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Ocasiones imaginadas

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Los días se sucedieron unos a otros en relativa calma, sin mayores incidentes. El invierno gris hacía que cada amanecer fuera idéntico al anterior, con Kyo despertando en la cama vacía, el departamento silencioso y desierto. Iori regresaba, sin falta, cuando el sol ya estaba alto en el cielo, viéndose más agotado con cada día que transcurría.

Kyo no estaba seguro de dónde pasaba las noches o qué hacía durante media mañana. La exactitud de su rutina lo había hecho creer que había retomado los ensayos con su banda, pero aquella idea quedó descartada una tarde en que Kyo espió el nuevo celular de Iori y vio que no estaba respondiendo las llamadas ni mensajes de ninguno de los miembros de Sviesulys.

Iori había mostrado lo responsable que era con sus actividades como músico. Que se desvinculara de su banda era una mala señal.

Sin embargo, Kyo no tocó el tema. Descubrió que le complacía ver a Iori pasar las tardes en el departamento y se sintió un poco culpable por eso. Aquella era una actitud egoísta, pero no quería que Iori pasara más tiempo del necesario lejos de él, con personas que no fueran él.

Las mañanas y noches se fundían entre sí, pero las tardes les ofrecían un poco de normalidad. La manera en que Kyo calculaba el paso del tiempo cambió un poco. No podía decir fechas exactas, pero, como escenas que se daban al azar mientras estaba a la espera de que Orochi apareciera de nuevo, había hitos que rompían un poco la monotonía: una discusión porque Iori se estaba pasando las noches en vela; la tarde en que Kyo retomó el contacto con su familia y los gritos que recibió cuando les contó parte de lo sucedido; la casi pelea con K’ cuando accedió a encontrarse con él para hablar y tuvo que oponerse tajantemente a la orden de su familia de matar a Iori para zanjar el problema; un sorpresivo ofrecimiento a salir, durante el cual Iori había comprado un bajo nuevo y Kyo había conseguido un celular para reemplazar el del pelirrojo; la burla en los ojos de Iori horas después cuando Saisyu Kusanagi llamó para reclamarle a Kyo a gritos por los gastos absurdos que estaba realizando, y recordarle que el clan corría peligro de ser erradicado por Orochi por su culpa; el atardecer en que Iori le sirvió un vaso de whisky colmado hasta el tope mientras él intentaba calmar a una Yuki desconsolada en el teléfono que le decía que los Kusanagi lo consideraban un traidor por ponerse del lado de un Yagami y que la familia de ella estaba considerando seriamente anular el matrimonio arreglado, mientras el pelirrojo lo miraba con una expresión no del todo seria, como si pensara que su vida era patética y eso le hiciera algo de gracia.

Llegó un momento en que el pelirrojo casi no le dirigía la palabra, pero respondía si Kyo le hablaba. Las conversaciones eran cortas y solían caer pronto en el silencio, pero ese silencio era tranquilo. Si Kyo quería una caricia, Iori no se la negaba.

Kyo había tenido que insistir para saber por qué no iban un poco más allá. Por qué los besos de Iori se interrumpían de manera tan abrupta.

La respuesta lo había sorprendido, pero había tenido sentido, de una forma retorcida.

Se había distanciado de Iori para no ahondar más la frustración.

Iba a cumplirse una semana desde que Orochi usara a Iori para atacarlo y las cosas no empeoraban, pero tampoco parecían mejorar.

El bajo recién comprado permanecía en el estudio, apenas utilizado. Si Kyo no se encargaba de ir por comida, Iori no mostraba interés en alimentarse.

En varias ocasiones, Kyo había visto a Iori sentado en el suelo junto al ventanal del primer piso, mirando ensimismado el fuego púrpura ardiendo en la palma de su mano. Su expresión era extraña. No sabía qué estaba pensando.


—Espera, te acompaño —dijo Kyo cuando Iori se preparaba para salir.

Kyo aguardó, listo para tener que insistir, pero Iori no lo rechazó. Salieron juntos y tomaron el elevador. No fueron al parking, salieron por el recibidor del edificio.

