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Ocasiones imaginadas

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Chizuru vio al pelirrojo recibir el fuego sin oponer resistencia, sus ojos cerrados con fuerza, todo su cuerpo en tensión debido al esfuerzo de mantener a Orochi controlado sólo por unos segundos más.

La onda de fuego lo alcanzó y envolvió, empujándolo hacia atrás de forma tan violenta que elevó a Yagami del suelo unos centímetros y lo hizo caer de espaldas unos metros más allá, convertido en una silueta borrosa que se mezclaba con la negrura en el corazón de las flamas anaranjadas.

Estaba inconsciente cuando el fuego se apagó. Un ligero humo oscuro brotaba de sus ropas. El olor a quemado llenó el ambiente.

Chizuru se acercó de inmediato, recitando un mantra en voz baja para invocar ligaduras de energía que reptaron por las manos de Iori y se cerraron alrededor de sus muñecas, su cuello.

—Kusanagi —llamó Chizuru con urgencia, porque no debían perder tiempo. Necesitaban llevar a Yagami al interior del templo.

La sacerdotisa se volvió hacia el castaño al no recibir respuesta. Vio que Kyo había caído de rodillas, una mano haciendo presión en su abdomen, la sangre corriendo espesa entre sus dedos. El joven había puesto toda su fuerza en ese último ataque, había conseguido que los deseos de no lastimar a Yagami no fueran un obstáculo para lograr su cometido, pero, ahora que había conseguido su objetivo, estaba comenzando a ser consciente de la realidad, y parecía no comprender por qué su cuerpo dolía tanto y estaba cubierto de heridas. Chizuru vio que Kyo observaba sus dedos bañados de sangre, confundido. Con su otra mano quiso limpiar el hilo de roja humedad que le bajaba por el rostro, pero éste continuó cayendo.

—Kyo —probó llamar Chizuru con voz más imperativa, sin resultado, y luego negó para sí, porque no tenía más opción que recurrir al truco sucio de Orochi—. Yagami no tiene mucho tiempo, tenemos que darnos prisa —dijo, viendo cómo el castaño reaccionaba ante la mención de aquel apellido, alzando su mirada hacia donde ellos se encontraban, unos segundos después consiguiendo ponerse de pie, dando unos pasos inestables hacia ellos.

Chizuru ignoró las gotas de sangre que caían sobre las piedras del patio a cada paso de Kyo. Procuró mantener a raya la rabia que sintió por ser tan pequeña y no poder llevar al pelirrojo al templo sin ayuda.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó Kyo, su voz lejana, demasiado cansado para hacer nada más que seguir indicaciones.

Chizuru tomó un brazo de Iori y tiró ligeramente, como para arrastrarlo en dirección al templo, pero no consiguió moverlo ni un centímetro. Kyo la observó, entendiendo lo que pedía, asintiendo.

La niña se apartó un poco, pesándole el tener que exigirle más de lo que ya había hecho. Por un momento pensó que Kyo tiraría y arrastraría al pelirrojo por el suelo, pero se encontró con que el castaño se arrodillaba junto al Yagami, levantándolo lo suficiente para que la cabeza de éste quedara apoyada en su hombro, mientras él le pasaba un brazo tras la espalda y otro bajo las piernas.

Kyo no hizo un sonido al alzar a Iori, pero Chizuru vio cómo sus músculos se resistían en un primer momento a realizar aquel esfuerzo. Pensó que ambos caerían. Vio que el rostro de Kyo palidecía, pero el joven se mantuvo en pie. Respiró entre sus dientes apretados antes de echar a andar hacia la vieja edificación de madera que tenían delante. La distancia era corta, pero recorrerla pareció tomar una eternidad. Los pocos peldaños de madera fueron un desafío todavía más grande. Chizuru oyó que Kyo reía con fastidio mientras reunía fuerzas para subir el primero, maldiciendo a su carga, que dormía una siesta y le dejaba el trabajo duro a él una vez más. Chizuru temió que Kyo estuviera delirando.

Pero el joven consiguió llegar al salón principal, depositando a Iori con cuidado en el lugar donde ella le indicó, justo en el centro de un círculo meticulosamente dibujado sobre la vieja madera.

