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Ocasiones imaginadas

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—¿No piensas dormir?

Iori alzó la vista hacia Kyo. El castaño estaba con los brazos cruzados, y comenzaba a verse preocupado. Iori miró la hora en la pantalla de la computadora. Casi las dos de la mañana.

Había costado esfuerzo, atención y práctica; y también muchos intentos fallidos y reveses (en especial cuando Kyo aparecía para arruinar su concentración), pero, finalmente, las voces en su cabeza habían quedado reducidas a un susurro no más alto que una brisa entrando por una ventana.

Dejó la guitarra acústica en el soporte que usualmente ocupaba el bajo. Apagó la computadora.

—He estado pensando, Yagami —habló Kyo antes de que él pudiera levantarse—. En Orochi y lo que debo hacer. Y he tomado una decisión.

Iori guardó silencio, disfrutando de algo tan simple como poder oír la voz de Kyo sin interrupción de murmullos y cacofonías. Buscó un cigarro y lo encendió con una breve flama púrpura, esperando que el castaño continuara.

—No debiste hacer un acuerdo con Orochi —dijo Kyo, mirando el lugar donde la llama se había encendido—. Si se tratase sólo del fuego púrpura quizá sería distinto. Por siglos tu familia vivió con ese fuego. Pero ¿su consciencia? Eso es demasiado peligroso. Aun así, no voy a pedirte que renuncies al fuego. No puedo... No quiero hacer eso. —Kyo hizo una pausa, buscando cómo continuar—. Si lo que dices es cierto y los Kusanagi son los que corren mayor riesgo, entonces pondré a mi familia sobre aviso y me quedaré contigo para vigilarte un tiempo. —Otra pausa, la expresión de Kyo tornándose más seria—. Puedes mantener a Orochi bajo control por ahora, pero sabes que eso puede cambiar, ¿verdad?

El casi imperceptible asentimiento de Iori fue tomado como una respuesta válida por el Kusanagi.

—Bien —suspiró Kyo—. Porque en verdad no me gusta esto. Recuerda que hay rituales... Alguien en Japón debe saber de una manera para sellar a Orochi sin afectar tu fuego. Averiguaré. Sólo debes venir conmigo cuando encuentre una opción satisfactoria. ¿Puedes hacer eso?

Iori fumó sin responder, ¿Kyo no se daba cuenta de la candidez de su plan?

Se levantó, exhalando el humo despacio, sus ojos en los de Kyo.

—¿Lo harás, Yagami? —insistió Kyo, sin retroceder ante su cercanía.

Iori volvió a asentir, provocando una sonrisa de parte del castaño. Aunque también podía ser que Kyo sonriera por la proximidad.

—No lo dije antes, pero es un alivio ver que estás bien —dijo Kyo en voz baja, mirándolo fijamente, con su mano tocando la cintura de Iori, donde había recibido la herida. El recelo de la noche anterior había desaparecido por completo; Kyo confiaba en que su «decisión» era la correcta—. Me tuviste preocupado. Cuidas tus heridas mucho peor que yo las mías.

—¿Esperas que me disculpe? —murmuró Iori, pasando una mano bajo la camisa de Kyo, rozando su piel, el susurro de la presencia de Orochi manteniéndose inaudible.

—Una compensación estaría bien —dijo Kyo medio en broma, un estremecimiento recorriéndolo.

—Estaría bien —repitió Iori como un eco.

Kyo sonrió y dijo algo, acercando su cuerpo al de Iori, pero todo lo que Iori oyó fue una voz oscura y seductora, alzándose en el silencio que guardaban las otras, susurrándole un «Posee al Kusanagi para mí, Yagami» en su oído.

Se apartó de Kyo tan bruscamente que el castaño dio un sobresalto.

—¿Iori? —preguntó Kyo alarmado—. ¿Qué...?

Iori recuperó el control sobre sí mismo rápidamente, llevando una mano a los labios de Kyo para hacerlo callar, rozándolos con suavidad, sin que la caricia denotara la ira que estaba sintiendo ante las palabras de Orochi, ante el eco de una risa que resonaba en sus pensamientos, que buscaba humillarlo burlándose de lo que el Kusanagi le hacía sentir.

Kyo intentó protestar, pero Iori se inclinó hacia él, posando sus labios donde antes habían estado sus dedos, logrando que Kyo olvidara lo que acababa de ver, distrayendo al joven mediante un beso hambriento y agresivo, tan completamente distinto a cuando se había dejado besar por el Kusanagi casi con docilidad.

Pronto sus manos estuvieron sobre la piel de Kyo otra vez, sujetándolo por la cintura.

