacionadas al pacto, sino a la muerte de esos dos Kusanagi.

Sin embargo, enfrentar los reclamos de Kyo no le molestaba demasiado, porque eso significaría que el joven estaría consciente y con fuerzas para discutir.

Volvió a mirar a Kyo. La calma en el rostro del castaño era absoluta. Dormía con la tranquilidad de saber que Orochi ya no estaba en él.

Quizá el joven nunca había estado en peligro, meditó Iori. Tal vez todas esas dudas que él había tenido con respecto de romper el pacto habían sido producto de la influencia de Orochi, que no dejaba de recordarle que Kyo moriría cuando no tuviera su fuego. Iori no le había creído por completo, pero había aceptado la posibilidad. Incluso ahora, con Orochi atrapado y Kyo en posesión de la reliquia, esa posibilidad no lo dejaba en paz. ¿Y si Kyo no despertaba…?

Extendió su mano para pasarla por entre los sucios mechones del Kusanagi, húmedos con una mezcla de sangre y polvo. Sus dedos se abrieron paso entre las hebras castañas hasta que su palma descansó contra la cabeza del joven, en el área que no estaba lastimada. Lo observó con fijeza, dándose cuenta de que esa sensación le resultaba familiar. Sabía cómo se sentía sujetar a Kyo así y golpearlo contra el suelo. No recordaba el momento, pero estuvo seguro de que eso era exactamente lo que había sucedido.

Resistió el impulso de cerrar sus dedos en el cabello de Kyo. Era un gesto que había hecho varias veces en el pasado, con distintos grados de molestia, y al que Kyo no solía resistirse. Iori había llegado a preguntarse si acaso Kyo disfrutaba de aquel trato brusco al cual podía entregarse mientras respondía con alguna frase o mirada arrogante.

Apartó su mano con lentitud, recordando que Orochi había hecho ese mismo gesto al atrapar a Kyo contra sí, y la respuesta de Kyo había sido la usual: una sonrisa y burlarse de él. No de Orochi, sino de él, logrando hacerlo reaccionar. ¿Qué había pasado por la cabeza del Kusanagi en ese entonces? ¿Había podido verlo a él en ese gesto?

Iori se levantó, apartando aquellos pensamientos. Le molestaba un poco que Kyo supiera provocar determinadas reacciones en él. ¿Kyo lo hacía de manera consciente o sólo había estado probando suerte?

Se dirigió a la puerta que daba al interior de aquel pabellón, en la pared opuesta de la entrada por la que habían llegado desde los jardines. Deslizó el marco de madera y papel sin esfuerzo. El pasadizo al que desembocaba era estrecho y estaba mal iluminado, pero Iori pudo reconocer el cuarto de baño en la pared del fondo, a tan sólo unos pasos.

Se dedicó a una tarea que también había hecho varias veces antes: buscar agua tibia y algunos paños para limpiar las heridas de Kyo. A pesar del entorno ajeno en que se encontraba, en aquel templo tan tradicionalmente japonés, el hecho de que tuviera que cuidar de Kyo otra vez, le producía una agradable familiaridad. Era contradictorio, pero el poder hacerlo, sin voces entrometidas, ni el riesgo de que un ente tomara control de sus acciones, hacía que fuera casi disfrutable.

En el baño encontró sólo utensilios de gastada madera, pero sirvieron para llevar un poco de agua tibia a la habitación. Kyo no se había movido. No hubo reacción cuando Iori rozó su rostro con una toalla húmeda para llevarse la sangre.  Seguía dormido cuando acabó de limpiar su cabello, el agua del recipiente teñida de rosa pálido.

Levantarlo para poder retirar su maltratada chaqueta de cuero y su camiseta desgarrada y manchada de rojo tampoco fue suficiente para que Kyo despertara. Iori se encontró rozando un hombro de Kyo con innecesaria lentitud, viendo las marcas de golpes y las magulladuras producidas por las piedras del suelo durante la pelea.

—Y te dices «muy bueno» —murmuró, mirando el rostro dormido del joven, y luego volviendo a observar los profundos arañazos que surcaban la piel de su pecho, resiguiéndolos con sus dedos hasta que éstos casi tocaron la tela blanca atada alrededor de la cintura de Kyo.

No movió el vendaje que había hecho la sacerdotisa para no provocar que el sangrado recomenzara. Se puso de pie para volver al baño y traer agua limpia.

Su reflejo en el viejo espejo que colgaba de la pared del baño lo hizo detenerse. Notó que tenía una pequeña herida en su mejilla. El agotamiento era evidente en su semblante, pero ya no sentía urgencia por descansar. Poder estar despierto, completamente consciente de todo lo que sucedía a su alrededor, tener a Kyo a su alcance, y saber que podía acercársele sin que el joven corriera una suerte terrible, estaba siendo más placentero de lo que había esperado. Que Kyo despertara era todo lo que faltaba. Cuando confirmara que el joven estaba bien, finalmente podría aceptar que las cosas se habían solucionado, que todo volvería a la normalidad.