Ella invocó el encantamiento correspondiente cuando Kyo se apartó, y el círculo cobró vida, encendiéndose de un blanco intenso mientras la sacerdotisa recitaba en voz alta los ideogramas escritos alrededor de la circunferencia.

—Esta barrera debería ser suficiente para contener a Orochi cuando despierte —indicó la niña. 

Kyo asintió casi distraídamente. Estaba sentado en el suelo, fuera del círculo, y sus ojos no se apartaban del pelirrojo. Despacio, Kyo extendió su mano hacia Iori. Hizo una pausa justo en el límite de la barrera, y luego continuó el movimiento al ver que la energía de la niña no lo repelía a él.

Rozó la mejilla de Iori, las gotas de su propia sangre que habían manchado la suave piel, ésta fría bajo su tacto. Bajó por el cuello del pelirrojo, hasta la ligadura que Chizuru le había colocado. Colgaba holgada, pero el lugar donde hacía contacto con su piel estaba enrojecido. Las ligaduras en sus muñecas habían provocado el mismo efecto.

Kyo acarició suavemente, sus dedos sintiendo la energía de Chizuru y también la piel de Iori, disfrutando de tener al pelirrojo a su alcance de nuevo. Estaban tan cerca de deshacerse de Orochi que se le hacía difícil de creer. Las cosas no habían salido precisamente bien —no con dos Kusanagi muertos y toda su familia odiando a Iori—, pero podrían haber ido mucho peor. Iori estaba ahí y ambos seguían con vida. Ahora era el turno de Chizuru de hacerse cargo y salvar al mundo, como le gustaba asegurar.

Kyo se preguntó si su presencia durante el ritual sería necesaria. Quería descansar un momento. El suelo de ese salón comenzaba a verse cómodo y atractivo.

Se encontró recostándose junto a Yagami. Chizuru llamó su nombre (para reclamarle que ésa no era manera de comportarse dentro de un templo, seguramente), pero su voz se oyó lejana. La ignoró, murmurando que sólo serían unos minutos.


La siguiente vez que Iori volvió en sí, se encontraban dentro de un salón decrépito, sus columnas y largueros antiguos y carcomidos, de apariencia insuficiente para sostener el techo sobre ellos, o incluso las paredes del lugar.

Supo al instante que el aspecto abandonado del salón era intencional, para mantener a los curiosos alejados. Orochi podía sentir que el templo había sido erigido sobre un punto donde se concentraba un gran poder. El templo ruinoso era una fachada. Era el lugar donde la sacerdotisa pensaba atraparlo.

La luz que se filtraba por las celosías no iluminaba todo el salón, pero permitía ver que afuera aún era de día.

También era suficiente para que Iori viera las marcas de golpes y arañazos en el suelo ante él, y la sangre y piel desgarrada en sus dedos y el dorso de sus manos. Esta vez se trataba de su sangre y su piel. Sintió dolor al flexionar sus dedos, como si se hubiese pasado largo rato golpeando una pared.

Su garganta también le dolía. No el cuello, donde Kyo había hecho presión al intentar subyugar a Orochi, sino su garganta. De alguna manera, supo que era por culpa de Orochi. El dios había estado haciendo algo hacía unos minutos, pero Iori aún no conseguía recordar qué.

Recorrió el salón con la mirada, forzando a sus ojos a ver los detalles incluso en la penumbra. Se volvió despacio; estaba de rodillas en medio de un círculo blanco, la línea de la circunferencia era perfecta a pesar de que la madera del suelo estaba resquebrajada.

Se giró un poco más y se detuvo en seco al darse cuenta de que no estaba solo. La niña sacerdotisa había estado todo el tiempo a su espalda, a menos de medio metro de él, y ahora lo miraba fijamente a los ojos. Iori no le prestó atención, porque Kyo estaba tendido en el suelo ante la niña, su rostro pálido manchado de sangre, inconsciente, mientras Chizuru aplicaba presión con una manta gris en la herida que el castaño tenía a la altura del vientre.

Iori quiso acercárseles, pero se encontró con que un muro circular de energía le cerraba el paso. Lo golpeó con un gruñido, con tal fuerza que todo el viejo templo se estremeció, pero la barrera no cedió. Iori comprendió que eso era lo que Orochi había estado haciendo, segundos atrás, antes de devolverle el control sobre su cuerpo. Gritando y golpeando esa barrera que lo aprisionaba, intentando destrozar el suelo y el círculo y los encantamientos dibujados en él.