Sin embargo, en vez de atraerlo hacia sí, Iori lo empujó un poco, cortando el beso.

Kyo frunció el ceño ante la interrupción, frustrado, confuso.

—Ve a la habitación —ordenó Iori con voz áspera—. Iré en seguida.

Esperó a que Kyo obedeciera, el castaño retrocediendo un paso de mala gana, vacilando en el pasillo.

—¿Estás bien? —preguntó Kyo quedamente, sospechando algo, sus ojos preocupados.


Kyo se retiró y Iori se quedó a solas en el estudio.

Se llevó una mano a la cabeza, cerrando los ojos. Sí, el ruido estaba bajo control, pero eso permitía a esa única voz alzarse clara para hablarle directamente. Las burlas no le afectaban. La voz quería humillarlo usando verdades de las cuales Iori no se avergonzaba. ¿Lo llamaba patético por estar decidido a proteger a Kyo? ¿Qué importaba si lo era? El Kusanagi era su rival —suyo—, nadie iba a tenerlo antes que él, ni siquiera Orochi.

«Ni siquiera tú», replicó la voz en su cabeza.

Iori cerró su mano en un puño. Golpeó la pared más cercana con tal fuerza que trozos de pintura saltaron por los aires. Oyó la risa que se mofaba de él.

¿La voz quería que poseyera a Kyo? ¿Si Kyo se entregaba a él sabiendo que portaba la energía de Orochi, era como si se estuviera entregando voluntariamente al dios? ¿Era eso?

Iori se sintió embargado de una satisfacción ajena. La consciencia que ahora habitaba en su interior estaba disfrutando de su rabia, su incertidumbre. Lentamente comprendió que Orochi quería entrar en Kyo pese a saber que el Kusanagi no sería capaz de resistir su energía. Quería estar dentro del joven para sentirlo morir.

—No vas a tenerlo —gruñó Iori, hablándole al estudio vacío.


Iori tardó en subir a la habitación. Encontró a Kyo dormido con la laptop a su lado. El joven no despertó cuando se inclinó para retirar la computadora, ni cuando se sentó junto a él. ¿Era el cansancio remanente? ¿O Kyo se lo había buscado, al estar moviéndose de un lado para otro durante todo el día, sin darle tiempo a su cuerpo a recuperarse? Como fuera, Kyo se veía tranquilo y a gusto, durmiendo en la cama del que aceptaba como un rival que albergaba a un dios que había planeado matarlo durante cientos de años.

—Estúpido Kusanagi —murmuró Iori, recorriendo la forma dormida de Kyo con la mirada, deteniéndose en su cintura, donde la tela de la camisa se había arrugado, dejando la piel descubierta.

Iori posó su mano ahí, sus dedos extendidos sobre la calidez de la piel; los golpes que Kyo había sufrido días atrás casi se habían difuminado.

Su cuerpo reaccionó ante el contacto, su deseo por el joven se intensificó.

Lo esperaban días de frustración, pero se trataba de un mero impulso físico. No era nada que no pudiera dominar.

Se alejó de la cama, yendo a sentarse al sillón de la sala para fumar un cigarrillo, cayendo en la cuenta de que el mueble había sido una mala elección porque ése era el lugar donde había tomado a Kyo, y los recuerdos y sensaciones del cuerpo del joven volvieron a su mente. ¿Podía haber algo peor que conocer a Kyo de esa manera, haber explorado cada centímetro de su cuerpo, y saber que no podía volver a tenerlo?

Rió para sí al imaginarse la ridícula situación de seguir un ritual para deshacerse de Orochi y perder el fuego púrpura sólo por la oportunidad de tener sexo con Kyo.

Le dio una larga calada a su cigarrillo, dirigiendo su vista hacia la cama. El joven aún estaba ahí, con él, y planeaba quedarse. Aún debían medir sus fuerzas en un enfrentamiento que muy probablemente sería satisfactorio, ahora que ambos tenían sus flamas. ¿Podía conformarse con eso?

Tras acabar el cigarro se tendió en el sillón. No tardó en dormirse, y el murmullo de voces lo recibió con regocijo.


Kyo estaba soñando con la oscuridad insidiosa que le acariciaba las mejillas y lo envolvía con sigilo, para arrastrarlo con ella al vacío donde vivían los dioses desterrados.

Despertó con un sobresalto, y suspiró aliviado al ver que sólo se trataba de Iori subiendo a la cama.

—Te tardaste —murmuró Kyo soñoliento, recibiendo como respuesta una risa baja, la caricia de una mano sobre su abdomen.