¿Podía ser tan fácil?

Oyó un ruido en la habitación y se dirigió ahí con pasos rápidos, asustando a un par de jóvenes que habían entrado. Ambas tenían cabellos oscuros y bien podían ser sirvientas o sacerdotisas. Una de ella tenía en sus manos algunas prendas cuidadosamente dobladas. La otra, medio escondida tras su espalda, llevaba una bandeja con un jarro de agua y una pequeña tetera humeante.

—De parte de Chizuru-sama —habló la que estaba delante, mirando hacia Kyo un momento y apartando la vista al notar el vendaje manchado de rojo. Dio unos pasos rápidos hacia el armario para dejar la prendas y buscar una mesilla baja almacenada en él, que dispuso a un lado de la habitación para que su compañera dejara la bandeja.

—¿Cuánto tardará el médico? —preguntó Iori antes de que las jóvenes se retiraran, frunciendo el ceño cuando éstas reaccionaron al sonido de su voz como pájaros asustadizos.

—No sabemos nada de ningún médico —respondió la que había hablado antes, e hicieron una rápida inclinación antes de retirarse.

Iori se encontró observando el pasillo vacío con una leve perplejidad, que luego dio paso a una ligera molestia ante la demora. La idea de llevar a Kyo a un hospital pasó por su mente. ¿Por qué esperar por un doctor? Aunque antes debía averiguar en dónde se encontraba exactamente.

Se sentó en el tatami junto a Kyo, ignorando las prendas que las mujeres habían traído. Encontró su celular en el fondo del bolsillo de su abrigo junto a una cajetilla de cigarros semivacía. La pantalla estaba rota, pero el teléfono aún era utilizable.

Distraído, sacudió la cajetilla y tomó uno de los cigarros entre sus labios. Casi hizo el gesto de acercar su mano para invocar una flama púrpura y encenderlo, pero se contuvo a tiempo. Tras un momento de búsqueda, se dio cuenta de que no tenía un encendedor con él.

Lo ridículo de aquella situación le arrancó una risa baja, y luego lanzó la cajetilla y el cigarrillo a un lado en el suelo.

Se enfocó en su teléfono entonces, abriendo el mapa, descubriendo que se encontraban en una colina retirada de la civilización. Llegar a la ciudad más cercana en cualquier dirección tomaría como mínimo un par de horas.

Suspiró con fastidio.


Chizuru llegó con el doctor prometido menos de una hora después. Abarcó la habitación con una mirada, viendo las prendas sin tocar en el armario, las bebidas olvidadas en una mesilla. Iori estaba sentado en el suelo, cerca de Kyo, sus brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza baja, como si se hubiese quedado dormido en esa posición mientras montaba guardia junto al castaño.

El contraste entre ambos era grande. El rostro de Kyo estaba limpio de sangre. Su ropa maltratada había sido descartada a un lado, y un cobertor lo cubría hasta casi la barbilla. Su cabello había sido limpiado con esmero y nadie habría sospechado que apenas unos minutos atrás Kyo había estado luchando contra un dios.

Yagami, por el contrario, presentaba una imagen de salvaje abandono. Aún llevaba puestas las ropas con las que había llegado al templo. No se había molestado en quitarse el abrigo chamuscado, o la camisa salpicada de escarlata. El cabello desordenado le cubría casi todo el rostro, ocultando sus ojos, haciendo que Chizuru no estuviera completamente segura de si estaba despierto o no.

—Yagami —llamó, y el pelirrojo alzó la cabeza despacio, volviéndose hacia ella. Al encontrarse con su mirada escarlata, Chizuru sintió la imperiosa necesidad de agregar un «san» a su nombre, pero se contuvo—. El médico está aquí —indicó, y la respuesta de Iori fue continuar en silencio, desviando su mirada hacia el doctor, quien hizo una inclinación formal antes de entrar. Se trataba de un hombre mayor de aspecto discreto, con una mata de cabello blanco desordenado coronando su cabeza, quien no perdió tiempo con pleitesías innecesarias y puso manos a la obra de inmediato.

Iori no se apartó de donde estaba, por lo que el hombre se arrodilló del otro lado de Kyo, dejando su bolso con implementos médicos con un golpe seco en el tatami antes de apartar el cobertor y examinar cada golpe y herida del joven rápidamente antes de llegar al vendaje en su abdomen.

El vendaje fue cortado con destreza en un par de segundos, y Chizuru vio la sorpresa en el rostro del hombre al dejar al descubierto la profunda herida que había sufrido Kyo. Otra persona habría hecho preguntas al respecto, pero ese hombre llevaba trabajando para la familia Kagura casi toda su vida, y el médico dominó su curiosidad, guardando silencio, limitándose a cumplir su deber.