La niña se puso de pie sin quitarle la vista de encima, y después de un titubeo, se dirigió con pasos rápidos a la puerta del salón. Desapareció por el pasillo sin decir una palabra.

Iori volvió su atención a Kyo. Vio el charco de sangre bajo él, el rastro de salpicaduras escarlata que formaba un sendero desde la puerta. La imagen se le hizo familiar. ¿Por qué se repetía otra vez? ¿No había hecho un pacto con un maldito dios para evitar ver a Kyo así?

Golpeó la barrera que lo atrapaba, poniendo toda la rabia que sentía en ese golpe. La energía fluctuó pero no la pudo atravesar. Dejó su mano extendida contra ella, su palma contra aquella pared casi invisible. Empujó, sus ojos sin apartarse de Kyo. El joven estaba tan cerca, que habría bastado con extender su brazo para poder tocarlo. Pero esa maldita barrera se interponía.

La palidez del rostro de Kyo lo intranquilizaba. Le recordaba a aquella noche de fiebre en que había cometido una locura porque no quería… ¿no quería qué? ¿Perderlo?

Iori oyó el eco de una risa burlona en su mente.

El pelirrojo percibió que Orochi no perdía tiempo en intentar invocar al fuego anaranjado de Kyo, pero no hubo reacción alguna. La sacerdotisa no estaba presente, pero Kyo continuaba bajo su protección.

Con sus uñas, Iori arañó la barrera.

Lanzó otro golpe y chispas púrpura salpicaron en el aire.

Oyó un leve quejido de Kyo, éste reaccionando ante el ruido que sus golpes provocaban.

—Espero que no estés pensando en morir —gruñó Iori, molesto de que el se encontrara tan mal, molesto porque no recordaba cómo le había causado esa herida.

Los ojos de Kyo se abrieron despacio cuando oyó su voz. El primer impulso del castaño fue levantarse, pero la herida en su abdomen se hizo sentir al instante.

—Oh, mierda… —murmuró Kyo tras el correspondiente gruñido de dolor, cayendo de nuevo al suelo, llevándose una mano a la herida, necesitando un par de segundos para recuperar el aliento antes de girar su rostro hacia Iori, viéndolo atrapado, una mano contra la barrera. El pelirrojo vio que Kyo se olvidaba de su propio estado, hubo un asomo de sonrisa, un brillo burlón en sus ojos—. Debí encerrarte así desde un comienzo…, habría simplificado mucho las cosas —señaló Kyo, su voz débil, comenzando a reír sólo para acabar encogiéndose de dolor.

—Habrías acabado peor que ahora —fue la respuesta de Iori.

—Admite que me extrañaste —dijo Kyo, cansado, pero su voz era ligera, despreocupada, como si no le importara la gravedad de su lesión.

—¿Estás delirando? —gruñó Iori, ignorando la voz en su cabeza que le aseguraba que sí, que Kyo estaba diciendo tonterías porque había perdido mucha sangre e iba a acabar muriendo de todos modos.

—No lo estás negando —señaló Kyo, una sonrisa satisfecha curvando sus pálidos labios, y antes de que Iori tuviera tiempo para corregir aquello y darle la negativa que pedía, Kyo extendió su brazo, sus dedos atravesando la barrera de energía sin problemas, para rozar los de Iori—. Me extrañaste —concluyó Kyo al sentir la mano de Iori tomando la suya, el pelirrojo haciendo una leve presión, una leve caricia, antes de obligar a Kyo a apartarla, porque había sentido el impulso de tirar del joven hacia el interior de la barrera con él. Con Orochi.

Un ruido en el pasillo los hizo callar, y Chizuru apareció, llevando una prenda blanca en sus manos. Iori reconoció que era una túnica que había sido cortada en largos trozos.

La niña verificó que la barrera estuviera aguantando y luego volvió su atención a Kyo. Durante unos minutos, ninguno habló. Chizuru usó los trozos de tela a modo de rudimentario vendaje para cubrir la herida de Kyo, y el castaño sólo se dejó hacer.