Iori no fue con rodeos. Le dejó sus intenciones claras, sin perder tiempo en apartar su camisa, casi arrancando los botones mientras se ponía sobre él, una rodilla a cada lado de las caderas de Kyo.

Kyo fue receptivo a esas intenciones, sin dudar ni titubear, sabiendo que esto era lo que deseaba, tirando de la camiseta de Iori para obligarlo a encorvarse sobre él, buscando sus labios, escuchando la profunda respiración de Iori en la oscuridad seguida de un «Kusanagi» muy grave, colmado de cruel satisfacción.

Kyo reaccionó a su apellido un poco tarde. Un golpe en su estómago desprotegido lo hizo encogerse de dolor, y en lapso que le tomó recuperarse, las manos de Iori se cerraron en su cuello. Con un gruñido, el castaño se debatió para liberarse antes de que el flujo de oxígeno a sus pulmones quedara interrumpido. No dudó, porque sabía que quien lo atacaba no era Iori. Durante todo el día, había estado esperando que algo como esto sucediera. Había deliberado consigo mismo sobre si debía hacerle daño al pelirrojo si Orochi se manifestaba. No podía darse el lujo de vacilar.

Conteniendo la respiración, utilizó una de las maniobras más básicas para liberarse de un oponente que tenía la ventaja. Aprovechó la suave inestabilidad del colchón para hacer que el pelirrojo se desbalanceara lo suficiente para permitirle empujar una de sus piernas.

Las manos como garras en su cuello arañaron su piel, pero no pudieron evitar que se escabullera.

—¡Yagami, reacciona! —exclamó Kyo, deslizándose fuera de la cama, poniendo distancia entre ellos para evitar un enfrentamiento mientras le fuera posible.

Un cosquilleo en su cuello lo hizo llevarse una mano ahí, y vio que el arañazo estaba sangrando copiosamente.

Iori, o el ente que controlaba su cuerpo, bajó de la cama despacio, echando a andar hacia él con movimientos espasmódicos, los brazos colgando inertes a los lados, la espalda encorvada, el cabello cubriéndole el rostro, pero dejando entrever un brillo lechoso en sus ojos.

—Dijiste que podías controlarlo —gruñó Kyo, odiando ver aquellos rasgos, aquel cuerpo tan familiar, moviéndose en convulsiones.

Hubo una sacudida y de pronto Iori había cubierto los metros que los separaban. Kyo anticipó el desplazamiento; si hubiera querido, habría tenido tiempo suficiente de lanzar un golpe que habría encajado contra el rostro de Iori en su punto de máximo impacto. Pero no lo hizo. ¿Cómo podría? Se limitó a cubrirse, recibiendo un desgarro en sus brazos, maldiciéndose porque en ese momento su peor enemigo no era la fuerza controlando a Iori, sino su propia negativa a lastimar al pelirrojo, a pesar de haber decidido, horas atrás, que la mejor manera de proceder era dejarlo inconsciente a la primera oportunidad.

—¡Iori! —volvió a llamar, retrocediendo unos pasos.

El pelirrojo estaba ante él otra vez, sus movimientos más rápidos. Kyo no pudo esquivar su patada. La diferencia entre sus velocidades le recordó que su cuerpo aún no estaba del todo recuperado. Ya no sufría por la falta de fuego, pero la pérdida de sangre había disminuido sus fuerzas.

Cayó con estrépito contra el mueble bar. Oyó el tintineo de las botellas golpeando unas contra otras, el sonido de vidrios quebrándose. Rodó hacia un lado cuando Iori quiso volver a patearlo.

Viendo que intentar dialogar era perder el tiempo, Kyo apretó los dientes y se obligó a tomar la ofensiva.

Aprovechó los espacios libres en ese piso sin divisiones, saltando sobre los muebles y explotando el hecho de que la energía que controlaba a Iori no tenía un dominio preciso de sus movimientos. En la fracción de segundo que le tomó a Iori volverse para rastrear su nueva posición, Kyo ya se había colocado detrás de él, rodeándole la garganta con su brazo, haciendo presión con tanta fuerza como pudo.

Iori forcejeó, sacudiendo su torso, golpeándolo con sus codos, clavando sus dedos en su brazo para intentar tirar de él, pero Kyo no cejó.

—Lo siento —murmuró el castaño al sentir que el pelirrojo dejaba de intentar golpearlo y empezaba a luchar por respirar.


—Lo siento —fue lo primero que dijo Kyo cuando Iori abrió los ojos.

Kyo estaba sentado con las piernas cruzadas en una esquina de la cama. Iori estaba tendido en medio de ella, sus brazos abiertos en cruz, sus muñecas sujetas con correas a las patas de la tarima.