Echaron a andar por las calles del barrio, pasando delante de los restaurantes donde Kyo solía comprar la comida. La cajetilla de cigarros hizo su aparición y Kyo robó uno para sí. El vicio del tabaco no lo tenía en sus garras como a Yagami, pero el aire frío de la noche lo había antojado.

Al pasar delante de un bar, el rumor de las voces de los parroquianos flotó hasta ellos. Bajo circunstancias normales, Kyo habría sugerido entrar, pero guardó silencio. Continuaron andando, el sonido de sus pasos comenzando a ser opacado por el ruido de vehículos a medida que se acercaban a un paso elevado.

Iori se detuvo tras recorrer la mitad del puente. Le dio la espalda a la calzada, apoyando sus brazos en la baranda metálica, observando cabizbajo la carretera que se extendía bajo ellos, donde el rumor de autos y camiones rompía la quietud de la noche.

Kyo no lo imitó. De un salto se sentó en la baranda con gesto descuidado, tentando a la gravedad y al vacío, el cigarrillo a medio consumir pendiendo de sus labios entreabiertos.

El castaño echó la cabeza hacia atrás y exhaló el humo. Rió al dirigir su mirada hacia el cielo.

Iori se volvió para saber el motivo de aquella risa. Al seguir la mirada del Kusanagi, vio la luna creciente brillando intensa en el firmamento.


Unas noches después, Kyo despertó apenas Iori puso un pie en el segundo piso.

El Kusanagi había dejado las luces de la habitación y la sala encendidas, no había sombras en las que alguien pudiera esconderse. Kyo se levantó de golpe, completamente alerta, su ceño fruncido y sus ojos lanzándole una advertencia para que no se acercara.

Pero su mirada se suavizó pronto.

—¿Yagami? —preguntó Kyo, volviendo el rostro para mirar por las ventanas, confirmando que aún era de noche.

Iori se acercó. Se sentó en el borde de la cama. Hizo un gesto hacia la laptop que estaba en el espacio libre junto a Kyo.

—¿Qué has averiguado? —preguntó Iori, su voz expresando el profundo cansancio que arrastraba, sin necesidad de especificar a qué se refería, porque encontrar una manera de deshacerse de Orochi era un tema que siempre estaba pendiendo en el aire.

Kyo se tomó un momento para observarlo fijamente, sin terminar de aceptar lo que su pregunta implicaba, pero reaccionó en seguida. No se mostró aliviado de que Iori mostrara interés —aún era muy pronto— pero la preocupación que había ensombrecido su rostro todos esos días se aligeró en algo.

Encendiendo la computadora, Kyo le mostró toda la información útil que había encontrado sobre rituales de purificación. Había conseguido restringir la búsqueda a dos templos, y uno de ellos pertenecía a la familia Kagura, a quienes Ash Crimson también había arrebatado la reliquia sagrada a su cargo.

Sin embargo, explicó Kyo, al intentar contactarlos, no había logrado convencerlos de que sus indagaciones eran serias. El relacionista del templo le había pedido que enviara una solicitud «por los canales apropiados», para demostrar que realmente era el heredero de los Kusanagi y no un turista loco obsesionado con la milenaria cultura japonesa. Ya había contactado a sus parientes para que se encargaran y éstos habían aceptado a regañadientes.

Pasando a otra pestaña, Kyo señaló una fotografía con piedras decorativas de distintos tamaños y tonalidades. No necesitó dar explicaciones porque esos amuletos ceremoniales eran familiares para ambos; podían servir para atrapar energía, o crear barreras, o contactar espíritus. Kyo había intentado averiguar si era posible conseguirlos en algún lugar de South Town, sin resultado.

Por último, Kyo cargó una fotografía de algunos ofuda, talismanes de papel cubiertos con kanji trazados a pincel, utilizados como protección. Probar copiarlos en un papel común y corriente no había servido para nada. Debían ser creados específicamente en un templo, por alguien que poseyera cierto nivel de poder espiritual.

—Es todo lo que tengo —suspiró Kyo—. No es mucho lo que se puede hacer desde aquí. Si regresáramos a...