Iori guardó silencio, limitándose a mirar al joven, enfocándose en él para mantenerse consciente, porque podía sentir a Orochi agitándose. La intensidad con que el dios quería matar a Kyo no había variado, pero las ganas que sentía por hacerle daño a la sacerdotisa estaban creciendo a pasos agigantados.

Viéndola así, tan pequeña, Iori dudaba de que ella tuviera el poder para deshacerse del dios. Kyo parecía pensar lo contrario. Pero Kyo había demostrado ser un ingenuo bajo ciertas circunstancias.

—Ya está bien —aseguró Kyo al darse cuenta de que Iori lo miraba fijamente mientras él era atendido por una niña. Chizuru frunció el ceño ante su falta de agradecimiento, pero no dijo nada y se apartó.

Kyo se levantó con esfuerzo hasta quedar sentado, sin poder ocultar una mueca de dolor. Se recostó contra una de las viejas columnas. No estaba tan cerca de Yagami como hubiese querido, pero necesitaba ese punto de apoyo para no volver a caer al suelo.

Chizuru se había alejado unos pasos para arrodillarse frente a Iori y comenzado a murmurar algo para sí. Kyo no podía diferenciar las palabras. No estaba seguro de si la niña estaba hablando muy bajo, o si el problema era él. El cansancio lo estaba venciendo otra vez. Quería cerrar los ojos, despertar y que todo hubiese terminado.

Desvió su mirada hacia Iori, pero éste estaba vuelto hacia Chiruzu. Los hombros del pelirrojo se sacudieron en una risa baja.

—No tienes suficiente poder —habló Iori, pero el sonido que salió de sus labios fue una voz desconocida, distorsionada.

—Maldición —murmuró Kyo, viendo que era Orochi quien estaba ahí.

Chizuru no dio muestras de haber oído la voz. Continuó hablando para sí, recitando sílabas que no formaban palabras, sin perder su concentración.

Hubo el eco de otra risa, y el pelirrojo comenzó a ponerse de pie con lentitud, irguiéndose con visible esfuerzo, su rostro molesto. Las barrera de Chizuru, las ligaduras, el poder latente de aquel templo, estaban restringiendo la energía del dios. Podían no ser suficientes para dominarlo por completo, pero les daría un pequeño margen de acción.

Al ver los movimientos torpes y convulsos del dios, Kyo recordó la primera noche en que Iori lo había atacado, la manera en que su espalda había estado encorvada, los brazos colgando como si Orochi no supiera aún cómo utilizar ese cuerpo. Sin embargo, estaba claro que en esta oportunidad la situación se había invertido. Era Iori quien estaba interfiriendo con la voluntad de Orochi y entorpeciendo sus movimientos, y la extrema rabia que comenzó a asomar a su rostro no hizo más que demostrar que Iori lo estaba consiguiendo.

Sin embargo, segundos después, con un súbito rugido de furia, el pelirrojo embistió la barrera violentamente con su hombro.

Chizuru no pudo ocultar un sobresalto, pero la barrera siguió cumpliendo su trabajo. Las ligaduras que había dejado en el cuello y las muñecas de Yagami se iluminaron y el pelirrojo gritó, aún con esa voz desconocida, cuando éstas abrasaron su piel.

El eco del grito se convirtió nuevamente en una risa gutural.

Las embestidas contra la barrera continuaron, cada vez más violentas, acompañadas por una mezcla de gruñido y quejido, y la risa que continuaba.

—Yagami, ¿cómo te atreves a volverte contra mí...? —murmuró Orochi, el cuerpo de Iori encogiéndose en sí mismo antes de golpear contra el muro de energía con más fuerza que antes, un crujido de algo rompiéndose debido a la potencia del impacto resonando en el salón, seguido de un áspero grito de dolor en que Kyo reconoció la voz de Yagami.

El castaño se puso de pie con esfuerzo, usando la columna de madera como soporte, viendo con impotencia que Orochi volvía a lanzar el cuerpo de Iori contra la barrera. Su propósito había dejado de ser intentar escapar. Solamente se estaba dando la satisfacción de castigar al pelirrojo por su atrevimiento.

—Chizuru, ¿qué diablos estás esperando? —le increpó Kyo a la sacerdotisa, quien continuaba el incesante recitar de sonidos carentes de sentido, que no parecían estar logrando nada.