Todo el mueble se sacudió cuando Iori intentó liberarse.

—No las quemes —se apresuró a decir Kyo, sabiendo bien que el fuego era lo que vendría—. Son tuyas, las tomé del armario. Orochi no parecía poder usar el fuego púrpura, por eso te até. Las soltaré si eres tú, no hay necesidad de quemarlas.

—¿Orochi? —repitió Iori, su voz áspera y seca.

—¿No recuerdas? —preguntó Kyo con una sonrisa cansada, la mirada de Iori dirigiéndose al rasguño en su cuello y el desgarro en la manga de su camisa que dejaba ver heridas en sus brazos—. No es nada —dijo Kyo, cubriéndose mejor, pese a que la prenda tenía algunas salpicaduras de sangre.

Iori se quedó callado. Kyo bajó de la cama, se arrodilló en el suelo, frente a una de las patas donde había asegurado la correa que sujetaba el brazo izquierdo de Iori.

—Di algo. Orochi no hablaba —pidió Kyo.

—¿De qué diablos quieres que hable? —gruñó Iori, profunda molestia en su voz.

—Lo que sea, títulos de canciones, lo que se te ocurra.

 Iori dijo algunas palabras en rápido inglés. Kyo alcanzó a captar que el pelirrojo lo insultaba en ese idioma. Por alguna razón, eso lo tranquilizó.

Liberó las correas, atadas unas a otras para que tuvieran la longitud necesaria, y luego rodeó la cama para hacer lo mismo del otro lado. Iori se incorporó al verse libre, frotándose las muñecas enrojecidas.

—Forcejeaste… Orochi te hizo forcejear mucho —explicó Kyo, viéndose apesadumbrado, sentándose en la cama, cerca de Iori a pesar de todo—. Estabas bien durante la tarde, ¿por qué de pronto…?

Iori continuó frotándose la piel distraídamente, su atención puesta en el silencio extraño que lo rodeaba. Las voces y la presencia de Orochi se habían retirado, agotadas, después de lo que fuera que hubiese sucedido.

—Estaba dormido —murmuró Iori, mirándose las manos. Había un poco de sangre bajo sus uñas.

Iori se volvió hacia Kyo, su mirada pasando al cuello del joven. Apartó la tela de la camisa con brusquedad para ver los rasguños que Kyo había pretendido ocultar, cuatro líneas rojas que bajaban por su cuello. No eran profundos, pero habían sangrado. Le tomó los brazos para examinarlos también, apretando los dientes al ver las claras marcas de sus arañazos.

La expresión tranquila y cansada de Kyo no cambió. No se apartó ni rehuyó el contacto a pesar de lo que había sucedido.

—No es nada. No me dio problemas. Te dije que soy muy bueno —dijo Kyo.

—Estúpido es lo que eres, Kusanagi —dijo Iori secamente, dejando ir su brazo.

Kyo sonrió, porque incluso cuando estaba molesto, su apellido en labios de Iori no tenía esa resonancia oscura que había oído cuando su cuerpo estaba bajo el control de Orochi.

Iori se levantó y se dirigió al baño. Kyo oyó agua correr. Al volver, el rostro de Iori y su cabello estaban húmedos. En una mano traía un paño que olía a desinfectante.

Le hizo un gesto a Kyo y el castaño cumplió en alzar su brazo, permitiendo que el pelirrojo limpiara las heridas.

Kyo se encogió un poco cuando el desinfectante tocó su cuello. Sintió los dedos de Iori rozando la piel alrededor de la herida, examinándola.

—No se repetirá —murmuró Iori, su voz baja y contenida como si hablara para sus adentros—. Pero si ocurriera, no permitas que te vuelva a herir así —demandó con rabia, clavando sus ojos furiosos en los de Kyo.

—No es... —empezó a protestar el castaño, pero calló, optando por asentir.

Iori aceptó esa respuesta como satisfactoria y se alejó.

—¿Adónde vas? —preguntó Kyo al verlo dirigirse al primer piso.

Pareció que el pelirrojo no se dignaría en contestar, pero hizo una pausa en los escalones.

—Saldré un momento —murmuró.

Kyo quiso oponerse, decirle que no era prudente, pero entendía lo suficiente a Iori para saber que el pelirrojo consideraba que lo que no era prudente era permanecer en el departamento con él.

El castaño suspiró. Iori continuó descendiendo las escaleras.

—Al menos responde el teléfono si te llamo —dijo Kyo, resignado.

Le pareció que Iori asentía, pero bien podía haber sido su imaginación.