El Kusanagi se interrumpió al ver que Iori se había llevado una mano a la cabeza. Sus ojos estaban fijos en la fotografía de los ofuda, su cuerpo comenzando a estremecerse.

—¿Iori? —Kyo cerró la computadora de golpe, apartándola del pelirrojo. Iori gruñó con fuerza. Empujó a Kyo hacia atrás cuando el castaño intentó tocarlo, y luego se levantó de la cama, retrocediendo para alejarse del joven, sus pasos inestables.


«¿Crees que te lo voy a permitir?»

La voz fue un bramido dentro de su cabeza y estuvo a punto de perder pie. Sus ojos se nublaron, su consciencia fluctuó bajo el ímpetu del dios. Orochi se había hecho más fuerte en esos días, a diferencia de él, que encontraba su cuerpo debilitado por la falta de sueño, su voluntad desgastada por la incertidumbre.

Kyo se mantenía a unos metros de él, su cuerpo en tensión.

Iori luchó contra el poder que quería controlarlo. La energía de Orochi aún era limitada, a pesar de que aumentaba día tras día; después de cada uso, el dios debía retirarse y descansar. Orochi aún no era lo suficientemente fuerte para poseerlo cuando estaba despierto; el dios lo sabía, y, por ende, él lo sabía. Sólo debía resistirse lo suficiente. Ganar tiempo.

—Yagami...

La voz de Kyo, preocupada, el joven queriendo ir hacia él pero conteniéndose.

«¿Piensas traicionarme tan pronto?», gritó la voz en su cabeza.

Iori se concentró en respirar. Estaba exhausto. Por cerca de una semana había debatido consigo mismo lo que debía hacer, analizado todas sus alternativas. Permitía que Kyo estuviera ahí, a costa de poner en riesgo al Kusanagi. Ahora tenía sus flamas, pero enfrentarlo y lastimarlo equivalían a dejar a Kyo indefenso ante el dios. Matarlo era un pensamiento que evitaba, porque no sabía si las ganas provenían de él o de Orochi.

Kyo buscaba una manera de sellar a Orochi sin que él perdiera el fuego púrpura, pero el castaño estaba pasando por alto que el pacto con el dios había sido por su fuego anaranjado. Si Iori rompía su parte del trato, si dejaba de ser el huésped humano de Orochi, ¿qué iba a pasar con Kyo?

«Morirá de una forma u otra», informó la voz de Orochi.

Iori tuvo un mal presentimiento. Se oía... complacido.

Pero la disputa por el control había acabado, no había conseguido poseerlo.

—Iori... —murmuró Kyo, esperando un tiempo prudencial y luego dando un paso hacia él.

—No te acerques —ordenó Iori. Algo no estaba bien ahí. Había sido demasiado fácil recuperar el dominio sobre sí mismo. Y la sensación de satisfacción proveniente del dios permanecía, se intensificaba.

Kyo se detuvo. Su semblante cambió. Él también había notado que algo iba mal.

«¿Has olvidado quién es el dueño de su fuego ahora? ¿Quién tiene su reliquia?», susurró una voz en el oído de Iori, interrumpida por una exclamación de sorpresa de parte de Kyo, quien se sujetaba la muñeca izquierda, una flama anaranjada que él no había invocado encendida en su mano. A la exclamación siguió un grito de dolor cuando el fuego se intensificó y subió por su brazo, con la facilidad propia de una llama fuera de control, trepando por sus ropas y consumiéndolas. Iori vio la piel de Kyo comenzando a enrojecerse.

—Detente... —gimió Kyo entre dientes apretados, el fuego llegando a su hombro, las flamas lamiendo su rostro.

Iori lo intentó, pero no era él quien estaba haciendo arder aquellas flamas. Éstas obedecían una orden directa de Orochi, porque la reliquia de los Kusanagi estaba bajo su poder. Orochi se había fortalecido lo suficiente para ser capaz de utilizarla sin necesitarlo a él de intermediario.

Kyo estaba luchando por dominar las flamas. Cayó de rodillas, aún sujetándose la muñeca, su brazo extendido y envuelto en llamas, que empezaban a arrastrarse por su ropa en dirección a su espalda.