Kyo emitió un quejido cuando la anestesia local fue aplicada alrededor de la lesión, pero ni aun así despertó. Chizuru esperó de pie, sin hablar, mientras la herida era limpiada y desinfectada. De tanto en tanto observaba a Yagami, pero éste estaba con la vista clavada en Kyo, en la piel desgarrada y los senderos de sangre acuosa que se formaban en la piel del joven bajo la suave presión de las gasas utilizadas por el médico.

—¿Se va a poner bien? —preguntó Chizuru mientras el doctor preparaba aguja e hilo para comenzar a suturar.

—Haré lo que pueda, pero sería mejor llevarlo a un hospital —respondió el hombre, sin mucha convicción, sabiendo que si lo habían llamado a él para atender esa emergencia, era porque los Kagura querían evitarse ser interrogados por el personal médico de un hospital convencional.

—Ésa no fue la pregunta —intervino Iori, su voz grave provocando un leve sobresalto en Chizuru debido a la abierta hostilidad que percibió en ella. El doctor no apartó la mirada de la herida al estar en mitad de una puntada.

—Vivirá —respondió, cansino—, si tiene cuidado hasta que la herida cicatrice y toma los antibióticos que le recetaré para la infección. Mi recomendación son unos días de reposo absoluto. Y llevarlo a un hospital.

—Veremos —murmuró Chizuru, optando por usar su tono de mujer adulta y juntando sus manos tras su espalda, para disimular que no sabía cómo proceder. Podía encargarse de rituales, purificaciones y ofrendas a espíritus, pero no tenía experiencia cuidando de adultos lastimados. Su guardián Sugawa aún no había retornado al templo y no estaba ahí para asesorarla. Informar a los padres de Kyo era su otra opción, pero no estaba muy convencida de que fuera prudente. Kyo le había dado a entender que su familia estaba en desacuerdo con su empeño de salvar a Yagami.

La sacerdotisa miró a Iori, pero le era imposible leerlo en su inmovilidad.

—¿Qué crees que debamos hacer con Kusanagi, Yagami? —le preguntó, sin ganas realmente de entablar una conversación con él, pero prefiriendo deferir aquella responsabilidad.

El pelirrojo pareció levemente sorprendido de que le pidiera su opinión.

—Si no despierta, un hospital es lo más sensato —murmuró.

Chizuru asintió.

Esperaron en silencio a que el doctor terminara de suturar y luego vendar la herida. En un papel escribió el nombre de los medicamentos que debían conseguir y se lo entregó a Chizuru. Cubrió a Kyo con el cobertor antes de volver su atención hacia el pelirrojo.

—Usted tampoco tiene buen aspecto, permítame revisarlo, por favor —dijo, levantándose para rodear la forma dormida del castaño y poder arrodillarse delante de Iori.

—No es necesario —respondió el pelirrojo con sequedad.

—Yagami, deberías dejar que te revise —intervino Chizuru antes de poder contenerse, usando el mismo tono exageradamente altivo que había utilizado con Kyo cuando buscaba entretenerse a costa de hacerlo rabiar—. Es por tu propio b… —La niña calló en seco al recibir una mirada helada de parte de Iori.

—Es por su propio bien —asintió el médico, terminando la frase con tono amable, extendiendo una mano hacia Iori para tocarle suavemente la muñeca, donde podía ver una marca enrojecida sobre su piel.

Un momento después, Iori se había levantado, alzando al doctor con él por el cuello de sus ropas para empujarlo bruscamente en dirección a la puerta.

—Dije que no es necesario —repitió el pelirrojo, su voz subiendo de intensidad, la hostilidad que había mostrado antes intensificándose. Chizuru, por reflejo, se interpuso entre Iori y el médico, mirando al pelirrojo sorprendida, preguntándose si acaso Orochi la había engañado y Iori seguía bajo su influencia. Pero no, bastó una mirada para confirmar que la postura amenazante de Yagami, la molestia en sus ojos, no estaban relacionados con Orochi. Chizuru se asombró de la brusquedad de aquel cambio. No quedaba en Iori ningún rastro de la amabilidad, casi gentileza, que había mostrado al alzar a Kyo en sus brazos—. Si han acabado con Kusanagi, lárguense —ordenó el pelirrojo.

El médico quiso decir algo, pero Chizuru lo cortó con un gesto, negando con la cabeza. Fue ella quien tomó el bolso del doctor para entregárselo, y así evitar que el hombre tuviera que acercarse a Yagami otra vez. Se lo llevó por el pasillo, teniendo que pedir disculpas en nombre de su «invitado», diciéndose a sí misma que no se había sentido intimidada al ver que el pelirrojo tenía un temperamento tan irascible, pero, al mismo tiempo, haciendo una nota mental para advertirle al personal del templo que tuvieran cuidado con él. No quería que alguien le dijera algo indebido a Yagami y acabara saliendo lastimado.

Unos pasos más allá se dio cuenta de que había dejado a Kyo con Iori sin pensarlo dos veces, con la total seguridad de que, a pesar de lo que acababa de ver, el castaño estaría bien en su compañía.