Chizuru le dirigió una mirada, pero antes de que ella pudiera responder, Orochi habló:

—Su poder no es suficiente, Kusanagi, ¿no lo ves?

Kyo apretó sus manos con fuerza, viendo el rostro de Iori volverse hacia él con una sonrisa sardónica en sus labios. El brazo derecho de Yagami colgaba inerte y un hilo de sangre estaba comenzando a bajar por sus dedos, las gotas manchando el suelo, perdiéndose entre las resquebrajaduras de la madera.

—Pero si aún no he empezado —se oyó la voz de Chizuru entonces, clara y calmada, la niña poniéndose de pie también, acercándose hasta quedar junto a Kyo—. Sólo estaba ganando un poco de tiempo para debilitarte, y que Yagami recuperara fuerzas.

Hubo un momento de sorpresa, y luego la postura del pelirrojo cambió. Éste se apoyó en la barrera de energía, llevándose una mano al hombro herido, un gruñido saliendo ahogado de entre sus labios.

—Yagami... —murmuró Kyo, reconociéndolo, sabiendo que no se trataba de un truco de Orochi. No sabía qué quería decirle, pero de todos modos Iori lo calló lanzándole una mirada. Sus irises escarlata se veían nublados, pero, por el momento, volvía a ser él.

—Yagami —habló Chizuru, dando un paso hacia él pero deteniéndose cuando la mirada de Iori se posó en ella—. Orochi no está mintiendo. El ritual en sí mismo no será suficiente —continuó con urgencia—. Tú hiciste un pacto voluntario con un dios. Debes romper tu palabra y expulsarlo. La energía en este templo limita el poder de Orochi, por eso puedes resistirte a él con más facilidad. Utilízala. Tienes que liberarte de él.

Kyo vio cómo Iori hacía más presión en su hombro lastimado, casi como si buscara sentir el dolor.

—¿Qué pasará con Kusanagi? —gruñó el pelirrojo, con tanto desprecio que hasta Kyo estuvo a punto de dudar de que Iori hacía esa pregunta porque se preocupaba por él.

—¿Al romper el pacto? No lo sé —admitió Chizuru—. Nos preocuparemos por eso cuando llegue el momento.

Al oírlos, Kyo se dio cuenta de que había asumido que, al volver a encerrar a Orochi, todo volvería mágicamente a la normalidad. Se había repetido que no le importaría si Iori perdía el fuego púrpura, pero no se había detenido a pensar en qué sucedería con su propio fuego. ¿Lo perdería también? ¿Su organismo colapsaría otra vez? No lo había considerado como una posibilidad, pero Yagami estaba sugiriendo que era algo que podía ocurrir.

—Estaré bien, tú sólo deshazte de ese bastardo —intervino Kyo con tono confiado, ganándose una mirada airada de parte de Iori.

—Estoy harto de tu falta de criterio, Kusanagi —gruñó el pelirrojo.

—Tú menos que nadie puedes venir a hablarme de criterio —rebatió Kyo, y sintió ganas de reír, porque estaba un poco mareado y no conseguía ver el asunto con seriedad, y Iori estaba molesto con él, pero la molestia lo hacía centrarse en él, y por esos breves segundos fue como si Orochi no estuviera ahí. Hasta él mismo había olvidado un poco de su cansancio y debilidad al estar hablando con Yagami, así fuera para intercambiar reproches—. No hay otra opción —señaló, encogiéndose de hombros, Chizuru asintiendo y dándole la razón.

Iori no necesitó dar una respuesta en voz alta. La sacerdotisa retrocedió unos pasos y entrelazó sus dedos, respirando profundamente, reuniendo su concentración.

Kyo continuó donde estaba, cerca de él, su rostro pálido y aún manchado de sangre, el cabello desordenado y sucio. El vendaje improvisado estaba tiñéndose de rojo poco a poco.

Cuando sus miradas se encontraron, Kyo le hizo un guiño.

—Acabemos con esto, Yagami —dijo, y Iori sintió que quería golpearlo por mostrar tan descarada despreocupación.

No pudo responderle porque Chizuru dio inicio al ritual sin mayor preámbulo, recitando un mantra con decisión y firmeza, su voz tornándose ensordecedora, haciendo que las paredes y el techo del templo comenzaran a temblar, provocándole una intensa punzada de dolor en la cabeza.