Con un gruñido de impotencia, Iori cerró los ojos también, buscando el lugar en su interior de donde provenía la orden que había encendido aquel fuego, decidido a ponerle fin.

 No lo halló, pero en vez de eso sintió una molestia agitándose, un impulso de abrir sus párpados para continuar viendo a Kyo sufriendo el daño de sus propias flamas. Sin ceder, mantuvo sus ojos cerrados.

El sonido de las llamas se apagó. A eso siguió la respiración en jadeos de Kyo, el olor a tela quemada.

«Abre los ojos. Muéstrame a Kusanagi arder».

Iori negó con la cabeza. Recordó con claridad las palabras de Kyo cuando el joven le había explicado cómo invocaba a su fuego escarlata: debía mirar un lugar específico, concentrarse para que el fuego apareciera ahí. No podía quemar algo que no podía ver.

Iori sabía que con Orochi y el fuego anaranjado ocurría lo mismo. El poder del dios aún tenía esas limitaciones.

«Abre los ojos, Yagami». Otra vez la orden, enfurecida, confirmándole que estaba en lo correcto.

—¿Estás bien? —preguntó Iori. Kyo respiraba con fuerza.

—Sí —vino la respuesta unos segundos después.

Iori oyó que Kyo se ponía de pie.

Compartieron unos segundos de tenso silencio. Kyo no hizo ninguna recriminación, porque sabía que aquel ataque no había provenido de Iori.

El castaño se miró el brazo. El fuego se había apagado a tiempo, Iori lo había apagado a tiempo. Su piel ardía, pero no había sufrido quemaduras graves. Si algo le había dejado ese ataque, era la perturbadora sensación de su fuego volviéndose contra él, invocado por una voluntad que no era suya.

Iori estaba de pie con las manos en puños, su rostro bajo. Kyo notó que permanecía con los ojos cerrados.

—¿Iori? —preguntó vacilante, sin saber si Iori estaba bajo la influencia de Orochi al no poder ver su mirada.

El pelirrojo no respondió. Sus ojos se abrieron despacio.

De inmediato, Kyo sintió el fuego agitándose dentro de él, acudiendo al llamado de Orochi.

Y la sensación pasó cuando Iori hizo su rostro a un lado, desviando su mirada.

—¿Qué...? —musitó Kyo, pero comprendiendo de golpe lo que sucedía, sin necesidad de explicaciones.

Iori le dio la espalda. Caminó unos pasos alejándose de él en dirección al sillón, donde se sentó pesadamente. Kyo vio que se llevaba una mano a la cabeza, sus hombros comenzando a sacudirse con una risa sombría, su cabeza cayendo hacia adelante.

El castaño fue tras él, con lentitud. Se detuvo a su lado, fuera del área de su visión. Kyo probó rozar la espalda de Iori con la punta de sus dedos, sin ocultar su preocupación. Nada sucedió. Hizo una leve caricia.

—Esto se nos está yendo de las manos, Yagami —murmuró Kyo, provocando otra corta risa en el pelirrojo.

—No va a tenerte —masculló Iori cuando la risa pasó, su rostro hacia el suelo, su voz cargada de ira.

—Si tiene control sobre mi fuego, sólo es cuestión de tiempo, las reliquias le dan poder —dijo el castaño—. No esperaba algo así, pero esperaba algo. Entrar en pactos con dioses nunca trae nada bueno. Lo sabíamos.

Iori no respondió a eso. Kyo lo sintió temblar de rabia.

—Vas a aceptar volver a Japón conmigo, ¿verdad? —preguntó Kyo.

Kyo se sobresaltó cuando Iori le lanzó una mirada cargada de odio. Vio un destello dorado en sus irises rojos, sintió el fuego respondiendo a él, pero antes de que éste se encendiera, Iori ya se había dado cuenta de lo que hacía. Apartó su rostro, sus ojos cerrados con fuerza.

—No iré a ningún lugar contigo —gruñó Iori, levantándose bruscamente, rechazando a Kyo cuando éste intentó tomarlo del brazo.