Iori intentó cubrirse los oídos por reflejo, pero sólo consiguió hacerlo a medias, porque su brazo derecho colgaba insensible, sin responderle. Le tomó unos segundos darse cuenta de que en realidad la niña no estaba hablando en un volumen excesivamente alto. Su voz no llegaba a ser un grito, pero el poder tras sus palabras estaba dirigido directamente a Orochi, haciendo que el dios se retorciera en agonía, tomado por sorpresa, queriendo alejarse pero siendo incapaz, porque Iori no le estaba permitiendo moverse.

Iori inclinó el rostro, dejando de resistirse al dolor, permitiendo que la voz de Chizuru ahogara a los gritos y maldiciones de Orochi en su mente. Sintió ganas de sonreír burlón. ¿Por qué había creído que la niña no podría llevar a cabo el ritual? Su familia era la que por siglos se había responsabilizado de mantener a Orochi atrapado. La historia había demostrado que tenían los conocimientos y la capacidad para vencer al dios.

Soltó un gruñido ahogado al sentir que Orochi tiraba de él hacia la oscuridad, peleando por el control en su desesperación por encontrar una manera de defenderse. Iori se resistió, centrándose en la presión que ejercían las ligaduras de Chizuru en sus muñecas, la forma en que su cuello ardía ante el contacto de aquella energía de apariencia tan simple, pero que era en realidad una atadura irrompible de la cual Orochi no conseguía zafarse.

La escena ante él parpadeó ante una acometida particularmente salvaje del dios. La figura blanca de Chizuru se hizo borrosa. La presencia de Kyo a su lado quedó sumida en una breve oscuridad.

Iori se llevó una mano al hombro herido y presionó tan fuerte como pudo. Estaba dislocado, o quizá roto, pero eso no era lo importante. El dolor que le produjo el contacto lo trajo de vuelta a la realidad. Dejó sus dedos clavados ahí, enfocándose en el dolor para mantenerse consciente.

La voz de Chizuru había aumentado de intensidad. Orochi la maldijo con el más puro odio.

El dios quería alejarse. El único pensamiento concreto que Iori podía percibir era que debía ponerse a distancia de la niña. Había un pánico creciente invadiendo a Orochi, reduciendo sus pensamientos al instinto más básico de supervivencia. En ese momento, el dios era como un animal queriendo huir. No iba a permitir volver a ser atrapado por cientos de años.

Iori se resistió al impulso del dios, que quería reunir todo su poder restante en un único ataque, buscando arrasar con todo el templo y, por tanto, con la energía que lo aprisionaba. No le importaba destruirlo a él a esas alturas. Tampoco le importaba ser una presencia informe, carente de forma física, por un par de siglos. Mientras fuera libre, podría regresar. Una y otra vez. Regresar.

Pero Iori no se lo permitió. Si Orochi quería intentar huir, tendría que abandonar su cuerpo. No iba a darle ninguna otra opción.

El pelirrojo sintió un repentino aguijoneo en su mente apenas ese pensamiento cobró forma. El odio de Orochi ardió intenso ante su actitud desafiante, llegando incluso a superar a sus deseos de huir. Orochi se centró en ese odio, así como él se centraba en el dolor en su hombro para no perder de vista al mundo. El pánico que Orochi sentía ante el ritual de Chizuru disminuyó. La urgencia por alejarse fue controlada a medias.

Iori oyó que el dios le prometía que, antes de salir de él, lo destruiría. Orochi rió con ganas cuando Iori se tensó como si esperara recibir una súbita herida mortal.

A pesar del nivel estridente al que había llegado la voz de la sacerdotisa, Iori pudo escuchar que Orochi se burlaba, diciéndole que sí, iba a abandonar ese cuerpo, pero antes se aseguraría de dejarlo completamente vacío.

—No... —gruñó Iori, llevándose una mano a la cabeza.

Orochi estaba dispuesto a salir de él una vez cumplida su amenaza, era un hecho.

Tenía que resistir ese último ataque... Eso era todo lo que debía hacer.