Kyo no quiso provocarlo más con las cosas como estaban. Lo vio desaparecer escaleras abajo y luego lo oyó salir del departamento.

Se sentó en el sillón, en el espacio que antes había ocupado el pelirrojo. Segundos después tenía su celular en la mano. Maldijo en voz alta cuando el Yagami ignoró su llamada.

Con un gruñido de frustración, Kyo se recostó en el sillón, llevándose las manos al rostro, cubriéndose los ojos. Ya no había otra opción. Tenía que llevar a Iori a Japón, librarlo de Orochi. Sí, quizá Iori perdería su fuego púrpura en el proceso, pero eso era mejor a que fuera consumido por la consciencia del dios. Tal vez más adelante él conseguiría convencerlo de que el fuego no importaba tanto. Se preocuparía de eso cuando llegara el momento.

Tenían que ir antes de que a Iori se le hiciera más difícil mantener a Orochi bajo control. Ya no iba a esperar a que Iori admitiera que tenía problemas. Era demasiado evidente que en unos días Orochi lo superaría en fuerzas.

Sabía que Iori había vuelto dispuesto a escuchar la información que él había encontrado sobre los rituales. Si no se hubieran visto interrumpidos, Kyo estaba seguro de que Iori habría accedido a ir con él. Debía esperar a que el pelirrojo se calmara. Eso era todo.


Kyo escuchó los pasos subiendo las escaleras horas después.

Se incorporó, mirando por sobre el respaldo del sillón. Su mirada se cruzó con la de Iori por menos de un segundo, y Kyo tuvo que ahogar una exclamación al sentir que el fuego reaccionaba incluso más rápido que antes. Sin embargo, no llegó a encenderse porque Iori cerró sus ojos sin tardanza.

El pelirrojo caminó hacia él despacio, pasando entre los muebles, sabiendo el camino sin necesidad de verlo. Tocó el respaldo del sillón para rodearlo y luego se inclinó y rozó el borde de la mesilla con la punta de los dedos para no chocar contra ella. Se sentó junto a Kyo en silencio.

No hablaron. Por largo rato, Kyo buscó la manera de abordar el tema sin enfurecer a Iori otra vez. Cuando creía haberla encontrado, Iori lo interrumpió rozando su cadera con un gesto vago de su mano. Partiendo de ahí, los dedos de Iori recorrieron su cintura, subiendo hasta su pecho y luego a su cuello, hasta finalmente llegar a su mejilla. Con lentitud, Iori volvió su rostro hacia él, sus párpados cerrados.

Kyo admiró la forma en que, en ausencia de su intensa mirada escarlata, sus facciones se suavizaban y adquirían un aire de distante calma.

El castaño sintió un escalofrío cuando, con apenas la punta de sus dedos, Iori le acarició la mejilla y luego sus labios.

Cerró los ojos al ver que Iori se inclinaba hacia él.

El beso comenzó lento y controlado, mas no tardó en tornarse hambriento y brusco, como solían ser sus besos. No hacían más que atormentarse mutuamente, ambos sabiendo que eso era todo lo que habría, pero ninguno de los dos era capaz de resistirse.

Sus respiraciones estaban desacompasadas cuando se separaron.

Fue el turno de Kyo de alzar una mano al rostro de Iori. Se encontró extrañando su mirada, la forma particular en que Iori lo había observado desde la primera noche que pasaron en ese departamento.

—Ya basta de esto, Yagami —murmuró Kyo, con firmeza pese a que su voz fue muy suave—. Vine aquí buscándote. Orochi no va a tenerte tampoco a ti. Te lo dije, tú eres mío. —Sus dedos pasaron muy cerca de los párpados cerrados de Iori, odió no poder ver la expresión de sus ojos ante esas palabras—. ¿O lo has olvidado?

¿Fue una tenue sonrisa lo que vio en los labios de Iori?

—¿Vendrás a Japón? —preguntó Kyo entonces.

Iori respondió con un asentimiento.


Tal vez si hubiera podido ver sus ojos, habría notado que Iori no estaba siendo sincero.

Pero Iori había tenido los ojos cerrados, y Kyo se dejó engañar por su suave sonrisa.