Gimió al sentir un frío afilado dentro de su cabeza, sus pensamientos y recuerdos quedando desperdigados sin orden alguno, antes de desvanecerse en una densa niebla. Quiso aferrarse a ellos, no permitir que Orochi se los arrebatara, pero el esfuerzo fue similar a evitar que un puñado de arena escapara de sus dedos. Estaba consciente, seguía ahí, pero al intentar pensar en por qué eso era importante, no lo consiguió. Sabía que debía resistir, pero ya no recordaba la razón. Segundos atrás quizá había estado pensando en que quería que todo acabara para poder volver a... algún sitio... con alguien, pero no conseguía visualizar ni el lugar, ni la persona. Era como si su mente de pronto no fuera más que oscuridad; un vacío absoluto donde resonaba una risa desagradable.

—Yagami.

Iori abrió los ojos, sin poder recordar cuándo los había cerrado. Había alguien frente a él. Se le hacía difícil enfocarlo. La voz de una mujer resonaba en el aire y la risa de un hombre continuaba llenando el vacío en su cabeza.

—Iori.

Urgencia en esa voz que lo llamaba. No pertenecía a la mujer, ni al dueño de la risa.

—Resiste.

Un rostro manchado de sangre apareció de pronto, nítido ante él. Ojos castaños mirándolo con preocupación y molestia.

—Kyo —murmuró, sin necesidad de pensar cuál era su nombre, simplemente sabiéndolo.

El castaño asintió, una sombra de sonrisa apareciendo en su rostro cansado.

—No te rindas ahora —dijo Kyo, dando un paso hacia él, salvando el espacio que los separaba. Iori no consiguió recordar de qué hablaba el joven, pero de una cosa sí estuvo seguro: Era peligroso que Kyo estuviera tan cerca. Porque el joven había atravesado la barrera y estaba a su alcance. Y eso lo ponía al alcance de… alguien más. Orochi.

Orochi, que estaba jugando con su mente.

Iori quiso apartarse del castaño, pero la prisión de energía no se lo permitió. Al momento siguiente, su cuerpo había hecho un movimiento involuntario para lanzarse sobre Kyo. Dentro de aquel espacio reducido, al castaño no le tomó ningún esfuerzo apartarse y golpearlo en su hombro herido. Su cuerpo reaccionó encogiéndose de dolor a pesar de que el golpe no fue violento. Aquel dolor ayudó a que su mente se aclarara. Volvió a ser consciente de que estaba en un templo. La sacerdotisa aún recitaba las palabras del ritual. Orochi aún se debatía por el control, y gritaba, y reía, y lo llenaba de sensaciones incoherentes; el dios parecía no saber si debía huir del poder de Chizuru, o si debía lastimarlo a él, o lastimar a Kyo.

—Iori. —Kyo continuaba dentro de la barrera con él.

—Aléjate.

El castaño negó, haciendo lo contrario. Iori se estremeció, sintiendo que perdía el control, la cercanía del joven siendo demasiada provocación para el dios, quien arremetió contra él tal como antes había hecho contra la barrera.

Kyo siseó de dolor ante el impacto entre sus cuerpos, pero no cedió terreno. Continuó con él dentro del círculo de energía, rodeándolo con sus brazos para inmovilizarlo, encontrando fuerzas suficientes para contener sus espasmódicos forcejeos.

—Concéntrate —exigió Kyo, su voz teñida de inquietud, pero sujetándolo contra sí, Iori no teniendo más remedio que obedecer, porque no cumplir era permitir que Orochi lastimara a Kyo, porque el Kusanagi era un idiota que no sabía lo que era el sentido común—. Eso es —murmuró el castaño.

Iori sintió que Kyo lo sujetaba con más fuerza cuando él se encogió de dolor al notar que Chizuru se estaba acercando. La voz de la sacerdotisa se había convertido en un ruido que le trepanaba la cabeza. No podía sentir los pensamientos de Orochi. La presencia del dios pareció resquebrajarse bajo la influencia de la niña. Empequeñecido, el dios intentó ocultarse en su interior, su energía disminuyendo, como cuando dormía, con la intención de pasar desapercibido.

Iori no se lo permitió. Se centró en la presencia de Kyo para no olvidar por qué estaban en esa situación y por qué debía vencer. No hubo tiempo para titubear. Expuso a Orochi ante Chizuru, sin que el dios tuviera ningún lugar a donde huir, salvo fuera de él.